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Dios camina como uno más entre nosotros

 





El Bautismo del Señor 

Para el día de hoy (10/01/21) 

Evangelio según San Marcos 1, 7-11



Juan el Bautista vivía en el desierto, y bautizaba a orillas del río Jordán, y allí se congregaba las gentes en un número creciente. 

Hay un desplazamiento notable desde el Templo de Jerusalem con su imponencia, su belleza, su oro y sus lujosas piedras talladas a la vera de un río. Y como si no fuera suficiente, pasamos de los sacerdotes con sus ropas rituales específicas, los humos del incienso y de los sacrificios, la erudición acumulada hacia un hombre sencillo, pobre de toda pobreza que se reviste de pieles de animales, que se alimenta de insectos y miel silvestre, y que no cita a autores famosos, ni tiene la pretensión de enseñar nada.


Él es un profeta: tiene cosas de parte de Dios para decir, y aquí el mensaje es más importante que el mensajero, él mismo. No realiza un ritual tabulado, regulado por normas específicas. El hace el más sencillo de los gestos, bastante infrecuente en la religión de aquel tiempo.

El bautismo de Juan es simbólico más que ritual: el mismo término bautismo significa, literalmente, sumergir.

Así entonces el bautismo tiene un doble cariz simbólico de muerte bajo el río para emerger a una vida nueva y definitiva.. Por ello el bautismo de Juan es un bautismo de conversión, de dejar atrás lo que ya no es para renacer a una vida recreada por el perdón.


Jesús de Nazareth se encamina por entre la multitud, humilde y silencioso -es un joven campesino galileo, muy pobre-, como uno más, esperando recibir el bautismo de Juan.

El encuentro entre esos dos hombres jóvenes -recordemos que se llevan apenas seis meses de diferencia- es difícil de relatar, como tan inexpresable han de ser las miradas profundas que se cruzan entre ellos. El que trae el bautismo definitivo, la vida renacida, acude a ser bautizado.


Allí está el signo definitivo, signo de cielos abiertos, esperanza de tierra nueva, de corazones renacidos, de descubrirnos hijas e hijos queridísimos por un Dios que se desvive por nosotros.


Un Dios que camina como un igual, como un compañero, como un vecino, como un hermano entre esta multitud de gentes que buscamos vivir plenamente, que nos reconocemos menoscabados por estas miserias en las que gustamos sumergirnos y que llamamos pecado, un Dios que nos acompaña a renacer, a vivir felices, Dios con nosotros.


Paz y Bien

Panes y peces de compasión y misericordia

 





Para el día de hoy (08/01/21):  

Evangelio según San Marcos 6, 34-44




Compasión significa, literalmente, compartir lo que se sufre, sufrir juntos. Obviamente, la clave está en quien siente o ejerce la compasión: si esta compasión no produce un efecto que tienda a cambiar el dolor, quedaría relegada a una elogiable sensiblería estéril. Siempre puede hacerse algo más allá de la pura declamación de intenciones.

Pero la compasión es el perfume único del Reino, que se expresa en la misericordia.


Así entonces, cuando no se asumen totalmente los problemas y los dolores de los otros, esas crisis y dolencias -a pesar de los mejores discursos y las más grandilocuentes expresiones- se ven desde fuera, como algo ajeno, como algo que les sucede a otros.


Jesús de Nazareth no es así.

La multitud está hambreada y librada a su suerte, a la deriva de lo que pueda sucederles. Pero Él jamás permanece indiferente, ni observa las cosas de sus hermanos -todos nosotros- de manera objetivamente externa. Él se involucra haciendo suyas todas las cosas nuestras, buenas y malas.


Distinta, sin embargo, es la actitud de los discípulos. Ellos advierten el problema, e intentan una razonable solución desde fuera de esas gentes, buscando llevarles pan que adquirirían mediante una importante suma de dinero; con la imposibilidad de realizarlo, prefieren sugerir al Maestro que los despida, que vayan a buscar sustento a sitios cercanos -estaban en un lugar desierto-, que se arreglen solos.


Jesús de Nazareth piensa y actúa distinto.

Él busca y encuentra la solución desde la misma gente, y panes y peces se multiplican como consecuencia de los milagros de la compasión, del compartir, de la misericordia, todos frutos de la misma raíz del amor.

Aún quedarán muchísima comida para los que vayan llegando.


Mucho puede decirse, mucho se ha dicho y otro tanto se dirá acerca de esta parábola.

Hoy solamente nos detendremos en la bondad de Dios que hace suya el hambre del pueblo, que torna tarea sagrada alimentar a los hambrientos, que siempre que reune a los suyos lo hace en una mesa inmensa en donde nadie es excluido, y que también espera a los que algún día llegarán.


Paz y Bien


Las epifanías se suceden en todos los gestos de Jesús de Nazareth

 






Para el día de hoy (07/01/20):  

Evangelio según San Mateo 4, 12-17.23-25



A simple vista, pareciese que el arresto injusto del Bautista -automáticamente- impulsa la misión de Jesús. Él, que no estaba con Juan, se retira a Galilea y abandonando la pequeña Nazareth en donde se ha criado, se establece en la populosa Cafarnaúm.

Sólo a simple vista. La Palabra no es lineal, ni establece una secuencia mecánica, sino que destella una dinámica asombrosa, la del Espíritu que hace eco en los corazones.


Por ello mismo, es dable intuir que el Maestro sabe que el tiempo de la preparación está maduro, y que se viene la estación de las cosechas y la nueva siembra. Es también el signo cierto de que Dios, aún en medio de la cerrazón más ominosa viene abriendo resquicios para que nos llegue buena luz.

El Dios de Jesús de Nazareth siempre está inaugurando cosas nuevas, vidas re-creadas, y nos está naciendo otra vez, cada vez, cada día, a pesar de tanta muerte que nos imponen.


La elección de Galilea no es casual, ni obedece a una planificación para la captación de adeptos. Tiene mucho de astucia, pues ser manso no implica abandonar la inteligencia.

Los galileos, en ese siglo I de nuestra era, era mirados con seria circunspección y desagrado por los habitantes de Judea, autopretendidos puros y ortodoxos en la raza y la fé de Israel, cierto grado de desprecio, ciudadanos de tercera en la nación judía.

Es que esa Galilea de los gentiles, por su ubicación estratégica al norte de Palestina, fué históricamente el territorio por donde gran parte de las invasiones extranjeras se canalizaban; ocupada militarmente en reiteradas oportunidades, se la intentó transformar de raíz transplantando colonos de otra religión, otro idioma, otra cultura. Al llegar ese tiempo, judíos galileos y gentiles convivían en un pié de igualdad, y por eso mismo se volvían sospechosos de cierta tinción hereje, y no es arriesgado pensar que los citadinos jerosolimitanos respiraran un aire de execrable superioridad, la misma que observamos hoy desde las grandes metrópolis hacia los habitantes de los arrabales y los campesinos.


Esa elección de Jesús de Nazareth es la elección de Dios. Allí, en donde nadie ni nada bueno ni nuevo ha de esperarse, allí dá comienzo a todo. Bendita Galilea de todos los inicios, de las periferias que todos desprecian o no tienen en cuenta, extramuros de la existencia en donde la vida nos comienza a amanecer pujante, imparable en su luminosidad que disipa toda tiniebla de opresión, de exclusión y de olvidos.


