Ceniza en la frente y Cristo en el corazón













Miércoles de Ceniza

Para el día de hoy (14/02/18):  

Evangelio según San Mateo 6, 1-6.16-18








El Miércoles de Ceniza marca el comienzo del tiempo de Cuaresma, tiempo de conversión, de penitencia, de regreso a Dios.

Y tiene una característica que no debe pasarnos inadvertida: es el momento ideal para la ruptura de la rutina, para alterar la perniciosa rítmica del acostumbramiento. Porque por miedos, por mecanismos psicológicos de autodefensa o por comodidades, nos vamos acostumbrando a lo inhumano, a aquello que degrada la dignidad de las hijas e hijos de Dios -toda la humanidad-, y nos volvemos fervorosos cultores de la indiferencia.

En todo este camino, al principio y en el horizonte de cruz y resurrección, la voz de Dios nos sigue llamando y convocando al regreso. Porque en estos recodos mundanos nos vamos extraviando, y tratamos de escondernos.

La cruz que se nos comienza a asomar tiene dos brazos, dos maderos cruzados y ligados indisolublemente. Un brazo que apunta hacia lo alto y que, a su vez, sostiene al barral que señala horizontalmente a los lados, a los hermanos.
Volver a Dios es volver al hermano, reencontrarnos con el que no hablamos o estamos enemistados, pero especialmente respirar misericordia en su sentido primigenio.
Porque misericordia significa poner el corazón en la miseria, en el sufrimiento del otro, la compasión para con el olvidado, el rescate del cautivo, el socorro al oprimido, el auxilio al que está caído.

Por eso ayunamos en silencio, no como una cuestión de amores rituales, sino como el culto verdadero que es esa misma misericordia expresada en solidaridad. Nos privamos de alimentos para que algún hermano no pase hambre, nos vaciamos de aquello que es lastre, que no sirve, que es contrario y ajeno a nuestro destino de eternidad.

Llevamos una humilde señal de cenizas en nuestras frentes que nos incita a la conversión, a ese regreso añorado amorosamente por el Dios de la vida.

Que en esta Cuaresma esa señal del amor mayor se nos grabe corazón adentro.

Paz y Bien

Hacerse pan para el hermano














Para el día de hoy (13/02/18):  
 
Evangelio según San Marcos 8, 13-21








La vida es una harina que con buena levadura puede hacerse pan, la levadura mejor de la Palabra de Dios que convierte existencias, pueblos, el mundo entero.
El Maestro lo aprendió en su niñez nazarena, cuando observaba atentamente a su madre y a las otras mujeres del pueblo colocando un pequeño puñado de levadura en las medidas de harina para el pan diario. Sabía de la fuerza transformadora de lo en apariencia pequeño, al igual que la semilla del grano de mostaza.
Sin embargo, les advierte a los discípulos que hay otras levaduras que no son tan buenas. Más aún, que son malsanas y corrompen ese destino magnífico de pan nutricio. Y distingue dos levaduras de las cuales han y hemos de estar en guardia, tener cuidado que no nos fermente. Hay cosas que, aunque graves y peligrosas pasan y perecen. La mala levadura es peligrosa por los efectos perdurables que ocasiona, y puede ser nefasta.
Así entonces la levadura de los fariseos. Se trata principalmente de un fermento de cariz religioso; es el puntilloso cumplimiento del precepto por el precepto mismo, es la pretendida manipulación de la voluntad divina merced a la acumulación de méritos piadosos, es la hipocresía de sostener la pura exterioridad y olvidar el corazón, es una vida estructurada en donde todo está dicho, en donde no hay posibilidad de asombrarse ni espacios para nada nuevo, es el ámbito de un dios que premia o castiga según las conductas. En esa levadura no hay sitio para el amor que es el Dios de Jesús de Nazareth.
Por otro lado, está también la levadura de Herodes. Aunque apoye sus pies en cierto sectarismo religioso, se trata de un fermento intrínsecamente relacionado con el poder, con su uso y su abuso. Es la componenda falaz, la racionalización del uso de la fuerza, la perpetuación del dominio, la justificación de los medios de acuerdo a los fines, la supresión del disidente, la corrupción como lógica primordial. En esta levadura la generosidad, el servicio y la solidaridad jamás pueden florecer.
Todos nosotros portamos algún resabio de estas levaduras. Y sólo con el fermento de la Palabra podremos convertirnos en pan para el hermano, sencillo y humilde maná que sea bendición en nuestros lugares, como Aquél que ha satisfecho el sustento ausente de tantos, y el hambre de verdad de todos.
Paz y Bien

Legitimados por la compasión











Para el día de hoy (12/02/18):
 
Evangelio según San Marcos 8, 11-13







Los fariseos eran un grupo de carácter religioso con una gran influencia política en Israel: encontraban su fundamento en el estudio exhaustivo de la Ley mosaica, en la práctica rigurosa de una piedad predeterminada y en el cumplimiento exacto de las normas de pureza moral y ritual.
Este último aspecto supone, a la vez, una teología de la gloria -un Dios muy lejano y decididamente celestial- y una espiritualidad de los méritos y la retribución, un Dios manipulable por la acumulación de actos piadosos, un Dios de premios y castigos. La conclusión necesaria es que habrá un reducido grupo de gentes más cercana a Dios que el resto, los más puros, los religiosamente correctos.

El corazón quedaba relegado al olvido, y es claro que su dios no era el Dios de Jesús de Nazareth.

Abbá es Padre y es Madre que ama por igual a todas sus hijas e hijos, y no está lejos. Por el contrario, sale al encuentro y en búsqueda tenaz del hombre, es un Dios amable que se deja encontrar en las cercanas honduras de cada corazón, en el prójimo, en los ojos de los niños, en el rostro de los pobres.

Este galileo irreverente se atrevía a decir cosas nuevas, y a cuestionar abiertamente todo lo que sus tradiciones estratificadas sostenían; para colmo de males, los parámetros que sostenía no eran mesurables, pues no tienen medida el amor, la libertad, la ternura, la salvación, la increíble y maravillosa acción de la Gracia.

Por ello mismo le piden una señal divina; no obstante, aunque se cayeran los cielos, lo seguirían rechazando. En su repudio predeterminado, en su prejuicio militante se habían vuelto ciegos y sordos a toda novedad.
Le piden ese signo como criterio y credencial de que todo lo que hace y dice es legítimo, es auténtico y está autorizado. Buscan la señal de ese dios lejano en el que creen, no pueden ni quieren aceptar al Dios que Jesús revela y que ya está entre nosotros, manifestándose en cada acto de bondad, en cada gesto de vida.

Hoy mismo los signos están allí, para todo el que sea capaz de mirar y ver, señales de que el Reino está creciendo humilde y sin pausa entre nosotros, que no es necesario buscar la receta mágica o la determinación milagrera.
 
Dios está, camina y cuida de nosotros.

Paz y Bien

La mansa y transgresora solidaridad
















Domingo 6° durante el año

Para el día de hoy (11/02/18):  

 
Evangelio según San Marcos 1, 40-45




Un modo de acercarnos al Evangelio para el día de hoy es, precisamente, desde las trasgresiones a lo férreamente instituido.

Dadas las posibilidades médicas del siglo I en Palestina, es lógico que se tuviera cierto pánico a la lepra: era altamente contagiosa, y su carácter degenerativo literalmente deformaba al enfermo. Por ello mismo, la sociedad judía prefería aislar a los pacientes fuera de los pueblos y ciudades.
Todo ello tenía una puesta en práctica de varios siglos, y se hallaba instaurado desde un punto de vista religioso y social, tal como lo podemos encontrar en los capítulos 13 y 14 del libro del Levítico: es el sacerdote quien realiza el diagnóstico certero del enfermo, y quien dictamina su exclusión de la vida comunitaria, con la expresa imposición de no acercarse a nadie. Este diagnóstico no es solamente una cuestión médica, sino también un rótulo moral: se considera al enfermo como impuro, y quizás ella sea la cuestión primordial del ostracismo que se le impone, así como frente a una hipotética cura, será también el sacerdote quien articulará los ritos cultuales de readmisión a la sociedad.
El leproso, además, debía gritar su condición de impuro a fin de mantenerse alejado y de que nadie se le acerque.

Al paso del Maestro que anda, este hombre afectado por la lepra se acerca. Trasgrede de manera flagrante lo que se le ha impuesto. Es un hombre que ha vencido toda resignación y que toma la vida en sus manos, con la confianza puesta en ese rabbí que camina y no se espanta ni se aleja de su condición.

