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Benedictus: tiempo gratísimo en donde se cambia la historia desde los pequeños













Misa de la mañana 

Para el día de hoy (24/12/18) 

Evangelio según San Lucas 1, 67-79








La oración de la Iglesia contempla y reza cada mañana en Laudes la profecía de Zacarías, el llamado Benedictus. Ora con fervor a ese Dios que disipa todas las sombras de la muerte, que nos crece amaneceres de continuo.

Porque Dios es un Dios que cumple sus promesas al pié de la letra, profundamente implicado en la historia de la humanidad.

Hagamos memoria: Zacarías era sacerdote de edad avanzada: con su esposa Isabel no habían podido tener hijos hasta ese tiempo en el que se asomaba ya la muerte natural. Sin embargo, la intervención de la asombrosa misericordia de Dios les regala un hijo. Quizás porque estaban más para abuelos que para papás, quizás porque cuando no hay cosas nuevas que decir, quizás porque a menudo hay que dejar que la fé nos despeje oscuridades, Zacarías sucumbe a una tozuda mudez.

A veces lo que se aparece como un castigo es una bendición con otro perfil. Ese silencio obligatorio le permite madurar una vida nueva a pesar de ser un hombre mayor.

Quién dijo que ya está, que no se puede, que todo ha terminado?

Un hijo es una bendición infinita, una humilde ratificación desde la ternura que la vida prevalece. 
En estos tiempos de crueldad bruta y cobarde escondida tras una pátina de corrección política, ser padres es un acto revolucionario.

Como todos los hombres de Dios, de mirada profunda. Zacarías sabe que ese hijo suyo será importantísimo para un tiempo que se viene asomando, el tiempo santo de Dios y el hombre.

Tiempo gratísimo en donde se cambia la historia desde los pequeños.
Tan importantes y cruciales son los niños que el Dios del universo decide llegarse a nuestros humanos arrabales siendo un bebé santo en brazos de su Madre, y por el que todos los niños son sagrados.

Hermanos y amigos, que en esta Navidad Dios les siga suscitando salvación en sus existencias, y que en verdad nazca en sus corazones el sol que nace de lo alto, disipando todas las tinieblas y sombras de muerte.

Paz y Bien

Navidad es Jesús, y no hay Navidad sin María de Nazareth













Domingo Cuarto de Adviento 

Para el día de hoy (23/12/18) 

Evangelio según San Lucas 1, 39-45








La Liturgia nos regala una lectura plena en contraposiciones, como si fuera una sinfonía cuidadosamente elaborada. Una sinfonía espiritual.

Una de las dos mujeres es bastante mayor, casi una abuela para los trajines de una maternidad en ciernes. En aquellos tiempos la esterilidad se consideraba una maldición por pretéritos pecados; no obstante, lucir una panza de seis meses frente a las vecinas traería una multitud de comentarios sotto voce -quizás de índole sexual-, con lo cual Isabel se recluye en su hogar, como escondida, guardándose ese bien que Dios le ha prodigado a ella y a su esposo Zacarías. Esos dos ancianos son el símbolo de un Israel que, a pesar de envejecido en su historia, aún puede dar frutos asombrosos.

La otra mujer está en las antípodas de Isabel. Es jovencísima -una adolescente a nuestros ojos, casi una niña-, muchachita que sale presurosa al encuentro de su parienta, casi abuela.

Isabel y Zacarías tienen su hogar en Ain Karem, en las montañas de la Judá de la religiosidad estricta, la religión que se cree pura y perfecta.
María proviene de una aldea polvorienta que no figura en los mapas: Nazareth está enclavada en plena Galilea, tierra siempre sospechosa de contaminación extranjera, a la que los jefes religiosos de Jerusalem suponen baldada y estéril, un arrabal turbio en donde nunca pasa nada bueno, fuente permanente de problemas.

Isabel es esposa de un sacerdote -Zacarías- de la casta u orden de Abdías. Sirve en el Templo, y eso le otorga cierto estatus social, tranquilidad económica y prestigio entre sus vecinos.

María está deposada con José, que si bien desciende del rey David, es un artesano que a duras penas gana el sustento con el esfuerzo de sus manos. María es una campesina de provincias.

María también está embarazada. Lleva tres meses de un bebé que se gesta en su seno, un bebé asombroso, fruto del Altísimo. Aún así, sale sin demoras -alas en sus pies descalzos-, por el aviso de un Mensajero. Ella sabía que la situación de Isabel también era cosa de su Dios, y con un corazón de mujer que vá a ser madre sale al encuentro de su parienta. La caridad expresada en la solidaridad pone prisas y no admite demoras.

Sin embargo, la causal primordial es que todo esto es cuestión divina. Su urgencia en recorrer los casi cien kilómetros -sola, jovencita, embarazada- entre Nazareth y Ain Karem es su respuesta cordial a la Palabra que escucha y cobija en las honduras de su corazón puro e inmenso, y que se le ha revelado por el Mensajero.

No basta con oír. Es menester escuchar, escuchar con atención y dejar que esa semilla de la escucha atenta germine y produzca frutos.

Sucede entonces el encuentro entre esas dos mujeres con el grato horizonte de madre. En estos tiempos -y tal vez en aquellos también- gestar a un hijo con amor y esperanza es un hecho profundamente humano y revolucionario, que excede todas las biologías y reafirma a la vida que siempre, con todo y a pesar de todo se abre paso.

Ellas dos se encuentran. Se conocen y re-conocen, y por ello hay alegría y profecía que se escucha sin ambages. Todo es posible si nos atrevemos a encontrarnos de verdad.

Sea nuestra Navidad un encuentro jubiloso porque la Virgen siempre quiere visitarnos.

Navidad es Jesús, y no hay Navidad sin María de Nazareth.

Paz y Bien






El Dios de María de Nazareth es un Dios de amor, de misericordia y ternura












Para el día de hoy (22/12/18):  

Evangelio según San Lucas 1, 46-55










El Magnificat, canción de María de Nazareth que hoy contemplamos en la Palabra del día, posee profundas reminiscencias veterotestamentarias. Con relativa facilidad podemos rastrear el cántico de Ana, la madre de Samuel -que el pueblo judío rezaba con frecuencia- y que alaba a un Dios que nunca se desentiende de las cosas que le pasan a los suyos, un Dios involucrado con su pueblo, un Dios que cumple sin vacilaciones lo que promete.

Aún así, aún cuando la Antigua Alianza le aporte toda su poesía, la música es completamente nueva, novísima, música de la Gracia. En el gozoso canto de María ya percibimos las Bienaventuranzas del Hijo y unavisión de la historia que estremece y sacude preconceptos, producto de la profunda vivencia de su Dios, un Dios que crece y madura en su seno y que se ha hecho realidad primero en su corazón inmaculado.

Esa alegría tan maravillosamente contagiosa expresa, ante todo, la emoción de su alma y el motivo de ese gozo, su magnífico Dios que ha inclinado su rostro hacia su pequeñez, su humildad y su pobreza, un Dios que dá y se dá, un Dios que plenifica, un Dios que acrecienta la vida. Un Dios asombrosamente parcial para con los pequeños.

