Alfarero del hombre



Alfarero del hombre, mano trabajadora
que, de los hondos limos iniciales,
convocas a los pájaros a la primera aurora,
al pasto, los primeros animales.

De mañana te busco, hecho de luz concreta,
de espacio puro y tierra amanecida.
De mañana te encuentro, Vigor, Origen, Meta
de los sonoros ríos de la vida.

El árbol toma cuerpo, y el agua melodía;
tus manos son recientes en la rosa;
se espesa la abundancia del mundo a mediodía,
y estás de corazón en cada cosa.

No hay brisa, si no alientas, monte, si no estás dentro
ni soledad en que no te hagas fuerte.
Todo es presencia y gracia. Vivir es este encuentro
Tú, por la luz, el hombre, por la muerte.

¡Que se acabe el pecado! ¡Mira que es desdecirte
dejar tanta hermosura en tanta guerra!
Que el hombre no te obligue, Señor, a arrepentirte
de haberle dado un día las llaves de la tierra.

Amén.

Himno de Laudes

Desde las orillas




Para el día de hoy (22/01/15) 

Evangelio según San Marcos 3, 7-12





Jesús de Nazareth era un fiel hijo de su pueblo -judío hasta los huesos como sus padres-, y por ello es dable presuponer que su predicación y su ministerio se encamine con razonable preferencia hacia los suyos, hacia el pueblo de Israel en rotunda exclusividad justificada por toda una historia nacional.

Pero la fama del Maestro se extendía con inusitada rapidez, y lo buscaban no sólo sus paisanos galileos, sino también los más tradicionalistas y ortodoxos de Judea y de la misma Jerusalem del Templo. Sin embargo, trasciende fronteras y por entre las multitudes que lo requieren se pueden identificar también gentes de Idumea o Edom, de Transjordania, de Tiro y Sidón, todos territorios rebosantes de gentiles y extranjeros, símbolo de la catolicidad/universalidad de la Buena Noticia, que no se deja encerrar ni se acota a nada. Ni a nadie. 
El Evangelio es Buena Noticia para todas las naciones.

Tal como lo expresa la lectura que nos ofrece la liturgia en el día de hoy, Jesús debe dirigirse a espacios abiertos, espacios públicos, pues ha sido excomulgado de las sinagogas por la furia de los dirigentes religiosos que le consideran un blasfemo que quebranta el Shabbat y se arroga cuestiones que ellos consideran exclusivas de Dios.
Pero el Maestro no se detiene. Tiene una misión y, fiel hasta el fin, asumirá todas las consecuencias que esa fidelidad absoluta le atraigan sobre su persona.

Aún así, esa multitud expectante está atraída en gran parte por la fama de ese joven rabbí galileo. Unos, por los signos de sanación, por lo que lo identifican como un milagroso taumaturgo. Otros, encendidas sus pasiones nacionalistas, creen que es un Mesías que liberará a Israel y restaurará la dinastía davídica aplastando militarmente a sus enemigos, todas imágenes desdibujadas, un Cristo a la medida de las necesidades de cada uno. Esa fama es peligrosa pues es nociva para los corazones.
Por eso el Maestro se aparta de ese abrazo peligroso que en realidad amenaza con aplastar su ministerio antes que a su propio cuerpo.

Pero el Señor no ceja ni se resigna ni huye. Así, se sube a una barca y desde la orilla, a una cierta distancia, continúa enseñando a las gentes. A pesar de sus errores, no abandona a las gentes a su suerte.

Así es nuestra existencia. Nos solemos sumergir en caricaturas convenientes de un dios con minúsculas, arremetiendo contra todo lo que no se condice con nuestras expectativas.
Pero Cristo anda por nuestras orillas, paciente y compañero, esperando que madure en nosotros las ganas de hacerle espacio a la Gracia de Dios, las puertas abiertas a la Salvación.

Paz y Bien 


El hombre de la mano paralizada




Para el día de hoy (21/01/15) 

Evangelio según San Marcos 3, 1-6



Un hombre con una mano reseca, paralizada -especialmente en la Palestina del siglo I- tiene serios inconvenientes. Está incapacitado para el trabajo, el que en ese tiempo es casi en su totalidad manual, y por ello no puede ganarse el sustento; así, el fantasma ominoso del hambre y la miseria lo acosan a él y a su familia.
Un hombre con ese problema tampoco podrá comunicarse bien, pues tendrá menoscabada su capacidad afectiva, pues no podrá acariciar a sus hijos, abrazar, estrechar esa mano en honesta confianza. Si nos vamos a otro extremo, tampoco podrá defenderse frente a una agresión violenta.

Pero en los estrechos y severos criterios de ese tiempo, un hombre con una mano paralizada es también un hombre impedido de participar de toda celebración religiosa de su comunidad: su enfermedad -toda enfermedad- lo encasilla y excluye como impuro. La atrofia de su extremidad, antes que una cuestión médica, es la consecuencia directa de un pecado propio o de los padres, justo castigo de un Dios vengativo.

Escribas y fariseos tenían criterios exegéticos que fundamentaban esa conducta, que a su vez tenía su correlato en la observancia del Shabbat: si existiera la posibilidad de aliviar o sanar ese padecer, por ningún motivo debía realizarse en ocasión de las restricciones propias del sábado. 
Ello entraba en conflicto flagrante con el anuncio de la Buena Noticia de Jesús de Nazareth, que sin ambages proclamaba que el sábado es para el hombre, y por ello jamás debe ser causa de opresión. Ese día, día del Señor, ha de ser una bendición, ámbito para el reencuentro con Dios, el descanso y el restablecimiento de los vínculos familiares: cuando se antepone una norma establecida como fin en sí misma por delante, inclusive, del Dios que le confiere sentido, sólo campean tinieblas inhumanas.

Por eso el Maestro hace pasar a un hombre con esa dolencia al frente, y lo ubica en medio de las gentes congregadas para el culto en la sinagoga. Los dolientes, los que sufren y muy especialmente los excluidos han de estar en el centro de la comunidad. 
En el tiempo de la Gracia y la Misericordia, tiempo de mesa grande de hermanos convidados a un ágape bondadoso y eterno por ese Dios que es Padre y Madre, nadie ha de faltar. Por ningún motivo y sin excusas.

Esos fariseos y esos herodianos que se enfurecen con Cristo traen una gravosa carga simbólica.
Ese hombre tiene su mano impedida. Esos hombres tienen paralizado el corazón.

Paz y Bien

Profundamente humano




Para el día de hoy (20/01/15) 

Evangelio según San Marcos 2, 23-28



Desde una perspectiva fenomenológica, la fé cristiana es secular y extrañamente profana pues no se condice con los parámetros usuales de divinidad, de escisión de lo sagrado, de alteridad absoluta.

La clave es el misterio de la encarnación de Dios, un Dios que se hace humano en Cristo -el más humano de todos- que se hace finito, que se hace tiempo, que se hace historia para que la historia se transforme, fermente y florezca.
El Dios de Jesús de Nazareth es el Totalmente Otro que se encuentra muy cerca, y que no es uno habita en un cielo inaccesible y desde allí aplica parámetros de subordinación, de obediencia militarizada, Dios de premios y castigos.

La discusión con los fariseos plantea un abismo infranqueable. Ellos todo lo subordinan a una casuística establecida a partir de parámetros que deificaron y que anteponen a la misma Palabra, un fundamentalismo tan proclive a detectar malos e impuros, a señalar con fluidez prohibiciones y a separar a muchos mediante yugos agobiantes, todo en nombre de Dios.

