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Sábado de Gloria: Cristo ha resucitado, no hay más imposibles














Sábado Santo - Vigilia Pascual en la Noche Santa

Para el día de hoy (31/03/18):  

Evangelio según San Mateo 28, 1-10







Esas mujeres se encaminan a la tumba del Maestro al alba, un alba que aunque aún no lo sepan, es anuncio de un nuevo día, y de un día definitivo, un amanecer que quiebra el mero transcurrir del tiempo.

Son mujeres, y tal vez por ello nadie les dá demasiada importancia a lo que hagan o digan. Ellas van hacia el sepulcro a expresar sus afectos a su Maestro que allí reposa, vestidas de la tristeza inexorable de la muerte; en cambio, los discípulos se han dispersado y escondidos, ateridos de miedo y desconsuelo. Los soldados de custodia permanecen cumpliendo órdenes, afirmados en la aparente legitimidad de sus lanzas y espadas.
Ellas no han comprendido del todo la enseñanza de ese Jesús que amaban, y de allí su humilde tristeza. Aún así, como buenas mujeres que son, prevalece en ellas la intuición, una intuición que les dicta, corazón adentro, que cuando todo se pierde es menester afirmarse en el amor, causa de todos los milagros.

No es tarea menor ni, aunque casi clandestina, está exenta de riesgos. Los que clamaron por la muerte de ese inocente están atentos y a la pesca de sus seguidores. Pero ellas igualmente van, porque las puede el afecto, porque un fermento extraño las moviliza, aunque no lleguen a razonarlo.

La pesada piedra que obtura la entrada está corrida. Hay un ángel por allí que no puede ser obviado. La escena del Mensajero sentado sobre la piedra-puerta es señal divina: la tumba ya no es hogar de la muerte, la tumba vacía es señal de esperanza, de que los imposibles han caducado, de que la luz prevalece sobre cualquier tiniebla, por invasiva que se asome. La transparencia y la blancura del Mensajero indica que no hay nada oculto que ya no permanecerá así, que será revelado, porque el amor de Dios se ha rebelado contra el dolor y la injusticia, porque el amor de Dios levanta a Cristo de la muerte.

Ese terremoto que estremece las entrañas de la tierra es otra señal estruendosa del acontecimiento cósmico de la Resurrección. Toda la creación ha contenido el aliento con su muerte, toda la creación sonríe y celebra con su vida resucitada.

El Señor ha resucitado, y no descansa. Ha sido un muerto inquieto y peligroso, y ahora amorosamente continúa su misión creadora de Salvación.
Por ello les dice con voz clara Alégrense! y nos lo repite ahora a nosotros, porque la presencia de Dios, los sueños eternos de Dios son la alegría de todas las gentes que le aman. 

Esas mujeres tienen un encargo apostólico y sacerdotal: avisar que es tiempo de despojarse de resignaciones y lutos, pues el Crucificado es ahora el Resucitado para siempre, vivo y fiel, caminante y presente entre los suyos.

Con esas mujeres, Señor, iremos a encontrarte en Galilea, allí donde están tus hermanos, allí donde todo comenzó. 
Allí, en las Galileas de todo tiempo y lugar, de la periferia y la pequeñez, de donde poco se espera, Galileas de sospecha y de invisibilidad, allí te encontraremos nuevamente vivo, joven, para el abrazo de una esperanza que llevás encendida en esa mirada que vuelve a convocarnos en esta noche que empuja el día total, grano de trigo frutal que devino en pan santo de Salvación.

Muy Feliz Pascua de Resurrección

Paz y Bien

Madre Dolorosa, su casa es tu corazón






¿Que pasaría por su corazón transparente, en esos momentos espantosos?

Su Hijo amado, ejecutado como un criminal abyecto. Su Hijo, que era también su Maestro, quebrado por las torturas previas y por los tormentos propios de la crucifixión.

