En presencia de Cristo, ningún mal se resiste













Para el día de hoy (04/02/19):  

Evangelio según San Marcos 5, 1-20








Los discípulos no salían de su estupor, pues el Maestro, pleno de autoridad, había aplacado la furia de las aguas que embravecidas, parecían querer tragarse la frágil barca en la que navegaban.
Quizás por ello no le prestan demasiada atención a que han desembarcado en tierras gentiles, región de los gerasenos, ajenos a la bendición que suponen se acota al pueblo elegido. 

Van el Maestro y los discípulos, pero el hombre poseído por el espíritu impuro le sale al cruce del paso del Señor: el bien, y el bien absoluto que es Cristo, pone en evidencia el mal que a veces se esconde y camufla de costumbre.

Ese hombre habitaba en los sepulcros, una cruel definición que decide y anticipa que ese hombre está muerto aún cuando su biología indique lo contrario, confinado al hogar de la muerte.
Encadenado y olvidado en el lugar en donde la comunidad no se reune, es parte del paisaje, y las gentes se han acostumbrado a su presencia peligrosa pues es peligroso tanto para los demás como para sí mismo. 

Los gritos que enarbola y que asustan son la letanía quejosa de un dolor que se ha razonado por los demás: la acción primordial de las gentes ha sido encadenar a ese hombre, más no socorrerle. 
A veces las frustraciones y las miserias de muchos se condensan en uno solo, torpe expiación que en verdad expresa que son varias las almas enfermas.

La mención del nombre del espíritu inmundo -Legión- es un reflejo de la situación imperante en la época: una legión romana estaba compuesta por seis mil hombres y era la carta principal para oprimir a muchos pueblos mediante la fuerza, y la identificación del espíritu alienante como legión es la denuncia de todas las opresiones que disminuyen las estaturas humanas, que aplastan, que doblegan.

Pero en la presencia del Señor no hay mal que se resista, y la bendición de Dios en Cristo ha llegar a todas las naciones, a todos los pueblos. Que nunca se deben razonar miserias, a pesar de que muchos siguen hoy mismo defendiendo el derecho a las piaras antes que al bien de las personas.

Cristo es nuestra liberación, y ese hombre con su vida restituida ha de regresar a los suyos con la bendición que no se calla ni se oculta. En esas tierras no hay ansias mesiánicas confundidas como en Israel, y el paso salvador de Dios por la existencia ha de contarse siempre a los demás, tesoro que llevamos en estas vasijas de barro que somos.

Paz y Bien

Cristo de todos, Dios encarnado en la historia
















4º Domingo durante el año 

Para el día de hoy (03/02/19):  

Evangelio según San Lucas 4, 21-30








La liturgia, siguiendo la lectura del domingo anterior, nos mantiene la mirada en la sinagoga de Nazareth, en pleno Shabbat. Allí, leyendo el libro del profeta Isaías, Jesús asume en sí mismo, en la totalidad de su persona el cumplimiento de las antiguas profecías, todos los sueños de su pueblo.

Con una autoridad única que es fruto de su plena identidad con el Padre, Él inaugura un tiempo santo y definitivo, el jubileo infinito de la Gracia, tiempo propicio de justicia y liberación sin espacios para la venganza.
Lo que para muchos es motivo de alegría y celebración, para algunos es ocasión de queja por el orgullo malherido, por viejos esquemas derribados. Porque el Dios de Jesús de Nazareth es un Dios parcial que se inclina con ternura y decisión hacia los olvidados y oprimidos, buena noticia para los ciegos y para los cautivos, liberación para los pobres y los olvidados.
Esa justicia no se mide según los criterios mundanos de retribución, de poder ejercido y de privilegios, sino que surge del amor absoluto e incondicional de ese Dios que ofrece su bendición a todos los pueblos, comenzando por los descartados a la vera de todas las veredas de la existencia.

Como en una tormenta de verano, los asombros ceden paso  a un vendaval de críticas furiosas. Lo que esas gentes suponían propio y exclusivo, el Maestro lo ha hecho extensivo a todas las naciones. Así vecinos y parientes se sienten ofendidos en ese privilegio de saberse únicos receptores de los favores divinos, y el primer paso de acallar las disonancias que las palabras de Jesús les provocan es menoscabar su figura, roer sin compasión su talante.
Por eso es que quieren disminuir su estatura aduciendo que ese Cristo no es nada más que el hijo de José. Tal vez haya un insulto escondido, pues muchos recordarían el embarazo sospechoso de su Madre. Sin embargo, con ello pretenden inferir que Jesús no es más que otro vecino más, alguien a quien conocen y por ello, tan común que no puede esperarse de Él nada especial ni novedoso; por el contrario, al nombrar al carpintero nazareno, tácitamente indican que esperan que Él siga las tradiciones familiares, que se deje de molestar con cosas nuevas, que se limite a lo que de Él se espera.

Pero no se dan cuenta, porque la cuestión primordial es una cuestión de fé: sin advertirlo, al nombrarlo como hijo de José, lo honran sin quererlo. El hijo de José sigue la humildad y la integridad del hombre que lo ha criado y cuidado como padre del corazón, padre en donde de niño descubrió en los gestos mansos de trabajo y ternura el insondable misterio de ternura del Padre Celestial, y tal vez en esas primeras palabras aprendidas halló el modo de revelarnos el rostro de su Dios, Abbá, Papá como el carpintero nazareno.

Para nosotros también es una esperanza que a diario se nos renueva, un Dios encarnado en la historia, que se hace tiempo y vecino, que hunde sus raíces infinitas en la historia humana para fecundarla y re-crearla.

Porque ese Cristo es ofrenda de Salvación para toda la humanidad. Porque ese Cristo es de todos, no de unos pocos, y cuando algunos pretenden apropiárselo mediante criterios, razones o religiones, ese Cristo pasa de largo y sigue su camino, no se deja encerrar y nadie podrá hacerle daño, porque la Pasión es decisión absoluta de su amorosa voluntad y no capricho de los violentos, motivo y persona que fundamenta nuestro alegre hambre de libertad y que nos germina a diario la esperanza.

Paz y Bien


Los fieles, árboles nobles que nadie puede derribar















La Presentación del Señor

Para el día de hoy (02/02/19): 

Evangelio según San Lucas 2, 22-40









La Sagrada Familia cumplia fielmente con sus obligaciones religiosas sin faltar a ninguna, aún cuando debieran realizar un viaje importante desde la Nazareth en donde vivían hasta la Jerusalem del Templo, y el dato es muy importante: responde a que ellos eran judíos fieles hasta los huesos, pero más aún, que el Mesías se enraiza en la historia, la cultura, la identidad y las tradiciones de un pueblo concreto, un Dios que se hace historia y carne con una identidad específica que es el indicio de unas profundas raíces divinas entrelazadas con la existencia humana.

