Con los pensamientos y sentimientos de Dios















Para el día de hoy (20/02/20):  

Evangelio según San Marcos 8, 27-33








El Evangelista Marcos sitúa hoy el ministerio de Jesús de Nazareth en los poblados cercanos a Cesarea de Filipo, y es mucho más que un dato geográfico.
Hasta hace poco, ha curado y enseñado en Betsaida, y se desplaza a aproximadamente cuarenta kilómetros al norte, casi al pié del monte Hermón: ese será un límite físico y también teológico -espiritual- pues no irá más allá. A partir de allí, todo será ruta hacia el sur, hacia Jerusalem, al encuentro decidido y libérrimo con el odio encendido de sus detractores, hacia la fastuosa capital, al enorme Templo y, por sobre todo, a su crucifixión y su muerte.

Cesarea de Filipo no es otra ciudad más en su periplo, sino que está cargada de gravosos símbolos. Edificada en un principio para el dios griego Pan, luego se la rebautizó Cesarea en honor del emperador César Augusto, a tal punto de edificar un templo a ese César deificado. Con el tiempo, se le añadió el término de Filipo en homenaje al tetrarca que imperaba en ese tiempo, Herodes Filipo, uno de los hijos de Herodes el Grande -hermano del conocido Herodes Antipas, asesino del Bautista-.
Allí confluyen, entonces, rituales de deidades de la naturaleza, la divinización del César y el culto al poder y a los poderosos, y es precisamente allí en donde Jesús de Nazareth les pregunta a los discípulos qué dicen las gentes acerca de quien es Él.
Que el Bautista, que uno de los profetas, que es Elías regresado es la respuesta, y es que el Maestro suscitaba distintas reacciones entre los que accedían a sus signos y enseñanzas. Sin embargo, es obvio que cada respuesta se adecua a las expectativas personales y nó a la inversa. En la mentalidad colectiva predominaba un Mesías sucesor de la dinastía davídica que restauraría mediante el poder militar las antiguas glorias de Israel; más aún, algunos querían apurar esa llegada con un uso religioso de las armas, tal el caso de los zelotas, mientras que otros suponían que con el cumplimiento estricto y puro de la Ley -los fariseos- acortarían la espera.

Pero todas las respuestas refieren a un hombre, a un hombre extraordinario o a un súper hombre, pero a un hombre al fin. Y en su horizonte no pueden concebir a un Mesías servidor, humilde y manso que se vista de derrota, que deje las manos libres a los violentos para que se ensañen con él, un Mesías abnegado y entregado como un cordero al sacrificio.

Por ello mismo, les pregunta a los discípulos -a los Doce, a todos y cada uno de nosotros- con un énfasis inusual cual es la idea que tenemos de Él.
Pedro toma la palabra en nombre de todos, pues Pedro es la roca en donde afirma y confirma su fé la comunidad. Y Pedro está asistido por el Espíritu de Dios, y por ello confiesa que ese Jesús que comparte con ellos caminos, cansancios y pan es el Cristo de Dios, el Mesías esperado.

El Maestro manda guardar silencio acerca de esta verdad. No hay difusión ni publicidad que valga, y se acerca la noche oscura: las comprensiones se abrirán al alba de la Resurrección, y tal vez por ello quiere prepararlos para los días bravos que están por venir.
No es fácil de asimilar, pues todos tienen y tenemos moldes viejos que nos resultan costumbre diaria y comodidad, y la fé exige un salto sin red que no cualquiera se atreve a dar. Por ello mismo quizás Pedro comienza a reprenderlo, con el mismo enojo empeñoso que solemos poner cuando los proyectos de Dios no se adecuan a lo que suponemos, cuando lo que pedimos no se adapta a lo que Dios nos brinda a diario y de continuo.

Así, ese Cristo sufriente y derrotado, hermano de todos los crucificados de la historia se identifica con muchas imágenes que solemos adjudicarle.
Un Cristo lejano y glorioso, bien del cielo y ajeno a estos andurriales del mundo. O quizás un Mesías revolucionario. O un Salvador dulcemente banal que nunca incomoda, encarnación de un Dios al que creemos manipular mediante la acumulación de actos piadosos. Tantas imágenes como ansias y expectativas le adosamos.

Jesús de Nazareth nos regala una pista asombrosa, magnífica. Se identifica como Hijo del hombre, Hijo de la humanidad, y en ese título está su misión, su ternura y su ofrenda perpetua, un Dios jamás desentendido de lo que nos sucede, un Dios que ha asumido nuestra limitadísima condición para ascender, peldaño a peldaño, a un cielo que comienza aquí y ahora.

Paz y Bien

Recuperar la vista implica redescubrir al otro, y junto al otro encontrar la mirada de Dios

















Para el día de hoy (19/02/20):  

Evangelio según San Marcos 8, 22-26









En los sucesos de hoy relatados por el Evangelista Marcos, llama la atención la pasividad de este hombre aquejado por la ceguera. No se mueve, está sumido en la resignación de su mal, a tal punto que son otros los que ruegan por él y lo llevan ante el Maestro.
Es misión primordial de la comunidad ir en socorro y al rescate de quien ha bajado los brazos y ya nada espera.

Jesús de Nazareth no es un sanador milagrero que gusta encandilarse con el reconocimiento público, pues todos los gestos y las acciones de sanación/salvación son signos ciertos de la bondad de un Dios que es Padre y es Madre, y no prolegómenos de acciones espectaculares destinadas a ganar adeptos.
Se trata de volver a reconocernos hijas e hijos.

Por ello mismo, con especial cuidado y gran ternura lo toma de la mano y lo lleva a las afueras del pueblo, éxodo de su rutina de resignación, pascua desde la esclavitud de la oscuridad.
Para Jesús de Nazareth todo es personal, por ello también esa necesidad de reserva y silencio que garanticen un encuentro certero y profundo.

Los pasos siguientes se nos hacen una especie de tratamiento, tan condicionados como estamos por culturas de instantaneidad, éxitos envasados de acción inmediata.
Todos tenemos nuestros tiempos, nuestros desiertos pueden parecerse más nunca serán iguales, la espesura de nuestras oscuridades puede ser mayor o menor.

Sin embargo, todo debe crecer y madurar.

El Maestro hoy nos está preguntando a cada uno de nosotros si somos capaces de mirar y ver, redescubrir qué vemos y cómo lo vemos.
Seguramente, veremos a las multitudes como árboles que caminan, existencias desdibujadas en mares de anonimato, de más de lo mismo, masa informe que sólo refleja estadísticas, nunca vidas, jamás personas concretas.

Sin embargo, es el primer paso de toda liberación de estas cegueras que respiramos.

Porque en el encuentro con Aquél que es la vida y el pan, podemos recuperar a quien habíamos perdido: el rostro real y concreto del prójimo, con sus luces y sombras, mucho más que árboles que andan y que dan frutos.
Recuperar la vista implica redescubrir al otro, y junto al otro encontrar la mirada de Dios.

Paz y Bien

El poder que no es servicio oprime y quebranta


















Para el día de hoy (18/02/20) 

Evangelio según San Marcos 8, 13-21 








A pesar de todo lo que habían compartido con Él, de todo lo que habían sido partícipes, los discípulos seguían sin querer comprender.
Doce canastas sobraron luego de alimentar a la multitud hambrienta, pan abundante y generoso para todos los hijos de Israel que aún no ingresan al ámbito de la Gracia.
Siete canastas sobraron luego de saciar el hambre de otros tantos miles en tierras paganas, pan abundante y generoso para cuando lleguen todos los gentiles invitados al banquete del Reino.

Ellos siguen preocupándose por cuestiones menores, y a su vez permiten que ciertas cuestiones mundanas les opaquen el alma, corazones ocupados por lo que perece y no trasciende.
La levadura de los fariseos, la de la figuración, de la pura exterioridad sin corazón y sin Dios, la de la hipocresía.
La levadura herodiana, la del poder por el poder mismo, el poder que no es servicio, la opresión justificada, el dominio mundano, la ética ausente.

