Padre Nuestro: orar con Cristo, participar en el misterio de la Trinidad















Para el día de hoy (20/06/19) 

Evangelio según San Mateo 6, 7-15








La Palabra de Dios desciende sobre la creación, sobre la tierra como lluvia bienhechora que todo lo fecunda, y nuestras existencias germinan al paso de la vida que se despierta tras la bendición. Esos renuevos que florecen son plegarias, nuestra oración que sube hacia la inmensidad del Creador como expresión segunda y respuesta, pues de Él son todas las primacías.

Dios es el Totalmente Otro, y su misterio es tan insondable que en nuestra pequeñez deberíamos permanecer mudos totales sin remisión. Aún así y a pesar de todo y de todos, Dios se hace Palabra para que recuperemos el habla, Verbo que se encarna, Cristo, Dios con nosotros.

Cristo nos revela la verdad que transforma la totalidad de la historia, que Dios es Padre y más aún, Abbá.
Padre que se brinda sin reservas, Padre por el que todos somos hermanos, Padre bondadoso, tenaz e incansable.

Él nos brinda su oración que es el compendio del Evangelio y la Salvación.
Cristo es el puente con la eternidad, y el Padre Nuestro nos introduce en el misterio infinito de Dios, en alabanza a su Nombre, en súplica por su Reino y su voluntad aquí y ahora, causa de Dios que también es causa de los hermanos por el pan, el perdón, la justicia, la reconciliación.

Orar el Padre Nuestro es orar con Cristo, participar desde las raíces mismas de la existencia en el amor trinitario, decir con Él -Padre- transformarlo todo desde esa identidad única e inquebrantable, la vocación infinita de se sus hijos.

Paz y Bien

La autoridad única de la compasión
















Para el día de hoy (19/06/19):  

Evangelio según San Mateo 6, 1-6.16-18









Salir, salir de todo encierro, pero muy especialmente salir de sí mismo e ir al encuentro del otro. De eso se trata la misión porque la misión es sinónimo de amor.
Toda la vida de Jesús de Nazareth es un ir constante en búsqueda de los demás, allí en donde acontece lo cotidiano, en donde la gente se reune a rezar, en donde trabaja, en donde viven. Pero con especial afán Él vá hacia donde se encuentran los que ya no pueden más, los olvidados, los descartados de la vida, los que agonizan tantas veces en silencio.

Todavía no lo hemos encarnado como distingo principal de esta familia suya que somos, la Iglesia. A menudo seguimos empecinados en esperar que el prójimo se aparezca a nuestras puertas, cuando en verdad al prójimo se lo edifica y reconoce desde la caridad. Peor aún, nos blindamos de muros, puertas cerradas y ventanas opacas, esos exclusivismos acotados de una Iglesia rápida para la sanción de todas las heterodoxias, pero escasa a la hora de prodigar misericordia y bondad sin distinción ni fronteras.

Por ese carácter que es su identidad única, a los discípulos de aquel entonces y los de todas las épocas de la historia el Señor les ha conferido autoridad, una autoridad que emana de su propio poder. Esa autoridad no se condice con los criterios mundanos de dominio, de mandar a los demás, de ordenar y ejercer el poder sobre el hermano y sobre los que se ha confiado su cuidado.

Esta autoridad es única: se trata de encarnar la compasión en todo tiempo y lugar, sin importar las consecuencias, con generosa cordialidad, levantando al caído, socorriendo al enfermo, celebrando cada brote de justicia y liberación en donde acontezca.

Porque desde el Evangelio, no hay otro poder auténtico que el del servicio, en la asombrosa sintonía de la Gracia.

Paz y Bien

El perdón amplía la comunión













Para el día de hoy (18/06/19):  

Evangelio según San Mateo 5, 43-48







Con presupuestos humanamente muy razonables, estamos atrapados en una lógica que, necesariamente, deja un tendal de muertos y heridos, y que no vá más allá de nosotros mismos, carece de trascendencia, se agota en su misma raíz.

