Uno por todos, por vos, por mí, por tí, por nosotros














Para el día de hoy (24/03/18):  
 
Evangelio según San Juan 11, 45-57






En la pequeña Betania, a tres kilómetros de Jerusalem, Jesús había regresado a la vida a su amigo Lázaro, quien había muerto por una grave enfermedad. Muchos de los que estaban allí, en ese hogar que Jesús amaba -casa de Lázaro, de María y de Marta- al ver su profunda emoción y el signo de Lázaro redivivo, creyeron en el Maestro, aún cuando hasta ese momento lo ignoraran con fervor.
El pueblo que creía en este Cristo aumentaba a cada instante, pero aún así varios de esos testigos se encaminaron con presteza hacia donde se encontraban los principales fariseos para relatarles los hechos que habían presenciado.

A pesar de la patente evidencia que aconteció ante sus mismos ojos, esos hombres estaban compelidos a someter a las autoridades religiosas las acciones de Cristo para su escrutinio. Cuando los prejuicios y los esquemas mentales rígidos sobrepasan las cuestiones cordiales, poco espacio queda para la verdad, y como presuponen que se juegan algo muy grande, prefieren trasladar sus inquietudes a quienes verdaderamente detentan la autoridad mayor.

Al enterarse, se desata el pánico, y se forma una impensada alianza entre los rígidos fariseos y los acomodaticios saduceos que, por lo general, se reservaban para sí las máximas jerarquías del Templo -los sumos sacerdotes-. El miedo es capaz de anudar telarañas muy extrañas e intrincadas.
Tales son los fuegos que se encienden, que hasta convocan abruptamente al Sanedrín, consejo supremo de la nación judía que dictaminaba acerca de cuestiones religiosas y civiles también, pues el peligro que infieren es gravísimo: si el rabbí galileo sigue convocando alrededor de sí corazones y voluntades del pueblo -confianza y fé- las gentes iban a dejar de doblegarse a los dictámenes de ellos mismos, y sin dudas ello sería visto por la potencia ocupante romana como un hecho incoercible de subversión.
Esa rebelión incipiente Roma la trataría de una sola manera, aplastándola mediante la fuerza bruta de sus legiones. Así entonces, el Templo quedaría derrumbado, el centro de Israel disperso y la misma nación en peligro, y, sobre todo, ellos mismos perderían todo su poder e influencia.

Ésa es la causa primordial por la cual deciden matarle, y matarle cuanto antes.
Y se conjugan dos libertades: el libre albedrío de esos dirigentes inescrupulosos, que se suponen capaces de disponer de la vida de otros a su antojo porque lo entienden amenaza, y la libertad absoluta de Cristo, que pudiendo escapar se mantiene firme e íntegro porque ante todo cuenta el proyecto de su Padre, aún cuando la sombra de la muerte vaya inundando todos los resquicios.

Para sus propios enemigos mortales la presencia de Jesús tiene una índole comunitaria que deben extirpar. Y es Caifás -sumo sacerdote en ese momento- quien sin saberlo pero merced a su sacerdocio lo define con pasmosa exactitud: conviene que muera un sólo hombre por el pueblo, afirmación cruel de un fin que justifique cualquier medio pero también profecía.

Ese Cristo morirá por todos, por los discípulos, por los que han creído en Él, pero también por los que le odian, los que ansían su muerte, los que lo desprecian y condenan.
Cristo muere para que el pueblo viva, y viva en plenitud y libertad. Uno por todos, por vos, por mí, por tí, por nosotros, para que no haya más crucificados, para reafirmar de una vez y para siempre esa vida que es Dios mismo.

Paz y Bien

Un Mesías humilde y servidor, un Dios cercano











Para el día de hoy (23/03/18):  

Evangelio según San Juan 10, 31-42







El ambiente estaba cada vez más enrarecido, tenebroso, violento; en cierto modo, la Pasión de Jesús comienza muchos días antes que el santo memorial que realizamos en la Semana Santa.
Porque al Maestro lo insultaban, lo despreciaban sin motivo, lo rechazaban violentamente y buscaban su muerte de un modo constante, como un tumor social y religioso a ser extirpado por su peligrosidad, y tal vez nos estemos adeudando una profunda reflexión acerca de la soledad y el dolor que golpeaban sin misericordia su Sagrado Corazón.

Están enfurecidos, pero no dejan de ser hombres profundamente religiosos, y ello es síntoma de que a veces las prácticas piadosas -cuando no transforman corazones ni trascienden hacia Dios- se vuelven literales en su interpretación de las Escrituras y por ello, duramente fundamentalistas. No son tradicionalistas que buscan salvaguardar la historia y la religión de su pueblo, a veces con fervor desmedido: son hombres que se creen justificados para ejercer violencia en nombre de Dios, y que se creen única voz autorizada -la ortodoxia pura- con la autenticación divina que los habilita a execrar de cualquier modo a quien piense o actúe de un modo distinto al que ellos permiten o toleran.

Aquí, el intento de homicidio del rabbí galileo quebranta ciertas normas, que en la jornada del Viernes Santo retomarán: la ley de Moisés tenía prevista la pena de muerte por lapidación para el blasfemo. Pero Israel era, desde varios siglos atrás, una provincia más del imperio romano, y toda condena a muerte había de ser, invariablemente, convalidada por la autoridad romana. En este caso, tal es su furia que lo que cuenta es que opere la muerte.
Porque se han encendido de furia no por todo lo que Jesús ha hecho, por las almas cautivas liberadas, por los enfermos sanados, sino por la intrínseca identidad entre Dios y Jesús. Ellos lo han comprendido perfectamente en sus razones, pero no lo toleran en las honduras de sus corazones.

No hay espacio para ese Cristo, Mesías humilde y servidor que tantas verdades les dice, verdades que sin lugar a dudas les van haciendo mella. Ellos sólo ven a un hombre, tan sólo a un hombre, y sin darse cuenta así lo honran. Nadie hubiera podido hacer lo que Él ha hecho sin la intervención misma de Dios.

Es un galileo -un hombre pobre de tonada campesina- que no ha de rendirles honores que ansían, que se arroga la pretensión de ser Dios, y de exigir una vida distinta y plena, un Dios que no es esconde, un Dios cercano, un Dios Padre y Madre.

En ese hombre creemos, y por ese hombre viviremos para siempre, nuestro hermano y nuestro Dios y Señor.

Paz y Bien

Reconocernos en el otro, encontrarnos en Cristo












Para el día de hoy (22/03/18) 

Evangelio según San Juan 8, 51-59






Para la nación judía, su credencial más valiosa era el saberse hijos de Abraham, descendientes del viejo pastor que les legó la fé y una distante pero certera promesa de tierra y salvación. Aún Moisés, con su liderazgo y con las tablas de la Ley no tiene tanta influencia en la conciencia del pueblo y en el inconsciente colectivo como la de ese hombre del desierto pleno de confianza en Dios, de esperanza con todo y a pesar de todo, de horizonte infinito.

Así, ningún varón judío se arrogaría siquiera el derecho de considerarse por encima o mejor que Abraham. Y mucho menos iban a tolerar, especialmente los hombres de esa nación más instruidos en las cuestiones religiosas, que un joven y pobre campesino galileo les viniera a hablar de Dios y de que el patriarca hablaba de Él mismo cuando su mirada de fé atravesaba los siglos.

Ellos se sumergían en las aguas turbias del enojo y la furia, pues el rabbí los desestabilizaba: ellos leían las Escrituras de un modo literal -causa de todos los fundamentalismos-, y los prejuicios que ostentaban les impedían salir de los rígidos esquemas que les aprisionaban los corazones.
Porque cuando la lectura abandona la literalidad y se asume como Palabra de Vida y Palabra Viva, las cosas cambian de raíz. Toda la historia y todo el universo adquieren verdadero sentido en ese Cristo humilde y cósmico a la vez, resumen perfecto de Dios y humanidad.
Los profetas siempre son hombres de miradas lejanas y profundas, que van más allá de lo evidente, y el largo peregrinar de una humanidad y un pueblo a oscuras comienza a disiparse con la Encarnación del Señor.

Esta postura no nos es para nada desconocida. Es muy difícil el reconocimiento del otro en su alteridad, tal como es; implica despojarse de preconceptos, de las anteojeras de los prejuicios, de aceptar al otro como un hermano, de revestirse de paciencia que es, precisamente, la ciencia de la paz.
Cuando esto se vulnera, comienzan los problemas, de lo particular a lo general, de lo familiar a los estados. El vecino que no saludo, el pariente que pasa inadvertido, el disenso considerado como una amenaza a aplastar con violencia, el rechazo a los que son distintos por ideas, religión u orígenes.

