Mostrando las entradas con la etiqueta Reflexiones. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Reflexiones. Mostrar todas las entradas

La voluntad de Dios




La voluntad de Dios es la que Cristo cumplió y enseñó. 
La humildad en la conducta, la firmeza en la fe, el respeto en las palabras, 
la rectitud en las acciones, la misericordia en las obras, 
la moderación en las costumbres; 
el no hacer agravio a los demás y tolerar los que nos hacen a nosotros, 
el conservar la paz con nuestros hermanos; 
el amar al Señor de todo corazón, 
amarlo en cuanto Padre, 
temerlo en cuanto Dios; 
el no anteponer nada a Cristo, ya que él nada antepuso a nosotros; 
el mantenernos inseparablemente unidos a su amor, 
el estar junto a su cruz con fortaleza y confianza; 
y, cuando está en juego su nombre y su honor, 
el mostrar en nuestras palabras la constancia de la fe que profesamos, 
en los tormentos la confianza con que luchamos 
y en la muerte la paciencia que nos obtiene la corona. 
Esto es querer ser coherederos de Cristo, 
esto es cumplir el precepto de Dios y la voluntad del Padre.

San Cipriano, obispo y mártir
Tratado sobre la Oración del Señor

Sábado Santo: un muerto peligroso, una tumba prestada



*Hoy la Iglesia, hasta la vigilia Pascual en la noche, permanece en silencio contemplando al Cristo muerto. Por eso no hay liturgia del día. Aún así, se propone la lectura del Evangelio según San Lucas 23, 50-56, para reflexionar y orar.*


Frente a la muerte nos involucramos en los ritos mortuorios de cada cultura que parecen querer ahondar el dolor, que acentúan lo luctuoso, las lágrimas, la desazón. No obstante y a pesar de todo ello, quizás el gravamen mayor esté en el regreso a la cotidianeidad, pues en el día a día nos duele la ausencia del ser querido.

El plato vacío, la silla sin usar, la voz que no se escucha, los gestos que no se ven, las ropas inútiles, un gran vacío que nada ni nadie llena. Y en nuestras costumbres teñidas de egoísmo, solemos valorar algo o alguien cuando lo perdemos, en injusto memorial. 
Hay otra cuestión psicológica, la culpa del sobreviviente. Porque él y yo nó, y cómo seguir viviendo ahora que nos hemos quedado tan solos.

Todo ello se debe haber vivido al tiempo de la muerte del Señor.

En el núcleo de la primera comunidad se había cosechado un traidor, porque traiciona aquél en quien se confía, aquél que está al lado, no un extraño, no un ajeno. Y los otros discípulos se habían dispersado con rapidez, ocultos por el miedo, demolidos de estupor por la muerte ignominiosa del Maestro.

Sólo permanecen con Él algunas mujeres, su Madre y otras pocas más. Por los criterios sociales y religiosos de su tiempo, mucho no pueden hacer precisamente porque son mujeres; sin embargo, en ellas permanece encendido un pequeño rescoldo de esperanza a pesar de estar anegadas por las lágrimas.

Para la Madre es durísimo. La naturaleza indica que son los hijos quienes deben sepultar a los padres, y nó a la inversa. Ella lo sintió crecer en las honduras de su seno, sangre de su sangre -seguro tenía sus mismos ojos-, lo vió crecer a sus tiempos y elevarse en Gracia, Madre, hermana y discípula.
Crucificado el Hijo, crucificada y doliente la Madre.
Él es inocente, príncipe de la paz, Hijo de Dios que ha pasado haciendo el bien. Con Él agonizan todos los inocentes de todos los tiempos, y Él muere para que nadie más sea crucificado.

Esas mujeres fieles en el dolor, preparan especies aromáticas y perfumes, para honrar al muerto amado, para hacer retroceder los hedores de la muerte, y quizás intuyéndolo a pesar del llanto germinan la esperanza en la promesa que Él les había hecho.

En momentos críticos, cuando todo parece derrumbarse alrededor, suelen surgir y hacerse presente personas que permanecen firmes en medio de las tormentas, nobles árboles que son refugio para los corazones en pena y desolación.
Por morir crucificado Cristo se vuelve un impuro absoluto y un maldito, indigno de ser sepultado con los hijos de Israel. Por ello le hubiera correspondido una fosa común, como si de un residuo miserable se tratara.
José de Arimatea y Nicodemo eran discípulos clandestinos del Señor; José lo defiende con valentía en su calidad de miembro del Sanedrín que lo condena -era paisano galileo también-. Nicodemo lo visitaba en la noche, ávido de la verdad que encontraba en el Maestro. 
Cuando todos se han dispersado de miedo, cuando las mujeres poco pueden hacer, ellos se hacen presentes, quizás porque a veces las cosas no han de ocultarse, han de decirse con voz clara y sin ambages, y así se presentan ante el pretor romano requiriendo el cuerpo del Maestro muerto.

La tumba es nueva, no ha sido habitada por la muerte, y es el símbolo de las primacías puras que sólo se ofrecen a Dios. Pero es señal de la pobreza elegida por el Maestro, pobre vive y pobre muere, tumba prestada.

