Mostrando las entradas con la etiqueta Adviento 2017. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Adviento 2017. Mostrar todas las entradas

Una gran alegría para todo el pueblo: Navidad es Jesús














Vigilia de la Natividad del Señor - Misa del Gallo

Para el día de hoy (24/12/17) 

Evangelio según San Lucas 2, 1-14







Esta noche es la noche.

Noche de nacimiento sin partera ni hospital ni doctor, noche de bebé, de pañales, de madre cansada pero atenta, de padre ansioso.

Noche oscura con un resplandor deslumbrante y extraño. Noche de un tiempo -como todos los tiempos- complicado, tiempos poco amistosos con los niños, en desbordes de indiferencia y de brutalidades perfeccionadas.

Pero esta noche es la noche.

Como en un manso desafío sin peleas -un convite irresistible- Dios nos provoca y nos despierta todos los letargos con una ancha sonrisa abierta.

En tantas disoluciones obrantes, Dios convida a juntarnos, a reconocernos, a tolerarnos. Cada vez que nos encontramos acontecen milagros.

Dios nos nace, una esperanza en pañales que hay que acompañar, proteger y abrigar. Dios empuja la Salvación desde la fragilidad de un Bebé Santo para que nadie más esté solo, abandonado, resignado a miserias e injusticias.

Dios se hace tiempo, historia, hermano, hijo querido, uno entre nosotros para que renazcan todas las alegrías en todos los pueblos.

¡Muy Feliz Navidad!

Paz y Bien  

La respuesta definitiva de María de Nazareth













Domingo 4° de Adviento

Para el día de hoy (24/12/17)

Evangelio según San Lucas 1, 26-38




Nazareth es una aldea polvorienta en medio de la nada. No consta en la memoria sagrada del pueblo de Israel, se ubica en la periferia de todo. Zona galilea de impureza sospechosa, no augura nada bueno -¿acaso algo bueno puede salir de Nazareth? dirá tiempo después Natanael, replicando la mentalidad usual de la época-

Allí vive una muchacha: la misma zona nos sugiere que es mínima, campesina, humilde. Los cánones de ese tiempo nos inducen a pensar que es jovencísima, casi una niña, muchachita judía desposada sin convivir aún. 
Como mujer, no tiene demasiada relevancia: de niña depende de su padre, en su vida adulta en ciernes depende de su esposo, y si es longeva dependerá de su hijo varón. No tiene voz ni nadie la escucha. Es casi un accidente social.

La rica historia de Israel nos dice que la corona davídica sería restaurada algún día; sin embargo, el esposo es el descendente del gran rey, y el trono está ocupado por el usurpador Herodes, vasallo del poder imperial romano. El nombre de esa mujer también es muy común María/Myriam, como tantas en Nazareth.

Con todo y a pesar de todo, precisamente allí en donde nunca pasa nada, la historia humana se encuentra en una encrucijada decisiva.

A esa muchachita la visita el Mensajero de Dios. Se dirige a ella con un tono respetuoso, casi pidiéndole permiso, y esa muchacha tendrá un nuevo nombre signado por la alegría: Llena de Gracia.

No hay imposición. Sólo la duda que suscita su pequeñez.
Aún así, el universo entero está pendiente de sus labios.

Por Ella, la historia se transforma desde una santa urdimbre de eternidad y tiempo. Por Ella el Salvador del mundo llegará a nuestros arrabales, y será un vecino, un amigo, un pariente, un Bebé Santo que resplandecerá de gloria en su fragilidad. Y a su Dios, Ella lo llamará Hijito.

La respuesta de María de Nazareth es definitiva: Dios con nosotros por su Sí! inmenso, la certeza de un destino de felicidad por creer, por permitir que Dios nos crezca en estos templos vivos que somos.

Paz y Bien

Cada niño, una bendición













Para el día de hoy (23/12/17)

Evangelio según San Lucas 1, 57-66







El tiempo de maduración y crecimiento es distinto para cada persona, y no puede mensurarse con ninguna escala. La tentación de la solución mágica e instantánea, la mecánica pretendida de presionar una tecla y ya, es demasiado habitual. Sólo los que esperan con confianza -con todo y a pesar de todo- son aquellos que verán la primavera frutal.

La escena que nos brinda hoy el Evangelista Lucas se desarrolla en Ain Karem: se trata de una pequeña localidad ubicada en los suburbios de Jerusalem, aproximadamente a seis kilómetros de la Ciudad Santa, en las montañas de Judea.
Se trata de un pueblito de esos que podemos encontrar en cada uno de nuestros países, pago chico en donde todos se conocen, en donde la vida se comparte de manera muy personal, a diferencia de la inhumanidad anónima que suelen ostentar las grandes ciudades. Allí, un paisano, un vecino es parte de la familia aunque no haya vínculos sanguíneos. Allí se celebran los nacimientos, se festejan los matrimonios y se lloran las desgracias por los lazos profundos de los afectos.

A Isabel y a Zacarías el tiempo de espera se les había hecho demasiado prolongado, tan extenso que la resignación les había ganado algunos espacios. Una esterilidad irresoluble los condenaba a que su linaje, su apellido, su historia muriera con ellos mismos.
Eran ya mayores, específicos para ser abuelos pero lejanos para padres primerizos.

El tiempo de maduración tiene un logos propio, y más aún el kairós, tiempo propicio de Dios, muy diferente a kronos, secuencia consecutiva de los días. Y el tiempo en que ellos y nosotros nos encontramos es precisamente ése, el kairós, el de la irrupción agraciada de Dios en la historia humana, tiempo santo de Dios y el hombre.
Cuando Dios se hace presente, acontecen cosas de lo más extrañas y asombrosas. Y la casi abuela Isabel se descubre jovialmente embarazada, grávida de quien sería el Bautista, enorme profeta de su pueblo.

Zacarías, sacerdote del Templo y futuro padre, es llamado a silencio.

Hay momentos en los que es preciso callar para que maduren cosas nuevas, para abandonar viejas palabras sin sentido ni destino, para que la Palabra definitiva se haga vida cotidiana y salvación.
Isabel se oculta en su hogar, quizás por confusión, quizás por cierta vergüenza inconfesa por su edad avanzada que parece incompatible con su embarazo. La situación es un contrapunto con la muchacha nazarena que con un niño en su seno, no se calla ni se oculta, sino que se pone en marcha, al encuentro de su prima mayor.

Llega el tiempo del nacimiento. No ha debido ser sencillo un parto a esa edad. Pero el niño nace sin problemas, y es una alegría inexpresable para esos noveles padres. Todos aquellos que hemos tenido la bendición de los hijos lo sabemos bien aunque no podamos contarlo en todo su esplendor.
Pero en Ain Karem no es sólo alegría de los padres, sino motivo de celebración para los vecinos. En cierto modo, es un barrio que festeja la vida que continúa con ese bebé recién llegado.

