Visitación de María de Guadalupe





Nuestra Señora de Guadalupe - Patrona de América Latina

Para el día de hoy (12/12/14)

Evangelio según San Lucas 1, 39-48




Eran tiempos en que apenas éramos una periferia de un imperio grande y poderoso, tiempo de espada y cruz, tiempo de conquista y colonia, y los sueños de patria ni siquiera asomaban.
Pero ya estabas por estos lares, con la vida pujante en tu interior, grávida de Cristo y de todas las alegrías.

Tu rostro moreno nos revela una cercanía familiar, hermana amadísima. Tu ternura nos ampara bajo tu manto de Madre también, y en tu presencia temprana todas estas tierras, estos pueblos se renuevan a diario porque acontece desde siempre tu Visitación que es milagro de bondad, encuentro, servicio, fraternidad.

Y porque allí en donde estés, está tu Hijo.

Y porque sabemos que en tu corazón inmenso hay sitio para todos, pero especialmente los pequeños son motivo de tus cuidados y tus desvelos, rostro materno de un Dios que no nos abandona.

Tonantzin, Juan Diego lleva con humilde fulgor tu certeza en su tilma. Muchos de nuestros hermanos no pueden vivir sin una imagen tuya en sus hogares.
Pero todos te llevamos con amor indeleble grabada en nuestros corazones.

Que nos florezcan tu rosas de esperanza.

Que todos nosotros, con tu compañía, nos volvamos felices mujeres y hombres en Adviento perpetuo, firmes en la justicia, humildemente revestidos de honradez, mansamente tenaces en la compasión, y como vos, nunca resignarnos, nunca bajar los brazos, nunca abandonar a los hermanos que no cuentan ni nadie mira.

Que el Salvador que late en tu seno también nos nazca en las honduras de nuestros corazones.

Huey, Tonantzin!

Salve, Madre de Dios!

Y que viva México y toda Latinoamérica

Paz y Bien

Escucha atenta




Para el día de hoy (11/12/14) 

Evangelio según San Mateo 11, 11-15




La situación era, cuanto menos, extraña: las gentes se movilizaban en gran número lejos de sus domicilios, de las ciudades hacia el desierto y hacia la vera del río Jordán para escuchar la voz de Juan el Bautista. Él los despertaba de un oprobioso letargo, y les renacían antiguas esperanzas que la costumbre, las miserias y las injusticias que les ejercían habían opacado, sumido en confusos olvidos.
Allí en el desierto y por ese profeta hacían memoria y revivían el tiempo del éxodo, esas tribus conviviendo con ese Dios que los guiaba, que los liberaba de la esclavitud, que los acrisolaba como pueblo.

Hay una cierta tendencia banal en la capacidad anticipatoria de previsualizar el futuro, en parte adjudicándole un carácter mágico, en parte superstición. Pero desde una perspectiva trascendente, diremos que un profeta es un hombre de Dios, y por ello es un hombre capaz de leer la historia con una mirada distinta, fiel intérprete de un pasado que es historia, que inaugura el futuro posible y que endereza el presente pues lo vive en plenitud, pues su tiempo es don de Dios. Ello implica una confianza total en el Espíritu que lo anima, pues a menudo muchas cosas que mira y vé no llegan a pasar el tamiz estrecho de la razón.
Juan leía las huellas de su Dios en la historia de su pueblo, y advertía que el tiempo estaba maduro, grávido de promesas que estaban cumpliéndose sin ambages, pues su Dios siempre pagaba al contado los compromisos asumidos por fidelidad a su pueblo.

Y otro aspecto importante era la integridad de Juan, que también es parte de su cariz de hombre de Dios. Su integridad es asombrosa como lo es en cada época de la historia en que abundan las turbulencias y corrupciones. La integridad y la honestidad, aún cuando sea silenciosa y humilde, deja en evidencia flagrante a los corruptos, y es esperanza para los que quieren andar por senderos de honradez.

Por su fé y por esa entereza que enarbola porque la respira, Juan no pasa inadvertido, y es percibido como una amenaza por aquellos que detentan poderes.
Los poderosos reaccionan siempre con violencia frente a los que empujan la vida y la humanidad al frente, paso a paso de justicia.

A él se refiere, en la lectura que la liturgia hoy nos ofrece, Jesús de Nazareth. Sus palabras son más que un elogio: son un llamado a la escucha, y a la escucha atenta de un tiempo pleno de signos y símbolos, grávido del Espíritu de Dios, fecundo de eternidad en el aquí y el ahora.

Juan es el más grande, y aún así es el más pequeño en la sintonía del Reino que Cristo inaugura. Ello no vá en desmedro de su figura augusta de fidelidad: Juan es el río caudaloso que atraviesa todo el Antiguo Testamento y desemboca potente en la Buena Noticia, el mar sin orillas de la Gracia. 

Porque no somos adeptos a una doctrina, sino que creemos y confiamos en Alguien que está siempre llegándose allí en donde nos encontremos, Dios con nosotros dándose por entero sin condiciones para la Salvación.

