El hambre deseado




Para el día de hoy (21/04/15):  

Evangelio según San Juan 6, 30-35




El pasado es importante si es historia que fundamenta y proyecta el presente, y si de esa historia se ha aprendido y aprehendido lo que en verdad es valioso. Pero, aunque suene redundante, el pasado cobra sentido en tanto que tal, es decir, en tanto que uno puede mirar hacia atrás. 
Cuando ese pasado se replica ad nauseam hacia adelante, el presente se desdibuja en una dialéctica perversa de repetición -cuando no también patológica-, y bloquea toda posibilidad de edificar futuro.

Y hay otra cuestión, no menos importante, aunque la herramienta literaria suene banal: las glorias pasadas son importantes, pero los partidos deben ganarse cada día. Vivir el presente sin desmayos, como el Dios de Jesús de Nazareth, el que es.

Esas gentes sencillas, frente al enorme asombro del pan multiplicado que sacia el hambre de miles, reivindican su pertenencia al pueblo elegido por un pasado glorioso al que se aferran: en este caso, se trata del maná del desierto que sostenía sus vida, procurado según ellos por Moisés.
En la misma línea de lo expresado, el memorial es dable y noble. Más aún, es vital. Los problemas comienzan cuando esa memoria se estratifica e impide cualquier otra mirada posterior. Ellos se quedaron con el maná que guardaba la supervivencia de sus padres en el desierto sin poder ver -o querer ver- nada más.
Así se aferraban al signo e ignoraban el sentido fundamental de ese signo, el amor de Dios por su pueblo.

El maná sostenía la existencia en días en que vivir era casi imposible, y esa garantía expresaba la bondad de ese Dios para con los suyos. Sin embargo, y a pesar de ese alimento providencial, esos peregrinos habían muerto.

El Maestro, con una paciencia de la que carecemos, les enseña a ver más allá de las apariencias. 
Hay un hambre que no puede ignorarse ni tolerarse, el hambre impuesto, la necesidad justificada por razones inhumanas, el sufrimiento no elegido y razonado. El hambre que no se elige como ofrenda a Dios y a los hermanos ha de ser entre nosotros una gravísima injuria, intolerable, inexcusable.

Pero hay un hambre deseado, necesario, imprescindible. Hambre de justicia y fraternidad, de compasión y bondad, hambre de eternidad, de Salvación.
El maná del desierto era, en resumidas cuentas, un objeto que fué parte de su historia. Ahora es tiempo de pasar de los objetos a un sujeto, a la persona de Cristo que sacia el hambre fundamental de todos los pueblos, pan del presente, pan de una cena pascual que está vivo y presente en la mesa de los hermanos.

Paz y Bien

Descentrarse




Para el día de hoy (20/04/15):  

Evangelio según San Juan 6, 22-29




Ellos andaban a los tumbos. El Maestro parecía tener una capacidad elusiva impresionante, pues cuanto más se empeñaban en seguirle y encontrarle, más se les escapaba y lo encontraban de manera inesperada.
En parte, es la consecuencia de ocuparse de lo coyuntural y tan a menudo fútil -miradas cortas-: ellos mismos son los que pretendían, a la fuerza y merced a cierta interpretación tortuosa del milagro de la multitud alimentada, coronarle rey de Israel.
Pero los caminos del Señor no son suyos, como tampoco los caminos de Dios son los nuestros.

En ese Espíritu de libertad absoluta que impulsa a Jesús de Nazareth, Él siempre llega primero y nos sorprende, pues no llegamos a entender cómo lo hace.
Pero Él sabe que esa pregunta no es demasiado importante, lo raigal es aquello a lo que el corazón se aferra. Lo que permanece o lo que perece, lo perenne o lo vano.

En demasiadas ocasiones buscamos a un dios aspirina que nos alivie los quebraderos de cabeza en que, en nuestras torpezas, nos solemos sumergir. O el dios calmante, aquél que es objeto de frenéticas súplicas en los momentos difíciles, para que nos aplaque las tormentas y ya, no más que eso. O el dios terapeuta que nos resuelve algún que otro conflicto, para seguir boyando entre nimiedades y sinsentidos que son rutina, cotidianeidad sin sazón, harina sin fermento que nunca será pan bueno.

Muchos dioses o, mejor dicho, muchas caricaturas de dioses fingidos así buscamos. Pero en nada tienen que ver con el Dios de Jesús de Nazareth.
Este Dios se revela como amor, es decir, un Dios que de continuo sale de sí mismo, y en nada se reserva, y que se desvive por los demás, Dios de la vida donada sin condiciones, Dios de la generosidad y la bondad absolutas.

Habitamos los limitadísimos terrenos del yo, del egoísmo, de universos muy menores de los que no creemos soles, y allí -precisamente allí- invertimos los reales valores de las cosas, de lo que perece, de lo que permanece, de lo que en verdad es eterno. Y es preciso emigrar, hacer un éxodo sin regresos a los confortables platos de comida de los esclavos.

El paso salvador de Dios por nuestras vidas nos impulsa hoy a descentrarnos de nosotros mismos, que se nos expanda ese universo hacia infinitos en donde no hay cotos de tiempo, donde el sol que nos haga girar sea ese Dios, cuya luz destella en Cristo, nuestro hermano y Señor, comenzar a creer de verás, una fé que es don y misterio de confianza y que es respuesta a ese llamado primordial a vivir plenos junto a los hermanos.

Paz y Bien

Desde el Pan y la Palabra




Domingo tercero de Pascua

Para el día de hoy (19/04/15):  

Evangelio según San Lucas 24, 35-48



En ese grupo de hombres se entrecruzaban emociones bravas. La tristeza y la decepción por el fracaso aparente de la muerte del Maestro junto con el miedo los paralizan, aterrados por las posibles represalias de aquellos que dispusieron toda su enjundia para acallar al rabbí galileo.
Ese miedo es peligroso, no sólo porque congela corazones: ese miedo los hace replegarse sobre sí mismos, edificando muros alrededor, ghettos espirituales de los que es muy difícil escapar pues son elegidos, que no impuestos.

Pero Cristo siempre irrumpe mansamente a través de esas puertas y esas ventanas cerradas a cal y canto, tan herméticas que aparece como imposible su apertura. Allí donde hasta hace un momento había un grupo de hombres amedrentados y apagados en su confianza y su fé, la presencia del Resucitado vuelve a encenderles la esperanza, a palpitar los corazones, a avivar el rescoldo oculto de la alegría.

Los discípulos no salen de su asombro. Allí está Él nuevamente, con un saludo de paz que los restablece de todas las penas. Sin embargo, deben aún realizar su éxodo liberador de esquemas y miserias: las cosas ya no serán como antes, cuando recorrían con el Maestro los caminos en su ministerio, ni tampoco ese Cristo es la conclusión de un cúmulo de ideas, un fantasma a sus razones limitadas.
Allí están sus credenciales que lo identifican, los estigmas en las manos y en los pies, la herida en su costado, que son signos del amor definitivo, de un compromiso inquebrantable de Dios para con toda la humanidad.

Donde sólo se veían señales de horror y muerte, ahora hay signos de vida que prevalece por sobre todas las muertes. Porque allí en donde parece campear el espanto y la destrucción, Dios nos florece en liberación, en vida tenaz, en Resurrección.
   
Por esas señales que han cambiado para siempre, la existencia también se transforma y deviene en convite inmerecido, compromiso misionero de sembrar signos nuevos de vida y liberación en nombre del Resucitado, nutridos sin desmayos por el Pan y la Palabra compartidos, porque hay una mesa inmensa tendida para todos, porque la vida ha celebrarse como don y misterio compartidos en el ágape se la Salvación.