Así, ellos y nosotros, imbuidos de esos venenos solemos dispersarnos, enfrentarnos, separarnos con encarnizamientos y odios. Las divisiones y resquemores nos pertenecen por completo, no pueden ser adjudicadas a otros, quitándonos los sayos que nos colocamos sin hesitar. Gustamos alimentarnos en recintos estrechos de ventanas y puertas cerradas, con los detectores de enemigos encendidos, rápidos para señalar al opuesto, al distinto, a lo que nos diferencia.

Pero lo que verdaderamente cuenta es Cristo, el Pan de Vida, Pan único que nos alimenta y nos hace hijos y por lo tanto hermanos.
Cristo en nuestra barca Iglesia, Cristo en nuestra barca existencia, Dios con nosotros. Nada más importa.

Paz y Bien

Las señales del cielo resplandecen como estrellas de Belén




















Para el día de hoy (17/02/20):  


Evangelio según San Marcos 8, 11-13








Ellos suben a una barca y cruzan el lago. Han regresado a la Galilea en donde todo ha comenzado, y nomás desembarcando, los severos fariseos enfrentan al Maestro con patentes ganas de confrontar, de descalificar y un ausente ánimo de encontrar la verdad.

No lo dejan en paz, y es significativo que la pelea planteada suceda en la ribera: lo estaban esperando con ese único fin avieso.
El Evangelista en ese punto es preciso: le piden a Jesús un signo del cielo para ponerlo a prueba.

De aquí podemos inferir dos cuestiones principales: por un lado, tenían la intención de que el Maestro cometiera un error y así ponerle en ridículo frente a todas esas gentes que lo seguían en un número cada vez mayor. Pero por otro lado, hay otro interés oculto, tácito, y es que a ellos les brinde una señal de esas características. Parece que lo que no es sometido a su escrutinio y a su aprobación, debe ser rechazado de plano y considerado anatema, ajeno a Dios.

En síntesis, requieren una señal milagrosa, un portento visible y descomunal que confirme la autoridad divina que ese rabbí harapiento pretende esgrimir. Sin dudas, hay cierta actitud de superioridad despreciativa: son los cultos y pulcros ortodoxos que, en el fondo, desprecian a ese galileo de aires campesinos, cuyo mismo acento lo delata, un paisano casi impuro, un kelper de la fé de Israel.

Por ello el Maestro suspira profundamente, y es un gemido y un dolor que proviene de las honduras de su alma. Esos hombres son muy religiosos, y sin embargo son unos incrédulos enconados. Para ellos ninguna señal, por evidente que fuere, será suficiente, y por eso mismo no tendrán ninguna señal al modo que ellos exigen.

Porque tanto para esos fariseos como para nosotros, todo está allí aunque se nos oculte a nuestros limitados ojos. Las señales del cielo resplandecen como estrellas de Belén que nos señalan el camino para los corazones que se animen a mirar y ver más allá de lo evidente.

Señales de fraternidad, de solidaridad, de servicio, de vidas ofrecidas. Pequeños gestos de cortesía y amabilidad. Silenciosos esfuerzos de todos los que viven vidas orante para sustento de todos nosotros, en la mansa soledad conventual. Madres como ángeles que mantienen a raya los demonios del hambre. Los hombres honestos que desertan abiertamente de cualquier corrupción. Los que cuidan a los indefensos. La serena alegría compartida. Tantos gestos y acciones concretas, tantas señales del cielo y la señal mayor, la Resurrección que es vida que no se termina, eternidad y don de Dios para toda la humanidad.

Paz y Bien

Cristo, plenitud de justicia



















6º Domingo durante el año 

Para el día de hoy (16/02/20):  

Evangelio según San Mateo 5, 17-37








En la Palabra para el día de hoy hay continuidad y hay ruptura, y mucho tiene que ver con los esfuerzos de las primeras comunidades en integrar a los seguidores de Jesús provenientes del judaísmo y aquellos cuyas raíces eran gentiles. Ello no sólo implicó una reflexión teológica monumental, sino especialmente la transformación de estructuras y preconceptos firmemente arraigados en las mentes de esas gentes.

Hay ciertas cuestiones -como las ideologías, las estructuras religiosas, algunas tradiciones- se enquistan con tanta fuerza que se tornan inamovibles, sagradas, fines en sí mismos. Y traen como consecuencia el desencuentro con el otro y, peor aún, una parodia de la relación con Dios, pues esas construcciones propias de la mente humana se adjudican a un mandato divino.
Esa re-presentación -pues tiende a ocultar verdades- suele devenir virulenta en su reafirmación, segregacionista, tajo que divide entre propios y ajenos, nosotros y los otros y enciende en forma perpetua su detector de herejes y enemigos. Aún cuando ese nosotros sea cada vez más pequeño, más reducido y excluyente.

El problema y dilema de aquellos tiempos primeros es también, bajo otras apariencias, el mismo hoy en día. La vara que solemos utilizar es relativa, es menor y la mayoría de las veces poco tiene que ver con la Buena Noticia. Todas las cosas -buenas y malas- se encuentran primero y ante todo enraizadas en las honduras de los corazones.

Jesús de Nazareth a una justicia distinta, una justicia mayor, y su símbolo perfecto es esa cruz en el que hace ofrenda total de su ser para que todos vivan.
Esa cruz tiene un madero que apunta hacia el cielo y dos brazos que se extiende horizontalmente hacia los lados, y paradójicamente, esa cruz sin uno de los brazos deja de ser tal. Podrá ser, tal vez, horroroso patíbulo pero nunca señal cierta de amor absoluto, de vida tenaz y eterna.

Una justicia que se dirige hacia arriba y hacia los lados, hacia Dios y hacia el prójimo, desde las profundidades del corazón y desde acciones concretas que nunca han de estar escindidas de esa interioridad. Por ello mismo, espiritualidad y ética van entrelazadas en cada instante de la existencia, en el proyecto de amor y bondad de Dios para toda la humanidad.

Hace una buena cantidad de años, un pueblo nuevo peregrinaba desde la esclavitud hacia la libertad prometida, hacia a vida. Ese pueblo fue bendecido con Ley y profecía, con la voluntad de Dios expresada para encaminar los pasos de todos hacia la plenitud.
Desgraciadamente, se fueron quedando en la fórmula y progresivamente olvidaron a Aquél que le daba sentido y sustento. En cierto modo, es lo mismo que la adhesión feroz a una doctrina con una carencia absoluta de amor y compromiso; ello dá lugar a fundamentalismos, opresiones y odios variopintos.

Jesús reinterpreta la historia de su pueblo, y quiere rescatar todo lo bueno y lo santo que su historia acarrea para llevarlo a su cúlmine,a un destino luminoso, a un horizonte de libertad y felicidad -que no otro es el destino de la humanidad signado por Dios-. 
Con Él, nuestra propuesta y nuestro desafío hoy es hacer carne, vida, respirar esa justicia, como José de Nazareth, como María de Nazareth, como tantos otros que supieron ajustar su voluntad a la voluntad de Dios, abandonando todo supuesto egoístamente minúsculo, el éxodo del yo hacia el nosotros.

Paz y Bien

Panes y peces se acrecientan en el altar de la misericordia y del servicio que se multiplica




















Para el día de hoy (15/02/20):
 
Evangelio según San Marcos 8, 1-10






Estamos con Jesús y sus discípulos en territorio pagano, tierras extranjeras, áreas de lo extraño y lo ajeno. Allí también las gentes buscan con denuedo al Maestro en su hambre de verdad y desde el agobio de sus enfermedades y dolencias: el dolor nos iguala, el dolor nos asemeja, el sufrimiento nos muestra no tan distintos.

