La cruz que todo lo ilumina





Para el día de hoy (24/03/15) 

Evangelio según San Juan 8, 21-30


No hubo rótulo que los enemigos del Maestro no le aplicaran. Borracho, comilón, amigo de prostitutas y de traidores publicanos, eunuco sospechoso, infractor impenitente de la Ley, blasfemo, endemoniado. Casi todos ellos, de comprobarse legalmente, acarreaban consecuencias terribles para Él, hasta su propia muerte.
En el Evangelio para el día de hoy, añaden una nueva mácula a su catarata de sofismas sin piedad: lo sindican como presunto suicida, o al menos, como un hombre con potencialidades suicidas.

Para los poderosos, es más que conveniente, y no es preciso retroceder demasiado en la historia de los pueblos para advertirlo: cuando se instala una idea así, si la persona apuntada como objetivo muere, no importará la causa de su muerte, pues ya se presume que la misma es autoinflingida. Y en un ámbito religioso tan estricto, es la peor de las maldiciones.

La cuestión es que esos hombres -escribas y fariseos- eran eminentemente religiosos, quizás religiosos profesionales, y ostentaban una piedad merecedora de todos los respetos, tal el celo que ponían en ella. Pero su error crucial era cerrarse a esquemas pétreos preestablecidos, en donde todo aquello que no encaja debe desecharse o suprimirse. Ellos están inmersos en una lógica en donde la muerte es el factor decisivo, y peor aún, se suponen autorizados a determinar quien debe vivir y quien nó.

Rechazan con fervorosa pasión a ese hombre joven y pobre que pasa haciendo el bien en nombre de Dios, que habla de Dios con una autoridad nueva e inimitable, y más aún, que identifica a Dios como un Padre bondadoso, pródigo en la vida que ofrece.

Por ese rechazo ante lo evidente, por decidirse permanecer en las tinieblas, aunque vivan muchos años, ya han muerto, heridos definitivamente de la herida sin regreso.
Muchos dicen con prudente sabiduría que es fundamental, frente a una enfermedad, que el paciente tenga la decisión inconmovible de curarse, de sanar, de vivir. Si esto está ausente, los mejores médicos y los medicamentos más eficaces devienen inútiles.

Todos nosotros no somos mejores, nada de eso. Todos somos pecadores, mendigos de la misericordia de Dios que se nos ofrece a canasta llenas, pan bueno para la vida eterna.

Por ello, por la fé que traduce en palabra los alaridos de todos los dolores, la cruz que se levantará ya no será símbolo de muerte, sino señal del amor mayor, de la vida que se ofrece para que no haya más crucificado, precio carísimo pagado con la sangre de Cristo para el rescate de una multitud, cruz de los milagros que es señal de auxilio en la noche, antorcha bondadosa que todo lo ilumina, la gloria de Dios que es el amor manifestado hasta el final por ese Hijo que es hermano y es Señor.

Paz y Bien

Lo que Cristo escribe en el suelo




Para el día de hoy (23/03/15) 

Evangelio según San Juan 8, 1-11



Esos hombres no tenían ninguna intención de acercarse a la verdad. Sólo les interesa silenciar al joven rabbí galileo, y para ello son capaces de valerse de todo lo que esté a su alcance, justificando así todos los medios posibles para acceder a ese fin tan oscuro.

Es menester situarse en el tiempo del ministerio de Jesús de Nazareth: Israel, dividido en tetrarquías gobernadas por los hijos de Herodes el Grande, a quien la mayoría de los judíos consideraban un usurpador por su formación helenística y su origen idumeo. Y no sólo ello: el poder de los tetrarcas -brutal, licencioso- se fundamentaba en el vasallaje que rendían a la potencia romana imperial que ocupaba Tierra Santa y Siria; ello acarreaba una pérdida de soberanía tal, que las decisiones del más alto tribunal judío -el Sanedrín- eran pasibles de ser revisadas, conformadas o revocadas por los tribunos y pretores romanos.

En ese ambiente, es que llevan a la presencia de Jesús a una mujer sorprendida en adulterio flagrante. La Ley mosaica prescribe la pena de muerte para la pareja infractora, su ejecución por lapidación, y que a su vez los ejecutores sean los testigos del hecho, y que éstos también estén con sus almas exentas de esa mancha.
Desde el vamos, y volviendo a la expresión inicial de estas líneas, hay una manipulación evidente de los hechos con un fin que nada tiene de veraz. Con cierta misoginia nada encubierta, llevan solamente como inculpada a la mujer, no así al varón copartícipe del pecado. Y la trampa está en el silogismo formulado, que deviene en falacia -sea cual fuere la respuesta, se infiere lapidación-, pero también son tramposas las conclusiones posibles: si el Maestro accede a la pena capital, Él mismo se pone en riesgo al desobedecer tácitamente a la autoridad y al poder romano. Pero de igual modo, si se niega quedará como un rabbí laxo, incumplidor de la Ley y poco digno de respeto ante el pueblo.

Lo peor de todo es el clima, que tal vez no se explicita pero flota denso en el aire, y es que la vida de una mujer está en riesgo, y nadie parece reparar en ello. Y que esos hombres, aún más allá de sus aviesas intenciones, precognizan a un Dios vengativo, severo, rapidísimo en castigar. 
Los castigos en nombre de la fé, la muerte a causa de Dios, tumores endémicos en las almas que siguen persistiendo dolorosamente.

Mientras la exigencia por esos hombres persistía, el Maestro escribe en el suelo con su dedo.
Mucho se ha escrito sobre ello, y mucho más se pergeñará, y está muy bien si su raíz es la piedad. Pero quizás lo importante sea regresar, por un momento, al lugar y tiempo en donde nos encontramos: Palestina del siglo I, calles polvorientas -tierra y arena-: todo lo que Cristo escribe en el suelo, el viento más ligero lo borra, lo levanta por los aires con suma facilidad.
Allí, quizás, se encuentre el símbolo primordial de la misericordia de Dios: hasta las miserias más gravosas ceden frente al amor inmenso y asombroso de Dios.

Es de imaginar la furia de esos hombres iracundos, veloces detectores de los pecados ajenos, que nó de los propios. Su enojo se potencia frente a la impasibilidad de ese Maestro que mansamente sigue escribiendo en el suelo. Frente a la paz de Cristo no hay enojos que persistan.
Pero no podemos soslayar a la otra protagonista del Evangelio, que es precisamente la mujer acusada, asustada hasta los huesos, asombrada por seguir respirando, reconocida como persona -y no como un objeto o una criminal- por ese rabbí que le habla sin ambages pero con afecto y respeto.
No se niegan sus miserias, por el contrario, se inaugura una nueva vida a una existencia mellada por el pecado.

Porque siempre será más fuerte la misericordia de Dios, que restaura y levanta, antes que la virulencia de las piedras del rencor, que nadie tiene derecho a enarbolar.
Todos somos esclavos declarados de esa misericordia que nos libera.

Paz y Bien

Trigal




Domingo Quinto de Cuaresma

Para el día de hoy (22/03/15) 

Evangelio según San Juan 12, 20-33


Los pequeños detalles nunca deberían pasarse por alto. A veces son decisivos en tanto que signos, señales de cuestiones cruciales, pequeñas huellas de gorrión que desembocan en portentosas rutas.
Así sucedió con el grupo de griegos que, llegados a Jerusalem para celebrar la Pascua, buscan conocer al Maestro, y esto tiene una impactante conclusión: que el ministerio de Jesús de Nazareth tiene una repercusión enorme, impensada, que no se acota solamente a Israel, sino que trasciende con amplitud las fronteras geográficas, religiosas y culturales.

