Sacrificio, misión y servicio

Para el día de hoy (21/02/12):
Evangelio según San Marcos 9, 30-37

(Ellos iban caminando con el Maestro por veredas galileas, senderos de la periferia en donde no era de esperarse nada en especial, nada bueno, nada nuevo; Él les iba contando lo que tenía la certeza de que iba a sucederle, su entrega, los horrores de su Pasión, su derrota, su Resurrección.
Pero poco importaba: a pesar de hablarles con el corazón entre sus manos, ellos no lo entendían y temían hacerle preguntas.

Nosotros también tememos hacerle preguntas a Dios, porque solemos tener miedo de las respuestas con que hemos de encontrarnos.

El temor y el silencio de los discípulos radica también en que están prisioneros de una mentalidad y espiritualidad / teología de la gloria y el éxito. Seguramente para ellos y para muchos de nosotros resulta más fácil y atractivo encontrar a un dios revestido de poder que se impone, un dios glorioso que se regodea en los espacios en donde se ejerce la pompa y el poder.
Pero ése no es el rostro del Dios de Jesús de Nazareth.

Se trata de sacrificio, y en algún momento de la historia se ha oscurecido la plenitud de su significado, y se lo ha acomodado a a los criterios dominantes de cada época.
La etimología puede sernos una herramienta útil: sacro facere, hacer sagrado lo que no lo es en su sentido primero, hacer sagradas las cosas, hacer sagrada la vida desde la entrega y a partir del hecho fundante del amor.
Toda el universo se santificará a partir del sacrificio de Cristo, y la eternidad se hace presente cuando la vida se hace ofrenda en la cotidianeidad.

Los discípulos, frente a su incomprensión y desde su sordera, dejan de escuchar y de hablar con el Maestro y se embarcan en una agria discusión. No entra en un magro universo esa ilógica de derrota y mansedumbre de Jesús, por ello seguirán empecinados en sus ambiciones de primacías y prebendas, en las razones del ejercicio del poder que clasifica a las gentes en más o menos importantes, en estratificaciones jerárquicas, en convenientes inteligencias de dominio y sumisión.
El abismo es tan evidente entre Jesús de Nazareth y su postura, que sólo queda lugar para la vergüenza.

El modo de comprender lo que sus y nuestras mentes cerradas tan a menudo rechazan es aceptar en todas sus dimensiones a un niño. Es el símbolo de aquellos que están desprovistos de todo derecho, de cualquier poder, vulnerable por donde se lo busque.
Jesús lo abraza y lo pone en el centro de todas las miradas porque en cada niño resplandece el rostro del Dios del universo, porque -a pesar de todo lo que se hace y dice- los niños no cuentan, son variables económicas y estadísticas y y son pocos los que aceptan hacerse pequeños, insignificantes, pequeños de ojos plenos de asombro capaces de reconocer a su Padre con alegría incontenible.

De allí surge nuestra misión entendida como servicio. Es la misión de la diakonia, de servir la mesa grande de Aquel que a nadie excluye, servidores que quieren santificar al mundo desde la entrega de su propia existencia para que los demás vivan, servidores con espíritu de niños que no se creen nada ni nadie, pero saben que todo lo pueden a partir del escándalo mayor, increíble y maravilloso de la cruz y del amor)

Paz y Bien


Un nocivo mutismo, una cruel sordera

Para el día de hoy (20/02/12):
Evangelio según San Marcos 9, 14-29

(Jesús se había transfigurado en el monte Tabor, promesa cierta de plenitud y diálogo de la eternidad con la finitud humana. Es uno de esos momentos que uno desearía que nunca finalicen, que se perpetúen para siempre, congelándose como una fotografía; ese es el ánimo de Pedro y sus ganas de quedarse, de construirse cómodas tiendas.
Pero Jesús despierta todo adormecimiento, hay que bajar al llano de la vida diaria portando la mejor de las noticias, llevando esa luz que no se apaga allí en donde abundan las sombras.

Jesús, Pedro, Santiago y Juan llegan a destino y se encuentran con una encendida disputa entre escribas y los otros discípulos que no habían estado allí en la cima del monte. La amplitud de la disputa es proporcional a la vastedad de la multitud: de un lado, los profesionales de la religión, expertos en códigos y cánones que suponen la total pasividad de una humanidad que debe esperar sumisa el actuar de su Dios en un futuro incierto, cuando las pautas piadosas se cumplan puntillosamente exactas. Del otro lado, los discípulos que no admiten ese quietismo, que rebullen en pura acción pero que, sin embargo, sostienen en su interior los mismos esquemas y preconceptos de sus adversarios dialécticos.

Todo se ha desatado a raíz de un niño enfermo -todo nos indica que sufre de epilepsia- y que por los criterios de aquel entonces no está enfermo, sino más bien está poseso por un demonio bravo que lo domina. Los discípulos no han podido hacer nada por él.
El pueblo ya no cree en esos especialistas en la fé, confían en su alma en la bondad el Maestro. No obstante cometen el error de presuponer que la identidad entre Jesús y los discípulos es total.
La discusión se agrava porque es un mudo vociferándole a un sordo incapaz de oírle. La soberbia de unos y otros los incapacita para la Palabra, palabra dicha y palabra que se escucha y el resultado es que el mal permanece: el niño no se restablece y su sufrimiento continúa.

Contra todo cálculo, el Señor no cura inmediatamente al niño: es menester sanar primero los corazones. El padre de ese niño posee una urdimbre de amor paternal y fé vacilante, un tironeo interno brutal e impiadoso. Ese desgarro de su alma derrotada se expresa en las cavilaciones violentas de ese pequeño cuerpo sometido a la enfermedad.

Sólo cuando se restablece la fidelidad y la confianza todo puede cambiar, y pueden suceder los milagros, a pesar de que para ciertas miradas esa vida renovada se aparezca como muerta; tan enraizados están esos criterios de exclusión en las mentes, que cuando son extirpados producen una conmoción a menudo muy dolorosa.

¿Cómo comenzar a sanarnos?
La oración es el paso de ese éxodo, Pascua de la fé y la liberación: es volvernos capaces de escuchar a ese Dios que se ha hecho Palabra para que desterremos todo mutismo que nos separa del otro, que nos impide escucharnos y entendernos yendo al encuentro de Dios en el hermano)

Paz y Bien

Aberturas y brechas de perdón y liberación

Para el día de hoy (19/02/12):
Evangelio según San Marcos 2, 1-12

(En toda circunstancia, la clave es ponerse en el lugar del otro; este principio fundante es raíz de todo destino, esa misericordia que sostiene al universo.
Ponerse en el lugar del otro es asumir totalmente como propio el sufrimiento del hermano -eso que conocemos como compasión-, es atreverse a transformar mente y corazón, a poner el cuerpo, a jugarse la vida.

