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Cielos abiertos para siempre, esperanza de una tierra nueva












El Bautismo del Señor 

Para el día de hoy (07/01/18) 

Evangelio según San Marcos 1, 7-11







Juan el Bautista vivía en el desierto, y bautizaba a orillas del río Jordán, y allí se congregaba las gentes en un número creciente.
Hay un desplazamiento notable desde el Templo de Jerusalem con su imponencia, su belleza, su oro y sus lujosas piedras talladas a la vera de un río. Y como si no fuera suficiente, pasamos de los sacerdotes con sus ropas rituales específicas, los humos del incienso y de los sacrificios, la erudición acumulada hacia un hombre sencillo, pobre de toda pobreza que se reviste de pieles de animales, que se alimenta de insectos y miel silvestre, y que no cita a autores famosos, ni tiene la pretensión de enseñar nada.

Él es un profeta: tiene cosas de parte de Dios para decir, y aquí el mensaje es más importante que el mensajero, él mismo. No realiza un ritual tabulado, regulado por normas específicas. El hace el más sencillo de los gestos, bastante infrecuente en la religión de aquel tiempo.
El bautismo de Juan es simbólico más que ritual: el mismo término bautismo significa, literalmente, sumergir.
Así entonces el bautismo tiene un doble cariz simbólico de muerte bajo el río para emerger a una vida nueva y definitiva.. Por ello el bautismo de Juan es un bautismo de conversión, de dejar atrás lo que ya no es para renacer a una vida recreada por el perdón.

Jesús de Nazareth se encamina por entre la multitud, humilde y silencioso -es un joven campesino galileo, muy pobre-, como uno más, esperando recibir el bautismo de Juan.
El encuentro entre esos dos hombres jóvenes -recordemos que se llevan apenas seis meses de diferencia- es difícil de relatar, como tan inexpresable han de ser las miradas profundas que se cruzan entre ellos. El que trae el bautismo definitivo, la vida renacida, acude a ser bautizado.

Allí está el signo definitivo, signo de cielos abiertos, esperanza de tierra nueva, de corazones renacidos, de descubrirnos hijas e hijos queridísimos por un Dios que se desvive por nosotros.

Un Dios que camina como un igual, como un compañero, como un vecino, como un hermano entre esta multitud de gentes que buscamos vivir plenamente, que nos reconocemos menoscabados por estas miserias en las que gustamos sumergirnos y que llamamos pecado, un Dios que nos acompaña a renacer, a vivir felices, Dios con nosotros.

Paz y Bien

Un Dios humilde y pobre que se deja encontrar













Solemnidad de la Epifanía del Señor

Para el día de hoy (06/01/17):  

 
Evangelio según San Mateo 2, 1-12







Hoy la Iglesia Católica celebra la solemnidad de la Epifanía, que etimológicamente significa manifestación. Por ello, es la celebración y memorial del gran acontecimiento de Dios que se manifiesta, que se dá a conocer.

Ciertas tradiciones inciertas y erróneas -cuando no, también, con aspiraciones comerciales- se han inmiscuido profanamente en la profunda santidad de la celebración, y por ello devino una persistente falacia, es decir, un argumento que induce a error. De allí que se vindique la fiesta como día de reyes, o reyes magos.

Sin embargo, no sería tan desacertada la afirmación de que se trata de un día de reyes, más no de magos de los que no sabemos con certeza sus nombres, sino de dos reinados bien diferentes, mucho más que opuestos. Hablamos del rey Herodes y del rey Jesús de Nazareth.

De Herodes, llamado el Grande -quien fué padre de Herodes Antipas, de Herodes Arquelao y de Herodes Filipos- sabemos que gobernó la tierra de Israel desde el año 40 a.C. hasta el año 4 d.C.. Vasallo absoluto del poder imperial romano, su misma corona fué producto del reconocimiento de Roma y del apoyo militar de las legiones estacionadas en la zona; a su vez, reconstruyó el Templo de Jerusalem con un inusitado esplendor, y a pesar de la opresión romana, la nación judía conoció una época de estabilidad y ausencia de conflictos bélicos, y durante su reinado grandes ciudades se edificaron, y se fortaleció la devoción al Dios de Israel mediante el sostenimiento expreso del culto y los sacerdotes.
No obstante ello, era considerado por gran parte del pueblo como un intruso y un usurpador, toda vez que traicionaba todas las tradiciones judías su origen idumeo y su formación helénica, por eso extranjera e impura.
A la hora de la praxis, carecía de escrúpulos y límites. En un alarde simplista, podríamos inferir el carácter paranoico de Herodes; en ese talante, ordenó sin vacilaciones la ejecución de su esposa y de tres de sus hijos, de quienes sospechaba iban a disputarle el poder y el trono.

Es un rey que gobierna imponiendo su voluntad desde el uso irrestricto del poder, cultor desaforado de toda violencia, que se afinca en los palacios y en sus intrigas, que le conviene mantener al pueblo en sombras y que no vacila ni duda en matar a los que se opongan a su poder o los que lo cuestionen. Epítome de los poderes nefastos de este mundo, Herodes se llevará por delante la vida del justo e íntegro Juan el Bautista.

Jesús de Nazareth inaugura otro reinado, un reinado muy extraño. No es reconocido por los sabios y eruditos, por los propios. Sólo unos extranjeros -plenos de ajenidad- lo buscan afanosamente, y en su búsqueda franca y veraz lo encuentran, como estos magos de Oriente. Este rey se deja encontrar por aquellos que lo buscan con un corazón capaz de todos los asombros.
Nace es un aprisco, un refugio de animales. Tiene por madre una muchachita adolescente, por padre un carpintero judío de aldea ignota, por cortesanos a unos pastores del campo poco recomendables, los últimos de los últimos. Tiene por palacio los brazos de su madre.

