Los testigos del Resucitado, gratas señales de auxilio













Lunes de la Octava de Pascua

Para el día de hoy (22/04/19):  

Evangelio según San Mateo 28, 8-15







La tumba abierta provoca prisas. Son días en que en la Escritura parecen estar todos corriendo, apurados, como si quisieran despertarse del sopor que la muerte les ha impuesto. Cristo, para las mujeres devotas, para los soldados temerosos, es en apariencia un muerto inquieto e inconveniente.

Ellas tienen un distingo único: todos se han escondido y dispersado por el miedo y se han doblegado frente al estupor de una derrota tan ignominiosa, pero ellas -aún cuando sigan aferradas a la muerte, al Crucificado- se movilizan al alba, plenas de ternura. Hay cuestiones que deben madurar, hay una Pascua que les debe germinar, pero siempre prevalece el amor a ese Cristo manso e inocente que en apariencia ha sido arrollado por el odio de sus enemigos. El amor jamás nos permite resignarnos ni abdicar la esperanza aún cuando la muerte parezca clausurar toda posibilidad.

Al Cristo que se busca de corazón siempre se le encuentra.

La Resurrección del Señor desaloja todos los nunca, los no se puede, los jamases. 

La Resurrección del Señor es la nueva creación, es definitiva, y su signo primordial se explicita en el miedo que se desaloja: -Alégrense!- es la señal bondadosa de que no es tiempo de rictus amargo, de miedos paralizadores, de vidas restituídas, las propias unidas al que está vivo y presenta. 
Esa alegría es la presentación eterna de un Dios que busca nuestra plenitud, no nuestra sumisión ni nuestro pesar temeroso, la misma alegría que fecunda la vida de María de Nazareth.

Esas mujeres han ido a honrar el cuerpo del Crucificado, más se han encontrado con el Resucitado. Es el mismo amor que sólo puede comprenderse desde la fé, y ese amor les pone alas en el alma y en sus pies.
Esas mujeres a las que nadie toma demasiado en cuenta -no tienen importancia por ser mujeres- tienen una misión única y poco reconocida: son testigos fieles de la Resurrección, apóstoles y evangelizadoras de los apóstoles, pues la misión cristiana es dar testimonio del Cristo vivo y a su vez transformar la existencia y vivir de acuerdo a ello. Aún sabiendo que no se les tiene demasiado en cuenta, ellas van presurosas y confiadas.

El reencuentro será en Galilea, y no se trata de unas coordenadas geográficas, pues en la periferia sin importancia es donde todo ha comenzado, en el borde en donde nunca pasa nada Dios teje eternidad y salvación, y por ello hay que regresar a las fuentes, reencontrarse allí con el Resucitado.
La clave que todo lo desata es que los apóstoles no son solamente discípulos o seguidores: por la vida ofrecida generosa y sin límites ni condiciones, por el Espíritu que todo lo renueva, ahora los discípulos son hermanos del Señor, y esa es precisamente la vocación infinita de la fé cristiana, un Cristo hermano y Señor, un Dios tan cercano que se hace parte de la familia.

Hay otros testigos de la primer hora. Los soldados -armados para custodia de un muerto, extraño combate- se adormecieron en sus deberes, en el momento importante. Nunca hay que dejar de estar atentos, a pesar de que los sopores mundanos nos aplasten. Aún así, también son testigos primeros de la tumba vacía e inútil, aunque carecen de la fé que concede trascendencia y significado.
Sin la fé, la tumba vacía es sólo eso, o eventualmente el producto de una conjura.
Ciertos dirigentes compran el silencio de esos testigos con un soborno significativo, malditos corruptos y miserables sin destino. No todo puede comprarse, hay cosas que no tienen precio.
El dinero que cambia de manos evidencia sin ambages que la corrupción siempre está vinculada a la muerte.

Pero la verdad siempre saldrá a la luz, o mejor dicho, la verdad siempre se hará luz. Felizmente hay gentes que los traficantes del odio y de la muerte jamás podrán comprar.
Los testigos del Resucitado son gratas señales de auxilio en un mundo empecinado en sumergirse en las sombras.

Paz y Bien

Domingo de Resurrección: María Magdalena, apóstol y discípula













Domingo de la Resurrección del Señor

Para el día de hoy (21/04/19):  

Evangelio según San Juan 20, 1-9









No ha sido la historia pródiga en justicia para con María de Magdala. Cierta torpe tradición misógina la asocia a una prostituta recuperada de su vida de pecado por el Señor; aún cuando sea de tenor involuntario, tal criterio carece de fundamentos evangélicos. Más cerca en el tiempo, otra hipótesis la ubica como pareja de Jesús de Nazareth, compañera sentimental y madre de un hijo de ambos; fuera de toda precisión histórica, literaria y espiritual, ha tenido por consecuencia un estruendoso negocio literario y fílmico.

El Evangelista Lucas nos acerca cierto perfil, mencionando que la acción de Cristo ha liberado el alma de María Magdalena de siete demonios que la enfermaban. No es un dato menor, discípula que sigue a Cristo por descubrir el paso bondadoso de Dios por su vida.

Pero es el Evangelista Juan quien nos pinta lo verdaderamente importante acerca de ella: se trata de una mujer, entre varias, que acompañaba al Maestro en su ministerio, discípula como el que más, que permanece firme al pié de la cruz, que ama sin desmayos, que se pone en marcha, que no se resigna aún cuando los discípulos la traten como algo menos, como una alucinada que desvaría.

La lectura que nos brinda la liturgia Pascual tiene una dinámica extraña: todos corren, todos andan con prisas.
Sabemos que se trata del primer día de la semana, es decir, que ha terminado el Shabbat, pero hay en el dato un contenido simbólico, es el día novísimo de la nueva creación. María Magdalena se encamina a la tumba de Jesús en plena madrugada, cuando todos duermen, cuando los demás andan en otras cosas. Aunque todo esté oscuro en su alma, aunque el dolor la peine de luto, ella vá decidida allí donde reposa el Maestro que ama, y es ese amor que todo lo anticipa y que configura el alba que está próxima.
Aún perduran las sombras en su corazón, ella busca a un muerto pero a un muerto que ama sin desmayos. Aunque sea sin la Pascua que ella tiene que realizar en su interior, sus pasos la llevan sin vacilaciones al lugar en donde supone se encuentra Aquél que la ha amado primero.
El amor es la clave de la Resurrección.

La piedra enorme que obtura la entrada del sepulcro ha sido corrida, y no se trata tanto de liberar la entrada para posibilitar una improbable fuga desde adentro, sino como señal de tumba vacía, casa inútil de la muerte.
Ella sigue inmersa en la línea del espanto previo, y ese espacio sin cuerpo le indica que se lo han robado, que se lo han llevado sin saber dónde está.
Pero Cristo perdura vivo como bondadoso rescoldo en las honduras de su alma, y la noticia no es para guardársela, ha de ser compartida y comunicada. Ella es discípula y así corre urgente hacia donde están los otros discípulos. Pase lo que pase, suceda lo que suceda, nunca ha de quebrarse la comunión.

Ella es una mujer, y es discípula por la bondad y decisión de Cristo. Sin embargo para los otros, sólo es una mujer, alguien a quien no se tiene en cuenta.
Quizás por la certeza del mensaje, quizás por la pena veraz de sus ojos arrasados por las lágrimas, pero seguramente por el Espíritu que sostiene a la Iglesia, el aviso moviliza y pone prisas a Pedro y al Discípulo Amado. Nunca se puede medir el alcance cordial de un testimonio.

La tradición suele identificar al Discípulo Amado con Juan, Evangelista e hijo de Zebedeo. Algunos exégetas establecen que en realidad se trata de Lázaro de Betania, amigo entrañable de Jesús, redivivo de la muerte y la enfermedad. Sin ánimos polémicos, sólo diremos que cuando los Evangelios omiten los nombres propios tienen una intencionalidad catequética, es decir, que allí deben ir nuestros nombres, y por eso se propone en esta ocasión -humilde y limitadamente- pensar que el Discípulo Amado es la comunidad cristiana, la asamblea de los fieles, pueblo santo de Dios.

