Que la bondad de Dios nos regrese la salud a los corazones













Para el día de hoy (04/09/18) 

Evangelio según San Lucas 4, 31-37








El Maestro se desplaza desde su Nazareth natal a Cafarnaúm. En su patria chica no ha sido bien recibido: antes bien, fué repudiado y varios de sus paisanos quisieron matarle, en rechazo abierto al profeta en su tierra.

Sin embargo Cafarnaúm no sigue una ruta lógica de fuga ni implica un destino azaroso de viaje.
Cafarnaúm -Kfar Nahum, pueblo de Nahum- se encontraba ubicada en la ribera noroeste del mar de Galilea y era un estratégico cruce de caminos: una ruta que provenía de Transjordania la atravesaba y se dirigía al sur, mientras que otra importante vía terrestre se dirige hacia el norte, hacia Egipto. En tal confluencia es razonable que sea un punto de encuentro de numerosos viajeros, y que éstos a su vez colaboren a difundir las enseñanzas del Maestro.

Esta cuestión de apariencia estratégica no hay contradicción con la acción misionero. No está nada mal aplicar la inteligencia, la perspicacia y hasta cierta picardía a la hora de sumar esfuerzos para buscar buenos frutos, servidores confiados del anuncio de la Buena Noticia.

Los vecinos de Cafarnaúm que asisten al Shabbat se asombran de Jesús de Nazareth: Él habla con tonada galilea pero enseña de un modo muy distinto al que están acostumbrados por parte de sesudos escribas y rigurosos fariseos. Unos, porque agobian a sus oyentes con una erudición que no necesariamente es sabiduría, que desborda de casuística pero que a su vez esconde lo que es importante, lo que en verdad cuenta, el amor y la presencia de Dios en medio de su pueblo. Los otros, porque el rigor prohibitivo que imponen los vuelve culpables irredimibles, buscadores de méritos y miedosos de castigos terribles que se les promete frente a sus pecados.

Este rabbí nazareno enseña de otra manera, con autoridad, y aquí hemos de detenernos un momento. El término autoridad tiene raíz latina, auctoritas, que a su vez nace del fonema griego augere, que significa -literalmente- hacer crecer, levantar, y más aún, aupar. Esas gentes se daban cuenta e intuían que el Señor no les sesgaba las existencias, sino todo lo contrario, hacía crecer en ellos su humanidad, despierta sus corazones dormidos, acuna en sus brazos las penas y con fuerza indudable les espanta los demonios que alienan, que no los dejan ser ni hacer ellos mismos, los levanta de todas sus postraciones.

Que Él vuelva a hablarnos con esa autoridad nueva y definitiva, y que el Espíritu nos renueve, capaces de escucharlos con atenta escucha, obediencia que libera y salva.

Paz y Bien
 

La bendición de Dios es un manantial inagotable y generoso















Para el día de hoy (03/09/18): .

Evangelio según San Lucas 4, 16-30







Quizás a causa cierta educación deformada o incompleta que hemos recibido, pasamos por alto una cuestión sustancial, y es que Jesús de Nazareth era un fiel hijo de su pueblo, respetuoso de las tradiciones de sus mayores y practicante devoto de la religión de Israel.

No es un dato menor, y está mucho más allá de la superación de cualquier torpe antisemitismo: las raíces judías del Maestro son certeza plena de la Encarnación de Dios, de un Dios entramado amorosamente en la historia humana, en un tiempo concreto, haciendo explícitos los cumplimientos de todas las promesas. La Salvación no es una abstracción, una idea sino la bendición infinita del amor de Dios, don y misterio que nos llega por la persona de Jesús de Nazareth, por su vida ofrecida, hermano y Señor nuestro.

Los datos iniciales que nos brinda el Evangelista Lucas son precisos: Jesús era un practicante habitual de las plegarias propias del Shabbat, y también participante activo del culto, toda vez que la tradición establecía que los varones judíos laicos tenían derecho a leer un párrafo de los Profetas y a comentarlo. No es difícil imaginarlo entre sus paisanos cantando los salmos, recitando el Shema Ysrael, orando las plegarias comunitarias a su Dios, que mucho tenían que ver con la historia y la identidad de su pueblo. No es difícil tampoco ubicarse en la escena: todas las miradas están puestas en ese Cristo que esas gentes decían conocer bien, que se crió entre ellos, en sus calles polvorientas, y que un día se largó a los caminos a anunciar cosas de Dios.

En aquellos tiempos, los textos sagrados se transcribían -para uso del culto- sobre cueros curtidos, los cuales se sostenían con astas de madera que a su vez posibilitaban el enrollarlos. Por ello, Él toma y elige el rollo correspondiente al profeta Isaías. Esta elección no es casual, fortuita, ni se corresponde con una lectura que, quizás le sea más afín que otras a Jesús.
En realidad, lo que Él hace es, mediante la Palabra, hacer una relectura profética de su misión y de la historia de su pueblo.
Esa lectura en clave profética es crucial para todos los tiempos, pues revela su identidad y su misión en toda su plenitud. Ese tipo de lecturas, interpelar e interpretar la propia historia a la luz de la Palabra viva, tal vez siga encasillada en la columna del debe de nuestra existencias.

Como un manantial inagotable y generoso, en el aquí y ahora, la bendición de Dios es concreta, carnal, profundamente humana. Buena noticia para los pobres, liberación para los cautivos, redención para los oprimidos, luz para los ciegos, consuelo y alegría para los afligidos y dolientes, un año de Gracia y misericordia del Señor para todos los pueblos, un año que se inicia en Cristo y que no tiene fin.
Buenas noticias para esos sitios en donde toda certeza no tiene nada de nueva ni de buena y donde campean las sombras. Buenas noticias por el Espíritu que se encarna en una muchacha nazarena, que sostiene a ese Cristo, que también lo levantará de la muerte, Buenas noticias para toda la creación. Buenas noticias porque contrariando toda razón mundana, la venganza queda lejos de los anhelos de justicia. Buenas noticias porque ese Cristo es de todos pero no es propiedad de nadie, no se deja atrapar, y cada vez que se lo intenta acallar de algún modo, pasa por en medio de los escoltas y dispensadores de la muerte.

Cuando se nos apaga la esperanza y se nos adormece la fé, es menester volver a ese retrato vivo de Cristo.
Mejor aún, siempre hay que regresar a Él, desechando tantas imágenes erróneas que nos forjamos de acuerdo a nuestras necesidades. Volver hoy, ahora mismo, y que vuelva la Iglesia al Ungido, al Cristo de nuestra vida, de nuestra liberación, al Redentor de los oprimidos, al hermano de los pobres, al que consuela todos los pesares.
Porque hoy se cumplen en nuestras existencias todas las promesas.

