El banquete de Cristo, invitación que compromete y se hace misión














Para el día de hoy (06/11/18): 

Evangelio según San Lucas 14, 1a. 15-24











A veces, por meritorios afanes analíticos, teológicos o biblistas, se nos pueden perder de vista cuestiones primordiales, y que son las cosas que habitaban el corazón de Jesús de Nazareth. Contemplarlas en su humilde plenitud luminosa, revelación inagotable de otra realidad que florece entre nosotros, ahora mismo.

Jesús de Nazareth vivía el Reino de su Padre como un regalo inmenso, como una fiesta plena, un acontecimiento único e incomparable que se ofrece a toda la humanidad de un modo infinitamente generoso e incondicional, en la sintonía amable de un Dios que es Padre y es Madre también.

Allí, en esa mesa que es banquete -ágape-lo humano se diviniza en la comunión de la Encarnación, de ese Dios que en santa urdimbre hunde sus raíces en la debilidad humana para alzarla a las alturas de la realización total, de la trascendencia, de la vida que apenas está comenzando. Apenas y a penas, pues enceguecidos por las veleidades del mundo, perdemos la capacidad de mirar y ver milagros, el paso salvador de Dios por la historia, ahora y siempre, los cielos abiertos para nosotros, que por nuestros méritos -sinceramente- nada merecemos.

La invitación a ese banquete es, ni más ni menos, la posibilidad de ser felices, sueño eterno de un Dios que nunca descansa por nuestro bien.
En ese banquete se celebra la justicia, la paz, la libertad, la fraternidad pero, por sobre todo, el amor que es Dios mismo.

No es una invitación cualquiera. Es una invitación que compromete, que se hace misión.
Es menester salir a todas las encrucijadas de la vida y dar aviso a los que nadie llama, a los descartados de la existencia, que hay lugares preferenciales para ellos. Y luego a todos los demás.

Paz y Bien

Mesa del Señor, mesa de los olvidados
















Para el día de hoy (05/11/18):  

Evangelio según San Lucas 14, 1. 12-14









El Maestro está comiendo en casa de un importante fariseo. Seguramente ha sido invitado por el interés que suscita en el pueblo; las convenciones usuales de engalanar los propios banquetes invitando a un rabbí notable es dable suponer que no apliquen aquí, pero sí el afán de observarlo más de cerca, una suerte de espionaje comedido y de maneras civilizadas cuyo fin es el encontrar actitudes y gestos que lo condenen. De ese modo, la atención que los comensales ponen en Él no responde tanto a un interés genuino sino a las especulaciones usuales en ese ambiente religiosamente asfixiante.

Como sea, esa mesa farisea es una mesa en la que se trasluce un interés: en principio, sólo participan los varones fariseos, es decir, es una acotada mesa de pares, y excepcionalmente se convida al rabbí galileo. A no dudarlo: en esa mesa se han cumplido con exacta puntillosidad con las abluciones rituales, con las prescripciones dietéticas y se elevaron plegarias al Dios de Israel.
Aún así, sigue siendo una mesa de iguales o similares, en donde no hay lugar para los distintos, para las mujeres, para los que no cuentan.

El Maestro nos invita e impulsa a realizar una ruptura, una ruptura que no tiene nada de provocación vana, ni de conflicto estéril.
La ruptura requerida es la transgredir las escasas fronteras que separan, los limitados círculos en los que, razonablemente, solemos acomodarnos.

Santa ilógica del Reino que vá contracorriente del mundo. Es cosa de animarse, de agrandar la mesa, de invitar a los que nadie invita. Más aún, de convidar a los que nadie, en su sano juicio, invitaría, hijos olvidados por todos menos por Abbá.

Esa ruptura implica felicidad, porque nos internamos con libertad y luz en la tierra prometida de la Gracia, de la gratuidad, del desinterés, sin buscar beneficios individuales sino el afán del nosotros, de la fraternidad, del Cristo que se hace presente cuando dos o más se reunen en su Nombre.

Paz y Bien

Descubrir en cada persona al prójimo que debe edificarse en el corazón














Domingo 31º durante el año

Para el día de hoy (04/11/18):  

Evangelio según San Marcos 12, 28-34









La formación y los conocimientos son importantes y valiosos; ello cobra especial relevancia en el ámbito religioso, siempre y cuando esos conocimientos tengan carácter instrumental para ahondar en el cultivo y en el crecimiento personales.

Sin embargo, en la fé cristiana no lo son todo. Hay más, siempre hay más, no hay que adormilarse ni acomodarse. Lo que verdaderamente cuenta es el amor a Dios y al prójimo, y es Dios -solamente Él- quien concede sentido y trascendencia.

Con la cruz nos identificamos; a partir del amor infinito de Cristo expresado en la cruz la existencia adquiere -sin merecimientos de nuestra parte- un distingo único a irrevocable, la Salvación.

El encuentro que nos presenta la lectura del día es, en cierto modo, sorprendente. Estamos habituados a que escribas, fariseos, sacerdotes y ancianos se acerquen en grupo al Maestro, con ánimo belicoso e iracundo, escudarse en el grupo para arrollar al que está solo, el ímpetu de escudarse en muchos.
Aún así, se dirige personalmente al Maestro un escriba, y su talante es muy distinto al que despliegan normalmente sus pares: él se acerca con respeto y con confianza a ese rabbí que puede darle una respuesta a uno de los interrogantes cruciales de la casuística judía. Es muy importante tener en cuenta que meditamos el Evangelio según San Marcos, y por ello el escriba se infiere que pertenece a la corriente farisea, es decir, un letrado fariseo.
El tema no era menor: la ley mosaica establecía 613 mandamientos o mitzvot, de los cuales 248 eran preceptos de carácter positivo y 365 de carácter negativo o prohibiciones expresas. En tal cúmulo de regulaciones, era usual y hasta razonable que una persistente discusión dialéctica y teológica aconteciese para establecer cual mandamiento tenía mayor jerarquía sobre todos los demás.
De esa manera, el escriba busca en Cristo una respuesta que le aporte claridad a partir de la recta interpretación que Él haga de la Escritura.

