Migajas de misericordia para un nuevo día
















Para el día de hoy (14/02/19):  

Evangelio según San Marcos 7, 24-30









La lectura del día nos ubica, nuevamente, fuera de las fronteras de Israel; probablemente, el Maestro buscara un lugar un poco más reservado en el que pasando de incógnito pudiera descansar, retirarse con sus amigos para orar y restablecer fuerzas. Quizás sea ése el motivo antes que el de un viaje netamente misionero, pues la misma Escritura nos señala que Él no quería que nadie se enterara de su presencia.

Estamos en las cercanías de la ciudad de Tiro, traspasando la frontera norte de Galilea, territorio netamente pagano en el que se ubican numerosas familias campesinas de origen galileo, es decir, judías, y tal vez en uno de esos hogares el Maestro busca hospitalidad.
Los campesinos galileos de esa zona eran de origen muy humilde y, con frecuencia, despreciados enconadamente por la clase rica y sofisticada de la zona. Los tirios, históricamente, desprecian a los judíos, y su esplendor económico y cultural es una zona de activo comercio- los lleva a mirar de arriba hacia abajo a esos granjeros pobres que hablan otro idioma y tienen una religión extraña y cerrada.

Pero la fama sanadora y de apertura -Él recibía a todos- de Jesús de Nazareth lo precede y excede largamente las fronteras de Israel, y nada de pasar inadvertido. Una mujer se entera de su presencia, y corre a postrarse a sus pies.
El Evangelista destaca que se trata de una mujer pagana de origen sirofenicio; ello es importantísimo, pues indica tanto su condición religiosa -no es judía.- como su origen, que para los hijos de Israel es el epítome del enemigo acérrimo. Pero hay una tercera condición, y precisamente es que se trata de una mujer que se dirige abiertamente, quizás a los gritos, a un hombre que no es de su familia, ni de su cultura Para colmo este hombre es un rabbí judío, no tirio, no similar a sus vecinos.
Con todo eso en contra, ella se atreve y confía pues su pequeña hija sufre y no puede encontrar una cura al mal que le aqueja, confía en ese joven rabbí galileo que a nadie rechaza. La fé atraviesa todas las fronteras que se imponen, especialmente aquellas férreamente instaladas en las honduras de los corazones y las mentes.

La respuesta del Maestro sorprende por su dureza. En un primer momento nada contesta a las súplicas de la mujer, quizás manteniendo distancia por el atrevimiento y deseoso de no generar escándalos en ese lugar en donde le han recibido. Pero luego expresa su negativa a ayudarla con un tono despectivo: los perros es el término para el desprecio hacia lo distinto, lo impuro, lo que se execra -al día de hoy lo seguimos utilizando como insulto-. Tal vez -sólo tal vez- en el criterio de Jesús de Nazareth persistieran ciertos criterio tradicionales de nacionalidad, etnia, religión de sus mayores, la preferencia de su ministerio en primer lugar para los hijos de Israel.
Aún así, ella no se resigna. Su razonamiento es maravillosamente tenaz, profundamente piadoso y revestido de fé. Ella no está pidiendo nada para sí sino para su hijita enferma, pero en su voz encuentran ecos valientes todos los descartados, todos los que se ha encasillado como indignos o perros a la hora de la bendición y la salvación.

La fé de esa mujer suplica migajas de misericordia y esa súplica amorosa, confiada, es la que conmueve el corazón sagrado del Señor. Y allí se inaugura un nuevo y asombroso día de vida y milagros.

Paz y Bien

Que el Dios de la vida y la paz nos purifique de todo mal















Para el día de hoy (13/02/19):  

Evangelio según San Marcos 7, 14-23








La lectura que nos presenta la liturgia del día no versa exclusivamente sobre los alimentos aptos o permitidos, ni tampoco sobre los criterios de pureza e impureza a aplicar en nuestras vidas y a utilizar como parámetros para juzgar a los demás.

Expresa, ante todo, la miopía espiritual de la dirigencia religiosa del tiempo del ministerio de Jesús de Nazareth, que adjudicaban a causales y circunstancias externas todos los problemas que suceden y el pecado de manera exclusiva, y a partir de allí estructurar toda una serie de ritos vanos para eliminar las potenciales contaminaciones.

La raíz del mal, de lo impuro, de la injusticia ha de hallarse primero en las honduras del corazón humano, y cuando ello se invierte, se corre el riesgo de cierta autosuficiencia religiosa en donde Dios es un ídolo distante que se manipula mediante la acumulación de actos piadosos regulados.

Es menester creer, confiar y trabajar.

En la dinámica asombrosa de la Gracia, tiempo del Reino, es Cristo quien purifica y libera los corazones con su infinita misericordia, un Cristo que sana y salva.
Por él y para Él todo adquiere un nuevo sentido profundo pues todo se orienta hacia Dios y al hermano desde la caridad, donde el rito primordial es la compasión.

Que el Dios de la vida y la paz nos purifique de todo mal.

Paz y Bien

Es Cristo quien purifica y libera



















Para el día de hoy (12/02/19):  

Evangelio según San Marcos 7, 1-13








La discusión que refleja la lectura del día tiene que ver con las abluciones rituales que se realizaban antes de las comidas, estrictas y cuidadosamente reguladas, y que se hacían extensivas a los objetos de uso cotidiano, vasos, copas, vajillas. Esas abluciones implicaban purificarse de todo contacto con lo impuro y más aún, una tajante diferenciación entre lo que ellos suponían sagrado y lo profano.

Allí está el centro de la disputa: los discípulos, a instancias del Maestro, no se preocupaban en demasía con estas cuestiones, cuando según los criterios imperantes debían empeñarse en los ritos con inusual severidad dado su contacto con impuros rituales evidentes como los enfermos, y profanos totales como los gentiles.
Seguramente subyace la acusación de que el Maestro y sus amigos no saben distinguir las cosas de Dios de las que no lo son.

Las consecuencias son graves, pues tras esos criterios se esconde una mirada que infiere unos pocos puros y una miríada creciente de impuros e indignos de acceder a las bendiciones divinas.

Porque Cristo era observante y respetuoso de las tradiciones de sus mayores pero descreía de esa tendencia rígida que implicaba el rigor de los gestos y apariencias que han perdido sentido pues olvidan tanto el bien del hombre como al Dios que le otorga sentido.

Es un tiempo distinto el tiempo de la Gracia, todo es nuevo, todo se re-crea. Los ritos son importantes, pero no serán estos ritos los que purifican ni indican sacralidades sino que es Cristo quien purifica y libera y donde está Él acontece lo sagrado, pues el templo principal es el corazón del hombre en donde Dios hace morada. Cada vida es sagrada, única, irrepetible.

Paz y Bien

Prendidos del borde de su manto, aferrados al Nombre de Dios

















Nuestra Señora de Lourdes

Para el día de hoy (11/02/19):  

Evangelio según San Marcos 6, 53-56









Jesús de Nazareth y sus amigos regresando de tierra extranjera, desembarcan en Genesaret, que es una planicie fértil que se extiende entre Cafarnaúm y la fastuosa Tiberiades -ciudad construida por Herodes en homenaje al emperador romano-. Es decir, nos situamos nuevamente en territorio judío; esto será muy significativo en referencia a los versículos posteriores.

