Las ausencias que se hacen notar


Para el día de hoy (09/02/14):  
Evangelio según San Mateo 5, 13-16



Siempre nutre más la observación atenta de las circunstancias y costumbres - a menudo desapercibidas- que se suscitaban en el tiempo y durante el ministerio de Jesús de Nazareth, pues muchas de esos aconteceres culturales e históricos de la Palestina del siglo I nos ensanchan el horizonte magro de la razón.

En aquel tiempo, la sal tenía una gran importancia, mucho mayor quizás que la actual. Porque no siempre habían salinas de donde extraer los bloques para obtener el condimento de las mesas judías, y porque -precisamente- tenía otro uso tanto o más importante que la sazón de los alimentos. Era tan importante que en ocasiones se utilizaba como moneda de intercambio para pagar el jornal de los campesinos...y de allí que al pago del trabajo lo llamemos salario. Por otra parte, el sentido común nos indica su importancia al sazonar las comidas: sin la presencia de la sal, los alimentos se vuelven insípidos, y por ello difíciles de saborear y de distinguir y disfrutar sus cualidades.
Pero también cumplía un rol clave: estamos en el siglo I, en Medio Oriente, tierra de altas temperaturas durante gran parte del año y, con ello, la gran dificultad para conservar los alimentos frescos sin que se pudran, se echen a perder y se vuelvan incomibles y malsanos, y allí terciaba la sal. Las carnes se deshidrataban y curaban al sol y con sal, lo que prolongaba su integridad y utilidad durante meses; en varias regiones de Latinoamérica lo hemos realizado durante siglos, llamándole con la voz quechua charqui -conocida éste habitualmente como cecina-.

Si la sal faltaba o se degradaba comenzaban los problemas, en parte serios por la carne que se pudría, y en parte porque comer se vuelve algo desagradable, rutinario y carente de sentido, inclusive provocando algunos problemas de salud. Y la sal que se degradaba se utilizaba junto a otros residuos para tapar los baches en los caminos, pequeños montículos que se iban aplanando con las pisadas de los caminantes.
Curiosamente, la acción de la sal es bien modesta, a diferencia de otras especias y condimentos -a los que los pobres rara vez accedían-. Por ello mismo se nota tanto su importancia cuando está ausente.

Así también, en aquella época, sucedía con la luz. El aceite de las lámparas era muy caro, tanto que las familias solían tener una sola lámpara que utilizaban durante la noche para desplazar la oscuridad cerrada; los hogares familiares solían estar compuestos de una sola habitación grande que hacía las veces de comedor y de dormitorio común. Por ello la única lámpara -insistamos en lo costoso del combustible- se colocaba en el lugar más alto posible para que toda la familia se beneficiara con algunas horas de luz, prolongando el día y acortando la noche. 
Aquí su ausencia implica, lisa y llanamente, que si no hay luz al atardecer la vida se apaga hasta el otro día, la vida se adormece obligada, se paraliza, no hay posibilidad de hacer más nada ni de compartir lo vivido durante el trajinar diario.

El Maestro se dirige con mandato de ser sal de la tierra y luz del mundo a sus discípulos, y entre ellos estamos todos y cada uno de nosotros hoy, ahora mismo- 
Cuando está presente la sal del Reino -de la alegría, de la justicia, de una vida cada vez más plena, más humana, más feliz- uno se enamora de la existencia. Dá gusto saborearla, dá gusto vivir. Y hay otra cuestión que no es menor: cuando esta sal comienza a latir en los corazones, los mortales embates de la corrupción retroceden. Porque la sal preserva y protege la vida.
Y cuando no somos capaces de encendernos, en esos fuegos de bondad que provienen del Espíritu que sopla en todas partes, la noche y las oscuridad devienen interminables, un alud ineludible que parece haberse tragado al día.

Esta misión y este mandato son también modestos. El exceso de sal hace daño a la salud, el exceso de luz encandila y es peor que la oscuridad. Y no hay espacio para abstracciones ni cómodas teorizaciones: se trata de hechos y gestos concretos, la mayoría de las veces silenciosos y humildes, pero a la vez imprescindibles. Y cuando están ausentes, se nota y mucho -claro que sí-, y la vida viene con un signo menos.

Quizás -sólo quizás- si abrimos el corazón como el Maestro lo hacía, encontraremos en muchos sitios impensados a muchas mujeres y hombres de sal y de luz, mujeres y hombres que nada quieren saber de cuestiones religiosas, pero que hacen que esta vida sea digna de ser vivida. Gente imprescindible, asombrosos y magníficos hermanos nuestros y de Jesús. Porque la familia es mucho más grande de lo que nuestras acotadas razones suelen calcular.

Paz y Bien

Del cuidado y el descanso



Para el día de hoy (08/02/14):  
Evangelio según San Marcos 6, 30-34




Pocos pasajes de los Evangelios nos revelan a un Cristo tan profundamente humano y compasivo como la Palabra para el día de hoy, y quizás sea la compasión su rasgo más distintivo, tantas veces expresado en acciones concretas. La compasión jamás es teórica ni abstracta.

Los discípulos habían partido como tales, rumbo a la misión que el Maestro les había encomendado, de dos en dos llevar la Buena Noticia, Él mismo en gestos, en hechos y en palabras. Y es significativo que el Evangelista Marcos los nombre al partir como discípulos, pero a su regreso son apóstoles: la misión los ha transformado, se han descubierto elegidos y enviados tal y como lo somos todos y cada uno de nosotros.

Regresan con nuevos bríos, pues no hubo mal que se les resistiera -es el poder mismo de Dios- y han enseñado todo lo que saben. Pero el Maestro sabe muy bien que a veces es necesario disminuir los fuegos de la euforia; los estados de ánimos -exaltación o depresión- son como los resfríos, hay que dejar que se pasen. Y hay que afirmarse en lo que en verdad perdura. Además, Él conoce a los suyos mejor que nadie, y es un observador experto y único que adivina la mella que el cansancio provoca en sus amigos.
Por ello mismo, con una deferencia maternal de ocupa y preocupa de apaciguarlos, de encontrar un lugar tranquilo para que reposen sus cuerpos agotados y allí puedan dialogar.

Pues todo cansancio puede ser que decrezca mediante el debido reposo, pero el descanso verdadero se encuentra en la cercanía de Dios, de ese Cristo que es hermano, Señor y compañero.

Como suele suceder, la tarea es inmensa y los obreros siguen siendo escasos, y cada día es imprescindible suplicar al Dueño de la vid que envíe más labriegos. 
Esa inmensidad se traduce en la ansiedad de las gentes que están libradas a los azares de sus destinos impuestos -nunca edificados ni tallados con paciencia-. Gentes agobiadas, resignadas, doblegadas por tanto abandono, heridas de soledad y desprecio contante y sonante, que se aferran como último bastión y refugio a ese rabbí galileo que a nadie, y por ningún motivo, rechaza. Y esas gentes no pueden esperar más, y el Señor lo sabe...y quizás los suyos -los Doce, tu y yo, a menudo la Iglesia- prefiere ignorar esas prisas impostergables.

La compasión jamás es teórica nio abstracta, y es el motor de Jesús de Nazareth, expresión perfecta del Espíritu que lo anima, flor primera de la Gracia, del amor infinito de Dios. Ël vé sus rostros y adivina sus padeceres, y los intuye y descubre como ovejas sin pastor, o sea, carentes de cuidado, de protección, de compañía constante, de guía, de servicio desinteresado y solidario. Por eso posterga para otro momento hasta su mismo cansancio, y pone su misma existencia a por ello, manos a la obra y corazón en el hermano.

No hay servicio desde los palcos, desde los balcones. El servicio apostólico es desde el lugar del pobre, desde su mismo barro, desde la fraternidad genuina, desde la sencillez que no busca reconocimientos pero que arde en hambre de justicia y la necesidad imperiosa de comunicar que otra vida es posible, una vida plena, una vida feliz, el Reino, sueño y proyecto del Dios de la vida.

Paz y Bien

 

Un rey falaz, una mesa cruel



Para el día de hoy (07/02/14):  
Evangelio según San Marcos 6, 14-29



Algunos datos históricos que pueden enriquecer nuestra reflexión acerca de la Palabra para el día de hoy.

