El milagro de la vida que se nos confía


 


Para el día de hoy (11/03/21):

Evangelio según San Lucas 11, 14-23



La palabra significa y expresa el corazón y la interioridad de la gente; es la posibilidad de ir al encuentro del otro, de no encerrarse, del diálogo, de crecer.

La carencia de esa palabra, la imposibilidad de hablar implica anonimato indeseado, soledad impuesta, encierro y opresión. Por ello mismo, devolver las palabras y la Palabra a los mudos de cualquier tiempo, a los acallados de toda la historia es cuestión urgentemente santa, signo certero de que el Reino acontece aquí y ahora.


Ello precisamente es lo que hacía Jesús de Nazareth: pasaba haciendo el bien sin esperas, sin vacilaciones y, especialmente, sin pedir permiso.

Sin dudas, esta actitud del Maestro -y de los que actúen por Él y con Él- es molesta, blasfema y subversiva para los poderosos y para las almas mezquinas y celosas. Así entonces todo argumento descalificatorio se justificará por sí mismo, y proliferarán difamaciones, condenas y rápidas excomuniones sin compasión.


Aún así y a pesar de que todo parezca señalar lo contrario, la fuerza de la Buena Noticia es irreductible porque encuentra su raíz en la gratuidad y en la misericordia ilimitadas de Abbá Padre de Jesús, hermano y Señor nuestro, y el bien ha de florecer en los lugares más impensados, en donde descolla la resignación y acampa la oscuridad.


Quizás la Cuaresma signifique curarnos de mutismos y cegueras.

De esa imposibilidad adquirida del decir, y del decir palabras que hagan el bien a aquel que la escuche, palabra que sea diálogo y encuentro.

De esa ceguera de no reconocer signos del Reino, es decir, de la vida y de Dios en cada acto de liberación, en cada gesto de bondad aún cuando ello signifique doblegar el orgullo y redescubrir que lo bueno puede germinar y crecer en jardines que creemos ajenos.


Porque esa ceguera pertinaz y ese mutismo consecuente que nos resultan tan tristementes habituales son disgregaciones, desparramos de vida, desuniones y dispendios inútiles del milagro de estas vidas que se nos han confiado.


Paz y Bien

El rescate del dolor, la sanación en el perdón

 




Para el día de hoy (09/03/21):

Evangelio según San Mateo 18, 21-35



Más de uno miraba al Maestro con ojos de simpatía, pero hasta allí, nada más.

En el mejor de los casos, se trataba de un soñador fantástico que, sin embargo, poco tenía que ver con la realidad y con las complejidades humanas.


Hay demasiados conflictos y problemas que exigen normas claras y precisas, códigos de conducta que regulen y morigeren las consecuencias de envidias, egoísmos, resquemores y conflictos de menor o mayor grado.


Por ello mismo Pedro interpela a Jesús con extrema razonabilidad: sabe que su Maestro ha inaugurado un tiempo nuevo, y que deben comportarse ellos también de manera novedosa. Presume que hay que superar la ley de la venganza -Talión- y las posibilidades de perdonar al otro, y dá un paso más: con patente generosidad, él mismo le sugiere que puede esforzarse hasta siete veces en el ejercicio de la reconciliación.


Hay dos vertientes aquí: Pedro necesita que se le especifique un canon de convivencia en el que no haya lugar a dudas ni zonas grises. En su alma las cosas están cuantificadas de tal modo que actuará con humana justicia entre iguales: es claro que cuando pregunta, tácitamente no incluye al extranjero, al ajeno al pueblo elegido, al distinto.

Y más aún: aún cuando tiene sed de verdad -que expresa en esa pregunta crucial-, también pretende adelantarse en la interpretación de la voluntad de Dios, imponiendo sus moldes y razones teñidos de temporalidad a las cosas eternas.


Nosotros no somos demasiado distintos.

Nos aferramos fervorosamente a casuísticas y normativas que delimiten y regulen nuestra relación con Dios y con el otro... siempre y cuando ese otro sea par, esté vinculado por pertenencia común religiosa, nacional, cultural o de género. No hay lugar para el distinto, para el extranjero, para el extraño.

Estamos presos de los reglamentos porque somos esclavos del menor o mayor poder que podamos ejercer sobre el otro, y porque todo tiene su precio.

Cuando eso sucede, la gratuidad se vuelve algo imposible e impensado y allí, justamente allí, está la raíz de toda des-gracia.


Frente a todo cálculo mezquino, Jesús nos revela el rostro de Abbá Padre suyo y nuestro que no anda tabulando los yerros, tropiezos y miserias de sus criaturas.


Ante todo, es un Padre y más aún, una Madre que no quiere hijas e hijos lastimados, heridos de rencor y violencia. Ninguno debe perderse, y es capaz de morirse en la cruz, Dios que se des-vive para que nadie más se muera.


Quizás entonces la Iglesia sea una familia de mujeres y hombres que se han descubierto rescatados de todo dolor, sanados en perdón y misericordia que se animan desde el coraje y la humildad a anunciar la desmesura de un mundo que es posible recrear desde la cruz, el amor mayor que ofrece la resurrección, incondicional y gratuita, vida plena para todos.


Paz y Bien

El amor de Dios, la vida plena, florece en todas partes

 




Para el día de hoy (08/03/21):  

Evangelio según San Lucas 4, 24-30




En las sociedades más cerradas suelen suscitarse, al modo de anticuerpos, reacciones virulentas respecto a todo aquél que sea ajeno o distinto, al que no encaje en el molde de los prejuicios establecidos. Esto suele suceder en lo social, en lo político y en lo religioso, el desprecio del otro en tanto que tal, trazando una línea abismal entre el nosotros y los otros.


Pero el Maestro ha inaugurado un Reino que no se limita por nuestros miserables parámetros, y se acrecienta allí en donde acontezca la justicia, la compasión y el amor, superando pertenencias e identidades.

Toda la humanidad es hija de Abbá Padre de Jesús de Nazareth, y a menudo en donde menos se lo espera la vida puja y los corazones van pariendo tiempos nuevos.


Así entonces se puede lograr un acercamiento a los hechos de ese día en la sinagoga de su querencia nazarena. Sus paisanos ya lo tenían catalogado de un modo específico, a partir de la historia que le conocían -el hijo del carpintero, el que vieron crecer y jugar, el que hablaba con su misma tonada-. Por ello mismo les provocaba asombro y rechazo visceral que Él se atreviera a llegarse allí a hablarles de ese modo, quién se cree este que es, porqué no hace acá las cosas por las que se hizo famoso en otros lados, porqué se ha puesto a pensar y actuar de ese modo tan extraño y distinto a como somos todos nosotros.


Es claro que Él no se iba a callar, allí ni en ningún lado. En sus propios rostros y en plena cerrazón les arroja esa verdad primordial, que es que nadie es propietario exclusivo de las cosas de Dios, y que muy a menudo en las existencias de los otros germina todo aquello que en nuestros campos denegamos su posibilidad frutal. En esa alteridad que duele y molesta, suele hacerse más plena la verdad que soslayamos con mil excusas y discursos.


