Los panes de la solidaridad y los peces de la compasión




Santos Cirilo, monje, y Metodio, obispo. Memorial

Para el día de hoy (14/02/15) 

Evangelio según San Marcos 8, 1-10


Nos encontramos aún, siguiendo las lecturas de los días precedentes, en la Decápolis, es decir, en territorio pagano, extranjero, ajeno, enemigo potencial de Israel. Allí el Maestro, sin hesitar y con el convencimiento profundo de su misión, continúa su ministerio. La Buena Noticia no sabe de fronteras ni de exclusividades y ese, precisamente, es el milagro insondable de amor de un Dios que sale al encuentro de la humanidad.

Extrañamente, las multitudes de la zona buscan con ansias al joven rabbí judío; los odios y resentimientos no suelen ser unidireccionales. Los habitantes de la Decápolis también desprecian y temen a sus vecinos de Israel.
El reconocimiento del otro como tal y la aceptación de sus diferencias es el paso primero para la concordia, convergencia de corazones plurales, germen de la paz y la justicia.

Esas gentes se reunen en número creciente a su alrededor, no solamente por su fama de taumaturgo, de sanador generoso: ese joven galileo les habla, les recibe de igual a igual, les escucha y ellos le abren sus almas en sus vacíos existenciales, que ninguna doctrina puede suplir. Hay un saludable apetito de trascendencia -una cuestión tan humana que se soslaya-. Pero también hay hambre de sustento para sus cuerpos agotados.
Suele suceder cuando nos enfocamos por entero en lo que nos transforma, el tiempo parece no pasar, y olvidamos el comer, el descanso, más aún si el destino de ese concentrarnos es el mismo Dios.

Jesús de Nazareth lo advierte. signo de que la Salvación no es abstracta, que el amor es concreto, que en la dimensión del Reino presente y tan cercano todo cuenta, la totalidad del ser humano es importantísima.

Pero se trata de dar de comer a miles de personas, y en un paraje apartado.

Los intereses de Cristo han de ser también los de sus discípulos y seguidores, y cuando éstos no coinciden comienzan los problemas, los desvíos e infidelidades al sueño bondadoso de Dios para con todas sus hijas e hijos.

Frente a la enormidad aparente de la tarea, los discípulos articulan silogismos pretendidamente lógicos, pero que en realidad implican una resignación, una abdicación.
Y el hambre nunca, jamás debe supeditarse a cualquier argumento, ni debe posponerse. El hambre del hermano es una herida que debe dolernos de manera intolerable, para buscar juntos su remedio y la salud.
No son necesarios megaproyectos ni enjundiosas ingenierías: ante todo, la respuesta primordial se encuentra en los propios corazones.

La solidaridad brinda precisamente lo que el término sugiere, solidez. Solidez a la fraternidad y por lo tanto, a la existencia. Ninguna compasión es estéril, por insignificante o mínima que parezca.

El pan de la solidaridad y los peces de la compasión multiplican humildemente la vida, en sintonía eterna de la Gracia de Dios, de mesa grande compartida, el milagro cordial de la reciprocidad, del crecer juntos a pesar de nuestras diferencias, la bendición de celebrar que estamos vivos en plenitud.

Paz y Bien

Effatá



Para el día de hoy (13/02/15) 

Evangelio según San Marcos 7, 31-37




El Maestro permanece en tierras extranjeras, más precisamente en la Decápolis: es una confederación de diez ciudades implantadas por los griegos como una suerte de colchón de seguridad estratégico para el caso de guerra contra la nación judía y también como medida de autoprotección frente a merodeadores y salteadores de caminos. Aunque en ellas vivieran algunos colonos judíos, eran miradas con desconfianza y desprecio desde el otro lado de la frontera.

Que Jesús esté allí ya es, para ciertos nacionalismos furiosos, una provocación. En realidad, es signo y símbolo de la universalidad de la Salvación ofrecida por ese Dios que sale al encuentro del hombre.

Traen a su presencia a un hombre que es sordo, y que por ello mismo se exprese con dificultad, a veces tartamudeando, a veces profiriendo sonidos sin sentido.
Para ciertas mentalidades brtualmente mezquinas, es una situación perfecta: el distinto, el enemigo acallado, reducido al silencio, incapaz de expresarse normalmente, de comunicarse, de quejarse, de rebelarse. 

En cierto modo, el no poder escuchar ni hablar, el tener cerrado el acceso a la palabra, es una manera de morir aún cuando el corazón siga latiendo.
Por ello hay que ser tenaces en las palabras y en la Palabra. Saber escuchar, poder expresarnos, aún cuando lo que se diga no sea lo adecuado y hasta sea un agravio. El silencio, cuando se lo busca y se lo elige a conciencia es fructífero, santo, transformador.
El silencio que se impone siempre es nefasto, inhumano, y jamás debe tolerarse ni aceptarse como normalidad. Cuando hay palabras y cuando hay Palabra la vida puede expandirse.

La actitud del Maestro es de una delicadeza infrecuente. Siempre hay que cuidarse de no hacer un espectáculo con el auxilio que se brinda, y dedicarse en cuerpo y alma al socorro de los dolientes.

Effatá es el término arameo, y es maravilloso. Que se abran todos los oídos, que se restablezcan lenguas y gargantas para escuchar a Dios y al hermano, al amigo, al enemigo, al cercano y al lejano, y para volver a decir las cosas con claridad, con la fuerza de la verdad, una verdad que no puede ni debe silenciarse, para mayor Gloria de Dios y bien de los hermanos.

Paz y Bien

La mujer sirofenicia




Para el día de hoy (12/02/15) 

Evangelio según San Marcos 7, 24-30




Jesús de Nazareth había tenido una virulenta confrontación con los representantes y dirigentes de la ortodoxia oficial judía a causa del cumplimiento de ciertas tradiciones y de la pureza e impureza de ciertos alimentos. El escenario es de ruptura, y el paso a la región de Tiro completa el trasponer una frontera mucho más profunda que la que señala la geografía y la política.
Para la memoria del pueblo judío, Tiro no es un país extranjero cualquiera, Tiro -y Sidón- es la cuna de Jezabel, enemiga terrible de Elías que, a su vez, inspiró las furias de los profetas Ezequiel y Jeremías. Es por ello que esta región a la que accede el Maestro es el epítome de lo extraño, de lo extranjero, de lo ajeno, ámbito tanto real como simbólico que un hijo de Israel siempre ha de evitar, pues entraña la amenaza de un paganismo acérrimo y la potencialidad de una contaminación de la propia nacionalidad, tan celosamente resguardada.

Precisamente, el paso del Maestro a ese región implica la extensión de su ministerio, símbolo de su universalidad que no reconoce ni acepta limitaciones ni cotas de cualquier índole.
Es un salto enorme de corazón y de mente que aún hoy la Iglesia a veces no realiza, discriminando entre propios y ajenos, cuando su identidad la confiere la Gracia de Dios que nos prohija.

Es dable suponer que el Maestro ingresa a una casa judía de la zona, con ganas de no destacar, de estar un tiempo tranquilo junto a los discípulos. Pero ni modo, no hay modo de que permanezca oculto. El bien y la bondad, inevitablemente, destacan y refulgen en todo sitio, haga lo que se haga, imponga lo que se imponga.

Resulta impensable para un rabbí que le hable a una mujer, o que una mujer le dirija la palabra. Peor aún en el caso que hoy nos ocupa, el de una mujer sirofenicia y pagana.
Se trata de una silente y mansa revolución que el Maestro no sólo escuche sino que converse con una mujer así.