Muy probablemente estos hombres, estos griegos, provengan de la Decápolis, y no de la Grecia continental, y que se trate de prosélitos. Los prosélitos eran los extranjeros conversos a la fé de Israel, que estaban circuncidados y observaban la Ley. Otros, también respetuosos de las costumbres y tradiciones ancestrales judías, tal vez no toleraban las estrechas restricciones de contacto que la fé de Israel -de aquel entonces- les imponía, especialmente en el caso de contacto prohibidos con otros extranjeros. Como fuera, prosélitos u hombres temerosos del Dios de Israel, tenían su propio espacio dentro del Templo de Jerusalem, el Patio de los Gentiles, en donde a veces el Maestro enseñaba.
Que interpelen con su pedido a Felipe es obvio, el apóstol tiene un nombre de origen helénico y su pueblo natal, Betsaida, se encuentra en Galilea, cerca de la Decápolis.

Esos son los hechos, pero hay otros niveles de profundidad, realidad trascendente a la que es posible asomarse por las ventanas que nos abre el ámbito simbólico. Y ello implica aquí la universalidad del Reino, y que -a pesar de aún no haberlo asumido en toda su dimensión-, el Buen Pastor tiene muchas ovejas en muchos rebaños, rebaños que solemos considerar ajenos, o que ni siquiera imaginamos.


La respuesta de Jesús desconcierta, descoloca. Es dable, es justo y es necesario que la presencia de Cristo en nuestras vidas continúe provocando el mismo efecto, de asombro, el desestructurarse, el afirmarse en lo que verdaderamente importa.

Y lo que importa, lo que cuenta, es el amor infinito de Dios.

Cristo es un hombre que se encuentra a las puertas de una muerte horrorosa asumida en entera libertad. Por es libertad y desde ese amor, el horror deviene en ofrenda, en sacrificio, es decir, en hacer sagrado lo que no lo es.

En la cruz, se reafirma el compromiso inquebrantable de Salvación de Dios para con toda la humanidad.
Así la cruz no será signo de muerte, sino faro levantado en lo alto de la noche, para atraer a puerto seguro estas pequeñas barcas que somos, y también la barca frágil de la Iglesia.

El Reino de Dios, que se hace historia, tiempo, cuerpo y humanidad en Jesucristo, empuja la eternidad desde lo pequeño, desde lo que no cuenta, con una tenacidad asombrosa y humilde, sin estridencias pero que no se resigna ni con la muerte, destino santo de pan para todos los pueblos.

Quiera Dios que esta familia que somos y que llamamos Iglesia sea un trigal fecundo, a la luz de Aquél cuya gloria está en amar y en escuchar en fidelidad sin quebrantos al Dios que lo ha enviado.

Paz y Bien

Signo de contradicción




Para el día de hoy (21/03/15) 

Evangelio según San Juan 7, 40-53



Jesús de Nazareth no pasaba inadvertido. Su Persona suscitaba todo tipo de reacciones y emociones, muchas de ellas opuestas, enfrentadas, virulentamente contradictorias.

En el Evangelio para el día de hoy que la liturgia nos ofrece, hay una cuestión por demás significativa: en ninguna instancia del texto, aparece el mismo Jesús hablando o enseñando. Son los otros quienes se refieren a Él, y quizás, desde esta perspectiva cuaresmal que se nos ha regalado, fructífero ejercicio espiritual es situarnos cada uno de nosotros en los diversos roles que allí se explicitan. En cierto modo, se anticipa el ambiente de las comunidades cristianas luego de la Ascensión: en quien creemos y cómo creemos sin la presencia física del Maestro.

Algunos se quedan en los signos, pero no trascienden el hacia dónde apuntan esas señales, y así ese Cristo es un profeta, a menudo grato de escuchar, que dice verdades a veces algo incómodas. Y si bien profeta, Él es mucho más que un profeta.

Otros pretenden dirimir su legitimidad en base a su origen. Tal vez es una de las posturas peores, no sólo por pretender clasificar al Mesías, sino porque se suele execrar la voz de Dios que se expresa en el hermano a partir de su condición y del lugar en el mundo en donde ha nacido, justificando así un desprecio galopante.

Aún así, en plena discusión, las posturas más violentas no llegan a ponerle las manos encima, no pueden detenerle, y es signo cierto de que la Pasión será en el momento propicio. Con todo su horror, y en el epítome del espanto, la cruz será asumida en absoluta libertad y ofrenda amorosa por el Hijo de Dios.

Curiosamente, en el ámbito de los hombres más formados -quizás en el espacio de los religiosos profesionales-, hombres acostumbrados a ser obedecidos pero que nunca escuchan ni al pueblo ni a Dios, se suscitan las discusiones nás brutales. Aunque tuvieran delante de sí evidencias palmarias, ellos rechazarían al Maestro de Nazareth por, precisamente, ser galileo, ser pobre, no encajar en el molde de sus prejuicios, hablar de Dios como un Padre cercano y afablemente bondadoso, muy distinto al Dios que ellos mismos precognizan. Y su desprecio fervoroso se dirigirá también a aquellos que, con la honestidad de Nicodemo, se pongan de parte de ese Cristo que les ha despertado del sopor de las creencias y se han asomado al regalo inmenso de la fé.

Que ese Cristo siga siendo signo de contradicción. Que Su Persona nos haga tomar posiciones, volver la mirada y el corazón a Nazareth, a la periferia de la existencia, a la Salvación que nos llega generosa y humilde, al amor infinito ofrecido en la cruz.

Paz y Bien

En la Fiesta de las Tiendas




Para el día de hoy (20/03/15) 

Evangelio según San Juan 7, 1-2. 10. 14. 25-30



La hostilidad contra el Maestro iba en un crescendo pavoroso, había ingresado en una vorágine de odio que desembocaría en el el Gólgota.
Eran muchas las tramas tejidas para atraparle, especialmente en Judea: un arresto equivaldría a su ejecución, tal era el grado de furia para con su persona por parte de las autoridades. Por ello mismo en parte acotaba su ministerio a su conocida Galilea, mucho menos hostil. Pero a pesar de todas esas trampas meticulosamente tendidas, no pueden dar con Él. No es el momento, y es señal que nos brinda el Evangelista en un modo más que claro: Cristo entregará su vida en el momento propicio y en absoluta libertad, en misterio de amor total. Hicieran lo que hicieran no habrían podido capturarlo y matarlo.

Por aquellos días, se celebraba en Jerusalem la Fiesta de las Tiendas llamada Sukkot -fiesta de los tabernáculos-, una de las tres celebraciones impostergables de los judíos junto con Pésaj -Pascua- y Yom Kippur -Día del perdón-. Es fiesta de cosechas, fiesta de vendimia. Jesús de Nazareth, fiel hijo de su pueblo, se encamina a la Ciudad Santa a participar cordialmente de esa solemnidad tan cara a la fé de sus mayores.

Por todo el ambiente enrarecido, por la densidad de los enconos, ingresa a Jerusalem de manera clandestina, anticipando tal vez su carácter de proscrito que será pleno en la Pasión que lo condene.
Es el Cristo que camina entre la multitud tan humilde y silencioso, tan fuera de los moldes identificatorios que no nos resulta fácil descubrirle. Pero es un Cristo siempre presente, peregrino junto a nuestros pasos, Salvador en el encuentro a menudo impensado.

No puede ser de otro modo, que en la fiesta vendimial Él acepte hasta sus últimas consecuencias el lagar espantoso que le espera. El vino cumple sobradamente su destino cuando se lo bebe.
Cristo será el vino nuevo de la Nueva Alianza, de las cosas definitivas, rescate pagado a precio de sangre, sangre que supera todo horror porque ha pasado por el crisol único del amor que restaura y levanta de la muerte, la esperanza que es su Resurrección.