Así entonces, por un momento, podemos situarnos en ese momento específico en Cafarnaúm: no necesitamos máquinas del tiempo, espectáculos hollywoodenses o magias torpes e inciertas, pues todo está al alcance de un corazón grande.

En esa casa Jesús de Nazareth no sólo tiene un lugar desde donde partir y hacia donde regresar luego de sus pasos misioneros: en esa casa comienza a construir un espacio alternativo de comunidad y libertad, frente a la árida rigidez de la estructura sinagogal, en contrario a un Templo que ha olvidado hace tiempo a su Dios. En el ámbito aparentemente profano del hogar se vá edificando la vida nueva, significando que lo sagrado se encuentra en las honduras de cada alma, que cada hombre y cada mujer son templos santos de Aquél que es la vida, y que desde la comunidad se descubre la eternidad.

En esa alteridad sagrada, podemos mirar y ver con otros ojos a ese hombre postrado, lisiado de cualquier movimiento, condenado a observar el devenir de la propia vida como mero espectador.
Su postración es doble: su cuerpo doblegado por la enfermedad y su alma sometida por una ley cruel -y normas más inhumanas aún- que atribuyen a pecados propios o de los padres el origen de su mal. En cierto modo, en esa lógica perversa está sobradamente justificado el dolor y es necesaria la enfermedad: el por algo será encuentra su raíz allí.

Por fortuna -mejor dicho, por bendición inconmensurable- hay quienes no se resignan jamás, mujeres y hombres de fé inquebrantable que con sus impurezas y sus pequeñeces a cuesta, se atreven a abrir a lo imposible por el otro que sufre, almas imprescindibles que a diario abren brechas en los sólidos muros con que intentamos rodear a ese Cristo que es de todos, de toda la humanidad, hombres y mujeres de la compasión y el coraje capaces de ponerse al hombro, humildemente, el dolor del prójimo.

Con toda esa mentalidad espúrea de impurezas y exclusiones, Jesús declara la liberación de ese mal que oprime, es decir, que sus pecados han sido perdonados, en parte para desatar los nudos que castigan al enfermo, en parte también para que esas almas mezquinas de fariseos y escribas entiendan que es el tiempo nuevo de la Gracia y la Misericordia, que ese andamiaje que sostienen no es cosa de Dios.

La respuesta es inevitable: Jesús de Nazareth es un blasfemo porque adopta para sí la exclusiva prerrogativa de Dios de perdonar los pecados.
No les importa el hombre restituido en toda su integridad, los enfurece que no les haya pedido permiso, que haga lo que quiera, que se atreva a condonar maldades sin analizar cuidadosamente la tablatura de castigos que norma la tradición.

No serán capaces de entender mientras no acepten que no se trata de gestos determinados, de ritos preescritos: es Dios mismo quien se hace perdón como lluvia fresca que alivia nuestros desiertos de pesar.

Así entonces nos queda una invitación a ser constructores de espacios nuevos y eficaces buscadores de brechas por donde la vida y la liberación puedan correr con la fluidez increíble e incontenible de la Gracia.)

Paz y Bien

Volverse Tabor

Para el día de hoy (18/02/12):
Evangelio según San Marcos 9, 2-13

(Nada sucede por casualidad o por capricho, antes bien, los corazones dispuestos pueden encontrar la mano bondadosa de Dios escondida en cada acción y en cada gesto.
Por ello no es fortuito que a ese monte -los otros Evangelistas lo identifican como Tabor- suba el Maestro con Juan, Santiago y Simón Pedro.
Ellos tres, de los Doce, eran líderes naturales pero simultáneamente los más reacios a aceptar la Buena Noticia de Jesús de Nazareth despojados de toda su carga de preconceptos y prejuicios.

Ellos no toleran la derrota del Mesías, no entienden su mansedumbre y no aceptan la maldición de la cruz. Aún así, con todo en contra, el Maestro se los lleva con Él para que cambien su mirada.
A pesar de todos nuestros bagajes previos, de nuestras persistentes opacidades, Él busca curarnos la vista sin imponernos nada y volver a ser capaces de descubrir la verdad.

La escena es increíble: en ese monte toda la tradición de la Ley -Moisés- y de los profetas -Elías- conversan con un Jesús transfigurado, resplandeciente de trascendencia y plenitud.
Moisés y Elías no hablan con los discípulos, sólo conversan con el Maestro: es la historia que encuentra sentido a partir de Él, es nuestro tiempo que encontrará significado y plenitud en el diálogo franco y abierto con Jesús de Nazareth.

Es claro que a Pedro le falta andar, tiene pendiente gran parte de su éxodo interior: está a gusto en esa cumbre, que quiere establecerse físicamente allí, guardárselo para él mismo, acomodarse y evitar sobresaltos, un Mesías de unos pocos, un Cristo de nulo acceso para las multitudes.

Nosotros estamos escasos de éxodos personales y comunitarios también.
Quizás, antes que mensajeros hemos de volvernos mujeres y hombres Tabor, puntos latientes de encuentro en donde todo tiempo y cultura pueda encontrarse a conversar con Jesús de Nazareth, Cristo Redentor del Dios de la Vida, y desde allí no acomodarse, no adormecerse, bajar al llano en donde campean las sombras y tantos agonizan en silencio y soledad)

Paz y Bien

De cruz, pérdida y derrota

Para el día de hoy (17/02/12):
Evangelio según San Marcos 8, 34-9, 1

(En los tiempos de la predicación del Maestro, la cruz no era desconocida o abstracta: era el horror y el espanto concretos, bien conocida por el pueblo de Israel. A través de ella, el imperio romano ejecutaba a los criminales más marginales y abyectos, y no es un dato menor: los judíos ejecutaban a sus condenados por la lapidación, en las afueras de la ciudad.
De aquí podemos atrevernos a reflexionar acerca de las circunstancias que rodean a la crucificción del Señor, y de que también -de acuerdo a la ley- el crucificado era considerado un maldito mayor.

Por ello aceptar la cruz de Jesús y la propia implica aceptar ser un marginado, un maldecido; sin embargo, no como consecuencia única e inevitable de un destino fatal preescrito ni como voluntad fatal de un dios vorazmente sediento de sangre.

Nuestro Dios, el Dios de Jesús de Nazareth es Padre y es Madre de todos.

Habitualmente, nos horrorizan documentales y filmes históricos en donde se narran hechos de sacrificios humanos en tiempos pretéritos, efectuados para aplacar iras y conseguir voluntades de fieros dioses. Sin embargo, es una práctica demasiado actual, tristemente mantenida hasta nuestros días: en el altar del dinero y del egoísmo seguimos sacrificando al prójimo.