Paz y Bien

El culto primero es la compasión













Domingo 22° durante el año

Para el día de hoy (02/09/18): .

Evangelio según San Mateo 7, 1-8. 14-15. 21-23







El conflicto basal entre Jesús de Nazareth y quienes detentaban la ortodoxia oficial era tan profundo y enconado, que envían desde Jerusalem a la periférica Galilea a un grupo de escribas y fariseos -se presume que expertos en lo suyo- para observar detenidamente al Maestro y sus discípulos. La intención es clara: se trata de encontrar motivos de reproche, infracción y condena respecto de lo que hacen y dicen, lo que viven y enseñan.

Cuando se trata de cuestiones así, cuando el detector de heterodoxias y enemigos está encendido, siempre alarma con señales positivas. En cierto modo, si no fuera por la misericordia de Dios, todos somos camellos imposibles esforzados por pasar por sendos ojos de agujas. Pero además, el detector suele fallar, pues su combustible no es precisamente la verdad, y posee una notoria falla, que es el reconocer al hermano, al prójimo. A veces es necesario apagarlo, y permitir que la Gracia nos encienda.

En la lectura del Evangelio para este domingo, el conflicto se focaliza en las abluciones que, por Ley mosaica, debían de practicar los varones judíos, así como también la preparación de los utensilios de cocina y las camas. Esos recién llegados de Jerusalem se constituyen como un tribunal inquisitorial volante cuyo afán es netamente condenatorio y que no es servidor de la verdad.
Así, airados, reclaman que se cumplan estrictamente, al dedillo, esas prescripciones establecidas hace siglos.

La reacción del Maestro posee la extraña fuerza de la profecía, que puede ser violenta para las mentes que se quedan en la superficie, en lo episódico, fenomenológico. Las cosas hay que decirlas sin ambages, con claridad, sin máscaras; hipocresía significa, literalmente, responder con máscaras.

El afán purista de esos hombres ha acotado la trascendencia del ritual: el ritual es importante en tanto que signo, señal, medio simbólico de trascendencia. Pero ellos han llevado su talante a sentidos finalísticos, es decir, han convertido a los rituales en fine en sí mismos y con ello pretendían determinar el ámbito de lo profano y lo sagrado.
Pero es Dios quien otorga todos los sentidos, es Dios con su presencia quien hace sagrados ámbitos, cosas y especialmente personas. Y el Dios de Jesús de Nazareth es un Dios que se encarna, que se hace tiempo, historia, vecino, Hijo amado.

Pureza o impureza no son victorias o derrotas que se conquistan mediante rituales vanos. Pureza o impureza se arraigan en las honduras de los corazones, y tal vez sólo se decidan por la aceptación o el rechazo que haga la humanidad del amor de Dios ofrecido generoso, inmenso, incondicional para la Salvación.

Por ello el culto primero es la compasión.

Paz y Bien

Embarrarse en el fango de la historia con la certeza de que se dan los pasos ciertos del Reino
















Para el día de hoy (01/09/18):  


Evangelio según San Mateo 25, 14-30








A lo largo del tiempo ha sido usual, en la reflexión acerca de esta parábola, identificar a los talentos con las capacidades individuales de cada persona, y de allí la necesidad de hacerlas fructificar. Sin embargo, más allá de las apariencias, establecer una reflexión teológica que justifique la desigualdad humana implica, de suyo, razonar que unos puedan dominar a otros por cierta clase de fructífera superioridad, una espiritualidad que iguala para abajo, que se resigna frente a las injusticias y que, en el fondo, tolera una fraternidad formal pero no cordial.

Pero el Dios de Jesús de Nazareth es un Dios Abbá y no un capitalista especulador, ni tampoco un verdugo punitivo que ejerce venganza con presteza.

En los tiempos del ministerio del Maestro, un trabajador ganaba un denario como jornal diario. Con ese denario debía sostenerse toda su familia.
Pero un talento equivalía a seis mil denarios, con lo cual estamos frente a algo normalmente inalcanzable, una fortuna. Y esa fortuna inmensa es la que ha confiado el Señor a los servidores.

Se trata de la infinita confianza que se nos ha brindado, a menudo no correspondida. Se trata de ir contra corriente, porque lo seguro, lo razonable es enterrar ese tesoro, a salvo de ladrones y salteadores.
Se trata de involucrarse, de embarrarse en el fango de la historia con la certeza de que se dan los pasos ciertos del Reino, romper el cascarón de todos los miedos y las infidelidades disfrazadas de prudencia.

Los talentos no son tanto las capacidades individuales, sino la Gracia de Dios que se nos ha confiado como comunidad y en el ámbito personal, algo tan valioso que por ella vale correr alegremente todos los riesgos habidos y por haber, y cuando llegue el tiempo propicio, presentarnos ante Aquél que está regresando, cumpliendo con este magnífico mandato de comprometernos y fructificar, a pesar de que a menudo nos descubramos mínimos, apenas un par de escasas monedas.

Paz y Bien

En tiempos sombríos sólo destella la luz de la fé














Para el día de hoy (31/08/18):  


Evangelio según San Mateo 25, 1-13







A nosotros, mujeres y hombres del siglo XXI, sobresaturados de información y recargados de imágenes, la idea de las diez vírgenes esperando al esposo se nos haga, quizás, demasiado ajena, esquiva. Pero en los tiempos del ministerio de Jesús de Nazareth se comprendía con facilidad, aún cuando el oyente careciera de la formación de los escribas, un simple labrador, un humilde pescador.
Pero también hay otra perspectiva, la simbólica, la que trasciende la pura letra y se adentra en el significado y la profundidad de la enseñanza del Maestro.

Volviendo al siglo I, la vida era dura y escasa en distracciones y esparcimiento, especialmente en los pueblos pequeños, a lo que debía añadirse la severa rigurosidad religiosa que no admitía demasiadas sonrisas. Sin embargo, había ocasiones en que el tedio se podía romper, como nacimientos, bodas, el paso a la vida adulta -bar mitzvah- o eventualmente funerales, pero de entre esas ocasiones destacaban las bodas, que podían durar varios días. El día de bodas era el más importante de sus existencias para los contrayentes, y  motivo de alegría, baile y brindis impostergables para todo el pueblo.
Precisamente, en esa perspectiva se inscribe la enseñanza de hoy, lo crucial para la vida, el destino de fiesta soñado por Dios, el matrimonio inquebrantable entre Dios y la humanidad.