Sólo cuando comencemos a tender puentes esos abismos han de ser salvados, del tal modo que el otro no sea tan extraño ni nosotros mismos seamos tan hostiles ni ajenos para aquellos que son distintos, porque la catolicidad -esa universalidad que declamamos y no practicamos- implica afirmar que el amor de Dios, la vida plena, florece en todas partes.


Paz y Bien 

Cristo, Templo definitivo de Dios

 





Domingo 3º de Cuaresma

Para el día de hoy (07/03/21) 

Evangelio según San Juan 2, 13-25



Signos y símbolos. Señales y ventanas al infinito. Las lecturas lineales se quedan en la superficie, y estamos invitados y urgidos a ir a lo profundo de la Palabra de Dios.

En los Evangelios sinópticos los hechos de la Purificación del templo se ubican dentro de la última semana del ministerio de Jesús de Nazareth. Los hechos deben haber acontecido tal como se describen por el impacto que ha dejado en los testigos del hecho.

Sin embargo, para San Juan Evangelista esto se ubica casi al comienzo de la vida pública del Señor, en paralelo al milagro de las bodas de Caná, y ello quizás implique la pedagogía de destacar el carácter de ese nazareno. Es decir, llamar/nos a la reflexión para conocer y reconocer quien es el Cristo.

La lectura tienta a las miradas interesadas: un Cristo belicoso, bravo con los mercaderes y los que afrentan la verdadera religión, un Maestro que expulsa a los inadaptados e incorrectos. Pero no podemos quedarnos en ese plano.

No es Cristo quien debe adaptarse a nuestros pequeños y escasos esquemas, sino por el contrario, nuestras existencias las que deben transformarse por su presencia y en su enseñanza. Eso que llamamos conversión.

En aquellos tiempos, el Templo de Jerusalem era el centro de toda la vida judía, tanto de Tierra Santa como de la Diáspora, y especialmente en las grandes festividades concurrían peregrinos de todos los rincones. Los preceptos cultuales indicaban que debían ofrendarse animales +corderos, becerros y los pobres, tórtolas o palomas- para los sacrificios. Lógicamente, esos animales no se acarreaban consigo, y debían adquirirse en los lugares permitidos, ubicados en los patios del Templo. A su vez, sólo determinadas monedas eran aceptadas, pues muchas de ellas eran motivo de impureza por su origen -monedas romanas, griegas, etc-. Es dable también suponer que ese enorme negocio reportara beneficios a las autoridades del Templo, quizás al Sumo Sacerdote.

El Templo era el centro de la vida judía, sitio de encuentro entre Dios y su pueblo, pero una abundante mediación onerosa se interponía a la fé.

Allí puede comenzar a vislumbrarse el significado más profundo. Hay un desplazamiento que es muchísimo más grande que el escándalo de los animales en estampida, o de las monedas volando por el aire, o el estupor de los cambistas. El encuentro entre Dios y su pueblo acontecerá ahora en la persona de Cristo Resucitado, y no en la piedra y los ornamentos. Por ello mismo anuncia la restauración del templo verdadero, su Cuerpo.

Volvamos al inicio de estas líneas: quien es este Cristo?

Es Aquél en donde se cumplen todas las promesas de justicia. Es Aquél en donde verdaderamente encontramos a Dios. Es Aquél que es inapreciable, el mayor tesoro que no puede comprarse pues todo es Gracia infinita de un Padre que entrega a su Hijo para salvarnos, y por el que sus hermanos también son templos vivos y latientes del amor del Altísimo.


Paz y Bien



El Dios de Jesús de Nazareth es un Padre que nos ama de manera incondicional

 




Para el día de hoy (06/03/21):  

Evangelio según San Lucas 15, 1-3. 11b-32




La predicación de esta parábola acontece por la plena iniciativa de Jesús de Nazareth en circunstancias muy puntuales: arreciaban las críticas y murmuraciones contra Él porque compartía la mesa con publicanos y pecadores, es decir, con aquellos que nadie invitaría a comer, ni se juntaría de igual a igual.

Pero la fuerza de su enseñanza es también revelación: frente a los que están muy interesados en la destrucción, en el silencio impuesto, en el desprecio, Él ofrece -vivo retrato de su Padre- la posibilidad de una vida plena, de una infinitud al alcance de todos los corazones sin excepción, y es mucho más que una simple alternativa.


El Dios de Jesús de Nazarethes muy distinto al Dios de los escribas y fariseos de todas las épocas, el que se oculta tras abismos de eternidad y al que se accede mediante mediadores entrenados y cumpliendo con rituales y normas exactas, ése Dios de rictus siempre severo, perfecto juez y ejecutor de castigos, el Dios de unos pocos, lejano y desentendido de las cosas humanas.


El Dios de Jesús de Nazareth es Padre y más aún, es Abbá -papá, pá, papi, tata- maravillosamente cercano, rebosante de paciencia y compasión que a nadie rechaza.

Es el Dios que propicia la celebración cuando una hija o un hijo extraviados regresan y se reconstituyen en humanidad y dignidad desde ese perdón entrañable, fruto primero de su amor inagotable.


Es el Padre paciente que aguarda el regreso, que sale al encuentro, que abraza, que se viste de fiesta, que convida su alegría, que nos renueva con su vino y su mesa plena, el que tiene en cuenta que todos son hijas e hijos amadísimos por los que se desvive, antes que señalar todo el mal que se han hecho o han provocado.


Ese Dios es asombroso: aún cuando otros hijos se pongan celosos o circunspectos -porque a los que han regresado no se los reconviene, antes se celebra- para ellos su herencia, la vida misma, es dada en su totalidad.


Nosotros amamos a nuestros hijos, a nuestras familias, a nuestros amigos con afecto profundo. El Dios de Jesús de Nazareth ama de modo similar, pero su intensidad es inexpresable porque no hay palabras suficientes para contar la magnitud de esa bondad.

El Dios de Jesús de Nazareth ama a todos, aún a los que crucificarán a sus hijos, a todos y cada uno de nosotros por lo que somos, por como somos, por lo que podemos ser, desde nuestros nombres y apellidos, desde esa identidad única e intransferible.


El Dios de Jesús de Nazareth es un Padre que nos ama de manera incondicional


Paz y Bien

Sigue habiendo muchos usurpadores de la alegría

 





Para el día de hoy (05/03/21):

Evangelio según San Mateo 21, 33-46



No era nada fácil seguirle los pasos al Maestro, a Él no le preocupaba el qué dirán, ni las amenazas, ni los desprecios ni -mucho menos- embestir contra ciertas tradiciones y costumbres perversas que sólo oprimían. Así sería considerado un blasfemo, un revoltoso, un irreverente, un subversivo, un impuro, un maldito y, por ende, los que iban con Él también.

Además, andar por sus mismos caminos implicaba un despojo de un importante bagaje de preconceptos, prejuicios e ideas predeterminadas que resultaban muy difíciles de abandonar.


En esa ocasión, estaba en pleno recinto del Templo de Jerusalem cuestionando a sumos sacerdotes y a nobles de Israel, y la multitud lo escuchaba: ellos, fariseos y herodianos, habían usurpado en su exclusividad corazones y esperanzas del pueblo, la viña del Señor. En sus jerarquías espúreas de poder, habían rechazado con violencia a los enviados en la búsqueda de frutos buenos.

