Dentro del Reino



Domingo 32º durante el año

Para el día de hoy (08/11/15): 

Evangelio según San Marcos 12, 38-44




Este domingo la liturgia nos plantea un nuevo desafío de introspección, de profunda meditación, para conocer y re-conocer actitudes y valores, quizás sobreentendidos, quizás anclados a las costumbres.

El horizonte siempre será la Pasión y la Resurrección del Señor, y el Evangelista lo sabe bien. La escena nos sitúa físicamente en el Templo de Jerusalem y teológicamente en los atrios del Templo definitivo que es el mismo Cristo.

Es el ámbito propio de los escribas, de aquellos que detentan el poder religioso, poder que amplifican sobre las espaldas y los corazones oprimidos del pueblo, inescrupulosas aves de carroña de los que no pueden defenderse, ansiosos cultores del prestigio y el reconocimiento, que a su vez son pródigos en los rezos. Rezos extensos -y simulados- que poco tienen de oración verdadera.
Mucho palabrerío para intentar acallar la Palabra, mucha ostentación -la pura exterioridad- sin substancia, sepulcros fulgentes que sólo son hogares seguros de la muerte y refugios de corrupción.

El Templo de Jerusalem era imponente en su tamaño, en sus ornamentos, en los ritos establecidos. A su vez, multitudes recorrían a diario las distintas estancias, pues era el centro de la fé y la nación judías. Es fácil quedarse en el bosquejo y pasar por alto los detalles, el bosque y nó los árboles. O mejor aún, mirar y ver en toda su profundidad cada árbol en el ámbito global del bosque que lo enmarca.

Frente a una de esas estancias el Maestro toma asiento, con esa mirada suya única. Sabe leer como nadie los corazones, y no pierde de vista lo esencial, a pesar de la bulla, las gentes, las ornamentaciones y el humo del incienso y los sacrificios.
La sala es el Tesoro del Templo que poseía trece alcancías o cepillos -gazofilacios- en los que se volcaban las limosnas para el sostenimiento del culto y los sacerdotes, y para auxiliar a los más pobres, una suerte de asistencia social primitiva pero eficaz.
Muchos arrojan grandes sumas en las alcancías, y las monedas reverberan sonoramente en su caída; es dable suponer que esos donantes también busquen el reconocimiento de los demás. Más ruido, más monedas, más riqueza e influencia que se interpreta como bendición divina por una vida virtuosa.

Pero hay alguien que nadie advierte. Se trata de una mujer pobre y viuda, y porta varios gravámenes intolerables. Es mujer, y por ende está varios escalones por debajo de la estatura moral del varón; es viuda, y por ello no tiene un marido que la proteja. Es pobre, y casi seguro será también una dependiente de esas limosnas ostentosamente arrojadas a los cepillos.

Ella arroja dos leptas, dos moneditas de cobre, el coste de un almuerzo pequeño. Esas moneditas no hacen ruido, pero son valiosísimas.
El Maestro se conmueve, porque esa mujer, en ese humilde gesto, honra en plenitud el mandamiento mayor: amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo. Confía toda su existencia a su Dios, y se olvida de honras, de alabanzas a sí misma, de una fé declamada y no practicada.
Esa mujer, merced a su confianza en Dios, dió su sustento y por ello, es ella misma la que se hace ofrenda, imagen del Cristo de nuestra liberación que nada se guardará para la Salvación de todos los pueblos.

Es mujer no está cerca del Reino, como cierto joven rico que una vez se encontró con Jesús de Nazareth. Esa mujer está dentro del Reino, aquí y ahora, y resplandece más que cualquier lámpara votiva.

Que el Espíritu de Dios nos auxilie y sane para tener la mirada del Maestro, la capacidad de mirar y ver a esos gestos redentores que a diario, en todas partes, sostienen la vida.

Paz y Bien

El mejor vino




Santa María, Madre y Medianera de la Gracia 

Para el día de hoy (07/11/15): 

Evangelio según San Juan 2, 1-11





La lectura nos sitúa en Caná de Galilea, en la celebración de unas bodas. El marco no es tanto histórico o folklórico como teológico: expresa una profunda imagen y a su vez describe espiritualmente la relación de Dios con su pueblo, un vínculo que es indisoluble, signado por el perpetuo amor y fidelidad de Dios y las infidelidades y quebrantos de su pueblo.

Nada es casual, siempre hay una causalidad misteriosa y grata en las Escrituras. María de Nazareth está allí, presencia siempre en medio del pueblo, certeza para los hijos que nunca andarán librados a su suerte o a destinos azarosos.
El Maestro arribará luego, porque nada se hace por las malas, a la fuerza. Cristo comparte la mesa en la que es invitado, y su mesa es la de sus amigos.

La Madre del Señor está siempre atenta a lo que le sucede a las hijas y a los hijos, al pueblo golpeado por los dolores, la resignaciones, la desesperanza, las miserias que portamos. El vino de la alegría -certidumbre del Reino- parece no alcanzar, y no haber motivos para el festejo, para la alegría, para la celebración de la vida.

La fé de Israel se expresaba por la ley grabada en piedra y en los corazones de los hombres. La nueva ley de la Gracia surge de la confianza puesta en una persona, Jesucristo. Creemos en Alguien antes que en algo, y por eso las palabras de la Madre son definitivas y redentoras: -Hagan lo que Jesús les diga-.

El agua se utilizaba en las abluciones de purificación antigua, pero el tiempo ha sido santificado por un Dios que se encarna, que se hace tiempo, historia, hombre entre nosotros, kairós de la Salvación. El agua de las tinajas no purifica ya y deviene inútil, porque el que en verdad purifica y nos muestra el rostro pleno de Dios es Cristo, que nos ofrece el mejor vino, el vino nuevo de la Gracia, abundante, pródigo y vivificante para los corazones que se adormecen.
Seis tinajas son una enormidad, aún para unas bodas como las de ese tiempo, de numerosos asistentes y que se prolongan varios días. Más de seiscientos litros.

Ese vino incalculable y asombroso que parece bullir en las tinajas es vino de esas bodas en ese pueblo galileo, pero es vino para nosotros también, vino que nunca se acaba, vino para todos los han de venir.

