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La vida ofrecida de Cristo, el altísimo rescate de todos los pueblos
















Para el día de hoy (13/04/19) 

Evangelio según San Juan 11, 45-57









Jesús se encontraba en casa de Lázaro, Marta y María, en Betania. Había regresado a su amigo a la vida de una muerte segura, y ello multiplicó su fama y las gentes que creían en Él.
En esa hogar familiar de Betania el Maestro se encontraba a sus anchas, y quiera Dios sea símbolo para la Iglesia y para nuestros corazones, una casa en donde Cristo se sienta a gusto, en donde sin euforias pero con mansa y tenaz felicidad se celebra su paso redentor.

Pero a ello se contraponía un ambiente cada vez más denso y enrarecido. La sombra ominosa de la Pasión parece cernirse sobre todos los cielos que pugnaban por abrirse.

En Jerusalem se encuentra reunido el tribunal supremo de Israel, el Sanedrín. Sus miembros están más que preocupados con la influencia creciente del rabbí galileo, y oscilan entre el miedo y la rabia.
Es menester ubicarse en el contexto de lo que sucedía por aquel entonces: Tierra Santa era una provincia sometida al dominio y la soberanía romanas. Y el celo imperial era rápido para aplastar cualquier movimiento que se supusiera un conato de rebeldía o subversión, combinado a veces con un encendido antisemitismo.
Así esos hombres temían la brutal reacción de los romanos, aunque en verdad quienes dominaban y sojuzgaban corazones y mentes del pueblo judío eran ellos.
La combinación entonces desataba las acciones de hombres enojados y asustados, una combinación siempre peligrosa para los demás. Fariseos, saduceos y herodianos se alían en contra del rabbí de Nazareth, aunque en lo habitual estuvieran enfrentados al punto de detestarse: los riesgos de perder el poder y abandonar privilegios anuda extrañas sociedades.

Lleva la voz cantante Caifás, sumo sacerdote. Temen que las legiones arrasen con su nación y les aniquilen el Templo, y por ello justifican la eliminación de Jesús.
Es terrible: no sólo para ellos vale más el Templo que una vida, sino que se arrogan el derecho de decidir quien debe vivir y quien debe morir, en una lógica del poder persistente hasta nuestros días, en aras de cierto bien mayor difuso, del estado, o de cualquier otra justificación.

Caifás, aún en su interés mezquino y mortal, profetiza por su condición sacerdotal, sin darse cuenta de la profundidad de lo que expresa. Suele suceder: a veces decimos cosas a la ligera que lastiman, a veces decimos -a pesar de nosotros mismos- cosas que son innegablemente de Dios.

Caifás expresa la verdad, y es que un solo hombre morirá por todo el pueblo.

Porque Cristo morirá por el pueblo, precio altísimo del rescate de tantos. Pero también ofrendará su vida en absoluta conciencia y libertad por esos hombres que lo condenan, que lo desprecian, que ansían su muerte.

En esa ofrenda, se torcerá de una vez y para siempre la historia. No hay nada más valioso que la vida, templo santo de Dios. No hay mayor amor que dar la vida por los demás.
Un Cristo pobre y humilde morirá como un reo marginal por el pueblo, por todos los pueblos, por buenos y malos, por vos, por mí, por todos nosotros para que no haya más crucificados.

Paz y Bien

Cristo nunca es resignación ni fatalismo

















Para el día de hoy (12/04/19): 

Evangelio según San Juan 10, 31-42






Piedras de David contra Goliat. Piedras para ejecutar a los reos condenados. Piedras que se desprenden de los cerros. Piedras que representan estabilidad, y que se utilizan para construir hogares, sinagogas y templos. Piedras como armas. Piedras que se enarbolan para ejecutar a Jesús de Nazareth.

La Pasión está ahí cerca, dura, ominosa pero -por la fé- resplandeciente de fidelidad y amor.

Los dirigentes religiosos habían abandonado cualquier corrección política y de lenguaje encendidos de furia, y no quieren demorar más la sentencia que ya se ha incubado en sus corazones. Al rabbí de Nazareth lo quieren ajusticiar en ese preciso momento para que se calle, y porque se sienten ofendidos en su fuero más íntimo: ese hombre se iguala a Dios.

Dejan en segundo plano todo lo demás. No les importan todas las obras de bondad que ha realizado, el bien que ha prodigado. Quieren matar en nombre de Dios.
Curiosamente y aún desde sus obscenos prejuicios, esos hombres intuyen la dimensión mesiánica de Cristo quizás con más amplitud que los propios discípulos. De allí la gravísima acusación de blasfemia, cuya única consecuencia legal directa es la pena capital.

Es que Cristo, Dios hecho hombre, es un Mesías y un Dios demasiado inconveniente. Un Dios tan cercano nos despeina preconceptos, nos demuele las expectativas de poder, nos cuestiona la vida misma pues está con nosotros cada día, acampando entre nosotros, y Su presencia pone en evidencia todas las oscuridades que nos esforzamos en esconder.

Tal vez en estos tiempos la figura de Cristo es simpática, agradable, se puede escuchar con romántica fruición. Los problemas comienzan cuando advertimos que seguir sus pasos exige una radicalidad total, que no hay lugar a medias tintas, que es imperioso el éxodo de la conversión, y ahí alistamos las piedras que estamos dispuestos a arrojar a Dios, piedras de rechazo, de resignación y mediocridad.

Que el amor de Dios en la cruz nos revista de mansedumbre y nos vuelva discípulos y servidores.

Paz y Bien

Nunca moriremos, viviremos por siempre en Cristo
















Para el día de hoy (11/04/19):  

Evangelio según San Juan 8, 51-59






A través de los velos de los siglos, es menester fijar nuestra mirada en el viejo pastor de Ur, Abraham.
Hombre anciano, casado con una mujer de avanzada edad como él mismo, no habían podido tener hijos, y vivían sus días al calor del desierto, en el refugio de sus carpas beduinas.

Dios hace una alianza con este hombre, una alianza que no se registra en tratados formales ni se codifica en documentos verificables a posteriori porque es una alianza cordial que involucra la totalidad de la existencia. En esa alianza, Dios hará fructífera la vida del pastor con la llegada de un hijo añorado, y no será lo único: por la fé -que es la contrapartida de Abraham- éste se convertirá en padre de naciones, abuelo de todos los creyentes de toda la historia.
La razón le indicará al anciano sabio que ya sus viejos huesos no están para esos trotes, ni para concebir hijos ni para encabezar pueblos hacia una tierra que se le promete y que se le hace improbable. Menos aún, que pueda ser el primero entre millones que le sucederán.

Pero la razón no comprende cuestiones que el corazón aprehende, y la fé, que ante todo es confianza, prolonga la mirada hacia horizontes ilimitados.
Por ello mismo Abraham se enciende de júbilo: será, por ese Dios asombroso, padre de un hijo increíble al que llamará Isaac -cuya traducción literal es Dios sonríe- y será padre de naciones estrelleras, y más aún.
A lo lejos, asomándose como un amanecer único y por esa fé de mirada profunda, es capaz de mirar y ver que cuando el tiempo madure, Dios mismo instalará una tienda similar a la suya y habitará entre su pueblo.
Abraham, mil años antes, avizora felizmente al Redentor.