La ocasión es sagrada. De acuerdo a la Ley, todo primogénito de Israel ha de consagrarse a Dios o, en su defecto, ser sacrificado; dada la prohibición de los sacrificios humanos, se obligaba a cambiar esa vida por una ofrenda puntillosamente tabulada. En el caso de la Sagrada Familia, dada su pobreza, la ofrenda se compone de un par de tórtolas o pichones de paloma.
En la sustitución obligatoria, ese Bebé Santo es ofrecido con solemnidad a Dios.
Pero también esa Ley indicaba que la parturienta reciente debía purificarse, pues devenía en impura ritual por los rigores del parto y el contacto con la sangre.

Extraño tiempo. El que viene a rescatar a la humanidad del pecado y de la muerte es rescatado por su padre carpintero con la ofrenda de dos pajaritos.

Extraño tiempo en que la más pura acude, humildemente, a purificarse.

Pero más aún, llegará el tiempo en que ese Niño ya no podrá ser sustituído por sucedáneos, y se entregará al sacrificio para el rescate y la salvación de todos los pueblos en la ofrenda inmensa de la Pasión.

El anciano Simeón y Ana, la hija de Fanuel, son dos abuelos del corazón, esos árboles nobles que los temporales de la vida no derriban jamás, esos que se mantienen firmes en la esperanza sin resignaciones, enteros en la oración, tenaces en el servicio y que nunca abdicarán en la confianza que tienen en las promesas de un Dios que nunca los abandona.

Fruto de esa fidelidad será poder entrever entre la multitud, en ese Templo tan grande, a un Niño tan pequeño que a su vez es el que todos esperan, la luz de las naciones, la gloria de un pueblo y de todos los pueblos.

Paz y Bien

Los humildes y tenaces frutos del Evangelio














Para el día de hoy (01/02/19): 

Evangelio según San Marcos 4, 26-34









El ministerio de Jesús de Nazareth, cuyo epicentro fué su Galilea natal, se desarrollaba en un contexto predominantemente agrícola y Él se valía de de imágenes provenientes de ese ambiente para enseñar a las gentes, quienes lo escuchaban con grata atención, pues aún en parábolas, les revelaba cosas de Dios a partir de cuestiones que vivían a diario.
Algo -mucho tal vez- hemos perdido, no sabemos dialogar con la mujer y el hombre de nuestro tiempo a partir de las cosas que acontecen en su cotidianeidad.

Las dos parábolas refieren a los aspectos personales y comunitarios de la vida cristiana. Si bien, como se señalaba en el párrafo anterior, se despliegan en un contexto agrario, tienen mucho que decirnos en nuestro tiempo, a pesar de los avances científicos, del conocimiento de aquel entonces que se ha superado ampliamente: aún con toda la ciencia, flota en la enseñanza del Maestro el misterio insondable de la gratuidad vida, una vida que es don y misterio y que puja, germina y crece más allá de cualquier esfuerzo.

La humildad de la semilla y el esfuerzo del sembrador no condicionan la asombrosa cosecha que ofrecerá en el tiempo propicio.
El grano de mostaza tiene mucho de ironía, y seguramente arrancó algunas sonrisas a los oyentes de Jesús: el mínimo grano de mostaza se convierte en un arbusto que nada tiene de majestuoso, en franca y alegre contradicción con las imágenes de los cedros del Líbanos, del ébano de los instrumentos y los muebles suntuarios, de la entereza noble del roble. Este arbusto demuele mansamente las expectativas mundanas de gloria y grandeza, pero aún así, tal vez insignificante, tal vez demasiado común, cobra relevancia por convertirse en hogar y refugio de tantos pájaros del cielo.

Pájaros del cielo: todas las mujeres y hombres de buena voluntad que ansían libertad, y que quieren confluir en ámbitos amplios de justicia, de fraternidad, en una familia creciente cuya raíz es la bendición divina, la Gracia de Dios, familia santa que llamamos Iglesia.

Paz y Bien

Luz de Cristo, luz de misericordia, luz de las naciones






















Para el día de hoy (31/01/19): 

Evangelio según San Marcos 4, 21-25









En los tiempos del ministerio de Jesús de Nazareth para la gran mayoría del pueblo las viviendas familiares constaban de un sólo ambiente amplio que hacía las veces de comedor, cocina y dormitorio; la vida nocturna era muy acotada y en las familias más pobres prácticamente inexistente por la falta de luz natural.
Los que podían, y dado que vivían en un tipo de monoambiente, utilizaban una lámpara de barro cuyo combustible era el aceite. Este aceite era caro, por lo cual las familias poseían una o a lo sumo dos lámparas que se colocaban en lo alto de la habitación, para que la luz llegue a todo el ambiente y nadie quede a oscuras: a nadie se le hubiera ocurrido poner la lámpara bajo un cajón o debajo de la cama.
La opción de las velas estaba vedada: eran carísimas, y por lo general se utilizaban para los rituales religiosos o, eventualmente, en los palacios de los poderosos.

Los que escuchaban al Maestro no se mareaban con abstracciones inaccesibles ni con casuística teológica incomprensible para el hombre o la mujer común. Ellos comprendían que Jesús de Nazareth se estaba refiriendo a algo muy valioso e importante, pues lo vivían a diario.

Lo novedoso, lo asombroso de su enseñanza es que esa luz que no debe ocultarse señala sin ambages que ya no habrá arcanos ni formulismos esotéricos para los hijos de Dios.
Su Dios, su Padre, ha salido definitivamente al encuentro de las gentes asumiendo su humanidad en Cristo, un Dios asombrosamente cercano, un amigo, un vecino, un pariente, un hijo queridísimo. Nada ha de ocultarse, nada ha de permanecer escondido pues el mismo Dios se muestra y ofrece generosamente tal como es, amor infinito e incondicional.

La luz que ha de alumbrar a todos los pueblos es la luz de la misericordia, y es la lámpara que por ningún motivo hemos de ocultar, luz que no es exclusiva de nadie ni a nadie excluye.
Con el mundo como una gran casa común a la que cuidar y en la que todos convivimos, hemos de llevar como bandera y blasón cordial esa luz del Evangelio, que no nos pertenece pero que se nos ha confiado.

La calidad de esa lámpara se medirá por lo que se ofrece sin reservas ni acepciones, en la tranquila alegría de sabernos ricos porque hemos compartido lo más valioso que tenemos, el amor de Dios.

