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Del Discípulo Amado


Para el día de hoy (18/05/13):  
Evangelio según San Juan 21, 20-25


(Mucho se ha estudiado acerca de la identidad del Discípulo Amado: tradicionalmente se lo identificaba con el mismo Evangelista Juan. Sin embargo, otros exégetas aducen, con muy buenas razones, que se trata de Lázaro de Betania, el hermano de Marta y María. Otros autores indican que este discípulo permanece innominado porque es el símbolo de la comunidad cristiana, es decir, de todos y cada uno de los creyentes.
Cada una de las posturas tiene su importancia y su proyección espiritual.

Sin embargo, hoy nos quedaremos con la fidelidad del Maestro.
Antes de detenernos en celosas particularidades que a menudo nacen del ego, lo que cuenta es ese amor entrañable que el Resucitado y su Padre tienen por todas sus hijas e hijos. Todos somos amados según nuestras singularidades, con nuestros aciertos y errores y a pesar de nuestros quebrantos y traiciones.

Todos somos amados sin límites ni condiciones, y es un amor incoercible que no sabe de abstracciones ni de generalizaciones. Dios nos ama tal como somos, y tiene una asombrosa confianza puesta en nosotros por lo que podemos llegar a ser.

A partir de allí el testimonio ha de ser diferente. Hay mucho que leer en el libro de la vida, la mano bondadosa de Dios que escribe junto al hombre la historia humana.
Es todo un desafío a nuestras soberbias reconocer las bondades del Dios Abba descubrir su Presencia en el hermano y en cada instante de toda existencia.

A partir de allí mucho, muchísimo puede contarse.
Porque los Evangelios no son crónicas históricas, sino relatos teológicos -espirituales- para la Salvación. 
Si se contara por escrito todo el bien que el Maestro que ha realizado en su ministerio y todo lo que a través de los tiempos continúa realizando, no bastaría ni el mundo ni el universo para contener a los libros que lo expresen)

Paz y Bien

 
 

Las certezas de Pedro


Para el día de hoy (17/05/13):  
Evangelio según San Juan 21, 15-19


(El momento fue, por lo menos, complejo. Es que el Maestro había Resucitado y esperaba a esos pescadores a la orilla del lago, con la comida preparada; al calor de ese fuego, acontece ese encuentro tan personal entre Jesús y Pedro.
No es difícil imaginarse la situación de Pedro; muy poco antes -prisionero del miedo- había renegado concienzudamente de su pertenencia y su amistad en los patios de la casa de Anás. Fué rápido en la negación cuando el peligro arreciaba, y es dable suponer que en cualquier otra circunstancia hubiera sido objeto de ajuste de cuentas, de reconvenciones, de queja, de repudio, de pase de facturas. Las deslealtades suelen doler muchísimo.

Pero se trata de otro tiempo, y florece una ilógica santa y eterna.
La mirada de Jesús -imposible de describir con palabras exactas, de tan profunda- traspasa la totalidad de la existencia del pescador galileo. Y en cambio de exigencia de explicaciones, sobreabunda un perdón en forma de amistad que también es misión. La amistad del Señor no obliga, pero nos vuelve testigos.
Por eso a los tres quebrantos de Pedro corresponden tres expresiones de amor de Jesús, y tal vez Pedro se entristezca pues la culpa y la vergüenza lo revisten.

En esas preguntas de Jesús a Pedro están arraigadas sus certezas. Pedro será signo de paz y confirmará a sus hermanos a partir del amor que profese a Jesús de Nazareth, y ese mismo amor se expresará en los hermanos del Maestro, en especial en los más pequeños.

El Señor tiene una estupenda desmemoria para nuestras traiciones, y desborda de confianza en todo lo que podemos llegar a ser, con todo y a pesar de todo. Él confía en nosotros, Él cree en nosotros, Él nos tiene fé.

Quizás con razonable necesidad histórica, a través de los tiempos hemos adjudicado a los que sucedieron a Pedro cruciales factores de poder, de dominio, de doctrina y de gobierno.
Pero todas las certezas de Pedro, su firmeza como roca -y la nuestra también- pasa por el amor)

Paz y Bien

Puente de unidad en la diversidad


Para el día de hoy (16/05/13):  
Evangelio según San Juan 17, 20-26


(El horizonte de Jesús de Nazareth es inmenso, tal que en su corazón sagrado y desde su mirada están los creyentes de toda la historia, los Doce, los que lo seguían, nuestros antepasados, vos y yo, todos en todas partes y todos los tiempos.

Su preocupación por todos está centralizada en la oración sacerdotal del Señor, esa intensa oración en la que el Maestro dialoga con su Padre antes de su sacrificio inmenso en la cruz. Aunque Él en verdad jamás se irá del todo, sino que permanecerá por siempre de una manera plena -en su Espíritu-.

Sin embargo, no es una mera expresión poética de deseos.

Jesús conoce como nadie el corazón humano, y sabe que somos bien distintos y limitados. Esas diferencias nos llevan frecuentemente a alejarnos, a separarnos, a enemistarnos hasta las mismas cumbres del odio y la violencia.
El único modo de salvar esas distancias es el amor, un amor que se expresa en el cuidado, en la recprocidad, en la fraternidad, en la misma importancia que cada mujer y cada hombre tienen para el Creador. Porque el Dios de Jesús de Nazareth es ante todo Padre, un Padre que ama sin límites ni condiciones.