Ambos, Juan y Jesús, utilizan las mismas palabras en su llamado a la conversión, pero el sentido es muy distinto. 

Juan convoca a convertirse bajo apercibimiento de castigos, e instala un sencillo rito de bautismo, en las aguas del Jordán.

Jesús de Nazareth invita a la conversión -metanoia- porque hay un tiempo nuevo que se ha inaugurado, tiempo de liberación y bendición, tiempo de fiesta que requiere nuevos vestidos a los corazones.


En una cueva belenita, Dios se manifiesta en la fragilidad de un Niño Santo que es reconocido por aquellos que lo buscan con un corazón sincero.

En la periferia galilea, ese mismo Niño -ya un hombre pleno- renueva esa manifestación amorosa de un Dios asombroso. 

Las epifanías se suceden en todos los gestos de Jesús de Nazareth, gestos de compasión y bondad, de sanación, de liberación, de servicio y solidaridad.


Allí en la frontera en donde dirimimos diferencias y extranjerías, allí mismo Dios vuelve a salir al encuentro de toda la humanidad, a pura fuerza de amor.


Paz y Bien

Epifanía: Dios se manifiesta en un Niño pequeño y pobre

 




La Epifanía del Señor
 
Para el día de hoy (06/01/21):  

Evangelio según San Mateo 2, 1-12




Epifanía es un término de origen griego que significa, literalmente, manifestación. Aplicaba tanto para expresar la entrada triunfal de un rey a la ciudad, rodeado de su ejército y su corte en atavíos solemnes como también la manifestación de lo divino en el ámbito humano, a favor de las gentes.


Por una tradición algo incierta originada en el siglo VIII en Armenia, solemos mentar a la fiesta que hoy celebramos como Día de Reyes Magos; por supuesto, el comercio y el consumo se hicieron cargo de deformar su honda trascendencia.

En realidad sí se trata de un día de reyes, de dos reyes muy distintos.


Uno, Herodes el Grande -padre de Antipas- es rey de Israel, o mejor dicho, de lo que quedaba de Israel y los romanos permitían. Por ser de origen idumeo, no tenía consigo las simpatías de su pueblo y muchos lo consideraban un usurpador; su corona dependía de los caprichos políticos del emperador de Roma, del cual era vasallo. Aún así, durante su gobierno no hubo guerras y se amplío y reconstruyó con una belleza asombrosa el Templo de Jerusalem.

Pero también es el hombre del poder por el poder mismo sin límites, un tirano paranoico que no vacila en derramar sangre para garantizar su dominio; así hará ejecutar a varios de sus familiares, y reprimirá sin piedad cualquier disidencia. En su opulento palacio de Jerusalem, al enterarse por esos extraños visitantes llegados de lejos que ha nacido un presunto rey de los judíos, convoca a los sacerdotes y a los escribas -los expertos religiosos- para que indaguen acerca de la veracidad de ese anuncio. La siempre terrible conjunción de la política y la religión, del poder y la fé. Frente a la certeza que el Mesías nacería en Belén, trampea argumentos para asesinar a ese bebé, pues el niño cuestiona su poder. Ese niño es una amenaza que pone en evidencia, desde su debilidad, que su poder es ilegítimo y, peor todavía, que es falso.


El otro rey es un niño frágil en brazos de su Madre. Desde un pueblito perdido -que es también la ciudad del rey David-, lejos del poder, las cortes y los palacios, ilumina la noche de la humanidad y se transforma en júbilo para los pequeños, buena noticia para los pobres, liberación para todos los pueblos. 

Un bebé que lo alimenta su madre jovencísima -una muchachita ignota- y lo guarda servicial su padre carpintero de Nazareth.


Los viajeros son identificados como magos -magoi-, probablemente astrólogos/astrónomos de la religión de Zoroastro. Desde su fé y su ciencia buscan e indagan las señales y profecías antiguas, y por buscadores honestos hallarán lo que están buscando. Paz a los hombres de todos los pueblos de buena voluntad. Una estrella es la señal que guía sus pasos, una estrella que es simbolo de la realeza pero también señal de las implicaciones cósmicas de un rey que ha nacido en Belén de Judea. Ellos siguen los extensos caminos tras la huella que la estrella amiga y movediza les vá marcando. Enfocan su mirada hacia el cielo para encontrar con precisión lo que buscan aquí abajo.

Por eso y por sus corazones que buscan la verdad, frente al bebé en brazos de su madre reconocen al rey, al rey verdadero y se postran adorándole.


Llevan consigo regalos carísimos, oro, incienso y mirra para rendir homenaje a Aquél que es verdadero rey, verdadero Dios y verdadero hombre, y quizás sin saberlo preanuncian una noche de Pasión y Resurrección, la mirra en manos de María Magdalena. Son regalos de un altísimo costo que seguramente servirá como sustento para el largo viaje del exilio a Egipto de la Sagrada Familia, santa providencia de Dios. Pero en realidad, el verdadero tesoro es Aquél que estaban buscando.


Para todos nosotros, disponible y generosa, siempre hay una estrella que nos orienta, aún en la noche más cerrada de la existencia. Desde la fé, es necesario elevar la mirada al cielo para encontrarla y ponerse en camino, pues quedarse implica morirse.

Y seguiremos andando, a pesar de las amenazas brutas de los tiranos, a pesar de todas las especulaciones, a pesar de todas las razones en contrario, animándonos a buscar a ese rey que transforma nuestras vidas, que es nuestra alegría y nuestra paz, el Hijo de Dios que es nuestro hijo, nuestro hermano y nuestro Señor, al que le llevamos el oro de un corazón que lo reconoce con sabiduría, el incienso de la oración y la mirra de la misericordia.


Paz y Bien 


La vida se nos define en los encuentros

 





Para el día de hoy (05/01/21): 

Evangelio según San Juan 1, 43-51



La lectura que nos ofrece la liturgia de este día se ubica, secuencial y cronológicamente, a continuación de la del día de ayer, es decir, ayer reflexionábamos acerca del Bautista señalando a Jesús de Nazareth como Cordero de Dios, y al seguimiento de Cristo que de manera inmediata realizan dos de los discípulos de Juan.

Hoy conocemos por el Evangelista el nombre de uno de esos dos discípulos, Andrés, mientras que se guarda silencio sobre el otro, quizás con la intención de que allí, en el momento propicio, también podamos descubrir nuestros nombres inscritos. Seguir al profeta para encontrar a Cristo.


El Evangelista nos señala también que la patria chica de Felipe era Betsaida: esta pequeña ciudad se ubicaba en la orilla norte del mar de Galilea, y por eso es vecina cercana de la confederación de diez ciudades de origen helénico conocidas como la Decápolis. Debido a ello, tal vez, provenga el nombre helénico de dos de los discípulos, Felipe y Andrés, los que alguna vez harán de intérpretes para el Maestro ante la visita de unos peregrinos griegos.

También nos indica que de Betsaida eran, originalmente, Andrés y Pedro.


Andrés, discípulo del Bautista, lleva a la presencia de Cristo a su hermano Simón Pedro.

Felipe hace lo mismo con su amigo Natanael: dá testimonio del Cristo que ha conocido a otros, no se lo guarda para sí. La identidad puede resultar en un principio confusa, pues afirma haber hallado a Aquél de quien hablan la Ley y los profetas, y a continuación le adjudica nombre y origen, Jesús de Nazareth, hijo de José.