Tal vez, cierta tendencia bondadosamente ligera nos lleve a imaginarnos los habría y los hubiera, es decir, qué hubiera pasado si las vírgenes prudentes le hubieran prestado un poco de aceite a las insensatas?... Aún así, y a pesar de que en numerosas ocasiones el Maestro nos conmina a la fraternidad del compartir, en esta ocasión no sólo no lo menciona, sino que es terminante al respecto. Ello destaca sin ambages la importancia decisiva de aquello que se procura merced al esfuerzo, y que de no ser así es imposible tener.

El aceite, la luz propia, se enraiza inseparablemente a esto que somos y nos define, y que por ello es único e intransferible.

Pero hay más, siempre hay más. El encomio de mantenerse en vela, con la propia luz encendida, implica una invitación a descubrir que la historia humana no es solamente lo que vemos y que tan a menudo nos agobia. La historia está fecundada por el Espíritu de Aquél que se ha hecho uno de nosotros, un vecino, un amigo, un Hijo queridísimo, y ese valor trascendente sólo puede percibirlo y gratificarse con ello todos aquellos que se mantengan atentos, con la lucidez propia de la esperanza.

Paz y Bien

Santa Rosa de Lima, flor hermosa de la esperanza latinoamericana













Santa Rosa de Lima, patrona de América Latina, del Perú y de las Filipinas

Para el día de hoy (30/08/18):


Evangelio según San Mateo 13, 44-46




Isabel, joven peruana laica, era mujer de oración, es decir, vida orante con la capacidad de mirada lejana, de ver más allá de lo aparente, de descubrir lo eterno entretejido en lo cotidiano.

Ella descubrió ese tesoro indescriptible, escondido a simple vista pero presente en la sencilla habitación en donde moraba, latiente en las calles de la Lima colonial, inagotable fuente de alegría que puede encontrarse en los lugares más insospechados, apareciéndose de modo asombroso, maravilla que transforma la vida de una vez y para siempre. Luego del encuentro, nada volverá a ser igual, y todo queda atrás, todo se deja porque se ha encontrado lo verdaderamente valioso, lo que permanece y no perece.

Ella también supo que ese tesoro se deja encontrar por quienes lo buscan sin descanso, con denuedo y confianza, con la certeza de los que creen y permanecen fieles.

El Reino es, el Reino esta: hay vidas que se transforman luego de una búsqueda tenaz y honesta, hay otras tantas que se transforman desde la inexpresable gratuidad de la bondad de Dios.

Por ello mismo quizás, Isabel se desvivía por los más pobres y los enfermos, mujer plena que florece en misericordia y compasión.
Por ello mismo toda su vida es vida orante, porque responde... descubre a cada instante los susurros de Dios que le hablan en las honduras de su corazón -Espíritu que nos hace decir Abbá!-. La iniciativa siempre es de Dios, de Él son las primacías, y la oración, antes que súplica y pedido, es la necesidad del alma de responder y dialogar con quien se ama y con quien nos ama sin límites.

Isabel floreció en un tiempo complicado, en un tiempo en que estas tierras que a menudo nos duelen y que tanto amamos sólo eran suburbio de una importante colonia.

Aún así, en la Lima virreinal, nos floreció para toda Latinoamérica la más flagrante de las flores, Isabel Flores de Oliva, Rosa de nuestros hermanos dolientes, Santa Rosa de Lima y de toda América.

Paz y Bien

Profetas, hombres y mujeres firmes y fieles más allá de toda amenaza











Martirio de San Juan Bautista
Para el día de hoy (29/08/18):  
Evangelio según San Marcos 6, 17-29




La escena trae matices fuertes, antinomias patentes: de un lado el poder corrupto y omnímodo, inmisericorde, que saborea lo fastuoso y no le importa la vida ajena.
Del otro, un hombre austero, erguido en la entereza de su alma y en la verdad que lo constituye y que expresa sin miedos.

Ese hombre en soledad es el mismo niño ansiado por décadas, hijo de la vejez maravillosa de Zacarías e Isabel, aquel niño que danzaba en el seno materno al presentir la presencia en ciernes del Mesías, ese niño que no se llamaría como sus antepasados pues tendrá un nombre nuevo, prefigurando los tiempos que ya se acercan: ese niño se llamaría Juan -Dios Salva-, y ese niño abriría caminos al que era la esperanza del pueblo.

El niño no defraudó las expectativas de sus padres: el niño iría allanando los senderos de la Salvación, llamando a la conversión sincera, despojado de todo -vestido, sustento, familia- afirmado sólo en su Dios con el que se encontraba en el desierto.

Seguramente el pueblo -que también debía convertirse- escucharía con gratitud sus palabras firmes y veraces, su clamor contra la corrupción, su voz entera anunciando que era inminente la llegada del Redentor y denunciando todo aquello que era contrario a la vida misma, el ejercicio impune del poder desmedido.

Pero ese hombre veraz, que confiaba en la providencia y encontraba sustento en los frutos del desierto, se había vuelto una molestia mayor y un peligro amenazante en el horizonte herodiano: quizás por ello el Evangelista se encarga de señalar que en esa fiesta estaban presentes los dignatarios -el poder político-, los oficiales -el poder militar- y los notables galileos -el poder económico-.
Y será una constante en la historia, y anticipará el misterio de la cruz: Juan languidece en las sombras de las mazmorras herodianas mientras a pasos de allí se festeja a puro fasto.
Sin embargo, en las sombras de ese calabozo había más luz que en todo el palacio del tetrarca, reyezuelo sometido graciosamente al poder imperial romano.

En muchos reductos de poder obsceno, de fastuosidad insultante se vá diluyendo el sentido de la propia existencia, y se decide sin compasión el fin de la vida de otros, especialmente de aquellos que se vuelven molestos, de los que se convierten en amenaza.

Pero la violencia ruin no tiene destino.

El martirio del Bautista desata el ministerio de Jesús y multiplica el andar de los mensajeros de la Buena Noticia, y así ha sucedido y sucederá con las mujeres y los hombres mansos que no se callan ni se arredran sean cuales fueran los temores que desplieguen los poderosos.

Paz y Bien

Cuando no hay misericordia, la bendición de la Gracia ha sido rechazada














San Agustín, obispo y Doctor de la Iglesia

Para el día de hoy (28/08/18): 

Evangelio según San Mateo 23, 23-26








En la tradición religiosa e histórica de Israel, la ley del diezmo tenía gran relevancia e incidencia en la vida cotidiana. Así entonces, la décima parte de las cosechas, de los frutos de la tierra -de allí diezmo- debían destinarse al sostenimiento del Templo y de los sacerdotes; en cierto modo, se constituía el erario público, pues de allí también salían los recursos que se destinaban a auxiliar a huérfanos y viudas y limosnas para los más pobres.

