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Gracias María

Te doy gracias, María, por ser una mujer.

Gracias por haber sido mujer como mi madre,
y por haberlo sido en un tiempo
en el que ser mujer era como no ser nada.

Gracias porque cuando todos te consideraban una mujer de nada,
Tú fuiste todo,
todo lo que un ser humano puede ser y mucho más,
la plenitud del hombre,
una vida completa.

Gracias por haber sido una mujer libre y liberada,
la mujer más libre y liberada de toda la historia,
la única mujer liberada y libre de la historia,
porque fuiste la única no atada al pecado,
la única no uncida a la vulgaridad,
la única que nunca fue mediocre,
la única verdaderamente llena de Gracia y de Vida.

Gracias porque estuviste llena de gracia,
porque estabas llena de Vida,
estuviste llena de Vida
porque habías sido llenada de Gracia y de Vida.

Gracias porque supiste encontrar la libertad siendo esclava,
aceptando la única esclavitud que libera,
la esclavitud de Dios,
y nunca te enzarzaste en todas las otras esclavitudes que a nosotros nos atan.
Porque al llegar el ángel te atreviste
a preferir su misión a tu comodidad,
porque aceptaste tu misión,
sabiendo que era cuesta arriba,
una cuesta arriba que terminaba en un Calvario.

Gracias porque fuiste valiente,
gracias por no tener miedo,
gracias por fiarte del Dios que te estaba llenando,
del Dios que venía no a quitarte nada,
sino a hacerte más mujer.

Gracias por haber sido la mujer más entera que ha existido,
y gracias sobre todo
por haber sido la única mujer de toda la historia
que volvió entera a los brazos de Dios.

Gracias por seguir siendo Madre y mujer en el cielo,
por no cansarte de cuidar de tus hijos de ahora.

P. José Luis Martín Descalzo

Echa las redes

ECHA LAS REDES

Desde que Tú te fuiste
no hemos pescado nada.
Llevamos veinte siglos
echando inútilmente
las redes de la vida,
y entre sus mallas
sólo pescamos el vacío.
Vamos quemando horas
y el alma sigue seca.
Nos hemos vuelto estériles
lo mismo que una tierra
cubierta de cemento.
¿Estaremos ya muertos?
¿Desde hace cuántos años no nos hemos reído?
¿Quién recuerda la última vez que amamos?

Y una tarde Tú vuelves y nos dices:
«Echa la red a tu derecha,
atrévete de nuevo a confiar,
abre tu alma,
saca del viejo cofre
las nuevas ilusiones,
dale cuerda al corazón,
levántate y camina».
Y lo hacemos sólo por darte gusto.
Y, de repente, nuestras redes rebosan alegría,
nos resucita el gozo
y es tanto el peso de amor
que recogemos
que la red se nos rompe cargada
de ciento cincuenta esperanzas.
¡Ah, Tú, fecundador de almas: llégate a nuestra orilla,
camina sobre el agua
de nuestra indiferencia,
devuélvenos, Señor, a tu alegría

P. José Luis Martín Descalzo

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