En la misma sintonía, Jesús de Nazareth también quebranta las normas instituidas. Trasgrede prohibiciones que segregan y alejan al doliente, y con ternura militante lo vuelve a considerar hermano y, por sobre todo, humano. Los estigmas que le han aplicado lo condenan al intolerable dolor de la soledad obligada, y al aceptarlo como hermano acontece el primer milagro: luego, por el mismo amor incondicional de Dios, se sanará su cuerpo enfermo.
El Maestro quiere que todo sane; por ello mismo, envía al hombre renovado y recreado a presentarse a los sacerdotes, para cumplir con los ritos establecidos de readmisión comunitaria y religiosa, con el claro mandato de que guarde silencio acerca de lo sucedido. El reconocimiento del Salvador es un proceso que requiere su maduración, no es mágico ni instantáneo.

Pero este hombre no puede contenerse, y proclama a todo aquel con quien se encuentra lo que ha sucedido, y lo difunde por toda la comarca. Esto trae una consecuencia inmediata, y es la segregación del Maestro: ha tomado contacto con un impuro, volviéndose Él mismo un excluido, y por ello no podrá entrar a pueblos y ciudades.
Sin embargo y a pesar de ello, las gentes acuden a Él desde todas partes, en los lugares solitarios y desiertos en donde se lo encuentra.

Hay que animarse a ciertas trasgresiones, aún cuando ello traiga duras consecuencias. Es menester tener el coraje de trasgredir aquello que entre nosotros hemos instituido como sagrado pero que sólo implica humillaciones y descensos en la condición humana.
 
Es cuestión del Reino, de solidaridad mansa, de impulso de la Gracia.

Paz y Bien

El maravilloso escándalo del compartir















Para el día de hoy (10/02/18):  

Evangelio según San Marcos 8, 1-10








Hay más de una clase de hambre.

Está el hambre que se elige, a veces por motivos estéticos -una mejor figura tal vez-, a veces por motivos de salud, debido a indicaciones médicas. Y está también el hambre voluntariamente buscado, en el que la privación se transforma en gesto amoroso, en cultivo de la voluntad, en pequeña ofrenda para aliviar, aunque sea mínimamente, el hambre de otros.

Pero hay otro hambre, y es el hambre no elegido, el hambre impuesto, esa carencia del sustento mínimo que aún hoy a tantos millones de seres humanos agobia con su crueldad. Seguramente y desde distintas perspectivas y abordajes nos encontremos con diversos análisis, en ocasiones muy certeros.
Pero desde nuestro mínimo y modesto lugar no vacilaremos en afirmar que, ante todo, sus causas se originan en el corazón humano, en egoísmos y en negaciones expresas de la existencia del otro, y ése es precisamente el drama. Cada existencia socavada por el hambre, cada hija e hijo de Dios mal comidos, subalimentados o hambreados sin compasión debería ser para nosotros una afrenta intolerable a ese Dios que es Dios de la Vida, un Dios cuyo rostro resplandece en los pequeños, una vida que se angosta y menoscaba porque -debemos reconocerlo- a pesar de tantas declamaciones, nos hemos acostumbrado y, a menudo, cedimos paso a la resignación.

Una multitud había acompañado a Jesús de Nazareth, rabbí judío, durante varios días. Eran todos ellos extranjeros, y a la mirada ortodoxa de Israel impuros y despreciables enemigos de una Decápolis que poco tiempo atrás rogaba a ese galileo que se fuera. Había optado por su piara antes que por la salud del vagabundo enloquecido de los cementerios. Pero ahora la multitud se nutría de muchos enfermos suplicantes de salud, y de otras tantas almas ávidas de una Palabra nueva, sedientos de esperanza.
Seguramente han llevado algunas viandas para los primeros momentos, pero han pasado varios días y desfallecen de hambre, y corren riesgo de caer por el camino de regreso a sus hogares.
Y el Maestro se estremece de pena frente al hambre de tantos, por ese pan ausente, y por ausencia de solidaridad creativa de sus discípulos, que dan una respuesta muy racional pero que nada hacen más allá de manifestar un dictamen con apariencia definitiva.

El dolor del Maestro se multiplica porque sus discípulos tienen la respuesta, pero se obstinan en resignarse, en escapar por tangentes mundanas.

La respuesta está en ellos mismos, y se trata del compartir, aún cuando lo que haya para compartir se asome como bien poco, con patente escasez. Porque ese Cristo todo lo puede, pero en este milagro tienen mucho que ver sus discípulos.
El compartir es un escándalo maravilloso, un río de agua fresca a partir del cual florecen los milagros, y es el paso primordial de la mesa grande que soñamos y que ese Dios con nosotros nos ofrece, Eucaristía de los hermanos que por fin se han reunido.

Paz y Bien

Señales de auxilio, héroes anónimos de la compasión












Para el día de hoy (09/02/18):  

Evangelio según San Marcos 7, 31-37






Los hemos encontrado muchas veces, quizás sin advertirlos, en los Evangelios. Son seguidores de Jesús de Nazareth, en apariencia anónimos, mujeres y hombres que con mucha fé y tenaz confianza llevan hacia el Maestro silenciosamente a muchos dolientes, enfermos, oprimidos.

Estuvieron allí, por ejemplo, cuando la suegra de Pedro se encontraba postrada por la fiebre. Son los cuatro hombres empeñados en llevar a la presencia del Señor al paralítico, abriendo boquetes en el techo. Son todos los que llevaban a los enfermos en camillas y las colocaban al paso de Jesús, en servicio de Salvación, y son tantos otros aún en nuestros días.

Son seguidores del Señor, discípulos desconocidos, servidores de liberación, sal de la tierra y luz humilde de este mundo, a medio camino entre los Doce y los ángeles, y que sin embargo en su modestia y en su sencillez se afanan por pasar inadvertidos, porque lo que cuenta es la misión, y quien debe verse es Cristo, Dios con nosotros.

Son los que a tantos cautivos de toda opresión constantemente están enviando señales precisas de auxilio, heroínas de la solidaridad, héroes de la compasión, sin los cuales esta vida carecería sentido y de sabor.
Se saben mínimos y quebradizos, conocen que nadie es imprescindible, y sin embargo son importantísimos. Pasan por la existencia inadvertidamente, y se retiran en silencio, satisfechos y felices a los brazos de Aquél que los espera siempre, porque han hecho lo que debían, y no buscan premios ni recompensas pues bien cumplidos están. Nada más ni nada menos son felices por anteponer la necesidad del otro a cualquier interés personal, aún el más legítimo y básico.

Los necesitamos, y mucho, y es menester ser capaces de abrir los ojos para mirar y ver, porque siguen estando entre nosotros.
Pues aún hoy persistimos en nuestra incapacidad de oír y escuchar al otro y a Dios, y así nuestra vida deviene un monólogo absurdo e inentendible. Es preciso que el Maestro nos cure para recuperar el habla, Él mismo que es Palabra hecha uno de nosotros, Verbo encarnado, Dios con nosotros, Dios por nosotros, Dios en nosotros.

Paz y Bien

Mendigos de la misericordia












Para el día de hoy (08/02/18):  
 
Evangelio según San Marcos 7, 24-30






En parte porque el ambiente se había sobrecargado y podían desatarse violencias que iban mucho más allá de la mera agresión verbal, en parte por cansancio y, tal vez, para encontrar un poco de sosiego junto a sus amigos, el Maestro se retira a la región de Tiro y de Sidón, en territorio netamente pagano y que para el acervo cultural judío se corresponde con enconados enemigos. Probablemente esperaba encontrar allí algo de anonimato que le brindara alivio, pero ya es demasiada la fama bondadosa que le precede, y los extranjeros saben bien que a nadie rechaza.
El gesto supera por lejos un simple viaje: es un éxodo interior que amplia al universo el anuncio y misión de la Buena Noticia, pues la primer frontera que ha de cruzarse es la del propio corazón.

Allí se encuentra con una mujer que, además de tal, es madre, y que con humildad e insistencia suplica por su hija enferma. Y como madre, sufre lo indecible pues no hay dolor mayor que ver sufrir a un hijo y descubrirse impotente de brindar alivio. De allí su insistencia, de allí esa extraña confianza al rabbí judío que dicen, tanto bien prodiga.