Es Dios que se manifiesta, y quizás se nos haga difícil de aceptar a un Dios que reina desde la fragilidad, desde la debilidad, un Dios que depende del hombre, del esfuerzo golondrina de un carpintero judío para sobrevivir, de una madre niña que lo cuide, de unos extranjeros que se atrevan a buscarlo sin desmayo, de tus manos y las mías. Dios se ha puesto en nuestra manos. Dios se revela desde lo que el mundo desprecia y no tiene en cuenta, está muy lejos de todos los poderosos y se hermana en carne y corazón a los más pequeños.

Jesús el Cristo, rey de universo, se deja encontrar y se manifiesta humilde y frágil para que la humanidad se enaltezca.

Paz y Bien

Vocación, salir de sí mismo









Para el día de hoy (05/01/18) 

Evangelio según San Juan 1, 43-51






En tiempo de Navidad, aún estamos con la mirada atenta al Cordero de Dios que nos señala el Bautista y que se llega humildemente a nuestras vidas. Esa sana tensión que nos mantiene despiertos ha de mantenernos la mirada atenta para descubrir el paso salvador de Dios a través de toda la historia.
Con tal disposición del corazón, que se reviste de humildad y se fundamenta en la fé, hemos de abordar la Palabra.

Los hechos puntuales descritos por el Evangelista Juan: en una ruta provinciana, en la periférica Galilea de donde nada bueno se espera, se encuentra un hombre joven y pobre con pescadores humildes de Betsaida. Puede parecer un encuentro fortuito o circunstancial a ojos mundanos que siempre miran para otro lado. Sin embargo en esos caminos de tierra, y a partir de esos hombres sin mayor relevancia se teje la encrucijada de la historia humana, inclusive para los que no son creyentes.

Curiosamente, no hay espectaculares acontecimientos fundacionales, adoctrinamientos o adhesiones cuasi ideológicas. Se trata de encuentros totalmente personales, tan decisivos que nada volverá a ser igual a partir de ellos.
Curiosamente también no hay una orden de partida, una señal de obediencia sin rechistar ni una exégesis avanzada: lo que decide la suerte es una invitación a compartir el camino por parte de ese hombre joven, un artesano galileo hijo de José de Nazareth, carpintero.

El encuentro provoca un cambio que es movimiento, ponerse en marcha. Aún cuando la confusión sea grande -¿quién soy yo para esto, qué se espera de mí?- a su vez desata silencios impuestos. Es algo tan grande que ha de compartirse, y volvemos al comienzo: se trata de una cuestión enteramente personal, por ello el convite transmitido no trata de convencer ni de doblegar voluntades. El convite parece escueto pero es enorme en su desafío existencial: ir, mirar y ver. Salir de sí mismo, animarse a mirar más allá de las apariencias, asomarse a la luz clara del alba.

La vocación cristiana, más allá del modo de profesarla, es así, una invitación personalísima de Jesús de Nazareth a compartir vida, camino, su propio ser eterno en el aquí y el ahora. Y a abrir los ojos con visión renovada, porque hay una realidad inmensa que bulle, que está viva y que nos arroja signos mansos a cada paso, desde siempre.

Paz y Bien

Tu casa, Señor, tu Sagrado Corazón












Para el día de hoy (04/01/17):  
 

Evangelio según San Juan 1, 35-42





El Bautista se reconoce pequeño, y ante la presencia del Redentor descubierto quiere empequeñecerse aún más. No quiere que nada propio se interponga a los ojos de los que buscan al Mesías, y eso, junto a su integridad que no podrán quebrantar ni con los horrores de la prisión y la muerte, lo hace grande, enorme.

El Evangelista San Juan nos brinda un dato sorprendente, y es que Juan tenía un formado e importante grupo de discípulos, discípulos que perdurarían aún luego de su muerte y de la muerte de Jesús, discípulos que podían hallarse en Israel y también en la Diáspora. De ello dan fé tanto Pablo de Tarso en sus cartas como el historiador Flavio Josefo.
Esto es muy importante: implica que un grupo de hombres aprendían y a la vez difundían lo que enseñaba el Bautista, compartían su llamada a la conversión, a la inminencia de la llegada del Mesías, de un Mesías glorioso que aplastaría a los enemigos de Israel.

Pero siempre que interviene Dios en la historia humana suceden cosas asombrosas, magníficamente inexplicables. Juan es un hombre del Espíritu, y por eso, al ver pasar a ese Jesús de Nazareth que se acerca a bautizarse -humilde y silencioso, incógnito entre la multitud- no vacila ni un segundo y declara sin ambages a sus propios discípulos y a todos aquellos que quieran escucharle que allí está el Cordero de Dios.

No es un tema menor. Es una imagen muy cara a los afectos judíos: es el cordero que Dios brinda a Abraham para que lo sacrifique en lugar de Isaac. Es la sangre del cordero de la primera noche la que salvó a los israelitas de una muerte segura en Egipto y dió comienzo al proceso de liberación, a la peregrinación a la Tierra Prometida. Es el cordero de Seder Pesaj, de la noche de Pascua, memorial de celebración de esa liberación. Es el cordero que los sacerdotes sacrifican en el Templo como ofrenda perfecta.