El mismo bebé santo de Belén. El mismo que hubieron de proteger camino al exilio. El que se crecía ante sus ojos en santidad y humildad en la pequeña Nazareth. 
El que dejaba boquiabiertos a los letrados del Templo.
El que un día se largó a los caminos a anunciar la Buena Noticia, rompiendo con todas las expectativas usuales, al punto que muchos parientes lo consideraban un loco, un enajenado.
Ese mismo que pasó haciendo el bien, se moría ante sus ojos inmensos.

El Hijo agoniza, y aún así la Madre permanece firme.

Como testamento final -sin guardarse absolutamente nada para sí- Él entrega a su Madre.
El Discípulo Amado tiene cada uno de nuestros nombres. Todos lo somos.

María de Nazareth, Madre del Señor, es una mujer sin casa.
De niña dependía de sus padres.
Ya mujer, habitaba el hogar de José de Nazareth.
Ahora, tampoco tiene casa propia.

Su hogar está allí en donde los discípulos y amigos del Señor la reciban con cordial afecto.
La casa de María es tu corazón, y el mío, y el de todos nosotros, herencia final de un Dios que todo nos ofrece aún cuando las tinieblas parecen campear y cubrirlo todo.

Ella sigue firme y en pié al pié de las cruces de todos los hijos

Paz y Bien




Viernes Santo: silencio y contemplación del amor mayor











Viernes Santo de la Pasión del Señor

Para el día de hoy (30/03/18):  

Evangelio según San Juan 18, 1-19, 42








La superabundancia de palabras y sonidos, de ruidos tóxicos y vocablos vanos tiene una morbilidad demasiado habitual. En verdad estamos saturados -a menudo gustosos de ello-, pero por eso mismo es tan necesario hacer silencio, ese silencio fructífero, desierto santo para el encuentro con Dios. Y así, despojados de cualquier intromisión perecedera y de tantas cuestiones distractivas, centrar la mirada y el corazón en ese Cristo crucificado.

Hay que dejar que la cruz nos hable.

Los romanos eran cruelmente eficaces en esos temas punitivos, ejecutorios. Todo estaba cuidadosamente estudiado y se planificaba en busca del mayor efecto. La crucifixión, como pena capital, tenía dos aspectos: por un lado, aplicar el máximo castigo al reo condenado, escarmiento doloroso por crímenes contra el imperio, que tenían como área previa una ingente sesión de flagelos y durísimos maltratos corporales. La exposición del castigado desnudo y agonizante es la humillación mayor, aunado esto a una prolongada e insoportable agonía.
Por otra parte, buscaban un efecto disuasorio hacia otros que pretendieran seguir el mismo camino subverviso del condenado, como indicando esto es lo que te espera. Por ello siempre este tipo de ejecución tiene un carácter público y casi obligatorio.
De estos horrores se exceptuaban a los ciudadanos romanos: con la cruz se reprimía a los esclavos rebeldes y a los alzamientos provinciales, tal era el grado de espanto que se infringía y el tenor de indignidad considerado, impropio de un hijo de Roma.
Para la ley mosaica, un crucificado es directamente un maldito.

Marginalidad y maldición, y la piedad desalojada.

En el Gólgota hay tres condenados levantados, pero un sólo inocente. Como con exactitud lo dirían tiempo después sus amigos, ese galileo pasó haciendo el bien, y sin embargo lo ejecutan como a un criminal peligroso.
Los concienzudos verdugos romanos, luego de burlas y vejámenes, le han aplicado un cartel cuya pretensión es identificar pero también ridiculizar. Está escrito en hebreo, latín y griego, es decir, en todos los idiomas universales para esa época, mensaje que será para todas las naciones de todos los tiempos. Dice: Jesús Nazareno, Rey de los Judíos -Iesvs Nazarenvs Rex Ivdaeorvm-.
El término pretendidamente mesiánico, rey de los judíos, es una broma torpe, que a su vez reaviva las furias de los sanedritas: el término correcto, de corresponder, hubiera sido rey de Israel. A esos hombres, religiosos profesionales, los puede el odio y el rencor antes que la erudición que dicen profesar.
Pero, aún cuando seguramente el pretor no lo desea, la identidad originaria del Crucificado es motivo de honra y revelación. Jesús Nazareno, Jesús nacido en Nazareth, la pequeña e ignota Nazareth de la periferia, de donde nada se espera y en donde en realidad todo comienza, y la historia señala una encrucijada y un cambio de rumbo total a partir de una pequeña muchachita judía que ahora muere por dos, muere al pié de esos maderos en donde su hijo -que es su Maestro y su Dios- agoniza del peor modo.

