Libres por ser hijos




Para el día de hoy (08/11/14) 

Evangelio según San Lucas 16, 9-15



La actitud de Jesús de Nazareth frente al dinero no es fácil de describir y, mucho menos, de explicar. Varias de sus acciones y gestos surgen en franca contradicción con nuestros criterios: así como no perdía oportunidad de expresarse contundente en contra del dinero y las riquezas, también no tenía ningún prurito en sentarse a la mesa de los ricos como Zaqueo que le agasajaban y le escuchaban con atención en lujosos banquetes.

Aún así, Él enseñaba desde las honduras de su alma que cuanto mayores son los afanes y angustias a causa del dinero, menos espacios quedan en el corazón para Dios. Es decir, que el dinero deviene en absoluto, y al Absoluto se lo procede a relegar hasta renegar de Él o directamente ignorarlo, zanjando cualquier atisbo de trascendencia y, por tanto, de Salvación.

Seguramente mucho lo aprendió al lado de esos dos árboles frondosos que edificaron sus días, José y María de Nazareth, en la noble pobreza de su humilde hogar galileo. Y también, con el impulso del Espíritu, andando por los caminos de su patria.
Él sabía bien que la vida y la libertad, la paz y la justicia, la salud y la fraternidad no tienen precio, no pueden adquirirse ni con todo el oro del mundo. Y más aún, cuando por sistemas cada vez más inhumanos esto sucede, es signo exacto de que proliferan en nuestro mundo las víctimas y los esclavos y los sacrificios humanos, pues en el ara del cruel dios mercado se sacrifica al prójimo.

Pero por sobre todo, porque el dinero es el opuesto total al tiempo nuevo de la Gracia, de la Encarnación, de Dios con nosotros, Dios por nosotros, Dios en nosotros.

No se puede servir a dos señores, a un dios inmanente y al Dios de la vida. Los corazones divididos carecen de destino y perecen en la nada.
Sólo desde el amor de Dios podemos vivir la gloriosa libertad de ser hijas e hijos.

Paz y Bien

Seis tinajas llenas de alegría y esperanza



María, Madre y medianera de la Gracia

Para el día de hoy (07/11/14) 

Evangelio según San Juan 2, 1-11



La imagen es entrañable. Se trata de un pequeño poblado en los montes de Galilea de la periferia judía, una aldea similar a tantas de las que conocemos en nuestros países, en donde todos se conocen entre sí, y se comparten alegrías y desgracias. La rutina del esfuerzo por el sustento y la supervivencia suele ser tan contundente como demoledora, y es quizás por ello que la celebración de unas bodas -de varios días de duración- sean muy importantes, probablemente el gran acontecimiento del año.
En una boda, en un lugar así, un día no alcanza: es menester durante una semana que se celebre la vida, el amor, los hijos que vendrán, el hecho primordial de encontrarnos con vida y, por ello mismo, juntarnos para que esto no se pase por alto.

Nada es casual ni coyuntural en los Evangelios; por ello mismo San Juan destaca que allí, en Caná de Galilea, Jesús de Nazareth realiza el primer signo de su ministerio de Salvación. Es menester que nos detengamos atentamente aquí, pues nos encontramos en un sitio pequeño, alejado de los esplendores de las grandes ciudades, y el Evangelista nos habla de un signo, es decir, una señal inequívoca que nos dirige con toda certeza la mirada, y nó tanto de milagros, en la intención de no aferrarnos a lo espectacular o prodigioso mas sí de atesorar en los corazones el riquísimo misterio que nos ofrece.
Se trata de un primer signo, la primera señal, y no es primera tanto en el sentido temporal -time line religiosa- sino de una cronología teológica o espiritual que posee el carácter primordial de lo definitivo y definitorio.

Es significativo también que antes que el Maestro y los suyos lleguen, ya se encuentre María, la Madre del Señor. Tal vez tuviera cierto parentezco lejano con alguno de los contrayentes, porque es evidente que se mueve con soltura en el ambiente festivo de Caná, mucho más que una simple invitada.
No abundaremos en explicaciones -probablemente vanas- pero señalaremos los afectos sin estridencias de nuestra gente más sencilla, que encuentra en María de Nazareth a alguien tan cercano que siempre está en sus casas, madre, hermana y amiga, porque intuyen y saben que donde está la Madre está el Hijo, porque al Hijo se llega por la Madre...y porque el Hijo jamás le negará nada a la Madre.

En estas celebraciones aldeanas el vino es fundamental, para regar con su calor los días que duren los festejos. En esta boda, el vino se agota, y por eso mismo, si no hay vino no hay celebración, la fiesta se apaga y se apaga la vida, se adormece en las veleidades de la rutina y el sinsentido.
De Dios son todas las primacías, y en donde está María de Nazareth hay una señal perpetua, un candil encendido para que no nos olvidemos de ese Dios que sale al encuentro y que se deja encontrar, Dios que ofrece y se entrega a sí mismo. Ella está siempre atenta a las necesidades de todos, porque creyentes o incrédulos, fieles o infieles, buenos o malos, todos sin excepción somos hijas e hijos de su Dios por un asombroso misterio insondable de afecto y cercana ternura.
Y Ella se dá cuenta de que la vida no puede seguir así, que la vida ha de ser celebrada, que ese vino nuevo del Hijo ha de estar al alcance de todos los que se animen a brindar, el vino del Reino, el vino de la Gracia.

Seis tinajas había allí, signo antiguo de una fé envejecida que se aferra a los gestos vacíos sin Dios. Lo que cuenta es lo dado, lo que purifica los corazones es la Gracia de Dios.

Cada tinaja tiene cien litros de capacidad.

Cien litros del vino nuevo del Reino parece una enormidad para una pequeña aldea de parte de ese Cristo que tiene la misma mirada de la Madre, que transforma en vino santo todas las aguas muertas.

Lo que en verdad sucede es que hay mucho, muchísimo vino para todos los que llegarán, vino para que todos también brindemos porque la Salvación está aquí y ahora entre nosotros.

Paz y Bien

Dios de todas las alegrías



Para el día de hoy (06/11/14) 

Evangelio según San Lucas 15, 1-10 


El Evangelio para el día de hoy nos presenta una constante en todo el ministerio de Jesús de Nazareth, y es que publicanos y pecadores se acercaban a Él con confianza y esperanza para escucharle. Muchos de ellos compartían su mesa, y eran tratados de modo fraternal, sin aplicar excepciones ni rótulos.

Es menester tener en cuenta quienes son estas gentes que siguen al Maestro y que tanto inquietan a escribas y fariseos.
Por un lado, los publicanos eran quienes recaudaban los tributos impuestos por el ocupante imperial romano; además de ser vistos como infames traidores -casi todos ellos eran judíos-, se les consideraba contaminados por el contacto tanto con la moneda y con los mismos extranjeros. Además, aprovechaban su condición -el cobro de los tributos se apoyaba en la potencia de las legiones, pues la evasión se catalogaba como sedición- y de este modo a los duros gravámenes añadían sumas extorsivas que acumulaban en provecho propio. A causa de todo esto eran fervorosamente odiados por sus paisanos y encasillados en una categoría moral abyecta por las autoridades religiosas, por lo cual su vida se reducía, fuera de sus tareas, al contacto con sus pares, sin posibilidad de participar en la vida comunitaria y religiosa.