La escena es sobrecogedora en la extraña mixtura de horror y de confianza en ese Cristo que pasa: de toda la región comienzan a llevar al lugar en donde Él se encontraba un río incontable de enfermos, llevados por los suyos en las camillas en donde languidecen sus vidas. 
Esas camillas no son angarillas al modo convencional ni tampoco se ajustan a la idea contemporánea del traslado de enfermos, en donde puede hallarse cierta comodidad y eficacia en la movilidad; en realidad, se trataba de los colchones utilizados por los pobres -krabattois-, que en estos casos se toman de los cuatro extremos por familiares o amigos para llevar a los dolientes donde el Señor.

Hay aquí dos cuestiones que no es posible pasar por alto; por un lado, son principalmente los pobres los más receptivos y sensibles a la presencia del Salvador. Por otro lado, las rígidas normas religiosas imperantes consideraban a las enfermedades como causal de contagiosa impureza ritual, y a menudo se entendían como consecuencias directas de los propios pecados o de los padres. Por ello estremece aún más que esa multitud que lleva a todos sus enfermos se componga de excluidos, de impuros, de aquellos que nadie quiere cerca, que nadie acepta, que usualmente se rechaza y deja de lado.

La fé redescubre valentía, y hay mucho coraje en esas gentes, un coraje que es producto de la confianza que ponen en ese Cristo caminante. La impureza ritual es contagiosa, y por eso el impuro no debe entrar en contacto con quien no lo es, bajo apercibimiento de transferir tal condición al otro: el Maestro a nadie rechaza, y aunque sólo intenten tocar el borde de su manto, lo tocan a Él, le confieren -multiplicado por miles- ese rótulo que deviene a su vez en un Cristo impuro y excluido también.

En los tiempos del ministerio del Señor, la vestimenta también se ajustaba a la Ley y por ello poseía características simbólicas importantísimas. Un varón judío normalmente se vestía con una túnica larga -jalut-, confeccionada en lana o lino, que le cubría el torso, los brazos, las piernas; su cabeza se cubría con un paño o con un turbante que además protegería la nuca y la parte posterior de la cabeza. Finalmente, utilizaban un manto o talit/tallit, que era una pieza de tela cuadrada y sin costuras, que se colocaba sobre la túnica. En los cuatro extremos del talit se anudaban flecos o borlas que representaban el sagrado e impronunciable Nombre de Dios -YHWH-.
Algunos hombres, especialmente los fariseos, solían extender la longitud de esos flecos como señal de una piedad profunda, pura exterioridad.

Pero las gentes sabían bien que significaban los bordes del manto de Jesús. El Evangelista es taxativo al respecto: todos los que tocaban esos flecos quedaban sanos.
Ello implica, a simple vista y contra toda crítica feroz que se le realizaba por su pretendida heterodoxia religiosa, que Jesús de Nazareth era un varón judío observante de las tradiciones y la fé de sus mayores.

Esas personas que ansiaban tocar esos flecos no realizan una acción teñida de superstición, pues superstición es la fé que se corrompe y por ello se deposita el corazón en ciertos objetos, una idolatría encubierta. Nada de eso, y quizás bastaría observar la fé de los más pobres, de hoy y de siempre.
Esas personas tocan los flecos porque se aferran al Nombre de Dios, que es Salvación, que es salud.

Nosotros también, con nuestras miserias a cuestas, deberíamos emprender el mismo camino. Confiar, confiar aunque todo diga lo contrario. El Cristo de los caminos a nadie rechaza, a todos acepta, y es menester aferrarnos al borde de su manto, a su Nombre Santo para recibir la inmensa bendición de su Gracia, sol de justicia en toda nuestra existencia, alba perpetua de Salvación para todas las naciones.

Paz y Bien

Renovar a diario las redes de confianza y fé

















Domingo 5º durante el año

Para el día de hoy (10/02/19):  

Evangelio según San Lucas 5, 1-11








Plano y contexto, contexto y plano.

En el plano simbólico, el mar representa para numerosas culturas de la antigüedad -especialmente la judía- el caos, las fuerzas nefastas que se oponen a Dios, que todo se tragan en terribles remolinos sin control. De ese modo, la presencia de Cristo y su impulso a navegar mar adentro posee el profundo significado que Él está aquí para rescatar a los hombres de las fauces del mal, de la perdición, e invita y define la misión de sus discípulos -la Iglesia- como misión de rescate, de salvamento/salvación.

En el contexto, varios de los discípulos de Jesús de Nazareth era pescadores avezados; su oficio, del cual dependía su vida y la de sus familias era, precisamente, la pesca. Por ello, que un campesino nazareno les indique lo que hay que hacer, en un horario intempestivo pues se pesca de noche, es cuanto menos descabellado. Justamente allí está el núcleo cordial de la lectura que nos ofrece la liturgia del día, confiar, confiar en Su Palabra -si Tú lo dices-.
Seguir confiando en Cristo aunque todo indique lo contrario, confiar a pesar de que nos tilden de locos, confiar aunque el mundo señale otros destinos. Confiar y actuar.

Esa confianza fructifica la vida, desaloja la muerte, hace que una inmensa cantidad de pequeños peces librados a su suerte permanezcan con vida. Asombrosos pescadores de hombres que se reconocen indignos de tal compañía, pues los pescadores son ante todo pecadores que no merecen estar en presencia de ese Cristo que siempre estará junto a ellos.

Navegar mar adentro de mares de confianza para que las redes crezcan jubilosas en servicio de paz, de justicia, de compasión.

Paz y Bien

Compasión, expresión humilde de la caridad, fruto del Evangelio

















Para el día de hoy (09/02/19):  

Evangelio según San Marcos 6, 30-34








La compasión era el motor fundamental que animaba el ministerio de Jesús de Nazareth. El miraba con un amor entrañable a las multitudes abandonadas a su suerte y se comprometía con ellos, ponía manos a la obra aún cuando a Él mismo el cansancio y el agotamiento pareciera ganarle la partida: Él nunca postergaba ni razonaba la demora en el socorro, en ponerse en el lugar del otro y así cambiar las cosas.

Ello nacía de sus entrañas, es decir, conmovía las honduras de su ser, y por la fé comprendemos que se trata de un profundo compromiso de amor y ternura de Dios para con los pobres, los humildes, los olvidados.
Desde esa misma fé, desandamos activismos vanos y proselitismos de carácter ideológico, y la compasión se nos vuelve a nosotros también motor y centro de la misión cristiana.

Pero así como se ocupaba de las ansias y el abandono de las multitudes, también se preocupaba por los suyos, por los discípulos, por los amigos.
Que no cayeran en las tóxicas mieles del éxito, en la fútil dialéctica del éxito y el fracaso. Que no se descentren. Que el cansancio no les nuble el horizonte.

Más aú: Él estaba atento a los pequeños detalles, la necesidad de un lugar tranquilo y apacible en donde pudieran comer y descansar.
Esto es importantísimo y es parte de nuestra misión: a menudo nos gana la ambición de los grandes proyectos, pero la compasión comienza por dedicarse con todo el corazón a las necesidades del hermano que está a nuestro lado, su hambre, su salud, su cansancio, su paz. Su bienestar.

Matices de compasión que son expresiones humildes de la caridad que nos enriquecen los días y edifican el Reino.

Paz y Bien

La luz inagotable de los profetas y los mártires














Para el día de hoy (08/02/19) 

Evangelio según San Marcos 6, 14-29








Un profeta es una persona que tiene cosas de Dios para decir, cuestiones de parte de Dios que se dicen claras, fuertes, sin ambivalencias ni sofismas. Un profeta anuncia ese mensaje de Dios pero también denuncia todo lo que se opone a Dios, es decir, todo lo que es contrario a la vida, proyecto infinito de Dios.