Ahora, iban a desechar a Aquel que es la vida y razón de todo destino, la piedra angular que sostiene al universo, y por ello mismo su mundo falaz se derrumbaría.

No es un castigo, claro está, esa sería la mentalidad de los usurpadores, un dios vengador y punitivo. Su derrumbe será consecuencia de sus acciones, de todo lo que han dejado de lado, de su consecuente y tenaz rechazo de la Salvación que les llegaba gratuita y generosa.


Hoy también nos asusta la postura profética de Jesús de Nazareth; no nos resulta fácil andar con Él.

Nos vuelve a decir que mucho de lo que creemos inconmovible, habitual y establecido poco tiene que ver con el Reino, y que por lo tanto puede y debe cambiar. Que sigue habiendo muchos usurpadores de la alegría, objetores de cualquier felicidad, especialistas en negar la felicidad de tantos, los mismos que hoy son capaces de vender como esclavo al hermano que es capaz de soñar, como José en estos desiertos.


Pero a pesar de todo, con temor y seguramente con algunos temblores, no nos derrumbaremos si nos aferramos a Aquel que siempre nos sostiene.


Paz y Bien

El Reino acontece aquí y ahora

 





Para el día de hoy (04/03/21):

Evangelio según San Lucas 16, 19-31




Ese hombre vivía de banquete en banquete, lujosamente vestido y muy bien acompañado. Sin embargo, ese hombre carece de nombre en el relato, se ha disuelto su persona entre lujos, se ha disipado su identidad en el cerrado culto a su ego.


A su puerta, como un desecho que se evita y se ignora está Lázaro, pobre de toda pobreza, suplicante de migajas sobrantes que calmen su hambre, cubierto de llagas en su piel, revestido de marcas de esas llagas de miseria y exclusión, es ignorado con pavorosa constancia desde esas mesas de banquetes fútiles, del despilfarro, de la riqueza obscena; sólo tiene como compañeros unos perros solidarios que lamen sus llagas.

Llamativamente, no se dice si es un hombre religioso o nó lo es, si confía, si es santo o pecador. Para él no hay banquetes, ni compañía ni vestido. Lo que cuenta es su dignidad humana menoscabada, humillada, ignorada. Entre ambos, hay un terrible abismo de injusticia.

Aún así, para Jesús de Nazareth él sí tiene nombre propio.


Ambos -el hombre rico y Lázaro- finalmente mueren.

Lázaro es llevado al señor de Abraham por los ángeles, pues a nadie tiene, no hay nadie que se ocupe de su sepelio; pero también, es símbolo de esa vida para siempre, de su permanencia y preferencia en las honduras del corazón de Dios.

En cambio, el rico es enterrado y no tiene otro destino que su mismo perecer definitivamente; por eso habitará la morada de los muertos sin esperanza.


Imaginar que la Palabra nos refiere solamente a circunstancias post mortem, especificadas de acuerdo a los méritos vividos, es un error grosero bastante cercano a la postura del rico de los banquetes. El Reino acontece aquí y ahora, y la Salvación tiene el perfume y el color del hoy, presente santo, tiempo de Dios y el hombre, y al igual que esos ángeles nos toca ser mensajeros de noticias buenas para quienes han quedado relegados al olvido y la miseria.


Hay un compromiso concreto y pendiente: que no haya más hermanos que apenas sobrevivan entre la basura, y que otros tantos no desperdicien sus existencias siendo causa de esos dolores, por acción o por omisión.


Es el compromiso de la Gracia, es la Buena Noticia de la plenitud


Paz y Bien

Las almas de los hijos se agigantan cuando se vuelven servidores del prójimo

 





Para el día de hoy (03/03/21):  

Evangelio según San Mateo 20, 17-28


Jesús sube a Jerusalem, y no es sólo una cuestión física o geográfica, sube a la Ciudad Santa a asumir el horror, el espanto de la tortura y la cruz, el desprecio máximo, el ser considerado blasfemo, delincuente abyecto, subversivo consumado. Aún cuando parece que en estos menesteres brutales la humanidad se repliega a la oscuridad, Él sube porque es su alma la que asciende a la expresión máxima del amor.

Con el Maestro van los Doce, y no tanto algunos discípulos más cercanos, quizás señalándonos que el camino de sus amigos, su comunidad, la Iglesia sea camino de sacrificio y entrega desde la mansedumbre para la vida de los demás.


Y la Pasión será cuestión de la humanidad, no un hecho acotado a Israel: por ello mismo el Maestro señala que será condenado a muerte por escribas y fariseos y que sus ejecutores serán paganos -romanos-, víctima pacífica de la torpe violencia imperial.


Pero la Pasión no está completa si no se comprende el rechazo de los suyos, de los que pretendidamente lo conocen, de los que en apariencia están cercanos: los discípulos reniegan de ese Mesías derrotado que ha de morir, están imbuidos por una teología de la gloria y el éxito, del imponerse sobre todo enemigo, de un Salvador con un poder terrenal y celestial absolutos.

Este Cristo no se condice con lo que ellos esperan, y quedará plasmado en el reclamo de la madre de los hermanos Santiago y Juan.


Sin embargo, aún en el error, es una madre que busca lo mejor para sus hijos. Por ello su pedido de gloria y prebendas para los hermanos Zebedeo. Es la misma ideología de jerarquías y renombres, de poder y privilegios que, aún hoy, sigue fuertemente enquistada en nuestras realidades.

Pero Jesús conoce el corazón de esa madre y no la reprende; se limita a mencionar apesadumbrado que no sabe lo que pide, y que ellos -Juan y Santiago- no han entendido nada.


Lógicamente, se desatan las furias entre los otros discípulos, y la causa es evidente: la madre de los Zebedeo se les ha adelantado a sus propias ansias. No hay nada más molesto que descubrir en el otro las propias miserias.


Pero el Maestro es tenaz, no se resigna al modo en que solemos hacerlo con frecuencia: por ello la contraposición, por ello el llamado a estar atentos a la seducción del poder. Los poderosos dominan y oprimen a las naciones en provecho propio; las hijas e hijos de Dios crecen y sus almas se agigantan cuando se vuelven servidores del prójimo, en exclusivo beneficio de los otros.


Él lo sabía muy bien, y desde niño: su Madre con toda justicia se sabía esclava del Señor, y por ese corazón la historia ha cambiado el rumbo hacia tiempos luminosos.


Paz y Bien

La batalla diaria contra el egoísmo y la soberbia

 





Para el día de hoy (02/03/21):  

Evangelio según San Mateo 23, 1-12



La polémica ya estaba abierta desde hace tiempo, y las invectivas del Maestro -frente a una multitud y a los Doce- no iba a pasar desapercibida.

Jesús de Nazareth cuestiona gravemente las actitudes y enseñanzas de escribas y fariseos: la mención a la cátedra de Moisés no es abstracta, pues se refería al sitio -silla o mueble- desde donde se impartía la enseñanza oficial de la Ley. Desde ese lugar, esa Ley que se había constituido como instrumento de liberación para Israel, se había tornado en una carga insoportable para el pueblo, imposible de cumplir y que además provocaba la exclusión de muchos, una religión para una limitadísima elite.


