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Como Jesús amaba






San Matías, apóstol

Para el día de hoy (14/05/16):  

Evangelio según San Juan 15, 9-17




La enseñanza que nos brinda la lectura de este día es nodal, crucial para la vida humana y cristiana pues se establece desde la medida y perspectiva del amor.
Esta enseñanza no puede abstraerse de la perspectiva principal que es la cruz como ofrenda suprema, en contraposición total de aquellos que todo lo regulan -hasta la vida de Dios- mediante códigos y reglamentos específicos, recetas de santidad y pureza ritual que nada tienen que ver con el amor asombrosamente gratuito y absoluto de Aquél que nos ha amado primero de manera incondicional, un amor que es escandaloso para los traficantes espirituales, para los que comercian con méritos religiosos, para todas las mezquindades opresoras del mundo.

Se trata de amar como Jesús amaba.

El amaba de ese modo único y revolucionario pues conocía en su propia existencia el amor del Padre, un amor creador que no tiene reservas y que se encarna, se hace historia y tiempo, vecino, hijo querido. 
Jesús de Nazareth obedece hasta la muerte al Padre, pero esa obediencia no es una subordinación de hacer venias sin pensar, de autómata sin corazón, sino en el sentido más profundo y auténtico de la expresión -ob audire- que significa escucha atenta. Escuchar atentamente para permanecer fiel, servicial obrero de la misericordia que restaura y levanta la creación.

En demasiadas ocasiones pretendemos acotar el amor al escaso tamaño de nuestra vida, a la insignificancia de nuestras existencia, y por eso andamos dispersando a cada paso tanta escasez. Sea entonces la real medida del amor cristiano -el amor humano- el amor de Cristo que se expresa en el servicio, en la gratuidad, en su infinita amplitud que no conoce menoscabos ni restricciones.

Amar como Jesús amaba implica a-pasionarse por el bien de los demás, enamorarse de la vida con todo y a pesar de todo, amarla de tal modo que nos volvamos capaces de entregar sin miramientos la propia para el bien de los demás. Palpitar la urgencia de la compasión, y el carácter único y distintivo de un Mesías que nos ha elegido amigos entrañables.

Sacrificio, en términos sencillos, es hacer sagrado lo que no lo es. El amor de Dios -sacrificio cotidiano- que encarnan los discípulos es señal de santidad que renueva, por la fuerza del Espíritu, la faz de la tierra.

Paz y Bien

Las tres etapas de Pedro





Nuestra Señora de Fátima

Para el día de hoy (13/05/16):  

Evangelio según San Juan 21, 15-19



Hoy y mañana se corresponden a los últimos dos días del tiempo litúrgico pascual, pues el próximo Domingo celebraremos Pentecostés: a diferencia de los días previos, en los que contemplábamos la Última Cena, hoy nos situamos a orillas del lago de Genesaret, ámbito de la aparición del Señor Resucitado a siete de los discípulos. La escena de hoy se define por el diálogo entre Simón Pedro y el Maestro.

Respecto de Pedro, los Evangelistas -tanto en los Evangelios como en los Hechos de los Apóstoles- nos brindan varios datos que bosquejan un retrato fiel de su personalidad temperamental, afable y generoso a veces, volátil y quebradizo otras. Pero lo importante es enfocarnos en lo que el Maestro conoce de Pedro y, más aún, lo que imagina para él, pues nadie mejor que Cristo sueña todo lo que podemos llegar a ser, a pesar de nuestras limitaciones actuales, a pesar de nuestros quebrantos y traiciones.

Así entonces tres grandes etapas podemos descubrir en la vida de fé del pescador galileo.
La primera etapa es el llamado, la vocación del Maestro a Pedro a orillas del mar de Galilea, en donde él desarrollaba su oficio cotidiano, una invitación a ser pescador de hombres en su seguimiento y compañía. Esta etapa tendrá mucho de fervor voluntarista, idas y vueltas de un hombre tan franco como complicado que a menudo no logra comprender el carácter mesiánico de Jesús, de profundo y amistoso afecto pero a la vez de quebrantos y enojos y los devaneos de una conversión demorada, incompleta.

La segunda etapa es la maduración de esa semilla en germen del llamado, en donde su vocación y su fé serán puestas a prueba, Pedro el bocón/bocazas que declama muchas lealtades pero reniega con fatal velocidad ante la irrupción del miedo, Pedro el que discute con el Maestro el propio carácter de Él, Pedro que lo reconoce como Hijo del Dios vivo.

La tercera etapa es netamente pascual. Hay un regreso de Simón Pedro al ambiente añejo, a la pesca galilea. Hasta el viejo oficio parece querer regresar, noches infructuosas de esfuerzo sin frutos.
Quizás haya en Pedro una gravosa carga por la triple negación de la noche del arresto, negación que se magnifica por la fidelidad declamada instantes antes y no encarnada. 
Pero está el Señor. La presencia del Resucitado es perdón y salvación para el amigo dolido, porque Pedro -al igual que todos los discípulos- es para Cristo, ante todo, un hermano y un amigo, familia que se elige y edifica desde los afectos por vínculos cordiales. Grave es el quebranto de Pedro, pero mucho más grande y poderoso el amor de Dios expresado en Cristo Resucitado.
Así, a la triple negación se corresponde con ese amor incondicional de Dios que descubre desde la triple pregunta, que a la vez es una afirmación expresa: tú también.

Pedro se afirmaba en sus esquemas y en la espada de su enojo, y eso lo confinaba a derrumbes estrepitosos.
A partir del encuentro con el Resucitado, Pedro se afirmará en ese Cristo que sigue confiando en él, que lo quiere con todo y a pesar de todo, y desde esa confianza entrañable será roca firme para sus hermanos, servidor de paz y consuelo, obrero fiel de la misericordia.

En la vocación de Pedro todos nos podemos espejar. Cada existencia tiene mucho de ida y vuelta, y es menester atreverse a descubrir a ese Cristo de nuestras orillas, el Cristo vivo que siempre nos busca y nos espera para nuestra liberación, que nos imagina plenos, que jamás deja de soñarnos felices, que siempre celebra nuestro regreso.

Paz y Bien


Común unión





Para el día de hoy (12/05/16):  

Evangelio según San Juan 17, 20-26




A las puertas de la muerte, cuando todo parecerá quedar atrapado por la vorágine del odio y la violencia, el Maestro suplica por todos los que han de creer, es decir, por todos los creyentes de todos los tiempos -nosotros mismos-. El gesto de Jesús levantando los ojos al cielo nos indica su solemne intención, su entrañable deseo de paz y bien para aquellos que crean sin verlo, para los que se conviertan a partir del testimonio apostólico, del anuncio de la Buena Noticia.