Jesús de Nazareth, Dios con nosotros, sabe que cada mujer y cada hombre es un templo viviente del Dios de la vida. Que en cada hombre y en cada mujer resplandece el rostro de Dios, y hay  que saber mirar y, especialmente, tener el deseo de ver, con una persistente hambre de verdad.

Ese corazón sagrado en llamas por el Espíritu que lo anima no puede abdicar de las necesidades humanas, ni subordinarlas a la observancia de normas, por importantes que ellas fueran.
Es claro que no es una mera cuestión material o biológica: es el paso mayor de una razón que deviene en co-razón, que se conmueve frente a la necesidad, a las ausencias, a las injusticias, a los sábados impuestos que han dejado de ser santos y restauradores de almas y familias para convertirse en carga de rictus amargo y gravamen intolerable.

Porque en verdad nos aferramos a esos sábados que hemos inventado, y soltamos la mano bondadosa que Dios, a cada paso y cada momento nos tiende.

Paz y Bien
 

Esponsales de Dios





Para el día de hoy (19/01/15) 

Evangelio según San Marcos 2, 18-22




Los fariseos son considerados como el epítome de la negatividad, de la enemistad flagrante con Cristo, todo lo reprobable religiosamente, al punto de elevar el sustantivo fariseo como adjetivo descalificativo por autonomasia. 
Pero en realidad, los fariseos eran hombres profundamente religiosos. Ellos eran muy piadosos y, a su vez, estudiaban profusamente la Torah, la Palabra de Dios, en su idea de permanecer fieles y puros ante su Dios. 
Dos cuestiones fundaban su espiritualidad: por un lado, una lectura literal de la Palabra, en desmedro de todo nivel de profundidad y significado, olvidando quizás a Aquél que la inspira y dá sentido. Y la literalidad es madre de todos los fundamentalismos, que necesariamente son exclusivistas y violentos con el distinto o disidente. Por otro lado, se afirmaban en una religiosidad retributiva, es decir, una religiosidad que obtendría los favores divinos mediante la acumulación de acciones piadosas y cumplimientos preceptuales.
El término fariseo significa separado -perusim-, y ése, probablemente, sea su color distintivo: se suponían separados de los demás por criterios de pureza y rigurosidad ortodoxa; en ese talante, no hay espacios para la Gracia de Dios. Ni tampoco para el prójimo.

En cierto modo, los discípulos del Bautista compartían varios de esos criterios que implicaban también un Dios del toma y daca, un Dios vengativo y castigador, una fé de rostro amargo y severo, una vida que debe purificarse mediante el esfuerzo ingente del ritual prescrito, del ayuno que doblegue al cuerpo, de ciertas ofrendas que convenzan a ese Dios tan lejano.

Por todo ello, la incomprensión y el reclamo frente a la aparente dejadez de los discípulos de Jesús de Nazareth frente al ayuno. Ellos no lo desprecian: por el contrario, cuando el ayuno se hace ofrenda, es una acción de piedad inigualable, pues está fecundada por la Gracia.
Ellos viven en un tiempo distinto, en el tiempo mesiánico, el tiempo de los esponsales de Dios con la humanidad. Los esponsales refieren al amor que confiere el sentido último a toda existencia, la donación sin reservas de todo el ser, y en el tiempo inaugurado por Cristo se revela el rostro de un Dios que se ofrece sin límites para la salvación de la humanidad.
En estos esponsales, el novio es Cristo, y por ello los suyos celebrarán siempre estos amores, promesas que invariablemente se han de cumplir, fidelidades hasta el fin.

A pesar de los dolores, a pesar de las propias miserias y pecados, nuestra vida ha de ser una celebración constante de ese Dios con nosotros que nada ha reservado, que se ha brindado en su totalidad para la plenitud de todas sus hijas e hijos.

Paz y Bien
 

El lugar donde vives




Para el día de hoy (18/01/15) 

Evangelio según San Juan 1, 35-42




La clave de todo es el Cordero de Dios. 

Cordero Pascual, Cordero perfecto para celebrar la liberación y la vida. Pero también Cordero Servidor sufriente, que se ofrece como víctima propiciatoria para el perdón de los pecados, Cordero manso y sin mancha que a pesar de la cruz triunfará sobre la muerte a pura vida. Cordero dado por Dios para la salvación del pueblo.
El joven galileo que pasa, para asombro de muchos, es reconocido por el Bautista como Cordero de Dios: sólo Juan lo reconoce entre la multitud, sólo Juan se reconoce mínimo frente a su persona, y por esa humillación Juan es tan grande.
Es la misma humildad que desoye cualquier tentación de poder, de edificar imperios, sus discípulos no le son de su propiedad, han de seguir al Cristo que pasa, y así es el ejemplo perfecto del servidor de Dios que no requiere nada para sí, que todo lo encamina hacia la verdad.

Hay un detalle sorprendente: en el colegio apostólico, en la comunidad naciente de los Doce hay discípulos que también han sido discípulos del Bautista, hombres acostumbrados a tener un maestro que los vaya formando, un sitio donde reunirse, unas características propias que los identifican.
Es también distingo de la unida diversidad de los discípulos: hay pescadores galileos, hay publicanos, hay celosos zelotes, discípulos del Bautista, cuerpo vivo multicelular que es congregado con cordial firmeza por el Cristo que los congrega. Porque si Cristo no es el centro de todos ellos y de todos nosotros, comienzan a aflorar los intereses parciales, mezquinos y particulares.

Uno de los discípulos joánicos es Andrés, no se demora en contarle a su hermano Simón lo que le ha sucedido, a quien ha conocido. Nada menos que al Mesías. El testimonio a menudo tiene pequeñísimos pasos de gorrión, pero provoca movimientos que por nada ni nadie han de detenerse.

Los discípulos que pasan del Bautista a Cristo quieren saber el lugar donde vive Jesús de Nazareth, donde enseña, cual es el lugar en donde se forman lo suyos.
La invitación es inequívoca: se trata de ir con Él, de caminar sus caminos, de vivir con Él, de amar como Él, de hacer huella en su compañía. Su lugar es el camino, porque Él mismo es camino, verdad y vida.

El encuentro con el Cordero de Dios tiene un carácter definitivo, tan fundante que hasta hay un nuevo nombre para una nueva vida. 
Cefas y Cristo se encuentran, y producto de ese encuentro Cefas pasará a llamarse Pedro, nombre que revela identidad y misión.

Seguir al Cordero es atreverse a reconocer al Salvador que se nos acerca por entre la multitud, y compartir su vida, aún cuando ello implique persecuciones y cruz. El Cordero de Dios prevalece más allá de toda muerte.

Paz y Bien



Vocación, misterio de misericordia




Para el día de hoy (17/01/15) 

Evangelio según San Marcos 2, 13-17



En los tiempos de la predicación de Jesús de Nazareth, los publicanos eran un grupo fervorosamente detestado. Ellos cobran los impuestos o tributos debidos al ocupante imperial romano, y tenían permitido cobrar una sobretasa que excedía al impuesto tabulado, lo que en general ocasionaba abusos y excesos, siendo los pobres los principales perjudicados.
Por su función, tenían contacto habitual con extranjeros/gentiles, razón por la cual se los consideraba impuros rituales, es decir, incapacitados de participar en la vida religiosa de su pueblo. Por sus abusos, se los despreciaba por ladrones. Por trabajar para los opresores, se les consideraba traidores, a tal punto que los publicanos estaban impedidos de prestar testimonio jurídico válido.
Para una mentalidad religiosa tan puntillosa que suele perderse en detalles y se olvida de Dios, un publicano es un pecador y un pecador público, en la misma estatura moral de las prostitutas, por lo cual su vida social también está restringida a los vínculos con sus pares.

