Allí donde está la Madre, está el Hijo


















Santa María, Madre y medianera de la Gracia

Para el día de hoy (07/11/19):  

Evangelio según San Juan 2, 1-11







En el texto que hoy nos ofrece la liturgia del día, llama poderosamente la atención que el Evangelista Lucas mencione que el Maestro y sus amigos fueron invitados a unas bodas en Caná de Galilea, pero que la madre de Jesús estaba allí, como si hubiera llegado primero...

Por supuesto, quedarnos en la mera descripción implica un severo error y desairar el universo simbólico que se nos ofrece. Nada es casual, y es menester buscar con empeño las causalidades, la mano silenciosa de Dios que escribe una nueva historia junto al hombre.

Por una creciente banalización de los afectos -y quizás también por los intereses comerciales que suelen imponerse- las bodas son, apenas, una fiesta más, un complejo entramado de cosas a organizar y de fuertes gastos que se deben afrontar.
Sin embargo, aún no se han perdido las ganas de celebrar esa afirmación de la vida y el amor, imaginar un futuro venturoso y bendito con los hijos que vendrán, la permanencia fiel a pesar de todas las tormentas de la existencia.
En la memoria de Israel, Dios se desposa con su pueblo, imagen de la fidelidad y el amor para con los suyos de generación en generación.

La Madre del Señor está allí, en la celebración de unas bodas, la afirmación desde la ternura de un Dios que quiere la felicidad de todos los hijos, que ha soñado la vida como una celebración.
La Madre del Señor está allí, atenta a todo lo que les acontece a los hijos.

Había en el lugar unas tinajas, unos enormes recipiemtes de piedra colmados de agua , la cual se destinaba a las abluciones rituales y a los ritos de purificación de la religiosidad de aquel tiempo. Pero ha surgido por la misericordia de Dios un tiempo nuevo y distinto: no son los ritos específicos los que nos purifican, sino el Hijo, nuestra liberación, nuestra claridad.

A menudo se nos apaga la vida, se nos agota el vino de la existencia, mordidos por la rutina, la resignación y el desconsuelo, el no se puede.

Hemos de volver a escuchar a la Madre. Ella siempre está, ternura y fidelidad: hay que hacer todo lo que el Hijo nos diga.
Y no tener temor de suplicarle. El Hijo nunca dirá que nó a la Madre.

Y allí donde está la Madre, está el Hijo.

Paz y Bien

La cruz esconde en su madera de árbol frutal una Gracia inconmensurable














Para el día de hoy (06/11/19) 

Evangelio según San Lucas 14, 25-33 








En la liturgia de los días previos, la Palabra nos hablaba de mesa, ágape, invitación. Los oyentes atentos del Maestro de aquel tiempo, de éste y de todas las épocas corren el riesgo de aferrarse a esa imagen única, matizándola de cierto tipo de ingenuidad para hacerlo más llevadero y tolerable, cristianos de fé light. 
Quizás por ello mismo el Evangelista sitúe a continuación esta enseñanza de Jesús de Nazareth, que no tiene tanto que ver con una secuencia temporal pero sí con una cronología espiritual que es, precisamente, el discipulado.

En cada encuentro con la Palabra de Dios hemos de despojarnos de todo lo fútil, de los preconceptos, de esa tentación de que el Evamgelio se adecue a nuestras pequeñas ambiciones, y muy especialmente, relegar al olvido la persistente tendencia a una lectura literal. La literalidad poco tiene que ver con la Buena Noticia y es causa de todos los fundamentalismos.
Así entonces, una mirada literal del Evangelio para el día de hoy nos puede hacer daño, volviéndonos resentidos, amargados y crueles, es decir, muy poco cristianos, tal es la virulencia de los términos utilizados por el Maestro, su énfasis y su entonación afilada y, quizás, hiriente.

Sin embargo, ahondando un poco en nuestra reflexión y con el auxilio de ese Espíritu que pone luz en nuestras mentes y fuego en nuestros corazones, podamos adentrarnos mar adentro de la Palabra, que siempre es bendición.
Literariamente, se trata de una hipérbole, es decir, una figura deliberadamente exagerada con el fin de que el interlocutor -o, en nuestro caso, el lector- adquiera una imagen o una idea que difícilmente pueda olvidar. No se clara, claro está, de instalar una insana obsesión sino de enseñar.
Porque sobreponiéndonos al impacto inicial, lo que prevalece es el amor a Dios y al prójimo, clave de todo destino.

La clave es poner toda la existencia en camino hacia un horizonte luminoso, porque antes, durante y después está siempre Dios, el Absoluto que dá sentido y resignifica familia, vida, bienes, planes, la totalidad de la existencia.
La clave es que Jesús de Nazareth es quien encabeza la marcha, asumiendo todas las primacías; todos los dolores y todos los costos antes han sido pagados por Él con su propia vida. Y nosotros, asombrosamente depositarios de una confianza que no merecemos, seguimos sus pasos.

Como si no fuera suficiente, a esta hipérbole el Maestro implica la necesidad de cargar la cruz para seguirle. En el siglo I, la cruz era el método por el cual el imperio romano ajusticiaba a los criminales más abyectos, los marginales, los malditos. Así entonces, cargar la cruz significa hacerse marginal, abyecto, correr con la gravosa carga de ser maldecido, a asumir la muerte a manos de los violentos y a causa de ser fieles.
Pero siempre, siempre, quien decide es la esencia misma de Dios, el amor. Por eso la necesidad de abrazar la cruz, pues a pesar de todas las horrorosas miserias de su superficie, esconde en su madera de árbol frutal una Gracia inconmensurable, la de ser otro Cristo que peregrina bendiciendo a todas las gentes, prodigando santidad a cada paso.

Paz y Bien

La mesa de Cristo es el convite mayor a la alegría, y la felicidad siempre acontece cuando es con otros













Para el día de hoy (05/11/19):  

 
Evangelio según San Lucas 14, 1a. 15-24






El convite al gran banquete es la invitación a redescubrir la existencia como celebración y don asombroso y sorprendente, con todo y a pesar de todo.