Pedro y el Discípulo Amado corren con la urgencia de la esperanza, extraña maratón de misericordia. El Discípulo Amado llega primero precisamente por ello, porque su identidad se resuelve y define desde el amor, porque el corazón del pueblo siempre llega antes que Pedro. Pero a su vez, cede el paso a quien es la roca que confirma y cimenta la fé de los hermanos, y que deberá ser testigo para los hermanos que no podrán visualizar los signos de la muerte en retroceso. El cuerpo no ha sido robado, pues el sudario está cuidadosamente colocado a un costado, como indicando que allí había un cuerpo pero que ahora no hay cadáver que revestir, que los ornamentos funerarios no sirven de nada ni tienen sentido.
Las vendas en el suelo son otra señal, pues ya no hay un muerto al que aferrar a las entrañas de la tierra, un Cristo Resucitado liberado de las garras de la muerte.

Ellos ven las señales y creen en la vida, aún cuando sea una fé germinal, aún cuando deban madurar desde la Palabra hacia la plenitud del Resucitado, la fé pascual de los apóstoles.

Cuéntanos Magdalena lo que has visto. Vuelve a contarnos esa noticia asombrosa de la tumba vacía en medio de nuestros miedos y nuestras noches, para que se nos vuelva a encender la esperanza, para que nos madure la fé, para seguir creyendo y confiando sin abdicar jamás, sin bajar los brazos, sin quedarnos quietos.

Vuelve a contarnos Magdalena lo que has visto, para que todo vuelva a tener sentido, para que nos renazcan todas las alegrías.

Feliz Pascua de Resurrección

Paz y Bien

Sábado de Gloria: buscando a Aquél que está vivo














Sábado de Gloria 

Vigilia Pascual en la Noche Santa

Para el día de hoy (20/04/19):  

Evangelio según San Lucas 24, 1-12







Esas mujeres, seguramente, oscilaban entre la tristeza y el estupor del inocente ajusticiado, la pérdida del Maestro que amaban, el ambiente de derrota definitiva que las embargaba, un afecto entrañable que no se doblega ante la muerte, una fidelidad que supera el dolor.

Los brutos y eficaces crucificadores descansan los rigores de la ejecución, ajenos a cualquier injusticia. Los que se empeñaron en odiarle, duermen un piadoso sueño de labor cumplida, un sueño satisfecho sin ángeles ni Dios. 
Los discípulos casi seguro que no han pegado un ojo, demudados de miedo y con sus viejos moldes en ruinas. 
Pero esas mujeres,a pesar del llanto, no se quedan quietas. Sus figuras se encaminan al alba, y no se trata solamente de una hora del día, sino que es presagio de un tiempo nuevo. Los perfumes que llevan son para ungir a un cadáver, el cuerpo del Maestro amado, quizás con la intención de restablecer aunque sea un poco la dignidad maltrecha por las torturas y la violencia profesional; esos perfumes tal vez desalojen los hedores de la muerte, pero más allá de los ritos mortuorios, en las manos de esas mujeres son silenciosas caricias para el Señor amado.
Esos perfumes renuevan la noche cerrada con el aroma tenaz de la ternura.

Lo que no puede obviarse es que ellas son tan discípulas como el que más.
La roca de peso inverosímil que obturaba la tumba está corrida, y nada tienen que decir. A veces, cuando todo parece inmóvil, pesadísimo, definitivo, es necesario confiar en que Otro moverá todas las piedras de nuestros caminos. Nunca hay que rendirse. Otro se ocupará de que en los ámbitos cerrados de la muerte vuelva a ingresar la luz que no se disipa.

Ellas buscaban un muerto, pero se encuentran con una tumba que es inútil, vano hogar de una muerte en retroceso. Aún no entienden, y cuando la razón no alcanza, es menester rumbear por las huellas del co-razón.
Dos mensajeros las deslumbran con sus vestidos asombrosos, y les despejan todos los desconciertos. Desde sus corazones, albergue cálido de la fé que se les ha concedido, han de hacer memoria de la Palabra del Señor, una Palabra que es Palabra de Vida y Palabra Viva. 
Han ido buscando un muerto pero el muerto no está, y les anuncian que ha resucitado. Han de abandonar una búsqueda errónea, y encaminarse sin miedos hacia un puerto nuevo. Ellas han de hacer también su Pascua, su paso santo de la muerte hacia la vida.

El Cristo amigo que compartió caminos y pan, el rabbí galileo, el Hijo de María, el Maestro, el Hijo de Dios, el Señor está vivo. Todo ha comenzado en la Galilea en donde nunca pasa nada y de donde nada bueno ni nuevo se espera, santa urdimbre de Dios que teje salvación desde todas las periferias de la existencia.

Con esa novedad única que les pone prisas a sus pasos y les aligera el alma, tienen ahora una misión, que es contarle a los demás esa noticia definitiva que ha de crecer. El grano de trigo ha germinado en las honduras de la tierra, pan de vida para todos.

Y con ellas, a pesar de las incredulidades, de los desprecios, buscamos al que está vivo en cada palabra de consuelo, en cada gesto de misericordia, en cada acto de justicia, en cada brote nuevo de amor que sana, salva y libera.

La sangre del Cordero pinta nuestros corazones para que la muerte pase de largo, y nos obstinamos felices en la esperanza, humildemente enamorados de una vida que prevalece porque Dios así lo quiso, porque el Resucitado es la mansa certeza de que es el amor de Dios el que todo lo decide, y nos alegramos junto a un universo que no será igual. Nada será igual. Todo comienza en esta noche santa con el perfume del para siempre viviremos.

Feliz Pascua de Resurrección

Paz y Bien


Viernes Santo: la soberanía de la cruz














Viernes Santo de la Pasión del Señor 

Para el día de hoy (19/04/19):  

Evangelio según San Juan 18, 1-19, 42
 






Jesús de Nazareth no busca perder la vida al modo de los suicidas, ni es una víctima de la violencia que suelen ejercer los poderosos para acallar las voces de los pobres, para aplastar a los débiles.

El Maestro entrega voluntariamente su vida en ofrenda absoluta que no es decisión del pretor, ni del Sumo Sacerdote, ni de la soldadesca ni del traidor que era su amigo. Él, y sólo Él, decide cuando morir y porqué morir, el amor que Dios nos tiene ratificado para siempre con su sangre para que no haya dudas.

Tal vez ninguno haya sabido re-conocerle en profundidad.
Ni los apóstoles que se esconden, ni la policía religiosa que lo busca, ni los legionarios romanos, ni los líderes religiosos que lo menospreciaban y subestimaban. Tal vez nosotros tampoco y quizás hizo falta el beso del traidor para que ellos supieran a quien detener.

El juicio es amañado. Israel -tan estricto en cuanto a procedimientos a observar de manera taxativa- parece haberse transformado en un carnaval de torpezas antes que garantizar el debido proceso. Así es llevado como ganado y de manera casi clandestina entre las casas de Anás, Caifás, Herodes y finalmente Pilato.

Quizás el rictus del Viernes Santo nos haga olvidar un detalle no menor: el Maestro estuvo preso y maniatado, un Dios con grilletes, escandalosa imagen para las razones del poder.

Pilato es mucho más que un cobarde. El relativismo que desconoce la verdad responde a la pura praxis sin ética, esa política para la cual el fin justifica cualquier medio. Sin embargo, está sordo en su alma a aquello que es diáfano ante sus ojos: ahí hay un hombre y más que un hombre, ahí hay un rey cuyo reino no es de este mundo, ahí hay un inocente. 

Los romanos tenían una siniestra precisión en la ejecución de los condenados a muerte. Previo al cadalso, había todo un sangriento proceso de tortura, humillación y ablandamiento del condenado. Porque la cruz se reservaba para los crímenes más abyectos y también -especialmente- para los condenados políticos, sublevados contra la autoridad imperial romana, y su exposición pública tenía por objeto la oscura admonición a todo el pueblo.