Andan con prisas, porque los rigores del Shabbat están próximos.
Una piedra de peso inverosímil clausura el acceso y tiene la contundencia de la muerte.
Destinan un pelotón de soldados a vigilar la tumba: la excusa es que algunos partidarios de Jesús puedan robar el cuerpo, y argumentar que no ha muerto, que ha vuelto a la vida. Pero lo que no se dice y está allí, flotando en el ambiente, es que el Cristo yaciente es un muerto inquieto y peligroso. La presencia militar parece prolongar la violencia sufrida.

A pesar de la piedra pesadísima, a pesar de la guardia armada, a pesar de la noche demoledora y las lágrimas ciertas, hay que esperar y no rendirse ni resignarse aunque el trago sea muy amargo.
Aunque sea cosa de locos e insensatos, hay que seguir confiando en la vida.

Paz y Bien


La vida en pañales




LA VIDA EN PAÑALES

Un pañal es sólo un trozo de lienzo,

nacido de la magia del telar 

y las manos artesanas.

Nacido de un cruce de fibras: 

la urdimbre y la trama.

La línea horizontal 

que une los extremos de la vida.

La línea vertical 

que junta la tierra con el cielo.

Los pañales que blanquean la noche de Navidad

representan la afirmación más rotunda:

la esperanza es posible.

Por lo tanto, es necesario construirla,

teje como se teje un pañal,

juntando a los hombres entre sí

y juntando al hombre con Dios.


En una palabra, apostar a la Vida,

que está siempre en pañales.

Alejandro Mayol

Hasta siempre Chespirito


Roberto Gómez Bolaños - Chespirito
1929 - 2014


Dios te bendiga y te guarde, querido Roberto, vuelva a vos su Rostro y te colme de paz, de vida para siempre.
Y que bendiga a tu familia, a México, a todos nuestros pueblos y muy especialmente a todos nuestros chavitos.

Allí adonde vas, los que nos quedamos aquí tratando de ser buenos, algún día te seguiremos.

Paz y Bien

Ricardo

Hacedores de puentes

San Juan XXIII
San Juan Pablo II





Santo es el que vive con Dios, el que vive para siempre aún muriendo.

Hay muchísimos, todos frutos del infinito amor que Dios nos tiene. A muchos de ellos no los conocemos, pero están ahí en comunión orante. A algunos de ellos la Iglesia los eleva al honor de los altares como señal luminosa para el pueblo de Dios y para todos los pueblos, especialmente cuando se hacen presentes sombras y tinieblas, porque han vivido la fé, la esperanza y el amor hasta las últimas consecuencias y continúan siendo auxilio de estos peregrinos que somos.

Hoy es un día muy especial, Domingo de Misericordia, y domingo de júbilo para toda la Iglesia. Dos pontífices han sido reconocidos santos, San Juan XXIII y San Juan Pablo II. 
No es un dato menor: lejos de cualquier análisis, el término pontífice significa literalmente hacedor de puentes.
Ambos tendieron puentes entre la Iglesia y el mundo y, principalmente, entre los hombres, entre los pueblos, desde la compasión, desde la esperanza, desde la mansedumbre. Hombres fieles al amor sencillo y eterno de María de Nazareth, hombres que transparentan a Cristo mismo, Dios con nosotros, hombres inquietos de vida orante, hombres del Espíritu Santo.
Celebremos estas vidas que hoy recordamos y que se nos vuelven a ofrecer generosas e inclaudicables

Alabado sea Jesucristo!

Paz y Bien

Ricardo

  
San Juan Pablo II y el entonces padre arzobispo Jorge Mario Bergoglio SJ -Francisco PP- 
en ocasión de su creación cardenalicia, el 21/02/2001


Monseñor Romero, no te olvidamos

Monseñor Oscar Arnulfo Romero, arzobispo de San Salvador, mártir de El Salvador, de Latinoamérica y de toda la Iglesia.
24 de marzo de 1980 - 24 de marzo de 2014

No te olvidamos, y esta obligación sagrada de la memoria es impulso también para el compromiso con los pobres y por la justicia y la paz, la Buena Noticia de Cristo.

Tu vida entera ha sido un regalo inmenso para nuestra hermana El Salvador. Tu ofrenda generosa es luz para toda la Iglesia.

Los hombres buenos viven para siempre

Paz y Bien

Ricardo

Toda nuestra vida es un Adviento


TODA NUESTRA VIDA ES UN ADVIENTO
Han llegado las grandes lluvias sobre la tierra de nuestro sertâo y han empezado a nacer hermosos, el maíz y el arroz.

Ha llegado a nuestras celebraciones el Adviento, que es un tiempo de cuatro semanas en preparación de la 'Navidad. Va a nacer Jesucristo, el Salvador. Llega otra vez Navidad, el tiempo más hermoso del año. ¿Por qué celebramos el Adviento? ¿Por qué celebramos la Navidad?

Dios creó el mundo, con las estrellas y las plantas y los animales y puso en medio del mundo al hombre, para que el hombre fuese el celador y el rey de todo. Dios, que es Padre, quería tener muchos hijos felices como Él. Para eso creó los hombres.

