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Oración a Nuestra Señora de Coromoto por Venezuela


PATRONA DE VENEZUELA

Señora del Coromoto,
Patrona de Venezuela,
la más esplendente guía
en estas cálidas tierras
donde con ella no hay sombra
y sin su luz hay miseria,
donde con ella no hay sustos y zozobras hay sin ella,
Señora del Coromoto la de celestes promesas,
de ti nos venga dulzura y de ti vénganos fuerza
para hablarte del destino que la Patria te encomienda.

Patria de eternas llanuras y de montañas eternas,
Patria de proceros ríos y de líricas palmeras,
Patria de fértiles valles y de inexploradas selvas,
Patria del Ávila en roca y de Caracas en seda,
Patria del Coquivacoa y de la Guayana intensa,
del Tacarigua plateado y de las andinas sierras,
del Orinoco sin bridas y de la Parima enhiesta,
la de Coro y de San Carlos y Cumaná la primera,
de Calabozo y Barinas con mugidoras dehesas,
de Guanare y Barcelona y Maracaibo y Valencia,
de Angostura hecha de oro y de Porlamar de perlas,
ciudades para la historia en la paz como en la guerra.

Señora del Coromoto, Patrona de Venezuela,
te va en nombre de la Patria esta ingenua voz poética,
y te dice en recio tono popular, Señora bella,
que la Patria de este canto no es una Patria cualquiera:
es la Patria de Bolívar, Padre de la Independencia,
la Patria de Sucre y Vargas, de Ribas y de Urdaneta,
del catire José Antonio el de la lanza perfecta,
del girondino Miranda el hombre de la Bandera,
de Eulalia Buroz la rubia y de la negra Matea.

Señora del Coromoto, Patrona de Venezuela,
la Patria de este romance no es una Patria cualquiera:
es la Patria del glorioso sabio don Andrés de América,
varón del civismo puro, jerarca de nuestras letras
con su Oración y su Silva cual dos encendidas teas,
la Patria de Sanz y Roscio con sus flores de elocuencia
y la de Simón Rodríguez el de la mano maestra,
la de Sanoja y su antorcha de Comentarios, la buena
Patria de Cecilio Acosta con su vida y sus poemas,
la de Maitín y Lozano, de Lamas y Landaeta,
de Teresita la magna, de Rojas y Michelena,
la Patria de Pancho Lazo el ángel de los poetas
y de Arturo Celestino el querubín de la Iglesia
con su voz de hierba y lluvia y con su nombre de estrella.

Señora del Coromoto, Patrona de Venezuela,
la Patria de este romance no es una Patria cualquiera:
es tu Patria, la más noble, es tu Patria, la más bella,
en Barquisimeto suaves crepúsculos de leyenda,
clavellinas en Aragua y frailejones en Mérida,
la grave Patria del Guácharo en la legendaria cueva,
la Patria de los Diablitos de Yare, la pintoresca
Patria feliz del joropo en la noche parrandera
y del merengue agridulce en barloventeñas tierras,
la Patria de Cantaclaro al pie del arpa apureña
y la del sin par Delpino en la Caracas chancera.

Señora del Coromoto, Patrona de Venezuela,
la de este ingenuo romance no es una Patria cualquiera:
cuida pues de ese tesoro que a tu cuido se encomienda
y jamás en él permitas ni la más pequeña mengua.
No dejes que manos turbias entren a saco en la huerta,
ni que las manos cobardes lo pongan todo a la inversa:
sobre la rosa la espina, sobre el alma la materia,
la sombra de la ignorancia sobre la luz de la idea,
sobre el orden la injusticia, sobre el derecho la fuerza.
No dejes, linda Señora, que se acumulen riquezas
mal habidas ni se cambie decoro por desvergüenza,
ni se caliente la fama con humo de pajas secas,
ni viles estupradores acaben con la inocencia,
ni rábulas ominosos la ruta del foro tuerzan,
ni pedagogos incultos echen a perder la escuela.

Cuida, Señora, las cosas que la explotación desmedra,
las minas y los ganados, el petróleo y las maderas,
y procura que estos dones de rica naturaleza
para los pueblos y campos en bienestar se conviertan.

