La definitiva alegría del vino nuevo de la Gracia















Para el día de hoy (06/09/19): .

Evangelio según San Lucas 5, 33-39










La religión oficial -la ortodoxia- en tiempos del ministerio de Jesús de Nazareth se aferraba a un legalismo extremo, a una solemnidad que no toleraba desvíos ni degradaciones. Ello, claro está, no debe ponerse en tela de juicio ni nos corresponde a nosotros clasificar esta postura: la disciplina exterior que se corresponda con la interior puede ser un medio muy útil.
El problema estriba en que los medios se convirtieron en fines, y de allí a desalojar a Dios de la religión, y a vivir con un rictus severo de manera permanente nada tiene que ver con la Buena Noticia.

Jesús de Nazareth y sus discípulos surgían así como unos provocadores intolerables. Quebrantaban el Shabbat con tal de hacer el bien, no se preocupaban demasiado por las abluciones rituales prescritas, y no parecía importarle demasiado el reglamento referente al ayuno. Obviamente, hay un duro desprecio social de escribas y fariseos para con el Maestro y los discípulos: un rabbí de la periférica y sospechosa Galilea -pobre de toda pobreza- rodeado de campesinos y pescadores, vivían en un ambiente de alegría continua que ellos no podían tolerar de ninguna manera. Para ellos la religión era una cosa seria, severa, solemne de ceño fruncido.

Ellos se habían convertido en una anomalía, y es la misma vida cristiana una anomalía frente al mundo.
Porque la comunidad cristiana no se rige por los códigos o reglamentos, sino por el Espíritu que la anima, sostiene y fortalece, Espíritu que es vida, Espíritu que le hace llamar a Dios Abbá, Espíritu que les recuerda a perpetuidad ese asombro del Dios con nosotros.

La gran anomalía ha de ser la alegría, con todo y a pesar de todo y todos. La alegría de sabernos amados aún cuando una miríada de pecados nos agobien. La alegría de sabernos hijas e hijos. La alegría de saber que la muerte no tiene la última palabra. La alegría de que el Reino acontece aquí y ahora.

La definitiva alegría del vino nuevo de la Gracia.

Bienaventurados los anómalos que se atrevan a vivir felices en Cristo, por Cristo y para Cristo y el prójimo.

Paz y Bien

Seguir confiando, seguir navegando mar adentro















Para el día de hoy (05/09/19) 

Evangelio según San Lucas 5, 1-11







En el Evangelio para el día de hoy que la liturgia nos brinda acontece más de un milagro. Siempre hay que ir a más, pues siempre hay más.

Veamos con detenimiento. El lago de Genesaret es el modo que el Evangelista San Lucas tiene para nombrar al mar de Galilea. La contraposición no puede ser mayor: esas gentes, esa multitud fervorosa que se agolpa con ansias a la orilla del agua esperando oír y escuchar la Palabra de Dios por parte del Maestro, y en opuesto esos pescadores que han tenido una noche de intenso esfuerzo para nada, ni un pececito que pueda sumar al sustento familiar. Entiéndase que son pescadores profesionales, la pesca es su oficio cotidiano de años, que están agotados de cansancio por una noche esforzada y sin dormir. Es lógico que quieran ir donde sus familias lo antes posible, a comer algo, a dormir un rato, a renovar fuerzas y ganas porque no hay vacaciones para estos hombres. Su subsistencia y la de los suyos depende de ellos.

Aún así, y frente al pedido del Maestro de apartar un poco la barca para enseñar, Simón Pedro no duda y obedece. Ëste es un milagro, es lo que la presencia de Jesús hace en las vidas de las personas: Simón Pedro y los otros han sido invitados a ser misioneros y discípulos, pero no lo son en plenitud: todavía siguen con sus costumbres, con sus cosas cotidianas, con las rutinas de su oficio y los vínculos familiares habituales.
Pero Simón escucha al Señor y obedece, y quizás ése sea el milagro que desate la asombrosa pesca que acontece a continuación.

Otra cuestión no ha de sernos ajena, ni podemos pasarla por alto: el Maestro venía anunciando la Buena Noticia y enseñando en las sinagogas. A partir de ahora, lleva la Palabra allí mismo en donde el pueblo vive su día a día, en donde las gentes trabajan. En la cotidianeidad florece la eternidad, la Salvación, y es la santa continuidad ilógica de la Encarnación de Dios con nosotros.

Escapa a cualquier razonabilidad que esos pescadores experimentados le presten atención, en las cosas de su oficio, a un galileo que es casi un campesino, un artesano, que las únicas aguas que debe conocer son las que bebe en el pozo de su Nazareth. Ellos saben bien que hay sitios mejores que otros, y que el momento óptimo es el que discurre entre la atardecer y el alba, en plena noche. Sin embargo, este rabbí nazareno les indica que naveguen mar adentro en pleno día, y que echen las redes de cualquier modo: la razón indica que esta tarea sugerida deviene estéril.

Pero no se trata de razones, sino de co-razones. Se trata de confianza, el acto segundo de la fé, ya que el acto primero es ese Dios que nos busca, que se embarca en nuestras existencias. Se trata de la asombrosa gracia de Dios que desdibuja las fronteras de los imposibles, que hace toda pesca abundante, asombrosa, inconmensurable, sin que por ello se rompan las redes o se hunda la barca.

Más que la pesca y antes que ella, hemos de detener la reflexión y la mirada en esos pescadores galileos que con todo y a pesar de todo confían, y confían en una Persona, y que se han dado cuenta que lo importante no radica en la calidad de la barca, en la firmeza de los nudos de la red o en sus habilidades, sino en las maravillas que la Gracia de Dios puede suscitar.

Simón y los otros -pero especialmente Simón- se dan cuenta del abismo insondable que hay entre ellos, pequeñísimos hombres, y el Señor. Pero ante el pecado que los demuele y minimiza, la Salvación tiende un puente de perdón y de no temor, para tener esperanzas, para seguir confiando, para seguir navegando.

Paz y Bien

La sanación es don y señal del amor de Dios


















Para el día de hoy (04/09/19): .