Herodes Antipas era uno de los siete hijos que había tenido Herodes el Grande, quien gobernó lo que hoy conocemos como Palestina e Israel en los albores del siglo I, el mismo que intentó matar a Jesús recién nacido, provocando la matanza de los niños belenitas, el mismo que por su violencia impulsa al exilio a María y José de Nazareth junto al Niño.

Herodes el Grande había tenido una influencia notable, y entre sus logros se cuenta la reconstrucción esplendorosa del Templo de Jerusalem, la edificación de portentosas ciudades y una relativa calma y prosperidad en todos los territorios que dominaba con el auxilio del ocupante romano. Sin embargo, por su origen idumeo -de Edom- y su formación helénica no era considerado judío por sus paisanos y, por lo tanto, un usurpador del trono de Israel. 
Era un hombre poderoso que usualmente se valía de la violencia mortal como acción política; además, era terriblemente paranoico, al punto de presumir conspiraciones por doquier; así supuso que algunos de sus hijos buscaban socavar su trono, y sin vacilaciones les quita la vida. A la vez, se genera un árbol familiar harto complejo, pues algunos de los hijos sobrevivientes contraen matrimonio entre sí.
Los sobrevivientes varones eran Herodes Antipas, Herodes Arquelao y Herodes Filipos o Felipe, mientras que la mujer se llamaba Herodías, todos ellos medio hermanos entre sí pues provenían de diferentes esposas de Herodes el Grande. 
Herodías contrae nupcias con Herodes Filipos, y posteriormente, ella se casará con Herodes Antipas.

Herodes Antipas lleva la misma sangre violenta de su padre. Pero sin embargo no es un rey propiamente dicho, apenas es un gobernador vasallo de Galilea y la Perea, un poder que ejerce delegado por el opresor romano. Más aún, su designación como tetrarca -gobernante de un tercio- se corresponde con los deseos de uno de los hombres de confianza del César. Pero el Evangelista Marcos lo menta como "rey Herodes", y hay en esa denominación una sutil burla e ironía a un hombre que depende por entero del opresor, y que toma sus decisiones a partir de los caprichos de dos mujeres y del que dirán de los notables.

Juan el Bautista, en su integridad, no se callaba nunca. Y en los llamados a abandonar toda corrupción, gritaba en los rostros de Antipas y de Herodías que su matrimonio no era lícito ni era moral. Para el último de los profetas judíos, lo que es contrario a la Torah es opuesto a la voluntad de Dios, y aquí Herodes se encuentra en un flagrante quebranto. Aún así, el rencor mas virulento proviene de Herodías.
Herodes, a pesar de todo, le tiene cierta estima al Bautista y, porque nó, cierto temor reverencial.

Suele suceder. Los poderosos gustan rodearse de adulones y aplaudidores que jamás -por ningún motivo- los contradigan, y cuando una voz así, tan clara como la del Bautista, resuena en su espléndida discordancia, a pesar de la molestia es recibida como aire puro. Tal vez, sólo tal vez, para protegerlo de los celosos embates del odio de su esposa, es que manda encarcelar a Juan. 
Pero todo remite al poder, siempre es el poder, y Juan -de creciente influencia, con un pueblo cada vez más dispuesto a escucharle- se había vuelto peligroso.

El destino de un hombre inocente se decide en una mesa cruel, nefasta, oscura, detrás de una danza seductora y en pos de caprichos e imágenes públicas que sostener, y Herodes queda prisionero de sus torpes palabras. Hasta promete lo que no puede prometer: la mitad de su reino es nada, pues todo es territorio soberano de Roma.

La voracidad paranoica de Herodes el Grande se expresa de manera supersticiosa en Antipas. Cree que ese rabbí galileo cuyo renombre comienza a extenderse es Juan redivivo, resucitado. Cuando no hay espacio para la justicias, toda fabulación torna con una pátina de razonable validez.

Se trata de un rey falaz, y de una mesa para unos pocos poderosos, en donde la vida de los inocentes e indefensos se decide cual caprichoso juego de azar.

Pero ese Cristo por el que Herodes comienza a interesarse aviesamente y a preocuparse, es un rey extraño pero un rey verdadero. Un rey que no impondrá victorias gloriosas, sino que sentará su realeza nó en los palacios, sino en las honduras de los corazones capaces de amar como Él amaba. Y su mesa será la de sus amigos, una mesa grande, una mesa en donde todos son importantes, en donde se sientan las hermanas y los hermanos, y muy especialmente, aquellos a los que nadie invita a compartir el pan, una mesa en donde la vida se celebra y se acrecienta.

Paz y Bien

Iglesia apostólica, Iglesia comunión, Iglesia liberación



Para el día de hoy (06/02/14):  
Evangelio según San Marcos 6, 7-13



Sin lugar a dudas, nada ni nadie podía detener al Maestro. Cuando arrestan y ejecutan a Juan el Bautista, sigue su camino, peregrino desde el desierto de Judea a las aldeas galileas en donde comienza a anunciar y a enseñar la Buena Nueva.
Y luego, cuando es execrado por sus propios paisanos y se consuma la ruptura con la sinagoga -en cierto modo, hay una excomunión- continúa su misión en tierras gentiles, paganas, y el ámbito sagrado se desplaza de la sinagoga misma al calor de los hogares.

Ahora bien, su tarea no es solitaria. Convoca a otros que Él mismo elige, y es una elección enteramente personal, para nada azarosa. No hay entre sus discípulos hombres eruditos, sabios exégetas ni sacerdotes del Templo, sino hombres comunes, muchos de ellos pescadores, llamados a ser Cristos desde su misma cotidianeidad y desde su unión con ese Maestro que los ha buscado primero.

Por eso la misión de la Iglesia es eminentemente apostólica, es decir, todos por el Bautismo nos descubrimos elegidos y llamados por la ternura de Dios. Y ese llamado no otorga beneficios ni prebendas, sino que reviste responsabilidades que están mucho más allá de cualquier obligación. Se trata de los fuegos mismos del Espíritu, se trata de la urgencia que impone la verdad a cada corazón, se trata de la ocupación y preocupación por el otro que vá a nuestro lado.
Esa apostolicidad implica también que nada tiene que ver con la Buena Noticia el individualismo; los discípulos van de dos en dos pues en soledad es más fácil caerse, es más sencillo rendirse al miedo y bajar los brazos. En compañía los corazones se potencian, pues crece la fraternidad que es un don antes que una práctica.
Además, hay un simbolismo profundo: para el derecho judío de aquel entonces la veracidad de los hechos debe refrendarse por, al menos, dos testigos. Por ello la misión de los enviados es una misión veraz, plena de credibilidad.

La misión de la Iglesia es también misión de comunión, es decir, edificar comunidad allí donde los misioneros se dirijan, ser parte de esa familia creciente y no meros espectadores, turistas menores de paso. Porque la paz comienza cuando la familia se expande y todos y cada uno de sus integrantes son tenidos en cuenta, cuidados por su valor único de hermanos.

Y la misión de la Iglesia es también misión de liberación: se trata, desde la fé que surge de la unión con el Resucitado, de acciones concretas antes que meras declamaciones o expresiones de deseos. Es liberar los corazones de tantos demonios que oprimen, es aligerar los corazones de tanto gravoso egoísmo, es prodigar salud y perdón, es volverse clara señal de auxilio para nuestra gente sumida en las sombras.

Para ello, lo que cuenta es la fé, hermana de la confianza. Porque hemos sido elegidos, llamados y enviados, y todo es posible desde esa confianza en Alguien, Jesús de Nazareth, nuestro hermano y Señor.

Paz y Bien

Tekton, el hijo de María



Para el día de hoy (05/02/14):  
Evangelio según San Marcos 6, 1-6




Los acontecimientos que el Evangelista Marcos nos narra el día de hoy suceden inmediatamente después del ministerio de Jesús de Nazareth por la Decápolis -el hombre endemoniado que vivía en un cementerio-, tras traer nuevamente a la vida a la pequeña hija de Jairo, tras la sanación de la hemorroísa. Es decir, las huellas de su bondad quedaron tanto en tierras judías como en tierras paganas.

Él, entonces, decide regresar a su querencia, a su pueblo natal Nazareth. Lo precede una fama de hacedor de cosas asombrosas, y como si no bastara, lo acompaña un grupo de discípulos: ese hombre regresa a su pueblo como un rabbí.