El diálogo, mirado de forma sesgada, es durísimo. En cierto modo, basándose en antiguos patrones tradicionales, Jesús menta a los extranjeros como perros, y nó en un cariz afectuoso de mascotas, sino en el talante más despectivo, que aún hoy se suele utilizar.
Pero esa dureza debe contemplarse en la totalidad de la conversación y de la lectura para descubrir su verdadero sentido y profundidad.

Acontecen dos cuestiones: por un lado, el Maestro, desde esa perspectiva de su pueblo, provoca a la mujer para que no se resigne, para que no baje sus brazos, para que no se abandone a cuestiones que poco tienen de humanidad y de Dios.
Por el otro, que el amor de una madre, el sufrimiento de los hijos, la fé que suplica migajas de misericordia conmueven el sagrado corazón de Cristo.

Quiera Dios que esa mujer sirofenicia nos haga espejo cordial, para iluminarnos la fé, para pulirnos en humildad, para volver a confiar en ese Maestro que a todos escucha, recibe y a todos, sin excepción, quiere ayudar.

Paz y Bien

Purificaciones




Nuestra Señora de Lourdes

Para el día de hoy (11/02/15) 

Evangelio según San Marcos 7, 14-23




Jesús de Nazareth es un maestro inigualable, y no es nada difícil imaginarnos allí, entre la multitud, convocados a reunirnos cerca de Él para aprender. Siempre hay que aprender.
Y hoy nos sigue convocando y enseñando a través de la Palabra y por su propio Espíritu.

Entre las enseñanzas de Jesús de Nazareth y las de escribas y fariseos había un abismo infranqueable. Primero y principal, porque el Maestro enseña con una autoridad única, la de su identidad plena con su Padre. Pero más aún, la raíz de todos los conflictos es el Dios que Cristo revela.

Escribas y fariseos propalan la imagen de un Dios distante e inaccesible, severo y verdugo rápido, un Dios airado con facilidad, un Dios al que el pueblo le tiene miedo y no temor, ese temor de Dios que es santo. Para esos hombres, hay todo un manual de procedimientos piadosos para acceder a la bendición divina, para purificarse, para sacralizarse.

En el kairós, tiempo propicio de Dios que es tiempo santo de Dios y el hombre, Jesús de Nazareth nos revela el rostro de un Dios que es Padre y Madre, que se desvive por todas sus hijas e hijos y al que le pertenecen todas las primacías e iniciativas, un Dios que sale siempre al encuentro, un Dios de amor y misericordia.

El Dios de Jesús es el Dios que libera, que purifica, que nos renueva las transparencias cordiales que solemos opacar con nuestras miserias, nuestros quebrantos, nuestros olvidos y omisiones.
Los rituales son necesarios y valiosos siempre y cuando no olviden al Dios que les confiere sentido y trascendencia y es ese mismo Dios al que se orientan por esa necesidad vital de ser hijos.

Que ese Cristo vuelva a limpiarnos, que las almas emprendan el desalojo de lo vano, de lo fútil, de lo que perece. Que los corazones son el templo vivo del Dios de la Vida, feliz de hacer morada en nuestras existencias.

Paz y Bien

Manos sencillas



Para el día de hoy (10/02/15) 

Evangelio según San Marcos 7, 1-13




En la lectura que nos ofrece la liturgia del día de hoy, hay un dato por demás ominoso: envían a expertos desde la misma Jerusalem a observar a Jesús y sus discípulos, lo que hacen, lo que dicen y como actúan. Esa visita no tiene otro interés que el detectar potenciales quebrantos a la ortodoxia con el fin de propiciar una condena religiosa o, al menos, ridiculizarle frente al pueblo.
A menudo los poderosos ejercen ese tipo de violencia que no es física pero que implica aniquilar honras y menoscabar imágenes, una suerte de homicidio en el plano civil que condena al ostracismo. Por ello y por ser tan actual, totalmente inhumano y preponderantemente injusto -como cada vez que los fines justifican los medios- no puede ni debe ser pasado por alto.

En esta ocasión, la crítica apenas solapada refiere a la aparente falta de respecto por parte de Jesús y sus discípulos a las tradiciones consideradas sagradas. Para esta cuestión, es menester tener en cuenta que escribas y fariseos no están apuntando a un ámbito higiénico, lavarse las manos antes de comer por motivos sanitarios y de urbanidad. No, ellos refieren a las abluciones propias de la pureza ritual establecida a partir de la ley de Moisés.
Como motivo devocional, es saludable y plausible: el problema estriba en tanto que las tradiciones se ubican en el mismo plano de la Palabra de Dios, y más aún, olvidando a ese Dios que le concede sentido, suplantándolo. Sólo Dios, Santo de santos, hace sagradas personas y cosas. Lo demás es medio, canal, signo.

Porque la verdadera pureza surge de los corazones, de lo que se dice y hace, y tan a menudo de lo que se calla y omite. Son los corazones los que deben limpiarse antes que las manos o cualquier parte del cuerpo, templo latiente del Dios de la Vida.
Por eso Cristo es tan eficazmente un infractor grácil de tradiciones, porque son tradiciones que han devenido en traiciones al sentido primordial del bien y la vida, Dios mismo.

Entre tantos reclamos vanos, reivindiquemos las manos sencillas. Son las más cálidas, las que se estrechan con franqueza en saludo amistoso y en juramento que no requiere documentos, manos que procuran humildemente el sustento, manos de madre que protegen y cuidan con solicitud la vida de todos, manos de justicia, manos de paz, manos de bendición cotidiana.

Paz y Bien

La caridad en camillas




Para el día de hoy (09/02/15) 

Evangelio según San Marcos 6, 53-56




Para un observador objetivo y desconectado afectivamente, la escena descripta por el Evangelista Marcos es pasmosa: multitudes de gentes que se encaminan presurosos hacia donde Jesús ha desembarcado con los discípulos, a orillas del lago Genesaret.

Llegan de toda la región, y todos traen consigo a sus enfermos. Algunos, sostenidos a duras penas entre dos, con pasos vacilantes. Otros aupados el trecho que se pueda. Los más, en camillas que son muy distintas a las que conocemos hoy, de caño, metal y ruedas. Se trata de angarillas hechas con ramas y maderas, y en muchos casos de las mantas sucias en donde el enfermo languidece, portando al doliente por parientes y amigos que se esfuerzan llevando una punta cada uno para llegar donde está Cristo, que es salud y liberación, que a nadie rechaza, que a nadie niega su bendición y su bondad.

Y la situación se repite por cada aldea, pueblo y ciudad por donde el Maestro pasa. Es como si el mundo fuera un desierto agobiante y el paso redentor de Cristo una ansiada lluvia bienhechora que rehace y restituye la vida.

Nos bastaría contemplar la fé de esas gentes, aunque sea imperfecta, y es iluminador redescubrir cada día a ese Cristo que sólo hace el bien, que a nadie rechaza.

Sólo agregaremos una humilde mención a esas esforzadas personas que llevaban a tantos quebrantados por la enfermedad y por la exclusión religiosa, la impureza cultual. La caridad no es una abstracción que se absorbe de modo académico. La caridad es concreta, cordial, sanguínea. La caridad cristiana, rostro definitivo de la misión, es llevar a todos a la presencia redentora del Señor, y muy especialmente y ante todo a los que están caídos, olvidados a un lado de la vida, descartados de la existencia, en camillas de fraternidad, de compasión, que son fuertes y resistentes pues están tejidas de eternidad.

Paz y Bien

Resurrección y servicio




Para el día de hoy (08/02/15) 

Evangelio según San Lucas 1, 29-39




La liturgia nos brinda hoy un texto de Evangelista Lucas que, si bien aparenta simplicidad, es maravillosamente profundo en su sencillez.
La escena se despliega en la casa familiar de Andrés y Pedro, y alrededor de la familia, de la vida en común, del hogar se edificará la Iglesia, familia creciente de hermanas y hermanos ligados por vínculos nuevos.

