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Benedictus, canción del descenso

Para el día de hoy (24/12/10):
Evangelio según San Lucas 1, 67-79

(Zacarías se había reducido al silencio.
Quizás, no como un castigo por su falta de fé, sino más bien porque a veces es preciso retirarse, despojarse de ruidos inútiles y esperar con confianza y paciencia la llegada del momento preciso, en donde la Palabra vuelva a recobrar significado.

El tiempo estaba maduro, los buenos frutos al alcance de todos, y Zacarías recobra el habla pues ha recuperado la Palabra extraviada.
Su cuerpo marchito y achacoso se yergue entero y firme como un roble...¿quién hubiera podido inferir que ese sacerdote estaba más para ser abuelo que para novel padre?
Pero son cosas del Espíritu, y él es una nueva vida, un alma re-creada que canta desde esa Palabra que late en su vida, en la de su esposa, en la de su hijo, en sus vecinos, en su pueblo.

Quiera Dios bendecirnos como a Zacarías, ganar el silencio para recuperar la Palabra y volvernos canción.

Mujeres y hombres que bendicen y se alegran por ese Dios al que le descubren sus huellas en la historia de la humanidad, en un grupo de esclavos egipcios, en un pastor babilonio, en esas tiendas del desierto, en los surcos de cada pueblo, en el rostro del vecino, en la propia existencia.

Mujeres y hombres que que no se avergüenzan de cantar a voz en cuello a ese Dios de la vida y la liberación, Dios que interviene directamente en el tiempo humano, fuerza de redención, salvación que quiebra toda cadena de opresión y miseria.

Mujeres y hombres que no desmayan porque saben que Dios -invariablemente- cumple todas sus promesas, y siempre hay algún amigo suyo que dá el aviso, esos que llamamos santos y profetas.

Mujeres y hombres que cantan la justicia de ese Dios que se expresa en la Misericordia.

Mujeres y hombres que tienen el mismo anhelo que el de su Creador: el de vivir vidas mansas, caminando a su luz senderos de paz.

Mujeres y hombres que descubren -como Zacarías- en Juan, en un hijo, en cada niño, un anticipo maravilloso de ese Dios que ha descendido por pura ternura, desde lo insondable y lo infinito al milagro de un Niño frágil en brazos de su Madre, al cuidado del carpintero galileo.

Que en esta Navidad signifique volver del silencio y recuperar la alegría del descenso de ese Dios-con-nosotros, Palabra reencontrada y viva)

Paz y Bien

De la alegría que se descubre y recupera

Para el día de hoy (23/12/10):
Evangelio según San Lucas 1, 57-66

(Todavía hoy, de vez en cuando, podemos encontrarnos de modo cuasi milagroso con pequeñas comunidades capaces de compartir el dolor y la alegría, es decir, espacios de comunión y fraternidad en donde el otro siempre será muy valioso e importante, su dolor será el mío y mi alegría será descubrir a mis hermanos felices.
Y sucede también que en esos recintos de puertas y ventanas abiertas se descubre fraternalmente la acción de Dios en las vidas de todos.

Ain Karem, aldea perdida en las montañas de Judea.
La anciana Isabel se había recluido durante cinco meses al enterarse de ese embarazo tardío... a ojos precisos, estaba más para abuela que para mamá. Pero no hay imposibles para ese Dios misericordioso, y la que prefería esconderse ahora sale a la luz, compartiendo esa ternura expresada en ese hijo con los demás.

Así es la misericordia, amor de Dios que libera: de la esterilidad a frutos magníficos, del ocultamiento a la alegría compartida y a la vista de todos.

Tal es la importancia de esa pequeña comunidad que naturalmente discuten con amabilidad con el padre y la madre del recién nacido cual era el hombre que debía llevar el pequeño: lo usual era que llevara el nombre de su padre o, al menos, un nombre tradicional en los varones de la familia.
Sin embargo, todo se vuelve inusual cuando interviene el Altísimo y se inclina a la realidad diaria, y la primera en entenderlo ha sido -desde la visita de María- es Isabel. Quizás, con esa capacidad de ver más allá de lo aparente que tienen todas las madres, se mantiene firme en esa convicción: el niño ha de llamarse Juan, que en ese arameo antiguo significa "Dios es misericordioso".

Pero no es una mujer empecinada contra la opinión de todos: Zacarías -desde el silencio en el que estaba retirado- toma una tablilla y reafirma la decisión de su esposa. El niño ha de llamarse Juan.

Sucede entonces la admiración; sucede que en esas comunidades en donde el otro es verdaderamente importante, se dejan de lado empecinamientos y estériles discusiones y jamás se pierde la capacidad de asombro.

Al punto, Zacarías recupera la voz perdida y bendice y alaba a Dios por la gran misericordia que el Todopoderoso que ha tenido para con su esposa y él.
Zacarías -entrado en años- ha dejado de ser viejo: aún con un cuerpo achacoso, tiene palabras jóvenes para cantarle al Dios de la Vida, signo cierto de la presencia del Espíritu ¿acaso no lo vemos a menudo en muchos de nuestros abuelos, sin darnos cuenta quizás que es un milagro y un regalo?

Simultáneamente, lo que sería en otras circunstancias causa de discusiones y enojos, es motivo de alegría compartida. Parientes y vecinos, admirados de lo que han visto y oído, se deshacen y rehacen en alabanzas y alegría compartida; quizás porque sólo fraternalmente sea posible descubrir el paso de ese Dios Misericordioso en la vida cotidiana. Quizás también, porque cuando se acentúa lo individual, se sacrifica al otro y todo se nos vuelva estéril.
La alegría es contagiosa y se traslada más allá de la pequeña aldea, a toda la región montañosa de Judea.

Un niño -hijo anhelado y llegado milagrosamente en la vejez de sus padres- es motivo de transformación profunda de esos adultos que parecían condenados a sufrir el paso rutinario y agobiante del tiempo.
Un niño muy especial, ya bendito desde el vientre de su madre, y que viene abriendo caminos a otro Niño Santo esperanza de muchos.