Su camino comienza a hacerse firme, y esa pequeña tribu se ha de convertir en nación y promesa, a pesar de que deba sufrir esclavitudes, exilios, quebrantos e infidelidades. El Dios de sus promesas siempre cumple sobradamente con lo que se ha comprometido.

Sin embargo, muchos de los hijos del viejo pastor se confundieron, y creyeron que sólo por pertenencia sanguínea o identidad nacional tendrían todo resuelto, definitivamente allanado. Ése fué su mayor error, el de la lineal literalidad, que los vuelve fanáticos y falaces.
Han olvidado y renegado de la dinastía primordial que es la de la fé: son hijos de Abraham por creer como él creía, por confiar en el Dios de la promesa perenne.

Por eso mismo rechazan con asco y violencia al Cristo manso que les habla y trata de despertarlos. Ellos están muy cómodamente instalados en sus esquemas, y no toleran que ese campesino galileo venga a trastocarle el andamiaje. Mucho menos, que se erija con la autoridad y la esencia misma de Dios, y con ese argumento buscan su condena y ejecución, sin advertir que así son ellos los que se hunden y condenan.

Cristo es esa alegría inconmensurable, y ese júbilo que no se derrumba pues nace del corazón, en donde se afinca por maravillosa bondad la fé en Dios, que es don y misterio.

Porque a pesar de tantas miserias, rechazos y desprecios, de tantas amenazas y argumentos tétricos, la muerte no ha de prevalecer.
Nosotros no moriremos.

Paz y Bien

Liberación cristiana, el paso de la servidumbre al servicio

















Para el día de hoy (10/04/19): 

Evangelio según San Juan 8, 31-42










La Pasión está muy, muy cerca, y los mecanismos propios del odio parecen estar a plena marcha.

Ayer contemplábamos como sus enemigos lo vindicaban como un potencial suicida, tan intoxicados de literalidad y de prejuicios que estaban: hoy lo injurian, quizás indirectamente, diciendo que es hijo de una prostituta.

Meterse con la Madre es una frontera que jamás debería trasponerse, pero ellos lo hacen, orgullosos y soberbios que exhiben pertenencia y credenciales como distintivo y condición necesaria y suficiente para ser hombres plenamente libres, nunca esclavos, descendientes de Abraham.
Es clara su visión sesgada. Olvidaron los ladrillos del Faraón, el exilio babilónico, las invasiones asirias. En ese tiempo, el orgullo nacional se encontraba hollado por la bota imperial romana, y ese pueblo único entre todos los pueblos era, a todos los efectos, un grupo menor provincial entre las vastas posesiones del César.

Aún así, su mezquina perspectiva les impedirá ir más allá, les obtura cualquier éxodo cordial, la conversión.
La pertenencia no basta, no es suficiente ni es condición absoluta de plenitud y libertad, pues en el tiempo de la Gracia se nos revela que el pecado es el origen de todas las esclavitudes, las de ese tiempo y las de éste. Al fin y al cabo, todo encuentra su raíz en el corazón humano.

Somos libres si permanecemos en la verdad, si nos afianzamos en el amor de Dios, si guardamos la Palabra de Cristo y la hacemos tiempo, vida cotidiana.

La verdadera liberación es el paso de la servidumbre al servicio, señal de la vieja vida esclava del pecado en paso franco a la humilde y gloriosa libertad de los hijos de Dios, ricos por darse, felices por amar.

Paz y Bien

Con la cruz en alto, por sobre todo















Para el día de hoy (09/04/19) 

Evangelio según San Juan 8, 21-30









Los enemigos del Maestro no escatimaban insultos ni descalificativos hacia su persona. Que era un borracho o un glotón. Impresentable amigo de prostitutas y publicanos. Un carpintero con torpes ínfulas de doctor. Un endemoniado, un blasfemo, un loco peligroso. Todos esos epítetos, de verificarse legalmente, le acarreaban durísimas penas, incluso la muerte que se expone como el objetivo mayor. No obstante y como siempre lo han hecho los miserables, la descalificación tiende a aislar a la víctima, royendo su honor, su carácter, su entereza y haciendo que lo que diga y haga torne, cuanto menos, ridículo.

Hoy, nos encontramos con una nueva imputación que le endilgan: lo sindican como un suicida en ciernes.

Esos hombres estaban enfermos de literalidad, pues tomaban al pié de la letra su afirmación de que donde Él iría, ellos no podrían ir.

El Maestro lejos estaba de ser un suicida. Él entregaba su vida voluntaria y libremente como señal absoluta del amor de Dios al mundo. Esa señal sólo puede comprenderse -mucho más allá de los acotados parámetros de la razón- desde la fé, una fé que enciende la mirada sobre la persona de Jesús de Nazareth.
Porque la fé cristiana es creer en Alguien antes que en algo, en una doctrina o en la aceptación de normas y preceptos.

Esos hombres podrían vivir -biológicamente- muchos años, pero estaban muertos de antemano. Morir es aferrarse a la oscuridad, renegar de la luz, hundirse con fervor en las tinieblas a pesar de la mano cordial que Dios nos tiende a cada paso.

Para esos hombres, la cruz implicaría una derrota sin ambages y una maldición, la contundencia de las sombras y el horror.

Para nosotros, humildemente y desde nuestras miserias, la cruz que se levanta con el Cristo de todos los dolores asumidos es la luz que nos dice que Dios nos quiere, que Dios nos ama, que vida que se ofrece es vida que se multiplica como el pan bendito.

Paz y Bien

Cristo luz del mundo que disipa toda tiniebla











Para el día de hoy (08/04/19):  

Evangelio según San Juan 8, 12-20









El ambiente y la situación a menudo son importantes para sumergirnos en las profundidades de la enseñanza que nos brinda la lectura del día. 
El ambiente es complejo, cada vez más oscuro, con arrebatos violentos y las prisas por acallar la voz del joven rabbi galileo por parte de las autoridades judías. Por otra parte, nos encontramos -tal como las lecturas de los días precedentes lo señalan- en la celebración de Sukkot o Fiesta de las Tiendas/Tabernáculos, solemne memorial del peregrinar del pueblo de Israel por el desierto hacia la tierra prometida, con un Dios que se hacía presente en la columna de nube durante el día y en un pilar de fuego por las noches. 
Así entonces, al finalizar la primer jornada de Sukkot, se colocaban enormes candelabros sobre los muros del Atrio de las mujeres del Templo; había allí gigantescos hachones cuyo combustible era aceite, y cuyas mechas se elaboraban de las vestiduras usadas durante el año precedente por los sacerdotes del Templo. Esas grandes lámparas se encendían a medianoche, y era tal su luminosidad que los rabinos consideraban que su luminosidad alumbraba cada rincón de la Ciudad Santa, e inclusive podía verse desde varios kilómetros de distancia.