El camino de la Buena Noticia es un camino de pérdida aparente, de resignar todo mezquino interés personal, de buscar satisfacer las propias necesidades para asumir como propia la necesidad del otro, su dolor y su pobreza, su marginación y su miseria, para que nadie falte al banquete de la vida.
Es asumir la derrota aparente de la muerte, sabedores de que indefectiblemente la vida prevalece.

No es grato, y derriba demasiadas figuras idílicas que nos han impuesto y que hemos asumido acerca de eso que llamamos el Reino de Dios. Porque seguir los pasos de Jesús -cristianismo, Iglesia- es atreverse a la derrota, a la pérdida, a la marginación y a la cruz para que nadie más sea un chivo expiatorio, para que no haya más crucificados.
Es la irreverencia increíble de la Gracia y la fuerza imparable del amor sustentada por el Espíritu de la Vida y la libertad. No hay amor mayor que dar la vida, porque no hay vergüenza sino ofrenda generosa y desinteresada para que, al menos, uno permanezca con vida)

Paz y Bien



Contrariedades y adversarios

Para el día de hoy (16/02/12):
Evangelio según San Marcos 8, 27-33

(Jesús y los discípulos están en Cesarea de Filipo, y éste no es un dato menor: es la ciudad capital del reinado de Herodes, ciudad levantada en honor del emperador extranjero que sojuzga a Israel, ciudad del poder omnímodo que no respeta vida alguna, ciudad en donde un rey brutal y torpe, en nombre de su pueblo, inclina la cabeza y dobla su rodilla frente a la dominación imperial.
Precisamente allí la idea de un Mesías había de ser extrema, es decir, o bien un Mesías inexistente -figura decorativa, lejana e inaccesible-, o bien un Mesías exclusivo, un lógico Redentor nacional y exclusivo de Israel que derrote de modo flagrante a la bota romana que domina la tierra santa.

Entre estos dos extremos, hay una constante: una imagen mesiánica adecuada a cada necesidad, una caricatura adaptable a cada conveniencia, con un cariz escatológico de llegada inminente gloriosa, vencedora, teología del éxito. Por ello para algunos será el Bautista, para otros Elías, profetas de la llegada muy cercana del día de Yahveh.

De allí que frente a la pregunta del Maestro, la confesión de Pedro resuene por su contundencia: -Tú eres el Mesías-.
Pero aún así, no es suficiente, Pedro debe hacer su éxodo de Pasión y Cruz, de vida y Resurrección. Jesús de Nazareth comienza a confiar a los suyos que su misión pasará por la entrega, por el sacrificio, por la ofrenda y la mansedumbre. Será juzgado y decidida su suerte por los poderosos, por aquellos que deciden por las almas y las mentes del pueblo de Israel desde los privilegios del Sanedrín, es decir, la nobleza laica de los ancianos, el clero sacerdotal y los escribas/fariseos.

Es intolerable: no es nada fácil aceptar a un Mesías que acepta sin más la copa amarga de la derrota y la aparente hiel de los despojos, un Salvador que se entrega sin luchar a manos de sus enemigos. Ello provoca furores en Pedro, que lo lleva aparte del grupo para reprenderlo acerca de lo que está diciendo: él, al igual que muchos de nosotros, ansiamos un Mesías maleable, manipulable, un dios que nos obedezca y que responda a nuestros deseos y frustraciones, un redentor que siga nuestros pasos.

Por ello cuando predicamos a un Jesús de Nazareth -Cristo de Dios- ajeno a la realidad de la cruz, en cierta manera nos ponemos del lado de los sanedritas, consuetudinarios adversarios de todo sacrificio, adversarios del amor y del servicio.
Un Salvador lejano, celestial, coronado con oros y realeza que aplasta a sus enemigos -antes bien, a los nuestros; un Cristo revolucionario, totalmente del más acá, un Jesús ideologizado, un Maestro sanador y milagrero, un Redentor acotado a los laberintos de la razón pura exenta de todo corazón.

Es imprescindible que vuelva a calarnos hondo la pregunta, y que nos duela -y ustedes, ¿quien dicen que soy yo?-, para reencontrarnos con el eterno Servidor sufriente que derrota a toda muerte desde la entrega y la gratuidad, desde el sacrificio desinteresado por el otro)

Paz y Bien



Como árboles que caminan

Para el día de hoy (15/02/12):
Evangelio según San Marcos 8, 22-26

(En los sucesos de hoy relatados por el Evangelista Marcos, llama la atención la pasividad de este hombre aquejado por la ceguera. No se mueve, está sumido en la resignación de su mal, a tal punto que son otros los que ruegan por él y lo llevan ante el Maestro.
Es misión primordial de la comunidad ir en socorro y al rescate de quien ha bajado los brazos y ya nada espera.

Jesús de Nazareth no es un sanador milagrero que gusta encandilarse con el reconocimiento público, pues todos los gestos y las acciones de sanación/salvación son signos ciertos de la bondad de un Dios que es Padre y es Madre, y no prolegómenos de acciones espectaculares destinadas a ganar adeptos.
Se trata de volver a reconocernos hijas e hijos.

Por ello mismo, con especial cuidado y gran ternura lo toma de la mano y lo lleva a las afueras del pueblo, éxodo de su rutina de resignación, pascua desde la esclavitud de la oscuridad.
Para Jesús de Nazareth todo es personal, por ello también esa necesidad de reserva y silencio que garanticen un encuentro certero y profundo.

Los pasos siguientes se nos hacen una especie de tratamiento, tan condicionados como estamos por culturas de instantaneidad, éxitos envasados de acción inmediata.
Todos tenemos nuestros tiempos, nuestros desiertos pueden parecerse más nunca serán iguales, la espesura de nuestras oscuridades puede ser mayor o menor.

Sin embargo, todo debe crecer y madurar.

El Maestro hoy nos está preguntando a cada uno de nosotros si somos capaces de mirar y ver, redescubrir qué vemos y cómo lo vemos.
Seguramente, veremos a las multitudes como árboles que caminan, existencias desdibujadas en mares de anonimato, de más de lo mismo, masa informe que sólo refleja estadísticas, nunca vidas, jamás personas concretas.

Sin embargo, es el primer paso de toda liberación de estas cegueras que respiramos.

Porque en el encuentro con Aquél que es la vida y el pan, podemos recuperar a quien habíamos perdido: el rostro real y concreto del prójimo, con sus luces y sombras, mucho más que árboles que andan y que dan frutos.
Recuperar la vista implica redescubrir al otro, y junto al otro encontrar la mirada de Dios)

Paz y Bien




De levaduras y abundancias

Para el día de hoy (14/02/12):
Evangelio según San Marcos 8, 13-21

(Las levaduras no estaban aceptadas en la rigidez de la ley de Moisés: implicaban, como fermento, cierto principio de corrupción, de tal modo que si la masa no pasa en el justo término por el horno, se echa a perder totalmente.

