Plegaria, respuesta humilde al susurro de Dios













Para el día de hoy (10/03/18):  
 
Evangelio según San Lucas 18, 9-14







Los fariseos carecen hoy de una fama respetable; por el contrario, son el ejemplo antitético de la vida cristiana. Muchas veces, por las actitudes que en aquel tiempo tuvieron con Jesús y sus discípulos, la calificación es comprensible; sin embargo, todo prejuzgamiento siempre, inevitablemente, es peligroso y tiene poco de justicia.

Los fariseos eran hombres muy religiosos, que es esmeraban a diario en la piedad, en aras de agradar a su Dios. Y en el tiempo del ministerio de Jesús, se habían vuelto aún más severos y puntillosos, pues ansiaban preservar la identidad nacional de Israel y la fidelidad a la Torah inmersos como estaban en una dominación romana que no se limitaba a lo militar, sino que poco a poco iba carcomiendo su cultura y sus tradiciones. A la par de ello, los publicanos -judíos ellos también- recaudaban impuestos mediante prácticas corruptas y extorsivas para la potencia opresora.
Así, mientras unos tratan de mantenerse fieles al Dios de sus mayores, otros de sus hermanos expolian al pueblo judío sirviendo al extranjero, al invasor romano.

Esa premisa quizás nos ayude a profundizar más la parábola que Jesús nos ofrece desde la Palabra en el día de hoy.

El fariseo se yergue de pié en el Templo, y levanta la vista orgulloso. Implícitamente, la Palabra nos indica que reza sólo, que evita el menor contacto con el impuro, con el pecador, con el publicano. En su oración descolla tanto el ego, que no hay lugar ni para la adoración, para la confesión o para el arrepentimiento: sólo una expresión de gratitud por sí mismo.
El fariseo atesora su propio carácter como parámetro de medida de los demás, y eso es lo que lo pierde. Porque la prerrogativa del juicio es de Dios, y estas circunstancias, el fariseo es un usurpador que desde un altar de puro orgullo juzga y desprecia al otro, encarnado aquí en el publicano.
En realidad, el fariseo no ora, sino monologa. Se habla y se reza a sí mismo, pues la oración es diálogo y, especialmente, escucha atenta de ese Dios que siempre nos habla y nos está buscando.

En cambio, en las antípodas de esta actitud, el publicano está inmóvil, tanto que no se atreve a levantar la mirada. Se sabe indigno y se reconoce culpable de las miserias que ha provocado, y del daño que ha ocasionado a su propio pueblo: se reconoce miserable y pecador, y como tal ni siquiera espera justicia. Sólo implora merced, ruega por misericordia.
En su simple pero a la vez intensa súplica, busca el perdón, la reconciliación, la paz consigo mismo y con su Dios.

Uno de ellos se cree con derechos divinos adquiridos mediante la acumulación de actos virtuosos, y supone que por eso mismo tendrá -en esta vida y en la postrera- recompensas y dividendos por su exacta religiosidad.
El otro, se humilla frente a la inmensa santidad amorosa de Dios que lo desborda, y por eso mismo abre las puertas de su corazón a la Gracia, que es mucho más que un cambio de costumbres y actitudes.

Nos queda plantearnos si nuestra plegaria es sólo un discurso, o si en verdad escuchamos y respondemos esa voz paciente que en las honduras de nuestros corazones nos susurra Abbá, asombrosa palabra para el regreso y el perdón y el abrazo.

Paz y Bien

Corazones tallados por el Espíritu











Para el día de hoy (09/03/18):  


Evangelio según San Marcos 12, 28-34






Los escribas, como doctores de la Ley mosaica, eran enconados detractores de las enseñanzas del Maestro; su enemistad era, además de manifiesta, muy peligrosa, pues daban un carácter intelectual y dogmático a ciertos odios acendrados esgrimidos por saduceos, herodianos y otros fariseos. De este modo, los escribas darían, a la hora del juicio del Sanedrín, fundamentos teológicos y legales para condenar a muerte a Jesús por blasfemia.

A pesar de todo, lo que nos plantea el Evangelio para el día de hoy es muy provocador, porque nos revela que nadie es propietario absoluto de la verdad ni posee el monopolio del amor de Dios. Especialmente los discípulos y seguidores de Jesús de Nazareth.

Este escriba sitúa correctamente las prioridades que el Maestro encarna en todo su ministerio, es decir, que ante todo está el amor a Dios y el amor al prójimo. Nada está por delante de ésto, nada es tan primordial.
El amor es la identificación crucial de todas las mujeres y los hombres que ansían desde sus entrañas que venga aquí y ahora el Reino de Dios entre nosotros.

Lo aseverado por el escriba merece la admirada aprobación por parte de Jesús de Nazareth, y desoye cualquier llamado a exclusividades por parte de tantos. Es dable suponer algo más también: el escriba habla con verdad, pero a la vez es un buscador sincero de esa verdad que intenta profesar.
El elogio de Jesús también se dirige hacia esa sinceridad. Porque todo el que busca, encuentra, y el Dios Abba de Jesús de Nazareth es un Dios que no sólo se deja encontrar, sino que sale al encuentro de la humanidad.

Aún así, este escriba veraz está cerca del Reino, pero no pertenece a él. Le falta realizar un éxodo liberador.

Moisés trajo de la montaña santa los mandamientos grabados en piedra, para que nadie de esos peregrinos del desierto ni de sus descendientes hubieran de olvidarlo.
Pero ahora estamos en tiempo de la Gracia, y la Salvación -antes que premio y conquista- es don y misterio.

Los mandamientos que se condensan y expresan en un único amor, como es único el Dios de la Vida, ahora se tallan en los corazones de aquellos que pertenecen al Reino de Dios.

Somos tierra que anda, sólo un puñado de tierra fértil que debe ser moldeada por el Espíritu de Dios.

Paz y Bien

Voz de los pequeños, voz de Dios










Para el día de hoy (08/03/18):  
 
Evangelio según San Lucas 11, 14-23







Cuando hablan los pobres y los pequeños, es Dios mismo quien se expresa.

Antiguamente, se atribuía a una posesión demoníaca o de espíritus malignos enfermedades, desgracias y sufrimientos. La presencia liberadora de Jesús de Nazareth expulsando esos demonios -esas ideas- que tanto daño hacen, restituyendo la salud, la alegría, la paz, son el signo cierto de que el Reino está aquí y ahora entre nosotros.

Así con el demonio de la mudez. Sobreabundan los demonios que hacen enmudecer a tantos, imposibilitando toda comunicación, mutismo que destruye, mutismo impuesto para que nada se sepa, para que no molesten, para que todo siga igual.
Por ello cuando se restituye el habla, arrecian las críticas.

Están los que se aferran al espectáculo mágico, a la instantaneidad que supone la pasividad del doliente, mendigo de migajas sobrenaturales, pero incapaz de un proceso de crecimiento y liberación.
Están también aquellos que se enceguecen de furia cuando el Señor o sus hermanos devuelven a los que no cuentan esa voz perdida. Son los que dividen, debilitan y separan, por ambiciones de poder y dominio, por la soberbia de la meritocracia y la pertenencia.

Pero a pesar de nuestras miserias, seguiremos andando los caminos del Maestro, cosechando frutos santos de vida en ciernes porque estamos con Él, creemos en Él y confiamos en Él, el que no nos abandona, el que jamás nos defrauda.

