Mesa de Cristo, mesa de misericordia y celebración de la vida

























Sábado de Ceniza

Para el día de hoy (09/03/19): 

Evangelio según San Lucas 5, 27-32







Un publicano era un hijo de Israel, un judío que recaudaba impuestos para el ocupante imperial romano. Por las severas normas de pureza/impureza ritual, al estar vinculado de continuo con extranjeros paganos y con sus monedas, era un impuro insalvable, incapacitado para el culto religioso pero también para la vida comunitaria.

A menudo, en las mesas en donde recaudaban los tributos, solían ejercer prácticas extorsivas y corruptas, es decir, cobraban de más en propio beneficio y en detrimento de los pobres y es claro que no tenían mucha oposición, pues las legiones estacionadas en la zona eran garantía de cobro. El no pago de los tributos imperiales era delito de sedición castigado con la pena capital.

Para el sanguíneo nacionalismo judío, un publicano -además de su condición de impuro- era fervorosamente odiado por extorsionar al pueblo, pero muy especialmente por ser un traidor. Por ello sólo tenían vínculos sociales curiosamente endógenos, o sea, se podía vincular a otros publicanos.
Sus paisanos los colocaban en un escalón moral muy por debajo de las prostitutas.

Leví está sentado a su mesa, mesa del cobro del fruto del trabajo de muchos para sostener al imperio opresor, mesa en donde se explota al débil, mesa de la complicidad con el poderoso. Mesa de muerte.
Pero pasa el Maestro, y la presencia de Cristo en la existencia del publicano todo lo transforma.
Precisamente, a quien nadie habla, a quien todos desprecian, a ese Leví acotado a su mundo miserable, a él Cristo lo mira y lo invita a seguirle.

Seguirle es mucho más que ir en una misma dirección, seguirle es compartir vida y caminos, escuchar atentamente su Palabra, permitir que el Reino sea.
Una gran alegría, que Leví sabe inmerecida, ha acontecido en su vida y lo celebra.

Todo ha cambiado, y la mesa de la mezquindad será ahora una mesa de celebración, un banquete que festeja la misericordia de Dios.

Ese Cristo se pone definitivamente de lado de los excluidos, de los que nadie -aún con las mejores razones- aceptaría ni convidaría una cena. Pero es tiempo de rescate, de búsqueda incansable de los enfermos, de los agobiados por ese dolor mayor que llamamos pecado.

Quiera Dios que en nuestras mesas también se celebre la vida, se celebre el paso salvador y misericordioso de Dios por nuestras vidas, y que nadie se quede afuera, que siempre haya lugar para uno más.

Paz y Bien


El primer ayuno: la compasión, el socorro, la misericordia














Viernes de Ceniza

Para el día de hoy (08/03/19): 

Evangelio según San Mateo 9, 14-15










En la mayoría de las religiones podemos encontrar la práctica del ayuno, usualmente modo devocional de dominar el cuerpo y las pasiones e internarse por caminos espirituales, y la religiosidad semítica no era ajena a ello.
Los fariseos ayunaban con frecuencia bajo criterios piadosos y catárticos, es decir, criterios de purificación por los pecados cometidos, ascetismo severo que con el tiempo se convirtió en un fin en sí mismo y no en la oblación humilde de un corazón contrito que busca agradar a Dios, que ansía reconciliarse y suplica perdón. Esa absolutización, necesariamente, implicaba también una exterioridad magnificada, pues el ayunante se mostraba visiblemente como tal, en busca también del reconocimiento ajeno como hombre piadoso y observante de los preceptos.

Luego de la muerte del Bautista, los discípulos de éste -a pesar de toda su prédica- han vuelto a las viejas costumbres, asimilando nuevamente las antiguas prácticas fariseas. De allí la extrañeza que le plantean al Maestro, pues algunos de ellos habían seguido a Jesús, se habían convertido en sus discípulos.

La respuesta del Maestro es novedosa y muy inteligente. No expresa una alternativa más, pues Él mismo ayunaba -lo hizo durante cuarenta días en el desierto-, sino que quiere enseñarles que ha comenzado un tiempo nuevo, un tiempo santo, y que es menester encontrar el verdadero sentido de las cosas, de todas las acciones.
En este tiempo mesiánico, los legalismos religiosos, la fé jurídica debe hacerse pasado, pues el Reino está muy cerca, tan cerca que la presencia del Mesías todo lo resignifica desde la Gracia, desde la alegría de la Salvación, desde la esencia misma de Dios que es el amor.

Por eso el primer ayuno, el ayuno agradable a Dios son la compasión, el socorro, la misericordia, pues es Dios quien purifica por su infinita bondad, y nó las acciones tabuladas que pretendamos emprender como acciones automáticas para adquirir el favor divino.

Paz y Bien

Cruz de fidelidad, cruz de cada día

















Jueves de Ceniza

Para el día de hoy (07/03/19): 

Evangelio según San Lucas 9, 22-25









La lectura de hoy nos presenta en una lontananza no tan distante los hechos terribles y santos a la vez de la Pasión del Señor.

Se trata de una identidad única, la de discípulos y seguidores de Jesús de Nazareth, nuestro hermano y Señor. Su enseñanza no se acota a revelar la trascendencia y escatología de sus propios padecimientos, sino a advertir a los suyos acerca de los fundamentos de la vida cristiana, es decir, de seguir fielmente sus pasos.

No se trata aquí de una necesidad en un sentido fatalista. El Padre no es un monstruo cruel al que le place el sufrimiento de su propio Hijo o de cualquiera de sus hijas e hijos. Pero la fidelidad de Cristo hasta el final, el amor a su Padre y a sus hermanos lo llevará a asumir en su ser todas las miserias y dolores que imponen aquellos que se autoproclaman poseedores absolutos de la verdad y con derecho a decidir sobre la vida de los otros.

Es menester tener en cuenta que la crucifixión era la pena capital impuesta por el imperio romano para los criminales más abyectos, para los subversivos irrecuperables. Al crucificado se lo torturaba previamente con concienzuda y eficaz técnica, y luego se le exhibía durante horas de cruel agonía, como advertencia disuasoria para aquellos que pretendieran seguir por la misma vía.
Pero para la religiosidad de Israel, un crucificado es un maldito.

Así entonces el Maestro señala que el discipulado -seguir sus pasos- no admite medias tintas, ni es tampoco una alternativa más del vasto menú mundano de opciones existenciales. El seguimiento es radical, absoluto, total en plena libertad surgida de la verdad y del amor de Dios, en la urgencia impostergable del perdón, de la misericordia, de la justicia, de la paz, del servicio. De los obreros felices del Reino de Dios.

Por todo eso cargar la cruz cotidiana no es solamente soportar a diario lo gravoso de la existencia, las miserias propias o lo que nos imponen con cierto grado de resignación. Cargar la cruz es ser considerado un criminal, un abyecto subversivo, un maldito irredimible a causa del amor a Dios y el servicio a los hermanos. Humildemente hacerse el último para que aquellos que están al final de todo -descartados por el mundo- puedan dar un paso adelante.

Se gana lo que se ofrenda, se pierde lo que no se dá. En la ilógica del Reino, vida que se ofrece es vida que crece y se expande para mayor gloria de Dios.