El núcleo de su ruego será la unidad, la comunión de los creyentes, común unión entre sí y con Dios, en vínculos mucho más allá de una simple reciprocidad, y será reflejo fiel del modo amoroso en que se relacionan las Personas de la Santísima Trinidad.
Ahora bien, esa unidad no implica uniformidad, ni tampoco una definición puntual de estructuras institucionales o modelos eclesiales, que si bien son importantes son más bien consecuencias del hecho fundante de la comunidad. 
Así el Señor desde sus entrañas suplica para los suyos una unidad que exprese de manera evidente el amor, esencia de Dios. La comunidad cristiana entonces se fundamenta en la común unión con Dios, en Dios y por Dios, extendida como abrazo fraternal al prójimo al que nos acercamos porque es un hermano, porque dejamos atrás afanes de disolución de identidad y personalidad, de dominio o de ajenidad y le reconocemos como otro hijo amado del Padre de todos.

La comunidad cristiana es diversa en su multiplicidad de rostros y colores porque, ante todo, es conversa, converge en Dios y en el hermano.

Tiene -tenemos- también un horizonte actual y futuro de gloria. Lamentablemente, ciertas posturas antropomórficas y ciertos criterios estrictamente mundanos nos conducen a fangosas confusiones, oscilando entre lo rutilante y poderoso hasta las pretéritas aureolas de acuerdo al sino propio del arte religioso. Nada de eso. 
La gloria de Dios, donación absoluta del Padre al Hijo y del Hijo a todos nosotros, es vivir como Jesús vivía, amar como Jesús amaba, permanecer fieles y obedientes al Padre como el Maestro; allí, en esa eternidad que nos florece en lo cotidiano, se encuentra la santa raíz de la justicia, la paz, la fraternidad, la liberación. Esa gloria poco tiene de refugio contra los problemas -una psicologización de lo divino-, algo así como adorar a un falso dios aspirina o calmante que nos escuda contra todo conflicto.
Por el contrario, significa permanecer firmes con todo y a pesar de todo, y por más que campee la noche, en lo profundo de los corazones resplandece la brasa del Dios que nos habita, el Espíritu Santo que vivifica y renueva, que nos vuelve sal de la tierra y luz del mundo.

Paz y Bien

 

Verdad, unidad y mundo




Para el día de hoy (11/05/16):  

Evangelio según San Juan 17, 6a. 11b-19




Continuamos hoy contemplando y meditando la oración sacerdotal de Jesús en la Última Cena. 
La plegaria del Señor es vehemente, fervorosa y entrañable por los suyos, por sus amigos, por los Once y por aquellos que le seguirán a través de la historia. 
No es un dato menor que sus afanes, aún cuando la sombra ominosa de la Pasión parezca tragarse todo, que su principal preocupación sea el bien y la plenitud de los suyos, referencia y signo exactos de donación, de amor incondicional.
Así, su oración se volcará en tres ríos caudalosos que llevan la misma agua pura de la Salvación, quizás en reflejo cordial de la Trinidad de amor: que sus amigos sean consagrados en la verdad, que permanezcan unidos y que estando del mundo no sean poseídos por él, pues sólo son de Dios.

Consagrados a la verdad, en la atenta escucha de la Palabra de Dios que se encarna y se pone en práctica, se hace vida cotidiana, verdad que es luz entre tantas tinieblas, verdad que es liberación, la sagrada libertad de los hijos de Dios.

Que los discípulos permanezcan unidos entre ellos, espejo fiel de la unidad indivisible y amorosa entre el Padre y el Hijo, porque se trata de una familia creciente y nó de islotes individuales, y porque esa unidad también expresará el firme arraigo a la verdad. Unidad para crecer, unidad que prevalece a pesar de lo diverso porque tiene un grato distingo converso, de encuentro con Dios y con el hermano, de ceder el el paso al último, del único poder que es el servicio.

La fidelidad a la verdad y la tenaz unidad vuelve a los discípulos ajenos y repudiables por un mundo estructurado a través del poder, del dominio, de adjudicar a cada uno un precio -negación falaz de la Gracia-. Por su rostro fiel, el mundo los expulsará y terminará odiándolos con fervor, pues su sola presencia, aún cuando sea silenciosa y humilde, pone en evidencia la monstruosa máscara inhumana que suele solazarse en los más débiles. De allí que los discípulos estarán en el mundo sin ser de él, sin ser de lo que es ajeno a Dios y a la plenitud de la humanidad, y de allí se comprende la misión de sal y luz, misión para que en estos campos a veces tan yertos florezca la vida, la justicia y la paz, para que no campeen las tinieblas sino que la esperanza de nuevos amaneceres nos engalane el corazón.

Paz y Bien  
 

Gloria y misión





Para el día de hoy (10/05/16):  

Evangelio según San Juan 17, 1-11a




En este día la liturgia nos invita a contemplar un fragmento de la oración sacerdotal de Jesús. Ésta tiene un carácter que está mucho más allá de la razón, o sea, que ha de contemplarse desde el co-razón: es su entrañable plegaria, la súplica confiada de un hombre que está a punto de sufrir una muerte espantosa, revestida de la ignominia que tratan de imponer sus enemigos, pero que aún así se mantiene firme, fiel y libre pues sabe y conoce que su fidelidad y su amor prevalecen por sobre todo horror, por sobre la muerte.

Él sabe lo que le espera en breve, y sabe también lo que se anida en las almas de sus amigos. Ellos quedarán mareados en su confusión, y estarán demolidos de miedo, desesperanza y derrota, y Él no quiere abandonarlos a su suerte. 
Esa preocupación comienza en los Once y se extiende a todos los discípulos de todos los tiempos -nosotros mismos también- para que nadie se pierda, para que en todos resplandezca la Gloria de Dios.

En la oración del Señor hay un distingo que no puede pasarse por alto, y es que el centro y fundamento de su plegaria es el Padre, es decir, que no se inscribe en un yo rotundo sino que se fundamenta en un tú, que aquí es su Padre. El otro es quien dá sentido y en quien nos espejamos, el tú es quien posibilita el nosotros y mediante el cual renegamos alegremente de todo egoísmo.
Y cuando ese Tú es el mismo Dios, todo adquiere una relevancia inusitada, en la ardua tarea y el desafío que plantea un mundo chato, sin trascendencia y con la vida en retroceso.

Mirando en su propia historia, el Maestro imagina futuro. En sus raíces está Dios, y a ese Dios regresa, un Dios que no se reviste de celestial inaccesibilidad, sino que abre las puertas de su inmensa casa-corazón a todos los hombres, un puente tendido para siempre a través de Cristo sacerdote. Por eso la gloria de Dios es la eternidad que se prodiga en toda la historia como rocío bienhechor por la amorosa paternidad suya, vida sin límites que florece en la cotidianeidad.

Esa, precisamente, ha sido la misión salvadora del Señor, y desde su partida y hasta su regreso será la misión de los discípulos: que el mundo conozca al único Dios verdadero y a su Hijo Jesucristo, que se descubra en gestos, palabras y presencia el amor misericordioso de Dios, conociendo y dando a conocer el paso salvador por cada historia personal, comunitaria y humana.

