Pregón Pascual -Cristóbal Fones SJ-



PREGÓN PASCUAL

Cristo Jesús, que por amarnos murió
Resucitó de los muertos

Este es el día esperado por todos los hombres
Este es el día en que todo comienza de nuevo
Goce la tierra inundada de luz tan brillante
Huyan las sombras antiguas, aléjese el miedo

Goce también nuestra madre la Iglesia y exulte
Canten los fieles reunidos, resuene este templo
Esta es la Pascua, el paso de Dios en la noche
Su fuerte brazo abate el poder del soberbio

Ante el asombro de sus enemigos, El pasa;
Marcha triunfante, cabalga en su carro de fuego
Una columna de luz ilumina la tierra;
Abre caminos y avanza, recorre el desierto.

Paso de Dios con poder levantado a su Hijo:
El une ya para siempre la tierra y el cielo
Grano de trigo, tu cuerpo, sembrado en la tierra,
Ha dado fruto abundante, preciado alimento.

Este es el tiempo de gracia, que lava las culpas,
Da la inocencia y ofrece al triste consuelo.
Es nuestra fiesta; los hijos nacidos del agua
Beben la Sangre vertida del manso Cordero.

Cristo, concede a tus fieles, que hoy te bendicen,
Ser sepultados contigo y entrar en tu Reino.
Al que se sienta a la diestra del Padre en lo alto
Sea la gloria, el poder, el honor y el imperio.

Adaptado del texto litúrgico
Autor de la música Cristóbal Fones SJ

Aquí puede escucharse: 

Hay cosas que no pueden ocultarse ni comprarse



Para el día de hoy (06/04/15):  

Evangelio según San Mateo 28, 8-15



Dos grupos de mensajeros parten presurosos de la tumba abierta y vacía. Sus motivos son muy distintos.
Las mujeres, luego de la presencia del Mensajero -voz de Dios-, se van con alas en los pies, con cierto temor por la incertidumbre por no saber cabalmente lo que sucede: aún así, en sus corazones palpita en ciernes una intuición y un deseo que escapa a sus razones.
Ellas han caminado con el Maestro, han sostenido su ministerio, son discípulas como el que más. A la hora terrible de la Pasión, permanecieron de pié cuando los hombres se habían dispersado, y al alba se encaminaron al sepulcro, mientras los otros se ocultan de puro miedo y desazón.

El encuentro con el Resucitado les barre todo temor, les restituye la alegría, les otorga nuevamente un sentido que había perecido entre tormentas de tristeza. El encuentro personal con el Resucitado siempre impulsa a la misión, porque esa plenitud que germina no es cosa individual, es un extraño tesoro que se multiplica al infinito cuando se comparte sin medidas con los demás.
Por ello, con  las mismas prisas pero con un sentido claro, ellas se encaminan hacia donde están Pedro y los otros, evangelizadoras de los apóstoles, testigos fieles del Resucitado.

Pero allí, a las puertas de esa tumba ahora inútil, hay un grupo de soldados dispuestos como custodia que se han dormido en el momento primordial. Hay que estar siempre vigilante hacia lo importante. Seguramente temen alguna represalia por el deber incumplido, y por ello van a hablar con los Sumos sacerdotes, cuando correspondería notificar al superior militar.
No iban a encontrar nada nuevo en el Sanedrín. Allí bullía todavía el celo por borrar de la faz de la tierra al rabbí de Nazareth, y el esfuerzo por arrancar de la memoria del pueblo su enseñanza, su ministerio. Por ello mismo es que tercia la cuestión el dinero y su poder corruptor. El soborno -casi obligatorio- tiene la función de sostener una mentira y establecer una turbia certeza sin cimientos, tal como sucede con todo acto de corrupción a través de los tiempos. Y ya estamos grandes como para seguir negando que la corrupción está íntimamente vinculada a la muerte.

Pero hay cosas que no pueden ocultarse. La verdad siempre sale a la luz, y quizás las ciencias tengan una mirada limitada, y está bien: la fé es un acontecer cordial, interior, que no puede mensurarse.
Pero también hay corazones que no pueden comprarse. Hay gentes que no se venden, ni venden su alma, y se mantienen firmes en la verdad que las sustenta, como esas mujeres testigos del Resucitado, flores magníficas de la Iglesia que debemos recordar siempre con gratitud, y a todas aquellas que aquí y ahora persisten en anunciar con todas sus existencia a ese Cristo vivo y presente que es nuestra alegría y nuestra esperanza.

Paz y Bien

Testigos del Resucitado



Pascua de la Resurrección del Señor

Para el día de hoy (05/04/15):  

Evangelio según San Juan 20, 1-9





En la lectura del Evangelio para el día de hoy prevalece el correr. Correr con las prisas y las angustias, la desesperación y las esperanzas secretas, incipientes.

María de Magdala se encamina al sepulcro de su Maestro a la madrugada, sin saber quizás que se está gestando el alba, el amanecer definitivo para la humanidad. Pero lo que importa es que vá, aún cuando lleve el amor revestido del luto por ese cuerpo amado que descansa en la tumba nueva, un amigo que partió demasiado joven y de la peor manera, un inocente que ha sido víctima de los poderosos, un Señor extrañamente servidor y absolutamente libre.

La Pascua de María Magdalena está en germen, aún no ha acontecido plena, pero ella vá cuando los otros están escondidos por el miedo que puede respirarse en ese ambiente enrarecido.

La pesada piedra que obtura la entrada está corrida.

No necesita saber más. Esa tumba abierta pone en los pies de María, y corre sin pausas al encuentro de los discípulos, y es la comunión que nunca, por ningún motivo, ha de romperse. Seguramente a María, por ser mujer, no se le diera demasiada importancia, más lo que tiene que contar es decisivo, a pesar de que todavía supone que se trata de una maldad propia de los asesinos, el robo del cadáver.
Amar contra toda evidencia, amar siempre, amor que perdura después de la muerte.

Ellos se enteran y se contagian las prisas, revestidos de la urgencia de las preguntas que, sí o sí, requieren respuestas. 
Pedro y el Discípulo Amado corren sin desmayos hacia esa tumba que a la distancia los interroga, los interpela.

Un pequeño alto aquí: tradicionalmente, se identifica al Discípulo Amado como Juan. Algunos exégetas, por su firme amistad, señalan que se trataría de Lázaro.
Sólo por un momento reflexionemos desde otra perspectiva. En las Escrituras nada es casual, siempre hay una causalidad, aún cuando a menudo sea tácita. Quizás por ello Mateo no mencione el nombre del Discípulo Amado, porque el discípulo amado se distingue por el amor y la fé.

El amor que le hace llegar primero, que borra cualquier distancia.
La fé, que lleva varios pasos más allá de lo evidente.

Pedro aún no entiende, a pesar del sudario enrollado a un lado y las vendas inútiles. No hay un cuerpo para vigilar con sus fines mortuorios, tumba vacía, hogar inútil de la muerte que ha perdido su carácter inexorable por el amor de Dios expresado en Cristo.
El Discípulo Amado ingresa después de Pedro, que es primus inter pares, roca que sustenta a los hermanos. El Discípulo Amado vé lo que ha sucedido y cree.

El Discípulo Amado es la comunidad cristiana, la de los creyentes, la de los testigos del Resucitado.

Quiera Dios que todas las Magdalenas con que Dios nos bendice vuelvan a contarnos lo que han visto, por ellas jamás se demoran ni se guardan para sí lo que han visto.