Reconocer en Jesús de Nazareth al Cordero de Dios es, verdaderamente, un salto al infinito, un salto sin redes. Es revolucionario, pues se afirma con toda certeza que ya o se cree en ideas, en conceptos, en una religión específica: se cree en Alguien, en una persona.
Eso es asumido por los discípulos del Bautista: dos de ellos, inmediatamente, se van con Cristo. Uno es Andrés, y el otro presumiblemente es el mismo Juan, aunque el Evangelista lo mantiene innominado para que allí mismo coloquemos nuestros nombres.

Esos discípulos parecen tener ciertos criterios escolares: por Juan, reconocen a Jesús como otro maestro, y por eso mismo lo llaman rabbí, y quieren saber en donde vive, donde le pueden encontrar habitualmente, quizás adivinar en su respuesta el modo en que Él enseña.
Pero nada será lo mismo, y todo es nuevo.

Porque ser discípulos no es el estudio de una doctrina propia del rabbí galileo. Ser discípulos es ponerse en marcha, compartir la misma vida de Cristo, vivir como Él vive, amar como Él lo hace, ser manso como Él, descubrir con estremecido asombro las maravillas de la Gracia.
El lugar donde vive Cristo no es un espacio físico -aún en el templo más importante- sino que ese Cristo habitará en los corazones por el misterio infinito de la fé, y así cada mujer y cada hombre que se atreve a creer es templo santo de Dios.

Dar un paso así es todo un éxodo, un peregrinar definitivo, y Simón/Cefas lo vivirá hasta sus mismos huesos. De allí a que cambie hasta el nombre, y pasará a llamarse Pedro, carácter y misión de su existencia.

Ir al lugar en donde Él vive es seguir sus pasos, es animarse a amar incondicionalmente, es atreverse al escándalo de la compasión, a la no resignación, a una mansedumbre inquebrantable.

Seguir al Cordero de Dios es asumir su vida en su totalidad.

Paz y Bien

El Nombre del Cordero de Dios










Santísimo Nombre de Jesús

Para el día de hoy (03/01/18):  
 

Evangelio según San Juan 1,  29-34




La fama de integridad y santidad del Bautista se había extendido por todo Israel, y las gentes acudían a recibir su sencillo bautismo de agua, bautismo de conversión y de purificación.

Por entre la multitud que acude a orillas del río Jordán, haciendo pacientemente la fila a la espera de su turno, se encuentra un varón judío. Tiene ropas humildes -casi campesinas- y habla en arameo con tonada galilea. Sólo es uno más para los que miran sin ver.

Pero Juan tiene la profunda mirada de los hombres de Dios, y lo sostiene y anima el Espíritu que todo hace germinar.
Si él se hubiera quedado aferrado a sus tradiciones y a sus esquemas antiguos, sin dudas nada habría sucedido; este Cristo que se le acerca silencioso, casi de incógnito, nada tiene que ver con la imagen que porta de un Mesías glorioso y vengador del pueblo de Israel. Pero Juan es grande por su entereza y más grande aún por su disponibilidad para con la verdad, y afirma sin ambages -una escena que emociona y conmociona- que allí está el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.

El símbolo del Cordero era muy cercano a los afectos y a la historia del pueblo judío.
Es el cordero que ofrece Dios a Abraham para que lo sacrifique en lugar de Isaac.
Es el cordero cuya sangre salvará a los israelitas de una muerte segura, y dará comienzo al éxodo de liberación, a ponerse en camino hacia la tierra prometida y la libertad.
Es el cordero manso de Isaías, es el cordero sin mancha y sacrificial que sacrifican en el altar a diario para la redención de los pecados, y sin dudas Juan lo sabía bien; su padre Zacarías era sacerdote.

Así entonces afirmar que ese Jesús de Nazareth presente es el Cordero de Dios implica una fractura violenta con todas sus creencias de un Mesías glorioso, de caudillo militar y revestido de realeza. Sin embargo, Juan se mantiene firme y fiel.
Afirmar que allí está el Cordero de Dios es llamar poderosamente la atención hacia una persona, pues creemos en Alguien, no en algo, no en una idea o un concepto.
Afirmar que allí está el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo es el aserto de que el Redentor carga sobre sí toda muerte para que nadie más muera, pues morirá por los otros, por nosotros. Que el Mesías es manso como un cordero, que nada impone, que es un servidor pacífico y sufriente. Que es la señal definitiva de cadenas rotas, de liberación.

Hay dos hechos que no hemos de pasar por alto: Juan refiere a que el Cordero quita el pecado el mundo así, en singular, antes que los pecados, y no se trata de la sumatoria de los pecados individuales, sino que el pecado del mundo es todo aquello que se opone a los sueños de Dios, una vida plena y abundante para todos.
Y por otra parte, al afirmar que ese Jesús es el Hijo de Dios, Juan se juega la vida. Para la religión oficial, es una blasfemia que conlleva la pena capital, y es necesario volver a reflexionar que en cada palabra pronunciada -por banal o relativa que parezca- también nos estamos jugando la vida, pues cada palabra expresa nuestra fidelidad a la verdad.

Juan es un experto lector de los signos del tiempo, y por ello sabe que debe disminuir, achicarse, para que los demás vean a quien es realmente importante ver.
Ello es nuestra misión también: cuando la Iglesia se agranda y no señala, no orienta las miradas a Aquél que es nuestra vida y nuestra liberación, sólo habla de sí misma, y carece de trascendencia, sólo deviene en un club de amigos medianamente grande que busca adeptos.

En el Cordero de Dios se decide toda suerte.