La fidelidad no quedará en opacas intenciones, sino que será ratificada en la Resurrección, el compromiso definitivo de ese Dios por el que la vida perdura más allá de la muerte.

Paz y Bien

Cuaresma: tiempo santo de restauración














Miércoles de Ceniza 

Para el día de hoy (06/03/19):  

Evangelio según San Mateo 6, 1-6.16-18











Hoy es Miércoles de Ceniza.

Habrá señales de cruz cenicienta en la frente, signos de la que se porta con humilde y amoroso orgullo en el corazón. Porque se trata del camino de la cruz entendida y asumida en los huesos como el amor mayor, a pesar del horror, a pesar de la muerte.

Ciertas costumbres religiosas persisten, la del rictus amargo, la del duelo perpetuo, la de crespones negros. Más Cuaresma no se trata de luto ni de regodearse en penas, sino de sumergirse en el misterio profundo de la vida y el ministerio de Jesús de Nazareth. Morir en su muerte y asumir con esperanza definitiva su Resurrección. Desalojar del corazón lo que es vano para que sólo lo habite Dios, purificarse de todas las miserias en las que solemos abandonarnos.

Limosna, oración y ayuno nos propone la Iglesia como madre cuidadosa de todos sus hijas e hijos.

La limosna que es mucho más que la acción benefactora prescrita, de algo de dinero para calmar la conciencia propia antes que la necesidad del otro. La limosna es darse a sí mismo, y por ello compartir lo que se tiene con el necesitado, una afirmación profética de una justicia que suele estar a contramano de los intereses mundanos pues se reviste de generosidad y de incondicionalidad.

La oración que es respuesta al susurro de ese Espíritu que nos hace decir Abbá, que nos hace reconocer a Dios como Padre, que nos ubica en la sintonía eterna de la Gracia de Dios, que nos ahonda en el misterio fecundo del amor, tan imprescindible que sin oración -aún cuando la biología diga otra cosa- perecemos.

El ayuno que no es ritual de ciertos días y excepción de ciertos alimentos puntuales, sino la privación propia para que el sustento no falte, al menos, en el plato de un hermano, sonrisa de Dios cuando acontece el milagro del compartir.

Cuaresma es tiempo ofrecido para el regreso a Dios, y por eso mismo regreso al hermano, tiempo santo de perdón y reencuentro.

Cuaresma es una bendición.

Paz y Bien


Sólo en Cristo está nuestra verdadera riqueza















Para el día de hoy (05/03/19):  

Evangelio según San Marcos 10, 28-31









En ciertas estratos sociales opulentos, y también en países en donde no se pasa necesidad, es fácilmente verificable el materialismo especialmente en su faz dilettante de consumismo, que literalmente consume la vida pero nunca consuma la existencia. Es claro que esta cuestión no ha de acotarse exclusivamente a un ámbito de análisis socioeconómico, pues su raíz es eminentemente cordial: la verdadera riqueza está donde se pone el corazón, o mejor aún, que es lo que ocupa el corazón, el Espíritu de Dios, las cosas o, en su extremo, el dinero.

Pero hay cierto materialismo más sinuoso, quizás no tan tosco ni directo, que es el de brindar respuestas y explicaciones a las preguntas últimas -y primeras- de la existencia a través de la ciencia y la tecnología. 
En cada ser humano hay una profunda sed de Dios, una angustiante necesidad de trascender aún cuando ello no se reconozca, y se razone mediante lógicas ajenas al espíritu. Hay cosas fundamentales que no pasan primero por la razón, sino por el co-razón.

Así entonces, desde esa perspectiva la promesa de Jesús de Nazareth de recibir el ciento por uno como premio o recompensa se limitará a un cálculo puntual sin arriesgarse a ingresar en la asombrosa dinámica de la Gracia y del infinito e incondicional amor de Dios, y todo desprendimiento se razonará desde perspectivas pseudomodernas de costo/beneficio o bien desde criterios psicologistas.

Es menester dejar atrás todos los materialismos, aquellos producto de la abundancia o aquellos que surgen a golpes de necesidad. Atrevernos, confiados, a dejar atrás todo aquello que nos aplasta esperanzas y nos come trascendencia, corazones que se vacíen de lo superfluo y se enriquezcan por Aquél que quiere hacer morada en esto que somos, corazones amplios para contener hermanos, amigos y enemigos´.

Sólo en Cristo está nuestra verdadera riqueza, la alegría, la vida eterna.

Paz y Bien

La Salvación, don de amor incondicional de Dios

















Para el día de hoy (04/03/19):  

Evangelio según San Marcos 10, 17-27








Como un sendero manso, el Evangelio puede compendiarse rastreando con devoción las miradas del Señor, la mirada amorosa e incondicional de Dios que nos busca, nos encuentra, nos identifica, nos redescubre, nos sueña en lo que somos, nos ama a pesar de lo que fuimos y por lo que podemos llegar a ser.

La lectura para este día también habla de una mirada.

Todo acontece en marcha, quizás señal tácita de un Cristo que es camino, verdad y vida. 
El hombre que sale a su encuentro tiene una actitud muy distinta a la habitual que suele plantearle escribas y fariseos, que se plantan desafiantes, ofensivos, brutales y soberbios. En él hay cierta angustia existencial que lo urge -viene corriendo-, y le muestra reconocimiento como Maestro y un respeto infrecuente echándose a sus pies.

El nudo de su angustia es el más allá, la vida postrera. En su propia expresión podemos reconocer cierta postura, pues inquiere como heredar la vida eterna: como poseedor de numerosos bienes, seguramente conoce bien los vericuetos legales referentes a las herencias. Sin embargo, expresa también una mentalidad antigua por la cual la salvación se gana realizando determinadas acciones piadosas y llevando una vida virtuosa. Todo ello, es claro, está muy bien pero no contempla la asombrosa dimensión de la Gracia, don y misterio del amor de Dios.

Aún así, el Maestro lo guía paso a paso por la historia de fé de su pueblo, lo hace ahondar en su propia identidad, reconocer sus huellas por la Ley que Dios brindó a su pueblo para la libertad. No hay allí ninguna doctrina esotérica que se revele a unos pocos iniciados, sino en verdad el modo santo de relacionarse con Dios y con el prójimo. 
Ese hombre había cumplido al pié de la letra con todos los mandamientos desde su juventud, pero le falta todavía dar un paso, realizar un éxodo definitivo, desprenderse de sus bienes y dárselo a los pobres. Soltar el lastre que lo ata y elevarse allí donde se acumulan los tesoros verdaderos, tesoros definitivos de la caridad.

Frente a ello, el hombre se entristece pues tiene muchos bienes. Dejar atrás las falsas seguridades duele, nos quita los confortables puntos de apoyo en los que nos solemos acomodar. 
La Salvación no se adquiere, la Salvación es don de Dios que nos llega por el sacrificio y la resurrección de Cristo, misterio del amor infinito e incondicional de ese Cristo que nos mira y nos busca aún cuando nos empecinamos en aferrarnos a las cosas y a los esquemas, aún cuando recostamos el corazón en cualquier lado menos en Dios.

En el tiempo de la Gracia, nos descubrimos mirados por Cristo, felices camellos que atraviesan todos los ojos de todas las agujas porque con Él todo lo podemos.