Muy Feliz Pascua de Resurrección

Paz y Bien

Encuentro en Galilea




Sábado Santo - Vigilia Pascual en la Noche Santa

Para el día de hoy (04/04/15):  

Evangelio según San Mateo 28, 1-10





Esas mujeres se encaminan a la tumba del Maestro al alba, un alba que aunque aún no lo sepan, es anuncio de un nuevo día, y de un día definitivo, un amanecer que quiebra el mero transcurrir del tiempo.

Son mujeres, y tal vez por ello nadie les dá demasiada importancia a lo que hagan o digan. Ellas van hacia el sepulcro a expresar sus afectos a su Maestro que allí reposa, vestidas de la tristeza inexorable de la muerte; en cambio, los discípulos se han dispersado y escondidos, ateridos de miedo y desconsuelo. Los soldados de custodia permanecen cumpliendo órdenes, afirmados en la aparente legitimidad de sus lanzas y espadas.
Ellas no han comprendido del todo la enseñanza de ese Jesús que amaban, y de allí su humilde tristeza. Aún así, como buenas mujeres que son, prevalece en ellas la intuición, una intuición que les dicta, corazón adentro, que cuando todo se pierde es menester afirmarse en el amor, causa de todos los milagros.

No es tarea menor ni, aunque casi clandestina, está exenta de riesgos. Los que clamaron por la muerte de ese inocente están atentos y a la pesca de sus seguidores. Pero ellas igualmente van, porque las puede el afecto, porque un fermento extraño las moviliza, aunque no lleguen a razonarlo.

La pesada piedra que obtura la entrada está corrida. Hay un ángel por allí que no puede ser obviado. La escena del Mensajero sentado sobre la piedra-puerta es señal divina: la tumba ya no es hogar de la muerte, la tumba vacía es señal de esperanza, de que los imposibles han caducado, de que la luz prevalece sobre cualquier tiniebla, por invasiva que se asome. La transparencia y la blancura del Mensajero indica que no hay nada oculto que ya no permanecerá así, que será revelado, porque el amor de Dios se ha rebelado contra el dolor y la injusticia, porque el amor de Dios levanta a Cristo de la muerte.

Ese terremoto que estremece las entrañas de la tierra es otra señal estruendosa del acontecimiento cósmico de la Resurrección. Toda la creación ha contenido el aliento con su muerte, toda la creación sonríe y celebra con su vida resucitada.

El Señor ha resucitado, y no descansa. Ha sido un muerto inquieto y peligroso, y ahora amorosamente continúa su misión creadora de Salvación.
Por ello les dice con voz clara Alégrense! y nos lo repite ahora a nosotros, porque la presencia de Dios, los sueños eternos de Dios son la alegría de todas las gentes que le aman. 

Esas mujeres tienen un encargo apostólico y sacerdotal: avisar que es tiempo de despojarse de resignaciones y lutos, pues el Crucificado es ahora el Resucitado para siempre, vivo y fiel, caminante y presente entre los suyos.

Con esas mujeres, Señor, iremos a encontrarte en Galilea, allí donde están tus hermanos, allí donde todo comenzó. 
Allí, en las Galileas de todo tiempo y lugar, de la periferia y la pequeñez, de donde poco se espera, Galileas de sospecha y de invisibilidad, allí te encontraremos nuevamente vivo, joven, para el abrazo de una esperanza que llevás encendida en esa mirada que vuelve a convocarnos en esta noche que empuja el día total, grano de trigo frutal que devino en pan santo de Salvación.

Muy Feliz Pascua de Resurrección

Paz y Bien


 

Viernes Santo: contemplar al crucificado



Viernes Santo de la Pasión del Señor

Para el día de hoy (03/04/15):  

Evangelio según San Juan 18, 1-19, 42




La superabundancia de palabras y sonidos, de ruidos tóxicos y vocablos vanos tiene una morbilidad demasiado habitual. En verdad estamos saturados -a menudo gustosos de ello-, pero por eso mismo es tan necesario hacer silencio, ese silencio fructífero, desierto santo para el encuentro con Dios. Y así, despojados de cualquier intromisión perecedera y de tantas cuestiones distractivas, centrar la mirada y el corazón en ese Cristo crucificado.

Hay que dejar que la cruz nos hable.

Los romanos eran cruelmente eficaces en esos temas punitivos, ejecutorios. Todo estaba cuidadosamente estudiado y se planificaba en busca del mayor efecto. La crucifixión, como pena capital, tenía dos aspectos: por un lado, aplicar el máximo castigo al reo condenado, escarmiento doloroso por crímenes contra el imperio, que tenían como área previa una ingente sesión de flagelos y durísimos maltratos corporales. La exposición del castigado desnudo y agonizante es la humillación mayor, aunado esto a una prolongada e insoportable agonía.
Por otra parte, buscaban un efecto disuasorio hacia otros que pretendieran seguir el mismo camino subverviso del condenado, como indicando esto es lo que te espera. Por ello siempre este tipo de ejecución tiene un carácter público y casi obligatorio.
De estos horrores se exceptuaban a los ciudadanos romanos: con la cruz se reprimía a los esclavos rebeldes y a los alzamientos provinciales, tal era el grado de espanto que se infringía y el tenor de indignidad considerado, impropio de un hijo de Roma.
Para la ley mosaica, un crucificado es directamente un maldito.

Marginalidad y maldición, y la piedad desalojada.

En el Gólgota hay tres condenados levantados, pero un sólo inocente. Como con exactitud lo dirían tiempo después sus amigos, ese galileo pasó haciendo el bien, y sin embargo lo ejecutan como a un criminal peligroso.
Los concienzudos verdugos romanos, luego de burlas y vejámenes, le han aplicado un cartel cuya pretensión es identificar pero también ridiculizar. Está escrito en hebreo, latín y griego, es decir, en todos los idiomas universales para esa época, mensaje que será para todas las naciones de todos los tiempos. Dice: Jesús Nazareno, Rey de los Judíos -Iesvs Nazarenvs Rex Ivdaeorvm-.
El término pretendidamente mesiánico, rey de los judíos, es una broma torpe, que a su vez reaviva las furias de los sanedritas: el término correcto, de corresponder, hubiera sido rey de Israel. A esos hombres, religiosos profesionales, los puede el odio y el rencor antes que la erudición que dicen profesar.
Pero, aún cuando seguramente el pretor no lo desea, la identidad originaria del Crucificado es motivo de honra y revelación. Jesús Nazareno, Jesús nacido en Nazareth, la pequeña e ignota Nazareth de la periferia, de donde nada se espera y en donde en realidad todo comienza, y la historia señala una encrucijada y un cambio de rumbo total a partir de una pequeña muchachita judía que ahora muere por dos, muere al pié de esos maderos en donde su hijo -que es su Maestro y su Dios- agoniza del peor modo.