Nos queda tal vez espejarnos allí, mirar y ver si nos reconocemos entre esas gentes, capaces aún hoy -con el paso cruel de años, dolores, miserias y rutinas- de asombrarnos de una vida que se renueva y reafirma en cada niño que nace, y si podemos -al menos por una vez- de romper las corazas que nos separan y junto al otro, redescubrir y recuperar la alegría del compartir.
Allí suceden los milagros, tal como la Navidad que sucede en nuestro presente
también ha de serlo)

Paz y Bien



María en tiempo presente, el hoy de la Salvación


Para el día de hoy (22/12/10):
Evangelio según San Lucas 1, 46-56

(María canta al su magnífico Dios, canta las maravillas que descubre en su vida, canta las maravillas que descubre en su pueblo, canta las maravillas que descubre en la historia expresada en el día a día.

Es feliz, es plena porque la totalidad de su existencia ha sido transformada por la Gracia. Así será reconocida de generación en generación, bendita por ser Mujer, bendita por ser Madre, bendita por creer.

Infinitamente feliz porque a pesar de descubrirse mínima, insignificante -una esclava- sabe que el Dios del Universo se ha inclinado amorosamente hacia Ella.

Su canto atraviesa los velos del tiempo porque resuenan ecos veraces y eternos, y es imperioso que cantemos hoy, testigos junto a Ella -mujer, hermana, madre y discípula- de las maravillas de ese Dios invisible que se hace Niño.

Testigos felices de que a pesar de toda niebla, de toda opresión, llega nuestra liberación y nos florece la esperanza de la vid frondosa de David.

Testigos plenos, porque a pesar de nuestras miserias -que nos reducen a la nada- Dios se sigue inclinando hacia nosotros.

Testigos agradecidos, incapaces de contenernos y de callar, porque sabemos a nuestro Dios Todopoderoso... pleno de poder no como un guerrero feroz, sino Omnipotente porque ama.

Testigos fieles en palabras y acciones, porque Dios ama sin medida a todas sus hijas e hijos... pero pone abiertamente del lado de los humildes, de los pobres, de los desvalidos, prefiriendo al caído antes que a los potentados y prepotentes, un Dios capaz de hacerse pan para saciar todo el hambre.

Y testigos permanentes de que Dios es justo, y su justicia se expresa en la Misericordia, desde mucho antes que el viejo pastor de Ur hasta nuestros días, y luego también, de generación en generación.

La Salvación que trae su Hijo sucede hoy, en este preciso instante, don y misterio a la que toda la humanidad ha sido invitada sin condiciones, de pura generosidad y ternura, a construir el cielo nuevo y la nueva tierra.

Por ello, cantemos con María hoy y siempre la canción que anticipa la alegría de su Hijo y que es renuevo en plenitud y felicidad, dicha y liberación)

Paz y Bien


El fin del silencio, tiempo de mujeres y niños

Para el día de hoy (21/12/10):
Evangelio según San Lucas 1, 39-45

(Sacerdotes y guerreros, jueces y caudillos, sabios y eruditos han quedado en silencio junto a Zacarías, luego del anuncio del Mensajero.
Ello expresa, quizás, que el Mesías que viene es inesperado, extraño, impensado. No hablará con la fuerza de las armas, no enseñará puntillosas doctrinas, no gobernará con poder manifiesto y será exacto sólo en el culto al prójimo.

Por ello, ése y éste mundo han de guardar silencio y guardar palabras vanas, para que pueda escucharse la Palabra.

Las mujeres, claro está, no contaban; para esa sociedad sólo importaban sus funciones hogareñas y la capacidad de engendrar y parir. Sus derechos -mínimos o nulos- sólo podían garantizarse desde la posición de sus padres o sus esposos.
Pero es un tiempo nuevo, y hablarán las mujeres, y quebrarán el silencio dos mujeres que llevan vida acrecentándose en sus entrañas.

Quizás sea porque Dios se revela expresamente desde lo que el mundo desprecia o no tiene en cuenta...

Quizás sea porque Dios ama tanto a la humanidad que el Salvador -Dios-con-nosotros- nacerá de seno de mujer, será amamantado por Ella, será acunado en sus brazos, no cumplirá con su misión si no es con Ella.

María se pone en camino, de Nazareth hacia Ain Karem; sabe por un Mensajero que Isabel está en los trances de un embarazo en edad avanzada. Ella misma, con ese Niño Santo que crece en su silencio.
La necesidad y la urgencia del otro no admite demora alguna, y además, sólo una mujer puede compartir con otra el misterio insondable de la vida creciéndose en su interior.

Ellas se encuentran y se reconocen: el paso de Dios por sus vidas las ha hecho nuevas, y desde ellas dos, la humanidad será otra.
Entre ellas, canción y profecía, alegría y liberación.
Un niño que será el mayor de los profetas reconoce al Niño que es la Salvación, y salta de alegría en el seno de su madre.
Y su madre -recluida desde hacía meses- canta y celebra, y con absoluta certeza la llama a María bendita por esa Gracia que la ha transformado, y la llama feliz, bienaventurada, por haber creído en ese Dios que siempre cumple sus promesas.

Isabel lo sabe como mujer y lo sabe como madre: esa muchacha judía de una pequeña aldea es la Madre del Señor, y no vacila en decírselo.
No son sólo argumentos de la razón, es Espíritu que se expresa a través de un cuerpo viejo con un alma nueva.

Llega el fin del silencio, tiempo de mujeres y niños.
Por ello quizás Dios se hace Palabra entre nosotros, Niño Santo, para que podamos romper las cadenas de nuestro mutismo y hablemos nuevamente palabras de eternidad.

La vida se abre paso desde lo mínimo, lo insignificante, lo que el mundo desprecia y no tiene en cuenta)

Paz y Bien

María de la Escucha, Virgen de la Gracia, Madre de los vivientes

Para el día de hoy (20/12/10):
Evangelio según San Lucas 1, 26-38

(Aldea perdida en Galilea. Una muchacha judía -casi una nada, insignificante- recibe una visita inesperada, la de su propio Dios expresada en ese Mensajero.
No hay visión, no hay una aparición espectacular, hollywoodense: hay Palabra.