Pero la primer respuesta del Maestro sorprende, y se nos hace durísima: primero deben saciarse los hijos, y no está bien tomar el pan de los hijos para echarlo a los cachorros. No se trata de una figura simpática, nada de ello: el extranjero, y el extranjero enemigo era considerado y llamado injuriosamente un perro -y hoy es un epíteto insultante que seguimos utilizando-. Y Jesús, como judío íntegro, piensa desde las tradiciones de su pueblo, y así primero hay que llevar la Buena Nueva a los hijos, es decir, a lo propio, a lo conocido, a Israel. Y luego, si algo queda, las sobras a los perros, a los cachorros.

Pero esa mujer está impulsada por un amor entrañable a su hija y por una confianza imbatible en la bondad de ese extraño sanador judío, y por ello insiste, tenaz y sin doblez ni resignación.
Muy lejos de cualquier silogismo, desde sus entrañas, quiere ser partícipe de esa mesa en la que han de comer los hijos pero también pueden participar conjuntamente los cachorros, aunque sea con las migas. Esa mujer intuye de manera formidable que la mesa de Dios es mesa de vida y mesa enorme, mesa para todos sin excepción, y lleva de su parte el mejor de los platos: no pedir nada para sí misma, sólo la total preocupación por la hija, por el otro, por el bien del prójimo.

El corazón de Jesús de Nazareth dá un vuelco, y por su amor y por la fé de esa mujer acontece el milagro de la salud, de la Salvación, de la misión universal de Cristo y la Iglesia.

Entre nosotros hay muchas mujeres sirofenicias, en apariencia ajenas y extranjeras a nuestros moderados y escasos ojos. Pero ellas, con su tenacidad y su ofrenda perpetua del cuidado de los demás, están allí humildes, enteras, sin bajar los brazos, para recordarnos que la mesa/vida ha de tener asientos para todos, que no hay tanto propios y ajenos sino hijas e hijos de Dios que comparten dolores y penas y que, a pesar de todo, quieren vivir felices.

Paz y Bien

El desalojo de lo vano











Para el día de hoy (07/02/18) 

Evangelio según San Marcos 7, 14-23




Jesús de Nazareth es un maestro inigualable, y no es nada difícil imaginarnos allí, entre la multitud, convocados a reunirnos cerca de Él para aprender. Siempre hay que aprender.
Y hoy nos sigue convocando y enseñando a través de la Palabra y por su propio Espíritu.

Entre las enseñanzas de Jesús de Nazareth y las de escribas y fariseos había un abismo infranqueable. Primero y principal, porque el Maestro enseña con una autoridad única, la de su identidad plena con su Padre. Pero más aún, la raíz de todos los conflictos es el Dios que Cristo revela.

Escribas y fariseos propalan la imagen de un Dios distante e inaccesible, severo y verdugo rápido, un Dios airado con facilidad, un Dios al que el pueblo le tiene miedo y no temor, ese temor de Dios que es santo. Para esos hombres, hay todo un manual de procedimientos piadosos para acceder a la bendición divina, para purificarse, para sacralizarse.

En el kairós, tiempo propicio de Dios que es tiempo santo de Dios y el hombre, Jesús de Nazareth nos revela el rostro de un Dios que es Padre y Madre, que se desvive por todas sus hijas e hijos y al que le pertenecen todas las primacías e iniciativas, un Dios que sale siempre al encuentro, un Dios de amor y misericordia.

El Dios de Jesús es el Dios que libera, que purifica, que nos renueva las transparencias cordiales que solemos opacar con nuestras miserias, nuestros quebrantos, nuestros olvidos y omisiones.
Los rituales son necesarios y valiosos siempre y cuando no olviden al Dios que les confiere sentido y trascendencia y es ese mismo Dios al que se orientan por esa necesidad vital de ser hijos.

Que ese Cristo vuelva a limpiarnos, que las almas emprendan el desalojo de lo vano, de lo fútil, de lo que perece. Que los corazones son el templo vivo del Dios de la Vida, feliz de hacer morada en nuestras existencias.

Paz y Bien

Abluciones del corazón














Para el día de hoy (06/02/18):  
 
Evangelio según San Marcos 7, 1-13









Luego del regreso del pueblo de Israel del destierro en Babilonia, sucedieron dos acontecimientos importantes: por una parte, y de manera progresiva, los profetas fueron desapareciendo -y por ello es tan notoria e influyente la figura de Juan el Bautista en su irrupción en el momento justo-. Por otra parte, surge un grupo de estudiosos y eruditos exégetas de la Palabra de Dios, cuya actividad exclusiva es el estudio y la interpretación cabal de la Ley, y varios de entre ellos, a su vez, pertenecían a la corriente o secta de los fariseos. Eran muy respetados por el pueblo, y ante la ausencia de profetas y su creciente influencia, con el correr de los años se transformaron en la voz canónica y oficial en la lectura de la Ley y, por ende, de la voluntad de Dios.

El Evangelista, como en el día de ayer, continúa situándonos en el valle de Genesaret, en donde el ministerio del Maestro es tan amplio, masivo e irrestricto. Por ello, sumado a las voces ferozmente críticas de los fariseos locales a sus acciones y enseñanzas, que bajen desde la misma capital Jerusalem en un viaje de más de cien kilómetros unos escribas es un signo ominoso. El peligro se percibe en el ambiente, y refiere a la preocupación de las autoridades religiosas por la influencia y el prestigio crecientes de ese rabbí galileo.
En cierta manera, se hace presente el martillo rápido y eficaz de la ortodoxia, dispuesto a suprimir sin vacilaciones los desvíos, las sub-versiones de la fé del pueblo de Israel.

Es menester señalar que a través de décadas, estos doctores de la Ley -así también eran conocidos- habían pergeñado un cúmulo de normas, preceptos y rituales, interpretaciones de interpretaciones de la Torah que a través del tiempo se convirtieron en una sólida tradición, tanto o más importante que la misma Palabra.

En esa tradición, cumplían un rol fundamental las abluciones, es decir, los ritos de purificación de las manos previos a la ingesta de los alimentos, así como también la limpieza de los objetos anexos a tal fin. Ello no respondía a cuestiones higiénicas o sanitarias, sino que eran puro ritual que separaba estrictamente puros -es decir, meritorios de la bendición de Dios- de los impuros -es decir, malditos o pecadores-. En es orden de ideas es que critican la actitud de varios de los discípulos, que omiten dicho lavado de manos, y la crítica es un tiro por elevación a Jesús de Nazareth en su condición de Maestro.

Hemos de mencionar también el fervor piadoso de escribas y fariseos. Ellos se aferraban con tesón a las cosas de su Dios, lo que jamás ha de ser censurable en cualquier ámbito religioso. Más el problema mayor, lo verdaderamente grave es que en esos afanes, suplantaron la Palabra Viva de Dios por tradiciones netamente humanas, deificando y sacralizando costumbres que sólo remiten al gesto externo pero que reniegan de lo que bulle en los corazones y, peor aún, se alejan de Aquél que todo ilumina e inspira. Esas tradiciones son traiciones pues pretenden en su soberbia rebajar la eternidad de un Dios que se comunica con el hombre.

Es una hipocresía, una máscara que se adecua y se quita según conveniencia, y el Maestro no se calla.

Porque es el tiempo santo de la Gracia, y para nuestros asombros y todas las maravillas del universo, la purificación no se obtiene mediante la acumulación de actos y gestos puntillosamente piadosos: los corazones se transparentan por la insondable e infinita acción de la Misericordia de Dios en conjunción amorosa con la fé del creyente.

Dios tiene las primacías, siempre se acerca, siempre está en nuestra búsqueda.

Por eso quizás lo santo comience por honrar, en cada día de nuestras escasas existencias, esa vida que se nos ha concedido. Cuidar y engrandecer lo que es humano -imagen de Dios-, proteger la vida, sembrar la alegría y la esperanza. Porque el culto verdadero y el ritual primordial es la compasión.

Paz y Bien

El borde de su manto











Para el día de hoy (05/02/18):  

Evangelio según San Marcos 6, 53-56








En la Palestina del siglo I, tiempos del ministerio de Jesús de Nazareth, los enfermos eran el sector más relegado de la sociedad, quizás más aún que los pobres. No se trataba solamente de una medicina en estadios tempranos, y una gran prevalencia de determinadas patologías propias de la zona y del clima: se trataba especialmente de una concepción religiosa y social que consideraba a las enfermedades consecuencia directa del pecado, es decir, el castigo necesario de un dios severo.

Además, las rígidas normas de pureza ritual existente complicaban aún más la situación, y quien tocaba a un enfermo/impuro a su vez se impurificaba, volviéndose inapto e inepto para la participación en el culto y para la vida comunitaria, autocondenándose a un repliegue automático a la soledad y el ostracismo.

