Del amor como religión

(foto del entonces cardenal Jorge Mario Bergoglio -hoy Papa Francisco- cuando era nuestro arzobispo en Buenos Aires, en un comedor en donde se asiste a los más desprotegidos)



Para el día de hoy (10/03/14):  
Evangelio según San Mateo 25, 31-46


En los tiempos postreros y definitivos, cuando acontezca la justicia definitiva, lo que decidirá todos los destinos no es tanto la pertenencia religiosa, la exactitud ritual, la puntillosidad en el cumplimiento preceptual o los amores declamados, sino el amor proclamado y ejercido hacia los pequeños, los desamparados, los indefensos.

Esta cuestión deja perplejos a los discípulos y a nosotros también, ovejas y cabritos, a la derecha o a la izquierda, mujeres y hombres de toda religión, cultura y nación que no tienen demasiada conciencia del Evangelio y de Cristo. Porque el Dios de Jesús de Nazareth no sólo se pone del lado de los más pequeños, de los que no cuentan, de los derribados por la pobreza: este Dios está en ellos, y la realeza y el reinado mesiánico en ellos se manifiesta.

No se trata de una opción ideológica, un teísmo, una interpretación más dentro de las diversas corrientes eclesiales y exegéticas. Históricamente, por varias razones y no pocos pecados, hemos estructurado instituciones organizadas de fé compartida, las religiones que practicamos y a las que pertenecemos.
Pero Jesús viene a plantear algo más profundo y universal, que no se limita a la fracción creyente del universo.

Asombrosamente, parece que la religión que la que Él impulsa tiene que ver con ese amor concreto y cabal, ejercido a pura bondad con los hambrientos, con los sedientos, con los forasteros, con los que no tienen ropas, con los presos y cautivos, con los que sufren y los enfermos. 
El amor como religión, el amor como culto verdadero, el amor como única dimensión para mensurar la estatura humana.

Todo lo demás -culto, preceptos, estudios, pertenencias- es importante, sin lugar a dudas. Pero hemos de buscar primero el Reino y luego todo vendrá por añadidura.
Quiera Dios que nuestra única credencial válida y vigente sea la de la solidaridad y el socorro, frutos primeros y mejores de la Buena Noticia, cimientos de la alegría, fundamentos de la paz y la justicia.

Paz y Bien

Hermano en las tentaciones



Primer Domingo de Cuaresma

Para el día de hoy (09/03/14):  
Evangelio según San Mateo 4, 1-11


En este Primer Domingo de Cuaresma, el Evangelio nos ofrece un texto que nos remite a nuestra veraz condición humana, frágil y quebradiza, condición que es preciso asumir para crecer en esa humanidad tan limitada. Pero también revela la identidad misma de Cristo, un Dios Emannuel -Dios-con-nosotros- que acampa aquí, en estos arrabales,que asume nuestras miserias y debilidades.

En el asombroso misterio de la Encarnación, Dios se hace en Jesús de Nazareth uno más entre nosotros, entre nuestros marasmos de desdichas, des-gracias y quebrantos.
Así se vuelve falaz esa imagen de un dios excelsamente alejado, o de un Mesías superpoderoso al modo televisivo, o de un dios que se disfraza con apariencia humana. Este Dios se hace compañero, amigo, hermano en piel y huesos, en sangre y sentimientos de esa humanidad que no está ni estará jamás librada a la ventura de sus vicisitudes y azares. 
Lo que cuenta, lo que decide e identifica desde su misma raíz es el amor y esa fidelidad hasta las últimas consecuencias.

Una primera tentación golpea  y muerde a Jesús de Nazareth. Un ayuno prolongado -elegido o impuesto- debilita cuerpos y voluntades, y el Tramposo arrima la solución fácil, egoísta, torpe en su inmediatez. Pero con todo y a pesar de todo el Maestro no cede, y se vuelve hermano de todos los que desfallecen de hambre a través de toda la historia. Muchos sucumben a la solución cercana; pero así como el pan del sustento jamás debe faltar en ninguna mesa, es menester procurar el pan pero también la justicia que evita las causas del hambre que se propaga, y se ha de compartir la trascendencia que está en los horizontes de cada corazón. Los límites materialistas son tan crueles como el hambre que se impone, y Cristo se aferra a la Palabra que nos enciende de justicia y de eternidad.

La segunda tentación simboliza esas ansias persistentes de dominio y poder en donde la fraternidad y la solidaridad no tienen espacio. Cuando el poder no es servicio, campea el Tramposo y las gentes son oprimidas, zaheridas sus dignidades primeras de hijas e hijos de Dios. El Dios de Jesús es el Dios de José y María de Nazareth, el Dios de los humildes, el Dios fiel que no abandona a los pobres, el Dios que derriba a los poderosos de sus tronos, el Dios que asombrará en locura y escándalo por su ofrenda total en esa cruz que es el amor mayor, una cruz que clama en su doloroso silencio que nadie más debe morir crucificado.

La tercera tentación es la de la fé declamada, más no proclamada ni vivida, la del gesto vacuo, la del ritual vacío, la banalización de la religión como una costumbre y un show sin corazón. Es la fé que se hinca frente a un dios al que pretende manipular por la acumulación de gestos piadosos, un dios de premios, castigos y recompensas, una fé acumulatoria y retributiva. Cristo no se arrodilla, porque lo que intenta el Tentador es un gesto torpe de un momento. Cristo en su fidelidad permanece fiel, y en cambio de hincarse, será levantado en esa cruz que es amor incondicional, la Gracia que aún no hemos sido capaces de aceptar con ojos de niños.

Aún así, con todas estas fracturas y escisiones, Jesús de Nazareth sigue siendo nuestra esperanza, nuestra única esperanza, nuestra esperanza definitiva. En medio de una marea de tentaciones arrolladoras, se mantuvo en pié, firme en su fidelidad, constante en su amor, con su mirada y su corazón puestos en lo que permanece y no perece. Nuestro hermano mayor los dá la mano para que, aún caídos, nos pongamos de pié.

Paz y Bien 




La ruptura con el orgullo y la autosuficiencia



Para el día de hoy (08/03/14):  
Evangelio según San Lucas 5, 27-32



Compartir la mesa, en los tiempos del ministerio de Jesús de Nazareth, no era un acontecimiento menor, pues tenía una gran relevancia familiar, comunitaria, social y religiosa. Las familias se sentaban a comer juntas y se acrecentaban los lazos familiares, los amigos compartían vida y amistad, y religiosamente -en especial, los rígidos fariseos- se sentaban con quienes ellos consideraban puros, iguales en la estricta obervancia de la Ley mosaica. Jamás compartirían mesa y pan con impuros, con pecadores evidentes.

En esa categoría estaban ubicados los publicanos. Recaudadores de impuestos -judíos ellos- que cobraban tributos para el opresor imperial romano, y que se valían de su posición para expoliar de manera corrupta a sus paisanos, toda vez que mediante prácticas extorsivas cobraban de más, y amasaban pingües fortunas. Por ello, por ser traidores de Israel, por contaminarse con extranjeros y por sus abusos cotidianos -especialmente con los más pobres- estaban sindicados en el mismo nicho moral en el que se ubicaba a las prostitutas. Como pecadores públicos, nadie en su sano juicio se acercaría a ellos; más bien, por repulsión y por temor todos rehuirían de su compañía, ante lo cual sólo tendrían esporádica socialización con sus pares.

Así entonces el llamado decidido y sin vacilaciones que el Maestro le hace a Leví, sentado éste en su escaso universo de la mesa de cobro de impuestos, asombra no sólo al recaudador sino a propios y ajenos. Se dirige a Leví sin ambages, prejuicios ni medias tintas y lo hace parte de su misma vida, apóstol y misionero de la mejor de las noticias que experimenta desde ese instante en su existencia. Por eso es capaz de dejarlo todo y seguirle. El encuentro con Cristo, cuando es pleno y sin reservas, transforma mentes, corazones y cuerpos, y Salvación tiene que ver mucho -muchísimo- con salud.