El llamado de Jesús de Nazareth a Leví el publicano es escandaloso, aunque ello no parece importarle demasiado al Maestro, como tampoco ofender un nacionalismo acérrimo; al fin y al cabo, un publicano es un infame traidor.
Se pueden realizar múltiples conjeturas acerca de las nubes que se tejían en el alma de ese publicano, las pesadas cargas de la traición, de la injusticia, de la corrupción, de una existencia acotada por las miserias que propaga pero que a su vez aniquilan cualquier fruto cordial. Las razones son tan oscuras que no hay otro futuro avizorable más allá de las capas de ego que se le acumulan.
Tal vez no haya demasiada justicia en el convite de Cristo al llamar a un hombre así: pero en la ilógica del Reino, la justicia de Dios se expresa en la misericordia, y es esa misericordia que resplandece en la mirada del Señor la que transforma a Leví. El encuentro con Cristo augura buenos presagios y más aún, abre una enorme ventana de una vida posible, de una vida nueva y re-creada.

La vocación es un insondable misterio de misericordia para vivir y andar junto a Cristo, como Cristo, en Cristo, y es menester tener oídos atentos y la mirada clara.
Oídos que sepan escuchar por entre tanta bulla la llamada del maestro.
Ojos que descubran el paso redentor de Dios en la vida de los demás, especialmente por aquellos por los que nuestros mezquinos juicios no dan un centavo.

Hay una mesa grande tendida para celebrar, ágape en donde la vida compartida se festeja. Y en ella, toda la humanidad tiene un sitio esperándole.

Paz y Bien

Brechas en los techos




Para el día de hoy (16/01/15) 

Evangelio según San Marcos 2, 1-12



El ministerio galileo de Jesús de Nazareth tenía como epicentro Cafarnaúm, más precisamente la casa familiar de Pedro y Andrés, algo así como un centro de operaciones en el cual se reunía con sus amigos y descansaba tras los ingentes esfuerzos de la misión. Es también un signo de que Cristo se hace presente allí en donde le reciben, en donde dos o más se reunen en su nombre, en donde le brindan afectuoso hospedaje cordial.

La fama creciente del Maestro entre las gentes -con tantos enfermos librados a su suerte- ubica ese hogar como su propia casa. No es del todo errado, claro está, la casa de Cristo está allí en donde se encuentran sus amigos y hermanos, signo cierto de la Iglesia.
Pero esas gentes, por esos motivos plagados de la desesperación conducente que les ocasionaba los criterios imperantes que vindicaban toda enfermedad como efecto necesario de una causal pecaminosa, es decir, un castigo divino frente a pecados propios o de los padres -Jn 9, 2-. En síntesis, no sólo se consideraba al enfermo un impuro ritual y social, sino lo que es más grave aún, que está bien y es justo que esté así, que sufra, que se aguante. Esas gentes buscaban a Jesús de Nazareth por su fama de sanador, taumaturgo inmediato de tantos padeceres, sin escuchar la Palabra, sin mirar más allá del signo amoroso de la sanación, y tal vez por ello el Maestro enseña en parábolas. Pero aunque esos errores a menudo campeaban en las mentes, no obstaban a la compasión infinita del Maestro.

En esa ocasión, las gentes se arracimaban en torno a la casa en donde estaba Jesús. Una multitud tan abigarrada que impedía entrar o salir de la casa, un grupo tan grande y cerrado que no permite que otros se acerquen a ese Cristo.

Para ese hombre la situación no era nada fácil, prácticamente imposible. La parálisis lo aferra a la inmovilidad y a la dependencia en todo de otros, y su universo no se extiende más allá de la camilla en donde languidecen sus días. No hay modo, entre tanta gente, de sostener su esperanza de que ese rabbí galileo lo cure.
Pero cuando se apagan las esperanza, cuando el no se puede parece decidirlo todo, entra en juego la solidaridad. Esos cuatro hombres no se resignan, los conmueve y moviliza el sufrimiento de ese hombre que no puede levantarse, y es una cuestión de fé, pues la fé nunca es abstracta, siempre es concreta, siempre se expresa en acciones, siempre moviliza.

En aquel tiempo las casas familiares se edificaban en sus muros con adobes, y los techos -en parte a los bravos calores estivales y a los duros inviernos- constaban de madera, barro y paja. A esos hombres estos inconvenientes no los detienen. Para corazones solidarios y plenos de fé, no hay imposibles.
Esos hombres, cuando la cerrazón de las gentes que, expectantes, esperaban al Maestro, hicieron lo que nosotros solemos olvidar. 

Ellos miraron hacia arriba. 

No los amilana ni la brecha que hacen en el techo, ni el riesgo patente de que el enfermo se les caiga al bajarlo con sogas. No hay impedimento que valga cuando hay que llevar a un hermano a la presencia salvadora de Cristo, máxime cuando ese hermano tiene paralizados cuerpo y, muy especialmente, el alma.

La fé de esos hombres y el amor de Dios expresado en Jesús de Nazareth provocan los milagros. Porque allí se sana un cuerpo que no se puede mover, pero muy especialmente se libera un alma encadenada por la culpa. 

Algunos hombres severos y celosos -religiosos profesionales que se creen propietarios de Dios- infieren que el joven galileo blasfema pues perdona los pecados que pudiera portar ese hombre. No es una acusación menor, aunque sea tácita: la blasfemia, en ese tiempo, acarreaba directamente a la muerte por lapidación, una costumbre espantosa que sigue hoy vigente en ciertos sitios.

Cristo también abre brechas en ciertos techos. No hay medida ni condicionamientos para el amor de Dios, y seguir abriendo esos huecos es tarea muy actual para todos nosotros, vocación misionera esencialmente humana indelegable.

Paz y Bien

Una Iglesia leprosa




Para el día de hoy (15/01/15) 

Evangelio según San Marcos 1, 40-45




En los tiempos del ministerio de Jesús de Nazareth, padecer la lepra tenía consecuencias terribles. Es menester tener en cuenta que, para la mentalidad de la época, no se consideraba lepra solamente a la enfermedad producida por el bacilo de Hansen sino a una gran variedad de patologías dérmicas -tiña, moluscos, psoriasis, dermatitis varias-.

Es razonable que los casos bacilares -los más contagiosos- produjeran pánico, y con ello decisiones taxativas y apresuradas pues no se sabía como actuar frente a esta patología. 
Perot también, para los criterios religiosos imperantes, la lepra era la enfermedad de la impureza con mayúsculas: ello supone que es el castigo divino en los cuerpos a causa de los pecados cometidos por el enfermo o por sus padres. El enfermo ya no podría convivir en las ciudades, participar en ninguna celebración religiosa, trabajar: separado de su familia, en exclusión absoluta, teniendo prohibido acercarse a cualquier persona y declarando a los gritos su condición de impuro.
Así, bajo esas normas estrictas, quien determinaría la condición de salud o enfermedad de una persona, con todas las consecuencias que ello acarrearía, es el sacerdote, y más aún: estaban prescritas las ofrendas y rituales que debían realizarse para el caso improbable que se determinara que un enfermo recobrara la salud, para ser readmitido en todos los aspectos de su existencia.

El temor al contagio físico tiene una contraparte religiosa o espiritual: el impuro contagia su impureza ritual, ante lo cual cualquier persona que se pusiera en contacto con un leproso no sólo correría el riesgo de enfermarse sino también -y quizás por ello más grave aún- de volverse un impuro ritual y social, indigno de convivir en comunidad y de participar con los demás en el culto a su Dios.