Aún en estos bravos tiempos de globalización, en donde se pretende imponer un rasero que iguale hacia abajo a las expresiones y culturas humanas -porque los poderosos siempre son similares-, la alteridad permanece en ciernes con sus distingos abismales.

Hay que tender puentes.

Esos puentes realzan nuestras diferencias, pero desde el Espíritu esas diferencias no separan sino que enriquecen, nutren, asombran y engrandecen.

Dios es amor, la eternidad saliendo de sí misma al encuentro decidido con nuestra temporalidad, el Verbo acampando entre nosotros.
Quizás debamos salir de nosotros mismos al encuentro del otro, signo cierto de ese amor que identifica al Padre y al Hijo, y crecer y creer junto al otro.

La humanidad nos define, pero el amor nos identifica)

Paz y Bien 

No son del mundo



Para el día de hoy (15/05/13):  
Evangelio según San Juan 17, 6a. 11b-19


(El momento que vá a atravesar el Maestro es decisivo: la Pasión es el amor mayor y la ratificación de su fidelidad al sueño del Padre. Aún cuando afrontará el espanto clasificado como un criminal de la peor ralea, aún cuando será traicionado, negado y abandonado por los discípulos, no se olvida ni reniega de ellos. 

Porque ellos serán sus testigos, Él mismo a través de la historia. Afrontarán desiertos, soledades, persecuciones, desprecios y violencias planificadas, las mismas cruces que Jesús de Nazareth porque son suyos, sus brazos, sus manos, sus pies, su Palabra.

Por ellos, por los Doce y los que luego los sucederán con el tiempo, el Señor suplica. Está a las puertas de su muerte -de una muerte infame y atroz- pero pone por delante de todo las necesidades de los suyos, de todos y cada uno de nosotros. Quizás esa sea una aproximación cabal a la definición del amor, si éste es un término acotable: primero y ante todo, el otro, su bien, su vida.

El Maestro suplica desde sus mismas entrañas por los suyos, para que permanezcan fieles y sean consagrados en la verdad, esa verdad que los mantendrá libres a pesar de cualquier cadena o prisión que le impongan.

Ellos no son del mundo, porque jamás se resignarán ante la injusticia, porque no serán devotos del poder, porque renegarán de cualquier egoísmo, porque serán servidores fieles e incondicionales de sus hermanos sin pedir nada a cambio, pura generosidad y desinterés, mujeres y hombres de paz, de concordia, de compasión, de misericordia.

Serán una presencia que interpelará constantemente al mundo, del mismo modo que Jesús de Nazareth)

Paz y Bien

El insensato e imprudente amor de Jesús



Para el día de hoy (14/05/13):  
Evangelio según San Juan 15, 9-17



(El título de estas pobres líneas probablemente sea un poco provocador y demasiado presuntuoso. Pero tiene que ver, antes que con reflexiones exegéticas para las que quien escribe resultan imposibles de realizar, tiene que ver con los ecos que provoca el amor de Abba Dios, Padre de nuestro hermano y Señor Jesús nos ama. Y así también, de cómo ama Jesús.

Este Dios no se mide a la hora del querer. Es el Dueño de la viña que, a pesar de lo que le han hecho a todos los enviados anteriores -pasto de violencia-, persiste en enviar gente suya, a pesar de que es casi seguro de que la muerte los espera. Y no conforme con eso, envía a su propio Hijo, aún conociendo bien las intenciones de los ilegítimos apropiadores de la viña.
A nuestros ojos razonables, esto tiene poco de sensatez y nada de prudencia. Es una tenacidad muy cercana a la locura. La lógica induce a pensar que al primer rechazo, se enviarían fuerzas leales que reprimieran a los apropiadores y ladrones de la viña para restablecer el orden de las cosas.

Y como dice el saber popular, de tal palo tal astilla.
El Hijo es idéntico al Padre. Ama y quiere de igual modo insensato e imprudente, ama sin tener en cuenta el qué dirán, ama sin medir las consecuencias de ese amor, ama sin límites, ama para que todos -sin excepción, amigos y enemigos- vivan, aún cuando el costo de ese amor sea la propia vida, entregada mansamente a la voracidad de la cruz y a la infame violencia de sus enconados odiadores.

Esa manera de amar, tan radical y extrema, sólo responde a la esencia misma de Dios, y es Salvación y liberación. Desde aquí, lejos está un dios menor -un ídolo fabricado a medida- que sea manipulable, que castiga de acuerdo a méritos y deméritos acumulados, que puede ser marioneta de nuestros caprichos mediante la piedad practicada.

Este Padre y este Hijo aman sin condiciones, aman primero, aman de manera desmesurada, sin lógica ni razón.
Aman.
Ese amor ha de cuestionarnos y desestablizarnos, Jesús de Nazareth condensa toda su enseñanza precisamente en ese mandamiento que también es misión: amarnos los unos a los otros como Él nos ama.

