La cátedra de San Pedro




La Cátedra de San Pedro apóstol

Para el día de hoy (22/02/16): 

Evangelio según San Mateo 16, 13-19




Hoy la liturgia nos convoca para celebración de la Cátedra de San Pedro Apóstol: se trata de una antigua tradición, ya festejada por la Iglesia en Roma desde el siglo IV.
Es ocasión solemne en la que se agradece a Dios por la misión que Cristo le ha confiado a Simón Pedro y a todos sus sucesores.

Cátedra -en latín cathedra- significa literalmente el sitio o sillón fijo del obispo de una diócesis que se ubica en un templo madre de esa diócesis y que, por eso mismo, se denomina Catedral. Simbólicamente representa la autoridad de ese obispo y muy especialmente su magisterio, o sea, la enseñanza del Evangelio que él, como sucesor de los apóstoles, debe custodiar y transmitir a la comunidad cristiana que se le ha confiado desde el servicio.
En cierto modo, físicamente una cátedra se asemeja a la silla curul de los procuradores romanos, pues desde sitiales similares se ejerce autoridad, más la diferencia fundamental estriba en el carácter de la misión de cada uno de ellos. El procurador ejerce el poder delegado del imperio, el obispo sirve y pastorea a su pueblo desde la caridad.

Ahora bien, la Cátedra de San Pedro remite al apóstol Simón hijo de Jonás -Shimón bar Iona- llamado Cephas o Pedro, elegido por el Señor para ser roca, fundamento inamovible desde donde Cristo edifica su Iglesia. 
El viejo pescador galileo -ahora pescador de hombres- transitó los mismos caminos y rutas que Jesús de Nazareth, y el sendero que Él les enseñaba, aún con sus quebrantos, aun con sus imperfecciones.
Luego de la Resurrección, Pedro comienza su ministerio apostólico en la misma Jerusalem, en la naciente comunidad cristiana. Posteriormente, merced a ese impulso misionero, Pedro se convierte en el primer obispo de la antigua ciudad de Antioquía, primer lugar geográfico e histórico en donde a los seguidores de Cristo se les comienza a llamar cristianos. Es decir, la protocátedra de Pedro la encontramos en Antioquía.

Pasados los años, y fiel al mandato del Maestro que los enviaba a evangelizar todas las naciones, Pedro se traslada a Roma, sede y capital del Imperio, pues en la antigüedad se la consideraba Caput Mundi, cabeza del mundo. Llegarse a Roma a evangelizar, entonces, significaba cumplir con el anuncio de la Buena Noticia a todos los pueblos.
Allí se establece Pedro, allí se convierte en su obispo, allí morirá mártir.

Desde entonces, se reconoce a Roma como sede de la Catedra de San Pedro y de sus sucesores, Iglesia primus inter pares en la caridad, magisterio apostólico que se cimenta en el Espíritu que sostiene y alienta a la Iglesia, y que sin cesar confiesa a Cristo como Hijo de Dios vivo desde la fé, don y misterio de ese Dios que muestra su amable cuando Pedro y los que le suceden a través de los tiempos permanecen fieles al mandato de esperanza, de fé y de amor desde Cristo y al servicio de toda la humanidad, congregando a la Iglesia en coro de misericordia y confirmando a sus hermanos -y a sus hermanos más pequeños- en la fé que profesan.

Paz y Bien


Transfiguración, mantenernos despiertos




Segundo Domingo de Cuaresma

Para el día de hoy (21/02/16): 

Evangelio según San Lucas 9, 28b-36




La lectura que nos ofrece la liturgia de este Domingo es preciso situarla en el proceso o recorrido teológico -espiritual- que brinda el Evangelista Lucas: Jesús de Nazareth ha finalizado el ministerio galileo y se encamina decidido hacia Jerusalem, hacia esa ciudad que es santa y a la vez tiene como unas fauces voraces que buscan tragárselo, pues en Jerusalem acontecerán los hechos de la Pasión.
Aún sabiendo lo que sucederá, aún intuyendo traiciones, horrores y soledad el Maestro sigue firme y fiel. La Pasión no es consecuencia de la brutalidad de sus enemigos sino fruto de su fidelidad absoluta y de su amor, en total libertad de su corazón sagrado.
Sus amigos no son del todo ajenos a lo que sucederá: Él les ha contado que moriría a manos de aquellos que le odian, y peor aún, que moriría como un criminal abyecto, como un maldito. Para ellos la situación los confunde y estremece, los deja estupefactos, queda demolida su delgada imagen religiosa de un Mesías glorioso que se impone con fuerza arrolladora a sus enemigos. En verdad, ellos siguen con Jesús pero están desolados.

El Señor lo sabe. Conoce como nadie lo que se teje en las honduras de los corazones, y lleva consigo a Pedro, Juan y Santiago -Jacobo- a la montaña, espacio simbólico por excelencia que expresa el ámbito espiritual del encuentro con Dios, ámbito que se ratifica en la oración de Cristo.
Allí en las alturas del monte el rostro del Señor cambia de aspecto, y sus vestiduras tornan de prístina blancura; como el Evangelista Lucas se dirige principalmente para los cristianos provenientes del helenismo, no quiere crear confusiones con el término transfiguración, que por algunos pueda confusamente asimilarse a criterios de metamorfosis.
Pedro y sus compañeros están cansadísimos, y los acomete unas fuertes ganas de dormirse. Pero a pesar de todo, permanecen en vigilia. 

Así vivirán una experiencia única, testigos de la Gloria de Cristo y partícipes de ella. 
En el resplandor, advierten que el Maestro conversa con Moisés y con Elías, con la Ley y los Profetas.

Siempre habrá una tensión entre el Cristo humano, Dios con nosotros que asume nuestras debilidades y el Cristo glorioso de nuestra Salvación. Pero en Él confluyen los caminos de la historia y las viejas promesas adquieren real sentido, posibilitando que edifiquemos futuro y santidad, y que a pesar de que en el horizonte sólo se perciban horror y tinieblas, la Resurrección tiene la palabra definitiva, el alba que no tendrá fin.

Los discípulos -Pedro, Juan, Santiago, todos nosotros- hemos de hacer un éxodo de fé, pasar de la experiencia sensorial a la escucha atenta de lo que el Hijo nos dice. María de Nazareth lo sabía bien.

No hay que quedarse, no hay que acomodarse, la vida es movimiento, la vida es un peregrinar sin carpas ni refugios.
Pero por sobre todo, no hay que adormecerse con todas las trampas que el mundo nos arroja a cada paso. Contra todo pronóstico, es menester mantenernos despiertos, y volver a descubrir la Gloria de Cristo en la Eucaristía, en la Palabra, en cada bendición que nos despierta y vivifica, pero muy especialmente reencontrarle en el rostro del hermano, y del hermano más pobre.

Paz y Bien

El corazón de la Ley




Para el día de hoy (20/02/16): 

Evangelio según San Mateo 5, 43-48




El Maestro continúa reflexionando y enseñando acerca de la Ley, y tanto en ésta como en otras oportunidades lo medular es tener presente que no ha venido a reemplazarla ni a brindar una casuística distinta, sino a darle pleno cumplimiento, desde la mirada de Aquél que le confiere sentido y trascendencia.

Hoy, el centro de atención es el amor al prójimo, el corazón de la Ley.
El amor al prójimo no era desconocido en las normas y en la memoria de Israel: por el contrario, desde el libro del Levítico -Lv 19,18- se especifica sin ambages que se debe amar al prójimo como a sí mismo por mandato del Dios de Israel, desandando venganzas y rencores, pero el mismo precepto instauraba esa reciprocidad concerniendo a los hijos del mismo pueblo, es decir, a los paisanos, a los connacionales, a los judíos. Los gentiles, los extranjeros no están incluidos.