La respuesta surge de la misma Escritura pero ahora a la luz de la Gracia, y hay un convite maravilloso para ese hombre docto. A partir de lo que sabe y conoce, y con el auxilio del Señor, él podrá encontrar esa verdad que ansía, y no deberá ir demasiado lejos, ni devorar bibliotecas. Antes bien, debe internarse corazón adentro, en donde se resuelven las cosas, y desde allí salir al encuentro de Dios y del hermano. Es el amor la clave de todo destino, y todo rito -para ser auténtico- debe supeditarse a ello. Porque el culto primero es la compasión que nos aprojima al hermano, templo palpitante del Dios de la vida.

Ese escriba no está lejos. Gratamente el Maestro le señala que está en las cercanías del Reino.
Le falta un paso, y es precisamente salir al encuentro de un prójimo que no se acota a la nacionalidad, a la raza, a la religión, sino que se amplía a toda la humanidad.

Paz y Bien

Mesa de Cristo, compartir el pan y la existencia














Para el día de hoy (03/11/18):  

Evangelio según San Lucas 14, 1. 7-11









El Maestro era un observador magnífico, miraba y veía en profundidad, más allá de las apariencias, y más aún, mirar y ver los hechos y las personas a las que hacían referencia. Ello implicaba una cuestión primordial que era conocer bien a los suyos. El amor parte de su fundamento en el conocimiento del otro.

En esta ocasión, Jesús de Nazareth ha sido invitado a una cena en casa farisea y en pleno Shabbath, con toda su carga ritual, sus exactas prescripciones, su código y su etiqueta inamovibles, y allí también mira y vé en profundidad.

En las mesas de las gentes importantes los lugares en que se acomodaban los invitados denotaba importancia e influencia, toda vez que en esos banquetes se conjugaban influencias comerciales y políticas: mejor lugar, más influencia, de suerte que la cena se convertía en una danza laica de búsqueda de intereses y de poder, tal como es la mesa de los opresores, en donde se apisona la suerte de los débiles, se mastica la libertad y la dignidad de los pobres, se humilla a los que carecen de poder, mesas escasas y muy pero muy acotadas.
En esas mesas son más a los que se les impide acceder que los que se sientan a comer. Peor aún, son mesas de opresores caballerosos, que oprimen guardando estrictas normas de urbanidad, pero que en el fondo y sin ambages sigue siendo mesa de miserables, pues se propala miseria sin esfuerzo.

Pero en la mesa de Cristo las cosas son muy distintas, completamente distintas.
Contrariamente a la búsqueda falaz de convidar a los que tienen algo que ofrecer, mesa angosta de interesados, se invita al que no cuenta, al que se deja de lado, al olvidado, al descartado.
En su mesa se comparte la vida, penas y alegrías, dolores y angustias, el hambre de justicia y las tormentas de resignación que suelen asolarnos, y por ello, con Su presencia en el pan y el vino y su Palabra, se renueva la esperanza y siempre hay un lugar más preparado para el hermano que ha de llegar, mesa grande de fraternidad, mesa en la que se espera solamente la presencia del otro y, cuando ésta acontece, se descubre un motivo más para celebrar y agradecer.

Paz y Bien

Fieles Difuntos: peregrinos hacia un cielo que hoy mismo vislumbramos













Fieles Difuntos

Para el día de hoy (02/11/18): 

Evangelio según San Lucas 24, 1-8







Hoy es un día de memoria, de recuerdo de los que no están, de ausencias muy presentes. Nostalgias y tristezas que suelen mascarse en silencio.

En numerosas culturas se tienden a acentuar y hasta exacerbar los ritos mortuorios, intensificando el luto y quizás el dolor, a lo que se debe añadir un comercio instalado, pues la muerte también tiene su costo.

Frente a la muerte los sentimientos se agolpan, y se agravan cuando ésta sobrevino por la violencia, por la injusticia, por la pobreza. Pero en cualquier caso la muerte nos hace tambalear todas las seguridades, tal vez porque nos enfrentamos al abismo de la propia finitud. Desconsuelo y desconcierto, y a veces lógica resignación.

Pero ¿quién no daría su vida por un momento compartido nuevamente con un ser querido que ha partido?

Es usual suplicar y desear que los que se han ido descansen en paz. Sin embargo, sabemos bien que muchos que hemos conocido, están vivos y felizmente inquietos en los brazos de Dios, unidos a nosotros en la plegaria milagrosa de la comunión filial.

Como esas mujeres, frente a la muerte nos preparamos a celebrar los ritos preestablecidos. Pero siempre hay un alba en esa noche cerrada del dolor y la tristeza, el alba de la fé.

La Resurrección de Cristo nos quita las mortajas del alma, nos reviste de esperanza, nos confiere la serena confianza de que el horizonte es otro, el de la vida sin final, el de la vida eterna, el del reencuentro final.
Por Él, con Él y en Él todos venceremos a la muerte, todos resucitaremos, y por ello hemos de celebrar ritos de recuerdo y gratitud por la gracia inmensa y la huella bondadosa que han dejado tantos que nos precedieron en el camino de la vida terrenal, peregrinos de un cielo que hoy mismo vislumbramos.

Paz y Bien


Todos los santos: felices por creer, felices por servir, felices en Dios y por Dios













Solemnidad de Todos los Santos

Para el día de hoy (01/11/18):  

Evangelio según San Mateo 4, 25- 5,12










En verdad, santo es Dios, el tres veces santo, el Padre Santo, Jesucristo Santo de Dios, el Espíritu Santo aliento divino. Pero por un insondable misterio de amor -ámbito propicio de la fé- Dios comunica la santidad a su pueblo.