Paz y Bien

Con ojos de misericordia, con la mirada de Cristo















Domingo 8º durante el año

Para el día de hoy (03/03/19) 

Evangelio según San Lucas 6, 39-45









La enseñanza que hoy nos trae la lectura del día habla de convivencia, de reciprocidad y fraternidad desde la mirada de Cristo, pero el corazón del Señor es amplísimo, infinito, y sus palabras no se acotan a los pares, a ese prójimo que identificamos desde la pertenencia o semejanza religiosa. Su mensaje siempre es universal pues se dirige al corazón de todos los hombres de todos los tiempos.

El prójimo no se acota solamente a cierta objetividad que implica que está allí, aquél que podemos mirar desde cierta distancia. El prójimo se edifica aprojimándonos/aproximándonos. Por eso la vida cristiana no es un compendio de las cosas permitidas y de las prohibiciones, sino más bien la vivencia plena del amor en todos los aspectos de la existencia. 

Uno de esos aspectos es la mirada que tenemos para con los demás. Es usual que se anuden los prejuicios como eslabones de una pesadísima cadena que nos aleja de los demás, y desde ella se aisla a muchos y se oprime a otros tantos. La brizna en el ojo del hermano es aferrarse a nimiedades y potenciarlas a la totalidad de la vida, es decir, a partir de minucias rotular al prójimo con mil y una etiquetas, pero escasamente como un hermano.

Es claro que no se trata de abandonar criterios propios ni resignar el espíritu crítico, impulsor cabal en la búsqueda de la verdad. Se trata de no usurpar lo que es propio de Dios, de no tomarnos atribuciones que no tenemos, ni tampoco la torpe condescendencia que esconde la soberbia de creernos mejores que otros.

El juicio, en tanto que tribunal cordial de nuestro interior en donde somos juez, jurado y verdugo, atenta contra la Buena Noticia y quebranta la fraternidad, pues enciende ciertos detectores de enemigos e infractores, y reniega de la justicia de Dios, la misericordia.

Paz y Bien

Cristo y los niños, Dios inclinado hacia todos los vulnerables

















Para el día de hoy (02/03/19):  
 
Evangelio según San Marcos 10, 13-16











Distintas disciplinas afirman con un notable grado de veracidad el rol fundamental de la infancia en la vida adulta de las personas. Es decir, tanto la felicidad como los traumas dejarán huellas perdurables en la vida de cada hombre y de cada mujer, y estas escasas líneas probablemente no describan la magnitud de esa importancia.

Jesús de Nazareth había sufrido a causa de sus discípulos, claro que sí. Ellos no terminaban de aceptar la misión del Maestro, un hombre que eligió ser un hombre pobre y humilde, un Salvador servidor de todos, que no ambiciona poderes mundanos, que anticipa espantosas derrotas, y por ello discutirán con fiereza entre ellos e incluso le reclamarán un sitio preferencial a su lado en lo que imaginan será su coronación como rey de Israel.

Las gentes no dejaban de llevarle a sus hijos más pequeños para que se los bendiga -uno siempre lleva y comparte con quien confía a quien es lo más valioso de su vida-. Pero los discípulos discutían y retaban a los padres y madres de esos niños, y es la misma sintonía expuesta. El Maestro está para cosas en verdad importantes, y nó para preocuparse por tonterías pueriles; en la Palestina del siglo I, un niño era un sin derechos, alguien que no cuenta ni tiene la menor relevancia, a medio camino entre un esclavo y una mujer.
Ellos le adjudican a Jesús sus propias ansias, y ése es un error gravoso repetido de continuo a través de los tiempos.

En cierto modo, y aún cuando nos hayan tocado vivir momentos bravos y muy dolorosos, hay aconteceres en nuestras infancia que llevaremos siempre. La capacidad de asombrarnos. La alegría frente al descubrimiento de un regalo que excede nuestras expectativas. La inexistente vergüenza al expresar nuestros miedos y carencias. Pero por sobre todo, esa pureza, esa transparencia del corazón, indispensable para ser felices, para mirar y ver a Dios.

Ese niño se nos ha extraviado en algún momento. Tal vez hemos hecho ingentes esfuerzos para que no salga a luz, para no reencontrarnos. No obstante, es crucial, es lo más importante, y es la disposición cordial para ingresar al Reino infinito de la bondad, el tiempo de la Gracia y la Misericordia que nos ofrece Cristo incondicionalmente, con un abrazo y una bendición.

Paz y Bien

Familia edificada con la mirada de Dios
















Para el día de hoy (01/03/19):  

Evangelio según San Marcos 10, 1-12








Ante todo, contexto e intencionalidad: un grupo de fariseos interpela a Jesús de Nazareth en una postura inquisitiva que sólo busca el error condenatorio, es decir, actúan con siniestras intenciones a lomos de un terrible prejuicio. 
El argumento elegido es el del divorcio: su estricta casuística regulaba esa cuestión en una perspectiva reglamentaria -que no espiritual- y sólo desde el punto de vista del varón. Por ello al preguntar si a un hombre le es lícito divorciarse de su mujer, expresan tácitamente que la mujer no tiene voz ni derechos, que es en algún modo una propiedad del esposo sometida a sus deseos y caprichos.

No ahondaremos en este tema ni tampoco nos internaremos en ámbitos doctrinales, pues tal vez la cuestión pueda contemplarse desde otra perspectiva más profunda.

Los fariseos eran profundamente piadosos, pero su religiosidad -bajo el pretexto de la estricta observancia de la Ley mosaica- se afirmaba en la pura letra, en el reglamento en desmedro y olvido de Aquél que la inspiraba y le confería sentido.
Ellos tenían una mirada severa, como otros tantos, más ella no era la mirada de Dios.

La mirada de Dios es una mirada infinitamente amorosa, que mira con misericordia a todas sus hijas e hijos con ojos bondadosos de Padre. 
Dios es familia eterna, y como hijos adoptivos suyos por Cristo, en la familia crecemos, vivimos, encontramos identidad, germina el Evangelio y se expande la vida. Cuando la familia crece, hacia dentro y hacia fuera, acontece el Reino pues el amor de Dios se encarna en cada historia.

El matrimonio, entonces, como núcleo basal de la familia y espejo santo del amor de Dios, debe ser contemplado y venerado desde esa profunda perspectiva que es un don de fé, y también con su misericordia, una misericordia que solemos olvidar a la hora de sentenciar, de excluir y de relegar al olvido.

Paz y Bien

La humildad de la sal, el sabor de la existencia














Para el día de hoy (28/02/19):  

Evangelio según San Marcos 9, 41-50









La lectura que hoy nos convoca tiene que ver con la reciprocidad, con la concordia, con el cuidado del otro y que otra manera de vivir y otro mundo son posibles, lejos de cualquier utopía pues se trata de una fé que se encarna en la cotidianeidad.

El Maestro se identifica plena y absolutamente con los suyos, de tal modo que quien reciba a uno de los suyos en su nombre a Él le recibe, y si le rechaza y desprecia, a Él le rechaza. En los ojos del hermano encontramos la mirada del Señor.