Paz y Bien

Todo confluye en Cristo














Para el día de hoy (07/03/18):  
 
Evangelio según San Mateo 5, 17-19





Esta lectura del Evangelio del día de hoy puede resultarnos paradójicamente controversial, especialmente con ese cariz renovado y santamente transgresor del Maestro, que reniega abiertamente de esas literalidades que sólo conducen a fundamentalismos que poco o nada tienen que ver con la Buena Noticia, y que lo llevó a ser tildado de blasfemo, a ser expulsado de la sinagoga, a ser perseguido, a ser crucificado.

En todo su ministerio Jesús embiste contra esas prácticas legalistas que se aferran a conceptos de pureza ritual, de formulismos y de estereotipos anudados a la pura exterioridad, todos ellos causantes de gravosas cargas, de exclusión, de opresión y de -especialmente- ignorar y rechazar al Espíritu que ha inspirado a esa Ley.

¿Entonces?
Jesús pone en un mismo plano a la Ley y a los Profetas, es decir, hace una lectura profética y liberadora de la Ley, una Ley que se ha constituido para servir al hombre y no a la inversa. En cierto modo, la deificación de la Ley -o de dogmas, rituales, preceptos- es una forma de idolatría.
Nosotros creemos en Alguien, Jesús de Nazareth, Cristo de Dios, nuestro hermano y Señor, antes que en códigos estratificados.

Es que la Ley y los profetas adquieren también real valor y sentido en la Encarnación de Dios. Toda la historia y el universo confluyen en ese Cristo que nos convoca. Por ello mismo, todo lo que se interponga es ajeno a la Buena Noticia del Reino de la Gracia.

La Ley y los Profetas se hacen plenas y siguen teniendo validez en tanto y en cuanto su horizonte y su perspectiva sean el Cristo de nuestra Salvación.

Paz y Bien

La desmesura de la misericordia de Dios














Para el día de hoy (06/03/18) 

Evangelio según San Mateo 18, 21-35









En la lectura que nos ofrece la liturgia del día de hoy, florecen, flagrantes y evidentes las desmesuras.
Porque el rey de la parábola permite, adrede, que se forme una deuda impagable, diez mil talentos, algo así como ciento sesenta y cuatro toneladas de oro. Algo sabemos de ello en estos tiempos, de deudas que estrangulan a los pueblos.

Desmesura es también que una sola persona, por nás confianza que ella tenga, le deba tanto a su señor.

Desmesura es que al solo ruego del deudor, esa enormidad se borra y olvida, aún cuando el servidor sólo suplica por un poco más de tiempo.

Desmesura es que ese hombre salga renovado a la vida, libre de cargas, y frente a una situación de deuda ínfima -cien denarios equivalen a cien días de jornal- torne en un cruel opresor, en un bruto exigente que no mezquina violencia, justificando así sus medios para conseguir sus fines.

Desmesuras también son las elásticas paciencias para con nuestras cuitas y quebrantos, y los conminatorios apuros para repudiar y condenar los errores y las miserias ajenas.

Simón Pedro es generoso en su casuística en cuanto a perdonar al hermano. La tradición de su pueblo indica un límite de tres ocasiones de perdón al prójimo; siete implica una amplitud de criterios, quizás en alusión al significado simbólico del número, que representaba divinidad y plenitud.
Pero el error de Pedro, de acuerdo a la desmesura del Reino, es precisamente limitar las ocasiones de perdón, acotarlas. Es contar en cuenta regresiva el momento exacto para dar paso a la venganza.
Cristo le dice y nos dice que nosotros hemos de ser así, tan desmesurados y desproporcionados como ese Dios que es tan paciente y misericordioso con nosotros. Porque Él ha perdonado primero.

Es difícil, es muy difícil. Especialmente olvidar, desalojar cualquier atisbo de rencor.
Pero es cosa del Reino más que cuestión de acotada lógica.
El perdón, fruto de la misericordia primordial de Dios, sana y salva.

Paz y Bien

El profeta rechazado en su patria














Para el día de hoy (05/03/18) 

Evangelio según San Lucas 4, 24-30







Hay cierta costumbre de aceptación de refranes tal como se pronuncian, sin reflexión ni análisis, y ello induce a error. Entre estos casos, el más destacable es aquél que cita nadie es profeta en su tierra. Así entonces, y casi sin darse cuenta, se dá por cierto que todo profeta tiene, inevitablemente, vocación de destierro pues, de quedarse en su patria chica, dejará de ser profeta, de ser eficaz en su misión. O llevado a su extremo, que cada tierra no genera profetas propios.

Jesús de Nazareth no dijo nada de eso. El Maestro afirmaba algo mucho más grave, y que es que el Espíritu de Dios suscita siempre profetas, pero que a su vez no son escuchados ni reconocidos como tales por los suyos, abriendo la puerta a la defenestración, al desprecio, a la violencia.

Un profeta nunca es cómodo. Un profeta jamás morigerará la fuerza de su mensaje con tal de quedar bien. Un profeta es agradable cuando anuncia esperanzas, pero torna bravo y peligroso cuando denuncia tropelías, y cuestiones que son ajenas al plan de Dios, a la vida misma.

Esos vecinos nazarenos eran la muestra cabal de lo expresado. A Jesús lo habían visto crecer, jugar con sus hijos, trabajar con su padre, ganarse el pan como jornalero, conocen a su madre y a sus parientes. Hay un prejuicio intenso allí: si bien sus paisanos se asombran de los signos de sanación que ese Cristo ha realizado por todas partes, no pueden aceptar que el hijo del carpintero sea un hombre vocero de Dios, un profeta. Mucho menos, el Mesías.

Pero el Maestro no se amilana. Ningún profeta fiel se calla, y es por eso que sus palabras -claras, duras, directas- le desatan las furias. Ellos persisten en cierta tradición desviada de creerse únicos en desmedro de otros, mejores por pertenecer y no por ser, por lo que se hace, y de ese modo se rasuran las memorias. Por ello el Cristo les recuerda las acciones de dos carísimos profetas a los afectos y al corazón de Israel, Elías y Eliseo, que sólo realziarán milagros en tierras paganas, Elías en Sidón, en la casa de la viuda de Sarepta, Eliseo sanando de la lepra a Naamán, general de los ejércitos sirios.

La verdad para ellos es una ofensa intolerable. Es una práctica usualmente detectable entre los poderosos, pero no está excluída de nuestra vida diaria. Esos nazarenos tratan de despeñarlo porque primero le han matado en sus corazones, le han negado un mínimo espacio siquiera en sus existencias.

Pero el Maestro pasa asombrosamente entre esos odios, y se abrirá paso por entre los velos aparentemente pétreos e inconmovibles de la muerte.

Entre nosotros, en nuestra familia, en cada esquina, el Espíritu de Dios sigue suscitándonos profetas de barrio, humildes y veraces, que tan a menudo son execrados por la Iglesia.
Y es señal afable de conversión regresar a la escucha atenta del hermano que tiene cosas de Dios para decirnos.