Paz y Bien

Aprender de Cristo




Para el día de hoy (10/12/14) 

Evangelio según San Mateo 11, 28-30




Desde hace cientos de años se conoce el uso del yugo, aún con los avances tecnológicos en el campo de la agroganadería. Se lo utiliza desde tiempo inmemorial para uncir los bueyes en tanto que bestias de carga: como animales de gran fuerza, se aprovechaba su potencia manteniéndolos férreamente juntos, obedientes a los tironeos de las riendas, tanto para el transporte como para el arado. Ello se lograba mecánicamente, mediante el gran peso de ese yugo que doblegaba la cerviz de los bueyes, impidiendo que siguieran otra huella que la indicada.

Pero también, los oyentes del Maestro comprendían el significado simbólico del yugo: sus vidas en la Palestina del siglo I estaban doblegadas por múltiples yugos, todos gravosos, todos agobiantes. El yugo de una vida de trabajo de sol a sol para apenas sobrevivir al borde de la miseria. El yugo de los tributos intolerables que habían de pagar a los tiranos de turno. El yugo de la humillación permanente a los que estaban sometidos por un imperio que los ninguneaba y los tenía por poca cosa, imbéciles fáciles de atropellar. El yugo religioso que les imponían hombres severos, una multiplicidad de preceptos imposibles de cumplir -la norma por la norma misma-, una fé que incluía a unos pocos y excluía a la gran mayoría en talante de castigo, consecuencia directa de un Dios al que se suponía vengador y rencoroso, ávido a la hora de las penas.

Los yugos persisten con su carga inhumana, doblegando existencia y corazones, y con el correr de los siglos hubo esmero en el perfeccionamiento de su eficacia.

Por todo ello, las palabras del Maestro suenan a música nueva, distinta, un desafío fraterno, una batalla justiciera sin lastimados, pues no viene a suplantar normas o estructuras, aún cuando éstas pudieran ser mejores que las anteriores.
La novedad, la grande y buena novedad está en Alguien, no en algo. La liberación de todas las cadenas, el alivio y el descanso de toda opresión se encuentra en Jesús de Nazareth, viviendo como Él vivía, amando como Él amaba.

Hemos de desaprender tantas cosas... Es menester volver a aprender de Cristo, de su corazón sagrado, de sus entrañas de misericordia, que desde la mansedumbre y la humildad todo cambia y todo comienza, pues así el Dios del universo se afinca en las almas, vida infinita en expansión.

Manso y humilde como un Niño, frágil como todos y cada uno de nosotros, hermano y Señor eterno.

Paz y Bien 

El Buen Pastor y la oveja encontrada




San Juan Diego Cuauhtlatoatzin, memorial

Para el día de hoy (09/12/14) 

Evangelio según San Mateo 18, 12-14



Las parábolas de Jesús de Nazareth no son relatos espirituales acumulables en la memoria, o que pueden observarse pasivamente, como espectadores ligeros que una vez finalizada la emoción banal, regresan a la gris cotidianeidad. 
Las parábolas provocan, desafían, encienden razón y co-razón. Las parábolas no tienen, a la manera de las fábulas, un final predeterminado y un mensaje postrero único -la moraleja-: en las parábolas de Jesús hay una conclusión conjunta, una urdimbre entre el Maestro y el discípulo para arribar al puerto seguro de la verdad.

Jesús de Nazareth enseñaba a partir de lo que sus oyentes vivían a diario, conversaba con ellos en un lenguaje común que superaba el marco del idioma. Es algo que hemos olvidado, la capacidad de dialogar con la mujer y el hombre de hoy a partir de lo que le sucede día a día. En esta ocasión, relataba a sus oyentes la parábola de la oveja perdida: ubiquémonos en tal circunstancia, Jesús les habla a gentes que conocían bien todo lo concerniente al cuidado de rebaños ovinos, cuidados pastoriles, habitantes de una geografía montañosa, de sierras y montes escarpados, y las acciones del pastor narrado se les hacen, cuanto menos, antojadizas, totalmente ajenas al sentido común.
Ningún pastor de aquel tiempo, en ese mapa complicado, con ladrones al acecho y senderos riesgosos, habría puesto en riesgo a todo el rebaño por la única oveja extraviada. Nadie en su sano juicio actuaría de esa manera imprudente, desaforada.

Sin embargo, tan ilógico, tan desproporcionado y asombroso es el amor de Dios, un Dios incansable desviviéndose buscando a los extraviados, a los que nadie busca, a los que todos se han resignado a perder en cualquier vereda. Todos somos tan valiosos a su mirada, y sin embargo los más pequeños, los que no cuentan, son su debilidad. Es una parcialidad santa que conocemos como misericordia, poner el corazón en la miseria, poner toda la vida al rescate del hermano.

Cada oveja encontrada es motivo de celebración, de existencia recuperada, de regreso a la vida, a causa de un Dios que ha salido en búsqueda de una humanidad que suele perderse, y la busca desde su raíz misma, un Niño pequeño en brazos de su Madre.

Paz y Bien   
   

Santa María del Adviento




Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María

Para el día de hoy (08/12/14) 

Evangelio según San Lucas 1, 26-38



A veces producto de un afecto incontenible, a veces por una religiosidad escindida de la realidad de la Buena Noticia, a la Virgen María gustamos elevarla a la altura imponente de altares ubicados en portentosos templos, y revestir las imágenes que la recuerdan con lujosos ropajes y con cara joyería, coronas ajenas a la sencillez del Evangelio.