Pero con Jesús de Nazareth no hay lugar para el no se puede. Él toma las tradiciones de su pueblo -tan comunes a todos los pueblos- y las resignifica.
En la ley de Moises y la cultura de Israel, estaba explícito el mandato de amar al prójimo, es decir, amar al par, al judío, al otro hijo de Israel. El forastero que es el extranjero que ha sido asimilado por Israel también debe ser amado y respetado; ahora bien, nada dice acerca del extranjero.
La extranjería -total ajenidad- no tiene ningún condicionamiento moral ni obligación ética, por lo que es perfectamente odiable, y obviamente eliminable sin cargo de conciencia a la hora de la guerra. El lejano -que puede estar a sólo unos metros- está separado por una brecha infranqueable.

Aún así, el Dios de Jesús de Nazareth es el Dios del prójimo, del forastero y del extranjero, que no realiza estas disquisiciones que son tan nuestras sino que sólo mira y vé hijas e hijos.

Esos proyectos tan actuales en donde es posible y justificable el odio en todas sus expresiones y formas refinadas, nada tiene que ver con el Reino. 
De tal palo tal astilla sentencia verazmente el saber popular, y si nos reconocemos hijas e hijos de ese Dios Abbá, no podemos ser distintos ni menos que Él.

No hay lugar para abstracciones ni para conformismos banales en los templos y predicaciones. Más que una utopía, tiene su encarnación concreta en este mundo tan violento y cruel, porque es el único modo de sanar corazones y acercar a las gentes.

Shalom no es sólo un deseo de paz: es la bendición efectiva y eficaz de ese Dios que es liberación para todos los corazones heridos, para que florezca la vida, para que retroceda la muerte.

Paz y Bien

La ética superadora y trascendente de la caridad


















Para el día de hoy (17/06/19):  

Evangelio según San Mateo 5, 38-42







Las lecturas anacrónicas suelen partir de razonamientos o silogismos equivocados, y por ello son poco veraces; en un abordaje simple, no es acertado juzgar con ojos del siglo XXI situaciones o aconteceres que sucedieron miles de años atrás. Hay cosas que perduran, y que son inamovibles a través de la historia, la vida, la libertad, la trascendencia. Pero con el transcurrir de los siglos los valores cambian -para bien o para mal- y por eso es menester saber ver el árbol pero también el bosque a la vez, es decir, mirar al hombre en su circunstancia histórica.
Es el error habitual de confundir moral con ética, pues aquella es la explicitación histórica de ésta, y por lo tanto varía de acuerdo al contexto histórico. En resumidas cuentas, lo que es válido o aceptable en determinado lapso de la historia puede rechazarse o repugnar en otros tiempos. Pero la ética, los valores trascendentes, son los que permanecen y no perecen.

Así entonces la llamada ley de Talión -lex talis- significó para las sociedades de su tiempo un importante avance en el ordenamiento civil, el progreso en el establecimiento del derecho penal, y un enderezar las acciones hacia una justicia recíproca, igualando los derechos entre el ofensor y el agredido, morigerando los efectos de la venganza y trasladar esos criterios a toda una nación. El nombre de ley de Talión proviene de lex talis que significa, literalmente, ley del tal como. Así los sabios de Israel reflexionaron y codificaron -lo encontramos especialmente en el libro del Levítico y en Éxodo- ese criterio con el vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pié por pié, quemadura por quemadura, herida por herida, golpe por golpe, fractura por fractura.
Volviendo al postulado inicial, este principio puede hoy horrorizarnos si nos embarcamos en una fútil tarea anacrónica. Por eso es menester tener una mirada más profunda.

En los tiempos de Jesús de Nazareth estas previsiones, si bien vigentes, habían decrecido en intensidad. Ciertos cambios habían mutado: podían establecerse compensaciones monetarias en lugar de la devolución recíproca de la ofensa o golpe recibido. Pero para los sectores más radicalizados, implicaba también la justificación de expulsar por la fuerza de las armas al opresor romano.