En realidad, es Cristo el que ha salido al encuentro de Felipe, pues siempre las primacías son de Dios y la vocación es ante todo llamado y convite de Aquél que no deja de buscarnos.

La mención de Felipe hace cierta mella en Natanael: el hombre era originario de Caná, cercana a Nazareth, y es probable que entre los dos pequeños poblados se conocieran bien, y existiera cierta clase de rivalidad. Aún así, Natanael sostiene la opinión oficial que observa a las gentes de las periferias como poco confiables, como a un sitio del que nada bueno ni nuevo pueda esperarse.


Sin embargo, y tal vez sin saberlo, la identificación que Felipe realiza de Cristo es exacta: sí es el nazareno, sí es el hijo de José, pero también es el Mesías y el Hijo de Dios. Todo se resuelve desde la fé. Desde la fé se nos invita a ir a las profundidades del acontecer histórico, donde se teje la Salvación en mixtura santa de Dios y el hombre.


Quizás toda nuestra vida se vaya definiendo desde los encuentros. Con nosotros mismos, con los hermanos, con Dios. En cada encuentro sincero y veraz hay un Dios escondido que se hace presente, que nos llama, que nos invita a compartir su vida, y a partir de allí los cielos se abren. Todo es posible para quien se atreve a la fé, don y misterio un Dios que nos ama sin descanso.


Paz y Bien

La vida se transforma en el encuentro con Cristo, el Cordero de Dios


 






Para el día de hoy (04/01/21):  

Evangelio según San Juan 1, 35-42




El Bautista, además de tener una gran influencia sobre el pueblo, tenía un creciente grupo de discípulos. Él testimonia que Jesús de Nazareth es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, un testimonio que sólo puede acontecer desde la fé, descubrir al Mesías que camina humilde entre la multitud, el Redentor que está entre nosotros.


La voz del profeta despierta conciencias, rectifica rumbos e inaugura nuevos tiempos. Por su voz, dos de sus discípulos emprenderán una búsqueda que será camino y vida, tal como el Maestro con el que se encontrarán.


La actitud del Bautista es magnífica en su servicio y su humildad: contrariamente a las pertinaces tendencias de acumulación de poder, de influencias, la edificación de imperios que no siempre son personales, él es un servidor de Dios que es pleno al dar testimonio, y que se aparta hacia el silencio una vez que cumple su misión. José de Nazareth también tendrá el mismo carácter de servicio genuino, santamente desinteresado de cualquier ambición.


Los dos discípulos de Juan se dirigen tras los pasos del Cordero, el joven rabbí galileo que el profeta les había señalado. Él se vuelve hacia ellos, y es la señal de que toda búsqueda sincera del Cristo no será infructuosa, siempre que se busque se encontrará.

Ellos quieren saber el lugar donde vive. Quizás se trate de ciertos estereotipos convencionales, escolares: todo rabbí tenía un ambiente académico propio, un sitio al que acudían aquellos que querían convertirse en sus discípulos.


Extraño tiempo, pleno de novedades: el lugar del Maestro no se halla en un edificio, en una ubicación física aún en las más sagradas. El encuentro siempre es personal, un Cristo que reinará y se afincará en los corazones de los creyentes, templos vivos de la Gracia de Dios.

Por eso no hay discursos grandilocuentes ni transferencias de conocimientos doctrinarios: vengan y lo verán. La fé cristiana es caminar con Cristo, amar como Él amaba, vivir como Él vivía, mirar y ver el mundo con su mirada que es la mirada de Dios.


Andrés presta otro servicio inmenso: su testimonio ante su hermano Simón conducirá a éste al encuentro con Cristo. Es la experiencia existencial que se comunica, tesoro que se expande cuando se comparte, compromiso y misión´, y Simón, ante su propio encuentro con el Cristo que lo mira a los ojos se llamará Cephas -Pedro-, anuncio de su vocación. Un nuevo nombre que expresa la trascendencia de una nueva vida con Cristo.


La vida se transforma en el encuentro con Cristo, el Cordero de Dios que encontramos en la Palabra y en la Eucaristía, y que palpita en el testimonio fiel de sus amigos.


Paz y Bien

El Verbo nos hace hijos

 









Domingo 2º después de Navidad

Para el día de hoy (03/01/21):  

Evangelio según San Juan 1, 1-18



En el principio y en el fin, la Palabra.


Palabra que significa el regreso del silencio, de la imposibilidad de comunicarnos, Palabra que nos crea y recrea.


Palabra que es semilla imparable que es vida pujante.


Palabra que es cosmos y es esperanza de los pequeños. Palabra que crea al universo y que se hace bebé de Salvación en brazos de Madre.


Palabra que es luz que disipa cualquier tiniebla.

Palabra que viene, que sigue viniendo, que vendrá siempre para quedarse con nosotros y en nosotros.


Todo pasa, todo es secundario.

Lo que es decisivo, lo que importa, lo que cuenta y transforma es que por la Palabra nos volvemos hijos de Dios, familia del Creador.


La Palabra es clave y raíz de toda felicidad, y nunca debemos resignar esta asombrosa posibilidad de ser hijos, de ser felices.


La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros


Paz y Bien

La zarza ardiente perpetua del Verbo que acampa entre nosotros

 






Para el día de hoy (02/01/21): 

Evangelio según San Juan 1, 19-28




La situación descripta por el Evangelista Juan tiene un carácter crítico: su predicación a orillas del Jordán no era neutra, intangible, la integridad de su persona y la evidencia de que Dios estaba de su lado le brindaban un ascendiente cada vez mayor sobre un pueblo hambriento de una esperanza que se le cercenaba tras la humillación imperial y a causa de una religiosidad opresiva, que se obsesionaba por las normas y los preceptos antes que por Dios y los corazones.


Su prédica y su bautismo acontecen en Betania -o Bethabara- que no es la misma Betania de los amigos de Cristo -Lázaro, María y Marta-, que estaba a tres kilómetros de Jerusalem a la vera del camino a Jericó. Juan bautizaba más al norte, es decir en lo que hoy es territorio del reino de Jordania y no en Judea.

Sin dudas hay una profusa discusión al respecto, pero en el fondo se trata de sitios diferentes: lo crucial estriba en que a pesar de que el lugar está alejado, sitio considerado como desierto, envían desde Jerusalem a sacerdotes y levitas para interrogar al Bautista.

Eso es lo crítico: Jerusalem es donde se asienta y arraiga la ortodoxia religiosa, la religiosidad oficial que mira lo distinto con violento temor y militante desprecio, el reducto de los enemigos mortales del mismo Cristo.


Esos levitas y esos sacerdotes no son simples veedores, sino censores severos que están allí, a una gran distancia de su lugar habitual, para realizar un interrogatorio hostil que puede tener consecuencias impensadamente trágicas.


Es menester hacer un alto, para despejar cualquier duda: la lectura nos anoticia que los judíos son los que envían esa comisión interrogadora, y ante cualquier atisbo perdurable de antisemitismo entre nosotros -que lo hay, que perdura- recordemos que Jesús, José y María de Nazareth eran judíos hasta los huesos, al igual que el Bautista, Zacarías e Isabel y todos los discípulos. Esa mención refiere puntualmente a las autoridades religiosas.


La santidad, la vida en el Espíritu no implica el abandono de la inteligencia y resignar la astucia. Juan sabe que muchas cosas se dicen acerca de él, y quiere despejar cualquier duda de una buena vez, antes de que ese alud de rumores inciertos vayan demasiado lejos de la verdad que respira y profesa.