Alrededor de la sinagoga, las pequeñas comunidades judías extra jerosolimitanas centraban su vida: la sinagoga cumplía varios roles importantísimos como lugar de reunión comunitaria, como sitio de culto y oración, y como centro de enseñanza. En aquellos días era infrecuente encontrar varones que hubieran accedido a la lectoescritura, por lo que en el Shabbat tenían la posibilidad de aprender la Palabra de Dios y escuchar los comentarios que de ella se hacían.
En ese ámbito, Jesús solía aprovechar la ocasión para enseñar la Buena Noticia del Reino. Y la querencia nos atrae a todos por igual, y sinceramente, Jesús debía de estar ansioso por llevar esos anuncios nuevos a sus paisanos, aquellos que conocía y que a su vez creían conocerle.

Los vecinos se asombran de lo que dice y cómo lo dice. Están atónitos, y se desata el conflicto: al que ellos suponían conocido -al fin y al cabo, lo vieron crecer y conocían bien a sus parientes, como suele suceder en las aldeas pequeñas- se yergue con la autoridad de un maestro sin haber pasado jamás por escuela rabínica alguna, es apenas un tekton -un artesano manual-, es el hijo de María.

Sin lugar a dudas tuvo mucha influencia negativa la campaña desatada por los escribas, aquella que lo mentaba como maldito, como agente del demonio, como que todas las cosas que hacía las realizaba por el poder de Belcebú. Pero también, esas gentes ya lo tenían preencasillado: un artesano campesino jamás -de ninguna manera- será capaz de hablar de ese modo, y se plantea lo que en la lógica clásica se denomina una falacia, es decir, un argumento que induce a error. Porque aquí no hay cuestionamientos a lo que dice, sino más bien está en entredicho quien lo dice. El centro de la discusión es sobre la autoridad, sobre si Jesús puede o nó hablar de esa forma, hablar de Dios así, con tanta libertad y certeza.

Por ello mismo se escandalizan, porque es más fácil el espanto en esas almas circunspectas que la capacidad de descubrir el universo nuevo de la Gracia. Y como al pasar, aducen que además de tekton es el hijo de María.
Para la cultura judía del siglo I, la identidad proviene, indefectiblemente, del padre. Por ello la costumbre es nombrar a los varones por su nombre de pila y su patronímico, es decir, fulano de tal hijo de tal hombre. Al llamarlo hijo de María, deslizan un insidioso insulto: puede ser que de manera velada lo llamen bastardo, o también que remitan al embarazo extraño y sospechoso de su madre. 
Pero ese insulto en verdad lo honra, porque es hijo de la más fiel, de la tierra sin mal, de la plenamente feliz por todas las generaciones.

Allí se produce la ruptura definitiva, y Jesús no volverá a enseñar en las sinagogas, porque se ha producido una excomunión desde los corazones que formalizarán los escribas. 
En esa patria que amaba -porque la patria, todas las patrias, comienzan en la familia, en el barrio, en la aldea, en lo cercano y conocido- no podrá realizar signos o milagros, porque la fé ha retrocedido. Porque los milagros son urdimbre eterna en el tiempo santo de Dios y el hombre.

Nosotros también solemos ubicarnos del lado de sus paisanos, y no podemos negarlo. Como ellos, podemos ser muy religiosos, firmes en el culto y en los rigores doctrinales y en el cumplimiento de los preceptos. Aún así, con todo eso, carecemos de fé y nuestros corazones tienen una mirada escasa y esquiva que reniega de la trascendencia que se nos suele aparecer a cada instante, a menudo fuera de ese ámbito que asumimos como sagrado.
Más lo sagrado palpita en cada existencia, y se nos presenta humilde, sencillo y modesto, sin estridencias ni imposiciones, a fuerza de bondad ofrecida.

Como Jesús de Nazareth, nuestro Dios artesano, el hijo de María para nuestra Salvación.

Paz y Bien


La Buena Noticia en clave de mujer




Para el día de hoy (04/02/14):  
Evangelio según San Marcos 5, 21-43


 
Se trata de dos mujeres. 

Una que recién asoma a la vida, y que sin embargo es dada por muerta, parece que la vida se le ha apagado, es una joven flor trunca de doce años. Para todos ya sólo le queda el rótulo lóbrego de la vida que se fué. Pero para el Maestro sólo duerme.

La otra, en similitud numérica, lleva doce años con hemorragias -¿metrorragias? ¿alguna displasia ginecológica?- por las que la vida se le vá yendo sin detenerse. Es una mujer que es mejor evitar, pues todo el que se le acerque se volverá tan impuro como ella misma. Esa mujer está condenada por esas ideas a la soledad agravada por la dolencia que le impide ser una mujer plena en su cuerpo y su feminidad, excluida de suyo del amor matrimonial, del engendrar hijos, demolida por todas las vergüenzas que le endilgan. 

La niña es hija de un hombre poderoso, Jairo, jefe religioso de muy buena posición; seguramente por su edad, ya se planea un casamiento arreglado sin sus afectos y sin su opinión. Aún con todo su poder, Jairo nada puede hacer, sólo le queda el rescoldo inapagable de la fé y la orientará a ese rabbí galileo que tanto bien dicen que brinda.

La otra mujer, con todo y a pesar de todo no se resigna, y clandestina -pues las precondiciones la excluyen de todo- se acerca al Maestro con una fé conmovedora, sabedora de que si puede llegar siquiera a su periferia encontrará salud y liberación.

Las dos serán sanadas y puestas en pié a pura fuerza de bondad.
La niña, merced a la fé de Jairo. La hemorroísa, por la confianza sin desmayos. Ambas, por un Cristo que las reconoce como hermanas e hijas.

Hemos aplastado en nuestras costumbres todo indicio del valor eterno de la feminidad. Porque Dios es Padre y Madre, y fantásticamente se aleja de nuestros torpes moldes masculinos. 
En aras de vaya a saberse qué cuestiones disciplinarias, dejamos que la mujer se apague y se duerma poco a poco, en trance casi de muerte. Y, es claro que hay un principio de acción y reacción, y tantos siglos de supresión también han dado origen a nuevos ghettos, esa ideología de género que es un triste remedo de reivindicación de derechos, pero sólo es una discriminación maquillada de positivismo.

Bendito sea Dios que nos incomoda y nos desestabiliza. Porque el Evangelio tiene clave de mujer, desde la misma María de Nazareth y desde el corazón sagrado de Jesús. 
Quiera Dios que nuestras mujeres se pongan en pié, que dejen de abandonar, por tantos destratos crueles,  una dignidad que el Dios de la Vida ha sembrado en todos los corazones por igual. Y que todos estemos allí, con valor, con coraje, con la mano tendida para que se levanten plenas, íntegras, felices.

Paz y Bien

Las malditas costumbres



Para el día de hoy (03/02/14):  
Evangelio según San Marcos 5, 1-20


Como en una perfecta sesión fotográfica, el Evangelista nos sitúa en la otra orilla del Mar de Galilea, en pleno territorio de la Decápolis, es decir, en donde bullen los extranjeros, los impuros, los profanos, todos los que no son hijos de Israel. La misión del Maestro no se acota a raza, cultura o a la misma religión.

La presencia romana en estas diez ciudades -Deca/diez polis/ciudades- es muy fuerte, en el plano militar, el económico, el cultural. Es una región en la que ha proliferado el comercio y los caminos, por lo que toda la zona es un gran cruce de caminos y culturas.
Allí mismo, en el pequeño pueblo de Gadara, desembarca Jesús con los suyos luego de una noche tormentosa de aguas encrespadas de miedo y falta de fé. Apenas echa pié a tierra, y una figura de espanto, que casi ni parece humana, le sale al cruce. Grita con furia animal, en el extravío de su mente cautiva. Los vecinos del lugar han tratado de encadenarlo para intentar aplacarlo por la fuerza, pero el mal que lo somete es muy fuerte, y se suelta de los grilletes y en completa soledad esparce sus doloridos gritos por el cementerio de la ciudad. Para un muerto en vida quizás no haya otro hogar más simbólico y exacto que la casa de los muertos.

Hemos de recordar que estamos en territorio pagano; aquí no priman las ideas de impureza que hubieran considerado al endemoniado como un impuro, producto directo de un pecado propio o de sus padres.
Sin embargo, lo que sucede es aún peor. Los paisanos se han acostumbrado a esa molesta presencia, y nadie quiere acercarse, y es la imagen de nuestro acostumbramiento a todo lo que oprime al hombre, de la resignación frente a lo que deshumaniza y que sabemos está mal, muy mal.
Son malditas costumbres que no alcanzamos a extirpar. Porque la única cura es la solidaridad.