Por ello y por creer aunque todo diga lo contrario, todas las generaciones la reconocerán feliz, bienaventurada, mujer creyente, Madre, hermana y discípula, con una alegría trascendente que viene del Altísimo y se dirige a Él, pues no se agota en resoluciones de problemas mundanos. Santo y alabado sea el nombre de Dios.

Ella lo sabe bien: en su interior crece el Hijo de sus amores, carne de su carne y motivo de su fé, hacia quien se ordena toda la historia de la Salvación. La historia y el universo convergen hacia el Hijo que crece en su interior, Cristo, un Hijo que es rey del universo. Pero su reino no es de este mundo.

El Reino del Hijo tra señales inequívocas del amor de un Dios profundamente enamorado de su creación y que jamás se desentiende de sus hijas e hijos, de las cosas que le pasan, un Dios que exalta a los humildes, que dispersa a los soberbios y a los arrogantes, Dios defensor de los pobres que derriba a los poderosos de sus tronos, un Dios que colma de bienes a los hambrientos y despoja a los ricos, porque el Dios de María de Nazareth es justicia para con los anawin que sólo confían en su misericordia, un Dios que es motivo de todas las esperanzas, impulso para nuestras cobardías, compromiso para nuestras omisiones.

El Dios de María de Nazareth es un Dios de amor, de misericordia y ternura que inaugura el tiempo santo entre Él y la humanidad. Ella lo vive en su fé y lo siente crecer en su interior y con Ella atesoramos Su Presencia en la nuestras existencias para que retrocedan todas las miserias y se santifiquen la tierra y los tiempos, tenaces y humildes obreros de la Gracia y del Reino del Hijo.

Paz y Bien



Donde esté la Madre nos encontraremos al Hijo












Para el día de hoy (21/12/18): 

Evangelio según San Lucas 1, 39-45








En las mentes y corazones de todos está presente esa estrella amistosa e inquieta que guía el trabajoso y extenso andar de los magos de Oriente hasta los pies del Niño añorado y esperado, rey de las naciones nacido de mujer en un portal. Es indicio también de las implicaciones cósmicas de la llegada del Redentor, y por sobre todo, que cuando la vida nos arroja a callejones sin salida, el buen Dios nos abre caminos, nos dirige los pasos inciertos hacia rumbos seguros.

De un modo más sencillo, en la espesura oscura de la noche Dios siempre hará destellar una estrella para que no se nos caigan las esperanzas.

En nuestras existencias, también solemos ser peregrinos distantes en busca del Redentor.
Las diversas circunstancias de la vida, los preconceptos, las comodidades y conveniencias nos van alejando de esa profunda humanidad del Dios encarnado, de ese Bebé Santo en donde Dios mismo se revela y en donde encontramos nuestra Salvación, nuestra plenitud.

Andamos mal rumbeados, gastando suelas sin ton ni son, agotados de nada, y ese Dios nos vuelve a ofrecer una estrella para recuperar el sendero, los pasos ciertos y ligeros, sin cargas vanas que nos desvíen andares.

Esa estrella es María de Nazareth, Theotokos, la Madre del Señor.

El misterio de la Navidad tiene un amable rostro de mujer, joven y humilde. Por Ella y con Ella nos encontraremos, felices de sentido, en el pesebre de Belén, con la silenciosa humanidad de Dios en Cristo, Dios que se hace tiempo, que se hace historia, que se hace vecino, amigo, hijo queridisimo que se adormece en nuestras manos, un Dios que asume nuestra fragilidad haciéndose Él mismo frágil y dependiente de los demás.

Tiempo extraño, tiempo maravilloso, tiempo de que esa estrella nos sale al encuentro, en nuestra búsqueda, Visitación cordial de esa Mujer que es madre, discípula y amiga y en cuyos ojos nos encontramos la raíz de todas las alegrías, la Gracia de Dios que todo lo transforma.
Porque donde esté la Madre, nos encontraremos al Hijo.

Paz y Bien



Anunciación del Señor, saludo cordial de Dios a toda la humanidad












Para el día de hoy (20/12/18):  

Evangelio según San Lucas 1, 26-38








El estilo redaccional de San Lucas nos lo advierte desde un comienzo: Nazareth es una ciudad galilea, un villorio perdido de provincias. No trae reminiscencias bíblicas, no se encuentra en el centro geográfico de Judá -como por ejemplo Ain Karem, en donde viven Zacarías e Isabel- ni tampoco en el centro religioso y político de Israel, Jerusalem. Muchos de los eruditos declaman con seriedad que nada bueno puede salir de allí, zona sospechosa de impureza, el borde mismo de la periferia.

Como en un contrapunto, la anunciación a Zacarías acontece entre la sagrada imponencia del Templo de Jerusalem, mientras que la Anunciación a María se desplaza a una aldea polvorienta que casi nadie conoce, y ese desplazamiento nos despierta cierta intuición: parece que lo sagrado -representado por el Ángel- está dejando el ámbito esplendoroso del Templo hacia la humildad de esa muchacha galilea, niña que es un templo vivo y latiente de la Gracia de Dios.

El Ángel llega a Nazareth y llega a su casa: el detalle es muy importante. En aquel tiempo, las mujeres no tenían otro derecho que el que les llegaba por los varones de la familia. Realmente, su hogar debía ser la casa paterna, y sin embargo el Evangelista señala con precisión que el Mensajero llega a su casa, signo ineludible de un Dios que llega y se hace morada en los corazones de los creyentes.

María de Nazareth es una pequeñísima flor del campo, silvestre, que casi ni se vé, por ser pobre, provinciana y mujer. Ella es transparente de tan pura y es tan hermosa en su humildad que un Dios asombroso se enamora de ella con la misma intensidad conque ama a su creación.
La esposa primera, Israel, ha sido tenazmente infiel y obstinada en su esterilidad. En María y con María, Dios celebra esponsales definitivos con la humanidad.

Ella se conmueve y seguramente se ruboriza. Es una niña que ingresa al mundo de los adultos con rapidez, y ese saludo cordial la conturba como lo hacen los humildes frente a la presencia de Dios.
Agraciada -plena de Gracia- se descubrirá feliz porque el Todopoderoso la ama y porque ha puesto su mirada y su ternura en su pequeñez.

La entonación del Ángel trasunta un tenor de respeto y cordialidad que es infrecuente, que no se condice con nuestras ganas de creer en un Dios que impone deseos sin preguntar.
Con todo y a pesar de todo, Ella dirá Sí! desde un corazón inmaculado, desde un alma sin mancha, desde su pequeñez que se completa y magnifica por el amor de Dios, el mismo amor que le hace crecer un Bebé santo en su seno.