En esa propedéutica de presencia y cuidado tienen un lugar destacado y fundamental los pequeños: con ello no se refiere específicamente a los niños, sino a los que son como ellos. En aquel tiempo, un niño carecía de voz propia y derechos, era poco menos que un humano incompleto y en todo dependía de los demás. Por ello, los pequeños son los débiles, los humildes, aquellos que fé incipiente, un pequeño brote del que se espera a su tiempo propicio buenos frutos.
Él se vale de una hipérbole, que es una figura literaria exagerada tendiente a destacar en el que escucha la idea principal, merced a una imagen fortísima. Sin embargo, la misma hipérbole resalta la importancia de su afirmación: el cuidado de los pequeños implica el evitar convertirse en escándalo -skándalon- piedra de tropiezo para ellos. Mejor es morir ignominiosamente que menoscabar una vida así.

Tal vez no sepamos mensurar las consecuencias del pecado. Lejos de cualquier ánimo punitivo -Dios es un Padre que nos ama-, pecado es quebranto, ruptura, muerte, negación de Dios y del prójimo. De allí el énfasis que Cristo pone para regir nuestras vidas por la Gracia y en la Gracia de Dios.

Aún con las consecuencias gravísimas del pecado, las buenas acciones también tienen consecuencias, a menudo inadvertidas. A veces en los gestos más simples, en las acciones más sencillas resplandece el amor de Dios y brota el Reino.

Ésa es la sal de la vida. Brindarle sabor a la existencia, que dé gusto vivirla en plenitud, y guardarla con afán de toda corrupción, cuidándonos desde el servicio para mayor gloria de Dios.

Paz y Bien

Círculos cordiales de caridad














Para el día de hoy (27/02/19):  
 
Evangelio según San Marcos 9, 38-40










Juan, al igual que su hermano Santiago -hijos de Zebedeo, pescadores de profesión- eran hombres de caracteres bravos, personalidades volcánicas, muy dados a las pasiones extremas. De allí que llevaran el apodo de Boanerges, que significa hijos del trueno.
Los caracteres así suelen requerir de mucha disciplina interior, tan dados a las emociones fuertes, tan proclives a actuar irreflexivamente, de un modo violento, precipitado y a veces excluyente.

En el acontecimiento que el Evangelista nos brinda en el día de hoy, tiene como uno de sus protagonistas al mismo Juan. En su peregrinar se han encontrado con un exorcista que expulsa demonios en el nombre de Jesús, pero que sin embargo no pertenece al círculo de los discípulos; es un sanador que hace el bien a partir de su confianza en ese Jesús que pasa, y que no es parte -aparentemente- de la iglesia naciente.
Basta saber ello para que Juan se incendie de indignación, y que junto a los demás trate de impedir el obrar de ese hombre, aunque la redacción del Evangelio sugiere que fué un intento nada más, un intento sin consecuencias.

Quizás la clave radique en la misma expresión de Juan: ese exorcista/sanador no está con ellos -el grupo que conforman los discípulos y Jesús de Nazareth- antes que afirmar que ese hombre no sigue al Maestro.
Juan ha puesto en un mismo plano ontológico el seguimiento a los discípulos que el seguimiento a Cristo, y en realidad, lo que expresa de modo tácito es una mentalidad sectaria que divide aguas entre unos pocos -escasos- nosotros y una miríada de ellos.
Juan es uno de los tres discípulos privilegiados -junto con Santiago y Pedro- que han sido testigo directo de la resurrección de la hija de Jairo y de la Transfiguración de su Maestro.
Pero ninguno de los tres, obcecadamente, acepta ni alcanza a comprender el abismal panorama que Jesús les refiere respecto de su Pasión; por ello, en cierto momento su madre intercederá ante Jesús para que ambos, Santiago y Juan, obtengan una posición prebendaria y privilegiada en cuanto se establezca el reino que ellos, en su mundana mentalidad, imaginan.

Esos exclusivismos tristemente perduran hasta nuestros días.

Suele ser muy atractiva la idea de una Iglesia pequeña, de unos pocos elegidos, un círculo de cristianos certificados y oficiales que separa las aguas respecto del resto, que se reivindica como especial, como pura, como mejor por lo que profesa antes que por el Espíritu que la congrega. Y así, muchos otros discípulos del Señor a los que no conocemos pero están alli, haciendo silenciosamente el bien sin pedir permiso, quedan en un afuera falaz.

Pero Cristo ha trazado para los suyos -para toda la humanidad- un círculo cordial, amplio, tan grande como la red de los pescadores que no se rompe, el árbol que cobija a todos los pájaros del cielo, la mesa para todos, a pesar de las diferencias, aún con nuestras mezquindades y la saña que nos gusta enarbolar a la hora de diferenciarnos.

Pues lo que cuenta es el bien que se ofrece, y ese Dios que es el que nos congrega a un nosotros del que Él mismo es centro y parte.

Paz y Bien

En los pequeños resplandece el rostro de Dios















Para el día de hoy (26/02/19):  

Evangelio según San Marcos 9, 30-37







La reserva que impone el Maestro a los suyos se corresponde con las otras expectativas mesiánicas que tenían las gentes de su tiempo: la idea de un Mesías sufriente, derrotado, sometido a escarnio por sus enemigos era escandalosa, incomprensible e inaceptable.
Los discípulos no eran ajenos a esos esquemas, e implicó un duro camino cuesta arriba desprenderse de ese lastre que impedía que su fé creciera y madurase.

Aún hoy, la imagen de un Dios que se nos muere como un criminal es causa de desprecio e incomprensión para el mundo...pero para nosotros también, afanosos como a veces nos descubrimos, entendiendo el poder como fuerza que aplasta.

Más que un contrapunto, es como un anti-eco la postura de los discípulos. Él les enseña acerca de su misión y de lo que acontecerá en su Pasión, mientras que ellos se afanan por determinar primacías, disputas de poder interno, de prebendas, de dominio.
Advierten que algo no está bien, y ante la pregunta del Maestro callan, quizás avergonzados por reconocer que no querían entender, que los caminos de Cristo no son los suyos.

Aún así, Él no los reprende ni descalifica. A veces, la enseñanza y el aprendizaje consiste en abrir las ventanas luminosas de una perspectiva nueva y distinta.
Una cuestión crucial es que esto sucede en la casa de Cafarnaúm, casa que es hogar de amigos, imagen de Iglesia y comunidad: allí es el ámbito propicio para aprender, para crecer, para conocer y re-conocerse corazón adentro.

No se trata, pues, de determinar quien es el primero, sino en el cómo de llegarse a ese sitial, tácito indicativo de trabajo y esfuerzo. Es imperioso desandar toda tentación e ínfula de privilegios, pues en la sintonía del Reino, grandeza significa servicio y generosidad incondicional al prójimo, un prójimo que es par e impar, un prójimo al cual edifico porque me aprojimo/aproximo.

El Señor toma un niño, lo abraza y lo ubica en medio de ellos. El abrazo de Cristo es vocación y bendición a todo destino, pero es menester comprender el porqué de ese niño allí, al centro de la atención de los discípulos.
En el tiempo del ministerio de Jesús de Nazareth, un niño carecía de voz y derechos, considerado un humano incompleto al que cuidaban las mujeres, al que prácticamente no se tenía en cuenta hasta su ingreso en la edad adulta, del todo dependiente de los demás.