Es mucho más que ingerir alimentos, por buenos que éstos fueran. Se trata de comer con otros, se trata de compartir esa dignidad única e indisoluble que es el ser hijas e hijos de Dios.
En una cena común, uno se sienta, come y luego se vá, aún cuando pueda haber algún tipo de sobremesa con aquellos que resulten más afines.

En la mesa de Jesús de Nazareth el pan es más sabroso y más nutritivo porque se comparte la vida misma, porque se invita a todos los olvidados, a los despreciados, a los descartados a sentarse con plenos derechos reconocidos y practicados, a hablar con voz propia y expresarse, a escuchar y a ser escuchado porque la vida del otro y las cosas que le pasan son siempre importantes.

Pero hay algo que es claro: los convidados no vienen si no se los invita. Es menester salir a los caminos, a las periferias, a todas las encrucijadas de la existencia a entregar en mano cordial y personal la invitación. No se trata de abstracciones ni de generalizaciones.
Todo es personal, siempre es personal.

Habrá entonces que ver quienes se animan. Muchos con sitios pretendidamente preferenciales se han desentendido. Pero no hay nada más importante que esta invitación a vivir en plenitud.

La mesa de Cristo es el convite mayor a la alegría, y la felicidad siempre acontece cuando es con otros.

Paz y Bien

La mesa que nos define es signo de la medida de nuestra conversión













Para el día de hoy (04/11/19) 

Evangelio según San Lucas 14, 1. 12-14






Como sucede en todas las naciones y culturas, el modo de comer y con quienes se come es un rasgo que identifica, claramente definido, estratificado, acotado a usos y costumbres pues en la mesa hay mucho más que el mero acto de ingerir alimentos.
Las convenciones sociales a veces son extremas, rígidas; otras tantas veces, una cena es un acontecimiento político, un hecho de negocios, una reunión religiosa, un encuentro furtivo, un homenaje que esconde la devolución del convite por favores o prebendas. Y en la mayoría de los casos -sea cual fuere la ocasión- se invita a pares, a iguales, o al menos a similares a uno mismo.

En el caso de los fariseos, la arista afilada de su mesa radicaba en que sólo invitarían a su mesa a otros hombres tan religiosos y estrictamente observantes como ellos, so pena de contaminar un hecho sagrado -que lo es-. En contadas ocasiones, invitaban a alguna personalidad relevante de su cultura y de su religión, con el fin de revestir su mesa y su casa de prestigio, siempre salvaguardando las prescripciones de pureza que los regían. 
A pesar de la enemistad manifiesta que solían esgrimir en su contra, a pesar de que siempre estaban buscando motivos de censura y condena, en varias ocasiones los fariseos invitaron a Jesús de Nazareth a comer: si bien no podían evitar una mirada ansiosa de reprobación, primaba que el Maestro era popularmente conocido como un rabbí itinerante, y por eso mismo se le consideraba como par, como uno de ellos -quizás díscolo, quizás provocador, tal vez desviado en algunas cuestiones-.

Pero la mesa de Jesús es bien distinta, y magníficamente escandalosa. Su mesa tiene asientos preferenciales para aquellos que nadie invita, mesa para los pobres, para los enfermos, para los que portan todo tipo de estigmas, para los que perdieron todo horizonte y esperanza. Y contrario a sensu, nada pide a cambio, y no espera pago o retribución. Porque con la misma mirada de su Dios, no hay puros o impuros, amigos o enemigos, propios o ajenos, sólo hijas e hijos, es decir, mesa de hermanos, mesa de la gratuidad fraterna, mesa de la Gracia.

La mesa que nos define es signo de la medida de nuestra conversión y también de su carencia.

El día que comencemos a convidar en esta familia que llamamos Iglesia a sentarse a compartir el pan a aquellos que nadie en su sano juicio invitaría -y todos suelen aceptar como usual que así suceda-, volveremos a compartir el pan infinito de la Buena Noticia, y seremos plenamente fieles a Aquél que sigue desviviéndose por todos, sin excepción.

Paz y Bien

Zaqueo, la estatura cordial















31° Domingo durante el año 

Para el día de hoy (03/11/19):  

Evangelio según San Lucas 19, 1-10






Parece una broma: el nombre Zaqueo -de origen hebreo- tiene una raíz etimológica que significa puro, inocente, algo que parece completamente ajeno al personaje que hoy destaca en el Evangelio para este día.

Es que zaqueo no tenía demasiado a su favor: como publicano y jefe de los mismos en Jericó, es quien recauda los tributos para el ocupante imperial romano. La Escritura nos señala que también era muy rico, y ello se debe a que los publicanos engrosaban sus bolsillos cobrando de más sobre el valor establecido del impuesto, usualmente mediante coacción y prácticas extorsivas. Como recaudador al servicio del imperio, tenía tratos usuales con los romanos, por lo cual era considerado por las autoridades religiosas como un impuro ritual absoluto, y por sus paisanos como un corrupto, un opresor y un traidor. El epíteto pecador que le adjudican indica una consideración moral peor que la de las prostitutas.

Por Jericó pasaba el Maestro en su peregrinar fiel hacia Jerusalem, y probablemente con parada intermedia en Bethania que se encontraba en la ruta a la Ciudad Santa. Es preciso tener en cuenta que la fama de taumaturgo y amigo de los excluidos y execrados sociales que poseía el Maestro lo precedía allí donde iba, y seguramente que también era amigo de publicanos. Al fin y al cabo, uno de ellos era ahora discípulo suyo, Leví/Mateo. No perdamos de vista que Zaqueo, fuera de su oficio, sólo podía tener vida social con sus pares, pues el pueblo lo detestaba con fervor, y precisamente ése sea un motivo principal en su afán de encontrar al rabbí galileo.

Pero Zaqueo era de baja estatura. Ello tiene dos vertientes.
Por un lado, al ser bajito no puede entrever al Cristo que pasa, pues la multitud abigarrada le obstruye la visión, y por eso se sube al árbol, en un gesto quizás excesivo y ajeno a su persona, una acción inesperada y tal vez poco seria.
Por otro lado, la baja estatura expresa también una condición cordial: se considera a sí mismo menos, desfasado, indigno de mirar a los ojos al Maestro, y más aún sus paisanos, veloces condenadores que lo han dejado de lado por sus miserias conocidas y sufridas.