Sin embargo, con el correr de los años y el aumento de la influencia de la corriente farisea, la estricta puntillosidad de estos hombres extendió la obligatoriedad del diezmo a toda la actividad económica, y de ese modo obligaban a pagar diezmos sobre hierbas silvestres que crecían en el campo, y sobre algunos condimentos. Por eso no es difícil imaginarse a un ama de casa con un puñado de perejil o de menta presta a cocinar, separando una ramita de cada diez para cumplir con el impuesto.

Aquí haremos dos simples llamados de atención: el diezmo significaba, simbólicamente, el derecho de propiedad de Dios por sobre todas las cosas. También, la necesidad de prestar atención a los detalles pequeños.

Lo verdaderamente grave, que desata ayes doloridos y enojados por el Maestro, es que esos hombres, todos ellos religiosos profesionales, en pos de una estricta observancia de la Ley, olvidaban al Dios que le otorgaba sustento y sentido a su fé. Así diezmaban su religiosidad, pues se trataba de un horizonte mezquino sin Dios y sin prójimo, pura práctica externa pseudopiadosa que, necesariamente, conduce a estadios opresivos.

Porque en el tiempo de la Gracia, el amor a Dios se expresa en el amor al prójimo. Ambos son los brazos de una misma cruz, y cuando hay más rigor en minucias sin sentido, no queda lugar para lo que cuenta y permanece, la justicia, la misericordia, la fidelidad. Así filtramos mosquitos y dejamos pasar manadas de camellos, así valdrán más objetos y condiciones que la vida del otro.

Cuando no hay misericordia, la bendición de la Gracia ha sido rechazada. Cuando no hay justicia, sólo hay dolor y opresión. Cuando no hay fidelidad, no hay sitio en los corazones para que se afinque mansamente el Dios que nos busca sin descanso.

Paz y Bien

El servicio es la clave a partir de la cual se puede transformar la historia












Santa Mónica

Para el día de hoy (27/08/18):  


Evangelio según San Mateo 23, 13-22








El Evangelio para el día de hoy nos trae palabras duras -durísimas- del Maestro, tan distintas en apariencia de las expresiones plenas de bondad de las Bienaventuranzas.
Pero en ambos casos, se trata de la misma dinámica del Reino, del tiempo nuevo y definitivo de la Gracia, aún cuando sus ecos duelan y molesten. Bendito sea el malestar que provoquen.

Sus palabras son válidas para todos nosotros, y especialmente para aquellos que tienen funciones jerárquicas o de conducción; en el caso de su tiempo, los destinatarios primeros eran los escribas y fariseos, guardianes celosos de la ortodoxia religiosa del pueblo.
Ellos habían desvirtuado por completo la fé de Israel, transformando un camino de liberación en una carga insoportable para los creyentes, interponiendo mil muros entre las gentes y su Dios, un Dios al que dibujaron inaccesible, lejano y cruelmente castigador. Y como si eso no fuera suficiente, se aprovechaban de su posición y prebendas en su propio beneficio material, colocándose impiadosamente varios escalones por sobre el resto del pueblo.
Ese elitismo -y no el supuesto castigo que ellos adjudicaban a Dios- sería su misma ruina.

Porque el poder, cuando no es servicio, es un ídolo al que se rinde culto sin importar el hermano.
Y no hay tarea más imperiosa ni más urgente que cuidar a los pequeños, a los débiles, proteger a los que no pueden defenderse, y sobre todo, servir.

El servicio es la clave a partir de la cual se puede transformar la historia.
El servicio es expresión de la caridad, sintonía perfecta de la Gracia.

Todo lo que se aparte de ello, de este peregrinar hacia la vida plena que nos ofrece Jesús de Nazareth, es origen de todas las des-gracias, negación rabiosa de una Gracia que se nos ofrece incondicionalmente.

Paz y Bien

La vida pasa por otro lado, la vida plena, la vida eterna está en Cristo y su Palabra.
















21º Domingo durante el año

Para el día de hoy (26/08/18):  


Evangelio según San Juan 6, 60-69





La lectura de este día nos refleja con exactitud lo que les sucedía a los discípulos del Maestro en los tiempos de su ministerio, un grupo que era mucho más grande que el de los Doce apóstoles. En ellos persistían los criterios impuestos por la Ley y las tradiciones de sus mayores, quizás de manera más específica, la interpretación que la religiosidad oficial hacía de esa Ley y esas tradiciones; así las enseñanzas y el lenguaje de Jesús de Nazareth les resultaba inadmisible y escandaloso.

Es que no era fácil para ellos seguir sus pasos, asumir en sus vidas lo que Él predicaba, un Dios tan cercano como un Padre, un Dios que se brinda a todos por igual y al que no parece importarle demasiado el origen nacional, racial, el género, las ideas, la religiosidad practicada, y que por ello bendecía a todos los pueblos.
Golpe terrible para su orgullo nacional, no les caía nada bien que un samaritano, que una pagana, que una prostituta los precedieran en las cosas de Dios y pudieran enseñarles cuestiones que ellos, por simple pertenencia, creían tener asegurada.

Tampoco puede soslayarse la necesidad de sostener una imagen tremenda, gloriosa de poder que se ejerce, de victorias aplastantes sobre cualquier enemigo, más nunca un mesías que se entrega con mansedumbre, que ofrece su vida con una libertad que estremece, un Dios que es derrotado, aniquilado por el odio.
 
Esa libertad los escandaliza. Preferirían persistir bajo el grave yugo de los dictámenes, de las recetas piadosas seguidas al pié de la letra, de las recompensas obtenidas merced a la observancia de los preceptos. Por eso es tan duro soportar a un Dios que se revela Padre universal, Padre por siempre y por sobre todo, Padre que ama, Dios de la Gracia y la misericordia, y muchos se van, pues les resulta más fácil, quizás menos temerario, regresar a lo viejo, a las costumbres, a lo conocido, una religión de esclavos devotos de un ídolo y nó del Hijo del hombre, Señor de la historia, Hijo de Dios.

Nosotros, junto a Pedro, no nos iremos. 
No es fácil ni simple batallar contra el ego y la soberbia, pero aún así permaneceremos. 
No hay respuestas en el dios dinero, ni en los falsos ídolos del poder, en las tentaciones del mundo, en las vanas peleas que nos ofrecen los poderosos. 
La vida pasa por otro lado, la vida plena, la vida eterna está en Cristo y su Palabra.