Juan, hijo de Isabel y Zacarías era un profeta. Su integridad era humildemente incandescente e incuestionable, de tal modo que su sola presencia pone en evidencia a las gentes y ámbitos sombríos, tenebrosos.
Pero Juan no se callaba. Las mujeres y los hombres del Espíritu no deben callar, no pueden callar, es un fuego intenso y es una cuestión de destino. Los profetas son mujeres y hombres de palabra y de la Palabra.

El pueblo judío escuchaba con creciente agrado la voz rotunda del Bautista, aún cuando su lenguaje solía ser durísimo, a veces amenazador. Él siempre fué fiel, pero no había ingresado al espacio infinito de la Gracia, y persistía en su corazón la imagen de un Dios severo y punitivo.
Aún así, ello no impidió que reconociera al Salvador que se acercaba por entre la multitud, ese galileo joven y humilde que es el Mesías esperado por su pueblo.

Un hombre íntegro, un profeta que no se calla es mucho más que un incordio para los poderosos: un hombre íntegro es una peligrosa amenaza pues no puede ser comprado ni corrompido ni lo amilanará la prisión, la tortura o cualquier violencia.
Por eso es tan opuesta la figura del Bautista encerrado en la mazmorra del palacio y su ejecución sin proceso ni defensa frente a la torpe brutalidad del tetrarca Herodes, de sus mujeres y del corifeo de poderosos y notables que lo acompañan en una mesa que nada tiene de ágape, que es pura ansia de poder, corrupción, superstición.

Aún con los riesgos que son consecuentes a la vocación, hemos de suplicar que el Espíritu de Dios nos siga suscitando profetas, mujeres y hombres que no se callen, que sin otro interés que el ser fieles a la voluntad de Dios digan lo que nadie se anima a decir, hablen con claridad, anuncien buenas noticias y denuncien sin vueltas ni eufemismos todo aquello que no debe ser tolerado ni asumido con tanta naturalidad.

Paz y Bien

Misión de la Iglesia, solidaridad y comunión en pos de la Salvación















Para el día de hoy (07/02/19): 

Evangelio según San Marcos 6, 7-13








El envío de los discípulos en carácter misionero no es un envío cualquiera, ni una campaña que busca ganar adeptos o acrecentar número de fieles. Ante todo, ellos llevan consigo la confianza de Cristo, y serán otros Cristos por los caminos del mundo. Por eso la misión ha de tener rasgos únicos de identidad que se expresarán en signos/señales que brindarán en esa misión que también es servicio.

Irán de dos en dos porque la misión no es individual sino comunitaria, apoyo mutuo que forma familia espiritual. Pero además, siguiendo la tradición judicial judía en la que se establece que un testimonio es veraz por el aporte de dos testigos, tendrán una misión veraz, de verdad que libera.

Tienen poder, claro que sí, pero deben tener en claro que ese poder no les pertenece en lo absoluto, y que afecta a los espíritus malignos, poder sobre las dolencias y no sobre las personas. Su único poder será el servicio, salud y salvación.

Andarán ligeros con sandalias y bastón, pues no hay que aferrarse a nada ni a nadie -sólo a Dios- y junto a Cristo hacerse y hacer caminos.

Quizás el llamado a la escasez de medios parezca contradictorio. En numerosas ocasiones, el Maestro señaló la abundancia del amor de Dios multiplicando vino, peces, panes. Sin embargo aquí no se trata de un tonto pobrismo, sino de poner las cosas en su sitio, que Dios es lo más importante y que por ello jamás se olvidarán de sus hermanos más pobres.

Porque ese andar ligeros abre paso, libera caminos, expresa entre las gentes señales de cercanía y fraternidad, de la cercanía asombrosa de Dios con su pueblo, de su alegre ansia de que sus hijos no estén dispersos, sino reunidos en la mesa fraternal de la existencia celebrada.

Paz y Bien

El Hijo de María de Nazareth, nuestro orgullo y nuestra esperanza












Para el día de hoy (06/02/19):  

Evangelio según San Marcos 6, 1-6






La lectura que hoy nos presenta la liturgia manifiesta el fin de un ciclo en el ministerio de Jesús de Nazareth: hasta ese momento, el fervor de las multitudes y las puertas abiertas en las sinagogas. A partir de allí, seguirá fiel a su misión hasta el final, pero ha de cambiar los métodos.

Curiosamente, la controversia surge de entre sus propios paisanos y nó como era usual entre las autoridades religiosas. Ellos se asombraban del modo en que Él enseñaba y de la autoridad nueva y vital como les hablaba -a diferencia de los escribas-. En cierto modo, estaban cautivados con su predicación, pero a la vez se cierran a aceptar que esa sabiduría y esa autoridad provengan de Dios.

A ese Jesús lo han visto crecer y jugar, trabajar como carpintero, el hijo de María. Tan cercano y parecido a ellos está muy lejos de los esplendores sabios de un Salomón, la magnificencia de los maestros notables, completamente distinto a la idea de lo divino que portaban.

Por ese descreimiento, por esa falta de fé, entre sus paisanos realizará pocos milagros, pues éstos son signos del amor de Dios que se conjugan en tiempo santo con el corazón del hombre. Aún así, sana a varios enfermos imponiéndoles sus manos, acabada señal de las preferencias de Dios.

A nosotros también se nos abre el cuestionamiento. Porque Cristo, Dios con nosotros, tiene la humildad de la vecindad, la cercanía de nuestra pobreza, el parentesco de asumir nuestra cotidianeidad.

El hijo de María, la encarnación de Dios, es el motivo de nuevos asombros y gratitudes por este Dios que se ha llegado a esto que somos y vivimos.

Paz y Bien

Talita Kum, despertar de todos los letargos













Para el día de hoy (05/02/19):  

Evangelio según San Marcos 5, 21-43







Ayer contemplábamos la acción liberadora del Señor en la región de los gerasenos, tierras extrañas, tierras gentiles en donde purifica y sana a un hombre agobiado por un espíritu inmundo, pues la bendición de Dios ha de llegar a todos los pueblos.

Hoy, el Maestro y sus amigos han cruzado nuevamente a la otra orilla, a tierras de Israel. Hay una intensa carga simbólica a la cual hemos de prestar atención: los doce años de la hija de Jairo y los doce años de enfermedad de la mujer hemorroísa refieren a los padecimientos sin remisión que sufría el pueblo judío.
Los médicos -los escribas y fariseos- habían consumido los bienes de la mujer sin sanarla, médicos infructuosos que ya no pueden sanar al pueblo, un pueblo que se apretuja alrededor de Cristo pues intuye que sólo en Él está la liberación que ansía y que no hallan.

Esa mujer, normalmente, estaría condenada al ostracismo debido a las rígidas normas de pureza ritual. Pero en sus hemorragias la vida se le escapa, y a pesar de todo intenta, entremezclada con ese mar de gentes, llegar a las cercanías de Cristo con una tenacidad asombrosa. Ella confía en que sólo tocando el borde de su manto quedará sanada, la confianza en ese Cristo del cual brotan fuentes de vida, y al solo contacto con su manto cesan de inmediato las hemorragias.

El Maestro advierte que algo ha pasado. Los discípulos brindan una respuesta razonable, la multitud que se agolpa es la causante de probables roces. Pero es una multitud que se vuelve masa informe, en donde todo se confunde, y para el Señor cada rostro, cada persona cuenta. Por ello y a pesar de que esa mujer se revista de miedo, temerosa de haber cometido una infracción, puede irse en paz pues por sobre todo prevalece la fé en Cristo, en ese Cristo que todo lo puede y es nuestra salud y nuestra paz.