Y la respuesta es gratitud, alegría grande que se comparte en una mesa bien distinta. En esa mesa, por los imperativos sociales, está el Maestro comiendo con Leví y con otros que son como él, publicanos también, pecadores públicos de fama extendida.
Almas puntillosas esbozan murmullos de crítica y desaprobación, y son la queja misma del orgullo vulnerado y de la autosuficiencia que masca su enojo y su imposibilidad de reconocerse enfermos ellos, necesitados también de la salud integral que proviene del perdón.

Porque cuando descubrimos los reflejos de Leví corazón adentro de cada uno de nosotros, las ganas de agrandar la mesa no disminuyen. Estamos enfermos y quebrados, pero todo es posible por ese Cristo que pasa a nuestro lado, nos busca y nos llama.

Quiera Dios que signo de Cuaresma y conversión sea una mesa cada vez más amplia, en nosotros y en toda la Iglesia, en donde se convocan todos los que nos reconocemos falibles e impuros, pero benditos por la Gracia de Dios que es Paz, que es Bien, que es Salvación.

Paz y Bien


Viernes de abstinencia



Para el día de hoy (07/03/14):  
Evangelio según San Mateo 9, 14-15



Durante muchísimo tiempo nos hemos aferrado a las prescripciones religiosas que indicaban ayuno, y desde allí, la abstinencia de comer carne los viernes y días de precepto. Pero ese cumplimiento estricto, desgraciadamente, está revestido de superficialidad.

Igualmente, hemos de detenernos por un momento en la cuestión del ayuno. Desde tiempo inmemorial, y prácticamente en todas las religiones, la práctica del ayuno es usual y normal, como devoción, como ejercicio para dominar cuerpo y mente, como pequeño sacrificio ofrecido a Dios como penitencia por los pecados cometidos. El mismo Jesús de Nazareth ayunó cuarenta días en el desierto, y el Bautista -siguiendo ciertas tradiciones- lo practicaba e impulsaba a sus propios discípulos a realizarlo.

Pero estamos en el tiempo nuevo, el tiempo de la Gracia, y es por ello que Jesús no les insiste demasiado a los suyos en este tema, lo que suscita la controversia con aquellos que venían del aprendizaje con Juan.
Porque la cuestión no estriba en privarse o nó de alimentos en el cumplimiento de normas prefijadas; el Espíritu del Señor vá muy por delante de todos nosotros, y la cruz derriba todo asomo de amor ritual, declamado pero no practicado.

Por eso nuestros ayunos deberían ser verdaderos sacrificios, sin pátina ominosa, es decir, en el sentido primigenio del término que es hacer sagrado lo que no lo es, santificarlo. Y si hay imposición, se desdibuja su horizonte eterno y se vuelve práctica usual y hasta rutinaria. Más aún, es de una crueldad inexpresable la exigencia del ayuno a quien languidece en su hambre.
Nuestros ayunos han de estar ofrecidos a Dios y vinculados directamente, por ello mismo, al hermano, al prójimo.

La abstinencia no es solamente evitar ingerir determinado tipo de alimentos o directamente no comer. La abstinencia es reconocer desde esa pequeña privación que compartirmos con los demás nuestra finitud y nuestra debilidad, que somos capaces de vaciarnos de lo superfluo para que nos habite la Gracia, y que con el auxilio de la asombrosa Providencia de Dios, desde ese pan que no comemos pueda llenarse el plato vacío de un hermano que sufre la penuria de la miseria, el olvido y la injusticia.

Ayunar así es justicia y es amor y es Reino que crece humilde entre nosotros.

Paz y Bien


Abnegación



Para el día de hoy (06/03/14):  
Evangelio según San Lucas 9, 22-25



Los rostros de los discípulos, frente al anuncio de Jesús, seguramente merecerían una instantánea que prolongara en el tiempo su expresión de aturdido asombro y estupor. Sí, estupor, ese término del cual proviene la palabra estúpido, estupidez, estupefacto. Porque firmemente les declara que Él, Maestro y Señor, ha de ser condenado a muerte, y a una muerte reservada a los marginales y a los criminales más abyectos. Y como si no fuera suficiente, en un maremágnum de sufrimientos habría de ser rechazado por los ancianos, por los sumos sacerdotes y por los escribas, es decir, por los que fundamentaban y eran los custodios oficiales de la fé de Israel.

Nada de ello se condecía con lo que esperaban acerca del Mesías, y ellos tambalean entre el desconcierto y una tristeza en ciernes que se les viene agigantando, ominosa y muy cercana.

Y luego, la enseñanza del Maestro -naciente desde sus mismas entrañas- se extiende desde los Doce a todos los demás, entre los que estamos todos y cada uno de nosotros: si lo vamos a seguir, si nos reconocemos como discípulos y seguidores suyos, hemos de estar dispuestos a cargar la cruz cada día. Ello implica atreverse a anonadarse, a hacerse marginal, a ponerse al hombro todas las miserias para que, al menos, la carga de un hermano sea más ligera. 
Se trata de una elección libre y consciente, no de un condicional previo. Se trata de la generosidad propia de las hermanas y hermanos de ese Cristo que será humillado y derrotado, pero que refulgirá victorioso para todos en la Resurrección. Se trata de ser ramas fragantes del mismo árbol de la vida.
Se trata de abnegación.

Abnegación es la ofrenda que se hace de la propia voluntad, de todo interés personal -hasta de los propios afectos-. Abnegación es vaciarse, para que en nuestros horizontes vuelva a amanecer Dios y no las cosas y la mundanidad, y por ese horizonte recuperado se vuelve posible la fraternidad. Porque los corazones se ensanchan y amplían para que haya lugar para el hermano.

Durante demasiado tiempo nos han formado y educado para el rictus severo y amargo, el sacrificio como dolor resignado. Nada de eso: la abnegación es la posibilidad de ser verdaderamente plenos, felices, porque corazón adentro se queda lo que verdaderamente cuenta y vale la pena.

Que esta Cuaresma esté ornada de humildes flores de serena alegría y esperanza, porque a pesar de tantas cruces la Resurrección nos amanecerá.

Paz y Bien

Miércoles de Ceniza, comienzo del regreso


Miércoles de Ceniza

Para el día de hoy (05/03/14):  
Evangelio según San Mateo 6, 1-6.16-18





El Miércoles de Ceniza marca el comienzo del tiempo de Cuaresma, tiempo de conversión, de penitencia, de regreso a Dios.

Y tiene una característica que no debe pasarnos inadvertida: es el momento ideal para la ruptura de la rutina, para alterar la perniciosa rítmica del acostumbramiento. Porque por miedos, por mecanismos psicológicos de autodefensa o por comodidades, nos vamos acostumbrando a lo inhumano, a aquello que degrada la dignidad de las hijas e hijos de Dios -toda la humanidad-, y nos volvemos fervorosos cultores de la indiferencia.

En todo este camino, al principio y en el horizonte de cruz y resurrección, la voz de Dios nos sigue llamando y convocando al regreso. Porque en estos recodos mundanos nos vamos extraviando, y tratamos de escondernos.

La cruz que se nos comienza a asomar tiene dos brazos, dos maderos cruzados y ligados indisolublemente. Un brazo que apunta hacia lo alto y que, a su vez, sostiene al barral que señala horizontalmente a los lados, a los hermanos.
Volver a Dios es volver al hermano, reencontrarnos con el que no hablamos o estamos enemistados, pero especialmente respirar misericordia en su sentido primigenio.
Porque misericordia significa poner el corazón en la miseria, en el sufrimiento del otro, la compasión para con el olvidado, el rescate del cautivo, el socorro al oprimido, el auxilio al que está caído.

Por eso ayunamos en silencio, no como una cuestión de amores rituales, sino como el culto verdadero que es esa misma misericordia expresada en solidaridad. Nos privamos de alimentos para que algún hermano no pase hambre, nos vaciamos de aquello que es lastre, que no sirve, que es contrario y ajeno a nuestro destino de eternidad.

Llevamos una humilde señal de cenizas en nuestras frentes que nos incita a la conversión, a ese regreso añorado amorosamente por el Dios de la vida.

Que en esta Cuaresma esa señal del amor mayor se nos grabe corazón adentro.