Quizás la Cuaresma implique volver a reconocer a ese Cristo que nos rescata de todas las muertes cotidianas, porque en Él la vida prevalece.
Y guardar su Palabra comience por conocer y reconocer al hermano, en el milagro de una existencia compartida, en la bendición de poder crecer juntos aún cuando en apariencia sean mayores las cosas que nos diferencian que las que nos hacen coincidir.

Volver a Dios y volver al hermano es la ofrenda infinita que nos hace el Dios de la Vida en este tiempo de reencuentros.

Paz y Bien

La libertad de los hijos de Dios











Para el día de hoy (21/03/18):  

Evangelio según San Juan 8, 31-42








El Evangelista San Juan, a través de la liturgia de estos últimos días, nos vá acercando paulatinamente al centro del misterio que rodea y envuelva a la persona de Jesús, como centro y razón de toda la historia y hacia donde convergen y cobran sentido pleno todos los caminos humanos y el mismo cosmos.

Por eso el Maestro se dirige desde esa revelación a los judíos que le escuchaban y que creían en Él, pues los auténticos discípulos vivirán la verdad en plenitud, y por esa verdad serán plenamente libres.
No se trata de la adhesión a un concepto, ni la defensa ad nauseam de una pertenencia: la liberación plena surge de Alguien antes que de algo, de una persona antes que de una idea, de vivir como Jesús de Nazareth, de amar como Jesús de Nazareth, de orar como Jesús de Nazareth, de seguir con toda confianza a Jesús de Nazareth.

Es claro que muchos de esos hombres a los que Él se dirigía -que buscaban suprimirlo, humillarlo, matarlo- estaban más que orgullosos de sus raíces nacionales y religiosas: se reivindicaban como hijos de Abraham por la sangre heredada, y como tales no serían pasibles de soportar ninguna esclavitud.
Una simple mirada de los hechos históricos derribaba esas afirmaciones: esos pretensos herederos de Abraham eran apenas unos súbditos más entre los millones que poseía el César romano.

Más esa no es la cuestión: la libertad no es cuestión de credenciales, sino más bien de ética, es decir, de cómo se vive, de cómo se actúa en el mundo.
Las mujeres y los hombres verdaderamente libres actúan y obran como hijas e hijos de Dios, hermanos de ese Cristo libérrimo que transparenta absolutamente la eternidad de Dios, porque la identidad es total, de tal modo que Dios es Jesús y Jesús es Dios.

Como hijas e hijos seremos libres de toda cautividad, y esa es la verdad definitiva y definitoria, don y misterio de bondad asombrosa y de amor entrañable, don que ni la cruz más horrorosa puede torcer.

Paz y Bien

La cruz, señal del amor mayor













Para el día de hoy (20/03/18):  
 
Evangelio según San Juan 8, 21-30







Como si no fueran suficientes los rótulos que ya le habían endilgado -loco, trastornado, comilón, borracho, amigo de indeseables, blasfemo, demoníaco- ahora esos hombres muy religiosos, los fariseos, presuponen que este rabbí galileo se está por convertir en un suicida.

Él, abiertamente y en un lenguaje teológico que sin dudas comprenden, les revela su identidad y misión: el Yo Soy es indiscutible, el Yo Soy es el Dios de Israel irrumpiendo en la historia con fuerza salvadora de liberación, el que es y el que está.

Aún así, continuarán inmersos en su oscuridad, pues se niegan a salir al sol de la fé. Cristo permanentemente tiene por horizonte el amor de su Padre y la compasión para con sus hermanos, y su corazón está poblado de miríadas de corazones, millones de almas de toda la historia humana en donde encuentra hijas e hijos, hermanas y hermanos.
Ellos, en cambio, tienen el techo bajo de sus esquemas mezquinos, de sus egos inflados, de su soberbia militante, y se han vuelto incapaces de ver más allá de sí mismos. Este Cristo no tiene ni tendrá nada que ver con el Mesías del que ellos han determinado previamente su carácter, su estilo, su gloria y sus acciones. Así se vuelven esclavos perpetuos de sus criterios, dóciles a sus propios pecados, y por ello la cruz -para ellos- será escarnio, escándalo y locura.

Para Jesús y para los suyos, el horror de la Pasión será -en la ilógica del Reino- señal cierta del amor mayor, y ese Cristo elevado entre los dos maderos de la cruz se convertirá en señal de auxilio para todas las gentes en todos los tiempos, para que nadie más sea crucificado, para que con todo y a pesar de todo florezca la esperanza.

Porque la cruz ratifica con sangre al Emmanuel, Dios con nosotros.

Paz y Bien

Los sueños de José de Nazareth











San José, esposo de Santa María Virgen

Para el día de hoy (19/03/18) 

Evangelio según San Mateo 1, 16. 18-21. 24






...Jacob fué el padre de José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, que es llamado Cristo...

El primer enunciado de la perícopa nos introduce en una cuestión fundamental: José desciende en línea directa del rey David. El propio Evangelista Mateo comienza su Evangelio con una minuciosa genealogía que reafirma esta línea, trazo espiritual y a la vez trazo real.

Pero no tenemos frente a nosotros a un príncipe de augusto linaje, sino a un humilde carpintero judío, judío hasta los huesos, fiel a las tradiciones de su pueblo y de sus mayores, que vive en una periferia polvorienta que no aparece en los mapas. Nazareth es aquel sitio en donde espejan todos los lugares desde donde nada puede esperarse.

Es un tiempo nuevo, extraño, asombroso. El Dios del universo transforma la historia desde hombres y mujeres pequeños, sencillos y a menudo invisibles para un mundo que ama lo rutilante, el poder, los liderazgos que se imponen por la fuerza.

Ella es una muchachita, casi una niña, una nadie de aldea ignota. Pero ese Dios la ama entrañablemente al igual que ese artesano con el que se ha desposado.

Esposos aún sin convivencia -de acuerdo a las tradiciones mosaicas- María de Nazareth cursa un embarazo incipiente por obra y gracia del Espíritu Santo.

Hagamos un pequeño alto: en aquellos tiempos, las rígidas normas religiosas vigentes implicaban que si se detectaba a un hijo extramatrimonial, la mujer sería pasible de ejecución por lapidación. Solamente desde allí, hay un peligro ominoso para María y para el niño que se crece en su seno.


Sin embargo, iremos por otra vereda distinta a la usual. José de Nazareth no realiza un repudio tácito para protegerla de ese peligro latente. Su justicia pasa por otro lado.
José ama a María. 
Y al advertir que lo que le sucede a su mujer es cosa de Dios, decide apartarse. Allí pasa algo demasiado grande, algo en verdad santo y él se descubre mínimo, ajeno, pequeñísimo frente a ese Dios que comienza a manifestarse tan vívido en el palpitar del bebé santo que está creciendo en María.

No hay dudas en el carpintero respecto de María. Hay confusión y temor respecto de sí mismo, y por ello decide irse sin estridencias, en el silencio frutal que caracteriza toda su luminosa existencia.

En el lenguaje bíblico, los sueños son el ámbito propicio para las revelaciones más profundas del Altísimo. Quizás en parte se deba a que su inmensidad sobrepasa los esquemas mentales comunes, de tan limitados que somos.

José sueña, y en sus sueños recibe un aviso por parte de un Mensajero cordial, grata noticia de parte de Dios.

Nunca, jamás, por ningún motivo y aún en los momentos más oscuros y confusos hay que dejar de soñar. Soñar tiempos mejores, soñar luz en medio de tanta sombra, soñar que la vida vá a prevalecer a pesar de que todo diga lo contrario, soñar remansos de paz frente a tanta violencia que se impone y que suele comenzar a partir de las palabras.

Es un tiempo nuevo, extraño, asombroso, urdimbre santa de Dios y el hombre.

Por José de Nazareth el Mesías nacerá con raíces firmemente arraigadas en su pueblo, descendiente directo del rey David, cumpliendo las antiguas promesas.
Por José de Nazareth, ese bebé será un hombre pobre pero respetable, y nó un bastardo sospechoso sin arraigo.

En esta época de tantas banalidades probablemente lo hayamos olvidado: un nombre define la personalidad y el destino de quien se nombra. Un nombre abre caminos a la historia del hijo que llega siempre como una bendición.
José de Nazareth llamará al niño Jesús, que significa literalmente Dios Salva, destino, misión y luz del Redentor para todas las naciones comenzando desde Israel.

José de Nazareth es más que padre adoptivo o putativo del Hijo de Dios. José de Nazareth será padre legal y padre con todas las letras y con mayúsculas.
A su padre, el Niño que había de nacer lo contemplaría en los afanes diarios del esfuerzo por el sustento, y lo llamaría Abbá, papá, misterio que se nos regala a todos nosotros acerca del rostro bondadoso de un Dios que está muy cerca, Dios de la justicia y la ternura.