Las respuestas de Juan son un ejemplo preclaro y certero de la vida cristiana, la humildad. Saber lo que somos, y por ello saber lo que no somos. Él no es el Mesías y lo anuncia con claridad y sin ambages. Tampoco es Elías ni se reconoce como un gran profeta, a pesar de que es el último de una extensa tradición. Nada de eso. Él es sólo una voz que clama en el desierto. Presta su voz para que se exprese el mensaje que el Dios del universo quiere transmitir, presta su voz para preparar los corazones para la Palabra que ya está entre ellos, que ha llegado.


Su humildad es santa: su bautismo es con agua, pero no es nada comparado con el bautismo de fuego, en el Espíritu de Aquél que viene. Y Él se reconoce indigno de desatar la correa de sus sandalias.

Este gesto en una primera mirada nos enfoca en un cuadro de humildad, pues era tarea de los esclavos -y de los esclavos gentiles- desatar las sandalias y lavar los pies polvorientos de sus señores. Pero aquí hay más, siempre hay más.

En la tradición de Israel, jurídicamente desatar las correas un hombre a otro implicaba demostrar en ese gesto subordinación del desatado, quitarle autoridad. Pero además en la memoria de ese pueblo tan sufrido, persistía la figura del Go'El, el redentor especialista en rescatar a algún miembro de la tribu que haya caído prisionero o esclavo de bandoleros o acreedores. El Go'El calzaba sandalias que simbolizaban esa autoridad decisiva.

Por todo ello, Juan lo expresa, se siente y reconoce indigno de ese Cristo, Redentor de su pueblo y del mundo entero, al que servirá desde su servicio humilde e íntegro. Toda su existencia señala a Cristo.


Hay entonces un convite misionero a calzarnos las sandalias del profeta del Jordán. Sandalias de saberse pequeño, de saberse lo que uno es, de expresar que la mirada de los hermanos debe dirigirse hacia el Cristo que está ahora mismo entre nosotros.

Y cuando las cosas maduras, descalzarnos. La tierra, con todo y a pesar de todo, es sagrada y hay una zarza ardiente perpetua, pues Dios se ha encarnado y acampa entre nosotros.


Paz y Bien

Santa María de todo comienzo

 




Santa María, Madre de Dios
 
Para el día de hoy (01/01/21): 

Evangelio según San Lucas 2, 16-21





Que los pastores de las cercanías de Belén sean los primeros en llegar hasta el pesebre en donde ha nacido ese Niño, el Hijo maravilloso de María, no es casual. Lo hacen mediante una invitación preferencial que es señal de las preferencias amorosas de un Dios que no es para nada imparcial.


En aquellos tiempos, los pastores estaban considerados como una suerte de intocables: vivían al abrigo de la noche por cuestiones de oficio, por lo general sumidos en dura pobreza, y su contacto con animales sin control religioso los volvía impuros rituales. Además, dentro de la estimación social, eran observados con aguda desconfianza, pues se los consideraba de antemano amigos de lo ajeno. Así, muchachos y hombres a los que nadie quiere, a quienes nadie invitaría a su casa y a su mesa, tienen un lugar muy preciado en los afectos de Dios, y por ello el mensaje de paz del Mensajero del Altísimo.

Dios comienza la Salvación desde los márgenes, desde quienes no cuentan para nadie.


Pero hay otra cuestión, más simbólica y profunda: Abraham -padre de naciones-`y David -padre de la nación judía- eran pastores empeñados en su oficio, convocados por Dios en su misma cotidianeidad y desde sus rebaños para edificar un pueblo santo desde la fé.

Así entonces la convocatoria a los pastores de Belén es una insondable y amable invitación de Dios para pertenecer a un pueblo nuevo y santo que Dios construirá pacientemente desde la piedra angular, el Cristo, que ahora se adormece en los brazos de su Madre.


El mensaje del Ángel no le pertenece a éste, el mensaje es Palabra del mismo Dios, y los pastores -quizás deslumbrados, seguro temblorosos- aceptan ese mensaje, esa Palabra, se fían de ella. No les moviliza el andar veloz la simple curiosidad, sino que creen que allí, en ese sitio insospechado, y encuentran a la Sagrada Familia y al signo que Dios les ha dado a ellos y a todas las generaciones: el Salvador se manifiesta, y lo reconocerán envuelto en pañales. Y ellos alaban y agradecen estar presentes, agradecen que Dios cumpla sus promesas, y a ese Dios que los tiene en cuenta como suyos lo glorifican.


En cierto modo, nuestros itinerarios cognoscitivos y espirituales pueden ser oscilantes, y se corresponden con esos pastores belenitas. Podemos dejarnos llevar por la indiferencia o por el simple empujo de la curiosidad, pero todo quedará allí: es que para el plano acotado de la razón, sólo encontraremos un Niño frágil, indefenso, que requiere de los cuidados de sus padres y de todos los parientes, todos nosotros.

O bien, desde una mirada de fé, confiarnos en lo que se nos anuncia. Y allí sí, como al viejo pastor de Ur, tantas estrellas como descendencia, tanto tiempo esperando a ese Niño Santo que es nuestro camino, nuestra verdad y nuestra vida.


A María de Nazareth se le encienden los ojos a puro asombro y gratitud. Escucha a los pastores, escucha las honduras de su alma, y sabe que ese Niño es mucho más que un vástago. Como árbol fuerte de la Gracia, atesora todo en lo profundo de su corazón, y con el tiempo las comprenderá.

María de Nazareth es Madre por parir pero también es Madre por creer, por dejar en su humildad que la Gracia de Dios la haga plena.

María de Nazareth tampoco se quedará quieta, al igual que esos pastores, y es Madre de Dios, discípula y amiga de un tiempo que comienza y que no tendrá fin.


El nuevo año apenas despunta. Que sea sendero de verdad y vida, de Cristo, y de presencia y ternura de la Madre. Donde está la Madre está el Hijo, y a Ella le suplicamos que le cuente al Hijo de nosotros.


Muy Feliz Año Nuevo!


Paz y Bien

Encuentro en Cristo

 






Para el día de hoy (31/12/20): 

Evangelio según San Juan 1, 1-18




Los ex esclavos, liberados de Egipto, peregrinaron por cuarenta años por el desierto antes de llegar a la tierra que su Dios les había prometido. Ese peregrinar es proceso y crecimiento de liberación, y cáliz de pueblo nuevo, de tribus que se acrisolan como nación al calor de las arenas. Por eso quizás los cuarenta años: han de llegar generaciones de hombres libres, nacidos en libertad -corazones y mentes libres-.


No fué un camino fácil, por lo inclemente del clima y los rigores del desierto; pero también, porque a veces uno se tienta con los guisos de Faraón antes que atreverse a la libertad de los peregrinos. Y las infidelidades y quebrantos: algunos hasta se inventaron un dios menor -un ídolo, un becerro de oro- para que caminara delante de ellos sin exigencias, la falsa ilusión de vivir sin Ley.

Así Moisés planta en las afueras del campamento, donde éste se encontrara, la llamada Tienda del Encuentro, producto de la maravillosa confianza de ese Moisés en su Dios y en su pueblo, y de la misericordia de ese Dios que a pesar de los delitos cometidos por los suyos, no los abandona. En esa Tienda, ámbito sacratísimo, templo móvil en donde resplandecía la gloria de Dios, alianza perpetua del Creador de generación en generación.