Evangelio según San Lucas 4, 38-44







En aquellos tiempos, tocar a un enfermo era anatema, estaba prohibido pues toda enfermedad, además de ser considerada consecuencia del pecado, convertía al enfermo en un impuro ritual. Y esa impureza ritual tenía un viso contagioso, de tal modo que el impuro, a su vez, devía aislarse, nadie debía tener contacto con él.
No está en nosotros establecer un juicio de valor que, además, sería anacrónico: sólo diremos que para Jesús de Nazareth la verdadera impureza no se adquiría por cosas externas, sino que nacía en las honduras de los corazones, y además, se rebelaba hacia norma que atentara contra lo humano, lo que hacía decrecer en humanidad.

El culto primero es la compasión, y por eso al Maestro no le importaba acercarse, tocar, imbuírse de la dolencia de cualquier enfermo.
A nadie se negaba, a nadie rechazaba.

Además, un dato que no es menor: la Buena Noticia tiene un carácter enteramente personal, y lejos está de abstracciones y de buenas intenciones que sólo miran de lejos.
Cristo se acerca, acaricia, toma la mano, restaura, levanta, sana, salva. Su paso salvador re-crea a la persona derribada, y esa persona nueva parece haber nacido otra vez, sin importar la edad. Así, la gratitud se transforma en servicio, en diaconía, porque la verdadera liberación es el paso de la servidumbre al servicio.

Una multitud creciente lleva a sus enfermos a la presencia del rabbí nazareno, y lo hace al caer la tarde: el horario no es caprichoso, coincide con la finalización del Shabbat, símbolo de un sistema religioso que no dá respuestas y que rechaza a tantos. En cambio Él acepta a todos, por todos se preocupa, de todos se ocupa aún cuando muchos sólo busquen el efecto taumatúrgico de ese Maestro milagroso, a tal punto que antes que nadie es el mismo mal quien le reconoce en su absoluta estatura, y que por ello retrocede.

No hay mal que se le resista, y el gesto de imponer sus manos sobre cada una de esas personas sigue siendo profundamente sencillo y a la vez trascendente, signo cierto de bendición y amor de Dios.

Sin embargo, llega el amanecer que indica el fin de esa tarea que continuará en otros rumbos, pero que es ventana para asomarse al tiempo nuevo que nos llega, el alba de la Gracia. Y precisamente en ese amanecer, Cristo se retira, se vá hacia un sitio apartado: es su necesidad de encontrarse en la oración con el Padre, más hay otro motivo que no es menor. Al estar en contacto con tantos impuros, al tocarlos, Jesús mismo se impurifica, se excluye, asume en su persona esa discriminación que tanto duele.

Las gentes quieren retenerle. Es el afán que se perpetúa de que Cristo es sólo de algunos, de ciertos grupos, de la Iglesia misma. Pero Cristo no es propiedad de nadie porque es de todos, servidor de la humanidad, mensajero de buenas noticias, del Reino aquí y ahora a todos los pueblos, una catolicidad que a menudo olvidamos y de la que tantas veces renegamos.

Paz y Bien

Nada ni nadie puede resistirse a la presencia del Amor de Dios en Jesucristo














Para el día de hoy (03/09/19):  


Evangelio según San Lucas 4, 31-37










Cafarnaúm, por su ubicación geográfica -estratégica-, a orillas del mar de Galilea, nodo y cruce de caminos era una ciudad cosmopolita por el ingente paso de gentes de diversos origen, muchos de ellos tras afanes comerciales. Por ello el ambiente es algo más relajado que en la cerrazón que el Maestro había encontrado en la pequeña Nazareth donde se había criado. Aún así, cada Sábado se dirige a la sinagoga en donde se reune la comunidad para la oración y para el estudio de la Palabra de Dios.

La enseñanza del Maestro -lo que dice y cómo lo dice- enciende todos los asombros. Él no enseña al modo de los escribas, Él enseña con autoridad.
Los escribas, sin dudas, eran eruditos; pero ellos, fundamentados en sus bibliotecas, citaban lo que a su vez habían escrito muchos años atrás otros eruditos acerca de la Torah. Comentaban a los comentaristas, una actividad que requería una especial preparación intelectual pero que, desgraciadamente, había sobreelevado abandonando el corazón y la fé.
Jesús de Nazareth hablaba con la autoridad que no se obtiene desde los libros, sino de su propia y plena experiencia de Dios. Nadie se lo ha contado, Él lo vive a cada instante.

Pero autoridad, etimológicamente, proviene de auctoritas y ésta, a su vez, de augere que significa hacer crecer. El Maestro hacía y hace crecer cosas nuevas a todo el que escucha con atención su Palabra y la pone en práctica.

En la sinagoga había un hombre enfermo, identificado por el Evangelista según los criterios de la época como un endemoniado. La expresión simbólica refiere a una persona agobiada por el poder del mal, tal vez una persona con problemas psiquiátricos, tal vez un esquizofrénico o un paciente que sufre una enfermedad neurológica, pero tal vez podamos rastrear a una persona alienada, incapaz de pensar y de hablar por sí misma.

Un hombre así es un impuro mayor, muy acotado en su vida familiar y religiosa, condenado a un ostracismo que está justificado por los profesionales de la religión, pues se considera un justo castigo esa enfermedad por los pecados propios o de los padres. Si ese hombre estaba en la sinagoga, en pleno Shabbat, probablemente estuviera allí para cumplir con los rígidos rituales de purificación a fin de ser readmitido.

Parece tarea infructuosa, y además surge la queja del espíritu opresor. El nosotros esgrimido espeja al alma dividida, quebrantada la personalidad, roto el corazón de hijo de Dios. Sin embargo, reconoce a Jesús como Santo de Dios; el Mal reivindica la misión de Cristo, mientras que sus propios paisanos le repudiaron e intentaron matarle.

El Señor conmina a ese espíritu inmundo a callarse y liberar a ese hombre. Es menester desalojar las palabras vanas para dar espacio a la Palabra de vida y Palabra viva.

Pero más aún, siempre hay más.

Los ritos son muy importantes más se produce un tremendo e importantísimo giro en la historia. La purificación no será producto de un ritual esquematizado, escrito y regulado, sino que es Cristo, su persona, el que purifica y libera.
Nada ni nadie puede resistirse a la presencia del Amor de Dios en Jesucristo.

Paz y Bien

Santo y necesario es releer la historia en clave de Salvación















Para el día de hoy (02/09/19) 

Evangelio según San Lucas 4, 16-30









Sábado en una pequeña aldea campesina, patria chica y querencia del Maestro. En aquella Nazareth quizás se vivían con mayor intensidad las ansias mesiánicas: tantos siglos de opresión en Israel, tanto tiempo de soportar la bota romana hollando la Tierra Santa, tantos sufrimientos, tanta miseria impuesta, tanta humillación continuada. Y la pobreza campeando por el lugar sin reversión ni posibilidad de cambio.

