El otro nacimiento




Para el día de hoy (23/12/15): 

Evangelio según San Lucas 1, 57-66




El Evangelista Lucas, con la maestría literaria a la que nos tiene acostumbrados, nos vuelve a situar en las montañas de Judea, en casa de Zacarías e Isabel: ciertas tradiciones antiguas vindican el sitio como Ain Karem, a unos siete kilómetros de Jerusalem. 
Se trata de un pequeño poblado, casi una aldea; en la estructura social de la época, sin dudas tenía su gravitación la tribu, su conceoción gregaria que confería identidad, de tal modo que se conoce más a las personas por su lugar de origen que por el apellido o patronímico -el primer ejemplo es Jesús de Nazareth-. Pero también, como podemos encontrar en algunos de nuestros pueblitos más pequeños, la cercanía de los vecinos implica una familiaridad vital, de la vida compartida con todos sus vaivenes.

Zacarías e Isabel estaban entrados en años. No habían podido tener hijos, y esa esterilidad, además de significar que el árbol familiar moría con ellos, implicaba además una desgracia, una maldición punitiva causada por pecados cometidos, por ellos o por sus padres. En el polo opuesto, todo hijo es una bendición.

No hay imposibles para Dios.

La que era casi abuela sin hijos ni nietos está con una panza que provoca estupor. Será madre, y madre primeriza a sus años. Llegado el tiempo del parto, se desata una serena alegría entre el pueblo: los vecinos festejan la gran misericordia que Dios ha tenido para con ese matrimonio piadoso, transformando la maldición en una asombrosa bendición, un regalo infinito. Ese hijo es un poco hijo de todos esos paisanos judíos de las montañas de Judea, porque en ese niño de maravillas también se reafirma su vocación por la vida.
Con cierto celo afable y amistoso, se arrogan alegremente ciertos derechos sobre el niño. Como decíamos, es un poco hijo de todos ellos. Por ello quieren terciar en el nombre que ha de llevar, debe llamarse Zacarías como el papá, deben seguirse las tradiciones, qué es eso de andar cambiando costumbres.
Pero Isabel no ceja en una tenacidad propia del amor materno y del Espíritu que la anima: el niño ha de llamarse Juan, que significa Dios es misericordia.

El padre, Zacarías, ratifica la decisión de la esposa, y recupera el habla que había perdido a comienzos del embarazo. Ha pasado su tiempo de silencio, y vuelve a hablar porque se ha reencontrado con la Palabra.

Esos vecinos no se enojan, claro que no. Importa el niño, que haya salido todo bien, que la mamá esté bien, imaginar juntos un futuro manso y venturoso. Sin embargo, hay cosas que no cuadran con este niño: ellos intuyen que hay algo más que un simple nacimiento. La mano de Dios está con él, y por eso se preguntan sin rechazos, que llegará a ser ese bebé que es bendición y asombro en sus ojos campesinos.

Ese niño abrirá caminos para Aquél que será, Él mismo, camino, verdad y vida.

Cada niño es una bendición, un regalo de Dios. Por el Dios que se hace niño, todos los niños son sagrados, y no deberían ser motivo de especulaciones, sino de gratitud por la vida que se renueva en cada vida que se nos regala.

Nosotros celebramos el nacimiento del Precursor, niño santo que anticipa la inminencia de otro Niño Santo, Dios con nosotros, que será todo en todos.

Paz y Bien

María de Nazareth -una canción-



MARÍA DE NAZARETH


Dulce muchacha humilde de Palestina
a vos por Madre suya Dios te eligió,
y cuando desde el cielo te mandó un ángel
para pedir tu consentimiento
vos le dijiste -Tu esclava soy-

Por eso voy a darte mi corazón
y cantando repetiré tu nombre
María de Nazareth

 
Fue tu materna espera luz de esperanza
hasta que el gurisito nació en Belén,
y vinieron los pobres y peregrinos
para adorarlo y Él sonreía
Dios con nosotros, el Emmanuel

En aquel tallercito de carpintero
Dios aprendió el oficio del buen José,
y vos yendo y viniendo de la cocina
guardabas cosas dentro del alma
que te sirvieron para después.

Viendo morir a tu Hijo sobre el Calvario
te hiciste nuestra Madre junto a la cruz,
y quedaste esperando porque sabías
que volvería resucitado
de entre los muertos el buen Jesús.

Ahora que en cuerpo y alma estás en el cielo
sentimos tu plegaria junto al Señor,
y que vas caminando con el que sufre,
con el que llora, con el que sueña,
con la justicia, con el amor.


Juan Dieuzeide

Grupo Pueblo de Dios

aquí puede escucharse:

Magnífico Dios




Para el día de hoy (22/12/15): 

Evangelio según San Lucas 1, 46-55



Producto de los afectos y de una religiosidad que a menudo se abstrae, solemos encaramar la imagen de María de Nazareth en imponentes altares, revestirla de lujosos vestidos, coronas refulgentes, reina del universo. Y lo es, claro está, pero ese modo devocional se extravía en abstracciones, y así perdemos de vista el inmenso valor de María como joven mujer judía de aldea menor, como mujer de fé, plena y feliz por creer. 
Porque es la Madre del Señor en su cuerpo, pero ante todo la Palabra se ha encarnado definitivamente en las honduras de su enorme corazón, tierra sin mal.

Los estudiosos mencionan que, probablemente, el Magnificat sea una construcción piadosa, una plegaria de las primeras comunidades cristianas. Pero sin dudas, expresa con carácter único su fé sin quebrantos, su esperanza cimentada en su Dios, su amor que no se resigna, y muy especialmente la profunda experiencia del paso salvador de Dios en su existencia, en la de su pueblo, en la historia humana.

María de Nazareth canta a ese Magnífico Dios, y al hacerlo, retrata de manera única al Dios Padre de Jesucristo, su Hijo y Señor.

Un Dios Salvador a partir de su experiencia personal, y sabiendo mirar sus huellas en la historia de su pueblo. Una Salvación que es concreta como es concreto el amor, porque ante todo y por sobre todo, María de Nazareth es una mujer que ama.

Un Dios que hace maravillas, dador infinitamente generoso de felicidad, de vida, de liberación.

Un Dios magníficamente parcial, cuyo rostro se inclina hacia los pobres, los pequeños, los humildes, los que no cuentan.

Un Dios que dispersa a los que piensan que son algo, que desarma los planes de los arrogantes, y que llegado el caso derriba a los poderosos de sus tronos, Dios que es amor, Dios que es justicia y derecho, Dios que es misericordia que se extiende de generación en generación.

Un Dios que que siempre cumple lo que prometió.

Un Dios que florece la vida, como ella comienza a experimentarlo en su propio cuerpo luego de conocerlo en las honduras de su alma.

En el Magníficat oramos alegres y confiados a un Dios que nunca se desentiende de la historia de sus hijas e hijos, que se hace tiempo, que se hace tan cercano como ese Niño que acunaremos en el silencio de nuestros corazones.

Magnífico el Dios de María de Nazareth que ratifica para siempre el amor con su pueblo en ese Cristo que nos está llegando a través de la Madre.

Paz y Bien

María, estrella de la Navidad



Para el día de hoy (21/12/15): 

Evangelio según San Lucas 1, 39-45




En las mentes y corazones de todos está presente esa estrella amistosa e inquieta que guía el trabajoso y extenso andar de los magos de Oriente hasta los pies del Niño añorado y esperado, rey de las naciones nacido de mujer en un portal. Es indicio también de las implicaciones cósmicas de la llegada del Redentor, y por sobre todo, que cuando la vida nos arroja a callejones sin salida, el buen Dios nos abre caminos, nos dirige los pasos inciertos hacia rumbos seguros.

De un modo más sencillo, en la espesura oscura de la noche Dios siempre hará destellar una estrella para que no se nos caigan las esperanzas.

En nuestras existencias, también solemos ser peregrinos distantes en busca del Redentor. 
Las diversas circunstancias de la vida, los preconceptos, las comodidades y conveniencias nos van alejando de esa profunda humanidad del Dios encarnado, de ese Bebé Santo en donde Dios mismo se revela y en donde encontramos nuestra Salvación, nuestra plenitud.