Así entonces, la situación de los enfermos y de sus familias, en aquellos tiempos, era mucho más dolorosa que el sufrimiento que imponía la propia dolencia.


Cuando el Maestro, desde Nazareth, comienza a recorrer pueblos y ciudades anunciando la Buena Noticia y acercándose Él mismo a los enfermos, se produce una gran conmoción.

Por un lado, las gentes se asombran de que Alguien se inclinara hacia los enfermos con tanta bondad; ése hombre irradiaba una fuerza asombrosa que a todos curaba, y lo hacía en nombre de un Dios Abbá, muy distinto del que otros les había enseñado e impuesto.

Por otro lado, los religiosos profesionales, los poderosos dirigentes de la religión oficial estaban que trinaban, y con razón: ese galileo de tonada campesina alejaba al pueblo de sus influencias y doctrinas, y lo que estaba enseñando volvía peligrosamente libre al pueblo. Para colmo de males, todo lo realizaba abiertamente en nombre de un Dios muy distinto del que ellos mismos rendían culto.


Por estos motivos, y porque también la conversión y la confianza no son mágicas ni instantáneas sino que son un proceso de germinación, crecimiento y frutos, las gentes llevaban a sus enfermos en camillas a las calles y plazas, en la esperanza que, al paso del Maestro, pudieran rozar el borde de su manto. Estaban demasiado asustados y temerosos de todo lo que habían asimilado durante siglos para atreverse -de golpe- a cambiar; por ello con temor y temblor, se siguen quedando en los márgenes, en esa esperanza de que la misma periferia de ese Cristo caminante siquiera los roce.


La fuerza de Jesús de Nazareth es asombrosa, y esa Gracia inconmensurable no puede ser contenida ni acotada. Por ello mismo todos los que tocaban el borde de su manto quedaban sanos.


Aún les faltaba un éxodo, y es el mismo que nos queda pendiente. Al tocar el borde de su manto se vestían de alegría y gratitud, pero corrían el peligro de abrazarse al fenómeno puntual.

A la tierra prometida de la Salvación se llega cuando nos atrevemos a tocar el borde del manto que le imponen sus verdugos en la noche cruel de la Pasión.


Paz y Bien

Humanidad, salud y servicio















Domingo 5° durante el año

Para el día de hoy (04/02/18):  

Evangelio según San Marcos 1, 29-39





A menudo perdemos de vista un distingo importantísimo: gran parte de la vida de las primeras comunidades cristianas y el ministerio del Señor transcurría en los hogares. Ello se debía, en parte, a cierto cariz clandestino por persecuciones y por las anatemas sinagogales. 
Pero más allá de esas circunstancias, hay más. Siempre hay más, la Palabra vive y palpita, y al calor del afecto hogareño resplandece el rostro de un Dios que es amor y es familia. Por eso el Maestro radica su hogar allí en donde sus amigos lo reciben con corazón fraterno.

Al adentrarnos en la lectura del día, llama la atención la premura en comunicarle al Maestro la enfermedad de la suegra de Pedro, y que Él no pone excusas ni se demora en el socorro, quizás recordándonos que jamás se debe posponer el auxilio al que sufre.

Es la suegra de Pedro, y no es difícil inferir que es mujer, anciana y doliente de una enfermedad, unas fiebres que la mantienen postrada.
Ciertas prescripciones religiosas de pureza/impureza de aquellos tiempos impedían tener contacto físico con un enfermo, y menos si ese enfermo es una mujer;no es necesario ahondar demasiado al contemplar la soledad de esa mujer y su fragilidad, enferma en su ancianidad.

Ciertas fiebres persisten, claro está, a pesar de los notables avances en las ciencias médicas. Fiebres del desamparo y el abandono que demuelen.

Fiebres de la humanidad descartada que postra. Fiebres del no, del nunca, del no se puede.

El Maestro se acerca, la toma de la mano y la hace levantar, y en ese gesto quebranta varias rígidas normas.

Pero no hay imposición, y hay allí más de un milagro que la salud restablecida.

Milagro de misericordia el acercarse, el tomar su mano con respeto y ternura, reconociéndola como igual, poniendo de pié su humanidad herida.

Ella ya está bien, y se pone a servirles. No se trata solamente de una acotada función hogareña: es el asombroso paso cordial  de la servidumbre al servicio, de la muerte a la vida que se expande en koinonía.

Por la tarde al caer el sol, multitudes llevaban a sus dolientes a su presencia para que Él los cure. La ocasión no es fortuita: es la hora permitida, pues ha finalizado la rigidez del Shabbath al aparecerse la primera estrella, estrella de esperanza.

En todas las noches, resplandece la estrella de salvación de Cristo cuando nos acercamos al hermano caído con un corazón humildemente servicial y fraterno.


Paz y Bien





La compasión jamás es teórica ni abstracta













Para el día de hoy (02/02/18):  

Evangelio según San Marcos 6, 30-34







Pocos pasajes de los Evangelios nos revelan a un Cristo tan profundamente humano y compasivo como la Palabra para el día de hoy, y quizás sea la compasión su rasgo más distintivo, tantas veces expresado en acciones concretas. La compasión jamás es teórica ni abstracta.

Los discípulos habían partido como tales, rumbo a la misión que el Maestro les había encomendado, de dos en dos llevar la Buena Noticia, Él mismo en gestos, en hechos y en palabras. Y es significativo que el Evangelista Marcos los nombre al partir como discípulos, pero a su regreso son apóstoles: la misión los ha transformado, se han descubierto elegidos y enviados tal y como lo somos todos y cada uno de nosotros.

Regresan con nuevos bríos, pues no hubo mal que se les resistiera -es el poder mismo de Dios- y han enseñado todo lo que saben. Pero el Maestro sabe muy bien que a veces es necesario disminuir los fuegos de la euforia; los estados de ánimos -exaltación o depresión- son como los resfríos, hay que dejar que se pasen. Y hay que afirmarse en lo que en verdad perdura. Además, Él conoce a los suyos mejor que nadie, y es un observador experto y único que adivina la mella que el cansancio provoca en sus amigos.
Por ello mismo, con una deferencia maternal de ocupa y preocupa de apaciguarlos, de encontrar un lugar tranquilo para que reposen sus cuerpos agotados y allí puedan dialogar.

Pues todo cansancio puede ser que decrezca mediante el debido reposo, pero el descanso verdadero se encuentra en la cercanía de Dios, de ese Cristo que es hermano, Señor y compañero.

Como suele suceder, la tarea es inmensa y los obreros siguen siendo escasos, y cada día es imprescindible suplicar al Dueño de la vid que envíe más labriegos.
Esa inmensidad se traduce en la ansiedad de las gentes que están libradas a los azares de sus destinos impuestos -nunca edificados ni tallados con paciencia-. Gentes agobiadas, resignadas, doblegadas por tanto abandono, heridas de soledad y desprecio contante y sonante, que se aferran como último bastión y refugio a ese rabbí galileo que a nadie, y por ningún motivo, rechaza. Y esas gentes no pueden esperar más, y el Señor lo sabe...y quizás los suyos -los Doce, tu y yo, a menudo la Iglesia- prefiere ignorar esas prisas impostergables.

La compasión jamás es teórica ni abstracta, y es el motor de Jesús de Nazareth, expresión perfecta del Espíritu que lo anima, flor primera de la Gracia, del amor infinito de Dios. Ël vé sus rostros y adivina sus padeceres, y los intuye y descubre como ovejas sin pastor, o sea, carentes de cuidado, de protección, de compañía constante, de guía, de servicio desinteresado y solidario. Por eso posterga para otro momento hasta su mismo cansancio, y pone su misma existencia a por ello, manos a la obra y corazón en el hermano.

No hay servicio desde los palcos, desde los balcones. El servicio apostólico es desde el lugar del pobre, desde su mismo barro, desde la fraternidad genuina, desde la sencillez que no busca reconocimientos pero que arde en hambre de justicia y la necesidad imperiosa de comunicar que otra vida es posible, una vida plena, una vida feliz, el Reino, sueño y proyecto del Dios de la vida.

Paz y Bien

Dios llega a nuestro encuentro silencioso y humilde











La Presentación del Señor

Para el día de hoy (02/02/18):  

Evangelio según San Lucas 2, 22-40





El Templo es enorme, y la multitud nutrida, espesa, que parece nunca decrecer.
Hay mucho perfume a incienso, y mucho, muchísimo humo por los sacrificios rituales que realizan los sacerdotes, la grasa que se quema en la liturgia establecida. Ellos están demasiado ocupados en su severa actividad como para advertir nada más que lo que hacen.