Posteriormente, la Tienda del Encuentro será el núcleo del centro mismo de la fé judía, el Templo de Jerusalem, Tabernáculo o SanctaSantórum.


Con el riesgo del simplismo, quizás allí comenzaron los problemas. La fé es peregrinar, es movimiento, y cuando la Tienda del Encuentro queda fija a un espacio puntual -accesible a unos pocos elegidos- sugiere que se acota la gloria de Dios a una élite restricta en desmedro de todo el pueblo, y que a Dios se le encuentra solamente allí, en ese recinto exacto.


Pero una tienda del desierto, aún con las implicaciones teológicas o espirituales, es en el fondo una tienda hecha de pieles, frágil, precaria, a merced de tormentas de arena, del frío terrible de la noche o del sol calcinante del día.


Tienda del Encuentro, Templo de Jerusalem... la ratificación definitiva de la alianza perpetua de Dios con su pueblo, del amor de Dios con la humanidad es Él mismo acampando nuevamente entre los hombres, en una tienda viva, presencia real de Dios en medio de los suyos en Jesús de Nazareth, que desde su existencia -totalmente humano, totalmente divino- asume todas nuestra fragilidades, nuestra condición precaria desde la pequeñez del Niño de Belén, Verbo que se hace carne, Palabra divina que se hace humana para recuperar la capacidad de hablar y escuchar.


Pero muy especialmente, recuperar nuestra identidad de peregrinos, de mujeres y hombres libres que caminan al encuentro de la tierra prometida de la vida eterna.


Paz y Bien

Abuelas de fé y servicio


 




Para el día de hoy (30/12/20) 

Evangelio según San Lucas 2, 36-40



Ayer escuchábamos la Palabra que nos hablaba acerca de Simeón, ese abuelo cordial de Jesús, y su indómita e inquebrantable esperanza. Hoy, la misma Palabra Viva nos presenta a Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser.


Muchos datos para una pequeña anciana: pareciera como si el Evangelista quisiera presentarnos la credencial de identidad de Ana: más en realidad, se trata de acentuar que el llamado de Dios, la vocación, siempre es enteramente personal, siempre las cosas de Dios refieren a mujeres y hombres de carne y hueso, concretos en tiempo y espacio, decidiendo la historia, y tiene también que ver con cada una de nuestras existencias. No hay un llamado genérico ni cuestiones abstractas en la sintonía de la Buena Noticia.


Ayer Simeón, hoy Ana. Dos testigos que ratifican, según la ley mosaica, una verdad incoercible.

Para las realidades de la época, una mujer de ochenta y cuatro años de edad es un hecho asombroso; pero esa abuela tiene de extraordinario otras cuestiones más profundas que superan la acumulación cronológica de años vividos.

Esa abuela es profeta. Tiene cosas para decir de parte de Dios, y a su vez tiene una capacidad de ir más allá de cualquier apariencia. Sabe mirar y ver. Confía y espera, pues toda su vida es un huerto cuidado por la oración y el ayuno, vive en presencia humilde frente a su Dios, pequeña anawin del Señor.


Su fidelidad refleja la imperecedera e infinita fidelidad del Dios que la sostiene. Por ello descubre por entre la multitud que discurre por el Templo enorme a ese Niño pobre y pequeñísimo en brazos de su Madre, y sabe sin dudas en las profundidades de su alma grande que ese bebé es el Salvador de su pueblo, Aquél tan esperado, el que rescatará al pueblo de todas sus opresiones. 

La alegría germinada al calor de su fé le florece, y agradece a su Dios por el encuentro, y no para de contar a todo aquel que quiera escucharle esa novedad magnífica. Porque las buenas noticias son realmente buenas y nuevas si se comunican y comparten.


Ana, esa abuela de fé y de servicio, a pesar de su edad tan avanzada sigue creciendo como un árbol frondoso, con flores fragantes, con frutos maravillosos. Al igual que ese Bebé Santo, ella sigue creciendo en sabiduría y Gracia, como crecen aquellos que permiten a Dios ser Dios en sus existencias, aquellos que tienen ojos profundos capaces de descubrir al Salvador en la debilidad de un Niño, aquellos que nunca se resignan ni abdican en la esperanza, aquellos que florecen en oración y en piedad, todo un proyecto de vida para un año que se asoma incierto y que es menester edificarlo con esfuerzo y mucha, mucha confianza.


Paz y Bien

Quiera Dios concedernos profundidad en la mirada y tenacidad sin fisuras en nuestra esperanza

 






Para el día de hoy (29/12/20) 

Evangelio según San Lucas 2, 22-35



El Evangelista Lucas nos presenta nuevamente a la Sagrada Familia, nombre que nosotros utilizamos desde la fé y la devoción. Sin embargo, para una mirada casual, se trata de una joven pareja con un niño pequeño en brazos que se dirigen al Templo de Jerusalem a cumplir con sus obligaciones religiosas. Son muy pobres -sus vestimentas así lo indican- y son provincianos de la Galilea de la periferia -el acento los delata-.

Pero con todo y a pesar de todo son judíos hasta los huesos, y además de los preceptos obligatorios, hacen partícipe a su bebé de las tradiciones de su pueblo.


Han de cumplir con rituales rígidos. Respecto de la madre reciente, debe ofrecer un sacrificio en las cercanías del Patio de las Mujeres como purificación de la parturienta. Respecto del niño, han de consagrarlo para el servicio del Templo y, a su vez, pagar un tributo o rescate, pues todos los primogénitos de Israel pertenecen a Dios, y esto tendrá mayor sentido luego de la predicación de ese Cristo que está en brazos de su Madre: todos los niños son sagrados.


Extraño tiempo acontece: la más pura acude mansamente a purificarse, el Redentor del mundo paga una ofrenda de pobre como rescate de sí mismo.


Todo ello no obsta para que sigan siendo una familia de gente pobre, invisible, circunstancial.


A ese Templo acudían durante todo el año -y mucho más durante las fiestas de guardar- miles de personas de toda Judea y de  la Diáspora. El Templo es el centro de la vida religiosa y núcleo de la identidad nacional, y es como un faro sagrado que irradia sentido a todo Israel; pero por sobre todo, el Templo es el sitio por excelencia en donde su Dios habita y en donde se manifiesta.

A las multitudes que van y vienen, hay que añadirle los sacrificios que ofrecen los sacerdotes y los diversos rituales: el humo es espeso, producto de la grasa que se quema de los animales ofrecidos en sacrificio, y también se combina con el incienso del Tabernáculo.


Esa pequeña familia pasa inadvertida por entre el gentío, que mira y vé lo que quiere, pero nunca más allá de las apariencias.


Había en Jerusalem un hombre anciano llamado Simeón. Lo sabemos un hombre justo, y por ello entendemos que ajusta su voluntad a la voluntad de Dios. Hombre piadoso -hombre de oración frondosa- esperaba sin desmayos, firme en la esperanza a pesar de todos sus años, el consuelo de Israel de todos sus pesares. Es un hombre de Dios, hombre del Espíritu que sustenta esa esperanza que destella sin apagones, y es ese mismo Espíritu el que lo conduce al Templo.


Un pequeño alto: el Espíritu lo conduce, pero Simeón se deja conducir, santa obediencia de los que escuchan atentamente la voz de Dios en las honduras de su alma y actúan en consecuencia.