Que la Madre de Dios le hable al Hijo de nosotros, del vino que nos falta, de la vida que se nos apaga, de la tristeza que nos doblega. 
Donde está la Madre está el Hijo, y Ella no abre ventanas nuevas, sino que predispone corazones con ternura maternal para que acontezca aquí y ahora la Salvación en nosotros.

Paz y Bien


Administradores escandalosos



Para el día de hoy (06/11/15): 

Evangelio según San Lucas 16, 1-8





Las lecturas lineales nos hacen perder de vista la profundidad de la Palabra, y así pasamos por alto la dirección certera de los signos que se nos ofrecen y las ventanas al infinito que nos brindan los símbolos. 
Así entonces, en la mera superficie, nos quedaríamos en un plano moral sin trascendencia -casi ideologizado- con nuestros criterios de justicia retributiva, comercio falaz, dinero injusto, tejes y manejes corruptos.

Sin embargo, hay otra vertiente, otra posibilidad de sumergirnos en el misterio. En ningún momento se afirma la exactitud o veracidad de la narración, es decir que el administrador sea un corrupto; todo nace por la peor de las insidias y ponzoñas, una murmuración, un rumor, quizás de la misma manera que murmuraban acerca de Jesús de Nazareth, quien para ciertos hombres severos y religiosos profesionales, dilapidaba el perdón de Dios, profanaba sin medida lo pretendidamente santo al compartir la mesa con los pecadores, los impuros, los indeseables.

Quizás desde esa perspectiva, nos resulte más fácil darnos cuenta que esos deudores, morosos perpetuos del Señor a causa de nuestras miserias, la acreencia de nuestros pecados.
Si fuera por nuestros criterios de justicia, no tendríamos escapatoria, no habría forma de saldar cuentas, de obtener certificados espirituales de libre deuda.

Para los esquemas mundanos, la dación generosa e incondicional es una infidelidad a todo sistema y un escándalo.
Bendito sea Cristo, administrador escandaloso de la Gracia de Dios, que prodiga perdón y liberación a costa de su propia vida libremente ofrecida, que nos invita a una misión de derroche de bondad, inteligente, astuto e ilimitado de lo que no nos pertenece pero que está en nuestras manos, cántaros de barro del tesoro de la Salvación, el amor de Dios.

Paz y Bien

El corazón del Evangelio



Para el día de hoy (05/11/15): 

Evangelio según San Lucas 15, 1-10



Tres con las parábolas de Jesús de Nazareth denominadas las parábolas de la Misericordia: dos de ellas se nos brindan hoy, la tercera es la parábola del Hijo pródigo, que se reflexiona especialmente durante la Cuaresma.

Es importante situarnos en la escena. El Maestro enseña con las dos parábolas -la oveja y la dracma perdidas- frente a aquellos que, precisamente, se creen mejores que otros, puros e inobjetables, y con derecho a horadar la misión de Cristo aduciendo que en sus mesas se sientan a comer indeseables que ellos jamás sentarían en sus mesas, servidores interesados de un ídolo cruel y severo al que imaginan el Dios de sus mayores.

En realidad, Jesús de Nazareth vá mucho más allá de reconvenir la terrible mentalidad de esos hombres: Él, con la profunda sencillez de dos parábolas, revela el corazón de la Buena Noticia que es la entrañable misericordia de un Dios que es Padre y es Madre también, más allá de cualquier torpe encasillamiento de género, pura bondad y amor que se desvive por nosotros.

Contra todo pronóstico y especulación, el perdón que se prodiga se concede de modo festivo, con el empuje grato de la alegría que se comparte en comunidad, con hermanos y amigos, Dios incansable en la búsqueda de nuestro bien, de nuestra libertad, de nuestra felicidad.

Misericordia es tener el corazón en las miserias del otro. El Dios de Jesús de Nazareth es así, de un modo enteramente personal, con bondad paternal y tenacidad materna, supera toda previsión de justicia retributiva y se brinda Él mismo por entero para que seamos hijas e hijos plenos.

La Misericordia es la fuerza del amor de Dios que nada ni nadie puede detener.

Paz y Bien

Seguimiento y cruz



San Carlos Borromeo, obispo

Para el día de hoy (04/11/15): 

Evangelio según San Lucas 14, 25-33




Jesús de Nazareth se encamina hacia Jerusalem, peregrino en camino a su Pasión, en amor y lealtad absolutas al Padre. Esa es la verdadera perspectiva que debe orientarnos la mirada, en sintonía de cruz y resurrección.

Lo sigue una gran multitud que bien puede representarnos: esa multitud lo sigue pero no está necesariamente con Él. Unos van por admiración. Otros, porque Él puede responder a sus necesidades insatisfechas. Otros lo creen un revolucionario increíble, o un Rey poderoso al estilo mundano. O también están los simpatizantes, que en los momentos bravos se dispersan con rapidez, escondidos en el temor o refugiados en la comodidad.

El Maestro los y nos conoce bien, pero a su vez sabe en las honduras de su corazón sagrado que el Reino no admite medias tintas. El discipulado -el seguimiento de Cristo- implica tener por único valor absoluto a Dios. Dios como camino y destino, y por ese Dios que es amor, familia, padre, madre, esposa, hijos, amigos, adquieren un real valor que no ata, sino que se santifica por el Espíritu que todo lo fecunda.

Seguir a Cristo es atreverse, a pesar de todos los miedos, a cargar la cruz. No es poca cosa, ni una declamación romántica o poética: cargar la cruz es volverse marginal, un maldito, un ser abyecto para los poderosos de este mundo en favor del prójimo. Translucir mansedumbre y un insaciable hambre de justicia y verdad. No callarse nunca frente a cualquier atropello a la vida y a la libertad. Animarse a descubrir al prójimo, a aprojimarse al otro, porque en el otro resplandece el rostro del Creador.

Cargar la cruz es una decisión que no es producto de euforias ni de arrebatos, sino de una rumia profunda, enraizada en la oración, en una existencia orante, y edificarse de la mano del Redentor como mujeres y hombres decididos a seguir sus pasos de manera definitiva, total, hasta que el surco se termine, porque sabemos que la vida no se extingue, sino que tiene un tenaz y amable perfume a eternidad.