Paz y Bien


Soy de la Virgen, nomás


(La fecha tradicional de esta celebración es el 8 de mayo; este año, se mueve al día 9 por coincidir en día precedente con la celebración de la Ascención del Señor)



Nuestra Señora de Luján - Patrona de la Argentina

Para el día de hoy (09/05/16):  

Evangelio según San Juan 19, 25-27



La vida de ese hombre transcurría joven y libre en la Cabo Verde africana, calor de sabana, frescor atlántico, zona de Costa de los Ríos. Era ya un adulto, y quizás comenzaba a cumplir sueños de familia y descendencia; pero en 1604 una realidad mezquina y brutal castigaría sus huesos. Atrapado como un animal, vendido como una mercancía hubo de soportar la infamia de la esclavitud, traficado en las bodegas de un buque mercante hasta las costas brasileñas, mercado de almas y cuerpos -no demasiado distinto a la actualidad-.
A las cosas se las usan y se las descartan cuando se vuelve inútiles; de las cosas se espera que sean meros instrumentos de los deseos de los propietarios. Así, a ese hombre se lo arranca de su tierra natal, de su ámbito natural y también se le borra su nombre original, en la inteligencia de disolver su identidad y aplastar todo atisbo de rebeldía: ya en tierras americanas se lo cristianiza a la fuerza, bautizándolo.

Su nombre cristiano: Manuel Costa de los Ríos.

Sin embargo, en el acontecer humano nada es tan lineal ni mensurable con ecuaciones exactas. Hay un río caudaloso y subterráneo que no se vé a simple vista pero que está allí, pujante, vigente.
Dios a menudo se vale de pentagramas desdibujados y torcidos para componer magníficas sinfonías junto al hombre.
Y ese Dios que es Padre, desde los bordes de la historia, desde la periferia de la existencia, desde lo que no cuenta y no es tenido en cuenta, transforma los tiempos, los fecunda, los vuelve más humanos.

En 1630, en una nave de comerciantes y contrabandistas se embarcan dos imágenes de la Santísima Virgen María, una representando a la Pura y Limpia Concepción, la otra a la Madre de Dios, con el Niño Dios en sus brazos; su destino era la capilla de una estancia, quizás con ciertos visos de culto privado, escaso, para unos pocos.
Como parte de la mercancía, embarcan al esclavo negro, tal vez en afanes de comprar y vender, tal vez como un presente o pago de favores, algo que se puede regalar.

Desembarcados en el puerto de Buenos Aires, las gentes que portan esa mixtura de imágenes santas y siniestra carga humana evitan el tradicional Camino Real para dirigirse a la estancia en Sumampa, en el norte distante. El viaje es clandestino, ruta de contrabando, pericia de delincuentes que se mueven por senderos escondidos entre las propiedades de ellos mismos.
El viaje no tiene nada de diáfano ni de pueril pureza. Como en casi todo, es necesario saber mirar y ver lo blanco, lo negro y las variantes grises. A orillas del río Luján, en un paraje perdido, la carreta dice basta, hasta aquí, ya no más; en aquel entonces, tanto para el desembarco río adentro como para el viaje por caminos rurales intrincados, las carretas eran tiradas por una yunta de bueyes, pura potencia, fuerza descomunal. Sin embargo allí no hay caso, algo pasa, las carretas parecen atornilladas al barro.

Nuevamente, los asombros. Los hacendados y peones no saben qué hacer, pero ese hombre que se llama Manuel -el nombre del Mesías- comprende lo que sucede. Se trata del obstinado amor de la Madre de Dios, de quien se hace servicial amigo, esclavo cordial. 
Las ideas de patria y nación en ese 1630 no estaban presentes. Sólo éramos el borde periférico de la metrópolis imperial española, extramuros del mundo. Aún así, desde una historia en ciernes la Madre está aquí por decisión propia, con una tenacidad que sólo pueden tener los que aman, y por esa presencia constante sabemos que no vamos sólos, que tenemos cobijo y amparo, que estas tierras están benditas desde sus hijos más pequeños con amor y ternura maternales. Porque donde está la Madre, está el Hijo.

Ya no pudieron separar a Manuel de la Madre de Dios, servidor desde la caridad de María y de los necesitados. Por ello, cuando los que se pretendían dueños de su existencia venían a reclamar soberanías sobre su persona, él afirmaba rotundo

-Soy de la Virgen, nomás-

Es el manso grito de un hombre que era más libre que todos los negreros juntos, en la libertad de los hijos de Dios. Para nosotros, la exclamación de nuestro santo hermano Manuel se nos hace corazón, identidad, principio fundamental.

Somos de la Virgen, nomás.
Ni de los que creen que todos tienen un precio, los que comercian almas, los que se ensañan con los pequeños. Somos de la Virgen, nomás, libres, con todo y a pesar de todo, y nadie nos podrá separar de la Madre.

A vos Madre, te suplicamos junto a Manuel que le hables a tu Hijo de todos nosotros.
Andamos muy desencontrados, a menudo chillones ingratos, montados a lomos del potro bravo de la intolerancia. Nos hemos acostumbrado a la injusticia y a la violencia, a la miseria razonada, a la maldición de la corrupción.
Aún así, Virgen Gaucha, sabemos que seguís andando por nuestros arrabales, porque tu corazón es mucho más grande que la inmensidad de estas pampas. Que los pequeños y los olvidados tienen en vos refugio y esperanza. Y que aunque no lo digamos, Virgen surera, en verdad andamos escasos de ternura, mendigos de tu consuelo.
Hablale a tu Hijo de un querido hijo tuyo que te añora, y que debe calzar por estos tiempos las sandalias de Pedro.
Hablale a tu Hijo de todos nosotros, para edificar la vida, para que crezca como un árbol frondoso la justicia, para que nos germine la paz, para que jamás abdiquemos de la esperanza.

Somos de la Virgen, nomás.

Así sea.

Paz y Bien









Ascensión del Señor, la esperanza que nos llama





La Ascensión del Señor

Para el día de hoy (08/05/16):  

Evangelio según San Lucas 24, 46-53





Son tiempos complicados para la fé en la Ascensión del Señor a los cielos. Quizás la superabundancia de la tecnología y la información -ciertos excesos tóxicos- se haya robado la capacidad de asombrarse, pues todo parece más cercano, asequible, como si ontológicamente se dependiera del tamiz científico y mediático en garantía de veracidad. 
Pero también, en las oscilaciones anímicas habituales, se deriva desde una racionalidad extrema a una fé abstracta, desencarnada, un cielo de encendido de ausencias que posterga cualquier indicio divino hacia acontecimientos post mortem y escatológicos.

