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Una estrella inquieta, tiempo de regalos

Epifanía del Señor

Para el día de hoy (06/01/12):
Evangelio según San Mateo 2, 1-12

(Epifanía es un término de origen griego que significa manifestación; el mismo se aplicaba tanto a lo profano o secular como a lo sagrado.
Así entonces, epifanía se utilizaba históricamente para señalar la llegada del rey a la ciudad, o también la comunicación de la divinidad inaccesible en favor de los hombres.

A causa de cierta religiosidad estratificada y acartonada -esa misma que impide la manifestación de toda novedad buena- y de la multipresencia demoledora del dinero y la comercialización de las almas, se nos ha ido desdibujando el significado profundo de esta celebración, y ha quedado relegada a la compra compulsiva de juguetes o a representaciones míticas, decididamente ajenas al Espíritu de Aquél que se revela a toda la humanidad.

Sin dudas, la estrella de belén y los magos llegados de Oriente han sido objeto de profusas investigaciones y exégesis, y es innegable que nos llaman poderosamente la atención: una estrella inquieta, movediza en su misión de señal y unos sabios lectores del firmamento -quizás astrónomos y astrólogos a la vez-, que no dudan en recorrer largas distancias desérticas al encuentro de su búsqueda más decisiva.

Extraño Dios éste que se vale del cosmos y que se revela a aquellos que lo buscan con sinceridad y sin desmayos a su manera, desde su leal saber y su culturas propias.
Más extraño todavía, un Dios que se deja encontrar por gentes insospechadas, por extranjeros/extraños, por los que habitualmente se considerarían ajenos a cualquier mensaje especial, destinatarios impensados de una noticia increíble.
Horror de nuestras mentes demasiado adultas -locura y escándalo para tantos-, Dios se manifiesta como un rey que tiene por trono los brazos de su Madre, y que no exhibe más poder que el de su pequeñez, un Dios que llora su hambre y su frío en la noche de un caserío polvoriento.

La reacción herodiana es pavorosamente previsible: es la brutalidad del poderoso que infiere amenazas en todas partes, que complota hasta la muerte para quitar de en medio a potenciales competidores, que trata de trampear lo que fuere con tal de afirmarse en sus dominios.

Pero el Espíritu sopla e ilumina con absoluta libertad, no se somete a manipulaciones pseudopiadosas, y desata una magnífica rebeldía en esos sabios venidos de lejos y sin embargo, tan cercanos a ese Dios que los busca y los orienta sin descanso.
La desobediencia de los magos al mandato de Herodes es consecuencia y fruto de ese Dios todopoderoso que se encarna, la salvación presente entre nosotros, el Dios del Universo que se hace niño, que desmerece poderes vanos, irrupciones celestialmente lejanas y manifestaciones imperiales.

Es sólo un Niño que llora en la noche, un Dios que busca ser acunado.

Quizás por ello se nos haga necesario recuperar esa estrella que hemos perdido, estrella compañera que nos señala el sitio preciso en donde está Aquél que es nuestra liberación y nuestra alegría, nuestra vida y nuestra ternura, un Dios que se deja encontrar por aquellos que lo buscan con corazones veraces y sencillos -a menudo de modos poco ortodoxos- pero que no se esconde porque es luz para todos, y para Él no cuentan propios y extraños. Todos son hijas e hijos.

Con ojos de niños asombrados por lo dado, por las bondades de lo que se regala, tal vez nosotros debamos ponernos en camino junto a todos los extraños, los extranjeros de toda exclusión, los que nadie contaría como predilectos, para llegarnos a la periferia de este mundo, allí mismo en donde la luz resplandece en ese Bebé Santo por el que todos los niños se vuelven sagrados, y poner a sus pies nuestros regalos más preciados, el oro de la compasión, el incienso de la misericordia y la mirra de la justicia)

Paz y Bien



Encuentros sorprendentes

Para el día de hoy (05/01/12):
Evangelio según San Juan 1, 43-51

(Estamos bajo el impulso de la afirmación de Juan, aquella en la que afirmaba que Jesús es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, es decir, tenemos la cercana certeza de saber que Jesús de Nazareth es presencia y memoria de liberación, de Dios que interviene en la historia para liberar a su pueblo.

De las orillas del Jordán -el sencillo templo del Bautista, corazón y agua del río-, Jesús se encamina hacia Galilea, la sospechosa y despreciada Galilea de los gentiles, la antítesis de la Judea de la ortodoxia, del Templo, del poder, de los ricos y poderosos.
En su decisión hay definición y es más que sorprendente: parece que Dios amanece la Salvación allí mismo, en la periferia de todo, en donde se presupone que nada sucede, que ya está todo finalizado.

