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Dios, nuestro Padre, escucha el clamor de su pueblo


La parábola del juicio final es la manera que tiene Jesús de decirnos que Dios ha estado atento a toda la historia de la humanidad. Que Él ha escuchado cada vez que algún pobrecito pedía algo. Cada vez que alguien, aunque fuera con voz bajita, como la gente más humilde que pide que casi ni se la oye, cada vez que alguno de sus hijitos ha pedido ayuda, Él ha estado escuchando.
Y lo que va a juzgar en nosotros los hombres es si hemos estado atentos junto con Él, si le hemos pedido permiso para escuchar con su oído, para saber bien qué les pasa a nuestros hermanos, para poder ayudarles.
O si al revés, nos hemos hecho los sordos, nos hemos puesto los walkman, cosa de no escuchar a nadie. Él escucha y, cuando encuentra gente que tiene el oído atento como el suyo y que responde bien, a esa gente la bendice y le regala el Reino de los cielos.

Esto de la escucha es una gracia muy grande, y hoy se la pedimos a San Cayetano para nuestro pueblo, para todos nosotros: que nos sepamos escuchar. Porque para ayudar a alguien, primero hay que escucharlo. Escuchar qué le pasa, qué necesita. Dejarlo hablar y que él mismo nos explique lo que desea. No basta con ver. A veces las apariencias engañan. Saber escuchar es una gracia muy grande. Fíjense que nuestro Padre del Cielo nos recomienda vivamente una sola cosa, y es que «escuchemos a Jesús, su Hijo». Ésa es la esperanza del Padre: «Escucharán a mi Hijo». Y Jesús nos dice que cuando escuchamos a nuestros hermanos más pequeños, lo escuchamos a Él.

¿Cómo puede ser que haya gente que diga que Dios no habla, que no se entiende bien lo que quiere decir? Claro, es gente que no escucha a los pobres, a los pequeños, a los que necesitan… Gente que sólo escucha las voces machaconas de la propaganda y de las estadísticas y no tiene oídos para escuchar lo que dice la gente sencilla.

Escuchar no es oír, simplemente. Escuchar es atender, querer entender, valorar, respetar, salvar la proposición ajena… Hay que poner los medios para escuchar bien, para que todos puedan hablar, para que se tenga en cuenta lo que cada uno quiere decir.