Pero santo también, por ese amor, es el que vive con Dios.
Cierta religiosidad difundida acota la santidad a aquellos que han sido elevados al honor de los altares, los que la Iglesia, luego de un largo proceso, reconoce en ellos las virtudes cristianas en grado heroico, su intercesión milagrosa, su ejemplo como un faro de luz para todo el pueblo de Dios.
Sin embargo, santidad es un convite y un mandato que no se acota a la vida eclesiástica, sino que se amplía a todos los pueblos.

Nada más ni nada menos, es la invitación de Cristo a ser felices desde el reverso mismo de la historia, en la santa ilógica del Reino.

Celebramos hoy la memoria de Todos los Santos, los que siguen presentes en comunión con los que aún peregrinamos por estos arrabales a menudo tan oscuros, los que son parte de una multitud creciente que no se acota a unos pocos buenos, perfectos, exactos.
La santidad es silenciosa, oculta, humilde pero a la vez imprescindible, la luz y la sazón sin la cual la vida sería una carga insoportable.

Hombres y mujeres tan vulgares porque no han dejado nunca de ser parte del pueblo, del vulgus, y que inmersos en el devenir del tiempo se han vuelto excepcionales al desandar todo lo que perece, felices por creer, felices por vivir las cosas de Dios que prevalecen, felices porque Dios ha hecho grata morada en las honduras de sus existencias y desde allí se vuelven felices señales de auxilio y gracia para nuestra gente.


Paz y Bien

La invitación universal al ágape de la Salvación













Para el día de hoy (31/10/18) 

Evangelio según San Lucas 13, 22-30







La pregunta que le realizan a Jesús de Nazareth es producto de inquietudes nada nuevas y muy persistentes, a tal punto que siguen, en nuestro tiempo, teniendo una singular relevancia.
Esa pregunta refiere al número de los que han de salvarse: en general, y aún cuando sea formulada desde diversas ópticas religiosas, responde a criterios restrictivos y de pertenencia, y ha sido y es, en numerosas ocasiones, la vía u oportunidad para ejercer terror en los corazones, procurar la adhesión religiosa forzada a través del miedo.

La restricción vía pertenencia responde a cuestiones elitistas, es decir que por pertenecer a un pueblo, a una nación o a una confesión determinadas, automáticamente se adquiere el favor divino mayor, la vida postrera. Ello supone también, tácitamente, que el creyente es un mero espectador pasivo de su destino, y suele aparejar exactos fervores rituales desprovistos de corazón y de compromiso extra templo.

Para el Maestro, la pregunta que le realizan es falaz porque parte de supuestos erróneos. En la sintonía del Reino, no se trata del número de individuos a salvarse, ni de los privilegios adquiridos por pertenecer, sino antes bien de la invitación a la vida plena como celebración perpetua, mesa grande de fraternidad porque el Dios de Jesús de Nazareth es Padre y es Madre, y todos somos hijas e hijos y, por ello, hermanos.

Esa invitación no admite pasividades. El Reino de Dios aquí y ahora es el tiempo santo en que la humanidad edifica su destino y escribe su historia junto a Dios, el misterio asombroso de la Encarnación.
Para ir a ese banquete es menester -como decían los abuelos- adecentarse. La puerta de acceso está abierta pero deviene estrecha a los egoísmos y las injusticias: las existencias egoístas e injustas, impermeables al amor, tienden a engrosarse irremisiblemente capa tras capa, en corazas cerradas en donde no hay sitio ni para Dios ni para el hermano. Y así, enormes y torpes, no podemos pasar por nuestra exclusiva responsabilidad.

Lo importante, lo que realmente cuenta es que todos, sin excepción, hemos sido invitados al ágape de la Salvación, que es don y es misterio. Nos queda preguntarnos qué debemos cambiar, hacia donde debemos converger/convertirnos para ser reconocidos como invitados, y a la vez descubrir que otros tantos que ni siquiera imaginábamos han de sentarse junto a nosotros.

Porque el verdadero privilegio es la Gracia.

Paz y Bien

La justicia, la paz, la compasión, el gesto cordial, el perdón, frutos de la Gracia de Dios

















Para el día de hoy (30/10/18):  

Evangelio según San Lucas 13, 18-21









Jesús de Nazareth ahondaba en cosas de la vida cotidiana que sus oyentes conocían bien para revelar y enseñar las cosas de su Padre, el Reino presente que se ofrecía, incondicional, a todos comenzando por los pobres, los pequeños, los que no cuentan.

A veces no es tan importante recorrer enormes distancias en insignes bibliotecas. Las respuestas se encuentran en el patio de la vieja casa familiar, o mejor aún, en las honduras de los corazones.

En aquellos tiempos y por esas tierras era habitual encontrarse con la planta de mostaza, que en numerosas ocasiones crecía silvestre; quizás su distingo principal era la pequeñez de sus granos, sus semillas, tan ínfimos que parecían perderse entre los dedos sin darse cuenta.
Pero a pesar de ser tan pequeña, tan ínfima, esa semilla lleva escondida una fuerza asombrosa: cuando cae en el abrazo firme de la tierra, entre sus pliegues oscuros germina con una pujanza tal que es capaz de romper cualquier terrón, por más apretado que éste se encuentre, y salir al sol como un arbusto frondoso capaz de cobijar a todos los pájaros extraviados.

Igual con la levadura. Debido a los rígidos criterios religiosos imperantes, la levadura es un factor de corrupción, de suerte que se tendía a evitarla en los ámbitos sagrados; así, el pan de Séder Pésaj será pan ázimo -pan sin levadura- en parte a ello. Pero para las comadres que a diario se esforzaban con el bollo familiar, al ser el pan la principal alimentación, sabían bien que una pequeña porción de levadura en tres medidas de harina, luego del tiempo leudante, fermentaba a toda la masa, oculta entre nubes de trigo.

Contrariamente a los parámetros mundanos, lo que no se vé es lo que transforma el presente con una fuerza humilde, tenaz, inusitada.