Contemplar a ese Crucificado es volver a escuchar la voz de la mansedumbre, de la paz, de la vida que se ofrece para que no haya más crucificados.
Es dejar que el amor se exprese pues es más fuerte y más tenaz que cualquier espanto y cualquier tortura, que la muerte misma.
Es ponerse al hombro las miserias y caminar hacia tiempos mejores y definitivos, en donde no importen tanto las voces autoritarias y cínicas de los Caifás y los Pilatos y los Herodes, e inclinar los corazones hacia los inocentes. Porque siempre, indefectiblemente, hay que estar del lado de las víctimas y no de los victimarios.
Es permitir que esa mujer de corazón enorme y doliente se afinque en nuestro hogar, pues casa propia no tiene: la casa de María está allí en donde están los hermanos de Cristo que la reciben con afecto. María es la herencia más valiosa que nos lega ese Crucificado, en un testamento amoroso apenas pronunciado pero escrito de manera indeleble por su sangre divina vertida como cordero pascual, sangre con la que pintaremos las puertas de nuestros corazones para que todas las muertes pasen de largo.

Estamos en las manos bondadosas de un Dios que es Padre y es Madre, aún cuando los cielos se oscurezcan, aún cuando parezca que nos han arrancado la esperanza a golpes de martillos odiosos, en medio de cualquier noche.

Paz y Bien
 



Jueves Santo, rostro del Señor




Jueves Santo

Para el día de hoy (02/04/15):  

Evangelio según San Juan 13, 1-15





Los ánimos en ese momento estaban muy cargados. Es una mesa familiar, de esos vínculos que sólo puede establecer la amistad, pero también es una cena de despedida. Jesús de Nazareth es un hombre que tiene plena conciencia de que está a punto de morir como un delincuente abyecto, como un maldito, como un marginal, traicionado por alguien cercano a su corazón, negado ferozmente por otro, abandonado por casi todos. Aún así, no escapa ni rehuye a ese destino que ha asumido en plena libertad, y que no es fortuito, no es voluntad morbosa de un dios cruel ni lo deciden quienes le odian, sino que es la consecuencia de su total fidelidad y obediencia a su Padre.

Profunda ilógica. Cosas muy extrañas acontecen en este tiempo que Cristo ha inaugurado.

Esta Cena que denominamos Última por su carácter de despedida afectuosa, en realidad es la primera de muchas que, haciendo memorial del amor de Dios, congregará a los hermanos junto al pan y al vino eternos, vidas concelebradas.

Es también despedida de Aquél que se vá a los brazos del Padre para quedarse de manera definitiva entre sus hermanos y amigos, todos nosotros.

En esa misma extrañeza, el Maestro no instituye una liturgia nueva, o un culto modificado por la cercanía del Seder Pesaj. De ser así, lo hubiera realizado antes de comenzar a comer. De querer enfatizar la despedida con carácter solemne, lo hubiera realizado al finalizar. 
Tampoco se trata de una ablución ritual de purificación.
El Maestro, en medio de la comida, se quita el manto, se enrolla una toalla a la cintura y lava los pies de los discípulos.

Los símbolos son tremendos. En la Palestina del siglo I, quitarse el manto -la prenda de vestir principal- es quedar casi desnudo, desprotegido, a la intemperie. 
Y lavar los pies a los recién llegados del camino es una tarea propia de los esclavos, o tal vez de las mujeres, tarea natural que ni se paga ni se agradece. Trabajo de esclavos, trabajo silencioso que nada espera a cambio.

Un Cristo servidor, un Dios que se anonada y humildemente se hace esclavo no es fácil de aceptar. Pedro se rebela porque no lo tolera, y porque, quizás como también nosotros, espera un Mesías poderoso, revestido de gloria y fuerza.

Pero aún en el agua que se enturbia luego de lavar los pies, se sigue viendo el rostro del Señor.
Por eso es menester dejarse lavar los pies, para andar a paso firme con las cosas del Reino, en la huella de la Gracia.

Y así, confiados en esa fidelidad sin matices ni fisuras, realizar el memorial de la Cena del Señor y del servicio a los hermanos en cada momento de nuestras existencias. Regreso a Dios y regreso al hermano a pesar de todas las cruces.

Un Cristo tan humano que se hace esclavo para que nadie más quede en el último lugar, a pura fuerza de la caridad.

Paz y Bien

Treinta monedas




Miércoles Santo

Para el día de hoy (01/04/15):  


Evangelio según San Mateo 26, 14-25




Por motivos razonables, el nombre de Judas devino, a través de la historia, como sinónimo de traidor. De nombre propio a sinónimo descalificatorio de alto calibre. Ello aplica no solamente al ámbito de la fé, sino a toda ocasión en que la confianza se ha vulnerado, y aquí se destaca lo obvio: traiciona quien está cerca, traiciona aquel en quien se confía.

De allí a despreciar al Iscariote hay un paso nomás. Pero aunque nos asquee la traición -al fin y al cabo, en ella podemos espejarnos a veces-, no tenemos derecho a juzgarle. Con meridiana claridad lo expresó Benedicto XVI, no podemos juzgar su gesto poniéndonos en lugar de Dios, infinitamente misericordioso y justo.

A su vez, mucho se ha escrito acerca del accionar de Judas Iscariote, y con diferentes tenores, su entrega flagrante del Maestro a manos de sus enemigos peores. Pero hay una cuestión que no puede soslayarse, y es que Judas toma la decisión de hacerlo con plenas conciencia y libertad. He ahí su responsabilidad.

El Maestro, luego de la plena comunión con su Padre a través de la oración, había elegido personalmente a todos y cada uno de los Doce. En ellos reposaba su corazón sagrado y su confianza, su amistad y su paciencia, toda su existencia compartida. Aún con todo ello, aún cuando durante tres años, día a día, momento a momento compartió todo con ellos sin reservas y les abrió las miradas al misterio de Dios, ellos no llegaban a comprenderle ni a aceptarle en toda su dimensión mesiánica. Varios de ellos le adjudicaban moldes preestablecidos de acuerdo a lo que, suponían, debía ser el Redentor de Israel; vivían en un tiempo complicadísimo, su nación sojuzgada por un opresor extranjero y brutalmente imperial, su religión con una observancia extrema de formas y normas sin sustancia, es decir, sin corazón y sin Dios.

Algunos estudiosos sindican al Iscariote como perteneciente o simpatizante del movimiento zelota, que propugnaba la lucha armada contra el opresor romano para liberar Tierra Santa, y que por ello solían sostener posturas extremas también en el plano religioso.
Quizás fuera por ello, quizás por no atreverse a más -la fé exige coraje-, tal vez porque su angustia no toleraba esperas ni la mansa enseñanza de amor y servicio de Jesús de Nazareth, es que Judas -apóstol, ecónomo de la primera Iglesia- se presenta al Sanedrin. Allí están los enemigos más enconados del rabbí galileo, pero también representan la estabilidad de lo conocido, las tradiciones, la autoridad, la ortodoxia.
Confía más en ellos y en lo que esos hombres representan que en la amistad incondicional y sostenida del Maestro, y por rechazar esa gratuidad, esa Gracia, Judas -aún antes de entregarlo- es un des-graciado.

Las treinta monedas de plata ofrecidas por los sanedritas -treinta sheqqels permitidos en el Templo-, poseen un intenso valor simbólico. Treinta monedas es el valor con que se mide a Zacarías, el pastor que habla en nombre de Dios, como si la profecía pudiere tasarse. Pero también treinta monedas es el valor que debe pagarse por un esclavo. Sea cual fuere el caso, en ambas instancias hay una fijación de observar pautas establecidas por sobre cualquier consideración humana, pero a su vez teñido de un tácito y profundo desprecio.

Ni todo el dinero del mundo representa, aunque todo parezca indicar lo contrario, un valor mayor que el de una vida. 
Y más aún, la amistad y el amor de Dios jamás se puede adquirir. Dios se ofrece de continuo, sin condiciones e infinitamente generoso con todos.