El Hijo que vendrá se llamará Jesús -Dios salva-. Por su padre legal, José, será descenciente de David y por ello reinará sobre la casa de David, corona judía; a su vez reinará también sobre la casa de Jacob, el reino del Norte, y ello es fundamental: unificará en su reinado al pueblo elegido, quebrantado por las guerras y por luchas intestinas, y desde allí proyectará su luz a todos los pueblos y todas las naciones en un Reino sin fin.

La Anunciación del Señor, Anunciación a María, es el saludo cordial de Dios a toda la humanidad. De un Dios que se inclina decididamente a favor de los pequeños, que exalta a los humildes, que se hace tiempo, historia, vecino, Hijo queridísimo en nuestros brazos para la Salvación, merced al Sí1 confiado y creyente de esa muchacha de sol.

Paz y Bien

El fecundo silencio de Zacarías













Para el día de hoy (19/12/18): 

Evangelio según San Lucas 1, 5-25









Sin perder de vista el carácter de Revelación, de Libro Sagrado, hemos de mencionar que el estilo literario del Evangelio según san Lucas es maravilloso, bellísimo, pleno de signos y símbolos que nos nutren.
Siempre es menester sumergirnos en los diversos niveles de profundidad de un texto.

De manera magistral, Lucas nos brinda coordenadas históricas y geográficas que brindarán al relato un contexto específico; de allí la mención política a Herodes -el Grande, padre de Antipas-, por aquel entonces rey de Judea, que es la especificación geográfica. Pero hay más, siempre hay más, y se trata de otras coordenadas presentes y no tan evidentes, las coordenadas teológicas o espirituales: toda la lectura habla de un Dios comprometido con los suyos, que interviene decisivamente en la historia de su pueblo.

Así, en ese marco amplio, el Evangelista nos presenta a Zacarías, sacerdote de la clase o casta de Abdías: era uno de los tantas castas sacerdotales que prestaban servicios cultuales en el Templo en turnos rotativos, de tal modo que estos sacerdotes, por lo general, podían acceder al santuario a ofrecer el incienso sólo una vez en su vida, pues eran muchísimos -a diferencia de los sumos sacerdotes-. También Lucas señala que Zacarías y su esposa Isabel son descendientes de Aarón, es decir, descienden de la esencia religiosa misma de Israel.


Zacarías e Isabel son, para los parámetros de la época, ambos de edad avanzada. Su vejez quizás delate una religiosidad que se ha anquilosado, envejecido en la rigurosidad de las formalidades vacías de corazón y de fé, abdicación de la esperanza. Ambos son estériles, no pueden tener hijos, el apellido, la familia morirá con ellos, y tal vez sea esa misma religiosidad que se está secando sin frutos. Pero además, la esterilidad también era considerada una desgracia y un castigo divino por pecados inexcusables, en contraposición con la llegada de los hijos, siempre una bendición.

A Zacarías le llega el turno de inciensar el santuario del Templo: la unicidad de la oportunidad, lo sacrosanto del lugar nos revelan la importancia sagrada y la solemnidad del momento, cuando se presenta un Mensajero, Gabriel, voz y presencia de Dios, portador siempre de buenas noticias.
Y la noticia que le trae no puede ser mejor: contra todo pronóstico, contra toda lógica, Isabel y Zacarías -más cerca de ser abuelos, bordeando quizás la muerte- serán padres de un hijo maravilloso, que será una antorcha de esperanza y reconciliación para su pueblo.
Ese hijo no se parecerá en nada a su papá, a diferencia de otro hijo de un carpintero galileo: ese niño no llevará el nombre paterno -se llamará Juan, Dios es misericordia-, no será sacerdote pero igual tenderá puentes y allanará caminos, desertará alegremente del Templo pues su Dios está en todas partes y muy especialmente en los corazones, y llevará una vida ascética e íntegra, confiado sólo en la providencia divina.

Zacarías permanece aferrado a los ritos viejos, a las doctrinas y a un culto que ha perdido sentido. De allí su incredulidad: no tanto por ser viejo su cuerpo, sino por haberse envejecido su alma, sin renuevo, sin esperanza.
Casi al mismo tiempo, una muchachita judía de Nazareth, ante un mensaje también extraordinario y aunque no comprenda, se confía con todo su ser a Dios.

Zacarías se quedará mudo. Esa mudez es la imposibilidad de pronunciar palabras que ya son vacuas, que no dan respuestas, pura fórmula sin Espíritu.
Su silencio no es tanto castigo, sino más bien una bendición. A veces es necesario exiliarse por un tiempo a las tierras del silencio para permitir/nos que germinen humildemente cosas nuevas, para que se despejen los espacios interiores para lo que permanece y no perece. Irse por un tiempo al silencio para regresar, plenos, con la Palabra.

Es un tiempo maravillosamente extraño, en donde el pueblo -con todo y a pesar de todo- permanece expectante. Cuando todo asoma perdido, hay que buscar en el pueblo los rescoldos de esperanza.
Es un tiempo santo en donde los reyes, los sacerdotes, los guerreros callan, pues no tienen más nada que decir, y donde cobrará nuevo y definitivo impulso la voz de las mujeres y de los niños.

Quiera Dios regalarnos silencios así, para que nos nazca la Gracia corazón adentro.

Paz y Bien

Los sueños de José el carpintero











Para el día de hoy (18/12/18): 

Evangelio según San Mateo 1, 18-24






Durante mucho tiempo, desde la reflexión teológica y desde la catequesis, se nos ha hablado acerca de las angustias de José de Nazareth que nos hace presente la lectura de hoy desde una perspectiva legalista, es decir, desde la óptica del cumplimiento de la Ley, para allí inferir los fundamentos de su decisión de repudiar a María en secreto.
Quizás ello actúe en desmedro de la importantísima y enorme figura del carpintero belenita como hombre de una fé frutal, hombre justo porque su voluntad -todo su ser- se ajusta a la voluntad de Dios.

Hay algo que solemos pasar por alto, como si no fuera posible en el ámbito de la Sagrada Familia, y es que María y José de Nazareth estuvieran profundamente enamorados, y que como tales no pudieran esperar el encontarse y compartirlo todo, aún cuando no fuera el tiempo de la convivencia marital.
Por eso mismo las dudas: al enterarse del embarazo milagroso de la mujer que amaba, un niño que vendría producto de la intervención divina, José de Nazareth vacila y teme, pero no por su esposa. José duda de sí mismo, se descubre menor, mínimo, indigno de estar junto a esa mujer bendita a la que le crece una vida nueva en su seno a puro amor de Dios. La santidad y el amor que le profesa a María lo hacen buscar una salida, una fuga silenciosa y sin escándalos, porque él no puede estar allí.
Humildad es raíz de justicia.

José de Nazareth se adormece. Es el cansancio del cuerpo demolido luego de una dura jornada de trabajo, en donde procuró el sustento familiar, en donde se acrecentó su dignidad desde la integridad, la honradez y el esfuerzo. Pero ese adormecerse es también símbolo de todos aquellos que no se rinden, que no se resignan, que frente a un cerco de sombras presentes no dejan de imaginar, esperanzados, un futuro diferente. Porque Dios acompaña con buenas noticias a todos los soñadores.