Por esos afectos y por esa cercanía, los vecinos son también copartícipes de la paternidad recién inaugurada, son padres y madres del hijo de Isabel y Zacarías. Cada niño que nace debería ser también un hijo de todos nosotros, porque cada niño es una bendición y un motivo de alegría. Es laudable el cuidado de la vida en ciernes, pero a veces, en los afanes de cuidar la gestación solemos olvidar a esos niños de tantos buenos afanes luego de que ha llegado al puerto del parto, y la vida debe cuidarse siempre, acompañando con paz y con justicia cada tallo verde en crecimiento.

Con algo de picardía escondida en afectuosa autoridad, los paisanos quieren decidir -a la hora de la circuncisión del bebé, el momento de nombrarlo- cual será el nombre de la criatura. Ellos afirman rotundos que debe tener el nombre de su padre, según las tradiciones, o al menos de alguien de la familia, y nos podemos imaginar sus rostros asintiendo, ratificando la aseveración.

Pero es un tiempo nuevo, y hay una ruptura. Las tradiciones que atan al pasado más que tradiciones son traiciones que impiden el futuro. Y Zacarías, escribe sin temblarle el pulso que el niño ha de llamarse Juan -que significa Yahveh es misericordia-, ratificando lo expresado por Isabel, firme como nadie ante los vecinos asombrados.
Ese niño, bendito desde el seno materno, será grande ante Dios y ante su pueblo, íntegro y fiel hasta las últimas consecuencias, y prepara el camino de Aquél que todos esperan con confianza y sin resignaciones.

Los vecinos, claro está, se asombran de ello, y hay una combinación de alegría y maravillas, signo de un Dios que los ha favorecido.

Cada niño que nace trae una bendición, la eterna afirmación de un Dios que viene pujando por la vida. Por eso cada nacimiento debería celebrarse en las honduras de los corazones.

Que este nacimiento que nos está llegando sea una celebración de la vida compartida, de un Dios que se hace niño para no quedarnos en la nada, un amor decisivo que comienza en la humildad de unos pañales.

Paz y Bien

Magnificat, canto de alegría y liberación












Para el día de hoy (22/12/17)

Evangelio según San Lucas 1, 46-55






El encuentro acontece en las montañas de Judea, en Ain Karem. Es un encuentro entre dos mujeres muy distintas, y solemos pasar por alto que los encuentros entre gentes diferentes siempre nos enriquecen en tanto reconozcamos al otro.

Una de las mujeres, cronológicamente hablando, está más cerca de ser abuela y de la muerte. Sin embargo, cada vez que Dios interviene en la existencia acontecen cosas de lo más extrañas: la casi abuela está pronta a convertirse en una feliz madre. Quizás por las convenciones de su cultura, que signaban la esterilidad como motivo de oprobio y, tal vez ciertos pruritros acerca de su concepción a una edad tan avanzada la llevan a ocultarse por varios meses.

La otra mujer es casi una niña, una muchachita adolescente de una aldea galilea que no tiene mayor relevancia ni valor político o religioso. Pequeña adolescente judía que tiene un embarazo sospechoso, y que sin embargo tiene la certeza de que esa vida que se le crece es una maravilla, una bendición de Dios. Esa muchacha no se esconde. Por el contrario, la felicidad que la embarga la impulsa a salir en la búsqueda de esa mujer que lleva tantas semanas oculta. La felicidad es auténtica y frutal cuando se comparte sin condiciones.

La mujer mayor está casada con un sacerdote del Templo: son fieles y no abandonan la esperanza en la redención de su pueblo, y simbolizan la Antigua Alianza, la religiosidad convencional y ortodoxa de la Judea a la que pertenecen.
La mujer más joven -tan joven que estremece imaginarla andarse desde Nazareth hasta las montañas de Judea en soledad- está desposada con un ignoto carpintero judío de la Galilea de la periferia y la sospecha, con ciertos lazos antiguos que lo vinculan al rey David. Son pobres, pequeñísimos, insignificantes.

El encuentro entre esas dos mujeres se hace fiesta y profecía. Se trata de tiempos nuevos y asombrosos en que la Palabra se expresa a través de los que nadie escucha, las mujeres y los niños.

Entonces María de Nazareth canta. Canta las maravillas de un Dios magnífico porque ha descubierto el paso salvador de ese Dios por su existencia, porque ha mirado su pequeñez floreciendo la virginidad de su cuerpo y de su alma, tierra sin mal.
Canta porque sabe bien que su Dios siempre cumple sus promesas.
Canta porque su Dios siempre tiene su rostro inclinado hacia los pequeños, los pobres, los oprimidos. Canta porque su Dios es liberación, canta porque su Dios, llegado el caso, derriba a los poderosos de sus tronos de injusticia y explotación.
Canta porque su Dios es misericordia.
Canta porque su Dios no se olvida de su pueblo, y el Bebé santo que se crece en su seno trae todas las respuestas.

Cantar con María de Nazareth es volvernos capaces de releer toda la historia y muy especialmente nuestra pequeña porción de existencia en clave de amor y misericordia.

Cantemos entonces, con Ella, a ese Dios que teje junto a la humanidad una nueva historia de justicia, de paz y de bien. Que la Salvación no es algo distante ni un premio futuro, sino una realidad cotidiana, porque Dios acampa entre nosotros.

Paz y Bien

Visitación, encuentro y profecía











Para el día de hoy (21/12/17): 

Evangelio según San Lucas 1, 39-45







María de Nazareth se pone en camino, y ese caminar es también señal para todas las mujeres y los hombres de fé, porque todo se hace andando, porque creemos en Aquél que es camino, verdad y vida.

La escena estremece: una jovencísima mujer, con un reciente embarazo, que recorre Israel de norte a sur, desde Galilea -Nazareth- a la zona montañosa de Judea, a un poblado que la tradición identifica como Ain Karem. No es trayecto para una mujer sola, para una mujer tan joven, para una mujer encinta; los caminos están plagados de salteadores, ladrones y traficantes de esclavos, y hay veredas rocosas muy peligrosas.
Sin dudas, su embarazo sospechoso arroja sobre su existencia una sombra ominosa, por la rigurosidad de una Ley que ante la duda, mata. Quizás vá a la casa de Zacarías e Isabel a refugiarse, esperando que el denso clima escampe un poco.
Pero a María la impulsan unas prisas que no pueden contenerse. Para los corazones grandes, la compasión es impostergable, e Isabel hace cinco meses que se oculta en su hogar a las miradas de los vecinos: en cierto modo es comprensible, es casi una abuela con una panza espléndida de gravidez, de vida en ciernes, que habilita a almas menores a los comadreos prejuiciosos y humillantes, aunque se digan en voz baja.
Y María vá, socorro cordial a esa prima a la que comprende como nadie, pues Ella misma porta en su seno un embarazo extraño que dá que hablar, y es menester romper ese aislamiento. Pero es mujer, y también está empezando a conocer las cosas no escritas pero sabidas a las que hay que acompañar durante ciertas molestias que se presentan en el embarazo, los cambios del cuerpo, los sueños que se enarbolan nuevamente.
Aún así, hay otro motivo tanto o más fuerte que ése, y es la alegría: la Gracia de Dios ha dejado en su ser una huella indeleble de salvación, de plenitud, magnífico e ilógico tesoro que se acrecienta cuando se comparte, que se pierde si no se dá.