No hay casualidades, hay causalidades tejidas santamente entre Dios y el hombre, y en el Templo se encuentran el anciano Simeón y la familia de Nazareth.

Eso es posible porque Simeón es hombre de mirada profunda y transparente, y sabe mirar y ver por entre el gentío en quien vale la pena depositar la mirada y la vida misma. Ese Bebé que sostiene con amor de abuelo y piedad de discípulo es el culmen de todas sus esperanzas, es quien completa lo que faltaba a su existencia para ser plena.


Simeón no llega hasta el Templo para cumplir con un precepto ni para efectivizar un rito. Desde el Espíritu que lo conduce, se vuelve profeta que anuncia un tiempo nuevo, un desplazamiento que es éxodo: Dios no está acotado a un ámbito exclusivo, Dios está ahora en ese Niño que se duerme en sus brazos viejos.

Simeón es un profeta porque habla desde Dios, y con sus ojos gratos puede ver a través de los velos del tiempo: sabe que ese Niño es el Mesías, el Salvador que a su vez será signo taxativo de contradicción para muchos, pero que por sobre todo será luz de las naciones y gloria de Israel. En el corazón agradecido de ese hombre ya germina la universalidad de la Buena Noticia que acuna en ese Bebé Santo, cuya Madre jovencísima de ojos grandes no deja de asombrarse, pues Ella también será parte fundamental de ese tiempo nuevo, creciendo con el Hijo, aprendiendo del Hijo, sufriendo con el Hijo.


Quiera Dios concedernos profundidad en la mirada y tenacidad sin fisuras en nuestra esperanza.


Paz y Bien

Un Niño como una amenaza

 





Los Santos Inocentes, mártires

Para el día de hoy (28/12/20) 

Evangelio según San Mateo 2, 13-18



Cuando llega esta fecha vuelve a plantearse la antigua discusión de la exactitud histórica del pasaje que la liturgia de este día nos presenta, y que trata la huida a Egipto de la Sagrada Familia. Razones a favor y en contra podremos encontrar con sólidos sustentos y argumentaciones, y con toda seguridad se trate de investigaciones que realicen mentes y plumas sabias que verdaderamente conozcan el tema en cuestión, lejos de las limitaciones de estas pobres líneas.


No obstante ello, es menester dejar constancia y recordar siempre que los Evangelios no son crónicas históricas sino teológicas, es decir, espirituales, por lo cual ciertas vetas historiográficas -si bien importantes- quedan en un segundo plano. El primero es la Palabra, ámbito de los corazones, de las almas de los creyentes.


Aún así, podemos destacar algunos puntos con cierto grado de certeza; en primer lugar, el brutal ejercicio del poder que realizaba Herodes el Grande. Cualquier disidencia, cualquier asomo de menoscabo a su poder omnímodo era aplastado con violencia extrema y un grado de paranoia elevadísimo, el que incluyó el homicidio de esposas e hijos. Por ello es más que razonable que se sindique al monarca como el autor de la masacre de los niños belenitas.

Por otro lado, Egipto era el destino usual elegido para todos aquellos que debían exiliarse por motivos políticos; al sur de Judea, era la frontera más amistosa de la zona.


Pero lo verdaderamente importante se encuentra más allá de la superficie, en el plano simbólico.


En Jerusalem, los eruditos realizan una exégesis de las Escrituras, validando lo expresado por esos magos llegados de tan lejos. Es la autoridad religiosa sustentando el poder político, fedatarios de acciones horribles que, sin embargo, hallan su raíz en la Torah. La verdad se deja encontrar hasta por las almas más oscuras, y esos hombres determinan que en el anuncio de los magos se cumplen antiguas promesas, antiguas profecías.

La partida hacia el país egipcio se vincula con el regreso en tiempos mejores, y representa a Jesús como el nuevo y definitivo Moisés, el que llevará al pueblo, desde Egipto, a su verdadera liberación.


En todos estos trajines, destaca como una zarza ardiendo en la noche la figura de José de Nazareth.


Los sueños son, en la tradición bíblica, el ámbito de trascendencia, del encuentro pleno con lo divino, quizás porque la absoluta alteridad de Dios desborda la estrechez de la razón. Y José de Nazareth es un hombre que, aún en los momentos de mayores dudas o dificultades, no deja de soñar: el Dios de la vida brinda una sonrisa amable a todos aquellos que no abdican de sus sueños.

Y es en los sueños de José en donde un Mensajero deja un mensaje urgente, noticias de Dios: es imperioso que tome al Niño y a su madre, y parta sin demoras hacia Egipto, un exilio que le brindará seguridad, lejos de los puñales crueles de Herodes.


No ha debido ser una decisión fácil. Dejar todo atrás, morir un poco por abandonar su patria, lo poco que se tenga ganado a costa de inenarrables esfuerzos, el extraño parto tan reciente, el Niño tan pequeño para una travesía riesgosa a través de un desierto que parece interminable. Partir de modo clandestino, como un delincuente que huye de las autoridades en plena noche, justo él, un hombre bueno como el pan.

Pero José de Nazareth es obediente, y obediente en el sentido primigenio del término: ob audire, escucha atenta, y José, en su fructífero silencio, sabe escuchar y actuar en consecuencia, sin demoras ni excusas.


No es tan complicado imaginarse la escena que compone la Sagrada Familia exiliada. Vivir en un país que no es su patria, idioma y cultura distintos. Ellos son galileos y pobres, y sus ropas y el acento los delatan, y hasta quizás tengan que aguantar unas cuantas miradas de soslayo. Como en toda nación grande que se precie de tal, Egipto tiene memoria y seguramente recuerda a los antiguos esclavos hebreos, a la mano de obra sin costo de Faraón que un día, por designo de su Dios, partieron hacia la libertad.

En ese cuadro, no estará ausente el joven carpintero de Nazareth trabajando de lo que fuera, peón golondrina que se agotará con tal de que a los suyos nada les falte.


Una Sagrada Familia que se hermana para siempre a todos los desplazados de todos los pueblos.


Hoy realizamos memorial de la matanza de los Santos Inocentes, y junto con ellos tal vez también el grato recuerdo vivo de San José protector, sombra bienhechora frente al sol calcinante de todos los desiertos de la existencia, esos hombres y mujeres de Dios que cuando todo parece disolverse en el horror y la muerte permanecen firmes como robles santos, protectores silenciosos de la vida, de una vida que siempre es amenazada por los poderosos, las bestias que se llevan por delante la vida de los pequeños e indefensos.


Más aún: San José protector es signo para toda la Iglesia de quien nos acompañará desde su frondoso silencio, compañero fiel, amigo imperecedero, y signo también de que el Dios Todopoderoso se ha hecho un niño pequeño y frágil, que ha puesto la vida a nuestro cuidado, un Mesías que no lo logrará si no nos involucramos.


San José de Nazareth, ruega por nosotros.


Paz y Bien

Sagrada Familia: señal trinitaria

 






La Sagrada Familia

Para el día de hoy (27/12/20):
Evangelio según San Lucas 2, 22-40



Lo que sabemos y lo que suponemos.

Son un matrimonio de galileos muy jóvenes - de Nazareth - y muy pobres. 

Probablemente esto cause resquemores e inquietud, pero el Redentor creció en el seno de una familia judía pobre, provinciana de periferias y que acataba los preceptos religiosos de su pueblo.