Paz y Bien

Las sandalias del Señor











Santos Basilio Magno y Gregorio Nacianceno, obispos y doctores de la Iglesia
 
Para el día de hoy (02/01/18): 

Evangelio según San Juan 1, 19-28






La situación descripta por el Evangelista Juan tiene un carácter crítico: su predicación a orillas del Jordán no era neutra, intangible, la integridad de su persona y la evidencia de que Dios estaba de su lado le brindaban un ascendiente cada vez mayor sobre un pueblo hambriento de una esperanza que se le cercenaba tras la humillación imperial y a causa de una religiosidad opresiva, que se obsesionaba por las normas y los preceptos antes que por Dios y los corazones.

Su prédica y su bautismo acontecen en Betania -o Bethabara- que no es la misma Betania de los amigos de Cristo -Lázaro, María y Marta-, que estaba a tres kilómetros de Jerusalem a la vera del camino a Jericó. Juan bautizaba más al norte, es decir en lo que hoy es territorio del reino de Jordania y no en Judea.
Sin dudas hay una profusa discusión al respecto, pero en el fondo se trata de sitios diferentes: lo crucial estriba en que a pesar de que el lugar está alejado, sitio considerado como desierto, envían desde Jerusalem a sacerdotes y levitas para interrogar al Bautista.
Eso es lo crítico: Jerusalem es donde se asienta y arraiga la ortodoxia religiosa, la religiosidad oficial que mira lo distinto con violento temor y militante desprecio, el reducto de los enemigos mortales del mismo Cristo.

Esos levitas y esos sacerdotes no son simples veedores, sino censores severos que están allí, a una gran distancia de su lugar habitual, para realizar un interrogatorio hostil que puede tener consecuencias impensadamente trágicas.

Es menester hacer un alto, para despejar cualquier duda: la lectura nos anoticia que los judíos son los que envían esa comisión interrogadora, y ante cualquier atisbo perdurable de antisemitismo entre nosotros -que lo hay, que perdura- recordemos que Jesús, José y María de Nazareth eran judíos hasta los huesos, al igual que el Bautista, Zacarías e Isabel y todos los discípulos. Esa mención refiere puntualmente a las autoridades religiosas.

La santidad, la vida en el Espíritu no implica el abandono de la inteligencia y resignar la astucia. Juan sabe que muchas cosas se dicen acerca de él, y quiere despejar cualquier duda de una buena vez, antes de que ese alud de rumores inciertos vayan demasiado lejos de la verdad que respira y profesa.

Las respuestas de Juan son un ejemplo preclaro y certero de la vida cristiana, la humildad. Saber lo que somos, y por ello saber lo que no somos. Él no es el Mesías y lo anuncia con claridad y sin ambages. Tampoco es Elías ni se reconoce como un gran profeta, a pesar de que es el último de una extensa tradición. Nada de eso. Él es sólo una voz que clama en el desierto. Presta su voz para que se exprese el mensaje que el Dios del universo quiere transmitir, presta su voz para preparar los corazones para la Palabra que ya está entre ellos, que ha llegado.

Su humildad es santa: su bautismo es con agua, pero no es nada comparado con el bautismo de fuego, en el Espíritu de Aquél que viene. Y Él se reconoce indigno de desatar la correa de sus sandalias.
Este gesto en una primera mirada nos enfoca en un cuadro de humildad, pues era tarea de los esclavos -y de los esclavos gentiles- desatar las sandalias y lavar los pies polvorientos de sus señores. Pero aquí hay más, siempre hay más.
En la tradición de Israel, jurídicamente desatar las correas un hombre a otro implicaba demostrar en ese gesto subordinación del desatado, quitarle autoridad. Pero además en la memoria de ese pueblo tan sufrido, persistía la figura del Go'El, el redentor especialista en rescatar a algún miembro de la tribu que haya caído prisionero o esclavo de bandoleros o acreedores. El Go'El calzaba sandalias que simbolizaban esa autoridad decisiva.
Por todo ello, Juan lo expresa, se siente y reconoce indigno de ese Cristo, Redentor de su pueblo y del mundo entero, al que servirá desde su servicio humilde e íntegro. Toda su existencia señala a Cristo.

Hay entonces un convite misionero a calzarnos las sandalias del profeta del Jordán. Sandalias de saberse pequeño, de saberse lo que uno es, de expresar que la mirada de los hermanos debe dirigirse hacia el Cristo que está ahora mismo entre nosotros.
Y cuando las cosas maduras, descalzarnos. La tierra, con todo y a pesar de todo, es sagrada y hay una zarza ardiente perpetua, pues Dios se ha encarnado y acampa entre nosotros.

Paz y Bien

Madre de Dios, Reina de los corazones, Señora de la Paz













Santa María, Madre de Dios

Para el día de hoy (01/01/18):  

 
Evangelio según San Lucas 2, 16-21






Ellos no son compañía conveniente ni recomendable. Viven a campo raso, son vindicados habitualmente como amigos de lo ajeno, y por su contacto habitual con animales poseen un persistente grado de impureza ritual que los vuelve indignos de toda participación religiosa, litúrgica. No es nada sensato eso de andar invitando a gentes así, tan marginales, al lugar en donde se halle a un recién nacido.

A la vez, de ellos puede esperarse cierta desconfianza razonable, y el anuncio que les realiza el Mensajero es, cuanto menos, insólito y por supuesto, inesperado. A ellos -justamente a ellos- se les dá parte de una noticia asombrosa, y se les realiza un convite impresionante: han de ser testigos preferenciales del nacimiento de Aquél que todo un pueblo, a través de los siglos, esperaba y esperaba en germen de alegría y liberación.

La vida se abre paso desde los márgenes, desde la periferia de la existencia.

