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Bautismo del Señor, cielos abiertos



El Bautismo del Señor

Para el día de hoy (12/01/14):  
Evangelio según San Mateo 3, 13-17



La práctica ritual del bautismo no era desconocida para la fé de Israel; se bautizaba a los prosélitos -es decir, a los gentiles/extranjeros- conversos al judaísmo. Esto se realizaba en la mikve o piscina ritual, que solía ubicarse primordialmente en el Templo; la inmersión en sus aguas -aguas corrientes, nunca estancadas- suponía parte fundamental de ritos de purificación.

Pero en un momento determinado, surge un hombre recto e íntegro como Juan, hijo del sacerdote Zacarías y de Isabel, que comienza a bautizar en pleno desierto, en las aguas del Jordán. Es grave, es controversial y es muy peligroso. 
Juan es un hijo de un sacerdote del Templo y no desconoce la ortodoxia. El desplazamiento del Templo hacia el desierto supone cierto grado de profanación, es decir, pasar del ámbito sagrado al espacio profano de un río. Pero lo verdaderamente riesgoso es que Juan está bautizando judíos, que se llegan a Betania en un número cada vez mayor.
Es inconcebible que un judío se bautice: como miembro del Pueblo Elegido, como hijo de Abraham, tenía asegurada la Salvación y no requería ningún bautismo, y quien se arrogara ese derecho, derecho de Dios, -como Juan lo hacía- era pasible de ser considerado blasfemo, y por tanto condenado a muerte.

Como si no fuera suficiente, el Bautista presiona más todavía: el bautismo es imprescindible como señal de conversión y arrepentimiento para no perecer, para reconciliarse con el Dios al que han ofendido con una miríada de pecados. 
Simbólicamente, bautizarse es en cierto modo morir bajo las aguas para emerger con una vida nueva, renovada. Juan es un hombre del Espíritu, un hombre con capacidad de leer los signos de los tiempos y poseedor de una mirada lejana, y sabe que su bautismo es necesario pero insuficiente: tras de él vendrá Alguien que es más poderoso, el más fuerte, y que re-creará los corazones -la existencia misma- con un bautismo de fuego, la perenne bendición del Espíritu Santo.

Por entre los ríos crecientes de gentes que se dirigen al río para ser bautizados, camina un hombre joven, galileo de Nazareth. Silencioso entre la multitud, aguarda pacientemente su turno como uno más entre tantos.
Desde lejos, Juan intuye quien es. Y en su presencia, se incomoda violentamente y se resiste: es Juan quien debe ser bautizado por el joven nazareno, y nó a la inversa.

Ese Cristo que se llega a bautizarse es señal inequívoca de las primacías bondadosas de Dios, que siempre se nos está acercando humilde y sencillo, sin estridencias.

 Más Jesús de Nazareth persuade al magnífico Bautista de que lo bautice: se trata de una primordial cuestión de justicia, una justicia que no ha de representarse con una señora de ojos vendados y que porta una balanza en perfecto equilibrio, cuyas platinas se inclinan hacia uno u otro lado según la carga de méritos o pecados.
Lo justo referido por el Maestro es aquello de ajustarse a la voluntad de Dios.

Y la voluntad del Dios de Jesús de Nazareth es ponerse del lado de los pecadores, entre los marginales, en medio de los portadores de cualquier estigma, caminar lentamente con la humanidad quebrantada para que todos levanten la mirada.
Pues los cielos están abiertos y todos -todos, sin excepción, creyentes e incrédulos- somos hijas e hijos predilectos y amadísimos por el Dios del universo que se ha llegado hasta nuestros arrabales existenciales y se ha quedado para siempre.

Paz y Bien

Creer en Alguien



Para el día de hoy (11/01/14):  
Evangelio según San Lucas 5, 12-16



Jesús de Nazareth, según podemos rastrearlo en los Evangelios, tenía un carácter fuerte, capaz de profundas emociones, de asumir como propio hasta el dolor y las lágrimas el sufrimiento ajeno, de rebelarse ante la injusticia establecida, de que se le conmovieran sus mismas entrañas cuando se encendía de compasión. Y es claro que ello también resalta su actitud de Siervo manso, desdeñoso de toda violencia. Un carácter así hay que tenerlo bien sujeto a la mente y al corazón.
En el Evangelio para el día de hoy, aunque no explícitamente, podemos intuir algo de ello, y es la indignación que parece ganar el alma del Maestro frente al hecho del leproso que le suplica.

Hemos de considerar el status de la lepra en el siglo I en la Palestina del ministerio de Jesús: lepra refería no sólo al llamado Mal de Hansen sino a una multiplicidad de afecciones dérmicas, y se le tenía un verdadero pánico: en su etapa bacilar, la lepra -en ausencia de terapia antibiótica- es altamente contagiosa, produciendo deformaciones progresivas en la piel, en las extremidades, en el rostro y necrosis en los tejidos, es decir, la piel literalmente se vá pudriendo y muriendo. Por ello mismo, y frente a ninguna alternativa posible, la única práctica sanitaria que se había encontrado era aislar al enfermo, y alejarlo de la vida comunitaria. Pero es claro que no es una mera cuestión de salud, y la lepra -o lo que aparecía como tal- tenía su correspondencia religiosa. El leproso era un impuro máximo y absoluto según la Ley mosaica, y se interpretaba que era el debido castigo a pretensos pecados del enfermo o de sus padres. Tal era el grado de implicación religiosa, que los fedatarios de la condición de salud o enfermedad eran los sacerdotes o, eventualmente, los escribas o rabinos. Además de vivir en soledad, fuera de las ciudades, el leproso había de vestir harapos y proclamar a los gritos su condición de impuro.

Un leproso era un muerto en vida. Al gravamen terrible de la enfermedad, debía sumarle el ostracismo social y comunitario y el repudio religioso que lo considera irrecuperable, un impuro justamente condenado por sus culpas, una ideología que lo doblega y demuele.
Tal era el peso de la carga impuesta, que el mismo enfermo acepta la tumba andante que se le ha impuesto. Sin embargo, no se resigna del todo a ese no-vivir, y es por eso que ruega auxilio al Maestro aduciendo su condición que lo condena: no pide ser sanado, sino purificado. Es esa purificación ansiada la que lo devolverá a la vida comunitaria, al contacto con su Dios, a vivir como un hombre pleno aún cuando, quizás, su piel siga lesionada.

Modestamente, creemos que Jesús estaba enojado por esta situación tan cruel, tan religiosamente lógica y a su vez tan inhumana.
El milagro no es la limpieza de las dolorosas llagas: eso es signo de otra realidad mucho más profunda, y es que ha llegado el Reino de Dios, y que no hay mal que a Cristo se le resista.
Milagro es ese Jesús que no vacila en tocar al leproso, al impuro mayor, aún cuando ello estuviera taxativamente prohibido -impureza contagiosa-, algo tan grave como tocar un cadáver. En santa rebeldía, a Jesús no le importa transgredir lo que se opone a los sueños de su Padre, la plenitud del hombre.
Milagro es la bondad incondicional de Dios que se hace historia, tiempo, gestos concretos, el fin de los imposibles.

El leproso vuelve a ser un hombre entero y vivo. Por eso Jesús, fiel a las tradiciones de su pueblo en la justicia del Espíritu que inspira la Ley, lo envía a presentarse al sacerdote, para que obtenga formalmente la certificación de su sanidad. La misma religión que lo expulsó ahora debe readmitirlo ante la contundencia de la verdad. Y más aún: el que ha sanado debe callar, no contar a nadie lo que ha sucedido.
Por otro lado, el Maestro debe retirarse a lugares solitarios: es por su necesidad de orar a solas, pero más aún porque Él mismo se ha impurificado al extremo de perder su derecho a habitar cualquier ciudad o poblado.
 No es el tiempo justo, y las gentes tenderían a afincarse en esas soluciones mágicas e instantáneas, lejanas a la Salvación.