Contemplar a ese Crucificado es volver a escuchar la voz de la mansedumbre, de la paz, de la vida que se ofrece para que no haya más crucificados.
Es dejar que el amor se exprese pues es más fuerte y más tenaz que cualquier espanto y cualquier tortura, que la muerte misma.
Es ponerse al hombro las miserias y caminar hacia tiempos mejores y definitivos, en donde no importen tanto las voces autoritarias y cínicas de los Caifás y los Pilatos y los Herodes, e inclinar los corazones hacia los inocentes. Porque siempre, indefectiblemente, hay que estar del lado de las víctimas y no de los victimarios.
Es permitir que esa mujer de corazón enorme y doliente se afinque en nuestro hogar, pues casa propia no tiene: la casa de María está allí en donde están los hermanos de Cristo que la reciben con afecto. María es la herencia más valiosa que nos lega ese Crucificado, en un testamento amoroso apenas pronunciado pero escrito de manera indeleble por su sangre divina vertida como cordero pascual, sangre con la que pintaremos las puertas de nuestros corazones para que todas las muertes pasen de largo.

Estamos en las manos bondadosas de un Dios que es Padre y es Madre, aún cuando los cielos se oscurezcan, aún cuando parezca que nos han arrancado la esperanza a golpes de martillos odiosos, en medio de cualquier noche.

Paz y Bien

Jueves Santo: el servicio, la identidad cristiana












Jueves Santo

Misa Vespertina de la Cena del Señor

Para el día de hoy (29/03/18):  

Evangelio según San Juan 13, 1-15










Lo que no se acepta por razones, suele ser tierra fértil de los co-razones.
Esa última cena, que para los discípulos es tristeza, es despedida, es final, en realidad es un hasta pronto, una esperanza que no se apaga, la cena primera de muchas que repetirán el encuentro infinito de los hermanos alrededor de ese Dios que se vá para quedarse más plenamente.

Lo que sucede en ese ámbito, en esa noche y durante esa cena abre una brecha cósmica, pues revela en plenitud la identidad de Cristo, el misterio de Dios y la clave de la humanidad plena, eso que llamamos felicidad, tres facetas de la misma eternidad.

No se trata de un nuevo culto, de una nueva liturgia establecida, pues acontece en medio de la cena. En caso contrario, el lavatorio de pies se hubiera realizado en un comienzo respetuoso o en un final solemne. No es tampoco un rito de purificación -como las abluciones para lavarse las manos- ni gestos de humildad simbólica.
Lo que Cristo dice y hace responde a su realidad más profunda, a su identidad plena con Dios.

Es por ello que se quita el manto, enrollándolo a la cintura; en la Palestina del siglo I, el manto es la prenda de vestir principal, sin la cual un hombre andará casi desnudo. Así entonces, quitarse el manto es despojarse de sí mismo, a una intemperie absoluta.
En ese entonces también, lavar los pies, limpiar los pies de la tierra del camino era una tarea menor que le correspondía únicamente a los esclavos. Las familias menos pudientes lo hacían cada uno por sí mismos, pues no era algo que se podía delegar a nadie, mucho menos a un familiar.

