Sube a la montaña







Para el día de hoy (06/09/16):  

Evangelio según San Lucas 6, 12-19



La lectura que nos brinda la liturgia del día parece oscilar entre dos planos, las alturas de la montaña en donde Jesús de Nazareth ha subido a orar y el llano donde desciende y se encuentra con una multitud de personas que llegan de todas partes, hambrientos de escuchar su Palabra, heridos de mil y una dolencias, suplicantes de la misericordia sanadora de Cristo.

En tanto connotación simbólica, la montaña es el ámbito propicio para el encuentro con Dios, para la revelación divina, para las teofanías. A modo de simple racconto, podemos rememorar el ascenso de Moisés para recibir la Ley de Dios, la Transfiguración del Señor en el monte Tabor, la significativa relevancia para Israel del monte Sión.
El Maestro sube a la montaña para el encuentro y la profunda comunión con el Padre, y lo hace previamente a la elección de los apóstoles. Aún siendo el Hijo de Dios reza, suplica para elegir bien, pues esos discípulos serán otros tantos Cristos a los cuatro rumbos. Pero lo fundamental es que el diálogo con el Padre nunca se quebranta, es permanente, toda su vida es orante, aún en las durísimas horas de la Pasión.

Desde ese clima de encuentro y luz, el Maestro elige a los apóstoles, doce que representan al pueblo santo de Israel -las doce tribus-, pero también hay una significación numérica: en el universo simbólico judío, el número tres representa lo divino la plenitud, y cuatro los puntos cardinales. De allí, coincidentemente, la elección de doce enviados, la plenitud que se multiplica a los cuatro rumbos, a todas las naciones.

Luego, Él bajará al llano, allí en esa meseta poblada de dolientes, de tantas ovejas abandonadas a su suerte, rebaño sin pastor ni amparo. Allí florece su compasión y destella la misericordia, justicia de Dios.
Ahí abajo hay mucho por hacer, hay demasiado dolor que suplica consuelo. El Maestro ha descendido de las alturas del cerro, pero no ha dejado allí su sintonía eterna con el Padre. Más aún, lleva consigo los frutos del diálogo fecundo con Aquél que lo sostiene e impulsa. Mejor todavía, la fidelidad a su misión es fruto de esa oración.

Nosotros también hemos de subir a la montaña a diario, al encuentro orante del Padre, para poder bajar renovados en fidelidad y servicio a los hermanos, en la profunda vivencia del Reino.

Paz y Bien



Extiende tu mano







Para el día de hoy (05/09/16):  

Evangelio según San Lucas 6, 6-11



Una mano seca o paralizada, en tiempos del ministerio de Jesús de Nazareth -y en nuestro tiempo quizás también- implicaba una grave carga para el enfermo: significaba no poder trabajar y por ello la imposibilidad de ganar el sustento familiar, con lo cual quedaba gravemente comprometida la supervivencia. 
Pero también un hombre con ese problema es un hombre que no puede defenderse pues no puede empuñar un arma y está limitado en su vida afectiva, incapaz de caricias.
Sin embargo, dada la mentalidad imperante en su tiempo, es un hombre que no puede vivir en plenitud su fé pues no ha de realizar de manera adecuada las abluciones rituales ni loes gestos litúrgicos prescritos; más aún, la casuística religiosa de ese tiempo infería que toda patología era la consecuencia de los propios pecados o de los progenitores como justo castigo divino, y de allí que cada enfermo poseía el estigma de la culpa y de la impureza cultual.

En aquel tiempo se extremaba la observancia de los preceptos; ello no supone ningún juicio negativo de valor, pues hay mucho de respeto y devoción. El problema y el error estriba en la rigurosidad de los reglamentos por la pura letra, olvidando el deseo del Dios que le confiere sentido y al destinatario primordial, el hombre, la creatura. Es por eso que el Shabbat, originalmente un día de oración, reencuentro y celebración de la vida y la identidad devino quizás en un angosto momento terrible, regulado hasta el absurdo bajo apercibimiento de ejecución en el caso de los infractores recalcitrantes.

Pero cuando se omite el bien o se lo posterga, invariablemente se deja espacio para que se expanda el mal.

Ese hombre tenía la carga de la mano paralizada, pero los enfermos eran otros. En Cristo acontece el Reino, que es liberación y salvación, salud y libertad para todas las gentes.

En este día, el Maestro nos vuelve a decir: -Extiende tu mano-, para sanarnos del todo, para emigrar de todos los egoísmos, para extenderla fraternalmente al prójimo y socorrer al pobre y al desvalido. Manos sanas que enarbolen la justicia y edifiquen la paz.

Paz y Bien

Lealtades








Domingo 23° durante el año

Para el día de hoy (04/09/16):  

Evangelio según San Lucas 14, 25-33



Como un río fuera de cauce, las multitudes seguían al Maestro dondequiera que Él fuera. 
Muchos se sentían atraídos por lo que Él enseñaba y por el modo que tenía de hablar con las gentes que sólo escuchaban el discurso erudito, a veces incomprensible y muchas veces condescendiente y mandón de los escribas y fariseos.
Otros tantos creían haber descubierto en su persona a quien vendría a restaurar la corona y el poder histórico de Israel, tantas veces demolido por sus enemigos y en esos tiempos, humillados por la bota imperial romana.
Muchos también seguían sus pasos pues su fama de taumaturgo bondadoso lo precedía, y así solían ser habituales las multitudes portando a sus enfermos, al encuentro de ese Cristo del que esperaban sanación.

Sin embargo, y a pesar de lo justo de sus ansias y búsquedas, los intereses de esas gentes se acotaban a sus necesidades, por lo que el Maestro, aunque estuviera rodeado por miles, en verdad se encontraba solo.

Su convocatoria es a desertar de las pertenencias temporales, momentáneas, frutos escasos de la conveniencia y la necesidad. Tal vez en ese plano se encuentre también esa religiosidad de domingos, rigurosa en la norma ritual pero olvidadiza de los principios que la sustentan y le confieren sentido, en lo cotidiano, en todos los ámbitos de la vida.