Que no haya niños desnudos ni madres en la pobreza,
que no haya peste en los hatos ni gusano en sementeras,
que no haya bajo los puentes destartaladas viviendas,
que no haya jefes civiles exactores en aldeas,
que la gente cante el Himno y al viento ice la Bandera
con el corazón gozoso y la conciencia serena.
Y lo principal, Señora: que por doquier se mantengan
cerradas las ambiciones y las cárceles abiertas.

Así, Señora del Día, Luz del Sol, Señora Excelsa,
serás la mejor y linda Patrona de Venezuela,

Luis Barrios Cruz
poeta guanareño


Sumamos desde aquí, desde el sur del continente, nuestra oración a la Madre de Dios en estos momentos tan duros, para que ante todo y entre sus manos la vida se proteja y se respete, en libertad, justicia y paz.
Así sea.

Paz y Bien para Venezuela

Ricardo

Judas


JUDAS

Frustrado apóstol turbio del deseo,
lo que sabemos hoy, tú no sabías;
lo que esperabas tú del Galileo,
lo exigimos de Dios todos los días.
No fue mayor que el nuestro tu pecado,
traficantes también de sangre humana...
Beso en Su Rostro, al fin, aunque mal dado,
¿no te alumbró aquel beso la mañana?
Amor y suicidio en un madero,
muertes de un mismo Viernes de Pasión,
Su grito recogió tu desespero,
tu soga fue también tu confesión,
Judas, hermano Judas, compañero
de miedos, de codicias, de traición.

Dom Pedro Casaldáliga, cmf
Obispo Emérito de Sao Félix de Araguaia, Brasil

El grito de toda la historia


“Jesús, lanzando un fuerte grito, expiró”
(Mt 15,37)


Dentro de tu grito en la cruz
caben todos nuestros gritos,
desde el primer grito del niño
hasta el último quejido del moribundo.
Cuando la palabra es pequeña e incapaz
para expresar tanto dolor nuestro,
el cuerpo y el espíritu
se unen en este espasmo descoyuntado.

En tu grito de hombre comprometido
por la nueva justicia,
denuncias a los vientos de todas las épocas
los sufrimientos encerrados
en las salas de tortura clandestina
y los llantos ahogados en la intimidad
de corazones justos sin salida,
todos los atropellos contra minorías impotentes
y la explotación de hombres amordazados
por leyes, máquinas, amos y fusiles.

En tu grito oímos la protesta de Dios
contra todas las violaciones de sus hijos.
En ti grita el Espíritu crucificado
por los tribunales, sinagogas e imperios por los siglos
que quieren enmudecer el futuro libre y justo.
La rebeldía joven de América Latina,
las mayorías negras de Sudáfrica,
se unen a tu denuncia crucificada.

Dentro de tu grito lanzado al cielo
encomiendan su vida en las manos del Padre
todos los que se sienten abandonados
en un misterio incomprensible.
Desde el desconcierto lanzado como queja
de los que experimentaron tu amor alguna vez,
pero se sienten abandonados ahora,
y sólo en la lucha contigo esperan su salida,
desde todas las noches del espíritu,
llega hasta tus manos de Padre nuestro grito.

En ese grito tuyo último,
dolor de hombre y dolor de Dios,
inclinamos agotados la cabeza
y te entregamos el espíritu
cuando llegamos a nuestros límites,
donde se extinguen los esfuerzos y los días
y donde empezamos a resucitar contigo

Benjamín González Buelta, S.J.

Pobre Dios


POBRE DIOS

Ojalá, Señor, te llegue mi voz.
Aquí estoy.
Sin grandes palabras que decir.
Sin grandes obras que ofrecer.
Sin grandes gestos que hacer.
Solo aquí. Solo. Contigo.
Recibiré aquello que quieras darme:
luz o sombra. Canto o silencio.
Esperanza o frío. Suerte o adversidad.
Alegría o zozobra. Calma o tormenta.
Y lo recibiré sereno,
con un corazón sosegado,
porque sé que tú, mi Dios,
también eres un Dios pobre.
Un Dios a veces solo.
Un Dios que no exige, sino que invita.
Que no fuerza, sino que espera.
Que no obliga, sino que ama.
Y lo mismo haré en mi mundo,
con mis gentes, con mi vida:
aceptar lo que venga como un regalo.
Eliminar de mi diccionario la exigencia.
Subrayar el verbo “dar”.
Preguntar a menudo: “¿Qué necesitas?”
“¿Qué puedo hacer por ti?”,
y decir pocas veces “quiero” o “dame”.
Y así sigo, Dios: Aquí,
sin más, en soledad.
En silencio.
Contigo, mi Dios pobre.