Jesús de Nazareth no aceptaba estos principios. Sabía bien que cuando comienza la violencia, se desata una vorágine que es muy difícil de detener, y que sólo provoca víctimas. Nadie gana.
Pero Él no propone una alternativa más, ni tampoco habla de pasar por alto el mal. Lo que importa es romper ese círculo violento de venganza. Desde la esencia misma de Dios, el amor, la justicia se busca y se procura de otra manera, ofreciendo la propia vida.

Se trata de ir más allá del pacifismo, el cual es de por sí muy valioso. Pero en la perspectiva del Reino, en el horizonte de la Gracia hay más, siempre hay más, y ese más allá se llama prójimo, aún cuando prójimo sea el enemigo más enconado y peligroso.
No es fácil porque para arribar a esas playas mansas hay que navegar por el mar confuso y adverso del egoísmo.

Pero con Dios todo se puede. Y más aún cuando se experimenta el paso salvador de Dios por la propia existencia, una cuestión raigal que inevitablemente ha de compartirse con propios y con ajenos que son tales porque aún no hemos hecho el esfuerzo de acercarnos, todos hijos del mismo Dios.

Paz y Bien 

Santísima Trinidad: Dios por nosotros, Dios con nosotros, Dios en nosotros
















La Santísima Trinidad 

Para el día de hoy (16/06/19) 

Evangelio según San Juan 16, 12-15










En verdad, somos muy limitados. Las mujeres y los hombres más sabios y eruditos lo entienden bien, y cuanto más profundas y profusas son sus reflexiones y sus escritos, más grande intuyen el abismo que los separa de explicitar la eternidad. Nuestros lenguajes abundan en términos más no son Logos, Palabra infinita de Dios.

Por eso, frente a la inmensidad del misterio a veces es mejor callar, acallar tanta bulla y escuchar con atención, dejarse imbuir toda la existencia por ese infinito que tiene nombre y rostro, volvernos nuevamente niños capaces de asombros, corazones ligeros de tantas maravillas.

Aún cuando el abismo -para nuestros medios escasos- es imposible de atravesar, un puente se nos ha tendido.
Jesucristo, sacerdote absoluto, es camino, es verdad y es vida desde y hacia Dios. Porque hay cuestiones en las que no se navega con la razón, sino que es preciso sumergirse con el co-razón.

Por Jesús de Nazareth sabemos que el Dios del universo es amor, vida que se comunica a perpetuidad, común unidad de vida, de afectos, de ternura, de liberación y justicia. Un amor tan grande que sale al encuentro de la humanidad en sus mismos huesos y sangre para acampar en estas soledades, para que la historia se transforme de una vez y para siempre.

Porque el Dios de Jesús es un Dios que salva, que sólo vé hijas e hijos, que rescata a los extraviados, sana a los enfermos y libera a los cautivos. No es el dios severo, juez y rápido castigador que por un lado nos manda amar y por el otro, con admoniciones duras como látigos, reparte sin vacilaciones infiernos constantes.
La Salvación se nos ofrece en bondad extrema pero también en total libertad. Porque es ese amor el que ante todo nos quiere íntegros, libres, y este Dios es Padre y Madre que nos cuida y protege, es Hijo y hermano mayor que nos salva, es Espíritu que nos enciende y sostiene.

Celebrar la Santísima Trinidad no puede tener otro signo que el de la alegría de sabernos reconocidos siempre, destinatarios de abrazos sinceros, degustadores de trascendencia en lo cotidiano, de eternidad en el aquí y ahora, de vida que se nos brinda y que a su vez proyectamos y compartimos porque, aún no perteneciéndonos, se nos ha confiado a nuestras torpes manos, con una confianza asombrosa que no tiene parangón con la poca fé que a menudo depositamos en su corazón sagrado.

