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Fragmentos de vida evangélica


Creer de corazón y de palabra.

Creer con la cabeza y con las manos.

Negar que el dolor

tenga la última palabra.


Arriesgarme a pensar

que no estamos definitivamente solos.

Saltar al vacío

en vida, de por vida,

y afrontar cada jornada

como si Tú estuvieras.


Avanzar a través de la duda.

Atesorar, sin mérito ni garantía,

alguna certidumbre frágil.


Sonreír en la hora sombría

con la risa más lúcida

que imaginarme pueda.


Porque el Amor habla a su modo,

bendiciendo a los malditos,

acariciando intocables

y desclavando de las cruces

a los bienaventurados.


José María R. Olaizola, SJ

Pobre Dios


POBRE DIOS

Ojalá, Señor, te llegue mi voz.
Aquí estoy.
Sin grandes palabras que decir.
Sin grandes obras que ofrecer.
Sin grandes gestos que hacer.
Solo aquí. Solo. Contigo.
Recibiré aquello que quieras darme:
luz o sombra. Canto o silencio.
Esperanza o frío. Suerte o adversidad.
Alegría o zozobra. Calma o tormenta.
Y lo recibiré sereno,
con un corazón sosegado,
porque sé que tú, mi Dios,
también eres un Dios pobre.
Un Dios a veces solo.
Un Dios que no exige, sino que invita.
Que no fuerza, sino que espera.
Que no obliga, sino que ama.
Y lo mismo haré en mi mundo,
con mis gentes, con mi vida:
aceptar lo que venga como un regalo.
Eliminar de mi diccionario la exigencia.
Subrayar el verbo “dar”.
Preguntar a menudo: “¿Qué necesitas?”
“¿Qué puedo hacer por ti?”,
y decir pocas veces “quiero” o “dame”.
Y así sigo, Dios: Aquí,
sin más, en soledad.
En silencio.
Contigo, mi Dios pobre.

José María R. Olaizola, SJ

Tu rostro en cada esquina


Tu rostro en cada esquina

Señor, que vea…
que vea tu rostro en cada esquina.
Que vea reír al desheredado,
con risa alegre y renacida
Que vea encenderse la ilusión
en los ojos apagados
de quien un día olvidó soñar y creer.
Que vea los brazos que,
ocultos, pero infatigables,
construyen milagros
de amor, de paz, de futuro.
Que vea oportunidad y llamada
donde a veces sólo hay bruma.
Que vea cómo la dignidad recuperada
cierra los infiernos del mundo
Que en otro vea a mi hermano,
en el espejo, un apóstol
y en mi interior te vislumbre.

Porque no quiero andar ciego,
perdido de tu presencia,
distraído por la nada…
equivocando mis pasos
hacia lugares sin tí.

Señor, que vea…
que vea tu rostro en cada esquina.

José María R. Olaizola, SJ

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