Porque la Salvación, don y misterio, no es la adhesión a doctrinas, ideas y hasta la consecuencia directa de pertenencia religiosa. La Salvación es Gracia, y es el éxodo de liberación que comienza por creer en Alguien antes que en algo, en Jesucristo, hombre y Dios, Señor y hermano nuestro.

Paz y Bien



Un profeta incómodo, un Mesías peligroso



Para el día de hoy (10/01/14):  
Evangelio según San Lucas 4, 14-22a


Era una costumbre arraigada en el siglo I en la Palestina judía, reunirse durante el Shabbat en la sinagoga para el culto y la oración. La liturgia de ese día principal tenía pautas muy específicas: la recitación del Shema Ysrael -oración de identidad del pueblo de Israel-, las plegarias o súplicas de la asamblea, y la lectura de la Palabra de Dios. Es por ello que podemos afirmar que la liturgia sinagogal constaba de una liturgia de la oración y una liturgia de la Palabra.
En esta última, se leía con carácter estricto un pasaje de la Ley de Moisés, que realizaba un lector especialmente preparado y designado a tal fin que, a su vez, realizaba una homilía vinculada. Luego, se proseguía con la lectura de un pasaje de los profetas. En esta instancia, todo varón judío mayor de treinta años tenía derecho a leer un breve pasaje de los Profetas que, a su vez, podía elegirlo libremente y comentarlo para todos los presentes.

Jesús había regresado a su querencia nazarena, al sitio que lo vió crecer y hacerse hombre, un vecino querido y conocido que ahora posee cierta fama y renombre a causa de su ministerio. Tiene ya treinta años, y por eso ejerce ese derecho prefijado, y elige el rollo de los Profetas correspondiente a Isaías. Pero o se limita a reproducir verbalmente lo escrito cientos de años atrás, sino que lee proféticamente, es decir, actualiza qué es lo que tiene Dios para decirle a los suyos en el tiempo presente. Y al finalizar, toma asiento y comenta la lectura.
Sin embargo, no es un pasaje más. Es una lectura que define su misión y caracteriza la totalidad de su existencia, y es por eso que deliberadamente omite un fragmento relativo al año de la venganza del Dios de Israel.

Esta lectura profética que realiza lo tornan un profeta incómodo, molesto. Inaugura una antigua tradición casi olvidada, el jubileo, el Año de Gracia que es un año de condonación de toda deuda, de recuperación de la libertad para los esclavos, de que la tierra descanse y sea para todos.
Y así, deviene en un Mesías peligroso, pues desplaza la sacralidad de un Templo habitado por un Dios lejano e inaccesible -del que se obtienen favores mediante una piedad estricta- hacia los arrabales humanos de los que sufren, de los olvidados, de los que viven en sombras, de los presos de toda cautividad. El Dios de Jesús de Nazareth es un Dios de liberación extrañamente profano, y esa novedad magnífica que es la Buena Noticia comienza a anunciarse desde los márgenes mismos de la existencia, al borde de toda humanidad en donde campea el olvido y la resignación.

Porque el tiempo nuevo tiene el color primordial del hoy de la Salvación.
La Salvación es aquí y es ahora, y es don y es ofrecimiento también, invitación a acompañar incondicionalmente a Aquél que es nuestra liberación y nuestra alegría, y que rinde culto y amor a su Padre en todos y cada uno de sus hijos.

Paz y Bien

Las aguas turbulentas del miedo



Para el día de hoy (09/01/14):  
Evangelio según San Marcos 6,45-52



Varios de los discípulos eran pescadores de oficio, es decir, navegantes expertos del llamado mar de Galilea; quizás eso explique, en parte, el porqué de esa llamativa señal que brinda el Evangelista acerca de que el Maestro había obligado a los suyos a embarcarse y a dirigirse a la otra orilla. Estos hombres que tanto sabían de aguas y mareas tal vez rechazaban navegar en una hora inadecuada -en plena noche- y el peligro de los vientos bravos. Pero también, porque a todo ello intuían que sus problemas recién comenzaban, pues el Señor no iba a bordo.

Es menester mantenerse en perspectiva: momentos antes Jesús de Nazareth, frente al estupor de sus discípulos, había alimentado a una multitud de varios miles de personas a partir de cinco panes y algunos pescados. Y ellos no habían comprendido nada, se habían quedado solamente en el episodio asombroso, y no quisieron ir más allá, hacia una comprensión profunda de lo que en verdad sucedió.

Esa incomprensión hacia los hechos inevitablemente conduce hacia una incomprensión acerca del mismo Jesús de Nazareth, su enseñanza y su misión. Es por ello que cuando Él se acerca sobre las aguas turbulentas, los navegantes gritan desaforados pues creen ver a un fantasma.

Estos gritos y estas borrascas peligrosas en esa frágil barca -que parecen no cesar- son una metáfora exacta de la Iglesia.
Siempre y en todos los órdenes de la existencia es imprescindible saber discriminar entre lo importante y lo urgente.
Cuando la comunidad cristiana abandona la urgencia del socorro al necesitado, la barca cimbrea. Se navega mal en las aguas erróneas de una vocación no cumplida.
Y cuando la comunidad cristiana, vaya a donde vaya, no lleva a bordo a Aquél que le dá sentido y destino, queda a la deriva, sin rumbo cierto, librada a las tempestades de sus propios miedos que la amenazan y paralizan.

Sólo cuando Cristo viene a bordo, toda tormenta desaparece, y el miedo será un mal recuerdo pues deja de ver fantasmas, y navega a los puertos ciertos de su vocación y su destino.

Paz y Bien

Comensalía


Para el día de hoy (08/01/14):  
Evangelio según San Marcos 6, 34-44



Las primeras comunidades cristianas consideraron al relato de la multiplicación del pan como un signo principal de la Buena Noticia de Jesús de Nazareth, y en un talante tan relevante que los cuatro Evangelistas -testigos inspirados que escriben la memoria colectiva de Cristo- lo mencionan.

Es que el Dios de Jesús de Nazareth, asombrosamente, no se parece en nada al Creador severo y alejadamente castigador que sus tradiciones les habían inculcado, ni menos a los varios dioses de algunos pueblos extranjeros y vecinos.
Este Dios se manifiesta -Epifanía- en un compromiso decidido con las necesidades humanas, sin desentenderse jamás, sin excusas, a pura compasión. Es el misterio de la Encarnación que transforma el devenir histórico -chronos- en kairos, tiempo santo de Dios y el hombre, urdimbre eterna de tiempo e infinitud.

Se trata de una multitud muy numerosa, aún para los parámetros de la época. Se trata de varios miles de personas, libradas a su suerte, una masa de gente hambrienta del sustento y necesitada del pan que no perece, de algo más que la mera supervivencia, una masa informe cargada de olvidos y, en cierto modo, resignada y abandonada a su suerte.

Hemos de mencionar que los discípulos se comportan con razonabilidad, con una lógica impecable. Se encuentran frente a una necesidad mayor que los excede y desborda, pero no miran hacia otro lado.
Pero su gran error está en buscar improbables soluciones por fuera, y menoscabar todo lo que podemos hacer juntos, a pesar de estos mínimos panes y pequeños pescados que somos, y en quedarse en la superficie, es decir, en la carencia del pan que aplaca el hambre solamente.