María e Isabel son dos mujeres bien distintas. Una es nazarena, de esa Galilea de la periferia siempre sospechosa, mientras la otra vive en la Judea de la recia y dura ortodoxia -Jerusalem está muy cerca de Ain Karem, a siete km-. Una está desposada con un humilde carpintero, la otra es esposa de un sacerdote del Templo. Una apenas sale de la niñez, muchachita que conmueve por su incipiente juventud; la otra, está más cerca de ser abuela, y quizás la muerte la merodee en poco tiempo.
En esa disimilitud, entre dos mujeres tan diferentes, acontece el encuentro, un encuentro que es encrucijada de la historia humana, es profecía, es buen augurio de un tiempo nuevo y definitivo. Los reyes, los guerreros y los sacerdotes han sido llamados a silencio, pues ahora tienen que hablar las mujeres y los niños.

A partir de esas dos mujeres, se expresa la Palabra.

Y cuando nos juntamos, nos encontramos, nos conocemos y re-conocemos, aún siendo tan diferentes, todo se vuelve posible. Se recupera la capacidad de asombro, la alegría de descubrir al otro, del misterio que bulle en las honduras de cada persona.Y ese encuentro se transforma en bendición.

Toda bendición, bien decir,  siempre de sirige a Dios. Son palabras de gratitud y alabanza, y aquí es la primera palabra fundante en el encuentro que pronuncia Isabel frente a María de Nazareth. Es reconocer, feliz, la presencia de Dios en los demás, y darse cuenta que ese encuentro es un regalo inmenso e inmerecido.

¿Acaso hemos hecho algún mérito, tenemos alguna credencial preferencial, somos mejores que otros para que la Madre de Dios nos visite? Porque donde está la Madre está el Hijo, y este Dios se hace presente en nuestra cotidianeidad, presencia sagrada que nos llega a través de Cristo, de la Madre, de sus amigos.

Que en este Adviento y esta Navidad cercana recuperemos la capacidad de reencontrarnos, de descubrirnos benditos, de agradecer el paso salvador de Dios que nos visita...y se queda para siempre.
Y allí sí, haremos una humilde fiesta, y cantaremos una canción de liberación al Dios Magnífico que siempre cumple sus promesas.

Paz y Bien

Anunciación, Dios enamorado














Para el día de hoy (20/12/17)

Evangelio según San Lucas 1, 26-38






Los hombres y las mujeres cuando se enamoran suelen hacer locuras, acciones desproporcionadas. Se juegan toda la existencia a ese sentimiento. Se vuelven maravillosamente imprudentes a los cálculos de la razón, y es una imprudencia que tiene que ver más con no guardarse nada para sí, con darse sin medidas, con descubrir la vida con ojos renovados y a través de los ojos y la mirada de quien se ama, y por eso no es sólo una cuestión alegórica imaginar a las nubes como los escalones primeros de un ascenso que no tiene límites.

En el siglo I, Nazareth es apenas un caserío que no tiene mayor relevancia, algo menos que una aldea perdida en los mapas. Para colmo, se encuentra en la provincia Galilea, región de la periferia que habitualmente se ha ubicado en la ruta de las conquistas militares de los enemigos acérrimos de Israel. En numerosas ocasiones, además de conquistada por tropas enemigas, ha sido colonizada por los extranjeros, los que han dejado allí su cultura, sus dioses, sus idiomas, sus hijos.  Para una nación como la judía, tan feroz en el arraigo a sus tradiciones y su identidad, Galilea siempre está bajo sospecha de contaminación, de mezcla estéril. Nada bueno se espera que surja de esos parajes.

También en ese siglo, por imperativos socioculturales y religiosos, las mujeres no tienen voz, importancia ni derechos, excepto aquellos que puede llegar a concederle -en tenor propietario- su padre o su esposo. A las mujeres no se las escucha porque nada tienen que decir.

Por eso, que las promesas que cobijan con ansias todo un pueblo -y que son espejo de toda la humanidad- comiencen a cumplirse en donde nunca pasa nada ni nada se espera, y a través de quien nadie mira ni escucha, es una locura mayor.

Sin embargo, en el calor del villorrio y del corazón de una muchachita campesina -casi una niña- se decide el destino del universo.

El nombre Mensajero que lleva la novedad es revelador: Gabriel significa, literalmente, Fuerza de Dios.
Por eso y siendo la voz del Todopoderoso, estremece que se dirija a la muchacha con un respeto y una delicadeza que no encajan en ninguna previsión. Se trata de una desproporción inconmensurable -él, espejo del infinito, ella tan pequeña-.
Es una imprudencia que descoloca a los ojos severos de los que se han apropiado de la historia y que sólo comprenden y viven los enamorados.

Porque Dios se ha enamorado de esa mujer, y es el mismo amor que tiene para con toda la creación.

La vida nueva se abre paso desde los más pequeños, los que no cuentan, las mujeres y los niños, porque es ante todo cuestión de amores, el sinónimo cabal de la Salvación.

Paz y Bien

Zacarías, el silencio más valioso











Para el día de hoy (19/12/17)

Evangelio según San Lucas 1, 5-25





En la lectura del Evangelio que nos brinda la liturgia para el día de hoy, San Lucas nutre el texto con numerosas señales históricas. Su sentido no es historiográfico, pues los Evangelios no son crónicas históricas de precisión científica verificable, sino más bien crónicas teológicas, es decir, espirituales, y todas ellas significan que Dios teje la Salvación en la historia humana, en tiempos puntuales, que las promesas se cumplen.
La Salvación nunca es abstracta, desencarnada en puras ideas sin tiempo. La Salvación acontece en el tiempo, en la historia, en nuestra historia y en el tiempo santo de Dios y el hombre.
Y cuando se descubre ese tiempo santo -kairós- sobrevienen las ganas de descalzarse los pies y el corazón, como Moisés frente a la zarza ardiente, corazones humildemente arrodillados frente a la eternidad.

La escena está poblada de signos y símbolos de sacralidad: sacerdote, altar, Templo, incienso, tabernáculo sagrado y memorial de la Tienda del Encuentro en el desierto. El pueblo, en oración, aguardando en los umbrales.