Sin embargo, el problema no estribaba en el cúmulo de normas, sino en quienes las imponían.

Ellos ataban cargas en los cuerpos y corazones de las gentes, pero a nadie auxiliaban para que esa carga fuera más ligera.

Ellos obligaban a los otros a actuar de una manera extrema -a menudo absurda-, más ellos mismos se autoeximían del cumplimiento.

Ellos se aferraban al parecer antes que al ser y al hacer, ellos eran la pura exterioridad, la pompa, el boato, los rótulos de autoridad y veneración.


Pero en la cátedra de la Gracia de Jesús las cosas son bien distintas.

La estricta observancia no pasará por los códigos de conductas religiosas y sociales a seguir, sino por el amor que se encarne a cada instante. Todo lo demás puede llegar a ser importante, pero lo que nos define en humanidad es la caridad, que se expresa en el servicio generoso y desinteresado al otro.


En la batalla diaria contra el egoísmo y la soberbia, vamos viajando del yo en búsqueda del tú para arribar al buen puerto del nosotros.


Paz y Bien

Sólo nos llevaremos con nosotros lo eterno

 





Para el día de hoy (01/03/21):

Evangelio según San Lucas 6, 36-38





Hay varias cosas de las cuales tenemos certeza, y otras tantas que damos por supuestas, creyéndolas saber o comprender.


Por un lado, la certeza de que esta vida es limitada, finita y muy escasa, es decir, que inevitablemente moriremos. Desde allí, la mente humana a lo largo de la historia ha tejido múltiples sucedáneos que le ayuden a sobrellevar lo inexorable de la existencia, especialmente en el plano religioso.

Sin embargo, hablamos aquí acerca de lo que solemos crear como sucedáneos o escapatorias y creencias convenientemente acomodadas a nuestras necesidades; así solemos dejar de lado el anuncio maravilloso de la Buena Noticia de Jesús, la sorprendente e increíble acción de la Gracia que llueve como agua buena sobre todos, sin excepción, la contundencia inesperada de una vida que no finalizará jamás.


A la vez, articulamos en nuestras conveniencias cierto comercio espiritual o bien una modalidad de un dios castigador que nos espera severo en nuestro final, dispuesto como juez y verdugo eficaz de acuerdo a los méritos o deméritos acumulados.


No es así el Dios de Jesús de Nazareth.

El Dios de Jesús es Padre y Madre que dispensa amor infinito a todas sus hijas e hijos, y su justicia se expresa en la misericordia, un corazón sagrado puesto para siempre en la raíz de nuestras miserias.


Reconocer a Dios como Abbá ha de ser entonces nuestro rumbo y nuestro distingo, la existencia toda puesta allí en donde florece el dolor, renegar de una vez y para siempre nuestra postura de espectadores que apenas se conmueven con el sufrimiento ajeno cuando pasa de largo. Es hacerse próximo/prójimo, asumir como propia la cruz del hermano, que el sufrimiento compartido -com pathos- se hace llevadero.


Cuando sea el tiempo de irnos, todo quedará, dinero, bienes, torpezas, afectos partidos, banalidades, todo lo que perece.

Sólo llevaremos con nosotros lo eterno, lo que permanece para siempre, la compasión que hayamos ejercido y la misericordia a la que nos atrevamos.


Paz y Bien

Subir a la plenitud divina, bajar a la plenitud de la caridad

 







Domingo Segundo de Cuaresma

Para el día de hoy (28/02/21) 

Evangelio según San Marcos 9, 2-10



Jesús se lleva con Él al monte a Santiago, a Pedro y a Juan, sus amigos íntimos, y esto tiene una importancia eclesiológica fundamental como símbolo de la totalidad de la Iglesia naciente creciente. Pero también ha de tener otro significado profundo para nosotros: sólo en amistad y cercanía con el Maestro podemos atrevernos a ascender a esos planos en donde descubrimos asombrados la eternidad que en Él refulge y palpita.


En las cumbres de ese monte sucede lo impensado: ese rabbí galileo que tanta huella ha compartido con ellos, que ha comido, caminado y respirado el mismo aire se transfigura, se viste de un blanco que no es de este mundo, se lo descubre en la plenitud de su divinidad.

No es un simple cambio de vestido, ni una metamorfosis banal de sesgo carnavalesco, es la mirada de fé capaz de descubrir la dignidad y la gloria de Dios en el cuerpo de Jesús de Nazareth, un cuerpo que será entregado a la tortura, a la humillación y a la muerte, una humanidad que a pesar de todo dolor se nos muestra eterna, una eternidad tejida en lo humano, un Dios que se hace historia.


Por eso mismo a los tres discípulos se les aparecen Elías y Moisés en diálogo con Jesús; la imagen no es sólo de subordinación, es señal de que la ley y los profetas anticipaban sus pasos, es signo de que la historia de los pueblos cobra verdadero significado cuando se entrelaza en diálogo franco con la infinitud expresada en Jesús, Cristo de Dios.


Aquí podemos correr el riesgo de quedarnos en el hecho espléndido e increíble de la Transfiguración; sin embargo, como orbitando alrededor de ese sol sin final, el núcleo del relato está en la voz que nos despierta de todo sopor, y que nos recuerda que Jesús es el Hijo Amado de Dios al que hay que escuchar.

Nuestro Tabor acontece en la meditación y la encarnación personal y comunitaria de la Palabra de ese Hijo por el que todos nos hacemos también hijas e hijos amadísimos del Dios de la Vida.


Entonces, nos volvemos cada vez más cercanos a ellos tres.

Como Pedro, solemos ansiar quedarnos en la quietud de una conciencia a veces adormecida luego de la plegaria y el retiro, cabañas de comodidad y conformismo. Pero la Buena Noticia exige despertares, no acomodarse, bajar al llano en donde sólo hay malas noticias y nada resplandece, enormes campamentos de oscuridad, de soledad y de dolor.


Como ellos, a menudo Jesús se nos hace un Mesías intolerable, un Cristo inaceptable, no tiene lugar en nuestras acotadas razones la derrota aparente a mano de sus enemigos, el escándalo de la Pasión, la locura de la cruz.

Nos atrae más un Salvador glorioso que se impone victorioso a cualquier afrenta, que elimina eficaz cualquier amenaza. Pero el amor transita por otras sendas, y el Maestro ofrendará su vida para que nadie más muera, para que todos vivan -incluidos aquellos que lo odian-: Jesús de Nazareth se sacrificará en la cruz para que nadie más sea crucificado en todo cadalso político, religioso y social.


Quizás entonces la Transfiguración sea don y misterio más también un llamado desde su corazón sagrado a subir con Él a la plenitud humana, para emprender el regreso allí en donde la vida no impera, tiempo santo de Dios y el hombre.


Paz y Bien

Que en la caridad se nos vaya la vida

 





Para el día de hoy (27/02/21):  

Evangelio según San Mateo 5, 43-48



El mandato de Jesús de Nazareth de amar a los enemigos quizás sea, de toda su enseñanza, el más difícil de hacer vida, de encarnarlo en el tiempo.