Aún así, Jesús se ha asombrado desde niño -ojos plenos de asombro en la sencillez cotidiana- por los efectos de un pequeño puñado de levadura que fermenta una cantidad inverosímil de harina. Sabe que para cambiar las cosas no hacen falta proyectos faraónicos ni imposiciones multitudinarias: el Reino de su Padre crece imparable desde la humildad y la sencillez con fuerza inusitada.

Desde estos supuestos parecería plantearse una antinomia insalvable, y está bien que esto suceda: las cosas del Reino transcurren a través de una ilógica magnífica e insospechada.

Porque ayer y hoy campean las carencias, faltan el pan del sustento diario y el pan que quita el agobio de la soledad y el olvido.
Todo pasa por hacerse pan para el otro, y no es un recurso literario menor, o una mera declamación de deseos: se trata de una realidad concreta, de la vida que se hace abundante y se multiplica a partir del milagro de la solidaridad, desde lo sagrado del compartir.

El Maestro lo había dejado en claro: con pocos panes y pescados alimentó a miles, tanto en Israel como en tierras paganas. La abundancia de la Salvación no se limita a rituales, a geografías ni a pertenencias.

Sin embargo, a pesar de lo contundente de los hechos, los discípulos no terminan de entender, y al igual que ellos seguimos corruptos por ciertas levaduras que nos demuelen.
La levadura de los fariseos, la de la figuración perpetua, la de un dios manipulable a partir de ciertas prácticas piadosas estrictas, la del aferrarse a crueles normas de pureza e impureza en donde el corazón ha sido desterrado.
La levadura de Herodes, la del poder, la de la vida que se lleva por delante, la del fin que justifica los medios, la de la imposición que repudia todo servicio.

Cuando andamos con Él, un sólo pan que se comparte es más que suficiente para desalojar ese hambre que anda agobiando a tantos)

Paz y Bien


Criterios de legitimidad

Para el día de hoy (13/02/12):
Evangelio según San Marcos 8, 11-13

(Los fariseos eran un grupo de carácter religioso con una gran influencia política en Israel: encontraban su fundamento en el estudio exhaustivo de la Ley mosaica, en la práctica rigurosa de una piedad predeterminada y en el cumplimiento exacto de las normas de pureza moral y ritual.
Este último aspecto supone, a la vez, una teología de la gloria -un Dios muy lejano y decididamente celestial- y una espiritualidad de los méritos y la retribución, un Dios manipulable por la acumulación de actos piadosos, un Dios de premios y castigos. La conclusión necesaria es que habrá un reducido grupo de gentes más cercana a Dios que el resto, los más puros, los religiosamente correctos.

El corazón quedaba relegado al olvido, y es claro que su dios no era el Dios de Jesús de Nazareth.

Abbá es Padre y es Madre que ama por igual a todas sus hijas e hijos, y no está lejos. Por el contrario, sale al encuentro y en búsqueda tenaz del hombre, es un Dios amable que se deja encontrar en las cercanas honduras de cada corazón, en el prójimo, en los ojos de los niños, en el rostro de los pobres.

Este galileo irreverente se atrevía a decir cosas nuevas, y a cuestionar abiertamente todo lo que sus tradiciones estratificadas sostenían; para colmo de males, los parámetros que sostenía no eran mesurables, pues no tienen medida el amor, la libertad, la ternura, la salvación, la increíble y maravillosa acción de la Gracia.

Por ello mismo le piden una señal divina; no obstante, aunque se cayeran los cielos, lo seguirían rechazando. En su repudio predeterminado, en su prejuicio militante se habían vuelto ciegos y sordos a toda novedad.
Le piden ese signo como criterio y credencial de que todo lo que hace y dice es legítimo, es auténtico y está autorizado. Buscan la señal de ese dios lejano en el que creen, no pueden ni quieren aceptar al Dios que Jesús revela y que ya está entre nosotros, manifestándose en cada acto de bondad, en cada gesto de vida.

Hoy mismo los signos están allí, para todo el que sea capaz de mirar y ver, señales de que el Reino está creciendo humilde y sin pausa entre nosotros, que no es necesario buscar la receta mágica o la determinación milagrera.
Dios está, camina y cuida de nosotros)

Paz y Bien

Cuestiones de piel

Para el día de hoy (12/02/12):
Evangelio según San Marcos 1, 40-45

(La lepra es de origen infeccioso -se propaga a través de una bacteria conocida como el bacilo de Hansen-; tiene una acción progresiva y degenerativa, con una modalidad a nivel dérmico que produce máculas y nódulos bien visibles, y un estadío posterior que afecta las terminales nerviosas, produciendo también necrosis, es decir, la destrucción de tejidos.
No obstante ser una enfermedad conocida desde la antigüedad, los avances para su tratamiento y cura son muy recientes.
Si por un momento nos detenemos en el fenómeno tal como se presenta, quizás podríamos atrevernos a decir que la exclusión del leproso del tejido social responde al espanto de las huellas que deja en su piel la enfermedad, y el consiguiente miedo al contagio, y es precisamente el miedo una fuente permanente de muchos dolores y horrores antes que cualquier patología.
El distinto, el diferente, el extraño y el enfermo nos siguen espantando.

Todo se agrava cuando esa aversión se motoriza desde lo religioso, es decir, cuando la lepra es considerada consecuencia del pecado -castigo necesario de un dios severo y cruel-, y el leproso un impuro peligroso al que se le impedía la vida en pueblos y ciudades, la participación religiosa, el contacto con los demás. Como si eso no bastara, estaba obligado a mantener e indicar su condición vistiendo harapos y proclamando a los gritos su condición de impuro para que nadie se acerque.
Es claro que en tiempos de la predicación de Jesús se consideraba como leproso a cualquier persona que portara diversas afecciones en la piel -dermatitis, psoriasis, etc- y no sólo la lepra misma. Era necesario excluir de la vida diaria al leproso no como una medida profiláctica, sino como acción espiritual: el contacto con el impuro, a su vez, impurifica al que se acerca, vuelve impuro y leproso al atrevido y transgresor.

Por ello mismo, en la Palabra para el día de hoy el leproso que se pone a los pies del Maestro no pide por su curación: él suplica ser limpiado, ser purificado, implora humildemente ser readmitido a la vida comunitaria y religiosa desde donde ha sido expulsado concienzudamente.
La actitud decidida de quien se moviliza y confía desde la fé nacida en las honduras de su alma siempre es transgresora, revolucionaria y gestora de milagros.

El Maestro se conmueve, y Él también transgrede, se atreve, rompe con toda precaución y falsa prudencia: Jesús de Nazareth expresa el amor y la Gracia magnífica e increíble del Dios de la Vida que no conoce límites, ni tolera argumentos de exclusión, un Dios que abraza y cura desde el perdón y la bondad, la liberación total como fruto primero de la Misericordia.