Por otro lado, los pecadores: superficialmente, muy pocos, o tal vez nadie, quedaría exento de ese rótulo. Pero en la cultura de la Palestina del siglo I, el término refería a los pecadores públicos, es decir, a aquellos cuya conducta es anatema o al menos reprochable pues es de público conocimiento. Como ejemplo típico, ubicaríamos en este esquema a las prostitutas y a las mujeres sorprendidas en adulterio, y no es para nada casual que en ambos casos hablemos de mujeres, toda vez que no poseían derechos legales ni religiosos, y su existencia estaba sometida a los deseos del varón y a la gestación y crianza de los hijos.

En los dos casos, publicanos y pecadores, estaban condenados al ostracismo y el repudio constantes, además de verse imposibilitados de cualquier participación religiosa. De un modo más simple, eran malas compañías para cualquier persona de bien, gentes que ni por asomo se invitaría a cenar.
Por eso mismo las murmuraciones indignadas de escribas y fariseos; es poco veraz colocar a estos hombres como si fueran villanos de algún filme. En realidad, eran profundamente religiosos y muy celosos de la fé de Israel de la que se consideraban custodios a través del estricto cumplimiento de la Ley mosaica y de los preceptos instaurados: el problema es que en esos afanes se habían vuelto ciegos de ver la viga en el propio ojo, y relegaron a un plano muy posterior al Dios que inspiraba esa ley y esas normas. Así entonces el Maestro se les aparecía como un peligroso agitador, un heterodoxo desequilibrante y un blasfemo.

Pero a Cristo no lo detenían los peligros tácitos que la postura de esos hombres generaba. En el tiempo nuevo de la Buena Noticia, Jesús de Nazareth enseña a todos el rostro cordial de un Dios Padre y Madre que se desvive por todas sus hijas e hijos, un Dios que sale al encuentro de la humanidad, un Dios infinito y eterno que se deja encontrar en Cristo y cuyo rostro se revela en los pequeños, un Dios afabilísimo del cual brotan todas las alegrías, comenzando por el gozo inconmensurable del perdón, de recuperar para la vida a aquellos que han muerto en sus almas a causa del pecado, Dios de justicia y de celebración de la existencia que es don y es misterio de gracia y bondad.

Paz y Bien
 


Abrazando la cruz, sin mirar atrás



Para el día de hoy (05/11/14) 

Evangelio según San Lucas 14, 25-33




En la liturgia de los días previos, la Palabra nos hablaba de mesa, ágape, invitación. Los oyentes atentos del Maestro de aquel tiempo, de éste y de todas las épocas corren el riesgo de aferrarse a esa imagen única, matizándola de cierto tipo de ingenuidad para hacerlo más llevadero y tolerable, cristianos de fé light
Quizás por ello mismo el Evangelista sitúe a continuación esta enseñanza de Jesús de Nazareth, que no tiene tanto que ver con una secuencia temporal pero sí con una cronología espiritual que es, precisamente, el discipulado.

En cada encuentro con la Palabra de Dios hemos de despojarnos de todo lo fútil, de los preconceptos, de esa tentación de que el Evamgelio se adecue a nuestras pequeñas ambiciones, y muy especialmente, relegar al olvido la persistente tendencia a una lectura literal. La literalidad poco tiene que ver con la Buena Noticia y es causa de todos los fundamentalismos.
Así entonces, una mirada literal del Evangelio para el día de hoy nos puede hacer daño, volviéndonos resentidos, amargados y crueles, es decir, muy poco cristianos, tal es la virulencia de los términos utilizados por el Maestro, su énfasis y su entonación afilada y, quizás, hiriente.

Sin embargo, ahondando un poco en nuestra reflexión y con el auxilio de ese Espíritu que pone luz en nuestras mentes y fuego en nuestros corazones, podamos adentrarnos mar adentro de la Palabra, que siempre es bendición.
Literariamente, se trata de una hipérbole, es decir, una figura deliberadamente exagerada con el fin de que el interlocutor -o, en nuestro caso, el lector- adquiera una imagen o una idea que difícilmente pueda olvidar. No se clara, claro está, de instalar una insana obsesión sino de enseñar.
Porque sobreponiéndonos al impacto inicial, lo que prevalece es el amor a Dios y al prójimo, clave de todo destino.

La clave es poner toda la existencia en camino hacia un horizonte luminoso, porque antes, durante y después está siempre Dios, el Absoluto que dá sentido y resignifica familia, vida, bienes, planes, la totalidad de la existencia.
La clave es que Jesús de Nazareth es quien encabeza la marcha, asumiendo todas las primacías; todos los dolores y todos los costos antes han sido pagados por Él con su propia vida. Y nosotros, asombrosamente depositarios de una confianza que no merecemos, seguimos sus pasos.

Como si no fuera suficiente, a esta hipérbole el Maestro implica la necesidad de cargar la cruz para seguirle. En el siglo I, la cruz era el método por el cual el imperio romano ajusticiaba a los criminales más abyectos, los marginales, los malditos. Así entonces, cargar la cruz significa hacerse marginal, abyecto, correr con la gravosa carga de ser maldecido, a asumir la muerte a manos de los violentos y a causa de ser fieles.
Pero siempre, siempre, quien decide es la esencia misma de Dios, el amor. Por eso la necesidad de abrazar la cruz, pues a pesar de todas las horrorosas miserias de su superficie, esconde en su madera de árbol frutal una Gracia inconmensurable, la de ser otro Cristo que peregrina bendiciendo a todas las gentes, prodigando santidad a cada paso.

Paz y Bien

A los caminos




Para el día de hoy (04/11/14) 

Evangelio según San Lucas 14, 1a.- 15-24



Dos distingos caracterizan al servidor de la parábola que la liturgia nos ofrece hoy: cumple con su deber, es obediente, y además sale en búsqueda de los invitados.

Es obediente en el sentido primordial del término -ob audire-, es decir, escucha atentamente y a partir de allí actúa. Sabe que mesa y banquete no son suyos, no le pertenecen, pero por circunstancias asombrosas se ha depositado sobre él de dar aviso de la celebración, de llevar -en mano, personalmente- las invitaciones, y de asegurarse que no haya sitios vacíos en esa mesa grande.
Pero además hay otra cuestión evidente, tan obvia que quizás se pase por alto con ligereza, y es que el servidor, en todos los casos, se pone en movimiento, vá en la búsqueda de los diversos invitados, se larga a los caminos a cumplir con un deber que ha descubierto y asumido como propio.

Desde esta perspectiva podemos contemplar humildemente la vocación a la vida cristiana, a la misión. Porque todos somos llamados a ser servidores, misioneros.
Lo verdaderamente importante es salir, no quedarse, no encerrarse tras muros de comodidad a la espera de que unos pocos se acerquen a la mesa. Y lo decisivo es la confianza que se nos ha depositado en nuestras manos y en nuestros corazones, porque de nuestros pequeños esfuerzos dependerá, en parte, las gentes que acudan al ágape de la vida.