Este Cristo se despoja de sí mismo y se hace esclavo de sus amigos, y como le sucede a Pedro, nos puede crecer cierto conato de rebelión frente a ese Jesús servidor. Es muy persistente la imagen de un Dios lejano, todopoderoso y glorioso, no la de un Dios hermano, un Dios amigo, un Dios servidor que se hace cargo de nuestras suciedades, por gravoso o deficiente que resulte el término empleado.

En realidad, Jesús ratifica hasta las últimas consecuencias todo lo que ha venido haciendo durante su ministerio: ha lavado a tantos descastados, olvidados, excluidos, impuros, restituyéndoles su plena humanidad a partir de su amor y su amistad.

Porque Dios es amor, y más aún, no es un concepto abstracto. No es del todo erróneo afirmar que Dios es también amar.

En la santa ilógica del Reino, la señal que nos deja Cristo y que es herencia para todas las generaciones de toda la historia, es que la renuncia a sí mismo y el servicio generoso e incondicional son fuente de justicia, de santidad, de eso que llamamos felicidad, aún cuando los desprecios militantes, las cárceles del odio y las cruces más violentas se presenten ominosamente cercanas.

Porque el que se atreve a morirse por los demás, ha de vivir para siempre.

Paz y Bien

Miércoles Santo: el valor de un amigo










Miércoles Santo

Para el día de hoy (28/03/18):  

Evangelio según San Mateo 26, 14-25







Por motivos razonables, el nombre de Judas devino, a través de la historia, como sinónimo de traidor. De nombre propio a sinónimo descalificatorio de alto calibre. Ello aplica no solamente al ámbito de la fé, sino a toda ocasión en que la confianza se ha vulnerado, y aquí se destaca lo obvio: traiciona quien está cerca, traiciona aquel en quien se confía.

De allí a despreciar al Iscariote hay un paso nomás. Pero aunque nos asquee la traición -al fin y al cabo, en ella podemos espejarnos a veces-, no tenemos derecho a juzgarle. Con meridiana claridad lo expresó Benedicto XVI, no podemos juzgar su gesto poniéndonos en lugar de Dios, infinitamente misericordioso y justo.

A su vez, mucho se ha escrito acerca del accionar de Judas Iscariote, y con diferentes tenores, su entrega flagrante del Maestro a manos de sus enemigos peores. Pero hay una cuestión que no puede soslayarse, y es que Judas toma la decisión de hacerlo con plenas conciencia y libertad. He ahí su responsabilidad.

El Maestro, luego de la plena comunión con su Padre a través de la oración, había elegido personalmente a todos y cada uno de los Doce. En ellos reposaba su corazón sagrado y su confianza, su amistad y su paciencia, toda su existencia compartida. Aún con todo ello, aún cuando durante tres años, día a día, momento a momento compartió todo con ellos sin reservas y les abrió las miradas al misterio de Dios, ellos no llegaban a comprenderle ni a aceptarle en toda su dimensión mesiánica. Varios de ellos le adjudicaban moldes preestablecidos de acuerdo a lo que, suponían, debía ser el Redentor de Israel; vivían en un tiempo complicadísimo, su nación sojuzgada por un opresor extranjero y brutalmente imperial, su religión con una observancia extrema de formas y normas sin sustancia, es decir, sin corazón y sin Dios.

Algunos estudiosos sindican al Iscariote como perteneciente o simpatizante del movimiento zelota, que propugnaba la lucha armada contra el opresor romano para liberar Tierra Santa, y que por ello solían sostener posturas extremas también en el plano religioso.
Quizás fuera por ello, quizás por no atreverse a más -la fé exige coraje-, tal vez porque su angustia no toleraba esperas ni la mansa enseñanza de amor y servicio de Jesús de Nazareth, es que Judas -apóstol, ecónomo de la primera Iglesia- se presenta al Sanedrin. Allí están los enemigos más enconados del rabbí galileo, pero también representan la estabilidad de lo conocido, las tradiciones, la autoridad, la ortodoxia.
Confía más en ellos y en lo que esos hombres representan que en la amistad incondicional y sostenida del Maestro, y por rechazar esa gratuidad, esa Gracia, Judas -aún antes de entregarlo- es un des-graciado.