Ha de tenerse en cuenta que Jesús de Nazareth era considerado por gran parte de sus contemporáneos como un rabbí, un maestro itinerante aunque extraño, y cualquier rabino de aquella época, en su sano juicio, jamás se hubiera dignado a dirigirle la palabra a una mujer que no fuera su esposa o su hija, ni tampoco enseñarle. Mucho menos tomarle la mano en momentos de enfermedad y aunque tuvieran la intención de restablecer su salud, pues adquiriría de ella el estado de impureza ritual del que siempre era mejor escapar. 
Por último, un rabino que se preciara de tal jamás dejaría que una mujer le sirviera.

La actitud de Jesús frente a la suegra de Pedro -tan plena de humanidad y ternura- no sólo trastoca los supuestos rabínicos de su tiempo sino que establece un nuevo horizonte y paradigma infinito para las relaciones sociales, desde la justicia y la fraternidad.
En la sanación de esa mujer no sólo se libera un cuerpo derribado por las fiebres, se restituye también con esa mano bondadosa e incondicional que Cristo tiende, la humanidad de la mujer plena, íntegra. Ella se levanta y es preanuncio de la Resurrección de Jesús que se levantará de entre los muertos, por eso no es solamente una acción sanadora, por eso es una acción salvadora, por eso salud y salvación son términos muy pero muy cercanos.

Salvación es liberación.
En el tiempo recreado de la Gracia el servicio, que era considerado indigno y propio de esclavos o siervos, es ahora signo primordial de ese tiempo nuevo, re-creado. El servicio es propio de aquellos que han reconocido en ellos mismos el paso salvador de Dios por su existencia, y lo cuentan a sus hermanos a pura ofrenda. Generosidad y desinterés son los perfumes definitivos de la Gracia, diaconía de los resucitados, los liberados por la bondad de Cristo.

Paz y Bien

La extraordinaria disponibilidad de Cristo





Para el día de hoy (07/02/15) 

Evangelio según San Marcos 6, 30-34



Los Doce habían regresado de la misión que el Maestro les había encomendado: habían hecho todo lo que Él les había mandado, sanado enfermos, enseñado las cosas de Dios. Será la primera vez que el Evangelista los llama apóstoles, es decir, enviados, que tienen la misma estatura ética y autoridad por Aquél que los ha enviado, y nó por mérito propio.

Es claro que regresan muy cansados: es algo nuevo para ellos, y la empatía con las gentes -tantos dolientes, tantos excluidos, tantos agobiados de miseria- les pasa factura. La compasión es asumir en el corazón y en los huesos el dolor del otro, que no es una abstracción romántica y agradable, es santamente concreta.
Es muy necesario el descanso, restablecerse, rehacerse de sentido, reponer fuerzas. Con gran veracidad, san Vicente de Paul observaba acerca de la necesidad de cuidar la salud, pues es trampa del Maligno engañar a las almas dedicadas a que hagan más de lo que pueden, y acaso así lleguen a una instancia de no poder hacer nada por querer hacer todo.

El Maestro lo sabe, conoce bien las necesidades y debilidades de los suyos. De los Doce, las tuyas, las mías, las nuestras, y se preocupa y ocupa, y es necesario prestar atención.

Es de imaginar la situación que se les planteaba: esos hombres agotados, de repente se encuentran rodeados por una multitud que busca a Cristo por todas partes, con confianza a veces, con desesperación muchos más. No tienen un segundo de calma ni pueden comer, y sucede -fruto de la extenuación- que no siempre campea la paciencia frente a instancias tan extremas.

Pero Cristo tiene una disponibilidad extraordinaria. Lo conmueve y moviliza el padecer de esa multitud a la deriva, ovejas perdidas sin pastor que las proteja, que las reconozca, que se ocupe de ellas.

No hay hora, ni momento ni circunstancia alguna que sea inconveniente para acudir a Él. Con nuestras necesidades, con mochilas de miserias, con tantos dolores, con todo lo que hay que llevar a su presencia.
En todo momento y en todo lugar, Él está siempre atento y dispuesto a la escucha y al auxilio, y allí está nuestro refugio y nuestra esperanza.

Paz y Bien



Un hombre íntegro




Para el día de hoy (06/02/15) 

Evangelio según San Marcos 6, 14-29




Un profeta es una persona que tiene cosas de Dios para decir, cuestiones de parte de Dios que se dicen claras, fuertes, sin ambivalencias ni sofismas. Un profeta anuncia ese mensaje de Dios pero también denuncia todo lo que se opone a Dios, es decir, todo lo que es contrario a la vida, proyecto infinito de Dios.

Juan, hijo de Isabel y Zacarías era un profeta. Su integridad era humildemente incandescente e incuestionable, de tal modo que su sola presencia pone en evidencia a las gentes y ámbitos sombríos, tenebrosos.
Pero Juan no se callaba. Las mujeres y los hombres del Espíritu no deben callar, no pueden callar, es un fuego intenso y es una cuestión de destino. Los profetas son mujeres y hombres de palabra y de la Palabra.

El pueblo judío escuchaba con creciente agrado la voz rotunda del Bautista, aún cuando su lenguaje solía ser durísimo, a veces amenazador. Él siempre fué fiel, pero no había ingresado al espacio infinito de la Gracia, y persistía en su corazón la imagen de un Dios severo y punitivo.
Aún así, ello no impidió que reconociera al Salvador que se acercaba por entre la multitud, ese galileo joven y humilde que es el Mesías esperado por su pueblo.

Un hombre íntegro, un profeta que no se calla es mucho más que un incordio para los poderosos: un hombre íntegro es una peligrosa amenaza pues no puede ser comprado ni corrompido ni lo amilanará la prisión, la tortura o cualquier violencia.
Por eso es tan opuesta la figura del Bautista encerrado en la mazmorra del palacio y su ejecución sin proceso ni defensa frente a la torpe brutalidad del tetrarca Herodes, de sus mujeres y del corifeo de poderosos y notables que lo acompañan en una mesa que nada tiene de ágape, que es pura ansia de poder, corrupción, superstición.

Aún con los riesgos que son consecuentes a la vocación, hemos de suplicar que el Espíritu de Dios nos siga suscitando profetas, mujeres y hombres que no se callen, que sin otro interés que el ser fieles a la voluntad de Dios digan lo que nadie se anima a decir, hablen con claridad, anuncien buenas noticias y denuncien sin vueltas ni eufemismos todo aquello que no debe ser tolerado ni asumido con tanta naturalidad.

Paz y Bien

Sacudirse el polvo de los pies




Para el día de hoy (05/02/15) 

Evangelio según San Marcos 6, 7-13



La Palabra de Dios es Palabra de Vida y Palabra Viva. 

La Palabra actúa y nos transforma misteriosamente; sin embargo, la reflexión como una rumia humilde y tenaz nos hace ahondar en su mar sin orillas, sumergiéndonos en la infinitud. Así entonces todo aquello que nos sirva para ubicarnos en el tiempo de la predicación del maestro, todos los elementos que nos ayuden en esa reflexión, bienvenidos y benditos sean.

En Medio Oriente por las secas condiciones geográficas y climáticas era y es usual que persistentes capas de polvo se adhirieran a las ropas, al rostro, a las manos y especialmente a los pies, toda vez que el calzado usual era sandalias compuestas por una suela basta con tiras para adherirse a las extremidades.
Así, al llegar al hogar era menester higienizarse: más aún, la limpieza de los pies al recién llegado era un gesto de hospitalidad y cortesía impostergable, que en general lo realizaban los servidores menores de la casa o los esclavos, por eso también el escándalo que supuso para los discípulos que el Maestro lavase sus pies en la Última Cena.