R.P. Jorge Mario Cardenal Bergoglio S.J.
Arzobispo de Buenos Aires

Meditación para tiempos difíciles

Para afrontar los tiempos difíciles –para superarlos en la fecundidad y
la fuerza transformadora de la esperanza- hace falta ser pobres.
Habíamos confiado excesivamente en la técnica, la ciencia y la fuerza de los hombres. Descubrimos al hombre y su historia, el tiempo y el mundo,
pero nos olvidamos de Dios y perdimos la perspectiva de lo eterno.
Nos hemos sentido demasiado seguros en nosotros mismos.
Por eso, la primera condición para esperar de veras es ser pobre.
Sólo los pobres –que se sienten inseguros en sí mismos,
sin derecho a nada, ni ambición de nada- saben esperar.
Porque ponen en sólo Dios toda su confianza.
Están contentos con lo que tienen.
Los verdaderos pobres no son nunca violentos,
pero son los únicos que poseen el secreto
de las transformaciones profundas.
Tal vez esto parezca una ilusión.
No lo es si nos ponemos en la perspectiva del plan del Padre,
incomprensible para nosotros, y de la acción del Espíritu.
No olvidemos que los frutos del Espíritu son amor, alegría, paz (Gál. 5,22).
Los tiempos difíciles se manifiestan cuando las cosas
o los hombres nos aprisionan, limitan nuestra libertad,
oscurecen el horizonte o nos impiden ser fieles
al designio del Padre y a la realización de nuestra vocación divina…
Una manifestación clara de la falta de pobreza
es la seguridad en sí mismo y el desprecio de los otros…
Es interesante comprobar que los tiempos
se vuelven particularmente difíciles
cuando uno cree tener la clave infalible
para la solución de todos los problemas.
Cuando, por ejemplo, en la Iglesia
algunos creen que son los únicos pobres
y que han entendido el Evangelio,
que han descubierto el secreto para hacer más transparente
y cercano a Jesucristo o que son los únicos verdaderamente
comprometidos con la liberación del hombre,
mientras otros sienten que son los únicos fieles
a la riqueza de la tradición
o se sienten maestros infalibles de sus hermanos.
O también en la sociedad civil,
cuando se piensa superficialmente que los otros no hicieron nada
y que la única fórmula para transformar el mundo la posee uno.
El fracaso sucesivo de los hombres
–con la consiguiente desilusión para con los jóvenes-
tendría que ser un llamado a la pobreza.
La pobreza no es sólo una virtud cristiana:
es actitud necesaria y primerísimo de los hombres grandes.
Las tensiones se originan con frecuencia
por el pretendido derecho a la exclusividad
de la verdad y de la santidad.
La paz sólo se da entre corazones disponibles,
y la disponibilidad supone la pobreza…
La fortaleza es necesaria para asumir la cruz con alegría,
como el gran don del Padre,
que prepara la fecundidad para los tiempos nuevos.
Hay un modo de vivir la cruz con amargura,
resentimiento o tristeza.
Pero la cruz es inevitable en nuestra vida,
y para los cristianos, es condición esencial del seguimiento de Jesús.
No fuimos hechos para la cruz,
pero es necesario pasarla para poder entrar en la gloria (Lc. 24,26).
Hay almas privilegiadas que sufren mucho;
más todavía, su gran privilegio es la cruz.
Los amigos, como en el caso de Job, quisieran evitársela.
También Pedro, cuando no entendió el anuncio de la pasión (MT. 16, 22).
O como la crucifixión del Señor, los judíos quisieron verlo
descender de la cruz para creer en El (Mt. 27,42).
Hoy más vale creemos a un hombre que nos habla desde la cruz
con un lenguaje de alegría y de esperanza.
Porque su testimonio nace de una profunda experiencia de Dios...
Los tiempos difíciles pueden perder el equilibrio.
Pero la falta de equilibrio agrava todavía más
la dificultad de los tiempos nuevos.
Porque se pierde la serenidad interior,
la capacidad contemplativa de ver lejos
y la audacia creadora de los hombres del Espíritu.
Cuando falta el equilibrio aumenta la pasividad del miedo
o la agresividad de la violencia.
Los tiempos difíciles exigen hombres fuertes;
es decir, que vivan en la firmeza y perseverancia de la esperanza.
Para ello hacen falta hombres pobres y contemplativos,
totalmente desposeídos de la seguridad personal
para confiar solamente en Dios,
con una gran capacidad para descubrir cotidianamente
el paso del Señor en la historia
y para entregarse con alegría al servicio de los hombres
en la constitución de un mundo más fraterno y cristiano.
Es decir, hacen falta hombres nuevos,
capaces de saborear la cruz
y contagiar el gozo de la resurrección,
capaces de amar a Dios sobre todas las cosas
y al prójimo como a sí mismos,
capaces de experimentar la cercanía de Jesús
y de contagiar al mundo la esperanza.
Capaces de experimentar que “el Señor está cerca” (Flp. 4,4)
y por eso son imperturbablemente alegres,
y de gritar a los hombres que “el Señor viene” (1 Cor. 16,22),
y por eso viven en la inquebrantable solidez de la esperanza.
Hombres que han experimentado a Dios en el desierto
y han aprendido a saborear la cruz.
Por eso ahora saben leer en la noche los signos de los tiempos,
están decididos a dar la vida por sus amigos
y, sobre todo, se sienten felices de sufrir
por el Nombre de Jesús
y de participar así hondamente en el misterio de su Pascua.
Porque, en la fidelidad a la Palabra,
han comprendido que los tiempos difíciles
son los más providenciales y evangélicos
y que es necesario vivirlos desde la profundidad de la contemplación
y la serenidad de la cruz.
De allí surge para el mundo la victoria de la fe (1 Jn. 5,4),
que se convierte para todos en fuente de paz, de alegría y de esperanza.