La escena es extrañamente profana, pues no acontece en el Templo, sitio por excelencia de lo santo. El lugar es un aprisco -apenas un refugio de animales en la noche- pero en esa noche ellos son testigos del día, del sol que nace de lo alto empujando todas las oscuridades, de lo sagrado que se expresa en lo cotidiano. Allí, en el sitio menos esperado, está el carpintero, está la Madre y está el Niño anunciado. Y esa noticia es tan maravillosa que debe, inexorablemente, ser contada a los demás.

Ternura inexpresable de Dios que elige a los que el mundo descarta como fedatarios de la verdad. Ellos son anónimos para la mayoría, pero tienen nombre, apellido y rostro para ese Dios que los busca y se deja encontrar.
Ternura infinita de Dios, que por esa mujer pequeña e ignota el frío utilitario del pesebre se transforma en hogar cálido, cuna para el Niño, sitio en donde todos son bien recibidos, parte de la familia.

Luego del parto y cumplidos los plazos legales, Ella y el carpintero permanecen fieles a la historia de su pueblo y a la fé de sus mayores, y es por eso que llevan al Niño a circuncidar. Es mucho más que una pequeña intervención quirúrgica y ritual, es sobre todo reivindicarse como parte de un pueblo, y cantar la fidelidad del Dios de la Alianza. Es dar un nombre al Hijo, es nombrar a Dios.

Ella es Madre de Dios y Madre de la Paz.
En donde está la Madre, seguro está el Hijo.

Ella madura todas las cosas en las honduras de su corazón grande, el sitio fértil que todos tenemos para que nos nazcan cosas nuevas, Ella es capaz de hacer de toda su existencia un altar en donde se ofrenda lo que se es y nada se impone, y por ello mismo la paz -don y misterio- es posible, prestando atención a los ignorados de siempre, haciéndolos familia, en la escucha atenta de la Palabra que se le hace vida, tiempo, existencia, un Hijo mismo que es nuestra liberación y nuestra alegría.

Muy Feliz año para todos.

Paz y Bien

Dios Trinidad, Dios Familia












La Sagrada Familia

Para el día de hoy (31/12/17):
Evangelio según San Lucas 2, 22-40





Son un joven matrimonio campesino, de aldea ignota -judíos hasta los huesos-, con un niño pequeño en los brazos. Siguen al pié de la letra la ley de Moisés y las tradiciones de sus mayores.
Acuden al Templo en el momento preciso, pues la ley consideraba impura litúrgicamente a la parturienta reciente, la cual sería readmitida mediante el holocausto sacrificial de una res, o eventualmente, de un par de pichones de paloma o tórtolas. Ellos hacen la ofrenda de los pobres, nada más pueden. Por otra parte, todo primogénito de Israel había de ser consagrado a Yahveh, y a la vez, su padre pagaría a los sacerdotes del Templo una suma específica como rescate por su hijo: toda vida pertenece a Dios, y en cierto modo, debe "comprársele", en recuerdo a los primogénitos de Israel rescatados de la muerte durante las plagas egipcias - Kidush Bejorot y Pydion HaBen-.

Dios extraño el de esta gente... la más pura entre todas acude a purificarse, Aquél que rescatará a la humanidad es rescatado por José de Nazareth, su padre carpintero...

Son tres galileos pobres. Están en medio del gentío, humildes y sencillos, casi invisibles en ese Templo imponente. ¿Quién los vería, si parece que están pidiendo permiso?

Sin embargo, dos abuelos magníficos no los pierden de vista.
Tienen la mirada profunda de los que no resignan su esperanza, de los que permanecen fieles más allá de toda previsión.
Los podemos imaginar hoy. El abuelo Simeón que se estremece con ese Niño en los brazos, que ha sabido reconocer en ese Bebé a la luz de todas las naciones, que se hace profecía desde los ojos mansos de María de Nazareth. La abuela Ana -a quien cualquiera le adjudicaría una cercana muerte-, que se hace canción y sonrisa con el Niño en sus manos ancianas, abuela de vida que vibra y celebra, abuela que no se calla y cuenta a todo aquel que quiera escucharla que allí está Él, Aquel que ha de rescatar al pueblo de su opresión y sus miserias.

Ellos tres, galileos y judíos, son símbolo perfecto de ese Dios Trinidad que se nos revela.
Un Padre que nos cuida, José del servicio atento, protector tenaz de la existencia.
El Espíritu que genera la vida, María Madre de Dios y de todos los vivientes.
El Hijo Niño, humilde, que se hace uno de nosotros.

Pero hay más, siempre hay más.

Dios no se impone, no exige, adopta la cotidianeidad para transformarla, viene con humildad y en silencio, sin otra estridencia que el llanto de un Niño que necesita pechos de madre y brazos que lo acunen.

Y cuando la enormidad de un mundo voraz parece engullirnos, nos saldrán al encuentro abuelos entrañables, heroicos en la ternura y firmes en la esperanza, capaces de mirar y ver más allá de las apariencias, celebrando la vida que está creciendo en Gracia y desde la Gracia, para recordarnos que no hay más impuros de cualquier exclusión, para que Aquél que nos rescata de la opresión y las miserias está hoy, aquí mismo, entre nosotros.ec

Paz y Bien

Ana, abuela cordial del Señor











Para el día de hoy (30/12/17) 

Evangelio según San Lucas 2, 22. 36-40







No era fácil la vida para las mujeres en tiempos del nacimiento y ministerio de Jesús de Nazareth, carecían de derechos legales y religiosos, y se encontraban -para la religiosidad imperante- varios escalones morales por debajo del varón. En parte por ello, tenían su propio espacio dentro del Templo de Jerusalem, acotadas a la plegaria externa sin posibilidad de aprendizaje formal de las Escrituras, ni voz para comentar la Palabra, ni modo de reivindicar sus derechos.
En cierto modo, la mujer dependía en un todo del varón, es decir, como hija de su padre, como esposa del marido y, las que llegaban a la vejez, de la protección de los hijos. Por eso mismo es que las viudas sin respaldo estaban consideradas a la misma altura de los huérfanos, frágiles y desprotegidas, hijas seguras de la miseria y el abandono.