Paz y Bien

Los patios del alma













Domingo 3º de Cuaresma

Para el día de hoy (04/03/18) 

Evangelio según San Juan 2, 13-25








Jerusalem, y específicamente en Jerusalem el Templo, era el centro gravitante de toda la vida judía. Centro político, centro religioso, centro identitario y centro teológico, es decir, centro espiritual.
Hacia Jerusalem peregrinaban todos el pueblo de Israel en tres festividades puntuales, Shavuot -fiesta de la Ley-, Sukkot -fiesta de los Tabernáculos- y Pesaj -Pascua, siendo esta última la más importante, celebración de la liberación de la cautividad en Egipto, del paso liberador de su Dios por su historia. Literalmente, pueblos y ciudades de Israel se vaciaban de habitantes, los que concurrían masivamente hacia la Ciudad Santa y hacia ella también se dirigían, si tenían los medios, los judíos de la Diáspora, los que vivían en el extranjero.
Todas estas cuestiones contextualizan y pueden enriquecer la lectura del Evangelio para el día de hoy, que nos sitúa en la cercanía cuasi inmediata de la fiesta de la Pascua, y por tanto, Jerusalem y el Templo rebosan de multitudes que vienen y van, cumpliendo los mandatos de su fé.

Ahora bien, la Ley mosaica prescribía que los peregrinos habían de ofrecer determinados animales puros -kosher- para los sacrificios u holocaustos, y que a su vez debían pagar un tributo, establecido para solventar el mantenimiento de ese Templo enorme y el sustento de los sacerdotes. Teniendo en cuenta las multitudes que discurren y su origen, se hacen necesarios miles de animales -sólo los más pobres ofrecen pajaritos o tórtolas- y a la vez, monedas griegas, romanas y de otras naciones han de ser cambiadas pues sólo las monedas confeccionadas en Tiro eran las aceptables, según los rabinos, para el pago del impuesto o tributo, y por ello era necesario en simultáneo tener a mano un sistema de cambio por la multiplicidad de dinero.

Durante mucho tiempo, estas actividades se realizaban en una colina cercana al monte del Templo; con la llegada de Caifás al Sumo Sacerdocio, se permitieron la venta de animales y el establecimiento de los cambistas en el inmenso atrio de los gentiles, égido del Templo mismo. No es difícil imaginar que junto a las miles de personas que peregrinaban, se combinaran los humos de la grasa de los animales sacrificados, el perfume persistente del incienso, el canto de los salmos y la proclamación de los ritos junto a los gritos de los cambistas y mercaderes que promocionaban su negocio, y no es para nada arriesgado intuir que detrás de ese pingüe negocio se encontraran varios notables, sumos sacerdotes e integrantes del Sanedrín.

Frente a esto, se yergue un hombre solo.
A veces, un sólo hombre de corazón encendido basta para dar comienzo a la transformación de la historia, a que el tiempo cambie, a que las cosas se enderecen. Un hombre consumido por el celo por la casa de oración que ha de ser encuentro.
Cristo es ese hombre que se hace oír, y el escándalo es mayúsculo, no sólo por la estampida de los animales desbocados, no sólo por las monedas esparcidas por los suelos. El escándalo mayor estriba en la autoridad incuestionable que ejerce y que derriba negocios, que pone en entredicho la que ejercen de manera omnímoda otros humillando al pueblo y olvidando a Dios. El escándalo es suponer que los favores de Dios se compran y venden en el mercado de la piedad, y ese mercado comienza corazón adentro de cada uno de nosotros, y es renegar abiertamente de los asombros de la Gracia.

Como en el éxodo primero, no hay regreso posible, no hay vuelta atrás.
Con la Encarnación, lo sagrado pasa del templo de piedra al templo vivo y latiente de cada mujer y cada hombre.
El Templo de piedra será derribado sin posibilidad de reedificar. El Templo de Cristo, Su Persona, será reconstruido a pura fuerza del amor de Dios, la Resurrección.

Que ese Cristo encendido, en esta Cuaresma que es bendición, nos despeje todos los patios del alma.

Paz y Bien

Dios, Padre rico en misericordia, dignidad y felicidad












Para el día de hoy (03/03/18):  

Evangelio según San Lucas 15, 1-3. 11-32






El escenario en donde se desarrolla la enseñanza de esta magnífica parábola está definido por varios participantes: de un lado, los despreciados de siempre -recaudadores de impuestos y pecadores públicos- que se acercaban sin inconvenientes al Maestro, pues con Él se sentían nuevos, a gusto y aceptados. Del otro lado, fariseos y escribas que murmuran, severos, acerca de esta actitud de Jesús de juntarse a comer con los réprobos, con quien precisamente, no debería juntarse ni mucho menos comer. Ellos tienen sobradas razones para esos murmullos de desaprobación: llevan a cuestas toda una vida de piedad, de estricta observancia de la Ley, de ortodoxia rigurosa, a diferencia de los descastados aquellos de los que Jesús de hace amigo. Ellos se reconocen justos y puros por todos esos cumplimientos que honran a diario, y desde allí se creen con derecho suficiente a desautorizar al rabbí galileo por su actitud. En realidad, han dejado el corazón de lado, y por ello se han vuelto burócratas de la fé, religiosos profesionales.

La respuesta de Jesús de Nazareth está grávida de bondad y plena de revelación: no les enrostra una admonición que los conmine a abandonar actitudes erróneas u hostiles. Él enseña el inexplicable y asombroso amor de Dios, que ama a todos por igual, y que ama no por los méritos acumulados, por ser buenos, por una vida rectamente religiosa. Él ama porque todos, mujeres y hombres de cualquier condición, son sus hijas e hijos. El amor de Dios es la primacía de todo, precede a todo, define a todo.

En la parábola, el hijo menor exige la parte de la herencia paterna que le corresponde, la hace dinero y se marcha del hogar, obnubilado por las perecederas ofertas placeres mundanos. En esos espejismos se abandona al consumo y es consumido por la disipación, y cae en la miseria absoluta. Como nos suele suceder, añoramos lo que es valioso una vez que lo hemos perdido.
Así, ya ni vive. Apenas sobrevive como mínimo trabajador indigno, suspirando por el hogar perdido, dolido de hambre y de soledad. En su miseria emprende el regresa a la casa paterna, y es la necesidad la que lo impulsa, y no tanto el arrepentimiento por su infidelidad. Por ello, portando los harapos de su alma, en el camino prepara un discurso para razonar con su padre y ser readmitido, al menos como un jornalero, pues sabe que así no pasará apuros. Sus razones de justicia le indican que no puede volverse al status anterior -el quebranto ha sido mayor- pero le basta  ser aceptado como un simple peón.

Sucede lo impensado: el Padre lo esperaba, y lo divisa a lo lejos. El Padre ha sufrido su ausencia, pero nunca se ha resignado, siempre ha esperado su regreso, y sale corriendo a su encuentro. Recriminaciones y castigos dejan paso a besos y abrazos de un Padre conmocionado hasta sus mismas entrañas.
Ni siquiera le deja articular el discurso largamente ensayado: le basta su regreso.
El Padre no se comporta con justicia, pues lo justo hubiera sido concederle un sitio entre los servidores y una sanción acorde a la falta, no un sitio entre los herederos. El Padre desborda misericordia antes que justicia.
Y actúa más bien como una Madre: se conmueve en sus entrañas -allí en donde los hijos se gestan-, se preocupa por vestirlo, y no le importa más nada que ese hijo amadísimo que ha recuperado, con un llanto alegre y emocionado.  Hay que sacrificar el cabrito cebado para una buena comida, hay que tirar la casa por la ventana.
El reencuentro es motivo de festejo inmenso, de celebrar la vida.

El hijo mayor se entera por terceros del regreso y de los preparativos de la fiesta. Por ello está enojado: él siempre ha cumplido al pié de la letra las órdenes del Padre en las tareas de la hacienda. Aún así, nunca ha tenido un cabrito para asar y compartir con sus amigos, y el otro hijo de su Padre -no su hermano-, que ha dilapidado todo lo bueno, que ha hecho lo que se le antoja, es recibido a cuerpo de rey.
En realidad, el hermano mayor no se descubre como hijo, ha actuado todo el tiempo como un esclavo obediente, y por ello no acepta en su corazón ninguna celebración.