Hay que atreverse a ir más allá, a navegar mar adentro de los corazones, a implicar las manos en la historia, a estar dispuestos a embarrarse alegremente los pies.

Este Cristo que expresa la entrañable ternura de Dios que llamamos misericordia sabe que el hambre impuesto es una afrenta terrible, que a los hambrientos no hay que despedirlos librados a su suerte. Pero que mucho más grave es suponer que alcanza con llenar los estómagos. Hay más, mucho más, siempre hay más.

Raíz de la Eucaristía es su voluntad eterna de saciar la carencia de sustento con el milagro y el escándalo del compartir, pero desde otra perspectiva mucho más profunda, y es la comensalía. Comensalía es compartir casa común y mesa, en donde todos se descubren parte de una misma familia, en donde todos y cada uno se reconocen valiosos. Son los gestos y acciones concretas y nutricias que enfrentan con decisión todas las necesidades de pan y de Pan de Vida e común, de existencia compartida, de ágape.

Dios se manifiesta en cada acción de compartir la propia existencia.

Y no está nada mal, para nada mal, organizar la solidaridad. La realidad es mucho más gravosa que ciertas presunciones románticas -cierto hippismo religioso- y además del pan, suele escasear el sentido común, el menos común de los sentidos.

Es por eso que todo hambre ha de resultarnos intolerable, y hay que mirarlo de frente, enfrentarlo, resolverlo, jamás resignarse.
El nacimiento en Belén es el comienzo del fin del no se puede, la eterna decisión del final de los imposibles.

Paz y Bien

La luz que surge en medio de la oscuridad



Para el día de hoy (07/01/14):  
Evangelio según San Mateo 4, 12-17.23-25


A simple vista, pareciese que el arresto injusto del Bautista -automáticamente- impulsa la misión de Jesús. Él, que no estaba con Juan, se retira a Galilea y abandonando la pequeña Nazareth en donde se ha criado, se establece en la populosa Cafarnaúm.
Sólo a simple vista. La Palabra no es lineal, ni establece una secuencia mecánica, sino que destella una dinámica asombrosa, la del Espíritu que hace eco en los corazones.

Por ello mismo, es dable intuir que el Maestro sabe que el tiempo de la preparación está maduro, y que se viene la estación de las cosechas y la nueva siembra. Es también el signo cierto de que Dios, aún en medio de la cerrazón más ominosa viene abriendo resquicios para que nos llegue buena luz.
El Dios de Jesús de Nazareth siempre está inaugurando cosas nuevas, vidas re-creadas, y nos está naciendo otra vez, cada vez, cada día, a pesar de tanta muerte que nos imponen.

La elección de Galilea no es casual, ni obedece a una planificación para la captación de adeptos. Tiene mucho de astucia, pues ser manso no implica abandonar la inteligencia.
Los galileos, en ese siglo I de nuestra era, era mirados con seria circunspección y desagrado por los habitantes de Judea, autopretendidos puros y ortodoxos en la raza y la fé de Israel, cierto grado de desprecio, ciudadanos de tercera en la nación judía.
Es que esa Galilea de los gentiles, por su ubicación estratégica al norte de Palestina, fué históricamente el territorio por donde gran parte de las invasiones extranjeras se canalizaban; ocupada militarmente en reiteradas oportunidades, se la intentó transformar de raíz transplantando colonos de otra religión, otro idioma, otra cultura. Al llegar ese tiempo, judíos galileos y gentiles convivían en un pié de igualdad, y por eso mismo se volvían sospechosos de cierta tinción hereje, y no es arriesgado pensar que los citadinos jerosolimitanos respiraran un aire de execrable superioridad, la misma que observamos hoy desde las grandes metrópolis hacia los habitantes de los arrabales y los campesinos.

Esa elección de Jesús de Nazareth es la elección de Dios. Allí, en donde nadie ni nada bueno ni nuevo ha de esperarse, allí dá comienzo a todo. Bendita Galilea de todos los inicios, de las periferias que todos desprecian o no tienen en cuenta, extramuros de la existencia en donde la vida nos comienza a amanecer pujante, imparable en su luminosidad que disipa toda tiniebla de opresión, de exclusión y de olvidos.

Ambos, Juan y Jesús, utilizan las mismas palabras en su llamado a la conversión, pero el sentido es muy distinto. 
Juan convoca a convertirse bajo apercibimiento de castigos, e instala un sencillo rito de bautismo, en las aguas del Jordán.
Jesús de Nazareth invita a la conversión -metanoia- porque hay un tiempo nuevo que se ha inaugurado, tiempo de liberación y bendición, tiempo de fiesta que requiere nuevos vestidos a los corazones.

En una cueva belenita, Dios se manifiesta en la fragilidad de un Niño Santo que es reconocido por aquellos que lo buscan con un corazón sincero.
En la periferia galilea, ese mismo Niño -ya un hombre pleno- renueva esa manifestación amorosa de un Dios asombroso. 
Las epifanías se suceden en todos los gestos de Jesús de Nazareth, gestos de compasión y bondad, de sanación, de liberación, de servicio y solidaridad.

Allí en la frontera en donde dirimimos diferencias y extranjerías, allí mismo Dios vuelve a salir al encuentro de toda la humanidad, a pura fuerza de amor.

Paz y Bien


Epifanía, día de reyes



Solemnidad de la Epifanía del Señor

Para el día de hoy (06/01/14):  
Evangelio según San Mateo 2, 1-12


Hoy la Iglesia Católica celebra la solemnidad de la Epifanía, que etimológicamente significa manifestación. Por ello, es la celebración y memorial del gran acontecimiento de Dios que se manifiesta, que se dá a conocer.

Ciertas tradiciones inciertas y erróneas -cuando no, también, con aspiraciones comerciales- se han inmiscuido profanamente en la profunda santidad de la celebración, y por ello devino una persistente falacia, es decir, un argumento que induce a error. De allí que se vindique la fiesta como día de reyes, o reyes magos.

Sin embargo, no sería tan desacertada la afirmación de que se trata de un día de reyes, más no de magos de los que no sabemos con certeza sus nombres, sino de dos reinados bien diferentes, mucho más que opuestos. Hablamos del rey Herodes y del rey Jesús de Nazareth.

De Herodes, llamado el Grande -quien fué padre de Herodes Antipas, de Herodes Arquelao y de Herodes Filipos- sabemos que gobernó la tierra de Israel desde el año 40 a.C. hasta el año 4 d.C.. Vasallo absoluto del poder imperial romano, su misma corona fué producto del reconocimiento de Roma y del apoyo militar de las legiones estacionadas en la zona; a su vez, reconstruyó el Templo de Jerusalem con un inusitado esplendor, y a pesar de la opresión romana, la nación judía conoció una época de estabilidad y ausencia de conflictos bélicos, y durante su reinado grandes ciudades se edificaron, y se fortaleció la devoción al Dios de Israel mediante el sostenimiento expreso del culto y los sacerdotes.
No obstante ello, era considerado por gran parte del pueblo como un intruso y un usurpador, toda vez que traicionaba todas las tradiciones judías su origen idumeo y su formación helénica, por eso extranjera e impura.
A la hora de la praxis, carecía de escrúpulos y límites. En un alarde simplista, podríamos inferir el carácter paranoico de Herodes; en ese talante, ordenó sin vacilaciones la ejecución de su esposa y de tres de sus hijos, de quienes sospechaba iban a disputarle el poder y el trono.