Precisamente ése es centro de todos los afanes de la comunidad cristiana, el servicio y la recepción fraterna de aquellos que nadie vé, que no tienen voz, que no pueden valerse por sí mismos. En ellos resplandece el rostro mismo de Dios.

Paz y Bien

Orando nos ponemos en la misma sintonía y trascendencia de ese Dios que nos habla















Para el día de hoy (25/02/19):  

Evangelio según San Marcos 9, 14-29






Al llano nuevamente.
Jesús de Nazareth se ha transfigurado frente a sus discípulos en la cima del monte Tabor; lo han visto resplandeciente, conversando con Moisés y con Elías, y la voz de Dios les ha dicho que es el Hijo amado al que deben escuchar. Pedro quiere perpetuar ese momento armando unas tiendas, pero el Maestro se niega. Es menester regresar al llano, descender de la montaña allí en donde la luz no abunda, donde campea el dolor, donde tanta falta hace la esperanza.

Allí mismo -destino inmediato de la misión- se encuentran al resto de sus discípulos en franca y encendida discusión con algunos escribas. El motivo: la incapacidad de esos discípulos de sanar a un niño que sufría los terribles golpes de lo que se consideraba posesión por un espíritu maligno, y que hoy -de acuerdo a la precisa descripción del Evangelista- identificaríamos como epilepsia en alguna de sus duras variantes.
En cuanto a la cualificación médica, quizás no sea tan importante: lo que cuenta, ante todo, es el que sufre. Pero la carga es aún mayor si nos ubicamos en la perspectiva de un concepto religioso que justificaba la enfermedad como causa directa del pecado -propio o de los padres- y a su vez desemboca en una condición de impureza ritual, de exclusión absoluta. En esa mentalidad todo está dicho y no hay retorno, y el doliente ha de quedar relegado a su suerte y su penar, y es por ello que los escribas discuten con varios de los discípulos.

Unos, enojados porque las fórmulas empeñadas no le han servido esta vez, a diferencia de los éxitos pretendidos de la misión anterior. Se descubren impotentes frente a la posesión del niño, y es una gran verdad que no terminan de entender ni de aceptar: de Dios proviene el bien, la salud, la Salvación. Ellos son mensajeros, pero el mensaje no les pertenece, y apenas confían en sí mismos, cuando en realidad deben fiarse de Otro.
Los otros, con otra clase de enojo. Escribas rigurosos que no pueden tolerar que no se les solicite autorización, que haya gentuza galilea -kelpers judíos-actuando en nombre de Dios, que no aceptan que pueda trastocarse ese orden cruel que ellos imponen y que creen de origen divino.

El Maestro se enoja. Es un enojo magnífico, porque la mansedumbre no es cobardía ni una reducción temerosa. Su enojo no se debe solamente a la falta de fé, a esa incredulidad que puede respirarse en ese sitio, sino también a la compasión que está ausente. Y es un enojo frutal, pues no se queda en la pura crítica abstracta, sino que pone manos y corazón a la obra: para el amor de Dios que se revela en Jesús de Nazareth -que se revela y se rebela- nada ni nadie puede anteponerse al que sufre.

El papá de ese niño vacila en su confianza en Jesús, pero aún así le suplica su auxilio. Porque es mucho el dolor -es dolor de un hijo, es un sufrir doble- y es de larga data. Pero esa vacilación no es una mancha, sino es signo de un alma que busca y no se resigna, y de nuestro peregrinar de fé esas dudas son bendición y crecimiento.
Porque la fé es don y misterio, y todo es posible desde esa fé que es totalmente personal. Porque no se trata de adoptar una religión, ni adherir a un sistema de ideas, sino y ante todo, de confiar en Alguien, en Jesús de Nazareth. Si queremos y confiamos, los imposibles ya no serán tales.

Y la oración opera milagros, desaloja demonios, es río santo de salud y liberación. Porque orando no repetimos fórmulas, orando nos ponemos en la misma sintonía y trascendencia de ese Dios que nos habla, y que es Todopoderoso porque ama sin límites ni condiciones.

Paz y Bien

La misericordia divina, sustento del universo















Domingo 7º durante el año

Para el día de hoy (24/02/19) 

Evangelio según San Lucas 6, 27-38







En el ámbito de la justicia penal, impera como base la idea de reciprocidad. Aplicado esto a la praxis, implica la moderación de cualquier ímpetu de venganza, y adecuar las penas proporcionalmente a las ofensas conferidas. La influencia social de estas cuestiones es muy importante, pues regula las acciones, lo que está permitido y lo que nó a la vez que desalienta cualquier acción punible bajo cuerda; en cierto modo, en la reciprocidad podemos indagar los rastros primeros de todo pacto social.

Habiendo escuchado del Maestro los santos augurios de las Bienaventuranzas, los discípulos intuyen que ellos están en un plano muy distinto, inusual e ilógico. Porque si fuera por ellos, la razón indica que amar a los enemigos es una locura, y que en su vida diaria han de vérselas con mil y un problemas, con el azote de mezquindades, egoísmos, crueldades y destratos, y es muy difícil no reaccionar, no defenderse. No somos de piedra ni inmunes a lo que sucede a nuestro alrededor.

Pero esos hombres y los discípulos de todos los tiempos sólo comprenderán esta ilógica del Reino porque han sido invitados y situados allí por la Gracia, merced a la bondad entrañable de Dios. Sólo desde la gracia, sólo desde la luz del Espíritu del Resucitado es posible que ese Reino, esa vida plena, ese nuevo orden de los corazones se encarne en sus existencias.

Ahora bien, vivir las enseñanzas de Jesús de Nazareth no significa en devenir espectadores pasivos, ni tampoco esgrimir actitudes cobardes disfrazadas de prudencia. Se trata de que palpite la misma iniciativa de ese Dios que sale al encuentro de la humanidad, de todas sus hijas e hijos. Se trata del reconocimiento del otro, del prójimo, desde la caridad. Más aún, aproximarse/aprojimarse, hacerse prójimo.

La santa locura del amor a los enemigos no es una bella utopía, sino una realidad bien concreta de ese Reino que aquí y ahora, en silencio y humildad, crece entre nosotros. 
Es la misericordia que es la única revolución verdadera, la misma misericordia que sustenta al universo, la misma misericordia que supera a nuestra justicia en gratuidad e incondicionalidad.

Paz y Bien

La escucha atenta al Hijo de Dios


















Para el día de hoy (23/02/19):  

Evangelio según San Marcos 9, 2-13








La montaña es, simbólicamente, el ámbito propicio para las grandes revelaciones y las teofanías, el encuentro profundo con Dios, y es precisamente en un marco así que nos encontramos a Jesús de Nazareth y sus amigos Pedro, Juan y Santiago.

Él les había revelado su vocación e identidad mesiánicas, aunque ellos no llegan a captarlo en toda su dimensión: la ruptura con las autoridades religiosas era total, y Él, aún sabiendo lo que le espera en Jerusalem, se dirige con decisión encendido de fidelidad y amor al Padre .

El lo alto de los montes acontecen las cosas de Dios.
En lo alto de ese monte el Maestro se transfigura y sus vestidos se vuelven tan blancos y resplandecientes que noy hay manera en el mundo de lograr ello, tal como su Reino no es de este mundo, tal como esas vestiduras son signo inequívoco de la presencia divina.