Dios por nosotros, Dios con nosotros, Dios en nosotros.

Paz y Bien

Somos nuestras palabras, las que decimos y las que callamos














Para el día de hoy (15/06/19) 

Evangelio según San Mateo 5, 33-37








El Maestro no vino a abrogar la Ley de Moisés, sino a darle cumplimiento pleno. Ello no implica solamente una variable heterodoxa interpretativa, sino más bien una profunda lectura de sentido a partir de su experiencia profundamente personal de Dios como Padre.
Sólo desde allí la Ley deja de ser norma escrita a cumplir y se transforma en proyecto de vida, en auxilio y brújula de la existencia.

En el Evangelio para el día de hoy, Jesús de Nazareth pone el énfasis y el corazón en la veracidad de las palabras, en no perjurar, en no abandonarse a las sombras de la mentira.

En cierto modo, la palabra empeñada parece carecer de valor y trascendencia en los tiempos que corren; pero aún así, esa palabra es decisiva y debería ser motivo de confianza recíproca.
Porque en verdad, somos nuestras palabras. Somos lo que decimos, somos lo que callamos, somos las verdades que ratificamos y las mentiras que destilamos, y por ello es dable y razonable afirmar que en cada palabra -escrita, pensada, pronunciada- nos estamos jugando la vida, pues la verdad es libertad, y su ausencia configura el peor de los escenarios.

Así entonces el Señor nos impulsa a la sencillez, y esa sencillez no es simpleza superficial. Antes bien, implica una profunda honestidad, un valor tan ausente en nuestro mundo.

Más aún: tenemos el mandato de ser veraces para ser libres, desde la verdad primera que es Cristo, y a la vez el destino de hacernos Palabra para el prójimo cercano y lejano, Evangelios vivos que aunque permanezcan en silencio, dicen todo lo que hay que decir desde el testimonio de vidas santamente coherentes.

Paz y Bien

No podemos ser felices individualmente

















Para el día de hoy (14/06/19):  


Evangelio según San Mateo 5, 27-32 









Un error usual es suponer que Jesús de Nazareth le habló específicamente a una generación de hombres y mujeres judíos del siglo I de nuestra era, tal vez con mayor énfasis a galileos, y que se enfrentó sin reservas contra la dirigencia religiosa de su tiempo. Situar al ministerio del Maestro en coordenadas históricas puntuales es muy importante en tanto conocimiento y, más aún, en tanto ámbito teológico o espiritual, pues ahondamos en la cristología, en el grato misterio del Dios que se encarna, se hace historia.

Pero su mensaje se extiende de generación en generación: Él les habla a las mujeres y los hombres de todos los tiempos, creyentes e incrédulos, buenos y malos, justos y pecadores. Asombrosamente, Cristo es el Dios amigo, vecino, contemporáneo de todos los pueblos a través de toda la historia.

Suponer también que Cristo viene a instaurar una alternativa nueva, una opción distinta a como se ordena el mundo es menoscabar su enseñanza y misión. Las cosas del Reino no son reemplazos de unas estructuras por otras, sino llevar a la persona humana a su plenitud: el sueño de Dios expresado en Cristo es que el hombre sea feliz, nada más ni nada menos, y que pueda elevar su existencia a una eternidad sin límites ni fin.

Por eso Él buscaba una superación de la Ley en tanto reglamento, norma de imposición restrictiva externa; ello es importante, pero no resuelve la cuestión de raíz, y es lo que anida en los corazones de las gentes, y eso explica la lectura que nos presenta la liturgia del día. El adulterio, claro está, es anatema, pero no basta la restricción en los tiempos de la Gracia sino purificar la conciencia. Más aún, permitir que el Espíritu nos despeje toda nube de egoísmo y de negación del otro, todo cercenamiento del crecimiento del amor.

Lo que verdaderamente inclina la balanza es un corazón que se convierte, que converge hacia Dios y hacia el hermano.

Paz y Bien


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