El discipulado no admite medias tintas, corazones con edulcorante.

Más aún, el compromiso con el Evangelio es un compromiso de cruz. No es poca cosa ni una cuestión romántica o meramente declamativa.
En los tiempos del ministerio de Jesús de Nazareth, la crucifixión era el método romano de ejecución de los reos culpables de los crímenes más graves, criminales abyectos y marginales; para la mentalidad judía, a su vez, pender de la cruz era una maldición insuperable. De ese modo, cargar la cruz no es tanto portar las penas y los propios pecados o limitaciones, sino antes bien atreverse a ser un marginal y un maldito a causa de la Buena Noticia y al servicio de Cristo y los hermanos.

Todo se decide por las lealtades que sepamos encarnar. Todo se juega en la capacidad de vaciar mente y corazón de lo inútil para volverse humilde templo vivo del Dios de la vida. 
Todo, también, tiene su tiempo de edificación, de proyecto y maduración, sin perder de vista nunca el horizonte luminoso del Cristo que nos amanece cada día.

Paz y Bien

Soberanía de Cristo











Para el día de hoy (03/09/16):  

Evangelio según San Lucas 6, 1-5





Desde tiempos inmemoriales, los pobres podían tomar espigas de un campo ajeno para alimentarse, frotándolas entre las manos para desprender los granos; en la Torah -libro del Deuteronomio- se consignaba esta práctica con claridad, destinada a paliar, en parte, la necesidad de los más débiles.
Sin embargo, con el correr de los siglos y el auge de la casuística farisea, hasta ese mínimo gesto se consideraba una infracción a las normas a observar en el Shabbat. 

Dentro de esa misma religiosidad rigurosa y a la vez restrictiva, al pretenso infractor que vulneraba el Sábado sin flagrancia, es decir, sin evidentes intenciones de transgresión, era menester expresar una advertencia severa a esa persona, para que realizara ritos purificatorios y de ese modo fuera readmitido en la comunidad.
Pero en el caso de que se hiciera oídos sordos al aviso, y se persistiera en infringir el Sábado, inevitablemente se desembocaba en la pena capital.

No es un dato menor. La pregunta que le hacen a los discípulos hambrientos en realidad vá dirigida a quien es el corazón de esa comunidad incipiente, el Maestro, y la intención excede los rigores por la consecuencia que se vislumbra.

Pero Él no se enreda en remolinos dialécticos que a nada conducen. Su respuesta se funda en la Palabra, y el ejemplo de David y sus hombres comiéndose los panes sagrados -panes de la proposición- sin cuestionamientos por el Sumo Sacerdote Abimelec ni por los escribas de su tiempo, expresa que por sobre los reglamentos, aún los más importantes, aún los más significativos, está la necesidad humana. 
Pero hay más, siempre hay más.

La Ley y el culto, como don de Dios, nunca deben utilizarse para oprimir corazones o provocar o ahondar sufrimientos y pesares. El Creador quiere misericordia antes que sacrificios, y a Cristo, Hijo de Dios vivo, se le ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. 
Por su soberanía cordial, eficaz, definitiva, Cristo puede disponer la mesa, el perdón, el Sábado mismo para bien de la humanidad. La gloria de Dios -que expresa Cristo en la autoridad que encarna y ejerce- es que el hombre viva, que el pobre se eleve, que el humilde sea enaltecido. 

La soberanía de Cristo se manifiesta en el mundo cada vez que sus amigos se encienden de compasión, de misericordia y de justicia.

Paz y Bien

Vino añejo







Para el día de hoy (02/09/16):  

Evangelio según San Lucas 5, 33-39



La lectura de hoy nos convoca a través de dos perspectivas confluyentes.
En principio, la discusión acerca del ayuno: si bien es una práctica usual a todas las religiones, en tiempos del ministerio de Jesús de Nazareth tanto los fariseos como los discípulos del Bautista ayunaban por la obligatoriedad instaurada y por una tradición que expresaba la silente protesta por la situación de su pueblo frente a la ausencia del Mesías que habría de liberarlos de todos los yugos. Esa ascesis se correspondía también con una piedad a menudo resignada a tiempos oscuros.
El Maestro no desdeñaba el ayuno, pero no obligaba a los suyos a practicarlo de manera rigurosa o taxativa por un criterio opuesto al usual: el Mesías ya esta allí entre ellos y más aún, el Reino que acontece con Su persona implica los esponsales de Dios con la humanidad, tiempo de celebración antes que de rictus severo.
Habrá, claro está, un momento en donde el Novio de esos esponsales, Cristo, les será quitado, pero la tenacidad del amor de Dios en la resurrección revertirá todo el luto, y prevalecerá -a pesar de todo y de todos- la alegría y la vida.

El segundo aspecto decisivo es la absoluta novedad del Evangelio.  La inutilidad del parche del vestido nuevo para remendar el vestido viejo refiere a mixturar con pequeños fragmentos de la Buena Noticia la vieja religiosidad, los antiguos esquemas, esa espiritualidad light o cómoda sin conversión. No puede haber medias tintas.
Más aún: no se vierte el vino de la Gracia en los odres perimidos de los prejuicios, de la piedad sin corazón, de una fé que pretende trocar méritos por bendiciones.

El vino del Evangelio se añeja y, por ello, se vuelve para nosotros el mejor de los vinos cuando se añeja pacientemente en los odres nuevos de nuestro corazón, como María de Nazareth, que guardaba todas las cosas meditándolas en su corazón.

Paz y Bien

Mares de confianza







Para el día de hoy (01/09/16):  

Evangelio según San Lucas 5, 1-11




Plano y contexto, contexto y plano.