El -Sígueme- que le dirige a Felipe no es orden tajante a obedecer sin hesitar, ni un profuso debate teológico para la comprensión de una doctrina. Es una invitación sencilla y libre, signo cierto de que Dios siempre toma la iniciativa en salir a buscar a los dispersos, y que nuestra misión nace de esa acción primera de Salvación, iniciativa de liberación del Dios de la Vida que continúan sus hijas e hijos.

Felipe se enciende de asombro y sorpresa, y sin lugar a dudas su corazón arde del mismo modo que el corazón de los discípulos en la calzada de Emaús: el encuentro con Jesús desata las ansias de compartir el hallazgo con los demás, por eso Felipe no se queda, y comparte sus sentires con su amigo Natanael.

Es claro que cada persona es un universo de complejidad y profundidades. Cada uno tiene sus tiempos y sus modos de vivenciar los hitos de su existencia de un modo enteramente personal, y es por ello que Natanael al comienzo se muestra escéptico. Razona con la mentalidad imperante que nada bueno puede venir de Nazareth, como solemos razonar acerca de villas y favelas, nada bueno puede venir de migrantes sin papeles, menos de pobres, jamás de homosexuales, divorciados o portadores de mil estigmas diferentes.

-Ven y verás- invita Felipe, convidando a la sorpresa y al asombro, pues hay más, siempre hay más. Hay otra realidad al alcance del corazón para mujeres y hombres sin dobleces, capaces de descubrir a ese Alguien concreto que ha salido a nuestro encuentro, que nos mira y vé siempre primero bajo las higueras de nuestras comodidades y a la sombra de nuestras rutinas.

El encuentro es una invitación a salir al sol, a encontrarse con Jesús de Nazareth, a jugarse entero porque los cielos están abiertos, porque la trascendencia y la infinitud se han conjugado en una persona que no se reserva nada para sí y lo comparte con todo aquel que se anime a vivir una nueva vida en el Espíritu, un Dios compañero que camina con nosotros)

Paz y Bien

El mejor de los contagios

Para el día de hoy (04/01/12):
Evangelio según San Juan 1, 35-42

(En Juan, en Jesús y en los discípulos, en la Palabra para el día de hoy, predominan las miradas, miradas profundas que van más allá de las apariencias vanas y que llegan a la esencia, a lo verdaderamente importante y definitorio.

Juan ha visto que en ese galileo humilde y anónimo que se arrima a su altar de corazón y río está el Espíritu de Dios: quizás él no sabe su nombre aún, pero reconoce que ese hombre es el Esperado, en el que se cumplen todas las promesas, Aquél que es el Cordero de Dios, memoria y presencia de comunión y liberación.

Juan tiene una integridad insuperable, ni la violencia de Herodes conseguirá doblegarlo. Pero además tiene ese actitud maravillosa -que es menester reconocer en tantos- de quien ha cumplido su misión, de quien encontró su plenitud sirviendo y no ansía nada más. Por ello señala a Jesús a los suyos para que lo sigan con la mirada encendida de fé y esperanza. Juan disminuirá pero su luz no se apagará jamás, sigue resplandeciendo hasta nuestros días.

Juan señala a Jesús a dos de sus compañeros: uno es Andrés -pescador el hombre, hermano de Simón Pedro- y el otro, deliberadamente, permanece anónimo para que todos y cada uno de nosotros nos descubramos allí y pongamos nuestros nombres.
Ante la señal del Bautista, ellos se ponen en marcha y lo siguen: ese galileo ha despertado en ellos esperanzas adormecidas, ese rabbí sacia su sed y colma su hambre. Por ello mismo, la vocación cristiana sea ante todo movimiento, despertarse, descubrir a una persona anda por nuestras orillas y es nuestra Salvación antes que la adopción de una idea o la adhesión a una doctrina.

Andrés y nosotros le preguntamos -Maestro, ¿donde vives?-, y no es una mera inquietud domiciliaria: son las ganas de saber en donde lo podemos encontrar a diario si perdemos el rumbo, en donde está Él habitualmente, cómo hacer para que ese andar primero se multiplique en toda la existencia.

La respuesta de Jesús no puede ser más contundente en la verdad ni más esperanzadora en el impulso: Él inquiere con ese -¿qué buscan?- la busqueda más profunda, la superación de toda fotografía mezquina, el éxodo de cualquier construcción que nos hagamos de un Cristo a medida de nuestros deseos.
Aún así hay más, siempre hay más.
Vengan y vean es un magnífico desafío, una estupenda invitación a ir mar adentro de la rutina, a navegar en nuestras frágiles barcas con rumbo a un horizonte cierto e infinito pues no naufragaremos, la noche ha finalizado.