Siervo de Dios R.P. Eduardo F. Cardenal Pironio

¿Hombre, qué has hecho?


Hombre, hermano mío, ¿qué has hecho?
No vuelvas la cabeza.
¿Quién quitará esas estructuras que aplastan a millones de hijos de Dios y que llegan a matar más que las más sangrientas guerras?.
Es media noche en el mundo...
Más ¿cómo olvidar que tú, el Hijo de Dios, en tu encarnación has querido nacer precisamente a media noche?.
¿Cómo olvidar que tanto más bella es la aurora cuanto la noche es más sombría?
¡Cuando Dios ayuda a los niños, hacen temblar a los gigantes!.
Porque el amor es más fuerte que el odio.

R.P. Dom Helder Camara - Obispo Emérito de Olinda y Recife - Brasil

El cristiano light


"Porque Dios no nos dio un espíritu
de timidez, sino un espíritu de
fortaleza, de amor y de buen juicio"
(2ª Carta de Pablo a Timoteo 1:7)

Al igual que en la elaboración de ciertos productos, como el tabaco, o algunas bebidas, o ciertos alimentos que se tipifican como "light", es decir, livianos o atemperados en su potencia, o en sus efectos, debería preocuparnos un cierto tipo de cristianos y cristianas que se han ido convirtiendo en estos últimos tiempos en lo que podríamos clasificar, según esa categoría, como "cristianos light".

Tienen un perfil psicológico y espiritual muy particular. Se trata de personas que se autodefinen como cristianas, que están relativamente bien informadas, pero con escasa adecuación de su conocimiento teológico a su nivel de formación profesional. Son personas muy pragmáticas, abiertas a diversos campos de interés cultural, político, artístico, etc. pero con dificultad para trascender lo epidérmico del compromiso. Generalmente evitan hacer una síntesis inteligente del bagaje de conocimientos que manejan y ello les trae como consecuencia el estructurarse como sujetos triviales, ligeros, con poca consistencia, en muchas ocasiones frívolos, inclinados a aceptar fácilmente lo que se les impone y actuando en consecuencia, es decir, sin conductas asentadas en criterios cristianos sólidos. Es un tipo de personas que tiende a tornar todo a su alrededor un poco volátil, etéreo, liviano… banal, permisivo.

Viven una especie de evangelio también "light" o "descafeinado". Un evangelio que no es sal ni fermento en la sociedad. Que se ha tornado insulso, incapaz de otorgar sabor… En palabras del Nazareno, que sólo sirve para ser echado a la basura o para que lo pise la gente (Mateo 5:13). Han convertido al eu-angelion (buena noticia) en un dys-angelion (mala noticia). Por el bautismo creen que la fe les convirtió en privilegiados, cuando en realidad en el cristianismo todo es responsabilidad y no privilegio. Porque esa fe que tienen no es para que se salven ellos, sino para que les sirva como fermento, como algo a comunicar a los demás. Como una buena noticia ante las grandes preguntas (sobre la vida, la muerte, si amar vale la pena, si el malvado tiene la última palabra, etc.) que hoy se hace la gente.

Son cristianos que han visto en poco tiempo tantos cambios en la Iglesia y en la sociedad, y tan rápidos, que empiezan a perder las referencias, a no saber a qué atenerse. No pocos se organizan en función del "entonces todo vale", o "qué más da". No han abandonado una práctica de vida cristiana a nivel parroquial o en algún movimiento de Iglesia, pero ella no es ni muy exigente aunque tampoco reducida a la mera práctica intimista. No reconocen la indiscutible novedad y la perenne desinstalación que supone el evangelio. Desgraciadamente han sido poco atentos a aquello que el profeta escribió de la Iglesia de Laodicea: "Conozco tus obras y no eres ni frío ni caliente. Ojalá fueras frío o caliente, pero como estás tibio y no eres ni frío ni caliente he de vomitarte de mi boca" (Apocalipsis 3:15.16). Es el tipo de cristianos típicamente tibios que creen estar en el justo medio; creen no haber caído en los extremos; piensan que son prudentes, sabios, inteligentes. Sin embargo son sólo tibios, indecisos, pasivos espectadores de la historia. Se han convertido, sin caer en la cuenta, en el vómito de Dios. Habría que recordarles que es a la luz de ese texto revelado que deberían intentar actuar de más en más en nuestra Iglesia..."