Paz y Bien

Cátedra de Cristo, cátedra de humildes servidores y señaleros de esperanza











Para el día de hoy (25/08/18):
 
Evangelio según San Mateo 23, 1-12







Una lectura superficial de la Palabra para el día de hoy nos induce a un error flagrante. La literalidad es madre de todo fundamentalismo, que a su vez nada tiene que ver con la Buena Noticia.
Pues el Maestro no se expresa con inusitada dureza contra los fariseos en tanto dirigentes judíos, sino más bien en tanto opresores de almas y tenaces contradictores entre lo predicado, lo enseñado y lo vivido. Por ello no se acota a esa situación puntual, sino que es enseñanza y advertencia que atraviesa los tiempos, y que nos despierta de ciertos sopores de hipocresía a los que nos solemos acostumbrar.

Para ubicarnos: la cátedra no es sólo ámbito simbólico, sino que dentro de la sinagoga es el lugar físico puntual -un mueble, una silla- desde donde se explica la Escritura. Remite a la autoridad interpretativa y formativa; el gran problema -siempre- es la disyunción entre lo que se enseña y lo que se vive, la enorme brecha entre declamación y proclamación, afanes de figuración, de prebendas, de jerarquías y ostentación de títulos.

Pero es un tiempo nuevo, año infinito de la Gracia y la Misericordia.
 
Las hijas y los hijos de Dios reflejan la bondad inconmensurable de Abbá Padre de Jesús cuando se vuelven servidores de sus hermanos, cuando se hacen los últimos para que otros puedan dar un paso adelante.
 
Ésa es la cátedra auténtica, cátedra del alivio y la liberación, cátedra de humildes servidores y señaleros de la esperanza, cátedra de la diaconía que nos enseña -a menudo desde el silencio- que nadie es mayor que nadie, que hay un sólo Maestro y que todos somos hermanos.

Paz y Bien


Corazones íntegros y sin dobleces podrán descubrir la Salvación en Cristo















San Bartolomé, apóstol

Para el día de hoy (24/08/18):

 
Evangelio según San Juan 1, 45-51






A veces, la sencillez y la simplicidad nos hacen recordar y recuperar la frescura de la Buena Noticia. Y si por un momento nos detenemos a mirar y ver desde esa perspectiva, Jesús de Nazareth siempre nos está invitando a una vida nueva, sin condiciones previas.
Él ha convocado a Felipe de un modo inequívoco, porque siempre es Dios el que nos busca, es Dios quien tiene todas las primacías y todas las iniciativas.

Felipe se ha conmovido por el llamado, y no quiere guardarse ese asombro para sí, una fuerza imperiosa lo moviliza a compartir ese tesoro insospechado.
Quizás esta sea la clave de la evangelización y el apostolado, el descubrirnos llamados y buscados, y salir a compartirlo con los demás. En el corazón de Felipe arde la misma brasa que en los corazones de los peregrinos de Emaús.
 
Esa fuerza increíble no se detiene en disquisiciones estériles ni en casuísticas ni en exégesis: es una experiencia vital profunda que ha de expandirse en el compartir con los hermanos. Por eso Felipe, ante las razonables dudas de Natanael/Bartolomé, redobla la invitación.

La lógica indica que nada bueno puede salir de la ignota Nazareth, y así será siempre con las cosas del Reino, que tiene que ver con lo inesperado, con lo insospechado, con lo asombroso.
 
No se trata tanto de lugares físicos, sino más bien de espacios cordiales.
 
-Ven y verás- invita Felipe, y es una puerta abierta para animarse a más, porque hay más, siempre hay más.

Así los corazones íntegros y sin dobleces podrán descubrir la Salvación en ese Jesús que permanentemente invita, corazones capaces de dejar atrás preconceptos, corazones capaces de ser felices, de asombrarse, de atreverse y de reconocerse buscados e invitados por Aquél que sólo quiere la plenitud para todos sin excepción.

Paz y Bien

La Mesa del Señor está tendida y se ofrece luminosa, como un faro entre tantas tinieblas, a todos los pueblos













Para el día de hoy (23/08/18):  

Evangelio según San Mateo  22, 1-14








En la cultura del tiempo en que surge el ministerio de Jesús de Nazareth, cuando una familia celebraba la boda de su hijo mayor se carneaban los mejores animales y se preparaban a las brasas con cuidado especial; se llenaban las tinajas con el mejor vino y se tendían las mesas para esos festejos que duraban varios días. El dueño de casa solía cursar dos invitaciones, una previa que preparaba a los invitados para una fecha determinada, y la otra para avisar que ya estaba lista la cena, que no hubiera demoras.
La dos llamadas implicaban, en cierto modo, la delicadeza y el gesto de atención del dueño de casa para con los invitados, pero también y especialmente frente a la segunda invitación, no había modo de excusarse.
Pero también la ausencia y las excusas engloban una descortesía rayana en el insulto y en el desprecio a esa invitación a celebrar la vida que se prolonga en el hijo.

A pesar de los que desertan, lo importante es la fiesta ofrecida. Mucho más que la costumbre usual, el Dueño no realiza dos invitaciones sino tres, algo impensado, asombroso. Aunque los invitados originales no participen, serán partícipes con pleno derecho y plenos honores muchos que estaban a la vera de los caminos, en todas las encrucijadas de la vida, quizás aquellos que nadie en su sano juicio invitaría.

La fiesta de bodas -fiesta de la vida, fiesta del amor- es un ofrecimiento infinitamente generoso del Dueño que realiza por el Hijo, y que quiere que muchos, tantos como quieran, participen en esa alegría.

Era costumbre también que el dueño de casa proveyera de ropajes a los asistentes, toda vez que a menudo sufrían los embates de los caminos polvorientos. El vestido significaba ser parte de la familia, la identidad de huésped de honor, y no ponerse el traje ofrecido es una injuria intolerable, cuyo mensaje supone creerse uno mismo más importante que la celebración.

La Mesa del Señor está tendida y se ofrece luminosa, como un faro entre tantas tinieblas, a todos los pueblos, especialmente a los que tantos otros nunca invitan a nada, los que no suelen tener motivos para el festejo.
Para la mesa del Señor es menester ponerse vestidos acorde a la ocasión, revestirse de justicia como parte de la familia y en honor y homenaje al generoso Dueño que nos invita a pura bondad.

Paz y Bien

Ruega por nosotros, Reina del cielo, para que tu ternura gobierne nuestros corazones














Santa María, Reina

Para el día de hoy (22/08/18):  

Evangelio según San Lucas 1, 26-38 








A veces por afanes afectuosos, a veces por demasiada carga mundana en nuestra religiosidad, hemos sobrecargado las imágenes de la Madre de Dios con coronas, joyas y lujosos vestidos. Nada más alejado de la muchachita judía nazarena que se deja transformar por la Gracia, que con su Sí inaugura un nuevo tiempo, el tiempo de los humildes y los pequeños, que por descubrirse mínima, esclava del Señor, es la más feliz de entre todos los vivientes.