Este hermano tampoco será rechazado por ese Padre bondadoso. Él también es hijo, y es lo que cuenta. Todo lo que el Padre posee también le pertenece, no por su obediencia sino más bien por esa dignidad irreemplazable e incoercible del ser hijo. Para él siempre habrá cabritos y fiestas por eso mismo, por ser hijo amado.

Y para todos nosotros hay un destino de fiesta.
Hay que asomarse al horizonte, que allí nos aguarda expectante y ansioso un Dios dispuesto a la bendición de un Padre infinitamente generoso, desbordante de perdón, y con los afectos de una Madre que nos cuida y se preocupa por todo ello que hace a nuestra dignidad y a nuestra felicidad

Paz y Bien

Cristo, piedra angular de la existencia











Para el día de hoy (02/03/18):  
 
Evangelio según San Mateo 21, 33-46








Cualquier judío de su época lo sabía bien: la viña, simbólicamente, representaba a Israel, creada, plantada y cuidada por Dios, y a su vez cedido su uso y sus beneficios a los hijos de Abraham. Por ello el Maestro capta enseguida la atención de sus oyentes con la parábola que hoy nos ofrece el Evangelio.

A través de la historia, ese Dios -único propietario de la viña- fué enviando servidores y mensajeros con palabras certeras para los viñadores, pues el Dueño advertía que las uvas de la cosecha iban de mal en peor, y que el vino, en consecuencia, sería avinagrado e intomable, un signo de vidas dilapidadas, de existencias que se apagan.
Sin embargo los viñadores, con creciente violencia, fueron desoyendo a estos enviados; a algunos, brindándoles su más perfecta indiferencia. A otros su desprecio. A otros, una violencia explícita.
Pero el Dueño es tenaz, porque la viña tiene sentido cuando dá frutos buenos. Ese tiempo de cosecha no es un abstracto post mortem como solemos degustar, sino que está revestido de un aquí y un ahora.
No es un horizonte difuso, una zanahoria lejana a la que nos encaminamos a golpes duros de palos, es bien concreto, y el Dueño es tan paciente como persistente.

Llegado el tiempo de tantos rechazos, envía a su Hijo, en la suposición de que su propia sangre ha de ser escuchada. Pero los arrendatarios, los concesionarios, no lo escuchan y lo matan, gesto brutal de soberbia y desprecio e intento falaz de apropiarse de la viña. Sin un heredero vivo y con un Dueño lejano, ellos reivindicarían legalmente su propiedad.

Llegados a este extremo, los dirigentes de Israel se dan cuenta que se dirige puntualmente a ellos.
Porque con Cristo el Reino ha llegado, ahora mismo está entre nosotros. Y vida que no florece, vida que perece; sin embargo, es un Dios Abbá, un Dios que ama como un Padre y cuida como una Madre, y no se trata de castigo sino más bien, este perecer, de la consecuencia necesaria.

En la arquitectura y albañilerías de la antigüedad, la piedra angular era una piedra o pilar de gran tamaño que se colocaba en el punto de unión de dos muros, brindándoles fortaleza y soportando el peso de toda la construcción. Sin esta piedra angular, las paredes se derrumban y todo se viene abajo.

Cada vez que se rechaza a los enviados de Dios -padre, madre, amigos, desconocidos mensajeros, profetas de barrio, los pobres, las vidas consagradas- nuestros edificios se conmueven, y corremos serio riesgo de derribo.
No escuchar la voz del Hijo a través de sus hermanos, es viña desperdiciada, es casa derrumbada, es templo/existencia inútil.

Paz y Bien

Vulnerables al dolor del otro, espejo del Evangelio












Para el día de hoy (01/03/18):  

 
Evangelio según San Lucas 16, 19-31





Jesús de Nazareth había declarado y revelado que no podía ser esclavo de dos señores, es decir, que no se podía servir a Dios y al dinero, y era mucho más que una simple postura declamativa: era y es uno de las facetas primordiales de su Dios, ese Dios Abba tan asombroso y distinto al que pregonaba la religión oficial.
Ello le hubo de valer por un lado el repudio teológico de la ortodoxia más severa, pero a la vez la burla despreciativa de la secta farisea.
Estos hombres -todos ellos, sin lugar a dudas, muy devotos y piadosos- consideraban al bienestar, la prosperidad y la riqueza como consecuencia directa de la bendición divina, del favor de Dios. Esta postura implica, de suyo, una cosmovisión y una ética complicadas, pues entonces puede deducirse que para ese Dios de los fariseos, algunos han de ser benditos con la riqueza y el dinero y otros, castigados con la pobreza y la miseria, o sea, un Dios proveedor habitual de lujos y de necesidades a menudo extremas, un Dios causante primordial de todas las injusticias, los desequilibrios y las desigualdades. De allí que el Evangelista afirme que los fariseos eran amigos del dinero, pues veían en él la bendición de ese Dios al que se aferraban.

Sin embargo, Jesús de Nazareth revela el rostro de un Dios que es amor, que es Padre, que es causa y fundamento de la fraternidad, y que hace florecer misericordia y justicia, y por ello la contundencia de esta parábola.
El rico que el Maestro describe no es un malvado convencional, ni aparenta se el causante directo de opresión y de dolor. Este hombre sobreabunda en fastos, tanto en su apariencia exterior -una carísima túnica púrpura- y en su interior -un lino tan fino como oneroso-. Y su mesa no es sitio para encuentro, para alimentarse, para compartir. Su mesa es restricto espacio del banquete continuo, del despilfarro torpe y suntuoso.

Aún así, a las puertas de su residencia apenas sobrevive un hombre pobre, sumido en la miseria. Parece estar desnudo excepto por las llagas que recubren su cuerpo. No tiene otras ansias que las de poder mitigar algo del hambre que lo atenaza con las sobras que eventualmente puedan caer de la mesa del rico, parece no tener siquiera una tapera escasa -ha hecho de ese portal un refugio- y hasta se le hace esquiva la compañía de otras gentes. Por ello es que sólo los perros, símbolo semítico de la impureza, lamen sus llagas.
Ese hombre es invisible para la indiferencia del rico. Podrá sufrir y morirse a su puerta que seguirá siendo anónimo, un nadie, alguien que no cuenta.
Pero ese hombre tiene un nombre para Jesús de Nazareth, ese hombre se llama Lázaro -Dios ayuda-. Ese hombre -cada hombre, cada mujer- cuentan para Dios, todos tenemos un nombre que nos vuelve únicos y valiosos.

La muerte pasa por ambos, y Lázaro vive la plenitud eterna de Dios -el seno de Abraham- mientras que el rico innominado ha caído en un abismo de sufrimiento. En ese pozo, el rico pide a Abraham que Lázaro le acerque algo de alivio y, a la vez, sirva de advertencia para sus parientes aún vivos, pero ello no ha de ser posible, pues entre ambos se ha trazado un abismo infranqueable.

Ese rico en toda la parábola carece de identificación. Su nombre brilla por su ausencia. Ese hombre se reconoce y se resuelve su identidad en los vanos lujos a los que se aferra, y en su rostro que se desdibuja a cada instante que ignora al que sufre a su puerta.
Ese hombre sólo reconoce cuestiones de dinero, pero desconoce a su prójimo. Ese hombre ha trazado puntillosamente un abismo de inhumanidad que es infranqueable.