Moisés y Elías aparecen conversando con Cristo. Hay allí una respetuosa subordinación, y es la Ley y los Profetas que encuentran su real significado en Él.
Pero también Dios salva a su pueblo de la esclavitud en Egipto por medio de Moisés y a Elías de las garras de la muerte.
Cristo es vida y liberación para su pueblo aún cuando la sombra ominosa de la cruz se asome en el horizonte.

Frente a una experiencia tan profunda, es mejor callar, vivir el momento, nutrirse de esa bendición.

La clave de todo destino es la escucha atenta al Hijo de Dios, Hijo amado de Dios por el cual todos nos descubrimos queridísimos hijos de Dios, hermanos a pura gracia, herederos de vida y libertad.

Una escucha atenta que es madurar corazón adentro su Palabra y su vida, para volver a la llanura en donde los hermanos padecen oscuridad y dolor, con Buenas Noticias de amor, de liberación, de todo es posible, para mayor Gloria y alabanza de Dios.

Paz y Bien

Pedro, primus inter pares desde la caridad














La Cátedra de San Pedro apóstol

Para el día de hoy (22/02/19):  

Evangelio según San Mateo 16, 13-19








En cada ocasión que los Evangelistas nos sitúan en una locación específica, hemos de prestar especial atención, pues se nos están brindando coordenadas teológicas, espirituales; así, la lectura del día nos ubica en Cesarea de Filipo, una ciudad que contiene un templo en donde se venera al César como un dios, una zona ubicada al norte de Galilea que no es puramente judía, sino entrecruzada por vetas gentiles, tal vez señal de que el ámbito de la misión propia de la Iglesia siempre sea mestizo, mezclado, controversial, lejos de atisbos de purezas varias pues sólo Cristo en verdad purifica.

Allí Cristo interpela a los suyos pues son diversas las opiniones que boyan alrededor de su persona, opiniones erróneas que se quedan en la superficie mayormente según intereses, y que no ahondan en el misterio e identidad. Frente a esos devaneos y confusiones, precisamente allí en donde a los poderosos se los deifica, Pedro realiza un reconocimiento y confesión de fé tan contundente que conmueve y definirá su toda su existencia: -Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo-. Tal es la trascendencia de esa confesión que expresa que su vida ha sido renovada y recreada, y ya no se llamará Simón hijo de Jonás, sino Pedro -Cephas- Un nuevo nombre que contiene identidad y misión.

Sobre Pedro, sobre su fé, Cristo edificará la Iglesia, y por ello la Iglesia será una casa edificada sobre roca, pues su fundamento es Cristo aún cuando descanse en la fragilidad de los hombres. Abunda el pecado pero sobreabunda la Gracia, y por eso Pedro tiene plena autoridad para atar y desatar, atar con vínculos cordiales a los hombres que se han separado por odios y egoísmos -de allí que se lo reconozca como pontífice, hacedor de puentes-, desatar los nudos que oprimen, las cadenas del pecado, misión de liberación.

Pedro será primero entre sus hermanos desde la caridad y el servicio, pues ha sido elegido a pura misericordia y sostenido por la Gracia, más allá de cualquier mérito, bendición de un Cristo que no lo abandonará nunca.

Dios guarde a Francisco.

Paz y Bien


Ministerio de Cristo, plenitud de cruz















Para el día de hoy (21/02/19):  

Evangelio según San Marcos 8, 27-33






Detengámonos un momento y observemos: lo que sucederá a continuación está signado por el Cristo que camina con los discípulos, certeza que la fé es camino que se hace junto al Maestro, que también es camino, verdad y vida. Pero también nos ubica en las inmediaciones de Cesarea de Filipo.
Filipo era hijo del rey Herodes y hermano de Herodes Antipas, tetrarca de la zona en donde ellos se encontraban; Cesarea era una ciudad que se había edificado en honor de César Augusto sobre una antigua ciudad dedicada al dios Pan griego. Inclusive poseía un templo en el que se rendía culto al César como a un dios. Edificada por Herodes padre, había sido ampliada y embellecida por Filipo, y de allí el nombre que la distingue de otra homónima situada a las orillas del Mediterráneo.

Justamente, en ese ámbito en donde antes se rendía culto a las fuerzas de la naturaleza -el dios Pan- y ahora se postran frente al emperador como si fuera un dios, allí mismo el Maestro pregunta a los suyos qué piensan y dicen las gentes acerca de Él. Más aún, que es en verdad lo que ellos piensan y creen de Su persona.

Ellos expresan los diversos criterios que surgían en ese tiempo, es decir, que Jesús de Nazareth es el Bautista redivivo, Elías u otro de los profetas. Sin embargo lo importante es lo que piensan ellos, nosotros, todos.
Pedro toma la palabra en la primacía cordial de sus hermanos, y confiesa con una contundencia estremecedora que Jesús de Nazareth es el Mesías.

Aún así, como en la lectura que contemplábamos ayer, Pedro y los otros no tienen clara la mirada y su fé es incipiente. Ellos ven las cosas a medias, hombres como árboles que caminan, y no pueden tolerar a un Cristo que imaginaban glorioso, revestido de poder, a éste que se les anuncia servidor manso, que se encamina decidido pero no resignado a su encuentro con la cruz.

Pedro se enoja y reprende, pues no entiende las razones de cruz, y éstas razones son el puro amor de Dios en Cristo, un Dios que sale por completo de sí mismo y se ofrece sin medida a los demás, un Cristo que se entrega como prenda de salvación y cordero pascual para que no haya más chivos expiatorios ni crucificados, un Dios todopoderoso porque ama, un Cristo que salva porque es capaz de morir por ellos, por tí, por mí.

El ministerio de salvación de Cristo sólo puede comprenderse en su plenitud a la luz de la cruz.

Paz y Bien

El Maestro nos devuelve esa capacidad de ver al hermano, de recuperar la mirada plena



















Para el día de hoy (20/02/19):  
 
Evangelio según San Marcos 8, 22-26









Ese hombre estaba aquejado de una ceguera total, pero también de un acostumbrarse cotidiano, de una resignación y pasividad que lo paraliza. Sin embargo, hay otros de los que no sabemos sus nombres, pero están allí, los desconocidos del Reino, los que sin vacilaciones llevan a los oprimidos de toda cautividad a la presencia de Cristo, fuente de toda liberación, salud, Salvación.

Porque cuando hay un hermano impedido en su agobio, no puede haber demoras ni excusas.

Como siempre lo ha hecho, y movido por su inmensa compasión, el Maestro pone la totalidad de su existencia a favor del doliente, del que sufre, del que no puede más.
Antes que acciones de asombroso taumaturgo, de un poder descollante, de milagrero rutilante, priman en Jesús de Nazareth la ternura y el cuidado. Por ello el contacto respetuoso y pleno de afecto, y es ese contacto el primer paso de la sanación.

En aquellos tiempos, era imperioso no tocar a ningún enfermo por las normas de pureza ritual, bajo el riesgo de impurificarse y de volverse no apto para la vida religiosa en comunidad. Maravillosamente, el Maestro quebranta ese precepto absolutizado, con la santidad que implica rebelarse contra todo lo que deshumaniza.
Así toma de la mano al ciego y lo aleja de la muchedumbre, a las afueras del pueblo.
Las cosas de Dios son bien personales, y no deben ser sometidas al escrutinio masivo, a mesuras de espectacularidad, pues los milagros no son un show de representaciones mágicas. Estamos demasiado esclavizados a una cultura de lo inmediato, a la cruel mecanicidad de lo instantáneo que niega cualquier proceso de crecimiento y desarrollo.