Las treinta monedas de plata ofrecidas por los sanedritas -treinta sheqqels permitidos en el Templo-, poseen un intenso valor simbólico. Treinta monedas es el valor con que se mide a Zacarías, el pastor que habla en nombre de Dios, como si la profecía pudiere tasarse. Pero también treinta monedas es el valor que debe pagarse por un esclavo. Sea cual fuere el caso, en ambas instancias hay una fijación de observar pautas establecidas por sobre cualquier consideración humana, pero a su vez teñido de un tácito y profundo desprecio.

Ni todo el dinero del mundo representa, aunque todo parezca indicar lo contrario, un valor mayor que el de una vida.
Y más aún, la amistad y el amor de Dios jamás se puede adquirir. Dios se ofrece de continuo, sin condiciones e infinitamente generoso con todos.

Con la inminente noche cerrada, sabiendo que Judas lo traicionará, que Pedro lo negará, que muchos se esconderán ateridos de miedo, aún así arde por celebrar la Pascua con los suyos, con los Doce, contigo y conmigo, con toda la Iglesia, con todos los pueblos.

Ninguna sombra de muerte hace que de disipe ni se resigne la fidelidad de Cristo para con todos nosotros.

Paz y Bien

Martes Santo: entre la amistad y la traición











Martes Santo

Para el día de hoy (27/03/18):  

Evangelio según San Juan 13, 21-33. 36-38






Es noche de mesa de amigos, pero noche triste, noche de despedidas, noche de pesar.
Algo de ello asomaba en la lectura del día de ayer, cierto resentimiento contenido frente al gesto de amor de María, la hermana de Lázaro. El Iscariote, a pesar de tanto tiempo y vida compartido, estaba muy lejos del corazón del Maestro, y por ello, de la Buena Noticia.

Un alto aquí. Es fácil malquistarse con Judas, pues bien ganado se ha ganado el adjetivo de traidor. Pero es importante reflexionar acerca de ese quebranto tan terrible: las ligerezas -aunque esté justificadas- a la hora de clasificar a los demás, son la vereda opuesta al sendero de la verdad.

Podemos, quizás, intuir que cosas bullían en el corazón del Iscariote. Tres años al lado del Maestro, toda una vida de asombros, de revelaciones, de cielos abiertos, y la confianza total puesta por Cristo en los suyos, al punto de ser Judas el ecónomo de los recursos de la pequeña comunidad.
Quizás no soportó romper los esquemas preexistentes en su mente, que el Maestro derribaba con la alegre y mansa fuerza del Espíritu. Quizás su acendrado celo zelota ansiaba a un caudillo de dientes apretados, belicoso y bravo, y nó un servidor manso que se hacía esclavo de los demás, que consideraba al servicio como el único y verdadero poder.

Había que seguirle el paso a Jesús de Nazareth. Judas anduvo con el Maestro en todo su ministerio, pero tal vez jamás estuvo en verdad con Él. De allí su crítica monetaria al perfume conque la hermana de Lázaro unge sus pies, de allí a que el Maestro comparta con el Iscariote con profunda amistad el pan untado con palabras afectuosas, sin recriminaciones ni escándalo, y Judas guarde silencio. Es un silencio malsano, es el silencio del que ha enmudecido por no tener nada que decir frente a ese Cristo que le habla. No hay eco en su alma frente al amor que recibe, y por ello se sumerge en la noche, que es quebranto, es rencor, es resignación, es renegar al afecto más profundo. Ésa es verdaderamente la traición, porque más allá de pactos, subterfugios y monedas, el Señor ofrece su vida en absoluta libertad, en el momento propicio.

Pedro también, a su modo arrebatado y voluble, traiciona, mucho antes del canto del gallo delator de falsedades. Pedro pretende ocupar el lugar de Cristo, dando él la vida por el Maestro.