Habrá que ver quienes son los insolentes y atrevidos que se animan a ser como Él. Hay muchas mujeres y muchos hombres que, en silencio y mansedumbre, lo viven a diario, y aún cuando la muerte los sorprenda, permanecen con vida para siempre.
No hay otro camino alternativo)

Paz y Bien


Vencer al mundo


Nuestra Señora de Fátima

Para el día de hoy (13/05/13):  
Evangelio según San Juan 16, 29-33


(Las palabras del Maestro en esa Última Cena terrena con los discípulos son palabras de despedida pero también de fortaleza y confianza. De un modo asombroso, ese Hombre que está a punto de morir ejecutado como el peor de los criminales, abandonado por los suyos, despreciado por la mayoría, se preocupa y ocupa de los suyos, porque sabe lo que les espera en breve.
Ellos no terminan de comprender ni aceptar el sacrificio inmenso que su Maestro realizará en esa cruz de dolores, y quedarán sumidos en el miedo y el desconcierto, demolidos de soledad.

Aún con todo lo que se cierne en el horizonte inmediato, sus Palabras son semillas que quedan en sus corazones y que germinarán paz, esperanza y fortaleza para siempre y especialmente en los tiempos duros.

Él ha vencido al mundo. 

Vencer al mundo significa no ser esclavo del poder ni amigo de los poderosos que oprimen a tantos, y más aún, entender que hay un sólo poder, el servicio generoso y desinteresado, aquél que reconoce en el otro a un hermano.

Vencer al mundo implica derrotar a cualquier egoísmo y soberbia.

Vencer al mundo significa respirar compasión y misericordia.

Vencer al mundo es desfallecer de hambre y sed de justicia.

Vencer al mundo es amar con todo y a pesar de todo, aún cuando ese amor no sea correspondido.

Vencer al mundo, en la ilógica del Reino, no tiene por consecuencia gloria ni fama ni tampoco la humillación de la derrota para los enemigos. 
Porque la única vida que ha de perderse es la propia, en ofrenda para el hermano)

Paz y Bien



Ascensión del Señor, tiempo de bendición


Solemnidad de la Ascensión del Señor

Para el día de hoy (12/05/13):  
Evangelio según San Lucas 24, 46-53


(Es habitual y razonable establecer parámetros verificables o mensurables en espacio y tiempo: de allí el imaginarnos y representarnos la Ascensión del Señor como un desplazamiento hacia una lejana zona en lo alto del universo, tal vez como una ausencia que se resolverá en una escatológica segunda venida.
Desde esta perspectiva, esa ausencia no está carente de tristeza ni de dolores.

Sin embargo, la alegría que persiste firme en los corazones de los discípulos desmiente esos cálculos menores y erradica cualquier orfandad.

Jesús de Nazareth, crucificado y resucitado, no se aleja a una distancia infranqueable sino que ingresa definitivamente al misterio insondable de la plenitud de Dios, amor infinito que abraza y fecunda al universo.
Por ello los discípulos estarán siempre -aún en las peores y brutales persecuciones- con el alma revestida de alabanza, con el corazón floreciente de alegría.
Jesús no se muda, sino que se queda de un modo definitivo y totalmente pleno con ellos y con todos nosotros. 

Es promesa cierta de que la vida divina se ha abierto, espléndida y asombrosa, para toda la humanidad. Es la eternidad entretejida en la cotidianeidad, es la ratificación de ese amor infinito expresado en el misterio de la Encarnación.
Esa puerta se ha abierto, generosa, para siempre, para la plenitud humana, para la alegría y la vida que no perecen.

Jesús se marcha bendiciendo, y permanecerá vivo y presente allí en donde esa bendición sea transmitida con fé y corazón. Esa bendición ahora está en nuestras manos creyentes.

Una bendición de justicia, una bendición de salud, una bendición de paz, una bendición de liberación, una bendición de alegría, una bendición de compasión, de bondad y fraternidad que será tarea de todos los testigos, todos, sin excepción de vocación ni de función.

Es tiempo de bendición, es tiempo de bien decir y no podemos permanecer indiferentes ni quietos pues la bendición acontece en el aquí y el ahora)

Paz y Bien

La oración milagrosa


Para el día de hoy (11/05/13):  
Evangelio según San Juan 16, 23b-28


(La oración es, ante todo, respuesta. Es el Espíritu que nos susurra en nuestros corazones para decir confiados Abba. Y desde allí, todo el universo puede transformarse.

Porque en nuestras acotadas razones, a menudo sujetamos la oración a una cuestión de practicidad: rezamos porque es necesario para mantener encendida nuestra vida espiritual, suplicamos auxilio en las crisis que nos desbordan, rogamos por perdón, oramos porque los cristianos debemos orar.
Todo ello no está mal, claro está, pero hay mucho más.

Por Cristo Resucitado nos hemos transformado en hijas e hijos de Dios, de su Padre, quien nos ama sin límites, un Dios que jamás descansa por nuestra felicidad, por nuestra plenitud.

Ese Dios es Palabra que constantemente nos habla -desde el mismo seno materno, células primeras santas por ese afecto entrañable-. Esa Palabra es la que nos regresa desde la mudez, la incomunicación, la torpeza de nuestros escasos egoísmos.

Por ello dice el Maestro que nada hemos pedido en su Nombre. Porque a menudo monologamos sin escuchar, queremos que se cumplan nuestros fabulosos planes -caprichosos esclavos del éxito-, queremos a un Dios que se someta a nuestros mandatos.
Pero la oración es conversar de esos intereses que nos son comunes, descubrir que todo lo nuestro es importante para Dios, y así, quizás creciéndonos la humildad, comenzar a reconocer qué cosas y, sobre todo, quienes son los preferidos de Dios, los pobres y los pequeños.