Aún así, cielo sigue teniendo connotaciones de agradable misterio y trascendencia para los niños, los poetas y los enamorados. No es poco, es señal de que aún hay gratas y fértiles parcelas por donde la humanidad florece. 
Desde la perspectiva de mujeres y hombres de fé, la puerta abierta definitivamente por el Cristo ascendido, ese cielo que se nos ofrece, es la vida plena en comunión con Dios, vida perenne, la felicidad sin menoscabos, la promesa de Dios con nosotros que se ha ratificado y explicitado en Cristo.  

Por esa promesa, por esa certeza nos reconocemos hijos queridos de Dios. No somos bastardos o guachos, como se nombra por estas tierras: somos hijos amados sin límite por un Dios que es, ante todo, Padre. Esas son las nuestras verdaderas raíces, las que permanecen, y por esos cielos abiertos nos volvemos capaces de comprender a la esperanza que nos llama, el Cristo de nuestra alegría que murió y resucitó en ofrenda para que las gentes crezcan en humanidad que se eterniza en bendiciones.

Y también, paso a paso, descubrimos que los patios de ese cielo ya se encuentran por aquí, en estos arrabales a veces tan oscuros, tan desoladamente racionales. Por eso ese provenir infinito de vida plena ha de corresponderse con el esfuerzo cotidiano por santificar los días, en alabanzas de justicia y paz, de compasión y liberación, la alegre misión a la que se nos convoca, compromiso de no abandonar a su suerte estos campos yertos, para que la ventana de la esperanza también se abra para los corazones cerrados y las almas doblegadas.

Con el Resucitado, vivo y presente en medio de su pueblo, en este día nos renovamos en confianza de comunión.

Paz y Bien


En el Nombre de Jesús





Para el día de hoy (07/05/16):  

Evangelio según San Juan 16, 23b-28




El momento de la enseñanza es solemne, pues nos encontramos en los umbrales de la Pasión, cena de amigos en donde Jesús de Nazareth se despide. Él se vá pero se quedará de manera más perfecta, aunque los discípulos aún no lo entiendan, pues debe madurar su experiencia personal y comunitaria de la Pascua de la Resurrección de Cristo. 
Pero también hay solemnidad por el tenor de la revelación, que hoy nos brinda la lectura del día: la preexistencia divina del Señor, su plena identidad con Dios. Desde allí y por ello los discípulos tendrán pleno acceso al Dios del universo a través del Señor, y más aún, en unión con Él. 

No es Cristo un mediador infranqueable que pone trabas o distancias a la absoluta alteridad de Dios; antes bien, es el sacerdote-puente que posibilita a toda la humanidad el acceso al corazón sagrado de Dios, amoroso corazón de un Padre que nunca descansa por todas sus hijas e hijos.

Es un tiempo decisivo el que se inaugura, perfumado de esperanza y rotundo en la confianza, confianza inmerecida que Dios tiene puesta en nosotros, confianza también puesta en Aqué que todo lo puede.
Se trata del fin de los jamases, de los no se puede, de todos los imposibles. La muerte en retroceso ya no tendrá la última palabra, la sentencia definitiva. La Palabra que siempre está viva y vivificante es la suya, Verbo que acampa fraternalmente en nuestros arrabales, un Dios tan humano y cercano que resulta inconvenientemente comprometedor.

Hasta ese momento, los discípulos oraban directamente a un Dios al que creían inaccesible, a menudo quedándose en la mera fórmula establecida. Ahora, los discípulos -ellos y nosotros- elevarán plegarias en el Nombre de Jesús, porque en Jesús se expresa en todo su esplendor y sin reservas el amor del Padre.

Hay todo un mundo nuevo, una nueva creación que se nos asoma ante nuestros corazones. 
Rogar en el Nombre de Jesús no implica el uso de arcanos mágicos, ni tampoco la declamación de una combinación conmovedora de términos, sino algo mucho más profundo, y es encarnar en la propia existencia toda la vida y las enseñanzas de la persona del Maestro.

En la oración se produce la santa urdimbre de lo sagrado y nuestra pequeñez, tejido vital del tiempo santo de Dios y el hombre, la escucha atenta del Espíritu que todo vivifica, y sobre todo, que el Señor asume nuestras cosas como propias para hacerlas santas, para elevarlas a la eternidad.

En el nombre de Jesús supliquemos entonces volvernos cada día más humanos, hermanos serviciales, hambrientos de justicia, edificadores de paz, hijos amados de Dios, porque todo es posible si nos atrevemos a confiar.

Un pedido especial, en el Nombre de Jesús, por la hermana Guadalupe Rodrigo y todos nuestros hermanos en Alepo, Siria, que sufren en su vida cotidiana el horror de la guerra y el sufrimiento de la persecución por su fé.

Paz y Bien


Identidad pascual





Para el día de hoy (06/05/16):  

Evangelio según San Juan 16, 20-23a




A menudo, cuando nos sumergimos en las honduras de la Palabra, se pone en evidencia una cuestión obvia, y es que a diferencia de los discípulos, nosotros conocemos el después, lo que pasará luego de la muerte del Señor y conocemos lo que acontecerá con los discípulos luego de la Resurrección. 
Luego de su experiencia pascual, los discípulos verán transformadas sus desdichas y pesares, sus miedos y resignaciones en alegre esperanza revestida de coraje, pero por sobre todo será precisamente la alegría su identidad primordial, aún cuando los gritos fieros de las persecuciones los acosen.
La primera comunidad cristiana -y todas las comunidades fieles y orantes- resplandecen por una dinámica, una energía vital que no puede explicarse con categorías científicas, que supera largamente cualquier valioso concepto de resiliencia; la tenaz y alegre vitalidad de esas comunidades sólo puede explicarse desde una vivencia profunda de su fé cristiana, es decir, del Resucitado que está presente en medio de ellos y que por eso mismo resignifican con magníficos colores maternos los sufrimientos y los pesares. 
Así cada pena, para escándalo de ciertos criterios mundanos, esconde una vida siempre pujante, una vida que se expande desde el amor que la plenifica, una vida que no se coartará jamás por la muerte y por todas las muertes que le salen al paso.
La profunda alegría enraizada en Cristo Resucitado es augurio y esperanza de que el mundo que se vuelva cada vez humano y más santo, agradable a Aquél que nunca nos abandona.}

Contemplando la fértil existencia de los primeros cristianos, se nos vuelve a plantear un interrogante decisivo, y es el de nuestra identidad cristiana. Si en verdad se trata de una identidad pascual, de la cotidianeidad fecundada por la experiencia constante de la Pascua del Señor Resucitado.

Tristemente, estamos habituados a lo instantáneo, a una religiosidad de mangas cortas, del aquí y ahora sin raíces ni futuro, de la banalidad que sólo es un proceso de escapatoria o calmante frente a los problemas.
Pero el Maestro nos vuelve a despertar desde la ofrenda de la cruz, el amor mayor, el grano de trigo que lleva su tiempo en germinar pero que no se detiene jamás, que muere para dar paso a una vida nueva, pariendo fraternidad y justicia en cada gesto, en cada oración, a cada momento.