Para un pueblo como el de Israel, tan firme en sus tradiciones pero a su vez con una historia tan dura, el plano simbólico es decisivo, muy fuerte pues es allí en donde se reafirma su identidad frente a los peligros de la disolución por las invasiones extranjeras. Por ello, todo varón judío que regresara de tierras gentiles -extranjeras-, apenas cruzaba la frontera se sacudía el polvo de sus pies para no contaminar la Tierra Santa con polvo foráneo. Hecharse cenizas o polvo en la cabeza significaba, gestualmente, un signo de duelo y de contrición por los pecados cometidos.

Pero volvamos a la acción de sacudirse el polvo de los pies: significa dejar atrás lo extraño, lo ajeno, lo que no pertenece y librarlo al juicio de Dios.

Esas instrucciones de austeridad y confianza que Jesús de Nazareth les encomienda a los Doce tienen que ver con ello. Cuando son rechazados, el símbolo del polvo que se quita de los pies en el sitio de la negación implica, en parte, que esas gentes que rechazan la Buena Noticia se quedarán con lo que han elegido, y no será tarea de los misioneros su juicio o su crítica, porque ello es prerrogativa de Dios.

Pero estamos en tiempo de la Gracia.

Quitarse el polvo de los pies no es aviso de castigo, significa también la gratuidad absoluta del mensaje bueno y nuevo que se anuncia: los auténticos misioneros no tienen otro interés que el de la fidelidad a la misión y al servicio, carecen de apetencias de poder y dinero, ni siquiera quieren llevarse, aunque sea al descuido, la tierra que se pega a sus pies, y se porta un tesoro incalculable en estas toscas vasijas de barro que somos, y es esa Salvación que se proclama lo único que importa.

Paz y Bien



Ese Cristo que nos asombra




Para el día de hoy (04/02/15) 

Evangelio según San Marcos 6, 1-6





Jesús ha regresado a su patria chica, a su querencia, a esa Nazareth que lo ha prohijado por treinta años, y seguido de sus discípulos, en pleno Shabbat, se pone a enseñar en al sinagoga.

Sus paisanos no salen de su asombro.
Conocen a su madre María, conocen su oficio artesanal, conocen a sus parientes. Quizás la omisión de José de Nazareth es deliberada, un velado insulto referente a un nacimiento irregular.
Sucede que esas gentes lo han visto crecer, desde niño de pecho hasta ese hombre hecho y derecho que ahora contemplan. Ha jugado con sus hijos, ha participado de los actos religiosos de su pueblo como todo varón judío. De Él esperan que continúe su oficio, que lleve una vida apacible aún en la pobreza, que no genere conflictos ni escándalos, que se case y tenga una amplia y bulliciosa prole.

Pero este joven los descoloca por completo. No es para nada aquel que ellos esperan, o mejor dicho, no encaja en el molde que le han destinado, y tal vez el escándalo es mayúsculo precisamente por eso, por no adecuarse este Cristo a la imagen que se han forjado de Él. A todo ello, el temor de su enfrentamiento abierto con las autoridades religiosas, la sanación de tantos enfermos, y que les predicara a un Dios bondadoso, cercano, rico en misericordia, Papá, tan distinto al que pretender conocer, en las antípodas de ese Dios lejano, severo y castigador que enseñan los escribas.

En su querencia no podrá realizar signos / milagros por la falta de fé de los nazarenos, y esto no puede pasarse por alto: los milagros son urdimbre santa entre la fé del hombre y el amor de Dios, espejo cierto de la Encarnación.

Quiera Dios que este Cristo siempre nos desconcierte. Que jamás deje de asombrarnos. Que nos cimbree las estanterías piadosamente banales que nos hemos fabricado en pos de una comodidad sin compromiso.
Que cada día nos vuelva a sorprender el misterio de su presencia y su compañía, de esa Salvación que no nos merecemos pero que se nos brinda florecida en bondad, incondicional, infinitamente generosa.

Paz y Bien


Fuente de vida




Para el día de hoy (03/02/15) 

Evangelio según San Marcos 5, 21-43


Jesús regresa desde la otra orilla, siendo ese lugar el ámbito extranjero, pagano, signo de la universalidad de su ministerio, de que el anuncio de la Buena Noticia no está atado a límites impuestos por consideraciones limitantes y discriminadoras.

Todo el capítulo quinto del Evangelio según San Marcos, en cierto modo, parece una sala de hospital por los muchos enfermos de diverso origen, condición y dolencias que se encuentran a ambas orillas del lago, es decir, del lado de Israel y del lado gentil, e inevitablemente a todos la presencia del Maestro trae el bien sin condiciones, la restitución de la salud es también una resurrección, humanidad nuevamente de pié íntegra y libre.

Es necesario detenernos un momentos y observar la situación de los enfermos en el siglo I, en la Palestina de la predicación de Jesús de Nazareth. Todo pasa por el tamiz de los esquemas religiosos imperantes: la religión define todos los órdenes de la vida personal, social, política, cultural y comunitaria, y así el no participar de las actividades cultuales, de los hechos religiosos establecidos implica a su vez una mortandad civil, un ostracismo impuesto, un ser menos o un no-ser.
El parámetro se funda en un Dios distante y castigador, y en un cúmulo de leyes y preceptos de origen indudablemente piadoso, pero que en afanes de celo por una fidelidad tradicional, impone criterios de pureza/impureza, de inclusión/exclusión. La enfermedad como castigo por los pecados propios o de los padres, la enfermedad como condena por un hecho pasado que acuña límites expresos hacia cualquier atisbo de futuro.
Esa impureza es la que excluye al enfermo de la participación ritual, y por ello, el enfermo debe soportar su propio padecimiento y languidecer en soledad. Es más gravosa esa condición de impureza, la que se comprende contagiosa, que se esparce a los que franquean los rigores restrictivos, que el devenir doloroso de la patología. Pacientes terminales por dolencias, pacientes terminales también los que los dejan solos.

En el Evangelio para el día de hoy a la par de la enfermedad nos habla de dos mujeres. Para las sociedades semíticas de ese tiempo, la mujer es sólo un accesorio del varón, sin derechos ni revelancia, acotada a parir hijos y a obedecer sin cuestionamientos. Lamentablemente ciertos aspectos aún persisten, y más lamentable aún es el surgimiento de una ideología de género que es el reflejo de una mentalidad de ghetto, de discriminación positiva.

Las dos mujeres se ubican en los extremos de la existencia. 

Una de ellas,  padeciendo desde doce años atrás intensas metrorragias sin médico eficaz y sin remedio, una mujer a la que la vida se le escapa paulatina y constantemente en la sangre que pierde, una mujer imposibilitada de tener intimidad y de ser madre, y peor aún, una mujer condenada a vivir en soledad, a no poder dirigirse a su Dios rodeada de los suyos -la religión, como decíamos, lo es todo-, una mujer que debe autorestringirse para no transmitir de manera cuasi viral esa impureza a cualquier otra persona a la que contacte.
La otra es una niña, pero es una mujer recién florecida a la mentalidad de la época, tallo joven truncado sin sueños a concretar, sin ilusiones, sin proyecto, una vida sesgada antes de tiempo. Quizás se ha dejado morir aunque no sepamos la causa, y quizás sea alguna clase de anorexia, toda vez que el Maestro indica luego de que la regrese a la vida que le den de comer. Las estridencias del llanto son signo de una muerte que duele mucho, que acrecienta el luto interior.