Paz y Bien

Sobre las aguas turbulentas




Nuestra Señora del Valle

Para el día de hoy (18/04/15):  

Evangelio según San Juan 6, 16-21



La lectura que nos ofrece la liturgia del día es menester situarla en contexto y cronología teológicas, es decir, espirituales; se desarrolla como continuación inmediata al milagro de la multiplicación de panes y peces y la multitud alimentada en el campo, en las cercanías de Betsaida.

Luego de saciar el hambre de esos miles a partir de cinco panes humildes y dos pescaditos, con la mirada estupefacta de los discípulos, todas esas gentes -los Doce también- comienzan a vitorearle, presos de un estado de euforia por el que quieren arrebatarle y a la fuerza hacerlo rey de Israel.
Pero el Maestro se retira en soledad a la montaña, ámbito simbólico del encuentro con Dios. Su Reino no es de este mundo, nada tiene que ver con los poderes que reconocemos, lejos está de dominios y opresiones.

Se puede advertir, quizás de manera tácita, la decepción de los Doce. Esos planes de coronación, el hambre de cercar a un nuevo rey poderoso han sido derrumbados de golpe ante sus ojos, y ello se refleja en que ellos suben a la barca para dirigirse a la otra orilla del lago, a Cafarnaúm. 
La memoria suele condicionarse por los estados anímicos, y allí hay un puñado de hombres enojados porque se les han frustrado sus planes torpes, y de ese modo se olvidan de su Maestro. Van solos mar adentro.

El lago Tiberiades -llamado mar de Galilea- se encuentra en una especie de olla a doscientos metros bajo el nivel del mar, rodeado de cerros de alturas elevadas, por lo que tal constitución geográfica hace que el paso de los vientos por la zona desate fuertes tempestades sobre la superficie de las aguas.
Así, ese pequeño grupo de hombres se ven sometidos a los cimbronazos de la tormenta, situación por demás peligrosa aún cuando entre ellos hay pescadores experimentados como Pedro y Andrés, Juan y Santiago. 

Quizás no tambalea tanto la barca como sus almas y su confianza luego de que esa imagen de un Mesías glorioso se les cayera de modo tan contundente. No irán por Jerusalem, no impondrán un gobierno al modo que imaginaba en sus ansias su pueblo. Sucede que las aguas se vuelven turbulentas porque sus proyectos no son idénticos a los de Cristo. Sus sueños no se condicen con los sueños de Dios, antes bien quieren un Dios que se les asemeje a la imagen que de Él se han creado.
De allí que les sobrevenga el temor no por el mar encrespado que golpea la frágil barca, sino por ese Cristo que han abandonado por rechazar poderes terrenales, y ahora se les acerca con la majestad del amor salvífico de Dios, un Dios todopoderoso precisamente porque ama, un Dios que siempre tiende la mano para no hundirnos, un Cristo que camina por sobre todas las aguas turbulentas en las que solemos arriesgar la existencia.

Paz y Bien
  


Para que nada se pierda



Para el día de hoy (17/04/15):  

Evangelio según San Juan 6, 1-15 



Un signo -signum, segno, señal- es una flecha directriz, una mano extendida que indica, que orienta las miradas de manera inequívoca hacia donde hay que dirigirse. De un modo burdo y simple, diremos que se diferencia de un símbolo en que éste último no es una línea específica, sino más bien una ventana abierta que nos invita a asomarnos a mirar y ver.

El Evangelista San Juan, durante el ministerio de Jesús de Nazareth, no habla de milagros sino más bien de signos, con la intención primordial y sencilla de que veamos, tras de esas acciones del Maestro, el amor infinito de Dios, el compromiso inclaudicable de ese Dios para con toda la humanidad a la que ama sin descansos ni reparos.

Tales signos son también una urdimbre sagrada y misteriosa de humanidad y divinidad, reflejo luminoso de la Encarnación de Dios, tiempo santo de Dios y el hombre.
Así, en desmedro de esa profunda sencillez, solemos eludir con profusas razones que todo ha sido asombrosamente confiado a nuestras limitadas manos, en una confianza depositada totalmente desproporcionada y disímil de ese Dios respecto de la misma confianza, la fé, que solemos brindarle.

Felipe el apóstol era originario de Betsaida, cercana al sitio en donde esa multitud se había congregado alrededor del Maestro. Sin dudas, si hay alguien que sepa dónde y como conseguir pan es precisamente Felipe. Sin embargo, frente a la necesidad de miles, se obstina en la razón, y no está mal; pero se trata de un tiempo nuevo, y si hay cosas que requieren más esfuerzos que otras, los imposibles se superan a través de la fé.
Y la fé más que una cuestión de razón, es una cuestión de co-razón.

Signo dentro del signo, del lugar insospechado, de quien menos se le espera, surge el comienzo de la solución al gran problema. Un muchacho, un niño con cinco panes de cebada y dos pescaditos -un almuerzo de pobre- se atreve a ofrecer esa aparente poca cosa que posee sin dudarlo. La solidaridad es un milagro, el compartir abre cielos en apariencia cerrados.

Jesús de Nazareth, signo perfecto del amor de Dios, transforma esa donación del muchacho en un banquete magnífico de miles. Dios ama lo pequeño, y desde lo pequeño y desde los pequeños como María de Nazareth cambia y fermenta la historia a pura generosidad.

Todas esas gentes comen lo que quieren hasta saciarse felizmente en una mesa inmensa. Y aún sobra mucho, doce canastas que desbordan alimentos, símbolo de las Doce tribus iniciales, signo cierto de que el pan de la vida aguarda listo y fresco para los que aún no han llegado, pan de vida, pan de Dios.

Nada debe perderse, pues en cada pequeño y humilde pan de cebada multiplicado -estos panes y estos pescados que somos- destella la Gracia de Dios, nuestra herencia y nuestra Salvación, tesoro que se agiganta al compartirla con los hermanos.

Paz y Bien

Testigos de la eternidad



Para el día de hoy (16/04/15):  

Evangelio según San Juan 3, 31-36




Cristo, el que era, el que es, el que será por siempre es Aquél que viene de lo alto, quien está por sobre todos. En Jesús de Nazareth Dios se manifiesta en toda su plenitud pues su identidad con el Padre es absoluta. Dios es Jesús y Jesús es Dios.

Por los parámetros limitados de nuestra razón, adjudicamos características físicas o gemométricas a las cosas divinas, es decir, lo alto, lo bajo. Es natural que así sea, y más aún, puede resultar un auxilio al tiempo de sumergirnos en honduras espirituales: la contemplación del cielo es una muestra cabal de ello.

Pero este Cristo nos sorprende con la ilògica del Reino. Viniendo de esas alturas se hace demoladoramente bajo, Dios que se abaja. Siembra eternidad en el vino nuevo de las bodas, en la multitud saciada, en los enfermos sanados, sentándose a la mesa con los descartados de toda laya, servidor como un esclavo, manso y paciente, que muere como un criminal en la cruz para que nadie más muera, para que no haya más crucificados.

Esa humanidad extrema de Cristo es el compromiso inclaudicable del amor de Dios para con toda la humanidad.

Como discípulos y seguidores del Maestro, del Resucitado que está a la derecha del Padre y vivo y presente entre nosotros, nuestro testimonio es una declaración de eternidad todos los días, a cada instante, en cada palabra y en cada silencio, en cada gesto y cada acción, obreros de la compasión y la misericordia.

Porque la Salvación, la eternidad, comienza aquí y ahora.

Paz y Bien

El amor infinito de Dios



Para el día de hoy (15/04/15):  

Evangelio según San Juan 3, 16-21



El ámbito en que nos encontramos es el de la profunda y personal conversación nocturna y clandestina entre Jesús de Nazareth y Nicodemo. Es de noche pues Nicodemo teme la reacción de sus pares del Sanedrín, y está oscuro porque pueblan su alma esquemas perimidos, opresivamente rígidos y que no quiere abandonar.
A pesar de ello, es un hombre honesto y sincero más allá de los errores que lo mantienen cercado, y en esa cercanía personal con el Maestro en busca de luz, inmersos en nuestras noches, nos espejamos en nuestra oración, en las ansias de encontrarnos -a como dé lugar- con ese Cristo que nos impulsa a nacer al plano inabarcable de la Gracia.