En el otro extremo, la hija de Jairo. Es una niña que apenas se asoma a la vida, y aún así parece perderse en el marasmo de una muerte temprana. Jairo es el jefe laico de la sinagoga, y ello es la señal de que allí tampoco hay respuestas ni salud: la purificación y la santidad, la vida plena no será ya cuestión de reglamentos ni de ritos tabulados, sino del encuentro profundo con la persona del Señor, fuente de toda gracia.

Los comedidos de siempre tratan de imponer resignación y fatalismo irreversibles, justificadores de los pesares, y duele más cuando ello proviene de los discípulos.
Pero con Cristo finalizan los no se puede, los nunca, los imposibles. Basta creer para cambiar la historia.

¡Talitá kum! es la llamada del Maestro para que la niña despierte del letargo definitivo y regrese a la vida. Él manda a sus papás que la alimenten, signo cierto de que Cristo es el Pan de vida.

Él también nos dice a nosotros con voz fuerte Talitá kum para despertarnos de todas las muertes, para desertar felices de todos los adormecimientos, para volver a creer y espantar a una muerte que ya no tiene la última palabra.

Paz y Bien

En presencia de Cristo, ningún mal se resiste













Para el día de hoy (04/02/19):  

Evangelio según San Marcos 5, 1-20








Los discípulos no salían de su estupor, pues el Maestro, pleno de autoridad, había aplacado la furia de las aguas que embravecidas, parecían querer tragarse la frágil barca en la que navegaban.
Quizás por ello no le prestan demasiada atención a que han desembarcado en tierras gentiles, región de los gerasenos, ajenos a la bendición que suponen se acota al pueblo elegido. 

Van el Maestro y los discípulos, pero el hombre poseído por el espíritu impuro le sale al cruce del paso del Señor: el bien, y el bien absoluto que es Cristo, pone en evidencia el mal que a veces se esconde y camufla de costumbre.

Ese hombre habitaba en los sepulcros, una cruel definición que decide y anticipa que ese hombre está muerto aún cuando su biología indique lo contrario, confinado al hogar de la muerte.
Encadenado y olvidado en el lugar en donde la comunidad no se reune, es parte del paisaje, y las gentes se han acostumbrado a su presencia peligrosa pues es peligroso tanto para los demás como para sí mismo. 

Los gritos que enarbola y que asustan son la letanía quejosa de un dolor que se ha razonado por los demás: la acción primordial de las gentes ha sido encadenar a ese hombre, más no socorrerle. 
A veces las frustraciones y las miserias de muchos se condensan en uno solo, torpe expiación que en verdad expresa que son varias las almas enfermas.

La mención del nombre del espíritu inmundo -Legión- es un reflejo de la situación imperante en la época: una legión romana estaba compuesta por seis mil hombres y era la carta principal para oprimir a muchos pueblos mediante la fuerza, y la identificación del espíritu alienante como legión es la denuncia de todas las opresiones que disminuyen las estaturas humanas, que aplastan, que doblegan.

Pero en la presencia del Señor no hay mal que se resista, y la bendición de Dios en Cristo ha llegar a todas las naciones, a todos los pueblos. Que nunca se deben razonar miserias, a pesar de que muchos siguen hoy mismo defendiendo el derecho a las piaras antes que al bien de las personas.

Cristo es nuestra liberación, y ese hombre con su vida restituida ha de regresar a los suyos con la bendición que no se calla ni se oculta. En esas tierras no hay ansias mesiánicas confundidas como en Israel, y el paso salvador de Dios por la existencia ha de contarse siempre a los demás, tesoro que llevamos en estas vasijas de barro que somos.

Paz y Bien

Cristo de todos, Dios encarnado en la historia
















4º Domingo durante el año 

Para el día de hoy (03/02/19):  

Evangelio según San Lucas 4, 21-30








La liturgia, siguiendo la lectura del domingo anterior, nos mantiene la mirada en la sinagoga de Nazareth, en pleno Shabbat. Allí, leyendo el libro del profeta Isaías, Jesús asume en sí mismo, en la totalidad de su persona el cumplimiento de las antiguas profecías, todos los sueños de su pueblo.

Con una autoridad única que es fruto de su plena identidad con el Padre, Él inaugura un tiempo santo y definitivo, el jubileo infinito de la Gracia, tiempo propicio de justicia y liberación sin espacios para la venganza.
Lo que para muchos es motivo de alegría y celebración, para algunos es ocasión de queja por el orgullo malherido, por viejos esquemas derribados. Porque el Dios de Jesús de Nazareth es un Dios parcial que se inclina con ternura y decisión hacia los olvidados y oprimidos, buena noticia para los ciegos y para los cautivos, liberación para los pobres y los olvidados.
Esa justicia no se mide según los criterios mundanos de retribución, de poder ejercido y de privilegios, sino que surge del amor absoluto e incondicional de ese Dios que ofrece su bendición a todos los pueblos, comenzando por los descartados a la vera de todas las veredas de la existencia.

Como en una tormenta de verano, los asombros ceden paso  a un vendaval de críticas furiosas. Lo que esas gentes suponían propio y exclusivo, el Maestro lo ha hecho extensivo a todas las naciones. Así vecinos y parientes se sienten ofendidos en ese privilegio de saberse únicos receptores de los favores divinos, y el primer paso de acallar las disonancias que las palabras de Jesús les provocan es menoscabar su figura, roer sin compasión su talante.
Por eso es que quieren disminuir su estatura aduciendo que ese Cristo no es nada más que el hijo de José. Tal vez haya un insulto escondido, pues muchos recordarían el embarazo sospechoso de su Madre. Sin embargo, con ello pretenden inferir que Jesús no es más que otro vecino más, alguien a quien conocen y por ello, tan común que no puede esperarse de Él nada especial ni novedoso; por el contrario, al nombrar al carpintero nazareno, tácitamente indican que esperan que Él siga las tradiciones familiares, que se deje de molestar con cosas nuevas, que se limite a lo que de Él se espera.

Pero no se dan cuenta, porque la cuestión primordial es una cuestión de fé: sin advertirlo, al nombrarlo como hijo de José, lo honran sin quererlo. El hijo de José sigue la humildad y la integridad del hombre que lo ha criado y cuidado como padre del corazón, padre en donde de niño descubrió en los gestos mansos de trabajo y ternura el insondable misterio de ternura del Padre Celestial, y tal vez en esas primeras palabras aprendidas halló el modo de revelarnos el rostro de su Dios, Abbá, Papá como el carpintero nazareno.

Para nosotros también es una esperanza que a diario se nos renueva, un Dios encarnado en la historia, que se hace tiempo y vecino, que hunde sus raíces infinitas en la historia humana para fecundarla y re-crearla.

Porque ese Cristo es ofrenda de Salvación para toda la humanidad. Porque ese Cristo es de todos, no de unos pocos, y cuando algunos pretenden apropiárselo mediante criterios, razones o religiones, ese Cristo pasa de largo y sigue su camino, no se deja encerrar y nadie podrá hacerle daño, porque la Pasión es decisión absoluta de su amorosa voluntad y no capricho de los violentos, motivo y persona que fundamenta nuestro alegre hambre de libertad y que nos germina a diario la esperanza.