Teniendo en cuenta lo precedente, el personaje que nos presenta el Evangelista Lucas es tan extraño como entrañable: se trata de una mujer llamada Ana, de ochenta y cuatro años de edad y viuda, hija de Fanuel, de la tribu de Aser.
Su edad avanzada la exponde a las debilidades de salud propias de una abuela. Su condición de mujer no le facilita las cosas, y además es viuda, lo que amplifica la precariedad de su vida. Sin embargo, un tiempo nuevo y asombroso ha dado comienzo en Belén de Judea: Ana es una profetisa que sirve a Dios en el Templo con ayunos y oraciones. Aunque no tenga reconocimiento oficial, humildemente tiene un rol sacerdotal del que nunca reniega ni tiene mella en su constancia. Pero ante todo es profetisa, es decir, que escucha atentamente la voz de Dios en su corazón y de parte de ese Dios tiene cosas para decir a los demás.

Ochenta y cuatro años de edad, setenta y siete de servicio y esperanza. Y se encuentra, al igual que Simeón, con la Sagrada Familia que se hace presente en el Templo. Sus ojos ancianos se encienden frente al niño santo, y quizás todas esas décadas no ha sido tanto tiempo; sí en cambio, es el tiempo preciso, exacto, tiempo maduro de Salvación.
Como mujer sencilla, como abuela del corazón, seguramente sus caricias sean una bendición para ese Bebé que la engrandece y plenifica con su presencia. Y habla a todo el que quiera escucharle, a todo el que espera la Redención de Israel acerca de ese Niño, puente santo de abuela eterna entre Dios y el pueblo que sigue en pié, que sigue esperando fiel, un pueblo que busca a su Dios en ese Templo inmenso y lo encontrará en ese Niño pequeño y frágil.

En la cotidianeidad y en los gestos bondadosos de los humildes encontraremos nuevamente al Dios que se nos ha perdido. Hay entre nosotros muchas profetisas, muchas abuelas sagradas que sostienen, con su piedad y su servicio a toda esta familia que es la Iglesia, y que aún tienen muchas cosas valiosas para decirnos.

Paz y Bien

Simeón, corazón de abuelo, mirada de profeta











Para el día de hoy (29/12/17) 

Evangelio según San Lucas 2, 22-35






Las gentes acuden en gran número al Templo de Jerusalem, centro de su religión y núcleo de la identidad de Israel. El Templo es enorme, fastuoso, imponente, y a la multitud abigarrada que discurre como un río humano por sus recintos hay que añadirle el humo de la grasa animal que se quema producto de los sacrificios que realizan los sacerdotes, y del incienso que perfuma el culto.

Allí, mirar con claridad es difícil, y mirar a alguien en particular es una tarea ímproba, casi imposible.
Aún con talante religioso acendrado, con todas las distracciones existentes y con tanta y tanta gente masificada, hoy también se hace más que complicado mirar y ver, encontrar un rostro, una mirada que se busca.

Simeón era un anciano: seguramente y a causa de su edad, su capacidad visual estaba muy menguada. Pero él tiene una buena mirada, y la clave radica en que es justo y piadoso.
Justo porque ajusta su voluntad a la voluntad de Dios.
Piadoso, porque por su oración vive en plena sintonía con una eternidad que sostiene su existencia.
Y con todo y a pesar de todo, jamás ha abdicado en su esperanza, jamás se ha resignado.

Los que saben mirar son aquellos capaces de encontrar un rostro específico en medio de la multitud, una persona por entre una masa nutrida y anónima.

Simeón sabe mirar. Con toda probabilidad, ha sido criado y educado en las tradiciones de su pueblo, y su ortodoxia religiosa especifica que el Mesías de su pueblo llegaría revestido de gloria y poder, aplastando a todos sus enemigos y restauraría la realeza judía, la casa de David. Ello, sin dudas, condiciona.
Pero aún así, sus ojos profundos también traspasan esos velos limitantes. En la fragilidad de ese Niño pobre que se adormece al cuidado de sus padres galileos ha podido encontrar al Salvador de su pueblo, un Salvador que será luz para todas las naciones y signo de contradicción.

Desde la justicia y la oración, con el auxilio del Espíritu de Dios podremos encontrar en ese Niño nuestra paz, nuestra fuerza, nuestro destino.

Paz y Bien

La Sagrada Familia exiliada












Los Santos Inocentes, mártires

Para el día de hoy (28/12/17) 

Evangelio según San Mateo 2, 13-18






Cuando llega esta fecha vuelve a plantearse la antigua discusión de la exactitud histórica del pasaje que la liturgia de este día nos presenta, y que trata la huida a Egipto de la Sagrada Familia. Razones a favor y en contra podremos encontrar con sólidos sustentos y argumentaciones, y con toda seguridad se trate de investigaciones que realicen mentes y plumas sabias que verdaderamente conozcan el tema en cuestión, lejos de las limitaciones de estas pobres líneas.

No obstante ello, es menester dejar constancia y recordar siempre que los Evangelios no son crónicas históricas sino teológicas, es decir, espirituales, por lo cual ciertas vetas historiográficas -si bien importantes- quedan en un segundo plano. El primero es la Palabra, ámbito de los corazones, de las almas de los creyentes.