Contra toda suposición y razonabilidad mundanas, Jesús de Nazareth revela que Dios que ama entrañablemente, sin condiciones, sin límites, al extremo de desvivirse por la vida de sus hijas e hijos.
En un hijo, nuestros sueños, nuestras alegrías, nuestros dolores se multiplican a fronteras insospechadas, tal trascendente es el vínculo del amor filial. Este Dios se entrega así de una manera abrumadora, entregando su Hijo Amado como rescate de nuestras esclavitudes.

Porque de Dios son las primacías, todas las iniciativas.

A despecho y en desmedro de los asustadores de toda laya, el Maestro nos esclarece la mirada frente a esas imágenes sombrías de un Dios punitivo, severo y ferozmente iracundo. Las imágenes nada definitivas de las proyecciones que realizamos, juegos propios de una psiquis que se descubre limitada. 
Pero muy especialmente los parámetros de justicia que razonablemente esgrimimos -ideas de retribución- quedan alegremente de lado en el ámbito de Dios.

Si nos guiáramos por las miserias acumuladas a través de los siglos, justo hubiera sido desaparecer sin más trámites en camino del olvido. Pero la justicia de este Dios es la misericordia, el afán asombroso de Salvación para todos los pueblos, el humilde y constante regalo de bondad insondable para que nadie se pierda.

El amor infinito de Dios es la ofrenda perpetua de su propio Hijo Jesucristo, enviado para salvar, para redimir, para liberar. Para la vida, y vida en abundancia, generosa, eterna.

En nosotros queda la decisión de aferrarnos a esa mano que nos rescata de la fosa.
Verbo de Dios que se hace tiempo, historia, hombre y hermano nuestro, luz de todos los pueblos cuyo rostro resplandece en aquellos que se aferran a esa identidad filial de amor y compasión en cada día, a cada instante.

Paz y Bien

Espíritu guía



Para el día de hoy (14/04/15):  

Evangelio según San Juan 3, 7b-15




Nicodemo busca a Jesús en la noche. 
Los motivos pueden parecer un resguardo del prestigio como integrante del Sanedrín y el evitar posibles represalias como discípulo incipiente y simpatizante honesto de Jesús de Nazareth. Pero hay una noche en su alma que parece insuperable, y esas nubes se disiparán en su Pascua personal luego de la Resurrección.

Será el Espíritu de Dios quien guiará a Nicodemo y a todas las hijas e hijos de Dios hacia el día definitivo de la verdad y del bien. Ese Espíritu es el Espíritu del Resucitado.

Espíritu de amor que nos hacer decir y reconocer a Dios Abbá. 
Espíritu de fortaleza, de templanza. Espíritu de paciencia, que es la verdadera ciencia de la paz, hija dilecta de la justicia.
Espíritu que es savia del árbol de la Iglesia y por el que surgen de continuo y a través de los tiempos frutos de santidad, revestidos de humildad y servicio.
Espíritu de vida eterna, de vida perenne que desaloja la inexorabilidad de la muerte.

Es menester nacer de nuevo a ese Espíritu que sigue creando y re-creando, a todos y cada uno de nosotros, al universo entero.
Espíritu libérrimo que no puede ser contenido al igual que el viento, pero que puede reconocerse su presencia y su huella a cada momento, en cada día, sin excepciones, en cada gesto de bondad, de cortesía, de heroísmo, de servicio silencioso, de vida hecha ofrenda, de ternura, de amor incondicional.
Espíritu que destella en aquellos que elevamos como ejemplo al honor de los altares, pero que también destella en nuestro vecino, en quien no conocemos, en los amigos, en los hijos.

Espíritu de unidad inquebrantable, tan sagradamente comprometido como la Encarnación de Dios en Jesucristo, Dios con nosotros, Dios en nosotros, Dios por nosotros.

La serpiente de bronce hecha por Moisés a indicaciones de Dios, salvaba a los peregrinos de la muerte segura en el desierto si posaban su vista en ella, milagro de la vida cuidada.
Contemplar al Cristo levantado en la cruz, por el impulso de ese Espíritu de verdad, nos traspone las duras fronteras del horror y nos conduce al mar calmo de la Salvación, puerto seguro de los sueños de Dios para todos nosotros.

Paz y Bien


Nacer de lo alto



Para el día de hoy (13/04/15):  

Evangelio según San Juan 3, 1-8




En la lectura que nos ofrece la liturgia para el día de hoy, el Evangelista San Juan teje una pieza literaria de gran belleza y especial profundidad, toda vez que la Palabra está inspirada por el Espíritu de ese Dios que siempre se comunica.

Nicodemo integraba el Sanedrín, es decir, el Consejo Supremo de Israel, cuya relevancia se extendía a la vida religiosa, social, política y comunitaria de la nación judía, y sólo estaba limitado verticalmente por las decisiones que, en nombre del emperador, tomaba el pretor romano con el respaldo de las legiones estacionadas por la zona. 
La influencia de los fariseos en esta asamblea era notoria, pero también la corriente saducea ostentaba una porción de poder importante, inclusive en la elección de los sumos sacerdotes -tal como por ejemplo Caifás y Anás- aunque esta elección, como todo lo demás, debía ser ratificado por la autoridad romana.
Lo que allí se resolvía influía en toda la vida de los judíos de Palestina y de la Diáspora: por ello, la irrupción de un profeta campesino y marginal, tal como ellos consideraban a Jesús de Nazareth, con su creciente popularidad y con una enseñanza que ponía en entredicho la ortodoxia por ellos establecida, desata odios y furias represivas crecientes que desembocarán en los horrores de la Pasión.
Así entonces, hablar a favor de este rabbí galileo conllevaba sus riesgos. En ese ámbito espeso valía por igual el ser y el parecer, y ninguno de ellos -por los peligros que podían acarrearle- se reconocería seguidor o simple admirador del Maestro.

Es por ello que Nicodemo, en su carácter sanedrita, en encamina a ver a jesús en plena noche para que los demás no lo adviertan, y esa noche es símbolo también de las sombras que anidan en su corazón. Es un hombre honesto y sincero que está atrapado en medio de antiguos esquemas que no le permiten crecer en verdad, crecer desde dentro, crecer en su corazón. Indudablemente hace un esfuerzo notable al llamar a Jesús Maestro, pues el único magisterio válido y reconocido es el del mismo Sanedrín; pero a su vez allí está su techo, pues reconoce a ese Maestro como venido de parte de Dios, es decir, como un gran profeta dotado de poder, pero no más. Y allí hay un profeta, pero mucho más que un profeta.

Lo que acontece a continuación puede conmocionar. La respuesta de Jesús entraña cierta virulencia impensada. A veces es necesario sacudir un poco el árbol para acceder a los frutos mejores. Y allí está la clave para que Nicodemo pueda emigrar definitivamente de la noche, y surgir como un hombre nuevo al día de la Buena Noticia.

Se trata de nacer de nuevo, de nacer de lo alto, y es un acontecimiento decisivo que está muy lejos de cualquier postulado físico o biológico. Es el parto espiritual al Reino, es dejarse transformar la existencia por la Gracia de Dios.
Es permitir alegremente que el Espíritu de Dios nos enderece esta frágil barca que somos con un rumbo nuevo sin hundimientos, mar sin orillas, el viento santo que todo empuja, viento de vida, viento de libertad de los hijos de Dios.

