Tiempo de cumplimiento




Para el día de hoy (13/11/14) 

Evangelio según Lucas 17, 20-25



Están siempre las aves negras anunciadoras de desastres, los profetas del mal agüero, la prepotencia de que todo -necesariamente- ha de terminar mal, y que en circunstancias postreras se resolverá la historia con el regreso de Cristo, un apocalipsis que pretenden precalcular en exactitud de fechas, por signos descollantes y espectaculares. Ello, bajo cierta apariencia bíblica, entraña una postura falsaria y peligrosa, y es la de un Dios desentendido del acontecer humano, un Dios que parece renegar de la Encarnación, un Dios alejado y punitivo que nos deja librados a nuestros azares y miserias.
Pero en Dios, sólo en Dios está nuestra suerte.

Jesús de Nazareth inaugura el tiempo decisivo del cumplimiento de todas las promesas, de Dios con nosotros, y ya no hay motivo de recálculos, porque el Reino de Dios está aquí y ahora, haciendo fecundo nuestro presente tan pequeño y limitado, eternidad que se teje en la cotidianeidad, en los instantes.

Está cerca, muy cerca, tan cerca que está al alcance de cada corazón que le busca con sinceridad y fidelidad, con la veracidad de la gratitud porque el tiempo ya no es una fatalidad, sino que con todo y a pesar de todo el tiempo es redescubierto como bendición, don y misterio de la vida.

El Reino de Dios aquí y ahora, humilde, silencioso y potente como una semilla que no resigna su germen implica que cada día de la existencia puede y ha de ser único, maravilloso, irrepetible, tiempo santo porque Dios ha acampado entre nosotros, porque Dios nos habita, porque en las honduras de los corazones florece la vida eterna que Cristo ha ganado para todos nosotros con el sacrificio inmenso de la Pasión, vida ofrecida que no haya más crucificados, para que la muerte no tenga la última palabra, para que todos vivan para siempre.

Paz y Bien


Diez leprosos




Para el día de hoy (12/11/14) 

Evangelio según Lucas 17, 11-19



En la época del ministerio de Jesús de Nazareth, la Palestina del siglo I, el padecimiento de la lepra implicaba para el enfermo una situación demoledora para toda su existencia.
Socialmente, y ante la imposibilidad de un tratamiento eficaz, al paciente se lo separaba y aislaba de la comunidad -hasta de su propia familia- por el alto riesgo de contagio que ello implicaba, decidiéndose que habitara en tiendas o en cuevas alejadas de cualquier poblado, y librados a las limosnas que pudieren conseguir, las que lógicamente eran escasas.
Religiosamente, la situación se agravaba, toda vez que al leproso se le consideraba el impuro mayor, es decir, el indigno de toda indignidad, incapacitado de ser partícipe de la vida de Israel por haberse contaminado la savia pura del Pueblo Elegido: en esa religiosidad, toda enfermedad se considera consecuencia directa de la acción punitiva de Dios frente a los pecados cometidos por sí mismos o por los padres.

En una sociedad como la judía de aquel entonces, sociedad/política y religión no se diferenciaban, siendo esta última la que poseía la última palabra en todos los órdenes de la vida. tal es así, que quienes determinaban el estado de pureza/impureza, de salud/enfermedad o de lepra son los sacerdotes del Templo. Ellos son médicos que no curan pero que emiten diagnósticos durísimos. La cuestión se agrava, pues el paciente, una vez ratificada su enfermedad por la religión, ha de reconocerse a lo lejos como tal, como leproso, para evitar que los otros hijos de Israel se contaminen. Así entonces se vestirán con harapos, con sus cabellos sueltos y despeinados, y proclamando a los gritos su condición de impuro.
Es una situación de dolor inimaginable, pues al padecer de la misma enfermedad se le añade la conciencia de su impureza -su enfermedad es justa-, y el oprobio infame de gritar su estado para que los demás tomen distancia.
En las limitadas ocasiones en que había remisión de la enfermedad, otra vez eran los sacerdotes los que decidían el final de la infamia, volviendo a declarar al enfermo puro y por lo tanto habilitado para la vida comunitaria, y quienes prescribían los ritos y sacrificios a efectuarse para completar su rehabilitación era, nuevamente, los sacerdotes.

La irrupción de Jesús de Nazareth y sus enseñanzas de la Buena Noticia asustaron a varios y regocijaban a muchos. Al estar totalmente identificado con su Padre, no toleraba una imagen vana y falsa de un dios verdugo, de un dios al que le agraden esas clasificaciones crueles de pureza/impureza, un dios que prodiga la enfermedad tanto más que su bendición.

El Dios de Jesús de Nazareth es un Padre que cuida y una Madre que ama, que no descansa hasta restituir en su integridad a los hijos caídos a la vera del camino, un Dios que se desvive por los excluidos, un Dios que es Salvación incondicional, Gracia y Misericordia.

Esto era bien conocido por las gentes. Por ello mismo los gritos fervorosos de los diez leprosos, suplicando la compasión de ese Cristo que pasa a cierta distancia. El se acerca, sin importarle comentarios ni consecuencias, y los remite a los sacerdotes, a esos mismos sacerdotes que los han condenado a un ostracismo brutal, religiosamente impiadoso, para ser readmitidos con toda dignidad y derechos a su sociedad. En camino hacia el templo, ellos se descubren limpios, es decir, purificados, liberados de toda llaga.
Llamativamente, de los diez leprosos sólo uno regresa a los pies del Maestro, desbordante de gratitud. Es un samaritano, un impuro ejemplar pues los samaritanos son considerados, en el mejor de los casos, abyectos traidores, toda vez que originariamente pertenecientes a Israel, durante las sucesivas invasiones enemigas formaron familia y tuvieron descendencia con extranjeros, lesionando de modo irreparable la sangre pura de los hijos de Israel, y no reconocían tampoco la primacía del Templo de Jerusalem como centro absoluto de la fé judía.
Este hombre -considerado varios escalones por debajo de la condición humana básica- es el único que se ha dado cuenta que en Cristo está la Salvación, y que esa Salvación implica salud, dignidad, fraternal aceptación, cuidado, inclusión sin condiciones, esperanza. Por ello agradece rostro en tierra, desalojando toda resignación.

Los otros nueve han ido, según la costumbre, a presentarse al sacerdote. Quizás se creen con derecho, por pertenencia, a obtener esa bendición. Pero sin dudas, se aferran a esas ideas de que a través de los ritos y las prácticas religiosas prescritas se obtiene el favor divino.
El samaritano regresa agradecido, pues sabe que sólo en Alguien, en una persona, en Cristo se encuentra con Dios y por ello con la plenitud, la felicidad.

Esta parábola quizás debiera recordarse como la del samaritano agradecido, y es un llamado de atención para revisar nuestras gratitudes ausentes.

Paz y Bien


Siervos inútiles y felices


San Martín de Tours, obispo - Patrono de la Ciudad de Buenos Aires

Para el día de hoy (11/11/14) 

Evangelio según Lucas 17, 7-10



Ciertos matices en el lenguaje de Jesús de Nazareth pueden resultarnos contradictorios y confusos por los giros propios de la época de su ministerio. Pero invariablemente se trata de utilizar situaciones que todos sus oyentes conocen para hacerse entender, para cale hondo su enseñanza.

Ello puede advertirse en la lectura que nos ofrece la liturgia en el día de hoy. El Maestro les habla a las mujeres y a los hombres de todos los tiempos, aunque en la coyuntura de cada parábola pueda enfocarse en ciertas personas en particular; aquí lo que cuenta es el trasfondo, y ese trasfondo es una religiosidad en la que impera el concepto retributivo, es decir, que mediante el cumplimiento preceptual y la acumulación de acciones piadosas que, a la postre, permitirían requerir recompensas acordes a esos méritos que se poseen. Es decir, que a través de esa pseudo virtudes se adquiere la bendición divina, y en realidad esconde la inefable soberbia de creerse en condiciones de exigirle determinados pagos a Dios.