Por entre ese mar de gentes, un joven matrimonio de galileos nazarenos -casi campesinos, se les nota en las ropas y en el acento- ingresa al Templo con un niño pequeño en brazos. José y María de Nazareth son judíos hasta los huesos, hijos fieles de Israel, y se presentan allí para cumplir con las prescripciones de la Ley de Moisés por partida doble.
Por un lado, la parturienta debe ofrecer animales en sacrificio para purificarse luego del parto por la pérdida de sangre. En el caso de María de Nazareth, serán un par de pequeños pájaros, la ofrenda de los pobres.
Por otro lado, José de Nazareth también ofrecerá unas monedas por el rescate del pequeño hijo: se consideraba que todos los primogénitos de Israel pertenecían a Dios -memorial de la noche del éxodo, de la muerte de los primogénitos egipcios-, y se ofrece al Dios de Israel ese rescate cultual por ese hijo.

Extraña lógica: la más pura entre todos acude a purificarse, y de Aquél que será el rescatador de toda la humanidad -Go'El- sus padres pagan los valores establecidos para su rescate.

Nadie les presta atención. Suele suceder: a los más pequeños, por los afanes cotidianos, por la exactitud cultual, y porque nos encanta lo masivo -en especial, lo religioso que se impone en su número- los ignoramos con precisión. Son una nimiedad que sólo incrementan números, y a veces, aunque todos seamos iguales ante Dios, pareciera que algunos son más iguales que otros...

Ubicar a una persona determinada entre el gentío no es fácil, nada sencillo, y la cosa se complica en la enormidad de ese Templo que abruma. Al fin y al cabo, es una pareja campesina con un bebé mínimo.

Pero Simeón y Ana son dos abuelos maravillosos. Son de esa gente imprescindible que jamás reniegan de esperar con paciencia infinita, irreductible, y nunca se rinden ni se resignan. El Espíritu los enciende, y ellos mantienen sus fuegos vivos con una confianza que no claudica.
Aunque todos los supongan a las puertas de la muerte, ellos están cerca, muy cerca de la vida, tan cerca que la acunarán felices en sus brazos envejecidos, y nosotros seguimos empujando a nuestros viejos a finales previsibles, a vegetar la espera fúnebre aún cuando la vida bulla en sus almas.

Ellos no tienen nietos biológicos, pero por su fé tenaz y una esperanza que no baja los brazos, se vuelven abuelos de ese Niño Santo que se les adormece en su abrazo cálido. Y en cierto modo, son abuelos también de todas las mujeres y hombres de fé de todo tiempo y lugar.
Porque a pesar de todas las apariencias, ellos también se han dado cuenta que ese Niño es el que tantos esperaron durante tanto tiempo, y que ese Bebé será el que rescate al pueblo de su cautividad. Aunque no tengan hijos, son madre y padre por partida doble, y en sus bondades acunan los ojos asombrados de María y José de Nazareth también.

Es una contradicción y una ilógica difícil de superar para las almas envaradas: ese Niño será el Templo verdadero, por el que cada hombre y cada mujer serán templos vivos del Dios de la Vida, ese Niño es nuestra vida plena y nuestra esperanza.

Dios sigue llegando a nuestro encuentro silencioso y sencillo, siempre, sin abandonar nunca la partida. Hay que animarse a encontrarlo por entre la multitud.

Paz y Bien

Senderos misioneros















Para el día de hoy (01/02/18):  

 
Evangelio según San Marcos 6, 7-13





El Maestro convoca nuevamente a los Doce para que transiten nuevos senderos, todos en sentido hacia el Reino, todos en clave de Gracia.
Jesús ha sido expulsado de la sinagoga: las puertas de la religión oficial se han cerrado, pero eso no puede ni debe detenerle. Siempre que una puerta de cierra, se entreabren otras tantas esperando nuestros pasos, es cuestión de esperanza y de no resignarse.

Los discípulos son enviados de dos en dos, signo cierto de comunidad, de esfuerzo compartido, de diálogo que enriquece, de sostenerse mutuamente para permanecer en pié, de Iglesia que germina.

Nada han de llevar, y no lo hacen por militancia de pobreza ni escuela ascética: se trata ante todo de confianza en la providencia bondadosa de Aquél, que los envía, de andar ligeros para que nada los detenga.

Esa pobreza y ese despojamiento alegremente voluntario los vuelve dependientes de la solidaridad y la hospitalidad de otros, y allí en donde sean recibidos ellos harán que acontezca la comunidad, expresión genuina de la familia de Dios.

Llevan consigo, en sus corazones, la Salvación que se les ha ofrecido a pura bondad y que han recibido con felicidad, y es un tesoro extraño que se agiganta en la medida en que se brinda y comparte.

Ellos portan salud para los cuerpos, y liberación para las existencias, desalojando todos esos espíritus malvados que oprimen y degradan la condición humana., llevando aceite de consuelo y vino de esperanza, haciéndose ellos mismos salud para los hermanos dolientes.

Paz y Bien

Talita Kum











Para el día de hoy (31/01/18):
 
Evangelio según San Marcos 5, 21-43




Doce años sin resultados, doce años excluida, doce años catalogada como impura y contagiante de esa impureza, doce años dilapidando lo que tuviera, sufriendo para nada.
La sangre sin control de esa mujer es la esterilidad misma, vida que se escapa sin poder detenerla, existencia sin frutos.

Doce años la hija de Jairo, doce años de niña a punto de ser mujer, de juegos e infancia al borde de la capacidad de ser madre, doce años cumplidos en que muere a los ojos de Jairo como hija: había de entregarla como esposa de acuerdo a los cánones sociales de la época, sujeto a su misma condición social relevante. La niña de doce años también es la esterilidad misma, es una mujer en ciernes que no florecerá como madre dormida en los lazos de la muerte.

Es lo ineludible, lo que en apariencia es insalvable; quizás el sufrimiento y la muerte encuentren un fundamento ávido cuando se arraigan en la resignación, en lo que es así y nunca de otro modo, en el no se puede.

Aún así, entre los apretados preconceptos y las razones cerradas, pasa Jesús.
Y sucede el milagro primero, la fé -don y misterio-, que se revela ante todo como confianza más allá de toda razón y esperanza que rompe toda subordinación a lo que se nos muere. Una fé totalmente personal, concreta, rostro único e irrepetible te cada persona, existencia que no se sustituye así abunde esa multitud de ideas y actitudes que no dejan salir a la luz lo más importante: el rostro humano del dolor y la cara visible y concreta de la Salvación. Una fé concreta que se atreve -maravillosamente irreverente a toda imposición- a lo concreto, a tocar, a abrazar, mano amiga que auxilia al que se ha caído de bruces al suelo y ya parece que no podrá ponerse en pié.

Es claro que no todos lo aceptan, sólo el Maestro entre tantos lo perciben. Unos, aceptando como normal y habitual el discurrir de la multitud que desdibuja los rostros: la mujer movida por ese coraje enraizado en la fé sólo ha sido advertida y redescubierta por Jesús.
La niña-mujer que Jesús asegura dormir y no morir, es motivo de burlas; es claro que es más fácil atarse a la costumbre y la sumisión de lo habitual que atreverse a ir más allá.

No son tanto dos milagros, sino más bien tres o muchos más si se quiere: es la mujer reconocida y curada desde la fé y el coraje, que deja de estar postrada en el dolor y la exclusión -Él la llama hija-, es Jairo que siendo testigo de ese milagro y desde allí, puede aceptar que la muerte no prevalece y que ese rabbí puede hacer lo que se presente como imposible, son esas gentes imposibilitadas de asumir como propias las lágrimas de Jairo y su esposa -rápidas para la burla y lentas para la compasión-, es la niña que despierta del estupor aparentemente insalvable de lo que perece.

¡Talita kum! dice con autoridad el Maestro, y sus palabras atraviesan toda barrera de la historia y llega a nuestro presente, a nuestras postraciones, a nuestras esterilidades, a nuestras muertes cotidianas, animándonos a dar un paso más, a la bravura del despertar de la resignación, a vidas frutales que todo lo pueden.

Paz y Bien

La muerte no tiene la última palabra












Para el día de hoy (30/01/18):  

 
Evangelio según San Marcos 5, 21-43






Esta lectura del Evangelio tiene un pilar fundamental que es la misericordia de Dios que se expresa en plenitud en Jesús de Nazareth, y además, tres personajes muy especiales.