Los que nacen de lo alto no discriminan entre propios y ajenos, sólo advierten hermanos porque miran la vida con los ojos de ese Dios que los sostiene.

Paz y Bien

Tomás el mellizo, Tomás el tenaz



Segundo Domingo de Pascua

Domingo de la Divina Misericordia


Para el día de hoy (12/04/15):  

Evangelio según San Juan 20, 19-31



Al apóstol Tomás, a través del tiempo, más que el sobrenombre de Mellizo le hemos endilgado el de Incrédulo, a menudo en tren juicioso -juicio que no nos corresponde, sólo a Dios-, y también en los arrebatos usuales de repetir cosas dichas por otro sin reflexionar.

Sin embargo hay una evidencia incontrastable, tan obvia que solemos pasarla por alto: Tomás no duda del Resucitado. Su dudas apuntan directamente al testimonio de sus hermanos, de la pequeña comunidad creyente encerrada que -dice- ha visto al Señor Resucitado en medio de ellos.
Algo de razón lleva: ha estado el Señor entre ellos, han recibido Espíritu y misión, y sin embargo permanecen encerrados por el miedo a las potenciales represalias de las autoridades.
No sabemos los motivos, pero Tomás sale de ese recinto que lo agobia, se moviliza, no se queda quieto.

Es de suponerse el cordial acoso pleno de reprimendas que tuvo que tolerar durante ocho días Tomás. Aún así, se mantuvo en sus trece, tenaz en sus ganas de creer.
Aún así, hay otro aspecto al que hemos de prestar atención, y es el de por ningún motivo romper la comunión, máxime en esos momentos de desierto, y quizás es lo que ha hecho nuestro apóstol con sus hermanos, pues en sus miradas no hay Buena Noticia que leer, y se nos devela simbólicamente el apelativo de Mellizo. En Tomás todos nos hermanamos, es nuestro mellizo, y en él nos espejamos, en nuestras dudas, paridos en el mismo doloroso parto de pertenecer a un mundo oscuro y atrevernos a creer.

El Cristo reconocido en las llagas de sus manos, en la herida de su costado se nos vuelve misión. Misión de reconocer el rostro de Dios en cada hermano dolorido, derribado por tantas cruces, excluido de la existencia por múltiples estigmas que lo vuelven descartable.

Y a la vez, volvernos nosotros mismos Buena Noticia. Muchos no leerán otra Palabra que la nuestro testimonio les ofrezca.
Quiera el Altísimo, en su infinita bondad y misericordia, con todo y a pesar de todo, que nos volvamos Evangelios vivos, Buenas Noticias para toda la creación.

Paz y Bien

La fé apostólica



Para el día de hoy (11/04/15):  

Evangelio según San Marcos 16, 9-15




Los Once, el colegio apostólico, eran hombres que habían incrementando el endurecimiento de sus corazones, su permeabilidad a lo sagrado. Los podía más el miedo, el fracaso, la tristeza, los viejos preconceptos, capa tras capa de incredulidad.

María Magdalena, primer testigo privilegiada de la Resurrección y apóstol de ese Cristo victorioso, fué ignorada. La oyeron pero no la escucharon, en parte por ser mujer, en parte por su incredulidad.

Los caminantes de Emaús compartieron Pan y Palabra y reconocieron en su corazón al Resucitado. Pero a ellos tampoco les creyeron.

Corresponde mencionar que esos hombres, si bien amaban a su Maestro, no lo consideraban su Dios, ni un Mesías como Él mismo se revelaba, ni aceptaban sus enseñanzas, ni mucho menos toleraban la imagen del Servidor sufriente, Cristo derrotado, que reniega poderes y gloria y redención forzosa de Israel.
Uno lo traicionaría, entregándolo a manos de sus enemigos. Otro, arrebatado y voluble, declama su lealtad pero al primer apuro lo niega con la rapidez del canto de un gallo matinal. Casi todos ellos, en los días oscuros del arresto, juicio y Pasión se esconden, demolidos de temor y fracasos.

Sin embargo, nuestra fé -la fé de la Iglesia- no es la fé de la Magdalena ni la de los discípulos de Emaús, aunque también vale para nosotros el reproche de que no sabemos ni queremos escuchar a los testigos veraces de Dios.
Nuestra fé es apostólica, es la fé de los apóstoles.

Son hombres doblegados por culpas duplicadas. La culpa del abandono del Maestro en las horas terribles, la culpa de la incredulidad en la Resurrección por el testimonio cierto de discípulos fieles.
Es una fé de culpables, pero mucho más que ello. Es la fé de aquellos que han sido perdonados por Dios en su infinita bondad y misericordia, que tienen por misión llevar hasta los confines del mundo y el universo la Buena Noticia de la Salvación, del amor de Dios.
Se trata de hombres liberados de los sayos de incredulidad que han aceptado colocarse, de hombres perdonados, de hombres que llevan consigo la mejor de las Noticias sabiendo en sus propias entrañas que no es una noticia que les pertenezca, pues se reconocen indignos de ella, pero que ahora reconocen el paso salvador de Dios por sus existencia y se convierten en servidores que reflejan esa luz.

Paz y Bien

Volver a lo viejo




Para el día de hoy (10/04/15):  

Evangelio según San Juan 21, 1-14


La mayoría de esos hombres habían tenido por oficio el ser pescadores en el mar de Tiberiades, tal como Pedro y los hijos de Zebedeo. Conocen bien las aguas por las que navegan, los mejores horarios para la pesca, las mareas óptimas.

El voy a pescar de Pedro, y los otros discípulos que se suman, es revelador. Esos hombres han regresado a lo viejo, a lo conocido, a lo que no entraña riesgos, en desmedro y pérdida de su vocación eterna, el convite santo a ser pescadores de hombres.
Pero hay otra posibilidad, otra vertiente de la misma cuestión, la persistencia de lo viejo en donde se estanca toda novedad: ellos se aferran a lo que conocieron desde siempre, y se embarcan a hacer prosélitos, adherentes, hombres como fichas a contar en su movimiento.
En ambos casos, el gran ausente en la pesca es Cristo.

De sagrados pescadores de hombres han retrocedido a buscadores de peces comunes y corrientes, prófugos aliviados del temor y de lo incierto. 

El Resucitado está en la orilla, atento a lo que les suceda a sus hermanos. Él siempre está en los bordes de nuestra existencia, presto a brindar auxilio, su mano franca de perdón, de amistad, de salvación.

Nadie lo hubiera pensado: esos pescadores expertos probablemente rechazarían de plano cualquier sugerencia a modificar rumbo y tareas por parte de un extraño. Sus miradas aún no pueden descubrir al Resucitado que los espera.
Pero ha sido una noche estéril, de esfuerzos fútiles a pesar de tantas horas de navegación, de tanta experiencia. A veces, cuando la noche persiste en su cerrazón y toda lucha deviene vana, es mejor la obediencia, es decir, escuchar con atención y actuar en consecuencia.

Ellos lo hacen, y así les cruje la quilla, y el Discípulo Amado, simbolizando quizás a la comunidad cristiana, reconoce al Señor que está vivo y presente entre los suyos. Es muy importante para Pedro, para cuando se confunde, para cuando los trajines le atraen todos los cansancios, que el Discípulo Amado, que la comunidad cristiana vuelva, desde la fé, a señalarle en donde está el Señor, el mismo que ha preparado en amistad infinita la mesa en donde con sencillez y humildad la vida compartida se celebra.

Cuando nos extraviamos en lo viejo, nos reencontraremos en la Eucaristía.

Paz y Bien

Señales de identidad del Resucitado



Para el día de hoy (09/04/15):  

Evangelio según San Lucas 24, 35-48



El ministerio de Jesús de Nazareth siempre fué imprevisible, asombroso, sorprendente. Comenzando por esa Galilea de la periferia, se ha empeñado con afectuosa intensidad a todos esos sitios y ámbitos en donde no hay noticias ni nuevas ni buenas, en donde todo discurre oscuro y duramente rutinario, en donde el dolor es parte de la costumbre, allí en donde nada se espera.