En una relación filial no hay deudores, sino una familia que por sobre todo se ama sin condiciones.

EL Dios de Jesús de Nazareth es Padre y es Madre y es tan cercano que se hace vecino, amigo, hermano. Esa cercanía revela su esencia primordial, el amor, y de allí la gratuidad de su bondad, eso que llamamos Gracia.
El amor de Dios no se adquiere, el amor de Dios se acepta o rechaza del mismo modo que se ofrece, incondicionalmente. Hay vínculos mucho más profundos que el de las normas, y se fundamentan en una asombrosa confianza, una confianza que ese Dios deposita en nosotros para hacer sus cosas.

Con esa confianza y ese amor, nos descubrimos siervos inútiles, es decir, servidores sin méritos que reivindicar, servidores que hemos hecho lo que nos correspondía, o mejor aún, lo que se espera de nosotros.
Servidores felices de hacer lo que se debe, sin estridencias y con el empuje milagroso de la humildad, irnos al silencio frondoso del abrazo de Dios por haber cuidado de que esta pequeña parcela de tierra andante que somos haya sido frutal.

Paz y Bien

Piedra de tropiezo




San León Magno, papa y doctor de la Iglesia

Para el día de hoy (10/11/14) 

Evangelio según Lucas 17, 1-6



El Maestro solía valerse de alegorías y parábolas para enseñar las cosas del Reino, la Buena Noticia del amor de Dios, en un lenguaje común a todos sus oyentes, con imágenes tomadas de lo que vivían a diario, y por su manera novedosa de enseñar las gentes se asombraban y admiraban, pues Él hablaba con autoridad, haciéndoles crecer cosas nuevas corazón adentro, y no tanto acumulando información sin límites.
Pero a la hora de hablar con franqueza no vacilaba ni un instante en utilizar los términos más duros y contundentes, tan severo como una espada afilada. Hay cuestiones que no deben esconderse tras figuras literarias ni edulcorarlas para alivio de oyentes que se han acomodado a cierto tipo de costumbres en su devenir cotidiano.

Él habla de quienes se vuelven motivo de escándalo, y ello no tiene tanto que ver con ese concepto común de cuestiones ocultas e inconfesables, tan usuales en los medios de comunicación. Él se refiere a las implicaciones del sentido literal del término skandalon, que signfica piedra de tropiezo, empujón que hace caer en la incredulidad a los pequeños.
Y pequeños son los pobres, son los que apenas asoman a la vida de fé, los marginados, los que no acceden a la cultura y muy especialmente los niños. Hemos sido testigos demolidos e infernalmente acostumbrados de tantas existencias de niños avasallados por aquellos que debían cuidarles y protegerles, y con tanta frecuencia malsana hemos visto también afanes por esconder bajo la alfombra estas crueldades, o peor aún, de racionalizar lo que no puede tolerarse. 
Porque desde Cristo no hay ambages: siempre hemos de estar del lado de las víctimas, jamás del lado de los victimarios.

Como un segundo movimiento sinfónico, nuestra misión -que es la misma misión de Jesús de Nazareth- nos encomienda una tarea de salud, de vendar corazones heridos, restablecer los vínculos quebrantados desde el perdón. No es tarea fácil y nada tiene de declamación, es bien concreta y definida. El perdón sana, el perdón libera, el perdón es un milagro.

Estos dos puntales sólo pueden sustentarse desde la fé, una fé que es ante todo don y misterio, es fé que moviliza los montes y transplanta los árboles más aferrados, la fé humilde del grano de mostaza que se vuelve frondosa, de sombra bienhechora para todo el que se acerca.

Paz y Bien

Casa de Dios




Dedicación de la Basílica de San Juan de Letrán

Para el día de hoy (09/11/14) 

Evangelio según San Juan 2, 13-22



El Templo de Jerusalem era el centro de todo el universo judío. Tradicionalmente, refería a la tienda sagrada del desierto donde el Dios de sus padres habitaba, sitio sagrado.
En los tiempos del rey Salomón se construye el primer templo, que según cuenta tanto la Escritura como referencias históricas era de una magnificencia deslumbrante. Era un polo magnético ineludible para todo Israel, que confería identidad y sentido: allí estaba su Dios, allí se le rendía el culto verdadero, allí se custodiaba el arca de la Alianza.
Resulta difícil para todos nosotros, en nuestra mentalidad de siglo XXI, describir y comprender su decisiva relevancia; sin embargo, no es arriesgado inferir, como un primer esbozo, que Israel era el Pueblo de Dios no sólo porque Dios los había elegido desde la esclavitud de Egipto, sino también porque estaba allí, en el recinto sagrado.

Ese lugar tan caro a la fé y a los sentimientos del pueblo judío fué destruido por tropas invasoras cinco siglos antes del ministerio de Jesús de Nazareth. Luego fué reconstruido por el rey Zorobabel, re-consagrado por los Macabeos y finalmente, Herodes el Grande -casi en la época del nacimiento del Maestro- lo renovó y amplió con un esplendor descollante.

Las sucesivas guerras e invasiones provocaron que una importante número de hijos de Israel vivieran en la llamada Diáspora, es decir, en el extranjero. Pero para todos ellos, la mirada y el corazón siempre estaba orientado hacia ese Templo que era el centro de su universo, y al que acudían en piadosa peregrinación al menos una vez al año.
En el Templo, las prescripciones religiosas obligaban a los creyentes a realizar un holocausto, es decir, sacrificar en honor a su Dios alguno de los animales permitidos -por parte de los sacerdotes- y pagar los tributos o impuestos requeridos y obligatorios para el sostenimiento del culto y el sustento de la clase sacerdotal. Al llegarse a Jerusalem miles de peregrinos de infinidad de sitios, y al encontrarse la Tierra Santa ocupada por los romanos, estos tributos sólo podían pagarse con ciertas monedas permitidas, y por ello era necesaria la presencia de cambistas que realizaran las operaciones financieras para que los peregrinos obtuvieran las monedas autorizadas, y a su vez adquirieran los animales kosher para los sacrificios. Se presupone que las mesas de los cambistas y los corrales de los animales se ubicaban en las enormes explanadas del Patio de los Gentiles, y también un negociado descomunal por la contínua afluencia de fieles, y las prescripciones que obligaban a todos ellos a comprar animales y a cambiar monedas.

La actitud del maestro sorprende a propios y ajenos, y a menudo nos vuelve a emocionar, y lo añoramos así. Solemos abusar de una caricatura de un Cristo light, de bondades pacíficas, dulzuras y paz sin cambios, y este Maestro que se yergue fuerte y decidido, restaurador en justicia y derecho, consumido de celo por las cosas de su Padre es una imagen entrañable por la que solemos suplicar, para que vuelque todas las mesas de los cambistas actuales, para que expulse sin hesitar a tantos comerciantes inescrupulosos de nuestros atrios, comerciantes que a veces se revisten de pastores.
A pesar de razones y de corazones, ello implicaría quedarnos en la superficie, sin ahondar en la Buena Noticia que nos anuncia, aún con el fuerte impacto de las manadas de animales en estampida.

Lo que en verdad cuenta, la mesa cambista que hay que volcar es aquella que interfiere de cualquier modo con la Gracia de Dios. Su nombre mismo lo revela con meridiana claridad, es la asombrosa gratuidad de un Dios que se ofrece sin condiciones, que no se compra con dinero ni con ofrendas piadosas, sino acercándose a ese Cristo que es nuestra vida y nuestra Salvación, en un encuentro personal que es cordial y es sanguíneo, la existencia misma brindada hasta todos los extremos.