Con los ojos encendidos de esperanza y los pies ligeros de alegría, Andrés se apura a comunicarle a su hermano Simón Pedro lo que ha descubierto y especialmente, a Quien ha descubierto. Y esto tiene un efecto increíblemente multiplicador: Simón Pedro también se moviliza, hasta el punto de tener un nuevo nombre -Cefas- quizás significando que el encuentro transforma desde la raíces al punto de ser nuevas vidas que se despliegan, nombres nuevos para hombres nuevos.

Desde allí, podremos comenzar a hilar que la evangelización sea ante todo una alegría que se comparte y no se oculta, una experiencia comunitaria que nace desde un encuentro muy personal, tan personal que se vuelve contagioso, el mejor de los contagios, ese que no puede detenerse y que sigue hoy siendo clave y llave de todo despertar: vengan y vean que no estamos solos, que el tiempo es fruta madura, que no hay que resignarse, que Él al fin está allí invitándonos a diario a cambiar la vida y con ello, toda la historia)

Paz y Bien


El Cordero de la liberación


El Santísimo Nombre de Jesús

Para el día de hoy (03/01/12):
Evangelio según San Juan 1, 29-34

(La escena estremece: la voz clara del Bautista convocaba cada vez a más corazones, y las gentes se agolpaban a la orilla del río para bautizarse. Allí, entre la multitud, anónimo y como uno más, esperaba pacientemente su turno Jesús de Nazareth.

Juan tiene una mirada profunda, la mirada de los profetas, la mirada de los hombres del Espíritu, esa mirada que atraviesa todo velo de apariencia. Por eso descubre entre el gentío a Aquél que es su Salvación, y esto es clave para nuestras existencias: no creemos en una idea, no nos afirmamos en conceptos abstractos, creemos en una persona, en Alguien.

-Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo-, proclama el Bautista.

No es una expresión más. Tenía un hondo significado para el pueblo de Israel: por un lado, significaba pertenencia al pueblo de Dios que celebraba en la mesa familiar la Pascua de Yahveh -Seder Pesaj-, y por otro lado, era el memorial perpetuo de esa sangre del cordero con la cual se marcaron las puertas de las casas protegiendo a los niños de la muerte. La sangre del cordero era sinónimo de liberación y vida.

Sin embargo, en esos tiempos -y también tristemente en los nuestros- prevalecía cierta idea acerca del valor expiatorio y sacrificial del Cordero, es decir, la necesidad de aplacar con el derramamiento de sangre las iras de un Dios violento y vengativo, un Dios cobrador de multas y castigador meticuloso, un Dios sediento de tributos dolorosos que eviten la imposición de castigos.
Ese Dios no es el Dios de Jesús de Nazareth.

Probablemente Juan, por historia y formación, hubiera de sostener esa idea; sin embargo es un hombre de más allá, del coraje que implica la fé, del valor que impulsa el Espíritu y por eso intuye que ese Cordero ha de quitar el pecado del mundo.
Habla del pecado del mundo en singular, más no de pecados en plural: se trata de todo aquello que se opone a la vida, ese pecado que significa la opresión que se nos impone y el dolor que causamos, esas barricadas que solemos edificar para que la vida no se expanda, no sea plena.

Jesús es el Cordero de Dios que viene a restablecer la vida, que viene a decirnos no más violencia, no más chivos expiatorios, su Dios es un Dios de amor que es Padre y Madre, que ansía la plenitud de sus hijas e hijos, y que quiere una Pascua perpetua para todos, un paso de liberación que se celebra en mesa de familia numerosa y amplia, esa comida que llamamos Eucaristía)

Paz y Bien

Madre y encuentro

Santa María, Madre de Dios

Para el día de hoy (01/01/12):
Evangelio según San Lucas 2, 16-21

(Así estamos, en la pobreza de nuestras existencias, en la noche de nuestras incertidumbres, guardando nuestros rebaños de sueños y proyectos. Y nos llama, claro que sí.
Jamás quedamos librados a nuestra suerte.

Es cosa de ponerse en movimiento -como la vida misma-, con algo de coraje y mucho de esperanza. Hay que animarse y confiar, hay mucho más de lo que mandan las apariencias, y el asombro quizás nos abra de nuevo las puertas.