En tiempos así, los pueblos a menudo se aferran a sus hombres de mirada lejana, en la esperanza de adivinar e intuír un futuro mejor. Esos hombres de vista profunda, en Israel, son los profetas, voceros santos de un Dios que no los abandona.

El Shabbat es muy importante, pues significa el merecido descanso reparador que propicia el reencuentro familiar, el sanar lazos quebrantados, el reposo, el reencuentro con Dios y su Palabra en la sinagoga. Allí todo varón judío tenía el derecho -y el honor- de leer y comentar un pasaje de las Escrituras; ello sucede con más frescura en los pueblos como Nazareth, donde no abundan los doctos, sino que quien comentará los ecos que le suscita la Palabra de Dios será tu vecino, tu pariente, tu amigo.
Jesús de Nazareth es un fiel hijo de su pueblo, de su cultura, religión y tradiciones, y hace uso de ese derecho. 

Los ojos de sus paisanos están fijos en Él: lo han visto crecer y jugar con otros niños, hacerse hombre en el mismo oficio de su padre artesano, José de Nazareth, y no esperan otra respuesta que no sea en esa sintonía, en ese tenor.
Pero el Maestro a todos sorprende, pues desde la Palabra de Dios reinterpreta toda la historia de su pueblo y amplía horizontes y fronteras. Más aún, descubre y revela que el río caudaloso del paso salvador del Dios de Israel desemboca en su Persona, en un presente que se hace eternidad.

Porque la Salvación acontece aquí y ahora, la Salvación es hoy, la Salvación es Buena Noticia para todos los que sólo conocen noticias malas o nefastas -los más pobres, los olvidados-, es liberación para los cautivos, para que regresen a casa, luz para los que andan en tinieblas, ruptura de todas las cadenas que oprimen en inhumanidad, y el anuncio e inauguración del jubileo, del año eterno de la Gracia y la Misericordia para el pueblo de Israel y para todos los pueblos del mundo, porque en Cristo se entrecruza el tiempo y la eternidad, Palabra de Dios hecha carne, urdimbre santa de Dios y el hombre que no se deja atrapar por nada ni nadie pero que asombrosamente se ofrece incondicionalmente a todos, pasando por en medio de aquellos que violentamente pretenden apropiarse de ella en talante propietario que nó de servidor.

Santo y necesario, justo y feliz es releer la historia de cada pueblo y la propia historia personal descubriendo el paso salvador de Dios a cada instante, y reconocernos en la bondad de la mano extendida de ese Cristo que nos rescata.

Paz y Bien

Comensalidad, identidad cristiana
















22° Domingo durante el año 

Para el día de hoy (01/09/19):  

Evangelio según San Lucas 14, 1. 7-14









Comer tiene en todas las culturas y pueblos una importancia fundamental. 
Se come por necesidad biológica, el sustento, la supervivencia. Cuando se come mal, se vive mal, se resiente la salud. Cuando no se come, la vida está en peligro si la ausencia de comida se prolonga.
Se come también por convenciones, por intereses comunes, con ánimos gregarios o celebratorios y suele establecerse previamente con quienes se comparte la mesa.

En el plano simbólico y religioso, comer tiene a su vez un significado profundo, a tal punto que se determina qué comer, cómo comer y con quien comer.
Para Israel, la comida se vincula a la liberación y a la vida, y así Seder Pesaj es el memorial de mesa familiar que conmemora el paso salvador de Dios por la historia del pueblo judío.
En la fé cristiana, comer refiere a la Cena del Señor, a la vida divina que se ofrece, a la celebración eucarística.

En los tiempos del ministerio de Jesús de Nazareth se mantenían ciertas normas, la etiqueta a sostener en la mesa. Ello implicaba una jerarquización explícita, de tal modo que más cerca de la cabecera implicaba una mayor importancia del comensal; sin embargo, la etiqueta es bidireccional por la norma que se respesta y también por el cariz personal. Uno se ubica en la mesa acorde a la propia importancia que se tiene de sí mismo.
Pero al indicar quienes han de ser los comensales, indirectamente se define quienes no participan, de suerte tal que la mesa se estrecha: los comensales, bajo ciertas normas exclusivistas, son demasiado selectos, son muy pocos pues muchos quedan fuera.

Una de las críticas mas enconadas con las que sus enemigos atacaban al Maestro tenía que ver con su mesa y con los que gustaba sentarse a comer, los inviables, los descastados, los que nadie en su sano juicio invitaría a su mesa. Quizás la Pasión, desde esa perspectiva, tenga mucho que ver por el modo de comer de Jesús y con quienes comía.

Él veía las estrictas normas de la mesa de los fariseos, allí donde le había invitado. Mesa chica, mesa angosta que no es tanto una cuestión cuantificable sino de estrechez cordial. Por eso su enseñanza, la necesidad de encarnar la santa ilógica del Reino en la mesa, pan y vino compartidos.
Así la etiqueta cristiana significa invertir prioridades e importancias, sabedores con María de Nazareth que Dios rechaza a los soberbios y exalta a los humildes. Que la mesa de Cristo es amplísima, y que la tarea es acercar a ella -mesa de familia, mesa de hermanos- a todos los que nadie convida, y que no darán señales de reconocimiento a cambio pues nada tienen, nada les queda, los olvidados y excluidos de la fiesta de la vida, abandonados a la vera de todos los caminos de la existencia, languideciendo de compasión, cediendo el lugar para que el último pueda dar un paso adelante, porque en todos ellos resplandece el rostro de Dios.

Paz y Bien

El tesoro asombroso de la Gracia de Dios

















Para el día de hoy (31/08/19) 

Evangelio según San Mateo 25, 14-30









Vayamos primero por el sendero de los símbolos.

La parábola nos habla en varias oportunidades de talentos: un talento, en los tiempos del ministerio de Jesús de Nazareth, era una moneda que equivalía a seis mil denarios aproximadamente. Y un denario, a su vez, es la moneda que representa el jornal diario de un trabajador de Palestina del siglo I; un simple cálculo nos indica que los talentos repartidos a los partícipes de la parábola equivale -en el menor de los casos- a veinte años de trabajo de un jornalero. Una suma enorme, una fortuna, un tesoro.