Paz y Bien

Asombrosas matemáticas




Para el día de hoy (04/03/14):  
Evangelio según San Marcos 10, 28-31



A continuación de la enseñanza y escena con el joven rico, que se retira preocupado y entristecido, expresa su preocupación Pedro al Maestro, y es también la voz de esa comunidad naciente, como será Pedro la voz que espera esta familia que llamamos Iglesia que hable por todos, especialmente por aquellos que no tienen voz.

Pedro y los discípulos, a la inversa del joven rico, han dejado todo y lo han seguido al Maestro. Trabajo, familia, hogar, una vida apacible, y se han largado a los caminos, a anunciar la Buena Noticia, siempre con Cristo, siempre detrás de Cristo, siempre por Cristo, no por ellos.
Quizás aún su confianza es pequeña y débil, porque la fé y la fidelidad a la vocación implica un gran salto sin red, un navegar en un mar sin orillas visibles. Pero quizás, ellos también esperaban cierta retribución a cambio, un grado de recompensa a sus esfuerzos y sacrificios. Es muy difícil desprenderse de los viejos esquemas, pero es imprescindible para ir hacia adelante, para no quedarse y retroceder.
Todos ellos han sido muy valientes al irse con Jesús de Nazareth, magníficamente locos, pero aún portan ciertos resabios de esa fé retributiva, de esa espiritualidad de trueque, de quid por quo con Dios, y tal vez esperen algo más que bueno por esos esfuerzos.

Pero por un lado les cae un chaparrón de realidad. Su fidelidad les acarreará persecuciones. Aún no comprenden que su desprendimiento -para un mundo egoísta y calculador- es escandalosamente desafiante. Porque la solidaridad y la comunión son, al igual que la cruz, locura y escándalo. Esa persecuciones, con el tiempo, serán signo de la fidelidad de las hermanas y hermanos del Señor.
Por ello cuando todo está en rala y rara calma, es dable y deseable reflexionar si nuestra fidelidad no se ha acomodado a los vaivenes de los tiempos y se ha razonado de tal modo que se morigeran los embates del miedo.

En el tiempo de la Gracia, prima unan ilógica y unas matemáticas asombrosas.
De la más pequeña de las semillas nace el árbol más frondoso que cobija a tantos. Los humildes panes compartidos alimentan a la multitud desfalleciente. Y aquellos que por el Reino han dejado familia y hogar, milagrosamente las han multiplicado, porque donde vayan encontrarán una familia grande y siempre creciente.

Paz y Bien

De herederos y camellos



Para el día de hoy (03/03/14):  
Evangelio según San Marcos 10, 17-27



Parecería un interrogatorio más, al modo falaz que suelen realizarle escribas y fariseos con aviesas intenciones, el fin perverso de que el Maestro diga algo inconveniente o heterodoxo para ridiculizarlo ante el pueblo y para procurar una expeditiva condena del poder religioso. Sin embargo, hay un rasgo que distingue al joven quese dirige a Jesús, y es su sinceridad y honestidad.

Seguramente ha pasado días enteros carcomiédose la razón en busca de la respuesta a la gran pregunta, y que es la eternidad.
En apariencia no le falta nada -tiene muchos bienes- y tal vez quiera prolongar su bienestar post mortem; pero aquí entra en juego nuevamente esa sinceridad que mencionábamos. Quizás caiga en la cuenta que nada de lo que posee, y que es mucho, se lo llevará consigo. Pero es uno de los más humanos de los cuestionamientos, que se produce frente a la toma de conciencia de la propia finitud.

Todo en la expresión de ese joven habla de legalismos, de procedimientos, de lo que cada uno debe hacer para obtener la bondad divina. Y a su vez, producto de su cultura y de sus tradiciones, tiene una visión minuciosamente sectaria de esa eternidad que ansía: por eso inquiere acerca del qué debe hacer para heredar la vida eterna, y en ese heredar destella, ante todo, el propio interés, suplantando de modo rotundo el amor de Dios y el amor hacia Dios.

Su postura no nos es del todo desconocida: es la espiritualidad del trueque, mercantilizada, ésa que supone un ámbito de premios y castigos, de méritos piadosos acumulables, de un Dios al que se le puede sonsacar bondades beneficiosas para uno mismo.
Por ello, el Maestro comete un aparente error: le pregunta al joven si ha guardado los mandamientos, y deliberadamente enuncia aquellos referidos a la relación con el prójimo. Porque el Dios de Jesús de Nazareth es un Dios de amor, y todo aquél que no ama al prójimo -cercano y lejano- no reconoce al Padre como Dios, no permite que Dios reine en su vida.

Pues hemos sido declarados herederos universales de la vida plena por la infinita bondad de ese Dios que nos ama sin medida. 
Tal vez por ello mismo sea menester despejarnos de todo lo que no nos sirve, nos ata y sumerge aquí abajo y nos impide toda ascensión, un cielo que se abre aquí y ahora cuando nos acercamos al hermano, cuando respiramos solidaridad, cuando la generosidad se vuelva sorprendente quehacer diario.

En los tiempos en que vivimos, con tanta miseria y egoísmos razonados, parece impensable y apenas una romántica utopía. Y la promesa de eternidad, para muchos, el alivio de tantas penas soportadas en estos arrabales.
Muchos camellos haciendo fila para pasar por los pequeños ojos de aguja de la verdad.

Pero por ser herederos somos también asombrosos camellos del más acá, y Dios todo lo puede. Porque la Salvación es don y es misterio compartido.

Paz y Bien


De tan valiosos que somos



Para el día de hoy (02/03/14):  
Evangelio según San Mateo 6, 24-34




Mucho se ha dicho y escrito acerca del tema del dinero que hoy nos plantea la Palabra. Y quiera Dios que nunca sea un tema olvidado ni dejado de lado.
Porque el ídolo Dinero es un dios falso que exige lealtades extremas y tiene una particular voracidad cultual: en sus aras, han de ofrecerse de continuo sacrificios humanos.
Porque en los altares del Dinero se sacrifica al prójimo, se consuman los holocaustos de los pobres, los indefensos, los desprotegidos, los más pequeños, los que no cuentan-

No puede haber medias tintas. O uno u otro. Es imposible una vida plena con el alma en fractura, es decir, con el alma partida en dos, y cada fragmento haciendo esfuerzos en direcciones contrarias.
Ello se magnifica cuando Jesús de Nazareth explicita con palabras lo que Él vive y respira, la realidad de Dios, su total identificación con Él, con sus amores y sueños.

El Dios de Jesús de Nazareth es el Dios de la Gracia, el Dios de generosidad incondicional, de lo gratuito brindado con alegría y sin reservas a todas las mujeres y los hombres de todo el universo, de todos los tiempos, de todas las religiones -en ellos también los incrédulos y los indiferentes-, los buenos, los malos, los tibios, los mansos, los violentos. Dios que es un Padre que se desvive por todos, Dios que es Madre que nos cobija en sus manos. Tan amada por Dios es la vida humana que Él mismo la ha asumido como propia en el misterio insondable de la Encarnación, y es por ello que la vida humana deviene sagrada.

Sagrada por lo dado, sagrada por quien la sustenta, sagrada por Aquél que es capaz de morirse para que nadie más caiga en las fauces de cualquier cruz que seamos capaces de imaginar.

En esa sintonía que es sinfonía, la justicia no es tanto una señora de ojos vendados con una balanza exacta enarbolada. Más bien, la justicia es un ama de casa con os ojos bien abiertos y con una escoba en la mano, que vive para sus hijos, que respira pura familia y cuidado.

La justicia de Dios es la misericordia, y es lo verdaderamente valioso por lo cual existir y consumirse para consumar la plenitud. De tan valiosos que somos, el sueño de Dios para toda la humanidad es la felicidad misma sin excepciones.

Paz y Bien

El niño que hemos extraviado



Para el día de hoy (01/03/14):  
Evangelio según San Marcos 10, 13-16




Distintas disciplinas afirman con un notable grado de veracidad el rol fundamental de la infancia en la vida adulta de las personas. Es decir, tanto la felicidad como los traumas dejarán huellas perdurables en la vida de cada hombre y de cada mujer, y estas escasas líneas probablemente no describan la magnitud de esa importancia.