El sanedrín lo condena por blasfemo. El pretor, por desafiar al César. El título que hace colocar Pilato -Jesús Nazareno Rey de los Judíos- tiene mucho de burla, pues el título exacto hubiera sido rey de Israel, pero a su vez es una declaración que exuda política y poder: el lavado de manos es echarle la responsabilidad de la ejecución a la dirigencia religiosa.

En silencio, corazón adentro, contemplamos a ese hombre con su cuerpo desgarrado que agoniza en el madero, a la vista de todos. Pocos lo ven en verdad, pues sólo se comprende desde la fé, una fé que nos dice que no hay derrota, que hagan lo que hagan los brutos no hay mayor amor ni poder que dar la vida por los amigos, que con todo y a pesar de todo ese hombre en esa cruz es soberano, rey extraño de todos los corazones, que muere crucificado pero que está más vivo y pleno que sus ejecutores, un Cristo erguido en ese árbol de donde brota vida y salvación.

Paz y Bien

Jueves Santo: el señorío del servicio













Misa Vespertina de la Cena del Señor

Para el día de hoy (18/04/19):  
 
Evangelio según San Juan 13, 1-15








El Evangelista Juan es un autor sagrado pero también es un catequista, y evidencia la intención de educarnos progresivamente en la fé. Por ello mismo, el Evangelista ha preparado la narración evangélica de tal modo que cada uno de nosotros se sitúe, tome asiento en ese ambiente en donde se celebra esa cena que Jesús brinda a sus amigos.
Así uno puede situarse como un observador distante, sin formar parte, sin tomar posición, y esa postura en apariencia científica y razonable significa también que lo que acontezca allí no nos afecta, no nos conmueve, no es para nosotros, se trataría sólo de una abstracción a analizar y meditar.
El problema es que frente a Cristo se ha de tomar partida. Es menester permitir que nos lave los pies, estar allí, conmovernos y, tal vez, enervarnos confusos como Pedro: ello también conduce a la enseñanza clarificadora del Maestro.

Se trata de una cena en donde se conjugan penas, alegrías, solemnidad y humildad. La pena por la derrota inminente, por la despedida en ciernes, por la persecución de los dirigentes judíos. De alegría por encontrarse, pues cada encuentro -a pesar de traidores- nos despierta bendiciones y profecías, frutos de la comunidad cristiana.
La ocasión también es solemne, pues será el comienzo de un nuevo éxodo, de la Pascua definitiva, del paso salvador de Dios por la historia humana. Pero también destella en plena humildad, en ese Cristo que se arremanga para lavar los pies de sus amigos. Por eso mismo, no se trata de la sustitución o reemplazo de un rito prefijado por uno nuevo, pues ello debería suceder al comienzo de la cena, en ocasión de las abluciones rituales obligatorias de la Ley de Moisés, o en un final riguroso y sacralizado.
El lavatorio de los pies acontece en medio del ágape -cena de amor y vida-, y es la revelación definitiva de la identidad y misión de Cristo.

En la cultura judía del siglo I, lavar los pies era un gesto de fraterna acogida, de cálida hospitalidad hacia el viajero que arrastra en sus extremidades polvo de muchos caminos, motas de tierras extrañas y mucho cansancio. Quizás por portar esas partículas que ensucian y que son foráneas, en gran medida es tarea que se acota a los esclavos no judíos y a las mujeres que reciben a sus esposos; los pobres lo hacían cada uno por sí mismo, pues era una tarea muy menor, casi indigna e indelegable.
El Cristo que se levanta de su sitio a la mesa y se inclina a lavar los pies de sus amigos como un esclavo, derriba toda concepción celestial y lejana usualmente propalada por los sistemas religiosos. Un Mesías así, un Dios tan humano y cercano es demasiado inconveniente y estremecedor. No derrama desde un cielo inaccesible sus bendiciones como si fueran una limosna eventual, sino que se hace servidor del hombre, desde abajo -desde el fondo de todo- a pura generosidad, para que el hombre ascienda en humanidad, considerando a todos sus mayores.

Nosotros, sinceramente, nos aferramos sin disimulo a los títulos jerárquicos, a las jefaturas, a las potestades de dominio, y en ello se nos vá el Cristo de nuestra salvación y nuestra amistad, Dios servidor generoso y sin reservas, un Dios que nos dice que el Reino es al revés de lo que solemos imaginarnos.

Ese Cristo, a su vez, se pone una toalla a la cintura.Simbólicamente, ceñirse los vestidos con otra prenda a la cintura -al modo de un cinturón- es prepararse para la guerra, para el combate. Pero Él, príncipe de la paz de Dios, se ciñe los vestidos con esa toalla dispuesto a un combate espiritual en el que la única sangre que se derrame será la propia, lucha a muerte en donde prevalecerá la vida.

El manto era, en aquel tiempo, la prenda principal de la vestimenta, y a su vez representaba la identidad personal y la existencia. Así, quitarse el manto es casi quedar desnudo, desamparado, y en este caso se trata del Cristo que se despoja de todo y se prepara para morir.

Pedro algo intuye en ese sentido. Sus viejos esquemas religiosos tironean su mente, su razón, y por ello le resulta intolerable que el Maestro lave sus pies. Pedro ama profundamente a Jesús a pesar de su volubilidad, de sus arrebatos, de sus requiebros, pero sigue aferrado al molde de un jefe supremo, de un Mesías glorioso que revestido de poder aplaste a sus enemigos y por ello supone que hay una inversión de roles: es él quien debería lavar los pies del Señor.
Movido por ese afecto entrañable, piensa que tal vez el Maestro le esté dando una lección de catártica humildad que lo purifique, y por ello exige que también le lave las manos y la cabeza: no le hace mella en su cerrado universo el servicio, pero sí prevalece -en sus viejos esquemas- lo ritual, y será ese ritual de lavado quien le quite todo lo impuro.
No ha comprendido que no es el rito el que purifica, sino la Gracia de Dios.

Junto con Pedro, es menester descubrir el señorío de Cristo. Cristo es Señor porque ama sin límites, en plena identidad con el Padre, Todopoderoso pues Dios es amor. No hay otra jerarquía ni otro poder que el del servicio generoso e incondicional hacia el hermano, el prójimo, la vida que se ofrece en favor de la dignidad, la libertad, la plenitud del hombre.

Por eso es imprescindible permitir que Cristo nos lave los pies. Que nos reencontremos con el Dios que nos ama sin medida, que se ha llegado a nuestros arrabales para que nadie quede atrás, para restituir la identidad única e irreemplazable de los hijos de Dios.

Paz y Bien

Miércoles Santo: treinta monedas, el precio de la traición

















Miércoles Santo

Para el día de hoy (17/04/19): 

Evangelio según San Mateo 26, 14-25








Judas Iscariote se ha convertido a través de la historia en sinónimo de traidor, de traidor maldito y abyecto. Así, todos aquellos que hayan quebrantado confianza y lealtades se transforman en otros tantos Judas de ocasión, y no se debe perder de vista lo obvio: traiciona quien es cercano, quien es parte, traiciona aquél en quien se confía.

A su vez, muchas opiniones fundadas han tratado de establecer los motivos que el Iscariote tuvo para entregar al Maestro a sus enemigos, todas ellas producto de importantes estudios y profusos razonamientos. Sin embargo, si algo tiene la condición humana es que no es unívoca, es decir, que los hechos acontecen por diversos factores que deben tenerse en cuenta en toda reflexión, y lo que en verdad cuenta, lo que es crucial y definitivo es que, sean cuales fueran las motivaciones que llevan a Judas a cometer esa traición, la misma es producto de su responsabilidad, nacida en la libertad respetada sin límites por el Maestro.

De cualquier modo y aunque las palabras fuertes se nos agolpen, no nos corresponde a nosotros enjuiciar a Judas. El Padre es infinitamente misericordioso, y como hijos suyos nuestra vocación es actuar conforme a ello.