Más aún: tienen asientos preferenciales aquellos que habitualmente languidecen de hambre y soledad, aquellos que nadie convida, aquellos que apenas sobreviven en todas las encrucijadas de la existencia.
Es símbolo perfecto del amor, sin reservarse nada para sí mismo, y salir al encuentro de los demás, como el Dios de Jesús y María de Nazareth, Padre y Madre de toda la creación.

Paz y Bien 

La mesa que nos define




San Martín de Porres, memorial

Para el día de hoy (03/11/14) 

Evangelio según San Lucas 14, 1. 12-14



Como sucede en todas las naciones y culturas, el modo de comer y con quienes se come es un rasgo que identifica, claramente definido, estratificado, acotado a usos y costumbres pues en la mesa hay mucho más que el mero acto de ingerir alimentos.
Las convenciones sociales a veces son extremas, rígidas; otras tantas veces, una cena es un acontecimiento político, un hecho de negocios, una reunión religiosa, un encuentro furtivo, un homenaje que esconde la devolución del convite por favores o prebendas. Y en la mayoría de los casos -sea cual fuere la ocasión- se invita a pares, a iguales, o al menos a similares a uno mismo.

En el caso de los fariseos, la arista afilada de su mesa radicaba en que sólo invitarían a su mesa a otros hombres tan religiosos y estrictamente observantes como ellos, so pena de contaminar un hecho sagrado -que lo es-. En contadas ocasiones, invitaban a alguna personalidad relevante de su cultura y de su religión, con el fin de revestir su mesa y su casa de prestigio, siempre salvaguardando las prescripciones de pureza que los regían. 
A pesar de la enemistad manifiesta que solían esgrimir en su contra, a pesar de que siempre estaban buscando motivos de censura y condena, en varias ocasiones los fariseos invitaron a Jesús de Nazareth a comer: si bien no podían evitar una mirada ansiosa de reprobación, primaba que el Maestro era popularmente conocido como un rabbí itinerante, y por eso mismo se le consideraba como par, como uno de ellos -quizás díscolo, quizás provocador, tal vez desviado en algunas cuestiones-.

Pero la mesa de Jesús es bien distinta, y magníficamente escandalosa. Su mesa tiene asientos preferenciales para aquellos que nadie invita, mesa para los pobres, para los enfermos, para los que portan todo tipo de estigmas, para los que perdieron todo horizonte y esperanza. Y contrario a sensu, nada pide a cambio, y no espera pago o retribución. Porque con la misma mirada de su Dios, no hay puros o impuros, amigos o enemigos, propios o ajenos, sólo hijas e hijos, es decir, mesa de hermanos, mesa de la gratuidad fraterna, mesa de la Gracia.

La mesa que nos define es signo de la medida de nuestra conversión y también de su carencia.
El día que comencemos a convidar en esta familia que llamamos Iglesia a sentarse a compartir el pan a aquellos que nadie en su sano juicio invitaría -y todos suelen aceptar como usual que así suceda-, volveremos a compartir el pan infinito de la Buena Noticia, y seremos plenamente fieles a Aquél que sigue desviviéndose por todos, sin excepción.

Paz y Bien

 

Nadie se vá del todo



Conmemoración de todos los Fieles Difuntos

Para el día de hoy (02/11/14) 

Evangelio según San Lucas 24, 1-8




Mucho se ha escrito y mucho puede decirse, quizás por esa certeza -no tan frecuentemente expresada- de que todos vamos a morir. Esa conciencia de la propia finitud ha provocado, a través de los tiempos, diversos aconteceres que refieren precisamente a la la necesidad de superar esa frontera, de perpetuarse, y han sido estudiados sin cesar; entre todos ellos, también las religiones tienen sus capítulos en tanto que ámbitos en donde los procesos inconscientes y la angustia encuentran asidero y cierto grado de tranquilidad.
Es claro que este último punto posee cierto grado de veracidad, siempre y cuando nos coloquemos solamente en la perspectiva de quien busca, aún cuando el objeto de esta búsqueda sea un sucedáneo de lo inevitable.

Pero desde el ministerio de Jesús de Nazareth entendemos que la fé es don y es misterio, una invitación difícil de mensurar que implica la primacía de un Dios que dá el primer paso, que sale al encuentro de la humanidad, que invita amorosamente y sin condiciones a ser partícipes de su misma existencia infinita y eterna, con el asombroso color de la gratuidad.
Esa invitación -amplísima, universal, irrestricta- sólo puede aceptarse si hay cambios. No refiere a cumplimientos de ciertas pautas o normas establecidas con el fin de acumular méritos para acceder a beneficios postreros; no se trata de una caja de ahorros piadosa ni de un capitalismo espiritual. Se trata de ponerse en la perspectiva del tesoro más valioso encontrado, por el que vale la pena vender todo para quedárselo, hallar con toda certeza el Absoluto y ese hallazgo transforma la totalidad de la existencia.
Porque por Cristo sabemos que ese Absoluto es Padre y es Madre, y así no descubrimos hijas e hijos, y entonces nos vinculamos de otro modo con Él y con los demás, a los que sabemos hermanos, modo nuevo y definitivo de re-ligarse o re-unirse con todo y todos.

En este día tan especial, en el que conmemoramos a los que nos han precedido, seguramente no han de estar ausentes ni la tristeza ni el dolor. Pero en ese tiempo de invitación y certeza, tiempo de fé, prevalece la esperanza.
El Dios de Jesús de Nazareth es un Dios de abrazos, de donación absoluta, de vida ofrecida. Los fieles difuntos -por esa fidelidad que los define- están vivos y plenos por los campos de Dios, en comunión firme con todos y cada uno de nosotros, porque el amor todo lo puede, porque con Cristo toda tumba deviene inútil, y es señal de comienzo, nunca de final.

Porque nadie se vá del todo, pues se vive en el alma de los que aman, en nuestros pequeños corazones y en el corazón sagrado de Aquel que jamás desistirá en sus afanes de querernos.

Que los nuestros descansen en paz y vivan para siempre, hasta el reencuentro final del regreso del Señor.

Paz y Bien

Todos los santos, la sal necesaria, la luz imprescindible




Solemnidad de Todos los Santos

Para el día de hoy (01/11/14) 

Evangelio según San Mateo 4, 25-5,12



Los santos viven con Dios, viven por Dios, viven en Dios.

Esta afirmación -porque un santo siempre es positividad, nunca negación- no remite únicamente a la vida postrera, por vivir heroicamente la fé, la esperanza y el amor. Son muchos, una floreciente multitud de hermanas y hermanos, y de entre ellos,como señales de esperanza y auxilio para todo el pueblo, la Iglesia eleva su resplandor sagrado a los altares, en el honor verdadero que es el de la caridad, regalos inconmensurables de la Gracia.