Esa acercarse y tocar al leproso lo vuelve a Él mismo leproso e impuro.
Ha enviado a ese hombre re-creado y re-novado a presentarse al sacerdote para ser readmitido como puro y sano, con el imperativo de no contar nada de lo sucedido. No es tiempo aún, Jesús prefiere dejarse de lado y poner como asunto primordial el reconocimiento como persona del olvidado, del rechazado, del excluido. Sin embargo ¿qué puede hacerse?: la liberación y la ternura desatan la alegría reprimida, y no hay modo de contener que se cuente a otros esta novedad impresionante.
No hay manera de menguar ni de silenciar el anuncio de la Buena Noticia.

Por ello mismo, a pesar de que lo busquen multitudes, Jesús no podrá entrar en ningún pueblo ni ciudad: es el que ha tocado a un leproso, es el que se ha vuelto impuro por voluntad propia, y debe a su vez ser expulsado de la vida de Israel bajo la rigidez de normas y ley.

De algún modo, esa lógica de exclusión se mantiene firme y militante hasta nuestros días. Al distinto, al diferente, al que no nos simpatiza o nos genera rechazo lo expulsamos, lo rechazamos por portar una piel diferente, un rostro lastimado, una nacionalidad extraña, una cultura peculiar y no propia, la lepra del extranjero, del extraño, del impuro evidente a nuestros ojos mezquinos.

Y ahí está Jesús de Nazareth, paciente en su tenacidad de salud/salvación, indiferente al que dirán, obstinado en las cosas de su Padre.
Y ahí está el leproso recuperado en su dignidad, incontenible a la hora de transmitir la mejor de las noticias que acontece en cada presente.

Quizás la Iglesia sea en principio un gran peregrinar imparable de leprosos rescatados, mujeres y hombres tocados por la mano bondadosa de Dios sin miedo a volverse impuros con el olvidado, sin temor a ser expulsados de todo sitio por embarcarse en la misión mansa y humilde de la Salvación)

Paz y Bien

La multiplicación del servicio

Para el día de hoy (11/02/12):
Evangelio según San Marcos 8, 1-10

(Estamos con Jesús y sus discípulos en territorio pagano, tierras extranjeras, áreas de lo extraño y lo ajeno. Allí también las gentes buscan con denuedo al Maestro en su hambre de verdad y desde el agobio de sus enfermedades y dolencias: el dolor nos iguala, el dolor nos asemeja, el sufrimiento nos muestra no tan distintos.

Eran ya tres días que estaba el gentío junto a Él, bebiendo de su Palabra sin una queja. Pero el Maestro no es indiferente a las necesidades del otro, no mira para otro lado, lo moviliza la compasión, lo impulsa la Misericordia. Ellos podrán ser perros extranjeros, gentiles, paganos, profanos, inmigrantes ilegales, no católicos o el rótulo por el que optemos: aún así tienen sobre ellos la mirada bondadosa de Dios para el que no cuentan divergencias ni fronteras. Hay necesidad, desfallecen de hambre, hay que alimentar a todos ellos que están a la espera durante tres días, como desfallece la vida los tres días que el cuerpo de Jesús permanecerá en la casa tumba...pero ha de prevalecer la resurrección, la vida en Sus manos es mucho más tenaz de lo que solemos imaginamos.

Pero hay un distingo fundamental: el socorro y el auxilio no es privativo de un Cristo que se conmueve, sino que ha de tener color comunitario. Por ello los discípulos son parte del problema y partícipes de la solución.
El hambre es obsceno, es cruel, es ofensa grave al Creador de la vida, y todas sus hijas e hijos no podemos quedar indiferentes, ni acotarnos a simpáticas declamaciones.
Los Doce, precisamente, intentarán eso mismo: que son muchos, que están en un sitio desierto, que vayan a otro lado más amistoso en busca de pan. Sin embargo, la respuesta está en sus manos, no se puede despedir al hambriento al abandono de su suerte. Parece poco -siete panes- pero serán abundantes y desbordantes si acontece el milagro del compartir. No hay mínimos, ni siquiera esos humildes pescaditos -comida de gorriones-, todo cuenta, todo suma.

Cuando florece el compartir, brota espontánea la acción de gracias, tiempo de Dios y el hombre en plegaria y gratitud, Eucaristía de la humanidad.
Esa acción de gracias no será una oración privada del Maestro, sino que hace partícipes a los suyos, a tí y a mí, a vos y a ella, a todos nosotros.

Cuando sucede la compasión y se expresan concretamente el socorro y la solidaridad, los milagros se agolpan con un enorme aquí estoy! del Dios de la Vida, esos panes multiplicados se vuelve más que suficientes, nunca cálculo mezquino, canastas y canastas que sobran para los que vendrán.

Panes y peces se acrecientan en el altar de la misericordia y del servicio que se multiplica)

Paz y Bien

Effatá

Para el día de hoy (10/02/12):
Evangelio según San Marcos 7, 31-37

(La imposibilidad de oír y escuchar, de mirar y ver y de expresarse eran signos de castigo en los tiempos de la predicación de Jesús de Nazareth. Implicaba esa mentalidad de desalojar la compasión y adjudicarle al que sufre la responsabilidad total del mal que padece por pecados propios o familiares.

Esta postura -que también es una pseudocreencia- no nos es desconocida, y es una actitud ética que tristemente persiste, ese espíritu maligno del por algo será, hay desempleo porque no se busca con decisión un trabajo, hay prostitución y trata de personas porque resulta conveniente para aquellas esclavas de ese terror, hay adicciones porque muchos las disfrutan, hay enfermedades por no cuidarse, hay vidas robadas y desaparecidas por causa de un compromiso político o religioso, sea cual fuere...
Si nos detenemos un momento, en el ayer y en el presente persiste la dolorosa negatividad del egoísmo que reniega de todo esfuerzo comunitario, propiciando un individualismo cruel que separa y castiga.

La multitud no dejaba en paz al Maestro: todos estaban librados a su orfandad, pero se quedaban en la imagen sanadora de Jesús, no más que eso, un profeta milagrero que los aliviaba de sus pesares.
Por ello mismo, cuando le ponen frente a él a este hombre sordomudo, lo lleva a un lugar apartado del gentío, y es toda una declaración silenciosa de principios: la salvación implica romper con la rutina mundana, y quien en verdad no puede oír ni hablar es esa multitud.

El sordomudo es liberado de su dolor, de la imposibilidad de escuchar y del aislacionismo de expresarse: ya libre, no puede contenerse de anunciar la Buena Noticia, todo el bien que Dios ha hecho en él.
No hay modo de silenciar ni de detener la fuerza increíble y maravillosa de la Gracia, de la Buena Noticia.