Con el tiempo, quizás en gran parte por las terribles guerras e invasiones a la que la nación judía se vió sometida, y en parte también a un férreo y ciego nacionalismo, se añadió el odio hacia los enemigos, la venganza contra los opresores.

Pero ahora se trata de un tiempo nuevo, de Dios con nosotros, Dios encarnado en Jesucristo, tierra prometida de la Gracia. Un Dios que en Cristo revela a todas las naciones su asombroso rostro de Padre sempiterno y universal.

Por ello el amor al prójimo que expresa el Maestro no puede tener limitación alguna, ni restricción de ninguna clase. Todos somos hijas e hijos del mismo Padre, y así entonces el amor al prójimo -desertando de violencias y odios- ha de extenderse a todo ser humano. Más aún, a toda la creación, sin esperar devolución o eco favorable.
La mención a los publicanos es clara: éstos eran un grupo tan cerrado por el desprecio profesado por el resto de la población, que la posibilidad del amor se acotaba a los pares, a los iguales.

No es tarea sencilla, claro está, máxime cuando el sujeto destinatario puede ser un enemigo brutal y feroz, o simplemente alguien que nos desea el mal o la miseria. Pero así como no hay imposibles para Dios, no hay imposibles, si tienen fé, para los hijos.

El amor al prójimo, expresado en la plegaria por el enemigo, ha de ser la credencial distintiva de la Iglesia, su corazón palpitante, su vocación filial, muy por delante de normas, códigos canónicos y preceptos.
La misericordia debe refulgir en cada gesto como la aurora.

Paz y Bien

La justicia mayor




Para el día de hoy (19/02/16): 

Evangelio según San Mateo 5, 20-26



Siguiendo el sendero cuaresmal, el Maestro hoy nos propone practicar la justicia del Reino, la justicia mayor. Más aún, para vivir como ciudadanos del Reino hemos de superar la justicia de escribas y fariseos.

Pero aquí no se habla de modo peyorativo respecto de esos hombres: escribas y fariseos eran, además de hombres muy piadosos, estrictos observantes de la Ley, tanto en su relación con Dios como en su relación con los demás. El problema estribaba en aferrarse a la pura letra, con lo cual un don de Dios como la Ley devenía en un código de prohibiciones a cumplirse sin pensar. Todo ello no está mal -la sana convivencia, los fundamentos de toda sociedad comienzan así- pero en el tiempo de la Gracia hay más, siempre hay más.

La justicia mayor implica la superación de la retribución y el encuentro con el otro anónimo, reconociéndolo como hermano. Ello implica aproximarse no sólo físicamente, sino desde lo cordial, aprojimarse, descubrir al otro prójimo, hermano por tener al Padre común.

No es tarea fácil, y puede por allí asomarse cierta veta naif, ingenua, imposible en un mundo a menudo tan racionalmente brutal.
Pero los hijos de Dios, hermanos de Cristo han de atreverse a dar un paso más.

La congruencia entre la bondad de Dios y el perdón que seamos capaces de prodigar en aras de la concordia, de los corazones que se encuentran y que desde un coraje inaudito son capaces de superar toda violencia.

El Maestro insiste sobre ello, recordándonos la imperiosa necesidad de presentar en el altar ofrendas de misericordia y reconciliación.
Porque el culto primero es la compasión.

Paz y Bien

La Regla de Oro




Para el día de hoy (18/02/16): 

Evangelio según San Mateo 7, 7-12




La llamada Regla de Oro no es nueva ni es establecida en el ministerio de Jesús de Nazareth, y la podemos encontrar en numerosas culturas mucho antes del advenimiento de Cristo; tiene que ver con principios de reciprocidad -éticos- que buscan la convivencia armónica y justa en una misma comunidad o sociedad.
Sin dudas, es muy importante y seguramente forma el núcleo de organización social y del corpus legal básico de cada pueblo. No obstante, en todos los casos podemos observar una enunciación negativa, es decir, dejar establecido lo que está prohibido, no hagas al otro lo que no quieres que te hagan a tí, y así sucesivamente.

Lo novedoso de la formulación de la Regla de Oro que realiza el Maestro es lo propositivo, lo proactivo, el tender puentes de amistad y concordia que serán semillas de fraternidad y establecerá nuevos y amplios ámbitos de justicia, de respeto, de tolerancia.

Es claro que lo que atenta contra ello es la tendencia a abstraerlo todo, a desencarnarlo en falsa utopías que enmascaran horrores. Pero más aún, al egoísmo social e individual que impide ver más allá de uno mismo, y así no se reconoce al prójimo, al hermano, al otro hijo de Dios sea como sea, haga lo que haga, piense lo que piense, tan hijo como nosotros.
Es menester dejar en claro que Cristo no viene a instaurar una nueva corriente filosófica o ideológica, ni a ofrecer un modelo de sociedad alternativa: Él trae la mejor de las noticias, el amor de Dios entre nosotros.

Desde el amor y por la fé con que se nos ha privilegiado sin merecerlo, sabemos de la eficacia de la oración. Pedir, buscar, llamar, sabiendo que invariablemente seremos escuchados, que no será en vano cualquier plegaria, que no caerá en saco vacío.
Orar, orar sin cesar, orar sin desmayos pero más aún, que toda nuestra vida sea una vida orante, Evangelio que late.

Porque la oración constante es importantísima, pero lo decisivo es la bondad de ese Dios que es Padre y que siempre nos escucha.

Paz y Bien




Signos de misericordia




Para el día de hoy (17/02/16): 

Evangelio según San Lucas 11, 29-32





En una ocasión, el imperativo había corrido por parte de escribas y fariseos, la ortodoxia religiosa que le exigía a ese rabbí galileo signos celestiales que ratificaran la autoridad con la que enseñaba, desdeñando todo lo que hacía, toda la bondad evidente. En el caso que nos brinda la lectura del Evangelio para este día, hay también cierta exigencia por parte de la multitud abigarrada: ellos también buscaban signos celestiales por parte del maestro, signos del éxito, demostraciones abrumadoras de poder a las que aferrarse. Porque ellos -y nosotros también- tenemos un gusto encarnado por lo glorioso en términos mundanos, por esas señales exitosas que avalen principios, y de ese modo todo se desnaturaliza y corrompe, pues poco a poco los fines van justificando cualquier medio.

Por eso la invectiva del Señor, pues la exigencia de esos signos implica el vano intento de conducir los planes de Dios tras los propios deseos, aún cuando estos sea de carácter colectivo. No hay allí con-versión hacia el Espíritu de Dios, sino per-versión de un destino de trascendencia y amor.

Así entonces el Maestro quiere que el pueblo, las gentes clarifiquen su mirada, pues deben tener una mirada de fé abierta al misterio, y nó una mirada especulativa, detectora de beneficios menores, el trueque piadoso, el quid pro quo que a veces sustituye la oración filial por el comercio de fórmulas piadosas para la obtención de bendiciones.

Los signos están allí. Como Jonás, profeta judío que lleva el perdón de su Dios a un pueblo enemigo y extranjero. Como la Reina de Saba, que recorre distancias inverosímiles y accede asombrosamente a la sabiduría del rey Salomón.
Como Cristo, que es señal viva de la misericordia y el perdón de Dios entre nosotros.

Ahí está nuestra misión, porque una existencia florecida en acciones misericordiosas es una vida que se asemeja mucho a Dios, un reflejo fiel de los hijos de Dios.