La Pascua de Jesús de Nazareth es ruptura con la muerte y con todo aquello que es muro que separa a la humanidad y a Dios. 
Porque la Encarnación decide que Dios ya no habitará exclusivamente en los templos de piedra, por impresionantes y majestuosos que fueren. 
La casa de Dios es el corazón fiel de cada mujer y cada hombre -templo vivo y latiente del Dios de la Vida- que se han despojado de todo lo vano y estéril para que sólo lo habite la eternidad de Aquél que se desvive por sus hijas e hijos.

Paz y Bien


Libres por ser hijos




Para el día de hoy (08/11/14) 

Evangelio según San Lucas 16, 9-15



La actitud de Jesús de Nazareth frente al dinero no es fácil de describir y, mucho menos, de explicar. Varias de sus acciones y gestos surgen en franca contradicción con nuestros criterios: así como no perdía oportunidad de expresarse contundente en contra del dinero y las riquezas, también no tenía ningún prurito en sentarse a la mesa de los ricos como Zaqueo que le agasajaban y le escuchaban con atención en lujosos banquetes.

Aún así, Él enseñaba desde las honduras de su alma que cuanto mayores son los afanes y angustias a causa del dinero, menos espacios quedan en el corazón para Dios. Es decir, que el dinero deviene en absoluto, y al Absoluto se lo procede a relegar hasta renegar de Él o directamente ignorarlo, zanjando cualquier atisbo de trascendencia y, por tanto, de Salvación.

Seguramente mucho lo aprendió al lado de esos dos árboles frondosos que edificaron sus días, José y María de Nazareth, en la noble pobreza de su humilde hogar galileo. Y también, con el impulso del Espíritu, andando por los caminos de su patria.
Él sabía bien que la vida y la libertad, la paz y la justicia, la salud y la fraternidad no tienen precio, no pueden adquirirse ni con todo el oro del mundo. Y más aún, cuando por sistemas cada vez más inhumanos esto sucede, es signo exacto de que proliferan en nuestro mundo las víctimas y los esclavos y los sacrificios humanos, pues en el ara del cruel dios mercado se sacrifica al prójimo.

Pero por sobre todo, porque el dinero es el opuesto total al tiempo nuevo de la Gracia, de la Encarnación, de Dios con nosotros, Dios por nosotros, Dios en nosotros.

No se puede servir a dos señores, a un dios inmanente y al Dios de la vida. Los corazones divididos carecen de destino y perecen en la nada.
Sólo desde el amor de Dios podemos vivir la gloriosa libertad de ser hijas e hijos.

Paz y Bien

Seis tinajas llenas de alegría y esperanza



María, Madre y medianera de la Gracia

Para el día de hoy (07/11/14) 

Evangelio según San Juan 2, 1-11



La imagen es entrañable. Se trata de un pequeño poblado en los montes de Galilea de la periferia judía, una aldea similar a tantas de las que conocemos en nuestros países, en donde todos se conocen entre sí, y se comparten alegrías y desgracias. La rutina del esfuerzo por el sustento y la supervivencia suele ser tan contundente como demoledora, y es quizás por ello que la celebración de unas bodas -de varios días de duración- sean muy importantes, probablemente el gran acontecimiento del año.
En una boda, en un lugar así, un día no alcanza: es menester durante una semana que se celebre la vida, el amor, los hijos que vendrán, el hecho primordial de encontrarnos con vida y, por ello mismo, juntarnos para que esto no se pase por alto.

Nada es casual ni coyuntural en los Evangelios; por ello mismo San Juan destaca que allí, en Caná de Galilea, Jesús de Nazareth realiza el primer signo de su ministerio de Salvación. Es menester que nos detengamos atentamente aquí, pues nos encontramos en un sitio pequeño, alejado de los esplendores de las grandes ciudades, y el Evangelista nos habla de un signo, es decir, una señal inequívoca que nos dirige con toda certeza la mirada, y nó tanto de milagros, en la intención de no aferrarnos a lo espectacular o prodigioso mas sí de atesorar en los corazones el riquísimo misterio que nos ofrece.
Se trata de un primer signo, la primera señal, y no es primera tanto en el sentido temporal -time line religiosa- sino de una cronología teológica o espiritual que posee el carácter primordial de lo definitivo y definitorio.

Es significativo también que antes que el Maestro y los suyos lleguen, ya se encuentre María, la Madre del Señor. Tal vez tuviera cierto parentezco lejano con alguno de los contrayentes, porque es evidente que se mueve con soltura en el ambiente festivo de Caná, mucho más que una simple invitada.
No abundaremos en explicaciones -probablemente vanas- pero señalaremos los afectos sin estridencias de nuestra gente más sencilla, que encuentra en María de Nazareth a alguien tan cercano que siempre está en sus casas, madre, hermana y amiga, porque intuyen y saben que donde está la Madre está el Hijo, porque al Hijo se llega por la Madre...y porque el Hijo jamás le negará nada a la Madre.

En estas celebraciones aldeanas el vino es fundamental, para regar con su calor los días que duren los festejos. En esta boda, el vino se agota, y por eso mismo, si no hay vino no hay celebración, la fiesta se apaga y se apaga la vida, se adormece en las veleidades de la rutina y el sinsentido.
De Dios son todas las primacías, y en donde está María de Nazareth hay una señal perpetua, un candil encendido para que no nos olvidemos de ese Dios que sale al encuentro y que se deja encontrar, Dios que ofrece y se entrega a sí mismo. Ella está siempre atenta a las necesidades de todos, porque creyentes o incrédulos, fieles o infieles, buenos o malos, todos sin excepción somos hijas e hijos de su Dios por un asombroso misterio insondable de afecto y cercana ternura.
Y Ella se dá cuenta de que la vida no puede seguir así, que la vida ha de ser celebrada, que ese vino nuevo del Hijo ha de estar al alcance de todos los que se animen a brindar, el vino del Reino, el vino de la Gracia.

Seis tinajas había allí, signo antiguo de una fé envejecida que se aferra a los gestos vacíos sin Dios. Lo que cuenta es lo dado, lo que purifica los corazones es la Gracia de Dios.

Cada tinaja tiene cien litros de capacidad.

Cien litros del vino nuevo del Reino parece una enormidad para una pequeña aldea de parte de ese Cristo que tiene la misma mirada de la Madre, que transforma en vino santo todas las aguas muertas.

Lo que en verdad sucede es que hay mucho, muchísimo vino para todos los que llegarán, vino para que todos también brindemos porque la Salvación está aquí y ahora entre nosotros.

Paz y Bien

Dios de todas las alegrías



Para el día de hoy (06/11/14) 

Evangelio según San Lucas 15, 1-10 


El Evangelio para el día de hoy nos presenta una constante en todo el ministerio de Jesús de Nazareth, y es que publicanos y pecadores se acercaban a Él con confianza y esperanza para escucharle. Muchos de ellos compartían su mesa, y eran tratados de modo fraternal, sin aplicar excepciones ni rótulos.

Es menester tener en cuenta quienes son estas gentes que siguen al Maestro y que tanto inquietan a escribas y fariseos.
Por un lado, los publicanos eran quienes recaudaban los tributos impuestos por el ocupante imperial romano; además de ser vistos como infames traidores -casi todos ellos eran judíos-, se les consideraba contaminados por el contacto tanto con la moneda y con los mismos extranjeros. Además, aprovechaban su condición -el cobro de los tributos se apoyaba en la potencia de las legiones, pues la evasión se catalogaba como sedición- y de este modo a los duros gravámenes añadían sumas extorsivas que acumulaban en provecho propio. A causa de todo esto eran fervorosamente odiados por sus paisanos y encasillados en una categoría moral abyecta por las autoridades religiosas, por lo cual su vida se reducía, fuera de sus tareas, al contacto con sus pares, sin posibilidad de participar en la vida comunitaria y religiosa.