No es poca cosa: se trata de un bebé en brazos de su madre, bajo la mirada atenta y protectora del carpintero nazareno.
¿Quién lo diría? La clave de la historia entera y de todo el cosmos se asoma tímida en pañales, con llanto de hambre y frío, Niño frágil de pan , ternura y pobreza.

Es difícil callarse, es ímprobo contenerse. Los signos están allí, tal como nos habían dicho, y todo lo señala. Es una noticia magnífica, por fin encontramos a Alguien que honra la Palabra empeñada, y por ello mismo es la mejor de las noticias.

Lo hemos visto y lo contamos. En nuestra alegría desbordada quizás no la hemos visto, de tan calladita y pequeña. Su ojos enormes -tan grandes como su corazón- beben todo lo que sucede, y esas maravillas que descubre e intuye que vienen de su Dios, las deja madurar en las honduras cálidas de su alma.
Ella descubre lo que le ha sido dado por la inexplicable y asombrosa Gracia, y hace suyos esos regalos para que se multipliquen, la vida se le ha crecido en su seno y seguirá frutal prodigando más vida aún.

Madre, Mater, materia, madera.
Ella es encuentro pleno de humanidad y eternidad, y donde se encuentra la Madre tenemos la certeza de encontrar al Hijo.
Totalmente mujer, totalmente madre, plena de vida siempre creciente, tan de Dios y tan nuestra, corazón de alianza con ese Dios que renueva toda esperanza en cada vida que nos amanece, en todo niño que por aquél Niño deviene sagrado, signo cierto de Dios con nosotros

Es Madre por cuerpo, es Madre por ese Espíritu que la ha recreado, la más feliz, la que reconoce a Dios en su vida y en la historia, el Dios de los humildes y los más pequeños, ese Dios que nos revela un rostro de un Padre que nos ama y una Madre que nos cuida, mujer del sí infinito.

María, Madre de Dios y Madre de todos los encuentros: cuando nos reencontramos, su Hijo vuelve a nacer entre nosotros)

Paz y Bien

Presencia y Palabra

Para el día de hoy (31/12/11):
Evangelio según San Juan 1, 1-18

(Finaliza un año y comienza otro. En cierto modo, es como el devenir irrevocable de las estaciones, veranos y otoños, primaveras e inviernos.

En ese transcurrir, el tiempo se nos puede volver triste repetición, el cielo nublado por las aves negras de la resignación y la soledad. Porque aún en la ciudad más populosa, rodeados de multitudes, podemos descubrirnos más solos que nunca, abandonados a nuestra suerte, incapaces de todo excepto del llanto y la tristeza, sordos del aliento, ciegos de novedad.

Y cuando la contundencia de esa mirada escasa parece demolernos, un pequeño sonido humilde nos sale al encuentro en la cada encrucijada diaria de la existencia.

Es el llanto de un bebé.

Tiene un nombre esperanzador -Yehoshua, Jesús, Dios Salva-, un apellido estremecedor -Emmanuel, Dios con nosotros-, pero por sobre todas las cosas, decide y determina el fin del silencio, para recuperar el habla, para volver a entendernos, para no esconderse y mostrarse tal cual es, humano, decididamente humano, el más humano de todos.

Es el fin de toda soledad.

Con otros ánimos y mirada renovada, lo descubrimos tejido en la historia. No ha sido un frío y distante espectador. Esta locamente enamorado de lo que ha creado por ese amor entrañable y esencial.

Es Palabra que nos rescata del silencio y Presencia que quiebra nuestros abandonos.

Entonces, cuando no nos callamos, cuando no nos guardamos esas Palabras que hacen bien, que traen esperanza al que sólo conoce malas noticias, cuando nos acercamos al que está solo y abandonado, al que le dimos la espalda o al que nos deja de lado, allí, precisamente allí, Dios vuelve a nacer y se disipa toda oscuridad.

Presencia y Palabra, escucha y encuentro serán ancla y timón que nos llevarán a puerto seguro en el mar de 2012.

Felicidades y mucha, muchísima esperanza)

Paz y Bien

Secretos familiares

La Sagrada Familia

Para el día de hoy (30/12/11):
Evangelio según San Lucas 2, 22-40

(Son un joven matrimonio campesino, de aldea ignota -judíos hasta los huesos-, con un niño pequeño en los brazos. Siguen al pié de la letra la ley de Moisés y las tradiciones de sus mayores.
Acuden al Templo en el momento preciso, pues la ley consideraba impura litúrgicamente a la parturienta reciente, la cual sería readmitida mediante el holocausto sacrificial de una res, o eventualmente, de un par de pichones de paloma o tórtolas. Ellos hacen la ofrenda de los pobres, nada más pueden. Por otra parte, todo primogénito de Israel había de ser consagrado a Yahveh, y a la vez, su padre pagaría a los sacerdotes del Templo una suma específica como rescate por su hijo: toda vida pertenece a Dios, y en cierto modo, debe "comprársele", en recuerdo a los primogénitos de Israel rescatados de la muerte durante las plagas egipcias - Kidush Bejorot y Pydion HaBen-.

