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Beato Oscar Arnulfo Romero Galdamez, obispo y mártir




Recién ha acontecido un milagro.

Un pastor y hermano nuestro, Oscar Arnulfo Romero, reconocido por la comunidad cristiana como obispo y mártir, ha sido proclamado Beato, modelo de vida cristiana para ser recordado e imitado. 
Vivió las virtudes cristianas en grado heroico.

Buen Pastor que dá la vida por su rebaño, el amor mayor. Buen Pastor con un persistente aroma a ovejas. 

Muchos lo venerábamos en el altar primero del corazón. Pero es una ofrenda grande que la Iglesia universal lo reconozca. A pesar de todo el dolor y de todos los horrores, la sangre de los mártires fecunda y florece el árbol de la Iglesia.

Padre de los pobres, mensajero de paz y justicia, Romero de El Salvador y de América, con temor y temblor ante la certeza de la bendición de Dios, nos aferramos a tu voz clara que no se apaga, que sigue siendo fuerte y veraz.

Hay quienes, aunque mueran, no se van del todo. Permanecen para siempre, viven con Dios y en el afecto de su pueblo.

Dios bendice a nuestra hermana El Salvador, a toda Latinoamérica, a toda la Iglesia.

Gloria a Dios.

Paz y Bien

Ricardo





Monseñor Romero, no te olvidamos

Monseñor Oscar Arnulfo Romero, arzobispo de San Salvador, mártir de El Salvador, de Latinoamérica y de toda la Iglesia.
24 de marzo de 1980 - 24 de marzo de 2014

No te olvidamos, y esta obligación sagrada de la memoria es impulso también para el compromiso con los pobres y por la justicia y la paz, la Buena Noticia de Cristo.

Tu vida entera ha sido un regalo inmenso para nuestra hermana El Salvador. Tu ofrenda generosa es luz para toda la Iglesia.

Los hombres buenos viven para siempre

Paz y Bien

Ricardo

1980 - 24 de marzo - 2013 - Oscar Arnulfo Romero


Un 24 de marzo de 1976, un golpe de Estado instauró en estas tierras argentinas una dictadura cívico-militar que, bajo diversos pretextos, se cobró la vida de más de 30.000 personas, haciendo de la tortura, los campos clandestinos de detención, la violencia de las armas desde el Estado y la desaparición de gentes lo usual y lo cotidiano, justificando estas infamantes e inhumanas aberraciones con la defensa de la seguridad nacional, de la civilización occidental y cristiana, de la lucha contra el comunismo, todas falacias que escondían el rostro infernal del odio.

Otro 24 de marzo, en 1980 en nuestra hermana El Salvador, el mismo odio se cobraba la vida del padre obispo Oscar Arnulfo Romero, pastor y hermano de San Salvador, santo mártir de nuestra Latinoamérica y renuevo frutal de la Iglesia.

Su voz de profeta no podrá jamás ser acallada ni con todas las balas del mundo, su voz permanece viva y joven en estos pueblos que, a pesar de tantos sufrimientos, se saben benditos por su Pascua.

Que este día sea para nosotros de fructífera reflexión, de memoria viva y de gratitud aunque el dolor se quiera hacer presente.

Los hombres buenos viven para siempre

Paz y Bien

Ricardo
 


24 de marzo, el mismo odio, la misma Patria, la única luz

Para muchos de nosotros al sur de estas tierras latinoamericanas, el día 24 de marzo tiene un significado muy especial y es un decidido llamado a la memoria y a la reflexión.
Es que un 24 de marzo de 1976, ya inmersos en un torbellino de violencia fratricida, hubo algunos que decidieron erigirse en salvadores de la nación, genuinos defensores de un pretenso mundo occidental y cristiano y desde el mismo Estado brindaron una prolífica y planificada dispensa de violencia, de torturas, de terror, de robo de identidad, de niños tomados como trofeos de guerra.

Ellos ejercían ese poder omnímodo que supone eliminar y suprimir -desaparecer- a quien no piensa como ellos, al que se opone a sus dictados aún cuando sea desde la mansedumbre del Evangelio.
Es que vivir con fidelidad y de acuerdo a la Buena Noticia es volverse para estas gentes peligrosamente subversivo.

Estas supuestas virtudes de odio e intolerancia no han sido exclusivas de esta Argentina que nos cobija. Ha sido una estrategia mortal cuidadosamente planificada en estas tierras latinoamericanas que tanto amamos y que, a menudo, tanto nos duelen.