Paz y Bien

Invitación y misión



San Martín de Porres, religioso

Para el día de hoy (03/11/15): 

Evangelio según San Lucas 14, 1a. 15-24





A veces, por meritorios afanes analíticos, teológicos o biblistas, se nos pueden perder de vista cuestiones primordiales, y que son las cosas que habitaban el corazón de Jesús de Nazareth. Contemplarlas en su humilde plenitud luminosa, revelación inagotable de otra realidad que florece entre nosotros, ahora mismo.

Jesús de Nazareth vivía el Reino de su Padre como un regalo inmenso, como una fiesta plena, un acontecimiento único e incomparable que se ofrece a toda la humanidad de un modo infinitamente generoso e incondicional, en la sintonía amable de un Dios que es Padre y es Madre también.

Allí, en esa mesa que es banquete -ágape-lo humano se diviniza en la comunión de la Encarnación, de ese Dios que en santa urdimbre hunde sus raíces en la debilidad humana para alzarla a las alturas de la realización total, de la trascendencia, de la vida que apenas está comenzando. Apenas y a penas, pues enceguecidos por las veleidades del mundo, perdemos la capacidad de mirar y ver milagros, el paso salvador de Dios por la historia, ahora y siempre, los cielos abiertos para nosotros, que por nuestros méritos -sinceramente- nada merecemos.

La invitación a ese banquete es, ni más ni menos, la posibilidad de ser felices, sueño eterno de un Dios que nunca descansa por nuestro bien.
En ese banquete se celebra la justicia, la paz, la libertad, la fraternidad pero, por sobre todo, el amor que es Dios mismo.

No es una invitación cualquiera. Es una invitación que compromete, que se hace misión.
Es menester salir a todas las encrucijadas de la vida y dar aviso a los que nadie llama, a los descartados de la existencia, que hay lugares preferenciales para ellos. Y luego a todos los demás.

Paz y Bien

Los ritos del recuerdo




Fieles Difuntos

Para el día de hoy (02/11/15): 

Evangelio según San Lucas 24, 1-8





Hoy es un día de memoria, de recuerdo de los que no están, de ausencias muy presentes. Nostalgias y tristezas que suelen mascarse en silencio.

En numerosas culturas se tienden a acentuar y hasta exacerbar los ritos mortuorios, intensificando el luto y quizás el dolor, a lo que se debe añadir un comercio instalado, pues la muerte también tiene su costo.

Frente a la muerte los sentimientos se agolpan, y se agravan cuando ésta sobrevino por la violencia, por la injusticia, por la pobreza. Pero en cualquier caso la muerte nos hace tambalear todas las seguridades, tal vez porque nos enfrentamos al abismo de la propia finitud. Desconsuelo y desconcierto, y a veces lógica resignación.

Pero ¿quién no daría su vida por un momento compartido nuevamente con un ser querido que ha partido?

Es usual suplicar y desear que los que se han ido descansen en paz. Sin embargo, sabemos bien que muchos que hemos conocido, están vivos y felizmente inquietos en los brazos de Dios, unidos a nosotros en la plegaria milagrosa de la comunión filial.

Como esas mujeres, frente a la muerte nos preparamos a celebrar los ritos preestablecidos. Pero siempre hay un alba en esa noche cerrada del dolor y la tristeza, el alba de la fé.

La Resurrección de Cristo nos quita las mortajas del alma, nos reviste de esperanza, nos confiere la serena confianza de que el horizonte es otro, el de la vida sin final, el de la vida eterna, el del reencuentro final.
Por Él, con Él y en Él todos venceremos a la muerte, todos resucitaremos, y por ello hemos de celebrar ritos de recuerdo y gratitud por la gracia inmensa y la huella bondadosa que han dejado tantos que nos precedieron en el camino de la vida terrenal, peregrinos de un cielo que hoy mismo vislumbramos.

Paz y Bien


Todos los Santos: vivir con Dios, vivir en Dios




Solemnidad de Todos los Santos

Para el día de hoy (01/11/15): 

Evangelio según San Mateo 4, 25-5, 12



Cierta mentalidad religiosa nos ha acotado la santidad a instancias post-mortem, como si únicamente estuviera determinada en el catálogo de los santos oficialmente reconocidos por la Iglesia. Hombres y mujeres que en su paso terrenal vivieron las virtudes cristianas en grado heroico, y ahora viven con Dios.
No está mal, es claro, pero a veces esa formación que hemos recibido reviste la cuestión con una pátina de acartonada y vana solemnidad, en imágenes de mujeres y hombres sufridos/sufrientes.

Pero el Dios de Jesús de Nazareth no es un ídolo gris al que se le someten con dolor malsano nuestras miserias, sino que es el Dios de la vida, la paz, la justicia, la felicidad, todos frutos del amor.
Celebramos entonces la Solemnidad de Todos los Santos que nos precedieron en el camino de la vida y que la Iglesia eleva al honor de los altares como señales luminosas de esperanza para todos nosotros, mujeres y hombres mínimos, tantas veces extraviados. Y celebramos también a todos aquellos que ahora, hoy mismo, florecen en mansedumbre, en paz, en humildad, ofrendando generosamente sus vidas como sal de la tierra, señales ciertas del Reino entre nosotros, esos mismos que nos dicen que vale la pena vivir la vida a pleno.

En una ilógica maravillosa, los santos -compañeros de camino- son ricos por despojarse de todo para sólo quedarse con lo que verdaderamente cuenta, vivir en Dios, vivir por Dios. Llevan consigo el aceite del consuelo, el vino de la esperanza, el abrazo de un hermano, su presencia silenciosa pero imprescindible, como esos árboles de ramas fragantes que brindan sombra, frutos, cobijo, sin quejas ni exigencias.
Obreros incansables de toda justicia. Hijos amados de Dios por edificar la paz. Corazones transparentes que se encuentran con su Dios que es su destino y su alegría a cada paso, en cada rostro, en cada encrucijada de la existencia.

Mujeres y hombres que saben que es Dios quien todo lo santifica y por ello, todo es posible, porque el Dios de Jesucristo es un Dios que nos quiere felices y libres, es decir, hijas e hijos en toda su plenitud filial.