Paz y Bien

El alba mensajera - Himno a San José



Porque fue varón justo,
le amó el Señor,
y dio el ciento por uno
su labor.

El alba mensajera
del sol de alegre brillo
conoce este martillo
que suena la madera.
La mano carpintera
madruga a su quehacer,
y hay gracia antes que sol en el taller.

Cabeza de tu casa
del que el Señor se fía,
por la carpintería
la gloria entera pasa.
Tu mano se acompasa
con Dios en la labor,
y alargas tu la mano del Señor.

Y, pues que el mundo entero
te mira y se pregunta,
dí tú como se junta
ser santo y carpintero,
la gloria y el madero,
la gracia y el afán,
tener propicio a Dios y escaso el pan.

Himno de Laudes

El silencio de José de Nazareth




San José, esposo de la virgen María - Solemnidad

Para el día de hoy (19/03/15) 

Evangelio según San Mateo 1, 16. 18-21. 24a


Hay silencios que son terribles, agobiantes. Son los silencios que se imponen para que la verdad no se escuche, para acallar el clamor de los pobres, para suprimir la profecía y, por ello, a los profetas. Son los silencios crueles, enfermos, brutales, que es menester desterrar para que todas las voces tengan lugar.

Pero hay otros silencios que son necesarios, imprescindibles, frondosos. Son los silencios elegidos para poder oír y escuchar la voz de Dios y la voz del otro. Son los silencios que buscan aquellos que renuncian a las palabras pues toda su vida es Palabra.

Las Escrituras no nos transmiten ni una sola palabra pronunciada por José de Nazareth, humilde tekton galileo. Esto no es fortuito, casual: es total y felizmente deliberado.
El silencio de José de Nazareth es frutal y santo, y en cierto modo es una sinfonía imposible de pasar por alto.
Es el silencio de los que cumplen con toda justicia y en plena humildad con la existencia que se les ha concedido, y que una vez realizada esa misión se retiran con sencillez y sin ninguna estridencia pues han cumplido con su deber, ni más ni menos.
Es el silencio profundo de los que viven para servir, pues de cualquier otro modo saben que no servirían para vivir.

José de Nazareth se siente intimidado frente a ese embarazo impensado de la mujer que ama, con la que sueña edificar una familia y compartir toda su vida: pero en sí no hay dudas acerca de María, jovencísima muchacha judía de aldea campesina. Los temores e incertidumbres son acerca de sí mismo. Él se intuye fuera de lugar, inversamente proporcional y mínimo frente al insondable misterio de ese Dios que transforma el cuerpo y la vida de su esposa, y así desbordado supone que lo mejor es partir. Siempre en silencio, sin hacer daño.

En un plano psicológico, los sueños son el ámbito en donde las cuestiones más gravosas para la razón, difíciles de manejar en la vigilia, se resuelven.
En el plano teológico -espiritual- los sueños son el ámbito simbólico para las revelaciones de Dios al hombre.
Y allí, precisamente, José de Nazareth encuentra la respuesta a la angustia que lo aqueja.

Nunca hay que dejar de soñar. Nunca hay que resignar los sueños.

Así el carpintero asumirá, en su enorme integridad y en total libertad, el compromiso con la mujer que ama y con ese hijo misterioso que será suyo también. Porque José de Nazareth será padre legal de Jesús, impidiendo que el Mesías sea un descastado bastardo sin raíces. 
Pero en la plenitud de sus afectos, José cumplirá con el mandato de proveerle a ese niño un nombre. 

Cada nombre define el carácter y bosqueja el destino de las personas. Y José nombra a su hijo con el mejor de los nombres, Jesús -Yehoshua- Dios Salva.

Esa disponibilidad de José, ese servicio incondicional desde la honestidad, la justicia y el trabajo es el servicio de aquellos que protegen la vida, árboles santos de frutos siempre buenos, que son cobijo y son refugio sagrado. A ese carpintero, su Dios lo llamará Abbá y él a su Dios lo llamará hijito, signo cierto de una trinidad que se nos adormece niña en nuestros brazos.

Paz y Bien





Dios sin descanso




Para el día de hoy (18/03/15) 

Evangelio según San Juan 5, 17-30



Ciertas lecturas lineales, sin profundidad, pierden lo verdaderamente importante y pasan por alto el sentido primordial. Esas linealidades suelen convertirse en agobiantes ortodoxias, pues en la literalidad se incuban los fundamentalismos. Tal es lo que les sucedía a esos hombres, que en su acotadísimo horizonte no tenían espacio para ninguna idea nueva, ni menos aún, lugar para el prójimo; hombres así reaccionan con violencia, y la muerte es una opción viable, pues se suponen defensores a ultranza de Dios, como si Dios necesitara defensa alguna.

Ellos seguían aferrados a la idea de que su Dios labora seis días y el séptimo -Shabbat- descansa, renegando de cualquier trascendencia simbólica. Jesús de Nazareth nunca se calla a la hora de decir verdades, verdades que conoce desde sus entrañas, tal es la identidad plena con su Dios.

Así, declara que su Dios, al que reconoce como su Padre, jamás descansa, es un Dios incansable procurando siempre el bien de todas sus hijas e hijos, acción creadora que es también acción redentora, salvación que se envía a los extraviados de manera gratuita, generosa, incondicional, abundante. No hay sábado alguno ni día de precepto excluyente a la hora de hacer el bien.
Pero lo principal, es que el Maestro se identifique tan absolutamente con Dios, al punto de reconocerle Padre.

Esa identidad es tal que Dios es Jesús y Jesús es Dios.
En ese Cristo obediente hasta la muerte, firme hasta la cruz, están depositadas nuestras esperanzas porque de Él es la creación y la justicia. Porque salvación y juicio acontecen aquí y ahora.

Como lo enseña el Apóstol de los gentiles, tengamos sus sentimientos. Nada se guarda para sí, ni siquiera su condición divina. Todo lo brinda, todo lo ofrece generoso como el pan compartido por millares.

Cristo es el Dios anonadado para que todos nos elevemos de este barro hacia los campos en donde la vida prevalece en amorosa eternidad.

Paz y Bien

La piscina de Bethesda



San Patricio, obispo - Memorial

Para el día de hoy (17/03/15) 

Evangelio según San Juan 5, 1-3a. 5-16




La piscina de Bethesda -también llamada de Betzatá por encontrarse en el valle de ese nombre- se encontraba cerca de la llamada Puerta de las Ovejas de Jerusalem. Su construcción respondía, en parte, a las enormes cantidades de agua que requería el culto en el Templo, tales como abluciones y purificaciones; de tal modo, allí se lavaban las ovejas y corderos que estaban destinados al holocausto sacrificial, animales puros entre puros. Así, principalmente por ello se consideraban sus aguas de carácter curativo, toda vez que la salud y su ausencia -la enfermedad- se adjudicaba al pecado: la pureza de los animales puros allí lavados le confería dotes terapéuticas, junto a cierta tradición que mentaba que un ángel agitaba las aguas en determinado momento, volviendo sanador su fluir.
Cerca de allí, renombrados rabinos enseñaban a sus estudiantes.

En la piscina de Bethesda era habitual encontrarse con un nutrido grupo de dolientes, enfermos, tullidos, paralíticos, que esperaban sin tiempo la posibilidad de un aleteo angélico o de una cura milagrosa.

Terrible contraposición aquella: de un lado se enseñaban las cosas de Dios, y a sólo un paso languidecían los pobres y los enfermos, librados a su suerte y a cierto criterio que consideraba las enfermedades consecuencia de castigos divinos por los propios pecados o por los de los padres, condición suficiente para devenir en impureza ritual, en exclusión religiosa.