En el plano simbólico, el mar representa para numerosas culturas de la antigüedad -especialmente la judía- el caos, las fuerzas nefastas que se oponen a Dios, que todo se tragan en terribles remolinos sin control. De ese modo, la presencia de Cristo y su impulso a navegar mar adentro posee el profundo significado que Él está aquí para rescatar a los hombres de las fauces del mal, de la perdición, e invita y define la misión de sus discípulos -la Iglesia- como misión de rescate, de salvamento/salvación.

En el contexto, varios de los discípulos de Jesús de Nazareth era pescadores avezados; su oficio, del cual dependía su vida y la de sus familias era, precisamente, la pesca. Por ello, que un campesino nazareno les indique lo que hay que hacer, en un horario intempestivo pues se pesca de noche, es cuanto menos descabellado. Justamente allí está el núcleo cordial de la lectura que nos ofrece la liturgia del día, confiar, confiar en Su Palabra -si Tú lo dices-.
Seguir confiando en Cristo aunque todo indique lo contrario, confiar a pesar de que nos tilden de locos, confiar aunque el mundo señale otros destinos. Confiar y actuar.

Esa confianza fructifica la vida, desaloja la muerte, hace que una inmensa cantidad de pequeños peces librados a su suerte permanezcan con vida. Asombrosos pescadores de hombres que se reconocen indignos de tal compañía, pues los pescadores son ante todo pecadores que no merecen estar en presencia de ese Cristo que siempre estará junto a ellos.

Navegar mar adentro de mares de confianza para que las redes crezcan jubilosas en servicio de paz, de justicia, de compasión.

Paz y Bien

Libertad y sanación







Para el día de hoy (31/08/16):  

Evangelio según San Lucas 4, 38-44



La lectura que nos ofrece la liturgia del día posee dos señales distintivas.

Por un lado, Jesús de Nazareth nunca descansa procurando el bien a todos aquellos que piden su auxilio. Su atención hacia los sufrientes es absoluta, no tiene mella, y así se detiene sin reservas para sanar a la suegra de Pedro y para atender y sanar a todos los enfermos que llevan a su presencia. La imagen estremece, una multitud que al atardecer llevan a sus enfermos para que Él los cure; allí se puede percibir sin demasiada dificultad un mar de gente abandonada a su suerte, ovejas sin pastor que sólo encuentran salida y consuelo en Cristo, pues el mundo los ignora y exonera.

Por otro lado, la impresionante libertad del Maestro. Los gritos de los demonios en alta voz que lo reconocen como Mesías, se contraponen con el desprecio de las autoridades religiosas, que sólo son capaces de ver en Él a un blasfemo, un alborotador peligroso o, en el mejor de los casos, a un pobre galileo con ciertas veleidades populares. Pero esos gritos también portan un mensaje tácito, la mixtura de las enfermedades física, psíquicas y espirituales; tal vez esos demonios también expresen los rabiosos criterios que inferían que las enfermedades se correspondían a un justo castigo por los pecados, como si Dios disfrutara los pesares. Cristo, Dios con nosotros, expresa el amor de ese Dios Abbá, y precisamente allí radica la queja de esos demonios que oprimen corazones ante todo.
Sin embargo, ciertos celos y ciertos fervores nacionales -muy mezquinos- pretenden apropiarse de Cristo en modo triunfalista y propietario. No es la necesidad de permanecer junto a quien se ama, sino más bien de restaurar la corona judía, recreación de poderes y famas restrictivas.
A ello el Maestro se niega, pues la universalidad del amor de Dios es también su misión.

Como le sucedía a la suegra de Pedro, otras fiebres suelen apoderarse de las personas y los pueblos. Fiebre de poder, de violencia, de dinero, de consumo, de negación del otro. Todas esas fiebres postran a los más pequeños y débiles y consumen la justicia, avasallando las gentes.

De esas fiebres debemos liberarnos. Mejor aún, hemos de suplicar que Cristo nos sane, y encontrar nuevamente la libertad del Evangelio, que no es una libertad de sino una libertad para, la libertad para servir, para ser en plenitud, la libertad de dar gloria a Dios aún cuando tengamos que peregrinar dolidos por todos los desiertos de la existencia, con la firme esperanza aferrada al Cristo que nunca nos abandona.

Paz y Bien

Purificación







Santa Rosa de Lima, Patrona de América Latina 

Para el día de hoy (30/08/16):  

Evangelio según San Lucas 4, 31-37





Cafarnaúm, por su ubicación geográfica -estratégica-, a orillas del mar de Galilea, nodo y cruce de caminos era una ciudad cosmopolita por el ingente paso de gentes de diversos origen, muchos de ellos tras afanes comerciales. Por ello el ambiente es algo más relajado que en la cerrazón que el Maestro había encontrado en la pequeña Nazareth donde se había criado. Aún así, cada Sábado se dirige a la sinagoga en donde se reune la comunidad para la oración y para el estudio de la Palabra de Dios.

La enseñanza del Maestro -lo que dice y cómo lo dice- enciende todos los asombros. Él no enseña al modo de los escribas, Él enseña con autoridad.
Los escribas, sin dudas, eran eruditos; pero ellos, fundamentados en sus bibliotecas, citaban lo que a su vez habían escrito muchos años atrás otros eruditos acerca de la Torah. Comentaban a los comentaristas, una actividad que requería una especial preparación intelectual pero que, desgraciadamente, había sobreelevado abandonando el corazón y la fé.
Jesús de Nazareth hablaba con la autoridad que no se obtiene desde los libros, sino de su propia y plena experiencia de Dios. Nadie se lo ha contado, Él lo vive a cada instante. 

Pero autoridad, etimológicamente, proviene de auctoritas y ésta, a su vez, de augere que significa hacer crecer. El Maestro hacía y hace crecer cosas nuevas a todo el que escucha con atención su Palabra y la pone en práctica.

En la sinagoga había un hombre enfermo, identificado por el Evangelista según los criterios de la época como un endemoniado. La expresión simbólica refiere a una persona agobiada por el poder del mal, tal vez una persona con problemas psiquiátricos, tal vez un esquizofrénico o un paciente que sufre una enfermedad neurológica, pero tal vez podamos rastrear a una persona alienada, incapaz de pensar y de hablar por sí misma.