Andamos mal rumbeados, gastando suelas sin ton ni son, agotados de nada, y ese Dios nos vuelve a ofrecer una estrella para recuperar el sendero, los pasos ciertos y ligeros, sin cargas vanas que nos desvíen andares.

Esa estrella es María de Nazareth, Theotokos, la Madre del Señor.

El misterio de la Navidad tiene un amable rostro de mujer, joven y humilde. Por Ella y con Ella nos encontraremos, felices de sentido, en el pesebre de Belén, con la silenciosa humanidad de Dios en Cristo, Dios que se hace tiempo, que se hace historia, que se hace vecino, amigo, hijo queridisimo que se adormece en nuestras manos, un Dios que asume nuestra fragilidad haciéndose Él mismo frágil y dependiente de los demás.

Tiempo extraño, tiempo maravilloso, tiempo de que esa estrella nos sale al encuentro, en nuestra búsqueda, Visitación cordial de esa Mujer que es madre, discípula y amiga y en cuyos ojos nos encontramos la raíz de todas las alegrías, la Gracia de Dios que todo lo transforma.
Porque donde esté la Madre, nos encontraremos al Hijo.

Paz y Bien



Visitación, encuentro y bendición



Domingo Cuarto de Adviento

Para el día de hoy (20/12/15): 

Evangelio según San Lucas 1, 39-45




María de Nazareth se pone en camino, y ese caminar es también señal para todas las mujeres y los hombres de fé, porque todo se hace andando, porque creemos en Aquél que es camino, verdad y vida.

La escena estremece: una jovencísima mujer, con un reciente embarazo, que recorre Israel de norte a sur, desde Galilea -Nazareth- a la zona montañosa de Judea, a un poblado que la tradición identifica como Ain Karem. No es trayecto para una mujer sola, para una mujer tan joven, para una mujer encinta; los caminos están plagados de salteadores, ladrones y traficantes de esclavos, y hay veredas rocosas muy peligrosas.
Sin dudas, su embarazo sospechoso arroja sobre su existencia una sombra ominosa, por la rigurosidad de una Ley que ante la duda, mata. Quizás vá a la casa de Zacarías e Isabel a refugiarse, esperando que el denso clima escampe un poco.
Pero a María la impulsan unas prisas que no pueden contenerse. Para los corazones grandes, la compasión es impostergable, e Isabel hace cinco meses que se oculta en su hogar a las miradas de los vecinos: en cierto modo es comprensible, es casi una abuela con una panza espléndida de gravidez, de vida en ciernes, que habilita a almas menores a los comadreos prejuiciosos y humillantes, aunque se digan en voz baja.
Y María vá, socorro cordial a esa prima a la que comprende como nadie, pues Ella misma porta en su seno un embarazo extraño que dá que hablar, y es menester romper ese aislamiento. Pero es mujer, y también está empezando a conocer las cosas no escritas pero sabidas a las que hay que acompañar durante ciertas molestias que se presentan en el embarazo, los cambios del cuerpo, los sueños que se enarbolan nuevamente.
Aún así, hay otro motivo tanto o más fuerte que ése, y es la alegría: la Gracia de Dios ha dejado en su ser una huella indeleble de salvación, de plenitud, magnífico e ilógico tesoro que se acrecienta cuando se comparte, que se pierde si no se dá.

María e Isabel son dos mujeres bien distintas. Una es nazarena, de esa Galilea de la periferia siempre sospechosa, mientras la otra vive en la Judea de la recia y dura ortodoxia -Jerusalem está muy cerca de Ain Karem, a siete km-. Una está desposada con un humilde carpintero, la otra es esposa de un sacerdote del Templo. Una apenas sale de la niñez, muchachita que conmueve por su incipiente juventud; la otra, está más cerca de ser abuela, y quizás la muerte la merodee en poco tiempo.
En esa disimilitud, entre dos mujeres tan diferentes, acontece el encuentro, un encuentro que es encrucijada de la historia humana, es profecía, es buen augurio de un tiempo nuevo y definitivo. Los reyes, los guerreros y los sacerdotes han sido llamados a silencio, pues ahora tienen que hablar las mujeres y los niños.

A partir de esas dos mujeres, se expresa la Palabra.

Y cuando nos juntamos, nos encontramos, nos conocemos y re-conocemos, aún siendo tan diferentes, todo se vuelve posible. Se recupera la capacidad de asombro, la alegría de descubrir al otro, del misterio que bulle en las honduras de cada persona.Y ese encuentro se transforma en bendición.

Toda bendición, bien decir,  siempre de sirige a Dios. Son palabras de gratitud y alabanza, y aquí es la primera palabra fundante en el encuentro que pronuncia Isabel frente a María de Nazareth. Es reconocer, feliz, la presencia de Dios en los demás, y darse cuenta que ese encuentro es un regalo inmenso e inmerecido.

¿Acaso hemos hecho algún mérito, tenemos alguna credencial preferencial, somos mejores que otros para que la Madre de Dios nos visite? Porque donde está la Madre está el Hijo, y este Dios se hace presente en nuestra cotidianeidad, presencia sagrada que nos llega a través de Cristo, de la Madre, de sus amigos.

Que en este Adviento y esta Navidad cercana recuperemos la capacidad de reencontrarnos, de descubrirnos benditos, de agradecer el paso salvador de Dios que nos visita...y se queda para siempre.
Y allí sí, haremos una humilde fiesta, y cantaremos una canción de liberación al Dios Magnífico que siempre cumple sus promesas.

Paz y Bien

Zacarías y el silencio




Para el día de hoy (19/12/15): 

Evangelio según San Lucas 1, 5-25




Sin perder de vista el carácter de Revelación, de Libro Sagrado, hemos de mencionar que el estilo literario del Evangelio según san Lucas es maravilloso, bellísimo, pleno de signos y símbolos que nos nutren.
Siempre es menester sumergirnos en los diversos niveles de profundidad de un texto.

De manera magistral, Lucas nos brinda coordenadas históricas y geográficas que brindarán al relato un contexto específico; de allí la mención política a Herodes -el Grande, padre de Antipas-, por aquel entonces rey de Judea, que es la especificación geográfica. Pero hay más, siempre hay más, y se trata de otras coordenadas presentes y no tan evidentes, las coordenadas teológicas o espirituales: toda la lectura habla de un Dios comprometido con los suyos, que interviene decisivamente en la historia de su pueblo.

Así, en ese marco amplio, el Evangelista nos presenta a Zacarías, sacerdote de la clase o casta de Abdías: era uno de los tantas castas sacerdotales que prestaban servicios cultuales en el Templo en turnos rotativos, de tal modo que estos sacerdotes, por lo general, podían acceder al santuario a ofrecer el incienso sólo una vez en su vida, pues eran muchísimos -a diferencia de los sumos sacerdotes-. También Lucas señala que Zacarías y su esposa Isabel son descendientes de Aarón, es decir, descienden de la esencia religiosa misma de Israel.


Zacarías e Isabel son, para los parámetros de la época, ambos de edad avanzada. Su vejez quizás delate una religiosidad que se ha anquilosado, envejecido en la rigurosidad de las formalidades vacías de corazón y de fé, abdicación de la esperanza. Ambos son estériles, no pueden tener hijos, el apellido, la familia morirá con ellos, y tal vez sea esa misma religiosidad que se está secando sin frutos. Pero además, la esterilidad también era considerada una desgracia y un castigo divino por pecados inexcusables, en contraposición con la llegada de los hijos, siempre una bendición.