Por otro lado, los pecadores: superficialmente, muy pocos, o tal vez nadie, quedaría exento de ese rótulo. Pero en la cultura de la Palestina del siglo I, el término refería a los pecadores públicos, es decir, a aquellos cuya conducta es anatema o al menos reprochable pues es de público conocimiento. Como ejemplo típico, ubicaríamos en este esquema a las prostitutas y a las mujeres sorprendidas en adulterio, y no es para nada casual que en ambos casos hablemos de mujeres, toda vez que no poseían derechos legales ni religiosos, y su existencia estaba sometida a los deseos del varón y a la gestación y crianza de los hijos.

En los dos casos, publicanos y pecadores, estaban condenados al ostracismo y el repudio constantes, además de verse imposibilitados de cualquier participación religiosa. De un modo más simple, eran malas compañías para cualquier persona de bien, gentes que ni por asomo se invitaría a cenar.
Por eso mismo las murmuraciones indignadas de escribas y fariseos; es poco veraz colocar a estos hombres como si fueran villanos de algún filme. En realidad, eran profundamente religiosos y muy celosos de la fé de Israel de la que se consideraban custodios a través del estricto cumplimiento de la Ley mosaica y de los preceptos instaurados: el problema es que en esos afanes se habían vuelto ciegos de ver la viga en el propio ojo, y relegaron a un plano muy posterior al Dios que inspiraba esa ley y esas normas. Así entonces el Maestro se les aparecía como un peligroso agitador, un heterodoxo desequilibrante y un blasfemo.

Pero a Cristo no lo detenían los peligros tácitos que la postura de esos hombres generaba. En el tiempo nuevo de la Buena Noticia, Jesús de Nazareth enseña a todos el rostro cordial de un Dios Padre y Madre que se desvive por todas sus hijas e hijos, un Dios que sale al encuentro de la humanidad, un Dios infinito y eterno que se deja encontrar en Cristo y cuyo rostro se revela en los pequeños, un Dios afabilísimo del cual brotan todas las alegrías, comenzando por el gozo inconmensurable del perdón, de recuperar para la vida a aquellos que han muerto en sus almas a causa del pecado, Dios de justicia y de celebración de la existencia que es don y es misterio de gracia y bondad.

Paz y Bien
 


Abrazando la cruz, sin mirar atrás



Para el día de hoy (05/11/14) 

Evangelio según San Lucas 14, 25-33




En la liturgia de los días previos, la Palabra nos hablaba de mesa, ágape, invitación. Los oyentes atentos del Maestro de aquel tiempo, de éste y de todas las épocas corren el riesgo de aferrarse a esa imagen única, matizándola de cierto tipo de ingenuidad para hacerlo más llevadero y tolerable, cristianos de fé light
Quizás por ello mismo el Evangelista sitúe a continuación esta enseñanza de Jesús de Nazareth, que no tiene tanto que ver con una secuencia temporal pero sí con una cronología espiritual que es, precisamente, el discipulado.

En cada encuentro con la Palabra de Dios hemos de despojarnos de todo lo fútil, de los preconceptos, de esa tentación de que el Evamgelio se adecue a nuestras pequeñas ambiciones, y muy especialmente, relegar al olvido la persistente tendencia a una lectura literal. La literalidad poco tiene que ver con la Buena Noticia y es causa de todos los fundamentalismos.
Así entonces, una mirada literal del Evangelio para el día de hoy nos puede hacer daño, volviéndonos resentidos, amargados y crueles, es decir, muy poco cristianos, tal es la virulencia de los términos utilizados por el Maestro, su énfasis y su entonación afilada y, quizás, hiriente.

Sin embargo, ahondando un poco en nuestra reflexión y con el auxilio de ese Espíritu que pone luz en nuestras mentes y fuego en nuestros corazones, podamos adentrarnos mar adentro de la Palabra, que siempre es bendición.
Literariamente, se trata de una hipérbole, es decir, una figura deliberadamente exagerada con el fin de que el interlocutor -o, en nuestro caso, el lector- adquiera una imagen o una idea que difícilmente pueda olvidar. No se clara, claro está, de instalar una insana obsesión sino de enseñar.
Porque sobreponiéndonos al impacto inicial, lo que prevalece es el amor a Dios y al prójimo, clave de todo destino.

La clave es poner toda la existencia en camino hacia un horizonte luminoso, porque antes, durante y después está siempre Dios, el Absoluto que dá sentido y resignifica familia, vida, bienes, planes, la totalidad de la existencia.
La clave es que Jesús de Nazareth es quien encabeza la marcha, asumiendo todas las primacías; todos los dolores y todos los costos antes han sido pagados por Él con su propia vida. Y nosotros, asombrosamente depositarios de una confianza que no merecemos, seguimos sus pasos.

Como si no fuera suficiente, a esta hipérbole el Maestro implica la necesidad de cargar la cruz para seguirle. En el siglo I, la cruz era el método por el cual el imperio romano ajusticiaba a los criminales más abyectos, los marginales, los malditos. Así entonces, cargar la cruz significa hacerse marginal, abyecto, correr con la gravosa carga de ser maldecido, a asumir la muerte a manos de los violentos y a causa de ser fieles.
Pero siempre, siempre, quien decide es la esencia misma de Dios, el amor. Por eso la necesidad de abrazar la cruz, pues a pesar de todas las horrorosas miserias de su superficie, esconde en su madera de árbol frutal una Gracia inconmensurable, la de ser otro Cristo que peregrina bendiciendo a todas las gentes, prodigando santidad a cada paso.

Paz y Bien

A los caminos




Para el día de hoy (04/11/14) 

Evangelio según San Lucas 14, 1a.- 15-24



Dos distingos caracterizan al servidor de la parábola que la liturgia nos ofrece hoy: cumple con su deber, es obediente, y además sale en búsqueda de los invitados.

Es obediente en el sentido primordial del término -ob audire-, es decir, escucha atentamente y a partir de allí actúa. Sabe que mesa y banquete no son suyos, no le pertenecen, pero por circunstancias asombrosas se ha depositado sobre él de dar aviso de la celebración, de llevar -en mano, personalmente- las invitaciones, y de asegurarse que no haya sitios vacíos en esa mesa grande.
Pero además hay otra cuestión evidente, tan obvia que quizás se pase por alto con ligereza, y es que el servidor, en todos los casos, se pone en movimiento, vá en la búsqueda de los diversos invitados, se larga a los caminos a cumplir con un deber que ha descubierto y asumido como propio.

Desde esta perspectiva podemos contemplar humildemente la vocación a la vida cristiana, a la misión. Porque todos somos llamados a ser servidores, misioneros.
Lo verdaderamente importante es salir, no quedarse, no encerrarse tras muros de comodidad a la espera de que unos pocos se acerquen a la mesa. Y lo decisivo es la confianza que se nos ha depositado en nuestras manos y en nuestros corazones, porque de nuestros pequeños esfuerzos dependerá, en parte, las gentes que acudan al ágape de la vida.

Más aún: tienen asientos preferenciales aquellos que habitualmente languidecen de hambre y soledad, aquellos que nadie convida, aquellos que apenas sobreviven en todas las encrucijadas de la existencia.
Es símbolo perfecto del amor, sin reservarse nada para sí mismo, y salir al encuentro de los demás, como el Dios de Jesús y María de Nazareth, Padre y Madre de toda la creación.

Paz y Bien 

La mesa que nos define




San Martín de Porres, memorial

Para el día de hoy (03/11/14) 

Evangelio según San Lucas 14, 1. 12-14



Como sucede en todas las naciones y culturas, el modo de comer y con quienes se come es un rasgo que identifica, claramente definido, estratificado, acotado a usos y costumbres pues en la mesa hay mucho más que el mero acto de ingerir alimentos.
Las convenciones sociales a veces son extremas, rígidas; otras tantas veces, una cena es un acontecimiento político, un hecho de negocios, una reunión religiosa, un encuentro furtivo, un homenaje que esconde la devolución del convite por favores o prebendas. Y en la mayoría de los casos -sea cual fuere la ocasión- se invita a pares, a iguales, o al menos a similares a uno mismo.