Pero la santidad es una canción maravillosa que se entona en tiempo presente, sinfonía grata del misterio de la Encarnación.
Los santos ha descubierto la presencia amorosa de Dios en toda la creación, y muy especialmente en los ojos del hermano. No hay miseria, ni conflicto, ni pecado que los pueda separar de su presencia sagrada, sustento y horizonte. Y así, con una persistente locura frente a un mundo cada vez más perversamente racional, son felices, son existencias plenas porque se han despojado de todo y en su corazón todo el espacio disponible es para Dios, y por ello mismo para el hermano.
Esa felicidad se expresa en humildad, en justicia, en corazones traslúcidos, en esfuerzo incansable por la paz, en irreductible mansedumbre, y esa misma felicidad es un extraño tesoro que se acrecienta cuando se dona, cuando se brinda y comparte. Y ellos son en verdad insustituibles, indispensables en su sal y en su luz, la Buena Noticia de la Salvación, la esperanza que jamás se resigna.

Santidad es decir cada segundo de la vida un sí total a esa invitación asombrosa a ser partícipes de la vida infinita y absoluta de Dios, sedientos bebedores de la Misericordia que a todos se ofrece sin condiciones.

Paz y Bien


La mesa de la vida plena




Para el día de hoy (31/10/14) 

Evangelio según San Lucas 14, 1-6


La tradición del Shabbat indicaba que luego del culto y la enseñanza sinagogales, seguía a continuación un banquete importante y específico en cada hogar de Israel, al modo de culminación celebratoria del día sagrado. Esta cena también tenía sus normas estrictas: su preparación se realizaba en días previos y las familias pudientes tenían a esclavos o servidores no judíos por las rigurosas prohibiciones de acción y movimiento prescriptas para ese día.

La liturgia de hoy nos sitúa en ese ámbito. Lo que es significativo es que el Maestro es invitado a la mesa de un fariseo importante: por sus estrictas prescripciones religiosas de pureza y pertenencia, a la mesa de un fariseo no se sentaría cualquier persona, sólo pares o dignos de participar. Que a esa mesa pueda acudir Jesús de Nazareth implica, ante todo, que a pesar de todas las desavenencias y enconos, allí se le consideraba un rabbí: de cualquier otro modo, sólo sería un campesino provocador galileo, y por ende indigno de participar. Y es dable suponer que hay también la siempre presente desconfianza hacia su persona, y por eso lo observan con suma atención, con el detector de heterodoxias y errores encendido a pleno...aunque no por ello está ausente esas humanas y naturales ganas de mirar y ver de cerca a ese predicador y taumaturgo ambulante del que tanto se habla.

Allí se encontraba un hombre enfermo de hidropesía, quizás un término algo anticuado a la ciencia médica actual. Se trata de una patología que, a grandes rasgos, puede provocar edemas e inflamación en el abdomen y también en las articulaciones, siendo su etiología multicausal; si vamos a sus consecuencias, ese hombre tendría su forma física -la percepción de sí mismo y por parte de los demás- deformada, y además se encontraría con serios problemas de movilidad por los edemas articulares. Un hombre borroso y casi paralizado.
A todo ello, y de acuerdo a los criterios imperantes en la época, su enfermedad es consecuencia directa de los pecados cometidos, por sí o por sus padres. Una enfermedad, entonces, es producto de la justicia divina, toda vez que es el castigo justo que, según esas mentalidades, Dios propina de acuerdo a las faltas.
Además del sufrimiento físico, toda enfermedad implicaba también -por su naturaleza de pecado- que el enfermo es un impuro, un indigno de participar en la vida religiosa y comunitaria, condenado a cierto ostracismo social, y que esa impureza no debía tomarse a la ligera: quien se atreviera a entrar en contacto con un impuro a su vez adoptaba la misma condición, al modo de cierta virulencia moral contagiosa.

Pero así como la mesa de los fariseos es estricta y restrictiva en su puntillosidad solemne, la mesa de Jesús de Nazareth tiene el sagrado descaro de ser tan humana que en ella, las miradas límpidas y transparentes pueden advertir la inefable presencia de Dios. Porque en la mesa de Cristo se celebra la vida plena, y la invitación es tan amplia y generosa que nadie, por ningún motivo, puede faltar.
Como el horizonte no posee un ceño fruncido sino la amplia y sonriente bendición de Padre, no hay nada ni nadie que impida el festejo compartido. No hay excusa alguna para el socorro y la compasión, no hay riesgo que detenga la acción salvadora del Señor.
Por eso mismo Jesús de Nazareth se inclina sin temores ni reservas a ese hombre doliente, para que su cuerpo y más aún, su corazón, sea el de un hombre libre y pleno, íntegro, recreado por el perdón y la bondad de Dios que es misericordia viva entre su pueblo, y no vacilará en transgredir esas normas que de tan rígidas son inhumanas, y han olvidado a ese Dios que les dá sentido, normas que son medios y que se establecieron como fines, rito sin corazón ni existencia transformada.

Que nuestras mesas sean amplias, mesas de Cristo, mesas de hermanos y gratitud compartidas.

Paz y Bien




En la tradición de los profetas




Para el día de hoy (30/10/14) 

Evangelio según San Lucas 13, 31-35



Jesús de Nazareth continúa tenaz y decidido su peregrinar a Jerusalem, en donde le espera la cruz, la Pasión, la muerte. Pero su fidelidad y su libertad es mayor a cualquier amenaza y a cualquier miedo.

Algunos fariseos se acercan a Él, curiosamente sin intenciones ocultas: lo anotician y le advierten que Herodes está buscando matarle.
Herodes Antipas, tetrarca de Galilea, gobernaba con poder omnímodo y despótico sus dominios; a su vez, su poder era vasallo del César, y eran las legiones romanas quienes garantizaban en cierto modo su trono. Antipas es hijo de Herodes el Grande, aquel rey que intentó -siendo un bebé- acabar con la vida de Cristo en Belén; en una siniestra coincidencia, parece una tradición familiar el querer matar al Mesías.
El asesinato de Juan el Bautista es otra muestra explícita de la brutalidad sin límites de este reyezuelo infame, para el que la violencia es una herramienta política fundamental para perpetuarse en el poder, y es dable suponer que la figura ominosa de Herodes proyecte terror sobre todo el pueblo y la misma dirigencia, incluidos allí los fariseos.

Pero el Maestro no se deja amedrentar. Siguiendo la tradición de los profetas, se mantiene incólume, firme en su fidelidad, constante en su misión, el fuego del Espíritu que lo anima no puede apagarse. Porque los profetas anuncian las cosas de Dios, y con la misma voz fuerte y clara denuncian todo aquello que se le opone y es contrario a la voluntad divina, a la vida misma.