El Maestro lo sabe, y no es solamente un hombre quien debe sanarse, pues son muchos los corazones enfermos.
Acontece el milagro del acercarse, de la bondad, de la compasión. Acontece la fraternidad, porque el primer paso de toda cura y liberación es hacerse hermano del que sufre. Y acontece el milagro de la salud, y por ello ese hombre irremisiblemente condenado al olvido es rescatado de su sufrimiento solitario, íntegro como un hombre capaz de vivir más que de sobrevivir.

Pareciera que el mal ocupa espacios vanos, y esas fuerzas negativas se posan en una piara de cerdos -símbolo antiguo de la impureza-, los que se arrojan al mar. Aún cuando una vida se ha salvado, y por ello mismo el mundo es mucho mejor, los vecinos están enojados, Han perdido una piara valiosa, y han puesto por delante el valor de su hacienda por sobre la vida del hombre.
No hay razones que alcancen ni argumentos suficientes que justifiquen todas las riquezas del mundo por sobre el valor de una vida.

Como el endemoniado geraseno, cautivo redimido y pleno, liberada su capacidad de ser feliz, nos iremos junto a los nuestros con la mejor de las noticias, y es precisamente ese amor entrañable de Dios para con todos y cada uno de nosotros, y que cada existencia es única, enormemente valiosa, irrepetible y que nunca -jamás- hemos de rendirnos frente al mal que agobia tantas vidas.

Paz y Bien

Los que esperan con paciencia infinita y no se rinden



La Presentación del Señor

Para el día de hoy (02/02/14):  
Evangelio según San Lucas 2, 22-40



El Templo es enorme, y la multitud nutrida, espesa, que parece nunca decrecer. 
Hay mucho perfume a incienso, y mucho, muchísimo humo por los sacrificios rituales que realizan los sacerdotes, la grasa que se quema en la liturgia establecida. Ellos están demasiado ocupados en su severa actividad como para advertir nada más que lo que hacen.

Por entre ese mar de gentes, un joven matrimonio de galileos nazarenos -casi campesinos, se les nota en las ropas y en el acento- ingresa al Templo con un niño pequeño en brazos. José y María de Nazareth son judíos hasta los huesos, hijos fieles de Israel, y se presentan allí para cumplir con las prescripciones de la Ley de Moisés por partida doble.
Por un lado, la parturienta debe ofrecer animales en sacrificio para purificarse luego del parto por la pérdida de sangre. En el caso de María de Nazareth, serán un par de pequeños pájaros, la ofrenda de los pobres.
Por otro lado, José de Nazareth también ofrecerá unas monedas por el rescate del pequeño hijo: se consideraba que todos los primogénitos de Israel pertenecían a Dios -memorial de la noche del éxodo, de la muerte de los primogénitos egipcios-, y se ofrece al Dios de Israel ese rescate cultual por ese hijo.

Extraña lógica: la más pura entre todos acude a purificarse, y de Aquél que será el rescatador de toda la humanidad -Go'El- sus padres pagan los valores establecidos para su rescate.

Nadie les presta atención. Suele suceder: a los más pequeños, por los afanes cotidianos, por la exactitud cultual, y porque nos encanta lo masivo -en especial, lo religioso que se impone en su número- los ignoramos con precisión. Son una nimiedad que sólo incrementan números, y a veces, aunque todos seamos iguales ante Dios, pareciera que algunos son más iguales que otros...

Ubicar a una persona determinada entre el gentío no es fácil, nada sencillo, y la cosa se complica en la enormidad de ese Templo que abruma. Al fin y al cabo, es una pareja campesina con un bebé mínimo.

Pero Simeón y Ana son dos abuelos maravillosos. Son de esa gente imprescindible que jamás reniegan de esperar con paciencia infinita, irreductible, y nunca se rinden ni se resignan. El Espíritu los enciende, y ellos mantienen sus fuegos vivos con una confianza que no claudica.
Aunque todos los supongan a las puertas de la muerte, ellos están cerca, muy cerca de la vida, tan cerca que la acunarán felices en sus brazos envejecidos, y nosotros seguimos empujando a nuestros viejos a finales previsibles, a vegetar la espera fúnebre aún cuando la vida bulla en sus almas.

Ellos no tienen nietos biológicos, pero por su fé tenaz y una esperanza que no baja los brazos, se vuelven abuelos de ese Niño Santo que se les adormece en su abrazo cálido. Y en cierto modo, son abuelos también de todas las mujeres y hombres de fé de todo tiempo y lugar.
Porque a pesar de todas las apariencias, ellos también se han dado cuenta que ese Niño es el que tantos esperaron durante tanto tiempo, y que ese Bebé será el que rescate al pueblo de su cautividad. Aunque no tengan hijos, son madre y padre por partida doble, y en sus bondades acunan los ojos asombrados de María y José de Nazareth también.

Es una contradicción y una ilógica difícil de superar para las almas envaradas: ese Niño será el Templo verdadero, por el que cada hombre y cada mujer serán templos vivos del Dios de la Vida, ese Niño es nuestra vida plena y nuestra esperanza.

Dios sigue llegando a nuestro encuentro silencioso y sencillo, siempre, sin abandonar nunca la partida. Hay que animarse a encontrarlo por entre la multitud.

Paz y Bien


La otra orilla del Evangelio




Para el día de hoy (01/02/14):  
Evangelio según San Marcos 4, 35-41





Las multitudes lo siguen con un denuedo y unas ansias tales que no lo dejan comer, descansar, caminar con seguridad. Su fama -equivocada- de taumaturgo o sanador eficaz lo precede, y todo el pobrerío sufriente abandonado a su dolor, en parte por las dolencias y en parte por ciertos conceptos crueles, se aferra al rabbí galileo. 

Parecía que el pueblo iba tras Él, y esa fama que tenía lo precedía a todos los sitios en donde se presentaba, y eran mieles peligrosas, las mieles empalagosas y malsanas del éxito, de lo multitudinario, de las acciones masivas. Y los discípulos no eran para nada inmunes a estas tentaciones: allí con ellos, el Maestro se les aparecía como el nuevo y poderoso Mesías y Rey de Israel, que arrasaría con cuantos aquellos se le pusieran delante, pues las masas estaban con Él. Además, les pertenecía a ellos más que a nadie: por tradición y por pertenencia, serían parte de esa gloria judía que se iba avizorando.

Nada más lejano a la Buena Noticia, y el Maestro lo sabe y lo mueven las prisas de salir de allí, de ese ambiente que oprime y todo lo distorsiona. Es menester embarcarse a la otra orilla, a la orilla del Evangelio, del servicio, de la humildad, de la mansedumbre, de la mesa grande y la puerta abierta sin condiciones.
En la otra orilla están los gentiles, los extranjeros, aquellos de los que nada se espera ni se desea, esos que no cuentan. 
En la otra orilla está el trabajo, la semilla humilde que crece sin pausa, la paciencia del germinar, los árboles frondosos que cobijan a todos los pájaros perdidos, el gesto personal, y es una orilla hacia la que -sinceramente- a menudo la Iglesia no suele embarcarse.

Hay miedo atávicos, hay comodidades anquilosadas, hay hambre de efectos, de masa, de éxitos descollantes. Pero el Reino sigue teniendo la sencillez de la más pequeña de las semillas.

Esos hombres eran pescadores experimentados, toda una vida en esas pequeñas barcas de pesca galilea. Seguramente, no se arredrarían frente a fuertes borrascas.
Pero ese derrotero al que el Maestro los lleva se ha vuelto peligroso, tanto que están a punto de zozobrar de temor en sus almas, y su frágil barca parece a punto de dar una vuelta de campana.

Y el Maestro duerme en un extremo, como a menudo parece haberse dormido Dios cuando nos acontecen tormentas bravas en nuestras existencias. Pero olvidamos que está allí.
Su Palabra es Palabra de Vida y Palabra Viva, y las amenazas de hundimiento retroceden porque ese Cristo tiene autoridad, autoridad que hace crecer cosas nuevas.

Por eso, para no zozobrar quizás lo importante no sea tanto la pericia de los navegantes, sino la confianza de Aquél que está al timón. Permanecer con vida es una cuestión de fé, de pura confianza.