Un Mensajero -voz y presencia sagradas- le ordena las ideas, le clarifica las angustias, lo pone en marcha hacia su misión que es un destino que deberá edificar con la ayuda de Dios.
Su tarea no es menor: al convertirse en padre legal -no padre adoptivo- del Niño que habrá de nacer, José de Nazareth posibilitará que el Bebé Santo tenga historia y familia, que no sea un bastardo sin arraigos, que en el árbol frondoso de Israel puedan seguirse sus raíces hasta David y Abraham.

Más aún: será José quien le ponga un nombre al Niño. Un nombre es mucho más que un capricho o una moda pasajera: un nombre revela carácter y destino, y el Niño se llamará Jesús -Yehoshua-, que significa Dios Salva, porque ese Niño salvará a su pueblo de todos los pecados.

Magnífico padre,y padre con todas las letras José de Nazareth. Seguramente el Niño que ya hombre se convertirá en Maestro, te llamaba de pequeño abbá, y desde tu silente y frondosa figura reveló a las naciones el rostro amable de un Dios que es Padre. Y a tu Dios le llamabas con ternura y confianza hijito.

La Anunciación de San José es llamada para aclararnos las cosas a cada uno de nosotros. Para Dios no hay imposibles, pero es tiempo de la Gracia, del milagro eterno de la Encarnación, Dios con nosotros, tiempo santo de Dios y el hombre. Y ese Dios nos busca, pequeño y frágil, para hacerse tiempo, historia, un Hijo amado que duerma en nuestros brazos, que crezca ante nuestros ojos, que se haga Salvación para todas las gentes.

Paz y Bien





Navidad, urdimbre silenciosa de Dios en la historia de su pueblo
















Para el día de hoy (17/12/18): 

Evangelio según San Mateo 1, 1-17








Para muchas culturas antiguas, la relevancia de una persona estaba directamente asociada a su linaje, a sus antepasados famosos. Así entonces, se elaboraban extensas genealogías para destacar el carácter y también el destino de esa persona partiendo de la familia que lo precedía.
En ese modo procedural es que el Evangelista San Mateo establece en el Evangelio la genealogía de Jesucristo: refiere a su carácter único y a su misión de salvación, Mesías de Israel y de toda la humanidad, en base a toda una nutrida historia que lo precede.

Mateo no se afirma en la rigurosidad histórica, pues su intención no es desarrollar una crónica histórica, sino una crónica teológica o espiritual, y por ello incurre en aparentes errores o confusiones.

A diferencia de las tradiciones de los pueblos semíticos, en donde la voz cantante la llevaban los varones; en este caso, las que serán decisivas en la historia de Jesús de Nazareth serán cinco mujeres, María de Nazareth junto a cuatro extrañas compañeras. Extrañas, pues no hay ninguna matriarca, ninguna reina, ninguna figura femenina heroica de Israel: Tamar, Rahah, Rut y Betsabé -la mujer de Urías- son todas ellas extranjeras e infringen por ello las severas normas imperantes de pureza ritual. Todas presentan embarazos extraños, sospechosos, pero todas tienen un sagrado denominador común: por ellas y en ellas se mantiene viva la esperanza y la promesa de redención del Dios de Israel a su pueblo. Y este Dios parece conducirse desde los márgenes de la historia.

Mateo agrupa lapsos en tres grupos de catorce generaciones cada uno. La carga es simbólica: mientras que el número tres refiere a la divinidad, el número siete refiere a la perfección. Aquí, entonces, se nos presentan seis septenarios o seis lapsos de siete años previos al nacimiento del Señor. Por lo tanto, por la mano de Dios, en el nacimiento de Jesús comienza el séptimo año, el definitivo, el de la plenitud humana.

La genealogía está presentada de manera descendente, es decir, desde Abraham, pasando por el rey David, hasta Jesucristo. El Cristo de nuestra salvación es heredero de las promesas hechas a toda la humanidad por Abraham, padre de todas las naciones, y también heredero del rey David, y por ello en Él se cumplen las esperanzas de Israel.
Aunque quizás, lo más importante es que el Salvador ha nacido entre nosotros, como uno más, urdimbre silenciosa de Dios en la historia de un pueblo y bendición para todos los pueblos, y es el mismo Cristo que quiere humildemente ser parte también de nuestra historia, nuestro tiempo, nuestras alegrías y esperanzas.

Paz y Bien

Domingo de Gaudete, la alegría de la justicia, la esperanza de liberación














Tercer Domingo de Adviento - Domingo de Gaudete

Para el día de hoy (16/12/18):

Evangelio según San Lucas 3, 2b-3. 10-18







Estamos en un tiempo muy especial, kairós, tiempo santo de Dios y el hombre. Precisamente, es reflejo de la Encarnación un Dios que acampa entre nosotros comenzando por los más humildes, desde los pequeños como María de Nazareth.

La voz del Bautista se vuelve a elevar en este Adviento como hace veinte siglos, pues la voz de los profetas nunca queda perimida, ni se extingue, ni es anacrónica.

Juan nos está llamando la atención con su voz clara, fuerte, íntegra.

Está llegando Aquél que es el más importante del universo, Aquél que todo lo transforma, Aquél que es la respuesta a todos los interrogantes más profundos, Auqél que es nuestra vida y nuestra esperanza.

Hemos de estar preparados. Allanar sus caminos es encarnar cada días, todos los días la justicia, una justicia que impone ajustar nuestra voluntad a los sueños de Dios, que tiene un proyecto de plenitud para toda la humanidad y para cada uno de nosotros.

Quizás los grandes proyectos, las conquistas de justicia social de las naciones -que se establecen a través de la acción política- comiencen corazones adentro. Muy personalmente antes que individualmente. En cada horizonte está Dios inevitablemente unido al prójimo.

La solidaridad que se proclama en acciones concretas, que restablece vínculos rotos, que se practica a diario, sin grandilocuencias ni declamaciones vanas. La solidaridad derriba con arrolladora humildad los malos muros que el egoísmo edifica y que nos separan y nos aíslan.
Desunir a las comunidades con cualquier modo y bajo cualquier pretexto bordea lo imperdonable. Es una maldición.

Es cosa de Dios también desertar fervorosamente de toda corrupción. Corrupción es muerte, la que se vé a simple vista y también la que se esconde tras buenos discursos.

A cada uno, lo suyo. El rasero aplicado hacia abajo no iguala, Aplasta. Los escalones por los cuales el prójimo, a veces trabajosamente, asciende, siempre son motivos de serena celebración.

Quizás cuando escuchamos una voz profética como la de Juan, se nos encienden las expectativas y se nos despierta la esperanza. Pero la euforia es peligrosa. Es menester mirar y ver. No hay que seguir ídolos, y el Señor es uno solo. Sólo ante Él se han de doblar las rodillas.