Eran ya tres días que estaba el gentío junto a Él, bebiendo de su Palabra sin una queja. Pero el Maestro no es indiferente a las necesidades del otro, no mira para otro lado, lo moviliza la compasión, lo impulsa la Misericordia. Ellos podrán ser perros extranjeros, gentiles, paganos, profanos, inmigrantes ilegales, no católicos o el rótulo por el que optemos: aún así tienen sobre ellos la mirada bondadosa de Dios para el que no cuentan divergencias ni fronteras. Hay necesidad, desfallecen de hambre, hay que alimentar a todos ellos que están a la espera durante tres días, como desfallece la vida los tres días que el cuerpo de Jesús permanecerá en la casa tumba...pero ha de prevalecer la resurrección, la vida en Sus manos es mucho más tenaz de lo que solemos imaginamos.

Pero hay un distingo fundamental: el socorro y el auxilio no es privativo de un Cristo que se conmueve, sino que ha de tener color comunitario. Por ello los discípulos son parte del problema y partícipes de la solución.
El hambre es obsceno, es cruel, es ofensa grave al Creador de la vida, y todas sus hijas e hijos no podemos quedar indiferentes, ni acotarnos a simpáticas declamaciones.
Los Doce, precisamente, intentarán eso mismo: que son muchos, que están en un sitio desierto, que vayan a otro lado más amistoso en busca de pan. Sin embargo, la respuesta está en sus manos, no se puede despedir al hambriento al abandono de su suerte. Parece poco -siete panes- pero serán abundantes y desbordantes si acontece el milagro del compartir. No hay mínimos, ni siquiera esos humildes pescaditos -comida de gorriones-, todo cuenta, todo suma.

Cuando florece el compartir, brota espontánea la acción de gracias, tiempo de Dios y el hombre en plegaria y gratitud, Eucaristía de la humanidad.
Esa acción de gracias no será una oración privada del Maestro, sino que hace partícipes a los suyos, a tí y a mí, a vos y a ella, a todos nosotros.

Cuando sucede la compasión y se expresan concretamente el socorro y la solidaridad, los milagros se agolpan con un enorme aquí estoy! del Dios de la Vida, esos panes multiplicados se vuelve más que suficientes, nunca cálculo mezquino, canastas y canastas que sobran para los que vendrán.

Panes y peces se acrecientan en el altar de la misericordia y del servicio que se multiplica.

Paz y Bien

Effatá, que se abran todos los oídos, que se restablezcan lenguas y gargantas para escuchar a Dios y al hermano















Para el día de hoy (14/02/20) 

Evangelio según San Marcos 7, 31-37










El Maestro permanece en tierras extranjeras, más precisamente en la Decápolis: es una confederación de diez ciudades implantadas por los griegos como una suerte de colchón de seguridad estratégico para el caso de guerra contra la nación judía y también como medida de autoprotección frente a merodeadores y salteadores de caminos. Aunque en ellas vivieran algunos colonos judíos, eran miradas con desconfianza y desprecio desde el otro lado de la frontera.

Que Jesús esté allí ya es, para ciertos nacionalismos furiosos, una provocación. En realidad, es signo y símbolo de la universalidad de la Salvación ofrecida por ese Dios que sale al encuentro del hombre.

Traen a su presencia a un hombre que es sordo, y que por ello mismo se exprese con dificultad, a veces tartamudeando, a veces profiriendo sonidos sin sentido.
Para ciertas mentalidades brtualmente mezquinas, es una situación perfecta: el distinto, el enemigo acallado, reducido al silencio, incapaz de expresarse normalmente, de comunicarse, de quejarse, de rebelarse.

En cierto modo, el no poder escuchar ni hablar, el tener cerrado el acceso a la palabra, es una manera de morir aún cuando el corazón siga latiendo.
Por ello hay que ser tenaces en las palabras y en la Palabra. Saber escuchar, poder expresarnos, aún cuando lo que se diga no sea lo adecuado y hasta sea un agravio. El silencio, cuando se lo busca y se lo elige a conciencia es fructífero, santo, transformador.
El silencio que se impone siempre es nefasto, inhumano, y jamás debe tolerarse ni aceptarse como normalidad. Cuando hay palabras y cuando hay Palabra la vida puede expandirse.

La actitud del Maestro es de una delicadeza infrecuente. Siempre hay que cuidarse de no hacer un espectáculo con el auxilio que se brinda, y dedicarse en cuerpo y alma al socorro de los dolientes.

Effatá es el término arameo, y es maravilloso. Que se abran todos los oídos, que se restablezcan lenguas y gargantas para escuchar a Dios y al hermano, al amigo, al enemigo, al cercano y al lejano, y para volver a decir las cosas con claridad, con la fuerza de la verdad, una verdad que no puede ni debe silenciarse, para mayor Gloria de Dios y bien de los hermanos.

Paz y Bien

Misericordia, con el corazón y toda la vida en la miseria que se socorre


















Para el día de hoy (13/02/20) 

Evangelio según San Marcos 7, 24-30








Jesús de Nazareth había tenido una virulenta confrontación con los representantes y dirigentes de la ortodoxia oficial judía a causa del cumplimiento de ciertas tradiciones y de la pureza e impureza de ciertos alimentos. El escenario es de ruptura, y el paso a la región de Tiro completa el trasponer una frontera mucho más profunda que la que señala la geografía y la política.
Para la memoria del pueblo judío, Tiro no es un país extranjero cualquiera, Tiro -y Sidón- es la cuna de Jezabel, enemiga terrible de Elías que, a su vez, inspiró las furias de los profetas Ezequiel y Jeremías. Es por ello que esta región a la que accede el Maestro es el epítome de lo extraño, de lo extranjero, de lo ajeno, ámbito tanto real como simbólico que un hijo de Israel siempre ha de evitar, pues entraña la amenaza de un paganismo acérrimo y la potencialidad de una contaminación de la propia nacionalidad, tan celosamente resguardada.

Precisamente, el paso del Maestro a ese región implica la extensión de su ministerio, símbolo de su universalidad que no reconoce ni acepta limitaciones ni cotas de cualquier índole.
Es un salto enorme de corazón y de mente que aún hoy la Iglesia a veces no realiza, discriminando entre propios y ajenos, cuando su identidad la confiere la Gracia de Dios que nos prohija.

Es dable suponer que el Maestro ingresa a una casa judía de la zona, con ganas de no destacar, de estar un tiempo tranquilo junto a los discípulos. Pero ni modo, no hay modo de que permanezca oculto. El bien y la bondad, inevitablemente, destacan y refulgen en todo sitio, haga lo que se haga, imponga lo que se imponga.

Resulta impensable para un rabbí que le hable a una mujer, o que una mujer le dirija la palabra. Peor aún en el caso que hoy nos ocupa, el de una mujer sirofenicia y pagana.
Se trata de una silente y mansa revolución que el Maestro no sólo escuche sino que converse con una mujer así.

El diálogo, mirado de forma sesgada, es durísimo. En cierto modo, basándose en antiguos patrones tradicionales, Jesús menta a los extranjeros como perros, y nó en un cariz afectuoso de mascotas, sino en el talante más despectivo, que aún hoy se suele utilizar.
Pero esa dureza debe contemplarse en la totalidad de la conversación y de la lectura para descubrir su verdadero sentido y profundidad.

Acontecen dos cuestiones: por un lado, el Maestro, desde esa perspectiva de su pueblo, provoca a la mujer para que no se resigne, para que no baje sus brazos, para que no se abandone a cuestiones que poco tienen de humanidad y de Dios.
Por el otro, que el amor de una madre, el sufrimiento de los hijos, la fé que suplica migajas de misericordia conmueven el sagrado corazón de Cristo.

Quiera Dios que esa mujer sirofenicia nos haga espejo cordial, para iluminarnos la fé, para pulirnos en humildad, para volver a confiar en ese Maestro que a todos escucha, recibe y a todos, sin excepción, quiere ayudar.

Paz y Bien

En las honduras del corazón todo se decide















Para el día de hoy (12/02/20):  


Evangelio según San Marcos 7, 14-23 








Lo que pretende enseñar el Maestro es importantísimo, tan raigal y trascendente que llama perentoriamente la atención de los presentes, de sus discípulos y de toda esa multitud congregada en torno a Él. Ello se debía en parte a que aquellos con los que quería dialogar lo desechaban de antemano en una negación totalmente prejuiciosa -escribas, fariseos-, pero en parte también porque a menudo es necesario concitar la atención, focalizar, despertar los sentidos.
Solemos oír sin escuchar, mirar sin ver, poner cara de interés pero entre nuestros oídos pasan tormentas, más lo valioso no se queda.