Ese sacerdote, Zacarías, según las convenciones de la época un hombre anciano. Diríamos que es prácticamente un abuelo por los años que porta, excepto que tanto él como su esposa Isabel no han tenido hijos por ser estériles, y es la esterilidad de un pueblo que se ha adormecido en el tiempo, que ya no puede florecer. Quizás apellido y linaje que se agota en ellos dos sea también el fin de un ciclo que no tendrá más frutos porque se aferró a la Ley y olvidó a su Dios, y porque las cosas nuevas sólo pueden crecer al amparo de la Gracia.
Pero con todo y a pesar de todo, Isabel y Zacarías han permanecido fieles a las promesas de su Dios, enhebradas a través de los siglos por las voces fuertes de los profetas.
Las mismas convenciones sociales y religiosas que determinan que ese hombre está más cerca de la muerte que de cualquier otra circunstancia, establecen que la esterilidad de la esposa es oprobiosa, vergonzante, producto cierto de algún pecado, castigo perentorio de un Dios vengador.

Un mensajero se hace presente, Dios que se llega a los días, a cada existencia. Y le anuncia una novedad asombrosa: con todo y a pesar de todo, ellos dos tendrán un hijo, y un hijo maravilloso que será una alegría para todo su pueblo, niño pleno de profecía y santidad. Es que los ángeles siempre son portadores de buenas noticias, y hay que confiar, saber esperar, esperar contra toda esperanza vana y aún cuando todo parezca finalizado, sentenciado de manera unívoca y triste. Nunca hay que resignarse.

Todo ello desborda al bueno de Zacarías. No ahondaremos aquí en incredulidad ni, mucho menos, en un castigo por esa causa. Sólo diremos que a veces, muchas veces, es necesario retirarse al silencio para recuperar la capacidad de escucha atenta, silencio valioso y fructífero que permitirá, al tiempo de la  primavera del corazón -tierra renovada, siembra eficaz- decir cosas nuevas, veraces, definitivas.

Porque el Verbo se hace carne para que el hombre recupere la Palabra.

Acontece un éxodo humilde y persistentemente tenaz.
Los hombres sagrados, los reyes y los guerreros no tienen más nada que decir. Es tiempo de que hablen las mujeres y los niños. Desde las entrañas de la delicadeza y la debilidad la vida nueva viene gestándose pujante.

Y el Templo ya no es la sagrada y fastuosa construcción de piedra, Tabernáculo de la fé.
La Tienda del Encuentro ya no será un lugar, un sitio sino una persona, el Cristo de nuestra salvación, nuestras alegrías, nuestras esperanzas, el que nos libera de todos los oprobios, Aquél que quiere nacernos en las honduras de nuestros corazones.

Paz y Bien

José de Nazareth, carpintero de la Buena Noticia












Para el día de hoy (18/12/17)

Evangelio según San Mateo 1, 18-24






A veces lo pasamos por alto, pero las señales están allí, evidentes. Inclusive aún cuando puedan suponerse esponsales convenidos, tal la costumbre y la cultura de su tiempo, por los padres de ambos.

Lo importante es que ellos, José y María, se amaban.

A partir de allí una perspectiva distinta se nos revela. Desde ese amor los vemos como dos jóvenes de sueños en común, de una vida entera juntos, de familia edificada, la bendición de los hijos. Un matrimonio que proyectan frondoso a pesar de las dificultades y la pobreza.

Desde ese amor, las dudas que le surgen a José de Nazareth son muy diferentes a preocupaciones legalistas respecto de una problemática de índole sexual.

El amor nos hace abrir bien los ojos ante quien amamos y ante nosotros, lo que en verdad somos.

Ese extraño embarazo de su mujer, apenas comprometidos y sin convivir, desestabiliza y angustia a José de Nazareth, más no por alguna confusión acerca de María, sino porque se enciende de temores acerca de sí mismo.
En la vida, en el cuerpo de esa muchacha que ama acontece el plan de Dios, y José de Nazareth, aún siendo descendiente de reyes, se descubre menor, pequeño, totalmente ajeno. Por eso duda, por eso se quiere ir sin infamarla bajo la soberanía de leyes crueles y duras, por eso el abandono de todos los sueños de una vida juntos significan, entonces, no un quebranto de confianza para con la joven y amada esposa sino más bien un repudio de sí mismo. Él nada tiene que hacer allí.

Simbólicamente, los sueños son el ámbito en donde se comunican verdades de Dios que la razón, por sus propias limitaciones, no puede asimilar en la vigilia.
En los sueños del carpintero un Mensajero disipa sus dudas, porque en este tiempo nuevo que amanece no hay lugar para el temor, menos aún sabiendo que Dios está con nosotros.

Por eso nunca, jamás, hay que dejar de soñar.

Con el corazón firme, ese carpintero judío se transforma en alguien fundamental. No es solamente un artesano de aldea ignota, un trabajador más de la Galilea de la periferia en donde nunca pasa nada.

José de Nazareth es José de la Buena Noticia.
Por su intervención decidida, el Niño que ha de nacer tendrá padre, madre, abuelos, un cordón umbilical que lo vincula a la historia familiar, a las raíces de su pueblo, a las profecías prometidas. Sin él, ese Niño sólo sería uno más entre tantos bastardos sin orígenes ni destino -un guacho, diríamos por estas latitudes-, librado a una suerte escasa, a ser nadie, a la infamia constante, sin un padre que lo proteja y lo eduque.

Dotar a un hijo de un nombre es importantísimo. Aún cuando en esto en tiempos actuales esté limitado a ciertas modas o tendencias, un nombre revela personalidad y vocación.
José de Nazareth nombrará a ese hijo que es suyo también Yehoshua , Jesús, Dios Salva.

Padre con todas las letras y con mayúsculas, José de Nazareth cuidará la vida en ciernes de ese Bebé Santo que está llegando en asombrosa bendición a la vida compartida y nueva con la mujer que ama, María de Nazareth.
José de Nazareth, con entera confianza e insondable ternura, llamará a su Dios hijito, y su Salvador lo llamará a él abbá, papá, y en esa certeza aprendida desde tan temprano, Cristo revelará el rostro entrañable de Dios a las gentes de ese modo, Abbá de todos, tan cercano y comprometido desde las entrañas, Dios que se hace pequeño junto a los pequeños, Dios con nosotros.

Paz y Bien

Dios, al rescate de su pueblo









Tercer Domingo de Adviento - Domingo de Gaudete

Para el día de hoy (17/12/17)

Evangelio según San Juan 1, 6-8. 19-28









En los tiempos antiguos de Israel, cuando todavía no se había desarrollado la nación judía, la identidad propia se resguardaba en el clan, familia amplia con vínculos arraigados a la tierra, a la fé y principalmente, a la reciprocidad. La reciprocidad era la posibilidad de supervivencia en un ambiente duro en su geografía y a menudo hostil por la violencia, una violencia que se expresaba en guerras e invasiones constantes, en esclavitud y en especial en la injusticia flagrante para con los pobres.
En ese ambiente tribal/familiar surge una figura que será clave, y que con el correr de los siglos su impronta quedará en la memoria de Israel: el Go'El.