A Zacarías le llega el turno de inciensar el santuario del Templo: la unicidad de la oportunidad, lo sacrosanto del lugar nos revelan la importancia sagrada y la solemnidad del momento, cuando se presenta un Mensajero, Gabriel, voz y presencia de Dios, portador siempre de buenas noticias.
Y la noticia que le trae no puede ser mejor: contra todo pronóstico, contra toda lógica, Isabel y Zacarías -más cerca de ser abuelos, bordeando quizás la muerte- serán padres de un hijo maravilloso, que será una antorcha de esperanza y reconciliación para su pueblo. 
Ese hijo no se parecerá en nada a su papá, a diferencia de otro hijo de un carpintero galileo: ese niño no llevará el nombre paterno -se llamará Juan, Dios es misericordia-, no será sacerdote pero igual tenderá puentes y allanará caminos, desertará alegremente del Templo pues su Dios está en todas partes y muy especialmente en los corazones, y llevará una vida ascética e íntegra, confiado sólo en la providencia divina.

Zacarías permanece aferrado a los ritos viejos, a las doctrinas y a un culto que ha perdido sentido. De allí su incredulidad: no tanto por ser viejo su cuerpo, sino por haberse envejecido su alma, sin renuevo, sin esperanza.
Casi al mismo tiempo, una muchachita judía de Nazareth, ante un mensaje también extraordinario y aunque no comprenda, se confía con todo su ser a Dios.

Zacarías se quedará mudo. Esa mudez es la imposibilidad de pronunciar palabras que ya son vacuas, que no dan respuestas, pura fórmula sin Espíritu.
Su silencio no es tanto castigo, sino más bien una bendición. A veces es necesario exiliarse por un tiempo a las tierras del silencio para permitir/nos que germinen humildemente cosas nuevas, para que se despejen los espacios interiores para lo que permanece y no perece. Irse por un tiempo al silencio para regresar, plenos, con la Palabra.

Es un tiempo maravillosamente extraño, en donde el pueblo -con todo y a pesar de todo- permanece expectante. Cuando todo asoma perdido, hay que buscar en el pueblo los rescoldos de esperanza.
Es un tiempo santo en donde los reyes, los sacerdotes, los guerreros callan, pues no tienen más nada que decir, y donde cobrará nuevo y definitivo impulso la voz de las mujeres y de los niños.

Quiera Dios regalarnos silencios así, para que nos nazca la Gracia corazón adentro.

Paz y Bien

Anunciación de San José



Para el día de hoy (18/12/15): 

Evangelio según San Mateo 1, 18-24




Durante mucho tiempo, desde la reflexión teológica y desde la catequesis, se nos ha hablado acerca de las angustias de José de Nazareth que nos hace presente la lectura de hoy desde una perspectiva legalista, es decir, desde la óptica del cumplimiento de la Ley, para allí inferir los fundamentos de su decisión de repudiar a María en secreto.
Quizás ello actúe en desmedro de la importantísima y enorme figura del carpintero belenita como hombre de una fé frutal, hombre justo porque su voluntad -todo su ser- se ajusta a la voluntad de Dios.

Hay algo que solemos pasar por alto, como si no fuera posible en el ámbito de la Sagrada Familia, y es que María y José de Nazareth estuvieran profundamente enamorados, y que como tales no pudieran esperar el encontarse y compartirlo todo, aún cuando no fuera el tiempo de la convivencia marital.
Por eso mismo las dudas: al enterarse del embarazo milagroso de la mujer que amaba, un niño que vendría producto de la intervención divina, José de Nazareth vacila y teme, pero no por su esposa. José duda de sí mismo, se descubre menor, mínimo, indigno de estar junto a esa mujer bendita a la que le crece una vida nueva en su seno a puro amor de Dios. La santidad y el amor que le profesa a María lo hacen buscar una salida, una fuga silenciosa y sin escándalos, porque él no puede estar allí.
Humildad es raíz de justicia.

José de Nazareth se adormece. Es el cansancio del cuerpo demolido luego de una dura jornada de trabajo, en donde procuró el sustento familiar, en donde se acrecentó su dignidad desde la integridad, la honradez y el esfuerzo. Pero ese adormecerse es también símbolo de todos aquellos que no se rinden, que no se resignan, que frente a un cerco de sombras presentes no dejan de imaginar, esperanzados, un futuro diferente. Porque Dios acompaña con buenas noticias a todos los soñadores.

Un Mensajero -voz y presencia sagradas- le ordena las ideas, le clarifica las angustias, lo pone en marcha hacia su misión que es un destino que deberá edificar con la ayuda de Dios.
Su tarea no es menor: al convertirse en padre legal -no padre adoptivo- del Niño que habrá de nacer, José de Nazareth posibilitará que el Bebé Santo tenga historia y familia, que no sea un bastardo sin arraigos, que en el árbol frondoso de Israel puedan seguirse sus raíces hasta David y Abraham.

Más aún: será José quien le ponga un nombre al Niño. Un nombre es mucho más que un capricho o una moda pasajera: un nombre revela carácter y destino, y el Niño se llamará Jesús -Yehoshua-, que significa Dios Salva, porque ese Niño salvará a su pueblo de todos los pecados.

Magnífico padre,y padre con todas las letras José de Nazareth. Seguramente el Niño que ya hombre se convertirá en Maestro, te llamaba de pequeño abbá, y desde tu silente y frondosa figura reveló a las naciones el rostro amable de un Dios que es Padre. Y a tu Dios le llamabas con ternura y confianza hijito.

La Anunciación de San José es llamada para aclararnos las cosas a cada uno de nosotros. Para Dios no hay imposibles, pero es tiempo de la Gracia, del milagro eterno de la Encarnación, Dios con nosotros, tiempo santo de Dios y el hombre. Y ese Dios nos busca, pequeño y frágil, para hacerse tiempo, historia, un Hijo amado que duerma en nuestros brazos, que crezca ante nuestros ojos, que se haga Salvación para todas las gentes.

Paz y Bien

De urdimbre silenciosa




Para el día de hoy (17/12/15): 

Evangelio según San Mateo 1, 1-17




Para muchas culturas antiguas, la relevancia de una persona estaba directamente asociada a su linaje, a sus antepasados famosos. Así entonces, se elaboraban extensas genealogías para destacar el carácter y también el destino de esa persona partiendo de la familia que lo precedía.
En ese modo procedural es que el Evangelista San Mateo establece en el Evangelio la genealogía de Jesucristo: refiere a su carácter único y a su misión de salvación, Mesías de Israel y de toda la humanidad, en base a toda una nutrida historia que lo precede.

Mateo no se afirma en la rigurosidad histórica, pues su intención no es desarrollar una crónica histórica, sino una crónica teológica o espiritual, y por ello incurre en aparentes errores o confusiones.

A diferencia de las tradiciones de los pueblos semíticos, en donde la voz cantante la llevaban los varones; en este caso, las que serán decisivas en la historia de Jesús de Nazareth serán cinco mujeres, María de Nazareth junto a cuatro extrañas compañeras. Extrañas, pues no hay ninguna matriarca, ninguna reina, ninguna figura femenina heroica de Israel: Tamar, Rahah, Rut y Betsabé -la mujer de Urías- son todas ellas extranjeras e infringen por ello las severas normas imperantes de pureza ritual. Todas presentan embarazos extraños, sospechosos, pero todas tienen un sagrado denominador común: por ellas y en ellas se mantiene viva la esperanza y la promesa de redención del Dios de Israel a su pueblo. Y este Dios parece conducirse desde los márgenes de la historia.

Mateo agrupa lapsos en tres grupos de catorce generaciones cada uno. La carga es simbólica: mientras que el número tres refiere a la divinidad, el número siete refiere a la perfección. Aquí, entonces, se nos presentan seis septenarios o seis lapsos de siete años previos al nacimiento del Señor. Por lo tanto, por la mano de Dios, en el nacimiento de Jesús comienza el séptimo año, el definitivo, el de la plenitud humana.

La genealogía está presentada de manera descendente, es decir, desde Abraham, pasando por el rey David, hasta Jesucristo. El Cristo de nuestra salvación es heredero de las promesas hechas a toda la humanidad por Abraham, padre de todas las naciones, y también heredero del rey David, y por ello en Él se cumplen las esperanzas de Israel.
Aunque quizás, lo más importante es que el Salvador ha nacido entre nosotros, como uno más, urdimbre silenciosa de Dios en la historia de un pueblo y bendición para todos los pueblos, y es el mismo Cristo que quiere humildemente ser parte también de nuestra historia, nuestro tiempo, nuestras alegrías y esperanzas.