Todo lo ha hecho bien, siempre pasa por nuestras vidas haciéndonos bien, y es necesario que vuelva a abrirnos la escucha y la palabra para salir de nuestros encierros, para ir al encuentro del que sufre, para hacer el bien y que se reconstruya la vida derrumbada)

Paz y Bien

Más allá de nuestras fronteras


Para el día de hoy (09/02/12):
Evangelio según San Marcos 7, 24-30

(La Palabra para el día de hoy nos sitúa en la región de Tiro, región de paganos y extrajeros/extraños y, por lo tanto, impuros.

Jesús abandona los ámbitos judíos conocidos y se adentra silenciosamente en esa región; a pesar de intentarlo, no pasa desapercibido. Nunca el bien y la bondad pasan desapercibidos o quedan ocultos.
Sin embargo, Jesús de Nazareth -nuestro hermano y Señor- es totalmente humano, el más humano de todos y no es inmune a toda una carga de tradiciones culturales y religiosas de su pueblo. Esta no es una cuestión menor, pues podemos inferir que hay en el Maestro un proceso creciente de conversión y apertura hacia todos, sin excepción, desde las entrañas de su corazón misericordioso.

Allí, en esa casa en donde pretendía pasar un tiempo de incógnito, las gentes se comienzan a agolpar y se hace presente una mujer, cuyo status es harto complicado para la mentalidad imperante: es mujer, es extranjera, es pagana y, como si esto no fuera suficiente, su hija está agobiada por un espíritu malo que la aliena y atenaza. En síntesis, es impura y réproba por donde se la mire y es mejor evitarla para no impurificarse.

Quizás porque el Maestro aún porta el lastre de sus ancestros es porque le habla de una manera tan dura y extemporánea: parecería que las bondades del banquete de Salvación sólo están disponibles para los hijos de Israel.

Pero esta mujer es ante todo una madre que ama a su hija al extremo, y es capaz de todo con tal que salga de su estado de postración y sufrimiento: se arroja a los pies de Jesús -aún siendo extranjera, lo reconoce como Señor sin ambages- y pone en sus manos la vida de la hija enferma. Confía plenamente en que en ese rabbí galileo encontrará sanación y liberación del mal que la agobia. Le basta una migaja de misericordia infinita.

Y Jesús se asombra de la fé profunda de la sirofenicia, y sucede el milagro: la hija recupera la salud, se ha sanado por ese amor de madre inquebrantable y por la compasión de Dios que se expresa en Él.

El Maestro derriba las fronteras desde su inmenso corazón: la Salvación se brinda infinita y generosa, desdibujando los conceptos mezquinos de propios y ajenos, de razas, culturas y religiones.

Es nuestra misión pendiente: en donde menos lo esperamos, allí en donde suponemos la no pertenencia o que no llega la Gracia, allí florece la bendición y la paz.

Todo se decide desde la confianza y la fé que brotan de cada corazón.)

Paz y Bien

Cuestiones de expertos

Para el día de hoy (08/02/12):
Evangelio según San Marcos 7, 14-23

(Jesús llama a las gentes, a los discípulos, a todos los que estaban allí. Quizás la falta de nombres propios en esta lectura nos invita a poner los nuestros, como espectadores atentos y expectantes de lo que Él nos está diciendo.

En nuestro aquí y en nuestro ahora -kairos, tiempo de Dios, Palabra de Vida y Palabra Viva- seguimos incurriendo a repetición en el mismo error grosero de los escribas y fariseos de aquellos tiempos: nos aferramos a normas, preceptos y criterios básicos a cumplir, en la idea de que a partir de ello accederemos a la Salvación y seremos portadores de la bendición de Dios.

Pero así olvidamos que es el año infinito de la Gracia, de lo dado en pura gratuidad y por amor del Dios de Jesús de Nazareth antes de la acumulación voraz de méritos piadosos. Y la bendición de Dios también es don, toda la humanidad ha sido bendita pues Dios se ha hecho uno de nosotros, el más humano de todos, Jesús el hijo de Dios vivo.

En estas costumbres se vuelven imprescindibles los expertos en estas cuestiones, almas puntillosas que nos señalen y codifiquen qué es lo que debemos cumplir y qué es anatema, o si se quiere, qué es lo puro y cristiano y qué no lo es.

La propuesta del Maestro es propuesta de liberación y plenitud integrales, y el camino es el amor que se expresa en lo que hacemos y dejamos de hacer con el otro. Lo que nos ata y lo que oprime a tantos es la mala cizaña que viene de lo profundo del corazón, en todos los casos con el color opaco y apagado del egoísmo.

Indefectiblemente se cosecha lo que se siembra, y tal vez -además de los cuidados médicos que todos necesitamos- debamos comenzar a cuidar con esmero qué cosas son las que nos nacen en las honduras del alma: ésas y no otras son las que llegarán al centro cordial de nuestros hermanos)

Paz y Bien

Tradición y culto

Para el día de hoy (07/02/12):
Evangelio según San Marcos 7, 1-13

(El valor trascendente de la Tradición no es opinable: es aquello que se "trae" -tradere- de generación en generación por impulso del Espíritu, desde los apóstoles a nuestros días.

Podemos entrever en la Tradición la mano bondadosa del Dios de Jesús: la misma Palabra, los libros santos de la revelación, los Evangelios son la tradición primera, el testimonio de la acción liberadora de Dios susurrado por las tribus del desierto, el anuncio de la Buena Noticia hecho memoria y presencia por las primeras comunidades para todos nosotros.

Sin embargo, al igual que en los tiempos de la predicación del Maestro, demasiadas costumbres se han instalado -y hasta sacralizado- cuando en realidad han sido fruto de circunstancias históricas determinadas que se perpetuaron en el tiempo. A esa absolutización de situaciones y cuestiones que es su momento han sido importantes también se la suele denominar erróneamente tradición, y como en esa espiritualidad sinagogal -rígida de exclusiones, estigmas e impureza- es causa de separación, agobio y soledad.

Todo ello, claro está, tiene su traducción litúrgica. El culto acartonado, ferozmente puntilloso en exactitudes formales pero en donde el corazón y la compasión están ausentes.

Quizás hemos olvidado que el culto verdadero comienza en la compasión y el socorro hacia el necesitado, y la liturgia es expresión comunitaria y frutal de liberación y amor)

Paz y Bien

Cercanía y presencia

Para el día de hoy (06/02/12):
Evangelio según San Marcos 6, 53-56

(Hechos y palabras son los dos ríos que nos brindan el agua nueva de la Revelación que por pura gratuidad -Gracia!- nos regala Jesús de Nazareth.
La Palabra que nos enseña el rostro paterno y materno de un Dios que es amor entrañable.
Los hechos, las acciones de Jesús que son la expresión cabal de ese Dios que nos ama sin medida ni condiciones.

