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Lo más importante

Lo más importante no es:

Que yo te busque,
Sino que Tú me buscas en todos los caminos (Gen.3,9)

Que yo te llame por tu nombre,
Sino que el mío está tatuado en la palma de tu mano (Is. 49,16)

Que yo te grite cuando me faltan las palabras,
Sino que Tú gimes en mí con tu grito (Rm. 8,26)

Que yo tenga proyectos para ti,
Sino que Tú me invitas a caminar contigo hacia el futuro (Mc. 1,17)

Que yo te comprenda,
Sino que Tú me comprendas en mi último secreto (1 Cor.13, 12)

Que yo hable de ti con sabiduría,
Sino que Tú vives en mi, y te expresas a tu manera (2 Cor. 4,10)

Que yo te ame con todo mi corazón y todas mis fuerzas,
Sino que Tú me amas con todo tu corazón y todas tus fuerzas (Jn 13,1).

Que yo trate de animarme y planificar,
Sino que Tu fuego arde dentro de mis huesos (Jer. 20,9)

Porque, ¿cómo podría yo buscarte, llamarte, amarte,...
Si Tú, no me buscas, llamas y amas primero?

El silencio agradecido es mi última palabra,
y mi mejor manera de encontrarte.

Benjamín González Buelta, s.j.

El grito de toda la historia


“Jesús, lanzando un fuerte grito, expiró”
(Mt 15,37)


Dentro de tu grito en la cruz
caben todos nuestros gritos,
desde el primer grito del niño
hasta el último quejido del moribundo.
Cuando la palabra es pequeña e incapaz
para expresar tanto dolor nuestro,
el cuerpo y el espíritu
se unen en este espasmo descoyuntado.

En tu grito de hombre comprometido
por la nueva justicia,
denuncias a los vientos de todas las épocas
los sufrimientos encerrados
en las salas de tortura clandestina
y los llantos ahogados en la intimidad
de corazones justos sin salida,
todos los atropellos contra minorías impotentes
y la explotación de hombres amordazados
por leyes, máquinas, amos y fusiles.

En tu grito oímos la protesta de Dios
contra todas las violaciones de sus hijos.
En ti grita el Espíritu crucificado
por los tribunales, sinagogas e imperios por los siglos
que quieren enmudecer el futuro libre y justo.
La rebeldía joven de América Latina,
las mayorías negras de Sudáfrica,
se unen a tu denuncia crucificada.

Dentro de tu grito lanzado al cielo
encomiendan su vida en las manos del Padre
todos los que se sienten abandonados
en un misterio incomprensible.
Desde el desconcierto lanzado como queja
de los que experimentaron tu amor alguna vez,
pero se sienten abandonados ahora,
y sólo en la lucha contigo esperan su salida,
desde todas las noches del espíritu,
llega hasta tus manos de Padre nuestro grito.

En ese grito tuyo último,
dolor de hombre y dolor de Dios,
inclinamos agotados la cabeza
y te entregamos el espíritu
cuando llegamos a nuestros límites,
donde se extinguen los esfuerzos y los días
y donde empezamos a resucitar contigo

Benjamín González Buelta, S.J.

La alegría de Jesús


La alegría de Jesús no había nacido,

como en otras ocasiones,

en la soledad de la noche junto al Padre.

Ni era el punto final de largas reflexiones

meditando a los profetas

con los gritos del pueblo preguntándole en el alma.

La alegría le llegaba hoy desde la calle,

desde sus discípulos que narraban la misión,

de la fuerza del Reino

a través de su anuncio de incipientes oradores

de pobre gramática y toscos ademanes.

El Reino atravesaba a los ignorantes

y encendía sus vidas de pequeño candil

con las mechas apagadas.

Pero el Padre escondía el misterio a los entendidos,

tan seguros de sí mismos y con sus caminos roturados

para la llegada del Mesías.

El Reino no cabía en los atrios del templo,

ni podía sujetarse a las leyes minuciosas

de mosquitos colados

ni a las fuerzas entrenadas en la clandestinidad de los celotes.

No había espacio para el Reino donde el saber sobre Dios

se creía tan dueño del misterio

que ya lo tenía reducido a rito, piedra, humo,

denario, ley y espada.