Estos cristianos "light" son por lo general buenos profesionales en su área específica, conocen bien la tarea que llevan entre manos, pero tienen dificultad para anunciar su buena noticia dentro de ese contexto. Flotan un poco a la deriva, sin actitudes claras y su entorno va haciendo de ellos unos seres superficiales, indiferentes, permisivos, en quienes va anidando poco a poco un gran vacío de convicciones.

Ante las grandes transformaciones padecidas por la sociedad en las últimas épocas, como el mayo del 68, las luchas revolucionarias, la caída del muro de Berlín, las luchas por los derechos humanos, etc. se plantaron con sorpresa al principio y luego en lugar de movilizarse optando por las exigencias de la justicia, cayeron en una progresiva indiferencia y hasta en la necesidad de justificarse como ante una inevitable necesidad de aceptar lo fáctico. Como estáticos ante algo que está ahí y ante lo que no puede hacer nada.

Con los testimonios de aquellos grandes cristianos contemporáneos, como un Luther King, un Dom Helder Camara, Monseñor Romero, etc. no han sabido qué hacer. No prosperaron en ellos, como era de esperar, ni la solidaridad ni la colaboración, sino más bien una tanquilidad estética, el descompromiso, la desvinculación de casi todo lo heroico que les rodea. En el cristiano "light" no hay entusiasmos desmedidos ni están para heroísmos. Su cristianismo "descafeinado" es una síntesis insulsa que transita en lo que podríamos llamar "la banda media" de la Iglesia y la sociedad (alegóricamente, como venimos diciendo, son representativos de las comidas sin calorías, sin grasas, sin excitantes…, todo suave, liviano, sin riesgos y con la seguridad garantida por delante). Un cristiano así no dejará seguramente ninguna huella. Pasará sin pena ni gloria. ¡Y pensar que había sido elegido para anunciar el Reino como el Nazareno! En su vida ya no caben las rebeliones y ha domesticado su moral hasta convertirla en una ética de reglas de urbanidad, cuando no en una estética ajustada a tradiciones. Una suerte de ideal aséptico es su trabajada utopía.

El cristiano "light" no tiene referentes serios, movilizadores. Ha perdido o no ha querido tener un punto de mira un poco más alto de lo que los medios masivos de comunicación le presentan. Está, como cualquier mortal, cada vez más perdido ante los grandes interrogantes de la existencia. Esto se traduce en cosas concretas y cotidianas de su vida, que van desde no poder asumir un compromiso estable y duradero hasta el caer en una cierta indiferencia, o una confusión de convicciones. Los retos y los esfuerzos ya no apuntan hacia la construcción del Reino anunciado por Jesús, sino a garantizarse un futuro sin sobresaltos. Es un tipo de cristiano, como decía Bernanos, "capaz de instalarse cómodamente incluso bajo la cruz de Cristo". Diría que el problema fundamental ante este tipo de cristianos no es el ateísmo, cuanto la idolatría, es decir, no tanto cuánta fe en Dios tienen, sino en qué Dios creen. No por casualidad este fue el problema fundamental también para Jesús: por revelarnos un Dios insospechadamente parcial hacia los despreciados en un mundo estructurado por el poder como negación de los derechos de Dios y de los pobres, fue considerado blasfemo y ajusticiado.

En términos cristianos, Jesús fue un anti "light". Exigió encarar la conversión a Dios, el cambio de vida y las actitudes éticas y religiosas desde su raíz. Así fue percibido por la clase gobernante y sacerdotal, y también por sus discípulos. Para sus parientes esto era un preocupante síntoma de locura (Mc3:21). No es de extrañar entonces que su actitud nada "light" le haya costado la vida.