Otro 24 de marzo, pero de 1980, otros personeros del mismo odio pretendieron acallar la verdad y suprimir la justicia arrebatando con sus armas la vida de nuestro hermano Oscar Arnulfo Romero, Arzobispo de San Salvador.
En su voz vibraba el deseo eterno de liberación de ese Dios que nos ama sin límites, Padre de la plenitud y la vida que reconoce a los suyos cuando se auxilia al caído, cuando se sacia el hambre, cuando se visita al enfermo, cuando los pobres recuperan palabra y derechos.

Pero es claro que la verdad y el compromiso del Padre Obispo Romero -San Romero de América para nuestros pueblos- implicaba una amenaza grave para los poderosos e intolerantes de siempre, los mismos que hoy -con otros modos- hambrean a millones, los que ejercen la torpe y peligrosa violencia armada del imperialismo, los que reniegan de sus hermanos excluidos.

Debería ser un día luctuoso, de rictus amargo y duelo.
Pero esa luz que se ha encendido en nuestra hermana El Salvador no se apagará jamas, iluminando con el amor de la ofrenda a todos estos pueblos al sur del Río Bravo y a toda la Iglesia.
Muchas hermanas y hermanos nuestros han ofrecido sus vidas en el martirio, y otros tantos se sacrifican a diario en humildad y silencio, al servicio de los más pobres y pequeños.

Esa luz nunca se apagará, es el signo cierto de Dios con nosotros.

Paz y Bien


Monseñor Romero, Iglesia y profecía

La Iglesia no puede callar ante esas injusticias
del orden económico, del orden político, del orden social.
Si callara, la Iglesia sería cómplice con el que se margina
y duerme un conformismo enfermizo, pecaminoso,
o con el que se aprovecha de ese adormecimiento del pueblo
para abusar y acaparar económicamente, políticamente,
y marginar una inmensa mayoría del pueblo.
Esta es la voz de la Iglesia, hermanos.
Y mientras no se le deje libertad de clamar estas verdades
de su Evangelio, hay persecución.
Y se trata de cosas sustanciales, no de cosas de poca importancia.
Es cuestión de vida o muerte para el reino de Dios en esta tierra.

Monseñor Oscar Arnulfo Romero, Arzobispo de San Salvador y mártir
homilía del 24/07/1977

Monseñor Oscar Arnulfo Romero, a 30 años de su martirio


Sucedió en la capilla de Hospitalito, en la celebración de la Eucaristía.

No podía ser de otro modo: al igual que su Maestro, Oscar Arnulfo Romero y Galdamez - arzobispo de San Salvador- en el Ofertorio ofrendaba su vida por sus amigos, por su amado pueblo salvadoreño.

Era un 24 de marzo de 1980 -para nosotros los argentinos, los días 24 de marzo tienen también un significado muy especial-.

Es preciso resistir la inveterada tentación de quedarse en lo luctuoso, en la acentuación del crimen.
Aún con la tristeza y el espanto que puedan asaltarnos, debemos recuperarnos en la esperanza que germina desde un amor tan grande.
Con nuestros hermanos salvadoreños, con los hermanos de esta Patria Grande latinoamericana y con toda la Iglesia, agradecemos a Dios la gracia de su voz de profeta que nos anima a no cejar jamás en la mansa búsqueda de la justicia, en la edificación de la paz y en descubrir el rostro de Cristo que resplandece en los más pobres.

El padre obispo Romero ha sido, es y será una Gracia de Dios para todos nosotros.

En este día de recuerdo y gratitud, mucho mejor que esta torpes palabras es una poesía de Dom Pedro Casaldáliga

Paz y Bien

Ricardo


San Romero de América, Pastor y Mártir nuestro

El ángel del Señor anunció en la víspera...

El corazón de El Salvador marcaba
24 de marzo y de agonía.
Tú ofrecías el Pan,
el Cuerpo Vivo
-el triturado cuerpo de tu Pueblo;
Su derramada Sangre victoriosa
-¡la sangre campesina de tu Pueblo en masacre
que ha de teñir en vinos de alegría la aurora conjurada!

El ángel del Señor anunció en la víspera,
y el Verbo se hizo muerte, otra vez, en tu muerte;
como se hace muerte, cada día, en la carne desnuda de tu Pueblo.

¡Y se hizo vida nueva
en nuestra vieja Iglesia!

Estamos otra vez en pie de testimonio,
¡San Romero de América, pastor y mártir nuestro!
Romero de la paz casi imposible en esta tierra en guerra.
Romero en flor morada de la esperanza incólume de todo el Continente.
Romero de la Pascua latinoamericana.
Pobre pastor glorioso, asesinado a sueldo, a dólar, a divisa.