Así, Zaqueo subido a las ramas que lo distancian de Cristo y del pueblo. Sin embargo, no queda como un mero objeto que es preferible eludir: el Cristo que pasa lo reconoce y lo llama por su nombre, el afán decidido de un Dios que nó descansa al rescate de todos sus hijos, que quiere hacer morada en ese hogar que es nuestro corazón, el yo profundo que tiene una eterna vocación de nosotros.

En cierto modo, todos somos petisos, bajitos a causa de nuestras miserias. Pero aún cuando la magnitud de los pecados propios o ajenos derrumben la estatura moral personal, siempre hay una posibilidad más de regreso, una invitación a la Salvación que se hace presente en nuestras existencias, y que no es cosa de autómatas, sino que implica respuestas concretas, tiempo santo de Dios y el hombre. Es menester, como Zaqueo dando la mitad de su fortuna, desprendernos de todo lo que nos aplasta, y ponernos de pié, mirando con gratitud a los ojos al Cristo que nos ha salido a nuestro encuentro en cada hora de la existencia.

Paz y Bien

Que el Dios de la Vida y la Misericordia haga vivir a los nuestros para siempre













Conmemoración de todos los fieles difuntos 

Para el día de hoy (02/11/19):  

Evangelio según San Lucas 24, 1-8








No se puede permanecer neutral frente a la muerte, no. Tarde o temprano nos golpea con su dura realidad, con la pérdida de un ser querido, con la certeza de la propia finitud.
Aunque, es claro, mil y una cosas nos hemos inventado para su elusión, maquillajes vanos para prolongar lo improrrogable, cosas e ideas que adormecen la realidad. Sin embargo, también hay toda una estructura que tiende a resaltar y maximizar el dolor, la exacerbación de los signos mortuorios, del comercio funerario que desnaturaliza su final.

Muchos afirman -a menudo con cierto grado de certidumbre- que la humanidad se ha brindado a través de la historia construcciones religiosas para, precisamente, escapar de ese miedo primordial, e imaginar que hay una vida postrera.
Otros, que no hay más nada. En ambos casos, cada postura condiciona en cierto modo lo que hay en medio, nada más ni nada menos que la existencia. Porque ante todo, la propia muerte se re-significa de acuerdo a como se ha vivido.

Algunos intentarán la acumulación de méritos temporales, por suponer que luego del final nos presentamos ante un tribunal de balanzas exactas que sopesa bondades y maldades y que, de acuerdo a ese resultado, accederemos a una vida postrera. Otros, tratan de aferrarse a la instantaneidad, porque avizoran que la vida es corta y que no hay demasiado tiempo para los placeres y el disfrute. Otros sojuzgan, se aferran al poder, al dinero y a los bienes y optan por disfraces religiosos que justiprecian lo que se intenta esconder.

Pero las ausencias siguen alí, con mayor o menor fuerza, y también nosotros pasaremos por ese éxodo.

Por ese Cristo Crucificado que resucita y despoja a la muerte de su infalible contundencia, sabemos que hay más que sólo un fin dolorosamente cierto.. 
Y sabemos también que el vivió fiel a su destino y a su misión, aún cuando sabía con seguridad que le esperaba la muerte más horrorosa, en soledad y abandono.

Por eso, y sin un mínimo atisbo de minimizar las lágrimas -de amores y culpas añejas-, lo que cuenta es vivir como Él vivió. Porque la muerte no es propiedad exclusiva de las necrópolis, sino que campea a diario entre nosotros, en los sufrimientos, en el dolor, en la miseria, en la mentira, en la opresión, en la resignación, en el olvido de los demás, en el egoísmo.

Lo importante es que ese umbral no es final sino, apenas, un comienzo. Y no importa tanto lo que haya tras esas puertas sino más bien Quien nos espera.

La Resurrección de Cristo es la profecía final del reencuentro con Él y con todos, en la vida para siempre.

Que el Dios de la Vida y la Misericordia haga vivir a los nuestros para siempre, y que consuele toda lágrima con abrazos de esperanza.

Paz y Bien

Todos los Santos: viven con Dios, viven en Dios, ruegan con nosotros














Solemnidad de Todos los Santos 

Para el día de hoy (01/11/19): 

Evangelio según San Mateo 4, 25-5, 12










Cierta mentalidad religiosa nos ha acotado la santidad a instancias post-mortem, como si únicamente estuviera determinada en el catálogo de los santos oficialmente reconocidos por la Iglesia. Hombres y mujeres que en su paso terrenal vivieron las virtudes cristianas en grado heroico, y ahora viven con Dios.
No está mal, es claro, pero a veces esa formación que hemos recibido reviste la cuestión con una pátina de acartonada y vana solemnidad, en imágenes de mujeres y hombres sufridos/sufrientes.

Pero el Dios de Jesús de Nazareth no es un ídolo gris al que se le someten con dolor malsano nuestras miserias, sino que es el Dios de la vida, la paz, la justicia, la felicidad, todos frutos del amor.
Celebramos entonces la Solemnidad de Todos los Santos que nos precedieron en el camino de la vida y que la Iglesia eleva al honor de los altares como señales luminosas de esperanza para todos nosotros, mujeres y hombres mínimos, tantas veces extraviados. Y celebramos también a todos aquellos que ahora, hoy mismo, florecen en mansedumbre, en paz, en humildad, ofrendando generosamente sus vidas como sal de la tierra, señales ciertas del Reino entre nosotros, esos mismos que nos dicen que vale la pena vivir la vida a pleno.

En una ilógica maravillosa, los santos -compañeros de camino- son ricos por despojarse de todo para sólo quedarse con lo que verdaderamente cuenta, vivir en Dios, vivir por Dios. Llevan consigo el aceite del consuelo, el vino de la esperanza, el abrazo de un hermano, su presencia silenciosa pero imprescindible, como esos árboles de ramas fragantes que brindan sombra, frutos, cobijo, sin quejas ni exigencias.
Obreros incansables de toda justicia. Hijos amados de Dios por edificar la paz. Corazones transparentes que se encuentran con su Dios que es su destino y su alegría a cada paso, en cada rostro, en cada encrucijada de la existencia.