Paz y Bien

Palabra que desciende, palabras que ascienden




Para el día de hoy (16/02/16): 

Evangelio según San Mateo 6, 7-15




La Palabra de Dios es eficaz, siempre se cumple, siempre realiza lo que promete. La Palabra de Dios es Palabra de Vida y Palabra viva, y es Dios quien tiene todas las primacías, la primera Palabra creadora y fundante, Palabra que desciende de lo alto como lluvia bienhechora y todo lo fecunda, puente infinito que se tiende al hombre, alianza que se teje en las honduras de los corazones.

Palabra que se hace carne, tiempo, historia, un Hijo amado, y habita entre nosotros.

A esa Palabra que desciende se le corresponden palabras que ascienden, las que integran nuestra plegaria, la oración y súplica del hombre a su Dios. Como un eco santo, así entonces la oración será respuesta a la interpelación primera de ese Dios que nos habla a todos y a cada uno de nosotros, vínculo que nos mantiene en sintonía de eternidad, el latido de las almas.

Todos los grupos religiosos tienen una oración característica, y en muchas ocasiones ésta tiene un carácter arcano o reservado a los iniciados, quizás para destacar la importancia y la identidad.
Por la iniciativa de los discípulos -algunos de ellos se habían formado con el Bautista- el Maestro les enseña a orar; en ellos podemos detectar la necesidad de poseer una plegaria única que los identifique, que los distinga de los demás, y la naciente comunidad cristiana no es ajena a ello.
Pero aquí surgirá lo nuevo, lo que florece por el amor de Dios, por la Gracia que santifica. Ellos y nosotros tendremos una oración que nos congregará y distinguirá como una identidad única e irrepetible, más esa identidad no radica en la fórmula que se pronuncie con exacta precisión, sino en el Dios que le confiere sentido, el mismo Dios que habla hoy, el Dios que se revela como Padre sempiterno y bondadoso de toda la humanidad.

Por eso oramos confiados el Padre Nuestro en comunión con toda la Iglesia, y hacemos nuestras la causa de Dios y la causa de los hermanos, el Reino y el pan, la alabanza y el perdón, la súplica por su voluntad plena siempre, y que su mano nos libre del mal que a menudo parece no terminar nunca, y sin embargo, no nos resignamos pues siempre volvemos al Padre que nos ha llamado primero.

Paz y Bien

En el tiempo final



Para el día de hoy (15/02/16): 

Evangelio según San Mateo 25, 31-46




Esta parábola del juicio final que nos brinda la lectura del Evangelio para este día es importantísima. Nos abre la mirada por entre los velos de la historia hacia su final, y a la sentencia definitiva que Dios tendrá para con la humanidad. Su meditación profunda y devota es crucial para asimilar y respirar la Buena Noticia de Cristo Jesús.

A través de los tiempos, se ha interpretado esta parábola con resultado dispar, y desde ópticas a menudo contrapuestas.
Están los que imaginan un momento solemnemente terrible, tribunalicio, la corte de un Dios severo y puntualmente punitivo, en aras de una justicia muy nuestra, muy retributiva. Dentro de esta variante, podemos encontrar a aquellos que por pertenencia u observancia se creen salvos de antemano, indemnes antes del juicio en detrimento de la gran masa de pecadores.
Pero están también aquellos que suponen un Dios laxo, un relativismo en el que nada sucederá, y que al fin y el cabo el pecado es producto de nuestras limitaciones y no de nuestra voluntad. Algo como que hagamos lo que hagamos, nada pasará.

Por supuesto, las diferentes posturas merecen hondos estudios y reflexión, mucho mejores que los que aquí se plantean. Sin embargo, lo que en verdad cuenta es lo que nos dice el Maestro. La Palabra de Dios es palabra de vida y palabra vida: Dios nos habla hoy.

En el momento solemne del fin de los tiempos, vuelve a expresarse la humildad, la ternura y el compromiso de Dios expresado en el portal de Belén. Dios se hace pobre, débil, frágil, identificándose hasta lo inverosímil con los más pobres y débiles. Se trata de un Dios amorosamente parcial, un Dios que jamás se desentiende de la historia humana, sino que se involucra en sus mismas raíces.

Así entonces, las puertas del cielo se abrirán por el amor de Dios y por la conjunción con la misericordia que hayamos sido capaces de encarnar, especialmente con los más pobres en donde resplandece el rostro de Dios. Socorrer el hambriento, al desnudo, al desamparado, aliviar al enfermo, rescatar al cautivo de la soledad y la prisión será la medida de toda nuestra existencia, la estatura del tallo que nos haya germinado corazón adentro desde la Gracia de Dios. 
Porque a Dios se le ofende o se le rinde culto sincero en el hermano.

El llamado a todas las naciones a congregarse alrededor del Cristo que regresa desarma cualquier especulación de elitismo o exclusividad, y se transforma en bendición universal.

A nosotros nos queda seguir esas huellas de misericordia que el mismo Cristo ha emprendido antes que nosotros, por delante nuestro. Y que esos gestos y esas acciones no son individuales, sino comunitariamente familiares, en donde la inteligencia no debe estar ausente.
Porque ha de llenarse el plato de comida del hambriento, pero no deben mezquinarse los esfuerzos para que nunca más falte el pan en ninguna mesa, que los pueblos encuentren los modos de encontrar el sustento, de desalojar la miseria, de que florezca la justicia. Y de que cada día, paso a paso, tendamos puentes y estemos un poco menos solos, aguardando el feliz regreso del Maestro.

Paz y Bien



Hermano fiel



Primer Domingo de Cuaresma

Para el día de hoy (14/02/16): 

Evangelio según San Lucas 4, 1-13



La cronología del Evangelio lucano indica que la peregrinación de Jesús de Nazareth al desierto ocurre inmediatamente después del Bautismo del Señor a orillas del Jordán por Juan el Bautista. 
Algunos exégetas sugieren que ello implica que Jesús era en sus comienzos discípulo del Bautista, de allí el andar por el desierto; otros, que reedita las experiencias de éxodo de su pueblo, cuarenta días que son simbólicamente los cuarenta años de duro peregrinar hacia la tierra prometida.
Sin embargo, aquí sólo mencionaremos lo más importante, y es que Jesús se dirige y se queda en el desierto guiado por el Espíritu de Dios.

El desierto es árido, de un calor tórrido y a veces insoportable durante el día, y de fríos bravos durante la noche. Es muy difícil sobrevivir tantos días allí en soledad, a menos que seas un beduino o un hombre acostumbrado a sus rigores.
Pero el desierto es también el ámbito propicio en donde se desvanecen las falsas seguridades, las comodidades inventadas, donde sale a la luz lo que verdaderamente se es al igual que sucede en todos los momentos críticos de la existencia. En el desierto se acrisolan vocaciones y sentimientos.

El Dios del universo ha asumido la condición humana en la pequeña Nazareth, merced a la confianza de la aún más pequeña María, llena de Gracia. Aquí en el desierto, asume nuestras debilidades, nuestra fragilidad manifiesta y tantas veces no reconocida, nuestras limitaciones, lo que nos hace vacilar por el miedo y por las dudas.
Es una humilde y definitiva expresión de solidaridad. Cristo es el hermano fiel de toda la humanidad, hermano que aún golpeado, aún sacudido por el duro gravamen de las tentaciones permanece firme, fiel al Reino del Padre y por ello fiel a sus hermanos de todo tiempo y lugar.

Porque el enemigo siempre intentará que busquemos la fácil, la solución individual, la solución egoísta y pasajera en donde el hambre se calma pero no se buscan ni se hallan las causas de ese hambre, la injusticia, antípoda cruel del amor de Dios. Tentación de satisfacer las necesidades de la superficie pero renegar de las más profundas, el hambre de Dios, de su Palabra.