Paz y Bien





El Mesías que esperamos




Para el día de hoy (16/12/15): 

Evangelio según San Lucas 7, 19-23




Juan el Bautista tenía discípulos que seguían sus pasos y enseñanzas; los datos que encontramos en los Evangelios y en los estudios historiográficos indican que este discipulado tenía las características de un movimiento religioso y nó de un pequeño y cerrado grupo. Esa extensión del ministerio de Juan, por ello, lo volvía cada vez más peligroso para los poderes político y religioso, por su influencia notoria sobre el pueblo.

En la lectura del día de hoy, y aunque no lo menciona explícitamente -lo sabemos por el Evangelio según San Mateo-, el Bautista está preso en las mazmorras de Herodes, en correspondencia con ese peligro percibido y suprimido. Sin embargo Juan no se resigna y permanece fiel a su vocación profética, es la voz en el desierto, el que allana los caminos de Aquél cuya llegada es inminente. Pero intuye que su tiempo, a causa de los violentos e intolerantes, se está por terminar, y ha descubierto con su profunda mirada al Cordero de Dios caminando por entre la multitud que acude a bautizarse con él a orillas del Jordán.

Aún así, envía a dos de sus discípulos al encuentro de Jesús de Nazareth: el dúo es garantía simbólica de veracidad según la legislación tradicional judía: la pregunta es crucial, y refiere a si deben seguir esperando o si Él, Jesús de Nazareth, es el Mesías esperado.
Varias cuestiones se tejen aquí: las vacilaciones propias del terror de estar encerrado, a oscuras, despreciado sólo por llamar a los corazones a la integridad y a la conversión, con la sombra de una muerte ominosa aflorando por todas partes. También, ese Mesías intuido no se condice con los antiguos esquemas de un Mesías glorioso y vengador de su pueblo, que restauraría el Reino de Israel. Ese joven galileo, humilde y pobre, parece no adaptarse a los viejos moldes.

Más allá de todo, más que dudas, hay en Juan una confianza que todo lo sobrepasa. Sea cual fuera la respuesta, Juan confía en el rabbí galileo, pues sabe que no quedará defraudado.

La respuesta no se hace esperar: el tiempo es hoy, éste es el tiempo.

No se trata de una afirmación doctrinal, sino profundamente vivencial, decididamente enraizada en lo humano.
Para la religiosidad de la época, pobreza, enfermedad y muerte son marcas indelebles, ante las que hay que agachar la cabeza. Las dolencias como consecuencia directa del pecado, una acción punitiva de Dios que impurifica al enfermo con doble castigo, como doliente y como pecador condenado. La pobreza como como desgracia producto de una vida disipada e impía, pues la bendición de la prosperidad sólo alcanza a los que se atienen a los rigores preceptuales. La muerte como frontera infranqueable, irreversible, frontera definitiva.
Todo el ministerio de Jesús de Nazareth revierte estos conceptos crueles y hace presente el amor de Dios sanando a los enfermos, resucitando a los muertos, anunciando la Buena Noticia a los pobres, a todos aquellos para los que nunca hay ninguna noticia nueva ni buena. Ello es lo que llevan los discípulos al Bautista como credenciales de identidad del Salvador presente en medio de su pueblo.

Adviento es un regalo inmenso, es el tiempo ideal para volver a preguntarnos -aquí y ahora- si Cristo es el Mesías que esperamos, nuestro Salvador nacido de mujer en la pobreza de un pesebre, o si debemos esperar a otro.
La respuesta no debe hacerse esperar, pues la Salvación, que es alegría plena, que es felicidad, está al alcance de todos y es impostergable.

En el Niño Santo nos encontraremos nuevamente para que la vida se ponga de nuevo en movimiento pascual.

Paz y Bien

Los dos hijos




Para el día de hoy (15/12/15): 

Evangelio según San Mateo 21, 28-32




La discusión entre el Maestro y los saduceos continúa en el Templo de Jerusalem. La religiosidad de esos hombres estaba revestida de gestos ampulosos, de estricta observancia de las regulaciones, en la práctica de ritos exactos, una piedad sin corazón ni misericordia que renegaba abiertamente del prójimo.
Esos hombres -sumos sacerdotes y la nobleza laica- representaban el poder religioso, económico y hasta político dentro de la nación judía: su posición privilegiada -todos ellos poseedores de importantes fortunas- era considerada una profusa bendición de su Dios por una vida virtuosa, una fé en beneficio de unos pocos, pues todo el resto fuera de ellos era objeto de su menosprecio.

En corazones y mentes así, no hay lugar para la justicia del Reino, que es la misericordia de Dios.

Es lo que el Maestro intenta hacerles entender cual es la verdadera mirada bondadosa del Padre, cual es su voluntad.

De buenas intenciones se pavimentan las carreteras que conducen a la perdición. Lo que cuenta no es la declamación, las voces vacuas y vanas. Lo que cuenta es la Palabra que se encarna y se hace vida, porque se ha escuchado con atención. Y la señal primordial es la gratitud y la bondad que se practica para con los demás, que es donde resplandece el rostro de Dios. Por eso, para escándalo y espanto de esos hombres de corazones rocosos, las prostitutas y los publicanos los preceden en el camino de la Salvación por creer, por los frutos que brindan a partir de esa fé, aún cuando hayan tenido un tiempo de negación, de rechazos, de sombras.

Aunque quizás ellos y nosotros aún no aceptemos dos cuestiones primordiales que surgen en la parábola de los dos hijos: que siempre hay tiempo para el regreso, porque un Dios que es Padre siempre nos aguarda ansioso y feliz con la vuelta al hogar.
Y por sobre todo, que todos -buenos y malos, justos y pecadores- somos por Cristo, sus hijos amados.

Paz y Bien

Privilegios y preconceptos


Para el día de hoy (14/12/15): 

Evangelio según San Mateo 21, 23-27




En las lecturas que nos van nutriendo estos días, es menester tener siempre por horizonte una Navidad cada vez más cercana. Ello le brinda un nivel de profundidad inusual, y claves de lectura muy útiles a nuestra reflexión.

En esta oportunidad, nos situamos en Jerusalem, precisamente en el Templo, y con el Maestro enseñando: ello brinda a todo el texto un aura de solemnidad que no podemos pasar por alto.
Se acercan a Jesús los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo, y no se trata solamente de una identificación positiva por parte del Evangelista: los sumos sacerdotes y los ancianos/senadores -la nobleza laica- pertenecían a la secta saducea, y detentaban tanto el poder religioso como el económico, y eso, en una sociedad como la judía del siglo I, implicaba también el poder político.

Ellos se perciben a sí mismos como depositarios de la confianza y el poder divinos. Por ello, el surgimiento de ese joven rabbí galileo los descoloca, los reviste de pánico que se convierte en acciones concretas para tratar de reducirle, de suprimirlo, de acallarlo de una buena vez. Su influencia sobre el pueblo crece día a día, y para colmo se mueve por los bordes, por la periferia y por fuera de los estratos de poder habituales.
Se puede simplificar de modo veraz afirmando que esos hombres esbozan preconceptos descalificadores porque sienten bajo amenaza directa toda una vida de honras y privilegios a la que se creen con derecho por sobre los demás, las cabezas y corazones de los otros como escalones para ascender.

El preconcepto queda evidenciado en requerirle a Cristo que indique de dónde le surge esa autoridad -exousía- que ejerce sin vacilaciones a favor de los pobres, dolientes y pequeños. Es claro. Ellos mismos son los que libran cédulas, otorgan pergaminos y reconocen solamente una fracción de autoridad por ellos delegada o autorizada. La pregunta es falaz, tramposa. La pregunta correcta -aún cínica- debería ser quién te autorizó a hacer y decir lo que dices y haces. 

Más en ellos no hay casuística, ni búsqueda de la verdad. Sólo un juego dialéctico que esconde desprecio, y por eso también rechazaron la autoridad del Bautista.