Paz y Bien


Los fieles, árboles nobles que nadie puede derribar















La Presentación del Señor

Para el día de hoy (02/02/19): 

Evangelio según San Lucas 2, 22-40









La Sagrada Familia cumplia fielmente con sus obligaciones religiosas sin faltar a ninguna, aún cuando debieran realizar un viaje importante desde la Nazareth en donde vivían hasta la Jerusalem del Templo, y el dato es muy importante: responde a que ellos eran judíos fieles hasta los huesos, pero más aún, que el Mesías se enraiza en la historia, la cultura, la identidad y las tradiciones de un pueblo concreto, un Dios que se hace historia y carne con una identidad específica que es el indicio de unas profundas raíces divinas entrelazadas con la existencia humana.

La ocasión es sagrada. De acuerdo a la Ley, todo primogénito de Israel ha de consagrarse a Dios o, en su defecto, ser sacrificado; dada la prohibición de los sacrificios humanos, se obligaba a cambiar esa vida por una ofrenda puntillosamente tabulada. En el caso de la Sagrada Familia, dada su pobreza, la ofrenda se compone de un par de tórtolas o pichones de paloma.
En la sustitución obligatoria, ese Bebé Santo es ofrecido con solemnidad a Dios.
Pero también esa Ley indicaba que la parturienta reciente debía purificarse, pues devenía en impura ritual por los rigores del parto y el contacto con la sangre.

Extraño tiempo. El que viene a rescatar a la humanidad del pecado y de la muerte es rescatado por su padre carpintero con la ofrenda de dos pajaritos.

Extraño tiempo en que la más pura acude, humildemente, a purificarse.

Pero más aún, llegará el tiempo en que ese Niño ya no podrá ser sustituído por sucedáneos, y se entregará al sacrificio para el rescate y la salvación de todos los pueblos en la ofrenda inmensa de la Pasión.

El anciano Simeón y Ana, la hija de Fanuel, son dos abuelos del corazón, esos árboles nobles que los temporales de la vida no derriban jamás, esos que se mantienen firmes en la esperanza sin resignaciones, enteros en la oración, tenaces en el servicio y que nunca abdicarán en la confianza que tienen en las promesas de un Dios que nunca los abandona.

Fruto de esa fidelidad será poder entrever entre la multitud, en ese Templo tan grande, a un Niño tan pequeño que a su vez es el que todos esperan, la luz de las naciones, la gloria de un pueblo y de todos los pueblos.

Paz y Bien

Los humildes y tenaces frutos del Evangelio














Para el día de hoy (01/02/19): 

Evangelio según San Marcos 4, 26-34









El ministerio de Jesús de Nazareth, cuyo epicentro fué su Galilea natal, se desarrollaba en un contexto predominantemente agrícola y Él se valía de de imágenes provenientes de ese ambiente para enseñar a las gentes, quienes lo escuchaban con grata atención, pues aún en parábolas, les revelaba cosas de Dios a partir de cuestiones que vivían a diario.
Algo -mucho tal vez- hemos perdido, no sabemos dialogar con la mujer y el hombre de nuestro tiempo a partir de las cosas que acontecen en su cotidianeidad.

Las dos parábolas refieren a los aspectos personales y comunitarios de la vida cristiana. Si bien, como se señalaba en el párrafo anterior, se despliegan en un contexto agrario, tienen mucho que decirnos en nuestro tiempo, a pesar de los avances científicos, del conocimiento de aquel entonces que se ha superado ampliamente: aún con toda la ciencia, flota en la enseñanza del Maestro el misterio insondable de la gratuidad vida, una vida que es don y misterio y que puja, germina y crece más allá de cualquier esfuerzo.

La humildad de la semilla y el esfuerzo del sembrador no condicionan la asombrosa cosecha que ofrecerá en el tiempo propicio.
El grano de mostaza tiene mucho de ironía, y seguramente arrancó algunas sonrisas a los oyentes de Jesús: el mínimo grano de mostaza se convierte en un arbusto que nada tiene de majestuoso, en franca y alegre contradicción con las imágenes de los cedros del Líbanos, del ébano de los instrumentos y los muebles suntuarios, de la entereza noble del roble. Este arbusto demuele mansamente las expectativas mundanas de gloria y grandeza, pero aún así, tal vez insignificante, tal vez demasiado común, cobra relevancia por convertirse en hogar y refugio de tantos pájaros del cielo.

Pájaros del cielo: todas las mujeres y hombres de buena voluntad que ansían libertad, y que quieren confluir en ámbitos amplios de justicia, de fraternidad, en una familia creciente cuya raíz es la bendición divina, la Gracia de Dios, familia santa que llamamos Iglesia.

Paz y Bien

Luz de Cristo, luz de misericordia, luz de las naciones






















Para el día de hoy (31/01/19): 

Evangelio según San Marcos 4, 21-25









En los tiempos del ministerio de Jesús de Nazareth para la gran mayoría del pueblo las viviendas familiares constaban de un sólo ambiente amplio que hacía las veces de comedor, cocina y dormitorio; la vida nocturna era muy acotada y en las familias más pobres prácticamente inexistente por la falta de luz natural.
Los que podían, y dado que vivían en un tipo de monoambiente, utilizaban una lámpara de barro cuyo combustible era el aceite. Este aceite era caro, por lo cual las familias poseían una o a lo sumo dos lámparas que se colocaban en lo alto de la habitación, para que la luz llegue a todo el ambiente y nadie quede a oscuras: a nadie se le hubiera ocurrido poner la lámpara bajo un cajón o debajo de la cama.
La opción de las velas estaba vedada: eran carísimas, y por lo general se utilizaban para los rituales religiosos o, eventualmente, en los palacios de los poderosos.

Los que escuchaban al Maestro no se mareaban con abstracciones inaccesibles ni con casuística teológica incomprensible para el hombre o la mujer común. Ellos comprendían que Jesús de Nazareth se estaba refiriendo a algo muy valioso e importante, pues lo vivían a diario.

Lo novedoso, lo asombroso de su enseñanza es que esa luz que no debe ocultarse señala sin ambages que ya no habrá arcanos ni formulismos esotéricos para los hijos de Dios.
Su Dios, su Padre, ha salido definitivamente al encuentro de las gentes asumiendo su humanidad en Cristo, un Dios asombrosamente cercano, un amigo, un vecino, un pariente, un hijo queridísimo. Nada ha de ocultarse, nada ha de permanecer escondido pues el mismo Dios se muestra y ofrece generosamente tal como es, amor infinito e incondicional.

La luz que ha de alumbrar a todos los pueblos es la luz de la misericordia, y es la lámpara que por ningún motivo hemos de ocultar, luz que no es exclusiva de nadie ni a nadie excluye.
Con el mundo como una gran casa común a la que cuidar y en la que todos convivimos, hemos de llevar como bandera y blasón cordial esa luz del Evangelio, que no nos pertenece pero que se nos ha confiado.

La calidad de esa lámpara se medirá por lo que se ofrece sin reservas ni acepciones, en la tranquila alegría de sabernos ricos porque hemos compartido lo más valioso que tenemos, el amor de Dios.

Paz y Bien

La siembra del Evangelio nunca se desperdicia














Para el día de hoy (30/01/19):  

Evangelio según San Marcos 4, 1-20








El oscilante dilema entre el éxito y el fracaso ha ganado demasiados espacios, sociales, culturales, políticos y religiosos. Lo podemos percibir en la continua información que nos compele a ponernos del lado de los winners que nó de los losers, y quizás sin darnos cuenta esas categorías que refieren en principio a la pura praxis se han convertido en epítomes éticos.