Lo que nos relata el Evangelista Marcos es muy extraño. Cosas muy extrañas acontecen y acontecerán porque el Reino está aquí y ahora, y es menester siempre estar dispuestos a todos los asombros.
El leproso se acerca a ese Cristo que pasa, y está allí uno de los fundamentos de una fé que está naciendo, la confianza en una persona, Jesús de Nazareth, aún cuando ese acercamiento no sea del todo ortodoxo ni conveniente.
Una cualidad decisiva en esta cuestión es la aceptación/resignación del enfermo: acepta que es un impuro, acepta por ello la exclusión, acepta poner distancia considerable con los demás. Pero este hombre se acerca, y en su súplica se revela la condición de su corazón: no pide ser sanado, sólo implora ser purificado si ello conviene a la voluntad de Cristo.
Ese hombre, además de las llagas de su piel, tiene lesiones en su alma que lo tienen malherido.

Más extraño todavía es lo que hace el Señor: la conmoción que siente, producto de la compasión que lo anima, es por el dolor del otro pero también por esa condición injusta y tan inhumana que discrimina sin piedad, que aniquila cualquier atisbo de esperanza. Por eso no vacila en tocar al enfermo, por eso consiente en realizar dos milagros: se restablece una piel de las llagas que duelen y carcomen, pero sobre todo se yergue nueva un alma sometida a pura crueldad. Ese hombre ha purificado mente y corazón de esa prisión móvil impuesta.
Por ello también el mandato de Cristo de que el hombre, restablecido pleno en humanidad, se presente ante quien debe dar fé de su salud: los que lo han excluido ahora deben ser fedatarios de su salud, readmitiéndolo en pleno derecho a la vida social, económica y especialmente espiritual.

Pero estas transgresiones no quedan impunes a mentes tan estrechas. Mientras que ese hombre vuelve a una vida plena, es Jesús de Nazareth el que se ha menoscabado, pues esa impureza es contagiosa. Por rescatar a un marginado ese Cristo deviene en marginal, y debe así vivir fuera de las ciudades, en ciudades desiertas.

El Papa Francisco, con una clara voz profética y en pleno espíritu evangélico, ha reclamado una Iglesia pobre y para los pobres.
En esa misma sintonía, y desde estas escasas líneas, ansiamos también una Iglesia leprosa, una Iglesia que esté siempre del lado de las víctimas, de los marginados, de los que nadie quiere mirar ni ver, aún cuando eso implique el riesgo de volverse marginal, impura, excluida.
Esas llagas serán signo de fidelidad a la Buena Noticia.

Paz y Bien


Casa y diaconía




Para el día de hoy (14/01/15) 

Evangelio según San Marcos 1, 29-39




La transición desde la celebración del Shabbat en la sinagoga de Cafarnaúm al hogar de Pedro y Andrés posee un carácter eminentemente simbólico que a la vez es muy provocador. Parece que las cosas del Reino de Dios no acontecen tanto en los espacios considerados sagrados como la sinagoga, sino más bien en los ambientes profanos como la casa, el hogar, y es signo cierto de una Salvación que se encarna allí en donde la vida acontece. De esa manera, el mensaje profundo es que la existencia deviene sagrada por la presencia eterna de Cristo, Dios con nosotros.

En el hogar, que será para los cristianos la Iglesia primordial, a Jesús de Nazareth le advierten acerca de los padecimientos de la suegra de Pedro. Cuando alguien sufre, no hay que esconderle ni callarse.
Esa mujer es última entre los últimos. Ante todo, es mujer y para los parámetros sociales de la época carece de derechos y relevancia social y religiosa. Probablemente sea viuda y no tenga hijos varones que la amparen, y por ello viva en la casa familiar de Pedro como único refugio posible.
Como si ello no bastara, está enferma. La fiebre no es síntoma de una patología determinada, es considerada enfermedad en sí misma bajo los criterios religiosos imperantes, es decir, la enfermedad como consecuencia/castigo por pretensos pecados y, a su vez, condición ineludible de impureza ritual y comunitaria.

En esos tiempos, ningún varón judío le dirigiría la palabra a una mujer que no fuera su hija o su esposa, o acaso un familiar directo. Mucho menos tendría un somero contacto físico, contacto que estaría a un nivel moral escandaloso.
A Jesús de Nazareth estas cuestiones no lo preocupaban demasiado. En cambio lo conmovía hasta las profundidades de su corazón el sufrimiento de los demás, y es la compasión la expresión cabal de un Dios que asume todo lo que minimiza y acota la humanidad de sus hijas e hijos. Así, en un gesto de inefable bondad, toma la mano de la mujer y la pone en pié; levantarla es también símbolo de la Resurrección, de erguirse de toda muerte, y la caridad, la compasión, la ternura sanan y liberan.
Esa mujer, reconocida en su irrevocable dignidad, expresa su gratitud por su humanidad restablecida sirviendo a los demás. El servicio no es una limitada acción de los menesteres caseros, que se corresponde a una minusválida mirada acerca del lugar de la mujer.
Esa mujer sirve a los demás en la trascendencia de la vida ofrecida en la sintonía de la Gracia, del Reino aquí y ahora, de la la diaconía en una comunidad de rostro familiar en donde todos cuentan, todos son importantes.

La fama del maestro se extiende por todas partes, y al caer el sol -al finalizar el Shabbat- traen a su presencia a todos los enfermos. Se trata de cuestiones erróneas, pues buscan al sanador, al taumaturgo y nó al Mesías.
Pedro y los otros también están en ese plano de comprensión equivocada, y quizás quieren potenciarlo, por eso su reclamo de que todos lo buscan. Pero el Señor no es propiedad de nadie, y por eso mismo es de todos.

A la Buena Noticia no hay que encerrarla, sino permitir que como lluvia bienhechora llegue a todas partes, haciendo fértil y fructífero todo destino.

Paz y Bien


La autoridad de Cristo




Para el día de hoy (13/01/15) 

Evangelio según San Marcos 1, 21-28


La sinagoga era, más que un sitio, una institución que probablemente encuentre su origen en los tiempos del exilio babilónico. Lejos del Templo y sometidos a una cultura y una religión que les era completamente ajena, el pueblo judío comenzó a congregarse para orar y reflexionar la Torah, Palabra de su Dios que le confería sustento espiritual e identidad como pueblo; congregación, tal es el sentido literal del término sinagoga.
Ha de tenerse en cuenta su carácter laico: los sacerdotes, aún cuando no hubieran perdido Jerusalem, estaban afectados específicamente al culto en el Templo.

Con el correr de los años, la institución sinagogal adquirió una importancia cada vez mayor, especialmente durante la celebración del Shabbat. Se oraba, se recitaban salmos, se leía la Torah y se la comentaba públicamente; los escribas -expertos exégetas- suelen comentar las Escrituras de un modo tal que el oyente se vea comprometido a cumplir normas que ellos mismos infieren de su análisis, y su análisis, a su vez, es un juicio emitido en base a precedentes exegéticos. En términos más simples, los escribas comentan los comentarios que otros expresaron, y a mayor cantidad de autores citados, mayor es la autoridad que se les reconoce, asociada a renombre y honores.