Un hombre está allí, a la vera de la piscina. Solo puede denotarse que vive porque respira, pero es una existencia aplastada y su símbolo es un mundo acotado a su camilla, sin esperanza ni futuro posibles, total resignación. Treinta y ocho años así, sin una mano que lo asista para, tal vez, sumergirse en las bondades de esás aguas y quizás sanar.
Hay un símbolo que destella: cuarenta años es toda una generación. Cuarenta años fué el peregrinar de los que habían sido esclavos por el crisol del desierto hacia la tierra prometida de la vida plena. Cuarenta días ayunó el Maestro, asumiendo los golpes de nuestras debilidades. 
Ese hombre, tras treinta y ocho años de olvido y dolor, es casi una existencia perdida, diluida en las penas.
Su desierto solitario es demasiado largo, y sólo la mirada de Cristo lo advierte.

Pero estamos en un tiempo nuevo, distinto, definitivo. Por más bordes y quebradas que se aparezcan, no hay otro absoluto que el amor de Dios. Él ha padecido treinta y ocho años, y le faltan dos para llegar a la tierra prometida, y no se trata de completar un calendario. Se trata de aceptar el año de la Gracia, el año de la Misericordia, para que la vida sea completa, para que la existencia sea plena, para colocarse al hombro toda camilla de postración y ponerse a andar.

La sanación acontece un sábado, y es toda una definición: no puede jamás postergarse, por ningún motivo, el socorro al necesitado. Y el culto primordial al Dios de la vida es la caridad y la compasión ejercidas incondicionalmente con el prójimo que edificamos, por más rabias que ello desate, por más amenazas que ciertas mentalidades severas quieran impedirlo, aún cuando lo hagan en nombre de Dios.

Gracia y Misericordia, la mirada de Cristo, los ríos de agua viva que nos purifican el alma, la Cuaresma.

Paz y Bien

La hora de Jesús, vida y Palabra




Beato José Gabriel del Rosario Brochero - Cura Brochero - Memorial

Para el día de hoy (16/03/15) 

Evangelio según San Juan 4, 43-54


Para el Evangelista Juan, la determinación del tiempo tiene una intencionalidad simbólica específica. Símbolo, en tanto ventana abierta por la que podemos asomarnos al misterio, a la eternidad.
También para el Evangelista, los milagros realizados por Jesús son denominados signos; esta caracterización no es casual ni debe limitarse a la construcción literaria, pues implica lo que el término define, signo/segno/señal, que nos orienta la mirada hacia donde en verdad debemos mirar y ver.

Juan proclama que el primer signo de Jesús de Nazareth lo realizará en el mismo ámbito, Galilea, más precisamente en Caná.
En la primera ocasión, convertirá seis tinajas de agua en vino del mejor, en una boda que se estaba apagando.
En la segunda ocasión, sin estridencias ni portentos y con la sola acción de su Palabra, sanará al hijo del funcionario real, que agonizaba en Cafarnaúm.

Allí hay un mensaje tácito: los datos que nos ofrece remarcan la relevancia de este funcionario -un nutrido grupo de servidores-: es el poder de cualquier época que a pesar de su gravamen e influencia, nada puede añadir a la existencia, aún cuando se arrogue funciones que no le pertenecen sobre la vida de los demás.

En ese hombre, en ese funcionario herodiano -la casa real es la de Herodes Antipas tetrarca de Galilea, vasallo de Roma- acontece una transformación, y es la fé.
En un principio, pide y requiere como un poderoso, exigiendo quizás que el Maestro se haga presente en donde su niño sufre, y así ese rabbí pobre, conforme a su fama, lo cure de modo espectacular.
Pero luego, frente al reproche de Jesús, se quita el sayo poderoso y sólo queda el hombre que ama a su hijo y que, contra toda previsión y razón, cree en ese nazareno, que es su única esperanza.
Allí deberíamos espejarnos: la fé cristiana comienza en acercarse y en confiar en la persona de Jesús de Nazareth antes que en cualquier doctrina. O mejor aún, nuestra doctrina se sustenta en una persona.

La certeza posterior de la hora en que el niño se ha sanado es signo de la hora santa, del tiempo propicio de Dios. La hora justa de Jesús que nos produce el vino para que la vida se celebre. La hora de la vida que se recobra de entre el abrazo oscuro de la enfermedad y la muerte a pura bondad. La hora del amor pleno, de agonía y obediencia amorosa en la cruz.
La hora definitiva de la Resurrección.

La Palabra es eficaz. Es Palabra de Vida y Palabra Viva que no sabe de distancias ni de condicionamientos. 
Que la escucha atenta sea fruto bueno de nuestra conversión.

Paz y Bien

De la serpiente en el desierto a la cruz




Domingo Cuarto de Cuaresma

Para el día de hoy (15/03/15) 

Evangelio según San Juan 3, 14-21




Para el pueblo judío, muchas imágenes y símbolos se guardaban en la memoria con celo, denuedo y especial afecto, toda vez que en ellas se afirmaba su historia y su identidad, aún cuando el origen de esas imágenes y esos símbolos tuvieran su origen a una distancia lejana de muchos siglos.
A nosotros, inmersos en el siglo XXI de la información, sobrecargados de datos y velocidad, a menudo nos sorprende, pues solemos ser esclavos de la inmediatez. Triste es el destino de los pueblos sin memoria, condenados a repetir calvarios y prisiones.

En ese estado de memoria, Israel sabía bien a qué se refería el Maestro al citar la historia de la serpiente de bronce levantada en el desierto, y más aún su interlocutor de esta ocasión, Nicodemo, formado en escuelas exegéticas importantes.
Ubiquémonos en tiempo y situación: luego de mucho tiempo de peregrinar en el desierto, las tribus liberadas de Egipto comienzan a quejarse y a murmurar acerca de las incomodidades y los penares del andar desértico. En cierto modo, preferían las cebollas de Faraón a la rigurosa libertad que tenían ahora, y tal vez tácitamente preferían regresar a un ingrato pasado de cadenas a seguir tolerando esos rigores. 
La ingratitud, tarde o temprano, provoca desolación en las almas, y a esas tribus andantes -miles de personas- les sobreviene una epidemia de terribles serpientes que mordían y mataban con su veneno a muchos de los hijos y las hijas de Israel, y de allí al clamor y a la súplica por misericordia y socorro a su Dios a través de Moisés hubo sólo un paso.
Así, Dios envía a Moisés -Nm 21, 4-9- a que eleve sobre el pueblo, sobre una madera/poste, una serpiente de bronce: todo aquél que fuera mordido por un ofidio venenoso, bastaba que mirara esa serpiente de bronce para que el veneno mortal no hiciera mella en él.

En base a esta historia que los suyos comprendían, Jesús establece una comparación entre Moisés y Su persona, pues Él es el nuevo Moisés que conduce a su pueblo a la salvación definitiva.

La diferencia se sitúa en la Gracia, en la eternidad y en la fé.

El Cristo que será levantado sobre un madero será señal de salvación para todos los pueblos. Para que no nos muerdan los arrebatos de las muertes temporales ni la de la definitiva.
El Cristo levantado no es capricho del Padre ni condición necesariamente brutal, sino señal inefable de amor que sólo se comprende desde la fé: de cualquier otro modo, es escándalo o es locura.

Se trata de vida plena, se trata de estar vivos aquí, ahora y en el después definitivo.
Ahora no hay una señal de factura humana, una serpiente de bronce que nos afirma la esperanza.
Ahora y para siempre, se trata de un encuentro personal con Aquél que con su sangre ofrecida proclama que la muerte no tiene la última palabra, faro de Salvación para todas las naciones.