Y brotó el Reino, bajo la sombra del Espíritu,

en el no saber virginal de los sencillos de la tierra.

Al contemplarlo Jesús,

se estremeció de alegría,

y en su risa se encuentran

los excluidos de este mundo.

Benjamín González Buelta, S.J.

Lógica de Dios


Lógica de Dios

Donde acaba la ciudad
y empieza el miedo,
donde terminan los caminos
y empiezan las preguntas,
cerca de los pastores
y lejos de los dueños,
en el calor de María
y en el frío del invierno,
viniendo de la eternidad
y gestándose en el tiempo,
salvación poderosa para todos
en una fragilidad recién nacida,
liberador de todos los yugos
atado a un edicto del imperio,
rebajado hasta un pesebre de animales
el que a todos nos sube hasta los cielos,
nació el Hijo del Padre,
Jesús, el hijo de María.

Sólo abajo está el Señor del mundo
que nosotros soñamos en lo alto.
Aquí se ve la grandeza de Dios
contemplando la humildad de este pequeño.

Aquí está la lógica de Dios,
rompiendo el discurso de los sabios.
Aquí ya está toda la salvación de Dios
que llenará todos los pueblos y los siglos.

Benjamín González Buelta, S.J.

Tu camino

Tu camino no es recto

según nuestra ingeniería.

Se tuerce de repente

en medio de la noche,

en busca de una oveja perdida

en un callejón oscuro

de traficantes baratos.



Tu camino no tiene plazo fijo

para ser inaugurado,

ni calendario de político.

Pierdes horas derramadas

en la frente de un asaltado

al borde del camino,

de un hombre cazado

por el ron y la amargura,

de un drogadicto adolescente

escapado de la casa,

que te obligan a cambiar

tu itinerario.



Tu camino no es ancho

como nuestras pistas de alta velocidad,

florecidas de marcas comerciales

como un nuevo paraíso orginal,

multicolores serpientes publicitarias

y frutos para sentirnos como dioses,

y riesgos de exhibición

que dan vueltas sobre sí misma

sin llegar a ninguna parte.



Tu camino no siempre es un éxito.

A veces naufraga en el mar

en una yola de emigrantes clandestinos,

o queda atropellado niño

en la esquina del semáforo,

con su esponja de limpiar cristales

todavía húmeda en la mano.



Tu camino es lento.

Avanzas con todo un pueblo,

con su cabeza endurecida

por esclavitudes programadas

y sus miedos viejos

a sueños, espíritus y amos,

atados a los pies y la memoria.

No te olvidas de ningún grupo

perdido en los escondrijos

de los archivos y los mapas.



Tu camino es desconcertante.

Se pierde en cañadas oscuras

donde apenas seo ye el ruido

de tu cayado de pastor contra las piedras.

Baja a las galerías del carbón

en busca del minero silicoso.

Se hunde en la noche de los contemplativos

atrapados en su celda inmóvil.


Tu camino empieza de nuevo

donde lo conocido acaba.

No vuelve hacia el ayer marchitado

de la belleza o del aplauso,

de la lección sabida,

del hogar infantil,

de la placa de reconocimiento

en el album de la crónica social.



Tu camino se hace tierno

en oasis de hierba verde

y de agua que corre gratuita,

de canto libre en cuerpos doloridos,

de alimento que pasa de mano en mano.

Aquí se apagan las bocinas comerciales

y no acuden con bandejas brillantes

los sirvientes de lazo negro

y de sonrisa de paga blanca.



Tu camino se gesta en lo escondido,

en laboratorios que aceptan

el desafío del futuro y de la muerte,

en la soledad de las bibliotecas,

en el silencio austero del místico,

en las noches en vela de la madre joven

que defiende su pequeña esperanza enferma,

en la reunión clandestina

de unos campesinos pobres

que planifican sus protestas y sus siembras,

en el discernimiento nocturno

de la decisión justa y honesta

que no tiene donde reclinar la cabeza.



Tú eres el camino,

siempre delante,

huellas recientes de pies descalzos

de hombre pobre y mirada gratis,

guía libre, sin equipaje de lujo

ni marcas comerciales en la espalda.

En la historia, sigues con nosotros.