Que un rabbí galileo tan joven y humilde, sin ninguna clase de antecedentes académicos hable con palabras tan nuevas y frescas, asombra a todos. Él habla con un conocimiento que no se adquiere en los libros, sino a partir de la vivencia e identidad absoluta entre Él y su Padre.
Las gentes se asombran por esta autoridad, que en nada se parece a los dictados de los escribas, que podan corazones y libertades. Cristo hace nacer cosas nuevas, pues revela desde la Palabra a un Dios que ama, un Dios bueno, un Dios Padre y Madre, un Dios de amor y liberación.

Cuan grande no sería el asombro de esas gentes al escuchar hablar de su Dios de esa manera.

Quiera el Altísimo que jamás nos acostumbremos. Que la Palabra jamás se nos haga rutina conocida. Que Cristo nos asombre y nos alegre cada día, a cada momento, en cada encuentro con su Palabra, que es Palabra de Vida y Palabra Viva.

Paz y Bien
 



Tiempos y redes




Para el día de hoy (12/01/15) 

Evangelio según San Marcos 1, 14-20




La aparición de este rabbí nazareno, en Galilea, en la Palestina del siglo I, implica una encrucijada histórica, un cruce de todos los caminos pues nada volverá a ser igual. A diferencia de los grandes maestros de Israel, que enseñaban sentados en sus cátedras jerosolimitanas, y que aguardaban la llegada de nuevos discípulos -muy preparados, muy pocos-, este Maestro sale al encuentro de hombres y mujeres en su realidad cotidiana, desde lo que son y lo que hacen a diario pues tiene una bondadosa mirada profunda que le permite ver no tanto pasado y presente, sino futuro compartido, lo que pueden ser y aún hoy no lo advierten.

Es una invitación que no tiene nada de imposición. Pero a la vez, en la ilógica del Reino, hay ciertas prisas. El tiempo nuevo es urgente.
Claro está que hay otros tiempos, los que discurren con altibajos pero que en el fondo poseen colores apagados, más de lo mismo, tiempo que se regula y se determina con calendarios y relojes, tiempo mensurable y, por eso, tiempo acotado, tiempo limitado.
Jesús de Nazareth convoca a los invitados porque advierte que el tiempo es kairós, tiempo santo de Dios y el hombre, tiempo propicio, tiempo urgente, el momento de la verdad, el tiempo decisivo que interpela y exige respuestas, cambios profundos.

Nada será igual.
Los convocados son hombres sencillos, humildes, cuyas vidas discurren entre la familia y los esfuerzos diarios para sobrevivir. Su invitación tiene en cuenta, muy especialmente, las cosas que hacen, que saben y conocen, como si este Cristo quisiera recrear y resignificar sus existencias, plenificarlas a partir de su cotidianeidad, semilla de mostaza que germinará en silencio pero que concretará un árbol frondoso y frutal.

Ellos son pescadores del mar de Galilea y ahora serán pescadores de hombres, aún con sus miserias y sus quebrantos, aún con errores y requiebros.
Tendrán en sus manos redes nuevas para la tarea, redes extrañas y asombrosa que tienen por función mantener con vida a miles y miles de pequeños peces con vida, a la deriva en los mares encrespados del mundo.

En esas redes, en este tiempo único, vivimos con la esperanza de un regreso definitivo, y nos mantenemos en vida plena por la fé, en las aguas mansas de la Gracia de Dios.

Paz y Bien

Bautismo del Señor, cielos que se abren




El Bautismo del Señor 

Para el día de hoy (11/01/15) 

Evangelio según San Marcos 1, 7-11




Juan el Bautista vivía en el desierto, y bautizaba a orillas del río Jordán, y allí se congregaba las gentes en un número creciente. 
Hay un desplazamiento notable desde el Templo de Jerusalem con su imponencia, su belleza, su oro y sus lujosas piedras talladas a la vera de un río. Y como si no fuera suficiente, pasamos de los sacerdotes con sus ropas rituales específicas, los humos del incienso y de los sacrificios, la erudición acumulada hacia un hombre sencillo, pobre de toda pobreza que se reviste de pieles de animales, que se alimenta de insectos y miel silvestre, y que no cita a autores famosos, ni tiene la pretensión de enseñar nada.

Él es un profeta: tiene cosas de parte de Dios para decir, y aquí el mensaje es más importante que el mensajero, él mismo. No realiza un ritual tabulado, regulado por normas específicas. El hace el más sencillo de los gestos, bastante infrecuente en la religión de aquel tiempo.
El bautismo de Juan es simbólico más que ritual: el mismo término bautismo significa, literalmente, sumergir.
Así entonces el bautismo tiene un doble cariz simbólico de muerte bajo el río para emerger a una vida nueva y definitiva.. Por ello el bautismo de Juan es un bautismo de conversión, de dejar atrás lo que ya no es para renacer a una vida recreada por el perdón.

Jesús de Nazareth se encamina por entre la multitud, humilde y silencioso -es un joven campesino galileo, muy pobre-, como uno más, esperando recibir el bautismo de Juan.
El encuentro entre esos dos hombres jóvenes -recordemos que se llevan apenas seis meses de diferencia- es difícil de relatar, como tan inexpresable han de ser las miradas profundas que se cruzan entre ellos. El que trae el bautismo definitivo, la vida renacida, acude a ser bautizado.

Allí está el signo definitivo, signo de cielos abiertos, esperanza de tierra nueva, de corazones renacidos, de descubrirnos hijas e hijos queridísimos por un Dios que se desvive por nosotros.

Un Dios que camina como un igual, como un compañero, como un vecino, como un hermano entre esta multitud de gentes que buscamos vivir plenamente, que nos reconocemos menoscabados por estas miserias en las que gustamos sumergirnos y que llamamos pecado, un Dios que nos acompaña a renacer, a vivir felices, Dios con nosotros.

Paz y Bien

Año jubilar




Para el día de hoy (10/01/15) 

Evangelio según San Lucas 4, 14-22a




En las tradiciones de la nación judía, el año sabático tenía una importancia doble, agrícola-económica y espiritual a la vez. Implicaba que la tierra podía trajinarse en cultivo durante seis años continuos, pero el séptimo debía dejarse en barbecho, en descanso para permitirle que se rehaga, que se restablezca su humus, su fertilidad y así retomar, al año siguiente, su capacidad de brindar buenas cosechas. Para una tierra dura como la Palestina -tan distinta a Egipto, abonada constantemente por los limos del Nilo- es una cuestión muy importante, que tiene una influencia directa con el sustento. Pero también esta institución campesina devino en una tradición espiritual, la del Shabbat, siendo un cariz primordial santificar un día de cada siete para ofrecerlo a Dios, para el descanso frutal, para restablecerse, para reencontrarse y poder proseguir.

Con el correr de los siglos, se instituyó el año jubilar o año del jubileo; el término, en español, nos trae reminiscencias fonéticas relativas al júbilo, a la alegría. Pero muy probablemente, su raíz etimológica provenga de yobel, que significa trompeta o, mejor aún, toque de trompeta, en referencia al sonido de un cuerno que anunciaba al pueblo el comienzo de ese año jubilar.
Un año jubilar era el que se celebraba tras siete años sabáticos consecutivos, es decir, cada cincuenta años. En ese año santo, recobrarían la libertad todos aquellos que habían caído en la esclavitud a causa de múltiples deudas. También, se restituirían las tierras a sus dueños originales, quienes por diversos motivos se hubieran visto obligados a venderlas, y ello implicaba un retorno a la equidad, los bienes de Dios en igualdad para todos, y un detalle que no es menor: como las tierras eran de propiedad familiar, de clan, tribal, significaba que cada niño que naciera luego de ese año santo no pasaría hambre ni miseria, pues habría tierra para cosechas. Y por supuesto, también en ese año jubilar la tierra debía descansar.