Esa misma Palabra es la que la desconcierta; es importante descubrir que no la embarga el miedo tal como nosotros lo conocemos, sino más bien el temor de Dios.
¿Quién es ella, tan pequeña, para ser destinataria de la Palabra del más Grande?

Asombran los términos del Mensajero: la trata con delicadeza, con respeto, con dulzura. Debe ser que el Dios del Universo de ha enamorado de ella.

Es el tiempo de la Gracia, de lo dado por puro amor. Y la Gracia transforma, renueva y recrea.
María es transformada por la Gracia, y por ello será plena, feliz.
Plena como Madre, plena como discípula.

No es tampoco que escuche nomás: escucha, pregunta, medita.
Es Virgen Purísima en el sentido más profundo: no hay en su alma nada que obste, la Gracia la transforma totalmente, a tal punto que suscita en su propio cuerpo a Aquel esperado por siglos, su Hijo y Señor, Dios con nosotros.

Al escuchar y hacer vida la Palabra, al saberse y aceptarse libremente esclava de Aquel que la ama sin condiciones, se convierte también en Madre de todos los vivientes.

El Niño Santo que viene creciéndose en sus entrañas es la Salvación ofrecida amorosamente a toda la Creación)

Paz y Bien

La otra justicia

Para el día de hoy (17/12/10):
Evangelio según San Mateo 1, 18-24

(En nuestro imaginario cultural occidental, tenemos presente con bastante firmeza la imagen de la justicia como la de esa dama de ojos vendados, con una espada en la mano derecha y una balanza en la mano izquierda. Su simbología traduce la imparcialidad al resolver -desde sus ojos vendados-, la espada su potencia coercitiva para aplicar las resoluciones y la balanza, el equilibrio y la objetividad en la consideración de los razonamientos de las partes enfrentadas.
Es claro que no se trata aquí de pretender instaurar cuestionamientos ni, mucho menos, comparaciones a todas luces estériles.

Sin embargo, hay otra justicia que se expresa plena en José de Nazareth, tekton, hijo de Jacob, padre de Jesús y esposo de María: esa justicia que nos descubriría el Maestro, la justicia del Reino, y que late plena en la misericordia.

José podría haber actuado legalmente, sin apartarse un ápice de la ley de Moisés y su comportamiento hubiera sido irreprochable a ojos religiosos y sociales de su tiempo, es decir, hubiera actuado conforme a derecho.
Desde esa perspectiva, las consecuencias era harto previsibles: María debía ser concienzudamente lapidada a las puertas de la ciudad, y con Ella moriría también el Hijo que crecía en ese embarazo sospechoso. El Niño -si Ella eludiera la condena a muerte- hubiera crecido como un bastardo despreciado, un sin raíces; probablemente si no moría víctima de alguna enfermedad infantil o de la desnutrición, crecería sin la sombra protectora y amorosa de un padre que lo proteja. María y el Niño quedarían a merced de cualquier violento, sometidos a las oscilaciones de la exclusión, el desprecio y el abuso de los poderosos.

Pero José tiene un corazón demasiado grande para ello, tan entrañable como el de su Dios, ese Dios al que llamaría Hijito, ese Dios al que acunaría, ese Dios al que daría nombre, ese Dios al que le regalaría identidad, ese Dios al que le brindaría una imagen paterna bondadosa e imborrable.

Es el tiempo nuevo, tiempo de Dios-con-nosotros en donde todo y en todo se muestra la Misericordia que sostiene al universo. Ese Hijo que el carpintero ha de criar, ya crecido enseñaría también los rayos de ese nuevo sol de justicia, la Misericordia, en donde no importan los méritos ni balanzas inclinadas hacia uno u otro lado, sino más bien que Dios se inclina en el día a día a todas sus hijas e hijos con su bondad y perdón.

José de Nazareth es un hombre misericordioso, y en él también brillan todas las gentes que hacen lo que sus corazones les dictan, que abdican de todo primer lugar, que desoyen objetividades normativas cuando hay vidas en juego, que sirven en silencio y luego parten, que no vendan sus ojos sino que los tienen bien abiertos y saben mirar y ver, que no imponen sino que están siempre disponibles, protegiendo la vida, abrigando desde la confianza que prodigan.

José de Nazareth nos vá abriendo la huella de la Navidad que está cercana, Navidad que nos dice que las respuestas las tiene un Niño Santo en brazos de su Madre, protegido y cuidados ellos por un padre que sabe bien de qué se trata toda la historia: Dios Salva)

Paz y Bien


La Anunciación de José, tiempo de Dios y el hombre

Para el día de hoy (17/12/10):
Evangelio según San Mateo 1, 18-24

(A pesar de sus temores, se mantiene firme. En sus dudas, obedece sin hesitar.

El Evangelista lo dibuja con la mejor de las palabras: un hombre justo. Es decir, un hombre bueno y fiel, en total sintonía con su Dios.
Y así se descubre pequeño, mínimo, ¿qué tendrá que hacer él allí, con esa esposa que ama y con ese Niño que viene y que seguramente será Santo?

La respuesta le viene del mismo Dios de sus padres, el de Abraham, el de Moisés, el de Jacob, el de los profetas, el de Israel, el del Universo.
Mensajero y Mensaje se confunden en la mejor de las Noticias y asoma el alba: no hay espacio para ningún temor.

Para ese Niño Santo, el carpintero se hará padre.
Tendrá la misión de ponerle nombre, y esto será decisivo: desde allí quedará definido carácter, personalidad y existencia de ese Dios al que llamará hijito.
Por José, el Dios Invisible e Innombrable será conocido por todos como Jesús, Dios Salva. Más aún: por la entereza de José, tenemos esa certeza de Dios con nosotros.

José de Nazareth es la expresión más cabal de que Dios hace partícipe a cada hombre -varón y mujer- de la Salvación.
José de Nazareth, el que rehuye protagonismos y éxitos en pos de hacer lo que se debe, de dejar todo de lado por el otro, nos dice hoy que Jesús quiere nuestro cuidado y nuestro afecto, que habla con nuestros gestos y utiliza nuestras palabras.