El Evangelio para el día de hoy nos sitúa en uno de esos espacios. Los Once y algunos más -entre ellos, los peregrinos de Emaús- se encuentran en Jerusalem para comentar todo lo que les ha sucedido en esas horas tan extrañas. Siempre es una cuestión clave juntarse, reunirse, hablar y escucharse.
Sin embargo esas personas aún están angostadas de miedo, de decepción, de tristeza por esa Pasión cercana del Maestro que aún los demuele con su dura realidad. Entre ellos se cuentan lo que han visto: la tumba vacía, la mortaja abandonada, el Cristo reconocido en el pan compartido y la Palabra escuchada con atención. Con todo ello, siguen siendo un grupo de gente perseguidos por los poderosos de turno, los mismos que condenaron al rabbí nazareno, y tal vez en ellos opere cierta mentalidad de ghetto, las ansias de encerrarse para no diluírse, el cerco autoimpuesto a causa de la abundancia de temor.

Pero no hay tiniebla ni peligro que pueda interponerse a la bondad de Dios, y ese Cristo vuelve a irrumpir en donde no se le espera, y sus palabras re-crean a los discípulos con una paz concedida que es bendición infinita.
Ellos parecen renacer en alegre fervor creciente, pero es un estado ambiguo. A veces, la euforia es sólo la contracara de la depresión, y además se trata de que la fé sea la rectora de sus vidas, y no tanto sus estados de ánimo, que humanamente van y vienen.
Por eso Cristo les ofrece como señales de su identidad única las heridas que abrieron en sus manos y en sus pies los crueles clavos romanos, estigmas de la cruz por el que le reconocemos. Allí mismo, en esa vida ofrecida en total libertad, en amor absoluto, está la realidad de Dios, como está también en todas las llagas que la vida vá dejando en las heridas de nuestros hermanos lastimados.

La irrupción del Resucitado, que es también el Crucificado, se nos transforma en convite y vocación para la misión. Muchos espacios cerrados por el miedo y por tantas amenazas requieren inmediatamente mensajes de paz, de reencuentro con Dios, de conocer y reconocer el rostro de Cristo vivo en la mirada asustada de tantos.

Cristo vive y quiere compartir la mesa grande del Reino con todos.

Paz y Bien


Reencuentro en Emaús




Para el día de hoy (08/04/15):  

Evangelio según San Lucas 24, 13-35



Cosas obvias se nos muestran, y entre ellas, que el centro de todo ya no radica en Jerusalem, la Ciudad Santa, la misma ciudad que aplasta a los profetas, la ciudad en donde es condenado y ejecutado Jesús de Nazareth. Parece haber un desplazamiento hacia las afueras, pero en realidad, se trata de un desplazamiento teológico antes que físico o geográfico: el centro no es Jerusalem y su Templo sino que ahora es la propia persona de Cristo Resucitado.

Dos discípulos se encaminan a Emaús, a diez kilómetros de la capital. No son parte de los Once, no, pero son discípulos importantes, pues todos en la comunidad cristiana cuentan. 
Van conversando de todo lo acontecido hace tan poco, el turbio juicio, el arresto, las torturas, la muerte en la cruz como un criminal abyecto del Maestro en quien confiaban y creían. Seguramente estaban agobiados de tristeza -el luto socava- pero no les es ajeno el desconcierto: no entienden o no aceptan ese tipo de muerte, esa derrota para quien suponían un profeta mayor, Mesías de Israel.
La escena es de un color profundamente humano, dos personas que conversan y discuten, que verbalizan el dolor para poder afrontarlo más enteros. Solos no se puede, solos lastima mucho más. Pero también ello implica una cuestión simbólica muy importante: para la ley mosaica, deben ser dos los testigos necesarios para brindar su aserto sobre una veracidad de raigambre judicial y contundente, y de este modo, el Evangelista nos está advirtiendo en forma velada que lo que ha de tratarse es inconfundiblemente crucial y veraz.

El Resucitado, peregrino como ellos y con ellos, se une a la conversación. Ellos no logran identificarle, hay algo en sus ojos que se lo impide, y es necesario que así suceda. Al Cristo Resucitado se lo reconoce con la mirada de la fé, no con los ojos que sólo entreven lo conocido, lo habitual, lo obvio, y se patentiza en la respuesta febril que lanzan: parece que ese peregrino incógnito no sabe nada de lo que ha pasado con Jesús de Nazareth, un profeta poderoso, en quien ellos depositaban sus esperanzas de liberación de Israel.
Ello lo dice todo: Jesús fué un gran profeta, un enorme profeta, pero mucho más que un profeta también, y toda la historia y los profetas que lo precedieron lo señalan a través de los velos del tiempo.

Así entonces el peregrino se pone a explicarles las Escrituras con una paciencia que asombra. No todos tenemos los mismos tiempos y modos de asimilación, a veces la rumia exige paciencia pero certeza en el horizonte al que se arribará.

Al llegar a Emaús el Cristo peregrino no reconocido parece despedirse y seguir su camino.
Esos hombres, aún confusos, le ofrecen con sinceridad hospitalidad en su hogar, y allí mismo florece su Salvación, sagrada urdimbre de Dios y el hombre. Es brindar cálido albergue en esta casa que somos, en la casa que es el corazón, por más claroscuros que se tengan, por más miserias que se tengan a la vista.

Porque el camino de Emaús es el de nuestras vidas y nuestra Salvación.
Siempre nos estamos reencontrando con Cristo y los hermanos en la Palabra y en el pan compartidos, porque Él ha salido a buscarnos, aún cuando a veces no nos demos cuenta de su sagrada presencia.

Paz y Bien

María Magdalena, el amor que no se rinde



Para el día de hoy (07/04/15):  

Evangelio según San Juan 20, 11-18




Ese huerto es un jardín, y aunque ella no lo sepa, es la evocación exacta del jardín del Edén en donde todo era perfecto y la vida perduraba, porque la Resurrección es la nueva creación, el paraíso pagado con la sangre de Aquél que se ofreció como cordero pascual sin mancha.

Ella permanece inundada de llanto. Los discípulos han visto la tumba vacía y se han retirado. Ella permanece en su tristeza pero persiste en ella un amor sin resignaciones, un amor que no se rinde. La Magdalena ama aún cuando sólo pueda entrever los despojos vanos de una muerte injusta, y quizás sea ese amor en donde germine su esperanza.
Porque ella aún no ha realizado su Pascua, pero se aferra con un corazón tenaz a sus afectos que no claudican ni ante esa tristeza que la demuele.

Dos ángeles guardaban el Arca de la Alianza.
Aquí, dos Mensajeros permanecen como atentos guardias de honor de una alianza definitiva, el tiempo de la Salvación, tiempo propicio y santo de Dios y el hombre.

Él está allí. Ha resucitado. La muerte no ha podido con Él, la muerte ya no es frontera, ya no hay imposibles que puedan justificarse.
Tal vez a causa de ese llanto que empaña su mirada -pero que lava su alma- María de Magdala aún no pueda verlo, pues aún espera encontrar al Crucificado, al muerto amado.

Pero ella es discípula con todas las letras y con mayúsculas, aunque ciertas oscuras tradiciones le adjudiquen ciertas veleidades que no le correspondan, en tren de menoscabar su diaconía.
Modelo del discipulado, ella reconoce al Señor cuando es llamada por su nombre. El buen rebaño siempre reconoce la voz del Buen Pastor.