Esos mismos fuegos parecían apropiarse de las gentes que escuchaban al Bautista, esas ganas de depositar en otro lo que uno mismo debe hacer.
Y aunque somos pequeñísimos, somos importantes, muy importantes a los ojos de Dios.

Juan lo sabe en sus huesos, en las honduras de su alma inmensa. Y aunque sus palabras tengan un cierto tenor de dureza, nos renuevan desde las propias raíces.

En estos tiempos tan oscuros y confusos, también nos preguntamos qué debemos hacer.

Practicar la justicia. Convertirse, porque conversión es converger hacia Dios y hacia el hermano.

Domingo de Gaudete, Domingo de regocijo por Aquél que ya está por llegar, Dios-con-nosotros, un Dios que es justicia y liberación porque ambas son motivo de alegría y de un mundo nuevo, de una vida digna, de un tiempo grato para vivirse.

Paz y Bien


El Profeta, encendido con el fuego de Dios, señal de auxilio para nuestra gente
















Para el día de hoy (15/12/18):  

Evangelio según San Mateo 17, 10-13









Es menester, ante todo, situarnos en el contexto previo al desarrollo de esta lectura: el Maestro, junto a tres de sus discípulos, se habían transfigurado en la cima del monte Tabor. Ellos lo habían visto conversar con Elías -los profetas- y Moisés -la Ley. Precisamente en ese asombro y ese interés surge la pregunta acerca de Elías.

Elías era una figura entrañable y ansiada para el pueblo judío. Los estudiosos de las Escrituras -los escribas- aseveraban, basándose en las profecías de Malaquías, que Elías regresaría en las postrimerías de la llegada del Mesías, renovando los lazos familiares y restaurando en Dios las tribus judías. Por lo tanto, la presencia de Elías implicaba la inminencia del Mesías.

La erudición no es sinónimo de sabiduría. Los escribas caían en el terrible error usual que es la lectura superficial de los signos y los hechos de la historia, la banalización de las señales, el no querer aceptar lo evidente. Hoy esa ceguera probablemente -además de la soberbia- se alimente con la ideología y la propaganda.
La conclusión es inevitable: Jesús de Nazareth no es el Mesías porque en verdad Elías no ha llegado.

Para el Maestro, Elías ya se ha hecho presente en la misión de Juan el Bautista. Sus gestos, sus palabras y la integridad de su vida dan fé de la trascendencia de su misión. Sin embargo, no le reconocieron y lo despreciaron, e hicieron con él lo que sus caprichos e intereses les dictaban.
No es un dato trágico más, y se trata de un gravísimo error y un infame pecado. Desconocer al precursor es desconocer al mismo Dios, y desoír el santo llamado a bendecir la familia por la reconciliación y procurar el bien para el pueblo.

El Adviento viene a recordarnos que sigue habiendo precursores, mujeres y hombres de Dios que humilde y tenazmente siguen encendidos, como señales de auxilio para nuestra gente y para todas las naciones, señales firmes y tenaces de un Dios que es y está, un Dios que nunca se desentiende de la historia, un Dios que siempre está a las puertas de nuestras existencias, Dios con nosotros, Dios por nosotros, Dios en nosotros.

Paz y Bien

La mansa rebelión de la conversión














Para el día de hoy (14/12/18):  

Evangelio según San Mateo 11, 16-19







En la lectura que nos brinda la liturgia del día, el Maestro se vale de una imagen de juegos infantiles para expresar su crítica a ciertos sectores que le oyen pero no le escuchan. El término generación quizás resulte demasiado abarcativo, y su significado primero refiere a los dirigentes religiosos de esa época, escribas, fariseos y saduceos.
Esos hombres eran profundamente religiosos, pero a su vez estaban atrapados por el entramado legalista de la religiosidad que representaban y conducían. Primaban sus esquemas pero nó su Dios, aunque declamaran piedad y devoción; de ese modo, todo aquello que no se amoldara a sus criterios se execraba con críticas impiadosas y brutales.

Era una actitud caprichosa, la misma de aquellos a los que nada satisface ni conviene. Cuando crece demasiado el ego, no hay sitio ni para Dios ni para el prójimo. Nada les conforma y no se trata de elogiar actitudes antiacomodaticias. Se trata de la crítica porque sí, la expansión de los chismes, los murmullos que socavan, el rostro en rictus amargo que revela una vida des-graciada.
En realidad, si ahondamos un poco, esta actitud es conveniente a todos aquellos que exhalan críticas de continuo pues de ese modo nada vá a cambiar. Criticar para que todo permanezca igual.

De esa manera, el Bautista -profeta en el desierto, ascético e íntegro- es quizás demasiado religioso, un loco místico demasiado sagrado. Pero lo que dicen el Maestro es muy peligroso, aunque sólo apareciera como una expresión de desprecio dedicada a menoscabarlo ante el pueblo.
Esa actitud es conocida en nuestros tiempos, tantas personas ajusticiadas en los medios sin justicia y sin poder defenderse.

El Maestro compartía afablemente la mesa con pecadores, con fariseos, con publicanos. De allí se valían para sindicarlo como un glorón y un borracho: la acusación es grave, pues en Dt.21 esa actitud implica, lisa y llanamente, la pena capital.
Igualmente, encontrarían mil maneras de expresar su desagrado porque el Maestro era nazareno, galileo, pobre, blasfemo. O los de este tiempo porque el pontífice anterior era alemán y frío y este -Dios nos libre- es sudaca y habla como un curita de pueblo, o porque muchos profetas contemporáneos no tengan pergaminos, o porque se ha preclasificado al prójimo en alguna insomne categoría de desprecio caprichoso.

Abandonar las costumbres, lo habitual, no es sencillo. Requiere un gran esfuerzo cordial, y más aún si esa mansa rebelión implica compromisos y muy especialmente conversión.
El Adviento, tiempo santo y bendito que se nos ofrece, es el llamado a desandar esos pantanos y encaminarnos por la huella del Evangelio, en justicia y verdad, en caridad y compasión, en humildad y servicio.

Paz y Bien

Escucha atenta, Cristo ya llega













Para el día de hoy (13/12/18) 

Evangelio según San Mateo 11, 11-15







La situación era, cuanto menos, extraña: las gentes se movilizaban en gran número lejos de sus domicilios, de las ciudades hacia el desierto y hacia la vera del río Jordán para escuchar la voz de Juan el Bautista. Él los despertaba de un oprobioso letargo, y les renacían antiguas esperanzas que la costumbre, las miserias y las injusticias que les ejercían habían opacado, sumido en confusos olvidos.
Allí en el desierto y por ese profeta hacían memoria y revivían el tiempo del éxodo, esas tribus conviviendo con ese Dios que los guiaba, que los liberaba de la esclavitud, que los acrisolaba como pueblo.