En el día en que celebramos la Inmaculada Concepción de la Virgen María hemos de esforzarnos por reencontrarnos con esa mujer que es toda de Dios y toda nuestra, la que es feliz por haber dicho Sí al amor de Dios, bienaventurada porque ese Dios ha puesto su bondad y su mirada sobre su enorme pequeñez.

Nombrar a María de Nazareth es decir muchachita judía -casi una niña- de aldea ignota, en donde nada sucede y de donde nada se espera, y que contrariamente a la lógica del mundo, con Ella Dios transforma la vida y la historia desde los más pequeños, los que no cuentan.

 Es aceptar comunicar la vida de un Dios que se hace presente amorosamente en la existencia cotidiana: por ese Sí el universo entero se detiene, contiene el aliento y se transforma, pues en el corazón de esa muchacha se decide la vida misma. 

Celebrar a María Inmaculada es confiar que desde lo que casi ni se vé, desde lo que no tiene relevancia, desde lo que es insignificante, un Dios que es Padre y que revela por esa mujer su rostro maternal interviene en la historia humana de un modo extraño, asombroso, definitivo.

Dios exalta a los pequeños.

La felicidad no se encuentra en los palacios, en las arcas de los ricos, en el brazo armado de los poderosos. La vida se abre paso, silenciosa y humilde, desde la tierra sin mal de una jovencita de embarazo sospechoso que, no obstante, sigue adelante cobijando en su cuerpo y en su alma la vida que se le crece en su interior.

María de Nazareth es Santa María del Adviento porque Dios siempre está llegándose a nuestras vidas respetuoso y sin imposiciones, porque la esperanza es un tesoro incalculable, puerto seguro de arribo, y que la Palabra, cuando se la escucha con atención y se la hace germinar, hace presente la Salvación en nuestras existencias, un Dios que se hace vecino, pariente, hermano, amigo, hijo amado en las entrañas del tiempo.

Paz y Bien


Noticias desde el desierto






Segundo Domingo de Adviento

Para el día de hoy (07/12/14) 

Evangelio según San Marcos 1, 1-8




La lectura que nos brinda la liturgia para el día de hoy nos sumerge de ello y desde su inicio en un nuevo comienzo con colores de novedad y encendido de bondad. Hay una novedad que no puede, de ningún modo, soslayarse. El tiempo no es ya una serie de eventos concatenados a veces de manera azarosa, a veces con una tinción repetitiva y gravosamente ineludible, y doloroso de tan abstracto. El tiempo que se inaugura es un tiempo personalísimo, signado por Alguien, Jesús de Nazareth, totalmente humano, totalmente Dios, a quienes los que se aferraban a las antiguas promesas aguardaban como Salvador.

Es un tiempo sagrado, y se inicia con un hombre extraño. Extraño porque rompe los moldes esperados.
Extraño -y por ello sonreímos desde las entrañas- pues es un hombre santamente inadaptado en su integridad que tanto nos alienta.
Ese hombre, como todos los profetas, tiene una mirada profunda, capaz de atravesar los velos de la historia. Sabe mirar y ver que en las honduras de lo cotidiano se está gestando la plenitud de su mismo Dios, tiempo grávido de eternidad, y no puede por ello callarse ni permanecer como un mero espectador.
Juan, hijo de Zacarías e Isabel, impulsado por el Espíritu que todo empuja, se hace manos de un Dios alfarero que moldea nuevamente una vida que se apagaba en un barro sin destino.

Juan es del desierto, que para su pueblo es símbolo de camino de liberación, de comunión con Dios, de peregrinar esperanzado a pesar de las arenas yertas. No es hombre de templos ni de palacios ni de poderes y riquezas: en santa ilógica, esclavo de la verdad que lo enciende en su corazón, es tan libre en su honestidad que demuele toda corrupción tanto como la luz, por su sola presencia, desaloja las sombras. Para tanto corazón agobiado, es agua fresca. Para tantas almas habituadas a que toda noticia sea lúgubre en su angostura, Juan significa que hay otra posibilidad, que hay una novedad que además es bondadosa.

Desde el desierto mismo comienza el alba de la Buena Noticia. Ello es irreductible en su férrea esperanza, pues proclama que todo es posible, que todo vá a cambiar, que contrariamente a lo que el mundo produce y afirma, la historia se edifica desde las mujeres y los niños, desde un Niño santo que será todo para todos y por el que vale la pena seguir insistiendo en la confianza en un Dios que jamás abandona a los suyos, y que siempre paga con creces lo que promete.

Paz y Bien


Autoridad conferida




Para el día de hoy (06/12/14) 

Evangelio según San Mateo 9, 35 - 10, 1. 6-8




Salir, salir de todo encierro, pero muy especialmente salir de sí mismo e ir al encuentro del otro. De eso se trata la misión porque la misión es sinónimo de amor. 
Toda la vida de Jesús de Nazareth es un ir constante en búsqueda de los demás, allí en donde acontece lo cotidiano, en donde la gente se reune a rezar, en donde trabaja, en donde viven. Pero con especial afán Él vá hacia donde se encuentran los que ya no pueden más, los olvidados, los descartados de la vida, los que agonizan tantas veces en silencio.