Jairo, jefe de la sinagoga. Es un cargo muy imporante entro de la estructura religiosa judía -especialmente durante el Shabbat-, organizando el culto, invitando a los varones a leer las Escrituras y a comentarlas; el puesto es honorífico, y bajo nuestros categoremas es de carácter laico.
Jairo representa a esa estructura religiosa que rechaza abiertamente a Jesús de Nazareth, la sinagoga que decide la división entre puros e impuros, la ortodoxia cruel que acepta a unos pocos y rechaza a tantos, el culto sin corazón a un dios inaccesible, cruel y vengativo.
Tiene una hija de doce años, y para aquellos tiempos y en esa cultura, es una niña que se está convirtiendo en mujer, en cuerpo y edad de casarse y procrear; sin embargo, carece de cualquier atisbo de autonomía, es apenas una propiedad de su padre. Quizás es todo un ambiente que la agobia y no la deja respirar, que la oprime hasta dejarla moribunda, que no la deja asomarse a la vida adulta. Es también símbolo de una sinagoga que ya no dá respuestas, y de la que Dios se ha ido.

Hay un milagro que quizás nos pase inadvertido, y es la conversión de Jairo. Justamente él, un fariseo convencido que representa a todos aquellos que detestan al Maestro, corre a ponerse a los pies de ese galileo revoltoso porque en las honduras de su corazón sabe que sólo Él puede devolverle la salud a su hija.
Jairo expresa los matices principales de toda conversión, que son la confianza en Jesús y el atreverse a ir más allá de cualquier barrera ideológica, religiosa, preconceptual.

Jesús lo acompaña a su casa con paso decidido, lo mueve la compasión por esa niña enferma y por el amor de su padre. Pero por entre la multitud que lo rodea, a escondidas y de manera clandestina, una mujer se acerca y toca su manto.
Es una mujer que durante doce años ha sufrido hemorragias, flujo de sangre -quizás lo que hoy la medicina clasificaría como metrorragias o alteraciones menstruales-. Simbólicamente, es una mujer a la que la vida se le va yendo poco a poco en la sangre que pierde, a la que nadie ha dado respuestas.
Su realidad es mucho más cruel que la misma enfermedad que padece: esa patología la vuelve impura según los cánones religiosos, y es una impureza transmisible. Impurifica todo lo que toca y a quien toca. Es una mujer relegada a vivir en soledad, a no amar ni ser amada, a ser mirada con desprecio, a que todos se alejen de ella. Pero también es una mujer que no se resigna, y aunque sea de manera furtiva toca el manto del Maestro, sabiendo que es lo mismo que tocarle a Él, porque lo cree fuente de toda sanación, confianza inquebrantable.
Por ello mismo, la pregunta del Maestro acerca de quien le ha tocado no se refiera a un intento de reconocer al autor de ese atrevimiento, sino de que esa mujer se revele sin miedos, sin esconderse, que se levante íntegra y sana, reivindicada en su humanidad reconstituida por el contacto con la fuerza inconmensurable de ese Cristo caminante.

Aquí no podemos olvidar que esto sucede mientras Jesús y Jairo se encaminan a la casa de éste último por la enfermedad que postra a su hija. Por la nutrida multitud y por el encuentro con la hemorroisa, se han demorado, y en apariencia han llegado tarde. La niña ha muerto según anotician parientes y vecinos.

Pero es un tiempo nuevo y bueno, muy distinto al que se impone. Es tiempo de que la muerte no tenga la última palabra, es el fin del no se puede, es el comienzo de la magnífica bendición de un Dios que nos vuelve a hablar como niñas y niños, hijas e hijos suyos, que no nos quiere postrados, doblegados por nada, erguidos plenos de humanidad, cada vez más humanos, Talita kum para todos los corazones en todo lugar.

Paz y Bien

Contarle a los otros todo lo bueno que el Dios de la Vida ha hecho en nuestras existencias













Para el día de hoy (29/01/18):  

 
Evangelio según San Marcos 5, 1-20






La escena que el Evangelio para el día de hoy nos brinda se desarrolla en tierras paganas, en la Decápolis, es decir en la región de esas diez ciudades bajo jurisdicción de la provincia romana de Siria, con una mayoría predominantemente helenística. Por ello mismo -por razones religiosas y nacionalistas- no eran miradas con buenos ojos por los judíos del pueblo de Israel; se los presuponía ajenos a cualquier bondad de Dios y más, pasibles de todos los castigos.

En esas tierras a las que jamás se permitiría una bendición del Creador, precisamente allí se encamina el Maestro con los suyos para llevar también la Buena Noticia, para que el Reino crezca y acontezca.
Lo nuevo y lo bueno es el amor infinito de Dios que se derrama por todas las naciones como lluvia fresca, renovadora de toda vida, pues las fronteras -terrestres, políticas, religiosas, psicológicas- son cruel y torpemente propias con las que solemos diferenciarnos de los demás, de los extraños, una malsana azada que poda cualquier brote de fraternidad.

Para no quedar presos de la literalidad, es saludable y necesario detenernos en los signos y los símbolos que se nos ofrece en la palabra, que no es una crónica histórica sino teológica, es decir, espiritual.

Apenas Jesús desembarca, le sale al paso un hombre alienado, seguramente enarbolando gritos angustiados y vistiendo algún harapo miserable.
La descripción que hace el Evangelista Marcos es tan detallada como dolorosa: es un hombre poseído por un espíritu maligno, según los vecinos del lugar. Es violento y suele hacerse daño a sí mismo, por ello intentan dominarlo -no sanarlo, no contenerlo- mediante cadenas y grilletes; finalmente, lo dejan librado a su suerte, y su hogar será una casa de muertos, un cementerio.

Estamos acostumbrados a señalar que cuando Jesús se hace presente, todo mal se dispersa, y ello está muy bien; pero es menester no soslayar que también, cuando Él está, se ponen en evidencia todas las miserias y dolores que a menudo se desdibujan bajo pátinas de costumbre.
Porque ese hombre sufre su dolencia pero a la vez sufre el dolor del rechazo y de la resignación de sus vecinos a su situación intolerable que consideran irresoluble y sin retorno. Los mismos que condenan al hombre a la soledad no reconocen la Salvación que está allí, entre ellos, en ese rabbí galileo.
El hombre endemoniado, inmerso en sus sombras y a voz en cuello lo reconoce como Hijo de Dios y Señor.

Hay un dato que suele ser motivo de contrapuestos análisis por expertos exégetas: por aquellos años, tenía su asiento en Siria la Legión 10a. -Legio X Fretensis- cuyos estandartes de combate ostentaban como símbolo distintivo a un jabalí, es decir, a un cerdo salvaje. Las legiones romanas garantizaban la obediencia de los pueblos sometidos al imperio mediante su fuerza militar aplastante -la X Fretensis sería decisiva años después, bajo los mandos de Vespasiano y de Tito en la destrucción de Jerusalem-. Y como no hay casualidades, y menos en la Palabra, es significativo que el espíritu maligno que sojuzga a ese hombre se llame, precisamente, Legión.
Por ello mismo podemos atrevernos a sugerir lo concreto de la Buena Noticia, que trasciende cualquier postura ideológica pero que también trasciende toda abstracción o generalización. Lo que se impone por la fuerza, desde lo interpersonal hasta los imperialismos de toda laya son malignos, enfermos, causa de inhumanidad y dolor.

El Maestro se acerca a ese hombre recluido en su soledad y su violencia como hermano, con delicadeza y reconocimiento pleno de su dignidad. Esas nubes negras que asolan su alma se vuelcan a una piara -símbolo clásico de lo impuro- y finalmente los cerdos se arrojan al mar, quedando como consecuencia un hombre reconstituido, renovado, en sus sano juicio, entero y libre para decidir, para amar, para vivir, y que ante todo es enviado entre los suyos para dar testimonio de la compasión que Dios ha tenido para con él, principio fundamental de la evangelización: contarle a los otros todo lo bueno que el Dios de la Vida ha hecho en nuestras existencias.

Hay una vida pre-condenada que a pura bondad se ha recuperado, y quizás no haya algo más valioso. Sin embargo, los gerasenos le piden al Maestro que parta de inmediato: el recuperar la salud de ese hombre les ha costado mucho, toda una piara de valiosos cerdos, y no quieren ni imaginarse lo que sucedería de continuar Jesús de Nazareth con su paso sanador.
Ellos prefieren preservar sus bienes a salvar una vida, pero no hay fortuna ni palacio ni templo en todo el universo que valga más que una sola vida.
Ellos son los endemoniados, en la misma lógica de las legiones, en la sintonía del dinero, y ése es justamente el milagro y la enseñanza que acontece, fruto del Reino aquí y ahora, misión primordial de la Iglesia.
La vida ante todo.