Paz y Bien

Mesas y lugares



Para el día de hoy (31/10/15): 

Evangelio según San Lucas 14, 1. 7-11 





En la lectura que hoy meditamos, es importante tener en cuenta el ambiente en el que se desarrolla: Jesús de Nazareth se encamina a paso firme y libre a Jerusalem, a su Pasión, y unos momentos antes -como leíamos ayer- ha curado frente a esos fariseos a un hombre hidrópico, poniendo en evidencia la persistente enfermedad del alma de esas personas tan atentas a que Él se equivoque o cometa infracciones a la ortodoxia imperantes que ellos celosamente guardan y defienden.

Él esta convidado a un banquete solemne, el del Shabbat, en el que se cumplía a rajatabla un riguroso protocolo religioso: en aquel tiempo, no se trataba de mesas tales como las que conocemos hoy, sino de una suerte de divanes en donde los comensales se reclinaban, comían y conversaban. En esos banquetes, muchos desesperaban por ubicarse cerca del principal, del que convidaba, del dueño de casa que solía ser importante o notorio, porque a mayor cercanía mayor importancia y honor.
Pero también los rigores cultuales limitaban puntillosamente el acceso a los banquetes, que eran mesas para pares, para iguales, mesas en los que no hay sitio para el extraño, el extranjero, el que es distinto, el que no cumple con las estrechas pautas.

El Maestro amaba las mesas como ámbito de encuentro y celebración, de enseñanza, de vida compartida. En las mesas de Cristo siempre pasan cosas buenas. Quizás sean mesas más modestas en su conformación, pero son mesas en donde hay muchísimos convidados. O mejor dicho, en donde a nadie se rechaza, y en donde -a contramano de la lógica del mundo- el honor mayor se encuentra en el servicio, en ceder el lugar a otro, en irse hacia el fondo para que los últimos den un paso adelante. Y se invita a los que nadie, en su sano juicio invitaría.

En la mesa de Cristo la justicia y la liberación florecen y por ello se brinda, en la mesa de Cristo se celebra la vida del otro como una bendición, en la mesa de Cristo el pan compartido es signo de la vida que se multiplica porque se ofrece sin condiciones.

Paz y Bien 

Salir del pozo




Para el día de hoy (30/10/15): 

Evangelio según San Lucas 14, 1-6



La medicina moderna ha establecido que la hidropesía no es propiamente una patología en sí misma, sino la sintomatología propia de otras patologías, que pueden ser cardiovasculares, renales, hepáticas, y consiste en la inflamación del abdomen, de articulaciones como los tobillos o de las extremidades por acumulación de líquidos que el organismo no elimina naturalmente.
En cierto modo, y de un modo superficial, implica la deformación de la figura humana. El hidrópico presenta un cuerpo inflado por la enfermedad que no es real.

Jesús de Nazareth está en casa de fariseos un sábado, convidado a la mesa propia de ese Shabbat, mesa solemne y celebratoria. Los asistentes lo observaban con atención, y la contraposición es total: el Maestro asiste a compartir pan y vida, los que le convidan están ahí como censores, expertos detectores de heterodoxias y errores. Esas especificaciones probablemente le impidan ver el bien y la verdad aunque ésta resplandezca ante sus ojos.

El Maestro es un perfecto conocedor de los corazones. Sabe qué se teje en las honduras de las almas de esos hombres, y por eso señala a uno de los presentes, un hombre hidrópico. La sanación de ese doliente es significativa y reveladora, no tanto de la patología que ha desaparecido, sino del mal que comprime los corazones fariseos.

Ellos, en pos de una observancia a ultranza de la Ley se han vuelto legalistas en detrimento del amor de Dios y de la compasión. Ellos están inflamados artificialmente tras una miríada de normas y preceptos que han establecido en su soberbia, y que esconde su estatura real. En ese salón en donde se comparte la mesa, son muchos los enfermos pero no precisamente el hidrópico.
Hijos de Israel, bueyes cernidos con la Ley, prefieren seguir en un mundo de sombras creado por ellos mismos.

El pozo del que reniegan salir es el pozo de las miserias y del pecado en donde solemos caer, pozo del que nos saca la mano bondadosa de Dios, mujeres y hombres restaurados al sol de la Gracia, siempre disponible, sin restricciones ni horarios, el año santo de la Salvación.

Paz y Bien
 

De buen humor y profecía




Para el día de hoy (29/10/15): 

Evangelio según San Lucas 13, 31-35



Las razones de esos fariseos no están del todo claras: se acercan a Jesús de Nazareth, el cual se encamina decidido a Jerusalem, para advertiirle que Herodes Antipas está tras sus pasos, buscando matarle. Esa clase de gente siempre aprovecha la ocasión de que otro haga por ellos toda tarea sucia, para no contaminarse quizás; además y dada su belicosa animosidad, es improbable que intentaran proteger al Maestro de algún tipo de amenaza.
Jerusalem está cerca, muy cerca en lo geográfico pero mucho más en lo espiritual, y los fariseos allí hacen gala de su influencia. Quizás se trate en parte de ello, que Jesús apure el paso y arribe a la trampa final que le han tendido.

Aún así, y si esta última postura tuviera razonabilidad, no comprenden -tal vez nosotros tampoco- que los hechos de la Pasión acontecerán por la absoluta fidelidad de Jesús al Padre y en total libertad de su corazón. 

Al tiempo santo de la Gracia no lo definen ni lo determinan los malvados; sólo el amor de Dios.

Es por ello que la sombra ominosa de Herodes no amilana ni hace retroceder al Maestro. El tetrarca era brutal, completamente amoral, sin límites éticos a la hora de ejercer y acumular poder, y como muchos en posiciones similares, es un paranoico perpetuo que detecta amenazas por doquier. Y a las amenazas las elimina, tal como hizo con el Bautista, tal como hizo su padre Herodes el Grande con los niños belenitas.
Es por ello que la respuesta de Jesús de Nazareth a esos hombres que le advierten del peligro -que interiormente disfrutan- está revestida de una fina ironía, valiente y con un buen humor que nos quebranta algunos prejuicios. Llamar a Herodes zorro es decirle taimado pero también que es un don nadie frente a los planes de Dios; para colmo, en su propio rostro les expone su misión a modo de un horario laboral, como diciendo que saben lo que hace, cuando lo hace, dónde lo hace. Dejen de molestar o amenazar.