Pero el hombre pecó y Dios y el hombre se distanciaron, como si fuesen enemigos. Dios, sin embargo, se mantuvo, terco, en su amor de Padre. Para Él las cosas no podían quedar así. Y prometió que enviaría el Mesías, el Salvador.

El antiguo pueblo de Dios, Israel, estuvo esperando ese Salvador durante 4 mil años, mucho tiempo. Esa espera es el Antiguo Testamento de la Biblia. Es todo aquel caminar que va desde Abraham hasta la Virgen, desde la esclavitud de Egipto hasta la Buena Nueva de Belén.

Y el Salvador llegó. Dios hecho hombre, hermano nuestro. Jesús, el Hijo de Dios hecho hijo de María, nacido en la noche de Navidad.

Así y todo, Él nacido hombre, Él muerto por los hombres, Él resucitado y vivo entre los hombres, todavía ha de ser esperado y buscado. En su busca caminamos aquí en la tierra, para encontrarnos con Él, para siempre, en el cielo. Por eso celebramos el Adviento. Por eso preparamos la Navidad.

Toda nuestra vida es "adviento": Dios está viniendo.

Él viene en su Palabra, en su Espíritu que nos da la fe, en los sacramentos de la Iglesia, en las luchas y alegrías de la vida, en cada uno de nuestros hermanos, sobre todo en los más pobres y sufridos.

Hay que saber esperar a Dios. Hay que saber buscar a Dios. Hay que saber descubrir a Dios.

Y mira que hay muchos que se cansan de esperar, porque la vida se ha puesto muy dura y los poderosos siempre aplastan al pueblo. Y hay muchos que no saben buscar a Dios día a día, en el trabajo, en casa, en la calle, en la lucha por los derechos de todos, en la oración, en la fiesta alegre de los hermanos unidos, e incluso más allá de la muerte. Hay muchos que no saben descubrir al Dios que se esconde en el Niño de Belén, en la lucha de la vida y en los hermanos más pobres.

Adviento es un tiempo muy bueno para aprender a esperar a Dios, para aprender a buscar a Dios, para aprender a descubrir a Dios.

El maíz y el arroz están naciendo, hermosos. Ha llegado el Adviento. Luego llegará la Navidad. Dios está llegando siempre. Abramos los ojos de la fe, abramos los brazos de la esperanza, abramos el corazón del amor. En ese Dios que siempre viene, os abraza vuestro hermano.

Dom Pedro Casaldáliga, cmf

Obispo Emérito de Sao Félix de Araguaia, Brasil

Malvinas: 1982 - 2 de abril - 2013

Estas líneas no responden a nacionalismos ni a chauvinismos fútiles, ni a reivindicaciones bélicas.
Porque la guerra -cualquier guerra, hasta las epopeyas de liberación e independencia- es menos que humana, saca a la superficie lo peor de todos, esa eficiencia en el arte de matar semejantes y que nada tiene que ver con el Evangelio.

Si queremos permanecer fieles a la verdad, hemos de decir las cosas como son. Aquí, una infame y macabra dictadura, que con tal de perpetuarse, sacrificaría las vidas que fueran necesarias. Del otro lado, el constante imperialismo respaldado por la Otan, un imperialismo que es estúpido y torpe, y que sólo se sostiene por la abrumadora peligrosidad de sus armas, la pax de sus cañones.

Y los soldados.

Ciertas lecturas han rotulado a nuestros soldados como pibes o muchachos de la guerra, y quizás sin quererlo, han minimizado la ofrenda inmensa que han realizado por la casa común que se nos ha regalado, esto que llamamos Patria dentro de la Patria Grande.

La memoria viva es honra obligada a los que dieron todo por los demás, por todos nosotros, aún en el espanto de la guerra, aún cuando quienes la iniciaron y los que la propugnaron tuvieran espurios intereses de poder y de negocios.

Nosotros siempre estamos volviendo.

Nuestra certeza de regreso se funda en esa memoria y en la confianza a ultranza en la justicia. 

Pero ante todo debemos honrar a los que cayeron en el sur, a los regresaron y escondimos, y los dejamos olvidados, librados a los dolores de sus cuerpos y al agobio de sus mentes.
Quizás el primer paso sea el cuidar a los que sufrieron tanto por tantos, a sus familias, a sus vidas truncadas.

No olvidamos, en paz y en libérrima esperanza.

Paz y Bien

Ricardo

1980 - 24 de marzo - 2013 - Oscar Arnulfo Romero


Un 24 de marzo de 1976, un golpe de Estado instauró en estas tierras argentinas una dictadura cívico-militar que, bajo diversos pretextos, se cobró la vida de más de 30.000 personas, haciendo de la tortura, los campos clandestinos de detención, la violencia de las armas desde el Estado y la desaparición de gentes lo usual y lo cotidiano, justificando estas infamantes e inhumanas aberraciones con la defensa de la seguridad nacional, de la civilización occidental y cristiana, de la lucha contra el comunismo, todas falacias que escondían el rostro infernal del odio.