Todavía no lo hemos encarnado como distingo principal de esta familia suya que somos, la Iglesia. A menudo seguimos empecinados en esperar que el prójimo se aparezca a nuestras puertas, cuando en verdad al prójimo se lo edifica y reconoce desde la caridad. Peor aún, nos blindamos de muros, puertas cerradas y ventanas opacas, esos exclusivismos acotados de una Iglesia rápida para la sanción de todas las heterodoxias, pero escasa a la hora de prodigar misericordia y bondad sin distinción ni fronteras.

Por ese carácter que es su identidad única, a los discípulos de aquel entonces y los de todas las épocas de la historia el Señor les ha conferido autoridad, una autoridad que emana de su propio poder. Esa autoridad no se condice con los criterios mundanos de dominio, de mandar a los demás, de ordenar y ejercer el poder sobre el hermano y sobre los que se ha confiado su cuidado.

Esta autoridad es única: se trata de encarnar la compasión en todo tiempo y lugar, sin importar las consecuencias, con generosa cordialidad, levantando al caído, socorriendo al enfermo, celebrando cada brote de justicia y liberación en donde acontezca.

Porque desde el Evangelio, no hay otro poder auténtico que el del servicio, en la asombrosa sintonía de la Gracia.

Paz y Bien

Lo que no puede callarse




Para el día de hoy (05/12/14) 

Evangelio según San Mateo 9, 27-31




La ceguera no era infrecuente en la Palestina de los tiempos del ministerio de Jesús de Nazareth. Con fuertes tormentas de arena, el sol fuerte cayendo vertical sobre piedras calizas que reflejan un fulgor que quema, las patologías oftálmicas abundaban: ello implicaba que tanto el ciego como aquél que tuviera una disminución importante de su capacidad de visión estaba sometido a mendigar limosnas para subsistir.
Ello respondía a dos cuestiones: la imposibilidad de trabajar y ganarse el sustento por un lado, y por otro, el severo criterio religioso que imponía que toda enfermedad es consecuencia directa del pecado, o sea, justo castigo de un Dios punitivo. Eso mismo implicaba que un enfermo estaba impuro para el culto, con lo cual estaba excluido de la fé y las celebraciones de Israel.
En este caso, estos hombres ciegos viven en una oscuridad doble, la de sus corneas inútiles y la tiniebla de vivir al margen de todo, descartados a la vera del camino.

Jesús pasa de camino a la casa en donde solía alojarse, y no es solamente un pasar eventual: es signo del Cristo que pasa por las vidas de todos y cada uno de nosotros. 
La presencia de Cristo en toda existencia no puede pasar inadvertida: esos hombres suplican su compasión, y en su clamor hay un reconocimiento a la persona de Jesús de Nazareth como Hijo de David.
Al Maestro este rótulo no le gustaba, pues respondía a condicionamientos históricos y a ansias mesiánicas emparentadas con un nacionalismo judío totalmente justificado, pero que solía olvidar la trascendencia, y muy especialmente al Dios que dá sentido a todas las cosas. Aún así, que lo llamen de ese modo implica que en ese rabbí galileo no identifican a un hombre cualquiera, sino a Alguien en quien reposan vivas las antiguas promesas y la esperanza, y así, de un modo imperfecto pero pleno de confianza acontece la fé, que es el verdadero milagro de esta lectura.

Pues lo que cuenta no es tanto la ortodoxia nominal -que es importante, claro está- sino la confianza depositada en la persona de Jesús de Nazareth, creyentes de que Él puede levantar a los caídos y restaurar y transformar todo destino. 
La vista recuperada no es solamente una cuestión anatómica, sino antes bien cordial: en los corazones de esos hombres se han desalojado los imposibles, los no se puede, se han vaciado de todo lo que perece y ahora se ha afincado cálidamente el amor de Dios, que es puro bien para todas sus hijas e hijos.

Eso es lo que no puede callarse. No hay modo ni amenazas ni temores que acallen el anuncio de esta Buena Noticia, que Dios nos quiere, que Dios está aquí y ahora entre nosotros.

Paz y Bien


Edificadores




Para el día de hoy (04/12/14) 

Evangelio según San Mateo 7, 21. 24-27



Más allá de cualquier experticia o de capacidades propias de los oficios, la parábola nos vindica a todos y cada uno de nosotros como edificadores, constructores de nuestras existencias.

La solidez y firmeza de esto que edificamos no pasa por la firmeza de sus vigas o la belleza de su cielorraso. Invariablemente, la solidez del hogar que llamamos corazón pasa por sus cimientos, asentados sobre roca firme.
Y la roca firme es el amor de Dios que se nos revela en Jesús de Nazareth, en su Palabra de Vida que es Palabra Viva.

Esa certeza de amor infinito e incondicional es el sustento primordial y clave de todo destino. Frente a esa generosidad inconmensurable, la única respuesta veraz es la gratitud y la alegría, pues ese amor es más fuerte que la más brava de las tormentas y la más fiera de las catástrofes.

Los edificadores que son así de fieles no andan diciendo Señor! Señor! con palabras vacuas y sin corazón. Los edificadores -obreros del Reino- no se aferran a espectáculos milagreros, a exterioridades religiosas que se presumen sagradas, sino que suelen ser esforzados y silentes trabajadores. Casi ni se los vé ni se los escucha, pero sin su sal y sin su luz la vida se apagaría sin trascendencia.