Dejó claro que quien quiera seguirle debe no puede ser "light". El seguimiento debe ser la opción fundamental, por sobre la de los padres, los hijos y la propia vida (Mt10:37-39). Cualquier bien, cualquier valor ha de ser sacrificado cuando se hace incompatible con esta opción (Mt18:8), a semejanza del que vende todo lo que tiene para adquirir una perla preciosa o un tesoro escondido (Mt13:44-46). La opción del cristiano es un compromiso tal que elimina el falso equilibrio del "servicio a dos señores" (Mt6:24; Lc12:21, 34).

La puerta que lleva a su Reino, no es ancha ni "equilibrada" como pueden pretender los cristianos "light", sino estrecha (Mt7:13). Los que le siguen deben estar dispuestos a no tener donde reclinar su cabeza, deben romper con los compromisos mundanos, y una vez en marcha no deben siquiera mirar atrás (Lc9:57-62). Toda ganancia temporal no aprovecha de nada si nos separa de El (Mt16:25-26).

Jesús no oculta la violencia que habrá de hacerse el cristiano para seguirlo (Mt11:12), por un camino de amor y sed de justicia cuya consecuencia será la cruz (Mt16:21-24; Mt17:15). Llega hasta pedir a los que se bautizan que nazcan de nuevo (Jn 3:3), que se "hagan como niños" (Mt18:4) y que "ocupen el último lugar" (Mt20:26), después de haber "perdido y triturado su vida como el grano de trigo (Jn12:24-26).

Esta opción nada "light", sin buscarlo, llevará a conflictos y tensiones, consecuencia lógica de la reacción que causa una fidelidad absoluta al Evangelio. Por eso el cristiano será objeto de odio (Mt10:22-25; Mt18:21; Jn15:19-25; Jn16:1), y de división (Mt10:34-35) como Jesús mismo fue objeto de odio y división, signo de contradicción (Lc2:34; Jn7:12-13). Frente a El es imposible mantener prudencia o indefinición, pues se está con El o contra El (Lc11:23).

La oposición del Evangelio al compromiso "light" está condensada en su ideal de felicidad, opuesta a la falsa dicha, según las bienaventuranzas de San Lucas (6:20-26). En contraste con las categorías "light" de la sensatez y del equilibrio mundano, los ricos, los satisfechos y los "bien considerados" son descalificados por el Nazareno. En cambio, los que para El están en la línea del equilibrio evangélico son los pobres, los hambrientos, los sufrientes, los expulsados, insultados y mal vistos a causa de su opción cristiana (Lc6:23).

Igual falta de mesura muestra Jesús de cara a ciertas exigencias que considera específicamente evangélicas. El amor fraterno que reclama no es solamente la actitud "sensata" y "honesta" de los buenos sentimientos y relaciones humanas "light". Para El somos iguales a los "paganos", que siguen esta ética "light", si no llegamos a perdonar las ofensas "setenta veces siete" (Mt5:22), si no aprendemos a no juzgar (Mt7:1) y a amar y perdonar a los enemigos y a los que nos perjudican (Mt5:37-48) (Mt6:14). Más aún, exige optar por los débiles y pequeños (Mt 5:40).

La fe que Jesús exige no es la de los "sabios y prudentes" (Mt11:25). Debe hacernos capaces de empresas sobrehumanas (Mt14:25ss); bastaría "un grano de esta fe para trasladar las montañas" (Mt17:20; Mt21:21).

De cara a la verdad, Jesús es igualmente absoluto. Su fidelidad a esta verdad lo llevó al enfrentamiento final con el poder establecido, y a la muerte (Mt26:64; Mt23:11; Lc22:67ss; Jn18:35ss). En su entrega a la causa de la verdad, Jesús será radical en su crítica a la hipocresía, a la exterioridad (Mc7:3-13) y a toda forma de fariseismo (Mt23:1ss; Mc2:27; Mt9:14; 11:16; 12:1ss; 15:7-11; 13:24).