Dios extraño el de esta gente... la más pura entre todas acude a purificarse, Aquél que rescatará a la humanidad es rescatado por José de Nazareth, su padre carpintero...

Son tres galileos pobres. Están en medio del gentío, humildes y sencillos, casi invisibles en ese Templo imponente. ¿Quién los vería, si parece que están pidiendo permiso?

Sin embargo, dos abuelos magníficos no los pierden de vista.
Tienen la mirada profunda de los que no resignan su esperanza, de los que permanecen fieles más allá de toda previsión.
Los podemos imaginar hoy. El abuelo Simeón que se estremece con ese Niño en los brazos, que ha sabido reconocer en ese Bebé a la luz de todas las naciones, que se hace profecía desde los ojos mansos de María de Nazareth. La abuela Ana -a quien cualquiera le adjudicaría una cercana muerte-, que se hace canción y sonrisa con el Niño en sus manos ancianas, abuela de vida que vibra y celebra, abuela que no se calla y cuenta a todo aquel que quiera escucharla que allí está Él, Aquel que ha de rescatar al pueblo de su opresión y sus miserias.

Ellos tres, galileos y judíos, son símbolo perfecto de ese Dios Trinidad que se nos revela.
Un Padre que nos cuida, José del servicio atento, protector tenaz de la existencia.
El Espíritu que genera la vida, María Madre de Dios y de todos los vivientes.
El Hijo Niño, humilde, que se hace uno de nosotros.

Pero hay más, siempre hay más.

Dios no se impone, no exige, adopta la cotidianeidad para transformarla, viene con humildad y en silencio, sin otra estridencia que el llanto de un Niño que necesita pechos de madre y brazos que lo acunen.

Y cuando la enormidad de un mundo voraz parece engullirnos, nos saldrán al encuentro abuelos entrañables, heroicos en la ternura y firmes en la esperanza, capaces de mirar y ver más allá de las apariencias, celebrando la vida que está creciendo en Gracia y desde la Gracia, para recordarnos que no hay más impuros de cualquier exclusión, para que Aquél que nos rescata de la opresión y las miserias está hoy, aquí mismo, entre nosotros.)

Paz y Bien





La lejana mirada de la esperanza


Para el día de hoy (29/12/11):
Evangelio según San Lucas 2, 22-35

(Los jóvenes esposos galileos están ingresando a ese Templo imponente: son judíos fieles -anawin de Yahveh- que van a cumplir con lo prescripto por la ley de Moisés por el pequeño hijo y por la madre; en esas cuestiones, apenas pueden ofrecer un par de tórtolas o pichones de paloma, la ofrenda de los pobres. No tienen más, pero cumplen aún desde lo poco y lo pequeño.

Tienen los ojos más grandes que nunca: el gentío inverosímil - ellos provienen de apenas un caserío nazareno- que recorren el atrio de los gentiles, el humo constante de los altares en donde se queman los animales sacrificiales, el incienso, las inmensidad de ese Templo enorme no deja de asombrarlos.

Ellos están perdidos en ese mar de multitudes, invisibles, pues son dos jóvenes campesinos pobres con su bebé; aún así, hay alguien que no los pierde de vista, pues hace décadas que está esperando a ese Niño. El paso de los años en su cuerpo y el peso de la opresión de su pueblo no disminuyen la capacidad de ver: Simeón se sustenta en su esperanza, y su mirada tiene la lejanía de aquellos que confían y esperan, sabedores que Dios siempre cumple sus promesas.
Esa esperanza lo sostiene a pesar de que todo indica que hace tiempo debería haberse retirado al silencio; su vida se ha prolongado en esa espera atenta.

El Salvador que su pueblo espera, el Redentor de todos los pueblos está allí, envuelto en pañales, cuidado por sus jóvenes padres, y ahora sí puede irse en paz, ha visto fructificar su paciencia, y agradece a su Dios ser un cumplidor a rajatabla de lo prometido.
Incluso vá más allá: sabe que sucederá con ese Niño, sabe que con el tiempo ese Bebé dividirá las aguas, sabe que su joven Madre partirá su corazón con la espada del dolor y el rechazo.