La desproporción entre la suma otorgada y la confianza brindada es abismal.
Pero el gran error es propiciar una lectura lineal. El Dios de Jesús de Nazareth no es un patrón exigente, que dispensa con rapidez premios y castigos, un Dios punitivo e injusto en los repartos. Tampoco es indiferente a la especulación ni al culto esclavista del dinero. El Dios de Jesús de Nazareth es Padre y es Madre, y todos y cada uno de nosotros somos hijas e hijos, no empleados ni asalariados.

No obstante, tampoco portamos demasiados méritos para que se nos brinde una confianza descomunal, inconmensurable como la que simbolizan esos valiosos talentos. Con inefable certeza lo expresa el apóstol Pablo, que llevamos estos tesoros en estas vasijas de barro que somos.

Porque el tesoro es la asombrosa Gracia de Dios que se nos ha confiado, a puro amor y generosidad.

Es un tesoro extraño, que crece en tanto se brinda, se comparte incondicionalmente, vida plena, vida abundante, perdón y salud que es Salvación para toda la humanidad.
Un tesoro así no ha de ser sepultado bajo capaz de pereza ni de miedos profesados. Tampoco -jamás- debe ocultarse tras cúmulos de normas y preceptos.

La Gracia de Dios es tan asombrosa y desbordante, que vale la pena correr todos los riesgos del mundo para proclamarla, para encarnarla, para que se sepa en todos los rincones que la felicidad está ahora mismo, entre nosotros, para ser bebida y vivida, pagada definitivamente por la sangre de Aquél que todo ofrendó de sí mismo y nada se guardó para que nuestros corazones estén siempre colmados.

Paz y Bien

El tesoro inmenso del Reino, al alcance de cada corazón















Santa Rosa de Lima, Patrona de América Latina

Para el día de hoy (30/08/19):  


Evangelio según San Mateo 13, 44-46






Hay dos diferencias sutiles e importantes a la vez en las dos pequeñas parábolas que el Maestro brinda en el Evangelio para el día de hoy.

El tesoro escondido en el campo está allí; ya se encuentra y permanece, aún cuando no se lo busque, aún cuando se lo pase de largo. El labrador que lo encuentra no está buscándolo, sólo pasa por ese campo, probablemente encaminándose a sus tareas cotidianas. Pero el encuentro lo enciende de regocijo, y vende todo para adquirir ese terreno que un valor tan grande tiene escondido a simple vista.

La perla más valiosa también se encuentra allí, oculta entre las valvas de un molusco. Quien la encuentra es un mercader de perlas, un buscador avezado y experto, un hombre que sabe bien el valor de las piedras preciosas, un buscador constante, un hombre que no se deja engañar con facilidad, que sabe reconocer lo valioso. Él también, frente al descubrimiento, vende todo lo que tiene para adquirir esa perla valiosísima.

Para ambos, el vender todo es espontáneo y no supone un gravoso sacrificio. Hay cierta pasión alegre en el encuentro. Lo que han descubierto les demuestra que todo lo demás, en comparación, tiene un valor ínfimo.

El Reino está allí, al alcance de quien lo busca, y para el asombro de quien está sumergido en la rutina.
El Reino está allí disponible para toda la humanidad, para todas las mujeres y los hombres capaces de enamorarse y de apasionarse con esta eternidad entretejida en lo cotidiano.

Y es bueno, muy bueno e imprescindible, dejar atrás lo que no tiene valor, lo que perece, todos los rictus amargos y circunspectos, porque se ha encontrado lo que inevitablemente nos enciende de amores y alegría.
Lo más valioso está allí, a nuestro paso, en cada instante de nuestras existencias por pura bondad de Aquel que todo lo dá, todo lo comparte y nada se reserva para sí.

Paz y Bien

Martirio de San Juan Bautista: firmes en la fé, tenaces en la justicia















Martirio de San Juan Bautista

Para el día de hoy (29/08/19):  


Evangelio según San Marcos 6, 17-29








Él no buscaba la gloria propia, el reconocimiento público, las loas populares. Creía en su misión porque en su misión servía a Dios, aún cuando ello significaba alejarse de los palacios, la pompa y el fasto. Su palacio era el desierto, sus ropajes eran pieles de animales salvajes, sus manjares, langostas y miel silvestre.

Fiel a su Dios, fiel a su Ley, fiel a la Alianza, con todo y a pesar de todo, a pesar de poner en riesgo la vida.
Jubiloso testigo del Esposo, testigo incólume de la verdad, fidelidad sin medias tintas, total, sin reservas.

La lectura superficial de los hechos que condujeron a su muerte puede enlutarnos, revestirnos de horror, de espanto y tristeza, del mismo modo que cuando se atropella la vida de un inocente. El rencor de una mujer, el temor supersticioso de un hombre del poder que prefiere ser esclavo de las veleidades de la opinión de los obsecuentes y de su propia imagen que vivir conforme a una verdad que percibe pero que a su vez niega en los hechos.
La mazmorra para el Bautista es el torpe intento de silenciar una voz veraz que no se calla.

Pero es posible mirar y ver desde otra perspectiva, el ámbito de la fé.
La fidelidad de Juan hasta el fin es la señal del comienzo del ministerio de Jesús de Nazareth. La muerte no es la sentencia del bruto opresor, sino el fruto de un hombre enteramente libre, libérrimo a pesar de estar en la mazmorra, mientras que el prisionero es Herodes en el palacio.
La muerte de Juan también preanuncia la Pasión del Señor.

La Iglesia hace memoria hoy del martirio de Juan y, con él, un humilde y grato homenaje a los que no se doblegan ante ningún ídolo, a los que permanecen fieles a la verdad, a su vociación, firmes en la justicia, tenaces en la fé.

Paz y Bien

Sepulcros blanqueados: culto sin caridad, fé sin Dios












San Agustín de Hipona

Para el día de hoy (28/08/19): .

Evangelio según San Mateo 23, 27-32











Los fariseos no podían excusarse en la no comprensión de las invectivas del Maestro, pues eran tenaces impulsores de la prescripción tradicional de la Ley, mediante la cual todos los sepulcros se blanqueaban, encalándolos de tal modo que el fuerte sol de Palestina los hiciera destacar por sobre el resto del paisaje. Tocar una tumba implicaba lo mismo que tocar a un muerto, algo prohibido pues provocaba impureza ritual y, por ello, la exclusión de la vida religiosa de Israel.
Pero también las tumbas se volvían a encalar cerca de la celebración de la Pascua, con afanes piadosos, para cambiar su talante tétrico y desesperanzador.