Ese sábado, en la sinagoga de su pueblo natal, Jesús de Nazareth asume en su propia persona las profecías antiguas de redención, de liberación, de justicia. Porque la Salvación tiene el perfume primordial del aquí y el hoy, y revela el rostro de un Dios que se involucra amorosamente en la historia, un Dios que se desvive por el bien de sus hijas e hijos.

No se trata ya del sonido de una trompeta como iniciador de un tiempo agradable. Jesús de Nazareth inaugura un año jubilar que comienza con su anuncio, con Él mismo, pero que no tiene fin. La Buena Noticia es esperanza para los cautivos, para los ciegos, para los pobres, para los que no pueden más, y muy especialmente para todos los hambrientos de justicia, Año de Gracia y Misericordia que es la misión eterna de una Iglesia que anuncia a todos los pueblos que un nuevo tiempo ha comenzado con este Cristo que vive en nosotros.

Paz y Bien

La barca de la Iglesia




Para el día de hoy (09/01/15) 

Evangelio según San Marcos 6, 45-52




La contemplación del Evangelio para el día de hoy debe tener presente la lectura del día que precede: el Maestro había alimentado a más de cinco mil personas en una zona casi desértica, despoblada, a partir del compartir de cinco humildes panes y dos peces.
El Maestro, llamativamente, debe obligar a sus discípulos a que suban a la barca y naveguen a la otra orilla del mar mientras Él despide a la nutrida multitud. 

Hay una obviedad: Él los obliga pues ellos no quieren irse de allí: en realidad -el Evangelista Juan se refiere a ello- tanto la multitud como sus discípulos estaban colmados de cierta euforia por el milagro que habían presenciado, y en ese estado de ánimo exaltado intentaban proclamarlo rey de Israel. Mientras que el milagro revela su misión mesiánica, esas gentes, imbuidas de fervores nacionalistas, quieren apropiarse de Él y hacer con su persona una caricatura mundana, totalmente opuesta al Reino de Dios.
Por esas emociones erróneas y peligrosas es que el Señor quiere que las gentes vuelvan a sus hogares y los suyos se embarquen: es menester disipar ese clima que nada tiene de saludable, y es también una triste señal que sus amigos, a pesar de todo lo que Él les enseñaba y de todo el bien que prodigaba, no lo comprendían ni aceptaban la trascendencia eterna de su misión. Seguían presos de viejos esquemas obsoletos, esos moldes por el cual nosotros también gustamos de imaginar a un Dios que se adecue a nuestras necesidades e ilusiones, y así no nos permitimos ni dejamos a Dios ser Dios.

Ellos eran pecadores experimentados, navegantes profesionales. Así y todo, navegando en plena noche el viento se les vuelve en contra, y todo esfuerzo deviene inútil, penoso, estéril. 
El Maestro se había retirado a un cerro a orar, y en esa comunión total con su Padre advierte los problemas que acucian a sus amigos, y lo deja todo para ir en su auxilio, caminando sobre las aguas, superando las borrascas contrarias. Pero ellos se mantienen obcecados en una noche que no sólo oculta al sol, sino que les trampea el corazón, y es por eso que la visión de ese Cristo que se acerca se les hace un fantasma.
Es una aparición que los asusta pues derriba el andamiaje vano en el que tantos afanes han volcado.

Aún así, no hay recriminaciones. Sólo una infinita paciencia, y palabras de paz que calman todas las aguas. Porque cuando Él viene a bordo, se navega con rumbo cierto, campeando cualquier tempestad.

La frágil barca que se cimbrea sin destino es la barca de la Iglesia que a menudo se extravía en torpes veleidades mundanas y en crueles ambiciones de carreras clericales y de poder que se detenta, que abandona el servicio, que se sobrecarga de doctrinas exigibles pero olvida a la Buena Noticia. Mucha institución y poco Evangelio.

Pero el Maestro nunca nos abandona. Jamás. La barca de la Iglesia no perecerá. Es una cuestión de amores y de fidelidad.
Y así como la barca de la Iglesia, es la barca frágil de nuestra existencia. Y ante esos temporales que nos agobian, siempre surge la voz cálida del Maestro que nos despeina los temores, porque Él está, Él siempre estará.

Paz y Bien

Involucrarse



Para el día de hoy (08/01/15) 

Evangelio según San Marcos 6, 34-44





Para un Dios que se hace un Niño pequeño y frágil, la violencia es insostenible.
Para un Dios tan pobre y humilde, el hambre que se impone es intolerable.
Para un Dios que se deja encontrar por aquellos que lo buscan desde un corazón sincero, no se puede seguir mirando para otro lado.

El pesebre de Belén señala un éxodo del Templo de piedra hacia una persona, un bebé santo de nuestra Salvación. Y por ese niño, por ese Dios que se encarna, que se hace humano, que acampa entre nosotros, cada mujer y cada hombre es es un templo vivo y latiente en donde se rinde culto al Dios del universo.

Dios que se encarna es Dios que se hace pariente cercano, hermano, padre, madre, hijo querido. Dios familia, y por ello ese Cristo -grato rostro de Dios en nuestros arrabales- considera a cada hombre y a cada mujer como hermanos suyos, sin distinción ni precondiciones.
En esa sintonía, todo lo que hace el Maestro lo hace por los suyos, aunque los suyos a menudo lo rechacen. Y cada uno de sus gestos y sus palabras y sus acciones tienen el perfume de la compasión, el sufrimiento y el dolor del otro asumidos en la propia humanidad, desde un corazón que sólo expresa misericordia.

Pueden cambiar circunstancias, culturas y entornos, pero la raíz es la misma. Lo que no puede ni debe aceptarse -el hambre, la violencia, la injusticia, la soledad impuestas- requieren corazones que se involucren, que no se resignen, que no se excusen buscando soluciones distantes y ajenas.
Planes y proyectos son necesarios, pero carecen de sentido, de destino cuando se originan en espectadores inconmovibles, cómodamente instalados en sus propias seguridades y en las cátedras soberbias de lo que deben hacer los demás.

El barro se transforma en vasijas de vino bueno cuando se modela con manos compasivas. Así, nuestras acotadas existencias -nuestros escasos panes y peces- cuando se comparten, se vuelven mesa grande para todos los hambrientos y abandonados, y más aún, para los que aún no han llegado pero que sin duda vendrán.

Compartir es un milagro, y lleva la bendición eterna de Dios.

Paz y Bien

Galilea, en donde todo comienza



Para el día de hoy (07/01/15) 

Evangelio según San Mateo 4, 12-17. 23-25



Jesús de Nazareth sabía leer mejor que nadie los signos de los tiempos, porque sabe que la historia está fecunda de eternidad. Él conoce bien que es kairós, tiempo santo de Dios y el hombre pleno de signos definidos no por secuencias predeterminadas -días, meses, calendarios- sino por hechos o sucesos específicos que orientan mirada y corazones hacia una realidad trascendente y única de momento propicio y tiempo cumplido.

Por eso, al enterarse del arresto del Bautista, decide irse a Galilea y desde Cafarnaúm comienza su ministerio. Las especulaciones acerca de los motivos que llevan a Jesús de Nazareth a tomar esta decisión y actuar de este modo puede ser útiles, pero de ningún modo agotan o resuelven estas cuestiones: se trata del anuncio del Reino de Dios que ya está muy cerca, presente, humilde y pujante entre nosotros, y que no puede contenerse entre los acotados parámetros de la razón.  