Paz y Bien

La buena semilla



Para el día de hoy (31/01/14):  
Evangelio según San Marcos 4, 26-34



Estas parábolas del Maestro confrontan totalmente con esas ganas y esas ansias de lo automático, de lo impositivo, de lo instantáneo.
¿Qué no daríamos, tan a menudo, porque lo que anhelamos se resolviera u obtuviera de golpe, a modo espectacular, sin otro esfuerzo que el de pasivos y embelesados espectadores de shows religiosos?

Jesús de Nazareth translada, sospechosamente, el ámbito de lo sagrado, de lo que inferimos atado al templo y a la liturgia, a un espacio totalmente profano, el de los labradores, el de la paciencia y la espera que se despliegan en la cotidianeidad.

El problema estriba, quizás, en que nos confundimos. Tenemos vocación y misión de sembradores confiados, no de crecedores. Las bondades de la semilla son misteriosas, es decir, que escapan a la simple verbalización y a los límites acotados de la razón, y esas bondades no son destellantes.
Su fuerza imparable es humilde, sencilla, modesta, y aún así, el mínimo grano de mostaza se convertirá en el mayor de los arbustos, frondoso de sombras y refugio, pleno de frutos y rinde.

Tal vez haya un modo de saber si las semillas que vamos sembrando -en este oficio de pura confianza, de fé- es el camino correcto, y si esas semillas son las verdaderas, las mejores.

La clave está en la frondosidad de la planta que crezca.

Cuando ella crece y se vuelve frondosa, y así alberga muchos pájaros, es que su origen es muy bueno. Y más, cuando esos pájaros son de diverso color, tamaño y origen, a veces de orígenes extraños y casi imposibles.
Por ello, cuando la Iglesia se vuelve frondosa y hogar de muchos pájaros -tantos, que a ninguno rechaza- es que ha sembrado la buena semilla, y es que ha permanecido fiel.

Paz y Bien


La luz, el destino final



Para el día de hoy (30/01/14):  
Evangelio según San Marcos 4, 21-25


Jesús fundamentó gran parte de su enseñanza a partir de lo que había aprendido junto a José y María de Nazareth en el día a día de ese pequeño caserío galileo, que lo cobijó desde su primera infancia hasta los treinta años.
Él sabía bien el valor de las lámparas para los hogares, que por lo general tenían una sola habitación grande para toda la familia. Allí se comía, se dormía, se vivía. El aceite de las lámparas era muy caro, y las velas difíciles de conseguir y también costosas para los pobres, por lo que la única lámpara familiar había de ubicarse lo más alto posible en esa habitación para que todos pudieran iluminarse en plena noche.
A veces, los pobres son los que valoran más las cosas por el esfuerzo en procurarlas y porque nada les llueve. Y desde esa valor, a menudo encuentran respeto, cuidado y trascendencia insospechadas, que establecen un trazo que vá mucho más lejos de lo obvio.

Lo eterno está escondido, paradójicamente, bien a la vista en nuestra cotidianeidad.

En esta sobreabundancia tecnológica que vivimos, lo más sencillo se nos ha perdido de vista. Y junto a ello, esa malsana tendencia que quedarnos puertas adentro, es decir, hablar entre y a los que consideramos propios, mi familia, mis amigos, mis hermanos en la fé.
Nada de eso está mal, claro está, pero en cierto modo negamos tácitamente el sentido y dirección de esa Buena Noticia, que es ilimitada, irrestricta, y está destinada a todos los confines del universo y a todas las gentes. Por ello, mientras sigamos empeñados en hablarnos hacia dentro, nuestras lámparas estarán escondidas en cajones o bajo las camas.

Porque la misión y mandato del Maestro es que la luz de Dios, la mejor de las Noticias llegue con su luz a todos, luz que es liberación, luz que es dignidad sin ambages, luz que es justicia, luz que es alegría.
Luz que es plenitud, que es felicidad, y es la felicidad y no otra cosa ni concepto el destino final de cada mujer y cada hombre.

La luz resplandece en palabras, en gestos sencillos, en la escucha, en el servicio desinteresado, en la solidaridad, en la fiesta de mesa grande y compartida, Dios ofrecido a sí mismo para que nadie deambule en ninguna tiniebla.

Paz y Bien  

Sembradores de esperanza



Para el día de hoy (29/01/14):  
Evangelio según San Marcos 4, 1-20



Muchos de los oyentes habituales de las enseñanzas del Maestro eran pescadores y campesinos galileos, y entre estos últimos seguramente habría varios labriegos, profusos conocedores de las cuestiones de la siembra, de las semillas y cosechas.
Como conocedores expertos en su oficio, las cosas que este hombre les cuenta es una locura sin asidero. Ellos saben bien que no hay semilla alguna ni terreno conocido que rinda treinta, sesenta o cien por ciento. Y peor aún: ese sembrador que esparce la semilla tan azarosamente, como al descuido, es por lo menos un bobo imperdonable, un imbécil redomado que desperdicia semillas -ellos lo sufren siempre-, semillas que son escasas y muy caras. 

Desde su punto de vista, la lógica es incuestionable, y quizás por ello mismo el Maestro expresa la parábola de esa manera. Porque si algo tiene el Reino de Dios es una ilógica santa y asombrosa.

Pero el Maestro sabe, pues conoce bien a sus paisanos y lee como nadie los corazones. Y es por eso que les habla de esa manera tan desproporcionada y referida a las cosas del día a día de esos hombres.
Se trata de la dinámica maravillosa e imparable de la Gracia, y se trata de lo eterno entretejido en lo cotidiano, el Dios de la Vida en urdimbre con el hombre por el misterio bondadoso de la Encarnación.

Nosotros, en algún momento de la historia, quizás lo hemos extraviado, porque a la mujer y al hombre de hoy no le hablamos de las cosas de Dios desde lo que conocen, desde lo que viven, de ese Dios que está presente y vivo en cada uno de sus instantes.

Si bien es importante el oficio del sembrador, su cuidado y su dedicación, lo que verdaderamente cuenta es la fuerza increíble que esconde la semilla. Se trata de una cuestión de confianza, y la confianza es hermana de la fé y de la fidelidad. Se trata de que con algo tan pequeño como una simple semilla, en terrenos inciertos, Dios puede lograr que haya una cosecha magnífica, inconmensurable.

Se trata de sembrar esperanzas, esperanzas en que todo puede cambiar, en que todo puede ser mejor, en que todo puede volverse humano y justo, es decir, de Dios, plenamente santo y floreciente.

Paz y Bien

Vínculos nuevos




Para el día de hoy (28/01/14):  
Evangelio según San Marcos 3, 31-35



No debió de resultarle, anímicamente, nada fácil ni sencillo a Jesús de Nazareth permanecer inalterablemente fiel al sueño de su Padre, el Reino, que anunciaba e inauguraba a través de todo su ministerio.

Por un lado, sus enemigos enconados que buscaban menoscabarlo mediante el descrédito, el insulto y el desprecio velados, el objetivo de limar su estatura bondadosa frente a un pueblo creciente que en Él confiaba y le seguía.
Por otro lado, sus mismos parientes que no llegaban a comprenderlo, al extremo de considerarlo loco, alienado, trastornado, fuera de sí. 
Más la postura de los suyos ha de entenderse en el contexto en que se desarrollaba su ministerio, en esa cultura y sociedad judía del siglo I de nuestra era. Luego de varios siglos de invasiones extranjeras, de dominios imperialistas por pueblos extraños, de exilios, cautividades, destierros y destrucción de los símbolos nacionales, el pueblo de Israel se aferraba al último reducto que preservaba su identidad, y que era precisamente la familia. Aunque familia no debe ser leído aquí con ojos de siglo veintiuno, sino con el carácter propio de esos tiempos, es decir, los naturales lazos biológicos de padres, hermanos, abuelos y los imprescindibles vínculos tribales, de clan patriarcal que implicaban pertenencia y protección.