El Go'El era un varón de la familia, ligado por vínculos de sangre y de afectos que tenía una misión específica, y que es la de utilizar todos sus bienes y su fuerza para proteger y socorrer a los parientes más débiles y necesitados, a aquellos que corren el riesgo de perder sus tierras y por ello emprender el camino del exilio, a aquellos que a causa de deudas o guerras son pasibles de caer en manos extrañas, vendidos como esclavos. Por esto último, también el término Go'El suele traducirse como redentor de cautivos, garante de la libertad, y luego de las catástrofes sufridas a manos de varios invasores -destierro, cautividad, un cúmulo de pesares- el pueblo judío comenzó sabiamente a identificar a Dios como el Go'El que vendría personalmente a rescatar a su pueblo.

En esta institución, quizás poco conocida pero tan relevante, había una acción simbólica para la renuncia al goelato, y era el gesto de quitarse las sandalias. Este gesto implicaba transferir el derecho y el deber de Go'El a otro pariente más fuerte, por razones de la propia debilidad asumida.

Por todo esto, la mención de Juan el Bautista de reconocerse indigno de desatar las correas de las sandalias de Aquél que ha de venir es importantísimo: de esa manera, Juan declara -y sus oyentes lo comprenden desde la raíz de sus afectos- que el Mesías, el Cristo que ha de venir es el Go'El de Dios, el redentor de su pueblo, el que viene para rescatar a los oprimidos y a los más débiles de la familia con fuerza de liberación.

Juan deslumbra en su integridad y es enorme en su humildad: jamás asumiría para sí algo que no le corresponde. Él sólo es una voz de aviso, anuncio esperanzador de quien está llegando, de quien ya está en medio de las gentes aunque aún no lo reconozcan, toda una vocación misionera.

Cristo es el Go'El de su familia, una familia que no se establece por lazos de sangre sino por los vínculos perennes del Espíritu, familia y pueblo de fé, de los que están unidos a Él por la confianza.

Nos está naciendo nuestra liberación, Dios mismo al rescate de su pueblo, y todas las alegrías han de celebrarse.

Paz y Bien

Adviento, profecía y preconceptos












Para el día de hoy (16/12/17)

Evangelio según San Mateo 17, 10-13







Ellos habían estado en la cumbre del monte Tabor y presenciaron asombrados la Transfiguración del Señor, su Maestro resplandeciente conversando con Moisés -la Ley- y con Elías -los profetas-. Cuando descendían del monte, se sintieron compelidos a preguntarle acerca de cierta tesis firmemente establecida por los escribas -la ortodoxia religiosa- la cual determinaba que previamente a la llegada del Mesías anunciado y esperado, el profeta Elías regresaría a poner en orden las cosas, a restablecer los vínculos familiares, a allanar los senderos extraviados, y ese regreso implicaría a su vez que Elías sería fedatario del Mesías auténtico.
Obviamente, sin un Elías reconocido, cualquier Mesías que se arrogase ese título habría de despreciarse y rechazarse sin más trámite.

Ahora bien, esos hombres doctos habían determinado que el regreso de Elías iba a ser espectacular, envuelto en descollantes apariciones de fuego y luces, sin darse cuenta que con ese preconcepto fijo olvidaban de manera expresa la misión del profeta, que era precisamente allanar los caminos del Señor, la reconciliación de padres con hijos, el fortalecimiento de las familias, la conversión.
En consecuencia, no sólo rechazarían al verdadero espíritu profético en cuanto se hiciera presente, sino que aunque la presencia del Mesías fuera evidente, incuestionable, ellos también le rechazarían con la violencia propia de aquellos que se han enceguecido de poder y soberbia.

Jesús de Nazareth les abre la mirada a una verdad que estaba allí, tan evidente como un amanecer. Elías ya había regresado, y se identificaba con el Bautista. Juan era el signo cierto de que el plan de Dios continuaba fiel a las promesas, y por su ceguera optada, ellos lo execrarían con la misma virulencia con que rechazarían a Cristo.

Adviento es tiempo de cambios. Adviento, más que obligación, es un regalo inmenso de luminosidad, y sólo puede responderse cabalmente a esa invitación bondadosa con una conversión efectiva, convergiendo en cuerpo y alma hacia ese Cristo que llega ante nuestra mirada atenta.

Las señales están allí, a la vista de todos los pueblos, al alcance de cada corazón que se ha liberado de todo lo que perece, de los filtros autoimpuestos, de la inmovilidad de ciertas creencias, porque nos nace un Salvador y es menester estar con los ojos bien abiertos.

Paz y Bien

Dios asume nuestras miserias y limitaciones












Para el día de hoy (15/12/17): 

Evangelio según San Mateo 11, 16-19







Tener presente el contexto en donde el Maestro predica siempre ayuda a la reflexión, a la meditación: Él se dirige a la multitud pero no habla de esas gentes, habla de terceros, habla de la dirigencia religiosa, de la élite de escribas y fariseos que le perseguían con encono.

Esos hombres, profundamente religiosos, son profusos dispensadores de críticas despiadadas. Rechazan con el mismo encono tanto al Bautista como al Maestro, y no vacilan en difamarles, creyendo que así serían eficaces en la destrucción de aquellos que edifican como enemigos.
La enorme integridad del Bautista los pone en evidencia, y es una constante: la luz de los hombres probos y santos hace destacar las sombras que sobreabundan en las almas ajenas por simple contraposición. Por eso mismo, se valen de su austeridad, de su vida solitaria en el desierto para vindicarlo como un loco desquiciado que es menester evitar.
La realidad indica otra cosa más grave: el llamado a la conversión que hace Juan, necesariamente aleja al pueblo de la mediación institucional que se afinca en Jerusalem, precisamente en esos hombres cuyo poder e influencia dominante se vé amenazada.

Por otro lado, el joven rabbí galileo, de mirada amable y palabras de misericordia, que no discrimina a los que habitualmente se excluye y desprecia, que gusta compartir el pan y el vino con los demás como símbolo y anticipación del ágape de Dios, es tildado como glotón y borracho.
Este Cristo derriba los terribles esquemas de impureza ritual que apisonan corazones y esperanzas, y abre mentes y almas a un vínculo cordial y confiado con un Dios cuyo rostro es el de un Padre, y no el de un verdugo severo y vengativo.

En los dos casos, parecería subyacer una actitud caprichosa por parte de esos hombres, un carácter pueril que nada tiene de transparente. Lo que en verdad esconden es que tanto el Bautista como Jesús son graves amenazas a su propio poder.

Así el Maestro se descubre e identifica como Hijo del Hombre: ello tiene una trascendencia enorme. Implica que la fidelidad a su misión, al proyecto del Padre, conduce a una humanización plena de todos los hijos, sin desmedros ni condiciones, Dios que asume nuestras miserias y limitaciones.