Porque el más allá se decide y edifica en el más acá. Desgraciadamente, seguimos siendo cultores tenaces de los sacrificios humanos, a pesar de la repulsión aparente que esto nos cause.
Porque en el ara del egoísmo sacrificamos al prójimo como si fuera una cosa, algo descartable, algo que no cuenta, no alguien con nombre tan amado por Dios como el que más.

Más allá de cualquier razón ideológica o profundo análisis exegético o religioso, quizás la justicia comience cuando nuestros corazones se vuelvan vulnerables al dolor de aquellos que agonizan a nuestras puertas, tantas y tantos Lázaros de la negación y los olvidos, Lázaros amadísimos por ese Dios que en ellos se identifica y resplandece. Sólo desde allí podremos recuperar nuestros nombres ausentes.

Paz y Bien


El vino bueno de la verdad y la fidelidad











Para el día de hoy (28/02/18):  

 
Evangelio según San Mateo 20, 17-28






El pedido de la madre de Juan y Santiago no es el ansia materna por el progreso de sus hijos, ni tampoco una actitud fuera de lugar, pues responde a cuestiones mucho más profundas y persistentes a través de la historia.

Se trata de que Santiago y Juan no han querido comprender la raíz de la Buena Noticia de la Gracia y siguen presos de esos esquemas de poder y de prebendas, en donde el Mesías reinará por sobre sus enemigos derrotados en batalla y, por lo tanto, ellos compartirán los beneficios de su gloria.
Es el ansia tenaz de dominio y sometimiento del otro, aún en nombre de buenas intenciones, es la adicción al poder por el poder mismo, en donde sólo unos pocos han de gobernar y por ello ser venerados y reconocidos, mientras la gran mayoría languidece con migajas y en silencio, carentes de importancia e identidad.
Para esta mentalidad, servicio y fraternidad son solo variables semánticas, inaplicables en la vida diaria, que se declaman con fruición pero jamás se practican. Es la espiritualidad de la Gloria, en donde la cruz sigue siendo -hasta nuestro días- algo que hay que evitar, que es escandalosa y que es una locura.

Los otros discípulos se indignan frente a este pedido de la familia de Zebedeo, y se desata una virulenta polémica; seguramente, se ofendieron porque aquellos dos se adelantaron en pedir lo que todos ellos esperan fervorosamente y en secreto.

No es fácil beber del cáliz del Maestro, claro que no.
Su vino es el mejor de los vinos, el mismo que siempre pide María de Nazareth para que la celebración de la vida no se nos duerma. Ese vino está hecho de vides de servicio y entrega de la existencia para bien del otro, de presentar batalla a todo egoísmo, de hacerse esclavo para la liberación, vides de vida ofrecida para el rescate de muchos, vides de fraternidad y compasión, de no figurar, de quedarse en segundos planos para que los pobres y pequeños pasen al frente.

Con ese vino hemos de brindar si queremos seguir sus pasos en verdad y fidelidad.

Paz y Bien

Servicio y liberación













Para el día de hoy (27/02/18):  

Evangelio según San Mateo 23, 1-12









La enseñanza de Jesús de Nazareth, dirigida hoy a los discípulos y a todo el pueblo, a veces se explicitaba al modo de una crítica feroz, de invectivas durísimas. Y los destinatarios de esas palabras filosas eran, en este caso, escribas y fariseos que detentaban el poder religioso en la nación judía.

Aquí es menester hacer un alto: la crítica se dirige a la ética, a la actitud de esos hombres como dirigentes espirituales de su pueblo, más no como judíos. Inferir cualquier rasgo -por leve que parezca- de antisemitismo no sólo es estúpido, sino que es ajeno y abiertamente contrario al Evangelio, una afrenta inconmensurable al Dios de la vida que, tristemente, hemos ejercido por siglos y suele perdurar, matizada con argumentos ideológicos.

Cierto es que el Maestro critica la actitud y el obrar más no la función. Esos hombres ocupaban la cátedra de Moisés, es decir, eran custodios de la sagrada herencia espiritual de Israel que es también nuestra herencia y parte de nuestra tradición; en los momentos críticos de su historia, supieron mantener vivo el rescoldo de la identidad nacional y sus vínculos espirituales amenazados por guerras, destierros e invasiones extranjeras. Por ello mismo habla de escucharlos en tanto intérpretes de la Ley y los profetas, pero de ningún modo seguirlos a ellos como ejemplos de vidas virtuosas.

Él señala las posturas típicas de esos hombres: amaban figurar, ser reconocidos y venerados por el pueblo, y así escogían los lugares de honor en los banquetes, los primeros bancos en las sinagogas, el reconocimiento doctoral, y como parte de esa figuración, alargaban los flecos de sus mantos y agrandaban las filacterias.

El término filacteria proviene del griego phylacterion, que remite a objetos destinados a protección piadosa y, más aún, artilugios cuasi amuletos. Para la fé de Israel, el término es injusto y lejano a la verdad, toda vez que en rigor el uso de amuletos es idolátrico y está terminantemente prohibido. Así entonces, el nombre original de las filacterias -en hebrero y arameo- es tefilin, que son pequeños estuches o envolturas de cuero que se ciñen al brazo que no es útil y a la frente del creyente, pues en esos envoltorios se guardan pasajes de la Torah, símbolo de llevar la Palabra de Dios a todas partes, y en todos los estamentos de la vida.
El problema real era la ostentación y la exterioridad, y así esas filacterias se agrandaban en el afán del reconocimiento ajeno, convirtiéndolas así de objetos buenos y piadosos en esos amuletos repudiados. Peor aún, es que llevan sólo por fuera la Palabra, pero ésta no cala en sus corazones, y así suponen establecidas sus prerrogativas, sus títulos y poderes.

Porque el poder, cuando no se ejerce como servicio, necesariamente conduce a la opresión, a colocar cargas intolerables en los corazones.

En esta familia grande que llamamos Iglesia, de un modo distinto pero a la vez similar, continuamos agrandando nuestras filacterias en afán de figurar, del poder, del reconocimiento, del dominio que conduce al desprecio y a la minusvaloración del otro. En esos espacios escasos no hay lugar para la fraternidad, y la fé es sólo una práctica del culto los domingos, un rito a cumplir para que todo siga igual, para que nada cambie.

Es tiempo de Cuaresma, tiempo del regreso a lo que en verdad somos, y de encaminarnos a ese destino eterno que se nos propone y ofrece sin condiciones un hermano, el hermano mayor, Cristo el Señor.

Paz y Bien

Misericordia, la identidad cristiana












Para el día de hoy (26/02/18):  
 
Evangelio según San Lucas 6, 36-38








Hay cuestiones familiares que se adivinan o se intuyen no tanto por los rasgos físicos, sino por los caracteres, por el talante, por el modo de ser en el mundo. Y eso cobra especial valor en un mundo globalizado que tiende a desdibujar y uniformar identidades.
Así, quizás, sea un modo de saber cómo y quienes somos, y adonde pertenecemos por lo que hacemos y por cómo lo hacemos antes que esgrimir credenciales o certificados de pertenencia.

Jesús de Nazareth amplió los acotados lazos biológicos o sociales de tribu o clan a una familia inmensa, de hijas e hijos de Dios, hermanos suyos en verdad y realidad. Nada de como si fueran, nada de eso; certeza indiscutible de pertenencia familiar.