Un hombre así es un impuro mayor, muy acotado en su vida familiar y religiosa, condenado a un ostracismo que está justificado por los profesionales de la religión, pues se considera un justo castigo esa enfermedad por los pecados propios o de los padres. Si ese hombre estaba en la sinagoga, en pleno Shabbat, probablemente estuviera allí para cumplir con los rígidos rituales de purificación a fin de ser readmitido.

Parece tarea infructuosa, y además surge la queja del espíritu opresor. El nosotros esgrimido espeja al alma dividida, quebrantada la personalidad, roto el corazón de hijo de Dios. Sin embargo, reconoce a Jesús como Santo de Dios; el Mal reivindica la misión de Cristo, mientras que sus propios paisanos le repudiaron e intentaron matarle.

El Señor conmina a ese espíritu inmundo a callarse y liberar a ese hombre. Es menester desalojar las palabras vanas para dar espacio a la Palabra de vida y Palabra viva.

Pero más aún, siempre hay más.

Los ritos son muy importantes más se produce un tremendo e importantísimo giro en la historia. La purificación no será producto de un ritual esquematizado, escrito y regulado, sino que es Cristo, su persona, el que purifica y libera.
Nada ni nadie puede resistirse a la presencia del Amor de Dios en Jesucristo.

Paz y Bien

Testigo de la verdad







Martirio de San Juan Bautista

Para el día de hoy (29/08/16):  

Evangelio según San Marcos 6, 17-29




Él no buscaba la gloria propia, el reconocimiento público, las loas populares. Creía en su misión porque en su misión servía a Dios, aún cuando ello significaba alejarse de los palacios, la pompa y el fasto. Su palacio era el desierto, sus ropajes eran pieles de animales salvajes, sus manjares, langostas y miel silvestre.

Fiel a su Dios, fiel a su Ley, fiel a la Alianza, con todo y a pesar de todo, a pesar de poner en riesgo la vida.
Jubiloso testigo del Esposo, testigo incólume de la verdad, fidelidad sin medias tintas, total, sin reservas.

La lectura superficial de los hechos que condujeron a su muerte puede enlutarnos, revestirnos de horror, de espanto y tristeza, del mismo modo que cuando se atropella la vida de un inocente. El rencor de una mujer, el temor supersticioso de un hombre del poder que prefiere ser esclavo de las veleidades de la opinión de los obsecuentes y de su propia imagen que vivir conforme a una verdad que percibe pero que a su vez niega en los hechos.
La mazmorra para el Bautista es el torpe intento de silenciar una voz veraz que no se calla.

Pero es posible mirar y ver desde otra perspectiva, el ámbito de la fé. 
La fidelidad de Juan hasta el fin es la señal del comienzo del ministerio de Jesús de Nazareth. La muerte no es la sentencia del bruto opresor, sino el fruto de un hombre enteramente libre, libérrimo a pesar de estar en la mazmorra, mientras que el prisionero es Herodes en el palacio.
La muerte de Juan también preanuncia la Pasión del Señor.

La Iglesia hace memoria hoy del martirio de Juan y, con él, un humilde y grato homenaje a los que no se doblegan ante ningún ídolo, a los que permanecen fieles a la verdad, a su vociación, firmes en la justicia, tenaces en la fé.

Paz y Bien




Etiqueta cristiana








22° Domingo durante el año

Santa Agustín, obispo y doctor de la Iglesia

Para el día de hoy (28/08/16):  

Evangelio según San Lucas 14, 1. 7-14




Comer tiene en todas las culturas y pueblos una importancia fundamental. 
Se come por necesidad biológica, el sustento, la supervivencia. Cuando se come mal, se vive mal, se resiente la salud. Cuando no se come, la vida está en peligro si la ausencia de comida se prolonga.
Se come también por convenciones, por intereses comunes, con ánimos gregarios o celebratorios y suele establecerse previamente con quienes se comparte la mesa.

En el plano simbólico y religioso, comer tiene a su vez un significado profundo, a tal punto que se determina qué comer, cómo comer y con quien comer.
Para Israel, la comida se vincula a la liberación y a la vida, y así Seder Pesaj es el memorial de mesa familiar que conmemora el paso salvador de Dios por la historia del pueblo judío.
En la fé cristiana, comer refiere a la Cena del Señor, a la vida divina que se ofrece, a la celebración eucarística.

En los tiempos del ministerio de Jesús de Nazareth se mantenían ciertas normas, la etiqueta a sostener en la mesa. Ello implicaba una jerarquización explícita, de tal modo que más cerca de la cabecera implicaba una mayor importancia del comensal; sin embargo, la etiqueta es bidireccional por la norma que se respesta y también por el cariz personal. Uno se ubica en la mesa acorde a la propia importancia que se tiene de sí mismo.
Pero al indicar quienes han de ser los comensales, indirectamente se define quienes no participan, de suerte tal que la mesa se estrecha: los comensales, bajo ciertas normas exclusivistas, son demasiado selectos, son muy pocos pues muchos quedan fuera.

Una de las críticas mas enconadas con las que sus enemigos atacaban al Maestro tenía que ver con su mesa y con los que gustaba sentarse a comer, los inviables, los descastados, los que nadie en su sano juicio invitaría a su mesa. Quizás la Pasión, desde esa perspectiva, tenga mucho que ver por el modo de comer de Jesús y con quienes comía.

Él veía las estrictas normas de la mesa de los fariseos, allí donde le había invitado. Mesa chica, mesa angosta que no es tanto una cuestión cuantificable sino de estrechez cordial. Por eso su enseñanza, la necesidad de encarnar la santa ilógica del Reino en la mesa, pan y vino compartidos.
Así la etiqueta cristiana significa invertir prioridades e importancias, sabedores con María de Nazareth que Dios rechaza a los soberbios y exalta a los humildes. Que la mesa de Cristo es amplísima, y que la tarea es acercar a ella -mesa de familia, mesa de hermanos- a todos los que nadie convida, y que no darán señales de reconocimiento a cambio pues nada tienen, nada les queda, los olvidados y excluidos de la fiesta de la vida, abandonados a la vera de todos los caminos de la existencia, languideciendo de compasión, cediendo el lugar para que el último pueda dar un paso adelante, porque en todos ellos resplandece el rostro de Dios.