Paz y Bien




Presencia misteriosa





Para el día de hoy (05/05/16):  

Evangelio según San Juan 16, 16-20





La linealidad es terrible; en tanto que mirada literal, niega cualquier posibilidad simbólica y, por lo tanto, toda trascendencia, todo nivel de profundidad. Afecta todos los órdenes de la vida, pero es más gravosa sobre la vida religiosa, la vida de fé, y de allí que la linealidad es causal de todos los fundamentalismos, tan acérrimos, excluyentes y violentos.

Así, la linealidad indicaría que la Pasión de Cristo es el final, un final horroroso revestido de derrota, y esa Última Cena sólo una despedida triste antes del contundente final. Razones no han de faltar: la propia ausencia del Maestro socava la estabilidad y las esperanzas de los discípulos, y todo se les hace ocaso sin término.

La invitación del Maestro sigue vigente desde esa noche. Se trata de no quedarse, de atreverse a la insondable aventura de la fé que es don y misterio de Dios, una fé que nos moviliza, nos despierta, un Espíritu que nos encamina a atravesar las apariencias de la Pasión y como hombres y mujeres pascuales llegar al feliz puerto de la Ascensión, con nuevo rostro y con un corazón re-creado por el Espíritu del Resucitado.

Esa vocación pascual es la que nos hace atravesar todos los escollos, que nó eludirlos. Darle a cada cosa su importancia, inclusive a aquello que aparezca nimio o banal. Confiar, jamás dejar de confiar, porque en cada cruz del camino, en cada lágrima vertida hay en germen un día distinto, una alegría que se incuba, una muerte que no define ni decide las cosas porque la vida prevalece.

Es a través de la fé que se nos ha concedido y que debemos cuidar como un regalo valiosísimo que podemos descubrir la presencia misteriosa de Cristo en lo cotidiano, un Cristo que se ha ido para quedarse de manera más perfecta, misterio entretejido con la realidad perfumada de esperanza.
Y así, mujeres y hombres de la Pascua, volvernos señales vivientes del amor de Dios, evangelios vivos que palpitan buenas noticias en el mundo.

Paz y Bien



La obra del Espíritu





Para el día de hoy (04/05/16):  

Evangelio según San Juan 16, 12-15





La lectura de este día nos vuelve a situar en el  lugar y ambiente de la Última Cena, y no es solamente un sitio en donde hay una comida de amigos, sino más bien un ámbito teológico, espiritual, en donde se define la herencia de los Doce y de las futuras generaciones de cristianos.

Ellos han compartido pan, palabra y caminos durante tres años con Jesús de Nazareth, y han recibido enseñanzas que estaban dedicadas especialmente a sus corazones y mentes. Aún así, estaban aferrados a viejos esquemas de poder y gloria que trasladaban a ese Maestro enraizado en la historia, por lo cual la misión redentora del Señor, su carácter mesiánico y la aparente derrota de la Pasión se les hacían tan inasibles, demoledoras y motivo de escándalo y estupor. 
Tendrán un tiempo de aprendizaje y maduración. A menudo es importante desconfiar de las instantaneidades, de los clicks religiosos, y regresar a la paciencia y la humildad de la semilla de mostaza, que crece desde el pié, que se allana paso a paso, que madura de acuerdo a su propia naturaleza, sin apuros. 

La fé también tiene su crecimiento. Es menester andar, no quedarse, pero no embarcarse en ciertas prisas sin destino, especialmente porque la fé cristiana no se enraiza en conceptos o categorías, sino en una persona, Jesucristo. Él es camino, verdad y vida.
La verdad plena, entonces, es el conocimiento pleno de Cristo, de su vida y su mensaje, de su identidad absoluta con el Padre. 

El Espíritu del Resucitado irá conduciendo a los discípulos -a los iniciales, a los de todos los tiempos- a un profundo conocimiento del Evangelio, es decir, a u  pleno conocimiento de Cristo, de su enseñanza y su identidad. En esa libertad, el Espíritu nos vinculará de manera más perfecta con Dios y con sus hijos, nuestros hermanos.

La obra del Espíritu será transformar toda existencia, fecundar la historia, llevar a las personas a un encuentro cotidiano con Dios y acrecentar la fraternidad desde la caridad y el servicio.

Paz y Bien

En los umbrales del misterio




Santos Felipe y Santiago, apóstoles

Para el día de hoy (03/05/16):  

Evangelio según San Juan 14, 6-14




Hoy la Iglesia realiza memorial de los apóstoles Felipe y Santiago, y en consonancia, continuamos reflexionando con lecturas del Evangelio según San Juan; precisamente, en el día de hoy la lectura menciona al apóstol Felipe.

De Santiago el menor, hijo de Alfeo, llamado así para diferenciarlo del hijo de Zebedeo, sabemos que fué cabeza de la naciente Iglesia jerosolimitana, una Iglesia que perduraba en sus tradiciones judías, que seguía a Cristo desde la sinagoga, desde el culto de Israel. Santiago morirá mártir en los borrascosos años de la lucha zelote contra las legiones romanas, una lucha infructuosa que ocasionará la destrucción del Templo y la diáspora judía.

Pero la lectura nos convoca nuevamente a la consideración del apóstol Felipe; él realiza con toda franqueza una petición audaz, valiente, aún cuando suponga un error. En esa formulación se esconde el anhelo de trascendencia de la humanidad, tantas veces suprimido o escondido a la fuerza. 
Implica también las ansias de no merodear más por los umbrales del misterio -siempre a las puertas de ciertos arcanos infranqueables, trabados por un universo de ideas que forman barreras durísimas-, encontrar sentido definitivo a la existencia, de dónde venimos, adonde vamos...y a Quién vamos.

El error de Felipe está en acotar las cosas divinas al plano de la razón, observar a Dios con estos ojos nuestros tan escasos y limitados. Pero el Padre de los errores nos nace luces, de las noches amaneceres, y así, desde ese supuesto equivocado de Felipe, Cristo nos revela el verdadero rostro de Dios en su palabra, en sus gestos, en sus acciones.
Camino para andar y llegar a destino, verdad para ser libres, vida que prevalece sobre todas las muertes.

A Dios no se lo vé, a Dios se lo contempla con el corazón desde la fé en Cristo, y es la intercesión bondadosa de ese Cristo la que abre todas las puertas. Desde la fé en el Resucitado se destierran todos los no se puede, pues se ha inaugurado el tiempo santo de Dios y el hombre, kairós santo de todos los imposibles entre nosotros, aquí y ahora.   