La oración es milagrosa porque allí se entreteje nuestro mínimo tiempo con la eternidad, por la iniciativa y la ternura de un Dios que es un Padre que nos ama y una Madre que nos cuida, pródigo en salvación desde el servicio como ese Hijo que se atrevió a santas insolencias para que todos permanezcamos con vida, para vivir para siempre, para que la alegría en verdad comience y no tenga fin)

Paz y Bien


María de nuestras esperanzas



Para el día de hoy (10/05/13):  
Evangelio según San Juan 16, 20-23a



(Hay que andarse con cuidado al tiempo de reflexionar lo que el Evangelio para el día de hoy nos brinda, en especial con lo relativo al dolor; ese cuidado ha de ser para nosotros producto de aquella compasión que seamos capaces de encarnar y ejercer. Es que para el que sufre -cualquiera sea el origen de su pesar y sufrimiento- a menudo no hay nada más que esas penas que lo agobian, y no queda otro horizonte que el de esa cruz de lágrimas perpetuas.Todo esfuerzo en convencer de lo contrario deviene en estéril, quizás porque se trate ante todo del co-razón antes que de la razón, y porque toda esperanza -al igual que la psicología nos ha enseñado acerca del duelo- requiere un proceso de germinación, de crecimiento, de maduración y de florecer.

Por ello no es casual -nada lo es, hay causalidades que no casualidades- que el Maestro mencione como símbolo y figura a la mujer y al parto. 

La llegada de Dios a nosotros -Emmanuel- acontece por su bondad asombrosa y a partir del Sí! infinito de una pequeña muchacha galilea que confía en su Dios, a tal punto de volverse su Madre.

Al pié de esa cruz de dolores estará firme esa Mujer que es Madre y discípula -corazón quebrado, fé que la sostiene-, una Mujer que no renuncia a su destino ofrecido de Madre a pesar de que el Hijo de sus entrañas y sus amores se le está muriendo como el más abyecto de los delincuentes.
Allí al pié de la cruz María renueva su condición de Madre, prohijando entre sus ojos llorosos a todos los capaces de aceptarla como Madre en sus hogares, que son mucho más que una casa edificada.

María de nuestra esperanza, la que desde la cruz nos acompaña cuidando el ínfimo germen de esperanza, de que hay más -siempre hay más- y que esa esperanza ha de crecer como árbol fuerte en la Resurrección para florecer en frutos y flores con su presencia de amor y cuidado en Pentecostés.

Desde la fé es posible, por el amor de Dios, cualquier éxodo de liberación. Desde la fé todo puede cobrar nuevo sentido, hasta ese dolor que nos derrumba y quebranta.
Y la custodia fiel de esa esperanza es María de Nazareth, rostro materno de ese Dios que nunca nos abandona, hermana, Madre y compañera de nuestras penas y fuego nuevo para nuestras alegrías apagadas)

Paz y Bien

Albores de esperanza



Para el día de hoy (09/05/13):  
Evangelio según San Juan 16, 16-20


(Es complicado para los discípulos, al punto de que sólo pueden encontrar ante sus ojos un abismo insalvable: toda esa última cena con su Maestro se les hace comida amarga, derrota, soledad, tristeza. Siguen sin entender ni aceptar a un Mesías derrotado y humillado, sólo comprenden el éxito y la gloria en términos acotadamente humanos, y tienen como absoluto y definitivo aquello que su limitada razón les dicta.

Pero el sentido común dicta que los retrocesos son aparentes y necesarios. A menudo, se dá un paso atrás para tomar impulso, un pié retrocede con la necesidad del envión que renueve la marcha. Y aquí hablamos de mucho -muchísimo- más que el sentido común, que usualmente es el menos común de los sentidos.

La vida de Jesús de Nazareth, inclusive a ojos no religiosos, sugiere que la cruz es tan preponderante como el regreso a la vida; en cierto modo y en esa lógica, el paso previo a la vida definitiva pasa por la muerte.
Ello no implica una reivindicación de la muerte, de todas las muertes que nos suceden a diario, sino más bien acentuar su carácter transitorio.
La Resurrección de Jesús es, en la historia de la humanidad, el signo cierto de que la muerte -al menos, para cierto grupo de locos que dicen seguir a ese carpintero galileo- no tiene la última palabra. Más aún, es la afirmación perpetua del fin de todo imposible, el destierro del no se puede, la posibilidad permanente de la alegría, con todo y a pesar de todo.

Es claro que no es para nada sencillo.
Esos dolores cotidianos que suelen acometernos, esas tristezas que parecen llegarse para instalarse de forma propietaria, no se disipan así porque sí, ni tampoco a partir de ciertos banales autoengaños.

Se trata de una cuestión de fé, y ese Cristo presente para siempre en nuestras existencias, capaz de transformar el llanto en sonrisa, la tristeza en gozo, la muerte en vida.

Cristo presente es el alba de toda esperanza)

Paz y Bien



Nuestra Señora de Luján



Nuestra Señora de Luján, Patrona de la Argentina

Para el día de hoy (08/05/13):  
Evangelio según San Juan 19, 25-27

(Extrañas cuestiones de Madre.

Corría el año 1630, y apenas éramos una colonia de la periferia de un imperio que se expandía por la fuerza. Ni siquiera teníamos en germen el sueño de nación, aunque la antigua sangre indiana de nuestros hermanos originarios no se rendía con facilidad.