José María R. Olaizola, SJ

Madre de los ausentes

MADRE DE LOS AUSENTES

Entra en casa y verás el frío que hace, con el cristal de la Alegría roto
y el Pecado azotando como un viento...
Se cruzan los hermanos sin mirarse,
ausentes de alma a alma.
Funcionan la cocina, la tele y la nevera, y la electricidad suple al Amor;
y cantan las monedas como urracas, cazadas bobamente, por todos los rincones.
¡Pero toda la casa está llena de ausencia!
(El Pan de cada día se calcina en los hornos electrónicos.)

El mundo está vacío como un cántaro, abultado de sed.

Desgajada, la piel, del sol que los ciñó con sus pañales,
emigrantes del agua cercada de la esposa,
desguarnecidos de los torreones de los hijos, flotantes
como lonas de cámping;
deportados en masa, como unos campamentos de llanto y de vergüenza:
emigrantes, ausentes, perdidos, locamente perdidos por la estepa asolada y sin retorno.
Lejanos a dos palmos de distancia;
partidos por el hacha de los celos,
en el patio de casa. ¡Inmensamente
ausentes de los hombres
los hombres...!

Entra y verás qué frío.
(Tú no emigraste nunca así de ausente.
La Patria te envolvía caminante, como una brisa dócil,
con un tacto de anémonas.
Y en la orilla del Nilo, la orilla de José te conducía al paso de paloma,
y el torreón del Hijo te crecía en los brazos.
¡Las espadas de Herodes no cabían entre Cristo y tus ojos!
¡La Presencia llenaba, en Carne viva, las noches de tu ausencia!).

Hasta la mesa del Altar separa a los hermanos.
Nos bebemos de espaldas el vino de la Fe, y el Pan antiguo
se nos desmiga, seco, entre los dientes.
La Túnica inconsútil que bordaron la aguja de tus manos y el oro del Espíritu
viste al Hijo del Hombre, desgarrada, de una nueva miseria,
en harapos de incógnito...

Inmensamente ausentes los hombres de los hombres:
¡inmensamente ausentes
de Dios...!
(El cántaro del mundo está vacío junto al pozo de Dios abierto en vano).
Entra en casa y verás cuántos hijos le faltan a la mesa del Padre. '
Se han partido la herencia con las uñas, y viven
como pueden, borrachos de tierra, igual que topos.
Viven porque les toca vivir, como la grama...
¡muertos!

Madre de los ausentes,
umbral de la ternura recobrada,
postigo del retorno vergonzante:
todos los hijos pródigos te llaman, sin saberlo,
con la boca vacía bajo los algarrobos desmayados
mientras muere la tarde sin respuesta,
en la ausencia de Dios ...

Refugio de los muertos pecadores, hogar de todo llanto:
tú que sabes la pena de haber perdido a Cristo
y buscarlo en las calles, día y noche,
y preguntar inútilmente a todos, desvivida en la busca de su Cara...,
¡recoge en la gavilla de tus brazos a todos los dispersos,
abre la puerta a todos los pródigos que llaman, tiritantes
de neón y de frío,
y acógelos a todos, oh seno de la Vida!,
¡congréganos a todos bajo el techo del júbilo paterno,
con el pan del Amor entre las manos nuevas!

Dom Pedro Casaldáliga, cmf
Obispo Emérito de Sao Félix de Araguaia, Brasil

Tu rostro en cada esquina


Tu rostro en cada esquina

Señor, que vea…
que vea tu rostro en cada esquina.
Que vea reír al desheredado,
con risa alegre y renacida
Que vea encenderse la ilusión
en los ojos apagados
de quien un día olvidó soñar y creer.
Que vea los brazos que,
ocultos, pero infatigables,
construyen milagros
de amor, de paz, de futuro.
Que vea oportunidad y llamada
donde a veces sólo hay bruma.
Que vea cómo la dignidad recuperada
cierra los infiernos del mundo
Que en otro vea a mi hermano,
en el espejo, un apóstol
y en mi interior te vislumbre.