Con la inminente noche cerrada, sabiendo que Judas lo traicionará, que Pedro lo negará, que muchos se esconderán ateridos de miedo, aún así arde por celebrar la Pascua con los suyos, con los Doce, contigo y conmigo, con toda la Iglesia, con todos los pueblos.

Ninguna sombra de muerte hace que de disipe ni se resigne la fidelidad de Cristo para con todos nosotros.

Paz y Bien

Candombe de la traición -una canción-




Candombe de la traición

Con palos y con espadas
ya lo van a detener
al rey de cielos y tierras
es cosa de no creer . (bis)

Y Judas ya se adelanta
al maestro va a besar
con un beso en la mejilla
su traición va a consumar.  (bis)

Ay! Ay! Judas Iscariote!
Cómo lo has podido hacer?
La bolsa te ha traicionado
nunca se vende un querer.  (bis)


Nada son treinta monedas
mal comerciante sos vos
la vida vale más que eso
vale la sangre de un Dios.

Sólo hay, Judas, un pecado
que jamás tiene perdón,
creer que Dios no es más grande
que tu desesperación.

Ay! Ay! Judas Iscariote!
Cómo lo has podido hacer?
la bolsa te ha traicionado
nunca se vende un querer.
la bolsa te ha traicionado
nunca se vende un querer.


Alejandro Mayol

de “La Pasión según san Juan”
aquí puede escucharse: 

Martes Santo de fidelidad y traiciones



Martes Santo

Para el día de hoy (31/03/15):  


Evangelio según San Juan 13, 21-33. 36-38




Es noche de mesa de amigos, pero noche triste, noche de despedidas, noche de pesar.
Algo de ello asomaba en la lectura del día de ayer, cierto resentimiento contenido frente al gesto de amor de María, la hermana de Lázaro. El Iscariote, a pesar de tanto tiempo y vida compartido, estaba muy lejos del corazón del Maestro, y por ello, de la Buena Noticia.

Un alto aquí. Es fácil malquistarse con Judas, pues bien ganado se ha ganado el adjetivo de traidor. Pero es importante reflexionar acerca de ese quebranto tan terrible: las ligerezas -aunque esté justificadas- a la hora de clasificar a los demás, son la vereda opuesta al sendero de la verdad.

Podemos, quizás, intuir que cosas bullían en el corazón del Iscariote. Tres años al lado del Maestro, toda una vida de asombros, de revelaciones, de cielos abiertos, y la confianza total puesta por Cristo en los suyos, al punto de ser Judas el ecónomo de los recursos de la pequeña comunidad.
Quizás no soportó romper los esquemas preexistentes en su mente, que el Maestro derribaba con la alegre y mansa fuerza del Espíritu. Quizás su acendrado celo zelota ansiaba a un caudillo de dientes apretados, belicoso y bravo, y nó un servidor manso que se hacía esclavo de los demás, que consideraba al servicio como el único y verdadero poder.

Había que seguirle el paso a Jesús de Nazareth. Judas anduvo con el Maestro en todo su ministerio, pero tal vez jamás estuvo en verdad con Él. De allí su crítica monetaria al perfume conque la hermana de Lázaro unge sus pies, de allí a que el Maestro comparta con el Iscariote con profunda amistad el pan untado con palabras afectuosas, sin recriminaciones ni escándalo, y Judas guarde silencio. Es un silencio malsano, es el silencio del que ha enmudecido por no tener nada que decir frente a ese Cristo que le habla. No hay eco en su alma frente al amor que recibe, y por ello se sumerge en la noche, que es quebranto, es rencor, es resignación, es renegar al afecto más profundo. Ésa es verdaderamente la traición, porque más allá de pactos, subterfugios y monedas, el Señor ofrece su vida en absoluta libertad, en el momento propicio.

Pedro también, a su modo arrebatado y voluble, traiciona, mucho antes del canto del gallo delator de falsedades. Pedro pretende ocupar el lugar de Cristo, dando él la vida por el Maestro.

Con todo y a pesar de todo, la gloria de Dios permanece. El amor no se destierra. La fidelidad de Dios expresada en Cristo para la salvación de todos es lo que verdaderamente decide, y ha de marcarnos el rumbo y revestirnos de esperanza, aún cuando solemos embarcarnos en las futilidades de esas traiciones que llamamos pecado.

Paz y Bien 

El perfume de Betania



Lunes Santo

Para el día de hoy (30/03/15):  


Evangelio según San Juan 12, 1-11




Jesús ha regresado a Betania, y llega a la casa de Simón el leproso. Allí le ofrecen una cena, y es parte de ella Lázaro y sus hermanas, Marta y María. 
Seguramente Lázaro aún tiene algún rastro en su rostro de la enfermedad que lo ha llevado a la tumba: pero el paso salvador de su amigo lo ha rescatado de las garras de la muerte. Aún así, aún con todo lo que ha significado para toda la comarca y para pueblos distantes ese hombre redivivo, Lázaro no es el centro de la escena. El centro de la escena, la clave de toda la lectura es la celebración del regalo de la vida, de la vida como don infinitamente generoso e incondicional, acontecido con amorosa tenacidad y con la fuerza asombrosa de la amistad.
Esa vida que se celebra es anticipatoria y símbolo de la Iglesia, familia y amigos reunidos para celebrar la vida como bendición y regalo de Dios, en una gratitud -se intuye- que no alcanzan las palabras ni los gestos, tal es su inmensidad.

María, la que se quedaba con la mejor parte, la que escuchaba atentamente la Palabra de Dios, realiza un gesto de infinita ternura y humildad, que en su profundidad es un desafío y un escándalo. En aquel tiempo ninguna mujer, más allá de cualquier familiariedad, tocaría a un hombre que no fuera su esposo, y menos aún se soltaría los cabellos, señal de una condición moral similar a las prostitutas.
Pero María actúa impulsada por amor y agradecimiento, y nada más importa. Se trata de la Gracia.

Ella vierte un perfume carísimo de nardo puro sobre los pies del Maestro, para luego secarlos con sus cabellos.
Es significativo que el Evangelista nos haga presente que toda la casa se impregna de esa fragancia.
El perfume de Betania es el perfume del amor, del agradecimiento a ese Dios con nosotros que nos desaloja todas las muertes, y es el perfume que hace retroceder el hedor terrible de la corrupción, de la vida que se pierde y se degrada, y quiera Dios que el perfume de Betania inunde también a toda la Iglesia, que tanto amamos y que a veces tanto nos duele.

Una voz airada, la de Judas Iscariote, se eleva enojada contra el gesto. Debe haber algo de moralina en él, por esa cuestión de una mujer tan desenfadada a la hora de expresar sus afectos.
No está mal -para nada- preocuparse por los pobres. Es Evangelio.

Pero, hermano Judas, tu error es poner por delante del Maestro al dinero. Y suponer que los amores y la solidaridad fraterna se pueden comprar. Seguramente ya venían de antes tus discordias, pero tal vez, a partir de allí, te fuiste por las tuyas. Allí comenzaste a renegar de la amistad de ese Cristo que caminó junto a vos tres años toda Palestina, compartiendo toda su existencia sin reservas. Y eso te volvió incapaz de mirar y ver más allá de la evidencia simple y superficial. Tu corazón se fué por otros rumbos oscuros, tal vez ideologizados, pero ajenos a la mansa enseñanza de tu Amigo.