Paz y Bien

Cuestiones de testigos




San Atanasio, obispo y doctor de la Iglesia

Para el día de hoy (02/05/16):  

Evangelio según San Juan 15, 26- 16, 4





La liturgia nos convoca día a día a través de lecturas específicas de la Palabra de Dios; esta selección no obedece solamente a criterios de orden o secuencia, sino más bien a brindar una enseñanza, una educación que tiene mucho de proceso de crecimiento, paciencia de semilla que germina. 
Así la Iglesia nos vá conduciendo y preparando para una de las cuestiones fundamentales de los creyentes, seguir confiando a pesar de la ausencia física, la desaparición visible del Señor -que reflexionaremos el próximo Domingo de la Ascensión- y arar las honduras de nuestros corazones para recibir los brotes del Espíritu en Pentecostés. 
Será el Espíritu Santo quien guiará a los creyentes a través de los senderos de este mundo para no extraviarse y arribar plenos al encuentro con Dios. 

El anuncio que realiza el Maestro es para consuelo y esperanza de los suyos y de todos los cristianos: Él se irá al Padre, pero su partida a su vez será certeza de la llegada del Espíritu Santo, Espíritu defensor -paráclito- que dará testimonio de la verdad sobre los hechos de la vida de Cristo.
Sin el auxilio del Espíritu, la vida de Cristo es un hecho histórico medianamente relevante, pero acotado apenas a ello, inclusive una personalidad gravitante pero sin trascendencia.
En cambio, con el Espíritu del Señor, los discípulos dará a su vez veraz testimonio de Cristo, testigos del amor de Dios en sus existencias y en la historia.

El testimonio no es solamente una actitud o un gesto específico, por el cual optamos en determinadas circunstancias. El testimonio es compromiso raigal de toda la vida, compromiso que involucra a todo lo que somos, y quizás por ello se correrán necesariamente tantos riesgos.
Porque el testigo cristiano -mártir- hace presente en el mundo el amor de Dios y expresa la Buena Noticia del reino; el mundo se articula y organiza de acuerdo a criterios de poder y sometimiento, a intereses mezquinos, a esquemas en donde Dios no tiene lugar, y por ello exonara con violencia a todos los testigos. En numerosas ocasiones, muchos se arrogarán pretensiones divinas al eliminar a un testigo, suponiendo así que se le hace un favor a Dios. En otras, al testigo se le expulsará de la vida comunitaria, será considerado un paria, un leproso social, un loco al que hay que aislar y repudiar sin más trámite.

Lógicamente, esas persecuciones horrorizarán y escandalizarán a los corazones más sensibles. No hay cosas que duelan mucho más que la injusticia.
Pero tal vez, la verdadera razón del escándalo sea una Iglesia cómoda y diletante, a la que nunca se censura ni persigue, pues es precisamente la persecución el signo cierto de su fidelidad, y de escuchar al Espíritu que nos vuelve a decir, corazón adentro y cada día, Abbá!

Paz y Bien





Palabras a San José Obrero





San José Obrero

Sexto Domingo de Pascua

Para el día de hoy (01/05/16):  

Evangelio según San Juan 14, 23-29





Hoy la Iglesia que también es la familia grande del carpintero nazareno, nos propone reflexionar acerca de su vida, su existencia generosa, la ofrenda de su ser a través de la santidad del trabajo.

Los Evangelios no nos traen ninguna palabra pronunciada por José de Nazareth, pero su silencio es más que elocuente. Su silencio es estridente, manso grito de justicia, alegre despertar de todos los letargos del mundo. Es un silencio decidor de cosas que vale la pena escuchar, de cosas que es necesario escuchar.

Que es noble el esfuerzo por lograr el sustento, y que la dádiva limosnera de los poderosos es una afrenta ignominiosa.

Que el trabajo es mucho más que la obtención del salario, que es un derecho que no debe avasallarse ni coartarse por ciertas variables de costos y beneficios, miseria razonada esgrimida por ciertos cultores de libertades falsas, libertad para unos pocos, pobreza para muchos.

Que las manos callosas de las mujeres y los hombres honrados brindan las mejores caricias, y en cada gesto dispensan humildemente bendiciones a su paso. Y celebran y engalanan la existencia. Jamás se rinden ante la corrupción.

José de Nazareth nos afirma cada día que aunque se escuche atronadora la llamada a degüello, no hay que resignarse. Contra toda señal de abismos infranqueables, hay que seguir aferrándose a la vida tenazmente, con fervor enamorado. Y jamás, jamás, hay que dejar de soñar.

Nombrando a Dios cada día, a un Dios tan cercano como un Hijo que se ama hasta los huesos, ternura sin desmayos, esperanza que se talla con paciencia. Porque Dios te reconoce desde siempre en tu taller nazareno, y lo encontramos atentamente enfrascado en los mismos trajines cotidianos en los que se decide nuestra existencia.

Y cuando llegue el tiempo de partir, irnos felices y plenos de haber cumplido con la misión que se nos ha encomendado, sin estridencias ni esperando reconocimientos, felices en la justicia que es ajustar el alma al corazón sagrado de Dios.

San José Obrero, patrono de los trabajadores, grato custodio de nuestra fé y nuestros esfuerzos, ruega por nosotros.

Paz y Bien  


El odio del mundo




Para el día de hoy (30/04/16):  

Evangelio según San Juan 15, 18-21




En los días previos, reflexionamos con profunda atención la enseñanza del Maestro sobre el amor, su herencia definitiva que hace a nuestra identidad cristiana. Sin embargo, de manera subrepticia y casi arrolladora, Él plantea otro aspecto centrado en el odio, en el odio del mundo, el odio que se ejercerá cruelmente contra los discípulos.

En el lenguaje teológico joánico, mundo refiere a todo aquello que per-vierte, que subyuga, que aliena, que vulnera la humanidad y avasalla la vida, en franca oposición al proyecto de Dios, y por ello mundo no es tanto una categoría sociopolítica sino ante todo espiritual. Así entonces, los discípulos y seguidores de Jesús -la Iglesia- estarán en el mundo pero no le pertenecerán pues ser del mundo implica compartir esos criterios de dominio e inhumanidad en donde no hay lugar para el amor y, por lo tanto, para Dios.

No es cosa fácil. Ese odio se suele expresar de manera sangrienta y dolorosa, y las primeras comunidades cristianas conocieron en su propia piel el sufrimiento de las persecuciones por su fidelidad a Cristo, como lo supieron todos los mártires a través de los tiempos, como ahora lo sufren nuestros hermanos perseguidos en diversos sitios del planeta. Más aún, en muchos casos la persecución -como proféticamente lo ha enseñado el Santo Padre- se disfraza con un guante blanco, con formas aparentemente civilizadas y razonables, pero cuyo objetivo sigue siendo el mismo, aplastar cualquier brote de libertad, cualquier germen del Evangelio.