Jesús de Nazareth no es un provocador ni alguien que se toma con ligereza todas las cuestiones. Sin embargo, su fidelidad está revestida -como los profetas- de valentía, una valentía que se vuelve explícita en la respuesta a ese consejo de unos fariseos: con algo de ironía y humor, pide que le transmitan al tetrarca su horario, y las cosas que hará; el calificativo de zorro a Herodes sólo tiende a relativizar el aparente poder arrollador de Herodes. 
Antipas no es tan importante ni todopoderoso: quien cuenta y quien en verdad decide la historia es su Dios.
Pero a pesar de su ácida ironía, hay una carga simbólica importante: en el hoy, mañana y tercer día se condensan su existencia, su Resurrección, su misión inclaudicables.

Jesús es un fiel hijo de su pueblo, y lleva a su patria en los huesos. Por eso llorará al divisar a Jerusalem cerca de los días de su Pascua, por eso eleva sus ayes. 
Jerusalem es santa por el Dios que la ha bendecido y que le confiere sentido eterno, y nó por las impresionantes construcciones y por su historia. Lo que cuenta es el presente, y en ese presente los que deciden y rigen los destinos son los fariseos, los escribas, Herodes, los romanos, y todos ellos han desplazado a Dios.

Hay sitios -y la tierra entera- que devienen sagrados porque la Encarnación de Dios inaugura el tiempo santo de Dios y el hombre, y el anuncio de la Buena Noticia bendice a toda la creación.

Quiera Dios que por todos los profetas fieles que siguen estando entre nosotros, nos demos cuenta que a pesar de todas las amenazas no pueden avasallar corazones si Dios está presente. 
Y más aún, que cada vez con mayor frecuencia descubramos la necesidad de descalzarnos frente a la presencia sagrada de Dios en el pan de la Eucaristía, en el rostro del hermano.

Paz y Bien
 

Los verdaderos privilegios




Para el día de hoy (29/10/14) 

Evangelio según San Lucas 13, 22-30



La pregunta que le realizan a Jesús de Nazareth es producto de inquietudes nada nuevas y muy persistentes, a tal punto que siguen, en nuestro tiempo, teniendo una singular relevancia.
Esa pregunta refiere al número de los que han de salvarse: en general, y aún cuando sea formulada desde diversas ópticas religiosas, responde a criterios restrictivos y de pertenencia, y ha sido y es, en numerosas ocasiones, la vía u oportunidad para ejercer terror en los corazones, procurar la adhesión religiosa forzada a través del miedo.

La restricción vía pertenencia responde a cuestiones elitistas, es decir que por pertenecer a un pueblo, a una nación o a una confesión determinadas, automáticamente se adquiere el favor divino mayor, la vida postrera. Ello supone también, tácitamente, que el creyente es un mero espectador pasivo de su destino, y suele aparejar exactos fervores rituales desprovistos de corazón y de compromiso extra templo.

Para el Maestro, la pregunta que le realizan es falaz porque parte de supuestos erróneos. En la sintonía del Reino, no se trata del número de individuos a salvarse, ni de los privilegios adquiridos por pertenecer, sino antes bien de la invitación a la vida plena como celebración perpetua, mesa grande de fraternidad porque el Dios de Jesús de Nazareth es Padre y es Madre, y todos somos hijas e hijos y, por ello, hermanos.

Esa invitación no admite pasividades. El Reino de Dios aquí y ahora es el tiempo santo en que la humanidad edifica su destino y escribe su historia junto a Dios, el misterio asombroso de la Encarnación.
Para ir a ese banquete es menester -como decían los abuelos- adecentarse. La puerta de acceso está abierta pero deviene estrecha a los egoísmos y las injusticias: las existencias egoístas e injustas, impermeables al amor, tienden a engrosarse irremisiblemente capa tras capa, en corazas cerradas en donde no hay sitio ni para Dios ni para el hermano. Y así, enormes y torpes, no podemos pasar por nuestra exclusiva responsabilidad.

Lo importante, lo que realmente cuenta es que todos, sin excepción, hemos sido invitados al ágape de la Salvación, que es don y es misterio. Nos queda preguntarnos qué debemos cambiar, hacia donde debemos converger/convertirnos para ser reconocidos como invitados, y a la vez descubrir que otros tantos que ni siquiera imaginábamos han de sentarse junto a nosotros.

Porque el verdadero privilegio es la Gracia.

Paz y Bien

Confianza de Dios





Santos Simón y Judas, apóstoles

Para el día de hoy (28/10/14) 

Evangelio según San Lucas 6, 12-19




Monte, noche y oración, simbología perfecta del encuentro con Dios, de común unión mística, de identidad absoluta entre Cristo y el Padre. 
En el ministerio de Jesús de Nazareth, la oración es una constante imprescindible, y así debería ser también nuestro peregrinar por estos campos, vidas orantes, existencias que se sustentan en la eternidad que quiere anidar en nuestros corazones.

Podría haber perpetuado el Maestro el cálido abrazo de esa noche de oración, en paz y calma totales. Pero así como la oración lo sostiene, la compasión lo impulsa -Espíritu de Dios en humanos pasos- y Él sabe que en el llano no hay paz, ni Dios, ni luz, y sobreabundan agobios, enfermedades, toda noticia es de antemano mala y nada tiene de novedad, una constante de dolor y humanidad derribada.
Y en ese llano no se dan casos aislados, sino que es una multitud de dolientes, librados a su suerte, al borde de todos los caminos, descartados de la vida. La tarea se asoma como inmensa para un sólo hombre.

Así entonces el Señor elige a doce de entre los suyos, doce con nombres y apellidos concretos porque no se trata de una cuestión abstracta sino de un llamado personalísimo. Son doce los primeros, símbolo y signo de las doce tribus de Israel, símbolo y signo de pueblo nuevo, de pueblo en marcha, de pueblo hacia la tierra prometida y santa de la liberación, pueblo nuevo congregado por la Gracia y el amor de Dios, colores primordiales de la Iglesia apostólica.

Esos hombres serán venales, falaces, traidores y también héroes, tenaces servidores y valientes testigos, como lo serán las mujeres y los hombres elegidos y enviados por la misma bondad a través de la historia, señales vivas de auxilio para las gentes.
No hay en juego cuestiones de éxito o derrota, sino de fidelidad y confianza.

Curiosamente, fidelidad y confianza son rasgos distintivos de Dios para con su pueblo, para con todas sus hijas e hijos. Él cree en nosotros, en asombrosa asimetría respecto de la fé y la confianza que en Él depositamos. De Dios son todas las primacías.

Él confía en nosotros y permanece en amorosa obstinación fiel hasta el fin a todas sus promesas, y ésa es la clave y horizonte de todo destino, nuestra esperanza y nuestra alegría.

Paz y Bien


El tiempo de Dios, la vida en pié




Para el día de hoy (27/10/14) 

Evangelio según San Lucas 13, 10-17


 

El Shabbat era una de las instituciones más fuertemente arraigadas en la religión y la cultura del pueblo de Israel. Día sagrado de la semana en que la comunidad se reunía en la sinagoga -cuya etimología, precisamente, responde a congregación- a estudiar y a reflexionar la Torah y a honrar a Dios.
Luego de una de las derrotas militares más catastróficas, la gran mayoría del pueblo judío fué deportada al exilio; viviendo lejos de su tierra, en una cultura extraña y rodeados de una religión ajena corrían el severo riesgo de disolver su identidad, contaminados de todo aquello tan distinto. En esos menesteres, el Shabbat es la respuesta a una identidad de un pueblo que se considera único y que no quiere disiparse ni perderse en relativismos de idioma distinto.