Porque nunca, hermano Judas, hay que olvidarse de los pobres. Más aún, hay que hacerse uno con ellos, no mirarlos desde académicos balcones, pergeñando soluciones dinerarias. Nunca se venden los afectos ni el socorro, jamás.

Lázaro se encuentra también en zona de riesgo. Los testigos de la bondad de Dios son vistos como peligros a suprimir.

Cristo, aún cuando está inmerso en la noche espantosa del odio y del rechazo, sigue iluminando los lugares en donde lo encontramos. Porque a la luz verdadera, no hay tinieblas que se le resista.

Paz y Bien





 

Con nuestros mantos a sus pies




Domingo de Ramos de la Pasión del Señor

Para el día de hoy (29/03/15):  

Procesión de los Ramos
Evangelio según San Marcos 11, 1-10

Pasión de Nuestro Señor Jesucristo
Evangelio según San Marcos 14, 1-15, 47



Él llega a la Ciudad Santa como un peregrino pobre, príncipe de paz. 

No monta un carro de combate o un caballo de guerra como un rey glorioso enarbolando sangrientas victorias bélicas. Viene montando un burrito prestado. Ni siquiera eso le pertenece, y es signo y es convite de que este Rey requiere de la ayuda de los demás -la tuya, la mía, la de todos nosotros- para cumplir con su misión.

Todas las promesas lo señalan y en Él encuentran pleno cumplimiento y significado. Es el Rey Mesías anunciado por hombres de mirada lejana, los profetas, que sonrieron imaginando ese día decisivo.
Rey que ingresa con un cortejo a una ciudad, es rey que ingresa en solemne procesión a tomar real posesión de sus dominios.

Pero el Maestro de Nazareth es un Rey extraño.

Él viene a tomar bendecir con su realeza a esa Jerusalem que le es tan hostil, pero no requiere nada, no exige subordinación ni tributos. Por el contrario, está dispuesto a ofrecerse a sí mismo, toda su existencia, su propia vida como rescate por todos.

Su corte y sus ejércitos son más extraños aún. Se rodea de pescadores galileos, de publicanos, de prostitutas, de enfermos, de todos aquellos excluidos por duras normas de pureza ritual, de todos aquellos descartados por los sistemas que progresivamente se van deshumanizando. Seguramente, a muchos de ellos nada en su sano juicio invitaría a su mesa.

Si bien sus orígenes pueden rastrearse en toda la historia de Israel, poco tiene de principesco. Su madre es una muchachita judía ignota de aldea polvorienta que lo ha gestado en un embarazo por demás sospechoso. Su padre es apenas un artesano galileo, y Él mismo ha encallecido sus manos en el esfuerzo de procurar el sustento familiar. Viene de una periferia de donde nada cabe esperar, cercana en kilómetros pero muy distante de la pompa y el boato sacrales de esa Jerusalem que recibe sus huellas.

Los jerosolimitanos y todo el pueblo de Israel estaban, en aquel tiempo, sofocados, demolidos, hartos de tantos años de opresión, del dominio imperial de Roma, de tantas guerras perdidas, de prácticas religiosas que no los dejaban respirar.
En situaciones así, la esperanza adquiere un valor extremo.
Por eso, cuando llega Jesús de Nazareth montado en un burrito, recordaron las antiguas promesas de su pueblo y se encendieron de alegría, una alegría que estará teñida de uno de los misterios humanos, el pecado. Muchos de los que ahora lo aclaman, en unos días clamarán por su muerte.

Pero esas gentes -especialmente los niños- hoy celebran. Agitan palmas y ramas de olivo, y muchos se quitan los mantos, poniéndolos como una alfombra al paso del Maestro. No es sólo un gesto afectuoso: quitarse el manto implica quedar desprotegido, sacarse todo lo que uno es habitualmente, prácticamente quedarse a la intemperie de donde se acabaron las certezas racionales.

Cristo hoy llega a nuestras existencias. Es el momento de poner a sus pies nuestros mantos, nuestras existencias, todo lo que somos, despojados de todo lo vano, para reconocer al Salvador que llega, al Libertador que humildemente está llegando a nuestras vidas para que la vida no se apague, para que Dios definitivamente encuentre hogar en los corazones de todos nosotros.

Paz y Bien
 


Un solo hombre muere por el pueblo




Para el día de hoy (28/03/15) 

Evangelio según San Juan 11, 45-57



Jesús se encontraba en casa de Lázaro, Marta y María, en Betania. Había regresado a su amigo a la vida de una muerte segura, y ello multiplicó su fama y las gentes que creían en Él.
En esa hogar familiar de Betania el Maestro se encontraba a sus anchas, y quiera Dios sea símbolo para la Iglesia y para nuestros corazones, una casa en donde Cristo se sienta a gusto, en donde sin euforias pero con mansa y tenaz felicidad se celebra su paso redentor.

Pero a ello se contraponía un ambiente cada vez más denso y enrarecido. La sombra ominosa de la Pasión parece cernirse sobre todos los cielos que pugnaban por abrirse.

En Jerusalem se encuentra reunido el tribunal supremo de Israel, el Sanedrín. Sus miembros están más que preocupados con la influencia creciente del rabbí galileo, y oscilan entre el miedo y la rabia. 
Es menester ubicarse en el contexto de lo que sucedía por aquel entonces: Tierra Santa era una provincia sometida al dominio y la soberanía romanas. Y el celo imperial era rápido para aplastar cualquier movimiento que se supusiera un conato de rebeldía o subversión, combinado a veces con un encendido antisemitismo.
Así esos hombres temían la brutal reacción de los romanos, aunque en verdad quienes dominaban y sojuzgaban corazones y mentes del pueblo judío eran ellos.
La combinación entonces desataba las acciones de hombres enojados y asustados, una combinación siempre peligrosa para los demás. Fariseos, saduceos y herodianos se alían en contra del rabbí de Nazareth, aunque en lo habitual estuvieran enfrentados al punto de detestarse: los riesgos de perder el poder y abandonar privilegios anuda extrañas sociedades.

Lleva la voz cantante Caifás, sumo sacerdote. Temen que las legiones arrasen con su nación y les aniquilen el Templo, y por ello justifican la eliminación de Jesús.
Es terrible: no sólo para ellos vale más el Templo que una vida, sino que se arrogan el derecho de decidir quien debe vivir y quien debe morir, en una lógica del poder persistente hasta nuestros días, en aras de cierto bien mayor difuso, del estado, o de cualquier otra justificación.

Caifás, aún en su interés mezquino y mortal, profetiza por su condición sacerdotal, sin darse cuenta de la profundidad de lo que expresa. Suele suceder: a veces decimos cosas a la ligera que lastiman, a veces decimos -a pesar de nosotros mismos- cosas que son innegablemente de Dios.

Caifás expresa la verdad, y es que un solo hombre morirá por todo el pueblo.

Porque Cristo morirá por el pueblo, precio altísimo del rescate de tantos. Pero también ofrendará su vida en absoluta conciencia y libertad por esos hombres que lo condenan, que lo desprecian, que ansían su muerte.

En esa ofrenda, se torcerá de una vez y para siempre la historia. No hay nada más valioso que la vida, templo santo de Dios. No hay mayor amor que dar la vida por los demás.
Un Cristo pobre y humilde morirá como un reo marginal por el pueblo, por todos los pueblos, por buenos y malos, por vos, por mí, por todos nosotros para que no haya más crucificados.