Jesús de Nazareth había sufrido a causa de sus discípulos, claro que sí. Ellos no terminaban de aceptar la misión del Maestro, un hombre que eligió ser un hombre pobre y humilde, un Salvador servidor de todos, que no ambiciona poderes mundanos, que anticipa espantosas derrotas, y por ello discutirán con fiereza entre ellos e incluso le reclamarán un sitio preferencial a su lado en lo que imaginan será su coronación como rey de Israel.

Las gentes no dejaban de llevarle a sus hijos más pequeños para que se los bendiga -uno siempre lleva y comparte con quien confía a quien es lo más valioso de su vida-. Pero los discípulos discutían y retaban a los padres y madres de esos niños, y es la misma sintonía expuesta. El Maestro está para cosas en verdad importantes, y nó para preocuparse por tonterías pueriles; en la Palestina del siglo I, un niño era un sin derechos, alguien que no cuenta ni tiene la menor relevancia, a medio camino entre un esclavo y una mujer.
Ellos le adjudican a Jesús sus propias ansias, y ése es un error gravoso repetido de continuo a través de los tiempos.

En cierto modo, y aún cuando nos hayan tocado vivir momentos bravos y muy dolorosos, hay aconteceres en nuestras infancia que llevaremos siempre. La capacidad de asombrarnos. La alegría frente al descubrimiento de un regalo que excede nuestras expectativas. La inexistente vergüenza al expresar nuestros miedos y carencias. Pero por sobre todo, esa pureza, esa transparencia del corazón, indispensable para ser felices, para mirar y ver a Dios.

Ese niño se nos ha extraviado en algún momento. Tal vez hemos hecho ingentes esfuerzos para que no salga a luz, para no reencontrarnos. No obstante, es crucial, es lo más importante, y es la disposición cordial para ingresar al Reino infinito de la bondad, el tiempo de la Gracia y la Misericordia que nos ofrece Cristo incondicionalmente, con un abrazo y una bendición.

Paz y Bien

Alianzas



Para el día de hoy (28/02/14):  
Evangelio según San Marcos 10, 1-12


El Evangelista Marcos nos ubica junto a Jesús y los discípulos en Judea, al otro lado del Jordán; una sencilla observación de un mapa bíblico nos remite con bastante exactitud a la región de la Perea, es decir, a los dominios del tetrarca Herodes Antipas.
No es un dato más, y posiblemente responda a una intrincada maquinación: los fariseos que se acercan al Maestro en plan de tentarlo a yerros dogmáticos, por un lado buscan desacreditarlo frente al pueblo y, a su vez, encontrar motivos para un juicio religioso mayor. Pero no olvidan que Antipas sigue estando allí, y sigue casado con Herodías, los mismos cuyo matrimonio cuestionó con severidad el Bautista y que fué uno de los principales motivos por el cual el tetrarca ordena su ejecución.

Estos hombres piadosos son astutos. Infieren que Herodes, en su extensa y paranoica memoria, no ha olvidado la afrenta que le ha conferido el Bautista, y tal vez busquen de parte del Maestro un pronunciamiento similar para lograr el mismo efecto mortal.
Extrañas alianzas tejen los hambrientos de poder, fariseos y herodianos que comúnmente no se toleraban, pero a la hora del daño se unen sin hesitar. Mientras tanto, a nosotros se nos hace hasta complicado dialogar con los propios hermanos...

Aún así, con todo y a pesar de todo, no hay discusión posible. Se discute o debate sobre un mismo tema en un mismo plano. Pero en este caso los fariseos plantean los rigores extremos de la ley mosaica y las opiniones autorizadas de ciertos rabinos -Shammai, Hillel-, mientras que Jesús de Nazareth siempre habla desde su Padre, desde su proyecto, desde la Gracia, aunque en apariencia estén confrontando acerca del divorcio.

Sin ánimos exegéticos que exceden las modestas capacidades que aquí se vierten, es menester afirmar que este Cristo hablaba del hombre y de a mujer en un horizonte de igualdad y de reciprocidad. Hombre de su tiempo y de su cultura, seguramente detestaba el reduccionismo de la mujer a un mero apéndice de los caprichos y razones del varón, y esto supera por mucho cualquier cuestión de género. Se trata, ante todo, de justicia y de misericordia.

La misericordia que sostiene al universo, la misma misericordia que poco tiene que ver con leyes y regulaciones y por sobre todas las cosas, el amor.

Somos capaces de amarnos porque Dios nos amó primero, y esos anillos o sortijas que intercambiamos cuando declaramos ante Dios y ante los hermanos el amor que nos tenemos es también signo de la alianza inquebrantable e inseparable que Dios tiene con todos y cada uno de nosotros.
Y esa alianza es indisoluble, porque el amor no se pierde. Los que nos perdemos o extraviamos somos nosotros.

Paz y Bien

Una piedra de molino al cuello



Para el día de hoy (27/02/14):  
Evangelio según San Marcos 9, 41-50




Toda literalidad es nefasta, y engendra en forma directa cualquier tipo de fundamentalismos, en especial cuando se aplica a cuestiones religiosas. En nuestro caso particular, una lectura lineal de un Evangelio como el que se nos ofrece para el día de hoy acarrearía, en ese orden de ideas, una miríada de suicidados, de muertos violentamente, de ciegos, de mancos y de cojos.

Jesús de Nazareth es un Maestro magnífico y muy hábil. Se vale de las parábolas para adentrarnos en los misterios de Dios y del Reino, pero también utiliza hipérboles como herramientas didácticas. 
Una hipérbole es aquella figura literaria en la que se produce una exageración intencionada de la cualidad de una acción determinada, poniendo énfasis en la cualidad antes que en la acción, de tal modo de lograr en el oyente o interlocutor una imagen que sea difícil de olvidar o de pasar por alto.
Hasta aquí estos mínimos indicios literarios. Sin embargo, el uso que Jesús hace de estas formas no implica minimizar o relativizar la profundidad o gravedad de lo que está enseñando, y esa precisamente es la cuestión que hoy nos congrega.

Ante todo, Jesús de Nazareth realiza una identificación total y absoluta con los suyos, de tal modo que quien recibe o auxilia a los discípulos, recibe y auxilia al mismo Cristo, y no es una metáfora, y es rumbo y destino a tener en cuenta de este Dios con nosotros.

En esa misma sintonía, se enciende en el cuidado y protección que todos -cada uno de nosotros, la comunidad, la Iglesia- debemos brindar a los pequeños. Los pequeños son los niños, y como tales -en el status jurídico y social del siglo I- son los sin derechos, los que no cuentan, los que no son tenidos en cuenta, apenas una cosa que son propiedad de su padre. Así entonces los pequeños son los desprotegidos, los indefensos, los que nadie escucha, los débiles, los que tienen por fé apenas un mínimo brote germinado, todos los vulnerables.
Porque en la asombrosa ilógica del Reino, los pequeños y Dios se miran a los ojos, frente a frente, y sus rostros resplandecen y se espejan entre sí. En el horizonte de Cristo, la gloria pasa por los pequeños, por los insignificantes que, sin embargo, son enormes, como María y José de Nazareth.

El escándalo a evitar con todas las fuerza -desde la misma raíz de la existencia- es más que perentorio. Escándalo, literalmente, significa desde su raíz griega piedra de tropiezo, y en la protección y el cuidado de los pequeños se define e identifica el compromiso y la fidelidad de la comunidad cristiana.
Cuando los pequeños tropiezan, cuando son atropellados y abunda el silencio -porque tristemente nos hemos acostumbrado a tantos horrores- es que la Iglesia falla, es que la comunidad ha dejado de ser fiel a Aquél que la congrega y sostiene.

Por ello la imagen de la piedra de molino atada al cuello. Una muela -tal es el nombre- de esas dimensiones es imposible de portar por cualquier persona, y en el cuello de alguien arrojado al mar, irremisiblemente lo lleva a la muerte en las profundidades. Además del inmenso horror, para la mentalidad judía de aquel tiempo, no recibir adecuada sepultura al fallecer significaba una terrible maldición que debía ser evitada a toda costa.