Paz y Bien

La siembra del Evangelio nunca se desperdicia














Para el día de hoy (30/01/19):  

Evangelio según San Marcos 4, 1-20








El oscilante dilema entre el éxito y el fracaso ha ganado demasiados espacios, sociales, culturales, políticos y religiosos. Lo podemos percibir en la continua información que nos compele a ponernos del lado de los winners que nó de los losers, y quizás sin darnos cuenta esas categorías que refieren en principio a la pura praxis se han convertido en epítomes éticos.

Tal vez, en determinados aspectos sociales sean variables interesantes o válidas, pero su universalización es peligrosa; en cierto modo, son categorías clasificatorias de los aceptables y de los descastados, cuyo rótulo varía con el tiempo y las modas imperantes.
Lamentablemente también tienen una grotesca incidencia en la vida cristiana.

Ciertos criterios siguen aferrados a las viejas ideas de la acumulación de acciones piadosas en busca de la bendición eterna, con toda probabilidad en el más allá; ello, es claro, en principio no es malo, el error estriba en desalojar del corazón a la insondable Gracia de Dios.
Otros, sin embargo, suponen que detrás de todo fracaso habrá, en tiempo futuro -final, escatológico- una suerte de justa revancha de Dios que revierta esas derrotas.
Finalmente, otros se sumergen en una vida dual, aceptando sin cuestionamientos los fracasos y los éxitos, ambos parte del mísmo círculo de la existencia.

Todas esas posturas tienen visos veraces, pero se resuelven y deciden con parámetros exclusivamente mundanos, renegando inadvertidamente de toda trascendencia.
Por ello la enseñanza del Maestro: el Reino, que ya está presente entre nosotros, es infinito y no se deja circunscribir por nuestros limitados esquemas. 
Como humildes labriegos de extrema confianza, estamos invitados a ser partícipes de la siembra de ese Reino.

Pero la vida cristiana requiere sembradores que se confíen plenamente en la asombrosa y escondida fuerza de la semilla. Cuando se siembra el Reino, cuando se vive el Evangelio -predicándolo en silencio con la propia existencia- no hay desperdicio a pesar de las piedras del camino, de los pájaros hambrientos, del aparente terreno estéril.
Inevitablemente e inesperadamente, la cosecha será abundante, asombrosa y vital.

No hay que desanimarse, ni resignarse, ni dejarse ganar el corazón en vanas perspectivas. La buena semilla del Reino siempre dará frutos santos en todos los terrenos.

Paz y Bien

Iglesia, familia creciente de Cristo


















Para el día de hoy (29/01/19):  
 
Evangelio según San Marcos 3, 31-35






No debió de resultarle, anímicamente, nada fácil ni sencillo a Jesús de Nazareth permanecer inalterablemente fiel al sueño de su Padre, el Reino, que anunciaba e inauguraba a través de todo su ministerio.

Por un lado, sus enemigos enconados que buscaban menoscabarlo mediante el descrédito, el insulto y el desprecio velados, el objetivo de limar su estatura bondadosa frente a un pueblo creciente que en Él confiaba y le seguía.
Por otro lado, sus mismos parientes que no llegaban a comprenderlo, al extremo de considerarlo loco, alienado, trastornado, fuera de sí.
Más la postura de los suyos ha de entenderse en el contexto en que se desarrollaba su ministerio, en esa cultura y sociedad judía del siglo I de nuestra era. Luego de varios siglos de invasiones extranjeras, de dominios imperialistas por pueblos extraños, de exilios, cautividades, destierros y destrucción de los símbolos nacionales, el pueblo de Israel se aferraba al último reducto que preservaba su identidad, y que era precisamente la familia. Aunque familia no debe ser leído aquí con ojos de siglo veintiuno, sino con el carácter propio de esos tiempos, es decir, los naturales lazos biológicos de padres, hermanos, abuelos y los imprescindibles vínculos tribales, de clan patriarcal que implicaban pertenencia y protección.

Ese Jesús que los suyos habían visto crecer, y del que esperaban siguiera el oficio paterno -artesano o carpintero-, que formara una familia, que viera transcurrir sus años en esa aldea galilea cumpliendo cabalmente con la fé de sus mayores, a los treinta años abandona la casa familiar, el entorno diario y se larga a los caminos con una misión que lo impulsa. Parece revestido de un fuego que lo consume, habla de un Dios muy extraño que perdona, que ama, al que llama su Padre, reparte como lluvia fresca por todas partes sanación a los dolientes y enfermos y, como si no bastara, se junta a comer y beber con los despreciados, con los réprobos, con los que nadie en su sano juicio se sentaría a ninguna mesa.
En ese desconcierto es que pretenden llevárselo de regreso a Nazareth, y su presencia en Cafarnaúm -haciéndose anunciar, todo un signo- es la advertencia del ya basta, hay que regresar a lo conocido y dejarse de molestar con estas locuras de Reino, de Hijo del Hombre y de todas esas locuras que seguramente han de atraer desgracias para todos.

En ese grupo que lo requiere ansioso está su Madre. Sin embargo, aún en su no comprender al Hijo que ama, prevalece su corazón manso y enorme, y esas dudas que la acucian han de enaltecerla.

Porque el Maestro no redobla la apuesta profundizando las contradicciones y propiciando una ruptura brutal con lo viejo, con lo antiguo. En realidad, lo que declara con un todo que tal vez incomode es una invitación a ensanchar la familia, a crear vínculos nuevos y mucho, mucho más profundos que los establecidos por la genética y la sociedad.
Invita, nada más y nada menos, a ser parte su padre, su madre, su hermano y su hermana, un Dios que se revela familiarmente cercano, al que se lo conoce no tanto desde la razón como más bien desde los afectos entrañables que no pueden quebrarse ni olvidarse.
Así María de Nazareth es Madre por gestarlo, Madre por parirlo, Madre por cobijar en su alma la Palabra y dejar que germine vida nueva, Madre por escuchar esa Palabra de Vida y Palabra Viva y ponerla en práctica.

Todos, indefectiblemente y sin excepción de ninguna clase, estamos convidados a forjar estos lazos nuevos, extrañas ligazones que atan para liberar, una familia creciente en donde todos son tenidos en cuenta, todos son importantes, todos son queridos y cuidados.
A esta familia algunos la llamamos -con todo y a pesar de todo- Iglesia. Pero quizás lo más importante no sean los nombres identificatorios, sino la inefable y asombrosa cercanía de un Dios Pariente de cada uno de nosotros.

Paz y Bien

La condena de no aceptar lo evidente, el amor de Dios














Para el día de hoy (28/01/19):  

Evangelio según San Marcos 3, 22-30









Los escribas habían llegado desde Jerusalem como inquisidores, inspectores que verificarían la ortodoxia y credenciales del joven rabbí galileo que tenía esa creciente influencia sobre el pueblo, especialmente entre el pobrerío, las gentes más sencillas.