Paz y Bien

Un Dios molesto




Para el día de hoy (27/03/15) 

Evangelio según San Juan 10, 31-42




En esa tierra palestina a veces tan rigurosa, los habitantes del lugar se mimetizan con el paisaje rocoso, duro y agreste. Quizás por ello su constante tendencia a utilizar las rocas que pueblan el suelo; piedras para tirarle al invasor, piedras para ejecutar adúlteros, piedras para matar blasfemos. Piedras para tratar de eliminar a Cristo.
Pero tal vez no se refiera a las rocas de los suelos, sino más bien al pedregal que se les ha formado en los corazones.

Esos hombres, en una vorágine de odio que encontrará su epicrisis en el muy cercano Triduo Pascual, quieren apedrear, lapidar a Jesús de Nazareth no tanto por todo lo que ha hecho -especialmente los signos de sanación, los milagros inexplicables- sino por lo que consideran una blasfemia imperdonable. No hay malentendido: ese Cristo que se revela como Hijo de Dios, idéntico al Padre, los enfurece, y se choca de plano con su concepto acerca del Dios en el cual se afirman, una imagen sobre la cual han edificado toda su existencia. Pero se trata de eso, de una imagen.

Cristo se revela como un Dios molesto.
Las señales -los milagros- que realiza, las palabras gratas de inclusión, su mensaje de justicia y paz conmueven a creyentes y a incrédulos.
Los problemas comienzan cuando la persona de Cristo nos interpela, se involucra en nuestras vidas, pues es tan humano -el más humano de todos- que a su vez todos en Él podemos espejarnos, y medirnos, terriblemente disminuidos en justicia, en misericordia, en humanidad.

A ese Dios molesto le solemos preparar las piedras de la indiferencia o del pecado. 
Pero Cristo no muere por las piedras ni por las trampas violentas, sino que la cruz se eleva porque Él generosamente ofrece su vida para que todos vivan.

Paz y Bien


El reconocimiento del otro



Para el día de hoy (26/03/15) 

Evangelio según San Juan 8, 51-59



Para la nación judía, su credencial más valiosa era el saberse hijos de Abraham, descendientes del viejo pastor que les legó la fé y una distante pero certera promesa de tierra y salvación. Aún Moisés, con su liderazgo y con las tablas de la Ley no tiene tanta influencia en la conciencia del pueblo y en el inconsciente colectivo como la de ese hombre del desierto pleno de confianza en Dios, de esperanza con todo y a pesar de todo, de horizonte infinito.

Así, ningún varón judío se arrogaría siquiera el derecho de considerarse por encima o mejor que Abraham. Y mucho menos iban a tolerar, especialmente los hombres de esa nación más instruidos en las cuestiones religiosas, que un joven y pobre campesino galileo les viniera a hablar de Dios y de que el patriarca hablaba de Él mismo cuando su mirada de fé atravesaba los siglos.

Ellos se sumergían en las aguas turbias del enojo y la furia, pues el rabbí los desestabilizaba: ellos leían las Escrituras de un modo literal -causa de todos los fundamentalismos-, y los prejuicios que ostentaban les impedían salir de los rígidos esquemas que les aprisionaban los corazones. 
Porque cuando la lectura abandona la literalidad y se asume como Palabra de Vida y Palabra Viva, las cosas cambian de raíz. Toda la historia y todo el universo adquieren verdadero sentido en ese Cristo humilde y cósmico a la vez, resumen perfecto de Dios y humanidad.
Los profetas siempre son hombres de miradas lejanas y profundas, que van más allá de lo evidente, y el largo peregrinar de una humanidad y un pueblo a oscuras comienza a disiparse con la Encarnación del Señor.

Esta postura no nos es para nada desconocida. Es muy difícil el reconocimiento del otro en su alteridad, tal como es; implica despojarse de preconceptos, de las anteojeras de los prejuicios, de aceptar al otro como un hermano, de revestirse de paciencia que es, precisamente, la ciencia de la paz.
Cuando esto se vulnera, comienzan los problemas, de lo particular a lo general, de lo familiar a los estados. El vecino que no saludo, el pariente que pasa inadvertido, el disenso considerado como una amenaza a aplastar con violencia, el rechazo a los que son distintos por ideas, religión u orígenes.

Quizás la Cuaresma implique volver a reconocer a ese Cristo que nos rescata de todas las muertes cotidianas, porque en Él la vida prevalece. 
Y guardar su Palabra comience por conocer y reconocer al hermano, en el milagro de una existencia compartida, en la bendición de poder crecer juntos aún cuando en apariencia sean mayores las cosas que nos diferencian que las que nos hacen coincidir.

Volver a Dios y volver al hermano es la ofrenda infinita que nos hace el Dios de la Vida en este tiempo de reencuentros.

Paz y Bien

Anunciación en Cuaresma





La Anunciación del Señor

Para el día de hoy (25/03/15) 

Evangelio según San Lucas 1, 26-38


Como en un contrapunto sonoro y armónico parece alterarse el ritmo penitencial de la Cuaresma al ofrecérsenos el misterio de la Encarnación en la proclamación de la Anunciación del Señor.

Hay, ante todo, una hermosa cuestión temporal: se trata de la Encarnación de Dios precisamente nueve meses antes de la celebración de la Navidad, un Dios con nosotros y como nosotros, un Dios que se teje en el silencio cálido y humilde del seno de María hasta llegar al parto de Belén, la urdimbre santa y decididamente humana de un Dios que ha tomado partido por sus criaturas.

Pero además, la Anunciación en Cuaresma significa no perder de vista la trama principal de la cuestión, el hilo conductor de la Salvación, y es el amor de Dios. 
La Gracia de Dios, abundante y generosa como rocío de alivio para las almas, todo lo puede.

El amor del Dios de María de Nazareth se ratifica hasta el extremo sin final de la vida ofrecida por Jesucristo, nuestro hermano y Señor, fiador que salda nuestras deudas a pura mansedumbre y fidelidad a los sueños del Padre.

Proclamar la Anunciación del Señor es volver a decirle sí a la vida, sí a ese Dios de todos los encuentros, sí a que todo es posible para quien cree. Porque la felicidad no es una lejana utopía, sino una bendición que nos nace en el aquí y el ahora.
Proclamar con sencillez y profunda gratitud la Anunciación del Señor es reafirmarnos en la certeza de que Dios elige lo pequeño, lo frágil, lo que no suele tenerse en cuenta para transformar el mundo y cambiar la historia.

La luz de la apacible y polvorienta Nazareth, en los ojos asombrados de una muchachita judía, se proyectan a través de los velos de los tiempos en la mirada del Hijo que atraerá a todas las naciones desde el árbol santo de la cruz.

Paz y Bien

La cruz que todo lo ilumina





Para el día de hoy (24/03/15) 

Evangelio según San Juan 8, 21-30


No hubo rótulo que los enemigos del Maestro no le aplicaran. Borracho, comilón, amigo de prostitutas y de traidores publicanos, eunuco sospechoso, infractor impenitente de la Ley, blasfemo, endemoniado. Casi todos ellos, de comprobarse legalmente, acarreaban consecuencias terribles para Él, hasta su propia muerte.
En el Evangelio para el día de hoy, añaden una nueva mácula a su catarata de sofismas sin piedad: lo sindican como presunto suicida, o al menos, como un hombre con potencialidades suicidas.

