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Evangelio, principio y final


Para el día de hoy (05/01/13):  
Evangelio según San Juan 1, 43-51
 
(Las señales geográficas no remiten únicamente a una ubicación espacio-temporal: nos indican también coordenadas espirituales, encrucijadas del Espíritu en la historia humana.
Por ello es menester ubicar ese deseo del Maestro de dirigirse a la Galilea de su querencia, esa Galilea de los bordes, sospechosamente heterodoxa a impura, una Galilea periférica y marginal alejada de los centros de ortodoxia y poder. Todo comienza en donde nada se espera, de donde nada bueno ha de venir, espacio sometido a la sospecha perpetua.

-Quizás el amor entrañable de Dios quiera jugar a las escondidas con nuestras razones y lógicas-

Allí encuentra a Felipe, y le invita a seguirle. No hay demasiadas complejidades en el convite, sólo el imperativo de ponerse en marcha, y es Jesús el que invita porque es siempre Dios quien se mueve primero, quien nos sale al paso, quien propicia todo encuentro, quien tiene todas las primacías.

Ese encuentro moviliza y transforma a Felipe, pescador como Pedro y Andrés. 
El Evangelio de San Juan tiene un mismo principio y final: se trata siempre del camino, y seguramente el corazón de Felipe ardía del mismo modo que los corazones de los peregrinos de Emaús, porque en ambos casos se trata del encuentro liberador con el Cordero de Dios.

Con ese empuje, Felipe corre el encuentro de Natanael, y la respuesta de este último se reviste de lógica y razones. Nada bueno puede salir de Nazareth, nada nuevo se supone de la periferia, este Cristo no se adapta a los esquemas previstos.

Felipe responde de manera escueta pero a la vez contundente -Ven y lo verás-. No pretende convencer, ni mucho menos imponer ninguna creencia o doctrina. Lo que cuenta, lo que decide y resuelve la existencia es el encuentro personal con ese Jesús caminante.
Es algo que a menudo olvidamos. A nadie se le debe soslayar, a todos sin excepción tenemos una invitación que formular, simple y profunda, a ese encuentro personal y definitorio con Jesús de Nazareth, Dios mismo que nos sale al cruce de nuestros pasos.

No hay que amilanarse ni resignarse.
Siempre habrá mujeres y hombres sin dobleces, mujeres y hombres íntegros y veraces, capaces de trastocar cualquier molde elegido o impuesto, almas hambrientas de verdad y vida que confiesan sin ambages a ese Cristo Redentor, aún cuando todo parece condicionado para lo contrario.

Porque los cielos se han abierto, y con los ojos encendidos de fé podremos ver mucho más que estas mezquinas sombras que a menudo nos agobian)

Paz y Bien

Claves de discipulado


Para el día de hoy (04/01/13):  
Evangelio según San Juan 1, 35-42
 
(Prácticamente en todas las culturas podemos encontrar modelos de discipulado similares, es decir, un maestro que enseña su doctrina de un modo específico y unos discípulos/estudiantes que aprenden según esa modalidad distintiva. Ello también suele acompañarse de un sitio puntual de reunión, un ámbito académico aún cuando esas enseñanzas sean de carácter místico o espiritual.

Juan el Bautista no era ajeno a estos postulados, antes bien un maestro extraño, que escapaba a los parámetros clásicos. Es un hombre que vive en el desierto y del desierto, hombre de la periferia, foráneo del Templo y todo lo fastuoso. Sin embargo, él también enseña a su manera a sus seguidores, y lo hace en un sitio puntual, en Betania a orillas del río Jordán.

Hombre de Dios, hombre del Espíritu, tiene esa mirada capaz de mirar y ver más allá de lo aparente y descubre por entre la multitud a ese Cristo que se acerca humilde y silencioso a bautizarse, como uno más entre su pueblo. De un modo que está muy lejos de cualquier razón, Juan lo reconoce y afirma sin vacilaciones que allí está el Elegido, el Mesías, el Cordero de Dios.