Paz y Bien

Fariseo y publicano




Para el día de hoy (14/03/15) 

Evangelio según San Lucas 18, 9-14




Jesús de Nazareth, además de la fidelidad absoluta a su vocación de revelar el rostro del Padre e inaugurar el Reino de Dios, era un maestro inigualable. Desde la sencillez, a partir de cuestiones cotidianas, Él enseñaba con una profundidad tal que sus oyentes difícilmente olvidaran sus ejemplos o los pasaran  por alto como algo fortuito y olvidadizo.

Tal es el caso del fariseo y del publicano. Ambos se sitúan en el Templo de Jerusalem y han subido hasta allí; suben literalmente pues el Templo se ubicaba sobre un monte, y suben en sentido figurado pues van al encuentro de su Dios, probablemente a media mañana o por la tarde, horas en las que se realizaba la oración pública de expiación, de perdón de los pecados, aunque el Templo permanecía abierto para todos aquellos que quisieran orar en forma privada.
Llamativamente, ninguno de los dos tiene nombre propio, y quizás tanto en uno como en el otro, en diversas situaciones, nuestros mismo nombres se adecuen perfectamente.

Un fariseo es un hombre muy piadoso y respetado entre el pueblo por su vida estricta, su sujeción a los rigores de la Ley, su intransigencia para con todo aquello ajeno a Israel. Es un hombre que vive para su Dios.
Un publicano también es judío, pero trabaja a sueldo del opresor romano recaudando tributos, extorsionando a sus paisanos para hacer diferencia a su favor, y por lo general abusa de su poder y su autoridad. Por todo ello sólo es un impuro, un traidor, un miserable.

Ambos se dirigen a su Dios buscando justificación, es decir, la bendición de los hombres libres de pecado. Pero extrañamente, el peor, aquél de quien nada puede esperarse es quien saldrá del Templo justificado.
El gran error del fariseo -a pesar de toda su formación, a pesar de su profusa religiosidad- quizás estribe en que él mismo se pone en el centro de la escena, como si fuera el centro de su mínimo universo. El yo declamado es preponderante, y necesariamente conduce a esas odiosas comparaciones, tan tóxicas, tan separadoras de los hermanos.
Al ponerse en el centro, no permite a Dios ser Dios, ser su centro y su destino, descubrirse incompleto y necesitado de su auxilio.

El publicano ni siquiera levanta la mirada, tan asumida tiene su condición de réprobo. Sólo suplica el perdón de ese Dios que supera por lejos la justicia. Porque la justicia de Dios es la misericordia, y es precisamente allí, en las honduras de su alma malherida, en donde acontece la redención de su existencia. Está yerto, vacío, derribado por mano propia, incompleto en todo, mendigo de esa misericordia que lo salvará.

Y quizás es parte de la súplica que suele tener parte de ausente en la oración cotidiana.

Paz y Bien


La frontera del prójimo




Para el día de hoy (13/03/15) 

Evangelio según San Marcos 12, 28b-34


Los escribas eran estudiosos y exégetas rigurosos, y como tales, la ortodoxia en la interpretación de la Ley- En base a sus reflexiones y análisis de la Torah, la Mishnah y el Talmud, gravitaban sobre la vida religiosa, social y hasta política de Israel, y como tales, eran muy respetados y su influencia era a menudo decisiva.

Es por ello que la irrupción en la historia de Jesús de Nazareth y su ministerio, en gran medida, los deja estupefactos y su reacción suele ser virulenta, despreciativa y descalificadora. Se trata de un joven pobre galileo, sin estudios ni linaje reconocidos, que comienza a hablar y a enseñar las cosas de Dios con una autoridad insólita, cuya coherencia e integridad los descoloca, que habla de un Dios bondadoso y rico en misericordia al que se atreve a llamar Abbá, Dios tan cercano como un Papá.
Entre muchas otras, estas cuestiones enfrentan a los escribas con Jesús, al punto extremo de volverse enemigos violentos y enconados.

Sin embargo, en el caso del escriba que el Evangelista Marcos nos ofrece en la lectura para el día de hoy hay una diferencia muy importante: se trata de un hombre honesto que no se cierra a lo que él supone la verdad. Por eso le realiza a Jesús una pregunta para él crucial, y es cual es el mandamiento más importante.
En su época, esta pregunta no era menor, y formaba parte de numerosos encuentros dialécticos: la casuística de ese tiempo determinaba la aplicabilidad de 613 mandamientos -mitzvot-, 248 positivos o asertivos y 365 negativos o prohibitivos; simbólicamente, los 248 se correspondían a todos los huesos del hombre y los 365 a todos los días del año, representando así la totalidad de la existencia. Es por ello que la discusión acerca de cual de entre todos ellos era el más importante alimentaba a menudo las polémicas.

Aún así, la principal oración que rezaba a diario el pueblo judío era y es Shema Ysrael -Escucha Israel-, en la que se recordaba y proclamaba la unicidad y primacía de su Dios. Y es por allí que nuestro escriba encamina su reflexión, y asiente cordialmente cuando el Maestro -al que reconoce como tal- le explica que primer y segundo mandamientos están indisolublemente unidos, el amor a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo.
En la cruz ratificará Jesús con su sangre ofrecida esta afirmación: la cruz tiene dos maderos como brazos inseparables, uno que apunta al cielo y otro que se extiende horizontal a los hermanos. El amor a Dios se traduce siempre en el amor al prójimo, y es precisamente en el hermano en donde se le rinde el culto primero.

Pero el escriba aún no ha llegado al Reino de Dios, aunque está cerca.
Debe trasponer la frontera de delimita cual es mi  prójimo, aquél que debo amar. No debe haber límite ni condicionamientos de ninguna clase. Toda mujer y todo hombre, buenos y malos, justos y pecadores, todos diferentes entre sí, ostentamos a pura bondad de Dios nuestra condición filial.

Y más aún: esa cercanía al Reino se zanjará ingresando a la maravillosa y asombrosa dinámica de la Gracia.

Cuaresma es volver a Dios y al hermano, mandamiento y misión.

Paz y Bien 

Del oír al escuchar



Para el día de hoy (12/03/15) 

Evangelio según San Lucas 11, 14-23





El silencio es fundamental, fundante: cuando nos adentramos al silencio, en tanto que ámbito frondoso y espiritual, la caridad nos abre las puertas al misterio inmenso de Dios, porque recuperamos la capacidad de escuchar lo que en verdad debe escucharse, la Palabra de Vida que es Palabra Viva, Dios que nos habla hoy.
Ese silencio también es una Pascua, un paso liberador del mero oír como si cualquier sonido fuera una parte más del paisaje, al escuchar atentamente lo que dice el hermano, el prójimo. Porque en verdad, a menudo nos oímos y no nos escuchamos, mucho menos el clamor silencioso de los que sufren, de los pobres, de los más pequeños.

En la lectura del Evangelio para el día de hoy nos encontramos frente a la sanación que realiza Jesús de Nazareth al espíritu de un hombre reducido al mutismo. Ello es crucial: quien un hombre que no puede hablar difícilmente pueda expresarse con claridad, difícilmente sea escuchado o atendidas sus quejas. Un hombre enmudecido es un hombre reducido a un mundo de soledad, pues ese mundo es el del peor de los silencios, igual al silencio estéril que se impone y no se elige, el silencio brutal que taladra cualquier voluntad de escuchar a los demás, el silencio utilizado para acallar disensos.

Simbólicamente, el demonio señalado es una religión que se ha quedado en la pura exterioridad, que ha dejado de escuchar a su Dios y al hermano, que no tolera y repudia a los díscolos, que a las voces distintas busca aplastarlas mediante la denostación o la aplicación de rótulos que descalifiquen y aislen.