Lo que no se vé es la Gracia de Dios, y sus frutos son la justicia, la paz, la compasión, el gesto cordial, el perdón.

Paz y Bien

La compasión y el socorro son el culto primero del amor de Dios entre nosotros












Para el día de hoy (29/10/18):  

Evangelio según San Lucas 13, 10-17








Cada sábado, en la celebración que se realizaba en las sinagogas, un laico -tal como lo entendemos en nuestro tiempo- podía leer y comentar la Palabra y también presidirla. Jesús de Nazareth lo realizó en varias ocasiones, tal como nos brinda su testimonio los Evangelios; sin embargo, no tenemos la certeza que en la ocasión que nos brinda el Evangelio para este día haya sucedido así, como un simple participante o como principal entre los suyos.
Ambos escenarios controvierten las costumbres: como simple participante expresa una autoridad sorprendente e inusitada. Como rector del culto, transgrede las costumbres haciendo pasar a una mujer al ámbito de oración reservado a los hombres y poniéndola en el centro de la atención.

Todas las miradas se centran en el Maestro, pero a su vez todas las miradas parecen ignorar el prolongado sufrimiento de la mujer. Dieciocho años encorvada, sin levantar la mirada, agobiada por la carga de una culpa, aplastada por ser mujer y por estar enferma.
Tal vez ella anduviera buscando refugio y consuelo en las inmediaciones de un sistema que normalmente la dejaba a un lado, dolor razonado, miseria que se perpetúa. Pero sólo en Cristo encuentra verdadera liberación y vida plena.

Él mira a su alrededor, y su corazón sagrado es capaz de verla en su identidad única e irremplazable. Hija de Abraham denota una dignidad que la reconoce como heredera de las promesas de Dios como todos los demás.
La Palabra del Señor la restaura, la levanta, la endereza de su enfermedad. Es ahora una mujer plena y libre que puede mirar a los demás a los ojos, y que renovada por el paso salvador de Dios por su existencia alaba y agradece.
Como si no fuera suficiente con mirarla y llamarla, le impone las manos, gesto prohibido por cierta torpe moralina, acción proscrita en la rígida religiosidad que considera impuro a un enfermo.

Pero esas manos por las que desciende la bendición expresan también a un Dios que no se desentiende de su creación, un Dios que se involucra sin excepciones en todos nuestros barros.

Surgen entonces las voces estrictas de los detectores de heterodoxias de siempre. Los hay en todos lados -solemos ser así-, y en esos menesteres solemos apagar nuestra capacidad de reconocer la misericordia de Dios, el bien que se prodiga, las urgencias de los hermanos.

Los hermaos encorvados y doblegados por mil dolores no pueden ser apartados de nuestro centro, ni vistos como un accidente habitual de nuestros días. El dolor del otro no admite demoras, o mejor aún, la compasión jamás, por ningún motivo o reglamento debe postergarse.

La compasión y el socorro son el culto primero del amor de Dios entre nosotros.

Paz y Bien


Conversión, converger hacia Dios y hacia el hermano


















Domingo 30º durante el año

Para el día de hoy (28/10/18):  

Evangelio según San Marcos 10, 46-52











Ante todo, la especificación geográfica: Jericó se encuentra a unos 30 km de la Ciudad Santa. En la ruta hacia Jerusalem, Jericó deviene en un suburbio suyo, y no es un dato menor: la enseñanza de hoy transcurre a las puertas de la Pasión, y por lo tanto cobra relevancia y se ilumina en perspectiva de cruz y amor mayor.

En tiempos del ministerio de Jesús de Nazareth, las patologías visuales eran demasiado usuales, toda vez que la arena lesionaba las córneas tanto como el reflejo del fuerte sol sobre las piedras blancas. De ese modo, muchas personas terminaban ciegos o con una gran disminución de su capacidad visual, y esa condición les impedía llevar una vida normal, especialmente trabajar para ganar el sustento de su familia.
Pero el problema no se acotaba a ello: por las rígidas normas de pureza ritual, se percibía a toda enfermedad como un justo castigo de Dios por los pecados cometidos -o por los pecados cometidos por los padres-, de tal modo que dentro de la mentalidad imperante, la enfermedad era oprobiosa y el enfermo debía resignarse a su triste condición. Desoladora imagen de un Dios dispensador de castigos, miserias y resignaciones en donde se abdica toda esperanza.

Desde la perspectiva del párrafo anterior, se comprende la ubicación del hombre ciego de la lectura de este día. Está a la vera del camino mendigando como muchos lo que se pueda para apenas sobrevivir, la miseria tolerada que se acepta como usual, corriente, tolerable, y que no se permite cualquier alteración del desorden establecido.
Pero cuenta también la resignación que se espera del doliente, el silencio, la parálisis que no moleste a los que discurren por la vida sin complicaciones porque se han vuelto incapaces de mirar a los costados.
El Evangelista rescata el nombre de ese hombre que está a la vera del camino: tiene un rostro concreto, un nombre con raíces, y es humilde señal de un Dios que nos conoce y nos ama tal como somos, en nuestra identidad única. Y más aún, los que sufren no son abstracciones a resolver en pretéritos escritorios sino hombres y mujeres concretos, de carne y hueso que suplican auxilio.

Sin embargo, Bartimeo no se resigna. La falta de luz que reconoce es el segundo paso para restablecer su salud, una palabra hermana de otra, Salvación; el primer paso es el Cristo que camina, que lo busca, lo llama, no lo rechaza.
Quizás más que la incapacidad visual se destaque que ese hombre está sumido en un mundo uniforme, oscuro, sin matices ni posibilidades. Así, todos somos en cierto modo Bartimeos, mendigos de misericordia que suplicamos una pequeña brizna de luz, para ver y vivir.