Como Jesús, por orden del Imperio.
¡Pobre pastor glorioso,
abandonado
por tus propios hermanos de báculo y de Mesa...!
(Las curias no podían entenderte:
ninguna sinagoga bien montada puede entender a Cristo).

Tu pobrería sí te acompañaba,
en desespero fiel,
pasto y rebaño, a un tiempo, de tu misión profética.
El Pueblo te hizo santo.
La hora de tu Pueblo te consagró en el kairós.
Los pobres te enseñaron a leer el Evangelio.

Como un hermano herido por tanta muerte hermana,
tú sabías llorar, solo, en el Huerto.
Sabías tener miedo, como un hombre en combate.
¡Pero sabías dar a tu palabra, libre, su timbre de campana!

Y supiste beber el doble cáliz del Altar y del Pueblo,
con una sola mano consagrada al servicio.
América Latina ya te ha puesto en su gloria de Bernini
en la espuma-aureola de sus mares,
en el retablo antiguo de los Andes alertos,
en el dosel airado de todas sus florestas,
en la canción de todos sus caminos,
en el calvario nuevo de todas sus prisiones,
de todas sus trincheras,
de todos sus altares...
¡En el ara segura del corazón insomne de sus hijos!

San Romero de América, pastor y mártir nuestro:
¡nadie hará callar tu última homilía!

Dom Pedro Casaldáliga, cmf
Obispo Emérito de Sao Félix de Araguaia, Brasil


fuente: Koinonía

Una palabra sin compromiso


Queridos hermanos, que no vaya a ser falso
el servicio de ustedes desde la palabra de Dios.
Que es muy fácil ser servidores de la palabra sin molestar al mundo.
Una palabra muy espiritualista, una palabra sin compromiso con la historia,
una palabra que puede sonar en cualquier parte del mundo
porque no es de ninguna parte del mundo;
una palabra así no crea problemas, no origina conflictos.
Lo que origina los conflictos, las persecuciones,
lo que marca a la Iglesia auténtica
es cuando la palabra quemante, como la de los profetas,
anuncia al pueblo y denuncia:
las maravillas de Dios para que las crean y las adoren,
y los pecados de los hombres, que se oponen al reino de Dios,
para que lo arranquen de sus corazones,
de sus sociedades, de sus leyes,
de sus organismos que oprimen, que aprisionan,
que atropellan los derechos de Dios y de la humanidad.

Monseñor Oscar Arnulfo Romero
Arzobispo de San Salvador y mártir

Monseñor Oscar Arnulfo Romero: no pueden matar la verdad


El 24 de marzo de 1980, mientras celebraba Misa en una capilla de hospital y en el momento del ofertorio, ofrendaba su vida dando testimonio del amor de Dios el padre Obispo Oscar Arnulfo Romero, Arzobispo de San Salvador.
Un certero disparo al corazón de personeros del odio, de integrantes de los Escuadrones de la Muerte pretendió con el espanto y con la muerte acallar la verdad, pisotear la justicia, mutilar la paz.
El padre Obispo era perfectamente consciente de que esto iba a sucederle.
Sin embargo, no retrocedió ni un paso.
Y no hablamos tanto aquí de valentía, sino más bien de Amor. Sí, de Amor con mayúsculas, del Amor de un Dios que se hizo uno de nosotros y que busca siempre a sus hijos extraviados, especialmente a sus hijos que más sufren.


No quiero hablar de horrores: los testigos de Cristo -mártires- acrecientan el Reino de los Cielos con la siembra generosa de su sangre.

Pero el mártir en la muerte y en la vida es como Jesús.
En la muerte, dolorosamente lo sabemos: entrega su vida por el amor mayor, por los amigos.
En la vida, porque tanto Dios nos quiere que testimonia en todos sus actos ese amor infinito del Padre para con nosotros, pero especialmente una defensa sin límites del pobre, del oprimido, del perseguido.... Lloramos la crueldad de su muerte, pero celebramos cuanto bien ha prodigado por estos arrabales del Reino de los Cielos.

El mártir es un regalo para todos nosotros que dá testimonio con su bondad del inmenso cariño que el Padre tiene por todos sus hijos.


El padre Obispo Romero vive para siempre en su pueblo salvadoreño, en estos sufridos pueblos de América Latina y ahora está en brazos del Padre intercediendo por la Paz y la Justicia para todos los hijos de Dios, y para que su Iglesia florezca en compromiso, amor y misión, en fidelidad a los hermanos más pequeños y al Cristo que está en ellos hasta el fin.