Paz y Bien

Talentos








Santa Mónica

Para el día de hoy (27/08/16):  

Evangelio según San Mateo 25, 14-30




A lo largo del tiempo ha sido usual, en la reflexión acerca de esta parábola, identificar a los talentos con las capacidades individuales de cada persona, y de allí la necesidad de hacerlas fructificar. Sin embargo, más allá de las apariencias, establecer una reflexión teológica que justifique la desigualdad humana implica, de suyo, razonar que unos puedan dominar a otros por cierta clase de fructífera superioridad, una espiritualidad que iguala para abajo, que se resigna frente a las injusticias y que, en el fondo, tolera una fraternidad formal pero no cordial.

Pero el Dios de Jesús de Nazareth es un Dios Abbá y no un capitalista especulador, ni tampoco un verdugo punitivo que ejerce venganza con presteza.

En los tiempos del ministerio del Maestro, un trabajador ganaba un denario como jornal diario. Con ese denario debía sostenerse toda su familia. 
Pero un talento equivalía a seis mil denarios, con lo cual estamos frente a algo normalmente inalcanzable, una fortuna. Y esa fortuna inmensa es la que ha confiado el Señor a los servidores.

Se trata de la infinita confianza que se nos ha brindado, a menudo no correspondida. Se trata de ir contra corriente, porque lo seguro, lo razonable es enterrar ese tesoro, a salvo de ladrones y salteadores.
Se trata de involucrarse, de embarrarse en el fango de la historia con la certeza de que se dan los pasos ciertos del Reino, romper el cascarón de todos los miedos y las infidelidades disfrazadas de prudencia.

Los talentos no son tanto las capacidades individuales, sino la Gracia de Dios que se nos ha confiado como comunidad y en el ámbito personal, algo tan valioso que por ella vale correr alegremente todos los riesgos habidos y por haber, y cuando llegue el tiempo propicio, presentarnos ante Aquél que está regresando, cumpliendo con este magnífico mandato de comprometernos y fructificar, a pesar de que a menudo nos descubramos mínimos, apenas un par de escasas monedas.

Paz y Bien

Con luz propia







Beato Ceferino Namuncurá

Para el día de hoy (26/08/16):  

Evangelio según San Mateo 25, 1-13



A nosotros, mujeres y hombres del siglo XXI, sobresaturados de información y recargados de imágenes, la idea de las diez vírgenes esperando al esposo se nos haga, quizás, demasiado ajena, esquiva. Pero en los tiempos del ministerio de Jesús de Nazareth se comprendía con facilidad, aún cuando el oyente careciera de la formación de los escribas, un simple labrador, un humilde pescador.
Pero también hay otra perspectiva, la simbólica, la que trasciende la pura letra y se adentra en el significado y la profundidad de la enseñanza del Maestro.

Volviendo al siglo I, la vida era dura y escasa en distracciones y esparcimiento, especialmente en los pueblos pequeños, a lo que debía añadirse la severa rigurosidad religiosa que no admitía demasiadas sonrisas. Sin embargo, había ocasiones en que el tedio se podía romper, como nacimientos, bodas, el paso a la vida adulta -bar mitzvah- o eventualmente funerales, pero de entre esas ocasiones destacaban las bodas, que podían durar varios días. El día de bodas era el más importante de sus existencias para los contrayentes, y  motivo de alegría, baile y brindis impostergables para todo el pueblo.
Precisamente, en esa perspectiva se inscribe la enseñanza de hoy, lo crucial para la vida, el destino de fiesta soñado por Dios, el matrimonio inquebrantable entre Dios y la humanidad.

Tal vez, cierta tendencia bondadosamente ligera nos lleve a imaginarnos los habría y los hubiera, es decir, qué hubiera pasado si las vírgenes prudentes le hubieran prestado un poco de aceite a las insensatas?... Aún así, y a pesar de que en numerosas ocasiones el Maestro nos conmina a la fraternidad del compartir, en esta ocasión no sólo no lo menciona, sino que es terminante al respecto. Ello destaca sin ambages la importancia decisiva de aquello que se procura merced al esfuerzo, y que de no ser así es imposible tener.

El aceite, la luz propia, se enraiza inseparablemente a esto que somos y nos define, y que por ello es único e intransferible.

Pero hay más, siempre hay más. El encomio de mantenerse en vela, con la propia luz encendida, implica una invitación a descubrir que la historia humana no es solamente lo que vemos y que tan a menudo nos agobia. La historia está fecundada por el Espíritu de Aquél que se ha hecho uno de nosotros, un vecino, un amigo, un Hijo queridísimo, y ese valor trascendente sólo puede percibirlo y gratificarse con ello todos aquellos que se mantengan atentos, con la lucidez propia de la esperanza.

Paz y Bien



Servidores fieles








San Luis, rey de Francia

San José de Calasanz, presbítero

Para el día de hoy (25/08/16):  

Evangelio según San Mateo 24, 42-51




Usualmente la reflexión acerca de esta lectura refiere a lo postrero, al estar atentos para cuando llegue el tiempo de irse y de rendir cuentas. No está mal, claro está, pues pone la vida -esta vida tan pequeña y frágil, tan corta- en perspectiva, la teleología de la existencia, saber que todo, apenas, está comenzando.

Pero la encendida apelación a la vigilancia que hace Jesús de Nazareth tiene que ver con un distingo fundamental de la vida cristiana.
Se trata de no adormecerse frente a todo lo que duele, de no mirar hacia otro lado frente a las injusticias, de no sucumbir a los cantos de sirena que nos tira el mundo a cada paso. 