Tiempo de Dios y el hombre, urdimbre de eternidad y existencia humana, Jesús nuestro Salvador, la Buena Noticia)

Paz y Bien


Dos ríos caudalosos, cuatro mujeres sospechosas

Para el día de hoy (17/12/10):
Evangelio según San Mateo 1, 1-17

(En la antigüedad, conocer la genealogía, es decir las propias raíces sanguíneas, definía la identidad. Es que todo árbol genealógico -y nos animamos a afirmar que la historia misma- es un tejido de familias.

Sin embargo, esta genealogía de Jesús que nos trae el Evangelista Mateo es por lo menos extraña, con "errores" flagrantes; quizás se deba a las razones de Dios que corren por otra vereda que las de nuestra limitada lógica. Tal vez, nos pueda resultar de lectura gravosa y complicada, pues nos olvidamos algo fundamental: los Evangelios no son relatos históricos propiamente dichos, sin más bien relatos teológicos o espirituales.

Ante todo, nos dice que Jesús proviene de dos ríos caudalosos: un río Abraham, a través del cual serán bendecidas todas las naciones de la tierra. Un río David, a través del cual la bendición llega al Pueblo Elegido.
Ambos ríos de magnas aguas desembocan -inevitablemente- en el mar sin orillas de la Salvación, Jesús el Cristo.

Además, la tradición de Israel -principalmente patriarcal- implica que toda historia familiar estará definida por los varones.
Sin embargo, Mateo nos sigue contando una historia extraña: este sendero genético no estará enteramente determinado por hombres, sino que habrá cinco mujeres que serán fundamentales en la urdimbre de la historia del Salvador.
Cuatro de ellas son decididamente sospechosas:

Raab, una prostituta de Jericó, que auxilia al pueblo de Israel para que éste
pueda ingresar a la tierra prometida luego de cuarenta años de desierto.

Ruth, la moabita pobre que se hace parte de Israel por amor.

Tamar, la cananea viuda que hace -de modo cuestionable- que el patriarca Judá tenga descendencia.

Betsabé la hitita, de la cual mediante un homicidio y violencias se asegura un hijo, nada menos el grande y sabio Salomón.

Y llegamos a la Madre de Jesús, María, quinta en esta lista de mujeres. Ella, adolescente ignota con un embarazo que hace tener dudas hasta a su propio esposo, de la cual nacerá Jesús, Dios con nosotros.

No hay historia más bella para esta Navidad: Dios teje la Salvación en la misma historia humana, con infinita ternura y paciencia, aún cuando ciertos pasos suyos llamen la atención y sean cuestionables para almas incapaces de ver la generosidad.
Porque todos -buenos y malos, justos y pecadores, las luces y las sombras- es ajeno a la historia de la Vida que se nos está por nacer.

Así también es nuestra existencia: se trata quizás de cómo el Espíritu -puro Amor en la urdimbre- vá haciendo un tejido pleno aún desde nuestros recodos oscuros, también con aquellos antecedentes que quizás preferíamos olvidar.

Dios se teje en la historia a través de sus hijas e hijos)

Paz y Bien

El eslabón

Para el día de hoy (16/12/10):
Evangelio según San Lucas 7, 24-30

(Lo sabemos: hay gentes que son lucernas en nuestras noches, y nos van señalando hacia dónde deben ir nuestros pasos para no perder el rumbo, para no desistir por miedo o por comodidad.
Son gentes fieles en su sencillez, entrañablemente honestas y cabalmente íntegras; aún cuando se les asomen las dudas, no vacilan en lo que el corazón les dicta, y siempre están prestos a correr cualquier riesgo para que un hermano vuelva al camino cierto.

Así el Bautista, y las impresionantes palabras que de él dice el Maestro deben conmovernos, cuestionarnos y despertarnos.

Allí nomás, a un trecho hay un Niño que espera nuestra llegada, Dios que ha salido a nuestro encuentro.
No hay lugar para el desaire de un afecto tan profundo: es preciso animarse a sumergirse en el torrente bautismal del Jordán de la misericordia infinita, descubriéndonos queridos, develando el misterio increíble que se nos muestra en plenitud y que nos dice que por más grande que sean nuestras miserias, mayor aún son las bondades que se nos derraman como bendición interminable.
Al modo en que lo enseñaba Pablo de Tarso: cuando abunda la mezquindad, sobreabunda la Gracia.

Está por llegar la Navidad, ese Nacimiento tan esperado por tantos, y debemos dirigir nuestro caminar siguiendo las claras señales del magnífico Bautista, desde pasos vacilantes de conversión a la peregrinación infinita de la Buena Noticia.

Juan es el eslabón de una cadena asombrosa, una cadena que es dable anhelar, una cadena que extrañamente libera: el enlaza el tiempo de la esperanza y las promesas con el tiempo definitivo de la Gracia y la Salvación)

Paz y Bien

De cuando la fé es mayor que cualquier duda

Para el día de hoy (15/12/10):
Evangelio según San Lucas 7, 19-23

(Juan, ascético y vibrante profeta, es totalmente fiel aún en los momentos más cruciales: ha decidido vivir la vida en Dios cada segundo de su existencia.
A ese Dios lo descubrió en el desierto siempre cercano, muy cercano, tan cercano que cuando viene ese extraño galileo a bautizarse en el remanso del Jordán, no vacila ni un instante y lo señala: -Él es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo-.

El Bautista es un hombre sin dobleces, íntegro en todos los aspectos de su vida; sin embargo, su fidelidad y su integridad lo llevan a las fauces tenebrosas de la prisión herodiana, donde aguarda su encuentro con el verdugo.
En la soledad y la oscuridad, comienzan a crecerle cizañas de miedos y dudas: ese Jesús no cuadraba con su imagen de un Mesías justiciero, poderoso y vengador que él tenía del Salvador que había de venir.

Pero es un hombre de fé que palpita en cada célula de su ser y que agranda su alma, y así sombra ha de disiparse, aún en la angustia de esa mazmorra.

Por ello, envía dos de sus propios discípulos a preguntarle a Jesús si era Él el verdaderamente esperado durante tanto tiempo, o habrían de esperar a otro.

