El Profeta, encendido con el fuego de Dios, señal de auxilio para nuestra gente
















Para el día de hoy (15/12/18):  

Evangelio según San Mateo 17, 10-13









Es menester, ante todo, situarnos en el contexto previo al desarrollo de esta lectura: el Maestro, junto a tres de sus discípulos, se habían transfigurado en la cima del monte Tabor. Ellos lo habían visto conversar con Elías -los profetas- y Moisés -la Ley. Precisamente en ese asombro y ese interés surge la pregunta acerca de Elías.

Elías era una figura entrañable y ansiada para el pueblo judío. Los estudiosos de las Escrituras -los escribas- aseveraban, basándose en las profecías de Malaquías, que Elías regresaría en las postrimerías de la llegada del Mesías, renovando los lazos familiares y restaurando en Dios las tribus judías. Por lo tanto, la presencia de Elías implicaba la inminencia del Mesías.

La erudición no es sinónimo de sabiduría. Los escribas caían en el terrible error usual que es la lectura superficial de los signos y los hechos de la historia, la banalización de las señales, el no querer aceptar lo evidente. Hoy esa ceguera probablemente -además de la soberbia- se alimente con la ideología y la propaganda.
La conclusión es inevitable: Jesús de Nazareth no es el Mesías porque en verdad Elías no ha llegado.

Para el Maestro, Elías ya se ha hecho presente en la misión de Juan el Bautista. Sus gestos, sus palabras y la integridad de su vida dan fé de la trascendencia de su misión. Sin embargo, no le reconocieron y lo despreciaron, e hicieron con él lo que sus caprichos e intereses les dictaban.
No es un dato trágico más, y se trata de un gravísimo error y un infame pecado. Desconocer al precursor es desconocer al mismo Dios, y desoír el santo llamado a bendecir la familia por la reconciliación y procurar el bien para el pueblo.

El Adviento viene a recordarnos que sigue habiendo precursores, mujeres y hombres de Dios que humilde y tenazmente siguen encendidos, como señales de auxilio para nuestra gente y para todas las naciones, señales firmes y tenaces de un Dios que es y está, un Dios que nunca se desentiende de la historia, un Dios que siempre está a las puertas de nuestras existencias, Dios con nosotros, Dios por nosotros, Dios en nosotros.

Paz y Bien

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