Es claro que a la hora de las declamaciones, es fácil embarcarse en ampulosos discursos teñidos de romanticismo algunas veces, y de autojustificaciones otras. Pero en lo profundo de nuestros corazones sabemos que la verdad es bien distinta, y que amar al que nos hace daño y desea fervientemente nuestro mal no es para nada fácil e implica una decisión extrema que nos resulta demasiado costosa a nuestros planteos. Como un ejemplo de ello, el ámbito de la violencia que se infringe o, también, el compromiso nacional cuando se tiene la obligación de participar en una guerra, aún cuando ésta implique la justicia y la liberación, no dejan lugar a dudas, y es que el Reino no anda por las mismas veredas que nosotros.


Así podemos encontrarnos con un mundo organizado en tanto sociedad comercial, en donde sus participantes se asocian, colaboran y entre sí alcanzan el éxito económico, pero es un mundo para beneficio de pocos y miseria de muchos.

Podemos hallar también el mundo de los que buscan con afán hacer triunfar su proyecto ideológico no sólo en su ámbito sino con proyecciones totales, en donde su núcleo primordial siempre se protege a sí mismo y tiene el rótulo prebendario y protector de la pertenencia.

También podemos encontrar el mundo religioso, ése mismo que combina pertenencia nacional y religiosa para asegurar instauración de su universo de creencias, y en donde el participar de ese credo asegura, de algún modo, la asistencia y protección de los otros participantes. 

Así son a grandes rasgos los diversos mundos posibles que pueden combinarse entre sí, y que acentúan algunos de sus rasgos a través de los tiempos, pero todos ellos tienen algo en común, y es que se agotan en sí mismos, reafirmando el nosotros y execrando el ellos.


El Reino, en estas verdades, surge como otra alternativa a menudo impracticable. 

Sin embargo, y aunque su aplicabilidad parezca lejana o en algunos casos escatológica, su misma reflexión nos obliga a conceder su posibilidad. El Reino no es una abstracción simpática o difícil, y el amor a los enemigos es el desafío de Jesús de Nazareth no sólo para los creyentes, sino para toda la humanidad, la posibilidad de concretar un mundo cada vez más amplio e integrador a pesar de todas las diferencias que portamos, una fé que no se acota a la práctica piadosa o la adhesión a dogmas y creencias, sino más bien el acento redentor en buscar la plenitud del otro, aún cuando en ello se nos vaya la vida.


Paz y Bien

La Salvación es regalo infinito que Dios nos ofrece a través de su Hijo Jesús


 



Para el día de hoy (26/02/21):  

Evangelio según San Mateo 5, 20-26



Seamos sinceros: sean cualesquiera los motivos que lo impliquen, los fariseos han tenido a través de los tiempos una espantosa fama que los precede, asociando su rótulo a los enemigos de Cristo. Si a eso añadimos cierto antisemitismo que sigue vigente, la combinación no puede ser más escabrosa.


Motivos para el prejuicio hay: muchas de las reconvenciones del Maestro se dirigen especialmente a ellos. Sin embargo, quizás el modo más acertado de reflexión es el de pensar que Jesús de Nazareth critica esas modalidades religiosas. La Salvación es don que se ofrece generosamente a todos, y notorios fariseos han integrado la comunidad cristiana: aquí no podemos dejar de mencionar a Saulo de Tarsus, San Pablo, de formación farisea y discípulo del rabbí Gamaliel.


Es que los fariseos eran una rama del judaísmo de aquella época profundamente religiosa y piadosa. En ellos no estaba ausente la oración diaria y constante, ni tampoco la asistencia estricta al culto en el Templo, como el estudio puntilloso de la Torah. Y sin lugar a dudas, su seguimiento estricto de la Ley de Moisés obedecía a una recta conciencia y a un recto proceder subjetivos.


Sus problemas estribaban en varios factores: por un lado, su literalidad en la interpretación de las Escrituras -causa habitual de cualquier fundamentalismo-, que ignora el Espíritu que las ha inspirado. Por otro lado, no había manera de que aceptaran la Buena Noticia y la Gracia; para ellos las bondades divinas eran el premio a una vida plena de ortodoxia, observancia estricta de los preceptos y actos de piedad. Esto también era causa de durísimas condiciones opresivas y asfixias legalistas, pues salían rápidas las condenas para los infractores de lo preceptuado -que era prácticamente imposible de cumplir-. Así entonces conformaban una élite de unos pocos autorreferenciados como puros y el resto, abandonado a su suerte.


Es claro que ese legalismo en la fé -en cualquier religión- no está acotado al siglo I en Palestina, sino que tiene cierto carácter perenne y llega hasta nuestros días.


En síntesis: defendían hasta el absurdo todo lo que ellos hacían por Dios como único modo de bendición e identificación de los justos.


Pero la justicia del Reino es bien distinta, totalmente opuesta: se trata, antes de lo que nosotros seamos capaces de hacer por Dios, de todo lo que Él hace por nosotros, confiriéndonos bondadosamente una nueva identidad que nos hace quebrar el cascarón de cualquier egoísmo, y es precisamente el ser sus hijas y sus hijos, hermanos entre nosotros.


Así adquieren un significado trascendente y profundo los mandamientos, no tanto como simples prohibiciones grabadas en piedra, sino como sendero nuevo tallado en los corazones. 

La justicia comenzará entonces por ajustar la voluntad propia a la voluntad de Dios, que es en todos los aspectos de la existencia la vida, vida plena, vida abundante que se comparte y se ofrece incondicionalmente.


La Salvación no se gana.

La Salvación es regalo infinito que Dios nos ofrece a través de su Hijo Jesús, nuestro hermano y Señor.


Paz y Bien


Oramos porque nos reconocemos hijos


 




Para el día de hoy (25/02/21):  

Evangelio según San Mateo 7, 7-12



La llamada Regla de Oro tiene muchos siglos de antigüedad, inclusive persiste en numerosas culturas desde mucho antes del nacimiento de Cristo: refiere a principios éticos y morales de reciprocidad que propenden a la convivencia pacífica y justa entre las personas.


Sin embargo, en su gran mayoría prima su enunciación negativa, al modo de no hacer a los otros lo que no quieres que te hagan a tí mismo. Se trata de una cuestión básica y fundamental, propia del sentido común... aún cuando éste sea el menos común de los sentidos.

Pero el Maestro invierte la negatividad expresada, y esta regla de oro se transforma en una afirmación positiva y, por tal, proactiva, pues supone un salto enorme desde la pasividad de no hacer algo malo -primum non nocere, primero no hacer daño- a vincularse con el prójimo haciendo el bien, y ese camino que Jesús define como la Ley y los profetas es el modo de abrir las puertas a la fraternidad, a la justicia, a la comunidad, a la convivencia pacífica y fructífera que conocemos como comunión.


Aún así, es menester despejarnos de toda tentación de abstracciones. Se trata de acciones concretas y de realidades tangibles que surgen del asombroso acontecimiento mismo de la Encarnación, Dios-con-nosotros.

Es ese Dios que se hace hombre y que se queda con nosotros, Jesucristo, el que no se ha quedado quieto ni observa lo que nos pasa a una distancia insalvable, sino que se pone en movimiento, toma la iniciativa y se acerca en cordialidad salvadora.


De Dios son todas las primacías, los pasos primordiales, la primera palabra.