El seguimiento de Jesús de Nazareth comienza por el testimonio del Bautista: esos dos discípulos van tras Él porque Juan lo ha señalado, porque lo ha reconocido como el Liberador, el que quita el mal del mundo, el que es totalmente de Dios.

Así de crucial es el testimonio: por lo que otros nos dicen con sus acciones y sus palabras queremos buscar a ese cristo que se nos acerca.

No obstante, no hay cuestiones mágicas ni traspasos automáticos, y seguir al Cordero significa estar dispuestos a una transformación total.
Los discípulos de Juan van tras Jesús, más siguen encasillados en las antiguas ideas: así entonces es razonable que le pregunten en donde vive, pues son discípulos nuevos que se afanan por conocer a su nuevo Maestro, y el lugar que inquieren no es sólo el hogar, sino también el sitio en donde se desarrolle su enseñanza.

-Vengan y lo verán- es la respuesta de Jesús de Nazareth, y es una invitación que trasciende a los dos discípulos del Bautista y nos llega a cada uno de nosotros. Es el convite a desinstalarse, es la propuesta de ponerse en marcha, es la necesidad de hacerse senderos con Aquél que es Camino, que es Verdad, que es Vida, es compartir la existencia con ese Cordero manso que libera.

Es claro que no se trata de una declamación ni de un método específico a cumplir. Ya no serán estudiantes de doctrina, sino discípulos y amigos de Jesús, un discipulado que todo la cambia, unas vidas transformadas.
El signo por excelencia ha de ser Simón: ha descubierto al Mesías, y toda su existencia ha cambiado, a tal punto de llamarse por otro nombre -Pedro- porque el fundamento de su existencia convertida ha pasado a ser ese Cordero que vá por delante de él.

El discipulado cristiano no es sencillo. Hay que atreverse a seguir al Cordero de Dios, pasos de paz y liberación en donde no hay lugar para la imposición, en donde la resignación no tiene espacio, en donde la única fuerza que se ejerce es la de la verdad encarnada en el testimonio manso y profético, discípulos del rabbí galileo, seguidores transformados que es la Iglesia de Jesús de Nazareth)

Paz y Bien
 

Cordero y liberación


Para el día de hoy (03/01/13):  
Evangelio según San Juan 1, 29-34
 
(El signo del Cordero pascual era y es una imagen decisiva y cara a los afectos del pueblo de Israel: evocaba la intervención de Dios en la historia del pueblo, el éxodo liberador, la noche de la primera Pascua en la que las gentes señalaban las puertas de sus casas como señal de vida.

Por ello mismo, el testimonio del Bautista habría de ser impactante para todo el que lo escuchara. Para todo creyente de fé judía, que se adjudicara la condición de Cordero pascual y, más aún, de Cordero de Dios a una persona y una persona desconocida, por lo menos causaba un impacto y un asombro difíciles de describir.

Así a nosotros nos puede suceder lo mismo: por entre la multitud que se llega a orillas del río Jordán a bautizarse, viene silencioso y humilde -paciente, ocupando su lugar en la fila- un galileo, un artesano de Nazareth, y solamente a los ojos de Juan no pasa inadvertido, como no pasa inadvertido ese Cristo liberador a las mujeres y hombres del Espíritu, plenos de confianza y profecía. 
Ese momento único es imposible de describir, aunque se tenga la profunda precisión de los artistas: ese momento se vive.

Afirmar que ese Jesús de Nazareth, que se acerca como uno más por entre el bullicio, es el Cordero de Dios, es reivindicar que creemos en Alguien antes que en algo, es afirmar que Dios interviene directamente en la historia para quitar el pecado del mundo, para enviar al destierro permanente todo lo que se opone a la vida, a la plenitud, a la felicidad.
A través de Jesús y por Jesús, acontece el éxodo definitivo, y es una victoria extraña, en donde no hay vencedores ni vencidos: no es una ideología distinta a la imperante, ni planes contrapuestos a los poderosos o a los opresores, hay más, siempre hay más.

Se trata de reconocer que en ese Cristo que nos viene encontramos liberación porque Él comunica la asombrosa Gracia, que es la plenitud del amor de Dios que se comunica.