Por eso, quizás, este signo del Señor nos llame la atención. No hay nada en él que denote una espectacularidad supuesta.
Sin embargo, el milagro comienza en el preciso instante en que almas nobles se preocupan y ocupan del hombre relegado a las sombras constantes.

Todo tiene su tiempo de crecimiento, y a veces -siempre- es menester permitirnos la paciencia de la semilla, que por pequeña no deja de ser eficaz.

La primer respuesta de ese hombre de Betsaida es espiritualmente consecuente: vé a los hombres como árboles que caminan. Es el reflejo fiel de estas cegueras que a menudo gustamos llevar, tanto las multitudes como los seres queridos, los vecinos, los cercanos que atraviesan nuestra vida no como una bendición, no como un ser único -reflejo del Dios de la vida- sino como cosas, árboles en movimiento.

No queremos mirar, y mucho menos ver.

Pero ese hombre dá un paso fundamental en su éxodo a la Salvación, a la salud: reconoce que aún no puede ver bien. En el ámbito médico, en el ámbito psicológico, en todos los órdenes de la vida es imperioso reconocer que algo no está bien para poder enfrentarlo y superarlo. Reconocernos enfermos y necesitados de ser sanados.

Y allí sí, el Maestro nos devuelve esa capacidad de ver al hermano, de recuperar la mirada plena, unos ojos capaces de asimilar la verdad que resplandece en las honduras de los corazones y que se expresa en el prójimo.
Entonces será tiempo del regreso al hogar. No hay que detenerse en la aldea de los subterfugios y los escapes fáciles, de la rutina y las comodidades.

Esas patrias que ansiamos reivindicar comienzan en el hogar que compartimos.

Paz y Bien

Cristo, Pan de Vida para los hambrientos de todos los tiempos















Para el día de hoy (19/02/19):  

Evangelio según San Marcos 8, 13-21









La escena parece contradecirse en sí misma, pues el Evangelista sostiene que los discípulos, habiéndose embarcado, olvidaron llevar pan y no tenían más que un pan en la barca.
En realidad, en afanes menores y distracciones banales dejaron de lado y perdieron la mirada en su verdadero centro, Cristo, el Pan de vida.

Aún en mares encrespados, aún cuando imperen confusiones y falta de identidad, el Maestro no baja los brazos y enseña las cosas del Reino, un Reino que no puede cernirse nunca a los vaivenes del mundo.

Los discípulos han de cuidarse de la levadura de los fariseos y de la levadura de Herodes.
En la tradición ancestral judía, el pan perfecto ha de ser matzah, es decir, pan ázimo, sin levadura, toda vez que se entiende que la levadura y su acción de fermento es un proceso de corrupción interna de la masa.
Así entonces y ante todo, ambas levaduras -la farisea y la herodiana- indican corrupción de los corazones y señalan las respectivas esperanzas mesiánicas.

La levadura farisea es la que impone una religiosidad aferrada a las formas exteriores pero que olvida lo que subyace, lo que importa y cuenta. De allí que supone que la acumulación de gestos piadosos normados acarrea indefectiblemente la bendición divina, una fé para unos pocos puros que deja a tantos fuera, abandonados a su suerte, ovejas sin pastor. Levadura de una masa que no alimenta pues no hay espacios para la Gracia.

La levadura herodiana es la levadura del poder, de la política sin ética, del todo vale, del fin que justifica los medios, pero es también la teología de la prosperidad y la importancia del más acá. Los ricos son ricos porque Dios asi lo quiso, los pobres también.

Ellos deben volver sus corazones, mirar y ver lo que Él ha hecho: cuando multiplicó los panes en tierras judías, todos se saciaron y quedaron doce canastas llenas de pan. Cuando multiplicó los panes en tierras gentiles, también todos se saciaron y quedaron siete cestos repletos de pan.
La Salvación es don del amor de Dios que se ofrece a los hijos de Israel y a todos los pueblos, y las canastas y los cestos llenos es el pan de la vida, Cristo mismo que aguarda la llegada de los hambrientos de todos los tiempos.

Paz y Bien

La compasión, signo del cielo















Para el día de hoy (18/02/19)  

Evangelio según San Marcos 8, 11-13 







Él recibía a todos por igual, sin excepciones. Curaba a los enfermos, tendía su mano a los descastados e intocables, a todos los excluidos, a los impuros rituales. Les hablaba a las gentes de un Dios bondadoso, Padre cercano lento a la cólera, rico en misericordia. Como epítome decisivo, alimenta milagrosamente a la multitud en el desierto, y de ese modo se erige como el nuevo Moisés.

La situación se vá tornando cada vez más densa entre Jesús y aquellos que detentan el poder religioso, la ortodoxia oficial. Él es un joven rabbí de la periferia galilea sin pergaminos que acrediten sus conocimientos, sin eruditos que respalden su enseñanza, y aún así es un profeta de voz clarísima y potente cuya influencia sobre el pueblo crece día a día, momento a momento. En Él hay una autoridad asombrosa que no logran determinar de donde proviene, pero que sin dudas han de cercenar. Es menester acallar de cualquier modo a ese peligroso carpintero galileo itinerante.

Por eso mismo discuten con Él cuestiones doctrinarias, para provocar un equívoco condenatorio, o bien para que esa autoridad quede en entredicho frente al pueblo. Es una práctica usual entre los poderosos de todos los tiempos históricos, el menoscabo y la difamación de quien se opone, sin importar la verdad que pueda soslayarse.

En la ocasión que hoy nos relata el Evangelista, la acción es sutilmente insidiosa. Le requieren y exigen un signo del cielo, y ello implica que desprecian todo lo que Él ha hecho, señales del amor de Dios.
Pero al requerirle un signo del cielo, a su vez, tácitamente declaran que Él es demasiado terrenal, absolutamente humano y con ello, ajeno a cualquier voluntad de Dios.

El profundo suspiro del Maestro expresa el dolor de su alma. Esos hombres -religiosos profesionales, expertos en la Ley- no aceptarían nada que no se adaptara a sus esquemas preestablecidos. Miradas opacas que se deducen de corazones pétreos jamás se rendirían ante la evidencia de Dios con nosotros, la sagrada humanidad de Cristo -totalmente humano, totalmente Dios- cuya señal mayor será la cruz, para algunos horror y muerte, para las mujeres y hombres de fé el amor mayor y la vida que prevalece sobre la muerte.

Paz y Bien

Bienaventuranzas: llamados a ser felices














Domingo 6º durante el año

Para el día de hoy (17/02/19) 

Evangelio según San Lucas 6, 12-13. 17. 20-26







La expresión nuevo orden es, en el mejor de los casos, controversial. Por lo general, refiere a cuestiones de índole política o ideológica, y en muchos casos es la excusa para implantar regímenes brutales, autoritarios, o sencillamente crueles bajo una pátina revolucionaria. Por desgracia, ejemplos sobran.