-a menudo confundimos solemnidad con acartonamientos, y nos cuesta adentrarnos en la grata imagen de un Cristo que ría y sonría-

Pero el buen humor es mucho más que un estado de ánimo: es signo afable de la Gracia de Dios que resplandece en la mirada y los gestos. Seguramente el Maligno retrocede espantado frente a los que en verdad saben reír, y que aún cuando acechan sombras de muerte, se mantienen firmes en una esperanza que nada ni nadie puede desalojar.

Ahora bien, ese buen humor no le nubla el horizonte. Sabe lo que sucederá. Jerusalem ha rechazado a los enviados de Dios, y Él mismo, al declararse Enviado, asume así su próximo martirio. 
Jerusalem dejará de ser el centro del universo, pues habrá un desplazamiento absoluto de Templo y Ciudad santas hacia la persona de Cristo.

La metáfora de la gallina y los polluelos estremece: nos vislumbra el rostro materno de un Dios que nos ama sin medidas, la profecía de que la vida y la esperanza siempre pueden más que la muerte.

Paz y Bien


Un pueblo nuevo




Santos Simón y Judas, apóstoles

Para el día de hoy (28/10/15): 

Evangelio según San Lucas 6, 12-19




En los Evangelios, además de la fundamental inspiración divina, podemos encontrar y admirar la virtuosa pluma de los Evangelistas. 
Así en la lectura del día, San Lucas de manera magistral nos abre ventanas para que nos asomemos al insondable e infinito misterio del Sagrado Corazón de Cristo.
En verdad, Él era igual a nosotros en todo excepto en el pecado, y es menester situarnos en el contexto previo a la elección del colegio apostólico: Jesús de Nazareth ha sido rechazado de forma cruel y violenta por los dirigentes religiosos de su pueblo, aquellos mismos que desde pequeño respetó y escuchó con humildad siguiendo el ejemplo de sus padres. Esos hombres ahora dicen que es un endemoniado, un blasfemo, un loco, un borracho, un amigo de indeseables, y sin dudas esa repulsión que manifiestan hacia Él provoca un dolor inenarrable en su alma.

El Evangelista lo intuye, y por ello hay un movimiento oscilante de la noche al día, de la oscuridad al alba, de la frustración a la esperanza. La diferencia fundante, que es mucho más que la superación de un estado de ánimo, es la oración: durante toda la noche de su alma permanece unido al Padre, quien lo sostiene y por quien no pierde el sentido trascendente y eterno de su misión. 

Por ello es que será de día, renovado su temple y claro su horizonte, cuando convoque a los Doce. Ya los conocía a todos, no es una elección azarosa o fortuita, o producto de un arrebato. 
Doce son los hijos de Jacob, sobre los cuales el Dios de Israel congregará doce tribus que edificarán el pueblo de hombres libres, que su mano bondadosa libera de la esclavitud de Faraón y los conduce a la Tierra Prometida con una identidad única.
Doce pues son los discípulos elegidos para edificar con ellos un pueblo nuevo que no estará limitado por la raza, la cultura, la religiosidad, pueblo nuevo y definitivo de la liberación que será, con sus fidelidades y traiciones, su propio cuerpo, la Iglesia.

Entre esos hombres hay de todo menos lo que se espera. Pescadores, estudiosos de la Torah, severos religiosos politizados como los zelotas, repudiables sociales como Leví el publicano, un traidor mayor como el Iscariote. Otros de los que quizás no sepamos mucho más que sus nombres, pero conocemos lo fundamental: su amistad con Cristo y la elección que el Maestro hace de ellos, todo un signo de que Dios hace maravillas y milagros desde lo pequeño, lo que no cuenta, para que la humanidad no adolezca de abandono, para que impere la bondad, para que la compasión sea la rectora de todo destino.

Paz y Bien


Semillas de bondad



Para el día de hoy (27/10/15): 

Evangelio según San Lucas 13, 18-21



La semilla de mostaza parece perderse en la palma de la mano, de tan pequeña e insignificante que es su apariencia. Nadie daría mucho por ella, y más aún, nadie se detendría un instante a observarla con detenimiento.
Pero esa ínfima semilla, tan pequeña, esconde en su interior una vida insospechada, al punto de germinar en las entrañas de la tierra, romper los terrones apretados del suelo y brotar de cara al sol, hasta convertirse en un arbusto frondoso, cobijo para tantos pájaros sin nido.

Contrariamente a los parámetros mundanos usuales, la fuerza de la semilla está en su propia debilidad. Cuando cae en tierra, se parte y germina y crece sin parar. 
Así es el Reino de Dios: una realidad humana mínima, insignificante, sin relevancia aparente, que conoce sus limitaciones pero que sabe también no confía en su propia fuerza, sino en el amor de Dios que todo lo transforma.

Lo que no cuenta a los ojos del mundo es importantísimo a los ojos de Cristo, y es a través de la pequeñez por donde irrumpe la Salvación, por donde florece la vida.

Aún con esa fuerza imparable, hay un convite inesperado: el Dueño del campo nos invita a ser labriegos, campesinos que siembran sin cesar confiados en las bondades de esa semilla que tiene por destino el crecimiento, el florecer, el ir hacia arriba. No se trata tanto de ser imprescindibles o nó, sino de la confianza que se ha depositado en nuestras manos, de la grata tarea de seguro buen final, de la comunión asombrosa entre Dios y el hombre, el milagro de la Encarnación.

Porque toda semilla de bondad, sea cual fuere su origen, vá a florecer con la savia eterna que se nos ha concedido.