Otro 24 de marzo, en 1980 en nuestra hermana El Salvador, el mismo odio se cobraba la vida del padre obispo Oscar Arnulfo Romero, pastor y hermano de San Salvador, santo mártir de nuestra Latinoamérica y renuevo frutal de la Iglesia.

Su voz de profeta no podrá jamás ser acallada ni con todas las balas del mundo, su voz permanece viva y joven en estos pueblos que, a pesar de tantos sufrimientos, se saben benditos por su Pascua.

Que este día sea para nosotros de fructífera reflexión, de memoria viva y de gratitud aunque el dolor se quiera hacer presente.

Los hombres buenos viven para siempre

Paz y Bien

Ricardo
 


Un testimonio menor acerca Francisco


Estas tierras, junto con Latinoamérica -y toda la Iglesia también- han sido benditas con un nuevo pontífice.

Jorge Mario, Cardenal Bergoglio S.J., arzobispo de Buenos Aires, ha sido elegido sucesor de Benedicto XVI, y ha tomado el nombre de Francisco para su pontificado. Todo un signo llevar el nombre del hermanito de Asís.

Quien suscribe lo ha conocido.

Lo he visto caminando como un vecino más por estas calles porteñas, con su viejo traje negro raído, como un vecino más, tomando el subterráneo o el colectivo -el metro o el bus-.
Lo he visto entre los pobres, dando la bendición y compartiendo penas y alegrías como un hermano en los barrios más humildes y necesitados de la ciudad, sin miedos y sin temor a embarrarse.
Lo he visto despedir a un amigo, el padre Rodolfo, rodeado de la gente que nadie quiere ver, los invisibles, los olvidados, los que no cuentan.
Lo escuché hablar con voz clara y sin ambages de justicia, de solidaridad, de verdad, aún cuando ha sido blanco de críticas tormentosas e intrigas políticas menores.

Es un  hombre sencillo y humilde con un corazón grande y una voluntad de hierro.
Dios nos ha bendecido.

Paz y Bien

Ricardo

Carlos Mugica: el deber de la memoria

Eran las 20.15 hs, era un 11de mayo, era el año 1974.

Recién había celebrado misa, recién había compartido con la comunidad el pan de la Palabra y el pan de Vida.

Lo estaban esperando a la salida del templo -parroquia San Francisco Solano-. Desde hace un tiempo lo venían buscando.
La fidelidad al Evangelio y el amor por los pobres son peligrosos para los poderosos que pretenden imponerse mediante fuerza brutal.
Y un ametralladora canta su canto de odio, balas en su pecho, impactos por la espalda. Justo a él, que repudiaba toda violencia, que jamás escondió su rostro, manso como el Maestro al que descubría a diario en los rostros de nuestros hermanos más pobres.

Ese Cristo le dolía, ese Cristo le partía el alma, ese Cristo lo movilizaba, para ese Cristo oprimido y sufriente vivía, por ese Cristo se ofrendaba a diario, por ese Cristo entregaría su vida sin dudar.

Nosotros, a 38 años de su martirio tenemos el deber y la obligación de la memoria.
Una Iglesia que reniega del memorial de sus mártires es una Iglesia que desprecia al Espíritu Santo que los anima e impulsa.

Con el horror -siempre presente- y el estupor que nos producen aquellos que creen que matando se acalla la música de la Buena Noticia, desde la oración y el silencio hoy volvemos a agradecer la vida y el testimonio del padre Carlos, y está muy bien sentirnos incómodos, cuestionados en nuestro amor tantas veces ausente. Los hombres y las mujeres como él nunca se van del todo.

Antes bien, se van para quedarse más vivos y plenos que nunca en el corazón del pueblo.

Padre Carlos Francisco Sergio Mugica Echagüe, el padre Carlos Mugica, sacerdote de la Arquidiócesis de Buenos Aires, mártir y hermano nuestro.

Paz y Bien

Ricardo

24 de marzo, el mismo odio, la misma Patria, la única luz

Para muchos de nosotros al sur de estas tierras latinoamericanas, el día 24 de marzo tiene un significado muy especial y es un decidido llamado a la memoria y a la reflexión.
Es que un 24 de marzo de 1976, ya inmersos en un torbellino de violencia fratricida, hubo algunos que decidieron erigirse en salvadores de la nación, genuinos defensores de un pretenso mundo occidental y cristiano y desde el mismo Estado brindaron una prolífica y planificada dispensa de violencia, de torturas, de terror, de robo de identidad, de niños tomados como trofeos de guerra.

Ellos ejercían ese poder omnímodo que supone eliminar y suprimir -desaparecer- a quien no piensa como ellos, al que se opone a sus dictados aún cuando sea desde la mansedumbre del Evangelio.
Es que vivir con fidelidad y de acuerdo a la Buena Noticia es volverse para estas gentes peligrosamente subversivo.

Estas supuestas virtudes de odio e intolerancia no han sido exclusivas de esta Argentina que nos cobija. Ha sido una estrategia mortal cuidadosamente planificada en estas tierras latinoamericanas que tanto amamos y que, a menudo, tanto nos duelen.