Es el tiempo ideal si ciertos privilegios e intereses propios obstan una apertura cordial frente a la Gracia de Dios. Si nos enredamos en absurdos juegos de palabras para no escuchar la Palabra. Pero muy especialmente, a no reconocer la evidencia del paso salvador de Cristo por nuestras vidas.

Paz y Bien




Escuchar al profeta




Tercer Domingo de Adviento - Domingo de Gaudete

Para el día de hoy (13/12/15): 

Evangelio según San Lucas 3, 2b-3. 10-18




Un profeta es un hombre que habla en nombre de Dios, y Dios habla a través de él. Un profeta anuncia futuro y denuncia los quebrantos presentes que se oponen a los deseos de Dios, la vida misma.

A un profeta el mensaje le quema por dentro, y no puede callar.
Por eso también un profeta proclama las cosas de Dios, y no se detiene en declamar. Toda declamación suele ser la verbalización de buenas intenciones, apenas un mensaje vacuo sin respaldo existencial: así entonces un profeta ratifica la veracidad de su proclamación con la total coherencia entre su mensaje y su vida cotidiana.

Juan parece ir a contramano de su tiempo. Ya su nacimiento es asombroso, sus padres están más cerca de ser abuelos que de la paternidad, y el nombre que le ponen no se condice con las tradición paterna, es decir, no se llamará Zacarías ese niño asombroso: en cambio se llamará Juan -sin que nadie en su familia se llame así- que significa literalmente Dios es misericordia.

Juan rompe también con la tradición familiar, y no será sacerdote como su padre Zacarías. Rechaza los pomposos vestidos sacerdotales, y se vestirá con pieles de animales salvajes. No participará de fastuosos banquetes, su alimento principal será la miel silvestre y algunas langostas.
Hay toda una señal que será llevada a su plenitud por Cristo: a Dios no se lo encuentra en lugares específicos y limitados como el Templo, sino en las honduras del corazón y muy especialmente en la persona del Mesías.

La integridad de Juan es enorme, deslumbrante, humildemente demoledora. Por ello atrae a un pueblo hambriento de verdad y liberación, y a su vez desata las iras de quienes detentan el poder religioso y político: esos hombres suponen que el joven profeta es una grave amenaza por su creciente influencia sobre el pueblo. Aunque quizás la verdad sea más sencilla: la probidad, la honradez, la entereza ponen en evidencia, con su sola presencia, todas las corrupciones y miserias.

Esas gentes, ese pueblo oprimido por el poder imperial romano y por una religiosidad asfixiante, le pregunta a Juan qué deben hacer. Es la misma pregunta que cualquier comunidad o cualquier persona se hará frente a tiempos gravosos, frente a las tinieblas, frente al sentido último de la vida, frente a una plenitud que se ansía pero a la que no se puede acceder, tal vez en semejanza a una imagen difusa de un Dios lejano e inaccesible, severo y punitivo.

Es menester volver a escuchar al profeta. La perfección, la plenitud, se despliega y acontece en lo cotidiano, en todas las cosas y oficios que desempeñamos, en justicia, solidaridad y honestidad, todos frutos cordiales de la Misericordia. Volver a Dios es volver al prójimo.

Hoy es Domingo de Gaudete, el Domingo de la Alegría, pues celebramos un nuevo despertar por la voz fuerte del profeta, porque el Señor está cerca, porque la felicidad no sólo es posible sino que es la vocación primera de todos los hijos de Dios.

Paz y Bien


Ayate




Nuestra Señora de Guadalupe, Patrona de América Latina

Para el día de hoy (12/12/15): 

Evangelio según San Lucas 1, 39-48



Un ayate es una prenda muy humilde. Tejida con fibras de magüey, se transforma en una suerte de poncho que con su tela basta protege del frío, pero a su vez como mecapal o mochila para llevar cosas importantes, instrumento para el trabajo que a veces se tiende en el suelo como mantel de campo.

Cuando se lleva algo en el ayate, se aprieta contra el pecho y, un poco, se oculta eso que se porta.

Por sus orígenes humildes y sencillos, es también la vestimenta de los pobres. O como en México -en el siglo XVI y quizás ahora también- es la prenda de los indios, los pobres entre los pobres, los más pequeños, los que no cuentan.

En 1531, el ayate de San Juan Diego Cuauhtlatoatzin lleva escondido el tesoro inmenso de amor de la Madre de Dios, un Dios que siempre inclina su rostro amable hacia sus indefensos, anawin del Señor a los que se revela la Buena Noticia del Reino entre nosotros.

Ese ayate esconde rosas magníficas que interpelan, que estremecen de ternura, presencia constante y fiel de una Madre que es también compañera, discípula y amiga. Mujer que no tiene casa propia, pues su hogar está allí en donde los hijos la reciben.
Y donde está la madre, está también el Hijo.

Huey, Tonantzin!

Salve, Madre de Dios!

Que seamos dignos de llevar en las honduras de nuestros ayates la Gracia de Dios, el cariño de Madre, la Buena Noticia de un Dios que nos ama sin desmayos.

Que la Madre de Dios, Señora de Guadalupe, bendiga a México, a Latinoamérica, al mundo entero.

Paz y Bien




Difamaciones




Para el día de hoy (11/12/15): 

Evangelio según San Mateo 11, 16-19





Tener presente el contexto en donde el Maestro predica siempre ayuda a la reflexión, a la meditación: Él se dirige a la multitud pero no habla de esas gentes, habla de terceros, habla de la dirigencia religiosa, de la élite de escribas y fariseos que le perseguían con encono.

Esos hombres, profundamente religiosos, son profusos dispensadores de críticas despiadadas. Rechazan con el mismo encono tanto al Bautista como al Maestro, y no vacilan en difamarles, creyendo que así serían eficaces en la destrucción de aquellos que edifican como enemigos.
La enorme integridad del Bautista los pone en evidencia, y es una constante: la luz de los hombres probos y santos hace destacar las sombras que sobreabundan en las almas ajenas por simple contraposición. Por eso mismo, se valen de su austeridad, de su vida solitaria en el desierto para vindicarlo como un loco desquiciado que es menester evitar.
La realidad indica otra cosa más grave: el llamado a la conversión que hace Juan, necesariamente aleja al pueblo de la mediación institucional que se afinca en Jerusalem, precisamente en esos hombres cuyo poder e influencia dominante se vé amenazada.

Por otro lado, el joven rabbí galileo, de mirada amable y palabras de misericordia, que no discrimina a los que habitualmente se excluye y desprecia, que gusta compartir el pan y el vino con los demás como símbolo y anticipación del ágape de Dios, es tildado como glotón y borracho. 
Este Cristo derriba los terribles esquemas de impureza ritual que apisonan corazones y esperanzas, y abre mentes y almas a un vínculo cordial y confiado con un Dios cuyo rostro es el de un Padre, y no el de un verdugo severo y vengativo.

En los dos casos, parecería subyacer una actitud caprichosa por parte de esos hombres, un carácter pueril que nada tiene de transparente. Lo que en verdad esconden es que tanto el Bautista como Jesús son graves amenazas a su propio poder.

Así el Maestro se descubre e identifica como Hijo del Hombre: ello tiene una trascendencia enorme. Implica que la fidelidad a su misión, al proyecto del Padre, conduce a una humanización plena de todos los hijos, sin desmedros ni condiciones, Dios que asume nuestras miserias y limitaciones.

La sabiduría de Dios irá revelando en acad gesto de Cristo el sagrado plan de Dios, plan de amor y Salvación, de fidelidad hasta el fin, la Buena Noticia de nuestra liberación.

Paz y Bien



El Bautista y la tierra prometida



Para el día de hoy (10/12/15): 

Evangelio según San Mateo 11, 11-15



En el tiempo del ministerio de Jesús de Nazareth, el pueblo judío vivía ansioso de una liberación que antaño se les había prometido y parecía demorarse, un compromiso de parte de su Dios anunciado por antiguos profetas, especialmente Elías, quien regresaría para restaurar la nación judía en libertad y vínculo indisoluble con su Dios.