José de Nazareth es de esos hombres que siempre sueñan, que protegen la vida, que no rehuyen a su responsabilidad, que se involucran con las cosas de los demás desde el servicio, porque en el otro resplandece el rostro de su Dios. Y cuando llegue el tiempo de la partida, irse sin estridencias, tan humilde y sencillo como toda su existencia, pleno del deber cumplido.

Con José de Nazareth descubrimos a un Dios que nos invita a comprometer nuestras manos y toda la vida en la historia para que esa historia cambie, para que el Reino sea, en la grata y silenciosa afirmación cotidiana de que hay más, siempre hay más, y que Dios está con nosotros, con todo y a pesar de todo y para siempre.

Paz y Bien 






Iglesia, trigal fecundo














Domingo Quinto de Cuaresma

Para el día de hoy (18/03/18) 

Evangelio según San Juan 12, 20-33







Los pequeños detalles nunca deberían pasarse por alto. A veces son decisivos en tanto que signos, señales de cuestiones cruciales, pequeñas huellas de gorrión que desembocan en portentosas rutas.
Así sucedió con el grupo de griegos que, llegados a Jerusalem para celebrar la Pascua, buscan conocer al Maestro, y esto tiene una impactante conclusión: que el ministerio de Jesús de Nazareth tiene una repercusión enorme, impensada, que no se acota solamente a Israel, sino que trasciende con amplitud las fronteras geográficas, religiosas y culturales.

Muy probablemente estos hombres, estos griegos, provengan de la Decápolis, y no de la Grecia continental, y que se trate de prosélitos. Los prosélitos eran los extranjeros conversos a la fé de Israel, que estaban circuncidados y observaban la Ley. Otros, también respetuosos de las costumbres y tradiciones ancestrales judías, tal vez no toleraban las estrechas restricciones de contacto que la fé de Israel -de aquel entonces- les imponía, especialmente en el caso de contacto prohibidos con otros extranjeros. Como fuera, prosélitos u hombres temerosos del Dios de Israel, tenían su propio espacio dentro del Templo de Jerusalem, el Patio de los Gentiles, en donde a veces el Maestro enseñaba.
Que interpelen con su pedido a Felipe es obvio, el apóstol tiene un nombre de origen helénico y su pueblo natal, Betsaida, se encuentra en Galilea, cerca de la Decápolis.

Esos son los hechos, pero hay otros niveles de profundidad, realidad trascendente a la que es posible asomarse por las ventanas que nos abre el ámbito simbólico. Y ello implica aquí la universalidad del Reino, y que -a pesar de aún no haberlo asumido en toda su dimensión-, el Buen Pastor tiene muchas ovejas en muchos rebaños, rebaños que solemos considerar ajenos, o que ni siquiera imaginamos.


La respuesta de Jesús desconcierta, descoloca. Es dable, es justo y es necesario que la presencia de Cristo en nuestras vidas continúe provocando el mismo efecto, de asombro, el desestructurarse, el afirmarse en lo que verdaderamente importa.

Y lo que importa, lo que cuenta, es el amor infinito de Dios.

Cristo es un hombre que se encuentra a las puertas de una muerte horrorosa asumida en entera libertad. Por es libertad y desde ese amor, el horror deviene en ofrenda, en sacrificio, es decir, en hacer sagrado lo que no lo es.

En la cruz, se reafirma el compromiso inquebrantable de Salvación de Dios para con toda la humanidad.
Así la cruz no será signo de muerte, sino faro levantado en lo alto de la noche, para atraer a puerto seguro estas pequeñas barcas que somos, y también la barca frágil de la Iglesia.

El Reino de Dios, que se hace historia, tiempo, cuerpo y humanidad en Jesucristo, empuja la eternidad desde lo pequeño, desde lo que no cuenta, con una tenacidad asombrosa y humilde, sin estridencias pero que no se resigna ni con la muerte, destino santo de pan para todos los pueblos.

Quiera Dios que esta familia que somos y que llamamos Iglesia sea un trigal fecundo, a la luz de Aquél cuya gloria está en amar y en escuchar en fidelidad sin quebrantos al Dios que lo ha enviado.

Paz y Bien

La escucha atenta y sin prejuicios de los profetas












Para el día de hoy (17/03/18):  

Evangelio según San Juan 7, 40-53







Las palabras y acciones de Jesús de Nazareth desataban todo tipo de especulaciones por parte de quienes le escuchaban o simplemente le conocían.
El pueblo raso, la gente sencilla lo identificaba como un gran profeta -algunos el Mesías- depositando en Él, quizás sin darse cuenta, sus ansias profundas, su hambre de redención, de justicia, de liberación.
No estaban de todo equivocados, y es preciso siempre tener puesto el oído atento en lo que el pueblo dice.

Desde otro ángulo, los oficiales romanos lo miraban con creciente desconfianza. En su caso, no se trata de cuestiones religiosas propias de los judíos que someten, sino que este rabbí itinerante concita cada vez más la atención sobre sí, y esa influencia es peligrosa, a un paso de volverse subversiva y amenazante para el poder.

Pero los que no tenían ninguna duda eran los dirigentes religiosos de Israel, sumos sacerdotes y escribas junto a algunos fariseos. Es cierto que argumentaron motivos religiosos para su condena: pero lo que subyacía también era un cierto desprecio social. Él era un campesino -la tonada lo delataba- de un pueblo minúsculo, de la siempre sospechosa Galillea de los gentiles. Así, su origen mismo era condenatorio: nunca nada bueno podría surgir ni provenir de esa Galilea marginal, ni mucho menos de ese campesino sin formación ni pasado verificable, ni ancestros nobles, que habla de una manera muy extraña y peligrosa acerca de Dios.
Ello mplicaba ciertos riesgos patentes para todos aquellos que se decidieran a seguir sus pasos, toda vez que a su vez se volvían pasibles de ser despreciados pero, principalmente, de ser condenados a muerte por blasfemia.

Todos esos prejuicios -extensivos a los amigos y seguidores de Jesús de Nazareth- eran progresivos y elaborados. Los descalificadores encontraban fundamento en las Escrituras para la condena, sin importar si se le brindaba la oportunidad de defenderse, de hacerse oír, del debido proceso.

Pero tal vez lo más importante sea la decisión de ese Dios de que la vida se amanezca allí mismo, en donde menos se la espera. Y no ha sucedido solamente en la Palestina del siglo I, en Galilea, Samaria y Judea.

La vida se nos sigue amaneciendo y ofreciendo hoy, y sigue habienbo entre nosotros voces de profetas que nos despiertan y nos animan al regreso a Dios, profetas en los barrios, entre los trabajadores agobiados, entre los castigados por el desempleo, en las abuelas, desde la mirada magnífica de las amas de casa, en los jóvenes que rompen las corazas de desesperanza que algunos ansían imponerles.

Con el espectro cruel de la cruz tan cerca y a pesar de todo, prevalece la esperanza porque la palabra definitiva es Resurrección.

Paz y Bien 

Cristo, un Mesías incómodo y molesto











Para el día de hoy (16/03/18):  
 
Evangelio según San Juan 7, 1-2. 10. 14. 25-30







Las amenazas de muerte arreciaban sobre el Maestro, muchas espadas de Damocles a la vez. Varias veces trataron de atraparle y ejecutarle más no pudieron, y es un signo más que una imposibilidad: es la ratificación de que Cristo entrega libremente su vida en el momento preciso, y no se somete a los vaivenes del poder i a las oscilaciones del miedo.

La liturgia nos sitúa en Jerusalem para la celebración de Sukkot, la fiesta de los Tabernáculos, fiesta social y religiosa casi tan importante como el Pésaj, fiesta de cosechas y de peregrinación impostergable a la Ciudad Santa y al Templo, memorial del pueblo de Israel en su precario peregrinar por el desierto, al amparo de tiendas confeccionadas con lo poco que se obtenía a su paso.
Ningún judío que se preciara de tal dejaría de cumplir con esta tradición, y Jesús de Nazareth -fiel hijo de su pueblo y de sus mayores- también ha de participar de los festejos solemnes.

Sin embargo, debe ingresar a Jerusalem de manera casi clandestina, en silencio, escondido como un proscrito, como un delincuente.

Pero aún cuando Él no busca el conflicto como un provocador cualquiera no pasa inadvertido. Cristo jamás pasa sin dejar huella.
Y son los jerosolimitanos los que advierten su presencia. Lo que expresan no queda circunscripto a una época histórica específica, sino que perdura a través de los siglos.

Se trata de imponer al Mesías los preconceptos e ideas propias de cada grupo, de cada persona. Actualmente, suele utilizarse -no sin cierta torpeza- la frase imponer agenda; es precisamente pretender que Dios actúe a la manera que uno espera, que se predeterminen las acciones de Dios y los modos en como Él deba presentarse y expresarse.