Esta criteriología evangélica, se aparta de los criterios del equilibrio mundano. Los que aparecen últimos serán primeros y los primeros para el mundo, los últimos (Mt19:30; Mt20:12-15). Así, las prostitutas precederán en el Reino a muchos "bienpensantes" (Mt21:31), la fe de los pecadores vale más que la religión puramente exterior (Lc7:36ss), el óbolo de una pobre viuda tiene más valor que las dádivas de los opulentos (Mc12:41-44) y la penitencia del publicano pecador justifica más que la suficiencia del fariseo practicante (1c 18:9). La caridad llevada al extremo (Jn13:1), la búsqueda del último lugar (Mt3:14), la renuncia radical al poder y a la violencia (Mt26:51; 27:12; 27:40-44; 4:1ss; Mc14:61; 15:5; Jn18:22) tienen su mejor encarnación en la actitud de Jesús al entregar su vida por los demás (Jn10:15-18; 13:1).

El problema fundamental para los cristianos "light" es que terminan por aceptar como natural un evangelio "descafeinado" y un sistema económico y social insolidario. Y esto es colaborar con la maldad inserta en ellos. Luther King decía que hay tanta obligación moral en la no cooperación con el mal cuanto en la cooperación con el bien. El cristianismo nos recuerda que cada persona es la guardiana de su hermano. El aceptar la injusticia pasivamente equivale a dar justificación moral a las acciones del malo; es una manera de dejar dormir su conciencia. Habría que recordarles con Albert Camus que "la verdadera desesperanza no nace ante una obstinada adversidad, ni en el agotamiento de una lucha desigual. Proviene de que no se perciben más las razones para luchar e, incluso, de que no se sepa si hay que luchar".

R.P. Luis Pérez Aguirre S.J.

El pobre es Cristo


El pobre es Cristo,
Cristo desnudo,
Cristo con hambre,
Cristo sucio,
Cristo enfermo,
Cristo abandonado.
¿Podemos quedar indiferentes?
¿Podemos quedar tranquilos?

San Alberto Hurtado, SJ

Paz y Bien

La negación del Niño de Belén

Dicen que en toda guerra la primer víctima es la verdad.
Puede ser.

Pero yo creo que las primeras víctimas son los niños...

En la fé que nos ha sido dada por la Gracia de un Padre Bondadoso, sostenemos que todo hombre ha sido creado a imagen y semejanza de Dios.

Por lo tanto, todo hombre es nuestro hermano.

Por lo tanto, cuando a un hombre se lo violenta de cualquier modo - en especial por su origen racial, nacional, religioso - se injuria al Dios que lo ha creado.



Por el bautismo compartimos con Cristo la vocación profética que significa anunciar el Reino de Dios y denunciar todo aquello que le es contrario.
Cuando no se oyen denuncias, si las protestas no se anuncian, necesariamente debemos entender que hay un silencio cómplice.

Por eso, Su Santidad Benedicto XVI reclama sin cesar el alto el fuego en Gaza, porque el mundo se calla frente al concierto de la muerte que se entona en Tierra Santa.


Y se utilizan sofismas tales casualties, víctimas inocentes (¿hay otra clase de víctimas???) y todo tipo de espantosos argumentos para justificar el bombardeo de granjas, hospitales, templos y escuelas, donde bajo el imperativo falaz de seguridad y terrorismo, se hiere, mutila y asesina niños...


El Padre nos ama tanto que quiso hacerse uno de nosotros.
No quiso imponer su señorío como los poderosos.
Envió a su propio Hijo.
Nacido en una pequeña aldea, es sólo un Niño frágil en los brazos protectores de su Madre, al que no hay que pedirle permiso para visitarlo. Más aún, como un Niño espera y necesita de todos.
El Dios de la Vida, Señor del Universo,se hace Niño por amor para nuestra salvación y está especialmente presente en cada niño, en todos los niños.