No estamos hablando de castigos, estamos hablando de fidelidad, de las raíces mismas de una bondad que debería identificarnos, y que es preferible perder manos, ojos y pies antes que por acción u omisión revestirnos de su triste y oscuro designio.
Y es menester también cortar y apartar de nosotros ciertas ideas de castigos y punitorios divinos. El juicio comienza en el aquí y el ahora, y el compromiso -o su ausencia- marca nuestra estatura de humanidad. Cuanto más bajo caemos, más cerca estamos de perecer.

Debemos cuidarnos, entre nosotros y a los otros. Quizás aún no asimilamos que todos los pequeños son nuestros hijos, son nuestros hermanos, son Cristos, independientemente de su origen, nacionalidad, religión.

Ser sal es dar sabor a la vida para que dé gusto vivirla, y también es conservar la existencia para que la corrupción no clave sus garras en ella. Ser sal es el primer paso y el paso mayor de la paz y la justicia.

Paz y Bien

Círculo cordial




Para el día de hoy (26/02/14):  
Evangelio según San Marcos 9, 38-40


Juan, al igual que su hermano Santiago -hijos de Zebedeo, pescadores de profesión- eran hombres de caracteres bravos, personalidades volcánicas, muy dados a las pasiones extremas. De allí que llevaran el apodo de Boanerges, que significa hijos del trueno.
Los caracteres así suelen requerir de mucha disciplina interior, tan dados a las emociones fuertes, tan proclives a actuar irreflexivamente, de un modo violento, precipitado y a veces excluyente.

En el acontecimiento que el Evangelista nos brinda en el día de hoy, tiene como uno de sus protagonistas al mismo Juan. En su peregrinar se han encontrado con un exorcista que expulsa demonios en el nombre de Jesús, pero que sin embargo no pertenece al círculo de los discípulos; es un sanador que hace el bien a partir de su confianza en ese Jesús que pasa, y que no es parte -aparentemente- de la iglesia naciente.
Basta saber ello para que Juan se incendie de indignación, y que junto a los demás trate de impedir el obrar de ese hombre, aunque la redacción del Evangelio sugiere que fué un intento nada más, un intento sin consecuencias. 

Quizás la clave radique en la misma expresión de Juan: ese exorcista/sanador no está con ellos -el grupo que conforman los discípulos y Jesús de Nazareth- antes que afirmar que ese hombre no sigue al Maestro. 
Juan ha puesto en un mismo plano ontológico el seguimiento a los discípulos que el seguimiento a Cristo, y en realidad, lo que expresa de modo tácito es una mentalidad sectaria que divide aguas entre unos pocos -escasos- nosotros y una miríada de ellos. 
Juan es uno de los tres discípulos privilegiados -junto con Santiago y Pedro- que han sido testigo directo de la resurrección de la hija de Jairo y de la Transfiguración de su Maestro.
Pero ninguno de los tres, obcecadamente, acepta ni alcanza a comprender el abismal panorama que Jesús les refiere respecto de su Pasión; por ello, en cierto momento su madre intercederá ante Jesús para que ambos, Santiago y Juan, obtengan una posición prebendaria y privilegiada en cuanto se establezca el reino que ellos, en su mundana mentalidad, imaginan.

Esos exclusivismos tristemente perduran hasta nuestros días.

Suele ser muy atractiva la idea de una Iglesia pequeña, de unos pocos elegidos, un círculo de cristianos certificados y oficiales que separa las aguas respecto del resto, que se reivindica como especial, como pura, como mejor por lo que profesa antes que por el Espíritu que la congrega. Y así, muchos otros discípulos del Señor a los que no conocemos pero están alli, haciendo silenciosamente el bien sin pedir permiso, quedan en un afuera falaz.

Pero Cristo ha trazado para los suyos -para toda la humanidad- un círculo cordial, amplio, tan grande como la red de los pescadores que no se rompe, el árbol que cobija a todos los pájaros del cielo, la mesa para todos, a pesar de las diferencias, aún con nuestras mezquindades y la saña que nos gusta enarbolar a la hora de diferenciarnos.

Pues lo que cuenta es el bien que se ofrece, y ese Dios que es el que nos congrega a un nosotros del que Él mismo es centro y parte.

Paz y Bien


Del lado de los que no cuentan




Para el día de hoy (25/02/14):  
Evangelio según San Marcos 9, 30-37



La travesía final hacia Jerusalem ha comenzado. Jesús de Nazareth peregrina hacia la capital de la nación judía a encontrarse con el espanto, el escarnio y una muerte brutal en la cruz, como el peor de los criminales.
Él lo sabe bien -es fruto de su misión- y a pesar de ello no se escapa ni vacila. Pero también sabe la necesidad de que sus discípulos lo sepan, lo entiendan y comprendan ese sacrificio inmenso que se cierne sobre el horizonte inmediato.

Pero ellos parece que no entienden o, peor aún, no quieren entender ni aceptar lo que el Maestro les plantea. En sus esquemas no hay más que un Mesías de estirpe y modos reales que impondrá una victoria definitiva a los enemigos de Israel, restaurando con furioso poder las viejas glorias pasadas. Y ellos quieren ser parte y tener una parte de ello. No toleran a un Salvador pobre, humilde, derrotado y sometido en su mansedumbre a la ignominia mayúscula de la crucifixión y la muerte.
Es un escenario de ruptura, más no de abandono de Jesús. Ellos lo siguen oyendo pero no lo escuchan, ellos dejan de escuchar la voz de lo alto y todo deviene horizontal, dolorosamente terreno. Por eso mismo discuten entre ellos posiciones, prebendas y mayorazgos en ese pequeño grupo: prefieren abandonar la sencillez de la Buena Noticia y emigrar a una religiosidad de la prosperidad y el éxito.

Si no se decidiera un tema tan raigal, la escena tendría una comicidad hilarante ineludible; Jesús les pregunta -eximio conocedor de los corazones- acerca de qué venían hablando y discutiendo por el camino. Y ante esta requisitoria, ellos callan como adolescentes avergonzados, sorprendidos en el preciso momento de cometer alguna tropelía.

El Evangelista Marcos tiene, literariamente, una cadencia extraña pero magnífica a la vez: Jesús y los discípulos vienen a un ritmo creciente, en sus pasos y en sus almas. Pero de golpe, llegan a Cafarnaúm y se detienen en la casa, que hemos de suponer era el sitio que el Maestro había adoptado temporariamente como hogar de esa comunidad incipiente. Él se sienta al modo de los rabbíes cuando enseñan, y es un símbolo previo de la trascendencia de la enseñanza que brindará, pero también es el profundo sentido común que indica que cuando ciertas vorágines nos hacen perder el rumbo, es preciso detenerse -parar la pelota-, frenar y volver a enfocar la mirada en el horizonte para dejar de andar a los tumbos.

Él invierte todo, y re-significa ciertos conceptos firmemente arraigados en su tiempo, tanto que perduran hasta nuestros días. No se trata de una estrategia de reemplazo ideológico: en la asombrosa ilógica del Reino, quien es verdaderamente grande es quien sirve -diákonos- y más aún, aquellos que viven para servir sin buscar réditos ni relevancias.
Nosotros utilizamos el término diácono en su función pastoral y de culto, más es menester entenderlo en su faz primigenia, más relacionada a las tareas de los esclavos que a cualquier ordenación religiosa.
Es la misma raíz del Maestro que se hace servidor de todos, último entre los últimos para no dejar a nadie atrás, para impulsarnos a todos hacia adelante, aún a costa de su propia vida.

Un niño será, al igual que en Belén, la señal definitoria. Jesús lo abraza con una ternura mayor, una ternura que las atrocidades cometidas en los últimos años nos han ensombrecido de asco, de dolor y de temor. SIn embargo, ese abrazo es revelación, y no refiere únicamente a lo pueril, a la protección irrenunciable a la infancia que debemos ejercer a cualquier costo.
Tiene que ver con el entorno sociojurídico del siglo I en Palestina: un niño tiene menos relevancia que las mujeres y los esclavos -es apenas algo más que nada- y solamente se lo tiene en cuenta por ser un proyecto de adulto y por ser hijo de, es decir, propiedad cosificada de su padre.