Es un rey que gobierna imponiendo su voluntad desde el uso irrestricto del poder, cultor desaforado de toda violencia, que se afinca en los palacios y en sus intrigas, que le conviene mantener al pueblo en sombras y que no vacila ni duda en matar a los que se opongan a su poder o los que lo cuestionen. Epítome de los poderes nefastos de este mundo, Herodes se llevará por delante la vida del justo e íntegro Juan el Bautista.

Jesús de Nazareth inaugura otro reinado, un reinado muy extraño. No es reconocido por los sabios y eruditos, por los propios. Sólo unos extranjeros -plenos de ajenidad- lo buscan afanosamente, y en su búsqueda franca y veraz lo encuentran, como estos magos de Oriente. Este rey se deja encontrar por aquellos que lo buscan con un corazón capaz de todos los asombros.
Nace es un aprisco, un refugio de animales. Tiene por madre una muchachita adolescente, por padre un carpintero judío de aldea ignota, por cortesanos a unos pastores del campo poco recomendables, los últimos de los últimos. Tiene por palacio los brazos de su madre.

Es Dios que se manifiesta, y quizás se nos haga difícil de aceptar a un Dios que reina desde la fragilidad, desde la debilidad, un Dios que depende del hombre, del esfuerzo golondrina de un carpintero judío para sobrevivir, de una madre niña que lo cuide, de unos extranjeros que se atrevan a buscarlo sin desmayo, de tus manos y las mías. Dios se ha puesto en nuestra manos. Dios se revela desde lo que el mundo desprecia y no tiene en cuenta, está muy lejos de todos los poderosos y se hermana en carne y corazón a los más pequeños.

Jesús el Cristo, rey de universo, se deja encontrar y se manifiesta humilde y frágil para que la humanidad se enaltezca.

Paz y Bien

Totalmente humano, totalmente nuestro



Para el día de hoy (05/01/14):  
Evangelio según San Juan 1, 1-18



No sólo malos recuerdos, sino catástrofes de proporciones cósmicas.

Portamos -a veces sin asomo de vergüenza- la marca de Caín. Al hermano lo demolemos sin hesitar, violentamente, por habernos vuelto incapaces aceptar al otro tal cual es, de permitirnos envidias y odios, de creernos voz única y con licencia de silenciar violentamente la divergencia. Decididos tomadores de vidas ajenas, sendero oscuro de los exterminios, de los terrorismos, de la maldición de una existencia estéril en su pretendida unicidad.
Aún así, esa marca indeleble es señal cierta de que no sirven ni están permitidas las venganzas, porque amplifican y prodigan a muerte.

En Babel enmudecimos. No tanto por la multiplicidad de lenguas, sino por esa sordera espiritual que nos volvió, en nuestra soberbia, incapaz de escucharnos, de comprendernos, de aceptar la diversidad que enriquece. No podíamos convivir y comunicarnos entre nosotros, mucho menos con el Creador.

Entre esta efímera y pequeña humanidad que somos y la inmensidad de Dios hay un abismo insalvable para nuestras acotadísimas capacidades. Sordos a cualquier escucha, mudos de decir aunque sea un vocablo que nos fuera común, que nos permita con-vivir. Sin palabras, concordia, justicia, paz y amores devienen imposibles.

Aún así, ese Dios expresamente rechazado e ignorado tomó la iniciativa. Siempre las primacías, los pasos iniciales y decisivos son de Dios.

Todo el que ama quiere conocer al amado, darse a conocer y re-conocerse, y el modo es a través de la comunicación. 

Esos abismos que ahondamos entre nosotros y que ontológicamente nos separa de Él ha sido salvado por pura bondad, en insondable expresión de afecto. Dios es Palabra que se dona, que brinda todo de sí mismo incondicionalmente para que recuperemos el habla, para que nada vuelva a separarnos, para convivir a diario con lo eterno, con lo que no perece, la asombrosa y santa convivencia de Dios y el hombre.

El puente ha quedado tendido y es Jesús el Cristo, nuestro hermano y Señor.

Dios ha venido a acampar, a vivir en nuestros arrabales escasos. Ha venido y se ha quedado, la Palabra se ha hecho carne, totalmente humano, el más humano de todos, y por eso mismo -sin ser propiedad de nadie- se ha vuelto totalmente nuestro, de todos sin excepción, y no hay otro motivo mejor para convertir en manso vergel estos campos yertos que asolamos con la sangre vertida de los hermanos que es plegaria constante que clama y reclama justicia.

Paz y Bien 
 

El lugar donde vives



Para el día de hoy (04/01/14):  
Evangelio según San Juan 1, 35-42


El Bautista se reconoce pequeño, y ante la presencia del Redentor descubierto quiere empequeñecerse aún más. No quiere que nada propio se interponga a los ojos de los que buscan al Mesías, y eso, junto a su integridad que no podrán quebrantar ni con los horrores de la prisión y la muerte, lo hace grande, enorme.

El Evangelista San Juan nos brinda un dato sorprendente, y es que Juan tenía un formado e importante grupo de discípulos, discípulos que perdurarían aún luego de su muerte y de la muerte de Jesús, discípulos que podían hallarse en Israel y también en la Diáspora. De ello dan fé tanto Pablo de Tarso en sus cartas como el historiador Flavio Josefo.
Esto es muy importante: implica que un grupo de hombres aprendían y a la vez difundían lo que enseñaba el Bautista, compartían su llamada a la conversión, a la inminencia de la llegada del Mesías, de un Mesías glorioso que aplastaría a los enemigos de Israel.

Pero siempre que interviene Dios en la historia humana suceden cosas asombrosas, magníficamente inexplicables. Juan es un hombre del Espíritu, y por eso, al ver pasar a ese Jesús de Nazareth que se acerca a bautizarse -humilde y silencioso, incógnito entre la multitud- no vacila ni un segundo y declara sin ambages a sus propios discípulos y a todos aquellos que quieran escucharle que allí está el Cordero de Dios.

No es un tema menor. Es una imagen muy cara a los afectos judíos: es el cordero que Dios brinda a Abraham para que lo sacrifique en lugar de Isaac. Es la sangre del cordero de la primera noche la que salvó a los israelitas de una muerte segura en Egipto y dió comienzo al proceso de liberación, a la peregrinación a la Tierra Prometida. Es el cordero de Seder Pesaj, de la noche de Pascua, memorial de celebración de esa liberación. Es el cordero que los sacerdotes sacrifican en el Templo como ofrenda perfecta.

Reconocer en Jesús de Nazareth al Cordero de Dios es, verdaderamente, un salto al infinito, un salto sin redes. Es revolucionario, pues se afirma con toda certeza que ya o se cree en ideas, en conceptos, en una religión específica: se cree en Alguien, en una persona.
Eso es asumido por los discípulos del Bautista: dos de ellos, inmediatamente, se van con Cristo. Uno es Andrés, y el otro presumiblemente es el mismo Juan, aunque el Evangelista lo mantiene innominado para que allí mismo coloquemos nuestros nombres.

Esos discípulos parecen tener ciertos criterios escolares: por Juan, reconocen a Jesús como otro maestro, y por eso mismo lo llaman rabbí, y quieren saber en donde vive, donde le pueden encontrar habitualmente, quizás adivinar en su respuesta el modo en que Él enseña.
Pero nada será lo mismo, y todo es nuevo.

Porque ser discípulos no es el estudio de una doctrina propia del rabbí galileo. Ser discípulos es ponerse en marcha, compartir la misma vida de Cristo, vivir como Él vive, amar como Él lo hace, ser manso como Él, descubrir con estremecido asombro las maravillas de la Gracia.
El lugar donde vive Cristo no es un espacio físico -aún en el templo más importante- sino que ese Cristo habitará en los corazones por el misterio infinito de la fé, y así cada mujer y cada hombre que se atreve a creer es templo santo de Dios.