Hay que atreverse a señalar al Cristo que está presente entre las gentes, resplandeciente en los pobres, y volver a transparentarnos para que se lo reconozca, para que haya celebración de libertad, tierra prometida de fraternidad y vida creciente)

Paz y Bien

Con la mirada puesta en el Redentor


Para el día de hoy (02/01/13):  
Evangelio según San Juan 1, 19-28

(El Evangelio para el día de hoy finaliza con una ubicación precisa, Betania al otro lado del Jordán. En los tiempos de la predicación de Jesús, podemos ubicar a dos localidades con la misma denominación: por un lado, la que recién mencionábamos, y por el otro, la aldea cercana a Jerusalem -al este del Monte de los Olivos- en donde se encontraba la casa de los amigos del Maestro, Lázaro, Marta y María.

Estas precisiones no responden únicamente a certezas sociohistóricas: teológicamente -espiritualmente- significan lo profundo y decisivo de que el Reino acontece en la historia humana, un Dios que se encarna en el tiempo y que jamás se desentiende de esa Creación que ama.

Asimismo, el pueblo de Israel -en el lapso histórico señalado en el texto- atravesaba una situación difícil, horas muy dolorosas: a la miseria de la gran mayoría, se le añadía la tensión por encontrarse sometidos al dominio imperial romano y un sistema religioso rígido que agobiaba a la gran mayoría con sus normas de pureza y exclusión. Ese pueblo ansiaba la llegada de un Libertador anunciado por sus profetas, que también restauraría la vida comunitaria.
En ese ambiente opresivo y enrarecido, irrumpe como un viento fresco Juan el Bautista, hijo de Zacarías e Isabel..

Juan anuncia la llegada inminente de ese Mesías añorado, y por ello pide conversión a las gentes, enderezar senderos, y a la vez denuncia toda corrupción y todo lo que se opone a ese Salvador que ya está entre ellos.
Su integridad legitima su mensaje, y se suscita un movimiento popular que preocupa y a las autoridades religiosas y políticas; aunque no lo comprenden, saben que ese hombre austero del desierto se ha vuelto muy peligroso, y por ello mismo se envía a un grupo de levitas y sacerdotes, desde Jerusalem, a interrogarlo.
Podemos inferir que los interrogadores van hacia donde Juan bautizaba con intenciones descalificadoras y represivas antes que con ansias de verdad. 

Le preguntan, sucesivamente, si es el Mesías, si es Elías o si es el Profeta.
Juan no se aprovecha de su situación, no quiere ser reconocido, no tiene hambre de poder ni de protagonismo individual. Deja muy en claro y sin ambages que él no es el Mesías ni tampoco un profeta, es sólo una voz que clama en el desierto.Una voz que porta un mensaje que no le pertenece, un camino que ha de allanarse para que sea transitado por Aquél que todos esperan.

Juan es transparente y eso es fundamental para la luz que transmite. En tiempos tenebrosos, hay muchos seres luminosos que irradian resplandores vitales.
Juan bautiza como símbolo de un morir a todo lo viejo, para que la vida nueva se abra paso, y ese bautismo es otro Mar Rojo que conduce a la tierra prometida del Cristo, un Cristo que quizás aún no se conoce y re-conoce pero que, sin embargo, ya se encuentra entre nosotros.

Juan no quiere nada para sí, es un hombre del Espíritu que tiene una mirada lejana, y es esa voz profética y santa que nos hace enfocar nuevamente los ojos en el Salvador)

Paz y Bien


El Dios de María de Nazareth


 Santa María, Madre de Dios

Para el día de hoy (01/01/13):  
Evangelio según San Lucas 2, 16-21
 
(En la noche de nuestras rutinas, a la sombra de nuestra cotidianeidad sucede lo asombroso, lo impensado.
Un mensajero nos trae una noticia magnífica, y sus palabras despejan temores, generan la alegría y acontece la paz. Ese mensajero -hay que atreverse a escucharlo- es portador de la Palabra que nos crea y re-crea.