Tal vez, entonces, los cristianos -aquellos que nos declaramos pertenecientes a la familia de Cristo, discípulos y seguidores- nos hemos esforzado demasiado en la portación de esas tarjetas o documentos que nos confieren una pretendida pertenencia religiosa. Porque entendemos lo religioso como la adhesión a dogmas, el cumplimiento de preceptos, la identificación litúrgica; todo ello no está nada mal, claro que nó, pero el riesgo innato es quedarse atrapados en templos de piedra, y postergar u olvidar que el culto primero al Dios de la vida comienza en el templo vivo y latiente del hermano. Porque el culto verdadero es la compasión, y la religión que todo lo trasciende es la misericordia.

Demasiado aferrados a las escasas medidas humanas, solemos olvidar que el amor no es mesurable ni cuantificable. Sin embargo, decide destinos, vida o muerte, trascender o perecer.
Sin temor a ciertos desvíos fervorosos, vivir a imagen y semejanza de ese Dios que es misericordia es ratificar que somos sus hijas y sus hijos y que por ello somos capaces, con Cristo, de transformar este rostro inhumano del mundo desde la solidaridad, el perdón, la generosidad y la justicia.

Paz y Bien

Transfiguración, abdicar de toda resignación










Domingo Segundo de Cuaresma

Para el día de hoy (25/02/18) 

Evangelio según San Marcos 9, 2-10







La lectura de este domingo se nos presenta y ofrece plena de símbolos que nos enriquecen.

El monte elevado -o la montaña- es el ámbito propicio para el encuentro con Dios y en donde acontecen las teofanías, manifestaciones de lo divino.

Es menester tener en cuenta que el Evangelista relata que el Maestro aprovecha la fiesta judía de los Tabernáculos -Sukkot-, fiesta de cosechas pero también memorial de la precariedad con que el pueblo peregrino hubo de vivir esos cuarenta años en el desierto; de allí la edificación de pequeñas chozas o cabañas.

Moisés es el gran legislador de Israel, y su presencia es la expresión de la Ley.
Elías es el profeta mayor que iba a regresar para la restauración de un Israel liberado de sus opresiones.
En la escena, la Ley y los Profetas se subordinan amistosa y humildemente al rabbí galileo, y en ese diálogo diáfano se intuye que ambas, Ley y profetas, encuentran sentido en ese Cristo resplandeciente. Más aún, apuntan a Él, preparan los caminos a través de la madeja de siglos para su llegada.

El contexto previo es importante: Jesús de Nazareth les ha anunciado a sus amigos que había de sufrir mucho a manos de sus enemigos, y el desconcierto y la pena de ellos es mayúsculas. Todavía permanecen en sus mentes y en sus corazones viejos esquemas de un Mesías glorioso, revestido de poder que aplastaría a sus enemigos y que enarbolaría sobre sí la corona de Israel. Es de imaginarse que no solamente estén confundidos y deprimidos, sino presa fáciles del desánimo.

Pero nadie queda librado a su suerte o, necesariamente, ha de encerrarse en sus estados de ánimo. Éstos son como los resfríos, hay que dejar que se pasen nomás, hay algo más que es lo que en verdad trasciende.

Pero el Maestro lo sabe, y les brinda una anticipación de su Pascua que es también la de ellos y de todos nosotros. Porque en la cruz, a pesar del horror y el espanto, resplandece en Cristo la gloria de Dios por el amor llevado hasta el final, por la muerte que no tiene la última palabra.

Ese Cristo transparente es nuestra esperanza y nuestro signo decisivo para abdicar de toda resignación. Cristo es el Hijo Amado al que hay que escuchar, y por Él todos somos hijas e hijos amadísimos.

Nuestro distingo, precisamente, es la escucha atenta a ese Cristo transparente de luz que nos transforma, transfigura y compromete. Por ello no podemos quedarnos allí quietos, instalados a pesar de el afable momento.
Del monte hay que bajar al llano oscuro para que la luz se expanda, pequeñísimas antorchas que somos, señales de auxilio y esperanza para nuestra gente.

Paz y Bien

El acento redentor en buscar la plenitud del otro













Para el día de hoy (24/02/18):  

 
Evangelio según San Mateo 5, 43-48







El mandato de Jesús de Nazareth de amar a los enemigos quizás sea, de toda su enseñanza, el más difícil de hacer vida, de encarnarlo en el tiempo.
Es claro que a la hora de las declamaciones, es fácil embarcarse en ampulosos discursos teñidos de romanticismo algunas veces, y de autojustificaciones otras. Pero en lo profundo de nuestros corazones sabemos que la verdad es bien distinta, y que amar al que nos hace daño y desea fervientemente nuestro mal no es para nada fácil e implica una decisión extrema que nos resulta demasiado costosa a nuestros planteos. Como un ejemplo de ello, el ámbito de la violencia que se infringe o, también, el compromiso nacional cuando se tiene la obligación de participar en una guerra, aún cuando ésta implique la justicia y la liberación, no dejan lugar a dudas, y es que el Reino no anda por las mismas veredas que nosotros.

Así podemos encontrarnos con un mundo organizado en tanto sociedad comercial, en donde sus participantes se asocian, colaboran y entre sí alcanzan el éxito económico, pero es un mundo para beneficio de pocos y miseria de muchos.
Podemos hallar también el mundo de los que buscan con afán hacer triunfar su proyecto ideológico no sólo en su ámbito sino con proyecciones totales, en donde su núcleo primordial siempre se protege a sí mismo y tiene el rótulo prebendario y protector de la pertenencia.
También podemos encontrar el mundo religioso, ése mismo que combina pertenencia nacional y religiosa para asegurar instauración de su universo de creencias, y en donde el participar de ese credo asegura, de algún modo, la asistencia y protección de los otros participantes.
Así son a grandes rasgos los diversos mundos posibles que pueden combinarse entre sí, y que acentúan algunos de sus rasgos a través de los tiempos, pero todos ellos tienen algo en común, y es que se agotan en sí mismos, reafirmando el nosotros y execrando el ellos.

El Reino, en estas verdades, surge como otra alternativa a menudo impracticable. 

Sin embargo, y aunque su aplicabilidad parezca lejana o en algunos casos escatológica, su misma reflexión nos obliga a conceder su posibilidad. El Reino no es una abstracción simpática o difícil, y el amor a los enemigos es el desafío de Jesús de Nazareth no sólo para los creyentes, sino para toda la humanidad, la posibilidad de concretar un mundo cada vez más amplio e integrador a pesar de todas las diferencias que portamos, una fé que no se acota a la práctica piadosa o la adhesión a dogmas y creencias, sino más bien el acento redentor en buscar la plenitud del otro, aún cuando en ello se nos vaya la vida.

Paz y Bien

La vida no se celebra individualmente













Para el día de hoy (23/02/18):  
 
Evangelio según San Mateo 5, 20-26








Seguir a Jesús, ser su discípulo no es nada fácil. Entraña exigencias y condiciones que no están predeterminadas: en la ilógica del Reino, tienen su fundamento en el amor primero de Dios, y en la ofrenda total que hace el Maestro de su propia existencia. Pide porque, ante todo, se ha brindado sin reservarse nada para sí.
En esa aparente paradoja, ser discípulo implica todo un compromiso antes que la adquisición de prebendas y derechos, la responsabilidad de ser testigo fiel de la bondad de Dios descubierta en la propia vida, el sumergirse corazón adentro para reconocer qué es lo que nos va socavando, qué es lo que se nos muere, qué es aquello que debe modificarse o quitarse, pues en esas honduras se encuentran las raíces mismas de todo lo que hacemos y todo lo que somos.