No hay en esos hombres ansias de encontrar verdad, sino un cariz puntual de censura. Su cometido es someterle al tamiz de su ojo crítico que, necesariamente, concluirá del peor modo posible, y por eso, hiciera lo que hiciera el Maestro sería condenado.

No es menor la clasificación que le endilgan: aducen que las acciones de Jesús de Nazareth son el producto del demonio, de servir al poder del Maligno. No importaba todo el bien que había prodigado, los enfermos sanados, el pan multiplicado, los muertos redivivos, los gestos de justicia y liberación, la Buena Noticia que se anuncia a los pobres, el perdón que restaura.

Quizás hoy también, con otras artes no tan sutiles, se menoscaban personas mediante la difamación, y los rótulos de moda sobreabundan.

Esos hombres, quizás sin advertirlo, hacían ostentación de un profundo problema, el drama de no querer ver lo evidente, el bien que florece en todos las acciones y palabras de Jesucristo. A pesar de sus afanes de poder, de sus obtusos criterios religiosos, de las infamias propaladas, lo terrible es que al rechazar la acción de Dios en Cristo ellos mismos se condenan, aseverando así que el perdón y la misericordia de Dios no pueden alcanzarles, pues rechazan lo que no se adecua al tamiz de su ideología.

Es menester por ello tener los ojos bien abiertos, la mirada atenta al paso redentor de Dios por nuestras vidas, y las súplicas de perdón y gratitud prestas y latiendo corazón adentro.

Paz y Bien

El Reino de Dios crece y acontece hoy
















3er Domingo durante el año 

Para el día de hoy (27/01/19):  

Evangelio según San Lucas 1, 1-4; 4, 14-21 







Aquél sábado, en la sinagoga de su pueblo, Él se había levantado para hacer la lectura. Ello respondía al derecho de los varones judíos de leer algún texto de los Profetas y, luego de finalizada la lectura, comentarla y realizar también una admonición.
Seguramente sus paisanos estaban atentos a todos sus gestos y sus palabras: La fama precedía al hijo de María y el carpintero, el que ellos habían visto crecer y creían conocer bien: treinta años entre ellos no eran poca cosa. Sin embargo, este Jesús se había largado a los caminos, y no cumplía con la expectativas que todos habían depositado en Él.
No siguió la tradición de trabajo de su padre, no formó una familia, no se aferró al clan. Con un impulso misterioso se acercaba a los enfermos y a los réprobos, comía con pecadores, se hacía amigo de los olvidados, hablaba de Dios de un modo nuevo y extraño, muy distinto al de los escribas y sacerdotes.

Esa mañana sucedió algo extraordinario y perturbador.

Jesús de Nazareth ha tomado el libro del profeta Isaías, y a partir de la palabra les revela a sus paisanos que Él es el esperado, el Ungido, y que con Él se inaugura un tiempo de Salvación, tiempo definitivo del anuncio de la mejor de las noticias a los pobres, a los que no cuentan, a los que sólo saben de malas noticias, tiempo de liberación de los cautivos y oprimidos, de cadenas rotas, de existencias liberadas, de vista restituida, año infinito de júbilo porque Dios interviene en la historia y se pone abiertamente del lado de los que sufren, para que nadie más pase necesidad, abandono u olvido.

La profecía ya no es cosa de un futuro incierto. Jesús de Nazareth revela el hoy de la Salvación, el aquí y ahora de la Gracia y la Misericordia, un Dios que se hace historia, que se hace vecino, que se hace pariente, que no descansa en la búsqueda del bien de todas sus hijas e hijos.

Esa es la Buena Noticia de nuestro hermano y Señor, su sueño y su proyecto que se concretan cada vez que hombres y mujeres se vuelven solidarios y florecen en generosidad y liberación para con los que sufren.
Allí el Reino crece y acontece hoy.

Paz y Bien


Abriendo surcos para que germine la Buena Nueva

















Santos Timoteo y Tito, obispos

Para el día de hoy (26/01/19):  

Evangelio según San Lucas 10, 1-9









Ante todo, la cantidad de enviados -setenta y dos- y el modo de envío, de dos en dos.

Según una antigua tradición mosaica, la cantidad coincide con el número bíblico de todas las naciones de la tierra, por lo que el Maestro impulsa la universalidad de la misión: a todos los pueblos, a los cuatro puntos cardinales. Ello será ratificado en Pentecostés en la primera comunidad cristiana reunida e impulsada por el Espíritu de Dios.
Pero también los discípulos van de dos en dos; hay en ello un componente profundamente humano, pues los riesgos de los caminos y el cansancio se hacen más llevaderos en compañía que en soledad, la reciprocidad del apoyo mutuo, una comunidad incipiente -donde hay dos o más reunidos en mi nombre...-. Pero hay más, siempre hay más.
En el derecho procesal judío, la veracidad de una declaración se valida ante un tribunal mediante el testimonio de dos testigos: la misión se transforma así en testimonio veraz de Cristo, señal inequívoca de liberación.

El Maestro ha elegido a setenta y dos discípulos que exceden por lejos el colegio apostólico, símbolo del compromiso misionero de todos los bautizados, y privilegio que no se acota a unos pocos elegidos.

Es menester tener muy presente lo evidente: los misioneros son obreros, servidores de una tarea inmensa en una mies que no les pertenece. La misión, entonces, corresponde a los sueños del Padre, a su obra salvadora y a su impulso constante, y por ello mismo implica un enorme voto de confianza puesto en los misioneros.
Cristo tiene muchísima más fé en nosotros, en todo lo que podemos ser y hacer con Él que la que solemos depositar en Su persona.

Es llamativo que el primer paso sea la súplica, la plegaria al Dueño de la mies para que siga enviando obreros, pues la tarea es enorme, y requiere más y más brazos incansables, esforzados labradores del Evangelio, empeñosos y humildemente obstinados abridores de los surcos para que crezca frutal la semilla de la Buena Noticia.

Quizás, perdidos en mil cosas lo hemos olvidado. Pero por eso mismo el primer servicio misionero, la primer tarea apostólica es, precisamente, la oración que nos vuelve a ubicar en el horizonte del Padre, para que el Reino sea, para que fecunde la tierra y la historia, para poder largarnos a todos los caminos en esfuerzos de paz y de bien, buenas noticias del amor de Dios en estos arrabales tan yertos.