Un niño es un sin derechos, un nadie, alguien que no es tenido en cuenta, y el abrazo y la enseñanza de Jesús de Nazareth es revelación de Dios, de un Dios que hasta para las mentes más endurecidas, se pone abiertamente del lado de los excluidos, de los nadies y más aún: Él está allí, y su rostro resplandece en los que nadie tiene en cuenta, y por eso mismo la misión de los discípulos -de todos nosotros- ha de comenzar abrazando a los últimos, hundiendo nuestros pies en el fango en donde languidecen tantos Cristos olvidados, desde el servicio y la compasión, frutos nuevos y primeros del Reino.

Paz y Bien

Cuando todo se hace posible



Para el día de hoy (24/02/14):  
Evangelio según San Marcos 9, 14-29


Al llano nuevamente.
Jesús de Nazareth se ha transfigurado frente a sus discípulos en la cima del monte Tabor; lo han visto resplandeciente, conversando con Moisés y con Elías, y la voz de Dios les ha dicho que es el Hijo amado al que deben escuchar. Pedro quiere perpetuar ese momento armando unas tiendas, pero el Maestro se niega. Es menester regresar al llano, descender de la montaña allí en donde la luz no abunda, donde campea el dolor, donde tanta falta hace la esperanza.

Allí mismo -destino inmediato de la misión- se encuentran al resto de sus discípulos en franca y encendida discusión con algunos escribas. El motivo: la incapacidad de esos discípulos de sanar a un niño que sufría los terribles golpes de lo que se consideraba posesión por un espíritu maligno, y que hoy -de acuerdo a la precisa descripción del Evangelista- identificaríamos como epilepsia en alguna de sus duras variantes.
En cuanto a la cualificación médica, quizás no sea tan importante: lo que cuenta, ante todo, es el que sufre. Pero la carga es aún mayor si nos ubicamos en la perspectiva de un concepto religioso que justificaba la enfermedad como causa directa del pecado -propio o de los padres- y a su vez desemboca en una condición de impureza ritual, de exclusión absoluta. En esa mentalidad todo está dicho y no hay retorno, y el doliente ha de quedar relegado a su suerte y su penar, y es por ello que los escribas discuten con varios de los discípulos.

Unos, enojados porque las fórmulas empeñadas no le han servido esta vez, a diferencia de los éxitos pretendidos de la misión anterior. Se descubren impotentes frente a la posesión del niño, y es una gran verdad que no terminan de entender ni de aceptar: de Dios proviene el bien, la salud, la Salvación. Ellos son mensajeros, pero el mensaje no les pertenece, y apenas confían en sí mismos, cuando en realidad deben fiarse de Otro.
Los otros, con otra clase de enojo. Escribas rigurosos que no pueden tolerar que no se les solicite autorización, que haya gentuza galilea -kelpers judíos-actuando en nombre de Dios, que no aceptan que pueda trastocarse ese orden cruel que ellos imponen y que creen de origen divino.

El Maestro se enoja. Es un enojo magnífico, porque la mansedumbre no es cobardía ni una reducción temerosa. Su enojo no se debe solamente a la falta de fé, a esa incredulidad que puede respirarse en ese sitio, sino también a la compasión que está ausente. Y es un enojo frutal, pues no se queda en la pura crítica abstracta, sino que pone manos y corazón a la obra: para el amor de Dios que se revela en Jesús de Nazareth -que se revela y se rebela- nada ni nadie puede anteponerse al que sufre.

El papá de ese niño vacila en su confianza en Jesús, pero aún así le suplica su auxilio. Porque es mucho el dolor -es dolor de un hijo, es un sufrir doble- y es de larga data. Pero esa vacilación no es una mancha, sino es signo de un alma que busca y no se resigna, y de nuestro peregrinar de fé esas dudas son bendición y crecimiento.
Porque la fé es don y misterio, y todo es posible desde esa fé que es totalmente personal. Porque no se trata de adoptar una religión, ni adherir a un sistema de ideas, sino y ante todo, de confiar en Alguien, en Jesús de Nazareth. Si queremos y confiamos, los imposibles ya no serán tales.

Y la oración opera milagros, desaloja demonios, es río santo de salud y liberación. Porque orando no repetimos fórmulas, orando nos ponemos en la misma sintonía y trascendencia de ese Dios que nos habla, y que es Todopoderoso porque ama sin límites ni condiciones.

Paz y Bien

Sentido y destinación

Para el día de hoy (23/02/14):  
Evangelio según San Mateo 5, 38-48



Comenzaremos por el final, por el indicio mayor que nos brinda el Evangelio para el día de hoy, y que es el mandato a ser perfectos como es perfecto el Padre del cielo. Este mandato es súplica, es clave y es horizonte  Toda esta enseñanza crucial que nos ofrece adquiere sentido y carácter único cuando la perspectiva luminosa de la eternidad entretejida en lo cotidiano -realidad tangible, accesible, al alcance de todo corazón- brinda destinación identificaria, de carácter y trascendencia.
-hablamos de destinación como mínimo artilugio para diferenciarnos del término destino, que a menudo se lo supone ya trazado y al cual hay que resignarse-.

Por ahora, sólo arriesgaremos que ser perfectos como Dios no implica el trazo de un abismo infranqueable, una perpetua zanahoria de utopías inaccesibles, sino más bien en la integridad de amar como Dios ama, y emigrar definitivamente a sus territorios, a la geografía asombrosa de la vida que se revela en Jesucristo.

Quizás el primer paso sea el descubrimiento del prójimo. 
La Ley mosaica dirimía la cuestión identificando al israelita y al forastero -el extranjero asimilado en tierra judía- por un lado, y por el otro el extranjero, con quien no se tiene vínculo ni condicionamiento moral, y al que es dable y deseable odiar, buscar su destrucción. Es menester, claro, ubicarnos en el contexto: el extranjero -para un judío del siglo I y antes también- era el símbolo de lo ajeno, de lo extraño, del enemigo, de la derrota, la opresión, el exilio y la esclavitud. Si se quiere, el extranjero es el que siempre está dispuesto a nuestra destrucción.
En esta perspectiva se ubica la llamada lex talionis, ley del Talión, uno de los primeros indicios universales -en toda la historia humana- de ordenamiento legal, de pautas de convivencia. Ley necesaria, pues primero morigeraba los efectos devastadores de las venganzas, y con el tiempo suplantó una lesión o daño igual al conferido por una pena equivalente -una reparación económica o una pena carcelaria, hasta la pena capital-.
La Ley del Talión. con sus evoluciones y sus adaptaciones históricas, es la idea primera de las diversas vertientes del derecho -especialmente del penal- actual, imprescindible para cualquier ordenamiento social.

Jesús de Nazareth no es un rebelde congénito que llama a ir contra Talión, sino que impulsa a ir más allá. Mucho más que un mérito, y en la vecindad de una locura sindicada como tal por el mundo, Jesús apaga el detector de enemigos. Siempre falla, y nos suele enviar pésimas señales e imágenes.
Se trata de descubrir, invariablemente, al otro como propio, y no es un sentido de posesión ni de exclusividad diferenciadora de ajenos, aún en el ámbito de la fé profesada, y precisamente allí se juega el desafío mayor.

Los clásicos -y la cultura hebrea también- traducían el término amor de tres modos distinto: como eros, como philos y como ágape.
Eros relacionado a lo romántico, a lo sexual, a lo corporal.
Philos relacionado al ámbito de la razón, de la aceptación mental de un igual o a la asimilación voluntaria de una idea -de allí filosofía, amor a la sabiduría-.
Ágape, al amor con el que Dios nos ama, a todas las mujeres y los hombres de toda la historia, de todos los tiempos, generosa e incondicionalmente, un amor que es celebración y que no se acota a ciertas limitaciones que solemos imponer. Ágape, el amor asombroso que entrega sin vacilar la vida para que otro sobreviva.

Ése y no otro es el mandamiento de este amor, y sólo puede explicarse y asimilarse desde el mismo Dios que lo inspira porque es su misma esencia. Un amor que -decía con enorme veracidad la Madre Teresa- duele, pero sin el cual la fé cristiana es una vertiente moral más, muy respetable, pero sin un distingo y sin trascendencia.

Porque todo comienza y se decide aquí, y el más allá ha de manifestarse en nosotros en el día a día.