Porque el enemigo ofrecerá las mieles del poder y del éxito, de las cabezas de los otros como escalones de ascenso, del dominio, de la opresión razonada. Pero este Cristo nada tiene que ver con las glorias mundanas ni, mucho menos, con los poderosos de la tierra.

Y el enemigo siempre andará buscando que la fé se convierta en un culto vano y sin corazón, un espectáculo ampuloso que en el fondo en nada cree, la genuflexión frente a las imágenes que convenientemente nos creamos. Pero el culto primero es la compasión y la misericordia palpitadas en lo cotidiano para mayor Gloria de Dios.

Por todo ello, cuando las tentaciones se hagan presentes, hemos de regresar al desierto, ese desierto que aparenta soledades pero que es plena comunión con Dios, con el Cristo que no nos abandona, que nos está recordando siempre hacia dónde hay que rumbear, dónde hay que poner el corazón, y no perder de vista lo realmente importante.

Paz y Bien

Mesas de celebración, mesas de misericordia



Sábado de Ceniza

Para el día de hoy (13/02/16): 

Evangelio según San Lucas 5, 27-32



Un publicano era un hijo de Israel, un judío que recaudaba impuestos para el ocupante imperial romano. Por las severas normas de pureza/impureza ritual, al estar vinculado de continuo con extranjeros paganos y con sus monedas, era un impuro insalvable, incapacitado para el culto religioso pero también para la vida comunitaria.

A menudo, en las mesas en donde recaudaban los tributos, solían ejercer prácticas extorsivas y corruptas, es decir, cobraban de más en propio beneficio y en detrimento de los pobres y es claro que no tenían mucha oposición, pues las legiones estacionadas en la zona eran garantía de cobro. El no pago de los tributos imperiales era delito de sedición castigado con la pena capital.

Para el sanguíneo nacionalismo judío, un publicano -además de su condición de impuro- era fervorosamente odiado por extorsionar al pueblo, pero muy especialmente por ser un traidor. Por ello sólo tenían vínculos sociales curiosamente endógenos, o sea, se podía vincular a otros publicanos.
Sus paisanos los colocaban en un escalón moral muy por debajo de las prostitutas.

Leví está sentado a su mesa, mesa del cobro del fruto del trabajo de muchos para sostener al imperio opresor, mesa en donde se explota al débil, mesa de la complicidad con el poderoso. Mesa de muerte.
Pero pasa el Maestro, y la presencia de Cristo en la existencia del publicano todo lo transforma.
Precisamente, a quien nadie habla, a quien todos desprecian, a ese Leví acotado a su mundo miserable, a él Cristo lo mira y lo invita a seguirle.

Seguirle es mucho más que ir en una misma dirección, seguirle es compartir vida y caminos, escuchar atentamente su Palabra, permitir que el Reino sea.
Una gran alegría, que Leví sabe inmerecida, ha acontecido en su vida y lo celebra.

Todo ha cambiado, y la mesa de la mezquindad será ahora una mesa de celebración, un banquete que festeja la misericordia de Dios.

Ese Cristo se pone definitivamente de lado de los excluidos, de los que nadie -aún con las mejores razones- aceptaría ni convidaría una cena. Pero es tiempo de rescate, de búsqueda incansable de los enfermos, de los agobiados por ese dolor mayor que llamamos pecado.

Quiera Dios que en nuestras mesas también se celebre la vida, se celebre el paso salvador y misericordioso de Dios por nuestras vidas, y que nadie se quede afuera, que siempre haya lugar para uno más.

Paz y Bien



El primer ayuno




Viernes de Ceniza

Para el día de hoy (12/02/16): 

Evangelio según San Mateo 9, 14-15




En la mayoría de las religiones podemos encontrar la práctica del ayuno, usualmente modo devocional de dominar el cuerpo y las pasiones e internarse por caminos espirituales, y la religiosidad semítica no era ajena a ello.
Los fariseos ayunaban con frecuencia bajo criterios piadosos y catárticos, es decir, criterios de purificación por los pecados cometidos, ascetismo severo que con el tiempo se convirtió en un fin en sí mismo y no en la oblación humilde de un corazón contrito que busca agradar a Dios, que ansía reconciliarse y suplica perdón. Esa absolutización, necesariamente, implicaba también una exterioridad magnificada, pues el ayunante se mostraba visiblemente como tal, en busca también del reconocimiento ajeno como hombre piadoso y observante de los preceptos.

Luego de la muerte del Bautista, los discípulos de éste -a pesar de toda su prédica- han vuelto a las viejas costumbres, asimilando nuevamente las antiguas prácticas fariseas. De allí la extrañeza que le plantean al Maestro, pues algunos de ellos habían seguido a Jesús, se habían convertido en sus discípulos.

La respuesta del Maestro es novedosa y muy inteligente. No expresa una alternativa más, pues Él mismo ayunaba -lo hizo durante cuarenta días en el desierto-, sino que quiere enseñarles que ha comenzado un tiempo nuevo, un tiempo santo, y que es menester encontrar el verdadero sentido de las cosas, de todas las acciones.
En este tiempo mesiánico, los legalismos religiosos, la fé jurídica debe hacerse pasado, pues el Reino está muy cerca, tan cerca que la presencia del Mesías todo lo resignifica desde la Gracia, desde la alegría de la Salvación, desde la esencia misma de Dios que es el amor.

Por eso el primer ayuno, el ayuno agradable a Dios son la compasión, el socorro, la misericordia, pues es Dios quien purifica por su infinita bondad, y nó las acciones tabuladas que pretendamos emprender como acciones automáticas para adquirir el favor divino.

Paz y Bien 


La cruz cotidiana





Jueves de Ceniza

Para el día de hoy (11/02/16): 

Evangelio según San Lucas 9, 22-25







La lectura de hoy nos presenta en una lontananza no tan distante los hechos terribles y santos a la vez de la Pasión del Señor.

Se trata de una identidad única, la de discípulos y seguidores de Jesús de Nazareth, nuestro hermano y Señor. Su enseñanza no se acota a revelar la trascendencia y escatología de sus propios padecimientos, sino a advertir a los suyos acerca de los fundamentos de la vida cristiana, es decir, de seguir fielmente sus pasos.

No se trata aquí de una necesidad en un sentido fatalista. El Padre no es un monstruo cruel al que le place el sufrimiento de su propio Hijo o de cualquiera de sus hijas e hijos. Pero la fidelidad de Cristo hasta el final, el amor a su Padre y a sus hermanos lo llevará a asumir en su ser todas las miserias y dolores que imponen aquellos que se autoproclaman poseedores absolutos de la verdad y con derecho a decidir sobre la vida de los otros.

Es menester tener en cuenta que la crucifixión era la pena capital impuesta por el imperio romano para los criminales más abyectos, para los subversivos irrecuperables. Al crucificado se lo torturaba previamente con concienzuda y eficaz técnica, y luego se le exhibía durante horas de cruel agonía, como advertencia disuasoria para aquellos que pretendieran seguir por la misma vía.
Pero para la religiosidad de Israel, un crucificado es un maldito.

Así entonces el Maestro señala que el discipulado -seguir sus pasos- no admite medias tintas, ni es tampoco una alternativa más del vasto menú mundano de opciones existenciales. El seguimiento es radical, absoluto, total en plena libertad surgida de la verdad y del amor de Dios, en la urgencia impostergable del perdón, de la misericordia, de la justicia, de la paz, del servicio. De los obreros felices del Reino de Dios.