Un terrateniente de Sumampa -hoy en la provincia de Santiago del Estero- quiere una imagen de la Inmaculada Concepción para una capilla que ha de levantar en sus extensos dominios, tiempo de fé apropiada, de culto privado para unos pocos. Por ello encarga a un amigo de los dominios portugueses del Brasil una imagen tal, especialmente por la fama que precedía a los artesanos pernambucanos.

Su llegada es clandestina, y poco y nada tiene que ver con la Buena Noticia y con las mezquinas previsiones humanas. El patache de comercio trae consigo como siniestra mercadería a un esclavo, arrancado como bien de tráfico de su Cabo Verde africano y cristianizado a la fuerza como Manuel Costa de los Ríos, oscuro obsequio de un poderoso a otro.
Además, el pequeño buque no trae una sola imagen sino dos, hechas en terracota, pequeñas y frágiles, quizás y sin saberlo como signo de estas pampas de tierra y silencio.

La carga se dirige del puerto de Buenos Aires a la Sumampa de destino, y no lo hace por la ruta convencional, el Camino Real que conducía al norte. Lo hace en carretas de ruedas enormes por vías alternas, camino de contrabandistas.

El amor de todo un pueblo a menudo ha sido maquillado de imágenes bucólicas, de portes imperiales, de fasto religioso. Pero la realidad es que la historia verdadera se desarrolla por veredas sospechosas, que poco tienen de santas.
Aún así, es el signo cierto de que Dios puede transformar todas las cosas de raíz, y hasta en los reductos más oscuros puede resplandecer la luz.

Se trata de mucho más que un milagro.

Esa carreta que no se mueve, ni con la fuerza implacable de dos bueyes. Pero no hay nada en todo el universo que pueda doblegar un amor de Madre.

Es una pequeña y frágil imagen de terracota, tan pequeña y a la vez inmensa como María de Nazareth, tan quebradiza y de barro como este pueblo que somos.

Es mercancía humana que canta su liberación a partir del servicio. Soy de la Virgen nomás, afirmaba con certeza infinita el santo Manuel, compañero de nuestros afectos.

Es la bondad de Dios que puede convertir todas las cosas. Una entrada excluyente y clandestina se vuelve perenne señal de amor.

Extrañas cuestiones de Madre,ese corazón sagrado -como el del Hijo- con esas ganas de quedarse, de cobijarnos, de andar en nuestra historia de pasos inciertos, afectos eternos que son luz en nuestras noches tan frecuentes, calurosa decisión de moldearnos pueblo y nación desde ese mismo barro que Ella asume como propio, a partir de los pequeños que tanto se le parecen, una Mujer que se hace Madre y compañera de caminos, la que se mantiene en pié a pesar de la cruz dolorosa de tantos, la que encuentra su hogar allí en donde sus hijos se juntan y la reciben.)

Paz y Bien

Dynamis



Para el día de hoy (07/05/13):  
Evangelio según San Juan 16, 5-11



(El Maestro se está despidiendo de los suyos. El ambiente de esa cena última sobreabunda en miedo y en tristeza; es que toda despedida implica dolor, y en el caso del Señor, la certeza de su derrota aparente en la cruz y su muerte demuele el corazón de los discípulos.

Jesús se dispone a amar hasta al extremo a Dios y a los suyos, y esa fidelidad total tiene su horizonte definitivo en el regreso a su Padre. Por ello mismo su misión encontrará pleno sentido y se consumará regresando a la casa de Abba de donde vino, por ello mismo es conveniente que Él se vaya.

Su partida, en la ilógica del Reino, implica una presencia suya más plena y permanente. Esa presencia perpetua suya obrará a partir de la llegada de su Espíritu, el Paráclito, el Abogado, el Defensor, el que todo lo fecunda, Él mismo habitando los corazones de toda la humanidad.

Su nueva presencia -Espíritu Santo- es fuerza y es dinamismo. Nadie podrá quedarse quieto ni paralizado por miedos o comodidades. 
Es Espíritu de verdad y por ello Espíritu de justicia, posibilitando en los corazones de mujeres y hombres fieles discernir lo que es justo de lo que no lo es, lo que es de Dios de lo que se le opone, lo que acrecienta la vida de lo que la socava.

En aquellos que se dejan transformar acontece el juicio porque todo ha de salir a la luz. Dios no condena -Dios es amor y salvación-, más somos nosotros los que solemos elegir senderos de muerte y olvido, dilapidando el regalo mayor de la existencia.

El Espíritu impulsa y anima.
Habrá que atreverse a la irreverencia de vivir en plenitud con su fuerza, con todo y a pesar de todo, la terrible rebelión de ser felices con Dios y con los hermanos)

Paz y Bien

Sin abstracciones

Para el día de hoy (06/05/13):  
Evangelio según San Juan 15, 26-16, 4


(Las promesas de Jesús no son abstracciones ni palabras vacuas destinadas a menguar los miedos de los Doce ni de los que seguirán después de ellos.
Porque ellos no tendrán ya la presencia física del Maestro, más Él se queda de una manera distinta pero definitiva: envía su Espíritu, el Paráclito, el Defensor, el que conforta y sostiene.

La cruz de Jesús de Nazareth será también la cruz de sus amigos, y los desprecios y persecuciones de Él también operarán sobre los suyos, incluso con mayor técnica y esmero.
En cualquier otro horizonte, el miedo y el espanto serán rectores y definirán con fiereza toda oscuridad que se asome. Pero es un tiempo nuevo y distinto.