Así se nos presenta Galilea como el lugar en donde todo se inicia, en donde acontece el giro de la historia humana que ha de marcar una encrucijada agraciada para la humanidad. Nos encontramos frente a una geografía de la Salvación que no remite a los trazos fronterizos y a los mapas puntuales, sino más bien a espacios y ámbitos teológicos, es decir, espirituales.

Galilea, en tiempos del ministerio del Maestro, es una provincia ubicada al norte de Israel; por su misma ubicación, ha sido vía de acceso para varias invasiones militares de los enemigos históricos de la nación judía, y en algunas ocasiones ello supuso el destierro de su población original y su reemplazo por colonos extranjeros, paso previo a cualquier anexión política. En el tiempo de Cristo, una franja extensa de la provincia se encuentra poblada por extranjeros/gentiles, y eso implica para el criterio exclusivista de las autoridades religiosas jerosolimitanas -y para los judíos de la provincia de Judea- que los galileos son un pueblo mezclado e impuro, teñido de ajenidad, por lo cual su fé será siempre puesta bajo sospecha. De un sitio así, en esa ratio sectaria, está predeterminado que nada bueno puede esperarse, mucho menos el Mesías que anuncian los profetas de tantos siglos.
Galilea también ostenta una significativa brecha social de injusticia: la tierra, mayormente, está en manos de unos pocos latifundistas y terratenientes, lo que tiene por consecuencia que la gran mayoría viva en la pobreza, apenas eludiendo la miseria, apenas sobreviviendo.

En esa sintonía de geografía espiritual, hemos de regresar a esa Galilea en donde todo comienza. El Reino de Dios surge humilde pero con una constancia imparable desde la periferia de donde nada bueno se espera, allí mismo en esos sitios que ya, de antemano, se los presupone estériles o contaminados. Y muy especialmente entre los pobres, entre aquellos para los que no hay nada nuevo ni bueno.

Volver a Galilea significa convertirse, converger al corazón sagrado de Cristo que enciende luces en donde campean las tinieblas, luz de esperanza y compasión, la asombrosa luz de la Gracia que es justicia, fraternidad y sobre todo amor que se encarna en los más pequeños.

Paz y Bien

Estrella de Salvación




La Epifanía del Señor - Solemnidad

Para el día de hoy (06/01/15) 

Evangelio según San Mateo 2, 1-12




La celebración de la Epifanía del Señor -manifestación del Señor- implica reivindicar que hay un orden muy distinto de las cosas, en contraposición a las exigencias mundanas del poder y al campo acotado de la lógica. 
Un Dios que se manifiesta, que se comunica a sí mismo en la debilidad de un niño pequeño. Adorar a un Dios así pone en entredicho al palacio, la pompa y a todos los fulgores de dominio. Dios se acerca desde una fragilidad que es bien nuestra, y precisamente allí está su grandeza.

En cierto modo, la Epifanía es la amorosa ratificación de todos los asombros de la Navidad, ampliándose a todos los confines de la tierra y el universo.

Esos hombres vienen de lejos. El término magoi remite a magos, pero no en el sentido actual de los ilusionistas ni tampoco a los efectores de doctrinas secretas, arcanas; en tiempos en los que ciencia y religión a menudo eran sinónimos o, por lo menos, confluyentes, es dable pensar que esos hombres fueran estudiosos, científicos. Quizás, cultores persas de Zoroastro, siempre escudriñando a conciencia la bóveda celeste con hambre perpetuo de de verdad y sabiduría.

Con un poco de coraje, tal vez encontremos algo más que una señal en la estrella inquieta que les vá guiando los pasos: el nacimiento de Cristo es Salvación para todos  los pueblos implica también un acontecimiento cósmico. Todo el universo se transforma desde un refugio de animales en Belén de Judea.

Todo en esos hombres habla de extrañeza, de alteridad, de lo ajeno. Son venidos de Oriente, símbolo de todo lo foráneo para un pueblo que hacia otra latitud tiene el mar; habrá cuestiones de idioma, vestimenta, culturas. Ellos buscan al rey de los judíos para rendirle honores; sin embargo, cualquier judío que se precie se habría referido en tal sentido como rey de Israel, siguiendo la dinastía davídica.
Pero el rey no está en Sión, que alberga al brutal Herodes, al Templo, a los religiosos profesionales. El rey está en la pequeña Belén de Judea, en un pesebre.
Esos hombres exhiben una despreocupada imprudencia, al preguntar por el rey de los judíos en la propia presencia de Herodes el Grande, voraz de poder y violentamente paranoico. A veces la prudencia excesiva sólo esconde cobardía, y esos hombres -aún portando tesoros- buscan el bien más valioso. Nada importa más, y en esos extraños está la vocación universal/católica de un Dios familia que sale al encuentro de todos los pueblos, de todas las naciones.

Sea cual fuere el origen de donde se provenga, siempre hay una estrella, una estrella amiga, inquieta y movediza, una estrella de Salvación para enderezar la huella, para ir abriendo caminos.
Quizás haya que sortear desiertos intolerables, la abulia de incontables días iguales y monótonos, la carencia de agua fresca, el peligroso encanto sibilante del poder que todo contamina y encierra.

Pero es cuestión de atreverse a buscar sin desmayos la verdad, la vida, lo realmente humano. Que ese hambre nunca nos falte. Para seguir hacia adelante es menester mirar hacia arriba, mirar al cielo.

Entonces sí, esa ruta larga habrá valido las penas y se habrán acortado esas distancias tan lejanas por haber llegado al centro de todo destino, un Niño en brazos de su Madre, ternura de un Dios que se deja encontrar.

Paz y Bien

Encuentro y asombro



Para el día de hoy (05/01/15) 

Evangelio según San Juan 1, 43-51


En tiempo de Navidad, aún estamos con la mirada atenta al Cordero de Dios que nos señala el Bautista y que se llega humildemente a nuestras vidas. Esa sana tensión que nos mantiene despiertos ha de mantenernos la mirada atenta para descubrir el paso salvador de Dios a través de toda la historia.
Con tal disposición del corazón, que se reviste de humildad y se fundamenta en la fé, hemos de abordar la Palabra.

Los hechos puntuales descritos por el Evangelista Juan: en una ruta provinciana, en la periférica Galilea de donde nada bueno se espera, se encuentra un hombre joven y pobre con pescadores humildes de Betsaida. Puede parecer un encuentro fortuito o circunstancial a ojos mundanos que siempre miran para otro lado. Sin embargo en esos caminos de tierra, y a partir de esos hombres sin mayor relevancia se teje la encrucijada de la historia humana, inclusive para los que no son creyentes.

Curiosamente, no hay espectaculares acontecimientos fundacionales, adoctrinamientos o adhesiones cuasi ideológicas. Se trata de encuentros totalmente personales, tan decisivos que nada volverá a ser igual a partir de ellos.
Curiosamente también no hay una orden de partida, una señal de obediencia sin rechistar ni una exégesis avanzada: lo que decide la suerte es una invitación a compartir el camino por parte de ese hombre joven, un artesano galileo hijo de José de Nazareth, carpintero.

El encuentro provoca un cambio que es movimiento, ponerse en marcha. Aún cuando la confusión sea grande -¿quién soy yo para esto, qué se espera de mí?- a su vez desata silencios impuestos. Es algo tan grande que ha de compartirse, y volvemos al comienzo: se trata de una cuestión enteramente personal, por ello el convite transmitido no trata de convencer ni de doblegar voluntades. El convite parece escueto pero es enorme en su desafío existencial: ir, mirar y ver. Salir de sí mismo, animarse a mirar más allá de las apariencias, asomarse a la luz clara del alba.