Una clave posible estriba en el término servidor; aunque el sentido común sea el menos común de los sentidos, servidor indica oficio, misión, tarea pero nunca propiedad. El Dueño es Otro, no el servidor, y cuando el servidor pierde esa perspectiva e invierte los roles, todo se trastoca, todo pierde sentido.
El servidor se reviste de nobleza cuando permanece fiel a esa misión, a esa vocación, al servicio de cuidar lo que no le pertenece pero que, extrañamente, se le ha confiado.

Más aún. La fidelidad del servidor, que se expresa en el estar en vela, atento y despierto, es también una invitación y una bendición para ser partícipes de la vida misma de Cristo desde la caridad, el cuidado del hermano, el esfuerzo denodado por derrotar el hambre, el ansia permanente de justicia, la cortesía fraternal, la importancia decisiva de los pequeños gestos.

Servidores fieles de la Gracia de Dios, fieles y felices derrochones de esos bienes santos que no deben mezquinarse. Despiertos y atentos a las necesidades y las vidas de los hermanos, en vela en el tiempo y la historia, encendidos del Espíritu en el aquí y el ahora como señal de auxilio para los más pequeños, porque el Dueño está de regreso a cada instante.

Paz y Bien



Bartolomé









San Bartolomé, apóstol

Para el día de hoy (24/08/16):  

Evangelio según San Juan 1, 45-51




El asombro de Felipe, el impacto que produce en su existencia el encuentro con Jesús de Nazareth lo moviliza a contarlo, a compartirlo con un amigo. Quizás sea el modo más sencillo y exacto de expresar la evangelización.
Sin embargo, la fé de Felipe es incompleta, aún debe madurar: él se queda con la idea de un Cristo reflejado por las Escrituras -la Ley y los profetas-, pero sigue siendo el hijo de José de Nazareth. No hay todavía en Felipe asomos de la única y absoluta novedad del Reino.

Así Felipe vá al encuentro de su amigo, Natanael. Su imagen remite al símbolo tradicional que tenían los rabbíes para enseñar, bajo la higuera, pero también la higuera representa al pueblo de Israel que permanece fiel a su Dios a través de los tiempos.
Quizás como estudioso de la Torah porte viejos prejuicios, y de allí su mención a que nada bueno puede salir de Nazareth, prejuicios a menudo esgrimidos con virulencia por los enemigos del Maestro.

Pero algo pasa en el encuentro personal con Cristo. Descubrimos que Él nos conoce mejor de lo que nosotros mismos suponemos. Ese encuentro es transformador, más las cosas no son automáticas. No somos robots, intervienen el corazón, interviene la voluntad.
Allí destaca la persona de Natanael / Bartolomé: el que era rabbí, no tiene ahora inconvenientes en ser un feliz discípulo y seguidor, y por haber dejado atrás esquemas y prejuicios, con el auxilio del Espíritu reconoce en ese joven y pobre rabbí de Nazareth al Hijo de Dios.

Aún así, ese encuentro fundamental es sólo el comienzo de un tiempo de maravillas, de cielos abiertos. Cristo, Dios-con-nosotros, es el puente entre la eternidad de Dios y la temporalidad humana, el tiempo santo de Dios y el hombre que supera todas las expectativas e inaugura las maravillas de la Gracia.

Paz y Bien

Guías ciegos







Para el día de hoy (23/08/16):  



Evangelio según San Mateo 23, 23-26



La tradición y obligatoriedad del diezmo se remontaba a las raíces misma de Israel como pueblo y nación: las tribus debían entregar la décima parte de los frutos de su cosecha y sus rebaños para sostener a la tribu de Leví, quienes a su vez tenían por misión el servicio del Tabernáculo, y luego del culto en el Templo; los levitas no tendrían tierras propias -por ello se ocupaban de ellos las otras tribus-, y con la evolución histórica, todo varón judío pagaría el diezmo para sostener a los sacerdotes y al Templo de Jerusalem. 
El impuesto era de carácter anual, y lo recaudado un año de cada tres se destinaba a la protección de los huérfanos y las viudas.

Pero también el diezmo poseía un significado trascendente, y era la soberanía de Dios, la propiedad y el derecho de Dios sobre Israel.

Con el surgimiento de la corriente farisea, el cumplimiento del diezmo se extiende de los frutos de la tierra -cosechas y ganados- a los productos mínimos, incluidas las hierbas silvestres y los condimentos. No es difícil imaginarse a una madre de familia separando una ramita de perejil de cada diez para cumplir.

A pesar de lo ridículo de la escena imaginada, tampoco hemos de caer en el extremo de no prestar atención a las cosas pequeñas. Todo tiene su importancia. Pero esos hombres, extremadamente piadosos -religiosos profesionales- habían absolutizado lo que no lo era, sacralizando nimiedades en desmedro de lo que en verdad cuenta, la justicia, la misericordia y la fidelidad.

Es una dictadura de la superficialidad, de la apariencia de piedad sin corazón ni Dios que la sustenten, y desde allí el sábado está por sobre el hombre y las abluciones y las rígidas normas de impureza ritual desalojan a la compasión, guías ciegos que llevan al pueblo que doblegan al abismo de la desesperanza y el miedo.

Ésa es la perversión, exigir devociones gesticuladas sin practicar, corazón adentro, la conversión.

Paz y Bien

Reina del cielo








Santa María, Reina

Para el día de hoy (22/08/16):  

Evangelio según San Lucas 1, 26-38 




A veces por afanes afectuosos, a veces por demasiada carga mundana en nuestra religiosidad, hemos sobrecargado las imágenes de la Madre de Dios con coronas, joyas y lujosos vestidos. Nada más alejado de la muchachita judía nazarena que se deja transformar por la Gracia, que con su Sí inaugura un nuevo tiempo, el tiempo de los humildes y los pequeños, que por descubrirse mínima, esclava del Señor, es la más feliz de entre todos los vivientes.