Quizás porque sobreadundan multitudes, rutinas y angustias, la figura del abuelo Simeón se nos hace más entrañable, afectuosa e imperiosamente necesaria en estos tiempos.
Mujeres y hombres fieles capaces de ver más allá, con la lejana mirada de la esperanza, fantásticos descubridores de esa Salvación que nos suele salir al paso cada día, del modo más impensado, confiados compañeros que no se resignan y que nunca abdicarán en lo profundo de su corazón porque Dios siempre cumple, porque nuestra liberación está ya entre nosotros, y sólo basta saber abrir bien los ojos y el alma, abuelos magníficos en su fortaleza y en su ternura que nos abracen y bendigan, para juntos volver a agradecer a ese Dios de la Vida que jamás ha de dejarnos solos)

Paz y Bien

De la misma vertiente

San Juan, Apóstol y Evangelista

Para el día de hoy (27/12/11):
Evangelio según San Juan 20, 2-8

(María de Magdala regresa urgente hacia donde se encontraban Pedro y Juan. Había ido en su tristeza a rendir su afecto al Maestro que había muerto en la cruz -el mismo que había sido sepultado de apuros, casi clandestinamente-, y a pesar de la custodia de soldados, la tumba se encuentra vacía.
Al no encontrar el cuerpo muerto de su Jesús amado, corre desesperada pues entiende que las bestias enemigas ni siquiera lo dejan en la paz del sepulcro: supone que previendo cualquier levantamiento popular, se han robado el cadáver.

A pesar de su afecto completo y su total devoción, aún no asume que Jesús ha resucitado.

Juan y Pedro, al enterarse, salen disparados hacia la tumba cedida por un amigo -José de Arimatea-. Ellos corren con la misma angustia de la Magdalena, aunque en lo profundo de sus almas abrigan cierta pequeña esperanza por todo lo que aprendieron junto al Maestro.
En su urgencia, les sucede que pasan de largo algo evidente: la tumba está en medio de un huerto, el reducto de la muerte está en medio de donde florece la vida.

Juan llega primero: quizás porque es más joven, pero seguramente porque el amor se adelanta a cualquier previsión o razonabilidad.
La tumba está vacía. La mortaja, tirada en el suelo, pues no hay cuerpo al que aferrar. El sudario, prolijamente colocado en otro sitio, como si el que creían muerto hubiera dejado deliberadamente los utensilios de la muerte a un lado, indicando su inutilidad.
Finalmente, ellos comprenden.
El sepulcro vacío no es casa de muertos ni sitio de dolor: el Maestro ha resucitado, el sepulcro es reducto de la esperanza que nos sostiene hasta el día de hoy.

El pesebre de Belén y la tumba vacía del huerto proceden de la misma vertiente de agua viva, del río de la Gracia.

Allí, en donde nadie esperaría nada -una cueva de animales, un sepulcro en donde todo finaliza- Dios hace suscitar la vida, con todo y a pesar de todo.

Quizás debamos preguntarnos si continuamos pasando por alto esos sitios a los que preadjudicamos, con poca compasión, ninguna utilidad o peor aún, esos sitios a los que consideramos reductos de la muerte y la corrupción.

Allí, en donde menos lo esperamos, el Dios de la Vida, padre de Jesús de Nazareth y Padre nuestro sigue haciendo que brote la vida como un manantial para que todo se transforme, para que no nos rindamos, para que los regalos que nos entreguemos no sean resignación y conformidad.

Un pesebre y una tumba inhabitada son nuestra esperanza)

Paz y Bien

De pesebre y cruz

San Esteban, protomártir

Para el día de hoy (26/12/11):
Evangelio según San Mateo 10, 17-22

(Hasta ayer nos emocionábamos con las imágenes mansas del pesebre y el Niño que nos ha nacido.

Y hoy pasamos de golpe al espanto del martirio de Esteban, diácono -servidor- dedicado a auxiliar a las viudas pobres. Era un hombre íntegro, cabal, capaz de vivir al extremo la justicia de la Buena Noticia, esa justicia que supone la entrega desinteresada, el destierro de toda intolerancia, el rechazo de la violencia, el cuidado de los pequeños y abandonados.
Un hombre que a pesar de tener todo en contra -el sistema religioso, el sistema político, la marginalidad de su fé vivida a pleno- no abdicó de ese Cristo al que amaba y que tenía siempre delante de sus ojos.