De allí el mandato de superar la justicia de escribas y fariseos. Es un éxodo, y como tal es doloroso, trabajoso pero infinitamente necesario para nuestra liberación, sueño y ofrenda de ese Dios que se desvive por nosotros.
Pues escribas y fariseos era hombres profundamente religiosos, puntillosos en el cumplimiento de las normas, la ortodoxia y exactos en la piedad. El error es suponer que ese cumplimiento superficial de normas acumula beneficios santos que ameritan recompensas y premiaciones divinas. En esa concepción no hay corazones transformados -hay un interés manifiesto-, hay egoísmo, y por sobre todo, hay una negación expresa de la Gracia, del amor incondicional del Creador.
Así entonces no se permite a Dios ser Dios, sino que se porta y se rinde culto a una caricatura o un ídolo que se adecua a necesidades egoístas y banales.

De este perentorio llamado a la conversión no está desligado el prójimo. Por el contrario, toda relación con Dios se refleja en la relación con el otro; pero es el tiempo de la Buena Noticia, de Dios Familia, y ese otro no es una abstracto ni una generalización. El otro es concreto, el otro es mi hermano aún cuando no nos coincida la biología.

Deber santo es que el hermano viva, y viva en plenitud. Enojos e iras, insultos y maldiciones son modos -a veces no tan sutiles- de negar la fraternidad, de sacrificar al prójimo en el ara del materialismo, del homicidio espiritualmente concreto del hermano.

No corresponde tampoco la extrapolación hasta el absurdo que implica renegar del culto y la piedad. Sin embargo, todo comienza y adquiere sentido desde la misericordia que se respira incondicionalmente. Porque a Dios se le rinde culto en el hermano, y por eso el culto primero es la compasión, el escándalo de la solidaridad que no deja nada pendiente, deudas a saldar que lesionan las almas.

Celebramos a Dios celebrando la vida, y la vida no se celebra individualmente, a solas, sino con el otro, cuando crece el nosotros, cuando la comunión abre paso a la fraternidad y así obtenemos canastas santas desbordantes de justicia, perdón y paz.

Paz y Bien

Cátedra de San Pedro
















La Cátedra de San Pedro, Apóstol

Para el día de hoy (22/02/18):  

Evangelio según San Mateo 16, 13-19







Las casualidades no existen excepto en las elucubraciones que nuestra razón adjudica a procesos azarosos. En rigor de verdad, existen causalidades, conexiones, y en cierto modo, podríamos afirmar que las casualidades son esos momentos en la historia en que Dios deja su huella con un seudónimo, en silencio, invisible a miradas comunes pero evidente a los ojos de la fé.

Por ello los acontecimientos del Evangelio para el día de hoy los ubica Mateo en Cesarea de Filipo. Es la antigua ciudad helénica que rendía culto a ignotos dioses -el dios Pan-, que se edifica en honor del César y lo considera un dios, y por ello le erige un templo, es el fasto que exhiben los vasallos a los opresores de quienes depende su poder. No es una ciudad extranjera pero casi se escapa de los límites del tetrarca Filipo: es el Israel que se desdibuja por la confluencia de gentiles, es el símbolo del sometimiento a Roma, es el confuso lugar en donde se rinde culto a dioses muertos y falsos, y que se sostiene a fuerza bruta de legiones romanas.

Allí, al borde el monte Hermón -punto máximo del norte hacia el que llegará el Maestro en su ministerio- Él les pregunta a los discípulos quien dicen las gentes que es, cual es su identidad.
Ese pueblo padecía desde hacía muchos siglos la ausencia de profetas; por ello la voz inclaudicable del Bautista les resultó tan importante, y también la del Maestro. Por ello mismo, en esas ansias que todos ejercemos, trasladamos a la búsqueda de la verdad nuestros deseos y frustraciones, y así ese rabbí galileo se les hace el Bautista redivivo, Elías, alguno de los antiguos profetas. Intuyen que viene de Dios, pero se quedan en el plano humano nomás. Porque reconocer a Jesús de Nazareth como Hijo de Dios y Salvador no es cuestión de razón sino más bien de co-razón, y ése es terreno del Espíritu de Dios que todo lo ilumina.

Simón hace una confesión tan contundente, que prácticamente no tiene parangón: sin ambages ni vacilaciones, afirma en esa ciudad enrarecida que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Es Simón ben Jonás el que habla, pero es el Espíritu de Dios quien le dicta las palabras, quien le revela la verdad mayor, y Simón dejará de llamarse Simón y será Pedro -Petrus, Cephas, piedra- sobre el que el Señor edificará la Iglesia. Porque es Dios quien edifica, siempre- y nosotros somos apenas unos simples albañiles escasos.
Pedro es también piedra por cabeza dura, por aferrarse endurecido a viejos esquemas muertos, por dejarse llevar por los estados de ánimo, por pensar que puede reprender al Maestro cuando éste le revela el destino de cruz de su ministerio.

Aún así, Pedro es el que dará solidez a los corazones y confirmará en la fé a sus hermanos. Pedro y todos los Pedros que lo sucedan.

No hay casualidades. En esa ciudad en donde parpadean constantemente las luces mustias de ídolos muertos, de dioses falsos, de imperialismos y opresión, allí se abren las puertas de un ámbito nuevo, de espacio y recinto amplio, mesa para todos en donde la muerte -inevitablemente- retrocede. Se trata de la familia que llamamos Iglesia, y que es mucho, muchísimo más que una estructura, una institución, poderes establecidos. Es en donde florece el Reino, un reino extraño en donde la nobleza la encarnan los últimos, y los principales son servidores incondicionales de todos los demás.

La tarea de Pedro es enorme, y no puede con ella en soledad. Siempre lo asistirá el Espíritu del Resucitado y el auxilio y la ayuda de los otros discípulos.
Pedro, como roca, no adquiere privilegios ni coronas, sino responsabilidades mayúsculas de servicio. La tarea de establecer lazos entre los hermanos que se han separado, hacedor de puentes de fraternidad y justicia -literalmente pontífice significa hacedor de puentes- y debe también desatar nudos, todas las coyundas que oprimen y suprimen la vida, minimizan la humanidad, impiden la alegría.

Su misión es misión de comunión, de anuncio siempre joven y nuevo, de apertura de miradas, del Reino que está ahora y aquí entre nosotros.

Dios nos cuide a Pedro.

Paz y Bien

El amor y la misericordia de Dios no tienen límites












Para el día de hoy (21/02/18):  
 
Evangelio según San Lucas 11, 29-32






La raíz de la crítica de Jesús a su generación -y a todas las generaciones similares- es la búsqueda de hechos prodigiosos, mágicos, signos en modo espectacular que, de algún modo, legitimen el obrar de Cristo. Pero en realidad, el requerir una señal de esas características en el fondo oculta las ganas de no querer creer, y de pasar por alto el testimonio solar y luminoso de toda la existencia y enseñanza de Jesús de Nazareth, signo absoluto del amor de Dios. Porque todo se oculta a la mirada mezquina de la razón subjetiva, pero resplandece a los ojos de la fé.

Así el Maestro afirma que a esa generación no se le brindará otra señal que la de Jonás. Detengámonos por un momento en esa historia.