Lucas señala que había llegado el tiempo de la purificación, y que también sus padre llevan al Niño Jesús a Jerusalem para presentarlo al Señor. Hablamos aquí de dos rituales y preceptos distintos:

- La purificación de la parturienta - Korban Iodelet -: se presentaba al sacerdote del Templo un cordero de un año para sacrificio y un pichó de paloma como expiación. Los pobres podían ofrecer dos tórtolas o dos pichones;

- La consagración de los primogénitos a Dios - Kidush Bejorot -: memorial de Aquél que rescató a los hijos de Israel en Egipto.

Las más pura acude mansamente a purificarse.

El que es tres veces Santo es llevado en brazos para ser presentado a Dios. Por el que toda la humanidad es rescatada, se realiza una ofrenda de pobre como rescate y oblación.

Las parturientas debían acudir al Templo luego de cuarenta días del parto. Terrible conteo para nuestros días, y quizás una señal. Una cuarentena monstruosa nos empuja a purificarnos de tanta muerte y a reencontrarnos con Aquél que hace santas todas las cosas.

Porque no es el ritual el que purifica y santifica, sino es Dios quien le confiere el poder de su Gracia. 

Podemos suponer la imagen de esa joven familia galilea: el Templo es enorme, y habitualmente discurren por sus recintos multitudes de Israel y de toda la Diáspora. Son humildes, y como suele pasar con los pobres, son casi invisibles. Solemos mirar sin ver, y de ese modo se nos desdibuja el rostro del hermano y, más aún, el rostro del Altísimo.

La multitud, ocupada en sus cosas. Los sacerdotes, con los ojos nublados por el humo del incienso y la grasa que se quema por los holocaustos. El Señor acude de incógnito -casi confidencial- a una cita que es impostergable.

Por entre ese mar oscilante de gentes que vienen y van, las miradas atentas de dos abuelos los descubren. Ellos sí miran y ven, y entre los dos extremos frágiles de la existencia -un bebé pequeño, dos ancianos de edad avanzada- parece decidirse todo. Mejor dicho, Dios elige esos extremos para manifestarse, para reencontrarse con el pueblo, para prodigar amor y salvación.

Simeón es un abuelo que ha vivido toda su vida sin resignarse, sin ceder un ápice a cualquier desengaño, un hombre de fé, un corazón revestido de esperanza aún cuando todo indique que esa esperanza no procede, que es una tontería, ya está, basta.

Simeón profeta, pues es capaz de mirar y ver más allá de la apariencia y rasgando los velos del tiempo.

Para Simeón y para Israel el encuentro con ese Jesús niño es una contundente ratificación de que todo no ha sido en vano, de que con todo y a pesar de todo hay promesas que se cumplen y que todo puede renovarse y florecer. 

Ese Niño trae Salvación y gloria para Israel y para todos los pueblos, pero también contradicción entre los corazones endurecidos. Cristo interpela a todos sin excepción, y será también una molestia gravosa para otros tantos. la Madre no será ajena: acompañará hasta el Calvario todo el ministerio del Hijo, y es señal de una Iglesia que cuando es fiel cuestiona e interpela, profecía que anuncia y denuncia.

La otra abuela es Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Son credenciales espirituales que nos indican su realidad y su pertenencia, y que la devoción del ayuno y la oración son también servicio, como muchas de nuestras abuelas que vemos, día a día, en el rezo cotidiano del rosario, en la asistencia a misa, en el rezo por los hijos y nietos. A menudo parece que ellas solas sostienen al universo a fuerza de plegaria cuando todo parece derrumbarse. Esa mujer canta y cuenta las maravillas de un Dios que está presente en medio de su pueblo, es precisamente ese Niño, es liberación.

Son dos abuelos y dos testigos: siguiendo la tradición legal de Israel, se requieren al menos dos testigos para garantizar la veracidad de un testimonio, y por ello la presentación del Niño Jesús en el Templo reviste la condición de verdad absoluta.

Luego será el tiempo del regreso al hogar nazareno, y allí el Niño crecerá junto a sus padres robustecido en gracia y sabiduría. 

Dios comparte el acontecer humano. Ha elegido una familia humilde para manifestarse, y quizás sea una señal trinitaria. Se ha encarnado en una Mujer, se ha encarnado en la historia de un pueblo, se ha encarnado en la historia de la humanidad y se presenta ante estos templos andantes que somos humilde y silencioso, un Niño frágil en brazos de su Madre que espera nuestras miradas claras para reconocerlo y agradecer que toda vida vale, que jamás hay que resignarse, que la esperanza se renueva, que la liberación acontece aquí y ahora para mayor gloria de Dios.


Paz y Bien




San Esteban, fiel al pesebre, fiel al Dios que es camino, verdad y vida

 





San Esteban, protomártir - Memorial

Para el día de hoy (26/12/20) 

Evangelio según San Mateo 10, 17-22




La liturgia nos sorprende con el memorial de San Esteban, primer mártir, todavía inmersos en la alegría de la Navidad.

Como nos sucede con la realidad, su sufrimiento nos demuele y es una nota grave y triste que parece polizón clandestino en la agradable sinfonía navideña. Pero en realidad, se trata del mismo amor, de la misma raíz, de la misma verdad.


Creer en el Niño de Belén, en el Emmanuel, y vivir de acuerdo a ello es despreciable, inconveniente y hasta peligroso a los intereses y poderes de este mundo.

El Dios que nos nace en el pesebre es un Dios que elude templos y palacios, y que elige y se solaza revelándose en la sencillez y la humildad.

El Dios que se hace hijo de María de Nazareth es un Dios del despojo, de la entrega absoluta e incondicional, de la palabra empeñada y cumplida.

Es el Dios que se inclina decididamente y se lo encuentra -y se halla a gusto, como uno más- entre los pobres, los descastados y descartados, los que no cuentan.


Para algunos, es una simpática tontería que deberá quedar confinada al culto dominical, pues la realidad corre por otros andariveles. Para algunos también es motivo de desprecio, de consuetudinaria descalificación, pues en la ilógica santa de la Buena Noticia el poder es servicio, jamás dominio, jamás opresión.


Y para otros se trata de un peligro, un severo inconveniente, pues los que aman al Niño de Belén en toda su insondable verdad, desde sus entrañas y sin medir consecuencias van en sentido contrario a toda lógica mundana de poder, de prebendas, y sobre todo, es ajeno a todo egoísmo, principio rector de un mundo floreciente en dolores y negador tenaz de cualquier indicio de fraternidad, que desprecia con fervor la debilidad y la sencilla eternidad del Dios de nuestras esperanzas 


En ese Dios de la verdad, la mansedumbre y la justicia creía Esteban, y por ese Dios muere como el Maestro, como un criminal despreciado. 


El amor de Dios refulgente en el pesebre y la pacífica fidelidad de Esteban, vivida hasta las últimas consecuencias, son expresiones de la misma agradable sinfonía, la Gracia de Dios.


Paz y Bien 


Pesebre y pañales

 







Vigilia de Navidad - Misa del Gallo

Para el día de hoy (24/12/20)  

Evangelio según San Lucas 2, 1-14





Los Evangelios no son crónicas históricas, sino antes bien relatos o crónicas teológicas / espirituales.

Así entonces es menester rumiar la palabra y ahondar en el mensaje profundo que está más allá de lo lineal, lo aparente.