Paz y Bien

Cristo, nuestra liberación













Domingo 4° durante el año

Para el día de hoy (28/01/18) 

Evangelio según San Marcos 1, 21-28








La sinagoga era, más que un sitio, una institución que probablemente encuentre su origen en los tiempos del exilio babilónico. Lejos del Templo y sometidos a una cultura y una religión que les era completamente ajena, el pueblo judío comenzó a congregarse para orar y reflexionar la Torah, Palabra de su Dios que le confería sustento espiritual e identidad como pueblo; congregación, tal es el sentido literal del término sinagoga.
Ha de tenerse en cuenta su carácter laico: los sacerdotes, aún cuando no hubieran perdido Jerusalem, estaban afectados específicamente al culto en el Templo.

Con el correr de los años, la institución sinagogal adquirió una importancia cada vez mayor, especialmente durante la celebración del Shabbat. Se oraba, se recitaban salmos, se leía la Torah y se la comentaba públicamente; los escribas -expertos exégetas- suelen comentar las Escrituras de un modo tal que el oyente se vea comprometido a cumplir normas que ellos mismos infieren de su análisis, y su análisis, a su vez, es un juicio emitido en base a precedentes exegéticos. En términos más simples, los escribas comentan los comentarios que otros expresaron, y a mayor cantidad de autores citados, mayor es la autoridad que se les reconoce, asociada a renombre y honores.

Que un rabbí galileo tan joven y humilde, sin ninguna clase de antecedentes académicos hable con palabras tan nuevas y frescas, asombra a todos. Él habla con un conocimiento que no se adquiere en los libros, sino a partir de la vivencia e identidad absoluta entre Él y su Padre.
Las gentes se asombran por esta autoridad, que en nada se parece a los dictados de los escribas, que podan corazones y libertades. Cristo hace nacer cosas nuevas, pues revela desde la Palabra a un Dios que ama, un Dios bueno, un Dios Padre y Madre, un Dios de amor y liberación.

Cuan grande no sería el asombro de esas gentes al escuchar hablar de su Dios de esa manera.

Quiera el Altísimo que jamás nos acostumbremos. Que la Palabra jamás se nos haga rutina conocida. Que Cristo nos asombre y nos alegre cada día, a cada momento, en cada encuentro con su Palabra, que es Palabra de Vida y Palabra Viva.

Paz y Bien

El Señor en esta barca frágil calma todas nuestras tormentas











Para el día de hoy (27/01/18):  
 
Evangelio según San Marcos 4, 35-41







Las multitudes lo siguen con un denuedo y unas ansias tales que no lo dejan comer, descansar, caminar con seguridad. Su fama -equivocada- de taumaturgo o sanador eficaz lo precede, y todo el pobrerío sufriente abandonado a su dolor, en parte por las dolencias y en parte por ciertos conceptos crueles, se aferra al rabbí galileo.

Parecía que el pueblo iba tras Él, y esa fama que tenía lo precedía a todos los sitios en donde se presentaba, y eran mieles peligrosas, las mieles empalagosas y malsanas del éxito, de lo multitudinario, de las acciones masivas. Y los discípulos no eran para nada inmunes a estas tentaciones: allí con ellos, el Maestro se les aparecía como el nuevo y poderoso Mesías y Rey de Israel, que arrasaría con cuantos aquellos se le pusieran delante, pues las masas estaban con Él. Además, les pertenecía a ellos más que a nadie: por tradición y por pertenencia, serían parte de esa gloria judía que se iba avizorando.

Nada más lejano a la Buena Noticia, y el Maestro lo sabe y lo mueven las prisas de salir de allí, de ese ambiente que oprime y todo lo distorsiona. Es menester embarcarse a la otra orilla, a la orilla del Evangelio, del servicio, de la humildad, de la mansedumbre, de la mesa grande y la puerta abierta sin condiciones.
En la otra orilla están los gentiles, los extranjeros, aquellos de los que nada se espera ni se desea, esos que no cuentan.
En la otra orilla está el trabajo, la semilla humilde que crece sin pausa, la paciencia del germinar, los árboles frondosos que cobijan a todos los pájaros perdidos, el gesto personal, y es una orilla hacia la que -sinceramente- a menudo la Iglesia no suele embarcarse.

Hay miedo atávicos, hay comodidades anquilosadas, hay hambre de efectos, de masa, de éxitos descollantes. Pero el Reino sigue teniendo la sencillez de la más pequeña de las semillas.

Esos hombres eran pescadores experimentados, toda una vida en esas pequeñas barcas de pesca galilea. Seguramente, no se arredrarían frente a fuertes borrascas.
Pero ese derrotero al que el Maestro los lleva se ha vuelto peligroso, tanto que están a punto de zozobrar de temor en sus almas, y su frágil barca parece a punto de dar una vuelta de campana.

Y el Maestro duerme en un extremo, como a menudo parece haberse dormido Dios cuando nos acontecen tormentas bravas en nuestras existencias. Pero olvidamos que está allí.
Su Palabra es Palabra de Vida y Palabra Viva, y las amenazas de hundimiento retroceden porque ese Cristo tiene autoridad, autoridad que hace crecer cosas nuevas.

Por eso, para no zozobrar quizás lo importante no sea tanto la pericia de los navegantes, sino la confianza de Aquél que está al timón. Permanecer con vida es una cuestión de fé, de pura confianza.

Paz y Bien

Semilla del Reino de Dios, humilde tenacidad












Para el día de hoy (26/01/18):  

 
Evangelio según San Marcos 4, 26-34






El sembrador de la parábola que el Maestro ofrece, en cierto modo sorprende a sus oyentes, todos ellos vastos conocedores de las cuestiones de la siembra y la cosecha. Es que este sembrador no hace las cosas lógicas, es decir, sembrar la semilla y luego cuidar su crecimiento, desmalezar el área, verificar las bondades del terreno.

Aquí sucede que la semilla tiene un empuje impensado, y que las bondades de la tierra que la cobija son incontables. Precisamente esa tierra lleva escondido el misterio de ese crecimiento; hay una fuerza sólo conocida por Dios que hace que inevitablemente la semilla crezca, y que no importen tanto soles o fríos, las fases de la luna, los afanes del sembrador. La semilla sigue su proceso de crecimiento -semilla, tallo, espiga, granos- en sus propios y especiales términos.

En estos tiempos en que nos hemos vuelto tan cultores del éxito y la instantaneidad, esta enseñanza vuelve a llamarnos.
Solemos preferir a un Dios glorioso que resuelva o haga las cosas a la medida de nuestras necesidades, sin espera ni paciencia, una fé automatizada en el yá mismo sin proceso, sin misterio, sin crecimientos.

El Reino que ofrenda Jesús de Nazareth es opuesto a esos esquemas. Tiene la humildad y pobreza de una semilla, y un destino cierto de árbol frondoso que cobije a todas las almas, pájaros del aire a la deriva. Tiene su tiempo de crecimiento, su proceso, su silencio fecundo, unos tiempos que a menudo no son los nuestros pero tenemos una certeza.

Nada ni nadie -ni nuestras propias miserias- pueden detenerlo

Paz y Bien

Junto al Resucitado acontece el milagro de entendernos














La Conversión del apóstol San Pablo

Para el día de hoy (25/01/18):  

Evangelio según San Marcos 16, 15-18






Decisiva a la hora de un juicio es la producción de prueba testimonial. Si se busca justicia, los testigos han de ser veraces, manifestar acerca de lo que saben y conocen con certeza, de primera mano, no de oídas. -no se puede hablar de las bondades del sabor de un plato con sólo leer el menú-

Los cristianos tenemos por vocación primordial y distintiva, precisamente, el ser testigos. Más el testimonio no radica en la puntillosidad cuando se recita un dogma, en la exactitud fedataria al momento de exponer una serie de ideas maravillosas, surgidas hace dos milenios en Galilea y nutridas por tradiciones a través de los siglos. Los testigos somos primeramente y ante todo testigos de Alguien que está vivo y presente, Alguien que ha roto el cerco en apariencia infranqueable de la muerte, Jesús de Nazareth, el Resucitado.
Nuestro testimonio es fiel y es veraz si se refiere a Cristo, si surge de los rescoldos que nos enciende el Espíritu y de esa necesidad incontenible de contarle a los demás lo que el Maestro ha hecho en nuestras existencias, las vivencias personales, un Dios que es vida para siempre y para todos, vida plena, vida feliz.