Aún así, podemos destacar algunos puntos con cierto grado de certeza; en primer lugar, el brutal ejercicio del poder que realizaba Herodes el Grande. Cualquier disidencia, cualquier asomo de menoscabo a su poder omnímodo era aplastado con violencia extrema y un grado de paranoia elevadísimo, el que incluyó el homicidio de esposas e hijos. Por ello es más que razonable que se sindique al monarca como el autor de la masacre de los niños belenitas.
Por otro lado, Egipto era el destino usual elegido para todos aquellos que debían exiliarse por motivos políticos; al sur de Judea, era la frontera más amistosa de la zona.

Pero lo verdaderamente importante se encuentra más allá de la superficie, en el plano simbólico.

En Jerusalem, los eruditos realizan una exégesis de las Escrituras, validando lo expresado por esos magos llegados de tan lejos. Es la autoridad religiosa sustentando el poder político, fedatarios de acciones horribles que, sin embargo, hallan su raíz en la Torah. La verdad se deja encontrar hasta por las almas más oscuras, y esos hombres determinan que en el anuncio de los magos se cumplen antiguas promesas, antiguas profecías.
La partida hacia el país egipcio se vincula con el regreso en tiempos mejores, y representa a Jesús como el nuevo y definitivo Moisés, el que llevará al pueblo, desde Egipto, a su verdadera liberación.

En todos estos trajines, destaca como una zarza ardiendo en la noche la figura de José de Nazareth.

Los sueños son, en la tradición bíblica, el ámbito de trascendencia, del encuentro pleno con lo divino, quizás porque la absoluta alteridad de Dios desborda la estrechez de la razón. Y José de Nazareth es un hombre que, aún en los momentos de mayores dudas o dificultades, no deja de soñar: el Dios de la vida brinda una sonrisa amable a todos aquellos que no abdican de sus sueños.
Y es en los sueños de José en donde un Mensajero deja un mensaje urgente, noticias de Dios: es imperioso que tome al Niño y a su madre, y parta sin demoras hacia Egipto, un exilio que le brindará seguridad, lejos de los puñales crueles de Herodes.

No ha debido ser una decisión fácil. Dejar todo atrás, morir un poco por abandonar su patria, lo poco que se tenga ganado a costa de inenarrables esfuerzos, el extraño parto tan reciente, el Niño tan pequeño para una travesía riesgosa a través de un desierto que parece interminable. Partir de modo clandestino, como un delincuente que huye de las autoridades en plena noche, justo él, un hombre bueno como el pan.
Pero José de Nazareth es obediente, y obediente en el sentido primigenio del término: ob audire, escucha atenta, y José, en su fructífero silencio, sabe escuchar y actuar en consecuencia, sin demoras ni excusas.

No es tan complicado imaginarse la escena que compone la Sagrada Familia exiliada. Vivir en un país que no es su patria, idioma y cultura distintos. Ellos son galileos y pobres, y sus ropas y el acento los delatan, y hasta quizás tengan que aguantar unas cuantas miradas de soslayo. Como en toda nación grande que se precie de tal, Egipto tiene memoria y seguramente recuerda a los antiguos esclavos hebreos, a la mano de obra sin costo de Faraón que un día, por designo de su Dios, partieron hacia la libertad.
En ese cuadro, no estará ausente el joven carpintero de Nazareth trabajando de lo que fuera, peón golondrina que se agotará con tal de que a los suyos nada les falte.

Una Sagrada Familia que se hermana para siempre a todos los desplazados de todos los pueblos.

Hoy realizamos memorial de la matanza de los Santos Inocentes, y junto con ellos tal vez también el grato recuerdo vivo de San José protector, sombra bienhechora frente al sol calcinante de todos los desiertos de la existencia, esos hombres y mujeres de Dios que cuando todo parece disolverse en el horror y la muerte permanecen firmes como robles santos, protectores silenciosos de la vida, de una vida que siempre es amenazada por los poderosos, las bestias que se llevan por delante la vida de los pequeños e indefensos.

Más aún: San José protector es signo para toda la Iglesia de quien nos acompañará desde su frondoso silencio, compañero fiel, amigo imperecedero, y signo también de que el Dios Todopoderoso se ha hecho un niño pequeño y frágil, que ha puesto la vida a nuestro cuidado, un Mesías que no lo logrará si no nos involucramos.

San José de Nazareth, ruega por nosotros.

Paz y Bien

Discípulos, ver y creer










San Juan Evangelista

Para el día de hoy (27/12/17) 

Evangelio según San Juan 20, 2-8





Con todas sus angustias a cuestas, pues el espanto de la Pasión del Señor estaba aún fresco en sus pupilas y en sus almas, ellos tres estaban preocupados porque no robaran el cuerpo del Maestro, que reposaba en una tumba prestada por José de Arimatea, tumba reciente, estreno para la muerte.

María de Magdala se encamina hacia la tumba de madrugada, y esa hora marca el estadio de su corazón. Aún no ha llegado a la Resurrección de Cristo, aún no ha llegado al alba, y se encamina hacia la tumba para cumplir con los ritos mortuorios. Pero la diferencia la marca -como siempre- el amor que profesa por ese Maestro que ha muerto ante sus ojos doloridos.
La ausencia del cuerpo la reviste de urgencias, y por eso corre a avisar a los discípulos, a los compañeros de tantos caminos del Maestro, a esa familia que le han regalado y que es lo único que le queda y en la que confía, a pesar de que a ella, tal vez, no le den demasiada importancia ni le presten atención por el simple hecho de ser mujer.