Porque no quiero andar ciego,
perdido de tu presencia,
distraído por la nada…
equivocando mis pasos
hacia lugares sin tí.

Señor, que vea…
que vea tu rostro en cada esquina.

José María R. Olaizola, SJ

Deus Abscónditus


Eres un Dios escondido,
pero en la carne de un hombre.
Eres un Dios escondido
en cada rostro de pobre.
Más tu Amor se nos revela
cuanto más se nos esconde.

Siempre entre Tú y yo,
un puente.
Es imposible el vado.

Tanto me llamas Tú
como Te busco yo.
Los dos somos encuentro.
Haciéndome el que soy
-anhelo y búsqueda-
Tú eres el que eres
-don y abrazo-.

Dom Pedro Casaldáliga, cmf
Obispo Emérito de Sao Félix de Araguaia, Brasil

La alegría de Jesús


La alegría de Jesús no había nacido,

como en otras ocasiones,

en la soledad de la noche junto al Padre.

Ni era el punto final de largas reflexiones

meditando a los profetas

con los gritos del pueblo preguntándole en el alma.

La alegría le llegaba hoy desde la calle,

desde sus discípulos que narraban la misión,

de la fuerza del Reino

a través de su anuncio de incipientes oradores

de pobre gramática y toscos ademanes.

El Reino atravesaba a los ignorantes

y encendía sus vidas de pequeño candil

con las mechas apagadas.

Pero el Padre escondía el misterio a los entendidos,

tan seguros de sí mismos y con sus caminos roturados

para la llegada del Mesías.

El Reino no cabía en los atrios del templo,

ni podía sujetarse a las leyes minuciosas

de mosquitos colados

ni a las fuerzas entrenadas en la clandestinidad de los celotes.

No había espacio para el Reino donde el saber sobre Dios

se creía tan dueño del misterio

que ya lo tenía reducido a rito, piedra, humo,

denario, ley y espada.

Y brotó el Reino, bajo la sombra del Espíritu,

en el no saber virginal de los sencillos de la tierra.

Al contemplarlo Jesús,

se estremeció de alegría,

y en su risa se encuentran

los excluidos de este mundo.

Benjamín González Buelta, S.J.

Lógica de Dios


Lógica de Dios

Donde acaba la ciudad
y empieza el miedo,
donde terminan los caminos
y empiezan las preguntas,
cerca de los pastores
y lejos de los dueños,
en el calor de María
y en el frío del invierno,
viniendo de la eternidad
y gestándose en el tiempo,
salvación poderosa para todos
en una fragilidad recién nacida,
liberador de todos los yugos
atado a un edicto del imperio,
rebajado hasta un pesebre de animales
el que a todos nos sube hasta los cielos,
nació el Hijo del Padre,
Jesús, el hijo de María.

Sólo abajo está el Señor del mundo
que nosotros soñamos en lo alto.
Aquí se ve la grandeza de Dios
contemplando la humildad de este pequeño.

Aquí está la lógica de Dios,
rompiendo el discurso de los sabios.
Aquí ya está toda la salvación de Dios
que llenará todos los pueblos y los siglos.

Benjamín González Buelta, S.J.

Tu camino

Tu camino no es recto

según nuestra ingeniería.

Se tuerce de repente

en medio de la noche,

en busca de una oveja perdida

en un callejón oscuro

de traficantes baratos.



Tu camino no tiene plazo fijo

para ser inaugurado,

ni calendario de político.

Pierdes horas derramadas

en la frente de un asaltado

al borde del camino,

de un hombre cazado

por el ron y la amargura,

de un drogadicto adolescente

escapado de la casa,

que te obligan a cambiar

tu itinerario.



Tu camino no es ancho

como nuestras pistas de alta velocidad,

florecidas de marcas comerciales

como un nuevo paraíso orginal,

multicolores serpientes publicitarias

y frutos para sentirnos como dioses,

y riesgos de exhibición

que dan vueltas sobre sí misma

sin llegar a ninguna parte.



Tu camino no siempre es un éxito.