Resucitado, ya llegaste.

Y como el centro de la rueda

convocas todos los rayos a tu encuentro,

caminos diferentes y dispersos,

y al converger todos hacia ti,

unos a los otros nos acercas.


Benjamín González Buelta, S.J.

Los pobres, signos de contradicción

Los invitamos a nuestros comercios,
los rechazamos de nuestras mesas.

Los encerramos con alambradas en nuestras fábricas,

los alejamos con perros de nuestras casas.


Los seducimos desde la sonrisa de la publicidad,
les cerramos el rostro cuando se acercan.

Los recibimos cuando son trabajo y moneda,

los esquivamos cuando son justicia y encuentro.


Arrasamos en minutos un barrio vivo,
estudiamos la colocación de una estatua muerta.

Los congregamos con promesas cuando dan un voto,

los dispersamos con balas cuando exigen un derecho.


Los contratamos cuando son fuerza joven,

los barremos cuando son bagazos exprimidos.

Los admiramos cuando levantan nuestras mansiones,

los separamos con las mismas paredes que construyeron.


Les damos limosnas cuando son niños y débiles,
les aplicamos cárcel y sospechas cuando son dignos y fuertes.

Exaltamos en libros y sermones su bienaventuranza,
su cercanía no rinde el sentido de la vida nuestra.


Jesús, te acogemos cuando eres bondad y perdón;
te excluimos cuando eres denuncia y justicia.

Como todo pobre de nuestros caminos,
eres un signo de contradicción.


Benjamín González Buelta, SJ

Encuentro pleno


Si me encuentro contigo yo solo,
sin acoger en nuestra relación
al prójimo que tengo al lado
me pierdo en un orgullo vacío.

Si me encuentro contigo
sólo en los que se acercan
en comunión y cercanía,
me vuelvo egoísmo voraz
recalcitrante a tu misterio
que me llega desde la diferencia ajena.

Si me encuentro contigo
sólo en los que llevan en la piel
las marcas de la injusticia,
me petrifico en una dureza ciega
que te aleja de mi vida
con la parte de tu cuerpo que niego.

Si me encuentro contigo
sólo cuando doy a los demás
lo que yo tengo por mío,
me vacío en suficiencia vana
que no alimenta mi carencia
desde la herida ajena que Tú sanas.

Si me encuentro contigo
sólo cuando recibo dones
de la abundancia
de los otros,
me dejo invadir de una parálisis,
que no acepta el reto de crecer
en el regalo gratuito de mis fuerzas.

Si excluyo a una sola persona,
mutilo mi encuentro contigo.
La plenitud o la carencia del hermano
son dos caras de tu misma cercanía

Benjamín González Buelta, S.J.

Tú y yo nos vamos haciendo

En tí estoy, de tí vengo, a tí voy.
Estás fuera de mí, puedo encerrarme.
Estás dentro de mí, puedo encerrarte.
No puedo dejar de estar en tí.
Mi carne extiende raíces que llegan hasta tí.

Puedo olvidarlo.
Mi espíritu es una chispa
que brota de tu incendio.
Puedo ignorarlo.
No puedo dejar de venir de tí.
Mis ojos buscan su horizonte.
Mi corazón, su hogar universal.

Puedo extraviarme en una encrucijada.
Puedo paralizarme en algún hogar.
No puedo dejar de ir hacia tí.
No vi tu rostro cuando salí de tí.
No fue una despedida.

Allí empezó un encuentro sin orillas.
Cada tarde añado en mi lienzo
un nuevo rasgo tuyo.
Cada tarde añades en tu lienzo
un nuevo rasgo mío.

En medio del camino al adivinar una frente,
al estrechar una mano, al mirar unos ojos,
al nacer el futuro, al morir el presente,
yo te descubro, yo me descubro.

Dentro de mí, los dos a la par,
uno hacia el otro, nos vamos haciendo…
Ahora te veo, Señor marginado,
maestro sirviendo, madre exprimida,
padre sin nada, infinito pidiendo, libre clavado.

Ahora te veo, pueblo en camino.
Y en este misterio se pierden mis días,
mis razones y mis sueños.
Tú y yo nos vamos haciendo tu pueblo.

Benjamín González Buelta, S.J.

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