Otro 24 de marzo, pero de 1980, otros personeros del mismo odio pretendieron acallar la verdad y suprimir la justicia arrebatando con sus armas la vida de nuestro hermano Oscar Arnulfo Romero, Arzobispo de San Salvador.
En su voz vibraba el deseo eterno de liberación de ese Dios que nos ama sin límites, Padre de la plenitud y la vida que reconoce a los suyos cuando se auxilia al caído, cuando se sacia el hambre, cuando se visita al enfermo, cuando los pobres recuperan palabra y derechos.

Pero es claro que la verdad y el compromiso del Padre Obispo Romero -San Romero de América para nuestros pueblos- implicaba una amenaza grave para los poderosos e intolerantes de siempre, los mismos que hoy -con otros modos- hambrean a millones, los que ejercen la torpe y peligrosa violencia armada del imperialismo, los que reniegan de sus hermanos excluidos.

Debería ser un día luctuoso, de rictus amargo y duelo.
Pero esa luz que se ha encendido en nuestra hermana El Salvador no se apagará jamas, iluminando con el amor de la ofrenda a todos estos pueblos al sur del Río Bravo y a toda la Iglesia.
Muchas hermanas y hermanos nuestros han ofrecido sus vidas en el martirio, y otros tantos se sacrifican a diario en humildad y silencio, al servicio de los más pobres y pequeños.

Esa luz nunca se apagará, es el signo cierto de Dios con nosotros.

Paz y Bien


Cuaresma es


Es atreverse al desierto, animarse a desinstalarse de las falsas seguridades a las que solemos aferrarnos, jugarse la vida en las manos bondadosas de Aquél que nunca nos abandona.

Es despojarse de esas esperanzas derrotadas y de los sueños resignados, en el ilógico coraje de la Gracia que nos impulsa más allá de nuestra mirada escasa porque hay más, siempre hay más.

Es rehacernos en los afanes de reconstruir nuestras iglesias olvidadas que son cada mujer y cada hombre, templos vivos del Dios de la Vida.

Es privarse de alimentos para que, al menos, un hermano no pase hambre, pero también abstenerse de tantas cosas que nos engordan el alma para volver a andar insoportablemente hambrientos de paz y justicia.

Es cargar al hombro el dolor que nos agobia, la tristeza por los que no están, la soledad y el abandono que nos golpea, las ofensas y los destratos, es no esconderse y poner el cuerpo porque no es todo, no es lo único, no es final, porque no hay cruces que nuestras espaldas no puedan soportar y porque inevitablemente nos saldrá al encuentro algún Cireneo solidario del auxilio y el milagro. No caminamos solos en nuestros pesares.

Es tomar la irrevocable decisión de morirse, morirse de una buena vez a tanto egoísmo, a tantas ansias de poderes mezquinos y figuraciones banales, morir al rictus acartonado y falsario, morir a la pura exterioridad, morir a ese dios que solemos dibujar para nuestras conveniencias banales, morirnos a todo lo superfluo, morir de una vez o gota a gota para que otro viva, vidas que se hagan ofrendas humildes y silenciosas, pasos descalzos de estos esclavos que somos y que confían -contra toda razón- en que la muerte no tiene la última palabra.

Es tiempo de regreso, de tantas ausencias, reencuentro con el hermano y con Dios.

Paz y Bien

Ricardo

El Dios que predicamos



Así, me imagino que pensó Jesús:

¿Que Dios predicaré? Le ofrecen tantos dioses a este pueblo. Está el dios de los sacrificios, aquél que aman los sacerdotes del Templo, un dios siempre sediento de sangre. Un dios que si no ve sangre no está satisfecho. Un dios siempre ofendido al que hay que calmar a precio de vidas. Carneros, corderos y palomas tienen que ofrendar su vida para calmar las afrentas cotidianas. Rezos y ofrendas para aplacar su enojo. Pero mi Dios es el Dios creador de la vida, el que puso vida en toda sangre. El que se dolió cuando supo de la sangre de Abel clamando desde la tierra, pero no por eso pidió la sangre de Caín, sino que le dio señal de vida sobre su frente, para que no fuera muerto. No fue ese dios sanguinario el que habló por el profeta Isaías: yo no iré sus oraciones porque tienen las manos llenas de sangre. Ese dios de los altares solemnes no es el Dios de Amós, porque el Dios de justicia no habita en Betel ni Gilgal, dijo el profeta. No es el Dios de Oseas, porque el Dios de Oseas pide misericordia en lugar de sacrificio. Tampoco será el mío. No será mi Dios el dios sacrificial de los sacerdotes.

¿Que Dios predicaré? Le ofrecen tantos dioses a este pueblo. Está el dios de la pureza, aquél que aman los fariseos, un dios siempre atento y vigilante al detalle de la ley. Un dios del rigor insensible, de la exigencia permanente, de la discriminación artera. Con ese dios habría sido expulsada la mujer de Moisés por ser cusita, y no hebrea, como querían Aarón y Myriam. Pero Dios prefirió el amor de Moisés a la pureza de la raza de Leví. Ay de los que aman la pureza de la raza incontaminada y los platos y vasos limpios, de las manos lavadas, pero no ven que esos platos están vacíos porque no hay alimento, y las manos llagadas por el trabajo explotador. El Reino de mi Dios viene con justicia más que con pureza. No será mi Dios el dios riguroso de los legalistas.