Pero hay más, siempre hay más.

La Encarnación de Dios es un misterio insondable de amor, de un Dios que en nada se reserva, que se brinda por entero, que se hace tiempo, historia, padre, hermano, hijo, vecino. Se inaugura un tiempo santo y propicio -kairós- de Dios y el hombre, y si hay un distingo es aquél que dice que ya no se puede ser espectadores pasivos de un destino predeterminado, a sufrir con resignación. La vida se edifica, y requiere corazones atrevidos, que se animen a llegarse a ese Cristo que es fuente de vida, que a todos recibe, que siempre se acerca, Cristo caminante por nuestras existencias, Cristo que pasa y se detiene allí en donde la vida ha sido menoscabada, en donde la humanidad se ha visto reducida en menos por ciertas imposiciones crueles, y más cruelmente aceptadas y toleradas como si nada.

El padre de la niña, Jairo, es un jefe sinagogal: es un laico de gran relevancia y prestigio que ordena y organiza el culto allí en donde la vida de Israel se centra cada sábado. Por ello mismo está en una vereda opuesta a la predicación de ese joven rabbí galileo pobre y sin antecedentes, nazareno revoltoso que les quiere hablar de un Dios que ellos no quieren ni mirar, un rechazo que en un crescendo brutal culminará en la condena a la cruz.
La mujer sabe que está restringida a la soledad, que su condición es viral: contagia su impureza -que no su enfermedad- a ese Cristo que toca su manto y a la multitud abigarrada también.

En ambos, hay un salto enorme de ruptura, un hecho de fé en ese Cristo que es liberación. Por ello es que los Evangelistas, con infinita sabiduría inspirada, hacen sinónimos a salud y a salvación, humanidad que se restituye, preanuncio cierto de la Resurrección que es la afirmación definitiva por parte de Dios de una vida que persistirá.

¡Talita Kum! es la expresión aramea para que la niña despierte, y sea también para nosotros un llamado de atención a tantas cosas que toleramos y en las que nos hemos adormecido, y una invitación a acercarnos, a confiar, a celebrar una vida que, con todo y a pesar de todo, es sueño de ágape y plenitud.

Paz y Bien
 

La luz de las naciones



La Presentación del Señor

Para el día de hoy (02/02/15) 

Evangelio según San Lucas 2, 22-40




Jesús de Nazareth es llevado por sus padres al Templo de Jerusalem para cumplir con las tradiciones de su pueblo y con sus obligaciones religiosas. Son judíos galileos, se les nota en el acento, y son muy pobres: como ofrenda sacrificial llevan un par de pajaritos, pues no pueden adquirir nada más. Han de realizar dos rituales: la purificación de la parturienta y la consagración o rescate del primogénito.

Es extraño, muy extraño. La más pura acude a purificarse, el Redentor acude para ser rescatado, el Santo se acerca a ser santificado.
En realidad hay una señal cierta y un símbolo latente: el Salvador no es una abstracción, sino una persona concreta, enraizado en la cultura y la memoria de su pueblo. La Presentación del Señor es la ratificación de un Dios que se entreteje amorosamente en la historia humana, levadura humilde que fermenta toda la masa para un destino de pan bueno.

El Templo al que han llegado es enorme, imponente en sus ornamentaciones, en sus lámparas votivas, en el oro que refulge. Y ese niño es tan pequeño que parece perderse en la mera comparación. Pero está aconteciendo un éxodo profundo, silencioso, definitivo.
A Dios no se lo encontrará en la pompa y en los rigores cultuales, ni será su morada única y exclusiva ese Templo de piedra. 

Dios se revela en una persona, en un bebé pequeño, templo latiente floreciente de sencillez por el que cada hombre y cada mujer se transformarán a su vez en templos vivos del Dios de la vida. Porque a Dios no se le encuentra en doctrinas ni se procura su favor mediante la piedad: a este Dios que se revela y se comunica se lo encuentra en Cristo, Palabra que se hace carne, persona, historia, niño en brazos de su Madre.

La luz de las naciones resplandece allí, pero la multitud abigarrada está ocupada en demasiadas cosas. Sólo los corazones fecundados por la fé saben mirar y ver, erguidos en plenitud y esperanza.

La tradición rememora a Joaquín y Ana como los padres de María, y el Evangelista Mateo a Jacob como el padre de José, pistas de abuelos de ese niño presentado en el Templo.
Pero es un tiempo nuevo, y los vínculos familiares no se definen por la sangre o el clan sino por el espíritu, en las honduras de los corazones. Allí, en medio de ese mar de gentes, con el incienso que todo lo perfuma y el humo de los sacrificios que tiñe el aire, dos pares de ojos mayores son capaces de la gran maravilla del encuentro.
Son los dos abuelos de ese Cristo en la sintonía de la Gracia, Ana y Simeón, tan cercanos a la muerte para muchos, tan vivos y plenos para nosotros. Y cada vez que acontece un encuentro en el que nos reconocemos tal cual somos, florece una serena alegría y el aire se purifica a pura profecía.

Luz de las naciones es ese Bebé Santo, amor de un Dios que revierte la historia, la fecunda, la transforma, la renueva y rescata desde los pequeños, los que no cuentan, tiempo de niños o, mejor aún, tiempo de mujeres y hombres con corazón de niño que portan en sus almas las llaves del Reino que nos sucede aquí y ahora.

Paz y Bien



Autoridad y alienación




Domingo Cuarto durante el año

Para el día de hoy (01/02/15) 

Evangelio según San Marcos 1, 21-28


Asombrarse de Cristo, asombrarse con Cristo, cada día, todos los días.

Las gentes aquella tarde no lo podían creer: ese joven rabbí galileo no tenía ninguna atadura ni se demoraba en auxiliar a los dolientes, en curar enfermos, aún cuando eso le traía graves problemas con las autoridades religiosas. 
Pero no era solamente eso, claro que nó: este hombre hablaba con una voz nueva que no era solamente distinta. Él hablaba con la autoridad propia de quien lo que dice lo vive hasta sus mismas entrañas. Él les hablaba de un Dios cercano, un Dios Abbá, un Dios que ama, rico en misericordia y en perdón, un Dios inclinado totalmente hacia el corazón humano, y con una decidida parcialidad afectuosa para con los pequeños, los sufrientes, los extraviados.

Era muy diferente la autoridad pretendida que esgrimían los letrados: ellos fluían a pura opinión a partir de lo que otros han comentado acerca de la Ley, y desde allí estructuran una casuística y un corpus legal que imponen y que doblega las almas, pues predican a un Dios lejano, vengador, cruelmente punitivo, un Dios al que se le arrancan favores mediante la acumulación de méritos religiosos y la práctica de normas piadosas. Y eso nada tenía que ver con el Dios generoso, el Dios de la Gracia de Jesús de Nazareth.

Jesús de Nazareth es Dios y Dios es Jesús de Nazareth, y de esa identidad que es amor absoluto surge su poder. Es el amor, no el poder que nos imaginamos, el poder de imponer, de oprimir, de la fuerza ejercida contra otros.
Desde ese poder y desde esa autoridad expulsa al espíritu maligno, el mal que atenaza la existencia de ese hombre. 
Es un hombre enajenado, alienado, que no es dueño de sí mismo, razón y corazón fragmentados y dispersos, una humanidad menoscabada.

La Buena Noticia es anuncio y es bondad que se propaga como rocío bienhechor. Ese exorcismo, esa sanación es signo del amor infinito de un Dios enamorado de su creación, un Dios que no descansa por el bien de sus hijas e hijos.