Lo podemos descubrir en tiempo presente, en especial en los silencios que se imponen mediante la fuerza de los brutos sin razón, dispensadores procaces de la muerte bajo rótulos demoníacos o pátinas revolucionarias. Y cae primero herida de muerte la verdad, y con ella toda libertad se humilla, y por ello las primeras víctimas son siempre los jóvenes, los que tienen las voces más fuertes, más tenaces y persistentes.
Para las bestias, ni siquiera se oye, y mucho menos se escucha: sólo se escuchan los gritos brutales de las declamaciones tantas veces repetidas, y los estruendos impiadosos de las armas.

Aún así, no hay que callar. Todo pasará, todo poder -por fiero y grande que parezca- ha de caer, toda injusticia finalizará y la vida y la libertad prevalecerán. Los verdaderos demonios de la destrucción han sembrado semillas de muerte en sus propios discursos pantanosos, pues renegar del hermano es, ante todo, irse muriendo en vida, perecer aunque el corazón siga latiendo.

Cuaresma es bendición y es esperanza. Esperanza cierta de que la muerte no tiene la última palabra. Bendición de un tiempo santo ofrecido para el regreso a Dios y a la vida en la escucha atenta del hermano, en donde resplandece el rostro de Dios.

Paz y Bien

La plenitud de la Ley




Para el día de hoy (11/03/15) 

Evangelio según San Mateo 5, 17-19
 


La Ley de Moisés fué, en su oportunidad, un enorme salto ético para Israel como nación. Más aún, fué una inmensa bendición de Dios para ese nutrido grupo de esclavos liberados de las cadenas de Faraón, que al crisol del desierto se fué maleando como pueblo: allí, las tablas de la Ley establecen los principios básicos de convivencia y reciprocidad entre las gentes, y los vínculos con su Dios.

Con el transcurrir de los años, sabios y exégetas judíos conformaron un corpus de comentarios a la Ley, reflexiones tendientes a su mejor comprensión, las que se agruparon bajo el nombre de Mishnah. Otros rabinos, a su vez, realizaron comentarios acerca de esa Mishnah, y así se formó el libro denominado Talmud.

Los tres -Torah, Mishnah y Talmud-, en los tiempos del ministerio de Jesús de Nazareth, eran de observancia estricta y obligatoria; es decir, el pueblo estaba sujeto a lo que en ellos se prescribía.
Ése, precisamente, era síntoma del problema subyacente, que le valía al Maestro un torrente de acusaciones y reproches, pues además de parecer un consuetudinario provocador, para algunos hombres suponía un tenaz infractor deliberado de aquello que ni en sueños se quebrantaría, que se observaría a rajatabla.

Pero el Sábado es para el hombre, y la Ley también, tiende al bien del pueblo.Su origen está en el mismo Dios de Jesús de Nazareth, y es por ello que Él no viene a abrogarla ni a abolirla. Él viene a darle pleno cumplimiento.

Como un pequeño y santo germinar, la Ley de Moisés es la planta que crece sin pausa a través de los siglos para desembocar, frutal, en el tiempo de la Gracia. Y su plenitud está en el corazón sagrado de Cristo, porque la plenitud de la Ley es el amor.

Todo pasará -nosotros también- pero ni la letra más pequeña de los dones de Dios se diluirán o extraviarán.

Paz y Bien

Desmesuras





Para el día de hoy (10/03/15) 

Evangelio según San Mateo 18, 21-35




En la lectura que nos ofrece la liturgia del día de hoy, florecen, flagrantes y evidentes las desmesuras.
Porque el rey de la parábola permite, adrede, que se forme una deuda impagable, diez mil talentos, algo así como ciento sesenta y cuatro toneladas de oro. Algo sabemos de ello en estos tiempos, de deudas que estrangulan a los pueblos.

Desmesura es también que una sola persona, por nás confianza que ella tenga, le deba tanto a su señor. 

Desmesura es que al solo ruego del deudor, esa enormidad se borra y olvida, aún cuando el servidor sólo suplica por un poco más de tiempo.

Desmesura es que ese hombre salga renovado a la vida, libre de cargas, y frente a una situación de deuda ínfima -cien denarios equivalen a cien días de jornal- torne en un cruel opresor, en un bruto exigente que no mezquina violencia, justificando así sus medios para conseguir sus fines.

Desmesuras también son las elásticas paciencias para con nuestras cuitas y quebrantos, y los conminatorios apuros para repudiar y condenar los errores y las miserias ajenas.

Simón Pedro es generoso en su casuística en cuanto a perdonar al hermano. La tradición de su pueblo indica un límite de tres ocasiones de perdón al prójimo; siete implica una amplitud de criterios, quizás en alusión al significado simbólico del número, que representaba divinidad y plenitud.
Pero el error de Pedro, de acuerdo a la desmesura del Reino, es precisamente limitar las ocasiones de perdón, acotarlas. Es contar en cuenta regresiva el momento exacto para dar paso a la venganza.
Cristo le dice y nos dice que nosotros hemos de ser así, tan desmesurados y desproporcionados como ese Dios que es tan paciente y misericordioso con nosotros. Porque Él ha perdonado primero.

Es difícil, es muy difícil. Especialmente olvidar, desalojar cualquier atisbo de rencor.
Pero es cosa del Reino más que cuestión de acotada lógica.
El perdón, fruto de la misericordia primordial de Dios, sana y salva.

Paz y Bien

El profeta rechazado



Para el día de hoy (09/03/15) 

Evangelio según San Lucas 4, 24-30



Hay una cierta costumbre de aceptación de refranes tal como se pronuncian, sin reflexión ni análisis, y ello induce a error. Entre estos casos, el más destacable es aquél que cita nadie es profeta en su tierra. Así entonces, y casi sin darse cuenta, se dá por cierto que todo profeta tiene, inevitablemente, vocación de destierro pues, de quedarse en su patria chica, dejará de ser profeta, de ser eficaz en su misión. O llevado a su extremo, que cada tierra no genera profetas propios.

Jesús de Nazareth no dijo nada de eso. El Maestro afirmaba algo mucho más grave, y que es que el Espíritu de Dios suscita siempre profetas, pero que a su vez no son escuchados ni reconocidos como tales por los suyos, abriendo la puerta a la defenestración, al desprecio, a la violencia.

Un profeta nunca es cómodo. Un profeta jamás morigerará la fuerza de su mensaje con tal de quedar bien. Un profeta es agradable cuando anuncia esperanzas, pero torna bravo y peligroso cuando denuncia tropelías, y cuestiones que son ajenas al plan de Dios, a la vida misma.

Esos vecinos nazarenos eran la muestra cabal de lo expresado. A Jesús lo habían visto crecer, jugar con sus hijos, trabajar con su padre, ganarse el pan como jornalero, conocen a su madre y a sus parientes. Hay un prejuicio intenso allí: si bien sus paisanos se asombran de los signos de sanación que ese Cristo ha realizado por todas partes, no pueden aceptar que el hijo del carpintero sea un hombre vocero de Dios, un profeta. Mucho menos, el Mesías.

Pero el Maestro no se amilana. Ningún profeta fiel se calla, y es por eso que sus palabras -claras, duras, directas- le desatan las furias. Ellos persisten en cierta tradición desviada de creerse únicos en desmedro de otros, mejores por pertenecer y no por ser, por lo que se hace, y de ese modo se rasuran las memorias. Por ello el Cristo les recuerda las acciones de dos carísimos profetas a los afectos y al corazón de Israel, Elías y Eliseo, que sólo realziarán milagros en tierras paganas, Elías en Sidón, en la casa de la viuda de Sarepta, Eliseo sanando de la lepra a Naamán, general de los ejércitos sirios.