En santa ilógica,  los momentos durísimos de la soledad, del rechazo, de la catalogación espúrea, de las amenazas hasta de la violencia ejercida en nombre de Dios serán momentos luminosos, mucho más frutales que un soportar estoico.
Las vidas de los testigos iluminarán las tinieblas que asolan la tierra.

Sin abstracciones.
La presencia real y definitiva de Jesús impide que los brazos se bajen, que se instale la resignación, que la vida retroceda. Él está para siempre con nosotros)

Paz y Bien

Del templo de piedra al templo viviente



Para el día de hoy (05/05/13):  
Evangelio según San Juan 14, 23-29

(Jesús se vá, la sombra ominosa de la cruz está allí con sus fauces expectantes. En medio de la tristeza, el miedo y la soledad que ya comienzan a cercar a sus amigos, hace una declaración asombrosa: a pesar de su partida, Él estará con ellos y con los que vengan después de ellos, siempre presente y vivo.

Nadie se vá del todo. 
A partir de la Resurrección tenemos la certeza pentecostal de que el Maestro se quedará entre nosotros para siempre en Espíritu, presencia real y total.

Es asombroso, y es un éxodo difícil de expresar en términos humanos, porque habla del amor entrañable de un Dios que se despoja en su totalidad, no reservándose nada para sí.
Ese éxodo implicará que el Dios del Universo no tendrá por morada ese Templo inmenso que proyecta su sombra sagrada por todo Israel y más allá de sus fronteras. A partir de entonces, Dios habitará amorosamente en los corazones de los fieles, cada mujer y cada hombre capaces de dejarse transformar por Dios.
Por ello mismo, cada mujer y cada hombre son sagrados, por ser imagen del Creador y por ser templos vivientes de ese Dios que quiere florecer la creación. 

La vida humana es sagrada, y cualquier afrenta que se haga contra ella -de cualquier forma- es afrenta a un Dios que es Padre y que también es Madre.

No hay automatismos ni pases mágicos. Hay proceso, hay crecimiento, hay donación de la vida en la ilógica del Reino.
Es menester guardar la Palabra, dejarla crecerse en las honduras de la existencia; y precisamente guardarla enriquece porque se comparte como se comparten los días, los minutos, los instantes de tan valiosos que se asoman.

Ya no estaremos solos, y descubrimos esa bendición mayor que es la paz, una paz que se edifica y construye a partir de la vida que se ofrece generosa, una vida que es plena cuando se la comparte en comunidad, una vida que rumbea hacia la felicidad desde aguas pacíficas. Esta paz no es ley que se impone ni capricho que se dispone, no es cosa de poderosos ni tampoco ausencia de conflictos visibles.
Es el fruto primero de la justicia e hija dilecta de la verdad, la paz de Jesús, nuestra paz)

Paz y Bien

Cuando el río no suena


Para el día de hoy (04/05/13):  
Evangelio según San Juan 15, 18-21


(Las palabras del Maestro no pueden ser más contundentes: por ser como es, lo que es y del modo que es, a Él lo odian, lo desprecian, lo persiguen y es pasible de toda violencia. Y esto está duramente asegurado para los suyos que se mantengan fieles a esa asombrosa Buena Noticia.

Los fieles serán invariablemente odiados y perseguidos como Él por ser fieles, por ser de Jesús y por ser como Jesús.
El motivo estriba en que están en el mundo sin ser de él, las hermanas y hermanos del Señor que viven el Evangelio en plenitud, sin medias tintas ni calmantes acomodaticios, tarde o temprano entrarán en conflicto con el mundo. Porque el mundo se ordena y estructura a partir del poder, del egoísmo y del dominio, y la garantía de la imposición de ese orden -tan inhumano, tan lejano a la Buena Noticia- es el ejercicio brutalmente calculado de la violencia.

No se trata, es claro, de alternativas políticas ni de procesos revolucionarios de signo distinto al imperante. Se trata de anunciar que otra vida es posible, una vida más humana y trascendente, y de no callar la denuncia de todo lo que se oponga a una vida plenamente humana. Un mundo en donde el verdadero poder sea el servicio, un mundo en donde campee el desinterés y la generosidad, un mundo en donde el único hambre tolerado sea el de justicia.

Por ello cuando el río no suena, cuando no está revuelto, cuando la vida de esta comunidad que llamamos Iglesia discurre apacible, cómoda y sin contratiempos -como un actor más del mundo- hemos de preocuparnos. En algún punto se ha quebrantado la fidelidad, de algún modo no se vive radicalmente el amor de la misma manera que Jesús de Nazareth)

Paz y Bien

Cuestiones de discípulos



Santos Felipe y Santiago, apóstoles

Para el día de hoy (03/05/13):  
Evangelio según San Juan 14, 6-14



(Hoy se realiza el memorial de dos de los Doce, Felipe y Santiago. De Santiago -Jacobo- recordamos que junto a su hermano Juan eran llamados hijos del trueno, caracteres irascibles, bravos, siempre encendidos, el mismo Santiago que sería cabeza de la comuidad de Jerusalem, de oficio original pescador, aquél que moriría mártir. De Felipe, sabemos por el Evangelista Juan su perenne búsqueda de Dios, tal como nos relata hoy la Palabra, su empuje misionero, su -Ven y verás- con el que invita a Natanael.