A ese hombre ha llegado el amor de Dios, la misericordia que sana, restaura y libera. El manto que simbolizaba su existencia demolida vuela alegremente por los aires, y es la vida vieja -una no-vida- que se hace pasado, porque cuando Cristo se hace presente todo es posible. Lo verdaderamente definitivo es el amor de Dios, todo lo demás es pasajero, hasta lo más gravoso. Hay que saber pedir, y pedir con confianza, aún cuando todo diga que nó, aún cuando las voces circunspectas de los razonadores de dolor y miserias quieran esconder a los que sufren, acallando el sufrimiento como quien esconde residuos bajo las alfombras de lo cotidiano.

Allí hay un hombre que tenía una discapacidad visual y que es sanado por el amor de Dios que se expresa en Cristo, pero son muchos los ciegos que, aún con sus ojos capaces, se han vuelto incapaces de descubrir a Dios en el rostro del hermano que sufre.

Paz y Bien

Todo tiempo es tiempo de conversión, tiempo de bendición, tiempo de misericordia
















Para el día de hoy (27/10/18):  

Evangelio según San Lucas 13, 1-9










En los tiempos del ministerio de Jesús de Nazareth, las gentes oscilaban entre una constante resignación que solía teñirse de superstición, y una religiosidad cuyo sentido lo otorgaba un Dios cruel y vengativo, un Dios que pagaba sin demoras con des-gracias los pecados propios o de los padres.
Así, el por algo será está apenas a un paso, y de allí se desprende también que la pobreza y la miseria de tantos tiene el mismo origen, un Dios severo, un Dios que dispensa males en abundancia.

El Maestro no pensaba así, de ningún modo. En las honduras de su corazón sagrado no había ni un milímetro de esa imagen falaz, sólo el ámbito de Dios Abbá y la necesidad de conversión, de converger hacia Dios y hacia el hermano, permanecer en lo que prevalece para no perecer. Emigrar felices hacia la Gracia, renegados de toda desgracia que nosotros mismos provocamos por la falta de amor y de justicia.

Pero detrás de la dureza de las expresiones del Maestro hay fines pedagógicos, es decir, que comprendamos en profundidad la urgencia del regreso, el imperativo de convertirse sin demoras ni excusas.
La conversión, al igual que la Salvación, acontecen en este tiempo santo de Dios y el hombre, el hoy de una existencia que se fecunda por el paso salvador de Dios por nuestra historia, por cada historia.

Porque tenemos el tiempo a favor, pues no estamos librados a nuestra oscura suerte, sino que estamos bajo el amparo bondadoso del Viñador, que con su sacrificio inmenso nos ha adquirido este tiempo de regreso y reencuentro. Tiempo de conversión, tiempo de bendición, tiempo de misericordia.

Paz y Bien

La solidaridad, signo cierto de Dios con nosotros


















Para el día de hoy (26/10/18):  

Evangelio según San Lucas 12, 54-59







La lectura que nos ofrece la liturgia del día es a la vez breve pero intensa, y quizás no se acote específicamente a la vida cristiana: la correcta interpretación de los signos de los tiempos -más allá de los indicios climáticos- es un imperativo para toda persona que quiera situarse con exactitud, con prudencia y con verdad en su ámbito histórico. La alternativa es boyar de un lado al otro entre relativismos vanos, a merced de los poderes de turno, esclavos tontos del predominio de las imágenes y la publicidad.

En la vida cristiana ello se acentúa aún más, pues implica interpretar al mundo, al universo y especialmente a la propia existencia a la luz de la fé en Cristo.
Quizás esas señales sean las primordiales, las señales del cielo, del amor de Dios en la persona de Jesucristo, las señales del paso salvador de Dios por nuestras vidas. Demasiado ocupados en lo que no importa, solemos extraviarnos en banalidades que no conducen a ninguna parte y a su vez convirtiéndolas en epítomes de todo, en la mensura a la cual se equipara todo lo demás y, de esa manera, pasamos por alto lo importante, lo que cuenta, lo que permanece y no perece.
Sencillo y sin demasiadas vueltas: cuando arrecia el sol, aguacero en puerta. Cuando no hay justicia ni misericordia, Evangelio extraño y lejano, un libro más que no se encarna.

Pero el regreso del Señor está cerca. No se puede vivir ajenos, como si todo nos perteneciera, como si todo no nos hubiera sido confiado en una suerte de cordial comodato. Llegará el tiempo de la devolución, de la rendición de cuentas que a su vez confiere sentido y trascendencia, la re-unión de los hijos con el Padre que nos ama sin medidas.

En ese horizonte de Cristo no podemos olvidar al prójimo. La Buena Noticia no es cosa individual, de islotes aislados sino de hermanos que, con todo y a pesar de todo, en el nombre de Cristo se reconcilian y edifican desde la caridad y el perdón, señales ciertas también del amor de Dios entre nosotros.

Paz y Bien

Desoír los cantos de sirena de las tibiezas y relativismos. Desertar de las medias tintas. Permanecer atentos a la Palabra.















Para el día de hoy (25/10/18):  

Evangelio según San Lucas 12, 49-53








Hay determinadas cuestiones que a la distancia las pasamos por alto y que son importantes, y entre ellas el significado psicológico en los discípulos de seguir a Cristo por los caminos.
Es claro que el discipulado involucra a la totalidad de la persona y nó sólo a un aspecto; aquí solamente trataremos de llamar la atención sobre lo difícil que era seguir al Maestro. Romper antiguos esquemas supuestamente inamovibles. Abrir la mente y el corazón a la acción asombrosa de la Gracia de Dios. Renegar de todos los no se puede.
Pero muy pero muy especialmente, el discipulado tenía por distingo ir siempre contra corriente, aún a riesgo de ser considerados locos, subversivos, blasfemos o cualquier otra adjetivación descalificatoria.

En nosotros también es un desafío y una invitación el ir siempre contra corriente, sin acomodarse, sin ceder a los sopores y las tentaciones de fuga que el mundo ofrece.
Entre esas tentaciones tal vez destaque la imagen de un Cristo rebosante de dulzura, tanto que se vuelve casi una caricatura que calma las angustias pero que no compromete. Un Mesías tan endulzado que parece que le hubieran puesto edulcorante para que nada produzca, para que se vuelva inocuo.