El Reino del Hijo no es de este mundo, y el reinado de la Madre tampoco, pues no refiere al orden natural sino al sobrenatural, ámbito de la Gracia.

Realeza gloriosa, realeza maternal, realeza mediadora, realeza de todas las esperanzas.

Realeza gloriosa como esclava del Señor, la que se descubre la más pequeña de todas y por ello mismo es la más grande por el amor de Dios que engrandece su alma, el Dios que enaltece a los humilde, que rechaza a los soberbios, que derriba a los poderosos de sus tronos.

Realeza maternal, Teothokos, Madre de Dios, Madre del Salvador y también madre de todos los creyentes desde la cruz y la compañía. Por compañera de dolores, por solidaridad de cruces y pesares, madre de todos los vivientes.

Realeza mediadora, la que busca que nunca se nos acabe el vino de la fiesta, la copa de la vida, Madre en plegaria perpetua de corazón inmenso, un corazón que contiene, cálido, a todos los hijos. Donde está la Madre, está y descubrimos al Hijo.

Realeza de todas las esperanzas. Las primacías del cielo hacia donde es elevada, fueron vividas en la cotidianeidad por María de Nazareth, y esa plenitud es signo de esperanza para toda la Iglesia, destino de salvación, de alegría definitiva para el pueblo de Dios.

Ruega por nosotros, Santa Madre de Dios, para que seamos dignos, fieles, tenaces en el servicio, firmes en la esperanza, felizmente obstinados en el amor, genuinos en la justicia.
Ruega por nosotros, Reina del cielo, para que el Reino sea aquí y ahora, para que tu ternura gobierne nuestros corazones.

Paz y Bien

Iglesia pobre, signo cierto del amor de Dios















Para el día de hoy (21/08/18):  

Evangelio según San Mateo 19, 23-30







Es preciso situarnos en el contexto evangélico de la lectura que nos ofrece la liturgia del día: el texto se sitúa inmediatamente después del encuentro del Maestro con el joven rico, por lo cual en el ambiente flota la discusión -y la enseñanza- acerca de los peligros de las riquezas.

La expresión que engloba a un camello y al ojo de la aguja es de tipo proverbial, seguramente conocido en esa época, y  refiere al carácter imposible de lo que se trata de explicar. Es menester tener en cuenta que aquí, Reino de los Cielos no remite a lo postrero, al ingreso celestial post mortem sino más bien a la comunidad eclesial, la familia que se reúne por vínculos cordiales alrededor de Cristo.
Ello divide las aguas. Difíclmente quien rinda su corazón a las riquezas tenga espacio en su alma para Dios y para el hermano, y así, la pertenencia de un rico en la comunidad cristiana sólo es superficial, no es real pues no hay comunión. No se puede servir a dos señores, a Dios o al Dinero, y en el altar de ese falso dios acontecen sacrificios humanos, pues en aras del dinero se sacrifica al prójimo, se argumentan las iniquidades, se justifica el hambre de tantos. Dios nos libre de los razonadores de miserias.

-Y muchos aún critican, desde ciertas cómodas posturas fratricidas, el ansia del Santo Padre cuando suplica una Iglesia pobre para los pobres...-

Una Iglesia pobre es una Iglesia que abandona pretensiones materialistas, el perverso encanto de las cosas y el poder y sólo confía en la providencia de Dios. Como oraba San Pío de Pietrelcina, el pasado a la misericordia de Dios, el presente a su amor, el futuro a su providencia. 

Una Iglesia pobre es una Iglesia que se despoja de todo lo vano y se enriquece en la caridad, en el servicio, en hacerse última con los que no cuentan, con los olvidados, con los descartados en todas las periferias de la existencia, que carga la cruz con humilde tenacidad, que sólo se afirma en el amor de Dios y en la misericordia que encarna como señal de auxilio para el pueblo, signo cierto del amor de Dios en estos arrabales oscuros.

Con Pedro, claro está, descubrimos que a menudo, a pesar de no tener demasiado, portamos cosas que no abandonamos, el duro gravamen de nuestras miserias. Y desde allí, en un plano de recíproca justicia humana, no tenemos remedio ni salvación. El peso de las culpas nos hunde, y en esa proporcionalidad justo sería que casi nadie de salve.
Pero la Salvación es don infinito del corazón sagrado de Dios, y su justicia es la misericordia que no admite los no se puede.

Y allí, con todo y a pesar de todo, nos descubriremos pobres camellos felices capaces, de la mano de Cristo, de pasar por todos los camellos de aguja que este mundo interpone, y hacer que pasen todos los hermanos caídos a la vera de la esperanza.

Paz y Bien

La Salvación, don infinito del amor de Dios










Para el día de hoy (20/08/18):  

Evangelio según San Mateo 19, 16-22







Ante todo, es importante tener en consideración la honestidad del joven que se acerca a Jesús; más allá de cualquier conclusión, se acerca a ese rabbí nazareno, caminante, sin intenciones ocultas y con el corazón en la mano. Tal cual es, sin disfraces ni máscaras de hipocresía.

Como es usual y hasta razonable, divide las cuestiones de esta vida y de la postrera: las del más acá las tiene firmes y aseguradas, es respetuoso y cumplidor de la Ley y los preceptos, carece de apuros de ninguna índole pues sus bienes lo acorazan. La del más allá lo preocupa, pues no es tan tangible como la actual, la cotidiana. Por eso es que interpela al Maestro para que Él le explique qué debe hacer para conseguir o poseer la vida eterna.
Pero contrariamente a cualquier reproche o invectiva magistral esperada, el Maestro le responde y enseña desde la misma Ley, pero una Ley que cobra sentido en la persona del propio Cristo. Así, la pregunta que le hace acerca de su cumplimiento de los mandamientos entraña una afirmación y una enseñanza.

La confusión del joven era comprensible: la Ley prescribía la observancia de 613 mitzvot o preceptos, 248 de carácter positivo y 365 de carácter negativo, 248 por los huesos del cuerpo humano, 365 por los días del año, simbolizando la totalidad de la existencia, tiempo y materia. La ortodoxia imperante obligaba bajo gravosos apercibimientos de penas exclusivas a la estricta observancia de todos y cada uno de los preceptos, y así la Ley, de instrumento y bendición de liberación, se convertía en yugo intolerable y opresivo. Muchos rabinos a su vez se embarcaban en profusos análisis exegéticos y casuísticas interminables con el fin de señalar los mandamientos o preceptos principales, de allí que el joven quiera que el Señor le diga cuales son los mandamientos a observar.

Respetar la vida, propia y de los demás, respetar el cuerpo, honrar a la esposa, venerar a los padres, no apropiarse jamás de lo ajeno, permanecer fiel a la verdad, amar al prójimo como a uno mismo.