Precisamente allí, bajo esas lámparas y en ese momento solemne, es que el Maestro se declara como luz del mundo. 
La contraposición en ese entorno cerrado y sacro a la vez provoca temor y temblor, un hombre solo frente a todos los odios.
No se trata de una provocación vana, ni tampoco es una cuestión dialéctica menor. Implica todo un éxodo definitivo, una conversión sin medias tintas, metanoia personal.
La luz verdadera que ilumina todo destino no se hallará en las construcciones -por sacras que estas fueran- ni en los monumentos imponentes, en la pompa arrolladora del un culto ornado de boato, sino en la persona de Jesús de Nazareth, Cristo de nuestra Salvación.
Esta afirmación tiene también otra connotación terrible para los criterios religiosos unicistas o elitistas: al manifestarse como Luz del Mundo, Cristo disipa las tinieblas de toda la humanidad, de todo el cosmos, de todo el universo. No es patrimonio exclusivo de los creyentes, de una Iglesia, de ciertos pueblos, sino incalculable don y herencia de toda la humanidad, respuesta veraz a los anhelos humanos más profundos.

La luz no admite quietudes temerosas o cómodas. La luz implica éxodo, movimiento, ir hacia Dios aquí y ahora, pues el amor motoriza, nos hace salir de nosotros mismos al encuentro del otro y del Totalmente Otro que nos ha buscado primero.

Cristo es luz y porta la luz divina del Padre, el amor absoluto e incondicional que Dios nos tiene, una luz que no depende tanto de nuestros esfuerzos o méritos, sino de dejarnos iluminar y plenificar por Cristo, luz verdadera de los corazones, luz del mundo.

Paz y Bien

Escrito en el suelo y en los corazones














Quinto Domingo de Cuaresma 

Para el día de hoy (07/04/19):  

Evangelio según San Juan 8, 1-11










Una necesaria mención previa: estudios bíblicos y exegéticos señalan que la lectura que hoy nos convoca, no pertenecía originalmente al Evangelio según San Juan. Su estilo literario refleja más la estética lucana antes que la joánica, y más aún, la lectura de los párrafos precedentes y posteriores de dicho Evangelio pueden leerse en forma conjunta y con una línea de continuidad en la que esta lectura podría saltearse sin problemas. Misterio de las primeras comunidades cristianas, lo que a nosotros nos vale es que sea canónico, es decir palabra inspirada por el Espíritu que nos comunica la enseñanza de Cristo, lo que verdaderamente cuenta y queda.

La escena es terrible. Una mujer, sorprendida en adulterio, llevada a los empujones y puesta en medio de todos -delante del Maestro también- para una mayor humillación, haya hecho lo que haya hecho. Está a un paso de ser lapidada, y no es difícil imaginar a los condenados que transitan desde la celda al patíbulo con eficaces verdugos abriéndole paso, un muerto que camina. Ella está prácticamente muerta, aún cuando no hayan volado las piedras.

La discusión que le plantean parece tener un marcado viso judicial, como si fuera una discusión tribunalicia dialéctica acerca de ciertos postulados legales; en realidad, se trata de falacias, es decir, de razonamientos que inducen a error bajo una pátina de razonabilidad. En términos más sencillos, se trata de una trampa cuidadosamente elaborada para que el Maestro tropiece y así, a la vista del pueblo al que está enseñando, sea defenestrado y acusado de delitos gravísimos.

En apariencia, el argumento de esos hombres es puntillosamente legal: la Torah preve para un hombre y una mujer sorprendidos en adulterio la pena de muerte por lapidación. Ello tendrá sus variantes de acuerdo al estado de la mujer -soltera, casada, prometida-, y en este caso se ejecutará con presteza a la mujer. Nada se dice del otro partícipe necesario, el varón, y más allá de cualquier vana y banal discusión de género, hay cierta misoginia allí con un fuerte talante despectivo. A los condenados se los debe llevar a las puertas de la ciudad, es decir, fuera del égido comunitario, y quizás nos anticipa la propia muerte del Señor como un delincuente en el Gólgota, fuera de la ciudad.
Pero no debemos olvidar lo que el texto nos advierte de antemano, que la intención era ponerlo a prueba y de ese modo obtener pruebas que lo incriminen.

Llama muchísimo la atención también la actitud del Señor frente a la furibunda diatriba de los acusadores. Parece no afectarle demasiado la cuestión, y a pesar de las pretendidas prisas de esos hombres, Él escribe en el suelo. La calma de los justos saca de quicio a los violentos, y a pesar de la gravedad del momento, a nosotros tal vez la escena nos arranque una sonrisa. La paz inalterable del Maestro que descoloca las furias de esos hombres religiosamente enojados.
Respecto de lo que el Señor escribía en el suelo, numerosos y grandes autores han reflexionado a lo largo del tiempo acerca de ello. Aquí, con las limitaciones más que evidentes, humildemente se sugiere que la acción es plena de símbolos: el pecado se escribe en la tierra, miserias que dispersa el viento sin vuelo ni lejanía. Lo que cuenta es que nuestros nombres esté inscritos en el cielo, en el infinito corazón amoroso de Dios.
Pero hay más, siempre hay más. Las piedras férreamente aferradas en las manos de esos hombres no son tan duras como lo son sus corazones, y por eso -como enseña San Agustín- el Maestro enseñe con más facilidad a la tierra sobre la que escribe que a esas almas cerradas, petrificadas.
La falacia se hace evidente: si Jesús de Nazareth concede que corresponde ejecutar a esa mujer, frente al pueblo su imagen de Maestro bondadoso que come con pecadores se desvanece con rapidez, y su enseñanza de un Dios que es Padre misericordioso es sólo una mentira. Por otro lado, si se opone -según el planteo de escribas y fariseos- es un infractor de la Ley, un blasfemo que hace méritos para ser condenado.
También no se puede dejar de lado la cuestión romana. El pretor -la autoridad imperial- es amo de territorio, cosas y personas; ninguna ejecución puede llevarse a cabo por otra mano que no sea romana, y quizás los escribas especulen con ello.

La Ley estipulaba que una mujer condenada debía ser sorprendida en flagrante adulterio por más de un testigo, y que serían los testigos de esa flagrancia los primeros en arrojar las piedras que acabarían con su vida -Dt 17, 2-6-. Por eso mismo su respuesta.

Él no cuestiona la Ley. Lo que está en entredicho es la autoridad moral de esos hombres, tan pecadores como esa mujer -como todos nosotros-, tan necesitados de la misericordia de Dios. Porque si nuestro Dios actuara según nuestros criterios retributivos de justicia, nadie se salvaría del fuego.
La presunción de los condenadores es ilegítima y falaz, y el Dios de Jesús de Nazareth no es un juez severo ni un rápido verdugo eficaz, sino un Padre bondadoso que abraza a todos los hijos perdidos, un Dios que nunca descansa por el bien de todos. De los fariseos y escribas, de esa mujer, de todos y cada uno de nosotros.

Las piedras que se abandonan no son signo único de una derrota dialéctica, sino señal de una realidad que hasta el momento no se reconocía, y es que esos hombres deben convertirse también si no quieren perecer en sus miserias.
La vida rescatada de la mujer casi muerta es ocasión de celebración, por el horror que se ha eludido pero por el nuevo comienzo ofrecido desde la bondad infinita de un Dios que sale en nuestra búsqueda, que quiere que tengamos una vida plena y feliz, que dejemos atrás los quebrantos, que no volvamos a la esclavitud.
Nos espera a pura bondad la tierra prometida de la Gracia.