El Reino del Hijo no es de este mundo, y el reinado de la Madre tampoco, pues no refiere al orden natural sino al sobrenatural, ámbito de la Gracia.

Realeza gloriosa, realeza maternal, realeza mediadora, realeza de todas las esperanzas.

Realeza gloriosa como esclava del Señor, la que se descubre la más pequeña de todas y por ello mismo es la más grande por el amor de Dios que engrandece su alma, el Dios que enaltece a los humilde, que rechaza a los soberbios, que derriba a los poderosos de sus tronos.

Realeza maternal, Teothokos, Madre de Dios, Madre del Salvador y también madre de todos los creyentes desde la cruz y la compañía. Por compañera de dolores, por solidaridad de cruces y pesares, madre de todos los vivientes.

Realeza mediadora, la que busca que nunca se nos acabe el vino de la fiesta, la copa de la vida, Madre en plegaria perpetua de corazón inmenso, un corazón que contiene, cálido, a todos los hijos. Donde está la Madre, está y descubrimos al Hijo.

Realeza de todas las esperanzas. Las primacías del cielo hacia donde es elevada, fueron vividas en la cotidianeidad por María de Nazareth, y esa plenitud es signo de esperanza para toda la Iglesia, destino de salvación, de alegría definitiva para el pueblo de Dios.

Ruega por nosotros, Santa Madre de Dios, para que seamos dignos, fieles, tenaces en el servicio, firmes en la esperanza, felizmente obstinados en el amor, genuinos en la justicia.
Ruega por nosotros, Reina del cielo, para que el Reino sea aquí y ahora, para que tu ternura gobierne nuestros corazones.

Paz y Bien 

Una puerta estrecha que se amplía











21° Domingo durante el año

Para el día de hoy (21/08/16):  

Evangelio según San Lucas 13, 22-30





A través de los tiempos y de las distintas religiones y en reiteradas oportunidades se ha tratado de establecer si son pocos o muchos los que se salvan, y tristemente la Iglesia no ha sido ajena a ello. 
Esa clase de censos de los beneficios divinos, merced a las a las angustias que provocaban, fueron utilizados como métodos extorsivos para doblegar corazones mediante el miedo que provoca el no pertenecer al estrecho número de los que serán salvos; hoy en día, cierta interpretación lineal -y mezquina- de las Escrituras provoca que una secta afirme sin ambages que el número de los que se salvarán serán 144.000, dura afirmación para la vida virtuosa de los creyentes. Si todo aparece tan cerrado e improbable, mejor es resignarse y devenir de acuerdo a las variaciones del mundo lo mejor posible.

A veces se plantean preguntas que no merecen respuesta, preguntas que son falaces pues su razonamiento inicial induce a error, y el error es preguntarse si serán pocos o muchos los que han de salvarse. Pedro se equivocaba, más su error no estriba solamente en la cuantificación sino en el mensaje subyacente, y es el de suponer que la Salvación es el producto del propio esfuerzo, o en su defecto, que Dios actúa como un titiritero que mueve muñecos sin voluntad que nada hacen.

El Maestro no ingresa en ese lodazal tramposo. No se trata de meter miedo ni de llevar tranquilidades a unos y otros. Se trata de estar atentos, se trata de la urgencia de la conversión, se trata de reconocer a la Salvación como don del amor infinito de Dios y, por ello mismo, vivir una vida virtuosa, vida de hijos de Dios.
La pertenencia como credencial religiosa, identidad nacional o étnica. El cumplimiento de formalidades sin corazón ni misericordia encarnada en lo cotidiano. La rigurosidad litúrgica que olvida la práctica de la justicia.

La puerta de la perdición es amplia pero se angosta sin remedio. No hay allí destino ni trascendencia, sólo la contundencia de la muerte.

La puerta de la Salvación es estrecha pero se amplía al infinito, santa urdimbre de Dios y el hombre que se ofrece a todos los pueblos en todos los tiempos, católica, universal, fraterna, frutos de esfuerzos humildes y felices fecundos por el Espíritu.


Paz y Bien

Usurpadores








Para el día de hoy (20/08/16):  

Evangelio según San Mateo  23, 1-12



El ámbito es decisivo: Jesús de Nazareth se encuentra en Jerusalem y les habla sin ambages a la multitud y a los discípulos acerca de la ilegitimidad de los escribas y fariseos.
La cátedra de Moisés no es una figura simbólica sino un sitio concreto, una silla desde donde se impartían conocimientos y formación espiritual, revestida de autoridad religiosa. Antiguamente en Israel -y así lo consigna el libro de Deuteronomio- la función de interpretación y enseñanza de la Palabra de Dios se reservaba a los sacerdotes; al afirmar escribas y fariseos que ocupan la cátedra de Moisés, denota abiertamente que esos hombres habían usurpado un rol, una función, una autoridad que no les pertenecía.

Sin embargo, el problema es mucho más grave, y el Maestro no se calla: ellos reemplazaron la escucha atenta y la contemplación de la Palabra por un intelectualismo tan profuso como vano, la obediencia a Dios por la sumisión a reglamentos impracticables e intolerables, una casuística que agobiaba al pueblo y muy especialmente a los pequeños, que demolía la esperanza, que revestía de culpas y miedo los corazones, muy lejos del Dios de amor, Abbá del universo. 
Pero aún cuando detentaban una autoridad de modo espúreo, en ciertos aspectos hablaban de la Ley, y la verdad -provenga de donde provenga- debe ser escuchada, aunque escribas y fariseos se afanaban en la figuración, en la re-presentación, en el reconocimiento público.

Esa búsqueda de fama, a su vez, pone por delante la propia importancia por sobre lo central, el mismo Dios. Les gana el corazón el ansia de dominio y el detentar la autoridad como poder que se impone.

Los usurpadores de todo tiempo son así. No son servidores de la Palabra, sólo acaparadores de poder, voraces detractores de disidencias, incapaces de misericordia, los que se ufanan de los vestidos ampulosos y los gestos de respeto sumiso que le prodiguen, pero en el fondo, no hay corazones que se revistan de justicia.