Dar un paso así es todo un éxodo, un peregrinar definitivo, y Simón/Cefas lo vivirá hasta sus mismos huesos. De allí a que cambie hasta el nombre, y pasará a llamarse Pedro, carácter y misión de su existencia.

Ir al lugar en donde Él vive es seguir sus pasos, es animarse a amar incondicionalmente, es atreverse al escándalo de la compasión, a la no resignación, a una mansedumbre inquebrantable.

Seguir al Cordero de Dios es asumir su vida en su totalidad.

Paz y Bien

El rostro del Cordero



Santísimo Nombre de Jesús

Para el día de hoy (03/01/14):  
Evangelio según San Juan 1,  29-34



La fama de integridad y santidad del Bautista se había extendido por todo Israel, y las gentes acudían a recibir su sencillo bautismo de agua, bautismo de conversión y de purificación.

Por entre la multitud que acude a orillas del río Jordán, haciendo pacientemente la fila a la espera de su turno, se encuentra un varón judío. Tiene ropas humildes -casi campesinas- y habla en arameo con tonada galilea. Sólo es uno más para los que miran sin ver.

Pero Juan tiene la profunda mirada de los hombres de Dios, y lo sostiene y anima el Espíritu que todo hace germinar. 
Si él se hubiera quedado aferrado a sus tradiciones y a sus esquemas antiguos, sin dudas nada habría sucedido; este Cristo que se le acerca silencioso, casi de incógnito, nada tiene que ver con la imagen que porta de un Mesías glorioso y vengador del pueblo de Israel. Pero Juan es grande por su entereza y más grande aún por su disponibilidad para con la verdad, y afirma sin ambages -una escena que emociona y conmociona- que allí está el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.

El símbolo del Cordero era muy cercano a los afectos y a la historia del pueblo judío.
Es el cordero que ofrece Dios a Abraham para que lo sacrifique en lugar de Isaac.
Es el cordero cuya sangre salvará a los israelitas de una muerte segura, y dará comienzo al éxodo de liberación, a ponerse en camino hacia la tierra prometida y la libertad.
Es el cordero manso de Isaías, es el cordero sin mancha y sacrificial que sacrifican en el altar a diario para la redención de los pecados, y sin dudas Juan lo sabía bien; su padre Zacarías era sacerdote.

Así entonces afirmar que ese Jesús de Nazareth presente es el Cordero de Dios implica una fractura violenta con todas sus creencias de un Mesías glorioso, de caudillo militar y revestido de realeza. Sin embargo, Juan se mantiene firme y fiel.
Afirmar que allí está el Cordero de Dios es llamar poderosamente la atención hacia una persona, pues creemos en Alguien, no en algo, no en una idea o un concepto.
Afirmar que allí está el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo es el aserto de que el Redentor carga sobre sí toda muerte para que nadie más muera, pues morirá por los otros, por nosotros. Que el Mesías es manso como un cordero, que nada impone, que es un servidor pacífico y sufriente. Que es la señal definitiva de cadenas rotas, de liberación.

Hay dos hechos que no hemos de pasar por alto: Juan refiere a que el Cordero quita el pecado el mundo así, en singular, antes que los pecados, y no se trata de la sumatoria de los pecados individuales, sino que el pecado del mundo es todo aquello que se opone a los sueños de Dios, una vida plena y abundante para todos.
Y por otra parte, al afirmar que ese Jesús es el Hijo de Dios, Juan se juega la vida. Para la religión oficial, es una blasfemia que conlleva la pena capital, y es necesario volver a reflexionar que en cada palabra pronunciada -por banal o relativa que parezca- también nos estamos jugando la vida, pues cada palabra expresa nuestra fidelidad a la verdad.

Juan es un experto lector de los signos del tiempo, y por ello sabe que debe disminuir, achicarse, para que los demás vean a quien es realmente importante ver.
Ello es nuestra misión también: cuando la Iglesia se agranda y no señala, no orienta las miradas a Aquél que es nuestra vida y nuestra liberación, sólo habla de sí misma, y carece de trascendencia, sólo deviene en un club de amigos medianamente grande que busca adeptos.

En el Cordero de Dios se decide toda suerte.

Paz y Bien





La estatura de un testigo



Para el día de hoy (02/01/14):  
Evangelio según San Juan 1, 19-28


Los sacerdotes y los levitas tenían la exclusividad en el manejo de objetos sagrados y en la realización, conducción y orientación del culto que se realizaba en el Templo. Los levitas -especialmente por tradición tribal- también devenían en jueces y escribas, por lo cual la enseñanza de la fé de Israel pasaba necesariamente por ellos, y por ello mismo eran la voz única y autorizada de la ortodoxia.
Estos hombres eran religiosos profesionales, muy piadosos y celosos en el ejercicio de su función.

Juan, aún siendo hijo del sacerdote Zacarías, se desplaza desde la imponente Jerusalem al poblado de Betania, al otro lado del Jordán. Ese desplazamiento no se solamente geográfico: es espiritual y es decididamente religioso, y el contrapunto que se puede entrever muestra aristas únicas.
A la pompa y la sacralidad del culto de Templo se opone el aparente ámbito profano de un río. A los objetos del culto, sólo un poco de agua. Pero quizás lo peor de todo es que Juan está bautizando judíos, hijos de Israel, cuando el bautismo era la práctica acotada a los gentiles conversos, y para ello no había pedido autorización a quienes detentaban el poder real.

Que se lleguen desde la misma Jerusalem a ese vado del río sacerdotes y levitas indica problemas, problemas serios, una progresiva y creciente nube ominosa que comienza a cernirse sobre el Bautista y que proseguirá sobre Jesús de Nazareth.
Y el interrogatorio que le realizan no está destinado a despejar sus potenciales dudas, tiene una cadencia hostil que tantea buscando un hueco por donde colarle un golpe que demuela a Juan. Ellos se han visto desafiados y amenazados en su poder y su autoridad.

Ese momento hubiera sido ideal para que Juan exhibiera antecedentes familiares y pergaminos varios. Sin embargo, prefiere mantenerse fiel a la verdad que lo sostiene y le brinda su identidad más raigal. Juan sabe bien cuál es su misión, y no se callará, aún cuando esa fidelidad lo lleve al borde mismo del abismo, un abismo al que lo empujará violentamente Herodes.
Sabe que no es el Mesías, y lo declara sin ambages: el preanuncia y prepara los caminos/corazones al Redentor, por ello mismo querría empequeñecerse hasta desaparecer para no ser objeto de atención, para que todas las miradas se concentren en ese Cristo que ya está entre el pueblo, humildemente mezclado e incógnito, que se deja ver y encontrar por los corazones que se atrevan a la transparencia.
Esa transparencia es también exigida por el Bautista en su llamado a abandonar toda corrupción.

Juan se yergue enorme en su integridad, pues la estatura de un testigo, acaso, puede mensurarse por su fidelidad a la verdad que encarna.

Pues lo que cuenta es que el Salvador está ahora, ya mismo, entre nosotros aunque aún no lo veamos.

Paz y Bien

Madre de Dios, Madre de la paz




Santa María, Madre de Dios

Para el día de hoy (01/01/14):  
Evangelio según San Lucas 2, 16-21



Ellos no son compañía conveniente ni recomendable. Viven a campo raso, son vindicados habitualmente como amigos de lo ajeno, y por su contacto habitual con animales poseen un persistente grado de impureza ritual que los vuelve indignos de toda participación religiosa, litúrgica. No es nada sensato eso de andar invitando a gentes así, tan marginales, al lugar en donde se halle a un recién nacido.