A todos estos intentos vanos, Cristo se presenta como un Mesías imposible y un profeta incómodo.
Tan imposible como cercano nos revela su Dios, totalmente humano sacralizando la vida, un Dios que es Padre y Madre y ama sin desmayos. Un profeta incómodo que dice verdades, lo que debe decirse y no lo que se espera que diga.

Aún estamos a tiempo de dejarnos sorprender por la Gracia.

Paz y Bien.

Testigos de la luz












Para el día de hoy (15/03/18):  
 
Evangelio según San Juan 5, 31-47







Jesús se encuentra en plena discusión con esos hombres que lo desprecian y condenan por blasfemo, por diabólico y por lo que fuere. Están tan enceguecidos que, haga lo que haga y diga lo que diga han de condenarlo igual.

El problema es que se trata de fanáticos, y los fanáticos no toleran a nada ni a nadie que no pase por el tamiz de sus duros esquemas. En este caso, uno de los peores fanatismos, el fundamentalismo religioso que se vuelve capaz de la violencia más brutal en nombre de Dios.

Esos hombres que cuestionaban con odio encendido al Maestro son muy devotos y piadosos. Sin embargo, esa piedad es errónea y falaz, y es consecuencia en gran parte de una lectura literal de las Escrituras, a las que añaden sus propios preconceptos, los que adquieren un status dogmático de cumplimiento estricto.
Ello deviene en una religión que oprime, que subordina las existencias a las normas y nó a la inversa, que traza una línea divisoria entre unos pocos puntillosos y el resto que bien  puede execrarse con fervoroso desprecio.

Todo ello fué, es y será ajeno a la Buena Noticia de Cristo, pues todo sábado ha de ser para bien del hombre y nó a la inversa, y se trata de que siempre se acreciente el nosotros en fidelidad a ese Dios que es familia.

A pesar de que todo asoma como esfuerzo vano, Jesús insiste con la misma tozudez asombrosa que Dios tiene para con cada uno de nosotros y nuestra carga de miserias y pecados. Nadie -ni uno solo- ha de perderse, y por ello sus ganas de hacerles asomarse a la verdad que es liberación.

No hace apología personal: más bien se refiere a aquellos testimonios que refrendan su vida y su ministerio.

La clave está en sus obras, señales y signos de Dios mismo. Él vive y actúa de tal modo que todo lo que hace lo puede realizar porque lo suyo viene de Dios. No hay demasiada teología, ni biblismo, ni razones religiosas.
Es la evidencia que surge de la existencia misma.

Esas señales persisten, y nos llegan a través de la Madre y de los hermanos de Cristo, de todos aquellos que escuchan la Palabra y la ponen en práctica.
Por eso Cuaresma también es recuperar la capacidad de volver a abrir los ojos asombrados frente a tantos testimonios incuestionables de que Dios está con nosotros, y que jamás nos deja solos y a oscuras.

Paz y Bien

Cristo, nuestra suerte y nuestro destino
















Para el día de hoy (14/03/18):  
 
Evangelio según San Juan 5, 17-30






Insultos. Odio. Una violenta intolerancia.
Todo eso -elevado a la cumbre oscura de la Pasión- es lo que desean y se reservan esos dirigentes de Israel, encendidos de furia contra el Maestro. En una siniestra dualidad, lo que para algunas almas sencillas ha sido un milagro, un signo de Dios -la curación del paralítico a la vera de la piscina de Betzatá- para esos hombres muy religiosos es sinónimo y causa de condena, de excomunión, de blasfemia, de muerte justa, siendo la misma expresión una contradicción en sí misma.

Ya no se andan con vueltas, y arrecian sus ganas de matarlo, de silenciar para siempre su voz, de suprimirle. La cruz está a un paso nomás.

SIn embargo, a pesar de el espeso aire tenebroso, cargado de odio y burbujeante de muerte, es mucho más fuerte el amor y la esperanza que Jesús revela en sus palabras, y quizás precisamente sea ésa una causa más de ese fervor condenatorio.

Porque se identifica plenamente con Dios, con su Dios Abbá, de tal modo que Jesús es Dios y Dios es Jesús.
Y como si no bastara, ratifica que ese Dios se ocupa y preocupa de su pueblo, de todos los pueblos, constantemente, sin desmayos nio descansos.

Sorprendentemente, es un Dios que es Padre y que ama con amor entrañable de Madre que se des-vive por todas sus hijas e hijos. Tomar plena conciencia de ello es dejar en último plano posibles méritos acumulados, y regocijarse por todo el bien que nos llega como lluvia fresca y benevolente.
Y es algo que merece ser contado y compartido con otros.

Porque pecados hay muchos, miserias abundantes, miríadas de cosas por las cuales hemos de suplicar perdón e indulgencia.
Pero no alcanzan varias vidas para agradecer toda su bondad, su fidelidad inclaudicable, su amor incondicional.

Es imprescindible permitirnos comenzar a edificar la eternidad en el aquí y el ahora, en este presente a menudo doloroso, a menudo tedioso, redescubriéndonos hijas e hijos en el sentido más profundo de estos términos.
Nunca estaremos solos ni abandonados a cualquier ventura. En Dios está todo destino.

Paz y Bien

Cristo, caudal inagotable de agua de vida













Para el día de hoy (13/03/18):

Evangelio según San Juan 5, 1-3. 5-18





La piscina de Betsata gozaba de cierta fama por atribuirsele dotes curativas a las aguas que en abundancia brotaban de ella; es que el culto que desarrollaba en el Templo de Jerusalem requería enormes cantidades de agua para las purificaciones y abluciones, encontrándose numerosas cisternas que proveían los miles de litros necesarios. Por otra parte, en las cercanías de esta piscina, los maestros de la Ley enseñaban a sus estudiantes, y la contraposición es dolorosamente evidente: de un lado, la enseñanza de la religión, y del otro el olvido de los pobres y los enfermos.

Obviamente, es demoledora la observación que nos trae el Evangelista: aquel hombre estuvo treinta y ocho años golpeado por la enfermedad, sin una mano amiga que lo acerque a las aguas milagreras; a veces, no es errado pensar que la ausencia de compasión y solidaridad es más cruel y duele más que la enfermedad misma.

Y el Maestro se acerca, no lo ignora ni pasa de largo, signo cierto de un Dios que siempre está inclinado hacia el dolor de sus hijas e hijos. Aún así, una cosa es clara: los milagros acontecen desde la fé, a partir de la confianza, y ese hombre enfermo -a pesar de su parálisis- debe poner su alma en ello. Para sanar de cualquier dolencia, simple o compleja, hay que tener la voluntad de curarse, y es raíz de esa libertad que a menudo dilapidamos en nuestros perniciosos acostumbramientos.

El hombre se pone de pié, tomando su camilla. Puede andar pues ha pasado la Misericordia por su vida, se pone en marcha al ser capaz de llevar al hombro lo que lo ataba y sometía.

Entonces, arrecian las críticas y algunos braman de rabia. En parte, porque en la sanación Jesús ha vulnerado la sacralidad que ellos han construido alrededor del Shabbat, en parte porque presenta al pueblo un Dios muy cercano, tan cercano como ha de ser un Padre.
Pero también, porque no les ha pedido permiso: las estructuras de poder -sea cual fuera su origen y definición- suelen reaccionar con violencia desmedida frente a lo que se sale de previsión y cauce, y la Gracia no puede acotarse, medirse ni regularse.

Es un tiempo maravilloso en donde Dios no descansa procurando nuestro bien, caudal inagotable de agua viva que nos sana y renueva.

Paz y Bien

Creemos en Alguien antes que en algo















Para el día de hoy (12/03/18):  

Evangelio según San Juan 4, 43-54





La sumisión a la opinión pública suele llevar al olvido de los principios, de los destinos y a renegar de toda ética. Es la opinión pública, en ese aspecto, un monstruo voraz.
Poco tiempo atrás, Jesús de Nazareth se había ido de su querencia rechazado con rabia por los suyos; hasta intentaron despeñarlo en un cerro cercano. Por las líneas anteriores, se podría presuponer que Él no regresaría a Galilea, notoriamente hostil y reactiva a cualquier novedad y enseñanza.

Pero el Maestro tiene una tenacidad asombrosa, y en los umbrales del Reino es precisamente en donde ha de abandonarse el no se puede.