Maravilloso Juan, inquebrantable Juan que aún preso y encadenado no cesa de enviar gente a la presencia de Dios.
Integro y sincero Bautista, que aún cuando lo acosa la duda, se aferra a ese Jesús que desde ha descubierto como Salvador desde las profundidades de su corazón... más allá de que vacile su razón.

-es preciso imaginarse la escena: han regresado sus discípulos con el mensaje del Maestro, y Juan en su fé sonríe y se alegra, iluminando la cerrazón de la celda.-

Juan ha decidido ser pobre, prefiriendo pieles de animales del desierto a lujosos vestidos palaciegos, y se alimenta de los regalos de la naturaleza -mieles y langostas-, rechazando opíparos banquetes. Se ha vaciado de todo lo superfluo para que lo habite el Espíritu, y Juan redobla su sonrisa: nadie mejor que él ha de comprender aquello de que -la Buena Nueva se anuncia a los pobres-.

Ese Jesús es el Esperado, el que sana, el que libera, el que es motivo de alegría y no de escándalo. Juan, a punto de morir y encarcelado por su fidelidad, es feliz...

Todo un llamado de atención y una invitación para nosotros: aún en la noche más cerrada, aún en la lobreguez de nuestras miserias, aún presos de la tristeza y el dolor, la alegría de que Él ha llegado a nuestras vidas prevalece.
La fé -que es ante todo don, misterio y Gracia- prevalece por sobre cualquier duda y disipa cualquier nube.

Y una misión que no es menor: llevar al prójimo a la presencia de Dios constantemente, haciendo presente su Reino en cada gesto de solidaridad, en cada paso de liberación, en cada instante de justicia, perfume cierto de que el Esperado está aquí, entre nosotros)

Paz y Bien

La Vida en pañales


Un pañal es sólo un trozo de lienzo,
nacido de la magia del telar y las manos artesanas.
Nacido de un cruce de fibras: la urdimbre y la trama.
La línea horizontal que une los extremos de la vida.
La línea vertical que junta la tierra con el cielo.
Los pañales que blanquean la noche de Navidad
representan la afirmación más rotunda:
la esperanza es posible.
Por lo tanto, es necesario construirla,
teje como se teje un pañal,
juntando a los hombres entre sí
y juntndo al hombre con Dios.
En una palabra, apostar a la Vida,
que está siempre en pañales.

Alejandro Mayol

Justicia, cercanía y conversión

Para el día de hoy (14/12/10):
Evangelio según San Mateo 21, 28-32

(Jesús pone al descubierto, mediante la parábola con la cual enseña, las intenciones maliciosas de los religiosos profesionales de ayer y hoy: en términos sencillos, todo lo que diga el Maestro no les resulta nuevo, ya está previamente digerido, clasificado y rechazado desde su corazón. Gentes expertas en la declamación pura, esto es, masters de la apariencia y prácticos habituales en el parecer -de la boca hacia afuera- antes que en el ser -corazón adentro-.

Al igual que Juan el Bautista, Jesús hace a las almas un llamado a la justicia; no se trata tanto del cumplimiento de leyes y normas ni tampoco de una cuestión tribunalicia, sino más bien de ajustar la voluntad propia a la voluntad de Dios en el día a día, en cada gesto, en cada palabra, en cada silencio, en cada latido.
Quizás por ello debamos volver, comenzando con el Bautista y siguiendo con Cristo, a descubrir la justicia como una cuestión ante todo cordial, con raíz en los corazones y sintonía plena con el Dios de la Vida.

En los rostros de los soberbios duele su Palabra: prostitutas y pecadores preceden a autosuficientes y piadosos observantes en el Reino.
No es una reivindicación de las miserias humanas, ni tampoco palabras de condena: es uno de los frutos mejores de la Misericordia, es decir, la increíble cercanía del Dios Viviente para con sus hijos perdidos -será porque el amor se demuestre primero en los momentos difíciles y oscuros de la existencia, y no tanto en las comodidades-. El llamado a la conversión, la pedagogía del regreso es apremiante, urgente, imprescindible.

Más aún: la parábola de la que se vale el Maestro para enseñar habla de dos hijos, uno capaz de reconocerse pecador y necesitado de volver a realizar las cosas de su Padre; el otro, pretendido obediente que se queda en la declamación, pero no vá más allá. Uno es causa de fiesta y celebración -ha regresado a la casa del Padre-, el otro es motivo de tristeza -se queda en banales formalidades pero no converge ni hacia el Creador ni hacia el prójimo-.

Sin embargo, es una de las claves escondidas del Adviento, pequeña llave envuelta en el pañal de un Niño Santo que está por llegar: Dios es Padre y a esos dos hijos -con todo y a pesar de todo- los ama por igual, apasionadamente, con afecto entrañable, y es capaz de cosas increíbles por ellos.
Tan increíbles como hacerse uno más entre ellos, Niño frágil en los brazos de su Madre)

Paz y Bien

Propietarios y permisos


Para el día de hoy (13/12/10):
Evangelio según San Mateo 21, 23-27

(Las autoridades del Templo -sumos sacerdotes y ancianos- necesariamente iban a estar en conflicto con Jesús.
Se creen propietarios, con derecho a extender permisos para actuar en todos los órdenes de la vida; quien actúe por fuera de su influencia y poder, corre el riesgo de ser severamente cuestionado, anatematizado y castigado por no haber pedido la pretendida autorización.

Han visto al Maestro sanando enfermos y expulsando demonios: sin embargo, se volvieron incapaces de descubrir la bondad, sólo detectan que Jesús no ha ido a ellos previamente a rendirles cuenta y a pedirles permiso, sólo entienden que lo que hace es bajo el influjo de una autoridad espúrea.

Nada esto nos es ajeno: conocemos sobradamente los casos de dirigentes políticos, censores moralistas y -tristemente- autoridades religiosas que se atribuyen la propiedad y autoridad por sobre los demás, el derecho a que el resto de la gente le rinda cuentas, le pida permiso, actúe bajo su control absoluto.

Como si para practicar la compasión y la misericordia...hubiera que estar autorizados.

Las dos posturas, la de los que se creen propietarios autorizantes y también, las de aquellos que someten un mandato del Evangelio a la coerción caprichosa de unos pocos y no al impulso del Espíritu, son extraños a la Buena Noticia.