Hay una cierta tendencia banal en la capacidad anticipatoria de previsualizar el futuro, en parte adjudicándole un carácter mágico, en parte superstición. Pero desde una perspectiva trascendente, diremos que un profeta es un hombre de Dios, y por ello es un hombre capaz de leer la historia con una mirada distinta, fiel intérprete de un pasado que es historia, que inaugura el futuro posible y que endereza el presente pues lo vive en plenitud, pues su tiempo es don de Dios. Ello implica una confianza total en el Espíritu que lo anima, pues a menudo muchas cosas que mira y vé no llegan a pasar el tamiz estrecho de la razón.
Juan leía las huellas de su Dios en la historia de su pueblo, y advertía que el tiempo estaba maduro, grávido de promesas que estaban cumpliéndose sin ambages, pues su Dios siempre pagaba al contado los compromisos asumidos por fidelidad a su pueblo.

Y otro aspecto importante era la integridad de Juan, que también es parte de su cariz de hombre de Dios. Su integridad es asombrosa como lo es en cada época de la historia en que abundan las turbulencias y corrupciones. La integridad y la honestidad, aún cuando sea silenciosa y humilde, deja en evidencia flagrante a los corruptos, y es esperanza para los que quieren andar por senderos de honradez.

Por su fé y por esa entereza que enarbola porque la respira, Juan no pasa inadvertido, y es percibido como una amenaza por aquellos que detentan poderes.
Los poderosos reaccionan siempre con violencia frente a los que empujan la vida y la humanidad al frente, paso a paso de justicia.

A él se refiere, en la lectura que la liturgia hoy nos ofrece, Jesús de Nazareth. Sus palabras son más que un elogio: son un llamado a la escucha, y a la escucha atenta de un tiempo pleno de signos y símbolos, grávido del Espíritu de Dios, fecundo de eternidad en el aquí y el ahora.

Juan es el más grande, y aún así es el más pequeño en la sintonía del Reino que Cristo inaugura. Ello no vá en desmedro de su figura augusta de fidelidad: Juan es el río caudaloso que atraviesa todo el Antiguo Testamento y desemboca potente en la Buena Noticia, el mar sin orillas de la Gracia.

Porque no somos adeptos a una doctrina, sino que creemos y confiamos en Alguien que está siempre llegándose allí en donde nos encontremos, Dios con nosotros dándose por entero sin condiciones para la Salvación.

Paz y Bien

Tonantzin Guadalupe, Madre de la ternura















Nuestra Señora de Guadalupe, Patrona de América

Para el día de hoy (12/12/18):  

Evangelio según San Lucas 1, 39-48








Aconteció una mañana hace más de cuatro siglos. En estas tierras, periféricas de un enorme imperio, recibíamos la visita de la Madre de Dios con temor y temblor, con ternura entrañable.

Visita incómoda, visita de una Buena Noticia asombrosa. No hay palacios ni notables: allí está Juan Diego, al que casi nadie vé.

Pero el Dios de María de Nazareth -Abbá de Cristo- se inclina con alegre parcialidad a favor de los pobres y los pequeños, el Dios que derriba a los poderosos de sus tronos, que dispersa a los soberbios, que exalta a los humildes, el Dios magnífico que inspira su existencia y se hace canción de liberación.

Día de gozo, para que el corazón salte y baile. Día de oración y memoria, que no estamos solos.

Día de preguntarnos como aquella mañana y junto a Isabel, ¿quienes somos para que la Madre del Señor venga a visitarnos?

La más feliz tiene una felicidad que comparte y contagia. Visita santa de la que se ha quedado entre nosotros. Y donde está la Madre, está el Hijo.

Huey Tonantzin!
Salve Madre de Dios!

Dios guarde a México, a Latinoamérica, a toda la Iglesia, a todos los pueblos.

Paz y Bien

Perspectiva santa, Dios nos rescata, transforma y compromete














Para el día de hoy (11/12/18):  

Evangelio según San Mateo 18, 12-14







Demasiados reglamentos religiosos estaban vigentes en los tiempos del ministerio de Jesús de Nazareth -¿sólo en esos tiempos?-. Esas normas rigurosas delimitaban el acceso a las celebraciones sagradas y a la vida piadosa a un número creciente de publicanos y pecadores públicos; a su vez, es necesario tener en cuenta que la colonización de mentes y corazones no es un fenómeno reciente, y en esa inteligencia otros tantos se autoexcluían de los beneficios divinos por resultarles imposible encontrarse entre el reducido número de los aptos, los puros, los reverenciables, los religiosamente correctos.

No es cosa de espantarse, claro está. Como siempre, se trata de hombres severos y profundamente religiosos que creen portar atribuciones suficientes para condicionar en los demás el acceso al amor de Dios, reglamentando el culto y la plegaria, una espiritualidad de ceño fruncido, un Dios severo y distante aislado en un cielo exceptuado de sonrisas. Nunca Abbá.
Como siempre, hay que regresar al Padre bondadoso de Jesús de Nazareth.

En la asombrosa dinámica de la Gracia, no cuentan tanto los méritos que se acumulan como la insondable ternura de un Padre que sale de sí mismo al encuentro de lo que está perdido, de lo que nadie busca, de lo que se razona y justifica su extravío y su pérdida. Un Dios que alegremente nos disuelve los no se puede, los nunca, los jamás.
No hay miseria mayor que, siquiera, se arrime a los umbrales de la misericordia.
Con todo y a pesar de todo, a este Dios le duelen las hijas y los hijos abandonados y descartados. Todos cuentan, todos, sin excepción, y el reencuentro con los perdidos siempre es motivo de celebración.

El Adviento -tiempo santo de Dios que sale al encuentro- nos vuelve a ubicar en perspectiva santa, en esa misericordia que rescata, transforma y compromete. Está en nuestras manos dejarse encontrar por ese Dios incansable, que nunca baja los brazos, que no conoce resignaciones ni deserta en su profundo afecto.

Paz y Bien

Un Dios que nunca se dá por vencido













Para el día de hoy (10/12/18):  

Evangelio según San Lucas 5, 17-26






En los tiempos del ministerio de Jesús de Nazareth, los enfermos postrados se transportaban en una suerte de camillas o angarillas que, a su ven, hacían las veces de lecho habitual; es decir, aún cuando se los movilizara así, esa camilla representaba el angosto mundo en el que se había trastocado su existencia.
Así, esos hombres que intentan con empeño sin desmayos llevar al hombre paralizado a la presencia de Cristo, llevan también toda la vida de ese hombre, la existencia del doliente en sus manos.

El Maestro gustaba enseñar en los hogares, tal vez significando que el tiempo nuevo es tiempo de familia grande, de nuevos vínculos para reconocernos y en donde crecer con los demás.
Ahora bien, excepto la nobleza y los comerciantes muy ricos, los hogares comunes se conformaban de una única habitación amplia en la cual transcurría toda la vida familiar. Una puerta y una ventana, no m{as, y un techo compuesto de barro aglomerado y paja entrecruzada que le brindaba consistencia.