El amor reconocido, el amor que nos reconoce y redescubre nos pone prisas y alas, la urgencia de comunicar a otros esta novedad única y definitoria.
En ese despertar del letargo triste del luto, María lo nombra Maestro y se aferra a sus pies, pero debe abandonar esa imagen que perdura en su corazón: ya no es el Maestro que ha conocido, es el Resucitado que se plenificará a la diestra de Dios, es el Cristo Redentor y cósmico que en la ilógica del Reino está partiendo para quedarse de manera definitiva entre nosotros.

María Magdalena, obediente a esa bondad que la florece, cumple con el aviso encomendado a los discípulos, que han dejado ese estadio para convertirse en hermanos de ese Cristo al que encontrarán en todas las Galileas de la existencia.

María Magdalena es evangelizadora de los apóstoles, y testigo cordial para todos nosotros.

Paz y Bien

Pregón Pascual -Cristóbal Fones SJ-



PREGÓN PASCUAL

Cristo Jesús, que por amarnos murió
Resucitó de los muertos

Este es el día esperado por todos los hombres
Este es el día en que todo comienza de nuevo
Goce la tierra inundada de luz tan brillante
Huyan las sombras antiguas, aléjese el miedo

Goce también nuestra madre la Iglesia y exulte
Canten los fieles reunidos, resuene este templo
Esta es la Pascua, el paso de Dios en la noche
Su fuerte brazo abate el poder del soberbio

Ante el asombro de sus enemigos, El pasa;
Marcha triunfante, cabalga en su carro de fuego
Una columna de luz ilumina la tierra;
Abre caminos y avanza, recorre el desierto.

Paso de Dios con poder levantado a su Hijo:
El une ya para siempre la tierra y el cielo
Grano de trigo, tu cuerpo, sembrado en la tierra,
Ha dado fruto abundante, preciado alimento.

Este es el tiempo de gracia, que lava las culpas,
Da la inocencia y ofrece al triste consuelo.
Es nuestra fiesta; los hijos nacidos del agua
Beben la Sangre vertida del manso Cordero.

Cristo, concede a tus fieles, que hoy te bendicen,
Ser sepultados contigo y entrar en tu Reino.
Al que se sienta a la diestra del Padre en lo alto
Sea la gloria, el poder, el honor y el imperio.

Adaptado del texto litúrgico
Autor de la música Cristóbal Fones SJ

Aquí puede escucharse: 

Hay cosas que no pueden ocultarse ni comprarse



Para el día de hoy (06/04/15):  

Evangelio según San Mateo 28, 8-15



Dos grupos de mensajeros parten presurosos de la tumba abierta y vacía. Sus motivos son muy distintos.
Las mujeres, luego de la presencia del Mensajero -voz de Dios-, se van con alas en los pies, con cierto temor por la incertidumbre por no saber cabalmente lo que sucede: aún así, en sus corazones palpita en ciernes una intuición y un deseo que escapa a sus razones.
Ellas han caminado con el Maestro, han sostenido su ministerio, son discípulas como el que más. A la hora terrible de la Pasión, permanecieron de pié cuando los hombres se habían dispersado, y al alba se encaminaron al sepulcro, mientras los otros se ocultan de puro miedo y desazón.

El encuentro con el Resucitado les barre todo temor, les restituye la alegría, les otorga nuevamente un sentido que había perecido entre tormentas de tristeza. El encuentro personal con el Resucitado siempre impulsa a la misión, porque esa plenitud que germina no es cosa individual, es un extraño tesoro que se multiplica al infinito cuando se comparte sin medidas con los demás.
Por ello, con  las mismas prisas pero con un sentido claro, ellas se encaminan hacia donde están Pedro y los otros, evangelizadoras de los apóstoles, testigos fieles del Resucitado.

Pero allí, a las puertas de esa tumba ahora inútil, hay un grupo de soldados dispuestos como custodia que se han dormido en el momento primordial. Hay que estar siempre vigilante hacia lo importante. Seguramente temen alguna represalia por el deber incumplido, y por ello van a hablar con los Sumos sacerdotes, cuando correspondería notificar al superior militar.
No iban a encontrar nada nuevo en el Sanedrín. Allí bullía todavía el celo por borrar de la faz de la tierra al rabbí de Nazareth, y el esfuerzo por arrancar de la memoria del pueblo su enseñanza, su ministerio. Por ello mismo es que tercia la cuestión el dinero y su poder corruptor. El soborno -casi obligatorio- tiene la función de sostener una mentira y establecer una turbia certeza sin cimientos, tal como sucede con todo acto de corrupción a través de los tiempos. Y ya estamos grandes como para seguir negando que la corrupción está íntimamente vinculada a la muerte.

Pero hay cosas que no pueden ocultarse. La verdad siempre sale a la luz, y quizás las ciencias tengan una mirada limitada, y está bien: la fé es un acontecer cordial, interior, que no puede mensurarse.
Pero también hay corazones que no pueden comprarse. Hay gentes que no se venden, ni venden su alma, y se mantienen firmes en la verdad que las sustenta, como esas mujeres testigos del Resucitado, flores magníficas de la Iglesia que debemos recordar siempre con gratitud, y a todas aquellas que aquí y ahora persisten en anunciar con todas sus existencia a ese Cristo vivo y presente que es nuestra alegría y nuestra esperanza.

Paz y Bien

Testigos del Resucitado



Pascua de la Resurrección del Señor

Para el día de hoy (05/04/15):  

Evangelio según San Juan 20, 1-9





En la lectura del Evangelio para el día de hoy prevalece el correr. Correr con las prisas y las angustias, la desesperación y las esperanzas secretas, incipientes.

María de Magdala se encamina al sepulcro de su Maestro a la madrugada, sin saber quizás que se está gestando el alba, el amanecer definitivo para la humanidad. Pero lo que importa es que vá, aún cuando lleve el amor revestido del luto por ese cuerpo amado que descansa en la tumba nueva, un amigo que partió demasiado joven y de la peor manera, un inocente que ha sido víctima de los poderosos, un Señor extrañamente servidor y absolutamente libre.

La Pascua de María Magdalena está en germen, aún no ha acontecido plena, pero ella vá cuando los otros están escondidos por el miedo que puede respirarse en ese ambiente enrarecido.

La pesada piedra que obtura la entrada está corrida.

No necesita saber más. Esa tumba abierta pone en los pies de María, y corre sin pausas al encuentro de los discípulos, y es la comunión que nunca, por ningún motivo, ha de romperse. Seguramente a María, por ser mujer, no se le diera demasiada importancia, más lo que tiene que contar es decisivo, a pesar de que todavía supone que se trata de una maldad propia de los asesinos, el robo del cadáver.
Amar contra toda evidencia, amar siempre, amor que perdura después de la muerte.

Ellos se enteran y se contagian las prisas, revestidos de la urgencia de las preguntas que, sí o sí, requieren respuestas. 
Pedro y el Discípulo Amado corren sin desmayos hacia esa tumba que a la distancia los interroga, los interpela.

Un pequeño alto aquí: tradicionalmente, se identifica al Discípulo Amado como Juan. Algunos exégetas, por su firme amistad, señalan que se trataría de Lázaro.
Sólo por un momento reflexionemos desde otra perspectiva. En las Escrituras nada es casual, siempre hay una causalidad, aún cuando a menudo sea tácita. Quizás por ello Mateo no mencione el nombre del Discípulo Amado, porque el discípulo amado se distingue por el amor y la fé.

El amor que le hace llegar primero, que borra cualquier distancia.
La fé, que lleva varios pasos más allá de lo evidente.

Pedro aún no entiende, a pesar del sudario enrollado a un lado y las vendas inútiles. No hay un cuerpo para vigilar con sus fines mortuorios, tumba vacía, hogar inútil de la muerte que ha perdido su carácter inexorable por el amor de Dios expresado en Cristo.
El Discípulo Amado ingresa después de Pedro, que es primus inter pares, roca que sustenta a los hermanos. El Discípulo Amado vé lo que ha sucedido y cree.