Paz y Bien

Conversión de San Pablo: la grata caída de falsas monturas
















La Conversión de San Pablo, apóstol

Para el día de hoy (25/01/19):  

Evangelio según San Marcos 16, 15-18









El se llamaba Shaúl -Saulo-, y era originario de Tarso de Cilicia; educado en los rigores del fariseísmo judío preponderante en su época, tenía también una profusa formación académica obtenida a los pies del rabbí Gamaliel en la misma Jerusalem.
Era un hombre de fuego, casi un fanático, para quien el absoluto se hallaba la Ley de Moisés interpretada ésta bajo los mismos criterios rigurosos con los que se había formado, Bajo ese carácter apasionado se volvió también un implacable perseguidor de los primeros cristianos, severo y eficaz en tan brutal misión que enarbolaba en nombre de su Dios, al punto de ser uno de los causales del martirio del diácono Esteban.

Terrible actitud de Saulo y de todos los que se pretenden defensores de Dios y sus derechos, empeñosos represores de los que piensan distinto, violentos correctores de los que se desvían de las pautas oficiales dictadas.

En esas lides y en esa conducta estricta, Saulo se encamina a Damasco en su tarea persecutoria. Es un perseguidor experto que no se dá cuenta que él en verdad es perseguido por Cristo, quien lo busca para otro camino, otra vida, otra misión.
A lomos de su intransigencia, montado en su mirada esquiva que no admite desiguales e impares, Saulo es derribado. Mejor aún, Saulo se cae de esa montura falaz, y deja de ser la Ley y su horizonte escaso y angosto el absoluto que rige su obrar, pues en camino a Damasco se encuentra con el Cristo a quien persigue, y merced a ese encuentro que lo transforma y a la Gracia que lo guiará, él se vuelve un apóstol celoso de su misión, humilde e incansable mensajero de Salvación, portador de una luz que no guarda para sí y que lleva a los gentiles, con tanto o más empeño que en sus tiempos anteriores, pues ahora tiene una misión y un destino que lo trasciende, un Cristo que confiesa sin temor, un tesoro que lleva en su vasija de barro.

Hemos de suplicar por nuestras caídas, nuestros propios caminos a Damasco. No habrá quizás una espectacularidad manifiesta, pero seguramente un encuentro trascendente que nos cambia la vida, una invitación a dejarlo todo, a comenzar andares nuevos y ya nó solos, montados en nuestros egoísmos, caminantes junto a Aquél que nos busca sin descanso.

Paz y Bien

Al Hijo de Dios se lo reconoce desde la fé















Para el día de hoy (24/01/19): 

Evangelio según San Marcos 3, 7-12









El ministerio de Jesús de Nazareth crecía robusto y no se acotaba a las tierras judías; prueba de ello es que convergían a Su persona multitudes de Galilea, de Judea, de la misma Jerusalem pero también de las tierras paganas de Tiro, Sidón, Idumea y Transjordania.
Hay allí símbolos cristológicos y eclesiales que implican que la misión cristiana no conoce otra frontera que la de los corazones que le reciben, y que las gentes tienen un punto de encuentro universal, un sitio común a todos en Cristo, cuyo cuerpo es esa familia que crece a través de la historia y de los pueblos y que llamamos Iglesia.

Sin embargo, ello no significa que todo fué un momento de pacífica e ingenua época primordial sin problemas. Sin dudas, significó un antes y un después, sin dudas también eran momentos de luz resplandecientes, pero la misma claridad del Maestro ponía en evidencia un mundo ensombrecido, plagado de tinieblas, multitudes oprimidas hermanadas precisamente en ello, en el dolor antes que en su origen, su religión, su identidad, multitudes como ovejas sin pastor a las que nadie presta demasiada atención, que aceptan con mórbida complacencia el sufrimiento y el dolor impuesto a los otros, con nefasta docilidad, con terrible acostumbramiento.

Como un principio de acción y reacción espiritual, la multitud se pone en una postura peligrosa. Sus ansias, sus necesidades y sus angustias los llevan a arrojarse sobre Él buscando sanidad, liberación, ese rabbí galileo tiene poderes. Y es allí cuando el Maestro les indica a sus discípulos que preparen una barca, para tomar algo de distancia y continuar con su ministerio sin quebrantos ni descanso.
Esa toma de distancia puede aparecerse a simple vista como una razonable medida de seguridad, por el riesgo de una avalancha humana, de ser aplastado por una masa informe de gentes que en su desesperación casi ha perdido su rostro. Aún así, hay otra intencionalidad en el Evangelista, señalando la trascendencia de la enseñanza del Maestro, y es no dejarse jamás llevar por la corriente que impere, a pesar de que ella surja como un válido río caudaloso.

A menudo cuestiones que se reivindican como populares no son más que falacias masivas en beneficio de unos pocos pícaros, que imponen criterios ajenos al pueblo bajo slogans atractivos pero que en verdad nada tienen de populares, otras herramientas más de dominio y sumisión de los que pocos consideran como su hermano más allá de la pura declamación.
A menudo hay que tomar distancia sin abandonar la compasión y la solidaridad, en resguardo de la identidad que nos constituye.

Así, ese Cristo ordena silencio a los espíritus malos, pues no hay un reconocimiento veraz, sólo rótulos pasajeros productos de la necesidad, de la euforia o de alguna tendencia pasajera.
Porque al Hijo de Dios se le reconoce desde la fé, don y misterio de Aquél que nunca nos abandona.

Paz y Bien

El bien nunca se posterga

















Para el día de hoy (23/01/19): 

Evangelio según San Marcos 3, 1-6











Volvemos a estar con el Maestro un sábado, en la sinagoga. La presencia entre los asistentes de un hombre con una mano paralizada -o cualquier enfermo- aparece como improbable dadas las rígidas normas de pureza ritual, y es por ello que ese hombre, en ese momento sagrado y con la presencia prejuiciosa de cierto número de fariseos, implique una provocación deliberada. Ello se ratifica por la postura atenta de esos fariseos, que buscan solamente la infracción, la acción delictual contra la ley sabática.

Puede aducirse un profundo y piadoso celo por guardar las normas, que en verdad estaba, pero los problemas pasaban por otro lado: en el afán de la estricta observancia de unas normas absolutizadas, dejaron de lado la caridad, el socorro, la compasión. Importaba más si Jesús de Nazareth infringía esas normas que si ese hombre enfermo sanaba de su dolencia.

Un hombre de una mano paralizada era un hombre con muchos problemas. No puede trabajar en los empleos de la época, por lo cual no puede llevar el sustento a los suyos. Una mano paralizada es una mano incapaz de expresar afectos, o en situaciones terribles, empuñar las armas de su nación en la batalla. Un hombre de una mano paralizada es, bajo la casuística imperante, un impuro cuya dolencia es producto de pecados cometidos por sí mismo o por sus padres.
Un hombre de una mano paralizada es un hombre venido a menos.

Pero si ese hombre tenía una extremidad carente de movilidad, peor aún era la dureza que exhibían los corazones de esos hombres indignados.
El bien nunca se pospone, por ninguna razón ni por ningún motivo.