A la vez, de ellos puede esperarse cierta desconfianza razonable, y el anuncio que les realiza el Mensajero es, cuanto menos, insólito y por supuesto, inesperado. A ellos -justamente a ellos- se les dá parte de una noticia asombrosa, y se les realiza un convite impresionante: han de ser testigos preferenciales del nacimiento de Aquél que todo un pueblo, a través de los siglos, esperaba y esperaba en germen de alegría y liberación.

La vida se abre paso desde los márgenes, desde la periferia de la existencia.

La escena es extrañamente profana, pues no acontece en el Templo, sitio por excelencia de lo santo. El lugar es un aprisco -apenas un refugio de animales en la noche- pero en esa noche ellos son testigos del día, del sol que nace de lo alto empujando todas las oscuridades, de lo sagrado que se expresa en lo cotidiano. Allí, en el sitio menos esperado, está el carpintero, está la Madre y está el Niño anunciado. Y esa noticia es tan maravillosa que debe, inexorablemente, ser contada a los demás.

Ternura inexpresable de Dios que elige a los que el mundo descarta como fedatarios de la verdad. Ellos son anónimos para la mayoría, pero tienen nombre, apellido y rostro para ese Dios que los busca y se deja encontrar.
Ternura infinita de Dios, que por esa mujer pequeña e ignota el frío utilitario del pesebre se transforma en hogar cálido, cuna para el Niño, sitio en donde todos son bien recibidos, parte de la familia.

Luego del parto y cumplidos los plazos legales, Ella y el carpintero permanecen fieles a la historia de su pueblo y a la fé de sus mayores, y es por eso que llevan al Niño a circuncidar. Es mucho más que una pequeña intervención quirúrgica y ritual, es sobre todo reivindicarse como parte de un pueblo, y cantar la fidelidad del Dios de la Alianza. Es dar un nombre al Hijo, es nombrar a Dios.

Ella es Madre de Dios y Madre de la Paz.
En donde está la Madre, seguro está el Hijo.

Ella madura todas las cosas en las honduras de su corazón grande, el sitio fértil que todos tenemos para que nos nazcan cosas nuevas, Ella es capaz de hacer de toda su existencia un altar en donde se ofrenda lo que se es y nada se impone, y por ello mismo la paz -don y misterio- es posible, prestando atención a los ignorados de siempre, haciéndolos familia, en la escucha atenta de la Palabra que se le hace vida, tiempo, existencia, un Hijo mismo que es nuestra liberación y nuestra alegría.

Muy Feliz año para todos.

Paz y Bien

Prohijar el año que comienza



Para el día de hoy (31/12/13):  
Evangelio según San Juan 1, 1-18



(Se vá un año y comienza otro. Son usuales las felicitaciones de rigor, el riego de sueños y proyectos, los saludos cordiales, los buenos deseos, esas ganas de que los meses que se vienen sean más ligeros que los vividos, algo más leves en problemas, que haya salud, que el trabajo no falte.

Todo ello está bien, muy bien, pero tenemos la pretensión de una actitud previa que sustente y dé sentido a lo demás.

Se trata de prohijar el año que comienza. Se trata de que el tiempo no discurra en pura cronología, a pesar de que muchas circunstancias nos empujan a la mera supervivencia.
Se trata de abordar la existencia como un don invaluable y asombroso.
Se trata de asumir el tiempo que llega como un niño muy pequeño, un hijo al que hay que cuidar, proteger, educar día a día, sin perderse ni un instante.
Se trata de no resignarse jamás, de desertar del no se puede, de edificarnos en humanidad, en compasión, en misericordia.

Se trata, en fin, de volver a escuchar con atención a la Palabra de Vida que también es Palabra Viva, Palabra que sustenta al universo, Palabra que todo lo transforma, Palabra que se ha hecho uno de nosotros, tan nuestro como un bebé que se adormece en los brazos de su Madre, al cuidado servicial de su padre.

Y por Él, nosotros también hacernos palabra de esperanza y fraternidad para el que está caído, para el que no puede más, para el violento, para el corrupto, para el que todo es más de lo mismo, aún cuando en el horizonte siempre se asome funesta la cruz.

Todo puede ser y todo puede hacerse, y más allá de todos los condicionamientos, todo está en nuestras manos.

En esa mansa rebeldía de santidad, un verdadero deseo de Feliz Año Nuevo para todos, con Dios, por Dios y en Dios)

Paz y Bien

Un niño pequeño, una gran abuela



Para el día de hoy (30/12/13):  
Evangelio según San Lucas 2, 22. 36-40



(El Templo es enorme, y los grupos de peregrinos muy nutridos. El humo del incienso y de la grasa animal que se quema en los holocaustos del culto desvían un poco más cualquier mirada.

Allí, dos jóvenes esposos con un bebé en brazos se confunden entre la multitud. Se les nota la pobreza en las ropas y en las ofrendas humildes, se les adivina el origen en el acento galileo que portan. Son bien judíos, fieles a la fé de Israel que les han legado sus mayores. 
Aún así, entre el gentío pasan inadvertidos -los sacerdotes son los primeros en ignorarlos con exactitud- y es el mismo Dios que se llega de incógnito, sin estridencias ni aspavientos.

Así las multitudes distraídas en sus preocupaciones no lo ven. Los sacerdotes, aferrados a la exactitud litúrgica, tampoco; debe ser que olvidaron a Aquel que daba sustento y sentido y hacia quien se dirige el culto.
Sin embargo, una abuela de ochenta y cuatro años de edad que pasaba sus días en oración y ayuno, no los pierde de vista. Especialmente a ese niño muy pequeño que llora de a ratos.

Hay un encuentro profundo entre una vida que comienza en ese Niño y otra que en apariencia está llegando a su fin. A pesar de todas las convenciones, esa Ana cargada de años está más viva y plena que muchos de los que acudían al Templo. En apariencia no tiene hijos, pero no obstante ello se convierte en abuela de ese Cristo nacido, del mismo modo que Él, en la plenitud de su ministerio, enseñaría que hay raíces mucho más hondas que los simples lazos sanguíneos.
Y como toda abuela orgullosa, cuenta las maravillas de ese Niño pobre a todos los que no han resignado sus esperanzas, y quizás la evangelización se exprese de ese modo.

El corazón de Ana desmiente todas las previsiones de mortalidad cercana, de descarte de los viejos. Todos somos importantes y valiosos y útiles. Más aún, no es arriesgado afirmar que sin muchas Anas de la oración constante y servicial, hace un buen rato que todo se nos hubiera derrumbado, tan empeñados que andamos en tonterías, tan olvidadizos en el cuidado de los extremos de la existencia misma, los niños y los abuelos.
Anas maravillosas que nos vuelven a recordar que a Dios se le puede encontrar a pesar de la bulla y de la masa tan inhumana, en la sencillez y en el silencio, humildemente presente, un Niño a cobijar en nuestros brazos y en nuestros corazones.