La afirmación que realiza es categórica: nada de lo externo que ingrese en el hombre ha de ser motivo de mancha, de impurificación, de señal que mancille. Es tan contundente lo que dice que es revolucionario y aún hoy no hemos tomado la real dimensión de su significado.

El Maestro refiere a la dialéctica desatada a partir de las costumbres y tradiciones dietéticas impuestas durante generaciones por los escribas, esto es, los alimentos permitidos y los prohibidos, los alimentos benditos que conducen a Dios y los prescritos por impuros. Más aún porque en la historia de Israel muchos habían muerto como mártires por mantenerse firmes en esa tradición, y ante los ojos y los oídos asombrados de todos, Él derriba todas esas cosas que se daban por inconmovibles.

En realidad, vá mucho más allá del cuestionamiento a ciertas costumbres histórica y religiosamente instauradas. Si fuera solamente eso, Jesús de Nazareth sería solamente un carismático transgresor, un rebelde perpetuo pero no mucho más que eso.

Lo que está en juego, lo que se decide -aún a precio de su misma sangre- es el universo infinito de la Gracia, el amor de Dios, la Salvación.

No se trata de discutir la validez o nó de ciertas costumbres que pueden llegar a tener sus razones fundadas, y hasta un santo carácter devoto. 
Se trata de desertar de ese mundo en el cual al Dios de la Vida se lo manipula mediante la acumulación puntillosamente piadosa de actos específicos, actos que están en condiciones de cumplir unos pocos y que, a la vez, son causa de humillación, condena y dolor para tantos.
Se trata de renegar de la imagen de un dios que premia a algunos y castiga a muchos, porque ese no es el Dios de Jesús de Nazareth.
Se trata de darse cuenta que en las honduras del propio ser, de la misma existencia -eso que llamamos corazón- anida todo lo que nos define, nuestros horizontes, nuestras estaturas, sueños, borrascas, cielos regalados o infiernos elegidos. Y que, indefectiblemente, siempre ha de referir a cómo nos portamos con el prójimo, con los demás, nuestras buenas y malas acciones y especialmente nuestras omisiones.

En nuestros corazones puede crecer la humilde y asombrosa semilla del Reino, de la vida, de la felicidad que es siempre compartida. Pero también se nos puede crecer una cizaña que todo lo ahogue, y es por eso que hay que dedicarse al cuidado de ese pequeño jardín que se nos ha confiado.

María de Nazareth lo sabía bien, y todas las cosas -aún las que no comprendía- maduraban al calor de su inmenso corazón, y por ello la más pequeña es la más grande y la más feliz entre todas las mujeres y hombres de toda la historia humana.

Paz y Bien


Que Cristo nos vaya moldeando y purificando
















Nuestra Señora de Lourdes

Para el día de hoy (11/02/20):  

 
Evangelio según San Marcos 7, 1-13









Una mirada superficial y anacrónica argumentaría con toda probabilidad que estamos frente a un hecho en donde se resuelve, ante todo, una cuestión elemental de higiene, algo tan básico como lavarse las manos antes de comer.

En realidad, lo que está en juego es completamente distinto, y tiene un profundo significado.

Desde que siguieron los pasos del Maestro, los discípulos fueron dejando de lado de manera gradual ciertas normas y costumbres impuestas y férreamente arraigadas, que sólo respondían a una sola razón, la de la piedad sin justicia, el culto sin corazón, la deificación de la norma por la norma misma. Así entonces los discípulos le restaban importancia al lavado de sus manos no tanto por una cuestión de higiene personal, sino como rito obligado de purificación ritual, exigible para todos los varones de Israel antes de ingerir alimentos.
La observancia de estas normas llegaba a extremos tales que los supervisores de control -escribas y fariseos, todos religiosos profesionales- se llegan desde la capital Jerusalem hasta la Galilea del ministerio de Jesús y sus amigos con el fin de fiscalizar este cumpliento.

La denuncia profética que Jesús de Nazareth hace de esta actitud de los que critican con fervor es clara y definitoria. Ellos han quedado atrapados en un inflexible código moral que les impide el éxodo, es decir, la conversión. Ellos no se atreven a dar un paso que no esté previamente codificado y normatizado.

Ellos mantienen una postura diametralmente opuesta al Reino que inaugura ese Cristo de la mesa compartida, pues entienden que deben cumplir con numerosos y específicos rituales con el fin de purificar sus almas y acceder a la bendición divina, una bendición que se puede adquirir de acuerdo a la tabulación virtuosa que ellos mismos han instaurado.


Pero es un tiempo nuevo y asombroso, el tiempo de la Gracia, y todo se decide en lo que Dios hace en nosotros y por nosotros, sin condiciones previas y a pura bondad y no por las cosas que creemos hacer en su nombre.
Se trata de permitir que Él nos vaya moldeando y purificando.

Paz y Bien

La caridad es concreta, cordial, sanguínea

















Para el día de hoy (10/02/20)  

Evangelio según San Marcos 6, 53-56 







Para un observador objetivo y desconectado afectivamente, la escena descripta por el Evangelista Marcos es pasmosa: multitudes de gentes que se encaminan presurosos hacia donde Jesús ha desembarcado con los discípulos, a orillas del lago Genesaret.

Llegan de toda la región, y todos traen consigo a sus enfermos. Algunos, sostenidos a duras penas entre dos, con pasos vacilantes. Otros aupados el trecho que se pueda. Los más, en camillas que son muy distintas a las que conocemos hoy, de caño, metal y ruedas. Se trata de angarillas hechas con ramas y maderas, y en muchos casos de las mantas sucias en donde el enfermo languidece, portando al doliente por parientes y amigos que se esfuerzan llevando una punta cada uno para llegar donde está Cristo, que es salud y liberación, que a nadie rechaza, que a nadie niega su bendición y su bondad.

Y la situación se repite por cada aldea, pueblo y ciudad por donde el Maestro pasa. Es como si el mundo fuera un desierto agobiante y el paso redentor de Cristo una ansiada lluvia bienhechora que rehace y restituye la vida.

Nos bastaría contemplar la fé de esas gentes, aunque sea imperfecta, y es iluminador redescubrir cada día a ese Cristo que sólo hace el bien, que a nadie rechaza.

Sólo agregaremos una humilde mención a esas esforzadas personas que llevaban a tantos quebrantados por la enfermedad y por la exclusión religiosa, la impureza cultual. La caridad no es una abstracción que se absorbe de modo académico. La caridad es concreta, cordial, sanguínea. La caridad cristiana, rostro definitivo de la misión, es llevar a todos a la presencia redentora del Señor, y muy especialmente y ante todo a los que están caídos, olvidados a un lado de la vida, descartados de la existencia, en camillas de fraternidad, de compasión, que son fuertes y resistentes pues están tejidas de eternidad.

Paz y Bien

Humildes y tenaces como la sal y la luz


















Domingo 5º durante el año

Para el día de hoy (09/02/20) 

Evangelio según San Mateo 5, 13-16







Las parábolas que hoy nos ofrece la Palabra se ubican a inmediata continuación de las Bienaventuranzas, del Sermón del Monte, y es en ese contexto en el que adquieren pleno sentido para sus destinatarios, la comunidad de creyentes, la Iglesia, todos y cada uno de nosotros.

En ese monte hay una nutrida multitud, y el gentío es variopinto: están los Doce, hay otros discípulos y seguidores, muchos curiosos sin compromiso, algunos herodianos, una buena cantidad de escribas y fariseos muy atentos a lo que Jesús de Nazareth haga o diga. Pero el Maestro pone un énfasis muy puntual en sus palabras, y al destacar a los discípulos por entre tanta gente los define, les otorga un carácter único, una identidad intrínsecamente ligada a la misión que les ha confiado y que es vivir llevando la Buena Noticia a todas partes.