Los edificadores son servidores humildes y eficaces del Reino, de su propia existencia que -saben bien- es don y misterio, y que se enriquece cuando se comparte y se hace fraterna, Palabra de Dios que se encarna en la historia, en los días, en cada instante.

Paz y Bien

Derrochones




Para el día de hoy (03/12/14) 

Evangelio según San Mateo 15, 29-37



Esta lectura que nos regala la liturgia para el día de hoy nos ofrece signos y símbolos que no podemos pasar por alto.
Ante todo, en esta oportunidad se trata de una multitud de indeseables a la mirada de la estricta doctrina de escribas y fariseos: son miles de extranjeros y paganos, pues todos ellos, en gratitud al bien que reciben del Maestro, alaban al Dios de Israel, es decir, hablan de un Dios ajeno, que no le es propio. Y además, entre todos ellos llevan a los que serían dejados de lado por impuros o defenestrados, los enfermos y dolientes, los que no pueden andar, los que han perdido la capacidad de mirar y ver, los que han sido reducidos al silencio y están imposibilitados de comunicarse.

Las preocupaciónes de Jesús de Nazareth asoman asombrosamente seculares, desprovistas de rigores cultuales. Está decididamente avocado, inclinado hacia donde está el sufrimiento, hacia donde la humanidad se halla menoscabada y lesionada, hambrienta, desfalleciente. Esa preocupación no es cosa de espectadores, sino que este Cristo se zambulle por entero en esos mares del dolor, sin hundirse en los problemas aparentes, y esa tenacidad en levantar y restaurar esos cuerpos doblegados, esos corazones angostados es la señal exacta del amor infinito de Dios que se encarna para que la humanidad sea plena, para que la humanidad se divinice, el camino humilde y tenaz de la Gracia.

Pero no es tarea solitaria del Maestro. Los suyos, los que le siguen, los que son parte de su familia -todos nosotros- tienen una tarea impostergable, la de entremezclarse entre las multitudes con talante, acciones y corazón de servidores, con la sencillez de quien sirve la mesa a la que otros se han sentado a comer.

Más estos servidores han de ser derrochones, poco prudentes en llevar a las gentes hambrientas que languidecen la Gracia de Dios, porque esa bendición recrea y renueva y es tan inconmensurable que todos se sacian y aún habrá más para los que todavía no han llegado.

Nunca hay que reservarse ni retacear el amor de Dios.

Paz y Bien

 

Adviento, humildad y sencillez




Para el día de hoy (02/12/14) 

Evangelio según San Lucas 10, 21-24



Jesús de Nazareth se estremece y alaba al Dios del universo al darse cuenta que ese Dios se revela en todo su esplendor no en los eruditos, en los pretendidamente sabios, en los notables, sino en los pequeños, y con ellos se identifica.

Hemos de señalar que aquí los pequeños no son los niños, si bien tienen la bondad de Dios en ellos. La contraposición no es adulto/pequeño o niño, sino más bien sabios/pequeños. Así entonces los pequeños son los que carecen de notoriedad, de habilidades dialécticas, de formación religiosa, y que quizás no se expresen con facilidad, esos mismos que sólo tienen su humanidad, en sencillez y en humildad. 

En esa sencillez y en esa humildad acontece el encuentro cierto y profundo con el Dios de la Vida que se hace como ellos, se hace hombre, se hace historia, se hace tan pequeño como un Niño en brazos de su Madre.

Adviento no es solamente una fracción de calendario litúrgico.

Adviento es un regalo insondable para recuperar la senda perdida de la alegría desde la humildad y la sencillez, misterio de bondad y de esperanza para el reencuentro con Dios que revela su rostro afable y generoso, de Padre y Madre que ama a todas sus hijas e hijos.

Paz y Bien

A pesar de que no somos dignos




Para el día de hoy (01/12/14) 

Evangelio según San Mateo 8, 5-11



Un centurión es oficial de cierta relevancia dentro de la estructura militar romana, como comandante de sección dentro de una legión. Por origen, es un pagano que rinde culto a múltiples dioses extraños.
Como legionario, es emblema de ese imperio que somete, oprime y humilla a la tierra y al pueblo de Israel, y con esas dos condiciones es un odiado indeseable al que hay que evitar, y con el que nadie en su sano juicio cruzaría ninguna palabra excepto que esté obligado por la fuerza.

Este centurión, aún sabiendo el rechazo que provoca en todos los judíos, se atreve a dirigirse al rabbí galileo para rogar su auxilio para con un sirviente suyo, postrado por una parálisis. Ese hombre confía en ese Jesús que pasa por Cafarnaúm, en donde solía hospedarse, y es esa confianza en conjunción con el amor infinito de Dios la que obra milagros.
Porque ese hombre, a pesar de ser un experto en sus armas y estar acostumbrado a ser obedecido, es humilde. La humildad es la justa medida de todas las cosas, y sabe en las honduras de su corazón el abismo que hay entre él mismo y ese Cristo al que se dirige. Él se sabe indigno de recibir al Maestro en su casa, pero confía en Él, y le basta su Palabra. 
Por eso su corazón será el hogar de esa Palabra que es vida nueva, y su confianza es un ejemplo de fé tan grande que es reconocido con alegría por Jesús, y nosotros hoy, veinte siglos después, seguimos repitiendo sus palabras confiados en cada Eucaristía.