En algo concordaban Judas y los otros discípulos, y era en su incapacidad en abandonar los viejos esquemas, anclados pétreos a sus mentes y corazones. La Buena Noticia en numerosas ocasiones les provoca reacciones desencajadas, interpretaciones erróneas y síntomas de miedo frente a la novedad del Reino.
La incapacidad de adaptarse y re-crearse, en un plano psicológico, es patológica. En ámbitos espirituales, mucho peor, pues refiere directamente a la creencia -que no a la fé- en un Dios inmóvil e inaccesible, ajeno al Dios Padre de Jesús de Nazareth que sale a nuestro encuentro.
Desde allí, tal vez, pueda comprenderse porqué Judas acude al Sanedrín, en donde se encontraban los enemigos más peligrosos y poderosos del Maestro. Más allá de cualquier criterio valorativo, el Sanedrín representaba para el pueblo judío la autoridad que no se contradice, la tradición viva de su pueblo, la ortodoxia y la identidad única; es decir, el Sanedrín es como la zona segura de confort, el espacio conocido que no representa riesgos propios.

Judas acude al Sanedrín porque allí no tiene que aventurarse en mares nuevos, es el agua calma que no se agita, y así resigna su vocación de pescador de hombres.
El Sanedrín ofrece a cambio de Cristo treinta sheqqels o monedas de plata, aceptadas para la limosna del Templo. El número no es caprichoso: esos hombres llevan la puntillosa observancia de la Ley al extremo, y la Ley establecía -Ex.21, 32- que cuando por accidente se lesionaba o mataba a un esclavo, se debía pagar en concepto indemnizatorio treinta monedas de plata. La elección esconde también un tácito insulto al Maestro, desmereciéndolo por considerarlo un esclavo, sin saber que se trata del Servidor sufriente, Dios que se hace esclavo de todos para que todos seamos libres.

Pero la memoria de Israel también tiene otro antecedente valioso en donde entran en juego treinta monedas de plata, y es el salario establecido por los dirigentes para el profeta Zacarías, también en modo de afrenta. Y no podemos olvidar a José vendido por sus hermanos a cambio de dinero.

Así entonces, se nos revela el rostro de un Cristo que tiene un pobre salario de profeta, que es vendido por los suyos y que es considerado peyorativamente como un esclavo, material descartable.

Quizás el mayor error de Judas Iscariote no es tanto el acto de la entrega a los enemigos del Señor, como suponer que la amistad pueda tasarse. Nunca se vende lo que se ama, el amor no tiene precio. Es tiempo de la Gracia, de Dios ofrecido gratuita e incondicionalmente sin límites para nuestra Salvación, al igual que la mesa y el pan compartido -la vida misma- que Cristo nos sigue ofreciendo aún sabiendo de nuestros quebrantos, de nuestras traiciones, de nuestros miedos y torpezas.

Él siempre nos espera para realizar nuestra Pascua, el alegre y confiado éxodo hacia la tierra prometida del amor de Dios..

Paz y Bien

Martes Santo: la fidelidad de Cristo, amigo inquebrantable













Martes Santo

Para el día de hoy (16/04/19): 

Evangelio según San Juan 13, 21-33. 36-38








Cuanto menos curiosa es la raíz de las palabras. Tradición y traición provienen de la misma raíz latina, tradere, que significa entregar, transmitir, y así la tradición refiere a lo que se entrega y transmite a las siguientes generaciones, la traición también entrega y transmite lo propio...al enemigo.
Por eso mismo, traiciona el cercano, aquél en el que se confía, el que se cree conocer.

El Maestro sabía lo que se avecinaba de manera inminente, la sombra ominosa de la Pasión, la cruz del horror que transformará en un altar luminoso por el amor ofrecido. Conocedor único de los corazones, sabe lo que se incuba alma adentro de los suyos y, especialmente, de Judas Iscariote. Lo han recibido multitudes, lo rodean sus discípulos, pero en verdad está solo. Esa soledad no es total, su unión indisoluble con el Padre lo sostiene.
Por ello, es tarea casi imposible describir los sentimientos que bullen en su alma por todas esas cosas que están pasando y por las más graves que están por suceder. Amargura tras amargura. Pero a pesar de ello no se extravía en esos mares de angustia y se mantiene firme en su ánimo y fiel, siempre fiel.

Esa cena que nos brinda la lectura del día es una cena de amigos y a la vez un ágape de despedida. Ante el anuncio que Él hace de una segura traición por parte de uno de los discípulos se desata entre ellos un interrogante que los inquieta, y es Simón Pedro -voluble y apasionado como siempre- el que quiere saber el nombre. Llamativamente, no se dirige él mismo al Maestro, y le pide al Discípulo Amado que busque la verdad en el Maestro.
Cierta tradición identifica al Discípulo Amado con el apóstol Juan, hijo de Zebedeo y hermano de Santiago; en un plano simbólico, no es descabellado afirmar que el Discípulo Amado sea la comunidad cristiana -la Iglesia- y que Pedro, roca que sustenta la fé de sus hermanos, deba poner un oído en el Evangelio y un oído en el pueblo de Dios para conocer las cosas del corazón sagrado del Señor.

Es usual definir al Iscariote como un maldito traidor, y hasta su nombre se ha vuelto sinónimo de todos los traidores a través de los tiempos. Pero a pesar de ello y hasta el fin, el Maestro ofrece su amistad, su vida. Siempre se puede regresar a Dios, y allí está el gesto del pan compartido y ofrecido.
Judas come el pan como un alimento más, pero la vida del Señor que se ofrece en ese gesto no ingresa en su endurecido corazón. Judas no comparte con su amigo la vida y la bendición que Él ofrece, y quizás nunca estuvo cordialmente cerca, aún cuando compartía caminos y enseñanzas, aún cuando se le confiara la administración de los escasos recursos, y por todo ello ingresa a una noche absoluta sin luz.

Viene los días más bravos, los momentos más duros. A pesar de tantas tinieblas agobiantes, en medio del horror resplandecerá la Gloria de Dios que es el Cristo que se ofrece como prenda de salvación por todos.

Nosotros tenemos algo de Pedro, algo de Judas y mucho del discípulo amado. Nos embarcamos en ampulosas declamaciones que no se corresponden con los actos, y en los momentos críticos renegamos de lo que creemos y vivimos. Somos traidores también de la confianza puesta en nosotros, pues en el pecado vendemos la vida del Cristo.
Con todo y a pesar de todo, el Maestro nos sigue ofreciendo su pan y su amistad fiel, para rescatarnos de todas las muertes.

Paz y Bien

Lunes Santo: el perenne perfume de la gratitud














Lunes Santo

Para el día de hoy (15/04/19):  

Evangelio según San Juan 12, 1-11










Aunque parezca una obviedad, nosotros tenemos la ventaja de saber qué cosas pasarán después, sabemos los días graves que se avecinan en el ministerio del Maestro, y así podemos situarnos dentro de un marco más amplio, más abarcador que el acontecer en esa noche en Betania.
Precisamente, había al momento de la cena que nos presenta la lectura del día una orden de arresto contra Jesús de Nazareth. La policía religiosa del Templo se avocaba de lleno a la búsqueda ordenada por las autoridades religiosas -el Sanedrín-, una orden que escondía la decisión de eliminarlo, de ejecutarlo, de realizar un juicio falaz pues la decisión respecto a su culpabilidad ya estaba tomada.

Técnicamente, el rabbí galileo es un prófugo. Pero nosotros sabemos que Él será detenido y crucificado en un momento exacto, propicio, no condicionado por la violencia y el encono de sus enemigos sino por la absoluta libertad de su corazón sagrado y a causa de su fidelidad al Padre.
Como siempre sucede, un prófugo es alguien a quien conviene evitar por los riesgos de ser acusado por connivencia, por encubrimiento o hasta por el mismo delito que se le imputa. Ello se maximiza en la casa de Betania, hogar de Lazaro, Marta y María: el prófugo no sólo es un acusado de un delito grave, sino que además tiene un ascendiente importantísimo sobre el pueblo, y su situación tiene también ribetes políticos, porque allí está la sombra del poder imperial romano.