En el caso de los fariseos, la arista afilada de su mesa radicaba en que sólo invitarían a su mesa a otros hombres tan religiosos y estrictamente observantes como ellos, so pena de contaminar un hecho sagrado -que lo es-. En contadas ocasiones, invitaban a alguna personalidad relevante de su cultura y de su religión, con el fin de revestir su mesa y su casa de prestigio, siempre salvaguardando las prescripciones de pureza que los regían. 
A pesar de la enemistad manifiesta que solían esgrimir en su contra, a pesar de que siempre estaban buscando motivos de censura y condena, en varias ocasiones los fariseos invitaron a Jesús de Nazareth a comer: si bien no podían evitar una mirada ansiosa de reprobación, primaba que el Maestro era popularmente conocido como un rabbí itinerante, y por eso mismo se le consideraba como par, como uno de ellos -quizás díscolo, quizás provocador, tal vez desviado en algunas cuestiones-.

Pero la mesa de Jesús es bien distinta, y magníficamente escandalosa. Su mesa tiene asientos preferenciales para aquellos que nadie invita, mesa para los pobres, para los enfermos, para los que portan todo tipo de estigmas, para los que perdieron todo horizonte y esperanza. Y contrario a sensu, nada pide a cambio, y no espera pago o retribución. Porque con la misma mirada de su Dios, no hay puros o impuros, amigos o enemigos, propios o ajenos, sólo hijas e hijos, es decir, mesa de hermanos, mesa de la gratuidad fraterna, mesa de la Gracia.

La mesa que nos define es signo de la medida de nuestra conversión y también de su carencia.
El día que comencemos a convidar en esta familia que llamamos Iglesia a sentarse a compartir el pan a aquellos que nadie en su sano juicio invitaría -y todos suelen aceptar como usual que así suceda-, volveremos a compartir el pan infinito de la Buena Noticia, y seremos plenamente fieles a Aquél que sigue desviviéndose por todos, sin excepción.

Paz y Bien

 

Nadie se vá del todo



Conmemoración de todos los Fieles Difuntos

Para el día de hoy (02/11/14) 

Evangelio según San Lucas 24, 1-8




Mucho se ha escrito y mucho puede decirse, quizás por esa certeza -no tan frecuentemente expresada- de que todos vamos a morir. Esa conciencia de la propia finitud ha provocado, a través de los tiempos, diversos aconteceres que refieren precisamente a la la necesidad de superar esa frontera, de perpetuarse, y han sido estudiados sin cesar; entre todos ellos, también las religiones tienen sus capítulos en tanto que ámbitos en donde los procesos inconscientes y la angustia encuentran asidero y cierto grado de tranquilidad.
Es claro que este último punto posee cierto grado de veracidad, siempre y cuando nos coloquemos solamente en la perspectiva de quien busca, aún cuando el objeto de esta búsqueda sea un sucedáneo de lo inevitable.

Pero desde el ministerio de Jesús de Nazareth entendemos que la fé es don y es misterio, una invitación difícil de mensurar que implica la primacía de un Dios que dá el primer paso, que sale al encuentro de la humanidad, que invita amorosamente y sin condiciones a ser partícipes de su misma existencia infinita y eterna, con el asombroso color de la gratuidad.
Esa invitación -amplísima, universal, irrestricta- sólo puede aceptarse si hay cambios. No refiere a cumplimientos de ciertas pautas o normas establecidas con el fin de acumular méritos para acceder a beneficios postreros; no se trata de una caja de ahorros piadosa ni de un capitalismo espiritual. Se trata de ponerse en la perspectiva del tesoro más valioso encontrado, por el que vale la pena vender todo para quedárselo, hallar con toda certeza el Absoluto y ese hallazgo transforma la totalidad de la existencia.
Porque por Cristo sabemos que ese Absoluto es Padre y es Madre, y así no descubrimos hijas e hijos, y entonces nos vinculamos de otro modo con Él y con los demás, a los que sabemos hermanos, modo nuevo y definitivo de re-ligarse o re-unirse con todo y todos.

En este día tan especial, en el que conmemoramos a los que nos han precedido, seguramente no han de estar ausentes ni la tristeza ni el dolor. Pero en ese tiempo de invitación y certeza, tiempo de fé, prevalece la esperanza.
El Dios de Jesús de Nazareth es un Dios de abrazos, de donación absoluta, de vida ofrecida. Los fieles difuntos -por esa fidelidad que los define- están vivos y plenos por los campos de Dios, en comunión firme con todos y cada uno de nosotros, porque el amor todo lo puede, porque con Cristo toda tumba deviene inútil, y es señal de comienzo, nunca de final.

Porque nadie se vá del todo, pues se vive en el alma de los que aman, en nuestros pequeños corazones y en el corazón sagrado de Aquel que jamás desistirá en sus afanes de querernos.

Que los nuestros descansen en paz y vivan para siempre, hasta el reencuentro final del regreso del Señor.

Paz y Bien

Todos los santos, la sal necesaria, la luz imprescindible




Solemnidad de Todos los Santos

Para el día de hoy (01/11/14) 

Evangelio según San Mateo 4, 25-5,12



Los santos viven con Dios, viven por Dios, viven en Dios.

Esta afirmación -porque un santo siempre es positividad, nunca negación- no remite únicamente a la vida postrera, por vivir heroicamente la fé, la esperanza y el amor. Son muchos, una floreciente multitud de hermanas y hermanos, y de entre ellos,como señales de esperanza y auxilio para todo el pueblo, la Iglesia eleva su resplandor sagrado a los altares, en el honor verdadero que es el de la caridad, regalos inconmensurables de la Gracia.

Pero la santidad es una canción maravillosa que se entona en tiempo presente, sinfonía grata del misterio de la Encarnación.
Los santos ha descubierto la presencia amorosa de Dios en toda la creación, y muy especialmente en los ojos del hermano. No hay miseria, ni conflicto, ni pecado que los pueda separar de su presencia sagrada, sustento y horizonte. Y así, con una persistente locura frente a un mundo cada vez más perversamente racional, son felices, son existencias plenas porque se han despojado de todo y en su corazón todo el espacio disponible es para Dios, y por ello mismo para el hermano.
Esa felicidad se expresa en humildad, en justicia, en corazones traslúcidos, en esfuerzo incansable por la paz, en irreductible mansedumbre, y esa misma felicidad es un extraño tesoro que se acrecienta cuando se dona, cuando se brinda y comparte. Y ellos son en verdad insustituibles, indispensables en su sal y en su luz, la Buena Noticia de la Salvación, la esperanza que jamás se resigna.

Santidad es decir cada segundo de la vida un sí total a esa invitación asombrosa a ser partícipes de la vida infinita y absoluta de Dios, sedientos bebedores de la Misericordia que a todos se ofrece sin condiciones.

Paz y Bien


La mesa de la vida plena




Para el día de hoy (31/10/14) 

Evangelio según San Lucas 14, 1-6


La tradición del Shabbat indicaba que luego del culto y la enseñanza sinagogales, seguía a continuación un banquete importante y específico en cada hogar de Israel, al modo de culminación celebratoria del día sagrado. Esta cena también tenía sus normas estrictas: su preparación se realizaba en días previos y las familias pudientes tenían a esclavos o servidores no judíos por las rigurosas prohibiciones de acción y movimiento prescriptas para ese día.

La liturgia de hoy nos sitúa en ese ámbito. Lo que es significativo es que el Maestro es invitado a la mesa de un fariseo importante: por sus estrictas prescripciones religiosas de pureza y pertenencia, a la mesa de un fariseo no se sentaría cualquier persona, sólo pares o dignos de participar. Que a esa mesa pueda acudir Jesús de Nazareth implica, ante todo, que a pesar de todas las desavenencias y enconos, allí se le consideraba un rabbí: de cualquier otro modo, sólo sería un campesino provocador galileo, y por ende indigno de participar. Y es dable suponer que hay también la siempre presente desconfianza hacia su persona, y por eso lo observan con suma atención, con el detector de heterodoxias y errores encendido a pleno...aunque no por ello está ausente esas humanas y naturales ganas de mirar y ver de cerca a ese predicador y taumaturgo ambulante del que tanto se habla.