Tal vez, en determinados aspectos sociales sean variables interesantes o válidas, pero su universalización es peligrosa; en cierto modo, son categorías clasificatorias de los aceptables y de los descastados, cuyo rótulo varía con el tiempo y las modas imperantes.
Lamentablemente también tienen una grotesca incidencia en la vida cristiana.

Ciertos criterios siguen aferrados a las viejas ideas de la acumulación de acciones piadosas en busca de la bendición eterna, con toda probabilidad en el más allá; ello, es claro, en principio no es malo, el error estriba en desalojar del corazón a la insondable Gracia de Dios.
Otros, sin embargo, suponen que detrás de todo fracaso habrá, en tiempo futuro -final, escatológico- una suerte de justa revancha de Dios que revierta esas derrotas.
Finalmente, otros se sumergen en una vida dual, aceptando sin cuestionamientos los fracasos y los éxitos, ambos parte del mísmo círculo de la existencia.

Todas esas posturas tienen visos veraces, pero se resuelven y deciden con parámetros exclusivamente mundanos, renegando inadvertidamente de toda trascendencia.
Por ello la enseñanza del Maestro: el Reino, que ya está presente entre nosotros, es infinito y no se deja circunscribir por nuestros limitados esquemas. 
Como humildes labriegos de extrema confianza, estamos invitados a ser partícipes de la siembra de ese Reino.

Pero la vida cristiana requiere sembradores que se confíen plenamente en la asombrosa y escondida fuerza de la semilla. Cuando se siembra el Reino, cuando se vive el Evangelio -predicándolo en silencio con la propia existencia- no hay desperdicio a pesar de las piedras del camino, de los pájaros hambrientos, del aparente terreno estéril.
Inevitablemente e inesperadamente, la cosecha será abundante, asombrosa y vital.

No hay que desanimarse, ni resignarse, ni dejarse ganar el corazón en vanas perspectivas. La buena semilla del Reino siempre dará frutos santos en todos los terrenos.

Paz y Bien

Iglesia, familia creciente de Cristo


















Para el día de hoy (29/01/19):  
 
Evangelio según San Marcos 3, 31-35






No debió de resultarle, anímicamente, nada fácil ni sencillo a Jesús de Nazareth permanecer inalterablemente fiel al sueño de su Padre, el Reino, que anunciaba e inauguraba a través de todo su ministerio.

Por un lado, sus enemigos enconados que buscaban menoscabarlo mediante el descrédito, el insulto y el desprecio velados, el objetivo de limar su estatura bondadosa frente a un pueblo creciente que en Él confiaba y le seguía.
Por otro lado, sus mismos parientes que no llegaban a comprenderlo, al extremo de considerarlo loco, alienado, trastornado, fuera de sí.
Más la postura de los suyos ha de entenderse en el contexto en que se desarrollaba su ministerio, en esa cultura y sociedad judía del siglo I de nuestra era. Luego de varios siglos de invasiones extranjeras, de dominios imperialistas por pueblos extraños, de exilios, cautividades, destierros y destrucción de los símbolos nacionales, el pueblo de Israel se aferraba al último reducto que preservaba su identidad, y que era precisamente la familia. Aunque familia no debe ser leído aquí con ojos de siglo veintiuno, sino con el carácter propio de esos tiempos, es decir, los naturales lazos biológicos de padres, hermanos, abuelos y los imprescindibles vínculos tribales, de clan patriarcal que implicaban pertenencia y protección.

Ese Jesús que los suyos habían visto crecer, y del que esperaban siguiera el oficio paterno -artesano o carpintero-, que formara una familia, que viera transcurrir sus años en esa aldea galilea cumpliendo cabalmente con la fé de sus mayores, a los treinta años abandona la casa familiar, el entorno diario y se larga a los caminos con una misión que lo impulsa. Parece revestido de un fuego que lo consume, habla de un Dios muy extraño que perdona, que ama, al que llama su Padre, reparte como lluvia fresca por todas partes sanación a los dolientes y enfermos y, como si no bastara, se junta a comer y beber con los despreciados, con los réprobos, con los que nadie en su sano juicio se sentaría a ninguna mesa.
En ese desconcierto es que pretenden llevárselo de regreso a Nazareth, y su presencia en Cafarnaúm -haciéndose anunciar, todo un signo- es la advertencia del ya basta, hay que regresar a lo conocido y dejarse de molestar con estas locuras de Reino, de Hijo del Hombre y de todas esas locuras que seguramente han de atraer desgracias para todos.

En ese grupo que lo requiere ansioso está su Madre. Sin embargo, aún en su no comprender al Hijo que ama, prevalece su corazón manso y enorme, y esas dudas que la acucian han de enaltecerla.

Porque el Maestro no redobla la apuesta profundizando las contradicciones y propiciando una ruptura brutal con lo viejo, con lo antiguo. En realidad, lo que declara con un todo que tal vez incomode es una invitación a ensanchar la familia, a crear vínculos nuevos y mucho, mucho más profundos que los establecidos por la genética y la sociedad.
Invita, nada más y nada menos, a ser parte su padre, su madre, su hermano y su hermana, un Dios que se revela familiarmente cercano, al que se lo conoce no tanto desde la razón como más bien desde los afectos entrañables que no pueden quebrarse ni olvidarse.
Así María de Nazareth es Madre por gestarlo, Madre por parirlo, Madre por cobijar en su alma la Palabra y dejar que germine vida nueva, Madre por escuchar esa Palabra de Vida y Palabra Viva y ponerla en práctica.

Todos, indefectiblemente y sin excepción de ninguna clase, estamos convidados a forjar estos lazos nuevos, extrañas ligazones que atan para liberar, una familia creciente en donde todos son tenidos en cuenta, todos son importantes, todos son queridos y cuidados.
A esta familia algunos la llamamos -con todo y a pesar de todo- Iglesia. Pero quizás lo más importante no sean los nombres identificatorios, sino la inefable y asombrosa cercanía de un Dios Pariente de cada uno de nosotros.

Paz y Bien

La condena de no aceptar lo evidente, el amor de Dios














Para el día de hoy (28/01/19):  

Evangelio según San Marcos 3, 22-30









Los escribas habían llegado desde Jerusalem como inquisidores, inspectores que verificarían la ortodoxia y credenciales del joven rabbí galileo que tenía esa creciente influencia sobre el pueblo, especialmente entre el pobrerío, las gentes más sencillas.

No hay en esos hombres ansias de encontrar verdad, sino un cariz puntual de censura. Su cometido es someterle al tamiz de su ojo crítico que, necesariamente, concluirá del peor modo posible, y por eso, hiciera lo que hiciera el Maestro sería condenado.

No es menor la clasificación que le endilgan: aducen que las acciones de Jesús de Nazareth son el producto del demonio, de servir al poder del Maligno. No importaba todo el bien que había prodigado, los enfermos sanados, el pan multiplicado, los muertos redivivos, los gestos de justicia y liberación, la Buena Noticia que se anuncia a los pobres, el perdón que restaura.

Quizás hoy también, con otras artes no tan sutiles, se menoscaban personas mediante la difamación, y los rótulos de moda sobreabundan.

Esos hombres, quizás sin advertirlo, hacían ostentación de un profundo problema, el drama de no querer ver lo evidente, el bien que florece en todos las acciones y palabras de Jesucristo. A pesar de sus afanes de poder, de sus obtusos criterios religiosos, de las infamias propaladas, lo terrible es que al rechazar la acción de Dios en Cristo ellos mismos se condenan, aseverando así que el perdón y la misericordia de Dios no pueden alcanzarles, pues rechazan lo que no se adecua al tamiz de su ideología.