Cristo no ha tenido casa propia. De niño, ha crecido y se ha criado en la casa familiar del carpintero José en Nazareth; ya iniciada su misión, parece que regresa luego de cada viaje misionero a Cafarnaúm, a la vivienda familiar de Pedro y Andrés, en donde -recordemos- sana a la suegra de Pedro. 
Y en la casa de Lázaro, Marta y María el Señor se siente a sus anchas, en la calidez de un hogar que lo recibe como amigo y parte de la familia, imagen cierta de una Iglesia que es recinto familiar y fraterno, de vida y pan compartidos.
El Señor no tiene casa, pues su hogar está allí en la casa en donde sus amigos le reciben con afecto.

Tal es la casa de los hermanos de Betania, a los que parece no importarle demasiado la situación del amigo, y a que Betania se encuentre solamente a tres kilómetros de la Ciudad Santa, del núcleo del poder de sus enemigos. Hay mucho más que un eventual ofrecimiento de refugio frente a la huida. 

Seguramente el rostro de Lázaro mostraba las huellas de la dolencia sufrida que lo llevó a la muerte, de donde fué rescatado por Cristo.
La cena que debía ser un banquete mortuorio, memorial del fallecido, se convierte en un ágape de celebración por la vida recuperada, y en gratitud hacia Aquél por el cual la vida prevalece, Aquél que asegura a sus amigos la victoria sobre la muerte.

María, la que se quedaba con lo más importante, la escucha atenta de la Palabra, se pone a los pies del Maestro y vuelca sobre sus pies un frasco completo de perfume de nardo puro. Su costo dinerario es elevadísimo, pues equivale al salario de un año de un jornalero. Ella luego de ungir los pies del Maestro, los seca con sus cabellos, y se trata de algo más que un gesto de ternura y sumisión al un amigo que es también Señor: es un gesto santo y sacerdotal, que anticipará la sepultura inquieta de Cristo luego de la cruz -un entierro a las apuradas- que manifiesta el agradecimiento por el inmenso regalo de la vida que ha sido rescatada de las garras de la muerte. El valor del perfume no cuenta tanto por su cariz oneroso, sino que expresa el amor sin límites en el gesto de ternura y devoción.

Toda la casa se inunda con ese persistente aroma, y excede a la familia de Lázaro. Es el perfume de la gratitud que se expande cuando la comunidad cristiana celebra la vida que Cristo les ha ofrecido con su sacrificio inmenso, y es un perfume que siempre superará al hedor de la muerte y de la corrupción.

Judas no entiende, y muestra la enorme distancia cordial que lo separa del Maestro, aún cuando ha compartido caminos y enseñanza con Él por tres años. El amor no se compra, el amor no tiene precio, y peor aún, la caridad del Reino no implica dar limosnas a los pobres, aún cuando éstas signifiquen notorios desembolsos. La caridad integra a los pobres dentro de esa comunidad que celebra la vida con acciones concretas, la caridad hace agrandar la mesa, hermanarse al prójimo caído, hacerse último con los últimos, y no mirarlos con simpatía a la distancia.
Precisamente, ése es el significado de que a los pobres siempre los tienen con ustedes: no es una resignación frente a procesos inevitables, no es un análisis dialéctico de que la pobreza -aún cuando se avance en equidad- permanecerá aferrada a los pueblos. Nada de eso. La afirmación del Maestro es eclesial, fraterna, y es el compromiso de tener a los pobres como hermanos de la misma familia creciente que es la Iglesia, y desde allí sí buscar nuevos rumbos de justicia. Aprojimarse desde la razón y el corazón.

Lunes Santo para reflexionar cuál es el perfume que portamos, y si seguimos siendo espectadores pasivos y externos de los dolores y miserias de los olvidados.

Paz y Bien

Cristo, rey humilde que llega a tu vida












Para el día de hoy (14/04/19):  

Procesión de los Ramos 
Evangelio según San Lucas 19, 28-40

Pasión de Nuestro Señor Jesucristo
Evangelio según San Lucas 22, 14 - 23, 56








Él viene. 
Se lo ha esperado mucho tiempo, con las mismas ansias conque se espera la justicia.
Aunque nos acerquemos al tembladeral de la obviedad, lo decisivo es que nosotros, aún cuando lo esperamos, no hemos salido a buscarlo a los cuatro rumbos. Es Él quien viene a nosotros.

Es el Príncipe de la Paz, el Rey libertador prometido a través de los siglos por ese Dios que jamás quebranta su Palabra.
Sin embargo, es un rey muy extraño, que no encaja en nuestros moldes ni en los que portan los expertos religiosos, supuestos conocedores exactos del perfil del Mesías.

Jerusalem es el corazón de la nación y del pueblo. Como una constante que se irá repitiendo a través de toda la historia, quien conquista la capital dominará todo lo demás. Por ello, un rey lógico y razonable ingresará a la ciudad montado en su carro de guerra o en un portentoso caballo de combate, revestido de armadura, portando sable de mando y corona con diadema que lo identifique en su realeza. Lo hará precedido por una victoria militar arrolladora por sobre sus enemigos, y llega a la ciudad en desfile triunfal con sus tropas desfilando desafiantes.

El Rey de Reyes llega montado en un burrito manso, con esa pobreza y humildad que ha elegido para sí desde siempre.
Nada impone, todo lo ofrece, comenzando por su vida. 
Él es la paz, nuestra paz, la paz del mundo, una paz que no se obtiene a través de la fuerza de las armas, del poder que avasalla, del dominio que oprime. Él es indudablemente un Rey pero no está por encima ni alejado de las gentes. Él mismo es pueblo en su corazón inmenso.

Para las almas mezquinas, será objeto de burlas y desprecios, porque es imposible asociar a Él cualquier éxito. Si es parte de la nobleza, sin dudas será de muy baja categoría porque será aniquilado en una derrota flagrante, ejecutado como un criminal abyecto.
Para colmo de males, no imparte órdenes de batalla ni planifica guerreros derramamientos de sangre. No lo tolera. La única sangre posible será la propia, ofrecida como vida inagotable para que nadie más se muera.
Se vuelve algo menos que un esclavo, servidor de todos, pan para nuestro hambre, bebida de Salvación para nuestras almas yertas.

Aún así, los pobres, los pequeños, los olvidados, los que amamos la vida y todos los crucificados de la historia lo reconocemos y lo saludamos.
A su paso tendemos nuestros mantos, a su paso ponemos nuestras existencias para que nos cambie, para que todo cambie.

Hemos de celebrarlo, y no hay posibilidad de callarse.
Frente a los silencios de miedo y silencios impuestos, se viene preparando un coro de rocas que gritarán fuerte que todo puede cambiar, que todo puede ser distinto, que Dios viene a nosotros y es capaz del despojo total, ese amor mayor, con tal que permanezcamos vivos y que florezca el Reino, justicia, fraternidad, liberación, eternidad en el día a día que se nos ha regalado.

Paz y Bien

La vida ofrecida de Cristo, el altísimo rescate de todos los pueblos
















Para el día de hoy (13/04/19) 

Evangelio según San Juan 11, 45-57









Jesús se encontraba en casa de Lázaro, Marta y María, en Betania. Había regresado a su amigo a la vida de una muerte segura, y ello multiplicó su fama y las gentes que creían en Él.
En esa hogar familiar de Betania el Maestro se encontraba a sus anchas, y quiera Dios sea símbolo para la Iglesia y para nuestros corazones, una casa en donde Cristo se sienta a gusto, en donde sin euforias pero con mansa y tenaz felicidad se celebra su paso redentor.

Pero a ello se contraponía un ambiente cada vez más denso y enrarecido. La sombra ominosa de la Pasión parece cernirse sobre todos los cielos que pugnaban por abrirse.