Mujeres y hombres que saben que es Dios quien todo lo santifica y por ello, todo es posible, porque el Dios de Jesucristo es un Dios que nos quiere felices y libres, es decir, hijas e hijos en toda su plenitud filial.

Paz y Bien

Peregrinos en la esperanza de un Dios bendito que no nos abandona















Para el día de hoy (31/10/19):  

Evangelio según San Lucas 13, 31-35







La escena es cuanto menos extraña, y podemos arribar a diversas conclusiones: que un grupo de fariseos se acerque al Maestro para prevenirlo del riesgo del accionar de Herodes estará teñido de sospecha. Quizás haya un entresijo político, pues solían disputar espacios de poder herodianos y fariseos; tal vez pretendan que Jesús de Nazareth llegue sin sobresaltos a Jerusalem, porque allí ellos tienen un control casi total de la situación, o simplemente, intentan amedrentar el andar misionero del Maestro con la infusión de un miedo real, palpable.

Como sea, el peligro está allí, creciente. La sombra ominosa de la muerte, la violencia, la injusticia parece agrandarse minuto a minuto. Cristo lo sabe, y a pesar de todo permanecerá fiel a su misión hasta el fin.

Su respuesta es valiente y tiene cierto humor entrañable, como si le transmitiera una agenda puntual al tirano, pero a su vez hay una revelación trascendente, pues el tercer día en que consumará su obra es el tercer día de la Resurrección, el tercer día definitivo de una nueva creación.
Hay también un indicio magnífico: la fidelidad es crucial, más al enemigo, al demonio de todas las amenazas no tolera ni el buen humor ni el ridículo. No hay fuerza mayor que la firmeza de las convicciones ni las sonrisas que no pueden borrarse, aún cuando los dispensadores de luto se esmeren en sus mañas.

El Maestro se encamina decidido a Jerusalem para cumplir su vocación, permaneciendo firme en los sueños del Padre y asumiendo en su persona toda la historia y tradiciones de su pueblo.
Él nos revela también el rostro materno de Dios, la ternura del Creador que no se resigna nunca ni jamás deja de congregar y reunir a todos sus hijos dispersos.

En Cristo hay una perpetua afirmación de la vida que es también vocación y misión para todos nosotros. La búsqueda del bien del prójimo, expresar el amor de Dios aún cuando la noche parezca no terminarse, aún cuando redoblen los tambores del espanto, aún cuando todo indique que es mejor guardarse para tiempos más ligeros. 
Afirmar la vida con todo y a pesar de todo, peregrinos en la esperanza de un Dios bendito que no nos abandona.

Paz y Bien

Se vive y encarna el Evangelio sin tibieza, el resto es pura y vana apariencia














Para el día de hoy (30/10/19):  

Evangelio según San Lucas 13, 22-30









En verdad, quien esboza la pregunta acerca de cuantos serán los que se salven, parece más un cronista de tonterías usuales, presuroso por conseguir alguna primicia que sea vendible en el mundo de las noticias. Hay muchas preguntas que no pueden hacerse a la ligera.

La lógica clásica indica que una falacia es un razonamiento que induce a error aún cuando se revista de sutileza. La Salvación no es cuantificable, no se registra en contabilidades religiosas, y expresa quizás el criterio de beneficios divinos por pertenencia, es decir, la Salvación está garantizada -en aquél entonces- para los hijos de Israel, o bien para los que integran alguna nacionalidad, o para los que pertenecen a una confesión determinada, aún cuando ella fuera la fé católica.
No hay visas celestiales predererminadas. Fé y obras, nos vamos haciendo paso a paso, en el esfuerzo cotidiano y constante de permanecer fieles y fructíferos; nuestra identidad de hijos de Dios se define por el vínculo con el Padre y con los hermanos.

La Salvación es don y misterio del amor de Dios, pero también urdimbre santa de Dios y el hombre; no hay medias tintas, no hay espacio para relativismos. Se vive y encarna el Evangelio sin tibieza, el resto es pura y vana apariencia. Ésa, precisamente, es la puerta estrecha, vivir en plenitud la Buena Noticia, en compasión y justicia, en Espíritu y en verdad.

Aún así, cuando llegue el tiempo de rendir cuentas, no hay que andarse con temores. Nos espera un Cristo pleno de bendiciones, que nos quiere convidar a todos a su mesa grande de hermanos, con un gratísimo vengan benditos de mi Padre, porque no lo olvidamos en los hermanos desvalidos.

Paz y Bien

Lo que no cuenta a los ojos del mundo es importantísimo a los ojos de Cristo














Para el día de hoy (29/10/19): 

Evangelio según San Lucas 13, 18-21










La semilla de mostaza parece perderse en la palma de la mano, de tan pequeña e insignificante que es su apariencia. Nadie daría mucho por ella, y más aún, nadie se detendría un instante a observarla con detenimiento.
Pero esa ínfima semilla, tan pequeña, esconde en su interior una vida insospechada, al punto de germinar en las entrañas de la tierra, romper los terrones apretados del suelo y brotar de cara al sol, hasta convertirse en un arbusto frondoso, cobijo para tantos pájaros sin nido.

Contrariamente a los parámetros mundanos usuales, la fuerza de la semilla está en su propia debilidad. Cuando cae en tierra, se parte y germina y crece sin parar.
Así es el Reino de Dios: una realidad humana mínima, insignificante, sin relevancia aparente, que conoce sus limitaciones pero que sabe también no confía en su propia fuerza, sino en el amor de Dios que todo lo transforma.

Lo que no cuenta a los ojos del mundo es importantísimo a los ojos de Cristo, y es a través de la pequeñez por donde irrumpe la Salvación, por donde florece la vida.

Aún con esa fuerza imparable, hay un convite inesperado: el Dueño del campo nos invita a ser labriegos, campesinos que siembran sin cesar confiados en las bondades de esa semilla que tiene por destino el crecimiento, el florecer, el ir hacia arriba. No se trata tanto de ser imprescindibles o nó, sino de la confianza que se ha depositado en nuestras manos, de la grata tarea de seguro buen final, de la comunión asombrosa entre Dios y el hombre, el milagro de la Encarnación.