En todos podemos intuir sus personalidades disímiles, sus quebrantos, sus dudas, sus miedos y certezas.
Pero también sabemos que, a pesar de haber compartido tres años los caminos y la enseñanza del Maestro, poco habían aceptado y encarnado acerca de la Buena Noticia que Él les regalaba.

Sólo se les clarificaron las cosas cuando aceptaron a ese Mesías derrotado y humillado, pobre y abandonado como un criminal que murió en la cruz, y ello sucedió como un proceso de crecimiento, a partir de ese Jesús Resucitado que les sale al encuentro, y con ese Espíritu suyo que los impulsa y les abre los ojos.

Ellos comprendieron que Dios estaba con ellos todos los días, a cada instante, y que no debían internarse en arcanos acotados a unos pocos iniciados. El Dios al que buscaban lo encontraban en ese Cristo amigo y compañero.

Jesús de Nazareth les revela -en sus acotadas humanidades- cómo es Dios, qué hace, cómo actúa. Quien vé a Jesús vé a Dios, tal es su completa identidad.

Nosotros tenemos mucho de ellos. Caracteres muy distintas, que a veces nos distancian y a menudo nos enriquecen -diferencias que hacen la cosecha más valiosa-, familia nacida al amor infinito ofrecido en la cruz que se impulsa por el Espíritu del Resucitado que es el Crucificado. 
Así entonces Jesucristo será para nosotros camino para que nuestros pasos no sean estériles, verdad para ser perfectamente libres y portadores de liberación, y vida para la plenitud y para ofrecer a todas las gentes)

Paz y Bien

Ágape



Para el día de hoy (02/05/13):  
Evangelio según San Juan 15, 9-11


(Si interpeláramos a la historia y a las culturas acerca del significado del amor, variadas serían las respuestas que obtendríamos.
Algunos nos remitirían de manera primordial a una sexualización extrema, o una simpática y romántica utopía vieja sin mayor relevancia por fuera del ejercicio sexual -entendido éste como genitalidad y nó como sexualidad-. 
Otros referirían a temas sensibleros sin otro compromiso que el de un romanticismos banal acotado al capítulo de una novela escrita, un filme o un episodio de serie televisiva.

Sin embargo, varias de las respuestas no serían tan limitantes.

En la Grecia clásica el amor es entendido como vehículo y realización enteramente individuales, y cuyos vínculos son jerárquicamente verticales. Por ello se ama a sus dioses porque ellos son mejores y se quiere ser como ellos, y a la vez, las mujeres, los esclavos y los que no son demasiado inteligentes ni siquiera son objeto de desprecio; están varios escalones por debajo de cualquier aspiración razonable.

Los fariseos de todo tiempo afirmarán que el amor se expresa en la puntillosidad del cumplimiento de los preceptos de piedad, y ese amor tendrá por fruto obtener el favor divino, meritocracia piadosa, capitalismo espiritual.

Entre nosotros, lo lógico y razonable es amar a los propios, a los cercanos, a los pares, a los amigos y parientes. El amor se acota a los que quiero y conozco.

El amor propuesto y vivido por Jesús de Nazareth es radicalmente distinto, es ágape, es ofrenda desinteresada de la propia existencia, es celebración de la vida de los amigos y los hermanos, es vincularse con Dios porque Él sale al encuentro de sus hijas e hijos ante todo, y no tanto que ellos lo busquen como proveedor de lo que sus miserias requieren.
Es amor de mandamiento fundamental que supera por lejos toda ley o cualquier prescripción, es el Espíritu que anima esos mandamientos, el sueño eterno de que la humanidad sea libre y plena.

El amor de Jesús de Nazareth es ágape con perfume a pan y vino que se expresa totalmente en la cruz)

Paz y Bien


San José Obrero


San José, obrero

Para el día de hoy (01/05/13):  
Evangelio según San Mateo 13, 54-58


(Ante todo, lo evidente:más allá de algunos difusos antecedentes familiares de realeza, José de Nazareth es un hombre judío -judío hasta los huesos-, carpintero de aldea ignota y polvorienta, de esa Galilea de la periferia, siempre sospechosa y menospreciada.

Los estudiosos de las Escrituras lo denominan padre legal o padre putativo de Jesús. Estos términos, aunque quizás exactos en su formalidad, se nos hacen escasos de corazón.
Por ello nos tomaremos el atrevimiento de llamar a José de Nazareth como padre de Jesús con todas las letras, en mayúsculas y resaltado. Ser padre es una cuestión de amor, de cuidado, de entrega, y el carpintero nazareno sabía de todo esto tanto como la mujer que amaba, María de Nazareth.

Tanto así que, seguramente, las primeras palabras de ese Niño soñado por tantos hubieron de ser seguramente Abba -papá- e Imma -mamá-.
Seguramente también el Carpintero enseñó a ese hijo amado las primeras oraciones en hebreo para rogar al Dios de Israel, iniciándolo con decidido fervor en la fé y tradiciones de sus mayores.

Es un tiempo muy extraño, en donde un hombre llama hijito al Dios del Universo, y lo cuida y protege, y le enseña a rezar, y lo conduce sin estridencias en ese camino, a veces incierto, que es el de hacerse hombre.

No es entonces ajeno que Jesús de Nazareth, al revelar el rostro bondadoso de Dios, pensara siempre en su padre galileo. No es aventurado decir tampoco que llamara a Dios Abba por el recuerdo entrañable de su padre artesano y protector.