Paz y Bien

El amor de Dios transforma la historia



















Para el día de hoy (06/04/19): 

Evangelio según San Juan 7, 40-53






No es la primera ocasión en que la persona de Jesús de Nazareth suscita opiniones diversas y a menudo encontradas, en varios pasajes de los Evangelios podemos encontrarnos con tales situaciones, incluyendo los conflictos que ocurría dentro del propio grupo de discípulos. El Maestro no pasaba desapercibido, su presencia interpela, y de alguna manera obliga a tomar posición pues esa misma postura que se tome puede provocar un giro fundamental en la existencia.

La diferencia, en esta oportunidad, está dada por el momento y el lugar en el que acontece, dentro de Jerusalem con los odios exacerbados hacia el Maestro, al punto de emitir órdenes para su arresto. Pero aún así, en ese ambiente tan agobiante y enrarecido, su presencia y su Palabra interpela y cuestiona.

En el pueblo, las opiniones son diversas. Unos lo reivindican como profeta, otros como el Mesías esperado, otros enfrentan esas positividades precedentes aseverando que por su origen tan humilde y periférico no puede ser el Mesías. Adoptan la exégesis oficial sin reflexión ni juicio crítico.
Los guardias del Sanedrín y el Templo -son en la práctica una policía religiosa- van con ánimos de apresarlo, pero su figura los impresiona, los deja estupefactos: ese rabbí galileo no tiene nada de delincuente ni de demoníaco blasfemo, rótulo que le imponen las autoridades que los mandan.

En el Sanedrín, dominado por el pensamiento fariseo a pesar de su composición -fariseos, saduceos, nobleza laica-, surge la indignación pues consideran que los guardias han sido víctimas de un engaño, de una impostura. La única interpretación válida es la de ellos, y por eso mismo el pueblo carece de derecho de pensar, de reflexionar, de opinar distinto, aún con el riesgo del error. Han edificado una gravosa religiosidad elitista para unos pocos en detrimento de todo el pueblo, han deificado la Ley dejando afuera al Dios que le confiere sentido, origen y trascendencia.
Eso sí, hay en ellos una profusa erudición legal, pero brilla por su ausencia la sabiduría. Son expertos en la Ley pero nada saben de Dios, y desde allí desprecian al pueblo y denuestan a las voces nuevas y proféticas.
Su cerrazón es tan compacta que insultan a uno de los suyos, Nicodemo, que valientemente y dentro de esos criterios legalistas, se opone a cualquier pre-juicio, y aduce que el Cristo que él en secreto ha conocido merece ser escuchado antes que condenado. El insulto parte de compartir un mismo origen galileo.

No comprenden ni comprenderán que Jesús de Nazareth, Cristo de Dios, expresa el amor de Dios encarnándose en la historia en un tiempo determinado, en un lugar específico en donde, se supone, nunca pasa nada.
Desde la periferia destinataria de todos los desprecios, desde lo mínimo, desde todas las Galileas el amor de Dios viene transformando la historia plenificándola de Salvación.

Quiera Dios que siempre la presencia del Señor nos interpele, nos inquiete y nos desestabilice de todas las comodidades, para arribar a la verdadera paz, la escucha atenta de la Palabra, la oración, el Sagrado Corazón de Cristo.

Paz y Bien

En Cristo, Dios se revela en toda su plenitud
















Para el día de hoy (05/04/19):  

Evangelio según San Juan 7, 1-2. 10. 14. 25-30








A pocos días del Viernes Santo y con la cruz en ciernes, la lectura de este día parece palpitar peligro y nos predispone a la Pasión que acontecerá en breve.

Jesús de Nazareth quería quedarse en la relativa seguridad de Galilea, pues en Judea lo estaban buscando con la abierta intención de matarlo, la supresión del profeta, la violencia como solución religiosa y política. Una orden de arresto se había emitido en su contra.
El Maestro trata de eludir el arresto, pues no es su hora: la Pasión será entera consecuencia de su entrega plena y libre antes que de la eficacia de sus enemigos.

Por aquel entonces se celebraba Sukkot, la Fiesta de los Tabernáculos, una de las festividades más importantes de la nación judía junto a Seder Pesaj -Pascua- y Yom Kippur -Día del Perdón-. Sukkot, también conocida como fiesta de las chozas o tiendas, poseía una doble vertiente, el memorial de los años de liberación en el desierto, y también como fiesta de vendimia y cosechas. Ningún varón judío que se preciara de tal evitaría la celebración, y Jesús de Nazareth, fiel hijo de su pueblo y de las tradiciones de sus mayores, ingresa a la Ciudad Santa de manera anónima, casi clandestina.

Extraños vaivenes y contrapuntos. El Santo de Dios llega a Jerusalem como un proscrito que es necesario evitar, un Mesías incómodo y peligroso. Y está allí, en fiesta de cosechas, Aquél que ratifica con su sangre que es menester que el grano de trigo caiga en tierra y fructifique, en la inmensa vendimia de su sangre.

Aún así, con esa confidencialidad, no pasa inadvertido, y los jerosolimitanos creen reconocerle. Por supuesto, aplican preconceptos y prejuicios y sólo esbozan una caricatura banal.
Cuando a Cristo no se lo contempla con los ojos de la fé no se le reconoce, y sólo podrá observarse un reflejo que se acomode a ciertos narcisismos y necesidades individuales.

En el rostro del Señor descubrimos al Padre que lo ha enviado. En Él Dios se revela en plenitud.

Paz y Bien

Cuaresma: tiempo de recuperar la capacidad de asombro















Para el día de hoy (04/04/18):  

Evangelio según San Juan 5, 31-47










Jesús de Nazareth se encontraba en plena discusión con esos hombres que lo despreciaban y condenaban por blasfemo, por diabólico y por lo que se les ocurriera. Estaban tan enceguecidos que hiciera lo que hiciera o sea lo que pronunciase, su veredicto sería siempre el mismo.


El problema es que se trata de fanáticos, y los fanáticos no toleran a nada ni a nadie que no pase por el tamiz de sus estrechos esquemas. En este caso, uno de los peores fanatismos, el fundamentalismo religioso que se vuelve capaz de la violencia más brutal en nombre de Dios.


Esos hombres que cuestionaban con odio encendido al Maestro son muy devotos y piadosos. Sin embargo, esa piedad es errónea y falaz, y es consecuencia en gran parte de una lectura literal de las Escrituras, a las que añaden sus propios preconceptos, los que adquieren un status dogmático de cumplimiento estricto.

Ello deviene en una religión que oprime, que subordina las existencias a las normas y nó a la inversa, que traza una línea divisoria entre unos pocos puntillosos y el resto que bien  puede execrarse con fervoroso desprecio. Brutos que hieren y matan concienzudamente en nombre de Dios, como si Dios necesitara que lo defendieran, que se esgrimiera poder en su nombre. Nada más lejos del Cristo humilde y servidor.


Todo ello fué, es y será ajeno a la Buena Noticia de Cristo, pues todo sábado ha de ser para bien del hombre y nó a la inversa, y se trata de que siempre se acreciente el nosotros en fidelidad a ese Dios que es familia.


A pesar de que todo asoma como esfuerzo vano, Jesús insiste con la misma tozudez asombrosa que Dios tiene para con cada uno de nosotros y nuestra carga de miserias y pecados. Nadie -ni uno solo- ha de perderse, y por ello sus ganas de hacerles asomarse a la verdad que es liberación.