Ocultos en todas las periferias de este mundo, una multitud de invisibles y de sospechosos perpetuos apenas subsisten. De allí y de ellos nada puede esperarse -en parte prejuicio y en parte lógica-, ellos han quedado de lado, apartados de cualquier novedad.

Sin embargo, el Dios de María de Nazareth es un Dios extraño, amigo de olvidados, compañero de los pobres, hermano de los pequeños. Por ello mismo, desde donde todo parece definitivo y desde quienes sólo se adjudican silencios, desde allí la vida viene pujando fértil.
La Buena Noticia se anuncia a los pobres, a los que no cuentan, allí hemos de reencontrarla.

Porque nuestro destino late en un Bebé en brazos de su Madre, Niño frágil que se nos adormece en nuestros brazos, un Dios que se asoma en los indefensos, en los desprotegidos.

Una muchacha galilea -niña judía y campesina de pies descalzos- se ha hecho Madre, y cobija a su Hijo en la más humildes de las cunas. 
Esa cuna es el refugio nocturno de animales, pero es también su corazón inmenso.

Ella es Madre por nueve meses de gesta amorosa, Ella es Madre por alma fecunda, Ella es Madre porque aún cuando muchas cosas no son alcanzadas por su razón, encuentran rumia y calor en su co-razón.

El Dios de María de Nazareth es un Dios asombroso, un Dios enamorado de la creación, un Dios que se desvive por sus hijas e hijos, un Dios que pide permiso, un Dios que derriba poderosos y enaltece a los humildes, un Dios amante y libertador, un Dios que se hace camino y compañero porque Ella se atrevió a confiar y a permanecer fiel en esa esperanza, un Dios que salva, Jesús, Dios con nosotros, el Dios Emmanuel)

Paz y Bien
Paz y Bien

Nacidos de la Palabra


Para el día de hoy (31/12/12):  
Evangelio según San Juan 1, 1-18

 (En el principio y en el fin, la Palabra.

Palabra que significa el regreso del silencio, de la imposibilidad de comunicarnos, Palabra que nos crea y recrea.

Palabra que es semilla imparable que es vida pujante.

Palabra que es cosmos y es esperanza de los pequeños. Palabra que crea al universo y que se hace bebé de Salvación en brazos de Madre.

Palabra que es luz que disipa cualquier tiniebla.
Palabra que viene, que sigue viniendo, que vendrá siempre para quedarse con nosotros y en nosotros.

Todo pasa, todo es secundario.
Lo que es decisivo, lo que importa, lo que cuenta y transforma es que por la Palabra nos volvemos hijos de Dios, familia del Creador.

La Palabra es clave y raíz de toda felicidad, y nunca debemos resignar esta asombrosa posibilidad de ser hijos, de ser felices)

Paz y Bien


Símbolos y signos familiares


La Sagrada Familia de Jesús, María y José

Para el día de hoy (30/12/12):  
Evangelio según San Lucas 2, 41-52

(José y María de Nazareth, como ya podíamos entrever en el Evangelio del día de ayer, eran judíos piadosos, judíos hasta los huesos. Siguiendo la tradición de sus mayores, subían desde su Galilea habitual a la Jerusalem santa, para la celebración de la Pascua cada año, invariablemente.

En el texto de hoy, se reafirma la observancia de la familia nazarena a la fé de sus mayores: subieron a la Ciudad Santa para celebrar la Pascua pero también porque Jesús ha llegado a la edad de doce años, que señala su ingreso a la edad adulta; estamos en el siglo I de la palestina ocupada por Roma, en donde la expectativa de vida es de cuarenta años. Pero también, existe una connotación religiosa correlativa a la social: el varón judío, a los doce años, se presenta en el Templo para ser reconocido como hombre con la totalidad de deberes y derechos de los hijos de Israel, y así ser llamado hijo del precepto, del mandamiento, subordinado a la Ley de Moisés.