Pedro y el Discípulo Amado corren hacia el sepulcro. Siguen en el mismo tenor y la presunción -bastante razonable- de que los mismos que le han matado ahora se han llevado el cuerpo para evitar un santuario o cualquier conato de alzamiento popular. Quizás, con una fé que aún debe madurar y encenderse por el Espíritu de Dios, abriguen en su interior la ilusión de que no se trate de una profanación, sino de que en verdad Jesús de Nazareth esté vivo.

Ambos corren, vuelan sus pies, y en esa misma velocidad descontrolada pasan por alto una evidencia: el sepulcro se encuentra en medio de un huerto, es decir, el hogar de la muerte se ubica en medio de donde florece la vida.

El Discípulo Amado llega primero en esa carrera: ello delata su juventud, pero también expresa que el amor siempre, indefectiblemente, llega antes que cualquier razón.

La tumba está abierta y, tal como les habían dicho, está vacía. Las vendas-mortaja están en el suelo, el sudario que cubría el rostro enrollado a un lado. Si se tratara de ladrones de tumbas, no se hubieran dejado una tela de lino tan costosa olvidada; si la intención era quitar el cuerpo y llevarlo a un sitio oculto, no se hubieran tomado demasiados cuidados. Son sólo indicios, pero señales al fin de que los utensilios de la muerte devienen en objetos sin sentido, y que esa tumba es hogar inútil de la muerte.
La fé les trae la certeza de que el sepulcro vacío es motivo de esperanza.

De un refugio de animales nada se espera que surja ni nazca una novedad.
De una tumba, sólo se indica un final definitivo.

Pero se trata siempre de la Gracia.
En el Pesebre de Belén todo comienza. En la tumba vacía, todo continúa hacia la eternidad, y nosotros vivimos por esa esperanza.

Paz y Bien 

San Esteban del pesebre










San Esteban, protomártir - Memorial

Para el día de hoy (26/12/17) 

Evangelio según San Mateo 10, 17-22





La liturgia nos sorprende con el memorial de San Esteban, primer mártir, todavía inmersos en la alegría de la Navidad.
Como nos sucede con la realidad, su sufrimiento nos demuele y es una nota grave y triste que parece polizón clandestino en la agradable sinfonía navideña. Pero en realidad, se trata del mismo amor, de la misma raíz, de la misma verdad.

Creer en el Niño de Belén, en el Emmanuel, y vivir de acuerdo a ello es despreciable, inconveniente y hasta peligroso a los intereses y poderes de este mundo.
El Dios que nos nace en el pesebre es un Dios que elude templos y palacios, y que elige y se solaza revelándose en la sencillez y la humildad.
El Dios que se hace hijo de María de Nazareth es un Dios del despojo, de la entrega absoluta e incondicional, de la palabra empeñada y cumplida.
Es el Dios que se inclina decididamente y se lo encuentra -y se halla a gusto, como uno más- entre los pobres, los descastados y descartados, los que no cuentan.

Para algunos, es una simpática tontería que deberá quedar confinada al culto dominical, pues la realidad corre por otros andariveles. Para algunos también es motivo de desprecio, de consuetudinaria descalificación, pues en la ilógica santa de la Buena Noticia el poder es servicio, jamás dominio, jamás opresión.

Y para otros se trata de un peligro, un severo inconveniente, pues los que aman al Niño de Belén en toda su insondable verdad, desde sus entrañas y sin medir consecuencias van en sentido contrario a toda lógica mundana de poder, de prebendas, y sobre todo, es ajeno a todo egoísmo, principio rector de un mundo floreciente en dolores y negador tenaz de cualquier indicio de fraternidad, que desprecia con fervor la debilidad y la sencilla eternidad del Dios de nuestras esperanzas

En ese Dios de la verdad, la mansedumbre y la justicia creía Esteban, y por ese Dios muere como el Maestro, como un criminal despreciado.

El amor de Dios refulgente en el pesebre y la pacífica fidelidad de Esteban, vivida hasta las últimas consecuencias, son expresiones de la misma agradable sinfonía, la Gracia de Dios.

Paz y Bien

Hacerse palabra con el Verbo de Dios












Natividad del Señor - Solemnidad

Para el día de hoy (25/12/17) 

Evangelio según San Juan 1, 1-18






Hacerse palabra es abandonar todo palabrerío estéril y esos monólogos del egoismo que reniegan del prójimo, audiciones en primera y única persona que no aceptan ni buscan el nosotros.

Hacerse palabra es no callarse cuando es preciso decir las cosas con claridad y sin ambages, sin ocultarse en falsas prudencias que prolonguen injusticias.

Hacerse palabra es jamás, por ningún motivo, negar voces de aliento y pequeñas cortesías que hacen el bien a quienes las escuchan.

Hacerse palabra es no dormir tranquilos mientras haya tantos silenciados que no puedan expresarse.

Hacerse palabra es devenir felizmente en estrella inquieta y esforzada, estrella servidora que indica la ruta hacia la Salvación, a todos los Belenes de este mundo en donde la vida se renueva en cada niño, bendición del Dios de la vida.

Hacerse palabra es hacerse esperanza, como Aquél que no es una idea abstracta ni un concepto sino el Verbo Eterno por el cual todo se ha creado y en el cual todo se sustenta, y que ha descendido a estos arrabales que somos para hacerse pariente, hermano, amigo, hijo queridísimo de nuestras vidas, acunándolo en las honduras de nuestros corazones.

Muy Feliz Navidad para todos.

Paz y Bien

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