Ese Jesús que los suyos habían visto crecer, y del que esperaban siguiera el oficio paterno -artesano o carpintero-, que formara una familia, que viera transcurrir sus años en esa aldea galilea cumpliendo cabalmente con la fé de sus mayores, a los treinta años abandona la casa familiar, el entorno diario y se larga a los caminos con una misión que lo impulsa. Parece revestido de un fuego que lo consume, habla de un Dios muy extraño que perdona, que ama, al que llama su Padre, reparte como lluvia fresca por todas partes sanación a los dolientes y enfermos y, como si no bastara, se junta a comer y beber con los despreciados, con los réprobos, con los que nadie en su sano juicio se sentaría a ninguna mesa.
En ese desconcierto es que pretenden llevárselo de regreso a Nazareth, y su presencia en Cafarnaúm -haciéndose anunciar, todo un signo- es la advertencia del ya basta, hay que regresar a lo conocido y dejarse de molestar con estas locuras de Reino, de Hijo del Hombre y de todas esas locuras que seguramente han de atraer desgracias para todos.

En ese grupo que lo requiere ansioso está su Madre. Sin embargo, aún en su no comprender al Hijo que ama, prevalece su corazón manso y enorme, y esas dudas que la acucian han de enaltecerla.

Porque el Maestro no redobla la apuesta profundizando las contradicciones y propiciando una ruptura brutal con lo viejo, con lo antiguo. En realidad, lo que declara con un todo que tal vez incomode es una invitación a ensanchar la familia, a crear vínculos nuevos y mucho, mucho más profundos que los establecidos por la genética y la sociedad.
Invita, nada más y nada menos, a ser parte su padre, su madre, su hermano y su hermana, un Dios que se revela familiarmente cercano, al que se lo conoce no tanto desde la razón como más bien desde los afectos entrañables que no pueden quebrarse ni olvidarse.
Así María de Nazareth es Madre por gestarlo, Madre por parirlo, Madre por cobijar en su alma la Palabra y dejar que germine vida nueva, Madre por escuchar esa Palabra de Vida y Palabra Viva y ponerla en práctica.

Todos, indefectiblemente y sin excepción de ninguna clase, estamos convidados a forjar estos lazos nuevos, extrañas ligazones que atan para liberar, una familia creciente en donde todos son tenidos en cuenta, todos son importantes, todos son queridos y cuidados.
A esta familia algunos la llamamos -con todo y a pesar de todo- Iglesia. Pero quizás lo más importante no sean los nombres identificatorios, sino la inefable y asombrosa cercanía de un Dios Pariente de cada uno de nosotros.

Paz y Bien

Acciones de descrédito



Para el día de hoy (27/01/14):  
Evangelio según San Marcos 3, 22-30



La influencia de Jesús de Nazareth, especialmente en las gentes más sencillas, era creciente y se ampliaba a medida que Él recorría los caminos junto a los suyos, sanando dolencias, purificando corazones agobiados, anunciando la Buena Noticia a los pobres.

Bajo cualquier apreciación esta influencia puede ser tranquilamente considerada un desafío planteado a aquellos que detentaban los poderes, especialmente el religioso. Sin embargo, un hombre así como el rabbí galileo, desde una perspectiva más profunda, puede visualizarse como un gran peligro, toda vez que anda liberando a las gentes de tantos miedos, miedos que se utilizan con fines de sumisión de las almas, de dominio, de opresión, aún cuando todo ello se realice -dolorosamente- en nombre de Dios.

Jesús actuaba y enseñaba por y en nombre de un Dios de amor, de bondad y de perdón. Y el amor, para cualquier poder, es una amenaza.

Pero a su vez, Cristo no es un zelota bravo que quiere imponer libertad a su pueblo mediante el uso de la fuerza, ni un heresiarca que busca ganancias propias mediante la confusión y la división, ni un provocador gratuito y soberbio. Él sigue adelante sin otra ambición que permanecer fiel al proyecto de su Padre, hasta las últimas consecuencias.

Triste y cruelmente, en aquel entonces y ahora también, se suele ir creando -progresivamente- un ambiente hostil contra el disidente, contra la voz contraria, contra lo nuevo a partir del descrédito, suponiendo que mediante esas maniobras el objetivo irá perdiendo apoyo, respaldo y ascendiente sobre el pueblo. Y una vez, en soledad y abandonarlo, golpear duramente hasta acabar con quien se ha convertido en una gravosa molestia. En esta empresa sombría se embarcan en siniestra sociedad escribas junto a fariseos, y en determinado momento sumarán a los herodianos: Jesús también era percibido como peligroso por el poder político.
Por eso comenzarán a murmurar -la acción clásica de opinión pública- de que Jesús actúa como actúa porque el poder del Maligno está con Él. Ello supone dos cuestiones: desde ese pueblo tan religioso, un espanto indecible, y así hacer pasar las mentes de un profeta y un rabbí de Dios a un mago con poderes oscuros y malvados.
Desde la ortodoxia, acumular argumentos para juzgarlo y condenarlo.

Como siempre sucede, estos argumentos carecen de demasiado sustento, porque más temprano que tarde la verdad sale a la luz, y los signos/milagros que realiza Jesús son señales del amor de Dios, que expulsa y hace retroceder todo mal.

Por ello mismo, cuando la misión de anunciar la Buena Noticia -hechos, gesto y palabra- no encuentra obstáculo alguno es el momento de comenzar a preocuparse. Cuando la Iglesia no es atacada ni perseguida, es el tiempo de reflexionar con absoluta sinceridad acerca de su fidelidad al Evangelio.
Y cuando dejamos de considerarnos pecadores, incompletos, limitados, allí sí están los fundamentos para toda ruina.

Todos, creyentes, incrédulos e indiferentes dependemos de la misericordia de Dios.
Que su bendición siga descendiendo sobre nosotros como paz, como bien, como perdón que sana y libera.

Paz y Bien


Pequeños pescadores de mares enormes



Para el día de hoy (26/01/14):  
Evangelio según San Mateo 4, 12-23


La convocatoria a los primeros discípulos que nos brinda el Evangelista Mateo resulta muy extraña para las tradiciones de su época; en aquél entonces, los hijos de las principales familias judías -las más tradicionales y las de mejor posición socioeconómica- buscaban afanosamente a los rabbíes destacados para pasar a ser parte de los, por lo general, reducidos grupos de discípulos que aprendían de ellos la Ley, siempre en modo académico, estáticamente ubicados en un sitio predeterminado.

Jesús de Nazareth rompe con esta costumbre establecida, y es Él mismo quien sale en búsqueda de sus discípulos; se ha invertido la postura, y no son aquellos quien buscan un rabbí de quien aprender, sino que es el Maestro quien los invita.
Su enseñanza no será una acumulación progresiva de erudición, tras montañas de escritos enjundiosos -que pueden ser muy buenos y hasta santos-. Su enseñanza no es la transferencia pasiva de conocimientos, sino un caminar, un compartir la vida misma a diario, el conocimiento de Cristo que es el fundamento de todo destino y roca firme de la fé. Se trata de conocer para actuar como Jesús actuaba, vivir como Jesús vivía, amar como Jesús amaba, y no hay manual de instrucciones. Todo es enteramente personal, y más aún.

Este Cristo que sale al encuentro es signo cierto de las primacías de Dios, que siempre -de continuo, sin rendirse jamás, sin descanso- nos sale al encuentro, nos convida, nos busca primero.

Sin caer en una ligera y estéril lectura sociológica o ideológica, los primeros discípulos, sinceramente, son unos don nadie, sin relevancia ni fortuna, sin una genealogía que exhibir ni glorias que relatar. Se trata de hombres comunes, hombres de esfuerzo y trabajo cotidiano, sabedores de ganarse el pan, de las luchas cotidianas, con sus idas y vueltas, con sus fidelidades y sus quebrantos.

Quizás y lejos de toda épica, el Maestro buscó y sigue buscando mujeres y hombres ordinarios, corrientes, casi invisibles entre las multitudes pero capaces de seguir sus pasos, de ponerse en pié, de confiar/se a ese Cristo que no los abandona nunca, ni siquiera en los momentos más oscuros.
A veces puede tratarse de mujeres y de hombres a los que la vida ha dejado heridas salobres y dolorosas, recuerdos gravosos, pasados pesados y que sin embargo se atreven a renegar de la mera supervivencia, y se animan a vivir con ese Dios que lo descubren en sus días, en su cotidianeidad, en el día a día, minuto a minuto, aquí y ahora.

Estos pescadores son pequeños, muy pequeños y frágiles, la más brava, el más fiero también. Todos somos quebradizos y portamos el sayo de nuestras limitaciones. Y la tarea se asoma harto complicada, que no imposible. El mar que nos toca navegar es enorme y peligroso para nuestros escasos barcos.
Más se trata de irse mar adentro a echar as redes, para mantener a muchos pequeños peces con vida, una vida que sabemos disponible y abundante para todos sin excepción, una vida plena, feliz, total, que se nos ofrece a diario y que es el Reino de los cielos, cielos cercanos, al alcance de cada corazón.