Jonás era un profeta elegido por Dios para predicar la conversión a los habitantes de Nínive, capital del imperio asirio, quienes eran feroces enemigos de Israel. En la memoria colectiva judía, perduraban las derrotas y las humillaciones conferidas por los ejércitos y los reyes asirios, y si a eso le añadimos las tradiciones religiosas, cualquier varón que se reconozca como hijo fiel de Israel no sólo evitará todo contacto con ese pueblo extranjero y pagano, de dioses extraños, sino que a su vez deseará -razonablemente- la destrucción de ese enemigo que está muy cerca de sus fronteras, en ansias de prodigar cierta tranquilidad política y geográfica. También, la desaparición de un enemigo fuerte aumenta las posibilidades de Israel de erigirse como potencia sin competencia.

Sin embargo, Jonás es enviado a los ninivitas a predicar el arrepentimiento y la conversión bajo apercibimiento de una destrucción cercana.
Una lectura lineal nos conduce a imaginar a un Dios que elimina con un simple gesto a los enemigos de su pueblo, sembrador de venganza, de muerte y destrucción. Sin embargo, se trata de algo mucho más profundo, y es que la elección de una vida en pecado -es decir, en deterioro progresivo por el mal vivido- conduce necesariamente al abismo. Somos nosotros los que nos aniquilamos en nuestras miserias.

Jonás es reticente y renuente a ir hacia la capital enemiga, más los motivos no son los que imaginamos. Él sabe bien que el Dios de Israel es rico en misericordia, clemente y compasivo, lento para la cólera, y lo que en realidad está ofreciendo a los ninivitas es una mano amiga de Salvación. En su prejuicio, huye hacia Tarsis. Prefiere escapar de la misión que Dios le ha confiado a ser artífice de que la misericordia llegue a esos extranjeros que odia y desprecia. Prefiere la destrucción de los asirios, sin darse cuenta que así socava sus mismos días, y su vida es la que queda malherida, en grave riesgo.
La amenaza de un naufragio lo arroja a las aguas encrespadas del mar, y pasa días en el vientre de una ballena, sepulcro viviente para su espanto y su reflexión. Esa muerte lo devuelve luego de tres días -signo de la Resurrección de Jesús- y su rostro marcado por la terrible experiencia de la muerte cercana y de esa bondad de Dios que lo confunde, lo vuelven indubitablemente creíble y fiable, con la entereza que solemos encontrar en la integridad de tantos hombres y mujeres. Esa entereza convence a los ninivitas, que se convierten a la misericordia de Dios desde el mismo rey al último de los súbditos, incluido el ganado.

Jonás es una señal inequívoca y asombrosa para los judíos de su tiempo: el amor y la misericordia de Dios no tienen límites. Las restricciones las imaginamos e imponemos, y por eso mismo Jonás también es una señal para todos nosotros, que solemos apropiarnos de manera monopólica de las bondades divinas.

Pero este Dios llueve su bondad y su perdón a todas las naciones, y se desvive para que las gentes emprendan el camino del regreso a la humanidad plena, y esto lo sabemos por la revelación de Jesús de Nazareth, que sin lugar a dudas, es algo más, mucho más que el bueno de Jonás.

Paz y Bien

Padre Nuestro, la causa de Dios es la causa del hermano











Para el día de hoy (20/02/18) 

Evangelio según San Mateo 6, 7-15






Durante el surgimiento de las primeras comunidades cristianas, la Iglesia primitiva solamente enseñaba la oración de Jesús de Nazareth a las mujeres y los hombres de fé madura y probada. Sólo rezaban el Padre Nuestro aquellos en los que la fé hubiera echado raíces firmes y brindado frutos buenos.
Lejos de cualquier arcano esotérico o iniciático, el Padre Nuestro era el distingo de la comunidad de los creyentes, de la comunidad misionera dispuesta al testimonio perenne, incluso si ello desembocaba en los horrores del martirio.

Descenso y ascenso.
Un Dios que se inclina hacia la humanidad, un Dios graciosamente miope que sólo puede distinguir hijas e hijos, un Dios que no se encierra en la lejanía, un Dios cercano, un Dios que se comunica, se hace Palabra, Verbo encarnado de nuestra salvación.
Y suben hacia su amorosa eternidad como ofrenda la respuesta de los hijos. Porque orar es adentrarse en el misterio infinito de Dios, a pura bondad suya, sin condiciones.

La causa de ese Dios es indisolublemente la causa de los hermanos, ambos brazos de la santa cruz.

El Maestro nos revela el misterio mayor, que Dios es tan cercano y dador de vida como un Padre, y más aún, como Abbá, Papá nuestro, por el que todos recibimos como rocío bendito el bautismo filial de ser sus hijos, y por ello hermanos entre nosotros, hermanos que suplicamos por un Reino que es puerto y destino de nuestro peregrinar, hambre feliz de nuestras almas, un Reino que acontece aquí y ahora y que es la plenitud para toda la creación. Porque la voluntad de Dios es la vida que prevalece, que no se acota al tiempo ni a la muerte, cielos abiertos iluminando estos arrabales a veces tan agostados.

Pan de la Vida es el cuerpo de Cristo ofrecido, pan del sustento en la mesa de los pobres es nuestra confianza en una justicia que es preciso edificar.

Perdón que descubrimos redentor, que libera prisiones autoimpuestas que nos alejan de Dios y del otro, perdón que cura, que sana, que salva, que vuelve a conciliar los corazones opuestos por todos los odios.

Y que la tentación del olvido se aleje de nosotros, la desmemoria de esa identidad única de las hijas y los hijos que quieren desertar de todo mal, para celebrar el ágape maravilloso de la vida compartida por Dios y en Dios.

Paz y Bien

Amor y justicia, el juicio de las naciones












Para el día de hoy (19/02/18):  
 
Evangelio según San Mateo 25, 31-46








En los tiempos postreros y definitivos, cuando acontezca la justicia definitiva, lo que decidirá todos los destinos no es tanto la pertenencia religiosa, la exactitud ritual, la puntillosidad en el cumplimiento preceptual o los amores declamados, sino el amor proclamado y ejercido hacia los pequeños, los desamparados, los indefensos.

Esta cuestión deja perplejos a los discípulos y a nosotros también, ovejas y cabritos, a la derecha o a la izquierda, mujeres y hombres de toda religión, cultura y nación que no tienen demasiada conciencia del Evangelio y de Cristo. Porque el Dios de Jesús de Nazareth no sólo se pone del lado de los más pequeños, de los que no cuentan, de los derribados por la pobreza: este Dios está en ellos, y la realeza y el reinado mesiánico en ellos se manifiesta.

No se trata de una opción ideológica, un teísmo, una interpretación más dentro de las diversas corrientes eclesiales y exegéticas. Históricamente, por varias razones y no pocos pecados, hemos estructurado instituciones organizadas de fé compartida, las religiones que practicamos y a las que pertenecemos.
Pero Jesús viene a plantear algo más profundo y universal, que no se limita a la fracción creyente del universo.

Asombrosamente, parece que la religión que la que Él impulsa tiene que ver con ese amor concreto y cabal, ejercido a pura bondad con los hambrientos, con los sedientos, con los forasteros, con los que no tienen ropas, con los presos y cautivos, con los que sufren y los enfermos.
El amor como religión, el amor como culto verdadero, el amor como única dimensión para mensurar la estatura humana.

Todo lo demás -culto, preceptos, estudios, pertenencias- es importante, sin lugar a dudas. Pero hemos de buscar primero el Reino y luego todo vendrá por añadidura.
Quiera Dios que nuestra única credencial válida y vigente sea la de la solidaridad y el socorro, frutos primeros y mejores de la Buena Noticia, cimientos de la alegría, fundamentos de la paz y la justicia.

Paz y Bien

ir arriba