Por esas cuestiones y por una realidad agobiante, el surgimiento del profeta Juan, Bautista a orillas del Jordán vuelve a encender las esperanzas adormecidas del pueblo. Sin dudas, no era fácil escuchar al recio profeta del desierto: su llamado a la conversión, al regreso a una vida virtuosa en Dios se nutría de un lenguaje duro, pleno de imágenes que referían a ese Dios como un juez severo, implacable, vengador.
Aún así, la santa integridad del Bautista era aire fresco para tantas almas agobiadas, que lo escuchaban con agrado y atención, porque preparaba la inminente llegaba del Mesías que todos esperaban.

Acerca de Juan, el Maestro no ahorra elogios, pues ante la multitud, el Maestro declara sin ambages que el Bautista es el más grande de entre los nacidos de mujer. 
La afirmación estremece: Juan el Bautista es, a los ojos de Cristo, más grande que Abraham, que Moisés, que todos los profetas, que cualquier ser humano. Pero a su vez, una aparente contradicción ensombrece lo que proclama: el Bautista es el más grande, más sin embargo el más pequeño del Reino de los Cielos es mayor a él.

No se trata de un juego de palabras.
Juan, como un inclaudicable Moisés para su pueblo, endereza senderos y allana los caminos para el encuentro de los corazones con el Salvador. Y al igual que Moisés, conducirá al pueblo por el desierto por la dura huella de la conversión, del dejar atrás lo que perece, y los hará arribar a la tierra prometida. Pero él, cumplida su misión, dejará a las gentes seguir y no irá un paso más.
Juan es una bisagra de la historia de la Salvación, un hito en los tiempos de la fé, y por eso mismo los que vendrán después serán mayores a él no por méritos acumulados, sino por la Salvación que los rescata, el Evangelio que se hace tiempo.

Los profetas inclaudicables como el Bautista nos conducen a la tierra prometida de la Gracia, del nuevo bautismo definitivo en donde renacemos al amor infinito de Dios.

Paz y Bien

Carga y alivio



San Juan Diego Cuauhtlatoatzin

Para el día de hoy (09/12/15): 

Evangelio según San Mateo 11, 28-30




El yugo era conocido en el tiempo del ministerio de Jesús de Nazareth: se utilizaba para uncir los bueyes, y unidos por la fuerza de la madera del yugo que doblega su cerviz, dirigirlos hacia el surco para arar o hacia una ruta determinada, con un rumbo específico. Y el Maestro se valía de imágenes de la vida cotidiana para que todos comprendieran, una capacidad de la que quizás hemos abdicado, hablar de las cosas de Dios con el hombre y la mujer de hoy a partir de las cosas y situaciones que viven a diario.

Ahora bien, a grandes rasgos un yugo representa sumisión, inclinar el orgullo. Sumisión del pueblo ante su Dios. Sumisión ante el poder imperial romano. Pero también y especialmente, sumisión ante la Ley y los preceptos férreamente reivindicados por escribas y fariseos.

En esta oportunidad, Jesús se dirige a los pequeños, a los anawin del Señor, que soportaban la carga intolerable que le irrogaba esa religiosidad, sofocados en un mundo plano sin posibilidades de vincularse a un Dios por demás alejado e inaccesible, cuya bendición se derramaba para algunos pocos. Terrible la carga impuesta, terrible el yugo de la resignación.
En ese ámbito tan cerrado y doloroso, las palabras del Maestro llegan como una suave brisa que todo lo renueva, como rocío bienhechor que redime los desiertos. Son palabras de consuelo, de misericordia revolucionaria: cada mujer y cada hombre puede experimentar directamente y en plenitud el amor de Dios como Padre, la plenitud de la existencia, la cercanía del Creador, fuente de todas las alegrías. 
Todo ello se hace posible en los asombros infinitos de la Gracia, y aprendiendo de Cristo, discípulos en mansedumbre y humildad.

Más aún, su Palabra atraviesa toda la historia y llega a los portales en donde languidecen todos aquellos que han sido menoscabados en humanidad, en integridad, en justicia. 
Porque en Cristo y su Evangelio todas las esperanzas se renuevan y recrean.

Paz y Bien  

María Inmaculada, madre de buenas noticias



La Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María

Para el día de hoy (08/12/15): 

Evangelio según San Lucas 1, 26-38



Hoy la Iglesia celebra la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María. En ella florece una especial devoción por la cercanía y la ternura, especialmente entre la gente más sencilla que la reconoce como uno más entre nosotros, como Madre y compañera fiel.

Sin embargo, una piedad que no ha crecido recta y frutal, la ha elevado al honor de los altares, con coronas, joyas y ropas lujosas, quizás olvidando a esa mujer de pueblo, mujer creyente, toda de Dios y toda nuestra.
Pies de barro y corazón de cielo.

Así también, cierta catequesis errónea ha impuesto el criterio de excepción y de privilegio que diferencie de manera raigal a María de Nazareth del resto de la humanidad, relegando y renegando de la gratuidad insondable del amor de Dios. 
No hay obligación o capricho divino, no hay obcecada pretensión humana. Sólo prima la elección gratuita y amorosa de Dios, y así la Salvación es la expresión mayor de la soberanía de Dios, absolutamente libre, absolutamente incondicional, absolutamente amorosa.

Así entonces, la Inmaculada Concepción de María no es una cuestión de fé de la Santísima Virgen, sino una luminosa señal de la bondad de Dios, que interviene en la historia aún cuando no haya respuesta previa del creyente. 
María Inmaculada nos habla hoy de un Dios que tiene todas las primacías, que desde su infinita eternidad decide la salvación de la humanidad, una transparencia que recree la vida desde la pequeñez de esa muchacha nazarena.

Clave y luz de los corazones, la Inmaculada nos recuerda el amor de Dios en nosotros que redime y santifica.

Ella es Madre de buenas noticias, de que Dios nos ama desde siempre, que nos resguarda en sus manos paternas, que guarda nuestros pasos, que nos sueña plenos, felices, eternos interviniendo Él mismo en la pequeñez de nuestras existencias, paso salvador de Dios por nuestra cotidianeidad.

Paz y Bien



Boquetes en los techos



San Ambrosio, obispo y doctor de la Iglesia

Para el día de hoy (07/12/15): 

Evangelio según San Lucas 5, 17-26




El Maestro se encuentra en Cafarnaúm, seguramente en la vivienda familiar de Simón Pedro. De niño su casa ha sido la de José de Nazareth: ahora su hogar se halla en casa de amigos, allí en donde se lo recibe con el corazón.
La casa del Señor es la casa de sus amigos.

Cafarnaúm se encuentra a orillas del mar de Galilea, y es una importante ciudad fronteriza que posee una nutrida actividad comercial. A menudo los habitantes de este lado se confunden con los de la otra orilla, extranjeros y paganos, y en gran medida por ello, es una zona -como toda Galilea- bajo constante sospecha de heterodoxia y menoscabo, por el contacto habitual con el extraño, con el impuro.

La fama del Maestro se acrecentaba día a día. Las gentes se agolpaban allí donde le encontraban, pero también, severos auditores, llegan fariseos y doctores de la Ley con la intención de detectar cualquier atisbo de desvío de la doctrina religiosa oficial que ellos representan y detentan.
Esa religiosidad, a su vez, considera al enfermo -cualquiera sea la patología que padece- un pecador y un impuro, de impureza ritual contagiosa. 

Las gentes y los censores se agolpan, y hay varios que no pueden llegar a la presencia de ese Cristo en el que confían, que sana, que restaura, que inaugura un tiempo nuevo de perdón, de amor de Dios.

Un hombre se encuentra paralizado, parálisis por los miembros que no le responden, parálisis por un alma resignada, doblegada por una doctrina inhumana. Su fé se diluye en la desesperanza, pero unos amigos se movilizan por ese hombre inmóvil. Ellos toman una maravillosa iniciativa, aún cuando por el simple hecho de portar las angarillas ellos mismos se convierten en impuros como el doliente, pero aún así no bajan los brazos. 
Hasta se animan a lo impensado: abren un boquete en el techo y con sogas hacen descender la camilla hasta la presencia del Maestro, con todos los riesgos que ello implica.