Paz y Bien


Los verdaderos enfermos



Para el día de hoy (26/10/15): 

Evangelio según San Lucas 13, 10-17



El Maestro está en la sinagoga en pleno Shabbat. No sabemos si está allí como un simple asistente, si está ejerciendo su derecho como todo varón judío a leer y comentar la Palabra, si está presidiendo la celebración comunitaria.
Lo que sí sabemos es que ejerce una autoridad inusitada que irrita a muchos y alegra a otros tantos: contra todo pronóstico, hace poner las miradas sobre una mujer enferma, encorvada su espalda durante mucho tiempo, tal vez escoliosis. Es imprescindible darse cuenta del gesto y la acción: las mujeres, en ese tiempo, tenían vedado el acceso a las sinagogas, y además, cualquier atisbo de enfermedad las volvía impuras rituales que debían ser aisladas de la vida religiosa y comunitaria. En esa mentalidad religiosa, las distintas dolencias se consideraban como castigo por los pecados propios o de los padres, y ello implicaba directamente la creencia en un Dios severo, punitivo, rápido al castigo.

Por eso hay más de un milagro allí. Está la sanación del cuerpo y el corazón de esa mujer, una espalda reestablecida recta y sin dolores, una humanidad restaurada en dignidad, cuya liberación es causa de gozo y gratitud.
Cuando parecía que no había más que el vivir doblegada, la presencia salvadora de Cristo en su existencia, plena de respeto y ternura le abre un nuevo horizonte, una esperanza concreta, una vida re-creada. Ya no es solamente una mujer, una simple condición de género, sino que es hija de Abraham, y así Cristo declara que su dignidad y sus derechos son los mismos que los de todos los hijos de Israel, los de todas las hijas y los hijos de Dios.

Allí mismo, aún con esos destellos luminosos de salud y liberación, se desencadena un corifeo disonante de aquellos que se enojan y rabian porque no se han cumplido ciertos reglamentos. Quizás, el enojo mayor se encuentre en que el Maestro se ha centrado en una mujer, y que no ha pedido permiso.
La mujer -ahora plena de vida renovada- era una doliente. Los verdaderos enfermos estaban allí, con su mirada aviesa, incapaces de descubrir los signos ciertos de la bondad de Dios, encorvados de rencor, esclavos de esquemas inhumanos, porque el culto primero es la compasión, y no debe haber excusas ni demoras en el socorro al hermano.

Paz y Bien




El fin del silencio






Domingo 30° durante el año

Para el día de hoy (25/10/15): 

Evangelio según San Marcos 10, 46-52


Jericó tiene una nutrida historia grabada en la memoria de Israel, y se encuentra a pocos kilómetros de la capital y corazón del pueblo judío, Jerusalem. Aún cuando está a treinta kilómetros, prácticamente es un suburbio jerosolimitano.

Por eso mismo, esta cercanía no es solamente geográfica sino ante todo espiritual, y es el motivo primordial de que el Evangelista Marcos nos sitúe allí: no estamos tanto a las puertas de la Ciudad Santa, estamos a las puertas de la Pasión de Cristo, el signo total del absoluto amor de Dios que expresa ese Cristo que vá hacia esa ciudad revestida de tinieblas, terror y odios.
Aún así, Jesús de Nazareth sigue a paso firme, nada lo ha de detener y será su decisión absolutamente libre y fiel la que desatará los días aciagos de la Pasión, una Pasión que es fruto de la fidelidad del Señor y no por el encono tenaz de sus enemigos.

A la vera de la ruta se encuentra un hombre ciego, sobre el manto en el que recoge las limosnas. El Evangelista nos recuerda su nombre -Bartimeo- quizás para destacar ese encuentro en clave personal y nó abstracta, un rostro concreto de un hombre que languidece a la vera de la existencia, como un accidente en el paisaje, pues la enfermedad, en la mentalidad religiosa de ese tiempo, es un estigma, una justa condena a causa del pecado, una impureza ritual que conviene evitar.

Pero este hombre, al paso de Jesús de Nazareth y sus discípulos, no se resigna y persiste firme en su confianza, a pesar del mundo oscuro en el que está inmerso.
Habitualmente, el Maestro no quería que se divulgara su identidad y misión mesiánicas: pero ya es tiempo de definiciones absolutas, el tiempo de la Pasión, y por ello no contradice al clamor de Bartimeo, que le suplica identificándolo como Hijo de David, la fórmula tradicional para nombrar al Mesías de Israel.

El momento es solemne por lo que está por suceder. Pero algunos -en aquél entonces y ahora también- confunden solemnidad con acartonamiento silencioso: solemnidad es guardar respeto e importancia en el corazón, y no acallar al hermano que sufre en mantos de indiferencia razonada.
La escena es magnífica: Bartimeo que grita y los discípulos que lo quieren callar, y Bartimeo que grita más fuerte en la medida que la censura de los otros le quiere impedir dirigirse por sí mismo al Cristo que pasa por su vida.

Es el fin del silencio. No debe ocultarse de ningún modo la identidad salvadora de Cristo, no se debe hacer silencio frente a un mundo a la deriva, con todo y a pesar de todo y de todos.
Es menester escuchar al hermano, y nunca -jamás- esconder la voz del hermano que sufre. El paso redentor de Cristo restaura la salud de Bartimeo, y por su gratitud éste se convierte en discípulo, deja todo atrás y lo sigue, hombre nuevo y pleno.

Que nosotros también supliquemos confiados al Cristo de nuestra salvación que podamos mirar y ver la tenaz ternura de Dios y su rostro, que resplandece en los pobres, los enfermos, los pequeños.

Paz y Bien

Gracia y desgracia



San Antonio María Claret, obispo

Para el día de hoy (24/10/15): 

Evangelio según San Lucas 13, 1-9




Siempre es necesario tener presente que los Evangelios no son crónicas históricas, ni es la intención de los Evangelistas presentar relatos históricamente exactos: los Evangelios son relatos o crónicas teológicas, es decir, espirituales, aún cuando en ellos puedan encontrarse datos que se correspondan con hechos puntuales. 

En la lectura a la que nos invita la liturgia del día, Jesús de Nazareth hace referencia a dos de esos hechos específicos, un hecho brutal consumado por el pretor romano Pilato y el derrumbre de una torre que causa numerosas víctimas.
Estos dos hechos probablemente no encuentren constataciones o certificaciones científico-historiográficas; sin embargo, regresamos al postulado inicial. Y es menester señalar también el plano simbólico, la invitación a ir tras la superficie, más allá de lo evidente y encontrarnos con significados trascendentes.