Con todo y a pesar de todo, la gloria de Dios permanece. El amor no se destierra. La fidelidad de Dios expresada en Cristo para la salvación de todos es lo que verdaderamente decide, y ha de marcarnos el rumbo y revestirnos de esperanza, aún cuando solemos embarcarnos en las futilidades de esas traiciones que llamamos pecado.

Paz y Bien

Lunes Santo: el perfume de la Gracia











Lunes Santo

Para el día de hoy (26/03/18):  

Evangelio según San Juan 12, 1-11








Jesús ha regresado a Betania, y llega a la casa de Simón el leproso. Allí le ofrecen una cena, y es parte de ella Lázaro y sus hermanas, Marta y María.
Seguramente Lázaro aún tiene algún rastro en su rostro de la enfermedad que lo ha llevado a la tumba: pero el paso salvador de su amigo lo ha rescatado de las garras de la muerte. Aún así, aún con todo lo que ha significado para toda la comarca y para pueblos distantes ese hombre redivivo, Lázaro no es el centro de la escena. El centro de la escena, la clave de toda la lectura es la celebración del regalo de la vida, de la vida como don infinitamente generoso e incondicional, acontecido con amorosa tenacidad y con la fuerza asombrosa de la amistad.
Esa vida que se celebra es anticipatoria y símbolo de la Iglesia, familia y amigos reunidos para celebrar la vida como bendición y regalo de Dios, en una gratitud -se intuye- que no alcanzan las palabras ni los gestos, tal es su inmensidad.

María, la que se quedaba con la mejor parte, la que escuchaba atentamente la Palabra de Dios, realiza un gesto de infinita ternura y humildad, que en su profundidad es un desafío y un escándalo. En aquel tiempo ninguna mujer, más allá de cualquier familiariedad, tocaría a un hombre que no fuera su esposo, y menos aún se soltaría los cabellos, señal de una condición moral similar a las prostitutas.
Pero María actúa impulsada por amor y agradecimiento, y nada más importa. Se trata de la Gracia.

Ella vierte un perfume carísimo de nardo puro sobre los pies del Maestro, para luego secarlos con sus cabellos.
Es significativo que el Evangelista nos haga presente que toda la casa se impregna de esa fragancia.
El perfume de Betania es el perfume del amor, del agradecimiento a ese Dios con nosotros que nos desaloja todas las muertes, y es el perfume que hace retroceder el hedor terrible de la corrupción, de la vida que se pierde y se degrada, y quiera Dios que el perfume de Betania inunde también a toda la Iglesia, que tanto amamos y que a veces tanto nos duele.

Una voz airada, la de Judas Iscariote, se eleva enojada contra el gesto. Debe haber algo de moralina en él, por esa cuestión de una mujer tan desenfadada a la hora de expresar sus afectos.
No está mal -para nada- preocuparse por los pobres. Es Evangelio.

Pero, hermano Judas, tu error es poner por delante del Maestro al dinero. Y suponer que los amores y la solidaridad fraterna se pueden comprar. Seguramente ya venían de antes tus discordias, pero tal vez, a partir de allí, te fuiste por las tuyas. Allí comenzaste a renegar de la amistad de ese Cristo que caminó junto a vos tres años toda Palestina, compartiendo toda su existencia sin reservas. Y eso te volvió incapaz de mirar y ver más allá de la evidencia simple y superficial. Tu corazón se fué por otros rumbos oscuros, tal vez ideologizados, pero ajenos a la mansa enseñanza de tu Amigo.

Porque nunca, hermano Judas, hay que olvidarse de los pobres. Más aún, hay que hacerse uno con ellos, no mirarlos desde académicos balcones, pergeñando soluciones dinerarias. Nunca se venden los afectos ni el socorro, jamás.

Lázaro se encuentra también en zona de riesgo. Los testigos de la bondad de Dios son vistos como peligros a suprimir.