El Adviento es un regalo infinito que se nos ofrece para recuperarnos y restaurarnos desde la fé y revestidos de humildad, a pesar de que -lo sabemos- no somos dignos de la visita de Cristo a nuestras vidas, que se llega con la pequeñez asombrosa de un Bebé Santo, Palabra encarnada que acampa en nuestros días.

Paz y Bien

Adviento, el tiempo sin letargos




Domingo Primero de Adviento

Para el día de hoy (30/11/14) 

Evangelio según San Marcos 13, 33-37



Más allá de la letra estricta de los tiempos cultuales prescriptos, Adviento es una invitación que no sabe de limitaciones de calendario.
En el tren de la existencia, Adviento es una estación espiritual que no es escala y no es destino, pues nuestro destino -es decir, aquello que nos confiere sentido definitivo y plenitud- es el encuentro con Alguien antes bien que con una idea o abstracción indeterminada.

Adviento es saber que, en verdad, nada nos pertenece, que somos concesionarios de una vida que se nos ha otorgado, tierra fértil para hacerla fructífera. Pero también es descubrir con asombro y alegría la confianza inconmensurable que se nos ha concedido a cada uno de nosotros: la confianza es raíz misma de la fidelidad, de la fé.
Desde esa confianza, sabemos que todos, sin excepción, tenemos una tarea asignada. Ello no es una organización de tareas, y es mucho más que una obligación: esa tarea asignada es el modo de ser plenos, felices, aquello mismo que llamamos vocación, llamados a ser y a hacer de un modo específico, pero invariablemente, con Dios por horizonte.

Con una tarea por realizar a lo largo de toda la existencia -tarea que no es yugo intolerable- no se admiten las perezas ni los letargos. Es claro que no hay sanciones al modo mundano en que nos movemos habitualmente. Sucede que si nos quedamos dormidos, aletargados por las comodidades, las banalidades y muchas preocupaciones que nos inundan, se nos escapa como arena entre los dedos lo que verdaderamente cuenta, y es la capacidad de entrever en nuestros días, en cada segundo, que la historia es kairós, tiempo santo de Dios y el hombre, tiempo fecundo de eternidad.

Así, bien despiertos y atentos, con la ayuda de Dios recuperaremos esa capacidad de asombro que es crucial para no languidecer en estos páramos yertos. 
Otra historia es posible, otra historia viene empujando por senderos cordiales y humildes, otra historia se escribe en silencio desde las mujeres y los niños, desde un Niño pequeño por el que serán sagrados todos los niños, y el estar despiertos no es cosa de espectadores, sino de gentes dispuestas a despertar a los demás, a ser protagonistas de la esperanza, a encender los corazones apagados, a ser sal y ser luz.

Feliz Adviento para todos.

Paz y Bien

En el horizonte




Para el día de hoy (29/11/14) 

Evangelio según San Lucas 21, 34-36





El tiempo definitivo llegará. Cesarán todas las esperas; será tiempo de cosecha, y por eso tiempo en que se evidenciarán los frutos buenos.
Será el tiempo del regreso del Hijo del Hombre, Cristo amaneciéndonos de una vez y para siempre.

Las especulaciones y cálculos carecen de sentido, y se los aligera el andar de toda ansia de precisión calendaria, pues Cristo viene. Y vendrá de improviso, y es menester estar dispuestos para el encuentro final, un final que es el comienzo de la vida absoluta.

Por eso no podemos permitirnos quedar atrapados por las preocupaciones, ni por todas esas cosas que nos distraen.
La alerta que nos enciende Jesús de Nazareth es un mensaje de pura esperanza, porque despojados de todos los sinsentidos, de todo lo que perece, podremos presentarnos humildemente de pié, mirando a los ojos a Aquél que ya hizo morada en nuestros corazones.

No hay manuales, ni soluciones mágicas, ni profusos razonamientos. La espera atenta es un rescoldo que se mantiene encendido con la oración.

Se trata de orar siempre, acercándonos al horizonte que es Cristo que llega.
Orar siempre, orar sin desmayos, orar con confianza, orar en la fecundidad de la escucha atenta, orar con las manos, con cada paso, con cada palabra y cada silencio, orar en soledad, orar en comunidad.
Orar para que nuestras vidas estén en la misma sintonía eterna de Aquél que no deja de buscarnos, orar para transparentar ese amor entrañable.

Orar para que toda la existencia se haga plegaria.

Paz y Bien

Hasta siempre Chespirito


Roberto Gómez Bolaños - Chespirito
1929 - 2014


Dios te bendiga y te guarde, querido Roberto, vuelva a vos su Rostro y te colme de paz, de vida para siempre.
Y que bendiga a tu familia, a México, a todos nuestros pueblos y muy especialmente a todos nuestros chavitos.

Allí adonde vas, los que nos quedamos aquí tratando de ser buenos, algún día te seguiremos.