¿Que Dios predicaré? Le ofrecen tantos dioses a este pueblo. Está el Dios de los violentos, aquél que aman los sectarios, un dios siempre pendiente de la guerra. Hijos de la Luz contra hijos de las tinieblas, batallas terrenales y batallas celestiales, espadas refulgentes y gritos de venganza, plazas sitiadas y campos de exterminio, los míos y los demás, Israel contra el mundo. Se equivocan ellos tanto como los del Imperio; aunque los romanos siempre están listos para la guerra, la paz no viene de la guerra. Lo dice el salmista, la paz se besa con la justicia, la paz es fruto de la justicia. Sin duda la guerra está, y seguirá levantándose nación contra nación, pero ese no es el fin que Dios anhela, no nos hizo para ello. No para el dolor y la lágrima, no para la herida y el despojo. Habrá disensos, los habrá; habrá conflictos, los habrá. Mas mi tarea es salvar, no condenar; curar, no herir; rescatar, no despojar. Mi Dios es el que recoge al caído, el que consuela al dolido, el que anuncia vida. No será mi Dios el belicoso dios de los sectarios.

¿Que Dios predicaré? Le ofrecen tantos dioses a este pueblo. Está el Dios de los resignados, aquél que ama el dolor y la tragedia, un dios que le pone mérito al sufrimiento. Ese dios inmutable, siempre pasivo, distante. El dios del ayuno y el cilicio, que solo se fija en la solemnidad de los solemnes, en la parquedad de los sentimientos, en la mesura de los ritos. Sin desbordes ni excesos, sin tiempos de pasión ni momentos de expansión. Un dios incapaz del gozo, incapaz de la fiesta. Pero mi Dios siente y ama, se alegra y se enoja, busca al pobre para darle esperanza de una buena noticia, al ciego para que vea, al oprimido para liberarlo. Un Dios que altera los tiempos, que desafía las rutinas, que nos sorprende con lo inesperado, que nos creó para la compañía, el placer y alegría. Será mi Dios el que sabe caminar con gozo en medio de su pueblo, para alentar la esperanza. No, no será mi dios el dios resignado de los que viven pendientes del ritual y la repetición.

¿Que Dios predicaré? Le ofrecen tantos dioses a este pueblo. Está el Dios de los acaparadores, aquél que aman los prósperos, un dios siempre ávido de riquezas, que bendice a los que acumulan, que hace que los ricos rían en su abundancia y los pobres lloren su miseria. El dios del negocio mezquino, que cambia ofrendas por dádivas materiales, sumisión por bienes, que regala antojadizamente herencias inmerecidas y escamotea los favores a los miserables. Pero mi dios es el que inundó el mundo de bienes para todos, que quiere repartir una y otra vez, porque suyas son la tierra y la vida, y a todos las da. La acumulación en los graneros no liberará del juicio; no es menos pecado el que roba en un préstamo que quien lo hace con un arma. Mi Dios reparte y da a quien le falta, y espera que todos hagan lo mismo. Será mi Dios aquél Dios que liberó al esclavo y se acuerda de la viuda y el huérfano, del pobre y el extranjero. No, no será mi dios el dios que confunde riqueza con bendición, el de los que acumulan para el día del juicio.

¿Que Dios predicaré? Le ofrecen tantos dioses a este pueblo. Está el dios de los soberbios, aquél que adoran los que viven del orgullo de la raza, el que justifica el prejuicio, el que se regodea en prosapias y diplomas, en escudos y prestigios, el de los abolengos largos, el que mira con desprecio al hombre común, a la mujer de pueblo, al pobre y al extranjero. Pero mi Dios se mezcla con su pueblo, sabe de los sinsabores del excluido, de la labor del labriego, del esfuerzo del humilde. Es el Dios, no de los sabihondos de la doctrina sino el de los sabios de la parábola cotidiana, de la oración escondida, del que no tiene otro blasón que su fe. Es el Dios que hace pueblo de los que no eran pueblo. No es el dios de los que creen que creer autoriza privilegios, que la religión merece prebendas, que nunca se pueden equivocar porque están sentados en sillas altas y los confundidos le rinden pleitesía. No es el dios de los dueños de la verdad, de los que no necesitan escuchar a los otros, los que emiten dogmas incambiables, como si dios mismo no se aviniera a escuchar y dialogar con los hombres, como lo hizo con Moisés, como negoció con Abrahán. Mi Dios está dispuesto a escuchar al sincero que duda, a cambiar castigo por bienaventuranza frente al arrepentido, el que mira con amor al humilde, más se aleja del altivo. No, no será mi dios el dios que da condecoraciones que dividen, el que regala oropeles a cambio de adulación.