A veces naufraga en el mar

en una yola de emigrantes clandestinos,

o queda atropellado niño

en la esquina del semáforo,

con su esponja de limpiar cristales

todavía húmeda en la mano.



Tu camino es lento.

Avanzas con todo un pueblo,

con su cabeza endurecida

por esclavitudes programadas

y sus miedos viejos

a sueños, espíritus y amos,

atados a los pies y la memoria.

No te olvidas de ningún grupo

perdido en los escondrijos

de los archivos y los mapas.



Tu camino es desconcertante.

Se pierde en cañadas oscuras

donde apenas seo ye el ruido

de tu cayado de pastor contra las piedras.

Baja a las galerías del carbón

en busca del minero silicoso.

Se hunde en la noche de los contemplativos

atrapados en su celda inmóvil.


Tu camino empieza de nuevo

donde lo conocido acaba.

No vuelve hacia el ayer marchitado

de la belleza o del aplauso,

de la lección sabida,

del hogar infantil,

de la placa de reconocimiento

en el album de la crónica social.



Tu camino se hace tierno

en oasis de hierba verde

y de agua que corre gratuita,

de canto libre en cuerpos doloridos,

de alimento que pasa de mano en mano.

Aquí se apagan las bocinas comerciales

y no acuden con bandejas brillantes

los sirvientes de lazo negro

y de sonrisa de paga blanca.



Tu camino se gesta en lo escondido,

en laboratorios que aceptan

el desafío del futuro y de la muerte,

en la soledad de las bibliotecas,

en el silencio austero del místico,

en las noches en vela de la madre joven

que defiende su pequeña esperanza enferma,

en la reunión clandestina

de unos campesinos pobres

que planifican sus protestas y sus siembras,

en el discernimiento nocturno

de la decisión justa y honesta

que no tiene donde reclinar la cabeza.



Tú eres el camino,

siempre delante,

huellas recientes de pies descalzos

de hombre pobre y mirada gratis,

guía libre, sin equipaje de lujo

ni marcas comerciales en la espalda.

En la historia, sigues con nosotros.

Resucitado, ya llegaste.

Y como el centro de la rueda

convocas todos los rayos a tu encuentro,

caminos diferentes y dispersos,

y al converger todos hacia ti,

unos a los otros nos acercas.


Benjamín González Buelta, S.J.

1810 - 25 de mayo - 2009 - De la Patria joven

DE LA PATRIA JOVEN

Graciosa bajo el humo que despiden sus hombres
quemados junto al Río
y predilecta ya, como las hijas,
en el ancho fervor de sus mujeres,
la Patria es un dolor que nuestros ojos
no aprenden a llorar.

Un pie arraigado en la niñez y el otro
ya tendido a los bailes de la tierra,
su corazón ofrece a las mañanas
que remontan el Río.
Y quisiera grabar en el día su sombra
y decir las palabras
que castigan al tiempo
como a un noble caballo.
Pero vacila su talón ardido:
"¡No es hora!" canta el año junto al Río.

Yo no calcé su pié ni vestí su costado:
no la cubrí de plata festiva para el gozo
ni la calcé de hierro
para la grave danza de la muerte.
No restañé la herida salobre de su párpado
ni dije su alabanza
con la voz de las armas.
¡Yo soy un fuego más entre los hombres
quemados junto al Río!

La infancia de la Patria se prolonga
más allá de tus fuegos, hombre, y de mi ceniza.
La Patria es un dolor
que aún no tiene bautismo:
sobre tu carne pesa lo que un recién nacido.

Leopoldo Marechal
-poeta argentino-

No tienen vino...

La verdad es que no tenemos vino.
Nos sobran las tinajas, y la fiesta
se enturbia para todos, porque el sino
es común y la sola sala es ésta.

Nos falta la alegría compartida.
Rotas las alas, sueltos los chacales,
hemos cegado el curso de la vida
entre los varios pueblos comensales.

¡Sangre nuestra y de Dios, vino completo,
embriáganos de Ti para ese reto
de ser iguales en la alteridad.

Uva pisada en nuestra dura historia,
vino final bebido a plena gloria
en la bodega de la Trinidad!