Como colofón, el Evangelista señala una confabulación de fariseos y herodianos para acallar el Maestro. Más crudamente, para acabar con Él. Es la asociación del poder religioso con el poder político cuando, en tren de prorrogar dominios, buscan aplastar a los hombres y las mujeres de Dios, sin importar las consecuencias ni las bendiciones que se coartan.

Paz y Bien

Cristo, Señor del Sábado y de toda nuestra vida

















Para el día de hoy (22/01/19): 

Evangelio según San Marcos 2, 23-28








El Shabbat era importantísimo para la fé del pueblo de Israel: día sagrado para el reposo y el descanso, para honrar a Dios, para renovar vínculos religiosos y familiares.
En pocas líneas no es posible sintetizar su relevancia, no obstante ello, durante el exilio de Babilonia garantizaba a los deportados un reencuentro con sus raíces, la persistencia de las tradiciones. El Shabbat refería por entero a lo sagrado pero también a la identidad nacional.

Con el correr de los años, su obligatoriedad fué paulatinamente recubierta de preceptos nominativos, de cánones impuestos al modo en que hoy se promulga una ley, y luego se reglamenta su implementación al punto de desdibujar su sentido primero. La casuística imperante había transformado un día de luminosa esperanza en una jornada de agobiante cumplimiento.

Más aún: el Maestro entendía desde lo profundo de su corazón sagrado, que el Shabbat, más que una obligación taxativa, era una bendición, un regalo que su Dios había brindado a su pueblo en el beneficio de éste. Él entendía que la gloria de Dios se correspondía con el bien, con la vida del hombre, y por eso afirmaba sin ambages que el sábado era para el hombre y no a la inversa, el hombre esclavo de la norma.
Y por sobre todo, su señorío, el Cristo que es Señor del Sábado, de todos los sábados.

El hambre, esa necesidad tan primordial que sus amigos engañan arrancando algunas espigas de trigo en pleno Shabbat, despierta la crítica de los fariseos: es claro, entre las diversas prohibiciones, la cosecha no estaba permitida, y ese gesto menor de quitar algunas espigas y frotarlas entre sus manos suponía una infracción grave a sus criterios sacralizados, criterios que impedían ver la necesidad que allí golpeaba las puertas.

Todos tenemos unos cuantos sábados a los que gustamos subordinarnos. La libertad nos cuesta tanto como saber mirar y ver más allá de la letra, en la búsqueda del sentido, en el grato descubrimiento de la Buena Noticia, del paso salvador de Dios por nuestras existencias, sábados que deberían ser momentos de encuentro y sin embargo se nos vuelven torpes obligaciones sin gozo ni esperanza, puertas que cerramos a la misericordia, al reencuentro con Dios y con el hermano.

Paz y Bien

Odres nuevos, corazones para el vino bueno de la Gracia















Para el día de hoy (21/01/19):  

Evangelio según San Marcos 2, 18-22








Los discípulos del Bautista y los fariseos tenían en común la misma sujeción a la Ley, expresión de un tiempo que finaliza. Ellos persistían en una religiosidad de rictus amargo, de temor, de los gestos piadosos que procuran bendición divina; la piedad, claro está no está mal, sino el concepto erróneo de suponer que hacemos una serie de cosas por Dios, y nó lo que el Creador hace por nosotros.

En ese espíritu, la Ley como criterio organizador y rector es más que válida; los problemas comienzan cuando se la plantea como un absoluto, y quizás sin darse cuenta, se pretende desalojar a Aquél que la inspira, sustenta y brinda sentido.

Dentro de esas obligaciones emanadas de la Ley estaba el ayuno. Se practicaba dos veces a la semana, con gestos visibles penitenciales, preparando y anticipando la llegada mesiánica. Pero el Cristo ya ha llegado, ya está allí, y entonces el ayuno pierde ese sentido de triste preparación. Es el tiempo de celebrar el amor de Dios, la presencia de Dios en Cristo, Dios que se hace hombre, el Verbo que se hace carne y habita entre nosotros.
El ayuno será importante pero desde otra perspectiva, pues lo decisivo es la presencia del Salvador.

El Reino ya está aquí entre nosotros, vivificando las existencias apagadas, las esperanzas mustias. Es el vino nuevo de la Salvación, con el que siempre hemos de brindar, aún en los momentos más duros.

La Buena Noticia de Jesucristo no es una alternativa más, ni una reforma religiosa, ni tampoco una modalidad de poder diferente. Es tan fundante y santamente desmesurada que no puede ser contenida en moldes predeterminados, en conceptos ni ser propiedad de unos pocos.

Es un vino nuevo que exige odres nuevos. Posee una fuerza imparable que todo parche que se coloque, sin cambiar de raíz la totalidad de los viejos odres, hará que estos estallen.
Todo ha de ser nuevo, comenzando por los corazones.

Paz y Bien

María, hablale a tu Hijo de todos nosotros














2º Domingo durante el año

Para el día de hoy (20/01/19):  

Evangelio según San Juan 2, 1-11










El Evangelista Juan brinda una precisión contundente: el milagro en Caná de Galilea es el primero de los signos de Jesús de Nazareth. Más que un hito cronológico, se trata de la señal cierta de un nuevo y definitivo comienzo, del tiempo de la Salvación, del tiempo de buenas y nuevas noticias.

Todo acontece en la celebración de una bodas. Unas bodas se festejan porque la vida se reafirma, porque hay dos que se aman, por la promesa de los hijos, porque ese amor trasciende la mera acumulación del uno más uno. En medio de tantos camposantos, un banquete para celebrar unas bodas es más que propicio.
Pero unas bodas tienen también una profunda connotación mística, espiritual, y refiere a los esponsales de Dios con la humanidad.

Primer signo, primera señal de un Cristo que viene a hablarnos de ese compromiso inquebrantable del amor de Dios.

María, la Madre del Señor se encuentra allí. Caná de Galilea se encontraba relativamente cercana a la Nazareth de la Divina Familia, con lo cual es probable que María fuera conocida por las familias de los esposos. Pero también Ella está allí por ser Madre y por ser discípula, una tranquila presencia que brinda certezas que no se disuelven en coyunturas o reglamentos.
La Madre del Señor está allí acompañando a los hijos en esa vida que se festeja, atenta a todo lo que les pasa, silenciosa y feliz de sus alegrías pero presta a contarle al Hijo de los otros hijos, de cuando el vino de la alegría parece que se les acaba y la esperanza se les agota.