Allí se encontraba un hombre enfermo de hidropesía, quizás un término algo anticuado a la ciencia médica actual. Se trata de una patología que, a grandes rasgos, puede provocar edemas e inflamación en el abdomen y también en las articulaciones, siendo su etiología multicausal; si vamos a sus consecuencias, ese hombre tendría su forma física -la percepción de sí mismo y por parte de los demás- deformada, y además se encontraría con serios problemas de movilidad por los edemas articulares. Un hombre borroso y casi paralizado.
A todo ello, y de acuerdo a los criterios imperantes en la época, su enfermedad es consecuencia directa de los pecados cometidos, por sí o por sus padres. Una enfermedad, entonces, es producto de la justicia divina, toda vez que es el castigo justo que, según esas mentalidades, Dios propina de acuerdo a las faltas.
Además del sufrimiento físico, toda enfermedad implicaba también -por su naturaleza de pecado- que el enfermo es un impuro, un indigno de participar en la vida religiosa y comunitaria, condenado a cierto ostracismo social, y que esa impureza no debía tomarse a la ligera: quien se atreviera a entrar en contacto con un impuro a su vez adoptaba la misma condición, al modo de cierta virulencia moral contagiosa.

Pero así como la mesa de los fariseos es estricta y restrictiva en su puntillosidad solemne, la mesa de Jesús de Nazareth tiene el sagrado descaro de ser tan humana que en ella, las miradas límpidas y transparentes pueden advertir la inefable presencia de Dios. Porque en la mesa de Cristo se celebra la vida plena, y la invitación es tan amplia y generosa que nadie, por ningún motivo, puede faltar.
Como el horizonte no posee un ceño fruncido sino la amplia y sonriente bendición de Padre, no hay nada ni nadie que impida el festejo compartido. No hay excusa alguna para el socorro y la compasión, no hay riesgo que detenga la acción salvadora del Señor.
Por eso mismo Jesús de Nazareth se inclina sin temores ni reservas a ese hombre doliente, para que su cuerpo y más aún, su corazón, sea el de un hombre libre y pleno, íntegro, recreado por el perdón y la bondad de Dios que es misericordia viva entre su pueblo, y no vacilará en transgredir esas normas que de tan rígidas son inhumanas, y han olvidado a ese Dios que les dá sentido, normas que son medios y que se establecieron como fines, rito sin corazón ni existencia transformada.

Que nuestras mesas sean amplias, mesas de Cristo, mesas de hermanos y gratitud compartidas.

Paz y Bien




En la tradición de los profetas




Para el día de hoy (30/10/14) 

Evangelio según San Lucas 13, 31-35



Jesús de Nazareth continúa tenaz y decidido su peregrinar a Jerusalem, en donde le espera la cruz, la Pasión, la muerte. Pero su fidelidad y su libertad es mayor a cualquier amenaza y a cualquier miedo.

Algunos fariseos se acercan a Él, curiosamente sin intenciones ocultas: lo anotician y le advierten que Herodes está buscando matarle.
Herodes Antipas, tetrarca de Galilea, gobernaba con poder omnímodo y despótico sus dominios; a su vez, su poder era vasallo del César, y eran las legiones romanas quienes garantizaban en cierto modo su trono. Antipas es hijo de Herodes el Grande, aquel rey que intentó -siendo un bebé- acabar con la vida de Cristo en Belén; en una siniestra coincidencia, parece una tradición familiar el querer matar al Mesías.
El asesinato de Juan el Bautista es otra muestra explícita de la brutalidad sin límites de este reyezuelo infame, para el que la violencia es una herramienta política fundamental para perpetuarse en el poder, y es dable suponer que la figura ominosa de Herodes proyecte terror sobre todo el pueblo y la misma dirigencia, incluidos allí los fariseos.

Pero el Maestro no se deja amedrentar. Siguiendo la tradición de los profetas, se mantiene incólume, firme en su fidelidad, constante en su misión, el fuego del Espíritu que lo anima no puede apagarse. Porque los profetas anuncian las cosas de Dios, y con la misma voz fuerte y clara denuncian todo aquello que se le opone y es contrario a la voluntad divina, a la vida misma.

Jesús de Nazareth no es un provocador ni alguien que se toma con ligereza todas las cuestiones. Sin embargo, su fidelidad está revestida -como los profetas- de valentía, una valentía que se vuelve explícita en la respuesta a ese consejo de unos fariseos: con algo de ironía y humor, pide que le transmitan al tetrarca su horario, y las cosas que hará; el calificativo de zorro a Herodes sólo tiende a relativizar el aparente poder arrollador de Herodes. 
Antipas no es tan importante ni todopoderoso: quien cuenta y quien en verdad decide la historia es su Dios.
Pero a pesar de su ácida ironía, hay una carga simbólica importante: en el hoy, mañana y tercer día se condensan su existencia, su Resurrección, su misión inclaudicables.

Jesús es un fiel hijo de su pueblo, y lleva a su patria en los huesos. Por eso llorará al divisar a Jerusalem cerca de los días de su Pascua, por eso eleva sus ayes. 
Jerusalem es santa por el Dios que la ha bendecido y que le confiere sentido eterno, y nó por las impresionantes construcciones y por su historia. Lo que cuenta es el presente, y en ese presente los que deciden y rigen los destinos son los fariseos, los escribas, Herodes, los romanos, y todos ellos han desplazado a Dios.

Hay sitios -y la tierra entera- que devienen sagrados porque la Encarnación de Dios inaugura el tiempo santo de Dios y el hombre, y el anuncio de la Buena Noticia bendice a toda la creación.

Quiera Dios que por todos los profetas fieles que siguen estando entre nosotros, nos demos cuenta que a pesar de todas las amenazas no pueden avasallar corazones si Dios está presente. 
Y más aún, que cada vez con mayor frecuencia descubramos la necesidad de descalzarnos frente a la presencia sagrada de Dios en el pan de la Eucaristía, en el rostro del hermano.

Paz y Bien
 

Los verdaderos privilegios




Para el día de hoy (29/10/14) 

Evangelio según San Lucas 13, 22-30



La pregunta que le realizan a Jesús de Nazareth es producto de inquietudes nada nuevas y muy persistentes, a tal punto que siguen, en nuestro tiempo, teniendo una singular relevancia.
Esa pregunta refiere al número de los que han de salvarse: en general, y aún cuando sea formulada desde diversas ópticas religiosas, responde a criterios restrictivos y de pertenencia, y ha sido y es, en numerosas ocasiones, la vía u oportunidad para ejercer terror en los corazones, procurar la adhesión religiosa forzada a través del miedo.

La restricción vía pertenencia responde a cuestiones elitistas, es decir que por pertenecer a un pueblo, a una nación o a una confesión determinadas, automáticamente se adquiere el favor divino mayor, la vida postrera. Ello supone también, tácitamente, que el creyente es un mero espectador pasivo de su destino, y suele aparejar exactos fervores rituales desprovistos de corazón y de compromiso extra templo.

Para el Maestro, la pregunta que le realizan es falaz porque parte de supuestos erróneos. En la sintonía del Reino, no se trata del número de individuos a salvarse, ni de los privilegios adquiridos por pertenecer, sino antes bien de la invitación a la vida plena como celebración perpetua, mesa grande de fraternidad porque el Dios de Jesús de Nazareth es Padre y es Madre, y todos somos hijas e hijos y, por ello, hermanos.