¿Que Dios predicaré? Le ofrecen tantos dioses a este pueblo. Está el Dios de los miedosos, aquél que aman los asustados que dejan que el temor les organice la vida. O, por el contrario, el de los bravucones que se llevan todo por delante. Y el otro dios, el de los precavidos que miden todo para no perder. Mi dios es el dios que da y pide confianza: ni miedos que encierran, ni precauciones paralizantes, ni atropelladores que esconden su desmesura en la intemperancia, la otra cara del mismo desamor. Es mi Dios aquél que inspira la fe que sostiene en el tiempo la fuerza para vivir, la perseverancia para seguir, la paciencia que no renuncia frente al contratiempo, que sostiene la mirada en el horizonte, que camina sobre el agua aun en medio de la tormenta, que ama en medio del terror que crucifica. No será mi dios el dios de los cultores del temor, pero tampoco el de los temerarios enceguecidos, ni el de los precavidos que no se atreven, ni siquiera el del cálculo del justo medio de la valentía. Será mi Dios el Dios de la confianza, el que permite marchar hacia adelante hacia el Reino, aquél a quien puedo llamar “padre” porque me ama, “madre” porque me cuida, el que rescata, el que me alegra, el que da vida. Es el Dios de todo amor. Ese Dios anunciaré.

Pastor Néstor Míguez
Iglesia Evangélica Metodista Argentina

Malvinas, el regreso inevitable


Este día es muy caro a nuestros afectos.
Es un día de amores, como ha de ser todos aquellos días de los que alguna vez reivindicamos desde el corazón la casa que se nos ha dado, que llamamos Patria y que sabemos Matria también.

No se trata de reivindicar lo espantoso e inhumano de la guerra, pero sí la ofrenda generosa de una vida que se entrega por los demás.
No es sólo cuestión de derecho, justicia e historia, sino también de que hay una parte de nosotros mismos que nos ha sido desgarrada, y que detrás de afirmaciones de soberanía hay profundas convicciones de hogar.

Han de saberlo nuestros hermanos enemigos: el imperialismo en su crueldad en el fondo sólo puede sostenerse por la imposición de la fuerza. Por eso mismo se vuelve torpe y estúpidamente peligroso en las armas que se sustenta y en el poder que detenta.

Pero nuestro regreso es inevitable.
No es arrogancia romántica o ilusoria.
Es cuestión de amores que perdura y prevalece más allá de cualquier otra razón.

Algunos de nosotros hacemos silencio, afirmándonos en esta creencia, recordando a nuestros padres, hijos y hermanos y nos afirmamos en la esperanza.

Paz y Bien

Ricardo

LA HERMANITA PERDIDA

(Atahualpa Yupanqui/Ariel Ramírez)

De la mañana a la noche,
de la noche a la mañana,
en grandes olas azules
y encajes de espuma blanca,
te va llegando el saludo
permanente de la Patria.

Ay, hermanita perdida.
Hermanita, vuelve a casa.

Amarillentos papeles
te pintan con otra laya.
Pero son veinte millones
que te llamamos: hermana ...
Sobre las aguas australes
planean gaviotas blancas.
Dura piedra enternecida
por la sagrada esperanza.

Ay, hermanita perdida.
Hermanita, vuelve a casa.

Malvinas, tierra cautiva,
de un rubio tiempo pirata.
Patagonia te suspira.
Toda la Pampa te llama.
Seguirán las mil banderas
del mar, azules y blancas,
pero queremos ver una
sobre tus piedras, clavada.
Para llenarte de criollos.
Para curtirte la cara
hasta que logres el gesto
tradicional de la Patria.

Ay, hermanita perdida.
Hermanita, vuelve a casa.

aquí puede escucharse:

Monseñor Romero, Iglesia y profecía

La Iglesia no puede callar ante esas injusticias
del orden económico, del orden político, del orden social.
Si callara, la Iglesia sería cómplice con el que se margina
y duerme un conformismo enfermizo, pecaminoso,
o con el que se aprovecha de ese adormecimiento del pueblo
para abusar y acaparar económicamente, políticamente,
y marginar una inmensa mayoría del pueblo.
Esta es la voz de la Iglesia, hermanos.
Y mientras no se le deje libertad de clamar estas verdades
de su Evangelio, hay persecución.
Y se trata de cosas sustanciales, no de cosas de poca importancia.
Es cuestión de vida o muerte para el reino de Dios en esta tierra.

Monseñor Oscar Arnulfo Romero, Arzobispo de San Salvador y mártir
homilía del 24/07/1977

Seamos constructores de esperanza y paz...


"... seamos constructores de esperanza y de paz.

No importa si algunos no entienden o no quieren entender.
Queremos construir con el evangelio de Cristo.
No necesitamos recurrir a otra cosa
ni renunciamos a la de este Señor por otras doctrinas
que no tengan en él su fundamento.

Si viviésemos en serio el evangelio no sufriríamos lo que estamos sufriendo hoy. El Cristo, el evangelio, la Iglesia de los padres apostólicos, son los mismos de nuestra Iglesia diocesana y de la Iglesia contemporánea. Los fundamentos y las razones por los cuales sufrieron los mártires del Imperio romano son los mismos por los cuales muchos sufren hoy el martirio físico y moral.

En el fondo, está en juego el egoísmo contra el amor y la justicia. La hora que vivimos nos exige tomar mayor conciencia de nuestra responsabilidad como cristianos. Hoy se nos prueba como en los primeros siglos; se prueba a todo hombre que busca ser recto, limpio de corazón, servidor de sus hermanos.