Entre nosotros, entre estas miríadas de gentes a la deriva hay muchos así. Quizás nosotros también lo padezcamos, ese mal que nos vá socavando, despersonalizándonos, quizás cosificándonos. No se trata solamente de psicopatologías, sino antes bien de corazones oprimidos y resignados, corazones sin esperanza y habitados por oscuridades crecientes.

Hay que hacer acallar esos espíritus malvados. Nadie puede arrogarse el derecho a hablar por los demás si ese derecho no es concedido. Quizás un primer paso de justicia sea devolver la voz propia a tantos hermanos nuestros que languidecen en silencio, más bien silenciados.
Es tarea del Evangelio. Es muy Buena Noticia.

Paz y Bien
 


Hasta el viento y el mar le obedecen



San Juan Bosco, presbítero

Para el día de hoy (31/01/15) 

Evangelio según San Marcos 4, 35-41




La multitud los rodeaba con una presión muy fuerte, que no era solamente física. Es la presión de una fama tergiversada, a la medida de cada una de las expectativas que allí palpitan, ansias y frustraciones, deseos políticos, una religiosidad que cree en un Dios que castiga, que se resigna a determinismos. De allí a configurar un Mesías a medida, un caudillo nacionalista, un rebelde porque sí sólo hay un pequeño paso. 
Quizás por esas cuestiones el Maestro los hace embarcar y dirigirse a la otra orilla.

A veces es necesario tomar distancia, a pesar de cualquier riesgo. Tomar distancia de mesías falsos, de planteos inverosímiles aunque seductores, romper el cerco de cualquier elitismo o exclusividad. Y recuperar la capacidad de mirar y ver -verse también- para regresar a caminos de fé y verdad.

Pero en esa travesía, para la que es imprescindible la guía clara de la fidelidad, entraña ciertos peligros. Irse a otra orilla cargados de lastre inútil nos hace cimbrear esta frágil barca que somos. Irse a la otra orilla sin dejar de aferrar lo inútil, lo pernicioso, lo viejo, nos sitúa en un tironeo insostenible.

Es claro que allí sobrevendrán las tormentas bravas, chubascos de miedos, temporales de sinsentido. Y todo esfuerzo deviene en vano, y Dios parece haberse adormecido a pesar de nuestros clamores.

La voz fuerte y clara de ese Cristo que descansa a popa, y que restaura la calma del viento y del mar en realidad está dirigido a esos discípulos atemorizados, presa fácil de esos miedos que ellos mismos generaron, fruto de una Buena Noticia que aún no es no Buena ni Nueva en sus corazones, una Palabra que no se ha hecho existencia en cada uno de ellos.

Muchas tormentas, seguramente, tendremos que atravesar en esta frágil barca que es nuestra vida y que también es la Iglesia. Y cuando parece que todo termina, que perecemos, que nos hundimos, un Cristo que en nuestras miserias suponemos adormecido nos vuelve a poner en camino, viento y mar obedientes a una Palabra que está vida entre nosotros.

Paz y Bien

La fuerza imperceptible




Para el día de hoy (30/01/15) 

Evangelio según San Marcos 4, 26-34



Parece mentira, pero una de las enseñanzas que se revelan a través de las dos parábolas de Jesús de Nazareth que el Evangelio para el día de hoy nos ofrece, implica el renegar con decisión de todas esas tentaciones de realizar acciones ostentosas, arrolladoras, espectaculares en su esfuerzo descomunal y en su concreción pretendidamente apabullante.

El Reino de Dios crece desde la humildad y el silencio con una fuerza que nada ni nadie puede detener.
Así, semilla que germina, tallo, espiga, copa frondosa, no son tanto etapas que deben cumplirse a rajatabla sino más bien certezas cordiales de crecimiento constante y de asombrosas cosechas.

Deslumbra que esa semilla de fuerza imperceptible pero infinitamente tenaz crezca con independencia de los esfuerzos del sembrador. Una lectura nimia y lineal nos conduciría a una pasividad de meros espectadores de un destino prefijado.
Sin embargo, los esfuerzos del sembrador -los de todos nosotros- encuentran su origen y su plenitud en el corazón sagrado de Dios, es un misterio amoroso de comunión, de tiempo santo, de invitación generosa e incondicional a edificar la vida.

Las buenas semillas, inevitablemente, ofrecen buenos frutos.
Quizás sea necesario apagar el detector de semillas malas y cizañas, y recuperar la capacidad de fé de poder agradecer que entre nosotros y de continuo, el Reino crece y siempre hay frutos de los mejores.

La pequeñísima semilla de mostaza lleva escondida una pujanza que la hace convertir en árbol frondoso, cobijo y ámbito vital para una incontable variedad de pájaros.
Pero a su vez otra virtud esconde: desde un brote muy pequeño se rompen las piedras más duras, y la vida sigue floreciendo, y es el motivo de nuestra esperanza y nuestra alegría.

Paz y Bien

Lámparas vivas



Para el día de hoy (29/01/15) 

Evangelio según San Marcos 4, 21-25



En el tiempo en que Jesús de Nazareth predicaba por los pueblos y ciudades de Palestina, las viviendas faniliares por lo general estaban constituidas por un solo ambiente en donde transcurría la vida familiar; era toda una cuestión iluminar esa habitación cuando el sol caía, más en invierno cuando los días se acortaban.
Para ello se utilizaban lámparas, pues las velas eran carísimas y solían utilizarse en el culto. Esas lámparas eran pequeños recipientes de barro cocido con una boca y dos orificios, uno para colocar una mecha y el otro para que ingrese el oxígeno, y por la boca se cargaba aceite de olivo -no se conocía el petróleo-; ese aceite a su vez era prácticamente un artículo suntuario.
Y para que tuviera mayor efectividad, la lámpara encendida se colocaba en pequeños salientes elevados que tenían los hogares para que iluminaran toda la habitación, es decir, a todos los presentes. Con esa luz, literal y simbólicamente se disipa la noche y se prolonga el día.

Los que lo escuchaban lo entendían perfectamente. A nadie se le ocurriría poner una lámpara con algo tan valioso como la luz bajo la cama o debajo de una caja o un canasto. La luz ha de ubicarse siempre allí en donde ilumine a todos.

La comprensión de la parábola es profundamente sencilla, pero en esa misma sencillez se contiene su contundencia inequívoca y taxativa. 

Somos todos nosotros pequeños recipientes de barro que albergan algo precioso, valiosísimo, la Palabra, la Gracia de Dios. Esa luz no puede ni debe ocultarse, y extrañamente se propaga y expande cuanto más se la comparte, como esos pequeños cirios encendidos que, a su vez, encienden a otros.

Somos lámparas vivas, y es misión, es deber y es, por sobre todo, un tesoro que se nos ha confiado.

Paz y Bien

Sembradores tenaces




Santo Tomás de Aquino, presbítero y doctor de la Iglesia

Para el día de hoy (28/01/15) 

Evangelio según San Marcos 4, 1-20



A veces es un buen ejercicio imaginarnos ubicados allí, en medio de la multitud cuando el Maestro enseñaba.
Allí podemos observar a pescadores del mar cercano, a jornaleros, a labriegos, quizás algunos fariseos y escribas atentos esperando algún fallo o error por parte de Jesús, muchos esperando la sanación de un ser querido, muchos más a la deriva en un mundo agobiante.

Esos oyentes no necesitaban demasiadas explicaciones: ese joven rebbí galileo les hablaba de Dios a partir de las cosas que vivían a diario. Ellos sabían bien lo difícil que era arrancarle frutos a su tierra, pedregosa en su gran mayoría excepto en algunos valles fértiles. Ellos conocían del esfuerzo del campesino y del rinde de las cosechas, pues en ello les iba la supervivencia de su familia.
Hemos de detenernos por un momento e insistir en este punto: la Iglesia a menudo olvida esta virtud de dialogar con las mujeres y hombres de hoy a partir de lo cotidiano de sus existencias.