Durante el trascurso del Shabbat se debía evitar toda tarea, para que ese tiempo libre y de reposo pudiera dedicarse plenamente a Dios y a restablecer los vínculos familiares. Pero con el correr de los años, se acentuó la observancia del precepto hasta extremos intolerables, al punto de estar prohibida cualquier clase de actividad. 
Quizás el problema de fondo era que el precepto devenía como fin en sí mismo, relegando a ese Dios que había inspirado ese día como punto de reencuentro.

Jesús de Nazareth es un fiel hijo de su pueblo y respetuoso de las tradiciones de sus mayores. Como todo varón judío, concurre y participa en la sinagoga de las celebraciones del Shabbat. Pero Él siempre tiene por horizonte a su Dios, un Dios que es Padre y Madre, que es vida, felicidad, cuidado. Por eso en numerosas ocasiones chocará con ciertos hombres religiosos y severos que imponían esa obligación intolerable, opresiva, intrascendente.

En la ocasión que el Evangelio para el día de hoy nos ofrenda, acontece mucho más que un milagro de sanación.
En pos de una comprensión más profunda, no podemos soslayar la situación de la mujer en el siglo I en Palestina; las mujeres carecían de derechos legales, sociales y religiosos, excepto aquellos que le otorgaba el esposo o, en su defecto, el padre o el hijo varón. El no tener derechos implicaba que careciera de voz propia, y por ello no hablaría con nadie fuera de su hogar, y a su vez tendría un espacio relativo y menor dentro de la sinagoga. A ello debemos añadir la creencia perdurable de considerar a las enfermedades como consecuencia de un pretérito pecado, transformando al enfermo en un impuro ritual condenado al ostracismo comunitario, pues esa impureza poseía visos contagiosos.

En ese Shabbat suceden varios escándalos. Más allá de toda torpe discusión de géneros, la congregación miraba hacia otro lado, vuelve invisible a la mujer y, peor aún, a una mujer enferma. Dieciocho años de estar doblegada en su columna y agobiado su corazón en acostumbrada resignación que tiene los colores fúnebres de la injusticia. Sólo Jesús de Nazareth la mira y la vé, la vé como mujer y como hermana -hija de Abraham-, y no vacila en imponerle sus manos, en un gesto que tiene la taumaturgia propia de la bondad y la compasión, aún corriendo el riesgo de impurificarse irremisiblemente Él mismo.
Ella -que callaba y nada pedía, ni siquiera unas migajas de auxilio- se yergue íntegra, vida en pié, vida florecida en liberación que canta en gratitud la gloria de un Dios que se expresa en el amor y en la salud.

Con Jesús de Nazareth se ha inaugurado un tiempo nuevo, definitivo en la eternidad que germina en la cotidianeidad. Un día ofrecido al Señor es importante y necesario, pero es más importante aún que por esa asombrosa Encarnación el tiempo es kairós, tiempo santo de Dios y el hombre, y cada instante es tiempo sagrado, tiempo de bondad, de gratitud, de salud, de Salvación, de felicidad.

Paz y Bien  

Reglamentos



Para el día de hoy (26/10/14) 

Evangelio según San Mateo 22, 34-40




Con el fin de situarnos en una perspectiva correcta, debemos ir primero por lo evidente, y ello queda explícito en el primer versículo del Evangelio para el día de hoy: en un clima de hostilidad creciente, se movilizan los fariseos en tren de interrogar a Jesús de Nazareth, toda vez que sabían que el rabbí galileo, a fuerza de verdad, había hecho callar a los saduceos, quien ese año detentaban el poder del sumo sacerdote del Templo de Jerusalem a través de Caifás.
A pesar del tenor de la pregunta, la intencionalidad primera es la de ponerle a prueba, es decir, interrogarle para encontrarle errores tan graves que impliquen una condena contundente por parte de la ortodoxia imperante, hacerlo callar por argumentaciones torpes o procurar una condena a muerte por blasfemia.
Ahora bien, el fariseo que se acerca a Jesús se dirige a Él mentándolo como maestro, y puede inferirse que hay cierto desprecio velado, cierta entonación burlona producto de una ironía escondida. Puede ser, es claro que sí, pero no perdamos de vista otra cuestión: no es lo mismo interrogar sobre temas cruciales como los mandamientos a un campesino galileo, al que se presupone mal formado y cuya heterodoxia o inexactitud puede ser mirada conjurada con eficacia sin mucho trámite ni importancia, que establecer un debate teológico con alguien de una autoridad reconocida, equiparable a la de ellos mismos. Así entonces, y quizás sin proponérselo, ellos consideran y ubican a Jesús de Nazareth en su rol profético y magistral.

El tema no es menor ni es banal. Los fariseos eran hombres profundamente religiosos -a su manera, claro está- y severos exégetas de las Escrituras. Ellos habían determinado, con el correr de los años, que en la Torah podrían catalogarse 613 mandamientos, 248 de carácter afirmativo y 365 de carácter negativo o prohibitivo, 248 por cada uno de los huesos del cuerpo humano y 365 por cada uno de los días del año, simbolizando la soberanía de Dios en la totalidad de la existencia humana. Ahora bien, aún a esos hombres expertos se les hacía muy complicado cumplir con esas 613 prescripciones y, a su vez -en su rol dirigencial- hacerlas cumplir al pueblo. De allí, la necesidad de establecer, de entre todos esos preceptos, cuales eran los mayores, los más importantes, los de cumplimiento insoslayable.
La discusión era espúrea. Ellos anteponían preceptos y normas a todo y más aún, olvidaban a Aquél que inspiraba a la Escritura. Ellos querían discutir acerca de reglamentos, pero el amor de Dios es infinito, inmenso, no puede acotarse ni codificarse, y cuando comenzamos a internarnos por esas veredas de obligaciones legalistas sin corazón, comienzan los problemas, y sobreabunda la desolación, la sed de Dios de un pueblo hambriento de trascendencia.

Jesús de Nazareth lo sabe, pero aún así no elude la respuesta, y es menester destacar la valentía en su respuesta. Está en esa Jerusalem para Él tan peligrosa, con la sombra ominosa y creciente de la cruz, y les habla directamente a aquellos que quieren suprimirlo, negarlo, acallarlo.

El Maestro reorienta entendimientos y corazones hacia donde en verdad está el horizonte de todo destino, Dios mismo. Y unificar allí -en ese lugar, frente a esos hombres- el amor a Dios y el amor al prójimo es de una osadía que a nosotros, veinte siglos después, quizás se nos haga esquiva.