A su vez, se edificaban majestuosos mausoleos y sepulcros en donde yacían los restos de los profetas y los justos del Pueblo Elegido: sinceramente, allí no había un afán vindicatorio ni un homenaje honesto, sino la velada intención de apropiarse de la gloria de esos hombres, desligándose de su suerte, pues todos ellos fueron despreciados y asesinados por sus mayores. Y esa misma tesitura mantenían a su vez ellos mismos.

Sea cual fuera el caso, hay una cuestión que por obvia no es menos veraz: un sepulcro alberga la muerte, la degradación persistente de la vida en fuga, lo perecedero, lo que se pudre.

Contra esas tumbas relucientes nos vuelve a advertir el Maestro hoy, pues no son únicamente ayes dedicados a los fariseos de su tiempo.
Se trata de tumbas vistosas, que sin embargo sólo alojan corrupción en todas sus formas. A veces esas tumbas son simpáticas, presuntamente agradables y caminan, escondidas tras máscaras de poder.
Se trata también de las tumbas de la justificación de lo injustificable, de la violencia razonada, de los atropellos programáticos.
Se trata del culto sin caridad, de la religión sin Dios.

Con todo y a pesar de todo -y de nosotros mismos- seguimos creyendo en el Dios de la Vida y en el Hijo que nos salva, y por el que toda tumba deviene inútil, pues con la fuerza asombrosa del amor de Dios la Resurrección es más que una utopía, es una realidad y una certeza de que viviremos para siempre.

Paz y Bien

La perversión de las devociones exigidas sin conversión
















Para el día de hoy (27/08/19):  



Evangelio según San Mateo 23, 23-26







La tradición y obligatoriedad del diezmo se remontaba a las raíces misma de Israel como pueblo y nación: las tribus debían entregar la décima parte de los frutos de su cosecha y sus rebaños para sostener a la tribu de Leví, quienes a su vez tenían por misión el servicio del Tabernáculo, y luego del culto en el Templo; los levitas no tendrían tierras propias -por ello se ocupaban de ellos las otras tribus-, y con la evolución histórica, todo varón judío pagaría el diezmo para sostener a los sacerdotes y al Templo de Jerusalem.
El impuesto era de carácter anual, y lo recaudado un año de cada tres se destinaba a la protección de los huérfanos y las viudas.

Pero también el diezmo poseía un significado trascendente, y era la soberanía de Dios, la propiedad y el derecho de Dios sobre Israel.

Con el surgimiento de la corriente farisea, el cumplimiento del diezmo se extiende de los frutos de la tierra -cosechas y ganados- a los productos mínimos, incluidas las hierbas silvestres y los condimentos. No es difícil imaginarse a una madre de familia separando una ramita de perejil de cada diez para cumplir.

A pesar de lo ridículo de la escena imaginada, tampoco hemos de caer en el extremo de no prestar atención a las cosas pequeñas. Todo tiene su importancia. Pero esos hombres, extremadamente piadosos -religiosos profesionales- habían absolutizado lo que no lo era, sacralizando nimiedades en desmedro de lo que en verdad cuenta, la justicia, la misericordia y la fidelidad.

Es una dictadura de la superficialidad, de la apariencia de piedad sin corazón ni Dios que la sustenten, y desde allí el sábado está por sobre el hombre y las abluciones y las rígidas normas de impureza ritual desalojan a la compasión, guías ciegos que llevan al pueblo que doblegan al abismo de la desesperanza y el miedo.

Ésa es la perversión, exigir devociones gesticuladas sin practicar, corazón adentro, la conversión.

Paz y Bien

Honramos al Dios que nos ama sirviendo a sus hijos más pequeños













Para el día de hoy (26/08/19):


Evangelio según San Mateo 23, 13-22





La Palabra de Dios es Palabra de Vida y Palabra Viva: desde este principio espiritual, afirmamos que aquello que nos expresan las escrituras no queda condicionado a una época determinada o a circunstancias específicas. Es claro que cuanto más ahondemos en los contextos, más podremos enriquecernos, pero lo verdaderamente determinante es que Dios nos habla hoy.

De esta manera, Jesús de Nazareth vuelve a despertarnos mente y corazón en este preciso instante, en nuestra cotidianeidad, en esto que somos, en nuestro aquí y ahora.
Quizás se nos ha perdido de vista lo sagrado que está tejido en la historia, la asombrosa afirmación de eternidad que implica Dios con nosotros, y por ello hacemos lo que hacemos y omitimos otras tantas cosas, siempre en detrimento del hermano, en confusos océanos de poder que reniegan de la sencillez y la humildad.
En los altares del egoísmo se siguen realizando sacrificios humanos, pues se realiza el holocausto del prójimo.

Así, el anuncio de la mejor de las noticias deviene en declamación que sólo busca adeptos, números que engrosen estadísticas religiosas y no hermanos que se sientan a la mesa grande de la vida.
Así, el Reino es accesible para unos pocos, una élite selecta que ha cumplido con los rigores normativos, y no don y bendición, Gracia y misericordia.
Así la fé es sólo práctica piadosa y prebenda de pertenencia y poder antes que vida plena y solidaria.
Así, los templos se vuelven más importantes que las personas. Pero Cristo es la eterna afirmación de Dios que vive en las honduras de los corazones, y cada mujer y cada hombre es templo vivo y latiente de ese Dios que nunca nos abandona.

Nos debemos nuevos compromisos. Debemos honrar a Aquél que nos ama entrañablemente en cada una de sus hijas, en todos sus hijos, desde la liturgia verdadera que se nutre de la compasión y la misericordia.

Paz y Bien

La puerta estrecha de la vida virtuosa













21° Domingo durante el año 

Para el día de hoy (25/08/19):  

Evangelio según San Lucas 13, 22-30








A través de los tiempos y de las distintas religiones y en reiteradas oportunidades se ha tratado de establecer si son pocos o muchos los que se salvan, y tristemente la Iglesia no ha sido ajena a ello. 
Esa clase de censos de los beneficios divinos, merced a las a las angustias que provocaban, fueron utilizados como métodos extorsivos para doblegar corazones mediante el miedo que provoca el no pertenecer al estrecho número de los que serán salvos; hoy en día, cierta interpretación lineal -y mezquina- de las Escrituras provoca que una secta afirme sin ambages que el número de los que se salvarán serán 144.000, dura afirmación para la vida virtuosa de los creyentes. Si todo aparece tan cerrado e improbable, mejor es resignarse y devenir de acuerdo a las variaciones del mundo lo mejor posible.