A nosotros, mujeres y hombres modernos del siglo XXI, algunas dimensiones posiblemente se nos escapen; la sal y la luz en la Palestina del siglo I eran valiosísimas, a diferencia nuestra que o la conseguimos en prácticos envases y la utilizamos en consecuencia -a menos, es claro, que haya indicación médica en contrario- o bien es el producto usual de operar un interruptor.

Pero para aquella sociedad la sal y la luz eran claves.

La sal, en breves y mínimas pizcas brindaba sazón a los alimentos, es decir que éstos adquirían sabor y así las comidas, por humildes y sencillas que fueran, se disfrutaban. Pero también, al no haber refrigeradores ni conservadores, la sal era utilizada para conservar la carne fresca tal como se conoce en varios de nuestros países, charqui o charque. Entonces, la sal era el medio para evitar que la carne se pudra y corrompa, se mantenga fresca.

Por otra parte, el aceite de las lámparas para iluminar en la noche los hogares era carísimo, y no era algo que la mayoría de las familias compraría y usaría a granel, pues las velas se reservaban para el culto y eran aún más onerosas. Así entonces, la única lámpara familiar, al caer la tarde, se colocaba en lo alto de la habitación para que la luz proyectada alcanzara la mayor superficie posible.

En estos dos símbolos Jesús nos revela un misterio profundo, y es que a pesar de que somos pequeños somos muy importantes, todos nosotros, a los ojos bondadosos de Dios.

En la sintonía eterna del Reino, es misión fraterna el hacer que esta vida tenga sabor, que dé gusto ser vivida con un sentido que rumbee a un horizonte cierto. Y también, proteger la existencia de toda corrupción que nos vaya carcomiendo y degradando los días.
Es por ello corazón mismo de la Iglesia volverse prisma, cristal que no tiene luz propia sino que proyecta a todos los sitios la luz de Dios, la Palabra, que no le pertenece pero que le ha sido confiada, para que no haya más tinieblas ni sombras de muerte.

En estos andares, nos queda saber si somos capaces de aceptar este mandato que es invitación asombrosa, pues pocos méritos -o ninguno- tenemos para prolongar a través de los tiempos el ministerio mismo de Cristo.

Paz y Bien

Todo a la presencia del Señor















Para el día de hoy (08/02/20) 

Evangelio según San Marcos 6, 30-34









Los Doce habían regresado de la misión que el Maestro les había encomendado: habían hecho todo lo que Él les había mandado, sanado enfermos, enseñado las cosas de Dios. Será la primera vez que el Evangelista los llama apóstoles, es decir, enviados, que tienen la misma estatura ética y autoridad por Aquél que los ha enviado, y nó por mérito propio.

Es claro que regresan muy cansados: es algo nuevo para ellos, y la empatía con las gentes -tantos dolientes, tantos excluidos, tantos agobiados de miseria- les pasa factura. La compasión es asumir en el corazón y en los huesos el dolor del otro, que no es una abstracción romántica y agradable, es santamente concreta.
Es muy necesario el descanso, restablecerse, rehacerse de sentido, reponer fuerzas. Con gran veracidad, san Vicente de Paul observaba acerca de la necesidad de cuidar la salud, pues es trampa del Maligno engañar a las almas dedicadas a que hagan más de lo que pueden, y acaso así lleguen a una instancia de no poder hacer nada por querer hacer todo.

El Maestro lo sabe, conoce bien las necesidades y debilidades de los suyos. De los Doce, las tuyas, las mías, las nuestras, y se preocupa y ocupa, y es necesario prestar atención.

Es de imaginar la situación que se les planteaba: esos hombres agotados, de repente se encuentran rodeados por una multitud que busca a Cristo por todas partes, con confianza a veces, con desesperación muchos más. No tienen un segundo de calma ni pueden comer, y sucede -fruto de la extenuación- que no siempre campea la paciencia frente a instancias tan extremas.

Pero Cristo tiene una disponibilidad extraordinaria. Lo conmueve y moviliza el padecer de esa multitud a la deriva, ovejas perdidas sin pastor que las proteja, que las reconozca, que se ocupe de ellas.

No hay hora, ni momento ni circunstancia alguna que sea inconveniente para acudir a Él. Con nuestras necesidades, con mochilas de miserias, con tantos dolores, con todo lo que hay que llevar a su presencia.
En todo momento y en todo lugar, Él está siempre atento y dispuesto a la escucha y al auxilio, y allí está nuestro refugio y nuestra esperanza.

Paz y Bien

En la mesa de todos los Herodes, la vida de los inocentes e indefensos se decide cual caprichoso juego de azar















Para el día de hoy (07/02/20):  


Evangelio según San Marcos 6, 14-29 







Algunos datos históricos que pueden enriquecer nuestra reflexión acerca de la Palabra para el día de hoy.

Herodes Antipas era uno de los siete hijos que había tenido Herodes el Grande, quien gobernó lo que hoy conocemos como Palestina e Israel en los albores del siglo I, el mismo que intentó matar a Jesús recién nacido, provocando la matanza de los niños belenitas, el mismo que por su violencia impulsa al exilio a María y José de Nazareth junto al Niño.

Herodes el Grande había tenido una influencia notable, y entre sus logros se cuenta la reconstrucción esplendorosa del Templo de Jerusalem, la edificación de portentosas ciudades y una relativa calma y prosperidad en todos los territorios que dominaba con el auxilio del ocupante romano. Sin embargo, por su origen idumeo -de Edom- y su formación helénica no era considerado judío por sus paisanos y, por lo tanto, un usurpador del trono de Israel. 
Era un hombre poderoso que usualmente se valía de la violencia mortal como acción política; además, era terriblemente paranoico, al punto de presumir conspiraciones por doquier; así supuso que algunos de sus hijos buscaban socavar su trono, y sin vacilaciones les quita la vida. A la vez, se genera un árbol familiar harto complejo, pues algunos de los hijos sobrevivientes contraen matrimonio entre sí.
Los sobrevivientes varones eran Herodes Antipas, Herodes Arquelao y Herodes Filipos o Felipe, mientras que la mujer se llamaba Herodías, todos ellos medio hermanos entre sí pues provenían de diferentes esposas de Herodes el Grande. 
Herodías contrae nupcias con Herodes Filipos, y posteriormente, ella se casará con Herodes Antipas.

Herodes Antipas lleva la misma sangre violenta de su padre. Pero sin embargo no es un rey propiamente dicho, apenas es un gobernador vasallo de Galilea y la Perea, un poder que ejerce delegado por el opresor romano. Más aún, su designación como tetrarca -gobernante de un tercio- se corresponde con los deseos de uno de los hombres de confianza del César. Pero el Evangelista Marcos lo menta como "rey Herodes", y hay en esa denominación una sutil burla e ironía a un hombre que depende por entero del opresor, y que toma sus decisiones a partir de los caprichos de dos mujeres y del que dirán de los notables.

Juan el Bautista, en su integridad, no se callaba nunca. Y en los llamados a abandonar toda corrupción, gritaba en los rostros de Antipas y de Herodías que su matrimonio no era lícito ni era moral. Para el último de los profetas judíos, lo que es contrario a la Torah es opuesto a la voluntad de Dios, y aquí Herodes se encuentra en un flagrante quebranto. Aún así, el rencor mas virulento proviene de Herodías.
Herodes, a pesar de todo, le tiene cierta estima al Bautista y, porque nó, cierto temor reverencial.

Suele suceder. Los poderosos gustan rodearse de adulones y aplaudidores que jamás -por ningún motivo- los contradigan, y cuando una voz así, tan clara como la del Bautista, resuena en su espléndida discordancia, a pesar de la molestia es recibida como aire puro. Tal vez, sólo tal vez, para protegerlo de los celosos embates del odio de su esposa, es que manda encarcelar a Juan. 
Pero todo remite al poder, siempre es el poder, y Juan -de creciente influencia, con un pueblo cada vez más dispuesto a escucharle- se había vuelto peligroso.