El Señor sana y salva, y esas acciones son dos caras del único amor de Dios. El pecado que restaura, que levanta, ternura que libera y que pone las cosas en su lugar, aunque las almas serias mascullen blasfemias varias o impugnen gestos de Salvación.

Quiera Dios que así sea la Iglesia, un recinto amplio, familiar y hogareño en donde muchos ingresan por las puertas abiertas. Otros por las ventanas. Otros, por asombrosos boquetes en los techos, hombres y mujeres de fé que asumen el dolor del hermano para llevar a la verdadera presencia de Cristo a los que sufren, a los que han sido olvidados o descartados por un férreo sistema que anula corazones.
Porque en esta casa grande todos han de ser recibidos con alegría, sin importar el modo en que han ingresado.

Paz y Bien



Todos verán la Salvación de Dios



Domingo 2º de Adviento

San Nicolás de Bari, obispo

Para el día de hoy (06/12/15): 

Evangelio según San Lucas 3, 1-6




En este segundo Domingo de Adviento, la liturgia nos brinda una lectura del Evangelio según San Lucas. En ella, con toda deliberación el Evangelista ofrece una serie de coordenadas destinadas a situarnos con exactitud en la historia de la Salvación.

Hay coordenadas históricas: el emperador Tiberio al frente absoluto del imperio romano, el procurador Pilato como delegado en Judea del opresor central, los tetrarcas vasallos de la zona -Herodes, Filipos y Lisanias-, y el pontificado de los sumos sacerdores saduceos Caifás y Anás, yerno y suegro respectivamente. Poder imperial, poder político, poder religioso conjugados y verificables, indicando de manera indubitable el surgimiento de un nuevo acontecimiento impulsado y sostenido por Dios en un momento específico de la historia, un Dios que interviene decididamente en el tiempo, y nó como un arcano escondido y confidencial, inaccesible para la gran mayoría, sino que el Evangelio surge abiertamente, a cielo limpio, sin disfrazes ni edulcorantes.

Hay también coordenadas teológicas: Juan el Bautista, el Precursor, se ubica en la encrucijada espiritual de Israel, allí donde confluyen las esperanzas de liberación de un pueblo, las certezas de los profetas y las promesas de Dios, un Dios que siempre cumple su palabra, que empeña todo su ser por los que ama.

Juan no es un campesino: es hijo del sacerdote Zacarías, y seguramente su vida familiar no está acosada por las urgencias de la pobreza. Pero este hombre, impulsado por el Espíritu, no sigue la tradición familiar -ni en el nombre ni en el oficio- y conducido por el Espíritu lo abandona todo, y se dirige al desierto.
Juan se hace vulnerable a todo, se viste con pieles de animales y se alimenta de frutos del campo, en mansa rebeldía a los palacios y todos los símbolos de los poderosos en sus palacios y sus templos enormes.
Con todo, vulnerable y marginal de acuerdo a los cánones establecidos, su estatura moral es enorme, y por ello es percibido como molesto y peligroso. A menudo la sola presencia de los hombres íntegros pone en evidencia la mórbida corrupción.
Pero al hijo de Zacarías e Isabel las palabras le queman por dentro, no puede callar, y su voz clama en el desierto, llamando al pueblo a la conversión, a un bautismo de renacimiento y perdón, de preparación a un tiempo nuevo y definitivo.
No ha debido ser fácil escuchar a un profeta como Juan; él se valía de figuras escatológicas muy duras para persuadir y convencer a las gentes de la necesidad del regreso a Dios. Aún así, sus palabras son un bálsamo para las gentes, y los escuchan con gratitud y alegre esperanza que se renueva y enciende.

Juan ha abdicado de la tradición familiar, y a pesar de ello su tarea es sacerdotal, pontifical. Juan es la bisagra perfecta entre el tiempo de las promesas, del largo exilio, y el tiempo de la Gracia, hacedor de puentes para que el pueblo arribe a la tierra prometida de la Gracia.

Extraña situación. Dios no se dirige por y hacia los doctores, los poderosos, el emperador -aunque lo vindiquen como a un dios-, o los dirigentes religiosos. Ni siquiera se afinca en la grandeza del Templo.
Dios se dirige a los márgenes mismos de la existencia, a los que no cuentan, a los que habitualmente se descarta. Juan dá cuenta de ello, tan periférico y enfrentado raigalmente a los poderosos, oye y escucha esa Palabra que lo transforma.

Desde los bordes, desde la insignificancia de un hombre silvestre y firme como un roble -desde lo mínimo de un Niño en brazos de su Madre-, la voz de Dios se hace oír nuevamente, para alegría de los que saben esperar, en humildes rescoldos de confianza: todos verán la Salvación de Dios, a nadie se le ha vedado el acceso, la puerta está abierta, la mesa está tendida, es tiempo de alistarse y regresar.

Paz y Bien

La cosecha y los obreros




Para el día de hoy (05/12/15): 

Evangelio según San Mateo 9, 35-10, 1. 5a. 6-8


La lectura del día irrumpe en nuestra mirada poniendo en evidencia la preocupación principal del Maestro, que es la situación de la multitud, abandonada a su suerte y a la deriva, ovejas extraviadas sin pastor. A esa preocupación a la que se vuelca por entero, pura compasión, subordinará la tarea que ha de encomendar a los discípulos.

Ellos deberán poner manos a la obra y corazón sin reserva, porque aún campean el dolor, la enfermedad y la muerte en un mundo hambriento de un poco de luz. Porque la vida se sigue coartando y apisonando de múltiples y refinadas maneras, y todo ello es contrario a un Reino tan cercano como un hermano, un vecino, un hijo, un Dios que se encarna entre todos nosotros.

El Maestro les encomienda a los suyos que nunca abandonen la súplica porque el Dueño de la mies envíe más obreros. Ello implica que la tarea es enorme, aunque no imposible, y es menester sumar manos, aunar esfuerzos, pues la tarea no es individual sino de índole familiar, comunitaria.
Pero su implicación es mayor que la simple necesidad: se trata de que los discípulos tengan siempre presente que la cosecha no les pertenece, que el Dueño es otro y han sido -sin mérito alguno- invitados a la tarea en un pié de igualdad con el Hijo, y más aún. Siempre hay más. Significa descentrarse de todos los egoísmos que encierran y asumir como propios los interese doloridos de esas gentes que apenas y a penas aguardan una noticia buena, una noticia nueva, un gesto de bondad, un alba de liberación.

La tarea es inmensa pero ello no debe desanimarnos, pues ante todo, la tarea es una bendición. El mandato evangelizador significa que cada discípulo será otro Cristo caminante, servidores de la Gracia, peregrinos de todas las esperanzas.

Paz y Bien

Dos ciegos



Para el día de hoy (04/12/15): 

Evangelio según San Mateo 9, 27-31




En los tiempos del ministerio de Jesús de Nazareth, la ceguera era una de las patologías más comunes e incapacitantes en esa Palestina del siglo I: las frecuentes tormentas de arena y el fuerte reflejo del sol contra las rocas blancas solían lesionar las córneas. 
Un ciego no podía trabajar y, de ese modo, no podía ganar el sustento para su familia, pero su dolencia se incrementaba aún más: el criterio religioso imperante en la época vindicaba toda patología como castigo divino por los propios pecados o, acaso, de los padres, imagen de un Dios severo, cruel, rápido dispensador de desgracias.

Aún así, esos hombres de corazón grande y mirada profunda -los profetas de Israel-, encendidos por el fuego del Espíritu de Dios-, supieron poner de relieve uno de los caracteres primordiales del Mesías prometido, y es que devolvería la luz a los ciegos, vista restaurada en los ojos y en la mirada interior.