A veces se plantean preguntas que no merecen respuesta, preguntas que son falaces pues su razonamiento inicial induce a error, y el error es preguntarse si serán pocos o muchos los que han de salvarse. Pedro se equivocaba, más su error no estriba solamente en la cuantificación sino en el mensaje subyacente, y es el de suponer que la Salvación es el producto del propio esfuerzo, o en su defecto, que Dios actúa como un titiritero que mueve muñecos sin voluntad que nada hacen.

El Maestro no ingresa en ese lodazal tramposo. No se trata de meter miedo ni de llevar tranquilidades a unos y otros. Se trata de estar atentos, se trata de la urgencia de la conversión, se trata de reconocer a la Salvación como don del amor infinito de Dios y, por ello mismo, vivir una vida virtuosa, vida de hijos de Dios.
La pertenencia como credencial religiosa, identidad nacional o étnica. El cumplimiento de formalidades sin corazón ni misericordia encarnada en lo cotidiano. La rigurosidad litúrgica que olvida la práctica de la justicia.

La puerta de la perdición es amplia pero se angosta sin remedio. No hay allí destino ni trascendencia, sólo la contundencia de la muerte.

La puerta de la Salvación es estrecha pero se amplía al infinito, santa urdimbre de Dios y el hombre que se ofrece a todos los pueblos en todos los tiempos, católica, universal, fraterna, frutos de esfuerzos humildes y felices fecundos por el Espíritu.


Paz y Bien

San Bartolomé: encuentro con Cristo, tiempo santo de Dios y el hombre














San Bartolomé, apóstol

Para el día de hoy (24/08/19):  


Evangelio según San Juan 1, 45-51






El asombro de Felipe, el impacto que produce en su existencia el encuentro con Jesús de Nazareth lo moviliza a contarlo, a compartirlo con un amigo. Quizás sea el modo más sencillo y exacto de expresar la evangelización.
Sin embargo, la fé de Felipe es incompleta, aún debe madurar: él se queda con la idea de un Cristo reflejado por las Escrituras -la Ley y los profetas-, pero sigue siendo el hijo de José de Nazareth. No hay todavía en Felipe asomos de la única y absoluta novedad del Reino.

Así Felipe vá al encuentro de su amigo, Natanael. Su imagen remite al símbolo tradicional que tenían los rabbíes para enseñar, bajo la higuera, pero también la higuera representa al pueblo de Israel que permanece fiel a su Dios a través de los tiempos.
Quizás como estudioso de la Torah porte viejos prejuicios, y de allí su mención a que nada bueno puede salir de Nazareth, prejuicios a menudo esgrimidos con virulencia por los enemigos del Maestro.

Pero algo pasa en el encuentro personal con Cristo. Descubrimos que Él nos conoce mejor de lo que nosotros mismos suponemos. Ese encuentro es transformador, más las cosas no son automáticas. No somos robots, intervienen el corazón, interviene la voluntad.
Allí destaca la persona de Natanael / Bartolomé: el que era rabbí, no tiene ahora inconvenientes en ser un feliz discípulo y seguidor, y por haber dejado atrás esquemas y prejuicios, con el auxilio del Espíritu reconoce en ese joven y pobre rabbí de Nazareth al Hijo de Dios.

Aún así, ese encuentro fundamental es sólo el comienzo de un tiempo de maravillas, de cielos abiertos. Cristo, Dios-con-nosotros, es el puente entre la eternidad de Dios y la temporalidad humana, el tiempo santo de Dios y el hombre que supera todas las expectativas e inaugura las maravillas de la Gracia.

Paz y Bien

Encontrar a Dios en el rostro del prójimo













Para el día de hoy (23/08/19):  


Evangelio según San Mateo 22, 34-40








Los fariseos plantean a Jesús una pregunta teñida de engaños, es decir, una falacia pues necesariamente su razonamiento implica un silogismo que induce a error. No hay hambre de verdad, sólo intención de detectar heterodoxia o blasfemia en el joven rabbí galileo, para poseer así un motivo de condena.

El tema no es menor: los maestro y doctores de la Ley distinguían un total de 613 mandamientos, 365 preceptos de carácter prohibitivo y 248 de carácter positivo, números que a su vez implicaban una profunda simbología: 365 por cada uno de los días del año y 248 por los huesos del cuerpo, con lo cual la Ley brindaba sustento y moldeaba a la totalidad de la existencia humana.
Así entonces tornaba imperativo que los sabios de Israel determinaran cuáles entre ellos eran los más importantes, o bien encontrar una fórmula que los resuma y contenga sin menoscabo, pues de lo contrario  todo se tornaba en un fárrago legal de improbable cumplimiento.

Las diversas corrientes rabínicas se embarcaban en profusas casuísticas en busca de la fórmula perfecta; no obstante ello, la tradición de Israel brindaba cierto fundamento a partir de la plegaria diaria -Shema Ysrael-, en el que se alababa al Dios único, y se expresaba el amor absoluto que se le debía.
Así, algunos maestros como Hillel complementaba ese fundamento, expresando que no hagas a otro lo que no quieras para tí: esto es toda la Ley.

El Maestro no reniega de ello, pero establece, con una originalidad fundante, un principio unificador para toda existencia, puerto seguro para todo destino que quiera edificarse.
Son como los dos maderos de la cruz, esos dos maderos que refieren a la totalidad del amor mayor, a la mansa y definitiva ratificación de la Encarnación de Dios: un brazo que se eleva al cielo, el otro -unido intrínsecamente al primero- que se extiende a los hermanos.
La primacía siempre el amor a Dios -con todo el corazón, con toda la mente, con toda el alma-, pero ello jamás ha de escindirse del amor a los hermanos, al prójimo que reconocemos y que buscamos.
El prójimo no es solamente el cercano, el par, el que es de mi tribu, mi clan, mi religión, mi nación: el prójimo es el hermano que descubro en todas partes, sin limitaciones, como otro hijo bendito de Dios.

Ese amor es clave/llave que abre todas las puertas y que a su vez revela de una vez y para siempre el carácter universal y redentor de la Buena Noticia, Dios con nosotros, Dios en nosotros, Dios por nosotros.