Aún falta un tiempo quizás para su reconocimiento oficial, canónico, para que sea incripto en el libro de los Santos y por tanto elevado al honor de los altares.
Pero somos muchos quienes lo veneramos como tal en la intimidad de nuestro templo primero, el corazón.
¡Padre Obispo Romero, Ruega por nosotros!

Paz y Bien

Aquí dejo un pequeño fragmento de su voz de profeta:

Es la Palabra como el rayo del sol


La palabra de Dios, según san Pablo, tiene que ser una palabra que arranque de la eterna antigua palabra de Dios pero que toque la llaga presente, las injusticias de hoy, los atropellos de hoy, y esto es lo que crea problemas.
Esto ya es decir: «La Iglesia se está metiendo en política, la Iglesia se está metiendo a comunista».
¡Ya aburren con esa acusación!
Ténganlo en cuenta de una vez: no se mete en política, sino que es la palabra como el rayo de sol que viene desde las alturas e ilumina.
¿Qué culpa tiene el sol de encontrar, su luz purísima, charcos, estiércol, basura en la tierra?
Tiene que iluminarlo, si no, no sería sol, no sería luz, no descubriría lo feo, lo horrible que existe en la tierra; así como también ilumina la belleza de las flores y le da el encanto a la naturaleza.
La palabra de Dios también, hermanos, por una parte ilumina lo horrible, lo feo, lo injusto de la tierra y alienta el corazón bueno, los corazones que, gracias a Dios, abundan...


Monseñor Oscar Arnulfo Romero
Arzobispo de San Salvador y Mártir

La Iglesia de los pobres

Cuando la Iglesia se llama la Iglesia de los pobres, no es porque esté consintiendo esa pobreza pecadora.
La Iglesia se acerca al pecador pobre para decirle: Conviértete, promuévete, no te adormezcas.
Y esta misión de promoción, que la Iglesia está llevando a cabo, también estorba. Porque a muchos les conviene tener masas adormecidas, hombres que no despierten, gente conformista, satisfecha con las bellotas de los cerdos.
La Iglesia no está de acuerdo con esa pobreza pecadora.
Sí, quiere la pobreza.
Pero la pobreza digna, la pobreza que es fruto de una injusticia y lucha por superarse, la pobreza digna del hogar de Nazaret, José y María eran pobres, pero qué pobreza más santa, qué pobreza más digna.
Gracias a Dios tenemos pobres también de esta categoría entre nosotros.
Y desde esta categoría de pobres dignos, pobres santos, proclama Cristo:
Bienaventurados los que tienen hambre, bienaventurados los que lloran, bienaventurados los que tienen sed de justicia.
Desde allí clama la Iglesia también, siguiendo el ejemplo de Cristo, que es esa pobreza la que va a salvar al mundo.
Porque ricos y pobres tienen que hacerse pobres desde la pobreza evangélica, no desde la pobreza que es fruto del desorden y del vicio;
sino desde la pobreza que es desprendimiento, que es esperarlo todo de Dios, que es voltearle la espalda al becerro de oro para adorar al único Dios, que es compartir la felicidad de tener con todos los que no tienen, que es la alegría de amar.

Monseñor Oscar Arnulfo Romero
Arzobispo de San Salvador y mártir

Una Iglesia al servicio del mundo


"...Debemos estar claros desde el principio de que la fe cristiana y la actuación de la Iglesia siempre han tenido repercusiones socio-políticas. Por acción o por omisión, por la connivencia con uno u otro grupo social los cristianos siempre han influido en la configuración socio-política del mundo en que viven. El problema es cómo debe ser el influjo en el mundo socio-político para que ese influjo sea verdaderamente según la fe.

Como primera idea, aunque todavía muy general, quiero avanzar la intuición del Concilio Vaticano II que está a la base de todo el movimiento eclesial en la actualidad. La esencia de la Iglesia está en su misión de servicio al mundo, en su misión de salvarlo en totalidad, y de salvarlo en la historia, aquí y ahora. La Iglesia está para solidarizarse con las esperanzas y gozos, con las angustias y tristezas de los hombres. La Iglesia es, como Jesús. para "evangelizar a los pobres y levantar a los oprimidos, para buscar y salvar lo que estaba perdido" (LG 8)... "

Monseñor Oscar Arnulfo Romero
Arzobispo de San Salvador y mártir

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