Paz y Bien

La gran responsabilidad y tarea de Pedro




La Cátedra de San Pedro, Apóstol

Para el día de hoy (22/02/14):  
Evangelio según San Mateo 16, 13-19


Las casualidades no existen excepto en las elucubraciones que nuestra razón adjudica a procesos azarosos. En rigor de verdad, existen causalidades, conexiones, y en cierto modo, podríamos afirmar que las casualidades son esos momentos en la historia en que Dios deja su huella con un seudónimo, en silencio, invisible a miradas comunes pero evidente a los ojos de la fé.

Por ello los acontecimientos del Evangelio para el día de hoy los ubica Mateo en Cesarea de Filipo. Es la antigua ciudad helénica que rendía culto a ignotos dioses -el dios Pan-, que se edifica en honor del César y lo considera un dios, y por ello le erige un templo, es el fasto que exhiben los vasallos a los opresores de quienes depende su poder. No es una ciudad extranjera pero casi se escapa de los límites del tetrarca Filipo: es el Israel que se desdibuja por la confluencia de gentiles, es el símbolo del sometimiento a Roma, es el confuso lugar en donde se rinde culto a dioses muertos y falsos, y que se sostiene a fuerza bruta de legiones romanas.

Allí, al borde el monte Hermón -punto máximo del norte hacia el que llegará el Maestro en su ministerio- Él les pregunta a los discípulos quien dicen las gentes que es, cual es su identidad. 
Ese pueblo padecía desde hacía muchos siglos la ausencia de profetas; por ello la voz inclaudicable del Bautista les resultó tan importante, y también la del Maestro. Por ello mismo, en esas ansias que todos ejercemos, trasladamos a la búsqueda de la verdad nuestros deseos y frustraciones, y así ese rabbí galileo se les hace el Bautista redivivo, Elías, alguno de los antiguos profetas. Intuyen que viene de Dios, pero se quedan en el plano humano nomás. Porque reconocer a Jesús de Nazareth como Hijo de Dios y Salvador no es cuestión de razón sino más bien de co-razón, y ése es terreno del Espíritu de Dios que todo lo ilumina.

Simón hace una confesión tan contundente, que prácticamente no tiene parangón: sin ambages ni vacilaciones, afirma en esa ciudad enrarecida que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Es Simón ben Jonás el que habla, pero es el Espíritu de Dios quien le dicta las palabras, quien le revela la verdad mayor, y Simón dejará de llamarse Simón y será Pedro -Petrus, Cephas, piedra- sobre el que el Señor edificará la Iglesia. Porque es Dios quien edifica, siempre- y nosotros somos apenas unos simples albañiles escasos.
Pedro es también piedra por cabeza dura, por aferrarse endurecido a viejos esquemas muertos, por dejarse llevar por los estados de ánimo, por pensar que puede reprender al Maestro cuando éste le revela el destino de cruz de su ministerio.

Aún así, Pedro es el que dará solidez a los corazones y confirmará en la fé a sus hermanos. Pedro y todos los Pedros que lo sucedan.

No hay casualidades. En esa ciudad en donde parpadean constantemente las luces mustias de ídolos muertos, de dioses falsos, de imperialismos y opresión, allí se abren las puertas de un ámbito nuevo, de espacio y recinto amplio, mesa para todos en donde la muerte -inevitablemente- retrocede. Se trata de la familia que llamamos Iglesia, y que es mucho, muchísimo más que una estructura, una institución, poderes establecidos. Es en donde florece el Reino, un reino extraño en donde la nobleza la encarnan los últimos, y los principales son servidores incondicionales de todos los demás.

La tarea de Pedro es enorme, y no puede con ella en soledad. Siempre lo asistirá el Espíritu del Resucitado y el auxilio y la ayuda de los otros discípulos. 
Pedro, como roca, no adquiere privilegios ni coronas, sino responsabilidades mayúsculas de servicio. La tarea de establecer lazos entre los hermanos que se han separado, hacedor de puentes de fraternidad y justicia -literalmente pontífice significa hacedor de puentes- y debe también desatar nudos, todas las coyundas que oprimen y suprimen la vida, minimizan la humanidad, impiden la alegría.

Su misión es misión de comunión, de anuncio siempre joven y nuevo, de apertura de miradas, del Reino que está ahora y aquí entre nosotros.

Dios nos cuide a Pedro.

Paz y Bien

Cuestiones de marginales



Para el día de hoy (21/02/14):  
Evangelio según San Marcos 8, 34-9, 1


Es usual la afirmación de que cargar la cruz de cada día implique el piadoso ejercicio de la paciencia, llevando con nosotros todo aquello que nos lastima, nos hace daño, nos resulta gravoso. Ello también puede referirse a los aconteceres que nos vá deparando la existencia en el día a día -tantos dolores que se nos confieren- como así también las miserias propias en las que solemos sumergirnos. Todas ellas son señales dolorosamente mortuorias y, en cierto modo, cruces, y por ello mismo es que vivimos de este modo este pasaje del Evangelio que en el día de hoy se nos ofrece.

No está mal, es claro, porque ello supone un acto de fé, un compromiso, un atisbo de la Buena Noticia.

Más en realidad, Jesús de Nazareth siempre está a una distancia sideral de nuestras limitadas expectativas; será que toma distancia para que emprendamos la marcha con nuevos bríos hacia un horizonte que la rutina nos desdibuja.
Porque lo que el Maestro está proponiendo es que nos atrevamos a encarar el éxodo de aprendices/discípulos al de marginales para mayor gloria de Dios.

Cargar la cruz no implica necesariamente preanunciar un fin de espantos, como es la crucifixión. Cargar la cruz es asumir la condición de aquél que porta la cruz camino a cumplir su condena a muerte, la del despreciado por los mirones de la calle, de aquél cuya dignidad humana primordial es hollada y atropellada como una exhibición macabra. 
La cruz era el suplicio romano prescrito para los criminales más abyectos; para la fé de Israel, además de esta imposición legal de la pax romana, significaba también adquirir el carácter de maldito. 

Así entonces, cargar la cruz siguiendo a Jesús significa hacerse -voluntariamente- el último entre los últimos. Es renunciar a todo ego, y difuminar cualquier pretensión finalista para volverse un medio del Reino de Dios.
Es la ilógica de la abnegación, que fué, es y será motivo de asombro y escándalo, porque los que siguen de ese modo a Cristo se recubren de indignidad para ser los más dignos, se ubican al fondo de todo y serán por la Gracia los primeros, y desafiando toda lógica, afirman con cada respirar que es bueno, que es santo y que es necesario, a menudo, entregar la vida sin condiciones para que no haya más crucificados, para que otros vivan.

Seguir a Jesús es atreverse a reemplazarse uno mismo por Cristo, Dios entre nosotros, Dios por nosotros, Dios en nosotros.

Paz y Bien

Oración a Nuestra Señora de Coromoto por Venezuela


PATRONA DE VENEZUELA

Señora del Coromoto,
Patrona de Venezuela,
la más esplendente guía
en estas cálidas tierras
donde con ella no hay sombra
y sin su luz hay miseria,
donde con ella no hay sustos y zozobras hay sin ella,
Señora del Coromoto la de celestes promesas,
de ti nos venga dulzura y de ti vénganos fuerza
para hablarte del destino que la Patria te encomienda.

Patria de eternas llanuras y de montañas eternas,
Patria de proceros ríos y de líricas palmeras,
Patria de fértiles valles y de inexploradas selvas,
Patria del Ávila en roca y de Caracas en seda,
Patria del Coquivacoa y de la Guayana intensa,
del Tacarigua plateado y de las andinas sierras,
del Orinoco sin bridas y de la Parima enhiesta,
la de Coro y de San Carlos y Cumaná la primera,
de Calabozo y Barinas con mugidoras dehesas,
de Guanare y Barcelona y Maracaibo y Valencia,
de Angostura hecha de oro y de Porlamar de perlas,
ciudades para la historia en la paz como en la guerra.