Dom Pedro Casaldáliga, cmf
Obispo Emérito de Sao Félix de Araguaia, Brasil

Seguiremos cantando, querido Mario

(Cuando los pueblos pierden a sus poetas, lloran por partida doble.
Lloran al hijo y al hermano que han perdido.
Lloran la voz de aquel que hablaba por ellos.
Ayer el pueblo uruguayo ha perdido al queridísimo poeta Mario Benedetti.
Pero su voz ha sido la de muchos en esta Latinoamérica que lo quiso y lo quiere...
Querido Mario, te fuiste por un rato a cantar en otros campos.
Nosotros aquí, seguiremos cantando.
Un gran abrazo, hermano querido. Paz y Bien. Ricardo)

Vá un maravilloso poema de don Mario, interpretado en 1984 por Juan Carlos Baglietto, Celeste Carballo, Nito Mestre y Oveja Negra. Este poema hecho canción ha sido bandera para muchos de nosotros.

PORQUÉ CANTAMOS
Si cada hora viene con su muerte
si el tiempo es una cueva de ladrones
los aires ya no son los buenos aires
la vida es nada más que un blanco móvil

usted preguntará por qué cantamos

si nuestros bravos quedan sin abrazo
la patria se nos muere de tristeza
y el corazón del hombre se hace añicos
antes aún que explote la vergüenza

usted preguntará por qué cantamos

cantamos porque el río está sonando
y cuando suena el río / suena el río
cantamos porque el cruel no tiene nombre
y en cambio tiene nombre su destino

cantamos por el niño y porque todo
y porque algún futuro y porque el pueblo
cantamos porque los sobrevivientes
y nuestros muertos quieren que cantemos

si estamos lejos como un horizonte
si allá quedaron árboles y cielo
si cada noche es siempre alguna ausencia
y cada despertar un desencuentro

usted preguntará por qué cantamos

cantamos porque llueve sobre el surco
y somos militantes de la vida
y porque no podemos ni queremos
dejar que la canción se haga ceniza.

cantamos porque el grito no es bastante
y no es bastante el llanto ni la bronca
cantamos porque creemos en la gente
y porque venceremos la derrota

cantamos porque el sol nos reconoce
y porque el campo huele a primavera
y porque en este tallo en aquel fruto
cada pregunta tiene su respuesta

Mario Benedetti

aquí se puede escuchar:

Momentos felices


Cuando llueve, y reviso mis papeles, y acabo
tirando todo al fuego: poemas incompletos,
pagarés no pagados, cartas de amigos muertos,
fotografías, besos guardados en un libro,
renuncio al peso muerto de mi terco pasado,
soy fúlgido, engrandezco justo en cuanto me niego,
y así atizo las llamas, y salto la fogata,
y apenas si comprendo lo que al hacerlo siento,
¿no es la felicidad lo que me exalta?

Cuando salgo a la calle silbando alegremente
--el pitillo en los labios, el alma disponible--
y les hablo a los niños o me voy con las nubes,
mayo apunta y la brisa lo va todo ensanchando,
las muchachas estrenan sus escotes, sus brazos
desnudos y morenos, sus ojos asombrados,
y ríen ni ellas saben por qué sobreabundando,
salpican de alegría que así tiembla reciente,
¿no es la felicidad lo que siente?

Cuando llega un amigo, la casa está vacía,
pero mi amada saca jamón, anchoas, queso,
aceitunas, percebes, dos botellas de blanco,
y yo asisto al milagro --sé que todo es fiado--,
y no quiero pensar si podremos pagarlo;
y cuando sin medida bebemos y charlamos,
y el amigo es dichoso, cree que somos dichosos,
y lo somos quizá burlando así a la muerte,
¿no es felicidad lo que trasciende?

Cuando me he despertado, permanezco tendido
con el balcón abierto. Y amanece: las aves
trinan su algarabía pagana lindamente:
y debo levantarme, pero no me levanto;
y veo, boca arriba, reflejada en el techo
la ondulación del mar y el iris de su nácar,
y sigo allí tendido, y nada importa nada,
¿no aniquilo así el tiempo? ¿No me salvo del miedo?
¿No es felicidad lo que amanece?

Cuando voy al mercado, miro los abridores
y, apretando los dientes, las redondas cerezas,
los higos rezumantes, las ciruelas caídas
del árbol de la vida, con pecado sin duda
pues que tanto me tientan. Y pregunto su precio,
regateo, consigo por fin una rebaja,
mas terminado el juego, pago el doble y es poco,
y abre la vendedora sus ojos asombrados,
¿no es la felicidad lo que allí brota?