Por todo eso cargar la cruz cotidiana no es solamente soportar a diario lo gravoso de la existencia, las miserias propias o lo que nos imponen con cierto grado de resignación. Cargar la cruz es ser considerado un criminal, un abyecto subversivo, un maldito irredimible a causa del amor a Dios y el servicio a los hermanos. Humildemente hacerse el último para que aquellos que están al final de todo -descartados por el mundo- puedan dar un paso adelante. 

Se gana lo que se ofrenda, se pierde lo que no se dá. En la ilógica del Reino, vida que se ofrece es vida que crece y se expande para mayor gloria de Dios.

La fidelidad no quedará en opacas intenciones, sino que será ratificada en la Resurrección, el compromiso definitivo de ese Dios por el que la vida perdura más allá de la muerte.

Paz y Bien

Miércoles de Ceniza, el comienzo del éxodo




Miércoles de Ceniza

Para el día de hoy (10/02/16): 

Evangelio según San Marcos 6, 1-6. 16-18





Comienza hoy el tiempo de Cuaresma, tiempo santo de conversión, de regreso a Dios y al hermano, de reconciliación, de perdón que libera, sana, salva.

Cuaresma, si se quiere, es un éxodo espiritual que emprendemos hacia la tierra prometida de la Resurrección. Por ello Cuaresma es, ante todo, una inmensa bendición, tiempo ofrecido por ese Dios para que sus caminos y los nuestros confluyan en andares eternos.

La cruz de ceniza en nuestra frente es señal de nuestra fragilidad, de lo quebradizos que somos, del pecado que nos demuele y nos dispersa en el viento. Pero esa señal de nuestras existencias mínimas también es señal de Cristo que se nos graba en las honduras del corazón, para que el amor de Dios, como en un rescoldo santo, haga brotar una chispa de vida en tanto sedimento inútil que solemos acumular.

Volver, volver siempre. Volver a Dios y volver al hermano. Dios es el Padre que espera nuestro regreso y prepara la fiesta por los hijos recuperados. No importa tanto el pasado sino el presente que se edifica desde la conversión y siembra futuro desde la caridad.

Desde la limosna volvemos, pues es una humilde victoria sobre el egoísmo, dándonos nosotros mismos en silencio, sin ostentaciones, antes que hacer una torpe beneficencia con lo que nos sobra.

Desde el ayuno volvemos, pues nos vaciamos de lo efímero, nos hacemos uno con ese Cristo del desierto, y ese alimento negado podrá -aunque sea en mínimas proporciones- aliviar el hambre de un hermano necesitado.

Desde la oración volvemos, en la escucha atenta, en el diálogo filial, en la sintonía eterna del Dios que se encarna en nuestra cercanía.

Por eso la ceniza no es señal de rictus amargo, sino augurio cordial de que todo es posible, y de que al fin de este peregrinar que comenzamos tenemos un puntual encuentro con la vida plena, con Aquél que será todo en todos.

Paz y Bien


Lo esencial y lo provisorio




Para el día de hoy (09/02/16): 

Evangelio según San Marcos 7, 1-13




Lo que hoy se nos brinda en la lectura del Evangelio para este día es crucial; aún así, es menester que nos detengamos en un detalle importante. 
Al lugar donde el Maestro se encontraba enseñando llega un grupo de escribas y fariseos venidos desde Jerusalem: son los inspectores de la ortodoxia, los del ojo avizor prestos a detectar la irregularidad siempre, pero a la vez incapaces de atisbar siquiera una tenue luz de verdad. Su presencia allí implica una amenaza explícita, pues representan a la religión oficial que suele detestar a las almas libres y felices como la de Jesús de Nazareth.

La polémica, esta vez, rondará sobre el cumplimiento de ciertos preceptos como las abluciones obligatorias previas a las comidas. No se trata de una saludable cuestión higiénica sino religiosa, y tiene que ver con criterios de purificación que esos hombres sostenían con fiereza, así como también el modo en que debían lavarse copas, vajilla y ropa de cama. Y la verdad es que Jesús no se preocupaba demasiado por ello, ni obligaba a los discípulos a su estricta observancia. 
De allí el reclamo casi airado. Esos hombres, despreocupadamente, rompen con la tradición de los antepasados y por ello son impuros que a su vez contaminan sitios y comunidad.

Pero el Maestro sabe bien lo que se teje en cada corazón, y entiende que esas tradiciones han devenido en traiciones. Lo provisorio se ha convertido en esencial, los gestos y acciones piadosas de veneración a la Ley se transformaron en fines en sí mismos, e intentan reemplazar al Dios que les confiere sentido y trascendencia.

Pero esos hombres críticos eran, a su modo, profundamente religiosos y celosos del cuidado de su piedad errónea. Ellos discriminaban lo sagrado de lo profano con fronteras explícitas, y así separan a las gentes entre unos pocos puros y muchos impuros.

Con Cristo se inaugura un tiempo nuevo en el milagro amoroso de la Encarnación, de Dios con nosotros, y por ello la línea entre lo sagrado y lo profano se difumina, pues por ese Dios encarnado la tierra se vuelve santa, el Reino está entre nosotros. Además, el Maestro rechazaba cualquier división que menoscabara la fraternidad y renegara de ese don eterno de sabernos hijas e hijos de Dios.

Pero lo más importante es que los gestos y las intenciones no nos purifican el alma, sólo el exterior, sepulcros blanqueados y andantes. Es Dios quien purifica y transparente los corazones, es su Misericordia la nave de nuestra Salvación, y por ello todo gesto cultual es válido, es santo y es afectuosa devoción cuando su centro es ese Dios que no cesa de buscarnos.

Lo esencial, lo que permanece y prevalece es la caridad.

Paz y Bien


Aferrados al borde de su manto




Para el día de hoy (08/02/16): 

Evangelio según San Marcos 6, 53-56




Jesús de Nazareth y sus amigos regresando de tierra extranjera, desembarcan en Genesaret, que es una planicie fértil que se extiende entre Cafarnaúm y la fastuosa Tiberiades -ciudad construida por Herodes en homenaje al emperador romano-. Es decir, nos situamos nuevamente en territorio judío; esto será muy significativo en referencia a los versículos posteriores.

La escena es sobrecogedora en la extraña mixtura de horror y de confianza en ese Cristo que pasa: de toda la región comienzan a llevar al lugar en donde Él se encontraba un río incontable de enfermos, llevados por los suyos en las camillas en donde languidecen sus vidas. 
Esas camillas no son angarillas al modo convencional ni tampoco se ajustan a la idea contemporánea del traslado de enfermos, en donde puede hallarse cierta comodidad y eficacia en la movilidad; en realidad, se trataba de los colchones utilizados por los pobres -krabattois-, que en estos casos se toman de los cuatro extremos por familiares o amigos para llevar a los dolientes donde el Señor.

Hay aquí dos cuestiones que no es posible pasar por alto; por un lado, son principalmente los pobres los más receptivos y sensibles a la presencia del Salvador. Por otro lado, las rígidas normas religiosas imperantes consideraban a las enfermedades como causal de contagiosa impureza ritual, y a menudo se entendían como consecuencias directas de los propios pecados o de los padres. Por ello estremece aún más que esa multitud que lleva a todos sus enfermos se componga de excluidos, de impuros, de aquellos que nadie quiere cerca, que nadie acepta, que usualmente se rechaza y deja de lado.

La fé redescubre valentía, y hay mucho coraje en esas gentes, un coraje que es producto de la confianza que ponen en ese Cristo caminante. La impureza ritual es contagiosa, y por eso el impuro no debe entrar en contacto con quien no lo es, bajo apercibimiento de transferir tal condición al otro: el Maestro a nadie rechaza, y aunque sólo intenten tocar el borde de su manto, lo tocan a Él, le confieren -multiplicado por miles- ese rótulo que deviene a su vez en un Cristo impuro y excluido también.