Había allí seis tinajas de piedra. Seiscientos litros de agua utilizada para las abluciones religiosas, para purificarse según los ritos establecidos. Pero es un tiempo nuevo, y es menester saber que no serán las acciones piadosas las que purifiquen corazones y existencias, sino que es Cristo el que purifica.
El amor de Dios transforma el agua sin destino en el vino de la alegría, en el vino de la vida que no se apaga, abundante vino bueno para todos los presentes y para toda la humanidad de todos los tiempos.

Nosotros somos esas tinajas de piedra, con nuestras posibilidades -escasas a veces, numerosas otras- como agua simple, que se transforma en el vino santo de la vida plena, vino de misericordia que sólo Cristo puede transformar en las honduras de nuestras almas, vino de alegría, de compasión, de misericordia y de justicia, vino que se escancia con los demás en la celebración cotidiana que se reafirma haciendo lo que Él nos diga, haciendo presente la vivencia de su Palabra.

Que la Madre del Señor le hable siempre de todos nosotros, para que no se nos adormezca la fé ni se nos apague la esperanza.

Paz y Bien

Eucaristía, mesa fraterna de gratitud
















Para el día de hoy (19/01/19): 

Evangelio según San Marcos 2, 13-17











Dentro de la sociedad judía del siglo I, los publicanos estaban ubicados en un estrato complicado: siendo judíos, recaudaban impuestos para el ocupante imperial romano, para el invasor, para el opresor. Ello implicaba, claro está, una indignidad insoportable, un publicano es ante todo un infame traidor; pero además, para las rigurosas leyes de pureza ritual, su contacto habitual con extranjeros -y con el dinero foráneo- lo volvía un impuro absoluto, con lo cual el publicano estaba segregado de toda vida social, comunitaria y religiosa.
Pero eso no era todo. Algunos publicanos se aprovechaban de la autoridad delegada que detentaban, y mediante prácticas extorsivas, abusaban de su poder en desmedro de sus propios paisanos, lo que les valía un odio generalizado de sus compatriotas, y una vida limitada a sus pares, a otros publicanos. La conciencia general los ubicaba un escalón moral por debajo de las prostitutas.

Jesús de Nazareth ha salido a los caminos, a los pueblos y ciudades a proclamar la Buena Noticia. Las gentes acuden a Él como una marea constante.
Sin embargo, Cristo no se deja atrapar por ciertas mieles del éxito, ni permite que algunos se apropie de su persona. Él, que es camino, verdad y vida, sabe como nadie que hay que moverse, salir de sí mismo, esencia del amor de Dios que sale al encuentro de la humanidad.

Es Cristo que pasa por la orilla, el Salvador que pasa por la existencia, en lo cotidiano, porque de Dios son todas las primacías, la iniciativa redentora que todo lo transforma.
El Cristo que pasa sabe mirar y ver en las honduras de los corazones. Sabe quién es y qué hace Leví, cual es la realidad de su presente pero más aún, tiene una mirada creadora para comprender que puede haber un futuro distinto, nuevo y santo en su compañía.

Para Cristo no influirán los antecedentes de Leví, sino la misericordia de Dios que se expresa en una invitación asombrosa a seguirle, a dejar las mesas en donde se tributa la muerte y la corrupción.
Luego habrá mesas, mesas fraternas de gratitud, eucaristías por ese Cristo que tanto bien ha hecho, aunque almas mezquinas se deshagan en críticas furibundas, pues presuponen que nadie puede cambiar, que todo está escrito y es definitivo, que rechazan a un Mesías que ha venido a buscar a los extraviados, a sanar a los enfermos, a congregar a los dispersos en la mejor de las noticias, el amor que Dios nos tiene.

Paz y Bien

Tiempo de la Gracia, todos los no se puede no tienen lugar ni serán definitivos















Para el día de hoy (18/01/19):  

Evangelio según San Marcos 2, 1-12










Todo texto -y más aún la Palabra- tiene niveles de profundidad, a los que se accede meditando, reflexionando, internándonos en el terreno frutal de los símbolos. En nuestro caso, además de la meditación y la reflexión nos asiste la contemplación que es escucha atenta, pues la Palabra es Palabra de Vida y Palabra viva. Dios nos habla hoy a todos y cada uno de nosotros.

Por eso en la lectura que nos ofrece la liturgia del día, podemos adentrarnos mar adentro de significados y la trascendencia de un Dios que nos habla, Verbo eterno tan cercano y parecido a todos nosotros.

El Maestro regresaba de una de sus travesías misioneras a Cafarnaúm, a la casa en donde solía hospedarse, hogar de amigos, y al difundirse la noticia de su presencia allí, las gentes comenzaban a agolparse a las puertas y por todo el lugar. No había modo de pasar.
Hemos de tener en cuenta que nos encontramos en tierras judías, aún cuando éstas integren la periferia galilea. Por ello, toda esa multitud está constituida por hijas e hijos de Israel que ven en el joven rabbí galileo a alguien propio y bendito, aún cuando muchos solamente busquen los beneficios taumatúrgicos que parece irradiar. Pero ese mismo fervor que los congrega allí impide a otros tantos que puedan acercarse a Cristo, que a nadie rechaza.

Adentrarse en los símbolos. Los particularismos y exclusividades son nefastas, y poco tienen que ver con la Buena Noticia, y esas gentes impiden acceso a todos aquellos que no son del Pueblo Elegido, por lo cual deben -justamente- quedar fuera paganos y gentiles. Sólo reemplazando nombres se nos presentan situaciones, y es el cariz de una Iglesia que a fuer de estricta se repliega sobre sí misma y obtura puertas y ventanas para tantos descastados y descartados de cualquier origen.

En los tiempos del ministerio del Señor, los enfermos languidecían su enfermedad en una suerte de colchones que también podían portarse al modo de camillas. Para quien estuviera enfermo, la vida se acotaría a ese cuadrado de tela, tal vez relleno de paja, y dependía de otros para cualquier desplazamiento.
Ese enfermo en esas angarillas portadas por cuatro hombres que representan los cuatro puntos cardinales, expresan a una humanidad enferma y postrada por el pecado que acude a la puerta de Israel buscando salvación, pero allí hay como un muro que les impide cualquier acceso. El paciente postrado puede ser las prostitutas, los publicanos, los gentiles, los paganos, todos aquellos impares que no son como nosotros, que deben quedar fuera por no pertenecer.

Sin embargo, estamos en un nuevo tiempo, el tiempo de la Gracia en el que todos los no se puede no tienen lugar ni serán definitivos como no lo es la muerte. La solidaridad y la compasión que son frutos de la fé encuentran caminos para que las gentes se encuentren con el Cristo, fuente de toda paz, salvación y felicidad.

La misión implica coraje y también creatividad, y catolicidad trasciende no dejando a nadie fuera del ágape del Señor, abriendo boquetes por los techos cuando parece que todas las puertas se han cerrado y nada más queda.