No hace apología personal: más bien se refiere a aquellos testimonios que refrendan su vida y su ministerio.


La clave está en sus obras, señales y signos de Dios mismo. Él vive y actúa de tal modo que todo lo que hace lo puede realizar porque lo suyo viene de Dios. No hay demasiada teología, ni biblismo, ni razones religiosas.

Es la evidencia que surge de la existencia misma. Un Dios fiel que acompaña a la humanidad a través de toda la historia, a pesar de los quebrantos, a pesar de las miserias, a pesar de las traiciones, un Dios que sale al encuentro de los caídos, que busca a los extraviados, que celebra los regresos, un Dios que nos hermana en el Cristo que nace de una Virgen nazarena.


Esas señales persisten, y nos llegan a través de la Madre y de los hermanos de Cristo, de todos aquellos que escuchan la Palabra y la ponen en práctica.

Por eso Cuaresma también es recuperar la capacidad de volver a abrir los ojos asombrados frente a tantos testimonios incuestionables de que Dios está con nosotros, y que jamás nos deja solos y a oscuras. Dios fiel.


Paz y Bien

Dios es Jesús y Jesús es Dios
















Para el día de hoy (03/04/19):  

Evangelio según San Juan 5, 17-30







A veces es necesario volver y repetirnos ciertas cuestiones puntuales, para que se despeje cualquier atisbo turbio: cuando los Evangelios mencionan a los judíos, no se refieren a todos los creyentes de la fé de Israel, sino más bien a la dirigencia religiosa del tiempo del ministerio de Jesús de Nazareth, en su violenta oposición a la novedad de la Buena Noticia y del mismo Cristo. Es imprescindible despejar todo brote de antisemitismo, aún cuando pretenda razonarse, pues nada tiene que ver con el maestro, es ajeno a su enseñanza y su mensaje liberador.

Ahora bien, la escena que nos brinda la lectura del día muestra un nivel creciente de enfrentamiento entre esa dirigencia religiosa y el Maestro, una violencia que es cada vez más abierta y furiosa, y que desembocará en los terribles días de la Pasión.
Uno de los detonantes lo podemos encontrar en la lectura del día de ayer: Jesús había osado curar un enfermo en pleno Sábado, en franca infracción a las estrictas prohibiciones del Shabbat. En su crítica feroz, es dable suponer que hay un cierto tono prejuicioso social, pues al fin y al cabo se trataba de un pretendido rabbí de aldea ignota, Nazareth, de la más periférica Galilea, un campesino sin estudios ni pergaminos de antecedentes magistrales o académicos, un don nadie que se atreve a afirmar que Dios es su Padre, un Padre que no descansa jamás en procurar el bien para todas sus criaturas, para todos sus hijos, un Dios que nada se reserva para sí sino que todo lo brinda, un Dios sin sábados ni feriados ni vacaciones.

Entre esos hombres y el Maestro había un abismo insalvable: ellos absolutizaban la Ley, considerándola expresión máxima de la voluntad de Dios, y por tanto rígida e inamovible hasta en los menores detalles.
Para Jesús, la Ley debe observarse pero en su plenitud, es decir, como bendición, como regalo para la humanidad, en la búsqueda del bien, la convivencia, la libertad, todos frutos del amor de Dios. Por ello, cuando la estricta observancia de la Ley produce rictus amargo y una esclavitud encubierta, la Ley se pervierte y se desvía de su sentido primero: esa cuestión implicará, para esos hombres tan severos, que el Maestro es un infractor deleznable y un blasfemo que se equipara a Dios, por lo cual merece la muerte, la ejecución.

La revelación que Cristo tiene profundas implicaciones cristológicas y eclesiales.
Al manifestarse como Hijo de su Padre, tácitamente expresa que Jesús es Dios y Dios es Jesús. Que ese Cristo es el amor mayor del Padre a quien se le ha confiado la salvación de la humanidad. Que Dios no es un juez severo que hace las veces de verdugo eficaz, sino que ante todo es el Padre que siempre está desviviéndose por la felicidad de sus hijas e hijos. Que el juicio final ya está aconteciendo, que somos nosotros -desde la libertad que se nos ha concedido- quienes nos decidimos por senderos de luz o por las tinieblas.

Y muy especialmente, que la creación es un infinito acto de amor que prosigue a través de los tiempos, re-creando a una humanidad que gusta de sumergirse en las aguas turbias del pecado, en los fangales de la muerte, allí en donde la compasión y la misericordia han sido expulsadas.

Cristo, Señor de la historia y su Iglesia, son testigos de ese amor constante y creador de Dios.

Paz y Bien


Cristo levanta la humanidad caída y descartada
















Para el día de hoy (02/04/19):  

Evangelio según San Juan 5, 1-3a. 5-18










La escena nos sitúa en Jerusalem, en las cercanías del Templo, en una fiesta que no se detalla pero que parece tener su importancia para la nación judía. El lugar es la piscina de Betsata o Bethesda, que formaba parte de un sistema de cisternas que proveía miles de litros de agua necesarios para realizar las abluciones rituales y las purificaciones de precepto que se realizaban de continuo en el Templo.
Betsata, que como nos señala el Evangelista se encontraba junto a la Puerta de las Ovejas, se utilizaba puntualmente para lavar todo el ganado ovino, ovejas y corderos, que serían sacrificados luego en el altar. En gran parte por esa causa, por la cercanía a lo sagrado, se le adjudicaba a las aguas de Betsata propiedades milagrosas y curativas, y así solían llevar allí a los enfermos en busca de salud.

Betsata estaba muy cerca del Templo y de las escalinatas en donde los rabinos impartían conocimientos de la Torah a sus discípulos, y por ello la escena es sobrecogedora: las inmediaciones de la piscina parecen un hospital de guerra, una sala de emergencias con sus enfermos tirados en el suelo, mientras que a unos pasos de allí -como si nada pasara- se enseña la Palabra de Dios.

La escena es demasiado habitual, el acostumbrarse al dolor sin misericordia, el razonar sufrimientos, el mirar para otro lado religiosamente, erudición teológica que parece haber desalojado la misericordia.

El agua de las tinajas de Caná, el agua del pozo de Jacob, el agua de Bethesda ya no sirven, devienen estériles, no sanan ni purifican, y las gentes languidecen sin solución.
Ese hombre estuvo treinta y ocho años tirado allí, sin auxilio. Treinta y ocho años era, en ese tiempo, la expectativa promedio de vida, por lo que ese hombre paralizado es la humanidad que transcurre su existencia postrada por el pecado y agobiada por la muerte. La Ley sólo alcanza a señalarle la culpa que se porta como un gravamen ineludible, pero no trae respuestas, sólo más cargas a las cruces impuestas.

Pero pasa el Señor, que ha venido a levantar a esta humanidad caída y doblegada en sus miserias, estos dolientes que somos por las miserias que nos aíslan.
Ya no es cosa de objetos o sitios, sino de una persona, la persona de Cristo del cual brota un manantial de agua vida, Gracia y misericordia, el perdón que nos restablece, el amor de Dios que nos re-crea y nos pone de pié, un Dios tan cercano como un Padre que se llega allí donde solemos plegarnos a esos dolores que nos parecen interminables.
Sólo Cristo es eterno, sólo el amor es definitivo.