Si María de Nazareth es símbolo y expresión del rostro materno de Dios, José de Nazareth es entonces -desde una certeza cordial- el rostro paterno y bondadoso de un Dios que siempre nos cuida.

José de Nazareth es el silencio de los hombres íntegros e insobornables, ésos que sobre sus hombros humildes sostienen la vida, un silencio más elocuente que mil tempestades.

José de Nazareth son las manos encallecidas por los esfuerzos diarios para el sustento de los suyos, José de Nazareth es el que se desloma de sol a sol para que a los que ama nada les falte, sin estridencias ni rutilantes protagonismos.

José de Nazareth es el cuidado paciente en el exilio, peón golondrina en país extranjero trabajando de cualquier cosa para que no falte el pan ni el calor en el hogar. Hasta el mismo Dios aprendió su oficio con ojos asombrados de niño.

José de Nazareth es la enorme dignidad de los que en la cotidianeidad, mansos e íntegros, saben hacerse desde el trabajo, obreros tenaces de la vida, renegados perpetuos de cualquier dádiva y que no quieren que nadie -por el motivo que fuere- les regale nada, porque ellos mismos son regalo y ofrenda, esos hombres inmensamente humildes y sencillos por los que la existencia se dignifica y se vuelve sal y luz, con todo y a pesar de todo.

Por ello no hay otro día mejor para hacer memoria y presencia de José de Nazareth que este día, el día del trabajador, signo cierto de un Dios que jamás descansa por el bien de todos)

Paz y Bien

Shalom de todo comienzo



Para el día de hoy (30/04/13):  
Evangelio según San Juan 14,  27-31



(Todos aquellos que hemos sufrido la pérdida de un ser querido, solemos atesorar las últimas palabras, gestos y momentos de quien se ha ido. A menos que la memoria nos juegue una extraña pasada -porque la memoria está condicionada por los sentimientos- esos recuerdos tan valiosos no se convertirán en pasto de olvido.

El Maestro lo sabe, porque es conocedor como nadie del corazón humano y más especialmente de aquello que anida en las honduras de los suyos. Él está por partir de la manera más dolorosa e ignominiosa, morirá como un delincuente abyecto y marginal -poco que ver con el Mesías glorioso que ellos aguardaban- y para ellos vendrán días de miedo y soledad. Aún deben pasar por el éxodo de la Resurrección para descubrir que Él se vá para quedarse de manera definitiva.

Por ello mismo, a contrario de un mundo que se precia de elegir el mal menor, Él les hereda un bien mayor, su paz. No es un cúmulo de buenas intenciones, ni una paz mundana, la paz que supone ausencia de conflictos, pax imperial sostenida a fuerza de las armas, paz que se define por el miedo y la necesidad de sobrevivir, paz que encuentra su hogar primordial en los cementerios.

La paz de Jesús de Nazareth es Shalom universal que siempre es comienzo, renuevo, hija dilecta de la verdad y hermana gemela de la justicia.
Shalom de tierra prometida, de no resignación -jamás-, de humildad y mansedumbre, de devoción al hermano, de glorificación a Dios en los pobres y pequeños, de seguir adelante con todo y a pesar de todo, la inmensa fidelidad de morir para que otros vivan)

Paz y Bien


Condiciones de fidelidad y pertenencia



Para el día de hoy (29/04/13):  
Evangelio según San Juan 14, 21-26


(La pregunta del otro Judas -no el Iscariote- es fundamental, y debería ser motivo de inquietud y reflexión para todos los que nos identificamos como creyentes y cristianos: ¿Dios hace distinciones a la hora de mostrarse, al tiempo de revelarse?. Esa cuestión encierra algo más profundo y oculto, y que responde al viejo esquema de si hay algunos mejores y más puros que otros, adjudicatarios de las bondades divinas por autonomasia.

Si bien hay razones que justifiquen la inquietud de Judas, la pregunta está mal formulada y posee cierto grado falaz, pues conlleva implícita una respuesta, y es que Dios discrimina al momento del encuentro con la humanidad.

Dios se revela, es decir, quita los velos que tergiversan la mirada, se hace accesible, cercano, tan cercano que se vuelve profundamente humano, el misterio asombroso de la Encarnación, misterio de amor y despojo, de entrega absoluta en Jesús de Nazareth.

Por Él conocemos que Dios se hace presente en aquellos que son fieles a la Buena Noticia, a la Palabra revelada, es decir, a todas las mujeres y hombres capaces de amar, de salir de sí mismos y dedicar sus existencias para la vida del otro, sin reservarse nada para sí.
En todos ellos, inclusive más allá de cualquier pertenencia religiosa, resplandece el rostro de un Dios que es amor y que lo encontraremos en los que aman, templos vivos y latientes del Dios de la vida. Por ello la religión primera y el culto primordial serán la compasión y la misericordia hacia el prójimo que edificamos a diario, que descubrimos en la cotidianeidad luego de cada batalla brava contra el egoísmo.

Eso que llamamos Iglesia, la asamblea de los fieles, tiene por condición y medida de su fidelidad, pertenencia e identidad el amor que proclama y encarna a cada instante. Ésa precisamente es su doctrina, allí encuentra a su Dios y se vuelve hermana y compañera de Aquél atrevido que no se escondió a la cruz y sigue viviendo, porque la muerte y los imposibles han finalizado)

Paz y Bien


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