La verdad para ellos es una ofensa intolerable. Es una práctica usualmente detectable entre los poderosos, pero no está excluída de nuestra vida diaria. Esos nazarenos tratan de despeñarlo porque primero le han matado en sus corazones, le han negado un mínimo espacio siquiera en sus existencias.

Pero el Maestro pasa asombrosamente entre esos odios, y se abrirá paso por entre los velos aparentemente pétreos e inconmovibles de la muerte.

Entre nosotros, en nuestra familia, en cada esquina, el Espíritu de Dios sigue suscitándonos profetas de barrio, humildes y veraces, que tan a menudo son execrados por la Iglesia.
Y es señal afable de conversión regresar a la escucha atenta del hermano que tiene cosas de Dios para decirnos.

Paz y Bien

El celo por tu Casa me consume




San Juan de Dios, memorial

Día Internacional de la Mujer


Para el día de hoy (08/03/15) 

Evangelio según San Juan 2, 13-25




Jerusalem, y específicamente en Jerusalem el Templo, era el centro gravitante de toda la vida judía. Centro político, centro religioso, centro identitario y centro teológico, es decir, centro espiritual.
Hacia Jerusalem peregrinaban todos el pueblo de Israel en tres festividades puntuales, Shavuot -fiesta de la Ley-, Sukkot -fiesta de los Tabernáculos- y Pesaj -Pascua, siendo esta última la más importante, celebración de la liberación de la cautividad en Egipto, del paso liberador de su Dios por su historia. Literalmente, pueblos y ciudades de Israel se vaciaban de habitantes, los que concurrían masivamente hacia la Ciudad Santa y hacia ella también se dirigían, si tenían los medios, los judíos de la Diáspora, los que vivían en el extranjero.
Todas estas cuestiones contextualizan y pueden enriquecer la lectura del Evangelio para el día de hoy, que nos sitúa en la cercanía cuasi inmediata de la fiesta de la Pascua, y por tanto, Jerusalem y el Templo rebosan de multitudes que vienen y van, cumpliendo los mandatos de su fé.

Ahora bien, la Ley mosaica prescribía que los peregrinos habían de ofrecer determinados animales puros -kosher- para los sacrificios u holocaustos, y que a su vez debían pagar un tributo, establecido para solventar el mantenimiento de ese Templo enorme y el sustento de los sacerdotes. Teniendo en cuenta las multitudes que discurren y su origen, se hacen necesarios miles de animales -sólo los más pobres ofrecen pajaritos o tórtolas- y a la vez, monedas griegas, romanas y de otras naciones han de ser cambiadas pues sólo las monedas confeccionadas en Tiro eran las aceptables, según los rabinos, para el pago del impuesto o tributo, y por ello era necesario en simultáneo tener a mano un sistema de cambio por la multiplicidad de dinero.

Durante mucho tiempo, estas actividades se realizaban en una colina cercana al monte del Templo; con la llegada de Caifás al Sumo Sacerdocio, se permitieron la venta de animales y el establecimiento de los cambistas en el inmenso atrio de los gentiles, égido del Templo mismo. No es difícil imaginar que junto a las miles de personas que peregrinaban, se combinaran los humos de la grasa de los animales sacrificados, el perfume persistente del incienso, el canto de los salmos y la proclamación de los ritos junto a los gritos de los cambistas y mercaderes que promocionaban su negocio, y no es para nada arriesgado intuir que detrás de ese pingüe negocio se encontraran varios notables, sumos sacerdotes e integrantes del Sanedrín.

Frente a esto, se yergue un hombre solo.
A veces, un sólo hombre de corazón encendido basta para dar comienzo a la transformación de la historia, a que el tiempo cambie, a que las cosas se enderecen. Un hombre consumido por el celo por la casa de oración que ha de ser encuentro.
Cristo es ese hombre que se hace oír, y el escándalo es mayúsculo, no sólo por la estampida de los animales desbocados, no sólo por las monedas esparcidas por los suelos. El escándalo mayor estriba en la autoridad incuestionable que ejerce y que derriba negocios, que pone en entredicho la que ejercen de manera omnímoda otros humillando al pueblo y olvidando a Dios. El escándalo es suponer que los favores de Dios se compran y venden en el mercado de la piedad, y ese mercado comienza corazón adentro de cada uno de nosotros, y es renegar abiertamente de los asombros de la Gracia.

Como en el éxodo primero, no hay regreso posible, no hay vuelta atrás.
Con la Encarnación, lo sagrado pasa del templo de piedra al templo vivo y latiente de cada mujer y cada hombre.
El Templo de piedra será derribado sin posibilidad de reedificar. El Templo de Cristo, Su Persona, será reconstruido a pura fuerza del amor de Dios, la Resurrección.

Que ese Cristo encendido, en esta Cuaresma que es bendición, nos despeje todos los patios del alma.

Paz y Bien

Padre misericordioso y pródigo




Para el día de hoy (07/03/15) 

Evangelio según San Lucas 15, 1-3. 11b-32




Un simple análisis literario nos indicaría que, en este texto tan conocido de Jesús de Nazareth, hay dos parábolas y no una como se suele señalar. Son dos los hijos, cada uno con sus características, miserias y deslealtades, y es un grosero error embarcarse en la tarea de mensurar la medida moral de cada uno de ellos.
Porque hay una realidad mucho más profunda que la literaria, y es la centralidad del Padre, cuya traducción teológica -espiritual- es la pura bondad.

Es importante también tener presente quienes son quienes lo escuchan con creciente atención, publicanos y pecadores. Los publicanos son los recaudadores de impuestos del ocupante romano, que a menudo abusaban de su posición para cobrar de más las ya gravosas tasas en beneficio propio, y por ello un publicano es un judío traidor que trabaja a favor del enemigo extranjero que profana la Tierra Santa, y además es un corrupto y un abusador. Así entonces se le odia con fervor, y su estatura moral está por debajo de la adjudicada a las prostitutas.
Por otra parte, los pecadores señalados no refiere a los pecados cometidos en privado por cualquier creyente, sino más bien por aquellos que hacen explícitos sus pecados, pecadores públicos. De allí la feroz diatriba de los fariseos, pues este joven galileo comparte pan y vino con los más indeseables, con los que nadie en su sano juicio se sentaría a cualquier mesa.
Esos hombres no eran monstruos retorcidos y pavorosos: en realidad, se trataba de hombres piadosos, profundamente religiosos -hombres de Dios- muy respetados por su rectitud y por la estricta observancia de los preceptos instituidos. Ellos estaban convencidos de la necesidad de acumular buenas obras o méritos frente a Dios, tendientes a procurar los favores divinos: de allí que se indignaran por la afabilidad de Cristo para con los que son sus opuestos, sus antípodas.

La parábola que el Maestro les cuenta habla de dos hijos, muy distintos entre sí, pero que al final, por caminos divergentes, coinciden en miserias y en la bondad paterna.

El hijo menor reclama su parte de la herencia paterna en forma inmediata. Así, en sus afanes anticipa en su corazón la muerte de su padre, pues es cuestión de sentido común repartir los bienes familiares entre los hermanos a posteriori del fallecimiento paterno, bienes que son fruto de toda una vida de trabajo, bienes que son para el sustento y para brindar trabajo a muchos jornaleros. Pero el joven se embarca en fútiles aventuras licenciosas y pronto se queda sin nada. La miseria que lo agobia es el dispendio inútil de su joven existencia, el desamparo de abandonar la calidez de la casa y el pan paternos.

El hijo mayor es un exacto cumplidor de las órdenes de su padre, y allí está su error. No se trata de cumplir órdenes, se trata de amar. El hijo mayor, en cierto modo, actúa como esos fariseos enojados, pues ese Padre celebra la vida recobrada del hijo extraviado con una fiesta enorme sin decir nada de los rigores observados por el mayor, que no vé a su Padre como tal sino más bien como un patrón, como un capataz.