Paz y Bien

La vida se comunica a través de la Palabra de Cristo


















Para el día de hoy (01/04/19):  

Evangelio según San Juan 4, 43-54







La liturgia del día nos presenta una lectura en donde, además del Maestro, podemos reconocer como protagonista a un funcionario real; la precisión del dato que realiza el Evangelista ha de bastar para llamarnos la atención e ir más allá de la simple letra.

A diferencia de los habituales encuentros con fariseos y escribas, el funcionario pertenece a la estructura de gobierno del tetrarca Herodes Antipas. Se trata de un hombre que ejerce autoridad sin cuestionamientos, un hombre del poder político, y ello sobresale en el modo en que suplica la intervención del Maestro para salvar a su hijo gravemente enfermo.

Es un hombre del poder que sólo comprende la realidad desde ese poder que ejerce, y por eso supone que Jesús de Nazareth en persona, taumaturgo poderoso, debe apersonarse hasta su casa en Cafarnaúm en un despliegue evidente y portentoso de fuerza.
El poder comprendido así no tiene nada que ver con Cristo, y el problema supera por lejos al funcionario real. Es menester convertirse a un Dios que es Padre, que ama con un amor tenaz y silencioso, un amor eficaz, un amor que se expresa en la Palabra sanadora de Jesús de Nazareth.

El Maestro no necesita bajar a Cafarnaúm. La vida se comunica a través de su Palabra, y todo es posible confiando y escuchando atentamente esa Palabra.

El funcionario real, ese mismo que se había descubierto inútil preservando la vida de su hijo que ahora parece escaparse, reniega de esas voluntades de poder y emprende un éxodo liberador hacia la persona del Señor, paso primordial de la fé. Así, confía en su Palabra y se pone en camino, metanoia de una existencia que se expande en la existencia restaurada del vástago de sus amores, el hijo por el que la vida se reafirma.
Ha dejado de ser un esclavo del poder para vivir en la libertad de los hombres de fé, descubriéndose él mismo como hijo querido de ese Dios que se manifiesta pleno en Cristo.

El Evangelista San Juan no utiliza el término milagros sino que se vale de signos, y es por ello que la sanación del hijo del funcionario será el segundo signo de siete, siendo el primero el acontecido en unas bodas en Caná. Signos/segno/señales que nos dirigen la mirada hacia la profunda realidad de Dios con nosotros, segundo signo de siete que manifiestan un número perfecto, símbolo de una plenitud que es imposible si Dios no estuviera presente.

Paz y Bien


De una moral sin bondad al jubileo de la misericordia

















Domingo 4º de Cuaresma

Domingo de Laetare

Para el día de hoy (31/03/19)  

Evangelio según San Lucas 15, 1-3. 11b-32








Un simple análisis literario nos indicaría que, en este texto tan conocido de Jesús de Nazareth, hay dos parábolas y no una como se suele señalar. Son dos los hijos, cada uno con sus características, miserias y deslealtades, y es un grosero error embarcarse en la tarea de mensurar la medida moral de cada uno de ellos.
Porque hay una realidad mucho más profunda que la literaria, y es la centralidad del Padre, cuya traducción teológica -espiritual- es la pura bondad.

Es importante también tener presente quienes son quienes lo escuchan con creciente atención, publicanos y pecadores. Los publicanos son los recaudadores de impuestos del ocupante romano, que a menudo abusaban de su posición para cobrar de más las ya gravosas tasas en beneficio propio, y por ello un publicano es un judío traidor que trabaja a favor del enemigo extranjero que profana la Tierra Santa, y además es un corrupto y un abusador. Así entonces se le odia con fervor, y su estatura moral está por debajo de la adjudicada a las prostitutas.
Por otra parte, los pecadores señalados no refiere a los pecados cometidos en privado por cualquier creyente, sino más bien por aquellos que hacen explícitos sus pecados, pecadores públicos. De allí la feroz diatriba de los fariseos, pues este joven galileo comparte pan y vino con los más indeseables, con los que nadie en su sano juicio se sentaría a cualquier mesa.
Esos hombres no eran monstruos retorcidos y pavorosos: en realidad, se trataba de hombres piadosos, profundamente religiosos -hombres de Dios- muy respetados por su rectitud y por la estricta observancia de los preceptos instituidos. Ellos estaban convencidos de la necesidad de acumular buenas obras o méritos frente a Dios, tendientes a procurar los favores divinos: de allí que se indignaran por la afabilidad de Cristo para con los que son sus opuestos, sus antípodas.

La parábola que el Maestro les cuenta habla de dos hijos, muy distintos entre sí, pero que al final, por caminos divergentes, coinciden en miserias y en la bondad paterna.

El hijo menor reclama su parte de la herencia paterna en forma inmediata. Así, en sus afanes anticipa en su corazón la muerte de su padre, pues es cuestión de sentido común repartir los bienes familiares entre los hermanos a posteriori del fallecimiento paterno, bienes que son fruto de toda una vida de trabajo, bienes que son para el sustento y para brindar trabajo a muchos jornaleros. Pero el joven se embarca en fútiles aventuras licenciosas y pronto se queda sin nada. La miseria que lo agobia es el dispendio inútil de su joven existencia, el desamparo de abandonar la calidez de la casa y el pan paternos.

El hijo mayor es un exacto cumplidor de las órdenes de su padre, y allí está su error. No se trata de cumplir órdenes, se trata de amar. El hijo mayor, en cierto modo, actúa como esos fariseos enojados, pues ese Padre celebra la vida recobrada del hijo extraviado con una fiesta enorme sin decir nada de los rigores observados por el mayor, que no vé a su Padre como tal sino más bien como un patrón, como un capataz.

Pero a ambos ese Padre los sale a buscar. Por ellos se desvive, se entristece, se viste de fiesta.
Es un Padre misericordioso antes que justo.

Prodigalidad significa, primeramente, derroche, gastar sin cuidado ni medida.

El Padre en realidad es pródigo, pues vuelca sin límites ni condiciones su bondad, maravilloso derrochón de la Gracia a quien Él quiere, con preferencia especial por los perdidos y los enfermos, y es ese escándalo la raíz misma de la Buena Noticia.

Paz y Bien

Confiar sin resignarse jamás, con corazón humilde













Para el día de hoy (30/03/19):  

Evangelio según San Lucas 18,  9-14 







Más allá de cualquier razón o motivo, justo es decir que tenemos un demoledor preconcepto contra los fariseos, asociándolos -quizás de manera cinematográfica- al villano religioso, al personaje execrable sin miramientos.
Sin embargo, los fariseos eran hombres profundamente piadosos y que tenían una importante formación religiosa; el celo empeñado en la observación de la Ley implicó, en los duros tiempos del exilio y frente a las amenazas extranjeras, el resguardo de la identidad nacional judía y el respeto a las antiguas tradiciones. Por ello, en todo tiempo en donde el peligro de cualquier relativismo socava presente y futuro, la figura de los hombres estrictos y rigurosos con los mandatos cobra especial relevancia. ¿Cómo no respetar a aquellos que interpelan la historia desde la fé, o mejor dicho, desde la Torah y la ley de Moisés?.