Esa vez, había una gran multitud reunida alrededor de la casa, ansiosa de escuchar la voz nueva y plena de autoridad del Maestro. Pero a veces ciertas euforias y ciertos criterios de pertenencia llevan a conductas que, a la larga, son erróneas. 
Quizás cerrar filas no sea tanto amontonarse formando muros infranqueables, sino re-ligarse cordialmente a través de la persona de Cristo. A veces también, en esos andares solemos vedar accesos a los que aún no han llegado; a menudo no prestamos atención al mal que podemos cometer sin darnos cuenta.

El enfermo está postrado por su dolencia y por un criterio religioso culpógeno que implicaba el asumir con resignación la enfermedad como justo castigo por los pecados cometidos. Pero las personas que lo llevan no se dan por vencidos ni aún cuando las gentes se arraciman como una muralla.
Cuando todas las puertas se han cerrado, hay que animarse a entrar por la ventana, y si la ventana pareciera estar también clausurada, es imprescindible procurar novedosas aberturas para que las gentes, especialmente los pobres y dolientes, lleguen a la presencia de Cristo. Nada ni nadie debe impedirlo, ni tampoco debe justificarse jamás la regulación de la misericordia, la tabulación del amor de Dios.

En Cristo despunta y resplandece el amor de Dios en perdón y sanación. Sus signos son señales de ese amor inclaudicable pero también una interpelación que convoca al hombre a la fé y al esfuerzo fraterno de los demás por los hermanos caídos.

Paz y Bien

Dios nos sale al encuentro, tiempo de restaurar caminos y corazones














Segundo Domingo de Adviento

Para el día de hoy (09/12/18): 

Evangelio según San Lucas 3, 1-6





En este segundo Domingo de Adviento nos encontramos con una serie de coordenadas extrañamente precisas. Y resultan sorprendentes pues los Evangelios no son relatos históricos, sino crónicas espirituales, teológicas, en donde nada es circunstancial ni casual. Hay diversos niveles de profundidad a los que estamos invitados a sumergirnos, profundizar corazón adentro en una Palabra que es Vida y está viva.

Hitos históricos. El pretor romano de Tierra Santa es Pilato; Herodes Antipas es tetrarca de Galilea, y su hermano Filipos tetrarca de Iturea y Traconítide, mientras que Lisanias regía en la tetrarquía de Abilene.
Anás y Caifás son los sumos sacerdotes del Templo: en realidad, en ese momento concreto el pontificado era ejercido por Caifás y no poa Anás su suegro. El sumo sacerdote era designado bajo la venia expresa del ocupante romano, quienes eligieron a Caifás, quien sucede en el cargo a Anás, que era su suegro. Sin embargo este último tiene un poder enorme, manda en el Sanedrín y posee todos los privilegios de tan alta posición. Esos dos hombres deciden sobre los corazones del pueblo judío.

Sin embargo, el verdadero poder lo detenta Tiberio, el emperador. Herodes y los otros tetrarcas son marionetas, gobernantes vasallos odiados con fervor por el pueblo más sencillo. El que decide es Tiberio, y sus decisiones las ejecuta Pilato, bruto y cruel, respaldado por el poder de las legiones estacionadas en la zona.

Los títulos y las funciones nos sitúan con precisión en un momento único de la historia humana, que excede a la cronología de Israel. 
No hay casualidades ni menciones al pasar en el Evangelio. 
Nos encontramos en una encrucijada de la historia en donde se entrecruzan las cosas de Dios y las cosas de los hombres.

A pesar del poder imperial romano, del fasto de los tetrarcas, de la brutalidad del pretor, a pesar de que los sumos sacerdotes son los únicos que pueden acceder al reducto santísimo del Templo, todos ellos parecen haber enmudecido.

Dios no se dirige al César, ni a sus subalternos, ni a los profesionales expertos de la religión.
Dios le habla a un hombre joven y humilde, Juan, hijo de Isabel y Zacarías.

Juan no ocupa palacios ni viste lujosos ropajes.
Él habita en el desierto, se viste con pieles de animales y se alimenta de miel silvestre, despojado de todo lo superfluo, puro en su alma, puro en sus gestos, puro en sus acciones.

El desierto, simbólicamente, es el punto de encuentro de los corazones con su Dios, y allí no prevalecen las miserias de las ciudades.
Desde allí se alza la voz de Juan con la fuerza de la verdad. sin ambages de conveniencia, voz de Dios que se hace puente y convite de regreso, con todo y a pesar de todo lo que somos, lo que hacemos y lo que omitimos.

Andamos por veredas sinuosas, y es menester enderezar lo que se ha torcido, en alegre regreso a Dios y al hermano. Heridos sin remedio aparente por el pecado que demuele y quebranta, todos necesitamos el perdón que restaura y nos poné de pié, nuevamente en camino.

Dios nos sale al encuentro, en la luminosa encrucijada de Belén.

Paz y Bien

Inmaculada Concepción, Madre de la Buena Noticia













La Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María

Para el día de hoy (08/12/18): 

Evangelio según San Lucas 1, 26-38







Hoy la Iglesia celebra la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María. En ella florece una especial devoción por la cercanía y la ternura, especialmente entre la gente más sencilla que la reconoce como uno más entre nosotros, como Madre y compañera fiel.

Sin embargo, una piedad que no ha crecido recta y frutal, la ha elevado al honor de los altares, con coronas, joyas y ropas lujosas, quizás olvidando a esa mujer de pueblo, mujer creyente, toda de Dios y toda nuestra.
Pies de barro y corazón de cielo.

Así también, cierta catequesis errónea ha impuesto el criterio de excepción y de privilegio que diferencie de manera raigal a María de Nazareth del resto de la humanidad, relegando y renegando de la gratuidad insondable del amor de Dios.
No hay obligación o capricho divino, no hay obcecada pretensión humana. Sólo prima la elección gratuita y amorosa de Dios, y así la Salvación es la expresión mayor de la soberanía de Dios, absolutamente libre, absolutamente incondicional, absolutamente amorosa.

Así entonces, la Inmaculada Concepción de María no es una cuestión de fé de la Santísima Virgen, sino una luminosa señal de la bondad de Dios, que interviene en la historia aún cuando no haya respuesta previa del creyente.
María Inmaculada nos habla hoy de un Dios que tiene todas las primacías, que desde su infinita eternidad decide la salvación de la humanidad, una transparencia que recree la vida desde la pequeñez de esa muchacha nazarena.

Clave y luz de los corazones, la Inmaculada nos recuerda el amor de Dios en nosotros que redime y santifica.

Ella es Madre de buenas noticias, de que Dios nos ama desde siempre, que nos resguarda en sus manos paternas, que guarda nuestros pasos, que nos sueña plenos, felices, eternos interviniendo Él mismo en la pequeñez de nuestras existencias, paso salvador de Dios por nuestra cotidianeidad.