El genocidio por el hambre o por las armas de niños en cualquier lugar, especialmente hoy en Gaza, es una negación expresa, concreta y contundente al Niño de Belén, Niño de Paz, Niño de Amor.

¿Qué nos toca a nosotros?

Orar sin descanso, sabedores que nuestra oración, en especial si es comunitaria, es escuchada y es eficaz: la oración puede procurar la paz por la que desesperamos.


No callarnos nunca frente a todo lo que es contrario a la dignidad humana, porque necesariamente es contrario a la Divina Providencia, es la herodiana violencia que niega la existencia de un Dios que es Amor.


Y por último - y en especial, para aquellos que tenemos hijos - : hacernos madres y padres de todos los niños, respondiendo al llamado de Jesús en el pesebre.


Paz y Bien

La crisis, el César y las cosas de Dios

“Ellos fueron y le dijeron: "Maestro, sabemos que eres sincero y no tienes en cuenta la condición de las personas, porque no te fijas en la categoría de nadie, sino que enseñas con toda fidelidad el camino de Dios. ¿Está permitido pagar el impuesto al César o no? ¿Debemos pagarlo o no?"
Pero él, conociendo su hipocresía, les dijo: "¿Por qué me tienden una trampa? Muéstrenme un denario".
Cuando se lo mostraron, preguntó: "¿De quién es esta figura y esta inscripción?". Respondieron: "Del César".
Entonces Jesús les dijo: "Den al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios".
Y ellos quedaron sorprendidos por la respuesta...”(Mt.12,14)

Si leemos con ojos de niño y con una mirada sencilla, la primera reflexión nos conduce a decir-nos que las cosas del César no son las cosas de Dios.

Que las cosas del mundo están bien lejos del camino de salvación que nos ha señalado Cristo –camino que se comienza a recorrer en este mundo-.

El mundo nos enrostra el guante del desafío, y lo hace a menudo de una manera despectiva y soberbia.
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En los últimos meses se han repetido ad nauseam diversos y sesudos análisis acerca de las causas y consecuencias de la crisis financiera internacional.

Y varias de esas consecuencias se pueden discriminar con certeza al día de hoy.

Clarísimo.

(De una manera posiblemente ingenua y simplista, es dable requerir que se rehagan dichos análisis en aquellos lugares donde apenas y a penas se mantiene el hambre a raya, donde la vida carece de valor, donde el barro sustituye a la justicia como presencia constante)

Porque en tanto lo financiero (el dinero) siga erigiéndose como valor absoluto, como valor en si mismo, todo lo demás viene muy detrás en los valores que se sostienen como inalterables.

Las cosas cada vez son más del César y cada vez menos de Dios.

(Y el mundo, este mundo, esta patria, es cada vez el lugar menos indicado para que Jesús, nuestro Hermano y Señor, se sienta como en casa…)

Porque el mandato del amor, de la caridad, tiene como primer axioma el imperativo del aquí y ahora.

Y ahí sí, podríamos utilizar algunas de las herramientas de análisis financiero habitual.

Porque hay que dejar de lado las inversiones de riesgo, la volatilidad de los mercados y realizar importantes depósitos de capital… espiritual.

Porque hay que efectuar sí o sí un recorte importante en los gastos inconducentes y aplicar todos nuestros recursos en el enriquecimiento de la caridad.

Porque hay que propiciar recortes y despidos en la marejada de intereses puramente individuales para salir en socorro, auxilio y encuentro del Otro, en especial y principalmente de las víctimas de la miseria militante y estandarizada.

Y allí entonces, miremos las cosas desde el lugar que debemos situarnos, con la mirada de Dios.

Aún a riesgo de la repetición constante, todo apunta a ser cada vez más del César y menos de Dios.

Y todo está en nuestras manos para que eso cambie.


No amontonen tesoros en la tierra, donde hay polilla y herrumbre que corroen, y ladrones que socavan y roban.
Amontonen más bien tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni herrumbre que corroan, niladrones que socaven y roben.
Porque donde esté tu tesoro,
allí estará también tu corazón.(Mt.6, 19-21)


Paz y Bien

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