Uno de los hechos destacados es el homicidio de varios galileos en el Templo por parte de las tropas romanas de Pilato: ello se condice con lo que en la actualidad se conoce de Poncio, su infame brutalidad sin límites y un antisemitismo abierto y sin restricciones, que a la par del gravoso significado del dominio imperial de la Tierra Santa por extranjeros, añadía cuanta injuria se le ocurriera que pudiera ofender a ese pueblo sometido.
La ejecución de galileos, con toda probabilidad, responde a importante inserción en Galilea del movimiento zelota, aquél que propiciaba la lucha armada, violencia sin restricciones para librarse de los romanos. Todos los zelotas, por ende, eran considerados subversivos de la peor especie, y en el status de la Roma imperial la sedición/subversión se pagaba invariablemente con la pena capital. Pero aquí no se trata tanto del horror del ajusticiamiento de guerrilleros, sino del modo: el bruto Pilato no se conforma con quitar la vida a varios hombres, sino que mezcla la sangre de esos muertos con la sangre de los animales utilizados en los sacrificios sagrados del Templo. Ello constituía para un pueblo tan religioso como el de Israel una infamia insuperable: han sido ofendidos en el ámbito en donde se aferra su identidad primordial.
Por otro lado también, el Maestro menciona otro hecho luctuoso, la muerte de varios jerosolimitanos tras el derrumbe de la torre de Siloé.

Si avanzamos por uno de los postulados iniciales de estas líneas -el plano simbólico- nos encontraremos conque el cuadro global nos presenta a los duros galileos del norte y a los mansos jerosolimitanos del sur, unos siempre bajo sospecha heterodoxa por su origen periférico, otros presupuestos como respetuosos observantes de la Ley, y allí se contiene a toda la nación judía, buenos y malos, y la consecuente interpretación que se realiza frente a una muerte injusta, violenta, inesperada.
Para una mentalidad religiosa como la imperante en aquél tiempo, las desgracias son la consecuencia necesaria de actos precedentes, es decir, una muerte tal vez impredecible y horrorosa sea la consecuencia de pecados pretéritos, un castigo divino por infidelidades, una modalidad terrible del por algo será, el vislumbre de un Dios severo y punitivo que ajusta las cuentas de los deméritos de su pueblo.

El Maestro, con esta hipérbole fundada en hechos reales, parecería que quiere indicarnos que todos, sin excepciones y tarde o temprano hemos de morir, y que tal vez sea necesario enderezar la vida de acuerdo a ello. Pero hay más, siempre hay más.
No se trata de razonar o justificar las desgracias, sino más bien y ante todo de vivir conforme a la Gracia, que no es más ni menos que vivir plenos, felices, enteros de humanidad. Las calamidades son la consecuencia directa de varias miserias y mezquindades, y nó de los castigos divinos.

La verdadera des-gracia es no aceptar ni aprovechar, aquí y ahora, el tiempo santo, el tiempo de más -totalmente inmerecido- que Cristo ha pagado para nosotros con su propia vida para que podamos crecer y dar frutos, el don asombroso de la infinita paciencia de Dios.
Porque la existencia y el destino han de edificarse, no está todo escrito y definido de antemano y así somos meros espectadores, sino hijas e hijos de Dios que labran su propia historia en sintonía propia de libertad.

Paz y Bien

Augurios de eternidad y esperanza




San Juan de Capistrano, presbítero

Para el día de hoy (23/10/15): 

Evangelio según San Lucas 12, 54-59




Jesús de Nazareth de dirige nuevamente a toda la multitud, y entre esos rostros expectantes, ansiosos y atentos quizás podamos reconocer los de cada uno de nosotros.

Su exhortación es parte de su esfuerzo ministerial porque alcancemos planos más profundos y agudos en nuestra capacidad de mirar y ver la realidad, lo que sucede y lo que nos pasa corazón adentro. 
El pueblo sabe que cuando pega fuerte el sol, hay un aguacero que se avecina. Que algunos vientos preanuncian calores y otros, fríos bravos. Que muchos árboles florecidos nos introducen certeramente en la primavera. Que cuando los políticos hablan de ajuste -de cualquier ideología, cualquier nación o cultura- se ponen serios y enhebran ajustes, se desatan inmensos sufrimientos entre los más pobres.

Por eso su enseñanza habla de esa capacidad tan humana de interpretar signos y llevarla más allá de lo evidente y superficial, porque es el tiempo del Reino y hay más, siempre hay más.
Es el tiempo fecundo del Dios encarnado, de Dios hecho hombre, vecino, pariente, de Dios con nosotros y entre nosotros.

Este tiempo, aún finito, aún plagado de tinieblas y confusos claroscuros, también rebosa de augurios de eternidad y esperanza. 
El Espíritu sigue soplando en todas partes su aliento de vida plena y libertad.

Hay que recuperar esa capacidad contemplativa de mirar y ver esos signos que se nos ofrecen, inmerecidos sí, infinitamente generosos, señales para no perder el rumbo.

Porque el Dios de la vida, en Cristo, es el Padre bondadoso que nos ha salido al encuentro y en cada esquina de la vida nos espera paciente para el encuentro y el abrazo.

Paz y Bien

El bautismo en el Espíritu y el fuego





San Juan Pablo II, Papa 

Para el día de hoy (22/10/15): 

Evangelio según San Lucas 12, 49-53





La lectura a la cual nos convoca la liturgia para este día nos presenta a un Cristo cuya imagen no se condice con aquellas que más nos gustan o simpatizan, el Cristo que dibujamos en las estampas y en nuestras mentes con la mirada perdida en el cielo, de rostro dulcificado que entreabre sus vestiduras y exhibe su Sagrado Corazón, un Cristo a imagen y semejanza de nuestras conveniencias y nuestros miedos.

Pareciera, por ello, que el Cristo de esta lectura fuera otro, tan distinto que opuesto a ese molde preconcebido, inocuo, un placebo espiritual y abstracto de los juegos mentales que no hace ni bien ni mal, un Mesías con edulcorante.