El Discípulo Amado es la comunidad cristiana, la de los creyentes, la de los testigos del Resucitado.

Quiera Dios que todas las Magdalenas con que Dios nos bendice vuelvan a contarnos lo que han visto, por ellas jamás se demoran ni se guardan para sí lo que han visto.

Muy Feliz Pascua de Resurrección

Paz y Bien

Encuentro en Galilea




Sábado Santo - Vigilia Pascual en la Noche Santa

Para el día de hoy (04/04/15):  

Evangelio según San Mateo 28, 1-10





Esas mujeres se encaminan a la tumba del Maestro al alba, un alba que aunque aún no lo sepan, es anuncio de un nuevo día, y de un día definitivo, un amanecer que quiebra el mero transcurrir del tiempo.

Son mujeres, y tal vez por ello nadie les dá demasiada importancia a lo que hagan o digan. Ellas van hacia el sepulcro a expresar sus afectos a su Maestro que allí reposa, vestidas de la tristeza inexorable de la muerte; en cambio, los discípulos se han dispersado y escondidos, ateridos de miedo y desconsuelo. Los soldados de custodia permanecen cumpliendo órdenes, afirmados en la aparente legitimidad de sus lanzas y espadas.
Ellas no han comprendido del todo la enseñanza de ese Jesús que amaban, y de allí su humilde tristeza. Aún así, como buenas mujeres que son, prevalece en ellas la intuición, una intuición que les dicta, corazón adentro, que cuando todo se pierde es menester afirmarse en el amor, causa de todos los milagros.

No es tarea menor ni, aunque casi clandestina, está exenta de riesgos. Los que clamaron por la muerte de ese inocente están atentos y a la pesca de sus seguidores. Pero ellas igualmente van, porque las puede el afecto, porque un fermento extraño las moviliza, aunque no lleguen a razonarlo.

La pesada piedra que obtura la entrada está corrida. Hay un ángel por allí que no puede ser obviado. La escena del Mensajero sentado sobre la piedra-puerta es señal divina: la tumba ya no es hogar de la muerte, la tumba vacía es señal de esperanza, de que los imposibles han caducado, de que la luz prevalece sobre cualquier tiniebla, por invasiva que se asome. La transparencia y la blancura del Mensajero indica que no hay nada oculto que ya no permanecerá así, que será revelado, porque el amor de Dios se ha rebelado contra el dolor y la injusticia, porque el amor de Dios levanta a Cristo de la muerte.

Ese terremoto que estremece las entrañas de la tierra es otra señal estruendosa del acontecimiento cósmico de la Resurrección. Toda la creación ha contenido el aliento con su muerte, toda la creación sonríe y celebra con su vida resucitada.

El Señor ha resucitado, y no descansa. Ha sido un muerto inquieto y peligroso, y ahora amorosamente continúa su misión creadora de Salvación.
Por ello les dice con voz clara Alégrense! y nos lo repite ahora a nosotros, porque la presencia de Dios, los sueños eternos de Dios son la alegría de todas las gentes que le aman. 

Esas mujeres tienen un encargo apostólico y sacerdotal: avisar que es tiempo de despojarse de resignaciones y lutos, pues el Crucificado es ahora el Resucitado para siempre, vivo y fiel, caminante y presente entre los suyos.

Con esas mujeres, Señor, iremos a encontrarte en Galilea, allí donde están tus hermanos, allí donde todo comenzó. 
Allí, en las Galileas de todo tiempo y lugar, de la periferia y la pequeñez, de donde poco se espera, Galileas de sospecha y de invisibilidad, allí te encontraremos nuevamente vivo, joven, para el abrazo de una esperanza que llevás encendida en esa mirada que vuelve a convocarnos en esta noche que empuja el día total, grano de trigo frutal que devino en pan santo de Salvación.

Muy Feliz Pascua de Resurrección

Paz y Bien


 

Viernes Santo: contemplar al crucificado



Viernes Santo de la Pasión del Señor

Para el día de hoy (03/04/15):  

Evangelio según San Juan 18, 1-19, 42




La superabundancia de palabras y sonidos, de ruidos tóxicos y vocablos vanos tiene una morbilidad demasiado habitual. En verdad estamos saturados -a menudo gustosos de ello-, pero por eso mismo es tan necesario hacer silencio, ese silencio fructífero, desierto santo para el encuentro con Dios. Y así, despojados de cualquier intromisión perecedera y de tantas cuestiones distractivas, centrar la mirada y el corazón en ese Cristo crucificado.

Hay que dejar que la cruz nos hable.

Los romanos eran cruelmente eficaces en esos temas punitivos, ejecutorios. Todo estaba cuidadosamente estudiado y se planificaba en busca del mayor efecto. La crucifixión, como pena capital, tenía dos aspectos: por un lado, aplicar el máximo castigo al reo condenado, escarmiento doloroso por crímenes contra el imperio, que tenían como área previa una ingente sesión de flagelos y durísimos maltratos corporales. La exposición del castigado desnudo y agonizante es la humillación mayor, aunado esto a una prolongada e insoportable agonía.
Por otra parte, buscaban un efecto disuasorio hacia otros que pretendieran seguir el mismo camino subverviso del condenado, como indicando esto es lo que te espera. Por ello siempre este tipo de ejecución tiene un carácter público y casi obligatorio.
De estos horrores se exceptuaban a los ciudadanos romanos: con la cruz se reprimía a los esclavos rebeldes y a los alzamientos provinciales, tal era el grado de espanto que se infringía y el tenor de indignidad considerado, impropio de un hijo de Roma.
Para la ley mosaica, un crucificado es directamente un maldito.

Marginalidad y maldición, y la piedad desalojada.

En el Gólgota hay tres condenados levantados, pero un sólo inocente. Como con exactitud lo dirían tiempo después sus amigos, ese galileo pasó haciendo el bien, y sin embargo lo ejecutan como a un criminal peligroso.
Los concienzudos verdugos romanos, luego de burlas y vejámenes, le han aplicado un cartel cuya pretensión es identificar pero también ridiculizar. Está escrito en hebreo, latín y griego, es decir, en todos los idiomas universales para esa época, mensaje que será para todas las naciones de todos los tiempos. Dice: Jesús Nazareno, Rey de los Judíos -Iesvs Nazarenvs Rex Ivdaeorvm-.
El término pretendidamente mesiánico, rey de los judíos, es una broma torpe, que a su vez reaviva las furias de los sanedritas: el término correcto, de corresponder, hubiera sido rey de Israel. A esos hombres, religiosos profesionales, los puede el odio y el rencor antes que la erudición que dicen profesar.
Pero, aún cuando seguramente el pretor no lo desea, la identidad originaria del Crucificado es motivo de honra y revelación. Jesús Nazareno, Jesús nacido en Nazareth, la pequeña e ignota Nazareth de la periferia, de donde nada se espera y en donde en realidad todo comienza, y la historia señala una encrucijada y un cambio de rumbo total a partir de una pequeña muchachita judía que ahora muere por dos, muere al pié de esos maderos en donde su hijo -que es su Maestro y su Dios- agoniza del peor modo.

Contemplar a ese Crucificado es volver a escuchar la voz de la mansedumbre, de la paz, de la vida que se ofrece para que no haya más crucificados.
Es dejar que el amor se exprese pues es más fuerte y más tenaz que cualquier espanto y cualquier tortura, que la muerte misma.
Es ponerse al hombro las miserias y caminar hacia tiempos mejores y definitivos, en donde no importen tanto las voces autoritarias y cínicas de los Caifás y los Pilatos y los Herodes, e inclinar los corazones hacia los inocentes. Porque siempre, indefectiblemente, hay que estar del lado de las víctimas y no de los victimarios.
Es permitir que esa mujer de corazón enorme y doliente se afinque en nuestro hogar, pues casa propia no tiene: la casa de María está allí en donde están los hermanos de Cristo que la reciben con afecto. María es la herencia más valiosa que nos lega ese Crucificado, en un testamento amoroso apenas pronunciado pero escrito de manera indeleble por su sangre divina vertida como cordero pascual, sangre con la que pintaremos las puertas de nuestros corazones para que todas las muertes pasen de largo.