Paz y Bien

Un Dios que sale a nuestro encuentro















Para el día de hoy (22/08/19):  

Evangelio según San Mateo 22, 1-14





Siempre es menester detenernos sobre ciertas cuestiones, en especial aquella tendencia a leer linealmente, por sobre la superficie, los textos sagrados. Toda literalidad conduce a ominosos fundamentalismos, y por tal, a senderos opuestos y ajenos a la Buena Noticia.
Así no nos espanta ni nos indicar conductas a seguir las acciones de ese rey dibujado en la parábola, que preso de sus enojos, sale en tren de venganza a aplastar a los homicidas y a prender fuego a la ciudad. Se trata de un recurso que es a la vez literario y educativo, más hipérbole que parábola, en donde se acentúan y exageran contenidos de un relato con la intención de generar una imagen duradera, que cale hondo en las mentes. Y en los corazones.

Lo que en verdad cuenta tiene más de una vertiente nutricia.

Por una parte, la revelación de que Dios quiere celebrar con la creación las bodas de su Hijo: unas bodas implican amor, celebración del compromiso que perdura más allá de los problemas, fidelidad hasta la muerte y más allá, vida que se re-crea y se expande. Son los sagrados esponsales de un Dios que, ante todo, está enamorado de la creación, de la humanidad. Y todos sabemos que los enamorados son capaces de todas las locuras, de todos los asombros, de romper las costuras estrechas de la lógica.

Por otra parte, la misión de los servidores. Es tarea que se encomienda a la gente cercana, en la que se confía plenamente. Y aunque nos cueste, es preciso identificarnos allí a todos y cada uno de nosotros.
Es preciso salir, largarse a los caminos. En los tiempos del ministerio de Jesús de Nazareth, en las encrucijadas o cruces de caminos se ubicaban, abandonados a su suerte, los paralíticos, los ciegos, los leprosos y todos los indeseables de siempre. 
Hay invitaciones preferenciales al ágape inmenso de Dios que es prioritario entregar de manera clara y efectiva a todos aquellos que languidecen en todas las periferias de la existencia, allí en donde se descarta lo humano como sobrante, como resto, como nada, oquedades en donde toda noticia necesariamente es igual a la anterior, puro devenir de oscuridad continua y resignación.

Tal tarea, tan enorme, revela la esencia misionera de la Iglesia, que porta un mensaje único y universal y que no discrimina entre buenos y malos, feos o agradables, justos y pecadores. Nadie debe faltar a la mesa grande de Dios en donde la vida se celebra, pues la Buena Noticia es savia que corre sin detenerse, fecundando todas las ramas de la existencia humana.

Eso sí, es importantísimo recalcar para todos, sin excepción -incluidos especialmente todos nosotros- la etiqueta especial que se requiere.
Porque para la mesa del Reino, que es mesa de hermanos y amigos, es imprescindible revestirse de caridad, reflejo perfecto de la Gracia de Dios que todo lo transforma.

Paz y Bien



Con Cristo, para que el descarte humano no sea costumbre
















Para el día de hoy (21/08/19):  

Evangelio según San Mateo 19, 30-20, 16







Las parábolas, literariamente, son relatos figurados o comparaciones que conducen desde la verosimilitud de lo que se narra a una realidad que en ellas no está explicitada. Si ello lo trasladamos al modo en el cual Jesús de Nazareth enseñaba, las parábolas son ventanas que nos vá abriendo para asomarnos a la infinita realidad de las cosas de Dios, del Reino. Por ello es muy importante no confundir medios con fines, es decir, las diversas figuras que utiliza en la comparación con la inmarcesible luz que se nos ofrece, con ese Dios absoluto que se hace uno de nosotros.

En el caso de la lectura para el día de hoy, ello aplica a esa persistente tendencia que nos desvía la mirada y que tanto daño provoca, y que es aferrarse a la literalidad, a interpretaciones lineales sin profundidad, a la pura letra. Allí comienzan los fundamentalismos, allí no hay sitio para el Espíritu ni para el hermano.
No debería importar tanto la pura letra como la pura Gracia.

Así entonces el Dios de Jesús de Nazareth no es un rico terrateniente que se ajusta al clásico modelo de clases sociales que someten mediante salarios que, a menudo, apenas alcanzan para la supervivencia luego de deslomarse de sol a sol.
Nada de eso. El Dios de Jesús de Nazareth es muy extraño: pudiendo enviar a mayordomos o capataces, sale al encuentro de los trabajadores muy de madrugada, cuando a éstos todavía no se les ha despejado el sueño de sus rostros, Dios del encuentro en nuestros amaneceres, Dios de nuestras existencias y nuestros esfuerzos, Dios al alba.
Dios que también sale a des-horas, a horarios irrazonables, cuando el trabajo ya está en plena marcha.
Dios que sí, cuando el día finaliza, llama a gente de su confianza para que busque a los que aún no están.
Dios escandaloso, Dios derrochón que paga generoso con monedas generosas de igualdad a aquellos que han llegado tardísimo, en igual medida a los que llegaron primero.

Volviendo por un momento a la literalidad, no es descabellado imaginarnos entre el grupo de quejosos. Esa espiritualidad retributiva, esa teología meritoria que expresa el reclamo por lo que en más o en menos merecemos de acuerdo a nuestros esfuerzos. Ello estaría de acuerdo a la búsqueda de justicia humana, pero en verdad la Gracia de Dios es escandalosa en su abundancia incondicional, a pesar de lo mucho o poco que nos merezcamos. El Evangelio es cosa de locos.

Quizás por ello, al modo de las señales de las rutas, nosotros deberíamos proclamar y señalar un rotundo ceda el paso. A la manera de la desmesura de la cruz, hacerse último para que las hermanas y los hermanos que languidecen en el olvido final y el descarte humano avancen hacia adelante, hacia la dignidad fraterna de las hijas y los hijos de Dios, para allí juntos celebrar la fabulosa locura de amor del Dueño de la viña, que paga según la escala inmensa de su corazón sagrado.