Sus padres lo llevan al Templo como fieles cumplidores de la tradición y portan, como todos los padres, las amorosas expectativas acerca de Jesús: esperan con ansias ese paso del hijo a la vida adulta, y seguramente auguran un futuro de artesano en Nazareth como José, un matrimonio conveniente, una multitud de nietos que perpetúe la familia y, especialmente, el clan. Son sueños de familia afectuosa, que quieren lo mejor para su hijo, con hambre de vida y futuro.

Sin embargo, este Jesús de sus amores no se corresponde con sus expectativas. 

Es sólo un muchacho, pero vá descubriendo su vocación y su misión. Por ello abandona la caravana del clan familiar, y se queda en el Templo debatiendo doctrina y enseñanzas de fé con escribas y doctores de la Ley.
No se trata de una función sacerdotal o cultual: Él asume desde muy temprano su filiación con el Dios del Universo, y de ello dá testimonio ante los sabios pretendidos, esos eruditos que con el tiempo lo condenarán al sacrificio mayor de la cruz.

Al descubrirse y reconocerse Hijo, Jesús de Nazareth comienza a expandir los límites sanguíneos de la familia. Poco a poco edificará, a partir del amor, una familia creciente que no conocerá límites ni exclusiones, y que responde a la raíz primordial de aquellos que escuchan y viven la Palabra de Dios.

Sus padres se angustian, porque no encuentran al muchacho luego de buscarlo por tres días. tres días extraviado a sus ojos, perdido entre la multitud, y tres días también estará irremisiblemente perdido en las fauces de la muerte hasta la Resurrección.

Esa angustia de sus padres no sólo es un nerviosismo razonable, sino que es símbolo de ese Dios que Jesús ha descubierto y reconocido. 
Porque Dios es familia.
Es una Madre que nos cuida.
Es un Padre que nos protege.
Es un Hijo que se ocupa y preocupa de las cosas de Dios por todos nosotros y con todos nosotros.

María de Nazareth, aún cuando la razón le resulta esquiva, confía y espera, y también es signo de esta nueva familia que la que madura y florece en los corazones la Palabra, familia que es sagrada por el Padre que la convoca)

Paz y Bien

Tiempo de abuelos, flores de la Gracia


Para el día de hoy (29/12/12):  
Evangelio según San Lucas 2, 22-35

(José y María de Nazareth se presentan en ese Templo inmenso, con el bebé en brazos. Son judíos hasta los huesos, y judíos fieles, que nadie tenga la menor duda:están allí para cumplir con la Ley, para la purificación de la madre reciente, y para consagrar al Dios de Israel a su primogénito.

Es un tiempo extraño.

Aquel que se duerme en los brazos de esa joven mujer, y que es el Salvador del Universo, se presenta humilde en el Templo. Sus padres realizan la mínima ofrenda de los pobres -un par de tórtolas-, fieles en lo grande y en lo pequeño, un Dios solidario con los más pequeños y los pobres.

En medio de la multitud que vá y viene, del humo que abunda en el lugar a causa de los holocaustos de animales, pasan inadvertidos. Son una joven pareja de campesinos galileos con un niño recién nacido, una familia mínima entre el gentío.

-hay un Dios que no se esconde, pero que de tan parecido a nosotros lo solemos pasar por alto-

Es un tiempo extraño, en donde deciden las mujeres y los niños, y en donde los abuelos tienen mucho para decir.

Zacarías e Isabel, ya grandes, son signo de la misericordia asombrosa de Dios. Cuando todos suponen que están próximos a partir, cuando de ellos nada se espera, se descubren esperando un hijo, ese hijo añorado por décadas, un hijo que colmará sus esperanzas y las de muchos.
Los que todos consideraban al borde del final, proclaman que no son estériles, que aún han de florecer.

Simeón es un anciano piadoso, pleno de fé, de confianza. Es un abuelo que respira esperanza.
Él sabe que no morirá sin haber visto con sus ojos al Esperado.
La gente así -inquebrantables de confianza, frutales de esperanza- tienen una mirada lejana y profunda, capaz de descubrir lo que se escapa a simple vista.
Por entre la multitud, el abuelo Simeón descubre al Salvador, a su Madre y al carpintero, y sabe lo que se teje en sus corazones, celebra a ese Bebé Santo y revela la acción de la Palabra en esa muchacha galilea.