El Evangelista Lucas nos regala también una imagen que no podemos pasar por alto: luego de cumplir con sus deberes religiosos, la Sagrada Familia regresa a su querencia galilea. Allí en Nazareth el Niño crecerá y se fortalecerá en familia y en sabiduría. La Gracia de Dios está con Él y en Él.
Dios se ha hecho uno de nosotros en el seno de una familia que lo ama, de un pueblo con su historia, su religión, sus problemas, un signo exacto de su plena humanidad asumida por amor y bondad infinitas)

Paz y Bien

Sagrada Familia, lazos que perduran



La Sagrada Familia de Jesús, María y José

Para el día de hoy (29/12/13):  
Evangelio según San Mateo 2, 13-15.19-23



(Es claro que ciertas pautas culturales y profundas necesidades psicológicas nos hacen contemplar a la Navidad de manera ligera, bucólica tranquilidad rodeada de simpáticos animalitos, un coro angélico fervoroso, niños pastores, todo un agradable ambiente de festejo.
Ello no es reprochable, y es dable inferir que en gran parte se debe a nuestra necesidad de paz interior, de calma celebratoria, de un ambiente cálido como el del pesebre navideño en donde nos podamos rehacer de todos nuestros quebrantos y extravíos, tan dispersos y distraídos que solemos estar por todas las agresiones mundanas.
Pero la Buena Noticia sigue siendo magníficamente prófuga de todos los moldes que de manera consciente o involuntaria pretendamos imponerle.

Desde un punto de vista mucho más real y por ende veraz, la Navidad estuvo teñida de espantosas riesgos de muerte al bebé, del peligro forjado en las entrañas mismas del poder que se sentía amenazado por una criatura, voracidad sangrienta y pura praxis sin límites éticos. Como si no fuese suficiente parir en un aprisco nocturno porque nadie quiere recibirles -cruda cueva invernal de animales de campo, José, María y el Niño deben huir de manera clandestina como si fueran groseros delincuentes, sin que cuente el parto reciente ni la fragilidad explícita del recién nacido.

Podemos adivinar la ruta seguida en silencio, confines de Judea -tierra de Israel al sur-, y la recorrida que parece imposible por el Negev, en los rigores peligrosos de un desierto que no es fácil para los más baqueanos...mucho menos para una parturienta y un bebé que llora su hambre y su sed.

Egipto es la ruta lógica por la cercanía geográfica y porque desde varios siglos atrás ha sido refugio de varios perseguidos políticos en la historia de Israel de los últimos seis siglos. A pesar de ello, es la crudeza del exilio, de morirse por dentro en una cultura distinta, de ingresar a tierras extranjeras de modo subrepticio, al borde de cualquier ley -Sagrada Familia indocumentada-
Ser mirado de costado porque la tonada campesina se les nota, son judíos plenos del campo, cargar con el estigma de la extranjería, ya que a veces la memoria de los pueblos es longeva en lo luctuoso, y los antepasados de los migrantes habían sido allí sólo esclavos, rebeldes del Faraón. Tierra difícil, trabajar de cualquier cosa para que a ese Hijo y a la esposa que ama nada le falte, changas que a menudo son las tareas que desprecian los naturales del lugar, el sacrificio cotidiano de la supervivencia.

José no sólo es un hombre querible por su servicio silencioso, sombra bondadosa siempre en pié que protege a los suyos, que sostiene a través del amor los lazos que unen a su familia. José es también clave para el proyecto de Dios.
Es una paradoja asombrosamente demoledora: el Todopoderoso se pone en manos de un humilde carpintero judío. La Salvación dependerá de que José sea capaz de prestar atención a las voces más profundas, a los sueños más incómodos, a correr todo riesgo con tal de mantener con vida a su Hijo y a su esposa.
El Dios del Universo confía toda la historia a la humanidad en pura confianza. En las manos callosas del carpintero José se decide la suerte del Redentor.

Cualquiera de nosotros diríamos hoy que a la Sagrada Familia con gusto y sin dudarlo la alojaríamos en nuestra casa, en su partida precipitada de Belén. Sin embargo, distinto sería nuestro obrar y múltiples serían los argumentos a la hora de auxiliar a tantos que deben huir de su patria a causa de las persecuciones políticas, del hambre que acucia, del no futuro, profugados de la tierra natal sin papeles y de manera muy riesgosa.

Con todo y a pesar de todo, la enorme figura del carpintero nazareno nos despierta y nos interpela.
Maravilloso José del cuidado y la protección, José y todos los que son como él, árboles frondosos en donde la existencia se expande, servidores tenaces por los que la vida se encuentra a salvo, héroes humildes y silenciosos que no buscan honores sino sólo hacer lo que deben para luego retirarse, satisfechos de haber vivido una vida bien cumplida en ofrenda a los demás.

Celebrar a la Sagrada Familia es redescubrir que Dios sigue creyendo y confiando en nosotros mucho más que la fé y la confianza que en Él solemos depositar. Que una familia es imprescindible para sobrevivir, para crecer, que hay lazos muchos más profundos que la mera biología, y que son esos lazos los que perduran, los que nos mantienen vivos, con todo y a pesar de todo)

Paz y Bien

 

Herodes de todos los tiempos



Santos Inocentes, mártires

Para el día de hoy (28/12/13):  
Evangelio según San Mateo 2, 13-18



(Las coincidencias históricas entre los diversos hechos narrados por los Evangelistas son, a menudo, difíciles de comprobar por la historiografía y por otras disciplinas. Y está que así sea: los Evangelios no son crónicas históricas exactas, sino más bien relatos teológicos, es decir, espirituales.
Así entonces, de manera directa, es difícil encontrar alguna fuente que ratifique lo que narra San Mateo respecto de la matanza de niños en Belén y alrededores. Sin embargo, por duro que parezca, hubiera significado el homicidio de aproximadamente veinte niños menores a dos años en un pueblo pequeño sin demasiada relevancia. Y la historia no suelen escribirla los pequeños, la dictan los poderosos, y es una causa probable que ello causara un dolor extremo a las familias de dichos niños pero, a la vez, que el hecho hubiera sido relativamente desconocido.

Una vía probable sería a través del instigador de estos homicidios, el rey del lugar llamado Herodes el Grande o Herodes I. Era de origen idumeo, formado bajo una cultura y educación helenizadas, por lo que no era -para Israel- un rey auténtico. Antes bien, era considerado por la mayoría de sus súbditos como un usurpador violento e inescrupuloso, y gobernaba sobre Judea, Galilea, Idumea y Samaria. Su poder se cimentaba especialmente en el apoyo explícito -militar y político- que le brindaba el ocupante imperial romano, de quien se consideraba vasallo absoluto. Así mismo, contrataba mercenarios como propia tropa de choque, feroz e inmoral.
Si bien sería recordado por reconstruir el Templo de Jerusalem, también era temido hasta límites asombrosos. Todos sabían que que había mandado ejecutar a toda la familia real asmonea, dinastía que lo precedió en el dominio de Judea; todos conocían que también envió a la muerte a dos de sus propios hijos bajo sospechas éstos de conspiración y traición, y que no vacilaba a a hora de reprimir violentamente cualquier indicio de disenso o de asomo de alzamiento zelota.

Con estos precedentes, no es para nada improbable que, al enterarse por boca de los magos de Oriente del nacimiento en Belén de un Niño prodigioso de la estirpe de David, imagine allí en ese bebé un enorme riesgo a mediano plazo que venga a cuestionar su corona de dudoso origen, Alguien que con su sola presencia pondría en entredicho su poder. Y que al no tener certezas de quien és, mande ejecutar a todos los niños del lugar, indefensos testigos de ese Cristo que recién amanece a la existencia.
Sus hijos, que heredarían dominio y corona,, no serían mejores que él. Arquelao lo superaría en crueldad junto a Filipos, y Antipas acabaría orgiásticamente con la vida del Bautista.