Sin embargo, el Reino de Dios inaugurado y predicado por Jesús de Nazareth implica un nuevo orden, pero un nuevo orden de los corazones: es en el corazón humano en donde todo se resuelve.
Porque la bienaventuranza es proyecto y propuesta universal de felicidad, de humanidad plena, de mesa grande de fraternidad comenzando por los que están sumidos en la tristeza, el dolor, la miseria impuesta. Pero debemos estar en guardia contra todo intento de premiaciones postreras, que suelen esconder voluntades de resignación: felices los pobres porque el Reino les pertenece hoy, aquí y ahora. Y el hambre que agobia, y el dolor que persiste no son deseados ni queridos por Dios.

El Padre de Jesús de Nazareth ama sin límites a todas sus hijas e hijos, y ese amor se traduce en trastocar todo lo que deshumaniza, que humilla, que pretende socavar la dignidad única de cada hombre y de cada mujer. Y más aún, es un Dios que se pone abierta y escandalosamente del lado de los pobres, de los que lloran, de los que sufren, de los que nada tienen. Su plenitud y su esperanza está en el mismo Dios.

El Señor ha inaugurado el año infinito de la Gracia, de la Misericordia, tiempo santo de Dios y el hombre.

Pero muchos otros se sentirán satisfechos con lo que tienen, y que no es solamente una cuestión de bienes o posesiones. Nuevamente, se trata de lo que se hunde en las raíces del alma. Almas que se nutren de dinero, de poder, de elogios, de conformismo y resignación. Ahí se afincan las lágrimas porque no hay espacio para la Gracia, porque el prójimo ha sido desterrado.

La invitación a ser felices es un mandato y una vocación tenaz e irrenunciable que ese Dios nos ofrece aquí y ahora.

Paz y Bien

De mano en mano, corazón a corazón, el Pan de la Palabra y los alimentos de la subsistencia

















Para el día de hoy (16/02/19):  

Evangelio según San Marcos 8, 1-10







Nos encontramos nuevamente con el Maestro y sus discípulos en tierras gentiles, paganas, extrañas a los hijos de Israel. Acontece allí la segunda multiplicación de los panes, y se nos ofrece en el texto una gran carga simbólica a la cual hemos de prestar especial atención.

En la primer multilpicación de los panes, las canastas son doce, símbolo de las doce tribus, imagen del pueblo de Dios. Aquí, tanto los panes como los cestos eran siete, en velada alusión a la idea veterotestamentaria de que la totalidad de las naciones paganas son setenta. Pero siete son los días de la creación, la acción creadora de Dios que llega a todos los pueblos por su infinita misericordia.

En esta ocasión, no hay canastas sino cestos, típicos de la cultura helenística -la Escritura nos ubica en la zona de la Decápolis-. El pan de vida no se restringe a los pretendidamente propios, sino que se ofrece por igual a todos, sin distinción.

Las personas que se alimentan son cuatro mil, referencia inequívoca a los cuatro puntos cardinales, la universalidad de la Salvación que trae Cristo.

El Maestro actúa movido por la compasión, y es esa compasión el amor entrañable de Dios por su creación que sólo reconoce hijos a pesar de las fronteras y divisiones que nos esforzamos en colocar, la catolicidad que declamamos y no encarnamos.

Suele suceder. Frente a las necesidades más urgentes y básicas, los discípulos reaccionan lo la visión de una razón que se acota a las propias posibilidades que se muestran escasas e insuficientes frente a la enormidad del desafío. Una tarea tan grande como pequeña la capacidad de brindar respuestas.

El Maestro eleva los ojos al cielo, bendiciendo los panes, la acción de gracias que se hace eterna -Eucaristía-, pero esa bendición se transforma también en el pan que sacia las necesidades de las personas, el corazón vacío, los estómagos que duelen, el abandono que golpea. Desalojar el hambre es también una bendición.

La tarea de los discípulos es pasar de mano en mano el pan que se ha multiplicado por el amor de Dios. Poner manos a la obra sin resignarse ni bajar los brazos, que lo poco que se tenga se hace asombrosamente inmenso cuando se comparte, cuando la vida se ofrece, cuando se confía en la bondad de un Cristo que se conmueve frente a los que no tienen auxilio y están abandonados a su suerte en un mundo que razona miserias y muerte.
Los discípulos han de pasar mano en mano, corazón a corazón, el pan de la Palabra y los alimentos que hacen justicia con los pobres, señales de justicia y de misericordia, de un Dios que nunca abandona a sus hijas e hijos.

Paz y Bien

Recuperar con Cristo la capacidad de escuchar al otro















Para el día de hoy (15/02/19):  

Evangelio según San Marcos 7, 31-37









Jesús de Nazareth ha regresado de su viaje misionero por tierras paganas, extranjeras -Tiro- y atraviesa en su periplo Sidón y la Decápolis. Estamos nuevamente en tierras judías, en donde el Evangelista nos sitúa de manera difusa: en embargo, nos envía coordenadas teológicas -espirituales- para no extraviarnos.

Porque la realidad del Reino de Dios, la Buena Noticia se brinda aquí y ahora para todos los pueblos. Las multitudes se acercan allí al Maestro, inmenso rebaño sin pastor, pequeños peces a la deriva, ávidos de liberación, hambrientos de verdad. Aunque muchos de ellos lo hacen también por intereses personales: su fama de taumaturgo le precede, y son muchos los que lo buscan afanosamente sólo por ello, y es un signo de lo superficial, de lo interesado aún cuando el motivo sea legítimo.
Para muchos, Cristo es un personaje de poderes mágicos, un solucionador instantáneo de problemas que agobian y para los que no tienen solución.

Tal vez esa sea la causa del dolor cordial que le duele al Maestro, cuyos ojos se elevan al cielo, y que como súplica de sus entrañas exhala un suspiro. A ese hombre lo aparta de la multitud: la snación no ha de ser un show, una exhibición impúdica que no tenga en cuenta al doliente. La sanación es un profundo encuentro con el Dios de amor de Jesús de Nazareth, un Dios que no es un feroz vengador punitivo de los pecados, que castiga infidelidades con enfermedad, como dicen los expertos religiosos. Tampoco los enfermos son impuros, rotulados como indignos, excluidos de todo.
De allí que adquiera mayor relevancia el inmenso gesto de ternura de tocar las orejas de ese hombre con sus dedos, y su lengua con saliva. La impureza que se contagia cuéntensela e impóngansela a otros, amigos, no es cosa del Reino. Ese gesto remite bondadosamente a la creación, al barro fecundo que se pone en pié por el Espíritu creador, barro en el que se insufla la vida nueva.

Pero hay otra cuestión que no es menor: el Maestro no dedica ni un instante a hacer prosélitos o a incrementar el número de seguidores, ni tampoco en este caso impulsa conversiones. Todo en Él habla del amor de Dios que sólo vé hijas e hijos a los que quiere restaurar en humanidad plena.

Posiblemente el sordomudo era ese hombre al que el Señor devuelve la capacidad de oir, de escuchar, de comunicarse.
Los verdaderos sordos quedamos alrededor, pues hemos perdido la capacidad de oír y escuchar a Dios en la Palabra y en el hermano, la realidad universal de la Salvación.

Que la bondad de Dios nos regrese la salud de los corazones.

Paz y Bien

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