Pero el Cristo de nuestra Salvación siempre fué un Cristo incómodo, un Salvador inconveniente que no se adapta a ningún molde. Un hombre que es Dios pero a la vez esclavo y servidor de la humanidad, un hombre fiel a su misión, tan fiel que no vacilará y permanecerá firme hasta la muerte. Un hombre así es un hombre peligroso de tan libre y comprometido, corazón encendido de un fuego que no hace daño pero que es crisol de almas, un fuego que es menester que se propague para purificar corazones y mundos, el bautismo que excede el ritual, el bautismo que es un morir a lo viejo para nacer a una vida definitiva.

Desoír los cantos de sirena de las tibiezas y relativismos. Desertar de las medias tintas. Permanecer atentos a la Palabra, y hacerse palabra y señal del amor de Dios, con todo y a pesar de todo.

Paz y Bien

Somos apenas un pequeño tramo de tierra que anda, tierra que debe cultivarse, cuidarse, hacerse fructificar

















Para el día de hoy (24/10/18):  

Evangelio según San Lucas 12,  39-48







La vida cristiana es un tiempo de espera confiada en el regreso cierto del Señor, de un Cristo que se ha ido personalmente para quedarse de un modo más profundo, su cuerpo y su sangre en la Eucaristía, su eternidad que nos comunica su Espíritu. Pero no hay tabla ni calendario prefijado que indique la fecha exacta del retorno final; aún así, la certeza de su regreso nos reviste de esperanza.
La historia tiene un sentido, un destino, un horizonte de consumación y plenitud.

Sin embargo, al igual que el mayordomo o administrador de la parábola tenemos un distingo ético fundamental, y es que no somos los dueños de casa. Somos trabajadores a los que se ha brindado, eso sí, una gran confianza y responsabilidad, pero es imprescindible recordar que no somos dueños ni señores, sólo servidores.
Por eso la fidelidad implica, ante todo, permanecer firmes en el lugar que nos corresponde -no en el que se nos impone por capricho-, honrando esa confianza, haciendo lo que se debe, tal vez cuidando más lo ajeno que lo propio.

En la espera, no puede ausentarse la justicia en relación con el prójimo, los bienes que se administran, el trigo que es del Dueño y que de ninguna manera puede faltarle a ninguno de los hijos. No hay excusas ni razones.

Habrá un tiempo final, el reencuentro definitivo, el regreso del Señor. Ése será también el tiempo de rendir cuentas, a mayor confianza mayor exigencia.
 
Tal vez sea menester comenzar a pensar esa responsabilidad desde los frutos: somos apenas un pequeño tramo de tierra que anda, tierra que debe cultivarse, cuidarse, hacerse fructificar. Y a pesar de ser tan poco, somos hijos dilectos del amor de Abbá.

Paz y Bien


Lámpara es tu Palabra, Señor















Para el día de hoy (23/10/18): 

Evangelio según San Lucas 12, 35-38












En la memoria de Israel, tener ceñidas las vestiduras inevitablemente traía la memoria colectiva del Éxodo, de aquellos esclavos que debieron partir de Egipto hacia la tierra prometida, pues las ropas ceñidas no estorban, y permiten andar más rápido, con facilidad y sin tropiezos. Por ello, su mención por parte del Maestro no es fortuita, y responde a una característica principal de la identidad cristiana: se trata de vivir siempre disponibles para emprender caminos, el desinstalarse de las comodidades que nos aprisionan, alegres renegados de los conformismos porque somos peregrinos del Reino.

La lámpara encendida es la que alumbra, aún con tenue llama, en medio de todas las sombras y las tinieblas, la que se alimenta del aceite de la fé, de la esperanza, del amor.

La vida cristiana es una vida de esperanza, una esperanza que ante todo es espera atenta de Buenas Noticias que, sabemos y confiamos, han de llegar, en el horizonte magnífico del Señor que regresará para hacer plenos los tiempos y la historia, en la comunión definitiva de Dios con la humanidad.

Espera atenta a la voz de Cristo y a los signos del Espíritu que siguen floreciendo entre nosotros, con la tenacidad propia de un Padre que nos ama, nos busca y no nos abandona.

Esa espera no significa abonar posturas de pura praxis, pero tampoco de abstracciones. Los términos medios y tibios tampoco tienen nada que ver con el Evangelio. Mucho más allá de una religión convencional que se acota a los ritualismos cerrados en los templos, o a las adhesiones doctrinales, la esperanza es la certeza de un destino de felicidad inscrito en los sueños de Dios para todas sus hijas e hijos, existencias transformadas y fructíferas por el paso Salvador de Cristo por sus vidas, al que esperan confiados porque saben que volverá a reunir la familia dispersa, a convidar a la mesa grande de la vida compartida.

Paz y Bien

La codicia es un horizonte estrecho en donde no hay Dios ni prójimo













Para el día de hoy (22/10/18):  

Evangelio según San Lucas 12, 13-21









Por entre la nutrida multitud un hombre requiere que el Maestro intervenga en una disputa familiar por una herencia: los rabbíes no sólo interpretaban la Torah, sino que eran socialmente la autoridad moral y hasta jurídica que mediaban y arbitraban en las disputas. Quizás por su fama de rabbí galileo es que se lo busca, pero en el talante de ese hombre -lo podemos inferir de su tono- no hay una búsqueda de enseñanza, sino la exigencia de un pronunciamiento por parte de Jesús de Nazareth que lo favorezca en su interés personal.
No le interesa la Palabra, sino apenas una palabra acorde a su conveniencia.

Pero el Maestro no quiere embarcarse en esas cuestiones. No es árbitro de intereses menores, y el planteo no conduce a nada. Prefiere ir a la raíz misma de la disputa, la codicia que separa hermanos, destruye vínculos, arrasa corazones a puro egoísmo, y así brinda -a su audiencia de aquel entonces y a todos nosotros- la llamada parábola del rico insensato.