Es claro: vivir la Buena Noticia en plenitud significa ponerse en la otra vereda del poder. El amor y el servicio son considerados amenazas graves y peligrosas, y los poderosos se valdrán de mecanismos religiosos, políticos y económicos para acallar a los testigos de que otra vida y otro mundo, con Jesús, son posibles.

Parecería que nos vamos al extremo de lo vivido estos días pasados.
Nada de eso.
Es el mismo misterio el de Belén y el de Esteban, porque expresan el mismo amor)

Paz y Bien

Las señales del pesebre y los pañales

Natividad de Nuestro Señor Jesucristo

Para el día de hoy (25/12/11):
Evangelio según San Lucas 2, 1-14

(Los datos históricos no son cuestiones prioritarias a la hora de sumergirnos en las aguas buenas de los Evangelios; por lo general, tienen una intencionalidad que está más allá de la crónica historiográfica.

Pero estos hechos -el imperio regido por César Augusto, Quirino gobernador imperial en Siria, el censo que se determina para establecer cuántas almas se someten a la autoridad de la espada romana- nos reorientan la mirada hacia lo verdaderamente importante, y es que Dios interviene en la historia humana en un momento concreto, en un pueblo específico. La Salvación no es un hecho abstracto ni una elucubración más o menos profunda, sino que acontece en la vida de hombres y mujeres concretos, encarnándose en el devenir de su existencia.

Si nos detenemos en su humildad y sencillez, los podemos mirar, ver y acompañar.
Esos jóvenes esposos judíos y pobres encaminándose a Belén para cumplir con los menesteres del censo, con esa panza enorme, ya con las urgencias del parto cercano. Es que los bebés -éste y todos- no andan posponiendo los arribos.

La angustia de la urgencia, y el rechazo del posadero. Sólo un refugio de animales les queda. La angustia de José, hombre hábil con sus manos en la madera pero que ahora no sabe qué hacer, teme por la mujer que ama, teme por el hijo que llega, le pesan muchos los gravosos pudores de su cultura. María, muchacha con sabiduría de mujer, mamá primeriza que debe aprender todo de golpe -¿cómo habrán cortado el cordón?-, parto de apuro sin partera ni doctor, sin lecho cómodo ni sábanas limpias.
Pero el Bebé nace, y la Madre agotada lo envuelve en pañales y lo recuesta en el pesebre, dispuesta a darle el pecho, leche de bondad y ternura, el hecho milagroso de la vida que se renueva en cada nacimiento.

Allí cerca acampaban al abrigo de la noche unos pastores que se turnaban para cuidar los rebaños. Sinceramente, uno no los invitaría así nomás al nacimiento de un hijo reciente: no visten mejores ropajes que ciertos andrajos de pieles con costurones sucesivos, el perfume que portan no es recomendable para bebés, al estigma de la pobreza le suman una fama de ser amigos de lo ajeno.

Es de suponer el buen susto que se llevan: un Mensajero se les aparece en plena noche para avisarles que les ha nacido un Salvador, el Mesías esperado por siglos y que lo encontrarán en un pesebre, envuelto en pañales. Justo a ellos, pero precisamente por ser ellos el Mensajero transmite la Palabra de Aquél que los ama y prefiere por sobre todo: esa Palabra no deja espacios al temor, esa palabra es el fin del miedo y el comienzo de la alegría que no terminará jamás.

Dios ha venido. Dios con nosotros.
Las señales para encontrarlo están allí: no destellará en los palacios, en la grandeza de los templos, en la opulencia de las celebraciones. Está esperándonos, llorando de frío y hambre, un Salvador que se ha hecho uno de nosotros en nuestra fragilidad, un Dios que quiere ser acunado en lo profundo de nuestros afectos primeros, un Jesús que viene a nacernos humilde y sencillo pidiendo permiso porque no ha encontrado demasiados espacios, un Redentor amigo indeclinable de los que nadie quiere y nadie invita.

Hay celebración en el cielo porque Dios nos ama sin condiciones, y la Gloria de Dios se expresa cuando edificamos la paz y la justicia desde ese pesebre y esos pañales, un Bebé Santo que transforma la historia.

Feliz Navidad que nos nace hoy)

Paz y Bien

Los surcos de la Palabra

Para el día de hoy (25/12/11):
Evangelio según San Juan 1, 1-18

(Es el misterio del universo y más lo que se nos revela hoy.
Se trata de aquella Palabra por la que las demás palabras sean secundarias.
Es la Palabra creadora del cosmos, Palabra que otorga y transmite la vida por esencia de amor, Palabra que no reserva nada para sí.