El sembrador de la parábola que les narra es bastante tonto. A ninguno de ellos se le ocurriría dispersar valiosas semillas en cualquier lado, sólo lo harían en terrenos que ellos consideraran seguros de brindarles buenos brotes.  Aún así, no puede negarse que este sembrador es obstinado, que no ceja en seguir esparciendo por doquier la siembra.
Y es de imaginar las sonrisas cómplices y alegres que entrecruzarían frente a ese impresionante rendimiento de la semilla, treinta, sesenta, ciento por uno.

Todo misterio, por autonomasia, desborda el acotado marco de la razón. Por eso mismo el Maestro les enseñaba en parábolas, amistosas ventanas para asomarse al infinito. Así esos hombres sencillos pueden ingresar a la asombrosa dinámica de la Gracia, a la magnífica desproporción del amor de Dios.

A nosotros, pecadores todos y a la vez discípulos y seguidores de Cristo, se nos revela también una misión, y una confianza a menudo ausente. Y es que la Palabra de Dios, semilla del infinito, invariablemente es eficaz. Siempre dará frutos, frutos buenos, frutos santos, en silencio y con una fuerza que no puede detenerse.

Por eso es menester volvernos sembradores tenaces. A veces no son necesarias predicaciones, basta con el testimonio de una vida fecunda en el Espíritu. Muchos no leerán otro Evangelio que aquel que nuestras propias existencias les relate.

Paz y Bien



La fuerza de la familia




Para el día de hoy (27/01/15) 

Evangelio según San Marcos 3, 31-35



Situémonos por un momento en el ambiente y las circunstancias previas a la situación que nos refiere el Evangelio para el día de hoy.
El Maestro ya no es aceptado en las sinagogas, pues el enfrentamiento con las autoridades religiosas es tan intenso y brutal que, prácticamente, lo han excomulgado. Pero eso no detiene su ministerio -nada ni nadie lo hará- y en su mismo caminar, en lugares abiertos, en el campo y en el desierto multitudes cada vez mayores van en su busca, al punto de no dejarlo comer, ni dormir, ni lo fundamental para su vida, su oración.

Esas masas de gentes no suelen buscarlo por su identidad Mesiánica: encuentran en Él a un rabbí agradable y distinto, otros a un taumaturgo milagrero, otros a quien puede reivindicar las ansias nacionalistas de Israel. Y mientras tanto, escribas, fariseos y hasta herodianos comienzan a considerarlo blasfemo, es decir, reo de muerte en el caso de comprobarlo jurídicamente.

Allí entra a terciar su familia; en las culturas semíticas del siglo I, familia/parientes -en este caso, hermanos- no explicita solamente a aquellos vinculados en grado primordial por la sangre o árbol genealógico, sino también a la tribu o clan, estructura básica de la sociedad de su tiempo.
Este joven galileo no se comporta como ellos esperan que lo haga, que no se casa ni forma una familia, y que para colmo de males se enfrenta abiertamente con las autoridades religiosas acarreando sobre sí un grave peligro -la blasfemia, de comprobarse, lleva a una condena a muerte- y un serio desprestigio para la familia, que se golpe ven como las multitudes se desesperan por acercarse a ese joven que creían conocer. A tal punto, que esos parientes lo consideran un loco, un extraviado, un exaltado fuera de sí.

Su presencia fuera de la casa en donde Jesús se encontraba es elocuente aún cuando mucho no digan. Reclaman lo que creen pertenecerle, lo buscan para llevárselo de nuevo a Nazareth, a la pretendida normalidad, a que todo vuelva a discurrir en la cómoda rutina prevista.

La respuesta de Jesús a esos planteos suena violenta, dura, un desplante a los suyos. En realidad establece que nada ni nadie -aún los propios afectos- impedirán que continúe y consume su ministerio.
Pero ahondando más, establece nuevos vínculos que superan largamente los acotados por la raza, la sangre, el clan: a contrario de quien suponga un desmerecimiento de lo familiar, el Maestro establece en cambio que una nueva familia está formándose, la de aquellos que hacen la voluntad de Dios, los que aman, los que profesan la justicia, la compasión, la fraternidad sin condiciones. Los que escuchan la Palabra y la ponen en práctica.

Esta fuerza familiar es inmensa. En esta familia creciente se definen identidades y destinos eternos, y es un infinito misterio de bondad que cada hombre y cada mujer se convierta, a través de este Cristo tan cercano, en padre, hermano, madre, pariente de este Dios que acampa entre nosotros.

Así entonces, aunque por momentos la razón le impida ciertas comprensiones, María de Nazareth es parte de esa familia mucho antes de su parto belenita. María de Nazareth es madre y es hermana por cobijar la Gracia de Dios y hacerla vida, existencia cotidiana, signo e invitación para toda la humanidad.

Paz y Bien

Trabajadores para la cosecha




Santos Timoteo y Tito, obispos

Para el día de hoy (26/01/15) 

Evangelio según San Lucas 10, 1-9



Mucho se ha reflexionado y especulado acerca de los setenta y dos misioneros elegidos y designados por Jesús de Nazareth, especialmente por la gran carga simbólica que suelen conllevar las menciones numéricas en los textos bíblicos. Probablemente, refiera a aquella alegoría del Génesis post diluvio, cuando la tierra es repoblada a partir de los tres hijos de Noé, pues allí se identifica a setenta naciones como la totalidad del mundo.
De este modo, mientras los Doce apóstoles están directamente vinculados a la memoria de Israel, a las doce tribus primeras, los setenta y dos enviados son símbolo y señal de la universalidad de la misión, a todos los pueblos, a todas las naciones. Y porqué no imaginar a todo el universo, pues el cosmos es creación, acto infinitamente amoroso de Dios.

Pero este envío tiene dos distingos especiales: primero, irán de dos en dos. Según la legislación judía de aquel tiempo, hacen falta al menos dos testigos para que un testimonio sea veraz, por lo tanto, la misión es una tarea veraz, mensajeros totalmente fiables. 
Segundo, el fiarse de Dios en ellos. Los misioneros preceden al Maestro, son portavoces de Aquél que está muy cerca, que viene para quedarse, que es nuestra liberación. Ellos son mensajeros, pero el mensaje no les pertenece, lo que cuenta es lo que se anuncia y más aún, a quien se anuncia.

Cristo los urge pues es tiempo de cosecha. El Reino está aquí y ahora floreciendo en silencio, con humildad y una asombrosa pujanza. Hay mucho trabajo para hacer, muchísimo, y tan grande es la tarea que más de uno puede amilanarse frente al enorme desafío.

La misión es para corazones valientes por la fé que los impulsa.

No hay que detenerse en discusiones vanas, ni preocuparse por las cosas. Manos bondadosas de Padre nos prodigan en cuidados, pues se lleva el tesoro más valioso, la Gracia de Dios, motivo de la paz, causa de la justicia.

Hemos de rogar, con tenaz confianza y abandono. Hacen falta trabajadores para esta tarea que es impostergable, obreros y labriegos que saben que Cristo es el que edifica, pero en un misterio insondable de confianza, una fé depositada en nosotros inconmensurable y desproporcionada respecto de de la fé que ponemos en ese Dios que nos invita a cada uno de nosotros a compartir su vida, y a que muchos más se sienten a la mesa grande de una humanidad fraterna y creciente.