En Jerusalem se encuentra reunido el tribunal supremo de Israel, el Sanedrín. Sus miembros están más que preocupados con la influencia creciente del rabbí galileo, y oscilan entre el miedo y la rabia.
Es menester ubicarse en el contexto de lo que sucedía por aquel entonces: Tierra Santa era una provincia sometida al dominio y la soberanía romanas. Y el celo imperial era rápido para aplastar cualquier movimiento que se supusiera un conato de rebeldía o subversión, combinado a veces con un encendido antisemitismo.
Así esos hombres temían la brutal reacción de los romanos, aunque en verdad quienes dominaban y sojuzgaban corazones y mentes del pueblo judío eran ellos.
La combinación entonces desataba las acciones de hombres enojados y asustados, una combinación siempre peligrosa para los demás. Fariseos, saduceos y herodianos se alían en contra del rabbí de Nazareth, aunque en lo habitual estuvieran enfrentados al punto de detestarse: los riesgos de perder el poder y abandonar privilegios anuda extrañas sociedades.

Lleva la voz cantante Caifás, sumo sacerdote. Temen que las legiones arrasen con su nación y les aniquilen el Templo, y por ello justifican la eliminación de Jesús.
Es terrible: no sólo para ellos vale más el Templo que una vida, sino que se arrogan el derecho de decidir quien debe vivir y quien debe morir, en una lógica del poder persistente hasta nuestros días, en aras de cierto bien mayor difuso, del estado, o de cualquier otra justificación.

Caifás, aún en su interés mezquino y mortal, profetiza por su condición sacerdotal, sin darse cuenta de la profundidad de lo que expresa. Suele suceder: a veces decimos cosas a la ligera que lastiman, a veces decimos -a pesar de nosotros mismos- cosas que son innegablemente de Dios.

Caifás expresa la verdad, y es que un solo hombre morirá por todo el pueblo.

Porque Cristo morirá por el pueblo, precio altísimo del rescate de tantos. Pero también ofrendará su vida en absoluta conciencia y libertad por esos hombres que lo condenan, que lo desprecian, que ansían su muerte.

En esa ofrenda, se torcerá de una vez y para siempre la historia. No hay nada más valioso que la vida, templo santo de Dios. No hay mayor amor que dar la vida por los demás.
Un Cristo pobre y humilde morirá como un reo marginal por el pueblo, por todos los pueblos, por buenos y malos, por vos, por mí, por todos nosotros para que no haya más crucificados.

Paz y Bien

Cristo nunca es resignación ni fatalismo

















Para el día de hoy (12/04/19): 

Evangelio según San Juan 10, 31-42






Piedras de David contra Goliat. Piedras para ejecutar a los reos condenados. Piedras que se desprenden de los cerros. Piedras que representan estabilidad, y que se utilizan para construir hogares, sinagogas y templos. Piedras como armas. Piedras que se enarbolan para ejecutar a Jesús de Nazareth.

La Pasión está ahí cerca, dura, ominosa pero -por la fé- resplandeciente de fidelidad y amor.

Los dirigentes religiosos habían abandonado cualquier corrección política y de lenguaje encendidos de furia, y no quieren demorar más la sentencia que ya se ha incubado en sus corazones. Al rabbí de Nazareth lo quieren ajusticiar en ese preciso momento para que se calle, y porque se sienten ofendidos en su fuero más íntimo: ese hombre se iguala a Dios.

Dejan en segundo plano todo lo demás. No les importan todas las obras de bondad que ha realizado, el bien que ha prodigado. Quieren matar en nombre de Dios.
Curiosamente y aún desde sus obscenos prejuicios, esos hombres intuyen la dimensión mesiánica de Cristo quizás con más amplitud que los propios discípulos. De allí la gravísima acusación de blasfemia, cuya única consecuencia legal directa es la pena capital.

Es que Cristo, Dios hecho hombre, es un Mesías y un Dios demasiado inconveniente. Un Dios tan cercano nos despeina preconceptos, nos demuele las expectativas de poder, nos cuestiona la vida misma pues está con nosotros cada día, acampando entre nosotros, y Su presencia pone en evidencia todas las oscuridades que nos esforzamos en esconder.

Tal vez en estos tiempos la figura de Cristo es simpática, agradable, se puede escuchar con romántica fruición. Los problemas comienzan cuando advertimos que seguir sus pasos exige una radicalidad total, que no hay lugar a medias tintas, que es imperioso el éxodo de la conversión, y ahí alistamos las piedras que estamos dispuestos a arrojar a Dios, piedras de rechazo, de resignación y mediocridad.

Que el amor de Dios en la cruz nos revista de mansedumbre y nos vuelva discípulos y servidores.

Paz y Bien

Nunca moriremos, viviremos por siempre en Cristo
















Para el día de hoy (11/04/19):  

Evangelio según San Juan 8, 51-59






A través de los velos de los siglos, es menester fijar nuestra mirada en el viejo pastor de Ur, Abraham.
Hombre anciano, casado con una mujer de avanzada edad como él mismo, no habían podido tener hijos, y vivían sus días al calor del desierto, en el refugio de sus carpas beduinas.

Dios hace una alianza con este hombre, una alianza que no se registra en tratados formales ni se codifica en documentos verificables a posteriori porque es una alianza cordial que involucra la totalidad de la existencia. En esa alianza, Dios hará fructífera la vida del pastor con la llegada de un hijo añorado, y no será lo único: por la fé -que es la contrapartida de Abraham- éste se convertirá en padre de naciones, abuelo de todos los creyentes de toda la historia.
La razón le indicará al anciano sabio que ya sus viejos huesos no están para esos trotes, ni para concebir hijos ni para encabezar pueblos hacia una tierra que se le promete y que se le hace improbable. Menos aún, que pueda ser el primero entre millones que le sucederán.

Pero la razón no comprende cuestiones que el corazón aprehende, y la fé, que ante todo es confianza, prolonga la mirada hacia horizontes ilimitados.
Por ello mismo Abraham se enciende de júbilo: será, por ese Dios asombroso, padre de un hijo increíble al que llamará Isaac -cuya traducción literal es Dios sonríe- y será padre de naciones estrelleras, y más aún.
A lo lejos, asomándose como un amanecer único y por esa fé de mirada profunda, es capaz de mirar y ver que cuando el tiempo madure, Dios mismo instalará una tienda similar a la suya y habitará entre su pueblo.
Abraham, mil años antes, avizora felizmente al Redentor.

Su camino comienza a hacerse firme, y esa pequeña tribu se ha de convertir en nación y promesa, a pesar de que deba sufrir esclavitudes, exilios, quebrantos e infidelidades. El Dios de sus promesas siempre cumple sobradamente con lo que se ha comprometido.

Sin embargo, muchos de los hijos del viejo pastor se confundieron, y creyeron que sólo por pertenencia sanguínea o identidad nacional tendrían todo resuelto, definitivamente allanado. Ése fué su mayor error, el de la lineal literalidad, que los vuelve fanáticos y falaces.
Han olvidado y renegado de la dinastía primordial que es la de la fé: son hijos de Abraham por creer como él creía, por confiar en el Dios de la promesa perenne.

Por eso mismo rechazan con asco y violencia al Cristo manso que les habla y trata de despertarlos. Ellos están muy cómodamente instalados en sus esquemas, y no toleran que ese campesino galileo venga a trastocarle el andamiaje. Mucho menos, que se erija con la autoridad y la esencia misma de Dios, y con ese argumento buscan su condena y ejecución, sin advertir que así son ellos los que se hunden y condenan.

Cristo es esa alegría inconmensurable, y ese júbilo que no se derrumba pues nace del corazón, en donde se afinca por maravillosa bondad la fé en Dios, que es don y misterio.

Porque a pesar de tantas miserias, rechazos y desprecios, de tantas amenazas y argumentos tétricos, la muerte no ha de prevalecer.
Nosotros no moriremos.