El destino de un hombre inocente se decide en una mesa cruel, nefasta, oscura, detrás de una danza seductora y en pos de caprichos e imágenes públicas que sostener, y Herodes queda prisionero de sus torpes palabras. Hasta promete lo que no puede prometer: la mitad de su reino es nada, pues todo es territorio soberano de Roma.

La voracidad paranoica de Herodes el Grande se expresa de manera supersticiosa en Antipas. Cree que ese rabbí galileo cuyo renombre comienza a extenderse es Juan redivivo, resucitado. Cuando no hay espacio para la justicias, toda fabulación torna con una pátina de razonable validez.

Se trata de un rey falaz, y de una mesa para unos pocos poderosos, en donde la vida de los inocentes e indefensos se decide cual caprichoso juego de azar.

Pero ese Cristo por el que Herodes comienza a interesarse aviesamente y a preocuparse, es un rey extraño pero un rey verdadero. Un rey que no impondrá victorias gloriosas, sino que sentará su realeza nó en los palacios, sino en las honduras de los corazones capaces de amar como Él amaba. Y su mesa será la de sus amigos, una mesa grande, una mesa en donde todos son importantes, en donde se sientan las hermanas y los hermanos, y muy especialmente, aquellos a los que nadie invita a compartir el pan, una mesa en donde la vida se celebra y se acrecienta.

Paz y Bien

La gratuidad buena y nueva del mensaje que anunciamos












Para el día de hoy (06/02/20)  

Evangelio según San Marcos 6, 7-13 







La Palabra de Dios es Palabra de Vida y Palabra Viva. 

La Palabra actúa y nos transforma misteriosamente; sin embargo, la reflexión como una rumia humilde y tenaz nos hace ahondar en su mar sin orillas, sumergiéndonos en la infinitud. Así entonces todo aquello que nos sirva para ubicarnos en el tiempo de la predicación del maestro, todos los elementos que nos ayuden en esa reflexión, bienvenidos y benditos sean.

En Medio Oriente por las secas condiciones geográficas y climáticas era y es usual que persistentes capas de polvo se adhirieran a las ropas, al rostro, a las manos y especialmente a los pies, toda vez que el calzado usual era sandalias compuestas por una suela basta con tiras para adherirse a las extremidades.
Así, al llegar al hogar era menester higienizarse: más aún, la limpieza de los pies al recién llegado era un gesto de hospitalidad y cortesía impostergable, que en general lo realizaban los servidores menores de la casa o los esclavos, por eso también el escándalo que supuso para los discípulos que el Maestro lavase sus pies en la Última Cena.

Para un pueblo como el de Israel, tan firme en sus tradiciones pero a su vez con una historia tan dura, el plano simbólico es decisivo, muy fuerte pues es allí en donde se reafirma su identidad frente a los peligros de la disolución por las invasiones extranjeras. Por ello, todo varón judío que regresara de tierras gentiles -extranjeras-, apenas cruzaba la frontera se sacudía el polvo de sus pies para no contaminar la Tierra Santa con polvo foráneo. Hecharse cenizas o polvo en la cabeza significaba, gestualmente, un signo de duelo y de contrición por los pecados cometidos.

Pero volvamos a la acción de sacudirse el polvo de los pies: significa dejar atrás lo extraño, lo ajeno, lo que no pertenece y librarlo al juicio de Dios.

Esas instrucciones de austeridad y confianza que Jesús de Nazareth les encomienda a los Doce tienen que ver con ello. Cuando son rechazados, el símbolo del polvo que se quita de los pies en el sitio de la negación implica, en parte, que esas gentes que rechazan la Buena Noticia se quedarán con lo que han elegido, y no será tarea de los misioneros su juicio o su crítica, porque ello es prerrogativa de Dios.

Pero estamos en tiempo de la Gracia.

Quitarse el polvo de los pies no es aviso de castigo, significa también la gratuidad absoluta del mensaje bueno y nuevo que se anuncia: los auténticos misioneros no tienen otro interés que el de la fidelidad a la misión y al servicio, carecen de apetencias de poder y dinero, ni siquiera quieren llevarse, aunque sea al descuido, la tierra que se pega a sus pies, y se porta un tesoro incalculable en estas toscas vasijas de barro que somos, y es esa Salvación que se proclama lo único que importa.

Paz y Bien


Sólo por el camino de la fé es posible volver a reencontrarnos con Dios














Para el día de hoy (05/02/20):  

Evangelio según San Marcos 6, 1-6








Jesús había nacido en Belén de Judea pero se había criado y había crecido en Nazareth. De allí que se lo reconociera más por el lugar en donde estaban sus raíces -Jesús de Nazareth- que por el patronímico usual que solía utilizarse en su cultura, y que sería Jesús bar José, Jesús hijo de José. Quizás se deba a que en parte, somos lo que somos por donde se hallan nuestras raíces antes que por el lugar en donde se ha nacido, raíces familiares, raíces cordiales.

Él se largó a los caminos, fiel a su misión, en la plenitud de su ministerio de anunciar la Buena Noticia a todos los pueblos, a todas las gentes, comenzando por Israel. Su fama de rabbí sanador se expandía y trascendía las fronteras, de modo que en cada lugar donde llegaba lo esperaba una multitud ansiosa de salud y hambrienta de verdad y justicia.

Pero en esa ocasión Él había regresado a su querencia, a su patria chica acompañado de sus discípulos. Ya no es el mismo, claro que nó, es Maestro, es profeta, es un Dios que se expresa y revela entre los suyos.
Sin embargo, los suyos no le reciben, y cuando ejerce su derecho a enseñar en el culto sabatino en la sinagoga, se miran estupefactos. No puede ser. Ellos lo conocen bien: es el hijo del carpintero y María, pariente de unos cuantos -el clan tiene su duro peso-, lo han visto jugar de niño, crecer a la sombra de su padre en el trabajo, hacerse hombre.
De ningún modo existe la posibilidad de que Él hable con esa sabiduría nueva y extraña -quién se cree que es-, no hay forma de que por derecha pueda hacer las cosas que hace. Sigue hablando con la misma tonada galilea, campesina y sencilla, sigue siendo un hombre pobre que se ha negado a construir una familia como es costumbre, es el mismo de siempre, que no pretenda hacerse el portavoz de Dios.

En realidad, lo que sucede es mucho más profundo que un simple y tóxico prejuicio por parte de esas gentes.
Se trata de que Cristo les revela un Dios cercano, un Dios tan accesible que se hace presente en medio de ellos, un Dios que se hace ofrenda, un Dios incondicional en su amor y sus afectos -aún cuando se esfuercen en los méritos-, un Dios profundamente escondido en lo humano.
Pero ellos siguen aferrados a esa imagen de un Dios distante, terrible y a la vez inaccesible, al que a la vez puede torcerse su favor mediante la observancia estricta de los preceptos. En esas estrategias retributivas, la misericordia no tiene lugar.

Sólo por el camino de la fé -don y misterio- es posible volver a reencontrarnos con ese Dios que siempre está de regreso, amigo y pariente fiel que nos visita en nuestra cotidianeidad. Y que tan a menudo se expresa por profetas de barrio y profetisas sencillas y humildes que la Iglesia nos florece, y que la misma Iglesia tristemente suele acallar.

Quiera Dios que nos podamos felizmente reencontrar con ese Dios carpintero que nos talle el corazón como mesa grande para los hermanos, cuna para nuestros hijos, cruz de la vida que se ofrece.

Paz y Bien

Talita Kum, vencer todas las muertes




















Para el día de hoy (04/02/20):  

Evangelio según San Marcos 5, 21-43









La lectura que nos ofrece la liturgia para el día de hoy nos sitúa en tierras judías nuevamente: Jesús ha regresado de la otra orilla del lago Tiberiades, ha llevado la Buena Noticia al área de la Decápolis, tierra contaminada por extranjeros, mirada siempre con la sospecha de la peligrosa heterodoxia y la impureza cultual, como si allí la bendición de Dios estuviera restringida.
La frontera es mucho más que una línea en el mapa o puestos divisorios aduaneros: la frontera es ante todo causada por la dureza cordial de quienes, desde la misma Palabra de Dios, han decidido benditos unos, malditos los otros, propios algunos, ajenos otros tantos.
Se trata, especialmente, de una geografía teológica o espiritual en donde Cristo se mueve con una libertad asombrosa. No terminamos de comprender que nuestros límites no se le imponen, porque la Salvación se ofrece a todas las gentes, a todos los pueblos.