Es ese Dios el que nos habla con bondad de Padre y afecto de Madre, y por ello mismo la oración, antes que nada, es respuesta a su llamado primero.


Orar es ponerse en la misma sintonía eterna de Dios, una eternidad que comienza en el aquí y el ahora.

Orar es descubrirnos mendigos de la misericordia, mínimos y vulnerables -todos, sin excepción- heridos de angustia, lastimados de pecado, dependientes de todo.


El Dios de Jesús de Nazareth es un Dios de pan y peces, de tinajas llenas de vino para que la vida sea una fiesta.

Por eso oramos verazmente abandonando pretensiones egoístas y de satisfacción de deseos menores. Oramos porque se hace posible el encuentro definitivo que ese Dios ha propiciado bondadosamente, por amor paternal, que siempre escucha, que prodiga el bien, que no tiene horarios ni condiciones.


Suplicamos y pedimos porque nos reconocemos carentes y necesitados. Buscamos porque estamos incompletos y tenemos hambre de luz y verdad. Llamamos porque sabemos que toda puerta ha de abrirse, aún la más trabada, aún la que parece infranqueable.


Oramos porque nos reconocemos hijas e hijos.


Paz y Bien

Signos de solidaridad y compasión

 





Para el día de hoy (24/02/21):  
 
Evangelio según San Lucas 11, 29-32




Las palabras del Maestro son duras, muy duras: le exigen una señal ratificatoria de la voluntad divina, un artificio deslumbrante y mágico, que esté revestida de espectacularidad. Esa señal sería fedataria de que Jesús era el Mesías que venían anunciando de antaño la Ley y los profetas.


En sí, la exigencia es denunciada por Jesús como propia de una generación per-versa, y debemos entender el término en contraposición a generación con-versa.


Hasta la inauguración del tiempo de la Gracia y la Misericordia, las señales conocidas eran señales de llamada a la conversión bajo amenaza de divinos castigos y amenazas establecidas.

Pero Jesús de Nazareth ha revelado el rostro bondadoso de Dios Abbá , y sus signos definitivos serán vida, esperanza, liberación expresados en la señal mayor, la resurrección, el amor que derrota toda muerte.


Tal vez por ello no hay que buscar signos torvos hechos a medida de nuestras mentalidades escasas, signos de resignación o de una religiosidad que se acota al cumplimiento de preceptos, de culto sin corazón, de templo de piedra sin alma.


Están allí: los que no saben más que, humildemente, ofrendarse por el bien de los otros. Los hambrientos de justicia. Los sedientos de liberación. Esas almas nobles con las que siempre contamos -a veces si darnos cuenta- porque están silenciosamente presentes, disponibles a la mano compañera, al auxilio generoso, a la solidaridad incondicional.


Aquí hay uno más que Jonás, y uno más que Salomón dicta la justicia que se expresa en la Misericordia de Dios, en Jesús de Nazareth. Y sus hermanas y hermanos, hijas e hijos dilectos de su Padre, continúan sin estridencias siendo signo y presencia en todas nuestras noches para que lleguemos a buen puerto)


Paz y Bien


La plegaria del Señor: orar y amar


 



Para el día de hoy (23/02/21):  

Evangelio según San Mateo 6, 7-15



Con el correr de los años vamos madurando, incorporando conocimientos y vivencias, y quizás también volviéndonos día a día más complejos. No está mal, claro está, se trata de el lógico proceso de crecimiento de todos, desde los balbuceos iniciales de los bebés hacia el discurso más elaborado del adulto.


El problema es que en medio de esos ápices, se nos vá diluyendo la confianza primordial, y una maraña de palabras nos oculta la Palabra.


Cuando Jesús enseña a los suyos a orar -a los Doce, a sus seguidores, a mujeres y hombres de toda la historia de la humanidad- revela a un Dios que no es tan lejano ni tan inaccesible como muchos creen... o como nos han hecho creer.

Él lo descubre en las honduras de su corazón sagrado, y nos descubrimos hijas e hijos capaces de llamar a Dios Abbá! -Papá!- porque, precisamente, Jesús de Nazareth es su hijo. Somos hijos por ese Hijo, y con la maravillosa alegría de sabernos hijos nos dirigimos a Él con sencillez y confianza inquebrantables.


Es una cuestión filial, de Padre a hijos, y por ello mismo se torna una cuestión familiar plena de realidad y lejana de cualquier asomo declamatorio. Por ello la causa de Dios está intrínseca e inseparablemente unida a la causa de los hermanos.


Así nos dirigimos a ese Padre que está en los cielos, que es el Totalmente Otro pero que sin embargo está cerca, muy cerca, palpitando en cada corazón. 


Así suplicamos que se santifique su Nombre, que Él se siga revelando como Padre Redentor, como horizonte personal de plenitud y humanidad.


Así suplicamos que el Reino venga, que se haga tiempo, que se haga historia, que se haga aquí y ahora la vida, la libertad, la felicidad.


Así reconocemos que ese Padre jamás se desentiende de sus hijos ni de lo que les sucede, por eso rogamos que la voluntad de Dios -la vida en plenitud- acontezca en sus ámbitos que no son solamente celestiales, sino que acampan en estos arrabales que somos.


Así suplicamos por el pan, el pan que se comparte y reparte, que alcanza para todos y aún queda más, pan de mesa grande compartida, pan de justicia para que nadie más pase hambre, el pan de Dios que es el pan de todos, Jesús de Nazareth haciéndose pan para los demás.


Así rogamos que perdone nuestras ofensas, nuestras miserias, porque el perdón libera y sana, el perdón es la expresión más cabal de ese rostro bondadoso y paterno de ese Dios revelado por el Hijo, un perdón que se vuelca hacia los demás porque nos sabemos perdonados incondicionalmente, y rogamos también -como antaño- que se perdonen nuestras deudas, porque es menester hacer presente el jubileo de liberación de ese Cristo hermano y compañero, superando toda desigualdad que anula gentes, que deshumaniza, que agobia corazones, que insulta trabajo, que aniquila esfuerzos, que ofende honestidad.


Así imploramos que no nos deje caer en la tentación del olvido y la omisión, pues cuando olvidamos al hermano renegamos de ese Dios que nos reune y nos busca sin descanso, la peligrosa tentación de no reconocernos frágiles, de buscar atajos milagreros y desandar caminos fecundos, y decimos con esperanza que palpita que nos libre del mal, de mal que nos hacen y del mal que hacemos, del egoísmo que separa y mata, del la soberbia de creermos más que otros, de la simulación constante sin compromiso.


La mejor de las noticias es que Dios nos ama, que somos hijas e hijos y que podemos superar cualquier espiritualidad de trueque piadoso o de religión repetitiva porque en cada rostro podemos encontrar las huellas filiales de Aquél que resplandece en cada ser humano.


Paz y Bien

Pedro, vocación desde la caridad y el servicio

 






Cátedra de San Pedro, Apóstol

Para el día de hoy (22/02/21):  

Evangelio según San Mateo 16, 13-19



Como una invitación a ir por surcos más profundos, la Palabra de Dios nos ofrece una coordenada a partir de la cual podemos indagar contextos históricos que nos amplíen el horizonte espiritual.

