La gratitud, reconocer el paso salvador de Dios por nuestras vidas


















Para el día de hoy (13/11/19): 

Evangelio según San Lucas 17, 11-19








El peregrinar de Jesús de Nazareth nunca es fácil, sencillo y siempre, e inevitablemente abre surcos. El Evangelista Lucas nos brinda datos puntuales que exceden la mera geografía del siglo I, pues -siempre es menester volver a ello- los Evangelios no son crónicas históricas, sino más bien crónicas o relatos teológicos.
Así entonces estas coordenadas ofrecidas nos conducen, como una suerte de Gps cordial, a una geografía teológica, a un ámbito espiritual específico.

Lo importante es que el Maestro se encamina decidido y sin vacilaciones, a pura fidelidad y amor, hacia Jerusalem, al encuentro de la Pasión, de la cruz, de la vida ofrecida. Pero parece tomar cierta ruta contraindicada: atraviesa Samaría y Galilea, zonas bajo conflicto y sospechas continuas.

Los samaritanos son odiados con fervor por el pueblo judío: ellos se consideran a sí mismos descendientes verdaderos de las doce tribus iniciales -más específicamente de Efraím y Manasés-. Adoran a Dios a su modo, tienen la Torah por Libro Santo y la Ley por guía, y no reconocen la autoridad que emana del Templo de Salomón. Ellos tienen su propio templo y monte santos en Garizim. El odio y el desprecio que reciben de los judíos es correspondido y retribuido de su parte.

Los galileos, debido a las invasiones enemigas y a las sucesivas colonizaciones producto de antiguas derrotas militares de Israel, son siempre mirados con cierto desprecio y sospecha por parte de la ortodoxa Judá, y la muy observante sociedad jerosolimitana: es el contacto histórico con los extranjeros y los matrimonios mixtos -la impureza de sangre- los que los hace descender en el valuación que se hace de ellos, y por ello también se encasilla despectivamente al rabbí nazareno, por su origen y nó tanto por lo que dice y hace. Aún así, observan la Ley según los rigores fariseos, y simultáneamente desprecian a esos samaritanos, tan parecidos a ellos.

Por desgracia, a menudo las miserias nos igualan, nos emparejan. Diez leprosos languidecen a la vera del camino, y no importa tanto su origen natal tanto como su condición. Una Ley estricta e inmisericorde los condena a la soledad, los estigmatiza como impuros absolutos por designio divino, caricatura grotesca de un Dios vengativo, castigador, dispensador de males.
A Cristo su fama de sanador y la amplitud de su corazón lo precedían. Aún así, ellos se mantienen a la distancia prescripta por las normativas, que son mayormente motivos ético-religiosos antes que sanitarios. Es significativo también que ellos mantengan esa distancia: ello indica su sumisión a esa trama injusta, su resignación ante lo que es inhumano y está mal.

Cristo no hace oídos sordos al clamor de los dolientes. Toda súplica se escucha siempre, pero a veces no queremos o no estamos capacitados para recibir una bendición.
Sobre esos hombres acontecen dos milagros: primero, el de ser aceptados como hijos y hermanos, desde el puente tendido de la compasión que supera todos los abismos de la injusticia. El otro milagro es su cuerpo restablecido, los estigmas que se limpian en la superficie de su piel y en las honduras de su alma.
El Maestro sabe bien el porqué de sus sufrimientos, y por ello los envía a presentarse ante los sacerdotes: el sistema que los expulsó ahora deberá readmitirlos como sujetos de pleno derecho. Ello implica todo un desafío a una religiosidad edificada para unos pocos puros y una multitud de impuros que deben subordinarse a ser meros espectadores sufrientes y pasivos de una fé que no libera ni hace plena a la gente.

La resignación de esos hombres, su internalización de los procedimientos los hace correr hacia la puerta segura de lo conocido, y que de una buena vez le quiten el rótulo gravoso de la lepra.
Pero uno de esos hombres no es partícipe de los mismos criterios y además, en cierto modo, es desobediente. Es un samaritano, y es señal que no siempre desde la ortodoxia y desde la masividad está la verdad, no siempre desde allí se esgrimen las razones únicas.

El samaritano regresa pleno de gratitud, y es precisamente esa gratitud un camino de Salvación. Reconocer el paso salvador de Dios por nuestras vidas, que nos hace libres, plenos felices.
Nuestro centro y nuestra vida no pasa por los reglamentos ni por las estructuras que nos imponen y que aceptamos sin cuestionar, maquinalmente: nuestro centro es ahora una persona, y nuestra vida y nuestra alegría está en el regreso desobediente, floreciente en libertad y en gratitud a Jesús de Nazareth, quien nos purifica de todas las llagas, quien nos espera siempre para el reencuentro y la paz.

Paz y Bien

0 comentarios:

Publicar un comentario

ir arriba