No es casual ni caprichosa la elección. Todos ellos refieren a la ética, es decir, al modo de ser en el mundo y para con los demás: si consideramos esa ética enraizada en mandato divino, esa ética además de ser  trascendente implica que el cielo no está tan lejos, que la eternidad comienza aquí y ahora.
Que asombrosamente Dios ha hecho comunión con el hombre, y que los mandamientos no sólo especifican permisos y prohibiciones, sino el modo de vincularnos con los demás porque en el otro está el mismo Dios.

El joven ha cumplido con las prescripciones. No ha fallado en ninguna de ellas, y sin embargo intuye que eso no es todo, que algo más le falta, y la respuesta del Maestro es demoledora, absoluta: la perfección -para ese joven y para todos los creyentes- radica en vender todo lo propio, ofrendárselo a los pobres para atesorar lo que verdaderamente permanece, la caridad. Luego, seguir los pasos de Cristo.

La tristeza que expresa el joven frente al reclamo final no es solamente de índole material. Todo encuentra su razón el el co-razón.
El seguimiento de Cristo implica una radicalidad que no es sencilla ni fácil, toda vez que implica vaciarse de todo, abandonar cosas y seguridades y largarse a los caminos sólo confiando en la inmensidad de la misericordia de Dios.

Es morir, y morir con ganas a todo egoísmo, para vivir plenos, viviendo por y para los otros, sin condicionamientos ni restricciones. Por ello no nos volvemos apólogos de la muerte, sino que reivindicamos que una vida plena, la de Dios, es posible.

Pero por sobre todo, que cielo y Salvación no se consiguen ni se adquieren, aún cuando se traten de vidas en apariencia piadosamente virtuosas. La Salvación es don infinito del amor de Dios, y tratamos de vivir de acuerdo y en correspondencia a ese amor que nos transforma.

La buena vida es la vida a la luz de la Gracia.

Paz y Bien

Eucaristía, mesa fraterna de gratitud y alegría de Cristo vivo y presente en medio de su pueblo
















20º Domingo durante el año

Para el día de hoy (19/08/18):  

Evangelio según San Juan 6, 51-59








Ellos murmuraban y discutían entre sí acerca de las cosas que decía y enseñaba Jesús de Nazareth.
El murmurar no es un hablar en bajo volumen para no molestar o interferir: el murmurar, como aquí sucede, implica dar la espalda y esconderse para denostar e injuriar a otro, sin darle la posibilidad de defenderse, la infamia de no decir lo que se piensa -por duro que sea- de frente, mirando a los ojos.

Es importante destacar una cuestión perentoria: cuando los Evangelistas hablan de los judíos se refieren puntualmente a los dirigentes y notables religiosos de la época del ministerio del Maestro, es decir, a la ortodoxia oficial representada principalmente por escribas y fariseos. Cualquier otra suposición, que carecerá de sustento teológico, nos desliza irremisiblemente al pantanoso terreno de un antisemitismo grotesco y peligrosamente ridículo, que además, expresa todo lo opuesto a la Buena Noticia.

Esos hombres que murmuraban estaban presos de sus propios esquemas, encerrados en una tautología infernal de la literalidad y la superficialidad, y su mundo era la exactitud del dogma, sus corazones pétreos en donde Dios no hallaba lugar. Ese Dios, para ellos, era el Todopoderoso distante e inaccesible, entendiéndose el poder como la fuerza descomunal que se impone.
Tampoco puede descartarse cierto desprecio latente: el nazareno era un rabbí sin hogar, pobre y caminante, sin pergaminos que exhibir y con una voz tan fresca y nueva que, además, no pedía autorización.

En esos andariveles estrechos de la literalidad, se ofenden y se escandalizan. Según la Ley, el pan debe comerse con sumo cuidado, con una puntillosidad estricta, y los rigores dietéticos prohíben taxativamente ingerir alimentos en los que la sangre esté presente. Ello es anatema y los asquea.
Porque tampoco son capaces de concebir a un Dios que se acerque así al hombre, que se brinde sin reservas, que se entregue por entero, que haga comunión con la existencia humana fecundándola de eternidad sin méritos previos, a pura generosidad.

El cuerpo es comida, la existencia misma de Cristo que es el pan que sacia el hambre raigal de todo hombre y de toda mujer, la vida sin final.
La sangre es la savia, vital, decisiva, que ratificará esa comunión amorosa de Dios en la ofrenda extrema de la cruz, vida entregada por Cristo como un marginal, como un criminal abyecto en el horror del cadalso para que no haya más crucificados. Grito manso que vuelve a decirnos ahora mismo que no todo tiene precio, que hay cosas que no se compran, y que lo verdaderamente valioso no es lo que se acumula o acopia sino lo que se ofrece generosamente y sin condiciones, la propia vida por pequeña y mínima que parezca, vida que se expande y multiplica como ese pan y esos peces en una tarde de hambre y enseñanza compartidas.

Cristo se nos dá para que nosotros nos hagamos pan para el hermano.
 
Y quiera el Espíritu que la Eucaristía no sea sólo un rito, sino una mesa fraterna de gratitud y alegría, de Cristo vivo y presente en medio de su pueblo, de escándalo creciente porque se ama, y se ama en serio, con ganas, sin reservas.

Paz y Bien

Un niño tiene la ternura de Dios consigo como un amanecer perpetuo















Para el día de hoy (18/08/18):  

 
Evangelio según San Mateo 19, 13-15






En la Palestina del siglo I los niños era minusvalorados religiosamente, no tenían derechos legales y, en la concepción antropológica de ese tiempo eran considerados como pequeños hombres incompletos y, por lo tanto, deficientes. Por ello eran en todo dependiente de sus padres y carecían de cualquier tipo de enseñanza, especialmente de la religiosa: en esa mentalidad, enseñar la Torah, la Ley de Moisés a los niños era un dispendio inútil de tiempo para algunos, y para otros más extremistas, una afrenta a las tradiciones.

Así entonces un niño -algo, no alguien, varios escalones por debajo de los varones adultos- debía cernirse a la obediencia debida en el hogar y no mucho más. Por fuera de ello, se suscitaba una molestia, una grosería y hasta una significativa contravención.

Al Maestro no le importaba en lo más mínimo el qué dirán, pues ante todo estaba su misión y su fidelidad al proyecto eterno de su Padre. Pero ese desapego raigal a las tradiciones establecidas era considerada por sus coetáneos como una insolencia a menudo intolerable. Por ello al principio traían a su presencia a niños enfermos para que los curase; y a medida que las gentes lo iban conociendo, sencillamente llevaban a sus hijos para que los bendijera, en un gesto entrañable de bondad y ternura.
Los discípulos no eran ajenos a esa mentalidad dominante, y por ello suponen que la presencia de tantas criaturas junto a Jesús es una molestia mayúscula, y que merece una justipreciada reprensión.