La sabiduría de Dios irá revelando en cada gesto de Cristo el sagrado plan de Dios, plan de amor y Salvación, de fidelidad hasta el fin, la Buena Noticia de nuestra liberación.

Paz y Bien


La tierra prometida de la Gracia











Para el día de hoy (14/12/17): 

Evangelio según San Mateo 11, 11-15






En el tiempo del ministerio de Jesús de Nazareth, el pueblo judío vivía ansioso de una liberación que antaño se les había prometido y parecía demorarse, un compromiso de parte de su Dios anunciado por antiguos profetas, especialmente Elías, quien regresaría para restaurar la nación judía en libertad y vínculo indisoluble con su Dios.

Por esas cuestiones y por una realidad agobiante, el surgimiento del profeta Juan, Bautista a orillas del Jordán vuelve a encender las esperanzas adormecidas del pueblo. Sin dudas, no era fácil escuchar al recio profeta del desierto: su llamado a la conversión, al regreso a una vida virtuosa en Dios se nutría de un lenguaje duro, pleno de imágenes que referían a ese Dios como un juez severo, implacable, vengador.
Aún así, la santa integridad del Bautista era aire fresco para tantas almas agobiadas, que lo escuchaban con agrado y atención, porque preparaba la inminente llegaba del Mesías que todos esperaban.

Acerca de Juan, el Maestro no ahorra elogios, pues ante la multitud, el Maestro declara sin ambages que el Bautista es el más grande de entre los nacidos de mujer.
La afirmación estremece: Juan el Bautista es, a los ojos de Cristo, más grande que Abraham, que Moisés, que todos los profetas, que cualquier ser humano. Pero a su vez, una aparente contradicción ensombrece lo que proclama: el Bautista es el más grande, más sin embargo el más pequeño del Reino de los Cielos es mayor a él.

No se trata de un juego de palabras.
Juan, como un inclaudicable Moisés para su pueblo, endereza senderos y allana los caminos para el encuentro de los corazones con el Salvador. Y al igual que Moisés, conducirá al pueblo por el desierto por la dura huella de la conversión, del dejar atrás lo que perece, y los hará arribar a la tierra prometida. Pero él, cumplida su misión, dejará a las gentes seguir y no irá un paso más.
Juan es una bisagra de la historia de la Salvación, un hito en los tiempos de la fé, y por eso mismo los que vendrán después serán mayores a él no por méritos acumulados, sino por la Salvación que los rescata, el Evangelio que se hace tiempo.

Los profetas inclaudicables como el Bautista nos conducen a la tierra prometida de la Gracia, del nuevo bautismo definitivo en donde renacemos al amor infinito de Dios.

Paz y Bien

Cristo, nuestro alivio y nuestro descanso













Para el día de hoy (13/12/17) 

Evangelio según San Mateo 11, 28-30







Desde hace cientos de años se conoce el uso del yugo, aún con los avances tecnológicos en el campo de la agroganadería. Se lo utiliza desde tiempo inmemorial para uncir los bueyes en tanto que bestias de carga: como animales de gran fuerza, se aprovechaba su potencia manteniéndolos férreamente juntos, obedientes a los tironeos de las riendas, tanto para el transporte como para el arado. Ello se lograba mecánicamente, mediante el gran peso de ese yugo que doblegaba la cerviz de los bueyes, impidiendo que siguieran otra huella que la indicada.

Pero también, los oyentes del Maestro comprendían el significado simbólico del yugo: sus vidas en la Palestina del siglo I estaban doblegadas por múltiples yugos, todos gravosos, todos agobiantes. El yugo de una vida de trabajo de sol a sol para apenas sobrevivir al borde de la miseria. El yugo de los tributos intolerables que habían de pagar a los tiranos de turno. El yugo de la humillación permanente a los que estaban sometidos por un imperio que los ninguneaba y los tenía por poca cosa, imbéciles fáciles de atropellar. El yugo religioso que les imponían hombres severos, una multiplicidad de preceptos imposibles de cumplir -la norma por la norma misma-, una fé que incluía a unos pocos y excluía a la gran mayoría en talante de castigo, consecuencia directa de un Dios al que se suponía vengador y rencoroso, ávido a la hora de las penas.

Los yugos persisten con su carga inhumana, doblegando existencia y corazones, y con el correr de los siglos hubo esmero en el perfeccionamiento de su eficacia.

Por todo ello, las palabras del Maestro suenan a música nueva, distinta, un desafío fraterno, una batalla justiciera sin lastimados, pues no viene a suplantar normas o estructuras, aún cuando éstas pudieran ser mejores que las anteriores.
La novedad, la grande y buena novedad está en Alguien, no en algo. La liberación de todas las cadenas, el alivio y el descanso de toda opresión se encuentra en Jesús de Nazareth, viviendo como Él vivía, amando como Él amaba.

Hemos de desaprender tantas cosas... Es menester volver a aprender de Cristo, de su corazón sagrado, de sus entrañas de misericordia, que desde la mansedumbre y la humildad todo cambia y todo comienza, pues así el Dios del universo se afinca en las almas, vida infinita en expansión.

Manso y humilde como un Niño, frágil como todos y cada uno de nosotros, hermano y Señor eterno.

Paz y Bien 

Guadalupe, Madre del Sol entre nosotros













Nuestra Señora de Guadalupe - Patrona de Latinoamérica

Para el día de hoy (12/12/17): 

Evangelio según San Lucas 1, 39-48






Éramos apenas los arrabales de la periferia imperial; en la extraña y dura mixtura de pueblos milenarios y conquistadores violentos, la Patria Grande aún no había llegado siquiera a la estatura de sueño compartido.

Pero aún así, Ella estaba. Y donde está la madre, está el Hijo.

Totalmente mujer, con la vida en ciernes, siempre dispuesta al auxilio, jamás demorando el socorro a los necesitados.
Una tilma increíble es señal perfecta: sus ojos bajos están inclinados hacia los hijos más pequeños, los que no cuentan, los despreciados, los ignorados, los que te reconocen y te saben cercana, tan nuestra y tan de Dios, canción magnífica de liberación de un Dios de Amor que es un Padre que nos ama y una Madre que nos cuida.

Cuando tus pies descalzos caminan esos cerros de soledad y abandono, la vida adormecida salta y festeja la presencia en tu corazón manso, de ese Dios que siempre cumple sus promesas, que derriba a los poderosos, que escucha a los oprimidos y sostiene a los humildes.

No hablaremos de polémicas, ni nos sumergiremos en intrincadas apologéticas. Ni de la contraposición de diosa nahuatl y Theotokos, ni del enfrentamiento de ideologías substanciosas y puntillosidades vaticanas. Nada de eso.
Sólo diremos que se trata de una cuestión de Madre, una cordial razón de amores y con eso nos basta, y por eso vivimos, y en esa causa nuestros pueblos caminan en tu esperanza.