Paz y Bien

Ricardo

Brotes nuevos



Para el día de hoy (28/11/14) 

Evangelio según San Lucas 21, 29-33



La percepción por los sentidos es limitada, toda vez que está acotada por una corporalidad que es finita, y que al mismo tiempo depende de un cerebro del cual utilizamos sólo una pequeña fracción de su potencialidad.
Propio de los sentidos es el ámbito de los signos: si por un momento suspendemos cualquier intento de trascendencia, podemos afirmar que un signo o una señal -signo/segno/señal- es inequívoco, tal como una flecha que orienta recorridos. Es decir, un signo no refiere a sí mismo sino al objeto que está, claramente, más allá de sí y que no admite demasiadas discusiones ni interpretaciones variadas.
A diferencia de los signos, los símbolos son ventanas que se abren para asomarse a mirar algo que esté más allá de la superficie, y que a menudo depende de quien observe: así entonces los símbolos tendrán un cariz positivo para algunos, negativo para otros y para otros tantos carecerán de sentido y significado.

Pero volviendo a los signos, muchos persistimos -con un superlativo grado de estupidez- en mirar el color del cartel antes que girar a uno u otro lado en la ruta a la que tal señal nos compele, y así chocamos. Los signos están allí, y los dramas suceden porque no se quiere mirar y ver.
Para muchos de nosotros, mujeres y hombres citadinos, la referencia a una higuera no nos resulta tan propia. Pero para un campesino, la aparición de brotes nuevos, las brevas que comienzan a crecerse -y que son promesa de sabrosas frutas- son una señal inequívoca de que el verano está ahí nomás, muy cerca.

Si hay un distingo fundamental en la condición humana, es la capacidad de trascender, de ir más allá de las lógicas limitaciones espacio-temporales a las que su corporalidad y finitud está atada. En cierto modo, es una posibilidad de sumergirse en niveles de profundidad más allá de cualquier apariencia.
Y así, con certeza de labriegos,adentrarnos mar adentro de una realidad mucho más rica que estos tiempos a menudo tan oscuros, pues los signos están allí. Sólo hay que animarse a encender la mirada interior, pues esa realidad es infinita, el tiempo del hombre bendito y fecundado por la eternidad de un Dios que se ha despojado de todo, que se hace historia, que se hace hombre.

En cada gesto de bondad, en cada acción de justicia, en cada paso de compasión, en cada vida que se ofrece generosa para que otro viva hay signos certeros del Reino aquí y ahora. 
A pesar de tanto espanto, Dios con nosotros.

La Palabra de Dios es Palabra de Vida pero también Palabra Viva que nos restaura, levanta y sana. La Palabra -Verbo eterno de Dios- acampa entre nosotros, y con un poco de coraje y otro poco de despojo de interés menor, todos -sin excepciones- podemos darnos cuenta de esos brotes nuevos de eternidad.
Porque todo el universo tiende y señala a Cristo.

Paz y Bien



Tiempo de liberación




Para el día de hoy (27/11/14) 

Evangelio según San Lucas 21, 20-28




Lo que se diviniza, sin serlo, tarde o temprano se derrumba en su falsedad.

Los que rechazan la paz con violencia, la paz que sólo proviene de Dios, tarde o temprano empuñarán armas para defender su menguado mundo, atacando a los que le resulten ajenos, y por ello pereciendo en esa lucha sin sentido.

Los imperios, cualesquiera sea su signo ideológico o su vertiente histórica, sin lugar a dudas han de caer: nada tan opuesto a las cosas de Dios imponer el dominio de unos sobre otros mediante la fuerza, la explotación, subyugando a millones.

Toda la historia humana está teñida de oscuros tonos horrorosos. Nuestras existencias, a menudo, nos empujan al ahogo y la tristeza que se asoma permanente.
Pero desde la fé sabemos que hay otra historia y otro tiempo, el tiempo de Dios y el hombre, tiempo santo que no suele escribirse en los libros ni salir en las noticias. Es un tiempo humilde y silencioso pero que tiene la fuerza imparable del amor, de un Dios Padre y Madre que jamás se desentiende de las cosas de sus hijas e hijos, aún cuando éstos lo olviden y rechacen en esa distonía que llamamos pecado.

Con todo y a pesar de todo, con paciencia infinita y con corazones transparentes, Dios sigue tejiendo eternidad en el aquí y ahora.

El Adviento que estamos por inaugurar es signo y símbolo de liberación para todos los que esperan con una confianza que no puede describirse pero -pequeño grano de mostaza- sigue germinando tenaz.

Porque Cristo viene, Cristo está y Cristo volverá.

Paz y Bien

Otra certeza




Para el día de hoy (26/11/14) 

Evangelio según San Lucas 21, 10-19




La lectura que la liturgia nos presenta en el día de hoy es violenta y vulnera muchas certezas.
Porque socava cierto tipo de comodidades religiosas de las cuales nos apropiamos con fervor.
Porque añoramos paz y armonía, y el Maestro nos promete desprecios, acosos y persecuciones por causa del Evangelio.

Está claro que si esto sucede es loable, y es fruto de la santidad. Pero a veces nos quedamos en una observación romántica, casi pueril, cuando en realidad se trata de situaciones espantosas, atroces, durísimas.
Las hermanas y hermanos, los discípulos de Jesús de Nazareth serán, de acuerdo a esa fidelidad, tratados como subversivos, como delincuentes, como desestabilizadores del orden, y entregados a las autoridades como malhechores para su castigo, el que a veces llega a la misma muerte.