Es que eso que llamamos mundo refleja todo lo que tiene precio, las regulaciones del poder y de los poderosos, la ansiedad de dominio, la intolerancia frente al disenso, el espanto y el asco frente a los corazones libres, el desprecio a toda generosidad incondicional, a la donación sin pedir nada a cambio, a ceder el paso y el sitio a los que están fuera de todo, a compartir la mesa sin exclusiones, a ofrecer la vida para que otros vivan, el manso compromiso por la dignidad humana en todos los ámbitos.

 
Con todo y a pesar de todo, es menester estar en guardia frente a cierta ponzoña que se nos anda colando, que se filtra por entre la amplia red de la Iglesia, y que es la mímesis, la asimilación de criterios y categorías mundanas de poder y nó de servicio, las justificaciones razonadas de la miseria, el acostumbramiento a la corrupción.

Las persecuciones son la medida de la fidelidad de la Iglesia, pues son el resultado de permanecer firmes junto a Aquél que no nos abandona, el único que tiene palabras de vida eterna, y espejan al Maestro que los impulsa en esos amores.

Una mención y una plegaria muy especial por todos los cristianos hoy perseguidos en Siria.

Paz y Bien

Ricardo 

Un amor escandaloso





Santa Catalina de Siena, virgen y doctora de la Iglesia

Para el día de hoy (29/04/16):  

Evangelio según San Juan 15, 12-17




Es necesario andarse con cuidado; siempre hay una persistente tendencia a ponerle edulcorante a la contundencia de las palabras del Maestro, hacerla más ligera, que no molesta, duela o comprometa, pues la lectura que hoy nos comvoca se ubica a la sombra de la cruz, con todo su horror pero más aún, como signo perfecto del amor mayor.

La otra advertencia que deberíamos señalarnos es que Jesús de Nazareth no propone una alternativa relacional más, ni tampoco un nuevo paradigma religioso en el sentido usual, es decir, un canon de doctrinas a las que adherir, una lista de preceptos a cumplir y un culto específico y regulado. Más allá de todo ello, el Maestro es obediente hasta los huesos al Padre que le envía en sintonía eterna de amor al rescate de toda la creación. Por eso la revelación mayor es, precisamente, el rostro amoroso del Padre.

A ese amor no se le puede poner límites, ni se lo puede encuadrar, limitar. Tampoco, quizás, interpretarlo. Se lo vive, se lo recibe como bendición cotidiana, bendición que restaura, redime, transforma y nos vuelve cada vez más humanos.
Porque ese amor es escandaloso: gratuito, incondicional, que incluye a todos y no conoce límites. No hay segundas intenciones, sólo la felicidad, la plenitud de los hijos de un Padre que se des-vive por todos, que jamás descansa, que nos busca en cada recodo, a cada paso.

En este mundo en donde todo parece tener precio o intereses oscuros, y en donde todo se estructura en escalones de mayor a menor, Dios nos sale al encuentro en Cristo para que nos descubramos queridísimos hijos suyos y hermanos inquebrantables de una familia siempre creciente.


Paz y Bien

Permanecer





Para el día de hoy (28/04/16):  

Evangelio según San Juan 15, 9-11



El párrafo que nos brinda la liturgia de este día es breve pero a la vez intenso y gravitante. Nos sitúa junto a Cristo en los umbrales de la Pasión, un Cristo que está a punto de morir y no quiere dejar librados a su suerte a sus amigos. Se trata quizás de un último gesto, de la verdadera herencia, y por ello será atesorada por los Once y por todos los discípulos de todos los tiempos.

En la cruz se revelará el misterio mayor de Dios, su amor entrañable e infinito. Por eso mismo, esa cruz asumida en entera libertad y como vida en oblación total y sin reservas para que otros se salven, ya no será patíbulo, cadalso, señal de espanto sino la señal del amor absoluto. Con esa cruz nos identificamos, desde esa cruz encontramos la identidad de hijos, nuestro horizonte inquebrantable de amor y plenitud.

La clave de todo destino pasa, precisamente, por el amor de Dios que se expresa y manifiesta en Jesucristo, el amor del Padre que palpita y expande el Hijo, amor primordial pues de Dios son todas las primacías.
Es Dios quien nos sale al encuentro en cada recodo, en todas las encrucijadas, nos aguarda en cada esquina, vá con nosotros a cada paso que damos, Padre ansioso sin descansos que se desvive por todas sus hijas e hijos.
Amor es ser para el otro, morir a uno mismo y vivir en y por los demás. A-mort, no sin muerte, que despeja todas las banalidades pseudorománticas y se encarna, amar hasta que duela, que conmueva los huesos, que movilice.

Por ese amor dejamos de ser esclavos para gozar la noble libertad de los hijos de Dios, don y misterio. Por ese amor la historia se transforma y todo puede encontrar un sentido trascendente y definitivo.
Por ese amor nace la alegría, la verdadera alegría, firme y frondosa que no se cae aún en las tormentas bravas de la existencia, mansa alegría que permanece y, muy especialmente, alegría que se nota en la mirada y en los gestos.

Permanecer en el amor de Dios es vivir como Jesús vivía, amar como Jesús amaba y nos ama, alegrarnos sin desmayos como identidad primordial de la fé que se nos ha concedido, para mayor gloria de Dios.

Paz y Bien


Labriegos de la mies del Reino




Santo Toribio de Mogrovejo, obispo - Patrono del Episcopado latinoamericano

Para el día de hoy (27/04/16):  

Evangelio según San Mateo 9, 35-38





Una simple observación nos puede menoscabar las intenciones e impulsos frente a la enormidad de la tarea: un mar de gentes presas del desconsuelo, abandonadas a su suerte, boyando entre sinsentidos y un nihilismo descendente, la angustia de no significar ni importar para nadie excepto de vez en cuando para los votos, cosas que se trafican, variables económicas. Es claro que entre ellos podemos descubrirnos también. 
Y a partir de allí comienzan los sesudos razonamientos, las prudentes justificaciones para eludir compromiso y misión, en pos de calmar las fauces del miedo y no abandonar el área mínima de confort y seguridad.

Puede ser que estemos presos de esos temores. Pero también porque quizás miramos las cosas desde el lugar equivocado. 
Todo comienza en la oración, y por ello el Maestro nos impulsa a suplicar que el Espíritu nos conceda trabajadores para la mies. Allí comienza todo: ni la mies, ni los sembrados ni la cosecha nos pertenecen. 
La buena semilla, esa que crece humilde e imparable y suscita frutos santos de justicia, de paz, de amor y Salvación, también es cuestión del Dueño del vergel.
Lo verdaderamente asombroso es que se nos ha invitado a la tarea, lo descollante es la confianza que se nos ha depositado sin merecerla.