A través de los siglos, y en nuestros tiempos también, hemos tenido y tenemos muchos Herodes brutales, impunes, impiadosos, especialistas en atropellar las vidas de niños en pos de la conservación de su poder.
Herodes que abusan de los niños, especialmente aquellos que se aprovecharon de investiduras y posiciones.
Herodes del aborto fundado en ideologías, progresismos, modernidad, Herodes del asesinato concienzudo y racionalista, aprovechándose abiertamente de aquellos que no pueden defenderse ni tienen voz.
Herodes pretendidamente pro-vida, que ignoran a los niños luego de que nacen, y no les importa que queden abandonados a su suerte, a la miseria, a la explotación. Si el primer derecho es el derecho a la vida, estos Herodes reniegan del que le sigue, el derecho a una vida digna.
Herodes de la guerra, de la tecnología bélica que justifica la muerte de niños como daños colaterales.
Herodes -aves negras y rapaces- del narcotráfico.
Herodes de la explotación sexual y laboral de criaturas.

La matanza de los inocentes quizás nos recuerde que este Dios con nosotros no ha venido revestido de gloria, con abierta voluntad de imponerse por la fuerza. Este Dios se ha quedado entre nosotros desde la debilidad, la fragilidad, y cuenta con nuestras manos para salir adelante)

Paz y Bien

La vida que florece




San Juan , Apóstol y Evangelista

Para el día de hoy (27/12/13):  
Evangelio según San Juan 20, 1-8



(Los hechos brindados en el Evangelio para el día de hoy se desarrollan en la mañana e la Resurrección, y ello responde no solamente a una condición espacio-temporal. Se trata especialmente y ante todo de descubrir las coordenadas espirituales que están allí, al alcance de nuestros corazones.

Porque la comunidad que no tiene fé, invariablemente se sumerge en la noche del desánimo, del desconsuelo y de la muerte. 

Pero esa noche cerrada ha de ceder paso a la mejor de las noticias y a la experiencia de la fé que se comparte, en donde se asume desde las raíces mismas de la existencia el asombro mayor de Cristo Resucitado, de tumba vacía, de signos mortuorios inútiles porque la vida nuevamente florece.

A pesar de ciertas ideologías de género -inevitablemente perniciosas-, a pesar de las a veces enormes diferencias entre los miembros de la comunidad o el carácter propio y distintivo de las diversas confesiones, aún cuando los roles y la personalización de los ministerios tenga colores puntuales y específicos, lo que cuenta, lo que verdaderamente decide todo destino y horizonte de unidad es la confesión común de fé en el Resucitado, el mismo que ha nacido en Belén como el más humilde de los bebés, el mismo que sostiene a Esteban en su martirio, el que se queda entre nosotros y a favor de toda la humanidad hasta el fin de los tiempos.

En la comunidad eclesial que cree y empuja los amaneceres, las mujeres son escuchadas con atención, testigos primeras y evangelizadoras de todos. Otros llegan con mayor velocidad al puerto de la salvación que es Cristo vivo, mientras que otros tarden quizás un poco más, y haya que cederles el paso. Todos somos importantes, todos contamos, todos somos amados hasta el fin.

La comunidad cristiana es ese Discípulo Amado que se atreve a asumir en cada instante de su existencia el don y misterio de la fé, y la hace tiempo, historia, y la comunica a los demás. La alegría verdadera se expande cuando se comparte, el Niño de Belén está allí oculto en los mantos de la noche esperando calor, el mismo Cristo ha quebrado el cerco de la muerte y nos espera)

Paz y Bien

Entre Belén y el Calvario



San Esteban, protomártir

Para el día de hoy (26/12/13):  
Evangelio según San Mateo 10, 17-22



(Con un solemne contrapunto, y en principio muy desconcertante, la Liturgia nos conduce desde la humilde y mansa profundidad de Belén, del Niño recién nacido, de los ángeles que cantan la Gloria de Dios, de los pobres que celebran su llegada, al Calvario de Esteban el primer mártir, su muerte terrible, espantosa, injusta.

Por eso mismo estos extremos pueden aparecerse como opuestos y contradictorios. Sin embargo, con notas graves y agudas en conjunto -o blancas y negras- se compone la música, y el Evangelio para el día de hoy nos ofrece en ese carácter una sinfonía majestuosa, la de la fidelidad.

Esteban es juzgado y ajusticiado por hombres profundamente religiosos, que se encienden de rabia y odio en nombre de Dios; él se había vuelto un hombre peligroso y detestable pues no podían, ni siquiera entre todos, hacerle torcer su testimonio, su entereza, su honestidad de testigo de Alguien que es muchísimo más grande que sí mismo, Alguien que lo alienta, lo sostiene e ilumina. Por eso mismo y a las puertas del horror, Esteban sólo descubre a su Dios y lo manifiesta en su perdón incoercible. 
Esteban, al igual que todos los testigos fieles, no se rinde ni baja los brazos.

El Niño de Belén y el primer mártir expresan la misma realidad, el amor incondicional y tenaz de ese Dios que nunca nos abandona, que permanece contra todas las nubes negras de los apropiadores de mentes y corazones, que en plena noche resplandece con la misma verdad.

Quizás por ello nuestras vidas oscilen entre esos extremos, pues se trata del mismo amor, la misma promesa, la Buena Noticia que prevalece)

Paz y Bien   

La asombrosa cercanía de Dios




Natividad del Señor

Para el día de hoy (25/12/13):  
Evangelio según San Juan 1, 1-18

 

(Dios es Palabra, Verbo que crea.

Como Palabra, siempre se expresa y ha buscado desde el comienzo mismo de los tiempos el diálogo con las creaturas. Los amores se crecen en la cercanía, cuando se dialoga, cuando se dicen cosas, cuando se escucha.

El primer paso de ese diálogo cordial es la creación misma. Dios se expresa amorosamente a través de la belleza insondable de la naturaleza, de los misterios inmensos del universo, de la vida que brota pujante. Aún así, no hemos sabido ni querido escuchar. Peor todavía, en nuestra soberbia hemos embestido sin piedad con descuido agresivo contra esa naturaleza que es don, es regalo, es casa común.

Pero ese Dios Palabra jamás bajó los brazos.

Así entonces lo intentó sin descanso a través de hombres cercanos a Él, los profetas. De ellos, el último y el más grande fué Juan, llamado el Bautista, hijo de Zacarías e Isabel. Era sólo un hombre pero todo un hombre, resplandeciente de integridad, pleno de verdad, a tal punto de reclamar disminuirse a sí mismo para que ese Dios del cual era fiel portavoz y testigo creciera a los ojos del pueblo.
A Juan y a los que fueron como Juan nos encargamos de regalarles nuestro desprecio, de brindarle oídos sordos, de ejercer todo tipo de violencias y supresiones.

Pero contra toda previsión o lógica, Dios seguía confiando.

Es imposible hablar acerca de Dios, hay un abismo ontológico entre la eternidad y nuestras pequeñísimas y acotadas existencias. Es nada lo que podamos decir o aseverar, ni por lejos nos acercamos.
Pero era menester de su bondad que abandonáramos los mutismos que impiden comunicarse, descubrir y ser descubiertos.

Ese Dios Palabra de Vida y Palabra Viva persistió en su tenacidad.
La Palabra se hace carne, historia, tiempo, uno más entre nosotros para que la humanidad recupere la voz.

Dios se hace asombrosamente cercano, un vecino, un Padre que nos ama, una Madre que nos cuida, un Hermano siempre disponible, un Hijo que se nos adormece en nuestros brazos.

Muy Feliz Navidad)



Paz y Bien


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