Estamos en las manos bondadosas de un Dios que es Padre y es Madre, aún cuando los cielos se oscurezcan, aún cuando parezca que nos han arrancado la esperanza a golpes de martillos odiosos, en medio de cualquier noche.

Paz y Bien
 



Jueves Santo, rostro del Señor




Jueves Santo

Para el día de hoy (02/04/15):  

Evangelio según San Juan 13, 1-15





Los ánimos en ese momento estaban muy cargados. Es una mesa familiar, de esos vínculos que sólo puede establecer la amistad, pero también es una cena de despedida. Jesús de Nazareth es un hombre que tiene plena conciencia de que está a punto de morir como un delincuente abyecto, como un maldito, como un marginal, traicionado por alguien cercano a su corazón, negado ferozmente por otro, abandonado por casi todos. Aún así, no escapa ni rehuye a ese destino que ha asumido en plena libertad, y que no es fortuito, no es voluntad morbosa de un dios cruel ni lo deciden quienes le odian, sino que es la consecuencia de su total fidelidad y obediencia a su Padre.

Profunda ilógica. Cosas muy extrañas acontecen en este tiempo que Cristo ha inaugurado.

Esta Cena que denominamos Última por su carácter de despedida afectuosa, en realidad es la primera de muchas que, haciendo memorial del amor de Dios, congregará a los hermanos junto al pan y al vino eternos, vidas concelebradas.

Es también despedida de Aquél que se vá a los brazos del Padre para quedarse de manera definitiva entre sus hermanos y amigos, todos nosotros.

En esa misma extrañeza, el Maestro no instituye una liturgia nueva, o un culto modificado por la cercanía del Seder Pesaj. De ser así, lo hubiera realizado antes de comenzar a comer. De querer enfatizar la despedida con carácter solemne, lo hubiera realizado al finalizar. 
Tampoco se trata de una ablución ritual de purificación.
El Maestro, en medio de la comida, se quita el manto, se enrolla una toalla a la cintura y lava los pies de los discípulos.

Los símbolos son tremendos. En la Palestina del siglo I, quitarse el manto -la prenda de vestir principal- es quedar casi desnudo, desprotegido, a la intemperie. 
Y lavar los pies a los recién llegados del camino es una tarea propia de los esclavos, o tal vez de las mujeres, tarea natural que ni se paga ni se agradece. Trabajo de esclavos, trabajo silencioso que nada espera a cambio.

Un Cristo servidor, un Dios que se anonada y humildemente se hace esclavo no es fácil de aceptar. Pedro se rebela porque no lo tolera, y porque, quizás como también nosotros, espera un Mesías poderoso, revestido de gloria y fuerza.

Pero aún en el agua que se enturbia luego de lavar los pies, se sigue viendo el rostro del Señor.
Por eso es menester dejarse lavar los pies, para andar a paso firme con las cosas del Reino, en la huella de la Gracia.

Y así, confiados en esa fidelidad sin matices ni fisuras, realizar el memorial de la Cena del Señor y del servicio a los hermanos en cada momento de nuestras existencias. Regreso a Dios y regreso al hermano a pesar de todas las cruces.

Un Cristo tan humano que se hace esclavo para que nadie más quede en el último lugar, a pura fuerza de la caridad.

Paz y Bien

Treinta monedas




Miércoles Santo

Para el día de hoy (01/04/15):  


Evangelio según San Mateo 26, 14-25




Por motivos razonables, el nombre de Judas devino, a través de la historia, como sinónimo de traidor. De nombre propio a sinónimo descalificatorio de alto calibre. Ello aplica no solamente al ámbito de la fé, sino a toda ocasión en que la confianza se ha vulnerado, y aquí se destaca lo obvio: traiciona quien está cerca, traiciona aquel en quien se confía.

De allí a despreciar al Iscariote hay un paso nomás. Pero aunque nos asquee la traición -al fin y al cabo, en ella podemos espejarnos a veces-, no tenemos derecho a juzgarle. Con meridiana claridad lo expresó Benedicto XVI, no podemos juzgar su gesto poniéndonos en lugar de Dios, infinitamente misericordioso y justo.

A su vez, mucho se ha escrito acerca del accionar de Judas Iscariote, y con diferentes tenores, su entrega flagrante del Maestro a manos de sus enemigos peores. Pero hay una cuestión que no puede soslayarse, y es que Judas toma la decisión de hacerlo con plenas conciencia y libertad. He ahí su responsabilidad.

El Maestro, luego de la plena comunión con su Padre a través de la oración, había elegido personalmente a todos y cada uno de los Doce. En ellos reposaba su corazón sagrado y su confianza, su amistad y su paciencia, toda su existencia compartida. Aún con todo ello, aún cuando durante tres años, día a día, momento a momento compartió todo con ellos sin reservas y les abrió las miradas al misterio de Dios, ellos no llegaban a comprenderle ni a aceptarle en toda su dimensión mesiánica. Varios de ellos le adjudicaban moldes preestablecidos de acuerdo a lo que, suponían, debía ser el Redentor de Israel; vivían en un tiempo complicadísimo, su nación sojuzgada por un opresor extranjero y brutalmente imperial, su religión con una observancia extrema de formas y normas sin sustancia, es decir, sin corazón y sin Dios.

Algunos estudiosos sindican al Iscariote como perteneciente o simpatizante del movimiento zelota, que propugnaba la lucha armada contra el opresor romano para liberar Tierra Santa, y que por ello solían sostener posturas extremas también en el plano religioso.
Quizás fuera por ello, quizás por no atreverse a más -la fé exige coraje-, tal vez porque su angustia no toleraba esperas ni la mansa enseñanza de amor y servicio de Jesús de Nazareth, es que Judas -apóstol, ecónomo de la primera Iglesia- se presenta al Sanedrin. Allí están los enemigos más enconados del rabbí galileo, pero también representan la estabilidad de lo conocido, las tradiciones, la autoridad, la ortodoxia.
Confía más en ellos y en lo que esos hombres representan que en la amistad incondicional y sostenida del Maestro, y por rechazar esa gratuidad, esa Gracia, Judas -aún antes de entregarlo- es un des-graciado.

Las treinta monedas de plata ofrecidas por los sanedritas -treinta sheqqels permitidos en el Templo-, poseen un intenso valor simbólico. Treinta monedas es el valor con que se mide a Zacarías, el pastor que habla en nombre de Dios, como si la profecía pudiere tasarse. Pero también treinta monedas es el valor que debe pagarse por un esclavo. Sea cual fuere el caso, en ambas instancias hay una fijación de observar pautas establecidas por sobre cualquier consideración humana, pero a su vez teñido de un tácito y profundo desprecio.

Ni todo el dinero del mundo representa, aunque todo parezca indicar lo contrario, un valor mayor que el de una vida. 
Y más aún, la amistad y el amor de Dios jamás se puede adquirir. Dios se ofrece de continuo, sin condiciones e infinitamente generoso con todos.

Con la inminente noche cerrada, sabiendo que Judas lo traicionará, que Pedro lo negará, que muchos se esconderán ateridos de miedo, aún así arde por celebrar la Pascua con los suyos, con los Doce, contigo y conmigo, con toda la Iglesia, con todos los pueblos.

Ninguna sombra de muerte hace que de disipe ni se resigne la fidelidad de Cristo para con todos nosotros.

Paz y Bien

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