En los ámbitos humanos, nunca nada es tan lineal, no exacto, ni predeterminado. Y tal vez, todos nos volvemos terriblemente parecidos en el dolor, desde el sufrimiento; allí es donde uno se despoja de los rótulos que diferencian y separan.
En el Evangelio para el día de hoy destaca la angustia de ese funcionario real frente a su hijo que está en las últimas, en Cafarnaúm.
Es un funcionario real, es decir, un burócrata de la estructura de poder del violento usurpador Herodes, ese tetrarca de Galilea que gbierna mediante el terror y una absoluta falta de escrúpulos, respaldado por el poderío de las legiones romanas. Pero aquí, ello podría tener relevancia para nosotros; para Cristo hay un doliente y hay un amor de padre desesperado.

Los milagros son profusos, abundantes, tan desbordantes como lo es el mismo amor de Dios. Pero es menester tener ojos capaces de ver, una mirada que pueda descubrirlos en la cotidianeidad. Porque suceden, y suceden en la insondable urdimbre de la Gracia de Dios y la fé del hombre.

Todo se resuelve allí.
En la fé expresada en confianza: confiamos en Alguien antes que en algo, en una idea, en un dogma.
En la obediencia, que no es hacer torpes venias a caprichos quen nos resultan extraños y ajenos. La obediencia es escuchar atentamente -ob audire- y actuar en consecuencia.

Allí suceden los verdaderos milagros, que son mucho más que hechos prodigiosos o espectaculares.

Un milagro acontece cuando, a pesar de que broten señales de que todo está perdido, la vida prevalece.

Paz y Bien

La cruz que levantamos, señal de salvación










Domingo Cuarto de Cuaresma

Para el día de hoy (11/03/18) 

Evangelio según San Juan 3, 14-21










Para el pueblo judío, muchas imágenes y símbolos se guardaban en la memoria con celo, denuedo y especial afecto, toda vez que en ellas se afirmaba su historia y su identidad, aún cuando el origen de esas imágenes y esos símbolos tuvieran su origen a una distancia lejana de muchos siglos.
A nosotros, inmersos en el siglo XXI de la información, sobrecargados de datos y velocidad, a menudo nos sorprende, pues solemos ser esclavos de la inmediatez. Triste es el destino de los pueblos sin memoria, condenados a repetir calvarios y prisiones.

En ese estado de memoria, Israel sabía bien a qué se refería el Maestro al citar la historia de la serpiente de bronce levantada en el desierto, y más aún su interlocutor de esta ocasión, Nicodemo, formado en escuelas exegéticas importantes.
Ubiquémonos en tiempo y situación: luego de mucho tiempo de peregrinar en el desierto, las tribus liberadas de Egipto comienzan a quejarse y a murmurar acerca de las incomodidades y los penares del andar desértico. En cierto modo, preferían las cebollas de Faraón a la rigurosa libertad que tenían ahora, y tal vez tácitamente preferían regresar a un ingrato pasado de cadenas a seguir tolerando esos rigores.
La ingratitud, tarde o temprano, provoca desolación en las almas, y a esas tribus andantes -miles de personas- les sobreviene una epidemia de terribles serpientes que mordían y mataban con su veneno a muchos de los hijos y las hijas de Israel, y de allí al clamor y a la súplica por misericordia y socorro a su Dios a través de Moisés hubo sólo un paso.
Así, Dios envía a Moisés -Nm 21, 4-9- a que eleve sobre el pueblo, sobre una madera/poste, una serpiente de bronce: todo aquél que fuera mordido por un ofidio venenoso, bastaba que mirara esa serpiente de bronce para que el veneno mortal no hiciera mella en él.

En base a esta historia que los suyos comprendían, Jesús establece una comparación entre Moisés y Su persona, pues Él es el nuevo Moisés que conduce a su pueblo a la salvación definitiva.

La diferencia se sitúa en la Gracia, en la eternidad y en la fé.

El Cristo que será levantado sobre un madero será señal de salvación para todos los pueblos. Para que no nos muerdan los arrebatos de las muertes temporales ni la de la definitiva.
El Cristo levantado no es capricho del Padre ni condición necesariamente brutal, sino señal inefable de amor que sólo se comprende desde la fé: de cualquier otro modo, es escándalo o es locura.

Se trata de vida plena, se trata de estar vivos aquí, ahora y en el después definitivo.
Ahora no hay una señal de factura humana, una serpiente de bronce que nos afirma la esperanza.
Ahora y para siempre, se trata de un encuentro personal con Aquél que con su sangre ofrecida proclama que la muerte no tiene la última palabra, faro de Salvación para todas las naciones.

Paz y Bien

Plegaria, respuesta humilde al susurro de Dios













Para el día de hoy (10/03/18):  
 
Evangelio según San Lucas 18, 9-14







Los fariseos carecen hoy de una fama respetable; por el contrario, son el ejemplo antitético de la vida cristiana. Muchas veces, por las actitudes que en aquel tiempo tuvieron con Jesús y sus discípulos, la calificación es comprensible; sin embargo, todo prejuzgamiento siempre, inevitablemente, es peligroso y tiene poco de justicia.

Los fariseos eran hombres muy religiosos, que es esmeraban a diario en la piedad, en aras de agradar a su Dios. Y en el tiempo del ministerio de Jesús, se habían vuelto aún más severos y puntillosos, pues ansiaban preservar la identidad nacional de Israel y la fidelidad a la Torah inmersos como estaban en una dominación romana que no se limitaba a lo militar, sino que poco a poco iba carcomiendo su cultura y sus tradiciones. A la par de ello, los publicanos -judíos ellos también- recaudaban impuestos mediante prácticas corruptas y extorsivas para la potencia opresora.
Así, mientras unos tratan de mantenerse fieles al Dios de sus mayores, otros de sus hermanos expolian al pueblo judío sirviendo al extranjero, al invasor romano.

Esa premisa quizás nos ayude a profundizar más la parábola que Jesús nos ofrece desde la Palabra en el día de hoy.

El fariseo se yergue de pié en el Templo, y levanta la vista orgulloso. Implícitamente, la Palabra nos indica que reza sólo, que evita el menor contacto con el impuro, con el pecador, con el publicano. En su oración descolla tanto el ego, que no hay lugar ni para la adoración, para la confesión o para el arrepentimiento: sólo una expresión de gratitud por sí mismo.
El fariseo atesora su propio carácter como parámetro de medida de los demás, y eso es lo que lo pierde. Porque la prerrogativa del juicio es de Dios, y estas circunstancias, el fariseo es un usurpador que desde un altar de puro orgullo juzga y desprecia al otro, encarnado aquí en el publicano.
En realidad, el fariseo no ora, sino monologa. Se habla y se reza a sí mismo, pues la oración es diálogo y, especialmente, escucha atenta de ese Dios que siempre nos habla y nos está buscando.

En cambio, en las antípodas de esta actitud, el publicano está inmóvil, tanto que no se atreve a levantar la mirada. Se sabe indigno y se reconoce culpable de las miserias que ha provocado, y del daño que ha ocasionado a su propio pueblo: se reconoce miserable y pecador, y como tal ni siquiera espera justicia. Sólo implora merced, ruega por misericordia.
En su simple pero a la vez intensa súplica, busca el perdón, la reconciliación, la paz consigo mismo y con su Dios.

Uno de ellos se cree con derechos divinos adquiridos mediante la acumulación de actos virtuosos, y supone que por eso mismo tendrá -en esta vida y en la postrera- recompensas y dividendos por su exacta religiosidad.
El otro, se humilla frente a la inmensa santidad amorosa de Dios que lo desborda, y por eso mismo abre las puertas de su corazón a la Gracia, que es mucho más que un cambio de costumbres y actitudes.

Nos queda plantearnos si nuestra plegaria es sólo un discurso, o si en verdad escuchamos y respondemos esa voz paciente que en las honduras de nuestros corazones nos susurra Abbá, asombrosa palabra para el regreso y el perdón y el abrazo.

Paz y Bien

Corazones tallados por el Espíritu











Para el día de hoy (09/03/18):  


Evangelio según San Marcos 12, 28-34






Los escribas, como doctores de la Ley mosaica, eran enconados detractores de las enseñanzas del Maestro; su enemistad era, además de manifiesta, muy peligrosa, pues daban un carácter intelectual y dogmático a ciertos odios acendrados esgrimidos por saduceos, herodianos y otros fariseos. De este modo, los escribas darían, a la hora del juicio del Sanedrín, fundamentos teológicos y legales para condenar a muerte a Jesús por blasfemia.

A pesar de todo, lo que nos plantea el Evangelio para el día de hoy es muy provocador, porque nos revela que nadie es propietario absoluto de la verdad ni posee el monopolio del amor de Dios. Especialmente los discípulos y seguidores de Jesús de Nazareth.

Este escriba sitúa correctamente las prioridades que el Maestro encarna en todo su ministerio, es decir, que ante todo está el amor a Dios y el amor al prójimo. Nada está por delante de ésto, nada es tan primordial.
El amor es la identificación crucial de todas las mujeres y los hombres que ansían desde sus entrañas que venga aquí y ahora el Reino de Dios entre nosotros.