Paz y Bien

El perdón que levanta y restaura











Para el día de hoy (11/12/17): 

Evangelio según San Lucas 5, 17-26







El Maestro se encuentra en Cafarnaúm, seguramente en la vivienda familiar de Simón Pedro. De niño su casa ha sido la de José de Nazareth: ahora su hogar se halla en casa de amigos, allí en donde se lo recibe con el corazón.
La casa del Señor es la casa de sus amigos.

Cafarnaúm se encuentra a orillas del mar de Galilea, y es una importante ciudad fronteriza que posee una nutrida actividad comercial. A menudo los habitantes de este lado se confunden con los de la otra orilla, extranjeros y paganos, y en gran medida por ello, es una zona -como toda Galilea- bajo constante sospecha de heterodoxia y menoscabo, por el contacto habitual con el extraño, con el impuro.

La fama del Maestro se acrecentaba día a día. Las gentes se agolpaban allí donde le encontraban, pero también, severos auditores, llegan fariseos y doctores de la Ley con la intención de detectar cualquier atisbo de desvío de la doctrina religiosa oficial que ellos representan y detentan.
Esa religiosidad, a su vez, considera al enfermo -cualquiera sea la patología que padece- un pecador y un impuro, de impureza ritual contagiosa.

Las gentes y los censores se agolpan, y hay varios que no pueden llegar a la presencia de ese Cristo en el que confían, que sana, que restaura, que inaugura un tiempo nuevo de perdón, de amor de Dios.

Un hombre se encuentra paralizado, parálisis por los miembros que no le responden, parálisis por un alma resignada, doblegada por una doctrina inhumana. Su fé se diluye en la desesperanza, pero unos amigos se movilizan por ese hombre inmóvil. Ellos toman una maravillosa iniciativa, aún cuando por el simple hecho de portar las angarillas ellos mismos se convierten en impuros como el doliente, pero aún así no bajan los brazos.
Hasta se animan a lo impensado: abren un boquete en el techo y con sogas hacen descender la camilla hasta la presencia del Maestro, con todos los riesgos que ello implica.

El Señor sana y salva, y esas acciones son dos caras del único amor de Dios. El pecado que restaura, que levanta, ternura que libera y que pone las cosas en su lugar, aunque las almas serias mascullen blasfemias varias o impugnen gestos de Salvación.

Quiera Dios que así sea la Iglesia, un recinto amplio, familiar y hogareño en donde muchos ingresan por las puertas abiertas. Otros por las ventanas. Otros, por asombrosos boquetes en los techos, hombres y mujeres de fé que asumen el dolor del hermano para llevar a la verdadera presencia de Cristo a los que sufren, a los que han sido olvidados o descartados por un férreo sistema que anula corazones.
Porque en esta casa grande todos han de ser recibidos con alegría, sin importar el modo en que han ingresado.

Paz y Bien

Un tiempo grávido de eternidad














Segundo Domingo de Adviento

Para el día de hoy (10/12/17) 

Evangelio según San Marcos 1, 1-8





La lectura que nos brinda la liturgia para el día de hoy nos sumerge de ello y desde su inicio en un nuevo comienzo con colores de novedad y encendido de bondad. Hay una novedad que no puede, de ningún modo, soslayarse. El tiempo no es ya una serie de eventos concatenados a veces de manera azarosa, a veces con una tinción repetitiva y gravosamente ineludible, y doloroso de tan abstracto. El tiempo que se inaugura es un tiempo personalísimo, signado por Alguien, Jesús de Nazareth, totalmente humano, totalmente Dios, a quienes los que se aferraban a las antiguas promesas aguardaban como Salvador.

Es un tiempo sagrado, y se inicia con un hombre extraño. Extraño porque rompe los moldes esperados.
Extraño -y por ello sonreímos desde las entrañas- pues es un hombre santamente inadaptado en su integridad que tanto nos alienta.
Ese hombre, como todos los profetas, tiene una mirada profunda, capaz de atravesar los velos de la historia. Sabe mirar y ver que en las honduras de lo cotidiano se está gestando la plenitud de su mismo Dios, tiempo grávido de eternidad, y no puede por ello callarse ni permanecer como un mero espectador.
Juan, hijo de Zacarías e Isabel, impulsado por el Espíritu que todo empuja, se hace manos de un Dios alfarero que moldea nuevamente una vida que se apagaba en un barro sin destino.

Juan es del desierto, que para su pueblo es símbolo de camino de liberación, de comunión con Dios, de peregrinar esperanzado a pesar de las arenas yertas. No es hombre de templos ni de palacios ni de poderes y riquezas: en santa ilógica, esclavo de la verdad que lo enciende en su corazón, es tan libre en su honestidad que demuele toda corrupción tanto como la luz, por su sola presencia, desaloja las sombras. Para tanto corazón agobiado, es agua fresca. Para tantas almas habituadas a que toda noticia sea lúgubre en su angostura, Juan significa que hay otra posibilidad, que hay una novedad que además es bondadosa.

Desde el desierto mismo comienza el alba de la Buena Noticia. Ello es irreductible en su férrea esperanza, pues proclama que todo es posible, que todo vá a cambiar, que contrariamente a lo que el mundo produce y afirma, la historia se edifica desde las mujeres y los niños, desde un Niño santo que será todo para todos y por el que vale la pena seguir insistiendo en la confianza en un Dios que jamás abandona a los suyos, y que siempre paga con creces lo que promete.

Paz y Bien

La inmensa autoridad de la compasión












Para el día de hoy (09/12/17) 

Evangelio según San Mateo 9, 35 - 10, 1. 6-8








Salir, salir de todo encierro, pero muy especialmente salir de sí mismo e ir al encuentro del otro. De eso se trata la misión porque la misión es sinónimo de amor.
Toda la vida de Jesús de Nazareth es un ir constante en búsqueda de los demás, allí en donde acontece lo cotidiano, en donde la gente se reune a rezar, en donde trabaja, en donde viven. Pero con especial afán Él vá hacia donde se encuentran los que ya no pueden más, los olvidados, los descartados de la vida, los que agonizan tantas veces en silencio.

Todavía no lo hemos encarnado como distingo principal de esta familia suya que somos, la Iglesia. A menudo seguimos empecinados en esperar que el prójimo se aparezca a nuestras puertas, cuando en verdad al prójimo se lo edifica y reconoce desde la caridad. Peor aún, nos blindamos de muros, puertas cerradas y ventanas opacas, esos exclusivismos acotados de una Iglesia rápida para la sanción de todas las heterodoxias, pero escasa a la hora de prodigar misericordia y bondad sin distinción ni fronteras.