El amor es el fundamento de todo. El Señor no hablaba con abstracciones ni de manera simplista. Habla del amor y de qué tipo de amor. Amar a Dios con la totalidad de esto que somos, con toda la existencia, es reencontrar las huellas perdidas, volver a casa, recuperar un horizonte de liberación y plenitud. Amar a Dios es trascender, amar a Dios es hablar el mismo idioma del Creador, porque el amor es la única revolución veraz, duela lo que duela y moleste lo que moleste el término.
Y la Encarnación es un Dios descendido, eternidad que se entreteje en el tiempo, Dios que se hace historia, que se hace vecino, Dios con nosotros, por nosotros y en nosotros. Como brazos inseparables de la cruz, un madero hacia las alturas y el otro como un abrazo amplio y sin límites hacia los lados al prójimo, al otro que es mi hermano pues tenemos el mismo Padre.

No sobreviviremos con reglamentos. La Salvación entre nosotros -don y misterio- es la humilde declaración de que vivimos y per-vivimos para siempre porque amamos, y amamos porque Dios nos amó primero.

Paz y Bien 

El regalo de la conversión



Para el día de hoy (25/10/14) 

Evangelio según San Lucas 13, 1-9




Siempre es pertinente recordar/nos que los Evangelios no son crónicas históricas estrictas: no es ese su fin, ni tampoco su constitución. Los Evangelios son relatos teológicos, es decir espirituales, aún cuando se mencione en numerosas ocasiones hechos que puedan tener su correlato histórico y social.
En la lectura para el día de hoy, Jesús de Nazareth hace mención de dos hechos que hoy, más de dos milenios después, no podemos constatar científicamente por vías historiográficas convencionales, pero que podemos suponer la importancia que tenían para los oyentes del Maestro.

Una de esas cuestiones mencionadas es el asesinato de varios galileos en el Templo de Jerusalem por parte de Pilato, el procurador romano. El hecho es terrible: al homicidio cruel, los legionarios romanos añaden la increíble ofensa a la nación judía de mezclar la sangre derramada de los asesinados con la sangre de los sacrificios ofrecidos en el altar del Templo, y quizás a nosotros, mujeres y hombres del siglo XXI, se nos haga difícil captar la profunda significación de estos hechos. Y si bien no podemos constatar este hecho por otras fuentes, es perfectamente acorde al uso brutal del poder que efectuaba Pilato, a su brutalidad ilimitada y a un antisemitismo usual que buscaba constantemente humillar a la sometida Israel. Pero la respuesta del Maestro es desconcertante, no parece demostrar empatía para con los masacrados y más aún, hace un inefable llamado a la conversión; para una cultura férreamente nacionalista como aquella, aparenta no importarle demasiado la brutalidad del ocupante imperial y su conducta injuriosa. 
Esa respuesta entraña una valentía difícil de mensurar, en una circunstancia que normalmente podría desatar las furias de los presentes; en su propia patria chica, los nazarenos intentaron despeñarlo por elogiar a los gentiles.

También Jesús hace mención a otro hecho luctuoso, la muerte de dieciocho jerosolimitanos a causa de del derrumbe de una torre en Siloé. Y la conclusión del Maestro es la misma.

De un lado, galileos probablemente comprometidos con el movimiento zelota, masacrados por los romanos bajo motivos sediciosos. Del otro, pacíficos habitantes de la capital nacional que, sin connotaciones políticas, mueren a causa de un accidente. Simbólicamente, toda la nación judía está comtemplada, el norte galileo, el sur jerosolimitano.
La cuestión raigal no es el espanto de una muerte inesperada, de una muerte injusta, violenta, supuesta como antes de tiempo y su causa. En esa época, la tradición que prevalecía sostenía la idea de una religión retributiva, y de un Dios que amerita o castiga a las gentes según los pecados evitados o cometidos, y para Jesús de Nazareth la desgracia no estriba en el modo de morir, sino más bien en cómo se ha vivido. Valga lo que valga la redundancia aparente, la desgracia proviene de desechar la Gracia.

Podemos pensar al modo de aquella época, justificando de alguna manera las desgracias que acontecen. Podemos también resignarnos ante lo inevitable, y es que todos moriremos.
Pero ambas actitudes ocultan lo que verdaderamente cuenta, y es el vivir, vivir en plenitud, vivir de veras, no apenas sobreviviendo, no afectados por el devenir de los días o las rutinas a las que nos aferramos.

Siempre hay tiempo para ser felices, que no es otro el significado de la plenitud. 
Por eso, en la santa ilógica del Reino, la conversión no es una pauta regulada, normada en manuales o dogmas obligatorios, sino más bien un asombroso regalo, un don concedido sin tener en cuenta méritos, a pura bondad y afecto, tiempo santo para el regreso a los campos fértiles de la Gracia, para que nuestras vidas sean frutales y abundantes.

Ese tiempo inmerecido ha sido generosamente comprado para nosotros a precio de sangre por Jesucristo, nuestro hermano y Señor.

Paz y Bien

Lectores del tiempo




San Antonio María Claret, obispo. Memorial

Para el día de hoy (24/10/14) 

Evangelio según San Lucas 12, 54-59





Muchos de los hombres que escuchaban con agrado y atención al Maestro eran labriegos y pescadores. Por su oficio, no sólo estaban acostumbrados sino que les resultaba imprescindible analizar los signos del clima para poder organizar sus tareas, para que sus esfuerzos no resultaran en vano.
Así, sabían cuando vendrá un día de calor bravo, cuando un aguacero, cuando un viento que les podría voltear sus pequeñas barcas a partir de la interpretación exacta de todas las señales que el tiempo iba arrojando a su paso, día a día.

La lectura que la liturgia nos ofrece en el día de hoy es pequeña pero a la vez muy intensa. Lleva el imperativo impulso del Maestro para convertirnos en agudos lectores del tiempo, de sus signos más profundos, de una realidad trascendente que nos deja señales en el día a día, a cada paso, y que solemos dejar de ver, pero que aún así son señales imprescindibles para permanecer con vida, pero vivos en plenitud, no meros supervivientes aferrados a tablas vanas en los naufragios que nos acontecen o que también solemos provocar.

Entretejidas en la historia humana y en el mapa cierto de nuestras existencias, los signos del Reino, del paso Salvador de Dios están allí, tangibles, evidentes para ojos capaces de mirar y ver, señales que nos dirigen la mirada hacia lo que en verdad hay que prestarle atención, y es que Cristo estuvo, está y estará siempre presente en los grandes hitos de la humanidad y en los aparentes devenires rutinarios del día a día, cristo siempre presente, Cristo salvador, Cristo compañero, lluvia buena de la Gracia que nos fructifica.

Paz y Bien


Corazón sagrado en llamas



Para el día de hoy (23/10/14) 

Evangelio según San Lucas 12, 49-53



Puede resultarnos complicada y hasta muy difícil de aceptar esta imagen bravía de Jesús de Nazareth hablando de manera tan apasionada, con su corazón sagrado en llamas, hablándonos de fuego, de crisis, de divisiones. Tan lejano está de esa fotografía que nos hemos hecho a medida, de un Cristo a veces ingenuo, inocuo, pura dulzura sin conflictos.
Porque Cristo es nuestra paz, pero no es nuestro sedante. Nos mueve y con-mueve sin resignarse jamás pero a la vez sin ceder a la tentación de la violencia.