Pero -alabado dea el Espíritu- Jesús de Nazareth no suele comportarse del modo que se espera que actúe. Él no solo permite que se le acerquen los niños, sino más aún, exige que los pequeños estén cerca suyo.
Para todos aquellos que no entendieran -y los que hoy tampoco lo aceptamos- su Dios Abba tiene una abierta preferencia por ellos, está de su lado, está para ellos, y por ellos y para ellos ha abierto las puertas infinitas del Reino.

Un niño es alguien insignificante, que sólo puede esperar el auxilio de sus padres, que está desprotegido, que no puede valerse por sí mismo ni se puede defender por sí solo. Un niño es capaz de un grato asombro. Un niño sabe valorar con alegría los regalos.
Un niño tiene la ternura de Dios consigo como un amanecer perpetuo, y nosotros -torpes y crueles adultos- lo solemos olvidar o, peor todavía, atropellamos su inocencia.

Porque el Reino es de ellos, les pertenece, y es también de los que son como ellos, los pequeños, los pobres, los viejos, los que no cuentan.

Si por un momento nos detuviésemos a darnos cuenta de qué lado esta ese Cristo de todas las bondades, no necesitaríamos demasiadas elucubraciones ni justificaciones banales. Allí debemos estar, hacernos iguales, compañeros, hermanitos menores para mayor gloria y alabanza de Dios.

Paz y Bien

Amor y Gracia, la superación de todos los reglamentos













Para el día de hoy (17/08/18):  

Evangelio según San Mateo 19, 3-12








En la lectura que nos brinda la liturgia del día, es menester considerar ante todo que la intención de los fariseos es falaz; no buscan la verdad, sólo tratan de articular una trampa dialéctica que encierre al Maestro, de tal modo que sea cual fuere su respuesta, éste quede en una mala posición frente al pueblo y a las autoridades.
Porque en realidad no hay un cuestionamiento de esos hombres acerca de la legitimidad del divorcio, pues ya en esa época se consideraba válida la ruptura del vínculo marital en base a la ley de Moisés.
Sin embargo, podemos realizar algunas distinciones sencillas a partir de las afirmaciones de esos hombres.
Ante todo, destaca la postura favorable al varón por sobre la mujer, la prevalencia de derechos: se le pregunta al Maestro si les lícito al varón divorciarse por cualquier motivo, es decir, que no se consideraba en cualquier motivo el derecho de la mujer.
Por otra parte, se acentúa -en esa línea de razonamientos- la justificación por cualquier motivo, aún por el más insignifcante, y al respecto, diferentes escuelas rabínicas argumentaban proclives a alguno de varios criterios.

Desde allí, sea cual fuera la respuesta de Jesús de Nazareth podría acarrearle el rótulo de estricto moralista que castiga a las mujeres o, en su defecto, de laxo moral sin remedio.

Pero en realidad, el problema de fondo es otro, y es el del olvido del Creador que ordena y bendice desde el amor. La ley es posterior, y si bien es importante, tiene un carácter instrumental, que no definitivo y teleológico. La ley es medio y no fin en sí misma, y precisamente de ello hablaba el Maestro cuando afirmaba que el Sábado es para el hombre, y no a la inversa.

Es preciso abandonar ciertas posturas oscilantes. Del legalismo acérrimo al relativismo superabundante. Perimitir a Dios ser Dios, reinar en nuestras vidas, en nuestros corazones. Hemos sido creados para el amor, para crecer juntos, para que una vida nueva florezca cuando se conjugan dos existencias, y por ello el matrimonio es indisoluble, porque el amor de Dios no se pierde ni puede romperse.

Los reglamentos cuando pierden corazón, oprimen y nada tienen que ver con la Buena Noticia, moralina sin bondad que no es ética. El Evangelio nos convoca a descubrir las vocaciones como una asombrosa bendición para cada uno de nosotros.

Paz y Bien

El perdón transforma los vínculos, hace mejor al que perdona y restituye en humanidad al ofensor















Para el día de hoy (16/08/18):  

Evangelio según San Mateo 18, 21-19, 1






El perdón es difícil, doloroso y no es cuestión que se acote, solamente, a conceptos razonados. En esa lógica se ubica Pedro, que a pesar de todo tiene un impulso muy generoso, toda vez que quiere en cierto modo emular -a su modo- la magnanimidad que descubre en su Maestro.
Para los criterios de la época y las enseñanzas rabínicas, tres era el máximo aceptado. Probablemente en la mente del pescador se encuentre la enseñanza del Génesis, la marca de Caín por la cual todo aquel que vengara la muerte de Abel en su homicida debía pagarlo siete veces.

Pero el error de Pedro estriba, precisamente, en suponer que el perdón pueda cuantificarse. El registro detallado del perdón tiene cierta similitud con los registros de algunas corporaciones bancarias que se llevan para perpetuar hasta límites absurdos -y crueles- el pago legal de deudas, intereses sobre interés, la usura deificada y tolerada.
Nada de eso. La paciente respuesta de Cristo trata de que Pedro y todos nosotros ingresemos en otro plano, la dinámica de la Gracia, la santa aritmética de la Salvación.

Por ello la parábola. Diez mil talentos es una suma exorbitante, descomunal, impensada -como, quizás, la deuda nacional de un país quebrado-, aproximadamente 125 toneladas de oro. En comparación, cien denarios pueden ser una suma importante y significativa para los pobres o asalariados, pero cuya diferencia fundamental es que puede pagarse.
Lo verdaderamente grave es que el servidor deudor de los diez mil talentos, habiendo recibido un perdón, una misericordia que en verdad no merece, se muestra incapaz de ejercerla en referencia a un par suyo, otro empleado cuya deuda, comparada, es prácticamente insignificante.

Aún así, es menester diferenciar dos ámbitos que pueden a menudo coincidir pero que no van juntos necesariamente, el de la justicia humana y el de la justicia divina que es la misericordia.

La capacidad del perdón debería ser el distingo familiar de los hijos respecto del Padre, de todos nosotros expresando en lo cotidiano que hemos sido perdonados, elegidos con infinita misericordia aunque todo diga que nó, que es una locura, que es imposible.
El perdón transforma los vínculos, pues cierra las heridas, hace mejor al que perdona y restituye en humanidad al ofensor. Quizás el perdón signifique también, a pesar de ofensas y dolores, volver a reconocer al otro como hermano, siempre en esa misma santa ilógica y reciprocidad de un Dios que es Padre y que nos ama sin descanso ni condiciones.

Paz y Bien



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