Lo aseverado por el escriba merece la admirada aprobación por parte de Jesús de Nazareth, y desoye cualquier llamado a exclusividades por parte de tantos. Es dable suponer algo más también: el escriba habla con verdad, pero a la vez es un buscador sincero de esa verdad que intenta profesar.
El elogio de Jesús también se dirige hacia esa sinceridad. Porque todo el que busca, encuentra, y el Dios Abba de Jesús de Nazareth es un Dios que no sólo se deja encontrar, sino que sale al encuentro de la humanidad.

Aún así, este escriba veraz está cerca del Reino, pero no pertenece a él. Le falta realizar un éxodo liberador.

Moisés trajo de la montaña santa los mandamientos grabados en piedra, para que nadie de esos peregrinos del desierto ni de sus descendientes hubieran de olvidarlo.
Pero ahora estamos en tiempo de la Gracia, y la Salvación -antes que premio y conquista- es don y misterio.

Los mandamientos que se condensan y expresan en un único amor, como es único el Dios de la Vida, ahora se tallan en los corazones de aquellos que pertenecen al Reino de Dios.

Somos tierra que anda, sólo un puñado de tierra fértil que debe ser moldeada por el Espíritu de Dios.

Paz y Bien

Voz de los pequeños, voz de Dios










Para el día de hoy (08/03/18):  
 
Evangelio según San Lucas 11, 14-23







Cuando hablan los pobres y los pequeños, es Dios mismo quien se expresa.

Antiguamente, se atribuía a una posesión demoníaca o de espíritus malignos enfermedades, desgracias y sufrimientos. La presencia liberadora de Jesús de Nazareth expulsando esos demonios -esas ideas- que tanto daño hacen, restituyendo la salud, la alegría, la paz, son el signo cierto de que el Reino está aquí y ahora entre nosotros.

Así con el demonio de la mudez. Sobreabundan los demonios que hacen enmudecer a tantos, imposibilitando toda comunicación, mutismo que destruye, mutismo impuesto para que nada se sepa, para que no molesten, para que todo siga igual.
Por ello cuando se restituye el habla, arrecian las críticas.

Están los que se aferran al espectáculo mágico, a la instantaneidad que supone la pasividad del doliente, mendigo de migajas sobrenaturales, pero incapaz de un proceso de crecimiento y liberación.
Están también aquellos que se enceguecen de furia cuando el Señor o sus hermanos devuelven a los que no cuentan esa voz perdida. Son los que dividen, debilitan y separan, por ambiciones de poder y dominio, por la soberbia de la meritocracia y la pertenencia.

Pero a pesar de nuestras miserias, seguiremos andando los caminos del Maestro, cosechando frutos santos de vida en ciernes porque estamos con Él, creemos en Él y confiamos en Él, el que no nos abandona, el que jamás nos defrauda.

Paz y Bien

Todo confluye en Cristo














Para el día de hoy (07/03/18):  
 
Evangelio según San Mateo 5, 17-19





Esta lectura del Evangelio del día de hoy puede resultarnos paradójicamente controversial, especialmente con ese cariz renovado y santamente transgresor del Maestro, que reniega abiertamente de esas literalidades que sólo conducen a fundamentalismos que poco o nada tienen que ver con la Buena Noticia, y que lo llevó a ser tildado de blasfemo, a ser expulsado de la sinagoga, a ser perseguido, a ser crucificado.

En todo su ministerio Jesús embiste contra esas prácticas legalistas que se aferran a conceptos de pureza ritual, de formulismos y de estereotipos anudados a la pura exterioridad, todos ellos causantes de gravosas cargas, de exclusión, de opresión y de -especialmente- ignorar y rechazar al Espíritu que ha inspirado a esa Ley.

¿Entonces?
Jesús pone en un mismo plano a la Ley y a los Profetas, es decir, hace una lectura profética y liberadora de la Ley, una Ley que se ha constituido para servir al hombre y no a la inversa. En cierto modo, la deificación de la Ley -o de dogmas, rituales, preceptos- es una forma de idolatría.
Nosotros creemos en Alguien, Jesús de Nazareth, Cristo de Dios, nuestro hermano y Señor, antes que en códigos estratificados.

Es que la Ley y los profetas adquieren también real valor y sentido en la Encarnación de Dios. Toda la historia y el universo confluyen en ese Cristo que nos convoca. Por ello mismo, todo lo que se interponga es ajeno a la Buena Noticia del Reino de la Gracia.

La Ley y los Profetas se hacen plenas y siguen teniendo validez en tanto y en cuanto su horizonte y su perspectiva sean el Cristo de nuestra Salvación.

Paz y Bien

La desmesura de la misericordia de Dios














Para el día de hoy (06/03/18) 

Evangelio según San Mateo 18, 21-35









En la lectura que nos ofrece la liturgia del día de hoy, florecen, flagrantes y evidentes las desmesuras.
Porque el rey de la parábola permite, adrede, que se forme una deuda impagable, diez mil talentos, algo así como ciento sesenta y cuatro toneladas de oro. Algo sabemos de ello en estos tiempos, de deudas que estrangulan a los pueblos.

Desmesura es también que una sola persona, por nás confianza que ella tenga, le deba tanto a su señor.

Desmesura es que al solo ruego del deudor, esa enormidad se borra y olvida, aún cuando el servidor sólo suplica por un poco más de tiempo.

Desmesura es que ese hombre salga renovado a la vida, libre de cargas, y frente a una situación de deuda ínfima -cien denarios equivalen a cien días de jornal- torne en un cruel opresor, en un bruto exigente que no mezquina violencia, justificando así sus medios para conseguir sus fines.

Desmesuras también son las elásticas paciencias para con nuestras cuitas y quebrantos, y los conminatorios apuros para repudiar y condenar los errores y las miserias ajenas.

Simón Pedro es generoso en su casuística en cuanto a perdonar al hermano. La tradición de su pueblo indica un límite de tres ocasiones de perdón al prójimo; siete implica una amplitud de criterios, quizás en alusión al significado simbólico del número, que representaba divinidad y plenitud.
Pero el error de Pedro, de acuerdo a la desmesura del Reino, es precisamente limitar las ocasiones de perdón, acotarlas. Es contar en cuenta regresiva el momento exacto para dar paso a la venganza.
Cristo le dice y nos dice que nosotros hemos de ser así, tan desmesurados y desproporcionados como ese Dios que es tan paciente y misericordioso con nosotros. Porque Él ha perdonado primero.

Es difícil, es muy difícil. Especialmente olvidar, desalojar cualquier atisbo de rencor.
Pero es cosa del Reino más que cuestión de acotada lógica.
El perdón, fruto de la misericordia primordial de Dios, sana y salva.

Paz y Bien

El profeta rechazado en su patria














Para el día de hoy (05/03/18) 

Evangelio según San Lucas 4, 24-30







Hay cierta costumbre de aceptación de refranes tal como se pronuncian, sin reflexión ni análisis, y ello induce a error. Entre estos casos, el más destacable es aquél que cita nadie es profeta en su tierra. Así entonces, y casi sin darse cuenta, se dá por cierto que todo profeta tiene, inevitablemente, vocación de destierro pues, de quedarse en su patria chica, dejará de ser profeta, de ser eficaz en su misión. O llevado a su extremo, que cada tierra no genera profetas propios.

Jesús de Nazareth no dijo nada de eso. El Maestro afirmaba algo mucho más grave, y que es que el Espíritu de Dios suscita siempre profetas, pero que a su vez no son escuchados ni reconocidos como tales por los suyos, abriendo la puerta a la defenestración, al desprecio, a la violencia.

Un profeta nunca es cómodo. Un profeta jamás morigerará la fuerza de su mensaje con tal de quedar bien. Un profeta es agradable cuando anuncia esperanzas, pero torna bravo y peligroso cuando denuncia tropelías, y cuestiones que son ajenas al plan de Dios, a la vida misma.

Esos vecinos nazarenos eran la muestra cabal de lo expresado. A Jesús lo habían visto crecer, jugar con sus hijos, trabajar con su padre, ganarse el pan como jornalero, conocen a su madre y a sus parientes. Hay un prejuicio intenso allí: si bien sus paisanos se asombran de los signos de sanación que ese Cristo ha realizado por todas partes, no pueden aceptar que el hijo del carpintero sea un hombre vocero de Dios, un profeta. Mucho menos, el Mesías.