Pescadores tan pequeños como vos y yo, como tú y ella, como todos nosotros, como la frágil barca que llamamos Iglesia y que a pesar de las tormentas se mantendrá firme, y nadie perecerá.
Porque la conduce Aquél que camina sobre las aguas terribles del desconcierto, las olas del miedo y las tormentas de la duda.

Paz y Bien


Testigos del Resucitado




La Conversión del apóstol San Pablo

Para el día de hoy (25/01/14):  
Evangelio según San Marcos 16, 15-18




Decisiva a la hora de un juicio es la producción de prueba testimonial. Si se busca justicia, los testigos han de ser veraces, manifestar acerca de lo que saben y conocen con certeza, de primera mano, no de oídas. -no se puede hablar de las bondades del sabor de un plato con sólo leer el menú-

Los cristianos tenemos por vocación primordial y distintiva, precisamente, el ser testigos. Más el testimonio no radica en la puntillosidad cuando se recita un dogma, en la exactitud fedataria al momento de exponer una serie de ideas maravillosas, surgidas hace dos milenios en Galilea y nutridas por tradiciones a través de los siglos. Los testigos somos primeramente y ante todo testigos de Alguien que está vivo y presente, Alguien que ha roto el cerco en apariencia infranqueable de la muerte, Jesús de Nazareth, el Resucitado.
Nuestro testimonio es fiel y es veraz si se refiere a Cristo, si surge de los rescoldos que nos enciende el Espíritu y de esa necesidad incontenible de contarle a los demás lo que el Maestro ha hecho en nuestras existencias, las vivencias personales, un Dios que es vida para siempre y para todos, vida plena, vida feliz.

No se trata de ganar adeptos, de engrosar estadísticas y pertenencias, sino de transmitir la mejor de las noticias a todas partes, especialmente allí en donde toda noticia suele ser mala, un retroceso humano, un regreso a las sombras. Y no queda solamente en mujeres y hombres, la humanidad sin excepciones: la Buena Noticia ha de manifestarse a toda la creación, con un afecto prefencial por la naturaleza que es el gesto y acto amoroso creador del Dios de la Vida, y que hemos dejado de lado. No sólo la hemos descuidado, sino que en aras de materialismos varios la hemos agredido hasta el hartazgo.

La Salvación es don y misterio insondable de la ternura de Dios, que se ha hecho uno de nosotros para que no seamos espectadores pasivos o títeres involuntarios de voluntades divinas, sino protagonistas humildes de una vida que apenas está comenzando y que no tiene fin. Porque condenarse no es un castigo de Dios sino la elección de quienes quieren permanecer en las sombras del egoísmo, de la tibieza, del no arriesgarse, de la negación del prójimo cercano y lejano, de la resignación y la no trascendencia.
Por ello, un signo tan sencillo como el Bautismo es comienzo santo: es Dios mismo que nos invita a expandir la familia a límites insospechados, una familia creciente en donde todos cuentan, un nacer para no morir jamás.

Contra toda especulación de espectacularidad -esas ansias de shows banales y pasajeros- los milagros siguen aconteciendo en santa urdimbre del amor de Dios y nuestros pequeñísimos esfuerzos.
Junto al Resucitado todos los malos espíritus que oprimen mentes y corazones indefectiblemente retroceden; odios, soberbias, desprecios, alienación y exclusiones exclamarán sus quejas, pero han de dejar de hacer daño y suprimir la imagen de Dios que está en cada mujer y cada hombre, y que tiene por horizonte la felicidad.
Junto al Resucitado acontece el milagro de entendernos aunque hablemos distintos idiomas, en el escandaloso dialecto de la solidaridad y la compasión y, sobre todo, de la escucha atenta del otro.
Junto al Resucitado, todas las ponzoñas que arrecian y acosan devienen agua fresca, no hacen daño. A menudo los problemas y los males tienen la estatura que nosotros mismos le adjudicamos.

Porque el Reino -sueño y proyecto infinitos de Dios- crece y germina en comunidad que es familia, que es salud, que es liberación, que es vida que no se rinde y rumbea tenaz desde un cielo que ahora mismo se nos asoma en el aquí y el ahora.

Paz y Bien

 

Elegidos y enviados



Para el día de hoy (24/01/14):  
Evangelio según San Marcos 3, 13-19


Las Escrituras están pobladas de signos y símbolos que son como trampolines para que tomemos impulso, para trasponer las escasas fronteras de la pura literalidad y sumergirnos en las aguas santas del misterio, del infinito, de la eternidad, de Dios mismo.
Signos que nos orientan con certeza la mirada, señales con un destino preciso.
Símbolos que son ventanas que se abren al día, día de sol -sin demasiados razonamientos, con una profundidad asombrosa-, para no quedarnos en lo poco que somos capaces de ver.

El Evangelio para el día de hoy nos regala así varios símbolos, a pesar de que en apariencia su extensión es pequeña. 

El envío misionero sucede en la montaña, símbolo del encuentro con Dios, y es a partir de un encuentro muy personal con el Dios del universo que se descubre la vocación -que debe ser cultivada, cuidada, edificada-, y que es iniciativa bondadosa de ese Dios que nos sale al encuentro.

Son doce los elegidos, los instituídos por el Maestro como discípulos, símbolo de las doce tribus de Israel, las que llevaron desde la cautividad de Egipto la promesa inquebrantable de un Dios que siempre cumple sus promesas, y es la continuidad a través de los siglos del amor y la constancia de un Dios que jamás nos abandona, que nunca renuncia a sus hijas e hijos, que pone toda su confianza en la humanidad con todo y a pesar de todo.

Los nombres responden a hombres concretos, de carne y hueso. La vocación siempre es personal, se dirige a cada uno de nosotros con nuestros caracteres, con nuestros aciertos y nuestros errores, con nuestras fidelidades y nuestros quebrantos aún a riesgo de la traición mayor. Es que se trata de la locura indescriptible del amor mismo.

Los sueños infinitos de Dios para toda la humanidad por la que se desvive, su proyecto, sólo pueden expresarse y concretarse a través de la comunidad que Él mismo reune, congregación cordial que tiene que ver con los sentimientos antes que con las razones: es la re-unión junto a Jesús de Nazareth y no la adopción de un corpus de ideas y preceptos religiosos.
Esa comunidad se distingue por ser elegida por la misma ternura de Dios, sin que influyan méritos o esfuerzos previos: de Dios son siempre las primacías.
Esa comunidad tiene por misión anunciar la mejor de las noticias a todos los sitios, a todo el mundo, hasta los confines del universo, en un esfuerzo cotidiano por desalojar con bondad y mansedumbre el mal que hiere, aliena e impide la plenitud, el ser felices. 
Y es una comunidad que está inmersa en todas las Galileas de las periferias del mundo: no mira al resto desde alturas soberbias ni a través de distantes monitores, sino que se funde con los más pobres, en donde resplandece el rostro mismo de Dios.

Una comunidad que soñamos, que amamos, que a veces nos duele a morir, y que llamamos Iglesia.

Paz y Bien



En medio del pueblo



Para el día de hoy (23/01/14):  
Evangelio según San Marcos 3, 7-12



El conflicto con las autoridades religiosas de Israel fué in crescendo, brutal e inclemente. Ya le habían impuesto la etiqueta de blasfemo y aberrante, del nó porque nó, y aunque Él afanosamente no la buscara, la ruptura sucedió. En adelante Jesús de Nazareth ya no podría enseñar en las sinagogas pues escribas, fariseos y herodianos -en especial, los dos primeros- dictaminaron su excomunión de la peor de las formas, es decir, mantenerlo bajo sospecha permanente de infractor y hereje. Nunca concedieron ni una posibilidad de consideración a la bondad, a la salud, a la escucha.
Sin dudas, el poder es una droga perniciosamente adictiva cuando no es servicio hacia los demás, y el poder de esos hombres oscilaba peligrosamente pues se exhibía carente de autoridad, de verdad, de legitimidad.