Los problemas radican en la literalidad y en la absolutización de los reglamentos. La literalidad, origen de todos los fundamentalismos, pierde de vista sentido y trascendencia y, peor aún, suele execrar al otro y al distinto. La absolutización de los reglamentos es el desmedro de lo que importa, el mismo Dios, en pos de aquello que tiene carácter instrumental, es decir, el mutar los medios en fines en sí mismos.

Por otra parte, un publicano recaudaba impuestos a favor del ocupante imperial romano: es menester tener en cuenta que la evasión impositiva, en aquel entonces y siendo Judea y Galilea provincias romanas, se consideraba sedición y se castigaba con la pena capital. De allí que el recaudador de impuestos tenía a favor de su actividad el poder militar y represivo romano como respaldo. Además, los publicanos adicionaban un monto a la carga tributaria establecida que era en la práctica su ganancia y su fortuna; a menudo se valían de prácticas extorsivas.
Si a todo ello añadimos los rígidos criterios de pureza e impureza ritual vigentes en aquel entonces, un publicano era peor que una prostituta, un impuro absoluto vendido al opresor, un traidor que vendió su alma al enemigo, un judío que desprecia cotidianamente la Ley.

A nosotros, en pleno siglo XXI, probablemente se nos pierda de vista, pero para los oyentes de Jesús de Nazareth el escenario era mucho más claro: el respetable es, obviamente, el fariseo, el repudiable de antemano el publicano.

Pero en verdad nadie es bueno o malo por su pertenencia, sino por lo que hace y también por lo que omite.

En la formulación de la plegaria farisea nada hay de objetable. Formalmente es correcta, pero su contenido es autorreferencial, al extremo que Dios queda en un segundo plano, como un fedatario que contabiliza sus buenas obras, su ayuno, su diezmo. Autoenaltecido en su orgullo, desaloja al prójimo en su horizonte pues desprecia a aquellos que no tienen su misma profundidad religiosa.
Quizás su oración exprese esa religiosidad sin Dios, o mejor dicho, la religiosidad de un Dios distante e inaccesible al que se le arrancan favores mediante las prácticas piadosas acumulables.

En cambio, la plegaria del publicano rebosa humildad y pone por delante a Dios. No es difícil imaginarnos la escena, hasta con su propio cuerpo reza de ese modo, quedándose al fondo de todo, sin animarse a levantar la mirada. El publicano se irá justificado porque, aún siendo un pecador público y notorio, desde su real estatura sumida en esos andares turbios suplica y confía en la misericordia de Dios, en su perdón, en su bondad.
Confía sin resignarse, confía con todo y a pesar de todo, confía en que se Dios sea capaz de enderezar ese destino que ha torcido sin remedio aparente.

Todos, en cierto modo, somos mendigos de la misericordia de Dios, portadores de una miríada de miserias que usualmente buscamos y a las cuales nos aferramos sin pensarlo demasiado. Sólo el amor de Dios salva, y en esos desiertos nos bastaría apenas unas migajas de perdón para sobrevivir.

Pero el amor de Dios no se mide, y así, suplicando algo que nos permita perdurar un poco más, se nos vuelca sobre nosotros y con serena alegría canastas llenas del pan de la misericordia.

El amor de Dios todo lo puede.

Paz y Bien

La eternidad se entreteje en lo cotidiano
















Para el día de hoy (29/03/19):  

Evangelio según San Marcos 12, 28b-34









El escriba que interpela a Jesús en esta ocasión es, si se permite la expresión, sapo de otro pozo. A diferencia de sus pares, se dirige a Jesús con hambre de verdad y revestido su corazón de honestidad, pues quizás sutilmente se rebele contra esa postura de sus congéneres de prejuzgarle, de la falacia constante, de buscar de continuo el error para hallar justificaciones condenatorias. Y esa honestidad y esa sinceridad, para el escriba y para todo creyente es el paso segundo de toda conversión.

Paso segundo porque el paso primordial es siempre el de Dios que sale en nuestra búsqueda, Padre misericordioso al rescate de los hijos extraviados.

Aún así, el buen escriba porta en su mente los estrechos paradigmas de una fé retributiva y aferrada a la observancia estricta de normas y preceptos. Por eso mismo, no está inquiriendo cuál es el primero de los mandamientos dentro de una escala descendiente, sino más bien dentro de la Ley de Moisés, cuál es la Ley de leyes, cual es el precepto que es clave para todo los demás.
Esto debe entenderse en el horizonte de la religiosidad de la época: la Ley judía engloba seiscientos trece mandamientos, trescientos sesenta y cinco -uno por cada día del año- de carácter prohibitivo o negativo y doscientos cuarenta y ocho -uno por cada hueso del cuerpo- de carácter permisivo o positivo. En medio de ese cúmulo de normas, es dable suponer que todos los escribas se sientan inclinados a buscar al que encabeza y sustenta al resto, para así obedecer la Ley con la mayor exactitud posible.

La respuesta de Jesús no se hace esperar, y se dirige al núcleo mismo de la fé de Israel: Shema Ysrael, Escucha Israel, ama a Dios por sobre todas las cosas, con todo el corazón, con toda el alma, con todo el espíritu, con todas las fuerzas.
Pero aquí comienzan las sorpresas: ese mandamiento primordial tiene dos facetas inseparables, que son el amor a Dios y el amor al prójimo.

Como los maderos de la cruz, la mirada hacia el cielo ha de estar indisolublemente unida al abrazo a quien está a nuestro lado. Una sin la otra deja de ser fé, convirtiéndose en teísmo o en una ideología laica sin trascendencia.

Y sobre todo, detenernos a pensar quién ese prójimo. Si es el igual, el cercano, el par, o es aquél hermano al que salgo a buscar.

El buen escriba desde su honestidad asiente sin vacilaciones. El culto primordial es el amor a Dios y el amor al prójimo.

Está muy cerca del Reino, muy cerca.
Sin embargo, a pesar de todo, aún está muy lejos. Le queda un largo trecho cordial por recorrer, pues -como todos- debe arribar a la tierra prometida de la Gracia de Dios, tiempo de Salvación, de eternidad entretejida en lo cotidiano, de desbordante amor de Dios que se brinda sin condiciones a toda la humanidad.

Paz y Bien

Cuaresma: curarnos de mutismos y cegueras



















Para el día de hoy (28/03/19):  

Evangelio según San Lucas 11, 14-23








La palabra significa y expresa el corazón y la interioridad de la gente; es la posibilidad de ir al encuentro del otro, de no encerrarse, del diálogo, de crecer.
La carencia de esa palabra, la imposibilidad de hablar implica anonimato indeseado, soledad impuesta, encierro y opresión. Por ello mismo, devolver las palabras y la Palabra a los mudos de cualquier tiempo, a los acallados de toda la historia es cuestión urgentemente santa, signo certero de que el Reino acontece aquí y ahora.

Ello precisamente es lo que hacía Jesús de Nazareth: pasaba haciendo el bien sin esperas, sin vacilaciones y, especialmente, sin pedir permiso.
Sin dudas, esta actitud del Maestro -y de los que actúen por Él y con Él- es molesta, blasfema y subversiva para los poderosos y para las almas mezquinas y celosas. Así entonces todo argumento descalificatorio se justificará por sí mismo, y proliferarán difamaciones, condenas y rápidas excomuniones sin compasión.