Cuando puedo decir: el día ha terminado.
Y con el día digo su trajín, su comercio,
la busca del dinero, la lucha de los muertos.
Y cuando así cansado, manchado, llego a casa,
me siento en la penumbra y enchufo el tocadiscos,
y acuden Kachaturian, o Mozart, o Vivaldi,
y la música reina, vuelvo a sentirme limpio,
sencillamente limpio y, pese a todo, indemne,
¿no es la felicidad lo que me envuelve?

Cuando tras dar mil vueltas a mis preocupaciones,
me acuerdo de un amigo, voy a verle, me dice:
"Estaba justamente pensando en ir a verte."
Y hablamos largamente, no de mis sinsabores,
pues él, aunque quisiera, no podría ayudarme,
sino de cómo van las cosas en Jordania,
de un libro de Neruda, de su sastre, del viento,
y al marcharme me siento consolado y tranquilo,
¿no es la felicidad lo que me vence?

Abrir nuestras ventanas; sentir el aire nuevo;
pasar por un camino que huele a madreselvas;
beber con un amigo; charlar o bien callarse;
sentir que el sentimiento de los otros es nuestro;
mirarse en unos ojos que nos miran sin mancha,
¿no es esto ser feliz pese a la muerte?
Vencido y traicionado, ver casi con cinismo
que no pueden quitarme nada más y que aún vivo,
¿no es la felicidad que no se vende?

Gabriel Celaya

Al reaccionario


Al reaccionario

¡Amigo! un crepúsculo enrojecido te envuelve
y la noche peregrina tu existencia,
el miedo resquebraja tu esperanza
y la oscuridad se hace sangre en tus venas.

¿Por qué hieres al hermano y calumnias...
por qué manchas, envileces y persigues?
¡Advierte! no eres pasado sino historia,
eres proyecto y siempre mensaje,
pueblo que camina y no desierto,
agua que canta y no estanque.

No te quedes solo, porque envejeces;
escucha la Fuerza de lo que no muere...
es El... de ayer, de hoy y de siempre.

¡Advierte! no eres pasado sino historia,
agua que canta y no estanque.

R.P. Enrique Angelelli
Obispo y Mártir

Espérame también


Porque lo espero a Él, y porque espero
que, al encontrarlo, todos nos veamos
restablecidos por el sol primero
y el corazón seguro de que amamos;

porque no acepto esa mirada fría
y creo en el rescoldo que ella esconde;
porque tu soledad también es mía;
y todo yo soy una herida, donde

alguna sangre mana; y donde espera
un muerto, yo reclamo primavera,
muerto con él ya antes de mi muerte;

porque aprendí a esperar a contramano
de tanta decepción: te juro, hermano,
que espero tanto verlo como verte.

Dom Pedro Casaldáliga, cmf
Obispo Emérito de Sao Félix de Araguaia, Brasil

Lo que esperamos

Tardará, tardará.

Ya sé que todavía
los émbolos,
la usura,
el sudor,
las bobinas
seguirán produciendo,
al por mayor,
en serie,
iniquidad,
ayuno,
rencor,
desesperanza;
para que las lombrices con huecos portasenos,
las vacas de embajada,
los viejos paquidermos de esfínteres crinudos,
se sacien de adulterios,
de hastío,
de diamantes,
de caviar,
de remedios.

Ya sé que todavía pasarán muchos años
para que estos crustáceos
del asfalto
y la mugre
se limpien la cabeza,
se alejen de la envidia,
no idolatren la saña,
no adoren la impostura,
y abandonen su costra
de opresión,
de ceguera,
de mezquindad.
de bosta.

Pero, quizás, un día,
antes de que la tierra se canse de atraernos
y brindarnos su seno,
el cerebro les sirva para sentirse humanos,
ser hombres,
ser mujeres,
-no cajas de caudales,
ni perchas desoladas-,
someter a las ruedas,
impedir que nos maten,
comprobar que la vida se arranca y despedaza
los chalecos de fuerza de todos los sistemas;
y descubrir, de nuevo, que todas las riquezas
se encuentran en nosotros y no bajo la tierra.