En los tiempos del ministerio del Señor, la vestimenta también se ajustaba a la Ley y por ello poseía características simbólicas importantísimas. Un varón judío normalmente se vestía con una túnica larga -jalut-, confeccionada en lana o lino, que le cubría el torso, los brazos, las piernas; su cabeza se cubría con un paño o con un turbante que además protegería la nuca y la parte posterior de la cabeza. Finalmente, utilizaban un manto o talit/tallit, que era una pieza de tela cuadrada y sin costuras, que se colocaba sobre la túnica. En los cuatro extremos del talit se anudaban flecos o borlas que representaban el sagrado e impronunciable Nombre de Dios -YHWH-.
Algunos hombres, especialmente los fariseos, solían extender la longitud de esos flecos como señal de una piedad profunda, pura exterioridad.

Pero las gentes sabían bien que significaban los bordes del manto de Jesús. El Evangelista es taxativo al respecto: todos los que tocaban esos flecos quedaban sanos.
Ello implica, a simple vista y contra toda crítica feroz que se le realizaba por su pretendida heterodoxia religiosa, que Jesús de Nazareth era un varón judío observante de las tradiciones y la fé de sus mayores.

Esas personas que ansiaban tocar esos flecos no realizan una acción teñida de superstición, pues superstición es la fé que se corrompe y por ello se deposita el corazón en ciertos objetos, una idolatría encubierta. Nada de eso, y quizás bastaría observar la fé de los más pobres, de hoy y de siempre.
Esas personas tocan los flecos porque se aferran al Nombre de Dios, que es Salvación, que es salud.

Nosotros también, con nuestras miserias a cuestas, deberíamos emprender el mismo camino. Confiar, confiar aunque todo diga lo contrario. El Cristo de los caminos a nadie rechaza, a todos acepta, y es menester aferrarnos al borde de su manto, a su Nombre Santo para recibir la inmensa bendición de su Gracia, sol de justicia en toda nuestra existencia, alba perpetua de Salvación para todas las naciones.

Paz y Bien

Pecador, pescador



Domingo 5º durante el año

Para el día de hoy (07/02/16): 

Evangelio según San Lucas 5, 1-11




Simón, Santiago y Juan, junto al Maestro, son los nombres que protagonizan la lectura que la liturgia para este día nos ofrece. 
El nombre que los identifica es exacto, pues refiere a que esos hombres aún no son discípulos plenos si bien han conocido a Jesús: su vida transcurre como siempre, entre la vida familiar -el Maestro sana a la suegra de Pedro- y el trabajo cotidiano en el mar de Galilea, pues era pescadores de oficio.

La multitud se agolpaba para escuchar esa Palabra tan nueva y extraordinaria de ese joven rabbí galileo. Pero cada uno de ellos vuelca allí sus ansias, sus necesidades, sus intereses y criterios, y quizás haya más necesidades urgentes que la búsqueda de Dios, de una vida nueva, de la verdad. Las multitudes a veces son como ríos caudalosos que no hay que detener pero es menester estar siempre dispuestos a ir contra la corriente, a saber tomar algo de distancia para evitar los arrastres vanos, y el Maestro lo sabe. A su vez, no abandonará a esas gentes a su suerte, y por eso se pone a enseñar, tomando algo de distancia, una distancia que evita la pérdida de perspectivas. Por ello se sube a la barca de Simón, pues Cristo se expresa y enseña a través de la barca frágil de la Iglesia.
Esa conjunción es asombrosa, revela una confianza que no solemos retribuir e implica que Dios se hermana al hombre en la tarea de la Salvación. Pero otra vez es menester tomar distancia: la enseñanza, las primacías, la Salvación son suyas, fruto de su amor eterno.

Volvamos a esos pescadores galileos. Son pescadores profesionales, de su habilidad y experiencia depende el sustento familiar; saben que el mejor momento para la pesca es la noche, así como conocen en qué zona del mar están los bancos de peces, para que su tarea no sea vana. 
Entonces sucede algo muy extraño: el Maestro -que es sólo un carpintero de tierra adentro- le indica a esos expertos pescadores que en pleno día se internen mar adentro y echen las redes. Es algo poco congruente con lo razonable, y Simón lo sabe, pero hay en él algo más que lo lleva a confiar, y esa confianza es el paso segundo de la fé. El paso primero es el de Dios que nos busca en Cristo.
Pero ese paso de confianza abrirá un tiempo infinito de asombros y milagros.

La pesca es la pesca de sus vidas, a deshoras, ajena a toda lógica. Las redes están tan llenas que parecen romperse, pero siguen firmes, conteniendo miles de peces. Es la fragilidad de la Iglesia, que se percibe pero que milagrosamente perdura por la Gracia de Dios, la Gracia que ha llenado redes y corazones de esos pescadores cuyos ojos se agrandan según transcurre la pesca.

Simón lo intuye, pues las cosas de Dios se albergan en las honduras del alma. Y se dá cuenta del abismo enorme entre ese Cristo que lo impulsa a navegar de otro modo novedoso, un Cristo que no es solamente un aldeano pobre, sino el Salvador, y su propia persona que reconoce mínima, ínfima, limada por el pecado y las miserias que porta.
Pero se trata de un tiempo nuevo. No es un tiempo de castigos, de ajustar cuentas, sino de rescates salvíficos. A pesar de la estatura empequeñecida de Simón, es invitado por el Maestro a una vida nueva junto a Él, tiempo de abandonar miedos y arribar a la tierra prometida, la tierra definitiva del perdón, de la Gracia, de la misericordia de Dios.

Hay una nueva vida para Simón, para los otros, para todos nosotros. La señal primera es el nuevo nombre, Pedro, nombre nuevo para una vida nueva que es misión y servicio, y que es alegre invitación a todos y cada uno de nosotros.
A pesar de nuestras miserias, somos pecadores invitados por la Gracia de Dios en Cristo a una existencia santificada en el amor de Dios, en su justicia, en la bondad de mantener a tantos peces perdidos en las redes de la compasión.

Del pecado siempre se puede regresar por el sendero seguro del perdón de Dios. Pero es menester celebrar esa bondad infinita desertando con fervor de toda corrupción, mansamente rebeldes contra la muerte que se expande de la mano del egoísmo y la soberbia.

Paz y Bien

 

Perder el centro




Para el día de hoy (06/02/16): 

Evangelio según San Marcos 6, 30-34




Los apóstoles regresaban donde el Maestro fervorosos, encendidos como nunca pues todo les ha salido bien, y así se pierden en las vanidades del éxito. No han comprendido el profundo sentido de la misión que el Maestro les ha encomendado. Ellos han sanado, han expulsado demonios, han anunciado la Buena Noticia, pero por primera vez enseñan. 
La enseñanza sólo le corresponde al Maestro, y ellos se arrogan un derecho de magisterio aunque no hablarán de Cristo. Solamente enseñarán, en tren de perpetuarlas, las viejas ideas nacionalistas de Israel que nada tienen que ver con las cosas del Reino.

Ellos han perdido su centro, y ese centro ha de ser el mismo Cristo. Por eso Él los convoca y los aparta de una multitud que es una marea, una masa que parece arrastrarlo todo. 
Tal vez el lugar apartado quiera significarnos un escenario de ruptura con cierta escala de valores mundanos sin trascendencia. Pero también hay un profundo rasgo de bondad en ese Cristo que busca el reposo de sus amigos, un descanso que les ayude a reparar de todo lo que se ha roto en su andar de fé, y porque la Buena Noticia no es una compleja abstracción sino eternidad encarnada, sanguínea, humana.