Paz y Bien

Liberación cristiana, el paso de la servidumbre al servicio

















Para el día de hoy (10/04/19): 

Evangelio según San Juan 8, 31-42










La Pasión está muy, muy cerca, y los mecanismos propios del odio parecen estar a plena marcha.

Ayer contemplábamos como sus enemigos lo vindicaban como un potencial suicida, tan intoxicados de literalidad y de prejuicios que estaban: hoy lo injurian, quizás indirectamente, diciendo que es hijo de una prostituta.

Meterse con la Madre es una frontera que jamás debería trasponerse, pero ellos lo hacen, orgullosos y soberbios que exhiben pertenencia y credenciales como distintivo y condición necesaria y suficiente para ser hombres plenamente libres, nunca esclavos, descendientes de Abraham.
Es clara su visión sesgada. Olvidaron los ladrillos del Faraón, el exilio babilónico, las invasiones asirias. En ese tiempo, el orgullo nacional se encontraba hollado por la bota imperial romana, y ese pueblo único entre todos los pueblos era, a todos los efectos, un grupo menor provincial entre las vastas posesiones del César.

Aún así, su mezquina perspectiva les impedirá ir más allá, les obtura cualquier éxodo cordial, la conversión.
La pertenencia no basta, no es suficiente ni es condición absoluta de plenitud y libertad, pues en el tiempo de la Gracia se nos revela que el pecado es el origen de todas las esclavitudes, las de ese tiempo y las de éste. Al fin y al cabo, todo encuentra su raíz en el corazón humano.

Somos libres si permanecemos en la verdad, si nos afianzamos en el amor de Dios, si guardamos la Palabra de Cristo y la hacemos tiempo, vida cotidiana.

La verdadera liberación es el paso de la servidumbre al servicio, señal de la vieja vida esclava del pecado en paso franco a la humilde y gloriosa libertad de los hijos de Dios, ricos por darse, felices por amar.

Paz y Bien

Con la cruz en alto, por sobre todo















Para el día de hoy (09/04/19) 

Evangelio según San Juan 8, 21-30









Los enemigos del Maestro no escatimaban insultos ni descalificativos hacia su persona. Que era un borracho o un glotón. Impresentable amigo de prostitutas y publicanos. Un carpintero con torpes ínfulas de doctor. Un endemoniado, un blasfemo, un loco peligroso. Todos esos epítetos, de verificarse legalmente, le acarreaban durísimas penas, incluso la muerte que se expone como el objetivo mayor. No obstante y como siempre lo han hecho los miserables, la descalificación tiende a aislar a la víctima, royendo su honor, su carácter, su entereza y haciendo que lo que diga y haga torne, cuanto menos, ridículo.

Hoy, nos encontramos con una nueva imputación que le endilgan: lo sindican como un suicida en ciernes.

Esos hombres estaban enfermos de literalidad, pues tomaban al pié de la letra su afirmación de que donde Él iría, ellos no podrían ir.

El Maestro lejos estaba de ser un suicida. Él entregaba su vida voluntaria y libremente como señal absoluta del amor de Dios al mundo. Esa señal sólo puede comprenderse -mucho más allá de los acotados parámetros de la razón- desde la fé, una fé que enciende la mirada sobre la persona de Jesús de Nazareth.
Porque la fé cristiana es creer en Alguien antes que en algo, en una doctrina o en la aceptación de normas y preceptos.

Esos hombres podrían vivir -biológicamente- muchos años, pero estaban muertos de antemano. Morir es aferrarse a la oscuridad, renegar de la luz, hundirse con fervor en las tinieblas a pesar de la mano cordial que Dios nos tiende a cada paso.

Para esos hombres, la cruz implicaría una derrota sin ambages y una maldición, la contundencia de las sombras y el horror.

Para nosotros, humildemente y desde nuestras miserias, la cruz que se levanta con el Cristo de todos los dolores asumidos es la luz que nos dice que Dios nos quiere, que Dios nos ama, que vida que se ofrece es vida que se multiplica como el pan bendito.

Paz y Bien

Cristo luz del mundo que disipa toda tiniebla











Para el día de hoy (08/04/19):  

Evangelio según San Juan 8, 12-20









El ambiente y la situación a menudo son importantes para sumergirnos en las profundidades de la enseñanza que nos brinda la lectura del día. 
El ambiente es complejo, cada vez más oscuro, con arrebatos violentos y las prisas por acallar la voz del joven rabbi galileo por parte de las autoridades judías. Por otra parte, nos encontramos -tal como las lecturas de los días precedentes lo señalan- en la celebración de Sukkot o Fiesta de las Tiendas/Tabernáculos, solemne memorial del peregrinar del pueblo de Israel por el desierto hacia la tierra prometida, con un Dios que se hacía presente en la columna de nube durante el día y en un pilar de fuego por las noches. 
Así entonces, al finalizar la primer jornada de Sukkot, se colocaban enormes candelabros sobre los muros del Atrio de las mujeres del Templo; había allí gigantescos hachones cuyo combustible era aceite, y cuyas mechas se elaboraban de las vestiduras usadas durante el año precedente por los sacerdotes del Templo. Esas grandes lámparas se encendían a medianoche, y era tal su luminosidad que los rabinos consideraban que su luminosidad alumbraba cada rincón de la Ciudad Santa, e inclusive podía verse desde varios kilómetros de distancia.

Precisamente allí, bajo esas lámparas y en ese momento solemne, es que el Maestro se declara como luz del mundo. 
La contraposición en ese entorno cerrado y sacro a la vez provoca temor y temblor, un hombre solo frente a todos los odios.
No se trata de una provocación vana, ni tampoco es una cuestión dialéctica menor. Implica todo un éxodo definitivo, una conversión sin medias tintas, metanoia personal.
La luz verdadera que ilumina todo destino no se hallará en las construcciones -por sacras que estas fueran- ni en los monumentos imponentes, en la pompa arrolladora del un culto ornado de boato, sino en la persona de Jesús de Nazareth, Cristo de nuestra Salvación.
Esta afirmación tiene también otra connotación terrible para los criterios religiosos unicistas o elitistas: al manifestarse como Luz del Mundo, Cristo disipa las tinieblas de toda la humanidad, de todo el cosmos, de todo el universo. No es patrimonio exclusivo de los creyentes, de una Iglesia, de ciertos pueblos, sino incalculable don y herencia de toda la humanidad, respuesta veraz a los anhelos humanos más profundos.

La luz no admite quietudes temerosas o cómodas. La luz implica éxodo, movimiento, ir hacia Dios aquí y ahora, pues el amor motoriza, nos hace salir de nosotros mismos al encuentro del otro y del Totalmente Otro que nos ha buscado primero.

Cristo es luz y porta la luz divina del Padre, el amor absoluto e incondicional que Dios nos tiene, una luz que no depende tanto de nuestros esfuerzos o méritos, sino de dejarnos iluminar y plenificar por Cristo, luz verdadera de los corazones, luz del mundo.

Paz y Bien

Escrito en el suelo y en los corazones














Quinto Domingo de Cuaresma 

Para el día de hoy (07/04/19):  

Evangelio según San Juan 8, 1-11










Una necesaria mención previa: estudios bíblicos y exegéticos señalan que la lectura que hoy nos convoca, no pertenecía originalmente al Evangelio según San Juan. Su estilo literario refleja más la estética lucana antes que la joánica, y más aún, la lectura de los párrafos precedentes y posteriores de dicho Evangelio pueden leerse en forma conjunta y con una línea de continuidad en la que esta lectura podría saltearse sin problemas. Misterio de las primeras comunidades cristianas, lo que a nosotros nos vale es que sea canónico, es decir palabra inspirada por el Espíritu que nos comunica la enseñanza de Cristo, lo que verdaderamente cuenta y queda.

La escena es terrible. Una mujer, sorprendida en adulterio, llevada a los empujones y puesta en medio de todos -delante del Maestro también- para una mayor humillación, haya hecho lo que haya hecho. Está a un paso de ser lapidada, y no es difícil imaginar a los condenados que transitan desde la celda al patíbulo con eficaces verdugos abriéndole paso, un muerto que camina. Ella está prácticamente muerta, aún cuando no hayan volado las piedras.