En una contrapunto sinfónico, a la execración de las autoridades religiosas, a su envidia y severos recelos, el pueblo sencillo lo busca con denuedo, lo sigue adonde vaya, confía en Él sin demasiadas vueltas. Puede que aún tengan ciertos vicios en sus almas de los que deban aligerarse, y ciertas imágenes que les enturbien la mirada -las ideologías pueden ser gravosas-, pero la multitud lo sigue con ansiedad y confianza, y es el primer paso de la fé, el confiar en la bondad de Jesús de Nazareth que es el amor mismo de Dios y es su doctrina, una doctrina que se aprende en la misma existencia, corazón adentro, antes que en las academias.

Venían de la misma Judea, la de la ortodoxia, la de los más puros, la de esa Jerusalem resplandeciente e imponente. Venían los sospechados campesinos y pescadores galileos, sus paisanos. Venían los idumeos, sureños ellos y casi extranjeros. Venían los norteños de Tiro y Sidón, más gentiles que judíos, y aún así, a nadie rechazaba. 
En esa multitud radica el símbolo de todas las naciones de la tierra, de todos aquellos que sólo en ese Cristo encontrarán respuesta. Probablemente, sea menester que el Maestro deba subirse a un pequeño bote por el empuje de las gentes, y no sólo por su propia seguridad: hay que calmar los ánimos, hay que aplacar un poco las ansiedades para que no sobrevengan esos amontonamientos en donde se pierde la singularidad, esa identidad propia de cada uno tan amada por Dios.
Y hay un tiempo de crecimiento: quizás aún no puedan reconocerle como Mesías, pero lo que verdaderamente cuenta y permanece es la confianza en Su persona.

Como bautizados con una inequívoca vocación misionera, es menester que la Palabra nos interpele. Y especialmente nos sinceremos para decir en verdad de qué lado estamos, si en el ámbito de los circunspectos juzgadores del amor y la compasión, o en el cómodo balcón tibio de los que observan y dictaminan acerca del pueblo sin involucrarse, con un escondido sentimiento de superioridad culpógeno.
O definitivamente, gratamente embarrados nuestros pies en medio del pueblo sufriente en el que Dios ha acampado y se ha quedado para siempre.

Paz y Bien 


De lo urgente y lo importante



Para el día de hoy (22/01/14):  
Evangelio según San Marcos 3, 1-6



A veces por esta vida acelerada e inhumana en la que muchos estamos inmersos, se nos pasan por alto ciertas cuestiones fundamentales del ministerio de Jesús de Nazareth. Se trata de saber reconocer que es lo verdaderamente urgente, lo que no admite postergación bajo ninguna razón, qué es aquello de lo que hay que ocuparse aquí y ahora desde la mirada del Maesto, que es la mirada y la acción misma de Dios.

Muchos dirigentes religiosos de su época se preocuparon in extremis por las acciones y actitudes del rabbí galileo: su sistema de preceptos era tan ceñido y rígido que cualquier desvío se consideraba peligroso, y era sometido a un intenso escrutinio: ello, en gran medida, se debe a que Jesús pone en entredicho el sitio o ámbito de radicación de lo sagrado. Así, como un alud creciente, la observación de esos hombres fariseos -profundamente piadosos- no era una mirada justa y apreciadora de verdades sino que, vieran lo que vieran, ya habían emitido su dictamen, y ese galileo era un incordio y un anatema. Por eso mismo siempre estaban a la espera de un quebranto flagrante de las normas y la ortodoxia, pues la condena estaba dispuesta.

Pero Jesús lee los corazones como nadie, y sabe de las oscuridades crueles que se crecen en el interior de esos hombres severos. Es ése el motivo por el que al hombre de la mano paralizada lo hace pasar al frente, al centro de la atención de todos los presentes: el que sufre debe ser el centro mismo de la comunidad, pues allí están las preferencias de Dios.
Ese hombre tiene varias cargas: una discapacidad física que le impide trabajar y ganarse el pan, estrechar una mano amiga, abrazar, acariciar, y además, está estigmatizado. Su enfermedad lo convierte en un impuro ritual al que es mejor evitar, su enfermedad es consecuencia del pecado, y en cierto modo, no trabajar, no amar y portar esos sayos pesadísimos que le imponen es una forma de estar muerto en vida.

Pero es el tiempo de la encarnación, de un Dios con nosotros y entre nosotros, de un Dios que bondadosamente se desvive por la plenitud de mujeres y hombres. Todo aquello que menoscaba dicha plenitud es opuesto a Dios, y Cristo es liberación, sanación de cuerpos, de mentes, de almas, de comunidades.
Nunca puede postergarse el auxilio al que sufre, jamás, aún cuando ello pueda, en cierta medida, chocar con ciertos mandatos o preceptos religiosos, por importantes que estos fueran.

Como una nota no menor, acontece en ese ámbito una extraña alianza -de carácter violento y mortal- entre fariseos y herodianos, quienes entre sí se odiaban cordialmente. Sin embargo, no es tan difícil la lectura de su razón: el ministerio de amor de Cristo pone en entredicho la autoridad religiosa pero también la autoridad política -en este caso los herodianos. Porque en aquél entonces y en nuestros tiempos también la religión es un vórtice de control y sometimiento social, y cuando ello se subvierte, se encienden las alarmas de los poderosos.

Paz y Bien


Pedagogía del cuidado



Para el día de hoy (21/01/14):  
Evangelio según San Marcos 2, 23-28


El sábado -Shabbat- era una institución muy importante para la fé de Israel, a tal punto que tenía, además de su fundamental influencia religiosa, su correlato social y comunitario. Se trataba de imitar a su Dios, que descansó el séptimo día, y ello no implicaba el valor negativo de la prohibición de realizar trabajo alguno, sino del descanso, del reencuentro familiar, del restablecer los vínculos desgastados, de la oración.
Es un día importantísimo pues se rehace la familia, el hogar, la relación con Dios.

Lamentablemente, y a través de una casuística literal que bordea lo absurdo con una severidad a menudo cruel, el día que era en gran medida sanación y bienestar devino en imposición gravosa, intolerable.

Así entonces sucedió un día con el Maestro y sus discípulos. Seguramente venían cansados y hambrientos luego de una de sus muchas travesías misioneras -a veces el cansancio no se trata sólo de distancias sino de intensidad- y atravesaban un sembradío de trigo: casi naturalmente, los discípulos tomaban algunas espigas, las frotaban entre sus manos y masticaban los granos sueltos, un engaño ligero al hambre que tenían.
Pero siempre están atentos los de alma severa, los que mantienen encendido el detector de infracciones sin importarle nada más, y surge la crítica cruel: los discípulos han infringido sin vacilaciones la sacralidad del Shabbat al arrancar las espigas, lo que era considerado como el ejercicio de una tarea -la cosecha- y por ende está prohibido, es anatema.

La acusación no es menor: si esos hombres -avalados por Jesús- quebrantan la solemnidad del sábado han dejado, voluntariamente, de ser judíos. Son apóstatas redundantes y por tales merecen ser expulsados de la comunidad, y debe impedírsele el acceso a la reunión en la sinagoga, y más aún, la entrada al Templo.

Pero Jesús de Nazareth también a ellos les enseña. El anuncio de la Buena Noticia no está limitado a los considerados propios, sino que es universal, pues se trata de cuestiones que a todos, sin excepción, nos implican, Es más que preceptos religiosos, y el Maestro no es un infractor estéril, es decir, un quebrantador de normas que lo hace porque sí, sin motivo, por el mero hecho de la provocación.
Su rebeldía es santa, pues los preceptos son buenos siempre que se orienten al bien mayor que es la vida misma, la vida plena, la humanización total, el restablecimiento de lo que se ha desgastado o fracturado y que impide cualquier alegría.
Porque la gloria de Dios es que el hombre viva, y viva con mayúsculas, que crezca bajo la mirada bondadosa de ese Dios que es Padre y Madre y respire felicidad. Y en estos tiempos tan crueles e inhumanos, quizás también debamos afirmar que la gloria de Dios es que el pobre viva.

Cristo así se constituye como Señor del sábado, Aquél que vive y se desvive por el bien de todas las hijas e hijos de Dios. Se trata de que toda norma debe orientarse al cuidado del otro, a su bienestar, a su crecimiento: todo aquello que se imponga -aún con las mejores razones e intenciones- y que se oponga a que la humanidad florezca al amparo del amor de Dios, es ajeno a sus sueños...y no está nada mal su rechazo.

Paz y Bien

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