Paz y Bien

Las acciones de Cristo son actos de ruptura con el orden inhumano que se establece y se acepta















Para el día de hoy (17/01/19): 

Evangelio según San Marcos 1, 40-45









En en siglo I, padecer lepra implicaba un panorama horroroso pues el enfermo quedaba totalmente segregado y aislado de la vida familiar, comunitaria y religiosa.
Sin los avances médicos del presente, el mal de Hansen -degenerativo, implacable- carcomía los cuerpos deformándolos hasta lo irreconocible, y lógicamente producía un gran temor por la virulencia del contagio. Pero a la cuestión sanitaria debía añadírsele el aspecto religioso: para la religiosidad imperante, la lepra era la peor de las impurezas, en la teología que comprendía las dolencias como castigos por los pecados propios o de los padres, y así el leproso debía vivir lejos de cualquier asentamiento humano, en soledad o a lo sumo con otros leprosos, vestirse con harapos y declamar a los gritos su condición de impuro para evitar el doble contagio de otras personas: la enfermedad y la impureza ritual, ambas altamente contagiosas.

Seguramente la escena que nos brinda el Evangelista Marcos se sitúe en las afueras de alguna ciudad, por las razones que se exponen en el párrafo anterior, pero además el Maestro no quiso quedarse atrapado en vanos éxitos en Cafarnaúm, impulsando a los suyos a anunciar la Buena Noticia por todas partes.
Sin embargo, hay en el leproso una fantástica osadía y una confianza que estremece; cualquier leproso mostraría los síntomas propios de los excluidos que se han resignado a su condición, aceptando sus miserias sin rechistar, doblegando la voluntad a lo que se le impone. Pero este hombre no abdica en su esperanza, lo moviliza la confianza en ese joven rabbí galileo que pasa por el camino, un camino que es su misma existencia, y que no lo rechaza ni espanta.

Las cadenas impuestas perduran, y por eso el leproso suplica ser purificado si es la voluntad del Cristo. Además de las llagas de su piel, lo doblegan las llagas de su alma.
El Maestro se conmueve, y será esa compasión la que signará y definirá todo su ministerio, signo cierto del Padre: por eso extiende su mano y no vacila en tocarlo, purificándolo de la enfermedad que sufre su cuerpo, liberando su corazón del durísimo gravamen que le han impuesto.

Las acciones de Cristo son actos de ruptura con cierto orden inhumano que se establece y se acepta. Pero por sobre todo, son canales perfectos del amor de Dios que descubre a cada instante en su interior, y que sabe es la esencia de la Buena Noticia.

El silencio que trata de imponer a ese hombre nuevamente sano y pleno se debe a los tiempos de los corazones. Aún no han madurado para reconocer la extraña gloria del Salvador.
Pero para ese hombre se ha descubierto el rostro amable del Mesías, que es el mismo rostro bondadoso de un Dios que sana y salva.

Habrá pues que preguntarse qué cosas nos conmueven, cuales nos movilizan, y si con mansedumbre y humildad estamos dispuestos a propiciar santas rupturas con todo aquello que degrade la condición humana.

Paz y Bien

El mal en fuga por la presencia de Cristo














Para el día de hoy (16/01/19):  

Evangelio según San Marcos 1, 29-39







En la lectura del día podemos contemplar un desplazamiento que no es solamente físico sino teológico, es decir, espiritual: el Maestro ha participado de las celebraciones propias del Shabbath, ha sanado a un hombre poseído por un espíritu impuro y se ha dirigido a la casa de amigos, y en esa casa en donde el Reino se manifiesta en plenitud, señal de un pueblo nuevo que tiene calor hogareño, una Iglesia que crece con Cristo y se reconoce familia bendita.

El ambiente es extrañamente profano, secular. Aún así, lo sagrado no refiere tanto a las cosas rituales de los hombres sino más bien a la presencia del Señor en medio de los suyos, y las primeras comunidades cristianas no diferenciarán templos de hogares, pues en las casas crecía la Iglesia.

Había terminado el culto más no el Shabbath con sus estrictas normas que se observaban sin excepción; sin embargo, el Maestro entendía que el Sábado era para el hombre y nó a la inversa como se imponía, ante lo cual no le preocupaba demasiado transgredir ciertos reglamentos que deshumanizaban.
Así entonces le avisan de la enfermedad de la suegra de Pedro. Nunca debe haber excusas ni demoras frente al sufrimiento y al dolor.
Pero se trata de una mujer y, para colmo, de una mujer enferma. Socialmente, carece de derechos, de voz y de voto; religiosamente, es una impura ritual -por la enfermedad- que debe aislarse, en una suerte de estado de contagio de esa condición cultual. Quizás las fiebres que la doblegan sean también reflejo de cierta ideología que razona dolores, que justifica sufrimientos, que aplauden humillaciones impuestas.
Entonces el milagro acontece, con el carácter sencillo y profundamente humano de Cristo: no hay en Él ritos ni fórmulas arcanas, sólo el gesto de tomar su mano y hacerla levantar. Precisamente ése es el milagro de bondad, reconocerla en su dignidad de mujer, de hija y de hermana, sin importarle las consecuencias transgresoras del Sábado y de esas normas sociales que lo obligaban a tomar distancia.

El mal en fuga por la presencia de Cristo, el bien que florece desde la ternura y la misericordia, la salud restablecida que es expresión de una Salvación que atañe a toda la existencia.

Esa mujer, inmediatamente, se pone a servir a los presentes. No se trata solamente de tarea de mujeres, sino de una nueva diaconía que desafía estructuras y que es a su vez plegaria de gratitud. A menudo la oración no se expresa con palabras pero sí con gestos concretos.

Por la tarde, una multitud de dolientes se congrega a las puertas de aquella casa, un desfile interminable de enfermos que parece no terminar. Van a esa hora, pues las imposiciones del Shabbath restringían movimientos más temprano, y hay un cariz de querer esconder lo doloroso por fuera de la sacralidad.
Quizás muchas de esas personas buscaban al sanador mágico, y otros al Mesías restaurador de la corona davídica, pero no al Mesías sufriente y servidor, y está el peligro de embarcarse en la nave fútil del éxito, con el riesgo paralelo de quedarse con los beneficios de la presencia del rabbí galileo para unos cuantos.

Pero el Señor no es de nadie y es de todos. La Buena Noticia ha de llegar a todos los pueblos, sin esperar gratitudes ni actos de reconocimiento por todo el bien que ha prodigado. La bendición de Dios ha de llegar a todas las naciones, y ésa es nuestra misión y nuestro horizonte que edificamos a diario con el Cristo orante que camina con nosotros.

Paz y Bien


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