Porque toda semilla de bondad, sea cual fuere su origen, vá a florecer con la savia eterna que se nos ha concedido.

Paz y Bien

Con la confianza que Dios nos tiene



















Santos Simón y Judas, apóstoles

Para el día de hoy (28/10/19) 

Evangelio según San Lucas 6, 12-19








Monte, noche y oración, simbología perfecta del encuentro con Dios, de común unión mística, de identidad absoluta entre Cristo y el Padre.
En el ministerio de Jesús de Nazareth, la oración es una constante imprescindible, y así debería ser también nuestro peregrinar por estos campos, vidas orantes, existencias que se sustentan en la eternidad que quiere anidar en nuestros corazones.

Podría haber perpetuado el Maestro el cálido abrazo de esa noche de oración, en paz y calma totales. Pero así como la oración lo sostiene, la compasión lo impulsa -Espíritu de Dios en humanos pasos- y Él sabe que en el llano no hay paz, ni Dios, ni luz, y sobreabundan agobios, enfermedades, toda noticia es de antemano mala y nada tiene de novedad, una constante de dolor y humanidad derribada.
Y en ese llano no se dan casos aislados, sino que es una multitud de dolientes, librados a su suerte, al borde de todos los caminos, descartados de la vida. La tarea se asoma como inmensa para un sólo hombre.

Así entonces el Señor elige a doce de entre los suyos, doce con nombres y apellidos concretos porque no se trata de una cuestión abstracta sino de un llamado personalísimo. Son doce los primeros, símbolo y signo de las doce tribus de Israel, símbolo y signo de pueblo nuevo, de pueblo en marcha, de pueblo hacia la tierra prometida y santa de la liberación, pueblo nuevo congregado por la Gracia y el amor de Dios, colores primordiales de la Iglesia apostólica.

Esos hombres serán venales, falaces, traidores y también héroes, tenaces servidores y valientes testigos, como lo serán las mujeres y los hombres elegidos y enviados por la misma bondad a través de la historia, señales vivas de auxilio para las gentes.
No hay en juego cuestiones de éxito o derrota, sino de fidelidad y confianza.

Curiosamente, fidelidad y confianza son rasgos distintivos de Dios para con su pueblo, para con todas sus hijas e hijos. Él cree en nosotros, en asombrosa asimetría respecto de la fé y la confianza que en Él depositamos. De Dios son todas las primacías.

Él confía en nosotros y permanece en amorosa obstinación fiel hasta el fin a todas sus promesas, y ésa es la clave y horizonte de todo destino, nuestra esperanza y nuestra alegría.

Paz y Bien

Justificarse es ajustar el corazón al sagrado corazón de Dios
















Domingo 30º durante el año

Para el día de hoy (27/10/19):  

Evangelio según San Lucas 18, 9-14






Por cierta formación errónea, nos han quedado grabados ciertos estereotipos a menudo falaces, entre ellos los que se adjudican a los fariseos. Con cierto grado de torpeza, se nos ha inculcado que un fariseo es una suerte de avieso villano con ribetes hollywoodescos.
En realidad, los fariseos eran hombres profundamente religiosos a su modo, y la doctrina que sostenían, en gran parte, era digna de respeto y merecía ser escuchada tal como señalaba el Maestro, que recomendaba escucharlos, hacer y cumplir todo lo referente a la doctrina que enseñaban, pero con la advertencia de no guiarse por sus obras. 
El Maestro así se refería a cierta hipocresía que ellos encarnaban, dividiendo a los creyentes entre justos e injustos, puros e impuros y sosteniendo una religiosidad retributiva, la piedad comercial, el trocar actos pretendidamente virtuosos por favores divinos. El gran problema es que muchos de esos fariseos que le criticaban, y que con el tiempo devinieron en feroces enemigos suyos, no consideraban a Dios y al prójimo como su horizonte y su buen puerto. Su sol, alrededor del cual orbitaban, era su propio ego, un yo que no admite tú ni nosotros.
Cuando hay piedad intercambiada, cuando una buena vida sólo es producto de lo bueno que he hecho en mi favor como sentido último, no hay espacios cordiales para ingresar en la dinámica de la Gracia.

Un publicano tampoco era un dechado de virtudes. Eran judíos contratados por el ocupante imperial romano para el cobro de los tributos debidos al César: su actividad se apoyaba en la fuerza brutal de las legiones estacionadas en la zona, pues la evasión impositiva se consideraba sedición y por ello causal directa de la pena capital. A su vez, podían cobrar de más en provecho propio y esto ocasionaba prácticas extorsivas y corruptas sobre los más pobres; así entonces, un publicano es un impuro absoluto por los severos criterios religiosos imperantes dado que a diario estaba en contacto con monedas imperiales y con extranjeros, es un corrupto explotador de su propio pueblo y, para sus paisanos, es un miserable traidor.

El Maestro nos propone una imagen clara, un fariseo y un publicano orando en el Templo.
El fariseo exhibe una plegaria arrogante que no es tal, pues monologa acerca de sí mismo. Sigue estando presente su Dios pero como personaje secundario, no como su centro. Más aún, el hombre cumple sobradamente con las prescripciones, ayuna de más, paga mucho más del diezmo establecido, y se considera absolutamente distinto a las demás personas pues no es corrupto, no es adúltero y respeta el derecho. Él se considera integrante de una élite apartada de los demás -tal es el sentido primordial del término fariseo-, y su talante implica una orgullosa alabanza de sí mismo que se planta frente a su Dios en tren de exigir lo que por mérito le corresponde. El Templo como ventanilla de cobro de los favores divinos.
El publicano ha comprendido los desvíos y perversiones de su vida, que tanto daño ha hecho a los demás, y ni siquiera puede levantar la mirada ante el abismo que descubre entre sus miserias y su Dios. No tiene otra posibilidad que suplicar la piedad de su Dios, que es el único origen del perdón, de la salvación, de la restitución de una humanidad redimida. El perdón de Dios restaura y levanta, sana y salva.

El fariseo era erudito en temas religiosos, pero el verdaderamente sabio en las cosas de Dios es el publicano, pues éste intuye en las honduras de su alma que la Gracia es todo aquello que Dios puede hacer en su vida minimizada, y no tanto vanas puntuaciones de las que hacer gala.
Por ello él volverá justificado, pues justificarse es ajustar el corazón al sagrado corazón de Dios, entrañas de misericordia.