Tal vez desde esa perspectiva, la medida de la fidelidad de la Iglesia estriba en si no se acomoda a los poderes de este mundo, y si se la persigue por su compromiso con la Buena Noticia, y por ello con los más pequeños, con los olvidados, con las víctimas de todo tiempo y lugar.

Ningún dolor es deseable, ningún horror es delectación.
Pero la diferencia la hace siempre la fidelidad. La fidelidad al Evangelio.
Y por sobre todo, la fidelidad de un Dios que jamás nos dejará abandonados a nuestra suerte, librados a las maldades de imperen, porque a pesar de toda cruz, tenemos la certeza de que lo que prevalece por ese amor infinito es la vida, la Resurrección.

Paz y Bien

Esperanza sin engaños




Para el día de hoy (25/11/14) 

Evangelio según San Lucas 21, 5-9


Algunos de los discípulos, llenos de admiración y orgullo patriótico frente al Templo de Jerusalem, comentaban ésto con el Maestro, refiriéndose a las magníficas piedras ornamentales y a las ofrendas votivas.
Es que ese Templo era para la nación judía el centro y fundamento de su cosmovisión: allí estaba afincada su identidad nacional y sus raíces religiosas, pues entendían que su Dios se hallaría allí, en el recinto sagrado, en el culto específico, el la doctrina puntillosa y en las tradiciones de siglos que ahora los imbuían como pueblo.
Quizás, en este siglo nos cueste un poco valuar la real dimensión se su alcance: sólo referiremos que la destrucción de jerusalem y el derribo del Templo en el año 70 DC a manos de las legiones romanas supuso una catástrofe inconmensurable, aún mucho mayor que los miles de muertos y otros tantos de hombres y mujeres jerosolimitanos vendidos como esclavos. La destrucción del templo implicó la destrucción de su mundo y de su identidad.

A ello, en parte, se refiere Jesús de Nazareth. Pero sería erróneo atascarnos solamente en el hecho histórico, pues los Evangelios no son crónicas históricas sino teológicas, es decir, espirituales. Por eso las palabras de Jesús de Nazareth se dirigen a los discípulos de todos los tiempos, nosotros mismos entre ellos.

Lo importante es no dejarse engañar por nada ni nadie, aún cuando acontezcan hechos durísimos, luctuosos que parezcan permanentes, y aún cuando podamos escuchar voces convincentes y amenazantes respecto de todas las tragedias.

No hay que resignarse ni desmayar. El tiempo de Dios no es el nuestro, no es mensurable, sólo puede percibirse desde el misterio de la fé.

Lo importante es sostenerse en la esperanza en Aquél que es nuestro templo definitivo, nuestra alegría, nuestro horizonte, nuestra Salvación.

Paz y Bien

Las monedas de la viuda pobre




Para el día de hoy (24/11/14) 

Evangelio según San Lucas 21, 1-4



En el Templo de Jerusalem solía haber un río constante de peregrinos llegados de Judea, de Galilea y de la Diáspora. Por entre tanta multitud, es muy complicado poder ubicar a alguien en particular; para la cultura de la época, a una mujer -más allá de su posible atractivo natural- no se le presta demasiada atención, no tiene otra relevancia ni derechos que los que pueda otorgarle el esposo. En el caso de una viuda, no sólo es invisible sino que apenas sobrevive, sumergida en la miseria y dependiente de la caridad de otros. Una viuda está completamente desprotegida.

La legislación preveía un impuesto por el cual todo judío varón debía contribuir al sostenimiento del culto y de los sacerdotes; hemos de recordar cuando Jesús de Nazareth vuelca las mesas de los cambistas, que estaban precisamente allí para proveer monedas aceptadas para el pago del tributo. Además de ello, había en el Templo unas alcancías o cepillos metálicos -los historiadores y exégetas los llaman gazofilacios- con unas bocas anchas en donde pasan los peregrinos, y angosta en el piso inferior del tesoro, que es en donde caen las monedas que libremente depositan allí los asistentes, monedas que han de destinarse a la caridad, es decir, limosna para viudas y huérfanos, una suerte de asistencia social para los que nada tienen.
Algunos echaban allí ingentes sumas, movidos no tanto por la caridad sino por las ganas de figurar, de ser reconocidos, robustos puñados de monedas que provocaban un ruido que no podía soslayarse. Las dos moneditas de una viuda no se escuchan, no tienen relevancia como tampoco la tiene esa mujer que las arroja, y es probable que a su vez esas moneditas sean también el producto de una limosna a ella concedida, para que compre pan, para que sobreviva.

La escena estremece. Entre toda esa gente, sólo Jesús de Nazareth puede ver a quien los demás no miran ni ver, en su real dimensión, en la estatura completa de su corazón.
Esa mujer ha dado más que nadie, porque ha dado su propio sustento y nó lo que le sobra; no se puso a calcular beneficios divinos, intereses de ahorro o el quedar bien frente a los demás. No vaciló en ofrecerse porque hay otros que pasan necesidad, y esa aparente decisión irreflexiva tiene que ver con la desmesura de la Gracia de Dios, con hacer presente el Reino aquí y ahora, con que la compasión transforma toda realidad, por pequeña que aparezca.

Entre nosotros hay muchas viudas así, muchos que hacen de su vida una ofrenda. 
Lo que nos sigue faltando es la mirada de Jesús de Nazareth.

Paz y Bien


ir arriba