Pero a ambos ese Padre los sale a buscar. Por ellos se desvive, se entristece, se viste de fiesta.
Es un Padre misericordioso antes que justo.

Prodigalidad significa, primeramente, derroche, gastar sin cuidado ni medida.
El Padre en realidad es pródigo, pues vuelca sin límites ni condiciones su bondad, maravilloso derrochón de la Gracia a quien Él quiere, con preferencia especial por los perdidos y los enfermos, y es ese escándalo la raíz misma de la Buena Noticia.

Paz y Bien

Viñadores homicidas



Para el día de hoy (06/03/15) 

Evangelio según San Mateo 21, 33-46



Al adentrarnos en las aguas de la parábola que el Evangelio para el día de hoy nos ofrece nos encontramos inmersos en una creciente espiral de violencia. Desde la primeras piedras arrojadas intuimos que lo que todo decide es la intención de apropiarse forzosamente de lo que no les pertenece a esos viñadores homicidas.
Y cuando una voz clara de justicia -un profeta- se alza firme recordando a los apropiadores que ello está mal, que la viña no les pertenece, a ese profeta se lo acalla con otro espiral de violencia que suele comenzar con la aplicación de mordazas de ortodoxia que nada tienen de misericordia.

Esa violencia y velocidades para apropiarse de lo ajeno persiste hasta nuestros días, y en muchos estratos esa usurpación se ha institucionalizado. De allí los enfrentamientos, batallas siempre desiguales que desembocan inevitablemente en la cruz como castigo, como seña de marginalidad en donde la compasión y el amor se excluyen con furias intensas.

Una actitud pasible de ser encontrada es la observancia estricta sin piedad y sin corazón. Tras ese rigorismo se esconde el olvido del Dios que le confiere sentido, y allí comienzan a volar las primeras piedras. Las vidas aferradas a la Ley que desechan la Gracia son precisamente eso, vidas des-graciadas.
Otra actitud presente es la de considerar al hermano -especialmente al más humilde, el pequeño, el que no se vé o no tiene poder ni fueros- como herramienta a utilizar y a descartar llegado el caso. Allí, a pesar de lo gravoso de la expresión, se concertan sacrificios humanos, pues tras la excusa de la praxis, de los medios justificados por los fines buscados, se aniquila al hermano en los altares de la soberbia.

En los tiempos del ministerio de Jesús de Nazareth, la ingeniería de la época solía colocar una piedra primaria, importante, basal, en las esquinas de las casas, en donde se unían los muros: físicamente, en esa piedra se soportaba el peso de los muros, de tal suerte que si ésta se quitaba, todo se vendría abajo, todo caería.

Cristo es la piedra angular de la Iglesia y de nuestras existencias. Cuando a Él se le deja de lado, invariablemente habrá derrumbos, al igual que cuando la viña no tiene frutos, o cuando nos permitimos que aflore, por interese espurios y mezquinos la violencia y la omisión flagrante del hermano.

Paz y Bien

Lázaro a nuestra puerta




Para el día de hoy (05/03/15) 

Evangelio según San Lucas 16, 19-31



A pesar de la terrible situación narrada, la parábola que el Evangelio para el día de hoy ofrece -aún cuando se deje de lado su cariz teológico- es una obra literaria magnífica, en la que es menester poner especial atención a su carga simbólica que nos sumerge en las honduras trascendentes del Espíritu, irse navegando en ese mar sin orillas de la Palabra.

Así entonces, lo que suele ser considerado como usual por defecto no lo es tal. Tradicionalmente se identifica al rico como Epulón o Dives y al pobre como Lázaro, y es una cuestión clave a dirimir. Epulón y Dives son adjetivos antes que apelativos, el primero de ellos traduce del latín el término banqueteador y, en el caso de dives, simplemente significa en latín rico, de gran riqueza.
En realidad, en ningún momento el rico es llamado por su nombre, mientras que por entre todas las parábolas del Maestro, Lázaro -que significa Dios sana o Dios ayuda y proviene del arameo Eleazar- es el único reconocido con nombre propio. 
En el corazón del Maestro tienen rostro y nombre, constantemente, aquellos que nadie reconoce ni recuerda.

Contrariamente a los estereotipos usuales, el rico de la parábola no es un opresor habitual, ni un explotador de trabajadores, ni un avaro empedernido, nada de eso siquiera se sugiere. Viste de púrpura y lino, signos romanos de estatus social elevado el color, y el lino fino propio de las gentes de altísimo poder adquisitivo. Celebra a diario banquetes espléndidos, y en el contexto social e histórico de Israel del siglo I, en donde se come algo de carne una vez a la semana con mucha suerte, expresa una indulgente pereza, un tranquilo qué me importa a lo que le circunda.
A su puerta, a un palmo de distancia, languidece de miseria Lázaro. Esa puerta que los separa es infranqueable, pues en el alma del rico hay un abismo, una ausencia demoledora de puentes hacia el prójimo.
Nosotros, mujeres y hombres del siglo XXI, tenemos asimilada con gratitud la idea afectuosa de las mascotas: pero aquí los perros tienen la carga simbólica de lo impuro, de lo más bajo. Lázaro, a contrario del hombre de los banquetes, sólo viste llagas, y éstas a su vez sólo las reconocen los perros, los imposibles que se aprovechan de sus dolencias como si fuera algún bocado eventual y menor.
Lázaro ansía comer lo que cae de la mesa del banqueteador: era usual en ese tiempo utilizar la miga de pan para limpiarse los dedos llenos de grasa. Esa imagen es la existencia paupérrima que suplica, aunque sea, masticar residuos. Algo. Lo que fuera. Pero ni eso logra.
Lázaro así se convierte en una cotidianeidad aceptada, una costumbre apenas molesta en la indolencia celebratoria del otro hombre, y no los separa sólo una puerta, hay un abismo cordial, una quebrada infranqueable en el corazón.

Ambos mueren. 
El hombre rico tiene un funeral espléndido, como si la muerte tuviera aspectos bellos a ser celebrados externamente con fulgores. De Lázaro nada se dice, pues a menudo los pobres ni derecho a una tumba tienen, excepto quizás a una fosa común que es símbolo de el ámbito en donde todo se mezcla para ocultarlo, para terminar de desdibujar identidades, para magnificar olvidos.

Aún así, Lázaro -el insepulto, el que no tiene exequias- es llevado por los ángeles al seno de Abraham, imagen de la vida postrera según la religiosidad de Israel. Ése es un auténtico funeral, pero sería un obsceno error suponer que allí, como secuela post mortem, el pobre encontrará justicia vindicatoria de las miserias sufridas y conferidas.

Los Lázaros de muchos rostros -ésos que no queremos mirar ni ver- siguen silenciosamente agonizando a las puertas de nuestras existencias, y es allí en donde ha de resolverse de una buena vez y para siempre la justicia. El Reino de Dios, aquí y ahora entre nosotros, no es indiferente a cada hermano olvidado, y ciertas indolencias, ciertos acostumbramientos le son totalmente ajenos y contrarios.

Por ello la Evangelización que siga ignorando a esos Lázaros de rostros y llagas concretas no es tal, sino se desvanece y desdibuja como una mera búsqueda de adeptos, harina sin fermento que no será jamás pan bueno.
Así en la Cuaresma, aún cuando la miseria y las llagas nos causen espanto y estupor, se nos ofrece salvar los abismos que nos distancian con los que sólo pueden esperar una muerte anónima que los alivie. Tender puentes -ser pontífices, hacedores de puentes- que reviertan el presente, que concreten la misericordia, que encarnen la solidaridad.
A Dios se regresa, invariablemente, a través del hermano.

Paz y Bien


 

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