La multitud insiste. Hay una coincidencia rotunda entre la postura equivocada de los apóstoles y esas gentes que mantienen las expectativas de una restauración del Reino de Israel, de la corona davídica y la liberación de sus opresores.

Esa multitud también está a la deriva. Son como ovejas sin pastor, libradas a todos los peligros de la historia, en un marasmo de suerte y pesimismo resignado, y es precisamente ello lo que conmueve al Maestro, no los dejará solos, se priva de descanso, comida y tranquilidad con tal de abrir sus ojos y corazones.

Cuando perdemos el centro, cuando nos extraviamos en la oscuridad del pecado o nos asomamos a los abismos que nos ofrece el cansancio, es menester hacer un alto. Volver, siempre hay un reencuentro propicio corazón adentro- Ya no estaremos solos, Cristo es nuestra paz y nuestro descanso.

Paz y Bien  
 


Clasificaciones




Para el día de hoy (05/02/16): 

Evangelio según San Marcos 6, 14-29





En la lectura que nos ofrece la liturgia del día, el Evangelista Marcos menciona por primera vez en los Evangelios a Herodes Antipas. En apariencia, la referencia que hace del status de Herodes es errónea, pues éste no era rey sino tetrarca de Galilea y Perea, y su poder debía necesariamente contar con el aval del emperador romano, es decir, era un vasallo de Roma. 
Pero es posible inferir que no es un error involuntario sino deliberado, una forma sutil de señalar que ese poder político ejercido de forma brutal es tan espúreo y corrupto como lo es la vida personal del propio Herodes.

Herodes está preocupado, y no vacila en reconocer su propio crimen, la muerte del Bautista. Es que la figura pública del joven rabbí nazareno crece en influencia cada vez más, y a su vez suscita interrogantes entre las personas comunes y entre quienes detentan el poder.

Algunos afirman que Jesús de Nazareth es el Bautista que ha regresado de la muerte, y de allí que ejerza poderes milagrosos. Sin embargo, cierta corriente del pensamiento religioso oficial también toma esta idea pero afirmando que ese galileo es un instrumento demoníaco, y por ello puede expulsar demonios. Esa clasificación es muy peligrosa, pues se vislumbra un juicio religioso que puede llevarse por delante su vida.

Otros creen que el Maestro es un profeta como los antiguos, esos hombres de Dios que denunciaban con voz clara y fuerte la injusticia. En cierto modo, es una clasificación positiva y loable pero que se queda allí, en el llamado a la conversión de corazones y nada más.

Otra opinión es que Jesús es el profeta Elías que ha regresado: la figura de Elías es valiosísima a los afectos y a la memoria de Israel, pues precederá en lo inmediato el regreso del Mesías, y obviamente, si Jesús es el precursor no es el Cristo, el Mesías esperado.

Finalmente, para Herodes se abre un gran interrogante. Sin dudas era un hombre torpemente supersticioso, que supone que Cristo es Juan que ha regresado para vengarse de su muerte injusta. Sin embargo, lo que se pone en entredicho es el poder omnímodo del tetrarca, que era señor de la vida y de la muerte en sus dominios.

En todas las posturas, positivas o negativas, hay una clasificación preconceptual de ese Cristo que se adecua a los intereses de cada grupo y más aún, de cada persona. Un dios dibujado como una caricatura, proyección de los propios intereses.

A nosotros, aún inmersos en tanto banquetes mortales como los de Herodes, se nos abre el desafío de descubrir el rostro de ese Cristo que nos sale al encuentro, el Cristo verdadero de nuestra Salvación, el que es amigo y a la vez nos incomoda los esquemas, porque rompe expectativas menores y amplía horizontes mezquinos al infinito del amor de Dios.

Paz y Bien

Unos lo vindican como

Signos de cercanía y fraternidad





Para el día de hoy (04/02/16): 

Evangelio según San Marcos 6, 7-13



El envío de los discípulos en carácter misionero no es un envío cualquiera, ni una campaña que busca ganar adeptos o acrecentar número de fieles. Ante todo, ellos llevan consigo la confianza de Cristo, y serán otros Cristos por los caminos del mundo. Por eso la misión ha de tener rasgos únicos de identidad que se expresarán en signos/señales que brindarán en esa misión que también es servicio.

Irán de dos en dos porque la misión no es individual sino comunitaria, apoyo mutuo que forma familia espiritual. Pero además, siguiendo la tradición judicial judía en la que se establece que un testimonio es veraz por el aporte de dos testigos, tendrán una misión veraz, de verdad que libera.

Tienen poder, claro que sí, pero deben tener en claro que ese poder no les pertenece en lo absoluto, y que afecta a los espíritus malignos, poder sobre las dolencias y no sobre las personas. Su único poder será el servicio, salud y salvación.

Andarán ligeros con sandalias y bastón, pues no hay que aferrarse a nada ni a nadie -sólo a Dios- y junto a Cristo hacerse y hacer caminos.

Quizás el llamado a la escasez de medios parezca contradictorio. En numerosas ocasiones, el Maestro señaló la abundancia del amor de Dios multiplicando vino, peces, panes. Sin embargo aquí no se trata de un tonto pobrismo, sino de poner las cosas en su sitio, que Dios es lo más importante y que por ello jamás se olvidarán de sus hermanos más pobres.

Porque ese andar ligeros abre paso, libera caminos, expresa entre las gentes señales de cercanía y fraternidad, de la cercanía asombrosa de Dios con su pueblo, de su alegre ansia de que sus hijos no estén dispersos, sino reunidos en la mesa fraternal de la existencia celebrada.

Paz y Bien




El profeta despreciado




Para el día de hoy (03/02/16): 

Evangelio según San Marcos 6, 1-6



La lectura del Evangelio según San Marcos que hoy nos convoca implica un hito cristológico, un antes y un después en el ministerio de Jesús de Nazareth: a partir de los hechos acaecidos en su ciudad de origen -también relatados por el Evangelista Lucas-, el Maestro no volverá ya a predicar en las sinagogas. Seguirá enseñando en medio del pueblo, cara a cara con las gentes, alejado de la estructura religiosa oficial.
Aún cuando en varias ocasiones lo encontraremos enseñando en el Templo, será de manera casi clandestina, no oficial. En cierta forma, implica una evidente modalidad de excomunión del sistema religioso sinagogal.

Nos encontramos nuevamente en la celebración del Shabbat en Galilea, en su patria chica nazarena. Siempre nos es imprescindible ir más allá de la pura letra, vadear por el universo simbólico que se nos ofrece y por los signos que están allí, conduciendo miradas y corazones de todos aquellos que en verdad creen y confían en la Palabra de Dios.
Así entonces el rechazo de sus paisanos no expresa únicamente la repulsa de la pequeña aldea galilea, sino el rechazo de Israel al Mesías, se trata de renegar del Salvador porque éste no se encuadra con los esquemas y preconceptos que de Él se tienen, y esta última variable es válida para todos los hombres de todos los tiempos.

En esta lectura, obviamente, se nos presenta un párrafo que ha causado duras controversias teológicas a través de los siglos, pues se afirma que Jesús tenía hermanos y hermanas, abriendo el entredicho sobre la virginidad de María. Sin embarcarnos en temas que nos exceden -por capacidad y tal vez por ser ajenos a esta limitada reflexión- mencionaremos que en el siglo I, tanto en Israel como en los otros pueblos semíticos de Medio Oriente, la expresión hermano no remite directamente al vínculo biológico, sino a la pertenencia tribal, a los miembros del mismo clan.

De cualquier modo, lo que importa y es fuente de asombros es que Dios ha querido hacerse historia, tiempo, vecino, tener entre nosotros padre y madre, un oficio para ganarse con esfuerzo el sustento, una familia que le confiere identidad y tradiciones, la pobreza como distintivo primero. Un Dios tan parecido a nosotros que por eso mismo se nos vuelve un Dios muy incómodo.