La discusión que le plantean parece tener un marcado viso judicial, como si fuera una discusión tribunalicia dialéctica acerca de ciertos postulados legales; en realidad, se trata de falacias, es decir, de razonamientos que inducen a error bajo una pátina de razonabilidad. En términos más sencillos, se trata de una trampa cuidadosamente elaborada para que el Maestro tropiece y así, a la vista del pueblo al que está enseñando, sea defenestrado y acusado de delitos gravísimos.

En apariencia, el argumento de esos hombres es puntillosamente legal: la Torah preve para un hombre y una mujer sorprendidos en adulterio la pena de muerte por lapidación. Ello tendrá sus variantes de acuerdo al estado de la mujer -soltera, casada, prometida-, y en este caso se ejecutará con presteza a la mujer. Nada se dice del otro partícipe necesario, el varón, y más allá de cualquier vana y banal discusión de género, hay cierta misoginia allí con un fuerte talante despectivo. A los condenados se los debe llevar a las puertas de la ciudad, es decir, fuera del égido comunitario, y quizás nos anticipa la propia muerte del Señor como un delincuente en el Gólgota, fuera de la ciudad.
Pero no debemos olvidar lo que el texto nos advierte de antemano, que la intención era ponerlo a prueba y de ese modo obtener pruebas que lo incriminen.

Llama muchísimo la atención también la actitud del Señor frente a la furibunda diatriba de los acusadores. Parece no afectarle demasiado la cuestión, y a pesar de las pretendidas prisas de esos hombres, Él escribe en el suelo. La calma de los justos saca de quicio a los violentos, y a pesar de la gravedad del momento, a nosotros tal vez la escena nos arranque una sonrisa. La paz inalterable del Maestro que descoloca las furias de esos hombres religiosamente enojados.
Respecto de lo que el Señor escribía en el suelo, numerosos y grandes autores han reflexionado a lo largo del tiempo acerca de ello. Aquí, con las limitaciones más que evidentes, humildemente se sugiere que la acción es plena de símbolos: el pecado se escribe en la tierra, miserias que dispersa el viento sin vuelo ni lejanía. Lo que cuenta es que nuestros nombres esté inscritos en el cielo, en el infinito corazón amoroso de Dios.
Pero hay más, siempre hay más. Las piedras férreamente aferradas en las manos de esos hombres no son tan duras como lo son sus corazones, y por eso -como enseña San Agustín- el Maestro enseñe con más facilidad a la tierra sobre la que escribe que a esas almas cerradas, petrificadas.
La falacia se hace evidente: si Jesús de Nazareth concede que corresponde ejecutar a esa mujer, frente al pueblo su imagen de Maestro bondadoso que come con pecadores se desvanece con rapidez, y su enseñanza de un Dios que es Padre misericordioso es sólo una mentira. Por otro lado, si se opone -según el planteo de escribas y fariseos- es un infractor de la Ley, un blasfemo que hace méritos para ser condenado.
También no se puede dejar de lado la cuestión romana. El pretor -la autoridad imperial- es amo de territorio, cosas y personas; ninguna ejecución puede llevarse a cabo por otra mano que no sea romana, y quizás los escribas especulen con ello.

La Ley estipulaba que una mujer condenada debía ser sorprendida en flagrante adulterio por más de un testigo, y que serían los testigos de esa flagrancia los primeros en arrojar las piedras que acabarían con su vida -Dt 17, 2-6-. Por eso mismo su respuesta.

Él no cuestiona la Ley. Lo que está en entredicho es la autoridad moral de esos hombres, tan pecadores como esa mujer -como todos nosotros-, tan necesitados de la misericordia de Dios. Porque si nuestro Dios actuara según nuestros criterios retributivos de justicia, nadie se salvaría del fuego.
La presunción de los condenadores es ilegítima y falaz, y el Dios de Jesús de Nazareth no es un juez severo ni un rápido verdugo eficaz, sino un Padre bondadoso que abraza a todos los hijos perdidos, un Dios que nunca descansa por el bien de todos. De los fariseos y escribas, de esa mujer, de todos y cada uno de nosotros.

Las piedras que se abandonan no son signo único de una derrota dialéctica, sino señal de una realidad que hasta el momento no se reconocía, y es que esos hombres deben convertirse también si no quieren perecer en sus miserias.
La vida rescatada de la mujer casi muerta es ocasión de celebración, por el horror que se ha eludido pero por el nuevo comienzo ofrecido desde la bondad infinita de un Dios que sale en nuestra búsqueda, que quiere que tengamos una vida plena y feliz, que dejemos atrás los quebrantos, que no volvamos a la esclavitud.
Nos espera a pura bondad la tierra prometida de la Gracia.

Paz y Bien

El amor de Dios transforma la historia



















Para el día de hoy (06/04/19): 

Evangelio según San Juan 7, 40-53






No es la primera ocasión en que la persona de Jesús de Nazareth suscita opiniones diversas y a menudo encontradas, en varios pasajes de los Evangelios podemos encontrarnos con tales situaciones, incluyendo los conflictos que ocurría dentro del propio grupo de discípulos. El Maestro no pasaba desapercibido, su presencia interpela, y de alguna manera obliga a tomar posición pues esa misma postura que se tome puede provocar un giro fundamental en la existencia.

La diferencia, en esta oportunidad, está dada por el momento y el lugar en el que acontece, dentro de Jerusalem con los odios exacerbados hacia el Maestro, al punto de emitir órdenes para su arresto. Pero aún así, en ese ambiente tan agobiante y enrarecido, su presencia y su Palabra interpela y cuestiona.

En el pueblo, las opiniones son diversas. Unos lo reivindican como profeta, otros como el Mesías esperado, otros enfrentan esas positividades precedentes aseverando que por su origen tan humilde y periférico no puede ser el Mesías. Adoptan la exégesis oficial sin reflexión ni juicio crítico.
Los guardias del Sanedrín y el Templo -son en la práctica una policía religiosa- van con ánimos de apresarlo, pero su figura los impresiona, los deja estupefactos: ese rabbí galileo no tiene nada de delincuente ni de demoníaco blasfemo, rótulo que le imponen las autoridades que los mandan.

En el Sanedrín, dominado por el pensamiento fariseo a pesar de su composición -fariseos, saduceos, nobleza laica-, surge la indignación pues consideran que los guardias han sido víctimas de un engaño, de una impostura. La única interpretación válida es la de ellos, y por eso mismo el pueblo carece de derecho de pensar, de reflexionar, de opinar distinto, aún con el riesgo del error. Han edificado una gravosa religiosidad elitista para unos pocos en detrimento de todo el pueblo, han deificado la Ley dejando afuera al Dios que le confiere sentido, origen y trascendencia.
Eso sí, hay en ellos una profusa erudición legal, pero brilla por su ausencia la sabiduría. Son expertos en la Ley pero nada saben de Dios, y desde allí desprecian al pueblo y denuestan a las voces nuevas y proféticas.
Su cerrazón es tan compacta que insultan a uno de los suyos, Nicodemo, que valientemente y dentro de esos criterios legalistas, se opone a cualquier pre-juicio, y aduce que el Cristo que él en secreto ha conocido merece ser escuchado antes que condenado. El insulto parte de compartir un mismo origen galileo.

No comprenden ni comprenderán que Jesús de Nazareth, Cristo de Dios, expresa el amor de Dios encarnándose en la historia en un tiempo determinado, en un lugar específico en donde, se supone, nunca pasa nada.
Desde la periferia destinataria de todos los desprecios, desde lo mínimo, desde todas las Galileas el amor de Dios viene transformando la historia plenificándola de Salvación.

Quiera Dios que siempre la presencia del Señor nos interpele, nos inquiete y nos desestabilice de todas las comodidades, para arribar a la verdadera paz, la escucha atenta de la Palabra, la oración, el Sagrado Corazón de Cristo.

Paz y Bien

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