Esa invitación no admite pasividades. El Reino de Dios aquí y ahora es el tiempo santo en que la humanidad edifica su destino y escribe su historia junto a Dios, el misterio asombroso de la Encarnación.
Para ir a ese banquete es menester -como decían los abuelos- adecentarse. La puerta de acceso está abierta pero deviene estrecha a los egoísmos y las injusticias: las existencias egoístas e injustas, impermeables al amor, tienden a engrosarse irremisiblemente capa tras capa, en corazas cerradas en donde no hay sitio ni para Dios ni para el hermano. Y así, enormes y torpes, no podemos pasar por nuestra exclusiva responsabilidad.

Lo importante, lo que realmente cuenta es que todos, sin excepción, hemos sido invitados al ágape de la Salvación, que es don y es misterio. Nos queda preguntarnos qué debemos cambiar, hacia donde debemos converger/convertirnos para ser reconocidos como invitados, y a la vez descubrir que otros tantos que ni siquiera imaginábamos han de sentarse junto a nosotros.

Porque el verdadero privilegio es la Gracia.

Paz y Bien

Confianza de Dios





Santos Simón y Judas, apóstoles

Para el día de hoy (28/10/14) 

Evangelio según San Lucas 6, 12-19




Monte, noche y oración, simbología perfecta del encuentro con Dios, de común unión mística, de identidad absoluta entre Cristo y el Padre. 
En el ministerio de Jesús de Nazareth, la oración es una constante imprescindible, y así debería ser también nuestro peregrinar por estos campos, vidas orantes, existencias que se sustentan en la eternidad que quiere anidar en nuestros corazones.

Podría haber perpetuado el Maestro el cálido abrazo de esa noche de oración, en paz y calma totales. Pero así como la oración lo sostiene, la compasión lo impulsa -Espíritu de Dios en humanos pasos- y Él sabe que en el llano no hay paz, ni Dios, ni luz, y sobreabundan agobios, enfermedades, toda noticia es de antemano mala y nada tiene de novedad, una constante de dolor y humanidad derribada.
Y en ese llano no se dan casos aislados, sino que es una multitud de dolientes, librados a su suerte, al borde de todos los caminos, descartados de la vida. La tarea se asoma como inmensa para un sólo hombre.

Así entonces el Señor elige a doce de entre los suyos, doce con nombres y apellidos concretos porque no se trata de una cuestión abstracta sino de un llamado personalísimo. Son doce los primeros, símbolo y signo de las doce tribus de Israel, símbolo y signo de pueblo nuevo, de pueblo en marcha, de pueblo hacia la tierra prometida y santa de la liberación, pueblo nuevo congregado por la Gracia y el amor de Dios, colores primordiales de la Iglesia apostólica.

Esos hombres serán venales, falaces, traidores y también héroes, tenaces servidores y valientes testigos, como lo serán las mujeres y los hombres elegidos y enviados por la misma bondad a través de la historia, señales vivas de auxilio para las gentes.
No hay en juego cuestiones de éxito o derrota, sino de fidelidad y confianza.

Curiosamente, fidelidad y confianza son rasgos distintivos de Dios para con su pueblo, para con todas sus hijas e hijos. Él cree en nosotros, en asombrosa asimetría respecto de la fé y la confianza que en Él depositamos. De Dios son todas las primacías.

Él confía en nosotros y permanece en amorosa obstinación fiel hasta el fin a todas sus promesas, y ésa es la clave y horizonte de todo destino, nuestra esperanza y nuestra alegría.

Paz y Bien


El tiempo de Dios, la vida en pié




Para el día de hoy (27/10/14) 

Evangelio según San Lucas 13, 10-17


 

El Shabbat era una de las instituciones más fuertemente arraigadas en la religión y la cultura del pueblo de Israel. Día sagrado de la semana en que la comunidad se reunía en la sinagoga -cuya etimología, precisamente, responde a congregación- a estudiar y a reflexionar la Torah y a honrar a Dios.
Luego de una de las derrotas militares más catastróficas, la gran mayoría del pueblo judío fué deportada al exilio; viviendo lejos de su tierra, en una cultura extraña y rodeados de una religión ajena corrían el severo riesgo de disolver su identidad, contaminados de todo aquello tan distinto. En esos menesteres, el Shabbat es la respuesta a una identidad de un pueblo que se considera único y que no quiere disiparse ni perderse en relativismos de idioma distinto.

Durante el trascurso del Shabbat se debía evitar toda tarea, para que ese tiempo libre y de reposo pudiera dedicarse plenamente a Dios y a restablecer los vínculos familiares. Pero con el correr de los años, se acentuó la observancia del precepto hasta extremos intolerables, al punto de estar prohibida cualquier clase de actividad. 
Quizás el problema de fondo era que el precepto devenía como fin en sí mismo, relegando a ese Dios que había inspirado ese día como punto de reencuentro.

Jesús de Nazareth es un fiel hijo de su pueblo y respetuoso de las tradiciones de sus mayores. Como todo varón judío, concurre y participa en la sinagoga de las celebraciones del Shabbat. Pero Él siempre tiene por horizonte a su Dios, un Dios que es Padre y Madre, que es vida, felicidad, cuidado. Por eso en numerosas ocasiones chocará con ciertos hombres religiosos y severos que imponían esa obligación intolerable, opresiva, intrascendente.

En la ocasión que el Evangelio para el día de hoy nos ofrenda, acontece mucho más que un milagro de sanación.
En pos de una comprensión más profunda, no podemos soslayar la situación de la mujer en el siglo I en Palestina; las mujeres carecían de derechos legales, sociales y religiosos, excepto aquellos que le otorgaba el esposo o, en su defecto, el padre o el hijo varón. El no tener derechos implicaba que careciera de voz propia, y por ello no hablaría con nadie fuera de su hogar, y a su vez tendría un espacio relativo y menor dentro de la sinagoga. A ello debemos añadir la creencia perdurable de considerar a las enfermedades como consecuencia de un pretérito pecado, transformando al enfermo en un impuro ritual condenado al ostracismo comunitario, pues esa impureza poseía visos contagiosos.

En ese Shabbat suceden varios escándalos. Más allá de toda torpe discusión de géneros, la congregación miraba hacia otro lado, vuelve invisible a la mujer y, peor aún, a una mujer enferma. Dieciocho años de estar doblegada en su columna y agobiado su corazón en acostumbrada resignación que tiene los colores fúnebres de la injusticia. Sólo Jesús de Nazareth la mira y la vé, la vé como mujer y como hermana -hija de Abraham-, y no vacila en imponerle sus manos, en un gesto que tiene la taumaturgia propia de la bondad y la compasión, aún corriendo el riesgo de impurificarse irremisiblemente Él mismo.
Ella -que callaba y nada pedía, ni siquiera unas migajas de auxilio- se yergue íntegra, vida en pié, vida florecida en liberación que canta en gratitud la gloria de un Dios que se expresa en el amor y en la salud.

Con Jesús de Nazareth se ha inaugurado un tiempo nuevo, definitivo en la eternidad que germina en la cotidianeidad. Un día ofrecido al Señor es importante y necesario, pero es más importante aún que por esa asombrosa Encarnación el tiempo es kairós, tiempo santo de Dios y el hombre, y cada instante es tiempo sagrado, tiempo de bondad, de gratitud, de salud, de Salvación, de felicidad.