Y entonces...
¡Ah!, ese día
abriremos los brazos
sin temer que el instinto nos muerda los garrones,
ni recelar de todo,
hasta de nuestra sombra;
y seremos capaces de acercarnos al pasto,
a la noche,
a los ríos,
sin rubor,
mansamente,
con las pupilas claras,
con las manos tranquilas;
y usaremos palabras sustanciosas,
auténticas;
no como esos vocablos erizados de inquina
que babean las hienas al instarnos al odio,
ni aquellos que se asfixian
en estrofas de almíbar
y fustigada clara de huevo corrompido;
sino palabras simples,
de arroyo,
de raíces,
que en vez de separarnos
nos acerquen un poco;
o mejor todavía
guardaremos silencio
para tomar el pulso a todo lo que existe
y vivir el milagro de cuanto nos rodea,
mientras alguien nos diga,
con una voz de roble,
lo que desde hace siglos
esperamos en vano.

Oliverio Girondo
-poeta argentino-

Plegaria en la noche

Señor, que nunca me negaste nada,
nada te pido para mi; te pido
sólo por cada hermano dolorido,
por cada pobre de mi tierra amada.

Te pido por su pan y su jornada,
por su pena de pájaro vencido,
por su risa, su canto y su silbido,
hoy que la casa se quedó callada.

Te pido una palabra de rodillas,
una migaja de tus maravillas,
un mendrugo de amor para sus manos,

una ilusión,sólo una puerta abierta;
hoy que la mesa se quedó desierta
y lloran, en la noche, mis hermanos.

José María Castiñeira de Dios
-poeta argentino-

Tú y yo nos vamos haciendo

En tí estoy, de tí vengo, a tí voy.
Estás fuera de mí, puedo encerrarme.
Estás dentro de mí, puedo encerrarte.
No puedo dejar de estar en tí.
Mi carne extiende raíces que llegan hasta tí.

Puedo olvidarlo.
Mi espíritu es una chispa
que brota de tu incendio.
Puedo ignorarlo.
No puedo dejar de venir de tí.
Mis ojos buscan su horizonte.
Mi corazón, su hogar universal.

Puedo extraviarme en una encrucijada.
Puedo paralizarme en algún hogar.
No puedo dejar de ir hacia tí.
No vi tu rostro cuando salí de tí.
No fue una despedida.

Allí empezó un encuentro sin orillas.
Cada tarde añado en mi lienzo
un nuevo rasgo tuyo.
Cada tarde añades en tu lienzo
un nuevo rasgo mío.

En medio del camino al adivinar una frente,
al estrechar una mano, al mirar unos ojos,
al nacer el futuro, al morir el presente,
yo te descubro, yo me descubro.

Dentro de mí, los dos a la par,
uno hacia el otro, nos vamos haciendo…
Ahora te veo, Señor marginado,
maestro sirviendo, madre exprimida,
padre sin nada, infinito pidiendo, libre clavado.

Ahora te veo, pueblo en camino.
Y en este misterio se pierden mis días,
mis razones y mis sueños.
Tú y yo nos vamos haciendo tu pueblo.

Benjamín González Buelta, S.J.

Canción para decir en la calle


Un día, siquiera, por semana
ensayemos el oficio humano:

Paremos el reloj,
ocultemos el calendario;
no abramos periódico ni libro,
ni escuchemos radio,
y tomemos un ómnibus cualquiera
que nos conduzca al campo.

Y una vez allí,
busquemos un sitio solitario,
entre pinos
y los álamos
a la vera del agua, si el arroyo
quiere ofrecernos su cristal cercano,
o en la abierta llanura donde el viento
galopa con los caballos.

Y vivamos,
sí, nada más,
vivamos,
mientras crece la luz, y la marea
de la savia asciende
por arterias de árbol;
vivamos,

mientras vuelan insectos, y las nubes
livianas y lentas como barcos
viajan al sur, y el aire
conduce pájaros;
sí, nada más,
vivamos

en reposo total como la hierba
que nos da su regazo
de vez en vez oyendo
el oscuro corazón del mundo
que late soterrano.

Sí, nada más,
vivamos,
solamente vivamos.

Antonio Esteban Agüero
-poeta argentino-

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