La situación era muy conocida en la historia de Israel, hasta en proverbio se había transformado: nadie es profeta en su tierra.
En este caso, los paisanos nazarenos no pueden o no quieren ver la acción de Dios en Cristo pues infieren que un hombre tan común y tan conocido por ellos -padre, madre, hermanos cotidianos- no puede andar haciendo lo que hace ni diciendo lo que dice.
Allí no habrá milagros, pues los milagros no son acciones mágicas automáticas de una extraña taumaturgia, sino señales inequívocas del amor de Dios, de un Dios vecino y pariente que aún siendo Todopoderoso pide permiso, que no atropella voluntades para imponer su derecho, sino que busca la puerta abierta de un corazón que, a través de la fé, permite que germine la salvación en la existencia.

Paz y Bien  



Presentación, un tiempo extraño




La Presentación del Señor

Jornada mundial de la vida consagrada

Para el día de hoy (02/02/16): 

Evangelio según San Lucas 2, 22-40



La Sagrada Familia cumplia fielmente con sus obligaciones religiosas sin faltar a ninguna, aún cuando debieran realizar un viaje importante desde la Nazareth en donde vivían hasta la Jerusalem del Templo, y el dato es muy importante: responde a que ellos eran judíos fieles hasta los huesos, pero más aún, que el Mesías se enraiza en la historia, la cultura, la identidad y las tradiciones de un pueblo concreto, un Dios que se hace historia y carne con una identidad específica que es el indicio de unas profundas raíces divinas entrelazadas con la existencia humana.

La ocasión es sagrada. De acuerdo a la Ley, todo primogénito de Israel ha de consagrarse a Dios o, en su defecto, ser sacrificado; dada la prohibición de los sacrificios humanos, se obligaba a cambiar esa vida por una ofrenda puntillosamente tabulada. En el caso de la Sagrada Familia, dada su pobreza, la ofrenda se compone de un par de tórtolas o pichones de paloma.
En la sustitución obligatoria, ese Bebé Santo es ofrecido con solemnidad a Dios.
Pero también esa Ley indicaba que la parturienta reciente debía purificarse, pues devenía en impura ritual por los rigores del parto y el contacto con la sangre.

Extraño tiempo. El que viene a rescatar a la humanidad del pecado y de la muerte es rescatado por su padre carpintero con la ofrenda de dos pajaritos.

Extraño tiempo en que la más pura acude, humildemente, a purificarse.

Pero más aún, llegará el tiempo en que ese Niño ya no podrá ser sustituído por sucedáneos, y se entregará al sacrificio para el rescate y la salvación de todos los pueblos en la ofrenda inmensa de la Pasión.

El anciano Simeón y Ana, la hija de Fanuel, son dos abuelos del corazón, esos árboles nobles que los temporales de la vida no derriban jamás, esos que se mantienen firmes en la esperanza sin resignaciones, enteros en la oración, tenaces en el servicio y que nunca abdicarán en la confianza que tienen en las promesas de un Dios que nunca los abandona.

Fruto de esa fidelidad será poder entrever entre la multitud, en ese Templo tan grande, a un Niño tan pequeño que a su vez es el que todos esperan, la luz de las naciones, la gloria de un pueblo y de todos los pueblos.

Paz y Bien


Endemoniados




Para el día de hoy (01/02/16): 

Evangelio según San Marcos 5, 1-20




Jesús y los Doce se habían subido a la barca y navegando llegan a la otra orilla del mar de Galilea, a la región de los gerasenos, tierra de la Decápolis, las diez ciudades de origen helenístico que política y administrativamente se encontraban bajo la jurisdicción del cónsul romano ubicado en Siria. 
En cuanto al viaje, no se prolonga demasiado, pues no son demasiados los kilometros por recorrer por tierra o millas que navegar. Sin embargo, para esos hombres la distancia es enorme.

Ellos han salido de la zona confortable de la identidad judía y están en el extranjero, aunque la frontera traspuesta esté a pocos pasos: allí es territorio pagano, en donde se presupone que nunca llegará la bendición y los favores de Dios, y en donde son pasibles de suceder todas las desgracias.
Algo de ello puede percibirse, pues la recepción no puede ser peor: un hombre transtornado -alienado, endemoniado, presa su alma del mal-, un impuro absoluto que es casi un animal y que como tal lo tratan, y que habita en la casa de la muerte, un cementerio. Es significativo que apenas desembarcados le salga al encuentro el endemoniado geraseno, como si todo lo foráneo fuera impuro, diabólico, maldito.

A las gentes del lugar no les incumbían ni les interesaban las duras normas de pureza ritual existentes en Israel, pero los vecinos de la zona no son neutrales. Ellos no proporcionan alivio ni contención a ese hombre, y como solía ponerse violento, lo encadenan y le ponen grilletes allí en el cementerio, en un torpe intento de dominarlo y arrojarlo allí, a su suerte.
Peor aún que bajo el dominio de una regla religiosa, esos vecinos lo consideran dentro de parámetros normales, se han acostumbrado a los gritos, las heridas, la miseria andante en la que se ha convertido, una resignación frente a lo inhumano.

La presencia de Cristo siempre, esté donde esté, es vida y liberación, y por eso la queja airada de los espíritus malos que agobian a ese hombre, que se quieren tragar los escasos rasgos humanos que le quedan, imponiendo su soberanía espúrea. 
El nombre Legión no es casual: en la cercana siria, se estaciona la 10a. legión romana, cuya insignia distintiva es un jabalí -un cerdo salvaje-. Para las gentes de aquel tiempo, judíos o gentiles, las legiones romanas implicaban la opresión, el dominio de los pueblos mediante el uso brutal de la fuerza de las legiones: legión, entonces, tiene la connotación simbólica de lo que oprime, de lo que exige sumisión, de lo que sojuzga sin excepciones.
Legión es lo que se impone sin conmiseriaciones, y es siempre inhumano, abyecto, demoníaco, pues socava la libertad y coarta cualquier atisbo de crecimiento humano.

No hay mal que al Señor se le resista. Los espíritus malos traspasando del hombre enfermo a una piara de cerdos expresan el sitio teológico de lo impuro, de lo que debe desalojarse de los corazones. 
Así entonces esa piara se despeña al mar, quizás como purificación de un alma agobiada que se ha puesto nuevamente de pié, erguida en libertad, firme en su estatura de hombre pleno.

Los vecinos gerasenos no quieren más de eso. La pérdida de los cerdos ha sido demasiado gravosa, y dada la fama del rabbí galileo, es altamente probable que vuelva a suceder los mismo, pero de ese modo ellos eligen quedarse en tierra de sombras, priorizando las cosas -por más valiosas que fueran- por sobre las personas. Porque allí un hombre es el doliente, pero muchos los endemoniados, los que se acostumbran al mal, los que desmerecen cualquier bien en pos de los demás, los que balancean beneficios propios, nunca los ajenos.

Ese hombre re-creado quiere quedarse con el Maestro. A todos, en los momentos de pura claridad, nos gustaría -como a Pedro en el monte de la Transfiguración- quedarnos allí para siempre.
Pero hay vida nueva, y uno no solamente es libre de, es libre para. La verdadera liberación es el paso de la servidumbre al servicio, y ese hombre tiene ahora una misión, un apostolado, que es regresar al hogar y contar a los suyos de la asombrosa misericordia de Dios, del paso bienhechor de Cristo por su existencia, del éxodo liberador que se nos ofrece cuando el Maestro desembarca en las orillas de nuestros corazones.

Paz y Bien

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