En tanto que seguidores, amigos y hermanos de Cristo, nuestra vocación y nuestro horizonte es el Reino de Dios y la búsqueda incansable e insaciable de la justicia. Y ello apareja choques y riesgos a menudo extremos con los poderes del mundo.

La búsqueda del Reino es entrañable, nace desde las mismas honduras, no admite medias tintas ni tibiezas, fuego puro del Espíritu que nos enciende estas vidas que tanto se nos adormecen. 
Como los dolores de parto, que preanuncian la vida nueva en ciernes, han de existir fricciones y dolores y hasta separaciones, claro que sí. No es que se deseen, quizás se trate de consecuencias necesarias toda vez que nuestros pasos se encaminan a una vida nueva, que implica también relacionarnos con el prójimo de un modo novedoso y santo.

La fidelidad a la Buena Noticia es como una pequeña llama en medio de la oscuridad: pone en evidencia incuestionable el sitio en donde habitan las sombras. Allí está la división primera, que no es acusatoria, sino que es evidencia de quien se pone del lado de la vida y el amor y de todo aquel que supone a los demás como objetos a utilizar en provecho propio, escalones a pisar para ascender, materiales descartables por los que Dios no pasa.

En la Escritura, el fuego es el símbolo de la presencia sagrada.
Quiera Dios que toda la tierra se encienda de estos fuegos. Y que felizmente debamos descalzarnos más a menudo, ante la presencia de Aquél que nunca deja de buscarnos y cuyo rostro resplandece en los más pequeños.

Paz y Bien 

El administrador fiel





San Juan Pablo II, papa. Memorial

Para el día de hoy (22/10/14) 

Evangelio según San Lucas 12, 39-48




A pesar de tantas vueltas, discursos, razonamientos y bibliotecas, todo se decide en la fidelidad, y es un término que tiene la misma raíz que la fé, es decir, fides, intrínsecamente ligados por el mismo amor que es esencia del Dios de Jesús de Nazareth.

Así entonces, el primer distingo de todo administrador honesto es que sabe bien que lo que administra no le pertenece. No se apropia jamás de lo que es ajeno, y pone toda su capacidad y todo su corazón al servicio de eso que se le ha confiado en el insondable contrato de la bondad. Sabe bien que no hay espacio para mezquindades, y que a pesar de todas las lógicas mundanas -la mezquina ratio del costo/beneficio-, está muy bien des-vivirse por los demás.

Un administrador fiel nunca olvida que el Dueño ha de regresar. En ese regreso se establece su horizonte, y más aún: Él ya está de regreso, ahora mismo. Por ello se mantiene en contacto permanente con Aquél que le ha confiado tanto, para saber qué hacer y cómo hacerlo. Es lo que conocemos como oración, escucha y plegaria.

Un administrador fiel nada exige, pues la confianza que se ha depositado en él es un pago infinito, asombrosamente desproporcionado, maravillosamente ilógico. Un administrador fiel es un hombre feliz por esa confianza que -él lo sabe en las honduras de su alma- no merece, y que sin embargo se le renueva con rotunda determinación familiar, cuestión de Padre y de Madre también.
Esa alegría inmensa de la confianza concedida deviene en servicio y en esperanza compartida con sus hermanos, y tenderá puentes, y reunirá a los dispersos, y conciliará los corazones enfrentados.

Un administrador tan fiel como San Juan Pablo II y tantas mujeres y tantos hombres que administran con pasión la Gracia de Dios.

Paz y Bien







 
 

Espera atenta



Para el día de hoy (21/10/14) 

Evangelio según San Lucas 12, 35-38



Para ahondar en la enseñanza del Maestro, es preciso remontarnos a los tiempos de su ministerio; en la Palestina del siglo I -y antes también- la vestimenta usual se componía de una túnica principal que se pasaba por la cabeza y que, a su vez, tenía sendos orificios para los brazos, llegando hasta las rodillas o más abajo. Entonces, esos ropajes cuasi talares habían de ceñirse al cuerpo mediante una tela, un cinturón o un cíngulo de cuerda para permitir la libertad de movimientos, para moverse sin dificultades. Y las lámparas de aceite eran imprescindibles para poder andar en la noche, para no tropezar en la oscuridad.

Pero además de estas simples consideraciones prácticas, para sus oyentes judíos tenía también un significado simbólico muy especial, pues remitía la memoria colectiva a la noche de la Pascua primera, del comienzo del éxodo, del inicio de la liberación de la esclavitud.

La bienaventuranza que expresa Jesús de Nazareth es bendición de Dios para la felicidad: felices los despiertos, felices los atentos, felices los que esperan en Dios y a Dios. Siempre listos y dispuestos, porque estamos de paso, peregrinos confiados en un horizonte irrevocable de eternidad y liberación.

Porque Cristo regresará a consumar la historia, llevándola de su mano a la plenitud. Y Cristo ya está regresando, ahora mismo, habitando gustoso los corazones de los que se atreven a amar, esos mismos que mantienen encendidas sus lámparas a pesar de todas las noches cerradas, con el aceite de la compasión y la misericordia.

Paz y Bien

Lo que no nos llevaremos




Para el día de hoy (20/10/14) 

Evangelio según San Lucas 12, 13-21



En los tiempos de la predicación de Jesús de Nazareth, lo que nosotros consideramos religioso y secular no estaba tan claramente diferenciado y más aún, las cuestiones religiosas influían directamente sobre la vida cotidiana, sobre el derecho a aplicarse, sobre la resolución legal de conflictos; y en ese orden de ideas, toda autoridad religiosa, además de ocuparse puntualmente de temas de culto y exégesis, también actuaban como jueces o árbitros en cuestiones específicamente sociales.
Por eso mismo, es que acude al Maestro un hombre con el requerimiento de que actúe de ese modo descrito, como juez y como árbitro frente a un conflicto de intereses hereditarios con su propio hermano, toda vez que Jesús era reconocido por las multitudes como un rabbí, como un maestro de las cuestiones de la fé y por tal apto a la hora de dirimir ese tipo de conflictos.

El Maestro se niega a aceptar intervenir en la querella. No le gustaba ese rol que solían adjudicarle. 
Pero además en esa situación contenciosa no se discuten las cuestiones principales, que son la codicia y la fraternidad. No se trata aquí de cosas o bienes a poseer, sino más bien de cosas o posesiones que se han apoderado de los corazones.
Porque el materialismo es causa de sacrificios humanos, pues en el ara del egoísmo se sacrifica al prójimo.

Cuando el otro no es mi hermano, directamente se resiente y lesiona el vínculo filial con Dios, aún cuando el rico de la parábola ofrecida haga gala de cierta pátina e cautela, prudencia y previsión.
Sólo es rico quien busca sin descanso el Reino de Dios y su justicia. A la hora de irnos de estos campos, ninguna cosa nos llevaremos.

A la hora de partir, lo único que contará será la caridad que hemos sido capaces de encarnar en nuestras existencias y en lo cotidiano.

Paz y Bien


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