En esas acciones entrevemos a un Dios que se acerca a las gentes, un Dios que recorre los mismos caminos que la gente, un Dios muy cercano a la cotidianeidad que no se deja encerrar ni por doctrinas religiosas ni por templos de piedra, pues los templos verdaderos en donde se le rinde culto es cada mujer y cada hombre, vidas sagradas que nos redescubre el Maestro.
Un Dios que se pone abiertamente del lado de los que sufren, que está inclinado hacia los excluidos de todo estigma, un Dios cuya justicia es la Misericordia, un Dios que se deja encontrar y tocar.

En esa realidad, Jesús de Nazareth -judío marginal pero judío hasta los huesos- vestía como todos los varones de Israel el tallit katan, manto con flecos especialmente anudados de color púrpura violeta según prescribía la ley de Moisés -Nm 15, 37-40-, y significaban para todo creyente memoria, recuerdo y realidad de los mandamientos de la vida, de la santidad añorada por Dios, ese Dios siempre cercano que nos ha liberado de la esclavitud de Egipto y de todas nuestras prisiones. En ese talante, los enfermos rogaban que les permitieran tocar esos flecos anudados, intuyendo la santidad que imperaba en ese rabbí galileo.
Todos lo que lo hacían quedaban sanados, no tanto por la mecánica del gesto sino más bien porque la cercanía constante de Jesús y nuestras ansias de santidad obran milagros en nuestro aquí y ahora.

Presencia y cercanía de Dios se nos vuelven invitación y misión, movimiento perpetuo de esta comunidad que llamamos Iglesia, y que sale al encuentro de los perdidos, de los que sufren, de los que están librados a la suerte del dolor)

Paz y Bien

Desde la gratitud

Para el día de hoy (05/02/12):
Evangelio según San Marcos 1, 29-39

(Ella está postrada, atada a la enfermedad que la somete, las fiebres la vuelven intocable por impura, careciente de voluntad propia por la temperatura alta y porque es mujer. Por ello son los varones los que regresan de la sinagoga, en el encuentro sabatino con la palabra; ella permanece en su lecho, encerrada entre paredes de la exclusión.

Pero es tiempo de milagros, año de Gracia y misericordia, y ella encontrará salud y liberación. No está sola: el Maestro llega a la casa de Simón y Andrés sin saber de su situación, y es la preocupación de los demás la que lo informa acerca del estado de la suegra de Pedro, y así es también siempre el primer paso de toda sanación y de toda redención, el interés, el socorro y el empeño puesto por la familia, por la comunidad en favor del que sufre.

Allí no habrá conjuros, palabras mágicas ni rituales preestablecidos que rubriquen el milagro de manera espectacular; el milagro comienza con una actitud de ternura revolucionaria de Jesús de Nazareth, que no vacila en inclinarse hacia ella, en tomarla de la mano sin importarle esas pesadas cargas sociales que le impiden acercarse por ser una mujer, y en ese yugo religioso intolerable que a Él mismo lo vuelve impuro por el contacto con la fiebre y la enfermedad.
El milagro primordial es el magnífico quebranto que realiza el Maestro, derribando esos muros de exclusión y soledad que solemos imponer, gestos y acciones de redención que sanan y liberan.

En esa casa familiar de Andrés y Simón, casa de pescadores en donde habría esposas, bullicio de niños, mesa grande de pan compartido y esfuerzo común, Jesús restaura el ámbito de la sacralidad: la vida es sagrada, el templo primero es cada vida humana, el culto comienza a partir de la compasión y la solidaridad en espacios comunitarios en donde prima el cuidado del otro.

Ella se pone de inmediato en pié y se pone a servir; no es una actividad menor, de relegamiento a la cocina, actividades domésticas menores, sino que se trata de diaconía, del servicio a los demás que surge como gratitud por la vida que se ha recuperado y la libertad que se ha redescubierto. Y es la gratitud fruto, y es la gratitud semilla, pues desde la gratitud nos sanamos, nos reconstruimos, nos liberamos y servimos en plenitud.
La gratitud que se expresa en el servicio es el signo por excelencia de la Gracia increíble y maravillosa.

Sin embargo, no hay instantaneidad para muchos: Pedro y varios quieren un Jesús exclusivo, privado, perteneciente a unos pocos, de acceso limitado. Ellos no han realizado aún su éxodo de todo lo viejo que los socava y adormece, por eso el Maestro no responde con discursos, sino que será contundente en la caridad y la ternura, yendo allí en donde se lo necesita y se lo busca. La Buena Noticia no se detiene ni encierra en sitios ni instituciones, el Espíritu impulsa la vida más allá de cualquier frontera que nosotros admitamos.

Tenemos serias carencias de auxilio y deudas de socorro; sin embargo, hay muchas suegras agradecidas que se han puesto de pié, que sostienen las familias y que nos sirven banquetes de esperanza, suegras de Pedro que no se resignan y que desde la gratitud se hacen profecía y eucaristía)

Paz y Bien

Sin tiempo ni horarios

Para el día de hoy (04/02/12):
Evangelio según San Marcos 6, 30-34

(Los discípulos regresan de la misión que su Maestro les había encomendado: han anunciado la Buena Noticia, han expulsado los espíritus malos que agobiaban tantas almas. Por eso mismo estaban expuestos a dos peligros ciertos, los efectos del cansancio y el riesgo de una euforia que sólo tiene como distingo lo pasajero, lo fugaz.
Jesús sabe eso, y los lleva con Él a un lugar apartado para volver a reencontrarse y centrarse, para el reposo que reconstituye, para restablecerse en paz y fraternidad. Son obreros del Reino, son pescadores de hombres pero no están sujetos a cumplimiento estricto de horarios prefijados y normas operativas claramente delimitadas; ellos eligieron a partir de la gracia y de su libertad seguir al Maestro y asumir todo lo que implica ser discípulos y misioneros, y desde esa misma libertad se podrán rehacer y reconstituir junto a Él.
Sólo en Él podemos encontrar descanso, y ese descanso será verdadero cuando en la ilógica del Reino nuestro cansancio se transforme en ofrenda y socorro al necesitado, el culto verdadero.

La raíz de todo está en la compasión -com pathos, asumir propio el sufrimiento del otro-. Jesús de Nazareth vive fuera de sí, constantemente volcado hacia el otro, hacia el que padece, hacia el abandonado. La compasión es la expresión pura de la Misericordia que sostiene al universo, y le nace desde sus entrañas: desde esa compasión multiplicará los panes a judíos y gentiles, sanará a la hemorroísa, a la hija de Jairo, a la cananea, al siervo del centurión. La compasión no conoce límites ni fronteras, tampoco horarios.