Paz y Bien  

Reglamentos



Para el día de hoy (26/10/14) 

Evangelio según San Mateo 22, 34-40




Con el fin de situarnos en una perspectiva correcta, debemos ir primero por lo evidente, y ello queda explícito en el primer versículo del Evangelio para el día de hoy: en un clima de hostilidad creciente, se movilizan los fariseos en tren de interrogar a Jesús de Nazareth, toda vez que sabían que el rabbí galileo, a fuerza de verdad, había hecho callar a los saduceos, quien ese año detentaban el poder del sumo sacerdote del Templo de Jerusalem a través de Caifás.
A pesar del tenor de la pregunta, la intencionalidad primera es la de ponerle a prueba, es decir, interrogarle para encontrarle errores tan graves que impliquen una condena contundente por parte de la ortodoxia imperante, hacerlo callar por argumentaciones torpes o procurar una condena a muerte por blasfemia.
Ahora bien, el fariseo que se acerca a Jesús se dirige a Él mentándolo como maestro, y puede inferirse que hay cierto desprecio velado, cierta entonación burlona producto de una ironía escondida. Puede ser, es claro que sí, pero no perdamos de vista otra cuestión: no es lo mismo interrogar sobre temas cruciales como los mandamientos a un campesino galileo, al que se presupone mal formado y cuya heterodoxia o inexactitud puede ser mirada conjurada con eficacia sin mucho trámite ni importancia, que establecer un debate teológico con alguien de una autoridad reconocida, equiparable a la de ellos mismos. Así entonces, y quizás sin proponérselo, ellos consideran y ubican a Jesús de Nazareth en su rol profético y magistral.

El tema no es menor ni es banal. Los fariseos eran hombres profundamente religiosos -a su manera, claro está- y severos exégetas de las Escrituras. Ellos habían determinado, con el correr de los años, que en la Torah podrían catalogarse 613 mandamientos, 248 de carácter afirmativo y 365 de carácter negativo o prohibitivo, 248 por cada uno de los huesos del cuerpo humano y 365 por cada uno de los días del año, simbolizando la soberanía de Dios en la totalidad de la existencia humana. Ahora bien, aún a esos hombres expertos se les hacía muy complicado cumplir con esas 613 prescripciones y, a su vez -en su rol dirigencial- hacerlas cumplir al pueblo. De allí, la necesidad de establecer, de entre todos esos preceptos, cuales eran los mayores, los más importantes, los de cumplimiento insoslayable.
La discusión era espúrea. Ellos anteponían preceptos y normas a todo y más aún, olvidaban a Aquél que inspiraba a la Escritura. Ellos querían discutir acerca de reglamentos, pero el amor de Dios es infinito, inmenso, no puede acotarse ni codificarse, y cuando comenzamos a internarnos por esas veredas de obligaciones legalistas sin corazón, comienzan los problemas, y sobreabunda la desolación, la sed de Dios de un pueblo hambriento de trascendencia.

Jesús de Nazareth lo sabe, pero aún así no elude la respuesta, y es menester destacar la valentía en su respuesta. Está en esa Jerusalem para Él tan peligrosa, con la sombra ominosa y creciente de la cruz, y les habla directamente a aquellos que quieren suprimirlo, negarlo, acallarlo.

El Maestro reorienta entendimientos y corazones hacia donde en verdad está el horizonte de todo destino, Dios mismo. Y unificar allí -en ese lugar, frente a esos hombres- el amor a Dios y el amor al prójimo es de una osadía que a nosotros, veinte siglos después, quizás se nos haga esquiva.

El amor es el fundamento de todo. El Señor no hablaba con abstracciones ni de manera simplista. Habla del amor y de qué tipo de amor. Amar a Dios con la totalidad de esto que somos, con toda la existencia, es reencontrar las huellas perdidas, volver a casa, recuperar un horizonte de liberación y plenitud. Amar a Dios es trascender, amar a Dios es hablar el mismo idioma del Creador, porque el amor es la única revolución veraz, duela lo que duela y moleste lo que moleste el término.
Y la Encarnación es un Dios descendido, eternidad que se entreteje en el tiempo, Dios que se hace historia, que se hace vecino, Dios con nosotros, por nosotros y en nosotros. Como brazos inseparables de la cruz, un madero hacia las alturas y el otro como un abrazo amplio y sin límites hacia los lados al prójimo, al otro que es mi hermano pues tenemos el mismo Padre.

No sobreviviremos con reglamentos. La Salvación entre nosotros -don y misterio- es la humilde declaración de que vivimos y per-vivimos para siempre porque amamos, y amamos porque Dios nos amó primero.

Paz y Bien 

El regalo de la conversión



Para el día de hoy (25/10/14) 

Evangelio según San Lucas 13, 1-9




Siempre es pertinente recordar/nos que los Evangelios no son crónicas históricas estrictas: no es ese su fin, ni tampoco su constitución. Los Evangelios son relatos teológicos, es decir espirituales, aún cuando se mencione en numerosas ocasiones hechos que puedan tener su correlato histórico y social.
En la lectura para el día de hoy, Jesús de Nazareth hace mención de dos hechos que hoy, más de dos milenios después, no podemos constatar científicamente por vías historiográficas convencionales, pero que podemos suponer la importancia que tenían para los oyentes del Maestro.

Una de esas cuestiones mencionadas es el asesinato de varios galileos en el Templo de Jerusalem por parte de Pilato, el procurador romano. El hecho es terrible: al homicidio cruel, los legionarios romanos añaden la increíble ofensa a la nación judía de mezclar la sangre derramada de los asesinados con la sangre de los sacrificios ofrecidos en el altar del Templo, y quizás a nosotros, mujeres y hombres del siglo XXI, se nos haga difícil captar la profunda significación de estos hechos. Y si bien no podemos constatar este hecho por otras fuentes, es perfectamente acorde al uso brutal del poder que efectuaba Pilato, a su brutalidad ilimitada y a un antisemitismo usual que buscaba constantemente humillar a la sometida Israel. Pero la respuesta del Maestro es desconcertante, no parece demostrar empatía para con los masacrados y más aún, hace un inefable llamado a la conversión; para una cultura férreamente nacionalista como aquella, aparenta no importarle demasiado la brutalidad del ocupante imperial y su conducta injuriosa. 
Esa respuesta entraña una valentía difícil de mensurar, en una circunstancia que normalmente podría desatar las furias de los presentes; en su propia patria chica, los nazarenos intentaron despeñarlo por elogiar a los gentiles.

También Jesús hace mención a otro hecho luctuoso, la muerte de dieciocho jerosolimitanos a causa de del derrumbe de una torre en Siloé. Y la conclusión del Maestro es la misma.

De un lado, galileos probablemente comprometidos con el movimiento zelota, masacrados por los romanos bajo motivos sediciosos. Del otro, pacíficos habitantes de la capital nacional que, sin connotaciones políticas, mueren a causa de un accidente. Simbólicamente, toda la nación judía está comtemplada, el norte galileo, el sur jerosolimitano.
La cuestión raigal no es el espanto de una muerte inesperada, de una muerte injusta, violenta, supuesta como antes de tiempo y su causa. En esa época, la tradición que prevalecía sostenía la idea de una religión retributiva, y de un Dios que amerita o castiga a las gentes según los pecados evitados o cometidos, y para Jesús de Nazareth la desgracia no estriba en el modo de morir, sino más bien en cómo se ha vivido. Valga lo que valga la redundancia aparente, la desgracia proviene de desechar la Gracia.

Podemos pensar al modo de aquella época, justificando de alguna manera las desgracias que acontecen. Podemos también resignarnos ante lo inevitable, y es que todos moriremos.
Pero ambas actitudes ocultan lo que verdaderamente cuenta, y es el vivir, vivir en plenitud, vivir de veras, no apenas sobreviviendo, no afectados por el devenir de los días o las rutinas a las que nos aferramos.

Siempre hay tiempo para ser felices, que no es otro el significado de la plenitud. 
Por eso, en la santa ilógica del Reino, la conversión no es una pauta regulada, normada en manuales o dogmas obligatorios, sino más bien un asombroso regalo, un don concedido sin tener en cuenta méritos, a pura bondad y afecto, tiempo santo para el regreso a los campos fértiles de la Gracia, para que nuestras vidas sean frutales y abundantes.

Ese tiempo inmerecido ha sido generosamente comprado para nosotros a precio de sangre por Jesucristo, nuestro hermano y Señor.

Paz y Bien

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