Por ello mismo, el Bautista también había sido severamente cuestionado, por ello mismo Jesús sería condenado a muerte como blasfemo. Quizás no sólo por llamar Papá ¡Abbá! a Dios, sino por pretender que las hijas e hijos de Dios conformen una familia de servidores libres y no de esclavos sometidos por crueles egoísmos.

Su respuesta a esos propietarios brotará ingeniosa y libre: a pesar de todo, seguirá actuando según el Espíritu que lo anima en plenitud.

¿Cómo orientamos la reflexión de esta lectura en el tiempo que estamos viviendo, tiempo de peregrinar y cercanía?
El Dios del Universo se hace uno de nosotros, viene como un Niño frágil en brazos de su Madre, sin imponer ni condenar, asumiendo el sufrimiento del otro como propio, desde la libertad de entregarse por entero para la Salvación de toda la humanidad.

Nadie que adore a ese Niño Santo debe volver a pedir permiso para servir, para ser compasivo, para latir misericordia)

Paz y Bien

Aquél que esperamos

Para el día de hoy (12/12/10):
Evangelio según San Mateo 11, 2-11

(El Bautista languidece en las mazmorras de Herodes.Ha dejado demasiado en evidencia la corrupción del déspota, los caprichos del poderoso tetrarca.
Desde el desierto se ha mantenido firme, sin someterse a las veleidades del poder, varas agitadas al viento político. Desde la sencillez de sus ropas, denuncia a los que, elegantemente vestidos, detentan la opresión desde los palacios.

Es el más grande entre los nacidos de mujer, y aún así, el más pequeño del Reino, aún hay algo que le falta.

Juan sabía en su interior que ese Jesús era el Cristo, Aquel al que su pueblo esperaba desde tanto tiempo. Sin embargo, duda: ese galileo rompe el molde, la idea que él y otros tantos tenían del Libertador, un Mesías bravo y guerrero, revestido de gloria punitiva y venganza. Por ello mismo, desde su prisión envía a dos de sus propios seguidores a Jesús para hacerle llegar sus temores.

Y el Maestro responde, y la respuesta a Juan es respuesta para cada uno de nosotros, en especial cuando sus enseñanzas rompen nuestras molduras, cuando la imagen que nos hemos hecho de Él se nos vuelve extraña.

No se detiene en puntillosas cuestiones doctrinales; ni siquiera se detiene en exactitudes y ortodoxias del culto.
Él habla con palabras claras: ha llegado la liberación, el Reino está entre nosotros y florece desde la compasión: los ciegos ven, los paralíticos caminan, los leprosos son purificados, los sordos oyen, sanación que es consecuencia directa del amor.
Quizás por ello nos hable de con-versión que supere toda per-versión que excluya, desprecie e ignore.

La vida prevalece, los muertos resucitan, la Buena Noticia es anunciada a los pobres, esa noticia increíble de que Dios es ¡Abbá! y que por ello mismo todos somos hermanos, esa noticia que es maravillosa para los sencillos y pequeños, esa noticia grande de que los que sufren dolores y miserias están cerca, muy cerca de ese Dios que se nos revela en Jesús.

Es tiempo de esperanza, y también de alegría si somos capaces -aún desde las prisiones de nuestras mezquindades y preconceptos- de reconocer a Aquél que esperamos en Jesús, el hijo de María, Dios con nosotros.

El Reino de Dios ya está entre nosotros, y florece cuando suceden -donde quiera que sea, sin prevalecer demasiado su origen- la compasión y la misericordia, la paz y el bien, la justicia y la liberación como latido de vida perpetua desde la profecía y la entereza en el desierto, y no tanto desde oropeles palaciegos.

La vida se asoma eterna en pañales desde un Niño en brazos de su Madre)

Paz y Bien

San José del Adviento


Es tiempo de espera fecunda, sendero seguro por donde se encaminan nuestros pasos al encuentro de ese Dios que se hace Niño, uno más entre nosotros.

Y así como cuando decimos Adviento decimos también María, no podemos soslayar a José de Nazareth.
Su presencia constante y silenciosa, el abdicar de todo protagonismo para estar siempre disponible allí en donde le necesiten, debería florecernos la mansedumbre y el servicio.

Piadoso y religiosamente observante, es ante todo y por sobre todo, un hombre justo; a no confundirse, no está sometido a las veleidades de una limitada balanza humana. Antes bien, es justo con mayúsculas porque ajusta su voluntad a la del Dios del Universo por encima de todas las cosas.

Cuando esa humilde muchacha galilea –a la que ama incondicionalmente- presenta los síntomas ciertos de un embarazo sospechoso, José duda. Sabe que la rigidez de la ley mosaica pone a su amor en grave riesgo: por eso decide irse en silencio, evitando la sombra ominosa de la muerte y la ignominia que acosa a María.

Pero es un hombre que sabe oír y escuchar: ante el consejo de un Mensajero, no vacila y toma a María por esposa, casa en común, hogar fecundo
-habría que imaginarse, por un momento, una fiesta campesina allí en esa aldea, en honor de los noveles esposos-

El carpintero trabaja y trabaja; ya no es un hombre solo, hay una esposa con un hijo en camino que necesitan el sustento que puedan procurar sus manos encallecidas.
Así los días, del amanecer al ocaso, madera y esfuerzo, y un vientre amado que crece ante sus ojos mansos.

Edicto imperial, conteo de vasallos, censo: cada varón –las mujeres no cuentan- debe apersonarse en su pueblo natal para empadronarse.

José se pone en marcha con María y el Niño cercano, de Nazareth a Belén, ciento cincuenta kilómetros de ruta terrera y pedregosa no exenta de peligros.
Llegan a la Casa del Pan –Bethlehem de Judá- con apuros y urgencias: ese Niño ya no ha de esperar, el tiempo está maduro… allí mismo, toda la Creación contiene el aliento.

José no disfraza su acento ni esconde sus ropas polvorientas en el pedido de albergue: un posadero tajante los rechaza con un predecible –no hay lugar-. Ni hablar: pobres y con maternidad inminente, todo un mal negocio.