Pero este Cristo que afirma traer fuego y división confunde, desestabiliza, nos despeina las seguridades falsas, y es menester afirmarnos en el Espíritu que inspira la lectura y nó en su pura literalidad.

El bautismo en el Espíritu y el fuego que Él viene a traernos y a la vez ansía no es un fuego destructor, el de las amenazas latentes de castigo por los pecados. 
Son las lenguas de fuego de Pentecostés, la que inevitablemente conducen a una vida nueva, a hombres y mujeres plenamente libres que pueden hacerse entender por todos los pueblos a pesar de las diferencias.
Es el fuego que despierta los corazones adormecidos, que restaura la vida en plenitud, que forja el milagro de germinar el amor en el corazón humano, amor que es servicio, que es justicia, que es fraternidad.

Simbólicamente y para todas las religiones, un bautismo implica sumergir al nuevo creyente bajo las aguas, muriendo a lo viejo, y hacerlo emerger con una vida nueva. Cristo será tragado por las fauces de la muerte y emergerá resucitado a la vida definitiva y eterna, pues la muerte no tiene la última palabra.

Un compromiso así divide las aguas con un antes y un después, éxodo nuevo que deja atrás toda esclavitud. Más el camino de la liberación no es fácil ni sencillo, y los conflictos presentes no desaparecen con sólo negarlos u ocultarlos.

Un compromiso que dejará en evidencia quien vive la radicalidad del Evangelio, la locura de dar la vida para que otros vivan, de hacerse ofrenda. Un compromiso que deja en evidencia a las tibiezas, las comodidades y que impulsa a jugarse sin reservas por el bien de los hermanos, para mayor Gloria de Dios.

Paz y Bien

Responsabilidades




Para el día de hoy (21/10/15): 

Evangelio según San Lucas 12, 39-48




En los tiempos de las primeras comunidades cristianas se vivía la inminencia de la Parusía de un modo, digamos, natural. Ellos tenían la certeza de que el Señor regresaría en cualquier momento, y esa certeza caracterizaba el modo radical que tenían de vivir el Evangelio. 
Es razonable imaginar que los creyentes de aquel tiempo, en pos de la escatología que era parte de su cotidianeidad, reflexionaran constantemente acerca de sus responsabilidades pues estaba a sus puertas una etapa de rendición de cuentas pero también de reencuentro.

Con el transcurrir de los siglos, esa percepción se fué desdibujando, en parte claro está, por la propia acumulación de años que ponían cierta distancia de la Resurrección y de la inminencia del regreso. No obstante ello, es frecuente encontrar en la historia de los pueblos momentos en los que vuelve a estar en la palestra esa urgencia espiritual, a veces impulsada por las angustias y los sufrimientos -que el Señor vuelva para que se terminen este infierno terrenal-, y también a causa de los desvíos de la fé: el miedo en ámbitos religiosos es una eficaz herramienta de dominio para agobiar a los pequeños.

A nosotros, mujeres y hombres del siglo XXI, el regreso del Señor quizás se nos ha hecho abstracto, teologal sin encarnar, como si no tuviera incidencia en el tiempo que nos toque vivir. O en el mejor de los casos, refiera a una condición post mortem.
Pero en verdad, el retorno definitivo de Cristo debería ser para nosotros motivo de alegre esperanza y de horizonte que nos revista de significado y  trascendencia.

Así entonces la pregunta que Pedro le realiza al Maestro acerca del destino de su enseñanza -¿a nosotros o a todos?- cobra para todos el pueblo de Dios una trascendente relevancia.
Mucho se nos ha confiado, y más que considerar cosas, bienes o posesiones, antecede la confianza que Dios ha depositado en cada uno de nosotros, sin merecerlo siquiera, a pura generosidad, en los asombros absolutos del amor de Dios.

Deberíamos despejarnos todos los miedos y las potenciales amenazas, y adquirir plenas responsabilidades en el cuidado del hermano y de la tierra en la única sintonía agradable, ese amor infinito, generoso e incondicional que Dios nos tiene. 
Desde la Gracia de Dios y transformados por ella, como María de Nazareth, todo es posible, la justicia, la fraternidad, la alegría, pues aunque nada nos pertenece, todo está en nuestras manos, y el Señor está de regreso a cada instante, amigo y compañero fiel.

Paz y Bien
 



Una espera atenta



Para el día de hoy (20/10/15): 

Evangelio según San Lucas 12, 35-38




En la memoria de Israel, tener ceñidas las vestiduras inevitablemente traía la memoria colectiva del Éxodo, de aquellos esclavos que debieron partir de Egipto hacia la tierra prometida, pues las ropas ceñidas no estorban, y permiten andar más rápido, con facilidad y sin tropiezos. Por ello, su mención por parte del Maestro no es fortuita, y responde a una característica principal de la identidad cristiana: se trata de vivir siempre disponibles para emprender caminos, el desinstalarse de las comodidades que nos aprisionan, alegres renegados de los conformismos porque somos peregrinos del Reino.

La lámpara encendida es la alumbra, aún con tenue llama, en medio de todas las sombras y las tinieblas, la que se alimenta del aceite de la fé, de la esperanza, del amor.

La vida cristiana es una vida de esperanza, una esperanza que ante todo es espera atenta de Buenas Noticias que, sabemos y confiamos, han de llegar, en el horizonte magnífico del Señor que regresará para hacer plenos los tiempos y la historia, en la comunión definitiva de Dios con la humanidad.

Espera atenta a la voz de Cristo y a los signos del Espíritu que siguen floreciendo entre nosotros, con la tenacidad propia de un Padre que nos ama, nos busca y no nos abandona.

Esa espera no significa abonar posturas de pura praxis, pero tampoco de abstracciones. Los términos medios y tibios tampoco tienen nada que ver con el Evangelio. Mucho más allá de una religión convencional que se acota a los ritualismos cerrados en los templos, o a las adhesiones doctrinales, la esperanza es la certeza de un destino de felicidad inscrito en los sueños de Dios para todas sus hijas e hijos, existencias transformadas y fructíferas por el paso Salvador de Cristo por sus vidas, al que esperan confiados porque saben que volverá a reunir la familia dispersa, a convidar a la mesa grande de la vida compartida.

Paz y Bien

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