Hay un distingo que sobrevuela todo el carácter de ese terrateniente, y es que monologa, habla para sí mismo. Es un hombre rico que incrementa su fortuna por una cosecha abundante: frente a ello imagina un futuro próximo a puro disfrute y pereza, una vida de placer sin asomo de trabajo.
Planea derribar los viejos graneros y edificar unos más grandes para acumular el centro de su fortuna, esa cosecha inverosímil que es fruto del esfuerzo de muchos campesinos, más no del propio.

Debemos despojarnos de cualquier filtro ideológico. El monólogo de ese hombre dice primero yo, luego yo, siempre yo. No hay otro ni hay Dios, sólo él mismo, y en esa acumulación olvida que el granero primordial ha de ser el plato vacío de los necesitados, de los hambrientos Esos son los graneros que es menester colmar siempre.

Es un insensato porque los bienes -el dinero- no compran la vida, porque nada nos llevaremos y porque en el altar de la codicia acontecen sacrificios humanos, por fiero que suene, pues en ese ara cruel se sacrifica la existencia del hermano.

Dios nos libre de todos los argumentos que justifican la pobreza impuesta. Dios nos ampare de los opulentos razonadores de miseria del pueblo.

La codicia es un horizonte estrecho en donde no hay Dios ni prójimo y que conduce a la violencia y a las peores catástrofes, pues no es posible la fraternidad, se reniega del Reino y se cercena todo asomo de justicia.

Paz y Bien

El bendito privilegio del servicio














Domingo 29º durante el año

Para el día de hoy (21/10/18): 

Evangelio según San Marcos 10, 35-45








Jesús de Nazareth les ha anunciado a sus discípulos, con toda claridad, que iba a ser atrapado, preso, que iba a padecer como un criminal y como un criminal sería ajusticiado en el cadalso romano, y que al tercer día resucitaría. Sin embargo, sus amigos siguen sin comprender nada, ciegos y sordos a la verdad infinita que el Maestro les ha revelado en su confianza.

Así Jesús se encamina, resuelto, hacia la Jerusalem que lo espera inmersa en una sombra ominosa que sólo expresa dolor, humillación y muerte. Aún así, su decisión es libérrima, de fidelidad absoluta. Su muerte no será un éxito de sus enemigos sino fruto de la decisión de entregar su vida como rescate de muchos, es decir, de todos.
Mientras tanto, en ese santo peregrinar, los discípulos persisten en su confusión, y están preocupados por otras cuestiones. El contraste es desolador: el Maestro en camino hacia la ofrenda de amor mayor de su vida, y los discípulos enfrascados en una dialéctica de pura ambición.

Santiago -Jacobo- y Juan, los hijos de Zebedeo, se adelantan a los otros diez, y expresan en su pedido la misma mentalidad que impera en todos: quieren que el Maestro les garantice posiciones de privilegio en su gloria, a la que suponen el reinado definitivo, la corona de Israel. Ya se imaginan gobernadores, generales, cortesanos poderosos de un Mesías mundano, que se impone mediante la fuerza a sus enemigos.

La respuesta de Jesús de Nazareth, más que reproche, expresa tristeza y soledad aún estando rodeado de los Doce. Es verdad, ellos no saben, no tienen idea de lo que le están pidiendo. Ellos deben beber el cáliz de Cristo y recibir su mismo bautismo.

El cáliz de Cristo es aceptar sin reservas la voluntad de Dios, llenarse de Dios, aunque sea un trago amargo para la sed mundana, una bebida que se evita.
El bautismo, simbólicamente, implica sumergirse y morir bajo el agua, para renacer, emergiendo a una nueva vida. El bautismo de Cristo, por ello, es sumergirse en los marasmos de la muerte ofreciendo la totalidad de la existencia en favor del prójimo. Porque la gloria de Dios es que el hombre viva, y más aún, que el pobre viva pleno, en definitiva restauración de su humanidad plena del amor que es Dios dándose sin reservas.

La indignación que esbozan los otros diez contra los hijos de Zebedeo no radica en el pedido fatalmente erróneo que le hacen al Maestro, sino responde a un criterio muy menor: Santiago y Juan se han adelantado, ansiosos, a las mismas expectativas de los otros respecto del poder y la gloria que anhelan.

Es menester señalar una obviedad: hay últimos, hay muchos a los que se descartan y se los oprimen porque algunos se creen primeros, por encima de los demás, con prerrogativas y derechos de dominio, de poder, de superioridad.
Pero en el tiempo de la Gracia y la Misericordia, la Buena Noticia para todos los pueblos es que el poder auténtico es el servicio generoso e incondicional, como oblación humilde de la propia existencia a cada momento, en cada instante, para mayor gloria de Dios y de los hermanos.

Cristo es nuestra vida y nuestra liberación. Prisioneros y cautivos de todas las miserias, con su inmenso sacrificio ha pagado el rescate para que vivamos plenos, para la felicidad de sus amigos y de todas las gentes, el vino bueno y nuevo de la Resurrección, de la vida que prevalece por sobre una muerte que ya no tiene la última palabra.

Paz y Bien

La sangre de los mártires es semilla de cristianos

















Para el día de hoy (20/10/18):  

Evangelio según San Lucas 12, 8-12







Nunca, por ningún motivo, debe razonarse ni justificarse la violencia, la brutalidad para con los mansos, los pequeños, los indefensos.

Se vive en una vorágine de morbosa velocidad, y ello conlleva a la pérdida de sentido, al extraviarnos en la locura cotidiana y así, perder de vista lo importante, lo que cuenta, lo que permanece y no perece.
En esos vertiginosos desvaríos, asumimos que el martirio cristiano se acota a la Iglesia temprana, quizás la imagen de los cristianos en el Coliseo romano. Pero hoy, en este preciso momento, hermanos nuestros ofrendan su vida por fidelidad a la fé que profesan, tal vez en mayor medida en Siria y en una cantidad mucho mayor a los tiempos de los césares. La muerte decidida en algunos escritorios y ejecutadas por las bestias del odio, en nombre de una pretensa fé que elimina al impar, al distinto.