La vocación cristiana, más allá del modo de profesarla, es así, una invitación personalísima de Jesús de Nazareth a compartir vida, camino, su propio ser eterno en el aquí y el ahora. Y a abrir los ojos con visión renovada, porque hay una realidad inmensa que bulle, que está viva y que nos arroja signos mansos a cada paso, desde siempre.

Paz y Bien 





Logos, nacido de mujer



Segundo Domingo después de Navidad

Para el día de hoy (04/01/15) 

Evangelio según San Juan 1, 1-18



Hay un desplazamiento que podemos entrever, del Dios escondido tras la inmensidad inaccesible, eterno e infinito que establece la tienda del encuentro en el desierto, que impone el magno Templo de Jerusalem a un Dios que asume la condición humana, su debilidad y fragilidad, que rehuye templos, poder y gloria mundana, un Dios que se adormece en la noche fría, un Dios que se acuna en brazos de madre.

Es un éxodo total, y a la vez un descenso tan humilde, que su conjunción adquiere ribetes de una epopeya única y definitiva para toda la humanidad.

Dios, el totalmente Otro, creador del universo, se hace totalmente humano, asumiendo el tiempo, fecundando la historia.

Doble movimiento. El descenso amoroso -porque amar es, ante todo, salir de sí mismo- en Belén, y el ascenso de la humanidad a la condición eterna de hijas e hijos, Logos nacido de mujer, Verbo que se hace carne para salir del peor de los silencios, aquél que implica no poder comunicarse, ni saber qué decir, bien-decir.

Pero la Encarnación de Dios puede llegar a ser incómoda. Un Dios tan humano, tan cercano, tan nuestro, nos deja demasiado en evidencia lo que somos, tal cual somos. Nada ha de quedar oculto, y a un Dios así no se le tuerce la voluntad con rituales predeterminados, ni con la acumulación de méritos piadosos.
A un Dios así se le cuida, se le abriga y acuna, dejando de lado cualquier interés egoísta pues se trata de un Niño pequeño. 

Y su rostro se adivina en los pobres y en los más pequeños, y por ese misterio insondable de amor inexpresable, cada mujer y cada hombre se vuelve templo vivo y latiente de ese Dios que ha plantado su tienda para siempre entre nosotros.

Paz y Bien

Encontrar al Cordero




El Santísimo Nombre de Jesús

Para el día de hoy (03/01/15) 

Evangelio según San Juan 1, 29-34



Para la fé y la historia de Israel, el cordero pascual es un signo extremadamente valioso: es el memorial perpetuo y la celebración de la primera noche de la Pascua, el éxodo de las cautividades, la intervención de Dios como fuerza de liberación en su favor.

En este talante y bajo este orden de ideas, adjudicarle a alguien, a una persona, el carácter de cordero pascual, y más aún, de Cordero de Dios, es algo impensado, asombroso y hasta escandaloso para los creyentes de la fé judía. Y la afirmación de Juan el Bautista es provocadora, pues él identifica al Cordero de Dios en un joven galileo desconocido que está inmerso en la multitud.

Para Juan, ese joven que se está acercando humildemente es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. No se está refiriendo tanto a los pecados personales, a las miserias individuales de cada uno, sino al mal que oprime, que deshumaniza, que es necesario quitar para liberar corazones.

El Cristo Redentor, el Cordero de nuestra liberación se sigue acercando en silencio y con infinita paciencia a nuestras existencias. No viene a proponer alternativas ni a suplantar estructuras existentes por otras, tal vez, algo mejores. Él plantea una victoria trascendente y extraña, sin derrotados, que no admite otra fuerza que la del servicio y la vida ofrecida.

Nada más ni nada menos que volvernos día a día, cada vez más humanos, y por ello, cada instante más de Dios. A ese Cordero es al que tenemos que encontrar con una profunda mirada cordial de la fé, al fuego del Espíritu.

Paz y Bien





El justo lugar



Para el día de hoy (02/01/15) 

Evangelio según San Juan 1, 1-28



Es una constante: ponerse por delante, agrandar la propia imagen, arrogarse importancias, suponerse lo que no se es.
Y así uno se vuelve esclavo de lo que re-presenta, y abandona el oficio y la vocación de presentar. De la presentación a la representación hay una baldosa de soberbia.

Juan el Bautista se había vuelto peligrosamente popular para los jefes religiosos y políticos de su tiempo, porque hablaba de las cosas de Dios sin dar demasiadas vueltas ni esconder el mensaje con atajos torpe. Como profeta, tiene cosas de Dios para decir, pero también ha de gritar otras tantas que se le oponen; un profeta anuncia y denuncia. Pero además su enorme integridad provoca pánico: las mujeres y hombres que se yerguen a pura honestidad son una amenaza, pues su sola entereza deja al descubierto la corruptela de los poderosos.

A pesar de la gran popularidad que lo acompañaba, a pesar también de la importante tarea que tenía, él se mantiene en su justo lugar. No se interpone entre la luz que señala, no se cree más importante que el Cristo que todos deben ver. Más aún, él solamente se reconoce como una voz, voz que clama en el desierto, pura transparencia, llamada a todo despertar, clamor de atención, grito desgarrado para volver a humanas raíces, allanando los caminos torcidos para que los pasos hacia el Salvador sean más sencillos.

Su clamor y sus gritos señalan que el Salvador está allí, está aquí entre nosotros. Hay que buscarlo, y se deja encontrar en los pobres, en los enfermos, en los cautivos, en los olvidados, en los que no cuentan.
En un Niño pequeño en brazos de su Madre.

Paz y Bien   

Un año cordial




Santa María, Madre de Dios

Para el día de hoy (01/01/15) 

Evangelio según San Lucas 2, 16-21





Arrancar no es fácil.
Aún nos retiene cierto lastre del año que ha pasado, con todas su vicisitudes, y tal vez los sopores propios de la mañana post festejos de Nochevieja no clarifican la cuestión.

Los cansancios que se arrastran a lo largo de la existencia niegan calendarios, y el pretendido nuevo comienzo propio de la fecha es sólo algo ilusorio, pues cierto realismo que bordea el tembladeral del cinismo, indica que pasado el feriado volveremos a multiplicar lo usual, la lucha por el sustento, un tiempo nutrido de violencias, injusticias, corrupción, negocios, egoísmos varios, enfermedades duraderas. 
Y qué dirían los que están inmersos en los espantos de la guerra y la sombra ominosa de las persecuciones violentas, fanáticas, homicidas.

Invariablemente, las cosas se deciden en el reducto primordial de la existencia que se identifica como corazón, y que es mucho más que un limitado ámbito físico. Es el núcleo vital en donde nuestra humanidad germina todo, lo bueno, lo malo, lo frutal, lo estéril.

María de Nazareth guardaba en su corazón todas las cosas de Dios y las meditaba, dejaba que se crecieran, que la transformaran.
Ella es madre y hermana de aquellos que aún confían, que no abdican jamás en la esperanza, que saben que no hay imposibles porque Dios está entre nosotros.

Que el año que asoma sea un año cordial. Que sea cobijado en las honduras del corazón, rompiendo los torpes esquemas de olvido y de rutinas disipatorias. Que esté poblado de silencios frondosos, esos silencios que no son impuestos sino que se eligen con afán para poder escuchar mejor. 
Y que por sobre todo, seamos albañiles y artesanos de los días, con Dios por sustento y destino.

Paz y Bien

ir arriba