La compasión del Dios de Jesús de Nazareth es la que nos reune a pesar de todos nuestros desencuentros, la que nos limpia de soledad, la que nos llena los vacíos de dolor, la que nos libera para la vida plena y se nos vuelve bendición y misión)

Paz y Bien


Mesas opuestas

Para el día de hoy (03/02/12):
Evangelio según San Marcos 6, 14-29

(La mesa de Jesús de Nazareth es la mesa del compartir, del servicio, de la inclusión y la fraternidad. Es la mesa tantas veces mirada con rechazo y reprobación, la mesa imposible en donde se sientan a compartir el pan los despreciados de todo tiempo, los que no cuentan, los considerados impuros e indignos por los sistemas de cada época, la mesa grande de Abbá Padre de Jesús y Padre Nuestro.

Pero hay otras mesas, las de los poderosos, banquetes en donde de derrocha el pan y las vidas de los otros; son esas mesas que tienen mucho de orgías de muerte y nada de ágape, de vidas que se comparten y expanden.

Es innegable que la persona de Jesús atrae, cuestiona, interpela: no es alguien a quien pueda ignorarse. Pero Herodes confiesa la ceguera que suelen portar los que detentan la soberbia, y no logra identificar a este rabbí galileo que tanta fama tiene. Más aún, con un temor supersticioso, cree que es el Bautista a quien él había mandado ejecutar.

La mesa de Jesús es mesa de fraternidad y conversión.
La mesa de Herodes es mesa de poder impune y de perversión; esa bandeja que estaba destinada a llevar el pan que se ha de compartir, se transforma en un signo de horror y muerte, allí llevarán la cabeza del Bautista, el más cabal y fiel de los hombres, el profeta de Dios fiel hasta el fin que no teme el espanto que el poder esgrime ante sus ojos, y que no se calla aunque lo atenace el miedo.

EL Evangelista nos brinda un hecho que no es menor: los discípulos de Juan intervienen sólo para encargarse de sus despojos, y es todo un llamado de atención para todos nosotros, para volvernos servidoras y servidores activos en esas mesas en donde la dignidad se reconoce en plenitud, en donde no se juega la vida de otros a los dados del capricho y el poder, mesas en donde nadie es excluido porque Aquel que invita ha pagado con su propia vida todos los lugares)

Paz y Bien

Temas de familia

Presentación del Señor

Para el día de hoy (02/02/12):
Evangelio según San Lucas 2, 22-40

(Son un matrimonio joven, un carpintero galileo y una muchacha campesina. Son muy pobres, por eso harán la menor de las ofrendas, sus ropas y su acento les descubre el origen.
Entre la majestuosidad del Templo y la abigarrada multitud se pierden; más aún, a ese bebé que se les duerme en los brazos y que llevan a la presencia de su Dios, nadie lo vé.

Sin embargo, dos abuelos cargados de años y sabiduría, con la ternura de aquellos que son padres y madres desde las honduras de su alma, son padre y madre de María y José, son también padres del bebé que acunan en sus brazos. Ellos sí lo pueden ver entre la multitud sin ninguna dificultad, porque tienen una mirada plena de fé y de esperanza.
Ese Niño es la respuesta a tantos años de espera, ese Niño trae todas las respuestas a tantas preguntas que se han hecho a lo largo de décadas, ese Niño es vida para su pueblo y para todos los pueblos.

Parece mentira: la más pura entre todas acude humilde a purificarse, el Libertador es llevado en brazos para ser rescatado según la Ley de Moisés.

Ese Bebé crecerá entre abuelos veraces e increíbles como Simeón y Ana, ese Bebé aprenderá desde pequeño los pequeños gestos diarios de servicio y el afecto concreto que se dispensa y difunde en cada palabra, a cada momento.
Ese Bebé sabe desde que nació que no hay palabras mejores que Abbá e Immá, papá y mamá, porque lo ha aprendido en el calor de su tapera nazarena, con los cuidados de José y María.

Desde eso que conoce y sabe, desde ese calor familiar que lo abriga, Él hablará de Dios de un modo definitivo, Él se hace Palabra para que recuperemos el habla, para que podamos llamar a las cosas por su Nombre)

Paz y Bien

Encasilllamientos

Para el día de hoy (01/02/12):
Evangelio según San Marcos 6, 1-6

(Jesús regresa a su patria chica, a su querencia, a la Nazareth galilea que lo vió nacer y crecer. Como todos los sábados, se dirige a la sinagoga y se pone a enseñar, esta vez allí entre sus paisanos, aquellos que creen conocerlo bien.

Todos los presentes se llenan de estupor, no pueden creer lo que escuchan. Lo conocen desde niño, conocen a los suyos y ese Jesús ya tiene un rótulo preestablecido, ha sido encasillado de determinada manera y sus paisanos no pueden hacer la Pascua que vá del asombro a la fé.
A esto, poco tiempo antes sus parientes se habían llegado hasta Cafarnaúm para llevárselo por la fuerza: sus palabras y acciones los ofendían, y lo creían fuera de sí; tal vez la actitud del resto del pueblo estuviera totalmente en una postura de rechazo hacia el Maestro, y esto es parte de nuestra cotidianeidad. Nosotros también encasillamos a a los más sencillos, descreídos de que puedan hablarnos con palabras de eternidad, nosotros también nos dejamos llevar por las habladurías de otros, las acciones y decires negativos de la Iglesia también provocan en muchos el rechazo a la Buena Noticia de Jesús de Nazareth.

Los nazarenos dan un paso más: no sólo rechazan cualquier novedad proveniente de Él, sino que lo insultan abiertamente: Él no puede hablar así, es el carpintero al que todos conocen, es el hijo de María -una mujer muy pequeña, una nada-, y nada se dice de José. Esto no es casual, es una manera velada de señalar que Jesús no tiene ascendencia paterna, que es un hijo natural, un bastardo sin raíces.

Allí, en su Nazareth no podrá realizar milagros, sanaciones, liberación de almas; los milagros son siempre actos de fé y bondad en donde no hay sujetos pasivos, es Dios que interviene en la historia, es el hombre que responde desde la confianza.
Allí en su Nazareth sólo será motivo de escándalo.

Sin embargo, Él no se resigna y persiste, y seguirá fiel hasta su Pasión y Resurrección y después también. Se asumirá impuro, se sentará a la mesa con los indeseables, soportará con paciencia la marginalidad y la exclusión a la que se lo somete impunemente.
La Buena Noticia comienza y se expande desde los márgenes, desde donde menos se la espera, desde aquellos que están rotulados con diversos estigmas que nadie se atreve a quitar, y todos los desmedros, rechazos y condenas han de ser la medida de la fidelidad amorosa de esta familia grande que conocemos por Iglesia)

Paz y Bien


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