Les queda una gruta oscura, cueva en donde el ganado quizás busque alivio al frío nocturno.
Solos ellos en la noche, solita la María en el trance bravo del parto, no hay lecho, posada ni mucho menos partera… Pero está la mano tranquilizadora del carpintero, que sostiene y asiste, quizás sin saber mucho qué cosa hacer en esos menesteres.

-¿acaso hay algo tan gravitante y transformador en la vida como el nacimiento de un hijo?-

Ese Niño, esperado amorosamente por María y José y ansiado durante generaciones, por fin ha llegado. Ya nada será igual: por el nombre de ese Niño Jesús -Yehoshua, Yahveh Salva- creemos rotundamente que Dios nos salva, que se hace uno de nosotros y que la vida plena se abre caminos desde los niños y a través de los pobres y los humildes.

Un pequeño alto en el camino: usualmente se sindica a San José como padre legal de Jesús, custodio del Redentor o el menos certero padre adoptivo.

Por un momento, intentemos ponernos en su alma... Si tanto maternidad como paternidad son -ante todo- cuestiones cordiales, es decir, en las que prima el corazón por sobre el hecho biológico fundante, José es verdaderamente padre de Jesús.

Así lo reconoció desde sus primeros signos en María, y así lo cuidó con paternal afecto desde el mismo comienzo.
Así sostuvo con su trabajo y esfuerzo a su esposa y a su hijo.
Así los protegió en el duro camino del exilio -José, María y Jesús emigrantes a Egipto-.
Así seguramente le fué enseñando su oficio, tekton hábil con la madera.
Así lo guió en sus primeros pasos en la fé de Abraham y Jacob.
Así se inundó de angustia cuando en tiempos de su Bar Mitzvah ese Hijo amado se les extravía por tres días, y lo encuentran en el Templo, enseñando a escribas y doctores.

Seguramente, el Maestro pronunció vacilante ¡Immá! ¡Mamá! de Niño, descubriéndose en los ojos profundos de María.
Seguramente, a José lo llamaba pleno de ternura infantil ¡Abbá! ¡Papá!, término cuyo significado descubrió en la vida mansa y santa del carpintero, y que luego utilizaría para enseñarnos y revelarnos a todos el rostro de ese Dios escondido, Padre suyo y nuestro.

En este Adviento, dejando de lado cualquier intento laudatorio o ansias de reivindicar, grato es volver la mirada a José de Nazareth.
Y con él, a tantas y tantos Josés silenciosos y serviciales, mansos y humildes renegados de cualquier éxito, siempre disponibles allí donde se los necesite, decididos protectores de esta Vida que se nos regala y que se viene asomando en pañales.

Paz y Bien

Ricardo

Misión de reconstrucción, pilares de justicia

Para el día de hoy (11/12/10):
Evangelio según San Mateo 17, 10-13

(El pueblo de Israel esperaba con ansias el regreso del profeta Elías; ese retorno anticiparía, por un lado, el regreso inminente del Mesías y por otro lado, reconstruiría la comunidad, haciendo volver los corazones de los hijos a los padres y de los padres a los hijos.
La comunidad sería reconstruida desde la reconciliación y la familia.

Sin lugar a dudas, ese tal Elías -o la idea de él- era de suyo peligroso: cuando hay familias firmemente asentadas, cuando la comunidad es edificada desde la justicia no hay espacios ni posibilidad para el dominio y el sometimiento.

Y así como suele suceder con muchos enviados de Dios, los discípulos se han dado cuenta tarde, muy tarde, que Elías ya había regresado y había comenzado su tarea de restauración y conversión. Nos suele suceder también a nosotros, que nos damos cuenta quien ha pasado por nuestras vidas y cuanto bien nos ha hecho una vez que lo hemos perdido.

La tarea del Bautista -Elías que ha regresado- no quedará inconclusa ni relegada a un grato recuerdo. Él ha dado el paso inicial que santificará y hará pleno Aquél que es esperado desde siempre.

Jesús viene en ese mismo sendero, para edificar y reconstruir lo que se ha derrumbado desde una perspectiva eterna: la comunidad nace y crece ante todo desde Él, por impulso del Espíritu, y no tanto por amenazas de castigos ante la falta de conversión.

La comunidad es recinto abierto y fructífero porque el Maestro ha revelado que Dios es ¡Abbá! ¡Papá!, y de allí que todos somos hermanas y hermanos.
Allí está la raíz de toda justicia -la fraternidad- y allí también estará la rabia y el odio de los poderosos.

Toda comunidad que tiene por pilares justicia y fraternidad es contraria desde su raíz a cualquier intento de sojuzgamiento y de explotación del hombre por el hombre mismo.

En este tiempo santo que se nos ha regalado, tiempo de espera de un Niño maravilloso, quizás nos toque redescubrir a otros tantos Elías de nuestro presente, que desde el servicio, la humildad y el silencio van haciendo espacios vitales para que nadie quede excluido.
Espacios sagrados en donde la vida florezca y se expanda, y que llamamos familia, comunidad, Iglesia)

Paz y Bien

Unos pretextos no tan antiguos


Para el día de hoy (10/12/10):
Evangelio según San Mateo 11, 16-19

(Juan el Bautista era un asceta, se vestía con pieles de animales y se alimentaba con frutos del desierto; su palabra era dura y a la vez clara, y su estatura moral enorme.
Aún así, era criticado sin piedad.

Sin embargo, el Maestro -también hablando de Dios- se sentaba a comer y beber, especialmente con los despreciados por estar éstos preclasificados como insalvables. Con Él se encarnizaban diciéndole glotón y borracho y vaya a saberse que otra cantidad de flores caducas, los insultos precisos de la soberbia.

Todos pretextos para rechazar de plano el mensaje de parte de Dios que les llegaba por Juan y por Jesús. ¿La razón?: es más fácil y cómoda la crítica despiadada y el epíteto cruel antes que la conversión, antes que aceptar que la Palabra siempre quebranta y desarma nuestros mezquinos esquemas y preconceptos.