En el tiempo de la Gracia y la Misericordia, todos tienen algo para decir, porque la Palabra ha acampado entre nosotros para que nadie más guarde silencio)

Paz y Bien

San José del servicio y el cuidado



Santos Inocentes, mártires

Para el día de hoy (28/12/12):  
Evangelio según San Mateo 2, 13-18

(Desde hace mucho tiempo, la matanza de los inocentes ha sido motivo de profusos estudios y de encendidas disputas intelectuales tanto a favor como en contra de su historicidad. En ambas posturas, hay razones y motivos más que válidos y razonables.

Sin embargo, aferrarse a cualquiera de las dos corrientes y desde allí aplicarlas al criterio de San Mateo, supone un craso error. Pues la intención primordial del Evangelista no es la de establecer una crónica histórica, sino más bien y ante todo realizar un relato teológico, es decir, espiritual.

Son varias las cuestiones que resaltan a simple vista. Por un lado, la pura praxis de Herodes que no reconoce límite ético alguno a la hora de conservar y ampliar el poder que detenta con total impunidad.
Es la brutalidad de aquellos cultores del ego y la opresión, que atropellan sin vacilar cualquier derecho y a los que las vidas de los otros sólo le representan una variable menor. Por ello es más que razonable suponer que el tetrarca galileo ordene ejecutar a niños pequeños, porque es parte de la lógica y el ejercicio de cualquier poder ejercido de manera omnímoda y sin otro límite que la propia ambición.

Pero la Palabra siempre nos está señalando que hay más -siempre hay más-.

Es menester detenerse en José de Nazareth, hombre sencillo de escucha profunda; al fin y al cabo, el término obediencia proviene del latín ob audire, es decir, escucha atenta, y así José es el hombre obediente a la voluntad de Dios, que no es otra que la vida misma. 
Un humilde artesano judío llevando a su mujer y a su bebé al exilio, en travesía de desierto, a una patria distinta, en donde los gestos y el acento lo traicionan, peón golondrina de lo que fuera para sostener a los suyos, silencioso protector de esa vida en ciernes de ese Hijo recién nacido.

La Sagrada Familia -signo cierto de la Trinidad- sufre desde el comienzo la prepotencia de los déspotas, el exilio, el emigrar a tierras extrañas, la pura supervivencia, el depender de la providencia amorosa de ese Dios que jamás los abandona.
Es un Dios identificado con los perseguidos, con los que sufren, con los que dejan su querencia por fuerza mayor, un Dios compañero de los indefensos, un Dios que encontramos en esos niños masacrados por los poderosos como en nuestros tiempos, en los que con tanta ligereza se afrenta al Creador violentando a tantos inocentes por abuso de aquellos que en principio deberían cuidarlos, por tantos niños soldados, por tantos niños explotados sexualmente o como trabajadores esclavos, niños víctimas de los caprichos de los prepotentes de turno, niños que apenas asoman a la existencia y ya sufren -como ese Cristo que ha venido especialmente por ellos- en sus pequeños cuerpos y en sus corazones Pasiones anticipadas.

Es imprescindible suplicar por que ese Dios bondadoso nos regale más Josés del servicio y el silencio, carpinteros protectores, trabajadores incansables por los suyos, existencias ofrecidas para que la vida florezca.)

Paz y Bien

Palabra y asombro


San Juan, apóstol y evangelista

Para el día de hoy (27/12/12):  
Evangelio según San Juan 20, 1-8

(Los senderos de la Palabra son asombrosos.

Allí, en un refugio nocturno de animales, en donde nada se espera, nace un Niño que lleva en sí todas las promesas de Salvación. Es un rey extraño, que tiene por trono los brazos de su Madre, una cuna impensada y una corte de gentes que nadie invitaría a su casa.
Sin embargo, desde allí mismo la vida viene pujando.