Sin embargo, en ese tiempo también había mucho más ciegos que los no videntes convencionales, y eran precisamente los dirigentes de Israel -todos ellos hombres piadosos, religiosos puntillosos- que no querían ver el rostro mesiánico de Jesús de Nazareth, y a su vez se empeñaban en imponer su propia ceguera al pueblo bajo coacción y miedo. De allí es también la insistencia en llamar al esperado Mesías como Hijo de David: la identidad es teológica, es decir, espiritual, más ellos la reivindicaban en lo mundano, en lo nacionalista, en la exclusividad de una liberación de la Tierra Prometida hollada por sus enemigos, y con eso la restauración de la corona davídica.

La lectura nos presenta entonces a dos no-videntes en un trasfondo de ciegos múltiples. Aún cuando lo doctrinario es inexacto y hasta equivocado en el criterio -Hijo de David-, lo que cuenta en el tiempo de la Buena Noticia es la confianza que se deposita en la persona de Cristo, confianza que es el paso segundo de la fé, pues el paso primero es el de un Dios que sale en nuestra búsqueda. La fé es don y misterio.

Y la fé sólo puede crecer y fructificar en la casa del Maestro, la comunidad creyente, la Iglesia. Y desde allí, volvernos quizás felices desobedientes que no se callan, y que cuentan a los demás las maravillas del paso salvador de Dios por nuestra existencia, una luz que destella desde Belén.

Paz y Bien

Edificados sobre roca




San Francisco Javier, presbítero

Para el día de hoy (03/12/15): 

Evangelio según San Mateo 7, 21. 24-27



La enseñanza del Maestro a menudo sorprende, desestabiliza, conmociona, tal como le sucedía a los discípulos y a todos los oyentes del tiempo de su ministerio. Y hemos de rogar que lo mismo nos suceda a nosotros, tan acomodados a lo light, a lo intrascendente, a seguir perdurando en grises cotidianeidades.

Es que contrariamente a lo que cabe esperarse de cualquier paradigma religioso, el Maestro destaca la primacía de las obras sobre las palabras, de vivir de acuerdo a la Buena Noticia antes que confesar devotamente a Cristo como Redentor. Ello no implica una cuestión de pura praxis en desmedro de la plegaria y la contemplación, sino más bien de un éxodo: el que lleva de la mera declamación de buenas intenciones a la proclamación del Evangelio en cada instante de la existencia, con cada gesto, con cada silencio, en cada acción.

Significa abandonar esa postura demoledora de una fé dominical que se circunscribe al culto puertas adentro del templo, y que rápidamente se disuelve cuando la liturgia finaliza...o cuando las cosas del mundo nos marean los días lunes. Evangelios vivos, existencias en donde pueda leerse con claridad el amor de Dios.

La enseñanza del Maestro lleva en sí una exhortación a cada discípulo y también a cada comunidad. El éxodo también aplica desde otra perspectiva: desertamos con alegre rebeldía de un mundo falaz asentado sobre palabras vacuas, para llegarnos a la tierra prometida de la Palabra.
Peregrinos de las palabras a la Palabra de Dios, Palabra de vida y Palabra viva.

Sólo perdura lo que se cimenta sobre la firmeza de la Palabra, y crea recintos de libertad en los que Cristo es la piedra angular. De cualquier otro modo, se convierte en carne de derribos, a merced de los muchos temporales que, como un tajo, desgajan la historia humana.

Así nos edificaremos sobre la Palabra, con una firmeza que supera infinitamente nuestras precarias vidas, porque todos somos frágiles.
María de Nazareth lo sabía bien, y vivió de acuerdo a ello, y por ello es la más feliz, Madre del redentor, Madre de los creyentes, hermana, discípula y compañera de caminos.

Paz y Bien


Siete canastas




Para el día de hoy (02/12/15): 

Evangelio según San Mateo 15, 29-37


La liturgia hoy nos ubica en territorio pagano, en zona extranjera, la otra orilla del mar de Galilea.

Una multitud creciente lleva a la presencia del Maestro a paralíticos, lisiados, ciegos, mudos y muchos otros enfermos: la sanación/salvación es don para todos los pueblos, y no se adquiere por pertenencia a un grupo, raza o nación específicos, sino por una adhesión vital, por la confianza puesta en la persona de Jesús de Nazareth.

Allí encontramos una pista significativa: al ver tanto bien prodigado en sus existencias, todas esas gentes glorifican al Dios de Israel; en el caso de tratarse de una multitud judía, se hubieran limitado a glorificar a Dios.
Otra de las señales precisas es que Cristo, en vez de bendecir los alimentos -expresión de naturaleza judía-, dá gracias, que es el modo helénico de bendecir -Eucaristía-, y en esa expresión se ratifica el extrañamiento de la misión también.
 
El Pan de vida, que es pan de la Palabra de Dios y pan del sustento -Cristo mismo- se comparte tanto en Tierra Santa como en tierras paganas.

Aquí el Maestro toma la iniciativa, movido por la compasión. No se trata de un grupo de gentes con hambre habitual, crónica, persistente. Están hambrientos por permanecer felizmente en vilo durante tres días junto a Jesús, y es en esos tres días en los que acontece entre ellos la Salvación. El tercer día es señal de la muerte vencida, del mal que retrocede, de la Resurrección del Señor.

Todos comen y se sacian, recostados en la gramilla y las piedras del lugar, como hombres libres. La mediación, aún cuando es dubitativa y desconfiada, por parte de los discípulos es signo de un Dios que lleva su bendición, su amor y su Salvación a través del hombre, comenzando por Cristo y siguiendo por los discípulos de todos los tiempos, Dios encarnado en nuestra vecindad, un Niño Santo que es un poco hijo de cada uno de nosotros.

Siete canastas se llenan luego de saciarse todos. A diferencia de la otra oportunidad, con las doce canastas, el número hace una referencia simbólica: en tierras judías las canastas llenas son doce, en alusión a las doce tribus primordiales. En tierras paganas las canastas rebosantes son siete, en alusión al número veterotestamentario de setenta que engloba a las naciones paganas. Pero más allá de los números, canastas llenas de misericordia para todos los pueblos.

Siete canastas que no es descarte ni exceso, sino calurosa previsión de ternura de un Dios que está pensando en todos aquellos que se sentarán a comer del Pan de vida, nosotros mismos entre ellos.

Paz y Bien

Bienaventuranzas de los pequeños




Para el día de hoy (01/12/15): 

Evangelio según San Lucas 10, 21-24



Jesús de Nazareth era un hombre capaz de compartir mesa, pan y vino, fiesta y todo motivo para celebrar. Los Evangelios nos sugieren que no era un hombre de rictus amargo y severo, como quisieron hacernos creer durante mucho tiempo, sino un hombre amable y alegre, presto a la sonrisa tanto como a la compasión.

Pero nada es casual, siempre hay una causalidad superior y trascendente que se esconde en la Palabra, y en la lectura que nos ofrece la liturgia de este día, el Evangelista Lucas resalta ese carácter del Maestro en una ocasión única y fundante. 
Se trata de una profundísima experiencia de Dios como Padre: el abismo insondable de la alteridad ha sido salvado, ha sido tendido un puente definitivo en su persona, ya no hay brecha posible entre ese cielo que representa la voluntad de Dios y su concreción terrenal.

Experiencia de Dios como Padre pero de un Dios encarnado. Decididamente humano.

Ese misterio de amor se oculta a la mirada de los sabios y de los prudentes, de los que miran por sí mismos con su ego como filtro único, de los que se creen más y mejores. Pero a su vez se revela luminosamente a los pequeños, que aquí no es una referencia pueril sino más bien la condición de aquellos que no tienen sitio ni relevancia, los que no cuentan para nadie, mujeres y hombres descartados y sin rostro que sin embargo tienen de su lado al Dios del universo que es su paz, su alegría, su justicia. Los que no poseen más que la vida que ofrecen en servicio a los demás. Los que se saben mínimos y frágiles porque Dios los colma, es su plenitud, su felicidad.
Un Dios totalmente parcial, de su lado, afincado en sus corazones.

-hay pequeños también porque unos cuantos se han creído grandes-

Este Dios es tan maravillosamente parcial, tan identificado con los pequeños, con los que están a la vera de toda existencia, que hasta se hace uno de ellos, un pequeño Niño frágil y santo en brazos de su Madre.

Paz y Bien


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