Por sus frutos se conocen, y esa es la medida de las voces que debemos escuchar.

Paz y Bien

Ágape, filia, eros







Para el día de hoy (19/08/16):  

Evangelio según San Mateo  22, 34-40





Los Evangelios fueron escritos en idioma griego, más cercano al griego del Ática que al actual, y en ese idioma hay varios términos que expresan el amor, ágape, filia y eros.

Ágape es el amor absoluto e incondicional de Dios, un amor de donación sin restricciones. Ágape es el modo en que Dios nos ama.

Filia refiere al amor que se define por los afectos, por las inclinaciones. El amor del querer.

Eros es el amor vinculado a la sexualidad, que habitualmente se lo menoscaba limitándolo a cierta genitalidad. Eros es el amor que se expresa principalmente con el cuerpo, el amor de las pasiones.

En los tiempos del ministerio de Jesús de Nazareth, debido -en parte- a ciertos fundamentalismo que se aferraba a la literalidad y a los prejuicios, había varias casuísticas encontradas, toda vez que la ley mosaica establecía 613 preceptos legales o mitzvot, 248 de carácter positivo que simbolizaban los huesos del cuerpo humano y 365 de carácter prohibitivo que, a su vez, simbolizaban los días del año. Ello no es un dato menor y es importantísimo, la ley de Dios que ilumina todos los órdenes de la existencia.
El problema estribaba en que desde ese criterio de don divino se había transformado en un reglamento estricto e intolerable para la mayoría del pueblo.

En ese orden de ideas, no es difícil suponer los esfuerzos de los eruditos / doctores de la Ley, para determinar, por entre esos 613 preceptos, cual era el mayor. Pero esa discusión quedaba en un plano intelectual, tal vez desdeñando su fundamento cordial, espiritual, el Dios que le confería sentido y trascendencia.
Así se acercan ciertos doctores de la Ley sin ansias de verdad ni de conocimiento, sólo buscando que el Maestro se equivoque en sus conclusiones, en parte para desacreditarlo frente al pueblo -la manipulación de la opinión pública no es nada nuevo- y, además, procurar expresiones erróneas en el orden religioso que impliquen una condena.

Volvamos a los postulados iniciales.
El Maestro confiere pleno sentido a la Ley, y por ello enseña que ante todo se debe amar a Dios con todo el corazón, con todo el espíritu, con todo el alma, y en la cultura de aquel tiempo corazón remitía al núcleo de la existencia, a lo que viene del centro mismo de la vida. Precisamente es el amor ágape, el amor sin restricciones ni menoscabos, el amor que es mucho más que un querer acotado a los vaivenes de los estados de ánimo, el amor que transforma, que se deja transformar por la inmensidad de Dios.

En un plano humano, corresponde filia o eros, y está muy bien, afectos y pasiones que pueden sublimarse al reconocimiento del otro, a la generación de la vida nueva. Pero hay más, siempre hay más.
El mandato es ágape, amar con el cuerpo, con la razón, con toda la existencia a ese Dios que sale de sí mismo a nuestro encuentro, que nunca descansa, que nada se reserva, que nos ama con todo y a pesar de todo. Por el amor de ese Dios que es Padre y que nos ha amado primero, se inaugura otra perspectiva inseparable, indisoluble del amor a Dios, el amor al prójimo en donde resplandece el rostro eterno de Dios, brazos de una cruz que mira al cielo pero que se expande hacia los lados, al otro que reconozco como mi hermano.

Paz y Bien

Revestidos de justicia







Para el día de hoy (18/08/16):  

Evangelio según San Mateo  22, 1-14



En la cultura del tiempo en que surge el ministerio de Jesús de Nazareth, cuando una familia celebraba la boda de su hijo mayor se carneaban los mejores animales y se preparaban a las brasas con cuidado especial; se llenaban las tinajas con el mejor vino y se tendían las mesas para esos festejos que duraban varios días. El dueño de casa solía cursar dos invitaciones, una previa que preparaba a los invitados para una fecha determinada, y la otra para avisar que ya estaba lista la cena, que no hubiera demoras. 
La dos llamadas implicaban, en cierto modo, la delicadeza y el gesto de atención del dueño de casa para con los invitados, pero también y especialmente frente a la segunda invitación, no había modo de excusarse.
Pero también la ausencia y las excusas engloban una descortesía rayana en el insulto y en el desprecio a esa invitación a celebrar la vida que se prolonga en el hijo.

A pesar de los que desertan, lo importante es la fiesta ofrecida. Mucho más que la costumbre usual, el Dueño no realiza dos invitaciones sino tres, algo impensado, asombroso. Aunque los invitados originales no participen, serán partícipes con pleno derecho y plenos honores muchos que estaban a la vera de los caminos, en todas las encrucijadas de la vida, quizás aquellos que nadie en su sano juicio invitaría.

La fiesta de bodas -fiesta de la vida, fiesta del amor- es un ofrecimiento infinitamente generoso del Dueño que realiza por el Hijo, y que quiere que muchos, tantos como quieran, participen en esa alegría.

Era costumbre también que el dueño de casa proveyera de ropajes a los asistentes, toda vez que a menudo sufrían los embates de los caminos polvorientos. El vestido significaba ser parte de la familia, la identidad de huésped de honor, y no ponerse el traje ofrecido es una injuria intolerable, cuyo mensaje supone creerse uno mismo más importante que la celebración.

La Mesa del Señor está tendida y se ofrece luminosa, como un faro entre tantas tinieblas, a todos los pueblos, especialmente a los que tantos otros nunca invitan a nada, los que no suelen tener motivos para el festejo.
Para la mesa del Señor es menester ponerse vestidos acorde a la ocasión, revestirse de justicia como parte de la familia y en honor y homenaje al generoso Dueño que nos invita a pura bondad.

Paz y Bien

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