Toda comparación es injusta y odiosa. La justicia es fruto primero del amor de Dios.

Paz y Bien

La vida, un tiempo santo para que la Gracia fructifique















Para el día de hoy (26/10/19): 

Evangelio según San Lucas 13, 1-9







Siempre es necesario tener presente que los Evangelios no son crónicas históricas, ni es la intención de los Evangelistas presentar relatos históricamente exactos: los Evangelios son relatos o crónicas teológicas, es decir, espirituales, aún cuando en ellos puedan encontrarse datos que se correspondan con hechos puntuales.

En la lectura a la que nos invita la liturgia del día, Jesús de Nazareth hace referencia a dos de esos hechos específicos, un hecho brutal consumado por el pretor romano Pilato y el derrumbre de una torre que causa numerosas víctimas.
Estos dos hechos probablemente no encuentren constataciones o certificaciones científico-historiográficas; sin embargo, regresamos al postulado inicial. Y es menester señalar también el plano simbólico, la invitación a ir tras la superficie, más allá de lo evidente y encontrarnos con significados trascendentes.

Uno de los hechos destacados es el homicidio de varios galileos en el Templo por parte de las tropas romanas de Pilato: ello se condice con lo que en la actualidad se conoce de Poncio, su infame brutalidad sin límites y un antisemitismo abierto y sin restricciones, que a la par del gravoso significado del dominio imperial de la Tierra Santa por extranjeros, añadía cuanta injuria se le ocurriera que pudiera ofender a ese pueblo sometido.
La ejecución de galileos, con toda probabilidad, responde a importante inserción en Galilea del movimiento zelota, aquél que propiciaba la lucha armada, violencia sin restricciones para librarse de los romanos. Todos los zelotas, por ende, eran considerados subversivos de la peor especie, y en el status de la Roma imperial la sedición/subversión se pagaba invariablemente con la pena capital. Pero aquí no se trata tanto del horror del ajusticiamiento de guerrilleros, sino del modo: el bruto Pilato no se conforma con quitar la vida a varios hombres, sino que mezcla la sangre de esos muertos con la sangre de los animales utilizados en los sacrificios sagrados del Templo. Ello constituía para un pueblo tan religioso como el de Israel una infamia insuperable: han sido ofendidos en el ámbito en donde se aferra su identidad primordial.
Por otro lado también, el Maestro menciona otro hecho luctuoso, la muerte de varios jerosolimitanos tras el derrumbe de la torre de Siloé.

Si avanzamos por uno de los postulados iniciales de estas líneas -el plano simbólico- nos encontraremos conque el cuadro global nos presenta a los duros galileos del norte y a los mansos jerosolimitanos del sur, unos siempre bajo sospecha heterodoxa por su origen periférico, otros presupuestos como respetuosos observantes de la Ley, y allí se contiene a toda la nación judía, buenos y malos, y la consecuente interpretación que se realiza frente a una muerte injusta, violenta, inesperada.
Para una mentalidad religiosa como la imperante en aquél tiempo, las desgracias son la consecuencia necesaria de actos precedentes, es decir, una muerte tal vez impredecible y horrorosa sea la consecuencia de pecados pretéritos, un castigo divino por infidelidades, una modalidad terrible del por algo será, el vislumbre de un Dios severo y punitivo que ajusta las cuentas de los deméritos de su pueblo.

El Maestro, con esta hipérbole fundada en hechos reales, parecería que quiere indicarnos que todos, sin excepciones y tarde o temprano hemos de morir, y que tal vez sea necesario enderezar la vida de acuerdo a ello. Pero hay más, siempre hay más.
No se trata de razonar o justificar las desgracias, sino más bien y ante todo de vivir conforme a la Gracia, que no es más ni menos que vivir plenos, felices, enteros de humanidad. Las calamidades son la consecuencia directa de varias miserias y mezquindades, y nó de los castigos divinos.

La verdadera des-gracia es no aceptar ni aprovechar, aquí y ahora, el tiempo santo, el tiempo de más -totalmente inmerecido- que Cristo ha pagado para nosotros con su propia vida para que podamos crecer y dar frutos, el don asombroso de la infinita paciencia de Dios.
Porque la existencia y el destino han de edificarse, no está todo escrito y definido de antemano y así somos meros espectadores, sino hijas e hijos de Dios que labran su propia historia en sintonía propia de libertad.

Paz y Bien

Lectores de los signos de los tiempos














Para el día de hoy (25/10/19) 

Evangelio según San Lucas 12, 54-59








Muchos de los hombres que escuchaban con agrado y atención al Maestro eran labriegos y pescadores. Por su oficio, no sólo estaban acostumbrados sino que les resultaba imprescindible analizar los signos del clima para poder organizar sus tareas, para que sus esfuerzos no resultaran en vano.
Así, sabían cuando vendrá un día de calor bravo, cuando un aguacero, cuando un viento que les podría voltear sus pequeñas barcas a partir de la interpretación exacta de todas las señales que el tiempo iba arrojando a su paso, día a día.

La lectura que la liturgia nos ofrece en el día de hoy es pequeña pero a la vez muy intensa. Lleva el imperativo impulso del Maestro para convertirnos en agudos lectores del tiempo, de sus signos más profundos, de una realidad trascendente que nos deja señales en el día a día, a cada paso, y que solemos dejar de ver, pero que aún así son señales imprescindibles para permanecer con vida, pero vivos en plenitud, no meros supervivientes aferrados a tablas vanas en los naufragios que nos acontecen o que también solemos provocar.

Entretejidas en la historia humana y en el mapa cierto de nuestras existencias, los signos del Reino, del paso Salvador de Dios están allí, tangibles, evidentes para ojos capaces de mirar y ver, señales que nos dirigen la mirada hacia lo que en verdad hay que prestarle atención, y es que Cristo estuvo, está y estará siempre presente en los grandes hitos de la humanidad y en los aparentes devenires rutinarios del día a día, cristo siempre presente, Cristo salvador, Cristo compañero, lluvia buena de la Gracia que nos fructifica.