Cristo, aún cuando está inmerso en la noche espantosa del odio y del rechazo, sigue iluminando los lugares en donde lo encontramos. Porque a la luz verdadera, no hay tinieblas que se le resista.

Paz y Bien

Aclamemos al Rey de la vida












Domingo de Ramos de la Pasión del Señor

Para el día de hoy (25/03/18):  

Procesión de los Ramos
Evangelio según San Marcos 11, 1-10

Pasión de Nuestro Señor Jesucristo
Evangelio según San Marcos 14, 1-15, 47









Él llega a la Ciudad Santa como un peregrino pobre, príncipe de paz.

No monta un carro de combate o un caballo de guerra como un rey glorioso enarbolando sangrientas victorias bélicas. Viene montando un burrito prestado. Ni siquiera eso le pertenece, y es signo y es convite de que este Rey requiere de la ayuda de los demás -la tuya, la mía, la de todos nosotros- para cumplir con su misión.

Todas las promesas lo señalan y en Él encuentran pleno cumplimiento y significado. Es el Rey Mesías anunciado por hombres de mirada lejana, los profetas, que sonrieron imaginando ese día decisivo.
Rey que ingresa con un cortejo a una ciudad, es rey que ingresa en solemne procesión a tomar real posesión de sus dominios.

Pero el Maestro de Nazareth es un Rey extraño.

Él viene a tomar bendecir con su realeza a esa Jerusalem que le es tan hostil, pero no requiere nada, no exige subordinación ni tributos. Por el contrario, está dispuesto a ofrecerse a sí mismo, toda su existencia, su propia vida como rescate por todos.

Su corte y sus ejércitos son más extraños aún. Se rodea de pescadores galileos, de publicanos, de prostitutas, de enfermos, de todos aquellos excluidos por duras normas de pureza ritual, de todos aquellos descartados por los sistemas que progresivamente se van deshumanizando. Seguramente, a muchos de ellos nada en su sano juicio invitaría a su mesa.

Si bien sus orígenes pueden rastrearse en toda la historia de Israel, poco tiene de principesco. Su madre es una muchachita judía ignota de aldea polvorienta que lo ha gestado en un embarazo por demás sospechoso. Su padre es apenas un artesano galileo, y Él mismo ha encallecido sus manos en el esfuerzo de procurar el sustento familiar. Viene de una periferia de donde nada cabe esperar, cercana en kilómetros pero muy distante de la pompa y el boato sacrales de esa Jerusalem que recibe sus huellas.

Los jerosolimitanos y todo el pueblo de Israel estaban, en aquel tiempo, sofocados, demolidos, hartos de tantos años de opresión, del dominio imperial de Roma, de tantas guerras perdidas, de prácticas religiosas que no los dejaban respirar.
En situaciones así, la esperanza adquiere un valor extremo.
Por eso, cuando llega Jesús de Nazareth montado en un burrito, recordaron las antiguas promesas de su pueblo y se encendieron de alegría, una alegría que estará teñida de uno de los misterios humanos, el pecado. Muchos de los que ahora lo aclaman, en unos días clamarán por su muerte.

Pero esas gentes -especialmente los niños- hoy celebran. Agitan palmas y ramas de olivo, y muchos se quitan los mantos, poniéndolos como una alfombra al paso del Maestro. No es sólo un gesto afectuoso: quitarse el manto implica quedar desprotegido, sacarse todo lo que uno es habitualmente, prácticamente quedarse a la intemperie de donde se acabaron las certezas racionales.

Cristo hoy llega a nuestras existencias. Es el momento de poner a sus pies nuestros mantos, nuestras existencias, todo lo que somos, despojados de todo lo vano, para reconocer al Salvador que llega, al Libertador que humildemente está llegando a nuestras vidas para que la vida no se apague, para que Dios definitivamente encuentre hogar en los corazones de todos nosotros.

Paz y Bien

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