No se trata de ganar adeptos, de engrosar estadísticas y pertenencias, sino de transmitir la mejor de las noticias a todas partes, especialmente allí en donde toda noticia suele ser mala, un retroceso humano, un regreso a las sombras. Y no queda solamente en mujeres y hombres, la humanidad sin excepciones: la Buena Noticia ha de manifestarse a toda la creación, con un afecto prefencial por la naturaleza que es el gesto y acto amoroso creador del Dios de la Vida, y que hemos dejado de lado. No sólo la hemos descuidado, sino que en aras de materialismos varios la hemos agredido hasta el hartazgo.

La Salvación es don y misterio insondable de la ternura de Dios, que se ha hecho uno de nosotros para que no seamos espectadores pasivos o títeres involuntarios de voluntades divinas, sino protagonistas humildes de una vida que apenas está comenzando y que no tiene fin. Porque condenarse no es un castigo de Dios sino la elección de quienes quieren permanecer en las sombras del egoísmo, de la tibieza, del no arriesgarse, de la negación del prójimo cercano y lejano, de la resignación y la no trascendencia.
Por ello, un signo tan sencillo como el Bautismo es comienzo santo: es Dios mismo que nos invita a expandir la familia a límites insospechados, una familia creciente en donde todos cuentan, un nacer para no morir jamás.

Contra toda especulación de espectacularidad -esas ansias de shows banales y pasajeros- los milagros siguen aconteciendo en santa urdimbre del amor de Dios y nuestros pequeñísimos esfuerzos.
Junto al Resucitado todos los malos espíritus que oprimen mentes y corazones indefectiblemente retroceden; odios, soberbias, desprecios, alienación y exclusiones exclamarán sus quejas, pero han de dejar de hacer daño y suprimir la imagen de Dios que está en cada mujer y cada hombre, y que tiene por horizonte la felicidad.
Junto al Resucitado acontece el milagro de entendernos aunque hablemos distintos idiomas, en el escandaloso dialecto de la solidaridad y la compasión y, sobre todo, de la escucha atenta del otro.
Junto al Resucitado, todas las ponzoñas que arrecian y acosan devienen agua fresca, no hacen daño. A menudo los problemas y los males tienen la estatura que nosotros mismos le adjudicamos.

Porque el Reino -sueño y proyecto infinitos de Dios- crece y germina en comunidad que es familia, que es salud, que es liberación, que es vida que no se rinde y rumbea tenaz desde un cielo que ahora mismo se nos asoma en el aquí y el ahora.

Paz y Bien

Tenaces sembradores de esperanza











  
Santa María, Reina de la Paz

San Francisco de Sales, obispo y doctor de la Iglesia


Para el día de hoy (24/01/18):  
 
Evangelio según San Marcos 4, 1-20








Muchos de los oyentes habituales de las enseñanzas del Maestro eran pescadores y campesinos galileos, y entre estos últimos seguramente habría varios labriegos, profusos conocedores de las cuestiones de la siembra, de las semillas y cosechas.

Como conocedores expertos en su oficio, las cosas que este hombre les cuenta es una locura sin asidero. Ellos saben bien que no hay semilla alguna ni terreno conocido que rinda treinta, sesenta o cien por ciento. Y peor aún: ese sembrador que esparce la semilla tan azarosamente, como al descuido, es por lo menos un bobo imperdonable, un imbécil redomado que desperdicia semillas -ellos lo sufren siempre-, semillas que son escasas y muy caras.

Desde su punto de vista, la lógica es incuestionable, y quizás por ello mismo el Maestro expresa la parábola de esa manera. Porque si algo tiene el Reino de Dios es una ilógica santa y asombrosa.

Pero el Maestro sabe, pues conoce bien a sus paisanos y lee como nadie los corazones. Y es por eso que les habla de esa manera tan desproporcionada y referida a las cosas del día a día de esos hombres.
Se trata de la dinámica maravillosa e imparable de la Gracia, y se trata de lo eterno entretejido en lo cotidiano, el Dios de la Vida en urdimbre con el hombre por el misterio bondadoso de la Encarnación.

Nosotros, en algún momento de la historia, quizás lo hemos extraviado, porque a la mujer y al hombre de hoy no le hablamos de las cosas de Dios desde lo que conocen, desde lo que viven, de ese Dios que está presente y vivo en cada uno de sus instantes.

Si bien es importante el oficio del sembrador, su cuidado y su dedicación, lo que verdaderamente cuenta es la fuerza increíble que esconde la semilla. Se trata de una cuestión de confianza, y la confianza es hermana de la fé y de la fidelidad. Se trata de que con algo tan pequeño como una simple semilla, en terrenos inciertos, Dios puede lograr que haya una cosecha magnífica, inconmensurable.

Se trata de sembrar esperanzas, esperanzas en que todo puede cambiar, en que todo puede ser mejor, en que todo puede volverse humano y justo, es decir, de Dios, plenamente santo y floreciente.

Paz y Bien

Cristo cercano, padre, hermano, madre, pariente, Dios que acampa entre nosotros













Para el día de hoy (23/01/18) 

Evangelio según San Marcos 3, 31-35








Situémonos por un momento en el ambiente y las circunstancias previas a la situación que nos refiere el Evangelio para el día de hoy.
El Maestro ya no es aceptado en las sinagogas, pues el enfrentamiento con las autoridades religiosas es tan intenso y brutal que, prácticamente, lo han excomulgado. Pero eso no detiene su ministerio -nada ni nadie lo hará- y en su mismo caminar, en lugares abiertos, en el campo y en el desierto multitudes cada vez mayores van en su busca, al punto de no dejarlo comer, ni dormir, ni lo fundamental para su vida, su oración.

Esas masas de gentes no suelen buscarlo por su identidad Mesiánica: encuentran en Él a un rabbí agradable y distinto, otros a un taumaturgo milagrero, otros a quien puede reivindicar las ansias nacionalistas de Israel. Y mientras tanto, escribas, fariseos y hasta herodianos comienzan a considerarlo blasfemo, es decir, reo de muerte en el caso de comprobarlo jurídicamente.

Allí entra a terciar su familia; en las culturas semíticas del siglo I, familia/parientes -en este caso, hermanos- no explicita solamente a aquellos vinculados en grado primordial por la sangre o árbol genealógico, sino también a la tribu o clan, estructura básica de la sociedad de su tiempo.
Este joven galileo no se comporta como ellos esperan que lo haga, que no se casa ni forma una familia, y que para colmo de males se enfrenta abiertamente con las autoridades religiosas acarreando sobre sí un grave peligro -la blasfemia, de comprobarse, lleva a una condena a muerte- y un serio desprestigio para la familia, que se golpe ven como las multitudes se desesperan por acercarse a ese joven que creían conocer. A tal punto, que esos parientes lo consideran un loco, un extraviado, un exaltado fuera de sí.

Su presencia fuera de la casa en donde Jesús se encontraba es elocuente aún cuando mucho no digan. Reclaman lo que creen pertenecerle, lo buscan para llevárselo de nuevo a Nazareth, a la pretendida normalidad, a que todo vuelva a discurrir en la cómoda rutina prevista.

La respuesta de Jesús a esos planteos suena violenta, dura, un desplante a los suyos. En realidad establece que nada ni nadie -aún los propios afectos- impedirán que continúe y consume su ministerio.
Pero ahondando más, establece nuevos vínculos que superan largamente los acotados por la raza, la sangre, el clan: a contrario de quien suponga un desmerecimiento de lo familiar, el Maestro establece en cambio que una nueva familia está formándose, la de aquellos que hacen la voluntad de Dios, los que aman, los que profesan la justicia, la compasión, la fraternidad sin condiciones. Los que escuchan la Palabra y la ponen en práctica.

Esta fuerza familiar es inmensa. En esta familia creciente se definen identidades y destinos eternos, y es un infinito misterio de bondad que cada hombre y cada mujer se convierta, a través de este Cristo tan cercano, en padre, hermano, madre, pariente de este Dios que acampa entre nosotros.

Así entonces, aunque por momentos la razón le impida ciertas comprensiones, María de Nazareth es parte de esa familia mucho antes de su parto belenita. María de Nazareth es madre y es hermana por cobijar la Gracia de Dios y hacerla vida, existencia cotidiana, signo e invitación para toda la humanidad.

Paz y Bien

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