Pero el Maestro no se amilana. Ningún profeta fiel se calla, y es por eso que sus palabras -claras, duras, directas- le desatan las furias. Ellos persisten en cierta tradición desviada de creerse únicos en desmedro de otros, mejores por pertenecer y no por ser, por lo que se hace, y de ese modo se rasuran las memorias. Por ello el Cristo les recuerda las acciones de dos carísimos profetas a los afectos y al corazón de Israel, Elías y Eliseo, que sólo realziarán milagros en tierras paganas, Elías en Sidón, en la casa de la viuda de Sarepta, Eliseo sanando de la lepra a Naamán, general de los ejércitos sirios.

La verdad para ellos es una ofensa intolerable. Es una práctica usualmente detectable entre los poderosos, pero no está excluída de nuestra vida diaria. Esos nazarenos tratan de despeñarlo porque primero le han matado en sus corazones, le han negado un mínimo espacio siquiera en sus existencias.

Pero el Maestro pasa asombrosamente entre esos odios, y se abrirá paso por entre los velos aparentemente pétreos e inconmovibles de la muerte.

Entre nosotros, en nuestra familia, en cada esquina, el Espíritu de Dios sigue suscitándonos profetas de barrio, humildes y veraces, que tan a menudo son execrados por la Iglesia.
Y es señal afable de conversión regresar a la escucha atenta del hermano que tiene cosas de Dios para decirnos.

Paz y Bien

Los patios del alma













Domingo 3º de Cuaresma

Para el día de hoy (04/03/18) 

Evangelio según San Juan 2, 13-25








Jerusalem, y específicamente en Jerusalem el Templo, era el centro gravitante de toda la vida judía. Centro político, centro religioso, centro identitario y centro teológico, es decir, centro espiritual.
Hacia Jerusalem peregrinaban todos el pueblo de Israel en tres festividades puntuales, Shavuot -fiesta de la Ley-, Sukkot -fiesta de los Tabernáculos- y Pesaj -Pascua, siendo esta última la más importante, celebración de la liberación de la cautividad en Egipto, del paso liberador de su Dios por su historia. Literalmente, pueblos y ciudades de Israel se vaciaban de habitantes, los que concurrían masivamente hacia la Ciudad Santa y hacia ella también se dirigían, si tenían los medios, los judíos de la Diáspora, los que vivían en el extranjero.
Todas estas cuestiones contextualizan y pueden enriquecer la lectura del Evangelio para el día de hoy, que nos sitúa en la cercanía cuasi inmediata de la fiesta de la Pascua, y por tanto, Jerusalem y el Templo rebosan de multitudes que vienen y van, cumpliendo los mandatos de su fé.

Ahora bien, la Ley mosaica prescribía que los peregrinos habían de ofrecer determinados animales puros -kosher- para los sacrificios u holocaustos, y que a su vez debían pagar un tributo, establecido para solventar el mantenimiento de ese Templo enorme y el sustento de los sacerdotes. Teniendo en cuenta las multitudes que discurren y su origen, se hacen necesarios miles de animales -sólo los más pobres ofrecen pajaritos o tórtolas- y a la vez, monedas griegas, romanas y de otras naciones han de ser cambiadas pues sólo las monedas confeccionadas en Tiro eran las aceptables, según los rabinos, para el pago del impuesto o tributo, y por ello era necesario en simultáneo tener a mano un sistema de cambio por la multiplicidad de dinero.

Durante mucho tiempo, estas actividades se realizaban en una colina cercana al monte del Templo; con la llegada de Caifás al Sumo Sacerdocio, se permitieron la venta de animales y el establecimiento de los cambistas en el inmenso atrio de los gentiles, égido del Templo mismo. No es difícil imaginar que junto a las miles de personas que peregrinaban, se combinaran los humos de la grasa de los animales sacrificados, el perfume persistente del incienso, el canto de los salmos y la proclamación de los ritos junto a los gritos de los cambistas y mercaderes que promocionaban su negocio, y no es para nada arriesgado intuir que detrás de ese pingüe negocio se encontraran varios notables, sumos sacerdotes e integrantes del Sanedrín.

Frente a esto, se yergue un hombre solo.
A veces, un sólo hombre de corazón encendido basta para dar comienzo a la transformación de la historia, a que el tiempo cambie, a que las cosas se enderecen. Un hombre consumido por el celo por la casa de oración que ha de ser encuentro.
Cristo es ese hombre que se hace oír, y el escándalo es mayúsculo, no sólo por la estampida de los animales desbocados, no sólo por las monedas esparcidas por los suelos. El escándalo mayor estriba en la autoridad incuestionable que ejerce y que derriba negocios, que pone en entredicho la que ejercen de manera omnímoda otros humillando al pueblo y olvidando a Dios. El escándalo es suponer que los favores de Dios se compran y venden en el mercado de la piedad, y ese mercado comienza corazón adentro de cada uno de nosotros, y es renegar abiertamente de los asombros de la Gracia.

Como en el éxodo primero, no hay regreso posible, no hay vuelta atrás.
Con la Encarnación, lo sagrado pasa del templo de piedra al templo vivo y latiente de cada mujer y cada hombre.
El Templo de piedra será derribado sin posibilidad de reedificar. El Templo de Cristo, Su Persona, será reconstruido a pura fuerza del amor de Dios, la Resurrección.

Que ese Cristo encendido, en esta Cuaresma que es bendición, nos despeje todos los patios del alma.

Paz y Bien

Dios, Padre rico en misericordia, dignidad y felicidad












Para el día de hoy (03/03/18):  

Evangelio según San Lucas 15, 1-3. 11-32






El escenario en donde se desarrolla la enseñanza de esta magnífica parábola está definido por varios participantes: de un lado, los despreciados de siempre -recaudadores de impuestos y pecadores públicos- que se acercaban sin inconvenientes al Maestro, pues con Él se sentían nuevos, a gusto y aceptados. Del otro lado, fariseos y escribas que murmuran, severos, acerca de esta actitud de Jesús de juntarse a comer con los réprobos, con quien precisamente, no debería juntarse ni mucho menos comer. Ellos tienen sobradas razones para esos murmullos de desaprobación: llevan a cuestas toda una vida de piedad, de estricta observancia de la Ley, de ortodoxia rigurosa, a diferencia de los descastados aquellos de los que Jesús de hace amigo. Ellos se reconocen justos y puros por todos esos cumplimientos que honran a diario, y desde allí se creen con derecho suficiente a desautorizar al rabbí galileo por su actitud. En realidad, han dejado el corazón de lado, y por ello se han vuelto burócratas de la fé, religiosos profesionales.

La respuesta de Jesús de Nazareth está grávida de bondad y plena de revelación: no les enrostra una admonición que los conmine a abandonar actitudes erróneas u hostiles. Él enseña el inexplicable y asombroso amor de Dios, que ama a todos por igual, y que ama no por los méritos acumulados, por ser buenos, por una vida rectamente religiosa. Él ama porque todos, mujeres y hombres de cualquier condición, son sus hijas e hijos. El amor de Dios es la primacía de todo, precede a todo, define a todo.

En la parábola, el hijo menor exige la parte de la herencia paterna que le corresponde, la hace dinero y se marcha del hogar, obnubilado por las perecederas ofertas placeres mundanos. En esos espejismos se abandona al consumo y es consumido por la disipación, y cae en la miseria absoluta. Como nos suele suceder, añoramos lo que es valioso una vez que lo hemos perdido.
Así, ya ni vive. Apenas sobrevive como mínimo trabajador indigno, suspirando por el hogar perdido, dolido de hambre y de soledad. En su miseria emprende el regresa a la casa paterna, y es la necesidad la que lo impulsa, y no tanto el arrepentimiento por su infidelidad. Por ello, portando los harapos de su alma, en el camino prepara un discurso para razonar con su padre y ser readmitido, al menos como un jornalero, pues sabe que así no pasará apuros. Sus razones de justicia le indican que no puede volverse al status anterior -el quebranto ha sido mayor- pero le basta  ser aceptado como un simple peón.

Sucede lo impensado: el Padre lo esperaba, y lo divisa a lo lejos. El Padre ha sufrido su ausencia, pero nunca se ha resignado, siempre ha esperado su regreso, y sale corriendo a su encuentro. Recriminaciones y castigos dejan paso a besos y abrazos de un Padre conmocionado hasta sus mismas entrañas.
Ni siquiera le deja articular el discurso largamente ensayado: le basta su regreso.
El Padre no se comporta con justicia, pues lo justo hubiera sido concederle un sitio entre los servidores y una sanción acorde a la falta, no un sitio entre los herederos. El Padre desborda misericordia antes que justicia.
Y actúa más bien como una Madre: se conmueve en sus entrañas -allí en donde los hijos se gestan-, se preocupa por vestirlo, y no le importa más nada que ese hijo amadísimo que ha recuperado, con un llanto alegre y emocionado.  Hay que sacrificar el cabrito cebado para una buena comida, hay que tirar la casa por la ventana.
El reencuentro es motivo de festejo inmenso, de celebrar la vida.