Por ese carácter que es su identidad única, a los discípulos de aquel entonces y los de todas las épocas de la historia el Señor les ha conferido autoridad, una autoridad que emana de su propio poder. Esa autoridad no se condice con los criterios mundanos de dominio, de mandar a los demás, de ordenar y ejercer el poder sobre el hermano y sobre los que se ha confiado su cuidado.

Esta autoridad es única: se trata de encarnar la compasión en todo tiempo y lugar, sin importar las consecuencias, con generosa cordialidad, levantando al caído, socorriendo al enfermo, celebrando cada brote de justicia y liberación en donde acontezca.

Porque desde el Evangelio, no hay otro poder auténtico que el del servicio, en la asombrosa sintonía de la Gracia.

Paz y Bien

Inmaculada, toda de Dios, toda nuestra











Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María

Para el día de hoy (08/12/17) 

Evangelio según San Lucas 1, 26-38





A veces producto de un afecto incontenible, a veces por una religiosidad escindida de la realidad de la Buena Noticia, a la Virgen María gustamos elevarla a la altura imponente de altares ubicados en portentosos templos, y revestir las imágenes que la recuerdan con lujosos ropajes y con cara joyería, coronas ajenas a la sencillez del Evangelio.

En el día en que celebramos la Inmaculada Concepción de la Virgen María hemos de esforzarnos por reencontrarnos con esa mujer que es toda de Dios y toda nuestra, la que es feliz por haber dicho Sí al amor de Dios, bienaventurada porque ese Dios ha puesto su bondad y su mirada sobre su enorme pequeñez.

Nombrar a María de Nazareth es decir muchachita judía -casi una niña- de aldea ignota, en donde nada sucede y de donde nada se espera, y que contrariamente a la lógica del mundo, con Ella Dios transforma la vida y la historia desde los más pequeños, los que no cuentan.

Es aceptar comunicar la vida de un Dios que se hace presente amorosamente en la existencia cotidiana: por ese Sí el universo entero se detiene, contiene el aliento y se transforma, pues en el corazón de esa muchacha se decide la vida misma.

Celebrar a María Inmaculada es confiar que desde lo que casi ni se vé, desde lo que no tiene relevancia, desde lo que es insignificante, un Dios que es Padre y que revela por esa mujer su rostro maternal interviene en la historia humana de un modo extraño, asombroso, definitivo.

Dios exalta a los pequeños.

La felicidad no se encuentra en los palacios, en las arcas de los ricos, en el brazo armado de los poderosos. La vida se abre paso, silenciosa y humilde, desde la tierra sin mal de una jovencita de embarazo sospechoso que, no obstante, sigue adelante cobijando en su cuerpo y en su alma la vida que se le crece en su interior.

María de Nazareth es Santa María del Adviento porque Dios siempre está llegándose a nuestras vidas respetuoso y sin imposiciones, porque la esperanza es un tesoro incalculable, puerto seguro de arribo, y que la Palabra, cuando se la escucha con atención y se la hace germinar, hace presente la Salvación en nuestras existencias, un Dios que se hace vecino, pariente, hermano, amigo, hijo amado en las entrañas del tiempo.

Paz y Bien

Edificadores de la existencia











Para el día de hoy (07/12/17) 

Evangelio según San Mateo 7, 21. 24-27





Más allá de cualquier experticia o de capacidades propias de los oficios, la parábola nos vindica a todos y cada uno de nosotros como edificadores, constructores de nuestras existencias.

La solidez y firmeza de esto que edificamos no pasa por la firmeza de sus vigas o la belleza de su cielorraso. Invariablemente, la solidez del hogar que llamamos corazón pasa por sus cimientos, asentados sobre roca firme.
Y la roca firme es el amor de Dios que se nos revela en Jesús de Nazareth, en su Palabra de Vida que es Palabra Viva.

Esa certeza de amor infinito e incondicional es el sustento primordial y clave de todo destino. Frente a esa generosidad inconmensurable, la única respuesta veraz es la gratitud y la alegría, pues ese amor es más fuerte que la más brava de las tormentas y la más fiera de las catástrofes.

Los edificadores que son así de fieles no andan diciendo Señor! Señor! con palabras vacuas y sin corazón. Los edificadores -obreros del Reino- no se aferran a espectáculos milagreros, a exterioridades religiosas que se presumen sagradas, sino que suelen ser esforzados y silentes trabajadores. Casi ni se los vé ni se los escucha, pero sin su sal y sin su luz la vida se apagaría sin trascendencia.

Los edificadores son servidores humildes y eficaces del Reino, de su propia existencia que -saben bien- es don y misterio, y que se enriquece cuando se comparte y se hace fraterna, Palabra de Dios que se encarna en la historia, en los días, en cada instante.

Paz y Bien

Niño de pan











Para el día de hoy (06/12/17) 

Evangelio según San Mateo 15, 29-37






Esta lectura que nos regala la liturgia para el día de hoy nos ofrece signos y símbolos que no podemos pasar por alto.
Ante todo, en esta oportunidad se trata de una multitud de indeseables a la mirada de la estricta doctrina de escribas y fariseos: son miles de extranjeros y paganos, pues todos ellos, en gratitud al bien que reciben del Maestro, alaban al Dios de Israel, es decir, hablan de un Dios ajeno, que no le es propio. Y además, entre todos ellos llevan a los que serían dejados de lado por impuros o defenestrados, los enfermos y dolientes, los que no pueden andar, los que han perdido la capacidad de mirar y ver, los que han sido reducidos al silencio y están imposibilitados de comunicarse.

Las preocupaciónes de Jesús de Nazareth asoman asombrosamente seculares, desprovistas de rigores cultuales. Está decididamente avocado, inclinado hacia donde está el sufrimiento, hacia donde la humanidad se halla menoscabada y lesionada, hambrienta, desfalleciente. Esa preocupación no es cosa de espectadores, sino que este Cristo se zambulle por entero en esos mares del dolor, sin hundirse en los problemas aparentes, y esa tenacidad en levantar y restaurar esos cuerpos doblegados, esos corazones angostados es la señal exacta del amor infinito de Dios que se encarna para que la humanidad sea plena, para que la humanidad se divinice, el camino humilde y tenaz de la Gracia.

Pero no es tarea solitaria del Maestro. Los suyos, los que le siguen, los que son parte de su familia -todos nosotros- tienen una tarea impostergable, la de entremezclarse entre las multitudes con talante, acciones y corazón de servidores, con la sencillez de quien sirve la mesa a la que otros se han sentado a comer.

Más estos servidores han de ser derrochones, poco prudentes en llevar a las gentes hambrientas que languidecen la Gracia de Dios, porque esa bendición recrea y renueva y es tan inconmensurable que todos se sacian y aún habrá más para los que todavía no han llegado.

Nunca hay que reservarse ni retacear el amor de Dios. Viene un Niño de pan que será todo en todos.

Paz y Bien

ir arriba