Cesarea de Filipo es la antigua ciudad helenística de Panias o Banias. En ella, Herodes el Grande, en su tiempo, construyó un templo en homenaje al César de Roma; previamente a ello, durante mucho tiempo alojó también el culto al dios Pan, y era un centro pagano de preregrinación y comercio de renombre. a la muerte de Herodes el Grande, éste divide su reino en tres partes -una para cada hijo- y esta ciudad era la capital de los dominios de uno de ellos, Herodes Filipo, tetrarca de Iturea y Traconítida, hermano de Herodes Antipas. Es un centro pagano que está fuera de los límites de la Tierra Prometida, y el nombre lo dice todo: se le rinde honores y culto al emperador que domina desde Roma y sostiene con sus legiones a los vasallos como Filipo y Antipas. El César está endiosado, y a la fuerza se subordina al pueblo al opresor que los subyuga. (hay otra Cesarea -Marítima-, en la costa mediterránea, que tiene un afán similar de honra al emperador).

Es decir, el Señor elige precisamente un sitio ajeno a Tierra Santa donde prevalece el imperio y se honra a otros dioses para una grandísima revelación. A veces, en nuestras pequeñas existencias, los sitios y circunstancias en donde se nos revela la presencia sagrada de Dios no están prefijados en ninguna bitácora vivencial previa. Aún así, es menester estar dispuestos a descalzar el alma, zarza ardiente de un Dios presente en el rostro del hermano.

Quizás haya a su vez una necesaria toma de distancia frente a un ambiente enrarecido que no permite mirar y ver con claridad; tal vez, un manso y libérrimo desafío que dice que la soberanía y el amor de Dios no están acotadas a determinadas fronteras.

La pregunta que el Maestro les realiza a los discípulos está ajena de inquietudes propias. Tiene la propedéutica propia de aquel que quiere guiar a los suyos hacia los campos luminosos de la verdad. Porque en la respuesta de los discípulos se esconden también sus ansias, sus preconceptos, sus errores. que es Juan redivivo, que es Elías u otro profeta de Israel. 

Nos interpela a nosotros también, aquí y ahora. Es un revolucionario. Es un Dios inaccesible escondido en los templos. Es una cómoda figura estampada en las imágenes religiosas y tantos moldes como ansias y frustraciones y necesidades seamos capaces de adjudicarle.

En nuestro propio anacronismo no nos sorprende demasiado quizás la respuesta de Simón Pedro: -Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo-. No es una afirmación menor ni el producto de un fervor momentáneo.

Con toda la historia de su pueblo a cuestas, Simón reconoce que Jesús de Nazareth es el Mesías que Israel espera hace siglos, el Hijo de Dios vivo, del Dios viviente.

-Mesías es la expresión aramea que en griego se pronuncia Cristo.-

Pero la contundencia raigal de esa afirmación no es el producto de un esfuerzo intelectual de Simón. es la acción del Espíritu que lo enciende de fé para reconocer al Salvador. La fé es don y misterio, y estpa en nosotros fructificar y cuidar esa llama siempre viva que Dios pone en las honduras de nuestros corazones.

Conocemos a Simón Pedro. Era bastante voluble, de emociones fuertes, de varias idas y vueltas, hasta de renegar de Cristo por miedo en las horas terribles de la Pasión. Pero ante todo, era un amigo del Maestro. Amigo primero, luego discípulo, y hay todo un plan de vida allí.

Por confesarlo sin ambages, Simón recibirá un nuevo nombre que se corresponde a su vocación definitiva: Pedro -Cefas, Petrus, Pietro- pues sobre esa roca Cristo edificará su Iglesia. Pedro tendrá el poder de atar y desatar en la tierra y en el cielo, y el poder del infierno no prevalecerá contra ella.

A través de los tiempos, y hasta nuestros días, esto ha traído bravos desencuentros y críticas feroces. Para algunos, no es necesaria la sucesión de Pedro. Para otros, se busca un Pedro monárquico e imperial que sojuzgue, llave en mano, al pueblo creyente. Pero Pedro, primus inter pares, lleva esa primacía -y ese calvario- desde la caridad y el servicio, siendo amigo del Señor, sabiendo que Él es la cabeza y quien nos sostiene, y desde el amor y la humildad ha de confirmar a sus hermanos, prenda de comunión aún a riesgo de vida.

Atar a los hombres entre sí, con tanto quebranto y desunión que se impone. Desatar los nudos que oprimen y que impiden la vida en plenitud. Sostener a los caídos. Renovar la esperanza.

En cierto modo, la vocación petrina nos involucra también a cada uno de los creyentes en esa búsqueda y esa ofrenda de paz y justicia.

Desde estas tierras del fin del mundo, oramos confiados por nuestro Pedro, tan vapuleado y sin embargo tan amigo de Cristo y servidor de su pueblo. 

Dios guarde a su Santidad Francisco.


Paz y Bien



Dios nunca nos dejará caer

 





Domingo Primero de Cuaresma

Para el día de hoy (21/02/21) 

Evangelio según San Marcos 1, 12-15


Jesús ha sido bautizado por Juan a la vera y en las aguas del Jordán, un río con una historia cara la memoria de Israel, el río que se atraviesa para llegar a la tierra prometida de la liberación, tierra santa de Dios en donde nadie será más un esclavo.

Allí, la lógica indicaría que asumiría el liderazgo de su pueblo para que se instaure sin demoras el Reino de Dios tal como suponían Pedro y los otros, un Dios que derrota a todos sus enemigos y hace gala de un poder avasallador, el Dios de Israel pero de ningún otro pueblo.

Pero sus caminos transitan otros senderos insospechados; Jesús es empujado, llevado de la mano al desierto.


El desierto no es grato ni amistoso. No se sobrevive cargado de equipaje inútil, sólo es posible salir andando ligero y confiando en alguien que brinde auxilio seguro y agua fresca.

Son cuarenta días, y no es un dato menor: en la memoria colectiva, es la referencia directa a los cuarenta años de peregrinación y crisol de pueblo, de liberación de la esclavitud egipcia, de barro moldeado en las manos bondadosas de Dios para hacerse mujeres y hombres libres en tierras renovadas.


Son cuarenta días de sostén absoluto en el Espíritu de Vida.

En pocas palabras, el Evangelista nos regala a un Salvador tan nuestro, un Cristo tan cercano que es golpeado una y otra vez por las tentaciones y flaquezas, humano hasta los huesos como cada uno de nosotros.


En ese desierto, Satanás -cuya etimología refiere a adversario- está allí molestándolo, pero es sólo una presencia simbólica: en realidad, a través de toda su vida Jesús será tentado por las mieles engañosas del poder, del éxito, de la violencia. Serán Satanás aquellos fariseos que lo excluyen y lo tratan de blasfemo, será Satanás el mismo Pedro que lo reprende pues no tolera un Mesías sacrificado y en apariencia derrotado, serán sus parientes diciendo que no estaba en sus cabales, serán aquellos que prefieren una piara de cerdos a un enfermo sanado, serán también los que suponen la primacía de Israel en la salvación y el dejar fuera a todos los otros pueblos, réprobos y condenados por extranjeros.