Paz y Bien

Corazones encendidos por el fuego del Espíritu
















Para el día de hoy (24/10/19):  

Evangelio según San Lucas 12, 49-53






Contrariamente a cierta tendencia muy presente entre nosotros, Jesús de Nazareth no es un personaje liviano y suave, adaptable a cierto carácter que lo vindica en un plano de dulzura falaz, inocua y complaciente.

Nada de eso.

Jesús el Cristo es un hombre encendido por el fuego del Espíritu, por ese fuego que se expresa en el celo puesto en las cosas del Reino y que nada ni nadie puede detener.

A diferencia de nuestros fundamentalismos, no es un fanático, pues alguien tal es incapaz de ver al otro y se encierra en su soberbia.
Aún así, su compromiso y su entrega son tan decisivos y totales que separan las aguas, inaugurando un nuevo éxodo, no dejando lugar a medias tintas.

Ese fuego que lo enciende jamás decrece, y a los que siguen en fidelidad sus pasos les sucede lo mismo.
Ese fuego es tan intenso que la luz que resplandece causará divisiones y enfrentamientos: su fulgor deja a clara vista lo que está vivo y lo que nos vá muriendo.

Por ello su paz no es ni la pax romana de la imposición ni la quietud de las necrópolis, ni la falacia de las torpes comodidades. Es una paz que moviliza, que despierta, que impulsa, que no nos deja quietos, que forja nuevos vínculos, inclusive aún mayores y más profundos que los heredados por la biología.

Ese fuego no puede jamás ser atado a ninguna negociación o componenda que pretenda minimizar sus efectos. La Gracia no se acota, es incontenible y asombrosa.

Hay que animarse a dejarse encender.

Paz y Bien

Servidores fieles que administran con pasión la Gracia de Dios















Para el día de hoy (23/10/19) 

Evangelio según San Lucas 12, 39-48







A pesar de tantas vueltas, discursos, razonamientos y bibliotecas, todo se decide en la fidelidad, y es un término que tiene la misma raíz que la fé, es decir, fides, intrínsecamente ligados por el mismo amor que es esencia del Dios de Jesús de Nazareth.

Así entonces, el primer distingo de todo administrador honesto es que sabe bien que lo que administra no le pertenece. No se apropia jamás de lo que es ajeno, y pone toda su capacidad y todo su corazón al servicio de eso que se le ha confiado en el insondable contrato de la bondad. Sabe bien que no hay espacio para mezquindades, y que a pesar de todas las lógicas mundanas -la mezquina ratio del costo/beneficio-, está muy bien des-vivirse por los demás.

Un administrador fiel nunca olvida que el Dueño ha de regresar. En ese regreso se establece su horizonte, y más aún: Él ya está de regreso, ahora mismo. Por ello se mantiene en contacto permanente con Aquél que le ha confiado tanto, para saber qué hacer y cómo hacerlo. Es lo que conocemos como oración, escucha y plegaria.

Un administrador fiel nada exige, pues la confianza que se ha depositado en él es un pago infinito, asombrosamente desproporcionado, maravillosamente ilógico. Un administrador fiel es un hombre feliz por esa confianza que -él lo sabe en las honduras de su alma- no merece, y que sin embargo se le renueva con rotunda determinación familiar, cuestión de Padre y de Madre también.
Esa alegría inmensa de la confianza concedida deviene en servicio y en esperanza compartida con sus hermanos, y tenderá puentes, y reunirá a los dispersos, y conciliará los corazones enfrentados.
 
Servidores fieles que administran con pasión la Gracia de Dios.

Paz y Bien

Ceñidos de esperanza












Para el día de hoy (22/10/19):  

Evangelio según San Lucas 12, 35-38








Ceñirse las vestiduras implicaba, en la Palestina del siglo I, amarrarse un cinto o un trozo de tela alrededor de la cintura y sujetando las ropas para que éstas no estorbaran los movimientos, en total disponibilidad de acción. 
Ello no es un llamado a la pura praxis por parte del Maestro; significa, ante todo, estar con el corazón siempre dispuesto y atento a lo que pueda suceder, inclusive en los momentos menos esperados y sorpresivos. Por ello también la exigencia de la lámpara encendida.
Esas lámparas de aceite, en aquel tiempo, no se encendían porque sí, dado el oneroso valor del combustible. Sólo se utilizaban un rato por la noche y en el centro de la vivienda familiar para prolongar el día y para iluminar a toda la familia.
Pero esta luz ha de estar encendida de manera permanente, para mirar y ver bien y para que todos los demás puedan también utilizar sus ojos plenos.

Se trata de la espera atenta que dá sentido. Este Cristo de Dios es nuestro hermano que ya está regresando, y que ha de volver en cualquier momento de manera definitiva. No somos navegantes erráticos, sino pescadores confiados con un horizonte diáfano de certezas.

Se trata de ceñirse de fidelidad, es decir, de preparar el corazón a fuerza de fé, en la misma sintonía amorosa de Dios, música de esperanza activa que no se adormece en comodidades mundanas ni se pierde en esas oscuridades en las que solemos caernos, de tan insignificantes que somos.

Porque, con todo y a pesar de todo, su regreso es la alegría definitiva, eso que llamamos felicidad. El amo que regresa y brinda a sus servidores fieles su afecto con mesa servida, es signo cierto de que no los considera siervos ni esclavos, sino miembros de su familia.

Así el Señor. Somos sus hermanas y hermanos, hijas e hijos, padres y madres, todos parte de su familia creciente que lo aguarda con mansa confianza, con servicial expectación, esta familia Iglesia.

Paz y Bien

La codicia impide que crezca y germine la fraternidad














Para el día de hoy (21/10/19):  

Evangelio según San Lucas 12, 13-21






De un modo pleno de significado y simbolismo, la lectura de hoy coloca en un mismo plano literario a la disputa hereditaria entre dos hermanos y a la parábola del hombre codicioso, y ello también tiene su correlato y su intencionalidad primera, que es la espiritual.