Es menester por ello tener los ojos bien abiertos, la mirada atenta al paso redentor de Dios por nuestras vidas, y las súplicas de perdón y gratitud prestas y latiendo corazón adentro.

Paz y Bien

El Reino de Dios crece y acontece hoy
















3er Domingo durante el año 

Para el día de hoy (27/01/19):  

Evangelio según San Lucas 1, 1-4; 4, 14-21 







Aquél sábado, en la sinagoga de su pueblo, Él se había levantado para hacer la lectura. Ello respondía al derecho de los varones judíos de leer algún texto de los Profetas y, luego de finalizada la lectura, comentarla y realizar también una admonición.
Seguramente sus paisanos estaban atentos a todos sus gestos y sus palabras: La fama precedía al hijo de María y el carpintero, el que ellos habían visto crecer y creían conocer bien: treinta años entre ellos no eran poca cosa. Sin embargo, este Jesús se había largado a los caminos, y no cumplía con la expectativas que todos habían depositado en Él.
No siguió la tradición de trabajo de su padre, no formó una familia, no se aferró al clan. Con un impulso misterioso se acercaba a los enfermos y a los réprobos, comía con pecadores, se hacía amigo de los olvidados, hablaba de Dios de un modo nuevo y extraño, muy distinto al de los escribas y sacerdotes.

Esa mañana sucedió algo extraordinario y perturbador.

Jesús de Nazareth ha tomado el libro del profeta Isaías, y a partir de la palabra les revela a sus paisanos que Él es el esperado, el Ungido, y que con Él se inaugura un tiempo de Salvación, tiempo definitivo del anuncio de la mejor de las noticias a los pobres, a los que no cuentan, a los que sólo saben de malas noticias, tiempo de liberación de los cautivos y oprimidos, de cadenas rotas, de existencias liberadas, de vista restituida, año infinito de júbilo porque Dios interviene en la historia y se pone abiertamente del lado de los que sufren, para que nadie más pase necesidad, abandono u olvido.

La profecía ya no es cosa de un futuro incierto. Jesús de Nazareth revela el hoy de la Salvación, el aquí y ahora de la Gracia y la Misericordia, un Dios que se hace historia, que se hace vecino, que se hace pariente, que no descansa en la búsqueda del bien de todas sus hijas e hijos.

Esa es la Buena Noticia de nuestro hermano y Señor, su sueño y su proyecto que se concretan cada vez que hombres y mujeres se vuelven solidarios y florecen en generosidad y liberación para con los que sufren.
Allí el Reino crece y acontece hoy.

Paz y Bien


Abriendo surcos para que germine la Buena Nueva

















Santos Timoteo y Tito, obispos

Para el día de hoy (26/01/19):  

Evangelio según San Lucas 10, 1-9









Ante todo, la cantidad de enviados -setenta y dos- y el modo de envío, de dos en dos.

Según una antigua tradición mosaica, la cantidad coincide con el número bíblico de todas las naciones de la tierra, por lo que el Maestro impulsa la universalidad de la misión: a todos los pueblos, a los cuatro puntos cardinales. Ello será ratificado en Pentecostés en la primera comunidad cristiana reunida e impulsada por el Espíritu de Dios.
Pero también los discípulos van de dos en dos; hay en ello un componente profundamente humano, pues los riesgos de los caminos y el cansancio se hacen más llevaderos en compañía que en soledad, la reciprocidad del apoyo mutuo, una comunidad incipiente -donde hay dos o más reunidos en mi nombre...-. Pero hay más, siempre hay más.
En el derecho procesal judío, la veracidad de una declaración se valida ante un tribunal mediante el testimonio de dos testigos: la misión se transforma así en testimonio veraz de Cristo, señal inequívoca de liberación.

El Maestro ha elegido a setenta y dos discípulos que exceden por lejos el colegio apostólico, símbolo del compromiso misionero de todos los bautizados, y privilegio que no se acota a unos pocos elegidos.

Es menester tener muy presente lo evidente: los misioneros son obreros, servidores de una tarea inmensa en una mies que no les pertenece. La misión, entonces, corresponde a los sueños del Padre, a su obra salvadora y a su impulso constante, y por ello mismo implica un enorme voto de confianza puesto en los misioneros.
Cristo tiene muchísima más fé en nosotros, en todo lo que podemos ser y hacer con Él que la que solemos depositar en Su persona.

Es llamativo que el primer paso sea la súplica, la plegaria al Dueño de la mies para que siga enviando obreros, pues la tarea es enorme, y requiere más y más brazos incansables, esforzados labradores del Evangelio, empeñosos y humildemente obstinados abridores de los surcos para que crezca frutal la semilla de la Buena Noticia.

Quizás, perdidos en mil cosas lo hemos olvidado. Pero por eso mismo el primer servicio misionero, la primer tarea apostólica es, precisamente, la oración que nos vuelve a ubicar en el horizonte del Padre, para que el Reino sea, para que fecunde la tierra y la historia, para poder largarnos a todos los caminos en esfuerzos de paz y de bien, buenas noticias del amor de Dios en estos arrabales tan yertos.

Paz y Bien

Conversión de San Pablo: la grata caída de falsas monturas
















La Conversión de San Pablo, apóstol

Para el día de hoy (25/01/19):  

Evangelio según San Marcos 16, 15-18









El se llamaba Shaúl -Saulo-, y era originario de Tarso de Cilicia; educado en los rigores del fariseísmo judío preponderante en su época, tenía también una profusa formación académica obtenida a los pies del rabbí Gamaliel en la misma Jerusalem.
Era un hombre de fuego, casi un fanático, para quien el absoluto se hallaba la Ley de Moisés interpretada ésta bajo los mismos criterios rigurosos con los que se había formado, Bajo ese carácter apasionado se volvió también un implacable perseguidor de los primeros cristianos, severo y eficaz en tan brutal misión que enarbolaba en nombre de su Dios, al punto de ser uno de los causales del martirio del diácono Esteban.

Terrible actitud de Saulo y de todos los que se pretenden defensores de Dios y sus derechos, empeñosos represores de los que piensan distinto, violentos correctores de los que se desvían de las pautas oficiales dictadas.

En esas lides y en esa conducta estricta, Saulo se encamina a Damasco en su tarea persecutoria. Es un perseguidor experto que no se dá cuenta que él en verdad es perseguido por Cristo, quien lo busca para otro camino, otra vida, otra misión.
A lomos de su intransigencia, montado en su mirada esquiva que no admite desiguales e impares, Saulo es derribado. Mejor aún, Saulo se cae de esa montura falaz, y deja de ser la Ley y su horizonte escaso y angosto el absoluto que rige su obrar, pues en camino a Damasco se encuentra con el Cristo a quien persigue, y merced a ese encuentro que lo transforma y a la Gracia que lo guiará, él se vuelve un apóstol celoso de su misión, humilde e incansable mensajero de Salvación, portador de una luz que no guarda para sí y que lleva a los gentiles, con tanto o más empeño que en sus tiempos anteriores, pues ahora tiene una misión y un destino que lo trasciende, un Cristo que confiesa sin temor, un tesoro que lleva en su vasija de barro.

Hemos de suplicar por nuestras caídas, nuestros propios caminos a Damasco. No habrá quizás una espectacularidad manifiesta, pero seguramente un encuentro trascendente que nos cambia la vida, una invitación a dejarlo todo, a comenzar andares nuevos y ya nó solos, montados en nuestros egoísmos, caminantes junto a Aquél que nos busca sin descanso.