-seamos sinceros por un momento: hay muchas hermanos y hermanos nuestros de voz clara, viva y vibrante que hablan palabras santas... y allí vamos nosotros prestos a poner las cosas en el lugar que no nos moleste, y soltamos con facilidad los latigazos de heterodoxia, apostasía, modernismo, marxista, contrario al Magisterio y una dolorosa lista de etcéteras-

Quizás sea sabio preguntarse si Dios no trata de llegar a nosotros de toda forma posible, valiéndose de amigas y amigos suyos que nos hablan en idiomas diversos de un mismo mensaje, el mensaje que verdaderamente importa: que Dios nos quiere, que nos ama para siempre, que a pesar de nuestros quebrantos y oscuridades, siempre habrá alguno de los suyos para que no nos olvidemos.

En esa ruptura de moldes y preconceptos, un Niño entre pañales y en brazos de su Madre es el signo de nuestra Salvación: no ha buscado un palacio, no encabeza otro ejército que aquel compuesto de pobres, enfermos y excluidos, no levantará su mano contra nadie, príncipe de Paz y Señor de la Historia...Dios con nosotros.)

Paz y Bien

El fin de la espera

Para el día de hoy (09/12/10):
Evangelio según San Mateo 11, 11-15

(Juan es el mayor de todos, dice Jesús.
Mayor que Moisés, que Abraham, que los profetas que lo precedieron, que David, que los Macabeos, el mayor de entre los nacidos de mujer.
Sin embargo, el más pequeño del Reino de los Cielos es mayor que Él.

Juan es el último de los profetas, el que ha mantenido fiel hasta el final, el que supo señalar al pueblo que Jesús era el Cordero de Dios. Aún así, su imagen del Mesías estaba errada, esperaba un Salvador guerrero, justiciero y verdugo... No un siervo manso que sólo hacía el bien.

El Nuevo Testamento -como enseñara san Agustín- está escondido y latente en el Antiguo, y a su vez, el Antiguo encuentra su pleno sentido en el Nuevo.

Porque es el tiempo de la Gracia, el fin de la espera, el tiempo de que Dios se nos revela a través de Jesús como Abbá y por el que todos somos hermanos.
A pesar de violencias e imposiciones, el Reino implica vivir toda la existencia orientada precisamente hacia allí, Dios es Padre y por ello, todo hombre -varón y mujer- es mi hermana y mi hermano... mucho más que una doctrina, seguramente más allá de normas que cumplir a rajatabla.

Es el fin de la espera que se descubre en un Niño Santo en brazos de su Madre, año de Gracia y Misericordia que no tendrá fin, gratuito de pura ternura y ofrecido generosamente y sin límites a las gentes de buena voluntad)

Paz y Bien


Mujer y Madre, hermana y discípula


Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María

Para el día de hoy (08/12/10):

Evangelio según San Lucas 1, 26-38

(Muchacha judía de una perdida aldea: mucho no cabía esperarse de ella.
Sin derechos, sin palacios, es laica y está socialmente destinada a parir hijos y a callarse la boca.
De tan mínima, casi ni se la vé -a veces, ropajes, coronas y altares se nos hacen demasiado-.

Sin embargo, Aquél que es Providente la amado desde su eternidad.
En esa muchacha ha visto la tierra mejor para que germine la semilla de la Salvación -y es más que grato imaginarse que ella ha tenido algo que ver en la decisión de amor supremo de que el Creador, Dios Invisible y Todopoderoso, haya querido hacerse uno de nosotros-.

Ella, la primera de todos, testigo de que la Gracia transforma la totalidad de la existencia y re-crea.
Ella, la que ama y es amada, la que -aún sin entender del todo- confía en su Dios y desde esa confianza nace su alegría plena que reconocemos de generación en generación.
Ella, la que oye y escucha, abre la puerta al tiempo nuevo.

Ella es mujer con todas las letras, y será plena asumiendo el milagro de la maternidad: en su interior se crece un Niño y crece la Palabra que ha sabido oír y escuchar.
Ella se sabe mínima e insignificante, y desde su pequeñez canta las maravillas que Dios hace en su vida, ese mismo Dios que la viene soñando transparente desde su presente perpetuo.

Ese Niño que vendrá dirá con el tiempo que su familia -padre, madre, hermana, hermano- es todo aquel que escucha la Palabra de Dios y la vive.
Ella es hermana y Madre de modo conjugado y con su ¡Sí! hay un para siempre inaugurado.

Ella es Madre de toda la humanidad nueva, recreada y renovada por ese Niño que está por nacer.

Hoy debería ser día de fiesta para todos nosotros, no sólo porque nos alegramos con Ella, nos alegramos por Ella, sino porque Ella nos dice desde su silencio que las maravillas son bien reales y posibles para todos y cada uno de nosotros, que toda mancha puede ser borrada, que la alegría puede dar comienzo y no finalizar jamás)

Paz y Bien



Para que nadie falte, para rescate de todos

Para el día de hoy (07/12/10):
Evangelio según San Mateo 18, 12-14

(El rostro de Dios que nos revela Jesús vá mucho más allá de nuestro concepto de justicia; pura locura -para nosotros- eso de andar arriesgando a todo el rebaño para rescatar a la oveja extraviada.

Esa desmesura a nuestros ojos es la Misericordia.

La Palabra para el día de hoy debería llamarnos a un silencio más que elocuente, un silencio en donde nos interpele y en el cual podamos sincerarnos, especialmente los que de una manera u otra participamos en comunidades y acciones de esta familia -que no terminamos de aceptar como tal- y que llamamos Iglesia.

Nadie debe perderse, cada uno es único e irreemplazable aún con sus luces y sombras. Vale la pena la locura de arriesgarlo todo por rescatar a una pequeña oveja, antes que dejarla librada a los riscos peligrosos del mundo y a las quebradas tramposas de la soledad y el desprecio.

El Maestro lo sabía bien: ya antes de nacer hubo un ignoto posadero que negaba un mínimo espacio para que su Madre diera a luz.

Quiera Dios que no nos volvamos prácticos posaderos ni tampoco, racionales parroquianos de la exclusión medida, sino más bien locos, bien locos de la compasión y la misericordia militante, aceptando a todos en su dignidad única e irrepetible de hijas e hijos de Dios)

Paz y Bien

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