Al Maestro lo sigue una abigarrada multitud. Su fama de taumaturgo lo precede y es creciente. Lo masivo no necesariamente es prolífico, o favorable. Quizás aquí debamos inclinarnos por una tendencia negativa en la redacción de San Marcos, pues afirma que esa masa de gente lo apretaba por todos lados: en la multitud los rostros se desdibujan, y tal vez allí haya una mezcla de intereses individuales junto a la tendencia del personaje de moda. Pero allí, a pesar de la cercanía física, el Maestro se encuentra solo a pesar de tanta gente.
Con todo, Jesús de Nazareth tiene una mirada profundísima, la capacidad de reconocer personas y situaciones aún inmerso en esos mares de gentes que se arraciman a su alrededor.

Así sus ojos descubren a Jairo. La escena es, cuanto menos, asombrosa: es el jefe de la sinagoga, principal dentro de la estructura laica de la sinagoga y muy relevante en cuanto a las decisiones y opiniones. Por su propio ministerio, Jesús está sometido a un constante hostigamiento por escribas y por fariseos, la corriente religiosa que domina el sistema sinagogal. Por lo tanto, Jairo es un enemigo y un censor empecinado del Maestro.
Sin embargo, antes que fariseo, que jefe, que personalidad es un padre cuya hija agoniza, una niña que apenas se está asomando y cuya vida está a punto de ser cercenada sin piedad ni aviso. Todo lo que sostiene su existencia, especialmente su sinagoga, no le comunica vida y salud, no trae respuestas, sólo obligaciones insostenibles. Pero en ese joven rabbí galileo hay una fuerza vital impresionante, una luz destellante de la que es muy difícil ocultarse.
Así Jairo, abandonando cualquier pretensión y presunciones del qué dirán, se postra a los pies del Maestro, y esa confianza se corresponde con el Cristo presuroso que se vá con Jairo al rescate de la niña.

Con una maestría literaria luminosa que nos estremece por la fuerza del Espíritu que la inspira, el Evangelista nos entreteje en pleno relato otra historia, otro viso de la misma capacidad de Cristo de descubrir rostros y personas en donde todos miran hacia otro lado.
El caso es igual de grave: se trata de una mujer que durante doce años sufre de hemorragias ginecológicas sin resolución. La medicina de la época no ha avanzado mucho y a menudo es encarnizada, y a todo ello la mujer ha gastado todos sus bienes cambiando de médicos que no cambian su estado de salud. Tras esas metrorragias la vida poco a poco se le escapa. Esa mujer no podrá tener hijos, ni tampoco estará posibilitada de tener intimidad física.
Pero lo más grave es lo que se le impone por una lectura literal de la Ley, una casuística tan erudita como tan carente de humanidad. Para la mentalidad religiosa de su tiempo, esa mujer es una impura cultual absoluta, y esa impureza se transmite a todo aquél que tome contacto con ella; por ello mismo, debe vivir aislada, sin contacto humano -ni siquiera familiar-, sin poder rezarle a su Dios en el Templo ni en la sinagoga, y con sólo unos pocos objetos que utilizará sólo ella. Parece como que la vida misma le está vedada, y debe someterse y resignarse a un duro designio de un Dios que la ha ubicado en ese nicho de soledad y desprecio.

Ella también confía en el Cristo que por allí pasa. Esa confianza la impulsa con un coraje descomunal a realizar lo impensado, es decir, a quebrantar su ostracismo y a tocar el borde del manto del Señor. Quizás en ella persista cierto pudor por su condición, y por ello es que se arrima por detrás.
De cualquier modo, el Maestro percibe lo que sucede: el símbolo de la fuerza que sale de Él significa que siempre la presencia de Cristo es sanación y liberación, fuerza pujante de la vida, y que toda su persona está volcada por entero a la atención de sus hermanas y hermanos. Todo lo percibe, en todo nos percibe, y esa mujer se salva por su fé porque esa fé es, ante todo, confiar en una persona antes que aferrarse a dogmas, preceptos creencias.

Mientras tanto, la hijita de Jairo agoniza mientras Jesús de Nazareth sigue su marcha hacia el hogar familiar. Pero el aviso del fallecimiento los interrumpe, tan habituados estamos a que las malas noticias corran veloces. En el mensaje se explicita también el abandono del Maestro, por cuestiones de fúnebre pragmatismos, pero a su vez de dejarse de molestar con ese nazareno revoltoso que empuja a hacer locuras.

Aún cuando todo parezca definitivo, cerrado, irresoluble, la invitación de Jesús surge con la mansa insolencia de los que confían y aman. Cuando en verdad se cree, los miedos retroceden y la vida se hace posible.
Allí donde parece gobernar el luto y el dolor, la voz de Cristo restituye la vida a la niña que ya no está muerta, sólo una vida que su tiempo ha adormecido. Despertarse es mandato de Dios, de un Dios que nos redime al son de Talitá kum, levantarse en humanidad, a la luz de la eternidad que nos florece.
Hay tres testigos con el Maestro, Pedro y los hijos de Zebedeo, señal también de que esa misión vital será misión de la Iglesia, despertando las almas derrumbadas de pena y doblegadas por tanta muerte.

Talitá kum para nuestra gente, Talitá kum para los que se han cansado de esperar, al menos, una noticia nueva y buena, Talitá kum para todos los pueblos.

Paz y Bien

Libres para la fé y la fraternidad


















Para el día de hoy (03/02/20):  


Evangelio según San Marcos 5, 1-20





Como en una perfecta sesión fotográfica, el Evangelista nos sitúa en la otra orilla del Mar de Galilea, en pleno territorio de la Decápolis, es decir, en donde bullen los extranjeros, los impuros, los profanos, todos los que no son hijos de Israel. La misión del Maestro no se acota a raza, cultura o a la misma religión.

La presencia romana en estas diez ciudades -Deca/diez polis/ciudades- es muy fuerte, en el plano militar, el económico, el cultural. Es una región en la que ha proliferado el comercio y los caminos, por lo que toda la zona es un gran cruce de caminos y culturas.
Allí mismo, en el pequeño pueblo de Gadara, desembarca Jesús con los suyos luego de una noche tormentosa de aguas encrespadas de miedo y falta de fé. Apenas echa pié a tierra, y una figura de espanto, que casi ni parece humana, le sale al cruce. Grita con furia animal, en el extravío de su mente cautiva. Los vecinos del lugar han tratado de encadenarlo para intentar aplacarlo por la fuerza, pero el mal que lo somete es muy fuerte, y se suelta de los grilletes y en completa soledad esparce sus doloridos gritos por el cementerio de la ciudad. Para un muerto en vida quizás no haya otro hogar más simbólico y exacto que la casa de los muertos.

Hemos de recordar que estamos en territorio pagano; aquí no priman las ideas de impureza que hubieran considerado al endemoniado como un impuro, producto directo de un pecado propio o de sus padres.
Sin embargo, lo que sucede es aún peor. Los paisanos se han acostumbrado a esa molesta presencia, y nadie quiere acercarse, y es la imagen de nuestro acostumbramiento a todo lo que oprime al hombre, de la resignación frente a lo que deshumaniza y que sabemos está mal, muy mal.
Son malditas costumbres que no alcanzamos a extirpar. Porque la única cura es la solidaridad.

El Maestro lo sabe, y no es solamente un hombre quien debe sanarse, pues son muchos los corazones enfermos.
Acontece el milagro del acercarse, de la bondad, de la compasión. Acontece la fraternidad, porque el primer paso de toda cura y liberación es hacerse hermano del que sufre. Y acontece el milagro de la salud, y por ello ese hombre irremisiblemente condenado al olvido es rescatado de su sufrimiento solitario, íntegro como un hombre capaz de vivir más que de sobrevivir.