En medio de ritos de odio, en donde la certeza imperante es la violencia y la muerte, en donde ya está prefijado el destino del inocente, allí mismo en donde imperan las tinieblas, el testigo se enciende de la luz que lo alienta.
En donde parece todo tristemente resuelto, la luz comienza a destellar.

En esa tumba, hogar de la muerte y de lo definitivo, habita la resignación.
Sin embargo, los ritos y signos mortuorios devienen inútiles. La vida vence a esa muerte que parecía total y concluyente.
La eternidad brota aún cuando el fin golpee con su cercanía.

Se trata de esta asombrosa vida de la Gracia.
Dios se abre paso a pesar de toda razón de olvido, contra toda lógica de abandono.
Porque es un Dios Emmanuel, un Dios con nosotros, un Dios Palabra que nos restaura el habla y la eternidad)

Paz y Bien

Extremos luminosos


San Esteban, Protomártir

Para el día de hoy (26/12/12):  
Evangelio según San Mateo 10, 17-22

(Entre el Evangelio para el día de ayer -Natividad del Señor- y para el día de hoy -San Esteban, protomártir-, se produce un contraste muy fuerte, una oscilación que contrapone la vida que se asoma en el Niño de Belén a la sangre brutalmente derramada de Esteban.

En realidad, esa contraposición es mera especulación, pues se trata de extremos de la misma luz, la Palabra.

La Palabra que se encarna en la humildad y pobreza de Jesús de Nazareth en Belén -trono de madre, cuna de animales-, tiene una relevancia tal para los corazones creyentes, que su contemplación compromete la totalidad de la existencia.

Ese compromiso es testimonio fiel aún en los momentos y situaciones más duras -martyrium-, testimonio del amor entrañable del Dios con nosotros que también es justicia, Dios de los pobres y de los que no cuentan.

En ese compromiso, la fidelidad mayor viene de parte de Dios.
Nadie, ninguno de los suyos ha de quedar librado a los azares de la brutalidad ni enmudecerá de temor.

Se trata del mismo amor, se trata de compartir y expandir la vida que se nos ofrece en Belén, aún cuando la sombra ominosa de las persecuciones y la violencia nos amenace la mirada)

Paz y Bien

Luz de las naciones



Natividad del Señor
 
Para el día de hoy (25/12/12):  
Evangelio según San Juan 1, 1-18
 
(Hoy como ayer, los Césares siguen de recuento, estadígrafos de cuerpos que tributarán a los poderes establecidos, cuerpos sin nombres pero que son contados por los poderosos de manera inexorable, censos para saber sobre quienes se gobierna y quienes están obligados a subordinarse a ese poder.

Esos Augustos y esos Cirinos efectúan proclamas grandilocuentes -pura carne mediática-, reafirmación permanente de ese poder que oprime, justificando brechas insalvables e injusticias enquistadas.

Extrañamente, el Dios del Universo hace otros conteos.
Su maravillosa noticia de Salvación se anuncia a los que nada significan, a los que no cuentan, a los sospechosos de siempre, a los despreciados que ni siquiera integran una estadística.
Pastores de ovejas nocturnas, compañeros de nuestras villas o favelas, marginados a los que se les racionaliza su exclusión con juiciosos argumentos.

Pero la vida viene pujando desde donde menos se la espera.
No hay otros tronos que la cuna maternal de una muchacha campesina, grávida de fé.
No hay otro palacio menos imponente que un refugio de animales, que se esconde al caer la noche.

Sin embargo, allí mismo titila una luz que no se apagará jamás, luz de las naciones, resplandor para todos los pueblos, liberación para todas las gentes.

Estamos, quizás, demasiado intoxicados de consumos e imágenes bucólicas.
Pero sigue sin haber un lugar en estas posadas que somos para que Dios nos nazca.

Dios es Palabra, y la Palabra acampa entre nosotros -Bebé Santo- para superar todo mutismo, para que recuperemos el habla extraviada, para volver a comunicarnos con ese Dios que resplandece en el hermano, en cada niño, en una vida que se asoma en pañales y se nos duerme en nuestros brazos.)

Paz y Bien
 

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