Le piden que actúe como juez o árbitro en medio del conflicto por dinero entre dos hermanos; el pedido no es extraño, toda vez que los maestros de la Ley podían, a su vez, ejercer tales funciones en cuestiones que estaban más allá de lo cultual, en todos los órdenes de la vida.
Sin embargo Él se niega a intervenir tal como se le requiere: aún cuando se cuidara estrictamente la razonabilidad y la legalidad al dictaminar en la disputa, en el fondo no hay solución posible. Porque esos dos hermanos han renegado uno del otro en aras del egoísmo, en beneficio del enriquecerse, todo a costa del otro.

Es por ello también que a continuación Jesús les refiera la parábola del hombre codicioso.
Nada material nos hemos de llevar cuando sea el momento de partir. Por el contrario, lo único que merece acumularse es, en la ilógica del Reino, todo aquello que damos sin condiciones, a pura generosidad.

Todo materialismo -de cualquier color ideológico- esconde codicia, y la codicia es la condición primordial de los sacrificios humanos, pues en el altar del dinero se sacrifica al prójimo, se razonan guerras, se articulan injusticias, se dispensa dolor y miseria.

En el mismo plano se encuentran las dos cuestiones, pues la codicia impide que germine y crezca la fraternidad.

Paz y Bien


Dios, tenazmente, hace justicia a los suyos













Domingo 29º durante el año 

Para el día de hoy (20/10/19):  

Evangelio según San Lucas 18, 1-8  







En los tiempos del ministerio de Jesús de Nazareth, las mujeres carecían de derechos excepto de aquellos que les garantizaba o procuraba el varón principal de la familia: cuando niñas sus padres, luego sus esposos y, eventualmente -frente a la viudez- el hijo mayor, pero siempre quien hablaría por ellas serían un varón. Su voz no tenía importancia, sólo se la oía pero no se la escuchaba. Se las tenía por menos, limitadas a parir y a las cosas del hogar, con severas restricciones de participación religiosa.
Obviamente, las viudas ejemplificaban el eslabón más débil, y en el caso que nos presenta el Evangelio del día se acentúa más: la viuda ruega ella misma, con tenacidad e insistencia, ante el juez injusto. No tiene nadie que hable por ella, y en principio nadie la escucha. 
Ella es también imagen de todos los desvalidos, de los que no cuentan, de los descartados a la vera de todos los caminos del mundo y que sólo tienen esperanza en Aquél que nunca los abandona.

La caracterización del juez es amplia, y nada queda librado a plausibles imaginaciones: no teme ni a Dios ni a los hombres, es decir, en su horizonte sólo hay una persona: él mismo. Ni hablar del derecho, de la justicia. Un necio completo que se ufana de renegar de Dios, del prójimo y de la Ley, de dar a cada uno lo suyo. Un corrupto titulado.

Quizás por la insistencia continua de la viuda, el juez finalmente cede y hace lo que debía haber hecho desde un principio, sin postergar nada razonando motivos espúreos. Pero seguramente no se trate de la molestia persistente en que se había convertido esa mujer: el continuo clamor, la súplica sin desmayos lo pone en evidencia, lo saca de la infame comodidad en que se encuentra.
La imagen es dolorosamente conocida para muchos de nosotros: sabemos y conocemos el pavor -mucho más allá del fastidio- que le tienen los poderosos a los pobres cuando claman por justicia a voz en grito, cuando salen a la luz sin temores, cuando derriban los tótems en apariencia inmutables de un mundo tan inhumano.

La parábola habla mucho de la persistencia en la oración, el manso y humilde poder que tiene, la plegaria que se vuelve sal y luz, que fecunda la historia, que tuerce los tiempos, que hace presente el Reino.
Pero también habla del rostro de Dios, de ese Dios Abbá de Jesucristo, del Dios al que le cantaba María de Nazareth, incansable clamando por la justicia, enfrentado desde siempre a los poderosos injustos, que inclina su oído y su brazo a los que nadie escucha y por los que nadie habla.

Allí hay misión evangélica, vocación de Reino, compromiso y cruz.

Paz y Bien

El Espíritu del Resucitado fecunda todo el universo para que no haya más silencios














Para el día de hoy (19/10/19):  

Evangelio según San Lucas 12, 8-12







Con el correr de los siglos se nos ha establecido y hemos aceptado una brecha infranqueable entre cielo y tierra, lo divino y lo humano, y a partir de ello será el modo de nuestro obrar, muy preocupados por el más allá pero consuetudinariamente olvidadizos del más acá.

Pero creemos en este Dios, el Dios de Jesús de Nazareth.
Este Dios es, sin dudas, el totalmente Otro. Hay una inmensidad indescriptible entre su eternidad y nuestro minúsculo lapso de vivir, que llamamos existencia. Pero este Dios es Amor, es un Dios que nada se reserva para sí, que no se aisla en cielos infinitos e inaccesibles. Es un Dios que se hace instante, se hace historia, se hace hombre, se hace uno de nosotros, en santa urdimbre de tiempo y eternidad, y por el que la tierra puede a su vez ser santa también.
Ha quedado tendido un puente para que nadie más quede aislado, y es un puente que late, Jesucristo, Dios que revela su rostro y se dá a conocer, Dios que sale al encuentro de la humanidad, Dios de la búsqueda tenaz y el reencuentro siempre feliz.

Frente a esto, es imperioso preguntarnos -corazón adentro, allí mismo en donde germina la verdad- a que Dios confesamos. Y más aún, si por esa confesión somos reconocidos como suyos, su gente, sus padres, madres, hermanos, en esta familia creciente que llamamos Iglesia.

Quizás nos aferramos a ciertas seguridades del culto y las normas religiosas. Es claro que esto es muy importante.
Pero seremos juzgados en el amor.
Por ello confesamos a este Cristo en el servicio abnegado, en la compasión para con el doliente, el caído, el que agoniza, la fraternidad con los pequeños y los que no cuentan, la protección denodada de todo aquel que no puede defenderse. Y todo por Él, y todo en su Nombre.

De seguro que nos descubriremos cada vez más mínimos, irrelevantes, carentes de palabras. Más no debemos preocuparnos, pues lo que diremos, porque Él habla por nosotros, en nosotros y se expresa en verbos y en gestos concretos.

El Espíritu del Resucitado fecunda todo el universo para que no haya más silencios, para que la humanidad recupere la Palabra de Salvación.

Paz y Bien

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