Paz y Bien

Al Hijo de Dios se lo reconoce desde la fé















Para el día de hoy (24/01/19): 

Evangelio según San Marcos 3, 7-12









El ministerio de Jesús de Nazareth crecía robusto y no se acotaba a las tierras judías; prueba de ello es que convergían a Su persona multitudes de Galilea, de Judea, de la misma Jerusalem pero también de las tierras paganas de Tiro, Sidón, Idumea y Transjordania.
Hay allí símbolos cristológicos y eclesiales que implican que la misión cristiana no conoce otra frontera que la de los corazones que le reciben, y que las gentes tienen un punto de encuentro universal, un sitio común a todos en Cristo, cuyo cuerpo es esa familia que crece a través de la historia y de los pueblos y que llamamos Iglesia.

Sin embargo, ello no significa que todo fué un momento de pacífica e ingenua época primordial sin problemas. Sin dudas, significó un antes y un después, sin dudas también eran momentos de luz resplandecientes, pero la misma claridad del Maestro ponía en evidencia un mundo ensombrecido, plagado de tinieblas, multitudes oprimidas hermanadas precisamente en ello, en el dolor antes que en su origen, su religión, su identidad, multitudes como ovejas sin pastor a las que nadie presta demasiada atención, que aceptan con mórbida complacencia el sufrimiento y el dolor impuesto a los otros, con nefasta docilidad, con terrible acostumbramiento.

Como un principio de acción y reacción espiritual, la multitud se pone en una postura peligrosa. Sus ansias, sus necesidades y sus angustias los llevan a arrojarse sobre Él buscando sanidad, liberación, ese rabbí galileo tiene poderes. Y es allí cuando el Maestro les indica a sus discípulos que preparen una barca, para tomar algo de distancia y continuar con su ministerio sin quebrantos ni descanso.
Esa toma de distancia puede aparecerse a simple vista como una razonable medida de seguridad, por el riesgo de una avalancha humana, de ser aplastado por una masa informe de gentes que en su desesperación casi ha perdido su rostro. Aún así, hay otra intencionalidad en el Evangelista, señalando la trascendencia de la enseñanza del Maestro, y es no dejarse jamás llevar por la corriente que impere, a pesar de que ella surja como un válido río caudaloso.

A menudo cuestiones que se reivindican como populares no son más que falacias masivas en beneficio de unos pocos pícaros, que imponen criterios ajenos al pueblo bajo slogans atractivos pero que en verdad nada tienen de populares, otras herramientas más de dominio y sumisión de los que pocos consideran como su hermano más allá de la pura declamación.
A menudo hay que tomar distancia sin abandonar la compasión y la solidaridad, en resguardo de la identidad que nos constituye.

Así, ese Cristo ordena silencio a los espíritus malos, pues no hay un reconocimiento veraz, sólo rótulos pasajeros productos de la necesidad, de la euforia o de alguna tendencia pasajera.
Porque al Hijo de Dios se le reconoce desde la fé, don y misterio de Aquél que nunca nos abandona.

Paz y Bien

El bien nunca se posterga

















Para el día de hoy (23/01/19): 

Evangelio según San Marcos 3, 1-6











Volvemos a estar con el Maestro un sábado, en la sinagoga. La presencia entre los asistentes de un hombre con una mano paralizada -o cualquier enfermo- aparece como improbable dadas las rígidas normas de pureza ritual, y es por ello que ese hombre, en ese momento sagrado y con la presencia prejuiciosa de cierto número de fariseos, implique una provocación deliberada. Ello se ratifica por la postura atenta de esos fariseos, que buscan solamente la infracción, la acción delictual contra la ley sabática.

Puede aducirse un profundo y piadoso celo por guardar las normas, que en verdad estaba, pero los problemas pasaban por otro lado: en el afán de la estricta observancia de unas normas absolutizadas, dejaron de lado la caridad, el socorro, la compasión. Importaba más si Jesús de Nazareth infringía esas normas que si ese hombre enfermo sanaba de su dolencia.

Un hombre de una mano paralizada era un hombre con muchos problemas. No puede trabajar en los empleos de la época, por lo cual no puede llevar el sustento a los suyos. Una mano paralizada es una mano incapaz de expresar afectos, o en situaciones terribles, empuñar las armas de su nación en la batalla. Un hombre de una mano paralizada es, bajo la casuística imperante, un impuro cuya dolencia es producto de pecados cometidos por sí mismo o por sus padres.
Un hombre de una mano paralizada es un hombre venido a menos.

Pero si ese hombre tenía una extremidad carente de movilidad, peor aún era la dureza que exhibían los corazones de esos hombres indignados.
El bien nunca se pospone, por ninguna razón ni por ningún motivo.

Como colofón, el Evangelista señala una confabulación de fariseos y herodianos para acallar el Maestro. Más crudamente, para acabar con Él. Es la asociación del poder religioso con el poder político cuando, en tren de prorrogar dominios, buscan aplastar a los hombres y las mujeres de Dios, sin importar las consecuencias ni las bendiciones que se coartan.

Paz y Bien

Cristo, Señor del Sábado y de toda nuestra vida

















Para el día de hoy (22/01/19): 

Evangelio según San Marcos 2, 23-28








El Shabbat era importantísimo para la fé del pueblo de Israel: día sagrado para el reposo y el descanso, para honrar a Dios, para renovar vínculos religiosos y familiares.
En pocas líneas no es posible sintetizar su relevancia, no obstante ello, durante el exilio de Babilonia garantizaba a los deportados un reencuentro con sus raíces, la persistencia de las tradiciones. El Shabbat refería por entero a lo sagrado pero también a la identidad nacional.

Con el correr de los años, su obligatoriedad fué paulatinamente recubierta de preceptos nominativos, de cánones impuestos al modo en que hoy se promulga una ley, y luego se reglamenta su implementación al punto de desdibujar su sentido primero. La casuística imperante había transformado un día de luminosa esperanza en una jornada de agobiante cumplimiento.

Más aún: el Maestro entendía desde lo profundo de su corazón sagrado, que el Shabbat, más que una obligación taxativa, era una bendición, un regalo que su Dios había brindado a su pueblo en el beneficio de éste. Él entendía que la gloria de Dios se correspondía con el bien, con la vida del hombre, y por eso afirmaba sin ambages que el sábado era para el hombre y no a la inversa, el hombre esclavo de la norma.
Y por sobre todo, su señorío, el Cristo que es Señor del Sábado, de todos los sábados.

El hambre, esa necesidad tan primordial que sus amigos engañan arrancando algunas espigas de trigo en pleno Shabbat, despierta la crítica de los fariseos: es claro, entre las diversas prohibiciones, la cosecha no estaba permitida, y ese gesto menor de quitar algunas espigas y frotarlas entre sus manos suponía una infracción grave a sus criterios sacralizados, criterios que impedían ver la necesidad que allí golpeaba las puertas.

Todos tenemos unos cuantos sábados a los que gustamos subordinarnos. La libertad nos cuesta tanto como saber mirar y ver más allá de la letra, en la búsqueda del sentido, en el grato descubrimiento de la Buena Noticia, del paso salvador de Dios por nuestras existencias, sábados que deberían ser momentos de encuentro y sin embargo se nos vuelven torpes obligaciones sin gozo ni esperanza, puertas que cerramos a la misericordia, al reencuentro con Dios y con el hermano.

Paz y Bien

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