Para los poderosos, es más que conveniente, y no es preciso retroceder demasiado en la historia de los pueblos para advertirlo: cuando se instala una idea así, si la persona apuntada como objetivo muere, no importará la causa de su muerte, pues ya se presume que la misma es autoinflingida. Y en un ámbito religioso tan estricto, es la peor de las maldiciones.

La cuestión es que esos hombres -escribas y fariseos- eran eminentemente religiosos, quizás religiosos profesionales, y ostentaban una piedad merecedora de todos los respetos, tal el celo que ponían en ella. Pero su error crucial era cerrarse a esquemas pétreos preestablecidos, en donde todo aquello que no encaja debe desecharse o suprimirse. Ellos están inmersos en una lógica en donde la muerte es el factor decisivo, y peor aún, se suponen autorizados a determinar quien debe vivir y quien nó.

Rechazan con fervorosa pasión a ese hombre joven y pobre que pasa haciendo el bien en nombre de Dios, que habla de Dios con una autoridad nueva e inimitable, y más aún, que identifica a Dios como un Padre bondadoso, pródigo en la vida que ofrece.

Por ese rechazo ante lo evidente, por decidirse permanecer en las tinieblas, aunque vivan muchos años, ya han muerto, heridos definitivamente de la herida sin regreso.
Muchos dicen con prudente sabiduría que es fundamental, frente a una enfermedad, que el paciente tenga la decisión inconmovible de curarse, de sanar, de vivir. Si esto está ausente, los mejores médicos y los medicamentos más eficaces devienen inútiles.

Todos nosotros no somos mejores, nada de eso. Todos somos pecadores, mendigos de la misericordia de Dios que se nos ofrece a canasta llenas, pan bueno para la vida eterna.

Por ello, por la fé que traduce en palabra los alaridos de todos los dolores, la cruz que se levantará ya no será símbolo de muerte, sino señal del amor mayor, de la vida que se ofrece para que no haya más crucificado, precio carísimo pagado con la sangre de Cristo para el rescate de una multitud, cruz de los milagros que es señal de auxilio en la noche, antorcha bondadosa que todo lo ilumina, la gloria de Dios que es el amor manifestado hasta el final por ese Hijo que es hermano y es Señor.

Paz y Bien

Lo que Cristo escribe en el suelo




Para el día de hoy (23/03/15) 

Evangelio según San Juan 8, 1-11



Esos hombres no tenían ninguna intención de acercarse a la verdad. Sólo les interesa silenciar al joven rabbí galileo, y para ello son capaces de valerse de todo lo que esté a su alcance, justificando así todos los medios posibles para acceder a ese fin tan oscuro.

Es menester situarse en el tiempo del ministerio de Jesús de Nazareth: Israel, dividido en tetrarquías gobernadas por los hijos de Herodes el Grande, a quien la mayoría de los judíos consideraban un usurpador por su formación helenística y su origen idumeo. Y no sólo ello: el poder de los tetrarcas -brutal, licencioso- se fundamentaba en el vasallaje que rendían a la potencia romana imperial que ocupaba Tierra Santa y Siria; ello acarreaba una pérdida de soberanía tal, que las decisiones del más alto tribunal judío -el Sanedrín- eran pasibles de ser revisadas, conformadas o revocadas por los tribunos y pretores romanos.

En ese ambiente, es que llevan a la presencia de Jesús a una mujer sorprendida en adulterio flagrante. La Ley mosaica prescribe la pena de muerte para la pareja infractora, su ejecución por lapidación, y que a su vez los ejecutores sean los testigos del hecho, y que éstos también estén con sus almas exentas de esa mancha.
Desde el vamos, y volviendo a la expresión inicial de estas líneas, hay una manipulación evidente de los hechos con un fin que nada tiene de veraz. Con cierta misoginia nada encubierta, llevan solamente como inculpada a la mujer, no así al varón copartícipe del pecado. Y la trampa está en el silogismo formulado, que deviene en falacia -sea cual fuere la respuesta, se infiere lapidación-, pero también son tramposas las conclusiones posibles: si el Maestro accede a la pena capital, Él mismo se pone en riesgo al desobedecer tácitamente a la autoridad y al poder romano. Pero de igual modo, si se niega quedará como un rabbí laxo, incumplidor de la Ley y poco digno de respeto ante el pueblo.

Lo peor de todo es el clima, que tal vez no se explicita pero flota denso en el aire, y es que la vida de una mujer está en riesgo, y nadie parece reparar en ello. Y que esos hombres, aún más allá de sus aviesas intenciones, precognizan a un Dios vengativo, severo, rapidísimo en castigar. 
Los castigos en nombre de la fé, la muerte a causa de Dios, tumores endémicos en las almas que siguen persistiendo dolorosamente.

Mientras la exigencia por esos hombres persistía, el Maestro escribe en el suelo con su dedo.
Mucho se ha escrito sobre ello, y mucho más se pergeñará, y está muy bien si su raíz es la piedad. Pero quizás lo importante sea regresar, por un momento, al lugar y tiempo en donde nos encontramos: Palestina del siglo I, calles polvorientas -tierra y arena-: todo lo que Cristo escribe en el suelo, el viento más ligero lo borra, lo levanta por los aires con suma facilidad.
Allí, quizás, se encuentre el símbolo primordial de la misericordia de Dios: hasta las miserias más gravosas ceden frente al amor inmenso y asombroso de Dios.

Es de imaginar la furia de esos hombres iracundos, veloces detectores de los pecados ajenos, que nó de los propios. Su enojo se potencia frente a la impasibilidad de ese Maestro que mansamente sigue escribiendo en el suelo. Frente a la paz de Cristo no hay enojos que persistan.
Pero no podemos soslayar a la otra protagonista del Evangelio, que es precisamente la mujer acusada, asustada hasta los huesos, asombrada por seguir respirando, reconocida como persona -y no como un objeto o una criminal- por ese rabbí que le habla sin ambages pero con afecto y respeto.
No se niegan sus miserias, por el contrario, se inaugura una nueva vida a una existencia mellada por el pecado.

Porque siempre será más fuerte la misericordia de Dios, que restaura y levanta, antes que la virulencia de las piedras del rencor, que nadie tiene derecho a enarbolar.
Todos somos esclavos declarados de esa misericordia que nos libera.

Paz y Bien

Trigal




Domingo Quinto de Cuaresma

Para el día de hoy (22/03/15) 

Evangelio según San Juan 12, 20-33


Los pequeños detalles nunca deberían pasarse por alto. A veces son decisivos en tanto que signos, señales de cuestiones cruciales, pequeñas huellas de gorrión que desembocan en portentosas rutas.
Así sucedió con el grupo de griegos que, llegados a Jerusalem para celebrar la Pascua, buscan conocer al Maestro, y esto tiene una impactante conclusión: que el ministerio de Jesús de Nazareth tiene una repercusión enorme, impensada, que no se acota solamente a Israel, sino que trasciende con amplitud las fronteras geográficas, religiosas y culturales.