Paz y Bien

Una luz destella desde Belén, contra todas las cegueras
















Para el día de hoy (07/12/18): 

Evangelio según San Mateo 9, 27-31








En los tiempos del ministerio de Jesús de Nazareth, la ceguera era una de las patologías más comunes e incapacitantes en esa Palestina del siglo I: las frecuentes tormentas de arena y el fuerte reflejo del sol contra las rocas blancas solían lesionar las córneas.
Un ciego no podía trabajar y, de ese modo, no podía ganar el sustento para su familia, pero su dolencia se incrementaba aún más: el criterio religioso imperante en la época vindicaba toda patología como castigo divino por los propios pecados o, acaso, de los padres, imagen de un Dios severo, cruel, rápido dispensador de desgracias.

Aún así, esos hombres de corazón grande y mirada profunda -los profetas de Israel-, encendidos por el fuego del Espíritu de Dios-, supieron poner de relieve uno de los caracteres primordiales del Mesías prometido, y es que devolvería la luz a los ciegos, vista restaurada en los ojos y en la mirada interior.

Sin embargo, en ese tiempo también había mucho más ciegos que los no videntes convencionales, y eran precisamente los dirigentes de Israel -todos ellos hombres piadosos, religiosos puntillosos- que no querían ver el rostro mesiánico de Jesús de Nazareth, y a su vez se empeñaban en imponer su propia ceguera al pueblo bajo coacción y miedo. De allí es también la insistencia en llamar al esperado Mesías como Hijo de David: la identidad es teológica, es decir, espiritual, más ellos la reivindicaban en lo mundano, en lo nacionalista, en la exclusividad de una liberación de la Tierra Prometida hollada por sus enemigos, y con eso la restauración de la corona davídica.

La lectura nos presenta entonces a dos no-videntes en un trasfondo de ciegos múltiples. Aún cuando lo doctrinario es inexacto y hasta equivocado en el criterio -Hijo de David-, lo que cuenta en el tiempo de la Buena Noticia es la confianza que se deposita en la persona de Cristo, confianza que es el paso segundo de la fé, pues el paso primero es el de un Dios que sale en nuestra búsqueda. La fé es don y misterio.

Y la fé sólo puede crecer y fructificar en la casa del Maestro, la comunidad creyente, la Iglesia. Y desde allí, volvernos quizás felices desobedientes que no se callan, y que cuentan a los demás las maravillas del paso salvador de Dios por nuestra existencia, una luz que destella desde Belén.

Paz y Bien

La firmeza de estas casas que somos se cimenta en la Palabra de Dios que se escucha y se pone en práctica















Para el día de hoy (06/12/18):  

Evangelio según San Mateo 7, 21. 24-27







En la lectura que nos presenta la lectura del día, el Maestro habla de edificar. Seguramente, junto a José de Nazareth, comprendió desde niño ciertas cuestiones fundamentales a la hora de crear, de levantar una casa, las prioridades, lo que es importante. Especialmente, Él enseñaba a partir de cosas sencillas que había vivido o bien, de cosas que sus oyentes conocían bien a partir de su cotidianeidad: desde allí los impulsaba a las honduras del Reino.

Él se refiere a la edificación de la casa/existencia, que también tiene un correlato con la casa/Iglesia. Curiosamente, no se detiene en alabar lo confortable de la casa, las amplias comodidades, los balcones luminosos, pues la clave está en los cimientos sobre la cual cada casa se ha edificado.
La casa de la prudencia y la casa de la insensatez, casi inevitablemente, han de afrontar la acción de los elementos y toda suerte de tormentas y huracanes. Y no se trata, claro que nó, de tácticas elusivas, de encontrar sucedáneos para escaparse de los problemas y menguar las heridas que suelen dejar los conflictos.

Nuevamente, se trata de los cimientos.
Cuando se edifica sobre roca, cuando los cimientos son firmes, pasarán los temporales más bravos pero prevalece la firmeza sobre la cual se ha edificado.
Cuando se edifica sobre arena, aún cuando la casa por fuera aparezca hermosa y espléndida, todo se vendrá abajo, destino cierto de derrumbe.

La firmeza de estas casas que somos se cimenta en la Palabra de Dios que se escucha y se pone en práctica.

No basta la formulación exacta de la plegaria, ni la rigurosidad litúrgica si no se mira al mundo con la mirada del Señor, confiar como Él confiaba, amar como Él amaba, servir como Él servía sin medias tintas ni menoscabos light.

Inmersa en las duras correntadas de la historia, la Iglesia también se mantiene firme sobre la roca apostólica, baluarte y esperanza de Salvación para todos los pueblos.

Paz y Bien

Canastas llenas de misericordia para todos los pueblos

















Para el día de hoy (05/12/18): 

Evangelio según San Mateo 15, 29-37





La liturgia hoy nos ubica en territorio pagano, en zona extranjera, la otra orilla del mar de Galilea.

Una multitud creciente lleva a la presencia del Maestro a paralíticos, lisiados, ciegos, mudos y muchos otros enfermos: la sanación/salvación es don para todos los pueblos, y no se adquiere por pertenencia a un grupo, raza o nación específicos, sino por una adhesión vital, por la confianza puesta en la persona de Jesús de Nazareth.

Allí encontramos una pista significativa: al ver tanto bien prodigado en sus existencias, todas esas gentes glorifican al Dios de Israel; en el caso de tratarse de una multitud judía, se hubieran limitado a glorificar a Dios.
Otra de las señales precisas es que Cristo, en vez de bendecir los alimentos -expresión de naturaleza judía-, dá gracias, que es el modo helénico de bendecir -Eucaristía-, y en esa expresión se ratifica el extrañamiento de la misión también.

El Pan de vida, que es pan de la Palabra de Dios y pan del sustento -Cristo mismo- se comparte tanto en Tierra Santa como en tierras paganas.

Aquí el Maestro toma la iniciativa, movido por la compasión. No se trata de un grupo de gentes con hambre habitual, crónica, persistente. Están hambrientos por permanecer felizmente en vilo durante tres días junto a Jesús, y es en esos tres días en los que acontece entre ellos la Salvación. El tercer día es señal de la muerte vencida, del mal que retrocede, de la Resurrección del Señor.

Todos comen y se sacian, recostados en la gramilla y las piedras del lugar, como hombres libres. La mediación, aún cuando es dubitativa y desconfiada, por parte de los discípulos es signo de un Dios que lleva su bendición, su amor y su Salvación a través del hombre, comenzando por Cristo y siguiendo por los discípulos de todos los tiempos, Dios encarnado en nuestra vecindad, un Niño Santo que es un poco hijo de cada uno de nosotros.

Siete canastas se llenan luego de saciarse todos. A diferencia de la otra oportunidad, con las doce canastas, el número hace una referencia simbólica: en tierras judías las canastas llenas son doce, en alusión a las doce tribus primordiales. En tierras paganas las canastas rebosantes son siete, en alusión al número veterotestamentario de setenta que engloba a las naciones paganas. Pero más allá de los números, canastas llenas de misericordia para todos los pueblos.

Siete canastas que no es descarte ni exceso, sino calurosa previsión de ternura de un Dios que está pensando en todos aquellos que se sentarán a comer del Pan de vida, nosotros mismos entre ellos.

Paz y Bien

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