De esa Palabra dependen y se subordinan todas las otras palabras.
Y la revelación mayor es que esa Palabra Divina se ha hecho una persona, uno de nosotros, Jesús de Nazareth. Creemos en una palabra que es Persona, Jesús de Nazareth, y ello define nuestra existencia: nos atrevemos a decir que ello es más decisivo que libros santos, religiones, creencias y piedad. Todo depende de la Palabra, todo depende de Jesús de Nazareth, todo encuentra en Él su centro y su sentido.

Más aún: al ser la creación producto del amor de esa Palabra Divina, toda vida entonces deviene sagrada, única, santa.

En el transcurrir de la historia, hemos enmudecido, pues nos hemos ahogado con asiduidad en una multiplicidad de palabras menores sin sentido. Y al no escucharnos ni entendernos, nos sumimos en las sombras, en las tinieblas de la muerte cotidiana.

Esa Palabra es una Palabra inquieta, tenaz, obstinada: todo aquello que amorosamente ha creado no lo ha dejado abandonado a su suerte, ni a la ventura azarosa de sus miserias.

Por ello la Palabra ha venido a nuestro rescate, para que recuperemos el habla, para que nadie más quede sumido en el silencio ni en la mudez de la soledad impuesta.

El Dios del Universo abre los surcos en donde se sembrará la semilla de la Salvación, en el seno puro de una muchacha judía pequeña de corazón enorme.
La Encarnación es la reafirmación de la sacralidad de la vida, y del amor infinito de ese Dios que no nos abandona, un Dios que asume nuestra condición limitada, nuestra fragilidad.

En los brazos firmes y humildes del carpintero nazareno, en el pecho bondadoso de muchacha y madre, llora y se duerme nuestro Dios, rey extraño con cueva de bestias por palacio y ternura de padres por trono, en un lugar en donde razonablemente nadie buscaría.

Quizás debamos ir precisamente allí, a esos sitios marginales, en donde la vida se amanece en plena noche quebradiza y a punto de perecer, y que sin embargo persiste por la fuerza imparable del amor.

Él está entre nosotros, y es la mejor de las noticias.
Feliz Navidad, y que Dios nos nazca y se acune en nuestros brazos)

Paz y Bien

De urdimbre en la historia, por caminos insospechados, nacido de mujer

Vigilia de Nochebuena

Para el día de hoy (24/12/11):
Evangelio según San Mateo 1, 1-25

(La genealogía que nos plantea el Evangelista Mateo no es sencilla; más aún, se nos puede aparecer desmedidamente inexacta. Y es quizás en esa aparente argumentación errónea y falta de precisión en donde esté escondido el mensaje mayor.

Hay un factor clave que a menudo olvidamos: los Evangelios no son crónicas históricas, sino más bien teológicas, es decir, espirituales.
Reyes, guerreros, sacerdotes, nobles...y cinco mujeres insospechadas.
Mujeres de las que a menudo no se las tendría demasiado en cuenta como tales, y por lo que han hecho.

Tamar, la cananea que seduce con engaños a Judá para que Israel tenga descendencia y se cumpla la Ley.

Raab, otra cananea...que además era prostituta, pero que fué imprescindible para que las tribus errantes del desierto pudieran llegar al fin a la tierra prometida.

Ruth, la moabita que confiaba en ese Dios al que no conocía, y que por amor se convertiría en la abuela del rey David.

Betsabé, la hitita -esposa de Urías- con la que por la fuerza el rey David tendría descendencia, su hijo el rey Salomón.

Y María de Nazareth. Campesina, muchachita ignota y comprometida, aún no desposada, que exhibe un embarazo extraño, insólito, sospechoso.

¿Qué celebraremos?
En los banquetes navideños nos hemos tragado lo fundamental de este Dios que nos nace.
En el fasto y la ampulosidad de las celebraciones dejamos de lado lo verdaderamente crucial: Dios conjuga la eternidad con aquellos que para nadie cuentan, que a menudo son despreciados, para hacernos llegar gratis -Gracia- y sin condiciones la salvación para toda la humanidad.

Desde la periferia de la historia, en silencio y humildad, en el vientre puro de una mujer pequeña que será feliz por descubrir el obrar de Dios en ella, nos llega un salvador, un Dios que se hace un Niño frágil, un Bebé en peligro que requiere protección, un Dios que busca ser acunado en las profundidades de esa ternura que a menudo dejamos de lado, un Dios que nos está naciendo en este preciso momento para que la vida se recree y sea plena.

Dios con nosotros, Dios entre nosotros, la mejor de las noticias.

Feliz Navidad)

Paz y Bien


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