Por ello, cuando los Evangelistas nos ofrecen datos precisos están haciendo sonar alertas para nuestros corazones, para despejarnos el sopor cotidiano, para encender la mirada interior.

Lucas nos sitúa en un contexto puntual en la historia del pueblo de Israel, y en la historia humana: gobierna el mundo conocido el emperador romano Augusto. Cirino – Publio Sulpicio Quirino o Cirino- es gobernador de Siria, y Judea había sido anexionada a ésta como parte de una provincia romana. Para el pueblo judío, tan rabiosamente aferrado a sus tradiciones y a su identidad nacional, la bota romana que impone su ley y sus tributos es intolerable. No obstante, están estacionadas en la zona las legiones romanas, presencia militar experta dispuesta a aplastar violentamente cualquier conato de rebelión.

Así se ordena un censo: no debe, quizás, pensarse un censo con los criterios contables actuales. Es mucho más simple: se trata del conteo de cápitas, de cabezas que han de rendir tributos al emperador.

Regresando al comienzo de estas líneas son muchas las señales que nos sitúan a cada uno de nosotros en una encrucijada específica de la historia. 

Son muchas también las señales que a menudo que el Espíritu deja a nuestro paso y quizás, solo quizás, se nos ha menguado la capacidad de mirar y ver.

Como en el acercamiento de una lente de campo amplio enfocamos sobre una aldea en Galilea, Nazareth. El nombre, para todos nosotros, es ampliamente conocido y mencionado. En el tiempo en que nos sitúa San Lucas Nazareth no figura en los mapas oficiales. No llega a ser una aldea, es un villorio de algunas casas agrupadas por tribus familiares judías. Pero la región galilea también generaba miradas hoscas y despreciativas: es el extramuros, la provincia venida a menos y degradada de las rígidas normas religiosas imperantes. Nada bueno puede venir de Galilea, nada puede esperarse de un sitio que casi no existe, que ni vale la pena anotar su nombre en la cartografía oficial.

Argumento desoladamente usual: nada bueno se espera de ciertos países, de ciertas regiones, de ciertos barrios, de las villas. 

Precisamente desde allí, del sitio que genera menos expectativas, de donde menos se espera algo valioso, se comienza a tejer aquello que ha de transformar de una vez y para siempre la historia.

Un censo, en aquel entonces, implicaba ir a cumplir con las obligaciones –¿imposiciones?- en el pueblo natal. Y José era oriundo de Belén de Judea.

No es poca cosa y no está nada cerca: de Nazareth a Belén había – en las rutas de la época- un recorrido de 190 km por senderos pedregosos, por rutas de montañas en donde solía haber salteadores de caminos. Todo un padecimiento para la esposa de este hombre, María, que cursa un embarazo avanzado. Ella es su esposa, y para nuestros criterios de veinte siglos posteriores, es casi una niña.

Vienen de esa aldea minúscula, y por ello inferimos que son muy pobres. Ninguna familia de buena posición viviría en Galilea y menos en medio da la nada.

Otra señal para colocar los ojos y el corazón: Belén es la ciudad del rey David, del más grande en la historia de su pueblo, pero además su nombre original –Bethlehem- significa, literalmente, “Casa del Pan”.

El censo moviliza a miles de personas de un lado para otro, y las posadas u hostales de viajeros deben estar colmados.

A ese matrimonio de jóvenes los delatan las ropas y el acento. Ni siquiera los apuros del parto inminente le habilitan siquiera un rincón mínimo. 

El Bebé llega. No es, quizás, una ocasión cómoda, pero no tengamos ninguna duda de que es el momento preciso. 

Más señales: pañales y pesebre.

Los pañales de tela refulgen en la oscuridad nocturna, y quizás no haya señal tan humana ni plena de ternura. Un pesebre es cuna prestada, una cuna de apuros, un mínimo reducto para una vida frágil en ciernes. Pero pesebre y pañales, pañales y pesebre son las señales exactas para reconocer al Salvador del universo, al rey de reyes, al Señor de la historia, que por palacio tiene un refugio de animales y por trono los brazos de su Madre.

Inmediatamente se nos dirige la mirada hacia otras personas, unos pastores que cuidaban sus rebaños abrigados sólo por la noche.

Alto aquí: desde hace bastante tiempo tenemos una imagen bucólica y algo ingenua de los pastores –vamos pastorcitos, vamos a Belén, nenitos vestidos de campesinos-, y la realidad era completamente antagónica a esa estampita. En aquellos tiempos los pastores estaban por debajo del último escalón en la consideración social.

Trabajan día y noche, de lunes a lunes y no cumple con el descanso rigurosamente establecido del Shabbat. Su mismo oficio les impone convivir con la suciedad, cuidando rebaños que no les pertenecen, mano de obra baratísima que se contrata por pocas monedas, labor en donde se deja invariablemente la salud. Como si ello no bastara, se los miraba con extrema desconfianza por considerarlos aviesos amigos de lo ajeno.

A los que nadie quiere ni nadie en su sano juicio invitaría a su casa y compartiría su mesa, a ellos les llega la noticia más inmensa, más asombrosa, más determinante.

Quizás por ellos especialmente llamamos a esta noche Nochebuena, en donde se despejan todos los temores, en donde hay expresa y abierta preferencia de Dios por los que no cuentan, por los despreciados, para los que hay siempre malas noticias, y quienes son los primeros destinatarios de la buenísima novedad.

Para ellos, para cada uno de nosotros, para los nuestros, para todos. El Salvador es un Niño frágil e indefenso que se adormece en el frío de la noche al amparo de su Madre, el Rey es tan pobre que no tiene trono ni palacio, el Mesías es Dios nacido de mujer tan pero tan parecido a nosotros que estremece.

De tan cercano lo hemos alejado deliberadamente entre figuras opacas y oropeles vacíos. Pero está allí a tu puerta, a mi puerta, pidiendo permiso, tan frágil que sin nuestra ayuda no vá a lograrlo, tan pariente como el que más de los que no cuentan para nadie. 

Esa noche, en humildad y silencio, la historia humana cambia de rumbo. Dios interviene personalmente para que todo cambie, para que se santifique el tiempo. Dios se amanece en la vecindad misma de los hombres como uno más.

Dios empuja la vida desde lo pequeño, desde lo inadvertido, desde la frontera de la existencia, desde allí de donde nada puede esperarse.

Pesebre y pañales.

Dios con nosotros.


Que pase lo que pase, nunca bajes los brazos, nunca dejes de buscar. Dios siempre tiene una estrella inquieta y movediza para sus amigos, para hacerles encontrar el sendero perdido.


Dios nos nace, una esperanza en pañales que hay que acompañar, proteger y abrigar. 

Dios empuja la Salvación desde la fragilidad de un Bebé Santo para que nadie más esté solo, abandonado, resignado a miserias e injusticias.


Dios se hace tiempo, historia, hermano, hijo querido, uno entre nosotros para que renazcan todas las alegrías en todos los pueblos.


Que la Gloria de Dios cubra toda tu vida y la de los tuyos 


Que te colme su paz, esa paz que nada ni nadie puede quebrantar, la paz que es fruto de la más grata de las noticias: que Dios nos quiere sin condiciones y para siempre.

Que haya paz y justicia para nuestra gente, desde ese Niño muy pequeño que se hace pan.

Que este Niño que nos nace traiga paz a todas las mujeres y hombres de buena voluntad.


Feliz Navidad


Paz y Bien 


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