El discípulo no puede ser mayor que su maestro, nos lo dice el mismo Cristo. Debemos cargar la cruz, no sólo materialmente, sino la cruz que exige ser consecuentes con su evangelio. Hemos de conocerlo bien; hemos de penetrarlo bien; tenemos que vivirlo en santidad y justicia de vida. Los injustos, los que odian, los que desprecian a cualquier hombre, los que hacen un ídolo del placer desenfrenado, del dinero y del poder indebido, aunque se confiesen cristianos, no lo son; o peor, son renegados de su fe.

Porque el cristianismo se edifica sobre un hombre recto, aunque sea débil; para eso nos da el Señor la fortaleza de la vida divina. Hermanos, aunque tengamos que sufrir muchas de estas situaciones no perdamos la paz interior, la esperanza, el coraje ni el gusto por la vida, como don de Dios..."

R.P.Enrique Angellelli

Obispo y Mártir

Homilía en la Misa radial del 29 de febrero de 1976

La Vida en pañales


Un pañal es sólo un trozo de lienzo,
nacido de la magia del telar y las manos artesanas.
Nacido de un cruce de fibras: la urdimbre y la trama.
La línea horizontal que une los extremos de la vida.
La línea vertical que junta la tierra con el cielo.
Los pañales que blanquean la noche de Navidad
representan la afirmación más rotunda:
la esperanza es posible.
Por lo tanto, es necesario construirla,
teje como se teje un pañal,
juntando a los hombres entre sí
y juntndo al hombre con Dios.
En una palabra, apostar a la Vida,
que está siempre en pañales.

Alejandro Mayol

Apuntes de Adviento


El Adviento es horizonte, meta que se entreve a lo lejos y que nos anima el andar.
Un horizonte que se nos vá dibujando en el cielo límpido de la Misericordia.

Se nos tiene que encender justiciera y mansa nuestra esperanza.
Una estrella amiga nos susurra que en el bienaventurado y sospechoso embarazo de una muchachita judía están todas las repuestas, y mejor aún, las preguntas que nunca nos atrevimos a hacer/nos.

Imperceptible al comienzo y sin embargo creciente, a medida que nos acercamos vamos escuchando una música que nos estremece, y el corazón nos baila, y enronquecemos de tan fuertes que son las ganas de cantar que nos ensanchan el pecho.

-parece que en ese horizonte hay una urdimbre extraña, tejida por Dios y la humanidad. Conjunción de Dios y pañales, de eternidad y leche, de infinito y bebé acunado en brazos de su Madre-

Es claro que ese horizonte es ilusorio para mentes serias, racionales y adultas.
Es cosa de niños: depositamos nuestras esperanzas en esa ignota muchacha de pueblo escondido, sabiendo que en sus entrañas viene creciéndonos la Salvación.

Sin dudas, es un tiempo extraño: es tiempo de Dios y también tiempo del hombre, era en la que el Creador decide hacerse creatura, frágil, anónimo, débil, poco glorioso a nuestras medidas.

Si esto que llamamos Adviento es peregrinar, tal vez sea también tiempo de desandar los pasos inciertos de aferrarnos a lo que Él no ha elegido.
Porque la Salvación es don de Dios que viene desde un Niño, por ternura de mujer, y deliberada y abiertamente elige a los pobres e indefensos para manifestarse.

Por ello mismo ya se han puesto en camino los innominados pastores de todos los tiempos, temerosos y confiados, yendo al encuentro de esa vida que se les ofrece especialmente a ellos, que florece entre ellos y que amanece toda la historia desde ellos.

Habrá que animarse a caminar con ellos para que la alegría no tenga fin.

Paz y Bien
Ricardo

Malvinas, desde el silencio y la memoria


Hoy, 2 de abril, es una fecha muy cara a nuestros corazones argentinos.
Pero este año es especial: coincide con el recuerdo de la Pasión de Jesús.
Es un día de silencio, meditación y oración.

No se trata de reivindicar la guerra: se trata de honrar a los que murieron para que otros vivan, de recordar siempre a los que casi niños fueron a proteger esta casa común.

Se trata de reafirmar contra toda lógica y contra todo discurso que no hay nada más valioso que una vida.

Se trata de ejercer la memoria, y desde allí construir justicia, hermana de la verdad y la paz.

Allí donde debería haber escuelas y plazas, y banderas color cielo, hoy hay hombres armados.
Allí donde debería haber reconciliación y respeto, sólo se escuchan bravatas propias del imperialismo, insultos plenos de prepotencia.

Sin embargo, y a pesar de todo y de todos, no diremos el conocido Volveremos.
Nosotros estamos volviendo siempre, de manera inevitable... nuestros hijos, hermanos, padres están allí.

En este día de silencio, oramos por los nuestros.
Por los que dejaron su vida, por los que volvieron quebrados en sus almas y mutilados en su cuerpos, por todos los que se quiso esconder y relegar con gran malicia y sin vergüenza al olvido.
Y oramos también por el enemigo.
Jesús no espera menos de nosotros.

Con el corazón en llanto silencioso, nosotros nunca olvidaremos.

Paz y Bien

Ricardo

ir arriba