Paz y Bien

Nuestra herencia es la vida eterna
















Para el día de hoy (20/08/19):  

Evangelio según San Mateo 19, 23-30








Lejos de cualquier parcialización o de cualquier lectura lineal, es muy importante situarnos en el escenario de la lectura que nos ofrece la liturgia del día, y es la continuidad literaria y sobre todo teológica de la conversación entre Jesús de Nazareth y el joven rico.
Por ello mismo la necesidad de no caer en una perspectiva apológica de cierta clase de pobrismo -especialmente el que se impone y no se elige-, o la trampa de ideologizar y aplicar a la Buena Noticia categorías sociológicas y hasta ideológicas respecto de ciertas clases sociales.

Lo cierto es que en aras del falso dios Dinero se realizan sacrificios humanos pues se aniquila al prójimo. Lo cierto es que no se puede servir a dos señores, a Dios y al Dinero. Lo cierto es que en esas cuestiones se juega nuestra vocación infinita de ser libres, con la libertad de los hijos de Dios.

Los discípulos están más que preocupados. Ellos, si bien han dejado familia y bienes siguiendo los pasos de Cristo, aún se aferran también a determinadas cosas, y ese aferrarse es similar a las limitaciones que se autoimpone el joven rico. Las viejas ideas, los viejos esquemas, un corazón que paulatinamente envejece porque se per-vierte, es decir, que no se con-vierte.

Lo saben en sus corazones, y la razón no puede indicarles otra cosa: la carga de las propias miserias es tal que nadie, desde una lógica mundana, de justicia retributiva, puede salvarse. Nadie.
Y es verdad. A la Salvación no se la adquiere, por ella ya ha pagado con su propia vida, el costo mayor, Cristo en la cruz por todos nosotros.
Porque la Salvación es don y misterio del amor de Dios, y nó fruto de nuestros meritos ahorrados.

Lo cierto es que nosotros vamos montados a lomos de otros camellos. Lo cierto es que en esta monta atravesaremos todos los ojos de agujas.
Porque vamos en la feliz montura de la Gracia, del amor infinito de un Dios que es Padre y que nos sale al encuentro, de un Dios que todo lo puede y para el que no hay imposibles.

Nuestra herencia -inmerecida, generosa, asombrosamente desproporcionada- es la vida eterna, plena, feliz, en los brazos del Dios que nunca se resigna.

Paz y Bien

Salvación, don y misterio en comunidad












Para el día de hoy (19/08/19) 

Evangelio según San Mateo 19, 16-22






No puede cuestionarse la honestidad del joven rico que interpela a Jesús, de ninguna manera. Es sincero en sus planteos, y denota un hambre tenaz de plenitud, de volverse completo en humanidad, de trascendencia, de vivir para siempre.
Ha cumplido sobradamente con lo que le han enseñado sus mayores, y practica desde hace siglos su pueblo, que caracteriza su identidad única mediante la relación con su Dios: él ha cumplido con los mandamientos, los ha guardado sin ambages, pero aún intuye que hay algo más. Porque con Cristo hay más, siempre hay más.

Pero ese joven porta un problema y se afirma en un error. Su problema no son sólo los numerosos bienes que posee, sino quizás el pretender que sea más definitorio el tener que el ser. Y a la vez, su error estriba en el postulado inicial, y en el modo en que lo expresa: quiere saber el modo de acceder a la eternidad, y en todo momento habla de sí mismo.

La dinámica asombrosa de la Gracia no se ha afincado en su corazón. Porque la Salvación es, ante todo, don y misterio antes antes que premio o adquisición, acto infinito de amor, de la bondad de Dios. Y siempre está intrínsecamente relacionada a la familia, a la vida en comunidad cuando florece el nosotros, donde es más importante el tú que el yo.

Liquidar los bienes y dar el producto a los pobres es tender con confianza lazos hacia la misma sintonía de Dios. Es hacer espacio en el corazón, para desprenderse con alegría de todo lo que perece, y llenarse de los tesoros definitivos que son la compasión, la misericordia, la solidaridad, corazones capaces de poblarse de hermanos.

Y así, con el alma ligera de tantas cosas gravosas, irse tras los pasos libres del Maestro, hacia campos de plenitud.

Paz y Bien


Cristo, Sagrado Corazón en llamas













Domingo 20º durante el año

Para el día de hoy (18/08/19):  

Evangelio según San Lucas 12, 49-53







Acaso por la persistente imagen bucólica y pueril de un Cristo dulcificado en ciertas imágenes, se nos puede antojar ajena y controversial la escena que contemplamos en el Evangelio para este día, un Cristo encendido de palabras sin ambages, que habla de fuego, de angustia, de negación de la paz, de división.

Más es necesario superar la pura letra y adentrarse en el significado profundo, en la enseñanza de los corazones. 
El dramatismo explícito que expresa el texto se corresponde con la intensidad del mensaje que se envía, y nos encontramos ante un Cristo que habla y grita en pura profecía, y como en todo discurso profético esa intensidad puede acarrear luces y sombras, emociones y pasiones y algo de sana confusión que nos espabile de todos los adormecimientos mundanos que nos hacen aferrarnos a lo que no cuenta, a lo que perece.

Quizás por ello el fuego que el Maestro trae no se refiera al Espíritu Santo sino más bien a la honda presencia del Reino que no admite medias tintas ni liviandades, que separa las aguas, un fuego que es crisol y que también nos purifica de todo lo que nos arraiga a las oquedades sin luz, el fuego que enciende la existencia de Jesús de Nazareth y que lo moviliza, casi doliéndole en los huesos.
Así avizora en el horizonte los horrores de la Pasión, el terrible cáliz que debe beber íntegramente y que no eludirá. Su angustia es profundamente humana, la angustia de la espera, la ansiedad de que llegue el momento crucial, como un soldado en las horas previas a la batalla.

A pesar de la sangre que se derramará, ese fuego no se apagará y seguirá encendido en aquellos que sigan los pasos de Cristo. 
La fé cristiana, vivida en plenitud, enarbola desde las entrañas ese fuego sobre la tierra, un fuego sin banalizaciones ni excusas ni relavitismos patológicos. De un lado o del otro.

Ese fuego del compromiso divide, separa, acarrea conflictos pues no transige con los vanos floreos dialécticos de poder del mundo, que suelen replicarse especialmente en la cotidianeidad, porque la fé cristiana no es tanto el sostenimiento o la adhesión a un corpus doctrinal sino muy especialmente la unión e imitación de la persona de Cristo. Vivir como Él vivía, amar como Él amaba, en todo escucharle, hacer lo que Él diga, amar, servir.

Quiera Dios que estos fuegos nunca se nos apaguen, para mayor gloria y alabanza suya.

Paz y Bien

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