Pareciera que el mal ocupa espacios vanos, y esas fuerzas negativas se posan en una piara de cerdos -símbolo antiguo de la impureza-, los que se arrojan al mar. Aún cuando una vida se ha salvado, y por ello mismo el mundo es mucho mejor, los vecinos están enojados, Han perdido una piara valiosa, y han puesto por delante el valor de su hacienda por sobre la vida del hombre.
No hay razones que alcancen ni argumentos suficientes que justifiquen todas las riquezas del mundo por sobre el valor de una vida.

Como el endemoniado geraseno, cautivo redimido y pleno, liberada su capacidad de ser feliz, nos iremos junto a los nuestros con la mejor de las noticias, y es precisamente ese amor entrañable de Dios para con todos y cada uno de nosotros, y que cada existencia es única, enormemente valiosa, irrepetible y que nunca -jamás- hemos de rendirnos frente al mal que agobia tantas vidas.

Paz y Bien

Presentación del Señor: Dios que acunamos en nuestros brazos















La Presentación del Señor

Para el día de hoy (02/02/20)  

Evangelio según San Lucas 2, 22-40







Hay veces en que es útil aproximarse a los relatos de los Evangelios no sólo desde la fé, sino también como si estuviéramos allí, espectadores presenciales de los hechos que acontecen.

Nos encontramos en el Templo de Jerusalem: es enorme y majestuoso, revestido de lujosas piedras, oro y lámparas votivas encendidas permanentemente. Hay mucho humo, producto de la grasa animal que se quema en los holocaustos ofrecidos por los sacerdotes en el altar, a lo que se añaden los vapores del incienso que sacraliza el ambiente. Un río caudaloso y constante de gentes que peregrinan completa la escena.

Perdidos entre el gentío y la enormidad de los recintos del Templo, una joven pareja llega a cumplir con ciertos preceptos de la fé de Israel. Llevan a un bebé muy pequeño en brazos. Son galileos a los que el acento los delata, y eso los hace aún más ínfimos entre la multitud, son campesinos pobres de una periferia menor e irrelevante. La verdad es que son prácticamente invisibles.

Aún galileos, aún humildes, son fieles hijos de su pueblo y sus tradiciones. Judíos hasta los huesos, se llegan al Templo en el momento exacto de la Ley de Moisés para dos rituales: la purificación de la parturienta y el rescate del primogénito. La ofrenda a pagar es la de los pobres -no tienen más-.

Gente extraña.

La más pura acude a purificarse del parto.
Aquél que viene a rescatar a la humanidad de todas sus opresiones es rescatado por su enorme padre carpintero José de Nazareth.

Así Dios se acerca a nuestras existencias, humilde, pobre y débil, y es menester tener una mirada de fé para advertirlo pues está allí. Sólo debemos volvernos capaces de verle.

Tiempo extraño.
Es una familia reciente de tres, pero que ya comienza a ampliarse por lazos mucho más profundos y perdurables que los de la sangre. Ese joven matrimonio advierte que su bebé tiene dos abuelos magníficos que lo esperan sin desmayos, todo el tiempo que haga falta.
Allí hay un símbolo escondido, pues para el derecho judío eran necesarios dos testigos que refrendaran la veracidad de un testimonio. Y allí están los dos testigos fieles, pues allí está la verdad.

Se trata de dos ancianos. Lo usual es clasificarlos como candidatos inminentes a la muerte, y sin embargo ellos están más vivos que todas esas gentes que miran sin ver y que no se detienen. Son dos almas indómitas que no se resignan, y que se sostienen a través de los años por la fé, por la esperanza, por la oración.

El abuelo Simeón siente que su alma reposa en ese bebé que se adormece en sus brazos viejos y jóvenes a la vez, porque ese niño es el arribo feliz del viaje de sus esperanzas nunca derribadas ni truncas.
La abuela Ana es una abuela orgullosa que cuenta a todos los que se atrevan a escucharle que es el tiempo exacto, el tiempo propicio de la Redención. En ese nieto de su corazón, que es de sus padres y de todos los que lo acepten, está el rescate tan esperado.

No hay que aflojarle a la esperanza. No podemos dejar de escuchar con atención a nuestros viejos, a nuestros abuelos. Su vida con nosotros es un tiempo agraciado, un regalo invaluable, y su fé es una música perfecta que nos acuna todas las angustias.

Allí en el Templo de Jerusalem se nos revela a un Dios que es familia, un Padre que nos ama, una Madre que nos cuida, un Hijo que nos salva y que se hace, merced a un amor insondable -misterio tan grande que no se puede contener en palabras- hermano, Maestro, Señor, hijo querido, Dios que acunamos en nuestros brazos.

Paz y Bien

A Cristo todas las tempestades le obedecen











Para el día de hoy (01/02/20): 

Evangelio según San Marcos 4, 35-41








El mar de Galilea se encuentra en un valle -por debajo del nivel del mar- rodeado por montañas y peñascos, es decir, en una especie de olla natural, por lo que es usual que fuertes vientos agiten sus aguas de manera inesperada, violentos aluviones que encrespan las aguas normalmente tranquilas.

Varios de los discípulos de Jesús de Nazareth eran pescadores de profesión, es decir, eximios navegantes y expertos conocedores de esas aguas. Las investigaciones arqueológicas más recientes indican que las barcas de pesca de aquel entonces medían, aproximadamente, ocho metros de largo por dos metros de ancho y un calado de algo más de un metro: no es difícil imaginarse dentro de una barca así, tan pequeña y llena de gente, que se moverá principalmente por el viento, haciendo a menudo infructuosos los esfuerzos con los remos.
Y no es tampoco difícil representarse la situación de esos hombres, aún con su experiencia, a los bandazos incontrolables en un espacio pequeño que parece achicarse más por la fiereza del viento que parece querer engullirse la pequeña barca.

La escena remite a un peligro inmediato, tangible, efectivo, y quizás tenga una carga de imágenes arquetípicas a nivel inconsciente, las aguas turbulentas como un monstruo al que no se puede dominar ni contener, la desprotección total y azarosa.
Pero esos hombres no son hombres comunes, citadinos, son pescadores expertos. Para ellos a menudo el viento es una bendición que los hace navegar de orilla a orilla y al centro del lago en donde la pesca es más efectiva. En este caso, perciben al viento como un vector de muerte.

A veces, a causa de lo limitados que somos, percibimos las tempestades de la existencia tanto como un regalo de Dios como también una maldición. Y quizás sólo se trate de viento, y de que esta barca que somos es muy frágil.

El Cristo adormecido en el lugar del timonel es una imagen profundamente humana, un Cristo cansado por los trajines incesantes que como cualquier otro necesita reposo.
Pero para esos hombres -apresados por el miedo- más que un amigo cansado, les parece un Mesías indiferente. En las tormentas que nos suelen acaecer solemos preferir la queja antes que la confianza, una Iglesia que se somete a los zarandeos de los temporales históricos pero que no se afirma en el poder del amor de su Dios, y que cuando reniega cree perecer.

Porque como una imagen indeleble, esos hombres eran profundamente religiosos, y persistía en ellos el Creador que ordena el caos de las aguas primordiales, un acto infinito de autoridad y creación.
Así entonces, la transición del caos al cosmos se refleja en ese Cristo al que las aguas encrespadas obedecen, y por eso no salen de su asombro: las tempestades calmadas son una teofanía, una manifestación de Dios en el Mesías.

Más aún: a ese Cristo todas las tempestades le obedecen. Cuando nos exiliamos de la queja y arribamos a la tierra santa de la plegaria, tierra sin mal de la Gracia, ese Dios que se nos antojaba dormido o esquivo se nos despierta, haciendo que todo se vuelva a encauzar en la calma de Su presencia.
Hay que seguir confiando.

Paz y Bien

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