El hijo mayor se entera por terceros del regreso y de los preparativos de la fiesta. Por ello está enojado: él siempre ha cumplido al pié de la letra las órdenes del Padre en las tareas de la hacienda. Aún así, nunca ha tenido un cabrito para asar y compartir con sus amigos, y el otro hijo de su Padre -no su hermano-, que ha dilapidado todo lo bueno, que ha hecho lo que se le antoja, es recibido a cuerpo de rey.
En realidad, el hermano mayor no se descubre como hijo, ha actuado todo el tiempo como un esclavo obediente, y por ello no acepta en su corazón ninguna celebración.

Este hermano tampoco será rechazado por ese Padre bondadoso. Él también es hijo, y es lo que cuenta. Todo lo que el Padre posee también le pertenece, no por su obediencia sino más bien por esa dignidad irreemplazable e incoercible del ser hijo. Para él siempre habrá cabritos y fiestas por eso mismo, por ser hijo amado.

Y para todos nosotros hay un destino de fiesta.
Hay que asomarse al horizonte, que allí nos aguarda expectante y ansioso un Dios dispuesto a la bendición de un Padre infinitamente generoso, desbordante de perdón, y con los afectos de una Madre que nos cuida y se preocupa por todo ello que hace a nuestra dignidad y a nuestra felicidad

Paz y Bien

Cristo, piedra angular de la existencia











Para el día de hoy (02/03/18):  
 
Evangelio según San Mateo 21, 33-46








Cualquier judío de su época lo sabía bien: la viña, simbólicamente, representaba a Israel, creada, plantada y cuidada por Dios, y a su vez cedido su uso y sus beneficios a los hijos de Abraham. Por ello el Maestro capta enseguida la atención de sus oyentes con la parábola que hoy nos ofrece el Evangelio.

A través de la historia, ese Dios -único propietario de la viña- fué enviando servidores y mensajeros con palabras certeras para los viñadores, pues el Dueño advertía que las uvas de la cosecha iban de mal en peor, y que el vino, en consecuencia, sería avinagrado e intomable, un signo de vidas dilapidadas, de existencias que se apagan.
Sin embargo los viñadores, con creciente violencia, fueron desoyendo a estos enviados; a algunos, brindándoles su más perfecta indiferencia. A otros su desprecio. A otros, una violencia explícita.
Pero el Dueño es tenaz, porque la viña tiene sentido cuando dá frutos buenos. Ese tiempo de cosecha no es un abstracto post mortem como solemos degustar, sino que está revestido de un aquí y un ahora.
No es un horizonte difuso, una zanahoria lejana a la que nos encaminamos a golpes duros de palos, es bien concreto, y el Dueño es tan paciente como persistente.

Llegado el tiempo de tantos rechazos, envía a su Hijo, en la suposición de que su propia sangre ha de ser escuchada. Pero los arrendatarios, los concesionarios, no lo escuchan y lo matan, gesto brutal de soberbia y desprecio e intento falaz de apropiarse de la viña. Sin un heredero vivo y con un Dueño lejano, ellos reivindicarían legalmente su propiedad.

Llegados a este extremo, los dirigentes de Israel se dan cuenta que se dirige puntualmente a ellos.
Porque con Cristo el Reino ha llegado, ahora mismo está entre nosotros. Y vida que no florece, vida que perece; sin embargo, es un Dios Abbá, un Dios que ama como un Padre y cuida como una Madre, y no se trata de castigo sino más bien, este perecer, de la consecuencia necesaria.

En la arquitectura y albañilerías de la antigüedad, la piedra angular era una piedra o pilar de gran tamaño que se colocaba en el punto de unión de dos muros, brindándoles fortaleza y soportando el peso de toda la construcción. Sin esta piedra angular, las paredes se derrumban y todo se viene abajo.

Cada vez que se rechaza a los enviados de Dios -padre, madre, amigos, desconocidos mensajeros, profetas de barrio, los pobres, las vidas consagradas- nuestros edificios se conmueven, y corremos serio riesgo de derribo.
No escuchar la voz del Hijo a través de sus hermanos, es viña desperdiciada, es casa derrumbada, es templo/existencia inútil.

Paz y Bien

Vulnerables al dolor del otro, espejo del Evangelio












Para el día de hoy (01/03/18):  

 
Evangelio según San Lucas 16, 19-31





Jesús de Nazareth había declarado y revelado que no podía ser esclavo de dos señores, es decir, que no se podía servir a Dios y al dinero, y era mucho más que una simple postura declamativa: era y es uno de las facetas primordiales de su Dios, ese Dios Abba tan asombroso y distinto al que pregonaba la religión oficial.
Ello le hubo de valer por un lado el repudio teológico de la ortodoxia más severa, pero a la vez la burla despreciativa de la secta farisea.
Estos hombres -todos ellos, sin lugar a dudas, muy devotos y piadosos- consideraban al bienestar, la prosperidad y la riqueza como consecuencia directa de la bendición divina, del favor de Dios. Esta postura implica, de suyo, una cosmovisión y una ética complicadas, pues entonces puede deducirse que para ese Dios de los fariseos, algunos han de ser benditos con la riqueza y el dinero y otros, castigados con la pobreza y la miseria, o sea, un Dios proveedor habitual de lujos y de necesidades a menudo extremas, un Dios causante primordial de todas las injusticias, los desequilibrios y las desigualdades. De allí que el Evangelista afirme que los fariseos eran amigos del dinero, pues veían en él la bendición de ese Dios al que se aferraban.

Sin embargo, Jesús de Nazareth revela el rostro de un Dios que es amor, que es Padre, que es causa y fundamento de la fraternidad, y que hace florecer misericordia y justicia, y por ello la contundencia de esta parábola.
El rico que el Maestro describe no es un malvado convencional, ni aparenta se el causante directo de opresión y de dolor. Este hombre sobreabunda en fastos, tanto en su apariencia exterior -una carísima túnica púrpura- y en su interior -un lino tan fino como oneroso-. Y su mesa no es sitio para encuentro, para alimentarse, para compartir. Su mesa es restricto espacio del banquete continuo, del despilfarro torpe y suntuoso.

Aún así, a las puertas de su residencia apenas sobrevive un hombre pobre, sumido en la miseria. Parece estar desnudo excepto por las llagas que recubren su cuerpo. No tiene otras ansias que las de poder mitigar algo del hambre que lo atenaza con las sobras que eventualmente puedan caer de la mesa del rico, parece no tener siquiera una tapera escasa -ha hecho de ese portal un refugio- y hasta se le hace esquiva la compañía de otras gentes. Por ello es que sólo los perros, símbolo semítico de la impureza, lamen sus llagas.
Ese hombre es invisible para la indiferencia del rico. Podrá sufrir y morirse a su puerta que seguirá siendo anónimo, un nadie, alguien que no cuenta.
Pero ese hombre tiene un nombre para Jesús de Nazareth, ese hombre se llama Lázaro -Dios ayuda-. Ese hombre -cada hombre, cada mujer- cuentan para Dios, todos tenemos un nombre que nos vuelve únicos y valiosos.

La muerte pasa por ambos, y Lázaro vive la plenitud eterna de Dios -el seno de Abraham- mientras que el rico innominado ha caído en un abismo de sufrimiento. En ese pozo, el rico pide a Abraham que Lázaro le acerque algo de alivio y, a la vez, sirva de advertencia para sus parientes aún vivos, pero ello no ha de ser posible, pues entre ambos se ha trazado un abismo infranqueable.

Ese rico en toda la parábola carece de identificación. Su nombre brilla por su ausencia. Ese hombre se reconoce y se resuelve su identidad en los vanos lujos a los que se aferra, y en su rostro que se desdibuja a cada instante que ignora al que sufre a su puerta.
Ese hombre sólo reconoce cuestiones de dinero, pero desconoce a su prójimo. Ese hombre ha trazado puntillosamente un abismo de inhumanidad que es infranqueable.

Porque el más allá se decide y edifica en el más acá. Desgraciadamente, seguimos siendo cultores tenaces de los sacrificios humanos, a pesar de la repulsión aparente que esto nos cause.
Porque en el ara del egoísmo sacrificamos al prójimo como si fuera una cosa, algo descartable, algo que no cuenta, no alguien con nombre tan amado por Dios como el que más.

Más allá de cualquier razón ideológica o profundo análisis exegético o religioso, quizás la justicia comience cuando nuestros corazones se vuelvan vulnerables al dolor de aquellos que agonizan a nuestras puertas, tantas y tantos Lázaros de la negación y los olvidos, Lázaros amadísimos por ese Dios que en ellos se identifica y resplandece. Sólo desde allí podremos recuperar nuestros nombres ausentes.

Paz y Bien


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