Paz y Bien


 

La iniciativa de Cristo, el tiempo propicio





Domingo tercero durante el año

Conversión de San Pablo, Apóstol


Para el día de hoy (25/01/15) 

Evangelio según San Marcos 1, 14-20



En toda las enseñanzas y anuncios de Jesús de Nazareth impresiona su concepción del tiempo: para Él, el tiempo no es una convención de cronología, aconteceres secuenciales y mensurables, sino más bien de un tiempo santo, fecundado por ese Dios que se entreteje Él mismo en la historia humana, misterio amoroso de la Encarnación.

Ese tiempo propicio, kairós, es tiempo de promesas cumplidas, de el arribo que sostendrá las esperanzas por siempre. Porque Dios está con nosotros, el Reino está cerca, muy cerca, tan cerca de cada corazón, el hoy de la Salvación. Aquí y ahora.

La primacía de Dios se ratifica contundente en el ministerio del Señor. De Cristo son todas las iniciativas, y el encuentro con Él implica una profundidad que conmociona la totalidad de la existencia, frente a la cual no se puede permanecer indiferente. Debe haber una respuesta, aún cuando esa respuesta sea negativa.
Sin embargo, decir sí es atreverse a transformar de raíz el devenir de esta pequeña parcela vital que somos, y edificar un destino junto a Aquél que siempre vá por delante de nosotros, encabezando esta gran peregrinación que es la vida cristiana, el coraje de ser sal de la tierra, la confianza de volverse luz en medio de tantas sombras de muerte.

El Maestro busca a los suyos, a sus amigas y amigos, a su familia allí mismo en donde transcurre su cotidianeidad.
Hay un éxodo desde los lugares considerados sagrados, aquellos en donde se los presupone únicos recintos en donde permanece Dios. En el tiempo de la Gracia, cada mujer y cada hombre es templo santo y latiente del Dios de la Vida. Por ello la vida es sagrada, por ello el culto primero es la compasión, fruto santo de la caridad.

Esos hombres son pecadores como nosotros, pero aún así viven una Pascua de pecadores a pescadores de hombres, misión de rescate para que muchos pequeños peces a la deriva permanezcan con vida.

Esos hombres tienen un nombre que el Evangelista nos recuerda: Pedro y Andrés, Santiago y Juan, y junto a esos nombres están también los nuestros y muchos más, pues todos hemos sido invitados desde la profunda mirada de insondable amistad de Jesús de Nazareth, nuestro hermano y Señor.

Paz y Bien

 

La locura del Evangelio




Para el día de hoy (24/01/15) 

Evangelio según San Marcos 3, 20-21




La lectura del día de hoy es en apariencia muy corta, consta sólo de dos versículos. Sin embargo, tiene una enorme trascendencia y nos proyecta a la dimensión del Reino.

Nos encontramos nuevamente en Cafarnaúm, la ciudad donde estaba el hogar familiar de Pedro y Andrés, y en donde Jesús solía hospedarse. En un plano simbólico y a la vez pleno de significado, hay un desplazamiento desde la sinagoga en donde ya no se lo acepta ni tolera hacia la casa, hacia el hogar en donde se recibe a Cristo como un miembro de la familia.
La Iglesia, allí comunidad naciente, hoy creciente, se edifica alrededor de Cristo y se moldea al fuego del Espíritu como familia de vínculos mucho más profundos y trascendentes que los que indican la biología o la raza.

En esta ocasión, Jesús y los suyos regresaban de uno de sus peregrinaciones misioneras, el anuncio de la Buena Noticia. Hablamos de una época en que es infrecuente el traslado en vehículos a tracción de sangre o en montas de diverso origen: los viajes dentro de Israel y las zonas adyacentes solían realizarse a pié, y si a eso sumamos las demandas en aumento de tanta gente desamparada, ello implica para ese rabbí y para sus discípulos un cansancio demoledor, y con ello la necesidad de volver a centrarse, de descansar, de comer y recuperar fuerzas.

La imagen de un Cristo cansado es importantísima, tan decididamente humano y a la vez tan santo, un cansancio sagrado que proviene de una caridad sin límites.
Pero los padeceres de las multitudes parecen no agotarse nunca, y rodean la casa, y ellos ni siquiera pueden comer. Hay allí la desesperación de un nutrido rebaño sin pastor, presa fácil de la miseria y las enfermedades librados a su suerte, castigados por ciertos criterios que, preventivamente, los clasifican como impuros y les presentan un Dios severo e inaccesible.
Pero también en ese cúmulo de pesares y angustias hay una prevalencia de la fama sanadora del Maestro. Aún así, a pesar de ese error, no es óbice para el inmenso corazón misericordioso del Señor.

Pero tanto el conflicto frontal con las autoridades religiosas como su vida itinerante descoloca a sus parientes, y como siempre deberíamos actuar, es menester ponerse en el lugar del otro.
Desde su punto de vista, lo han conocido desde niño, lo han visto crecer y aprender el oficio paterno. Esperan que como todo varón judío, se case, forme una familia, crezca en las tradiciones y en la fé de Israel.

Jesús de Nazareth no hace nada de lo que se espera de Él. A nosotros también nos sorprende, y es menester suplicar que nunca nos acostumbremos, que siempre estemos dispuestos al asombro. 
Los parientes no sólo están confundidos por este joven que creen conocer tan bien, y que de golpe se larga a los caminos, permanece tenazmente célibe, habla de Dios y, para colmo de males, no tiene ni un ápice de temor ni de vergüenza en enfrentar a la ortodoxia religiosa que comienza a proyectar una sombra ominosa sobre su existencia, y que se consumará en las horas de la Pasión.

Lo creen exaltado, enajenado, por ello lo buscan.
Pero es la locura del Evangelio, que no puede contenerse ni acallarse, mansa locura de Buenas Noticias, de Salvación, de un Dios enamorado de su Creación.

Paz y Bien


Un pueblo nuevo



Para el día de hoy (23/01/15) 

Evangelio según San Marcos 3, 13-19


El proyecto de Dios nunca se detiene.
Desde una mirada de fé, podemos afirmar sin vacilaciones que hemos recorrido un largo camino desde las tiendas en el desierto del viejo pastor de Ur.

Una amorosa promesa de amor, que es rescate y liberación es entretejida por Dios en la historia. Un pueblo nacido en tribus esclavas, peregrino hacia tierras nuevas, es portador de esa promesa, a pesar de sus quebrantos, aún con sus infidelidades.
Porque ese Dios es un Dios de una fidelidad infinita e inquebrantable. Es el Dios de una alianza que perdurará por los siglos, alianza que lo une para siempre con los suyos, alianza que también es símbolo de sus esponsales con la humanidad.

Ese pueblo elegido y bendito madura y al tiempo propicio de los frutos cosecha al Salvador.

El Cristo de la Encarnación, Dios con nosotros, inaugura un tiempo santo -kairós- de Dios y el hombre, y funda un pueblo nuevo que no estará definido por la raza, por la cultura, por las banderas o ideologías. 
Se trata de un pueblo que se afirma y establece a partir de vínculos trascendentes de caridad y fraternidad, pero por sobre todas las cosas, por su unión a Cristo, pueblo que es familia como el mismo Dios.

Las grandes cosas, los grandes aconteceres en el tiempo de la Gracia comienza con humilde pujanza, con la fuerza silenciosa de una mínima semilla. 
Así este pueblo se edifica a partir de unos pocos hombres elegidos por el Maestro, que serán enviados con una misión asombrosa, pero que ante todo son precisamente eso, elegidos por Él, sus amigos, sus hermanos.

El pueblo nuevo crece y se edifica, árbol santo que ha de dar frutos, árbol firme que nunca perecerá pues su savia es el Espíritu Santo, pueblo nuevo que camina hacia todos los encuentros, Iglesia y comunión.

Paz y Bien


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