Señora del Coromoto, Patrona de Venezuela,
te va en nombre de la Patria esta ingenua voz poética,
y te dice en recio tono popular, Señora bella,
que la Patria de este canto no es una Patria cualquiera:
es la Patria de Bolívar, Padre de la Independencia,
la Patria de Sucre y Vargas, de Ribas y de Urdaneta,
del catire José Antonio el de la lanza perfecta,
del girondino Miranda el hombre de la Bandera,
de Eulalia Buroz la rubia y de la negra Matea.

Señora del Coromoto, Patrona de Venezuela,
la Patria de este romance no es una Patria cualquiera:
es la Patria del glorioso sabio don Andrés de América,
varón del civismo puro, jerarca de nuestras letras
con su Oración y su Silva cual dos encendidas teas,
la Patria de Sanz y Roscio con sus flores de elocuencia
y la de Simón Rodríguez el de la mano maestra,
la de Sanoja y su antorcha de Comentarios, la buena
Patria de Cecilio Acosta con su vida y sus poemas,
la de Maitín y Lozano, de Lamas y Landaeta,
de Teresita la magna, de Rojas y Michelena,
la Patria de Pancho Lazo el ángel de los poetas
y de Arturo Celestino el querubín de la Iglesia
con su voz de hierba y lluvia y con su nombre de estrella.

Señora del Coromoto, Patrona de Venezuela,
la Patria de este romance no es una Patria cualquiera:
es tu Patria, la más noble, es tu Patria, la más bella,
en Barquisimeto suaves crepúsculos de leyenda,
clavellinas en Aragua y frailejones en Mérida,
la grave Patria del Guácharo en la legendaria cueva,
la Patria de los Diablitos de Yare, la pintoresca
Patria feliz del joropo en la noche parrandera
y del merengue agridulce en barloventeñas tierras,
la Patria de Cantaclaro al pie del arpa apureña
y la del sin par Delpino en la Caracas chancera.

Señora del Coromoto, Patrona de Venezuela,
la de este ingenuo romance no es una Patria cualquiera:
cuida pues de ese tesoro que a tu cuido se encomienda
y jamás en él permitas ni la más pequeña mengua.
No dejes que manos turbias entren a saco en la huerta,
ni que las manos cobardes lo pongan todo a la inversa:
sobre la rosa la espina, sobre el alma la materia,
la sombra de la ignorancia sobre la luz de la idea,
sobre el orden la injusticia, sobre el derecho la fuerza.
No dejes, linda Señora, que se acumulen riquezas
mal habidas ni se cambie decoro por desvergüenza,
ni se caliente la fama con humo de pajas secas,
ni viles estupradores acaben con la inocencia,
ni rábulas ominosos la ruta del foro tuerzan,
ni pedagogos incultos echen a perder la escuela.

Cuida, Señora, las cosas que la explotación desmedra,
las minas y los ganados, el petróleo y las maderas,
y procura que estos dones de rica naturaleza
para los pueblos y campos en bienestar se conviertan.

Que no haya niños desnudos ni madres en la pobreza,
que no haya peste en los hatos ni gusano en sementeras,
que no haya bajo los puentes destartaladas viviendas,
que no haya jefes civiles exactores en aldeas,
que la gente cante el Himno y al viento ice la Bandera
con el corazón gozoso y la conciencia serena.
Y lo principal, Señora: que por doquier se mantengan
cerradas las ambiciones y las cárceles abiertas.

Así, Señora del Día, Luz del Sol, Señora Excelsa,
serás la mejor y linda Patrona de Venezuela,

Luis Barrios Cruz
poeta guanareño


Sumamos desde aquí, desde el sur del continente, nuestra oración a la Madre de Dios en estos momentos tan duros, para que ante todo y entre sus manos la vida se proteja y se respete, en libertad, justicia y paz.
Así sea.

Paz y Bien para Venezuela

Ricardo

Imágenes de Cristo



Para el día de hoy (20/02/14):  
Evangelio según San Marcos 8, 27-33



El Evangelista Marcos sitúa hoy el ministerio de Jesús de Nazareth en los poblados cercanos a Cesarea de Filipo, y es mucho más que un dato geográfico. 
Hasta hace poco, ha curado y enseñado en Betsaida, y se desplaza a aproximadamente cuarenta kilómetros al norte, casi al pié del monte Hermón: ese será un límite físico y también teológico -espiritual- pues no irá más allá. A partir de allí, todo será ruta hacia el sur, hacia Jerusalem, al encuentro decidido y libérrimo con el odio encendido de sus detractores, hacia la fastuosa capital, al enorme Templo y, por sobre todo, a su crucifixión y su muerte.

Cesarea de Filipo no es otra ciudad más en su periplo, sino que está cargada de gravosos símbolos. Edificada en un principio para el dios griego Pan, luego se la rebautizó Cesarea en honor del emperador César Augusto, a tal punto de edificar un templo a ese César deificado. Con el tiempo, se le añadió el término de Filipo en homenaje al tetrarca que imperaba en ese tiempo, Herodes Filipo, uno de los hijos de Herodes el Grande -hermano del conocido Herodes Antipas, asesino del Bautista-. 
Allí confluyen, entonces, rituales de deidades de la naturaleza, la divinización del César y el culto al poder y a los poderosos, y es precisamente allí en donde Jesús de Nazareth les pregunta a los discípulos qué dicen las gentes acerca de quien es Él.
Que el Bautista, que uno de los profetas, que es Elías regresado es la respuesta, y es que el Maestro suscitaba distintas reacciones entre los que accedían a sus signos y enseñanzas. Sin embargo, es obvio que cada respuesta se adecua a las expectativas personales y nó a la inversa. En la mentalidad colectiva predominaba un Mesías sucesor de la dinastía davídica que restauraría mediante el poder militar las antiguas glorias de Israel; más aún, algunos querían apurar esa llegada con un uso religioso de las armas, tal el caso de los zelotas, mientras que otros suponían que con el cumplimiento estricto y puro de la Ley -los fariseos- acortarían la espera.

Pero todas las respuestas refieren a un hombre, a un hombre extraordinario o a un súper hombre, pero a un hombre al fin. Y en su horizonte no pueden concebir a un Mesías servidor, humilde y manso que se vista de derrota, que deje las manos libres a los violentos para que se ensañen con él, un Mesías abnegado y entregado como un cordero al sacrificio.

Por ello mismo, les pregunta a los discípulos -a los Doce, a todos y cada uno de nosotros- con un énfasis inusual cual es la idea que tenemos de Él.
Pedro toma la palabra en nombre de todos, pues Pedro es la roca en donde afirma y confirma su fé la comunidad. Y Pedro está asistido por el Espíritu de Dios, y por ello confiesa que ese Jesús que comparte con ellos caminos, cansancios y pan es el Cristo de Dios, el Mesías esperado.

El Maestro manda guardar silencio acerca de esta verdad. No hay difusión ni publicidad que valga, y se acerca la noche oscura: las comprensiones se abrirán al alba de la Resurrección, y tal vez por ello quiere prepararlos para los días bravos que están por venir.
No es fácil de asimilar, pues todos tienen y tenemos moldes viejos que nos resultan costumbre diaria y comodidad, y la fé exige un salto sin red que no cualquiera se atreve a dar. Por ello mismo quizás Pedro comienza a reprenderlo, con el mismo enojo empeñoso que solemos poner cuando los proyectos de Dios no se adecuan a lo que suponemos, cuando lo que pedimos no se adapta a lo que Dios nos brinda a diario y de continuo.

Así, ese Cristo sufriente y derrotado, hermano de todos los crucificados de la historia se identifica con muchas imágenes que solemos adjudicarle. 
Un Cristo lejano y glorioso, bien del cielo y ajeno a estos andurriales del mundo. O quizás un Mesías revolucionario. O un Salvador dulcemente banal que nunca incomoda, encarnación de un Dios al que creemos manipular mediante la acumulación de actos piadosos. Tantas imágenes como ansias y expectativas le adosamos.

Jesús de Nazareth nos regala una pista asombrosa, magnífica. Se identifica como Hijo del hombre, Hijo de la humanidad, y en ese título está su misión, su ternura y su ofrenda perpetua, un Dios jamás desentendido de lo que nos sucede, un Dios que ha asumido nuestra limitadísima condición para ascender, peldaño a peldaño, a un cielo que comienza aquí y ahora.

Paz y Bien


ir arriba