Aún así, con sus templos aniquilados y mancillados, su fé como un blanco fosforescente para que tomen puntería en sus corazones, aún cuando muchos salen de sus refugios a misa y no saben si regresan, aún cuando no hay agua, comida, escuela ni doctor, ellos siguen firmes, frutales, tan íntegros que desarman cualquier análisis menor.
 
Ellos no esconden su fé, a pesar de todos los peligros evidentes y de los horrores circundantes.
 
Confiesan al Cristo que ha pasado con vida y liberación por sus existencias y que nunca los abandona.

A pesar de los espantos, el árbol de la Iglesia sigue brindando frutos de santidad por la sangre de los mártires que lo nutren y el Espíritu que la fecunda.

Paz y Bien

Todo pierde sentido si no somos capaces de vivir en el amor y encarnar la misericordia













Para el día de hoy (19/10/18):  

Evangelio según San Lucas 12, 1-7











De un modo similar al de muchos de ellos, prejuzgamos y encasillamos de antemano como lo malo, lo nocivo, lo abyecto. Pero los fariseos eran hombres profundamente piadosos y rigurosamente religiosos, al punto que el término fariseo proviene del hebreo -pherusim- y significa separado; ello refiere a una élite de puros, de estrictos observantes de la Ley de Moisés hasta sus mínimos detalles, ávidos juzgadores de los que no cumplen las normas del mismo modo que ellos.

En cierto modo, eran religiosamente correctos: ayunaban cuando estaba indicado, realizaban las abluciones rituales, no se contaminaban con extranjeros, cumplían puntillosamente los ciclos de plegarias.

Entonces, desde esa perspectiva, cuál es el problema?

El problema es que bajo esa profusa práctica religiosa no había corazón, no había un horizonte en donde se conjugara a Dios y al hermano. El problema -la levadura farisea- es la hipocresía, es decir, extremar el cuidado de las apariencias pero en la raíz nada cambia, no hay conversión, sólo búsqueda de un reconocimiento plano y afirmación de los privilegios.
Una religiosidad de unos pocos puros, una fé mercantil que troca actos piadosos por bondades divinas, nada tiene que ver con la asombrosa dinámica de la Gracia.

Uno no es más importante por pertenencia o por prácticas. Todos somos valiosos por el inmenso don de ser hijas e hijos de Dios, humildes servidores de la verdad, una verdad que se gritará llegado el caso sobre los tejados. La Buena Noticia no es un arcano reservado a la fé de unos escasos y selectos elegidos.

De ese modo, Jesús de Nazareth era religiosamente incorrecto de manera irremediable, más nó como un torpe provocador, sino por fidelidad al amor del Padre, en su afán incansable de rescate de los perdidos, de socorro a los desvalidos, de mesa grande de hermanos y amigos.

En la rigurosidad cultual y la observancia de las normas, siempre es dable y saludable su observación y práctica. Pero todo queda en segundo plano o bien carece de destino y trascendencia si nó somos capaces de vivir en el amor, de encarnar la misericordia, famélicos buscadores de paz y justicia, para mayor gloria y alabanza de Dios, aún con las críticas de los poderosos, propios y ajenos.

Paz y Bien

El primer servicio misionero es la oración
















San Lucas, Evangelista

Para el día de hoy (18/10/18):  

Evangelio según San Lucas 10, 1-9









Ante todo, la cantidad de enviados -setenta y dos- y el modo de envío, de dos en dos.

Según una antigua tradición mosaica, la cantidad coincide con el número bíblico de todas las naciones de la tierra, por lo que el Maestro impulsa la universalidad de la misión: a todos los pueblos, a los cuatro puntos cardinales. Ello será ratificado en Pentecostés en la primera comunidad cristiana reunida e impulsada por el Espíritu de Dios.
Pero también los discípulos van de dos en dos; hay en ello un componente profundamente humano, pues los riesgos de los caminos y el cansancio se hacen más llevaderos en compañía que en soledad, la reciprocidad del apoyo mutuo, una comunidad incipiente -donde hay dos o más reunidos en mi nombre...-. Pero hay más, siempre hay más.
En el derecho procesal judío, la veracidad de una declaración se valida ante un tribunal mediante el testimonio de dos testigos: la misión se transforma así en testimonio veraz de Cristo, señal inequívoca de liberación.

El Maestro ha elegido a setenta y dos discípulos que exceden por lejos el colegio apostólico, símbolo del compromiso misionero de todos los bautizados, y privilegio que no se acota a unos pocos elegidos.

Es menester tener muy presente lo evidente: los misioneros son obreros, servidores de una tarea inmensa en una mies que no les pertenece. La misión, entonces, corresponde a los sueños del Padre, a su obra salvadora y a su impulso constante, y por ello mismo implica un enorme voto de confianza puesto en los misioneros.
Cristo tiene muchísima más fé en nosotros, en todo lo que podemos ser y hacer con Él que la que solemos depositar en Su persona.

Es llamativo que el primer paso sea la súplica, la plegaria al Dueño de la mies para que siga enviando obreros, pues la tarea es enorme, y requiere más y más brazos incansables, esforzados labradores del Evangelio, empeñosos y humildemente obstinados abridores de los surcos para que crezca frutal la semilla de la Buena Noticia.

Quizás, perdidos en mil cosas lo hemos olvidado. Pero por eso mismo el primer servicio misionero, la primer tarea apostólica es, precisamente, la oración que nos vuelve a ubicar en el horizonte del Padre, para que el Reino sea, para que fecunde la tierra y la historia, para poder largarnos a todos los caminos en esfuerzos de paz y de bien, buenas noticias del amor de Dios en estos arrabales tan yertos.

Paz y Bien                                                                                                                                    

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