Aún así y a pesar de que todo parezca señalar lo contrario, la fuerza de la Buena Noticia es irreductible porque encuentra su raíz en la gratuidad y en la misericordia ilimitadas de Abbá Padre de Jesús, hermano y Señor nuestro, y el bien ha de florecer en los lugares más impensados, en donde descolla la resignación y acampa la oscuridad.

Quizás la Cuaresma signifique curarnos de mutismos y cegueras.

De esa imposibilidad adquirida del decir, y del decir palabras que hagan el bien a aquel que la escuche, palabra que sea diálogo y encuentro.

De esa ceguera de no reconocer signos del Reino, es decir, de la vida y de Dios en cada acto de liberación, en cada gesto de bondad aún cuando ello signifique doblegar el orgullo y redescubrir que lo bueno puede germinar y crecer en jardines que creemos ajenos.

Porque esa ceguera pertinaz y ese mutismo consecuente que nos resultan tan tristementes habituales son dispersiones, desparramos de vida, desuniones y dispendios inútiles del milagro de estas vidas que se nos han confiado.

Paz y Bien

Todo pasa, menos la Palabra














Para el día de hoy (27/03/19):  
 
Evangelio según San Mateo 5, 17-19










Este pasaje que nos ofrece el Evangelio para el día de hoy es muy llamativo, y una lectura superficial puede llevar a un particular estado de confusión, pues las discusiones entre el Maestro de un lado y escribas y fariseos del otro eran cada vez más descarnadas, violentas, que desataban en sus oponentes furia y ganas de acallarlo y suprimirlo, toda vez que cuestionaba la interpretación que ellos hacían de la Ley de Moisés y el modo opresivo que imponían para su cumplimiento.

En ese sentido, parecería que Jesús de Nazareth es un provocador y un infractor constante de normas y preceptos, alguien contrario y opuesto a esa Ley que sus adversarios decían defender y de la que se consideraban intérpretes únicos y ortodoxos.

No obstante todo ello, el Maestro hace una afirmación asombrosa y de consecuencia inmensas: Él no ha venido a abolir a Ley o los profetas, sino a darles pleno cumplimiento.
Ello implica que la Antigua Alianza no ha sido jamás abolida -como bien lo señalaba Juan Pablo II-, que cobra su verdadero sentido en Cristo, y que tanto la Ley como los profetas son expresión en la historia humana de los designios de Dios para la Salvación del hombre.

El sábado es para el hombre enseñaría. Esa Ley y esos despertares que brindaban los profetas fueron dones del Altísimo para que aprendamos a convivir, para edificarnos como comunidad, para levantarnos de la esclavitud como un pueblo nuevo.
Y adquieren su significado definitivo con el Redentor, expresión máxima del amor de Dios.

Ley y profetas, a la luz de la caridad, implican una ruptura con esa nefasta costumbre de fines que justifiquen los medios, es decir, cumplir normas absurdas y opresivas desvirtuadas por caprichos mundanos para que la humanidad pueda erguirse en toda su dignidad de hijas e hijos amados por Dios.

Así, ni una coma ni una tilde han de ser pasadas por alto y debe transmitirse ese amor de generación en generación, en afán generoso e incondicional de servicio y Buenas Noticias.

Paz y Bien

Setenta veces siempre, la desmesura del perdón de Dios

















Para el día de hoy (26/03/19):  

Evangelio según San Mateo 18, 21-35








El diálogo entre Pedro y el Maestro es fecundo y revelador del modo en que sólo en su amistad y cercanía se nos abren las ventanas a la eternidad.

Pero Pedro es roca y también portavoz de sus hermanos, y por ello la pregunta refleja los cuestionamientos e inquietudes propias de la comunidad cristiana, quizás con mayor énfasis en cómo seguir perdonando a quienes de continuo buscan ofendernos o hacernos daño.

Para las tradiciones de Israel, el perdón se limita en tres ocasiones y referido siempre al prójimo en tanto par, nunca al extranjero, al impar, al gentil y, mucho menos, al enemigo. Pedro con mucha generosidad eleva ese caudal a siete veces, quizás por la grave influencia simbólica del siete en tanto expresión de lo divino, de la perfección. Por ello, en principio, Pedro parece abrirse camino hacia una nueva ética más amplia.

El Maestro afirma que, en realidad, debe perdonar setenta veces siete. No se trata de un factor multiplicador, sino más bien debe entenderse como setenta veces siempre, en la santa ilógica de la Gracia y la misericordia de Dios.

Pedro, aún cuando expresa un corazón más amplio que lo usual, persiste en los viejos esquemas: en el tiempo nuevo del Dios que se encarna, del Reino aquí y ahora no debe tabularse ni cuantificarse el perdón.

El perdón es razón y co-razón de los que han descubierto la asombrosa misericordia de Dios, las deudas impagables que han sido condonadas por pura bondad. Descubrir la misericordia en la propia existencia es un tesoro inmenso.

A través del perdón se desarman todas las terribles vorágines de venganza y retribución violenta, las dinámicas de negación del prójimo y nos acerca, salvando todos los abismos que nos separan. Setenta veces siempre.

Paz y Bien

Anunciación del Señor: todo niño es infinitamente valioso

















La Anunciación del Señor 

Para el día de hoy (25/03/19)  

Evangelio según San Lucas 1, 26-38









Como en un contrapunto sonoro y armónico parece alterarse el ritmo penitencial de la Cuaresma al ofrecérsenos el misterio de la Encarnación en la proclamación de la Anunciación del Señor.

Hay, ante todo, una hermosa cuestión temporal: se trata de la Encarnación de Dios precisamente nueve meses antes de la celebración de la Navidad, un Dios con nosotros y como nosotros, un Dios que se teje en el silencio cálido y humilde del seno de María hasta llegar al parto de Belén, la urdimbre santa y decididamente humana de un Dios que ha tomado partido por sus criaturas.

Pero además, la Anunciación en Cuaresma significa no perder de vista la trama principal de la cuestión, el hilo conductor de la Salvación, y es el amor de Dios. 
La Gracia de Dios, abundante y generosa como rocío de alivio para las almas, todo lo puede.

El amor del Dios de María de Nazareth se ratifica hasta el extremo sin final de la vida ofrecida por Jesucristo, nuestro hermano y Señor, fiador que salda nuestras deudas a pura mansedumbre y fidelidad a los sueños del Padre.

Proclamar la Anunciación del Señor es volver a decirle sí a la vida, sí a ese Dios de todos los encuentros, sí a que todo es posible para quien cree. Porque la felicidad no es una lejana utopía, sino una bendición que nos nace en el aquí y el ahora.
Proclamar con sencillez y profunda gratitud la Anunciación del Señor es reafirmarnos en la certeza de que Dios elige lo pequeño, lo frágil, lo que no suele tenerse en cuenta para transformar el mundo y cambiar la historia.

La luz de la apacible y polvorienta Nazareth, en los ojos asombrados de una muchachita judía, se proyectan a través de los velos de los tiempos en la mirada del Hijo que atraerá a todas las naciones desde el árbol santo de la cruz.

Paz y Bien

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