Muy probablemente estos hombres, estos griegos, provengan de la Decápolis, y no de la Grecia continental, y que se trate de prosélitos. Los prosélitos eran los extranjeros conversos a la fé de Israel, que estaban circuncidados y observaban la Ley. Otros, también respetuosos de las costumbres y tradiciones ancestrales judías, tal vez no toleraban las estrechas restricciones de contacto que la fé de Israel -de aquel entonces- les imponía, especialmente en el caso de contacto prohibidos con otros extranjeros. Como fuera, prosélitos u hombres temerosos del Dios de Israel, tenían su propio espacio dentro del Templo de Jerusalem, el Patio de los Gentiles, en donde a veces el Maestro enseñaba.
Que interpelen con su pedido a Felipe es obvio, el apóstol tiene un nombre de origen helénico y su pueblo natal, Betsaida, se encuentra en Galilea, cerca de la Decápolis.

Esos son los hechos, pero hay otros niveles de profundidad, realidad trascendente a la que es posible asomarse por las ventanas que nos abre el ámbito simbólico. Y ello implica aquí la universalidad del Reino, y que -a pesar de aún no haberlo asumido en toda su dimensión-, el Buen Pastor tiene muchas ovejas en muchos rebaños, rebaños que solemos considerar ajenos, o que ni siquiera imaginamos.


La respuesta de Jesús desconcierta, descoloca. Es dable, es justo y es necesario que la presencia de Cristo en nuestras vidas continúe provocando el mismo efecto, de asombro, el desestructurarse, el afirmarse en lo que verdaderamente importa.

Y lo que importa, lo que cuenta, es el amor infinito de Dios.

Cristo es un hombre que se encuentra a las puertas de una muerte horrorosa asumida en entera libertad. Por es libertad y desde ese amor, el horror deviene en ofrenda, en sacrificio, es decir, en hacer sagrado lo que no lo es.

En la cruz, se reafirma el compromiso inquebrantable de Salvación de Dios para con toda la humanidad.
Así la cruz no será signo de muerte, sino faro levantado en lo alto de la noche, para atraer a puerto seguro estas pequeñas barcas que somos, y también la barca frágil de la Iglesia.

El Reino de Dios, que se hace historia, tiempo, cuerpo y humanidad en Jesucristo, empuja la eternidad desde lo pequeño, desde lo que no cuenta, con una tenacidad asombrosa y humilde, sin estridencias pero que no se resigna ni con la muerte, destino santo de pan para todos los pueblos.

Quiera Dios que esta familia que somos y que llamamos Iglesia sea un trigal fecundo, a la luz de Aquél cuya gloria está en amar y en escuchar en fidelidad sin quebrantos al Dios que lo ha enviado.

Paz y Bien

Signo de contradicción




Para el día de hoy (21/03/15) 

Evangelio según San Juan 7, 40-53



Jesús de Nazareth no pasaba inadvertido. Su Persona suscitaba todo tipo de reacciones y emociones, muchas de ellas opuestas, enfrentadas, virulentamente contradictorias.

En el Evangelio para el día de hoy que la liturgia nos ofrece, hay una cuestión por demás significativa: en ninguna instancia del texto, aparece el mismo Jesús hablando o enseñando. Son los otros quienes se refieren a Él, y quizás, desde esta perspectiva cuaresmal que se nos ha regalado, fructífero ejercicio espiritual es situarnos cada uno de nosotros en los diversos roles que allí se explicitan. En cierto modo, se anticipa el ambiente de las comunidades cristianas luego de la Ascensión: en quien creemos y cómo creemos sin la presencia física del Maestro.

Algunos se quedan en los signos, pero no trascienden el hacia dónde apuntan esas señales, y así ese Cristo es un profeta, a menudo grato de escuchar, que dice verdades a veces algo incómodas. Y si bien profeta, Él es mucho más que un profeta.

Otros pretenden dirimir su legitimidad en base a su origen. Tal vez es una de las posturas peores, no sólo por pretender clasificar al Mesías, sino porque se suele execrar la voz de Dios que se expresa en el hermano a partir de su condición y del lugar en el mundo en donde ha nacido, justificando así un desprecio galopante.

Aún así, en plena discusión, las posturas más violentas no llegan a ponerle las manos encima, no pueden detenerle, y es signo cierto de que la Pasión será en el momento propicio. Con todo su horror, y en el epítome del espanto, la cruz será asumida en absoluta libertad y ofrenda amorosa por el Hijo de Dios.

Curiosamente, en el ámbito de los hombres más formados -quizás en el espacio de los religiosos profesionales-, hombres acostumbrados a ser obedecidos pero que nunca escuchan ni al pueblo ni a Dios, se suscitan las discusiones nás brutales. Aunque tuvieran delante de sí evidencias palmarias, ellos rechazarían al Maestro de Nazareth por, precisamente, ser galileo, ser pobre, no encajar en el molde de sus prejuicios, hablar de Dios como un Padre cercano y afablemente bondadoso, muy distinto al Dios que ellos mismos precognizan. Y su desprecio fervoroso se dirigirá también a aquellos que, con la honestidad de Nicodemo, se pongan de parte de ese Cristo que les ha despertado del sopor de las creencias y se han asomado al regalo inmenso de la fé.

Que ese Cristo siga siendo signo de contradicción. Que Su Persona nos haga tomar posiciones, volver la mirada y el corazón a Nazareth, a la periferia de la existencia, a la Salvación que nos llega generosa y humilde, al amor infinito ofrecido en la cruz.

Paz y Bien

En la Fiesta de las Tiendas




Para el día de hoy (20/03/15) 

Evangelio según San Juan 7, 1-2. 10. 14. 25-30



La hostilidad contra el Maestro iba en un crescendo pavoroso, había ingresado en una vorágine de odio que desembocaría en el el Gólgota.
Eran muchas las tramas tejidas para atraparle, especialmente en Judea: un arresto equivaldría a su ejecución, tal era el grado de furia para con su persona por parte de las autoridades. Por ello mismo en parte acotaba su ministerio a su conocida Galilea, mucho menos hostil. Pero a pesar de todas esas trampas meticulosamente tendidas, no pueden dar con Él. No es el momento, y es señal que nos brinda el Evangelista en un modo más que claro: Cristo entregará su vida en el momento propicio y en absoluta libertad, en misterio de amor total. Hicieran lo que hicieran no habrían podido capturarlo y matarlo.

Por aquellos días, se celebraba en Jerusalem la Fiesta de las Tiendas llamada Sukkot -fiesta de los tabernáculos-, una de las tres celebraciones impostergables de los judíos junto con Pésaj -Pascua- y Yom Kippur -Día del perdón-. Es fiesta de cosechas, fiesta de vendimia. Jesús de Nazareth, fiel hijo de su pueblo, se encamina a la Ciudad Santa a participar cordialmente de esa solemnidad tan cara a la fé de sus mayores.

Por todo el ambiente enrarecido, por la densidad de los enconos, ingresa a Jerusalem de manera clandestina, anticipando tal vez su carácter de proscrito que será pleno en la Pasión que lo condene.
Es el Cristo que camina entre la multitud tan humilde y silencioso, tan fuera de los moldes identificatorios que no nos resulta fácil descubrirle. Pero es un Cristo siempre presente, peregrino junto a nuestros pasos, Salvador en el encuentro a menudo impensado.

No puede ser de otro modo, que en la fiesta vendimial Él acepte hasta sus últimas consecuencias el lagar espantoso que le espera. El vino cumple sobradamente su destino cuando se lo bebe.
Cristo será el vino nuevo de la Nueva Alianza, de las cosas definitivas, rescate pagado a precio de sangre, sangre que supera todo horror porque ha pasado por el crisol único del amor que restaura y levanta de la muerte, la esperanza que es su Resurrección.

Paz y Bien

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