El mensaje es claro: no se trata de un dios opuesto, o de una fuerza paranormal que anda confundiendo a las gentes y que es menester alejar por intermedio de ciertos expertos por la vía del exorcismo. Se trata de esas falencias, mezquindades, limitaciones enraizadas en el egoísmo y el temor que impiden la realización plena, que reniegan la instauración de la vida plena del Reino del Dios de Jesús de Nazareth.

Lo diabólico es todo lo que se opone a la vida, y contra ello pondrá el pecho el Maestro sin vacilar, y su victoria es la nuestra.


A pesar de todos los embates, de todas esas tentaciones que golpean con fiera determinación y suponen una amenaza insalvable, prevalece la mano de Aquél que nos cuida, significado aquí en aquellos ángeles que sirven a Jesús en medio del asedio de las fieras.

No estamos ni estaremos solos nunca, y a pesar de esas fieras que suelen mordernos los tobillos diarios, ese Dios que es Padre y es Madre no quiere que nos perdamos ni que caigamos en las arenas de la soledad.


El Maestro atravesará esos que moldearán su corazón. Y ese Espíritu que lo lleva al desierto lo impulsará a la Galilea de su querencia, esa Galilea de la periferia constante y la sospecha permanente, Galilea de los pobres y marginales que sólo saben de resignación, dolor y tristezas.

Allí, en donde nadie espera nada, allí anunciará la Buena Noticia del Reino de Dios, la mejor de las novedades.


Estamos en un tiempo litúrgico en donde durante cuarenta días nos vamos adentrando en las honduras de nuestros corazones, para redescubrir al amor mayor expresado en la Pasión de Jesús.

Pero no es sólo una etapa importante del año en la que volcamos nuestro fervor religioso, es mucho más que eso. La cuaresma, esos cuarenta días de golpes y esperanza, del enemigo que quiere socavarnos pero de ese Dios que nunca nos deja caer, es la metáfora de la vida misma.


Sólo desde existencias cuaresmales podemos anunciar Buenas Noticias, descubriendo que a pesar de los embates de las fieras del egoísmo, el individualismo y el poder no estamos solos, nos impulsa y sostiene el Espíritu de Aquél que nunca nos abandonará y que nos espera desde siempre en la plenitud que es nuestro horizonte.


Paz y Bien

Lo definitivo es el amor de Dios

 






Para el día de hoy (20/02/21):  

Evangelio según San Lucas 5, 27-32

 




Los publicanos era quienes, con respaldo legal, recaudaban impuestos para el Imperio Romano. Amparados en esa ley, abusaban de su status, cobrando no sólo los tributos debidos -los que ya eran de por sí harto gravosos- añadían montos que iban a parar a sus bolsillos. En varios casos -lo podemos identificar en el pasaje evangélico en donde se relata la historia de Zaqueo- muchos de ellos amasaron cuantiosas fortunas, producto de esos abusos. Por ello mismo eran tan temidos como odiados.


Los publicanos como Leví no era tenidos en alta estima tampoco, toda vez que eran visto por sus paisanos como serviles al invasor extranjero que profanaba la tierra Santa de Israel, además de ser el ejemplo claro de abuso y corrupción. Estaban considerados a la misma estatura moral de las prostitutas, y por tales se encontraban excluidos de la vida comunitaria y religiosa.

En la mesa de impuestos de Leví abunda el dinero pero sobreabunda la soledad; justificadamente o nó, Leví sólo puede juntarse con otros como él, pues el pueblo repudia su condición de pecador.


Pero el Maestro vé mucho más allá de la realidad aparente, con una mirada capaz de trascender y confiar hasta sus huesos en que otra vida es posible.

Porque Dios tiene muchísima más fé en todos y cada uno de nosotros que la escasa confianza que a menudo depositamos en Él.

Jesús de Nazareth se acerca a Leví, pues son de Él todas las primacías, es Él quien dá el primer paso, es Él quien nos busca sin desmayos, y no le importa, en su corazón sagrado e inmenso, la actualidad de Leví sino todo lo que puede llegar a ser junto a Él. Por eso Leví se pone de pié, deja todo y lo sigue, signo cierto de que el ingreso del Maestro en su existencia ha desalojado mansamente esa oscura vida anterior.


Luego nos encontramos con un banquete celebrado en su casa: la vida transformada es motivo de festejo.

Allí podemos comprobar que los asistentes son en su gran mayoría publicanos, y ello suscita las críticas. Almas puntillosas no toleran que el Maestro se siente a comer y brindar con esos pecadores miserables.


Sin embargo, precisamente ésa es la gran señal de Salvación: Él ha venido en rescate de los que estaban perdidos, sanando a los cuerpos enfermos y a las almas corrompidas, para que todos puedan volver a una existencia plenamente humana.


Así sean también las mesas de la Iglesia, mesas en donde todos nos reconocemos pecadores, a menudo abrumados por nuestras miserias, pero convidados por Aquél que desborda perdón y misericordia. Y en su mismo camino, convidar a compartir el pan y la vida a todos aquellos a quien nadie invitaría a comer.

Ésa es la misión que se nos ha encomendado, y todo lo demás es importante pero viene detrás: lo que cuenta es la inclusión que se practica desde una compasión originada en corazones agradecidos por el perdón de Dios que excede por lejos cualquier cálculo, que desborda las canastas con su pan, que nos renueva y recrea cuando todo parece definitivo


Paz y Bien

La Gracia de Dios tiene todas las primacías

 






Viernes de Ceniza

Para el día de hoy (19/02/21): 

Evangelio según San Mateo 9, 14-15



Luego de la ejecución del Bautista ordenada por Herodes, los discípulos de Juan se suman a los discípulos de Jesús de Nazareth, con todas sus enseñanzas y tradiciones a cuestas.

Por ello no es de extrañar la pregunta que le hacen al Maestro: ellos y los fariseos ayunan a menudo, en ciclos específicos, mientras que los discípulos del Señor no lo hacen. Ello no refiere a una laxitud en el cumplimiento de las normas religiosas, sino a cuestiones más profundas.

La frase, en cierto modo, equipara a los fariseos con los discípulos del Bautista. Se rigen por las mismas normas, quizás con criterios similares. Quizás, los discípulos del Bautista tienen un corazón más ligero por la tenaz llamada a la conversión de Juan, pero su mentalidad es la misma de los fariseos.

No se trata de un juicio de valor: se trata, más bien, de ubicarnos en la tierra fértil de la Gracia.

Por ello Cristo alabará a Juan como el más grande entre los hombres, pero aún así será el más pequeño en el Reino.

La Gracia de Dios confiere la nueva perspectiva de la Buena Nueva.

Las tradiciones carecen de valor por sí mismas: en la vida cristiana, la tradición -del latín tradere, traer- es eminentemente valiosa por Aquél que le otorga sentido y la nutre de eternidad.

Tradiciones, gestos y rituales repetidos, olvidando el hacia quien y el desde quien, deben ser historia. Nunca presente. 

Jesús de Nazareth no desprecia el ayuno. Desoye, más bien, los llamados a la repetición sin sentido.

Un tiempo nuevo se inaugura, y toda la vida ha de orientarse a esa luz y esa fuerza que todo lo transforma, la Gracia de Dios que tiene las primacías por sobre toda tristeza, sobre todo dolor, sobre tantos sufrimientos impuestos.

Paz y Bien


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