La tarea no es sencilla, y se agiganta en la medida en que abrimos el corazón a la compasión, al sufrimiento del otro, haciendo nuestras esperanzas y dolores, sufrimientos y angustias, aflicciones y alegrías de todos los pueblos. Por ello la justicia jamás nos será ajena: una Buena Noticia que se acota a la vida piadosa del culto dominical es reflejo de una fé sesgada, sin encarnarse.
Es menester no subirse a lomos de la praxis continua, y saber advertir la diferencia entre lo urgente y lo importante. No perder de vista el crecimiento milagroso y tenaz de la semilla del Reino, servidores de la vida en ciernes.

Y cuando llegue el momento, retirarnos humildemente felices, en el frondoso silencio de José de Nazareth, sabedores de haber cumplido simplemente con lo que nos correspondía hacer, para glorificar a Dios cada día, a cada instante, desde estos mínimos seres que somos.

Paz y Bien 

Shalom, promesa y esperanza







Para el día de hoy (26/04/16):  

Evangelio según San Juan 14, 27-31a




Jesús de Nazareth conoce como nadie las cosas que se anidan en los corazones, y por ello, frente a su inminente partida -estamos en los umbrales de la Pasión- se preocupa por las cosas que han de sucederle a sus amigos. Sabe bien que ellos no han comprendido del todo su carácter mesiánico, su misión divina; ellos siguen presos de los viejos esquemas que indicaban a un mesías glorioso con carácter mundano, que se impondría por la fuerza, que aplastaría a sus enemigos y restauraría la soberanía de Israel y la dinastía davídica. Así, el Maestro les había lavado los pies como lo haría un esclavo, y frente a los anuncios de la Pasión del Señor, al aviso de una derrota aparente a manos de sus enemigos sin combatir, a derramar su sangre como un criminal abyecto, estaban sumidos en el estupor, el desconcierto y con rapidez les iba ganando cada vez más espacios el miedo, un miedo que paraliza y hace olvidar fidelidades comprometidas.

Es la Última Cena, cena final, cena de despedida. La memoria humana suele atesorar los últimos gestos a menudo como los más valiosos y dignos de conservarse, por ello todo lo que acontezca en esos instantes es tan importante. El Maestro lo sabe, y por ello no se detendrá en brindar un sucedáneo a los conflictos presentes y a los inminentes, un calmante pasajero que no dirime las crisis, una aspirina espiritual.

En Israel el deseo de paz -Shalom- era el saludo tradicional al encontrarse dos personas y al despedirse. Si bien tenía una clave connotación espiritual, la costumbre cotidiana como suele suceder en todos los pueblos y culturas, lo volvió banal e intrascendente. Sin embargo, el Maestro parece querer saludarlos al modo de sus mayores, como sus discípulos entienden.

No hay trivialidad en el Señor. No hay un simple chau porque no se trata de una simple despedida, sino de un enorme A-Dios pues Cristo sí, se está yendo pero se quedará para siempre de otro modo, nunca abandonará a los suyos de todos los tiempos. Su muerte no será trágica porque a pesar de todos los horrores será la vida -su vida- la que prevalezca, expresión absoluta del amor de Dios en la cruz. 
En la paz que les deja es Él mismo quien se brinda, y supera infinitamente una simple expresión de deseos.

Su paz nada tiene que ver con la paz mundana. La paz de los cementerios. La paz como ausencia de conflictos. La paz quimérica que ofrecen ciertas ideologías que prometen la bendición de falsos dioses de culto inmanente pero en donde la gran ausente es la justicia. La pax romana, imposición de los poderosos, migajas de calma para los pobres.
Todas esas variables son del Maligno. Hace demasiado tiempo han perdido sentido de Dios y el reconocimiento de la identidad y la trascendencia humana.

La paz de Cristo es Shalom, promesa y esperanza. Promesa de que no andaremos solos en estos caminos tan hostiles, tan nefastos, una paz tenaz que los demonios del desconsuelo y la costumbre no derrumban. Esperanza porque el regreso del Señor significará la paz definitiva, don y misterio del amor de Dios que ya comienza a florecer por el esfuerzo cotidiano de los creyentes, paz que es mandato y es misión, paz que se fundamenta en el deseo de eternidad, el deseo de Dios.

Paz y Bien

Señales misioneras




San Marcos, Evangelista

Para el día de hoy (25/04/16):  

Evangelio según San Marcos 16, 15-20





En los tiempos que corren resulta cada vez más decisiva la influencia de los medios de comunicación, en gran parte por la globalidad de su alcanza, en gran parte también por la velocidad o instantaneidad de la llegada. 
Probablemente, el problema subyacente se encuentre en los valores o disvalores ocultos que a través de esos medios se transmitan; la mediación, a su vez, modifica consideraciones ontológicas, de modo que lo que es debe pasar por el tamiz de los medios. Sin embargo, lo que en verdad tuerce el crecimiento de los cultivos -eso que llamamos cultura- radique en que los medios han dejado de ser tales para convertirse en fines en sí mismos, indicios pasmosos de superficialidad.

La web no es ajena a ello, y por eso cualquier cosa que se publique, desde unas simples líneas o un comentario menor, tienen su importancia, pues se ha desdeñado el valor de la palabra. Sin otro ánimo que el de reflexionar, sólo diremos que en cada palabra nos jugamos la vida, pues en cada expresión se vuelca lo que somos aún cuando se escondan o enmascaren virtudes, defectos y ansias.

En tiempos tan complejos, la comprensión o aceptación de un milagro resulta una tarea ímproba cuando nó imposible. Es claro que es por demás persistente el concepto de milagro como un hecho espectacular, un show descollante, señales asombrosas para un mundo que ha perdido su capacidad de asombro.
Pero la misión cristiana no ha de internarse por esos senderos erróneos.

Ante todo, se trata de la confianza que se nos ha brindado. El mismo Cristo confía en los suyos, con todo y a pesar de todo, para continuar su tarea de anunciar la Buena Noticia a toda la creación, una Buena Noticia que no se limita por fronteras ni por cuestiones sociales; de allí que hay Buenas Noticias hacia la naturaleza, cuidado de una tierra que es parte del acto de amor maravilloso y creador de Dios.
No se trata solamente de prolíficos discursos, ni de quedarse en los umbrales de la declamación pura. El anuncio se acompaña y refrenda con señales inequívocas de vida, de amor y de liberación.

Vida que se expande y no se amilana por la violencia y las enfermedades, vida que prevalece aún traspuesto el portal de la muerte. 
Amor que implica desertar de los egoísmos, hacer lo que se debe sin pedir nada a cambio, ir hacia el otro sin que lo llamen y sin otro interés que el bien del prójimo, tendiendo puentes amistosos que superen todos los abismos injustos que nos separan.
Liberación que depura las mentes, las almas agobiadas por mil anteojos ideológicos, por tantas imágenes que nos sobresaturan, peleas impuestas por otros y que en verdad no deben ser de nadie. La vida pasa por otro lado.

Señales misioneras y verdaderamente milagrosas de Dios con nosotros.

Paz y Bien




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